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IV

EN LUCHA CON EL CORSARIO INGLÉS FRANCIS DRAKE

En los primeros días del año 1579, los navíos que navegaban confiados por las aguas tranquilas del Mar del Sur y sus puertos, comenzaron a ser asaltados y robados por corsarios ingleses.

Mientras el paso del Estrecho de Magallanes sólo era conocido por los marinos españoles, las costas de Chile, Perú y Nueva España, estaban al abrigo de ataques de piratas y corsarios. Los navegantes de estas latitudes disfrutaban de una paz y tranquilidad envidiable, al contrario de las que habitualmente hacían la travesía desde las costas atlánticas a la península, que muchas veces eran atacadas y algunas de ellas expoliadas de todos sus ricos cargamentos que transportaban.

Debió ser en uno de estos robos, en el que los ingleses consiguieron las cartas de navegación del desconocido y peligroso Estrecho de Magallanes.

El poseedor de estas valiosas cartas de navegar era un corsario inglés, llamado Francis Drake, experto y arriesgado marino que después de haber pirateado por el Atlántico, su afán de riqueza le llevó a cruzar el Estrecho de Magallanes con varias naos. No le resultó nada fácil, porque de varios navíos que le acompañaban sólo logró atravesarlo él, con el que emprendió el ataque de barcos y ciudades costeras, hasta entonces tranquilas y confiadas. El capitán de este navío corsario era un hombre astuto y escurridizo, que tenía en vilo a los navegantes españoles de aquellos mares. El Virrey de Perú había mandado barcos en su persecución; pero habían retornado muy pronto a puerto diciendo que no lo habían hallado. Lo que realmente sucedía es que tenían miedo de enfrentarse a él y rehuían hacerlo. Los que llegaban a la capital y explicaban los robos que habían sufrido, lo exageraban más de la cuenta, en parte para justificar su pérdida, haciendo que naciera como una leyenda de invencible y terrible en torno al corsario inglés Drake. Ante estos hechos, el Virrey pensó que al único que le sobraba valor y arrojo para atacar a Drake y vencerlo, no era otro que don Pedro Sarmiento.

El día 1 de febrero de 1579, en la ciudad de Cuzco, capital del imperio Inca, en donde residía don Pedro parte del año, recibió un mensajero de nuestro señor el Virrey Francisco de Toledo, mediante el cual se le requería para que dejara esta ciudad y regresara a Lima. Vivía en Cuzco la capital de los Incas porque, por encargo del propio Virrey, había tenido que cambiar el mar por la pluma para dedicarse a escribir una historia de los Incas. Aparte de esto, había una razón más íntima y secreta en la vida de don Pedro. La razón era mi madre Aimara, hija del jefe inca Manco Amaru, y de cuya unión había nacido yo, como expliqué al principio. Gracias a esta relación, don Pedro Sarmiento era respetado y aún apreciado entre la mayoría de los jefes incas. Él tenía entonces cuarenta y siete años y yo, veintiuno y seguía a su servicio, sin saber por aquel entonces, que ese interés que demostraba por mí no era sólo por mis buenas cualidades sino, además, porque era mi propio padre.

Cuando llegamos a la capital del Virreinato, estaba todo el mundo muy nervioso a causa de la última fechoría perpetrada por corsarios ingleses en el mismo puerto del Callao, el más importante de todo Perú, muy cerca de Lima. El Virrey, furioso, había hecho encarcelar a dos capitanes de navío porque días antes de que sucediera el asalto al puerto, habían vuelto diciendo que no habían encontrado ni rastro del corsario.

-¿Qué sucede? -preguntó don Pedro Sarmiento, cuando su carruaje se detuvo delante del palacio del Virrey del Perú, en Lima.

-Piratas ingleses han atacado nuestros navíos y poblaciones costeras de Chile y de Perú. Están tan envalentonados que se han atrevido a robarnos en el mismo puerto de Lima -le relataron con cara de preocupación.

-Os he hecho llamar, don Pedro Sarmiento de Gamboa -le habló, nada más verle, el Virrey Toledo- porque como ya os supongo informado, los piratas ingleses han comenzado a atacar nuestras costas y barcos, rompiendo la paz y tranquilidad que hasta ahora disfrutábamos.

-Algo he oído Excelencia.

-Me ha llegado información de que un corsario inglés, de nombre Fracis Drake, es el que capitanea uno o varios navíos bien armados y con mas de cien aguerridos piratas. Es tanta su osadía que hasta se ha atrevido a atacarnos en nuestra propia casa. La última fechoría de ...

-¿Pero cómo ha podido ser? ¿Y nuestra vigilancia? -preguntó muy sorprendido don Pedro, interrumpiendo repentinamente la explicación de su superior.

-En la noche del 13 de enero pasado, -continuó el Virrey con la explicación alzando la voz con rabia-, tuvo el atrevimiento de entrar en nuestro propio puerto, amparado en la oscuridad de la noche, asaltando nuestros barcos que estaban amarrados al muelle y sin gente, como el más vulgar ladrón, para llevarse todo lo que fuera de valor. Como hasta la fecha nunca se había oído que hubiera piratas, no se vigilaba lo suficiente -se lamentó-. Suerte que a aquella hora de la noche llegaba un mercante que venía del Potosí cargado de plata, con las linternas encendidas, y al salir los aduaneros para recibirlo, descubrieron al intruso. Los muy ladinos al verse descubiertos intentaron engañarlos porque había un marino portugués que hablaba español. Creo que les dijo que venían de Nueva España y que no llevaban luces porque en un temporal las habían perdido. Los aduaneros sospecharon el engaño al ver que la mayoría de la tripulación eran rubios, así que se alejaron y comenzaron a disparar, matando a un marino inglés. Al verse descubiertos los piratas, emprendieron la huida; pero antes, tuvieron tiempo de cortar las amarras de una docena o mas de navíos fondeados y como soplaba viento de tierra, fueron sacados del puerto mar adentro. La otra nao de Potosí, al ver todo aquello, prefirió hacer mas y huir. En estos momentos no sabemos nada de ambas naos. Ni de la de los piratas ni de la nuestra que, cargada con gran riqueza, pudo ser presa fácil de ese tal Drake.

-¿Y nadie lo persiguió? –Insistió don Pedro.

-Al principio bastante trabajo tuvieron con recoger las naos que habían quedado a la deriva en mar abierta. Cuando por fin se pudo enviar un barco tras ellos, tuvieron miedo y se volvieron.

-Debemos organizar inmediatamente su búsqueda y enfrentarnos a él, de lo contrario se va crecer tanto que se convertirá en el señor del Mar del Sur, -interrumpió la lista de tropelías del atrevido corsario inglés, que el Virrey iba detallando con mal contenida rabia. Don Pedro Sarmiento ardía en deseos de volver a la mar. La vida en tierra le asfixiaba. Aquellos hechos, en el fondo, le alegraban porque, gracias a ellos, retornaba a su medio natural: la mar océana.

-Sé que si alguien puede enfrentarse contra esos piratas, sois vos, que habéis dado pruebas de gran valor y de amplio conocimiento de todas las rutas de estos mares. Por el norte habéis llegado hasta Nueva España; por el sur hasta cerca del estrecho de Magallanes y por el oeste hasta la proximidad de Terra Australis. ¿Quién puede igualaros? Además sé que vuestros conocimientos científicos que, también poseéis, han hecho que perfeccionarais las mediciones de las tablas y aparatos de navegar, mejorado las cartas marinas de los lugares navegados por vos.

-Agradezco vuestra confianza que habéis depositado en mí, Excelencia, y las palabras de elogio a mis trabajos científicos. Vuestro reconocimiento será para mí viento fuerte que me lleve hasta el inglés, para resarcirnos de su humillación y rapiña,

-concluyó casi emocionado por las alabanzas del propio Virrey-.

El virrey Toledo había escrito unos pliegos en los que estaba redactado el nombramiento de don Pedro Sarmiento de Gamboa como general al mando de una nao bien pertrechada y armada con cuatro piezas grandes de artillería por banda, dos culebrinas y diecisiete arcabuces. Tanta urgencia tenía el asunto que mientras venía de Cuzco, se habían encargado de preparar y equipar la pequeña armada formada por 64 hombres de mar entre marinos y soldados.

-He dispuesto un par de caballos de refresco para vos y vuestro fiel criado al que veo de muy buen ver y crecido.

-Mas que criado, Excelencia. -le interrumpió al referirse a mi humilde persona, añadiendo con mucho sentimiento que en aquellos momentos interpreté como el afecto por los tantos años que llevaba a su servicio. -Pedriño, como yo lo llamo, no olvide mi ascendencia gallega, Excelencia, es tanto como un hijo, porque lo tengo a mi lado desde que nació. Cuando tenía nueve años me acompañó como paje a la conquista del archipiélago de las islas del Nombre de Jesús, en donde ya desde entonces demostró su valor e inteligencia, para cumplir todos los cometidos que se le asignaron, como un verdadero hombre.

Y ahora viene conmigo, no como criado sino como guardia y ayudante en cosas de la mar porque, a mi lado, ha aprendido a manejar la espada, la pluma y el timón, casi también como yo. Y estoy seguro que él está deseoso de poner en práctica todo ello, para mejor servicio de su Excelencia y nuestro señor el Rey don Felipe.

-¡Muy bien! -reconoció satisfecho-. Espero, pues, que con su ayuda deis un buen escarmiento a ese pirata, por lo menos que sepa que no se lo vamos a poner fácil, porque va a ser perseguido hasta que no tenga más remedio que marcharse de estos mares que son los nuestros o, mejor, que sea hecho prisionero para juzgarlo por todos los innumerables delitos de los que se le acusa.

Los briosos corceles preparados por el gobernador, recorrieron las aproximadas tres leguas que dista Callao de Lima en muy poco tiempo. Al atardecer de aquel mismo día llegábamos frente a la nao capitana, encontrando a su buen amigo Antón Pablos, el mejor piloto que habían cruzado aquellos mares y que tenía la suerte de tener a su lado como piloto mayor.

-¡Hola, don Pedro!, -saludó Antón Pablos al verle.

-¿Cómo está todo? -quiso saber don Pedro Sarmiento, explicando seguido-. El gobernador nos ha asignado esta nao presta para largar velas según reza en este documento.

-Sí, sí, hemos sido informados ampliamente de todo cuando nos reclutaron. Toda la tripulación os conocen por haber navegado con vos y se sienten contentos de estar bajo las órdenes del que llaman con admiración Capitán Hierro; sentimiento que comparto plenamente con ellos, -añadió Antón Pablos casi emocionado-.

-Vaya esto me enorgullece y me llena de satisfacción. -Dijo mientras esbozaba una leve sonrisa. Don Pedro pocas veces reía; por lo tanto, esa sonrisa significaba que le habían llegado a lo más profundo de su alma, las palabras pronunciadas por su amigo. A continuación don Pedro Sarmiento se hizo cargo de todo y reunió a la tripulación en cubierta. Siempre lo hacía antes de emprender cualquier viaje por mar. Luego fue pasando ante cada uno de ellos, preguntando su nombre y el lugar de donde eran. Le gustaba conocer a todos personalmente.

Así que con este aviamento y despacho, este mismo día, al atardecer del tres de febrero de 1579, nos hicimos a la vela, aprovechando el buen viento. Don Pedro Sarmiento había decidido salir, aunque faltaban algunos retoques en la nao, para evitar ser cogido por sorpresa en puerto en donde ésta no tendría posibilidad de maniobra, si se le ocurría a Drake y sus corsarios realizar otro ataque contra ellos. Una vez en mar abierto, mandó a su piloto Antón Pablos ponerse al abrigo de la isla del Puerto que está dos leguas al oeste del Callao. Allí nos dedicamos a poner segura y en forma la capitana que iba celosa, porque estaba mal lastrada y no sustentaba bien las velas, a petición del propio piloto mayor que había informado a don Pedro Sarmiento, de los defectos de navegación que notaba. Esta noche no durmió nadie porque todos anduvimos trabajando, unos trayendo lastre de la isla y otros acabando de aparejar y enjarciar de la nao lo que no se había podido acabar en el puerto. Al día siguiente por la mañana, levamos anclas y nos alejamos de esta isla con un viento de norte bonancible con que comenzamos a navegar desembocando por entre ésta y el puntal del puerto a popa. Lentamente empezamos a salir a la mar y ganar altura. Entonces viró el viento y amuramos la vuelta a tierra abrigándonos tras un morro que llaman el Solar, en el valle de Surco, a dos leguas de la isla que habíamos dejado por la mañana y tres del Callao. La verdad era que no empezábamos con muy buen pie. Llevábamos un día de navegación y prácticamente no habíamos conseguido entrar en mar abierta de lleno y perder de vista la costa.

El tercer día se encalmó el viento por completo, provocando que toda la tripulación, incluido nuestro capitán, estuviera nerviosa y malhumorada. A causa de esto, el navío se deslizaba muy lentamente sin poderse alejar de tierra. Cuando anochecimos estábamos sobre la isla del Puerto a media legua y para no tropezar con algún bajo rocoso, dio la orden de anclar. Aun no habían pasado ni dos horas después de anochecido, cuando comenzó un viento sursureste de bastante intensidad. Don Pedro Sarmiento que se había retirado a su cámara, fue avisado por el vigía que había recibido la orden de que si venía viento se lo notificara.

La campana de a bordo comenzó a sonar con fuerza, tocada por el mismo vigía al que le había dado el encargo que así lo hiciera el mismo don Pedro, para reunir rápidamente a la tripulación que dormitaba.

-¡Todos a sus puestos! -se oyó la orden tajante de nuestro capitán en medio de aquella noche tranquila y estrellada; pero sin Luna.

-¿Que sucede don Pedro? - me levanté, acercándome rápido hasta donde él estaba.

-Tenemos viento del sursureste. ¡Por fin viento favorable y debemos aprovecharlo! -exclamó, mientras se dirigía a la tripulación y les hacía largar velas y levar anclas. A mí, que por los conocimientos adquiridos a su lado, me había nombrado en este viaje piloto segundo, me encargó de gobernar la nao porque las condiciones de navegación eran muy favorables, haciendo que el piloto mayor y parte de la tripulación se volviera a dormir para, como dijo él: "Estuvieran en mejor forma en los duros momentos que nos aguardaban".

-Pedriño, mantén rumbo sudoeste hasta nueva orden, -se dirigió a mi, cuando vio que la nao empezaba a moverse con cierto garbo-.

Continuamos navegando en esa dirección toda la noche. Por suerte el viento se comportaba y seguía fiel y constante desde la noche anterior.

Al amanecer del cuarto día, vimos velas en el horizonte y sospechamos que se trataba de un navío corsario que iba amurando y orzando tratando de ganarnos el barlovento. Tras la primera nao divisamos, al cabo de un rato, otra de menor calado. Don Pedro Sarmiento y su segundo Antón Pablos, seguían con atención el rumbo de aquellas naos. Cuando don Pedro se cercioró de lo que al principio fue sólo una intuición, ordenó a su piloto primero:

-Antón Pablos, encárgate del pilotaje porque, no hay duda, de que se trata de un navío corsario inglés y si es inglés, su capitán no puede ser otro que Francis Drake, con el que vamos a medirnos. -Puso en mi lugar al piloto mayor, mucho más experto y preparado que yo para una navegada de combate-.

Una vez que Antón Pablos se hizo cargo del gobierno del galeón, me dijo don Pedro Sarmiento que no me apartara de su lado por lo que necesitara mandar y, a continuación, dio la orden de amurar para ceñir más y aumentar la marcha con el fin de acercarnos a reconocerlos. Nuestra nao era más rápida y ligera y, con la ayuda de Dios, en poco espacio le ganó el barlovento a los otros navíos, poniéndonos en mejor situación para el ataque por si se trataba de piratas, de lo que don Pedro no tenía la menor duda. Tanto nos acercamos que llegamos a estar unos de otros a tiro de cañón. Todos estábamos apercibidos de nuestras intenciones. Cada uno en su puesto, sin dejarse ver nadie, salvo los que gobernaban los barcos, ni hacer señal alguna; fuimos caminando los unos contra los otros. La primera nao contraria más fortificada y velera que la que le seguía, se adelantó a reconocernos y llegando a tiro de piedra por sotavento, don Pedro Sarmiento me dijo que hiciera señas con un paño para hacerles saber que íbamos en son de paz. Todos habíamos visto las armas de Castilla en las banderas de la nao grande y nos hizo suponer que don Pedro Sarmiento se había equivocado. Pensamos que debía tratarse de dos navíos de guerra españoles.

-Galeón inglés con bandera castellana. Es una argucia de ese pirata. Ahora sé como consigue sus triunfos con los confiados navíos que ataca -habló entre dientes no fiándose de las apariencias.

Al darse cuenta del engaño, se dirigió a todos, desde el castillo de popa, con voz potente:

-¡A vuestros puestos! ¡Cargad las baterías! ¡Arcabuceros, listos para disparar!

Ellos, también nos estaban observando y debieron apercibirse de los preparativos de lucha y de que nuestro capitán no había caído en la trampa, porque la respuesta de la otra nao fue mostrarnos una espada desnuda y tirar un arcabuzazo, mientras arriaban la enseña de las armas de Castilla y, en su lugar, izaban una bandera corsaria. Don Pedro dio la orden de arbolar la enseña de su Majestad el Rey y de responderles con otro arcabuzazo que pasó de largo, lo mismo que el suyo. La nao grande pasó asimismo muy cerca de la nuestra mientras la que le seguía, se quedó rezagada, como a la expectativa. Las tripulaciones nos observábamos; pero nadie dijo nada. La nao corsaria siguió navegando hasta ponerse en la estela de nuestro navío, virando, entonces, sobre nosotros. Con esta repentina maniobra intentaban ganarnos el barlovento. De esta manera, nosotros y ellos fuimos regateando por caer el uno sobre el otro, porfiando los unos y los otros hasta más del mediodía.

De vez en cuando nos disparaban algún tiro de arcabuz, pero sin entrar la artillería, porque ninguno de los dos capitanes, que demostraban tener parecida pericia, no habían alcanzado las posiciones ventajosas para ello. Los corsarios andaban mucho a la vela, porque la nao grande, con la que teníamos la lucha, era esbelta y muy bien aparejada, con dos grandes bonetas en la vela mayor porque el viento era flojo. La nuestra, sin embargo, no estaba tan bien arbolada, por ser de menos calado y vieja. Así que nos entraban algo los corsarios, aunque no a barlovento, puesto que cuando viraron estaban más de dos cuartas a barlovento.

Como el viento amainó un poco más, lo aprovechamos mejor que ellos por ser nuestra nao menos pesada. Entonces, la nao grande, visto que no podía ganar barlovento, y si lo procuraba iba a quedar atrás, dio la cebadera y fue descargando, hábil maniobra con la que nos vino a alcanzar; aunque quedó por la banda de sotavento. Ibamos a esta hora a 10 grados sur y a unas veinte leguas al oeste del meridiano de Lima. La nao corsaria traía siete piezas de artillería gruesas por banda y mucha arcabucería. Nosotros traíamos cuatro piezas por banda y diecisiete arcabuces y cincuenta y cuatro hombres. Se nos acercó el corsario por la cuadra de popa a tiro de piedra y nos disparó una pieza de artillería; nosotros le respondimos con otra.

Por fortuna, ni su disparo ni el nuestro hicieron daño. El corsario continuó con una descarga de arcabucería y desde nuestra nao se le respondió con otra en mejor orden y mejores respuestas que las suyas porque la pólvora empleada por nuestras armas aventajaba a la de los corsarios y su potencia de fuego era muy inferior al nuestro. Ellos nos horadaron las velas por muchas partes y nosotros no sabemos lo que allá pasó con certeza; pero a algunos que andaban sobre cubierta, se les vio abatirse. Entonces los corsarios dispararon otras piezas y mosquetes y arcabuzazos en cantidad que nos hicieron pedazos la vela mesana por muchas partes. Les contestamos con dos disparos de cañón y toda la arcabucería recibiendo, esta vez, ellos mucho más daño que antes.

Los corsarios demostraban su buen adiestramiento y puntería porque metían todos sus tiros en nuestra nao pero, gracias a Dios, que a nadie de nosotros hicieron mal, aunque pasaban las balas cerca de nuestras cabezas. Milagro fue que ninguna diera a don Pedro, aunque muchas fueron las que pasaron muy cerca de él. Su coraje y su valor hacían que no se preocupara nada más por estar al frente de todo. Iba y venía de popa a proa y de proa a popa dando órdenes sin parar y proveyendo de que a nadie faltara munición. El grupo de arcabuces del castillo de proa tiraron contra la gente que venía en proa de los corsarios con tan buen acierto que pudimos comprobar, con claridad, cómo se les hacía daño porque, súbitamente, se les vio tambalearse unos y otros y abatirse ellos. Los corsarios no se arredraron y continuaron tirando su arcabucería.

Don Pedro Sarmiento, no deseando que se repusieran del efecto dañino de nuestro último ataque, levantó la voz mientras corría espada en mano hasta la popa, enardeciendo a todos mientras gritaba:

-¡Fuego! ¡Fuego los cañones de estribor! ¡Apuntad bien, que ya son nuestros! ¡Fuego a discreción!

Sus palabras fueron explosivas como la misma pólvora porque todos comenzaron a gritar y disparar con más ánimo que antes. Al mismo tiempo, la mayoría de la tropa preparada para el asalto, blandían sus armas y garfios dispuestos para el abordaje en cuanto estuviera la nao corsaria lo suficiente cerca.

Esta reacción fue fulminante porque se les puso tanto temor que al momento cazaron a popa y huyeron con mucha más diligencia que cuando habían atacado. No se procuró seguirlos por ser tiempo perdido porque con viento de popa corren más esa clase de navíos que los nuestros. Además era cerca de la noche y hubiera sido inútil su persecución.

Al comprobar heridos y daños nos apercibimos que, el piloto mayor Antón Pablos, había sido herido por una bala de arcabuz que le había hecho un buen boquete en el costado derecho, a la altura de la cintura. Él, por no distraer la atención de don Pedro que la tenía necesitada por completo, en aquellos momentos de lucha, ni se quejó. Se ató, al rededor de su cintura, un trozo de paño para impedir la hemorragia y pilotó la nao con más brío y tino que cuando estaba sano. En parte, la victoria se debía a este acto heroico; porque de haber caído y dejado el navío sin piloto, aunque hubiera sido por unos momentos, hubiera hecho errar todos nuestros disparos.

Don Pedro ordenó que se le atendiera y curara y que se le acostara en su propia cama. También se preocupó por el resto de heridos que no pasaban de cinco y ninguno grave. Dios nos había protegido, tanto que no había consentido que muriera nadie de los 54 marinos que componían la tripulación.

-No nos queda más remedio que volver a puerto para dejar en tierra los heridos que curen de sus heridas, reparar los daños sufridos en nuestra nao y abastecernos de pólvora y demás abastimentos bélicos -dijo dirigiéndose a todos en voz alta.

El resto de la tripulación, menos los que se encargaban de que la nao navegase, se entregaron al sueño, porque la noche había caído. Yo la pasé toda pilotando y aunque el sueño me vencía, me mojaba la cara con agua de mar que había hecho preparar para despejarme. Cuando amaneció, mi sorpresa fue enorme. Fui el primero que vio a muy poca distancia de nuestro barco, un galeón que iba sin gobierno. Lo habían abandonado los corsarios en su huida y era el que, en la batalla del día anterior, se mantuvo sin intervenir. Como el viento había aflojado casi del todo por la noche, no nos habíamos alejado apenas de donde hicimos huir al inglés.

Di la voz de alerta y a poco estaba a mi lado don Pedro.

-¡Excelente! Esto es el premio a nuestra victoria. Estoy seguro que se trata del galeón que fue sorprendido por los ingleses cuando entraba en el Callao, -comentó después de observarlo con mucha atención-.

Sarmiento dio unas cuantas órdenes para acercarnos a aquella nao, aunque con las debidas precauciones. Mandó cargar las culebrinas de proa y popa y preparar cuatro arcabuces, explicándonos que podía tratarse de otra estratagema de Drake. La sospecha de nuestro capitán resultó falsa, aunque sí que era cierto que se trataba del galeón español que venía de Potosí a Callao cuando fue sorprendido por los piratas en el mismo puerto, porque cuando nos acercamos nos lo confirmaron unos doce marinos que quedaban. Nos aseguraron que se trataba de un pirata inglés llamado Francis Drake y que iban a la deriva porque se había llevado con él, al capitán y contramaestre de este navío. Ellos se alegraron mucho de vernos, al saber que íbamos para Lima, de donde eran casi todos.

Don Pedro Sarmiento organizó la vuelta de los dos galeones lo mejor que pudo y a mí me hizo transbordar a la otra nao como piloto, con el encargo de seguir a la capitana. Aquel hecho me hizo sentir muy importante.

El resto de viaje se hizo sin contratiempos de importancia que destacar, salvo el recibimiento triunfante que hicieron a nuestro capitán y a todos nosotros, por haber recuperado el galeón robado por Drake con parte de botín que no habían podido llevarse los piratas.

Fue muy comentada la victoria de don Pedro Sarmiento sobre el corsario inglés. Ésta tuvo la virtud de traer, por un tiempo, la tranquilidad y confianza a todos. Digo por un tiempo porque después de uno meses de verdadera tranquilidad, fue llamado urgentemente a palacio don Pedro Sarmiento, haciéndome que esta vez, le acompañara, también. Se encontró con el Virrey que mostraba un semblante serio y preocupado que nada más verlo, le dijo sin más preámbulos:

-Hemos recibido nuevos informes en los que se afirma que el corsario Drake ha vuelto a asaltar navíos que venían para Lima con cargas valiosas, robando sus cargamentos de plata y ricas mercaderías.

-¿Se sabe la situación geográfica en donde se han cometido estos nuevos asaltos? -preguntó don Pedro Sarmiento muy interesado-.

-Bastante al norte. Entre Guatemala y Panamá, creo.

-Al menos veo algo positivo en estas noticias. El hecho de que los ataques los lleve a cabo tan al norte, es muestra de que nos teme. Que nuestro último encuentro le ha puesto límites a su prepotencia. Al realizar sus correrías por esas latitudes tan distantes, debe creerse Drake que no iremos tan lejos en su busca; pero no pensaría eso si nos conociera......

-Una carta personal del propio Virrey de Nueva España, don Martín Enríquez, -continuó su relato el Virrey Toledo- fechada el 16 de mayo, confirma y da fe de mis anteriores palabras. -Tomando un escrito que estaba sobre la mesa, se lo mostró a don Pedro, para dar más fuerza a sus propias explicaciones-. Este documento, -continuó- da cuenta del desembarco de Drake en Aguatulco, en donde robó dos o tres mil pesos, cometió diversos excesos sacrílegos en la iglesia y abandonó allí mismo a Nuño de Silva, un piloto portugués que había hecho prisionero en la isla portuguesa de Cabo Verde en el Atlántico y obligado a entrar a su servicio como piloto conocedor de las rutas de los navíos españoles. En esta misma misiva nos aconseja, y casi nos suplica, que debemos poner remedio a toda esta inseguridad, fortificando y cerrando el Estrecho de Magallanes para que no puedan venir más piratas por estos mares.

-¡El muy ladino! No cabe duda que nos enfrentamos con un enemigo astuto que sabe elegir con ventaja a sus víctimas y que sabe salir con bien, incluso de las derrotas, -exclamó con rabia, don Pedro Sarmiento-.

-Gracias a lo que les ha contado el tal Nuño de Silva y que el informe del Virrey de Nueva España, relata con todo lujo de detalles, -continuó explicando su Excelencia- sabemos casi todo de este Corsario con datos ciertos en lugar de los sólo rumores que teníamos hasta ahora. El tal Silva, cruzó con este pirata el océano Atlántico, continuando por toda la costa del Brasil hacia el sur, Río de la Plata, Patagonia y Estrecho de Magallanes, atravesándolo tres de los cinco navíos de Drake que habían salido de Inglaterra. También nos confirma este relato -dijo señalando el escrito que le había mostrado antes- que, el tal corsario Drake, sólo es capitán de un sólo navío porque, dos de los cinco con los que venía, los abandonó en la costa atlántica porque tenían miedo de enfrentarse a una aventura tan arriesgada y desconocida para ellos. Las otras dos naos se perdieron en un temporal nada más salir del Estrecho. Y algo muy importante y, al mismo tiempo muy grave, -dijo tras una pausa en la que su rostro se puso repentinamente tenso-. Me confirman en este escrito, que el tal Francis Drake tiene patente de corso, firmada por la propia Reina de Inglaterra...

-Pero no puede ser. España mantiene relaciones con Inglaterra y tiene embajadores en aquel reino -interrumpió a su Excelencia sin poderlo evitar.

-No sé, no sé... -comentó pensativo tras las objeciones de don Pedro Sarmiento-. Aún así, me veo en la obligación de enviar carta real a España, junto con este informe del Virrey de Nueva España, para que llegue a conocimiento de nuestro Rey y Señor don Felipe II.

Tras una breve pausa, don Pedro retomó la palabra:

-Me parece una idea excelente la de proteger el Estrecho de Magallanes como nos aconseja su Excelencia el virrey de Nueva España don Martín Enríquez. Ahora que los ingleses conocen el modo de atravesarlo, irán viniendo nuevos y osados "drakes" y piratas de cualquier realea y nacionalidad. Pero me permito recordar a su Excelencia que tuve la misma idea y aún mejorada, en una no muy lejana conversación, cuando os propuse, Excelencia, no sólo su fortificación sino, incluso, que fuera poblada por colonos españoles.

-¡Ah, sí, sí!; lo recuerdo. Tenemos que hablarlo; pero dejad que termine de relataros este informe que considero interesante para que calibréis la verdadera talla del enemigo con el que os enfrentáis. -Haciendo una pequeña pausa como si pensara por donde continuar, añadió-. Después de cruzar el Estrecho de Magallanes, como os decía, con sólo una bien pertrechada nao, subió por las costas de Chile... Bueno, el resto de fechorías las conocemos de sobra por haberlas sufrido en nuestras propias carnes, de las que fuisteis informado antes de salir en su persecución y veo que coinciden con lo que cuenta el tal piloto portugués en la carta del Virrey de Nueva España, prueba de que son ciertas. Como podéis deducir por toda esta larga carrera de ataques y asaltos, el pirata Drake no se amilana por poco y aunque vuestra victoria contra él, haya supuesto un revés serio para su orgullo, lo cierto es que ha vuelto a atacar más barcos como os anuncié al principio de esta conversación, aunque como buen me habéis hecho ver, ahora, no lo puede hacer donde quiera y cuando quiera. Sabe que puede encontrarse con un contrincante de su propia talla y os teme.

-Drake, Excelencia, es astuto y taimado. Pocas veces se enfrenta abiertamente al enemigo. Lo tuve a punta de abordaje y la fortuna le sonrió; pudo huir porque su nao es poderosa y preparada para correr más que ninguna -añadió como justificación a no haberlo capturado, como hubiera sido el deseo de todos y sobre todo del propio Sarmiento.

-Debéis salir otra vez tras el pirata. Esta es la razón fundamental de que os haya hecho llamar, aunque antes os he querido dar una muestra de la confianza que os tengo, trasladándoos toda esta información. Si no alcanzáis a capturarlo, que, por lo que veo, difícil será si no acepta el combate abierto y toma la huida como victoria, al menos, que se convenza de que estas aguas ya no son surcadas por pacíficos barcos mercantes y que no le convienen a sus intereses. Si le obligamos, con nuestro incesante acoso, que vuelva al Atlántico por el Estrecho de Magallanes, es posible que caiga en nuestras manos en el difícil e ignoto estrecho del que, hasta ahora, nadie se ha atrevido a volver por él. Será como una ratonera en la que no tendrá escapatoria. -Haciendo una pausa y como si pensara en voz alta, continuó hablando-. Cuando retornéis, si vuestra misión resulta exitosa, seréis premiado con el mando de la expedición que pienso enviar al Estrecho de Magallanes para su estudio y posterior población y fortificación, tomando en consideración vuestra idea y vuestra oferta.

Al oír aquello, los ojos de don Pedro Sarmiento brillaron de un modo especial. Era el sueño de su vida. Sólo tenía que ir por Drake y destruirlo u obligarlo a marchar de los mares en los que había campado por sus fueros.

Abandonamos el palacio del Virrey y nos dirigimos lo más rápido que daban nuestras monturas, otra vez, al puerto del Callao. Parecía como si don Pedro Sarmiento tuviera mucha prisa en embarcarse y salir cuanto antes a la caza del corsario Drake. Durante este tiempo nuestro galeón había sido reparado de los desperfectos sufridos en el último combate y don Pedro Sarmiento había hecho mejorar el velamen con el fin de aumentar la velocidad de la nao. Nos abastecimos de todo lo necesario; sobre todo, de bastante pólvora y munición para nuestras armas. Don Pedro sabía que la lucha podía ser larga y no quería quedarse sin los abastimentos necesarios para poder vencer a Drake. Esta vez tendría que recorrer muchas más leguas para poder encontrarse con él. Por el informe del Virrey, sabía que el pirata operaba más arriba de los 10 grados de latitud norte.

Al atardecer del segundo día, pues, salimos otra vez en busca del escurridizo Corsario inglés que aparecía y desaparecía como por encanto. Esta vez su piloto mayor y amigo Antón Pablos no pudo acompañarnos, porque la herida había resultado de bastante gravedad y se estaba recuperando en el hospital de la Santa Faz en Lima. Don Pedro Sarmiento me honró con el título de primer piloto. Cargo que me daba, según dijo, por mis propios méritos y nada más.

En esta segunda incursión contra el corsario inglés, don Pedro Sarmiento optó por navegar sin perder de vista la costa con rumbo norte o noroeste, según los casos. De acuerdo con los informes que tenía, Drake hacía lo mismo, siempre que las circunstancias se lo permitían, porque le gustaba hacer mapas de los lugares por los que navegaba para tener cartas más exactas de las costas visitadas por él y, también, porque atacaba aquellos pueblos que veía desprotegidos.

Habían transcurrido siete días de navegación monótona, con el sólo objetivo de no perder de vista la costa e ir avanzando sin descanso hacía el norte, cuando al anochecer de aquel mismo día a la altura de un islote llamado Lobos de Tierra, vimos destacar las luces de un navío junto con las sombras que proyectaban sobre la tersa superficie del mar. Don Pedro Sarmiento alertó a todos por lo que pudiera ser, pasando aquella noche medio en vela, pendientes de las luces de aquel navío que parpadeaban intermitentemente y del que no queríamos separarnos hasta que amaneciera y averiguáramos de quién se trataba. -No creo que sea la nao del corsario Francis Drake -comentó don Pedro-. Por lo que conozco, sus últimas fechorías las ha llevado a cabo mucho más al norte por la razón que todos sabemos. Pero tengo una norma fundamental, no confiarme ante un navío desconocido, por si resultara ser enemigo.

Cuando, por fin, aclaró el día y nos acercamos lo suficiente para que se identificara, resultó ser un bergantín que venía de Chile y se dirigía a Nueva España.

Continuamos manteniendo la táctica de navegación adoptada por don Pedro Sarmiento dando, por fin, los resultados buscados. Habían transcurrido veinticuatro días de nuestra salida del Callao y atravesado el ecuador hacía tres, cuando al amanecer, vi, destacándose en la línea tersa del océano, unas manchas blanquecinas que no podían ser otra cosa que velas de alguna nao que navegaba hacia el sur.

-¡Velas en lontananza! -grité nada más verlas.

-¿Qué sucede Pedriño? -preguntó don Pedro, cuando estuvo a mi lado, en el castillo de popa donde estaba mi puesto de pilotaje.

-Velas por proa, señor, allá en el horizonte -repetí con un tono de voz más normal. Estaba lo suficiente cerca como para que me oyera sin dificultad.

Sin decir nada, las observó durante un rato y a continuación me dijo que moviera el timón dos grados a babor.

-Sea quien sea, es una nao poderosa: a juicio mío, esas velas deben pertenecer a una de por lo menos 300 o más toneladas, que sigue la misma ruta que nosotros pero en sentido contrario. Si ninguno de los dos navíos tuerce su rumbo, vendremos a encontrarnos al anochecer. Nos abriremos a babor y así no tendrá más remedio que pasar entre nosotros y la costa. Como se trate del mismísimo Drake, esta vez no va a tener más remedio que enfrentarse con nosotros, porque la huida la va a tener difícil.

-Su tonelaje y su aspecto, señor, nos recuerda la nao del pirata Drake, -añadí confirmando sus propios pensamientos, más que explicaciones. Recordaba muy bien, por lo reciente, el último combate con esa nao pirata.

Luego volviéndose don Pedro a los marinos que estaban todos en sus puestos, alertados por los toques de campana que él mismo había hecho sonar, les ordenó:

-Amurar y tensar todas las velas, tenemos una nao a la vista que podría ser corsaria. Le vamos a hacer creer, antes de que estemos lo suficientemente cerca y se de cuenta que somos una nao de guerra, que se trata de un barco mercante que lleva riquezas. He ordenado a mi piloto -dijo refiriéndose a mí- que nos dirija hacia aquellas pequeñas islas que nos quedan por la amura de babor, para que piense su capitán que tratamos de huir de ellos. Ocupad vuestros puestos, -les dijo con voz más fuerte- y haced que este galeón rinda lo mejor de sí, aprovechando la suave brisa que nos llega por el este. Debemos ocultarnos de ellos antes de que tengan tiempo de apercibirse de quién somos. De esto depende en parte nuestro éxito para cazar de una vez al escurridizo corsario Francis Drake.

Amuramos y tensamos todas las velas, respondiendo la nao muy bien, porque en poco tiempo conseguimos perder de vista las blancas velas que habíamos visto crecer con angustia, por si se daban cuenta de nuestra estratagema y huían, ocultándonos tras los primeros islotes del pequeño archipiélago de los Lobos. Vimos con alivio que continuaban confiados su propio rumbo.

La tarde caía y la tensión bajó, aunque don Pedro se movía de un lado a otro vigilante y dando constantemente órdenes al timonel, para evitar dar contra algún peligroso bajo rocoso por la proximidad de aquellos islotes. Disponíamos de una bien señalizada carta de navegación de aquellas islas que él mismo don Pedro había elaborado, de lo contrario no se hubiera arriesgado a navegar por entre aquel peligroso lugar. Lo más cierto es que hubiéramos acabado rompiendo el casco contra las abundantes rocas que sobresalían por doquier.

Recuerdo que aquella noche don Pedro Sarmiento no durmió más de dos horas y esto fue después de rodear la isla que nos había servido de escondite porque comenzábamos a enfilar el mar abierto y el día empezaba a despuntar.

-¡Don Pedro!, ¡don Pedro!, -lo desperté bruscamente cuando el vigía avisó de que la nao de la que nos habíamos ocultado la noche anterior, la teníamos delante de nosotros a unas cuantas leguas por la amura de babor. El plan había dado resultado. Ahora sería fácil sorprenderla. Don Pedro Sarmiento se levantó de un salto y subió rápido al castillo de proa. Al comprobar por sí mismo lo que le había dicho, sonrió satisfecho.

-El pez ha mordido el cebo. No hay duda de que es un barco inglés y estoy seguro que su capitán es Francis Drake -comentó entre dientes-.

A partir de este momento, comenzó a moverse y dar órdenes sin parar, haciendo que yo me hiciera cargo de nuevo, del gobierno del timón, del que me había relevado la noche anterior para que descansara:

-¡Preparad los cañones que estén listos para disparar! Abasteceros de bolaños suficientes. Los arcabuces a punto y las espadas al cinto. ¡Tensad la mayor y la de trinquete e izar la de mesana y contramesana!

Los marinos contagiados por su fuerza, la fuerza del "Capitán Hierro", pusieron la nao en posición óptima de navegación y combate. La distancia se iba acortando por momentos, tanto que nos separaban dos tiros de cañón, poco más o menos. Fue entonces cuando el otro barco se apercibió de nuestro acoso porque, aunque la distancia era todavía respetable, pudimos ver, primero movimiento de gente en cubierta y poco después, el despliegue de más velas, tal como habíamos hecho nosotros para darles alcance, no hacía mucho. Nuestro barco era un poco más ligero por ser, también, de menor tonelaje y aunque la distancia no se acortaba con la velocidad que lo había hecho antes de que se apercibieran de nuestras intenciones, íbamos irremisiblemente ganando mar y no pasaría mucho tiempo hasta que les diéramos alcance.

-¡Timonel, un cuarta a estribor! -gritó don Pedro cuando vio que el otro barco intentaba también ponerse a estribor nuestro para cogernos el barlovento y así salirse de la trampa que le estaba tendiendo nuestro capitán.

La operación de virar a estribor del otro navío le había perjudicado más que al nuestro porque era más pesado y necesitaba más tiempo para aprovechar el cambio de vientos. Nos íbamos acercando mientras nos abríamos cada vez más hacia estribor para ponernos a su altura por barlovento y así poderlo tener a mejor maniobra y tiro.

-¡Cañones uno y cuatro preparad mecha! ¡Vamos a enseñarle a ese Drake cómo se lucha de verdad!

-Pero señor, le dije, ¿cómo sabéis que es ese pirata? No llevan ninguna bandera que los identifique y aunque la nao es idéntica a la que hicimos huir no hace mucho, podía pertenecer a otro -le dije al observarla con mayor detenimiento y no ver nada que me recordara que era la mismo con la que nos enfrentamos la vez anterior.

Al no recibir respuesta insistí:

-Además este navío parece más reluciente y como nuevo.

Don Pedro Sarmiento con infinita paciencia me contestó:

-Ha tenido suficiente tiempo para aguar y refugiarse en algún puerto del norte y reparar y aún mejorar su navío. Y ahora sabe muy bien con quién se está enfrentando y sabe que ha caído en una trampa. Su objetivo inmediato es huir y por eso no muestra ninguna enseña que lo identifique. ¡El muy taimado!; quiere que nos confiemos y que nos acerquemos. Cuando estemos a su altura nos atacará sin piedad. Es una táctica que, hasta ahora, le ha dado muchas victorias y, sobre todo, pingües ganancias. Recuerda cómo en el último combate, nos quiso engañar enarbolando las enseñas de Castilla. -Tras esta larga explicación, que aun por ser larga, sus ojos y su atención no descuidaban el más mínimo cambio de la otra nao, terminó diciendo como si en realidad hablara para él mismo-. Por todo esto sé que frente a mí tengo al corsario Francis Drake...

Interrumpió sus propias palabras permaneciendo con la mirada fija en la nao contraria. Estaba midiendo las distancias y sospesando la posibilidad de lanzar sus primeros cañonazos. Después volviéndose rápidamente hacia la tripulación les gritó:

¡¡Dispuestos para la lucha!!

Un sí poderoso recorrió nuestra nao de proa a popa. Luego volvió a gritar con mayor fuerza:

-¡Artilleros, fuego el cañón uno y el cuatro de la banda de babor!

La bala del cañón número uno atravesó limpiamente una de las velas cuadras del trinquete, haciendo un desgarro importante en ella. La del número cuatro, cayó en el agua muy cerca del castillo de popa.

Al retumbar del cañón, se alzó un griterío impresionante, mientras los soldados blandían sus espadas y se hacía acompañar este griterío por el redoble de tambor y toque de corneta. El navío pirata nos respondió con cuatro disparos de cañón que cayeron todos en el agua, no muy lejos de nuestra banda de babor. -¡La pólvora del Perú es mucho más potente que las otras y nuestros cañones más poderosos! -exclamó enardecido don Pedro Sarmiento, confirmando lo que ya habíamos tenido ocasión de verificar en el otro reciente combate. -Después dirigiéndose a mí me ordenó- Mantén el mismo rumbo y evita que se acerquen más. Volviéndose a los artilleros les gritó de nuevo:

-!Fuego los cañones de babor! ¡Fuego a discreción!

En la primera andanada de nuestros cuatro cañones de babor, les agujereamos más velas. En la segunda una bala les rompió el mástil de la contramesana y la vela se vino a abajo.

Ellos volvieron al ataque no consiguiendo tocarnos, tampoco, esta vez.

En esos momentos del combate, ambos navíos se habían situado frente por frente y las distancias se habían acortado.

-¡Pelotón de arcabuceros, apuntad bien y disparad vuestras armas! -gritó desde el puente de popa destacando su voz por sobre el griterío de ambos navíos, desde los que sus respectivas tripulaciones se increpaban, mientras en sus manos blandían todo tipo de armas.

-¡Don Pedro!, ¡don Pedro! ¡Mirad en aquella dirección; están izando una bandera! -le grité lo más que pude, aunque lo tenía a mi lado; pero en medio de las voces y ruidos de armas, era difícil hacerse entender.

-¡Sí, son corsarios y no hay ninguna duda de que su capitán es Drake! -Mientras hablaba, don Pedro estaba al tanto de todo. Hizo retirar a un herido de bala, y animaba a la tropa con sus gritos al ver caer heridos o muertos varios corsarios, por los certeros disparos de los arcabuceros-.

Don Pedro Sarmiento estaba dispuesto a abordar a la otra nave, aún a sabiendas de que nos superaban en número. Pero era tal el ánimo de todos, inflamados por la fuerza y el espíritu de don Pedro Sarmiento que lo deseaban.

-¡¡Preparados para el abordaje!! ¡Artilleros, disparad, disparad! ¡Arcabuceros no dejéis descansar vuestras armas! Cuantos más caigan ahora, menos tendremos que eliminar después, -les gritó, mientras él mismo desembainaba su espada y se preparaba para el momento cumbre de esta gran batalla.

Estábamos tan cerca que se veían perfectamente la gente del otro barco y sobre el puente de mando destacaba una figura no muy alta, vestida de blanco que, espada en mano, se le veía dar órdenes.

-¡Drake! ¡Drake! ¡Está allí! -le grité señalando en la dirección justa. Don Pedro que en medio del fragor del combate no había tenido tiempo de verlo, miró y blandiendo su espada en esa dirección ordenó a tres arcabuceros que se habían apostado en el castillo de popa, que dispararan contra él. Sonaron los tres disparos a la vez y vimos como la figura blanca de Drake caía mientras se llevaba las manos a la cara. Entre tanto, nuestras velas de la mayor se habían incendiado a causa de los disparos de sus cañones y nos habían agujereado por varios sitios los costados del barco a la altura de donde estaban situadas nuestras baterías de cañones.

El grito de que Drake había sido muerto, corrió como la pólvora y el griterío, junto con el redoblar de los tambores, fue enorme; tanto que nuestros marinos y soldados, subidos por los sitios más altos y colgados de escotas y obenques preparados para saltar sobre sus enemigos, bajaron a cubierta para unirse al resto de la tripulación que celebraban la noticia como una anticipada victoria sobre el inglés.

Dios misericordioso no quiso que aquel día acabáramos con todos nuestros enemigos. De no haber intervenido en su ayuda, por alguna razón que no nos está permitido conocer. Digo esto y que Dios me perdone; pero sucedió que el viento viró en redondo y como casi todo el trapo de nuestra mayor estaba quemado o chamuscado, se nos fueron alejando poco a poco. Continuamos disparando toda nuestra artillería; pero no pudimos evitar que huyeran aunque con su nao bastante maltrecha y con la casi seguridad de que su capitán había sido tocado o muerto.

En aquellos momentos no teníamos la certeza de que hubiera sido muerto realmente su capitán; pero de lo que no había ninguna duda y esto nos alegraba inmensamente el ánimo, era que los habíamos hecho huir por segunda vez y que a punto habíamos estado de aniquilarlos por completo.

Después de este singular combate de nuestro gran capitán, "Capitán Hierro", no se volvió a oír hablar más de este corsario, ni de otros por mucho tiempo, en el Mar del Sur.

V

SU ÚLTIMA HAZAÑA

Cuando escribo esto, sé que Drake no murió en el enfrentamiento con don Pedro Sarmiento; aunque sí, herido. Debió irle tan mal, que no tuvo valor o ánimos para volver a su país por el estrecho de Magallanes, porque hubiera tenido que navegar por los mares controlados por don Pedro Sarmiento.

Lo primero que pensó Drake, después que se repuso de las heridas y pérdidas sufridas en su última batalla, fue navegar hacia el norte, más arriba de los 60 grados, intentando encontrar un paso hacia el este que le llevara a Inglaterra. En vista de que no lo encontró, se vio forzado a regresar a su país navegando siempre hacia el oeste, durante muchos meses, para llevar la abundante plata que llenaban sus bodegas y que había rapiñado, atacando indefensos barcos mercantes que la transportaban de las minas del Potosí a los puertos españoles.

A don Pedro Sarmiento, después del éxito contra Drake, del que ya no se tuvo noticias por estos mares, le fue encomendada la gran hazaña de encontrar un paso por el Estrecho de Magallanes hacia el Atlántico, para que los navíos pudieran volver a España directamente desde cualquier puerto del Mar del Sur; porque nadie conocía la ruta de regreso por aquella latitud.

Hasta que mi padre descubrió y cartografió esa ruta del sur, los barcos tenían que transportar personas y mercancías navegando por toda la costa occidental de Sudamérica hasta el Istmo de Panamá y, después de cruzarlo a pie hasta la ciudad de Darién en el Atlántico, embarcarse en aquel puerto rumbo a la península. La arriesgada empresa incluía, también, un estudio profundo de aquellas tierras inhóspitas del sur, por si existía la posibilidad de ser pobladas por colonos y fortificadas, para impedir el paso de los piratas. El destino final de esta peligrosa aventura era España, en donde presentaría los resultados ante el Rey para interesarle por este proyecto.

A mí me hubiera gustado acompañar a don Pedro Sarmiento en la importante doble misión que se le había asignado: Por un lado explorar y cartografiar el paso del Mar del Sur al Atlántico por el llamado Estrecho de Magallanes y por el otro, estudiar las posibilidades de poblamiento y fortificación de aquella región del cono sur de América tan cerca del Polo Sur como dije antes; pero me dejó al servicio del Virrey del Perú don Francisco de Toledo.

En aquellos momentos me contrarió mucho su decisión. Hoy sé la razón por la que lo hizo: no quería que mi madre se quedara sin mi apoyo y compañía. Me tranquilizó saber que su piloto mayor y amigo Antón Pablos, ya repuesto de sus heridas, le acompañaba en este peligroso y azaroso viaje.

Logró su objetivo de atravesar el estrecho y rebautizó este paso como Estrecho de la Madre de Dios. Él demostró, con creces en esta aventura, su temple de hierro y fortaleza. Todas las mil peripecias y avatares están detalladas con tal precisión en su diario, que sobran mis palabras. Valga, como muestra de lo que digo, un fragmento de su relato personal de esta odisea y que he copiado literalmente un poco más adelante. En él da cuenta de su lucha contra un medio tan hostil y peligroso, al que venció porque, una vez más tengo que afirmarlo: ¡ERA EL CAPITÁN HIERRO!

La página de su relato, narra uno de los mil peligros con los que se enfrentó y de los que supo salir victorioso. Dice:

"Así que anocheciendo cargó muy pesadamente la tormenta. Y en la capitana se iba con grandísimo trabajo y peligro llamando a Dios nuestro Señor y a su benditísima Madre y a los Santos que intercediesen por nosotros con Nuestro Señor Jesucristo que hubiese misericordia de nosotros. Era el viento de refriegas y esa poca vela que llevábamos en el trinquete nos la hizo pedazos, que a no llevar otra velilla de correr, hubiéramos quedado sin vela de trinquete. Entraba la mar por un bordo y salía por otro y por popa y proa, que no había cosa que no anduviese debajo del agua. Y como el bergantín era pequeño, y la nao daba muchos bandazos, corría grandísimo peligro y cada golpe de mar lo arrasaba y los que iban dentro iban dando voces que los socorriesen desde la nao, que había grandísima lástima oír los gritos que daban y lástimas; más viendo que no los podían socorrer por ser de noche y nos pusiéramos todos a riesgo de perdernos. Animábanlos desde la nao diciendo que presto sería día y los recogerían en la nao. Y en siendo de día, la nao fue puesta de mar en través, las velas tomadas con harto peligro por socorrer la gente del bergantín; y tirando del cabo con que venía amarrado lo llegaron a bordo del navío y con tan mal mar, embestía el bergantín con el espolón el costado del navío que temimos ser desfondados con los golpes. Luego comenzamos a echar cabos y tablas y boyas a la gente del bergantín para que se aferrasen a ellas y los metiésemos dentro de la nao. Y como la mar era tan soberbia y los balances del navío ahorcaban el bergantín nunca pudieron aferrar las sogas, ni tablas que les habíamos echado; y dábamos voces desde el borde del navío que se aferrasen a ellos para que se salvasen y uno de los marineros, llamado Pedro Jorge, se arrojó a la mar y se aferró del timón del navío y asiéndose del varón y de la cámara de popa le echaron una cabo y diose mala maña y soltó cabo y se ahogó. Los demás unos tomados por las cabezas con lazos, medio muertos, otros arrojándose a las cintas y mesas de guarnición fueron metidos dentro y los salvó Nuestro Señor Jesucristo. Todo este día fue creciendo la tormenta, unas veces de viento norte, otras de travesía, que es oeste en esta región, la cual es tan soberbia y mete tanta mar que se le puede mostrar el costado y levanta el navío del agua. Y por esta estábamos en mayor peligro porque por estar cerca de tierra no podíamos correr a popa, que es lo que se suele hacer para huir de la tormenta de la travesía, porque si lo hiciéramos en muy poco tiempo diéramos en tierra donde nos perdiéramos; y así no osando ponernos del todo mar de través, por no abatir sobre la tierra y por ser navío peligroso de mar en través, íbamos con poquita vela del trinquete a orza por traer siempre vivo el navío, en lo que el piloto Antón Pablos trabajó como muy buen piloto y hombre de mucha vigilancia y cuidado, sin descansar de día ni de noche y sobre todo el trabajo era el agua y el frío grande con que los marineros se sentían muy fatigados, y así vinieron a punto de pasmarse todos. Duró la tormenta todo este día viernes y su noche..."

Fragmento de su diario titulado:

RELACIÓN Y DERROTERO DEL VIAJE Y DESCUBRIMIENTO DEL ESTRECHO DE LA MADRE DE DIOS, ANTES LLAMADO DE MAGALLANES.

Fechado por don Pedro Sarmiento el 17 de agosto de 1580

Llegado a España después de tan larga y penosa aventura, consiguió interesar al Rey para que se hiciera una expedición en toda regla, con soldados y colonos, para fundar dos ciudades y fortificar el estrecho de acuerdo con el informe detallado de este proyecto elaborado por él mismo, a petición del Virrey Toledo.

De nuevo, parece ser que, se repitió la historia, sufriendo en sus propias carnes la injusticia. El Consejo de Indias fue encargado de organizar la expedición y nombró, como general de dicha expedición, a Diego Flores de Valdés, ignorándose todo lo que había hecho don Pedro. Seguramente que el que fue gobernador de Perú, García de Castro, a la sazón miembro de ese alto consejo, no le había perdonado ni olvidado que don Pedro había tenido que ver y mucho con su destitución y expulsión de Perú e influyó, sin duda, en este nombramiento. Pero don Pedro Sarmiento no se amilanó y elevó su protesta hasta el Rey, no teniendo más remedio, este alto organismo que nombrarlo Gobernador de las futuras poblaciones del estrecho y general adjunto de la armada y encargado de la construcción de dos fortificaciones que defendieran la boca del estrecho, con lo que la humillación fue lavada en parte.

De todo esto supimos aquí en Lima, porque don Pedro Sarmiento envió carta al Virrey poniéndole al corriente de la marcha del proyecto. Después de esta misiva, perdimos contacto con don Pedro Sarmiento del que no recibimos ninguna comunicación escrita hasta varios años después. Conocimos, aquí en Perú, algún rumor de que había sido hecho prisionero por los ingleses y franceses, sin más detalles. Fue el 31 de diciembre de 1.590, cuando el Virrey don Pedro de Toledo, recibió un amplio y detallado relato en donde don Pedro Sarmiento explicaba las causas de este largo silencio. Terminaba la carta con una petición urgente de ayuda para las ciudades que había fundado en el estrecho y que nadie se había ocupado de auxiliar, en el largo encarcelamiento que había sufrido.

Por esta carta, pues, supe que don Pedro Sarmiento fue hecho prisionero, después de fundar dos ciudades en las tierras costeras del llamado Estrecho de Magallanes, la Nombre de Jesús en el año 1573 y la otra, Rey Don Felipe construida un años más tarde, cuando se dirigía a España para dar cuenta personal al Rey de lo que se había hecho en aquella zona austral del continente.

En este viaje de vuelta, pues, sufrió el ataque del corsario inglés Walter Raleighen, en el mes de agosto de 1586, cuando estaba muy cerca de España.

Se lo llevó prisionero a Inglaterra, pensando en pedir un alto rescate por su liberación. Al resto de la tripulación y el barco los dejó libres porque no llevaban nada de valor. Venían tan exhaustos y en tan pésimas condiciones por lo que habían tenido que soportar en este viaje de regreso, con la mayor parte de la tripulación enferma que no tuvo más remedio que se entregarse sin luchar. Estaba adornado don Pedro Sarmiento de tan buenas cualidades, que hasta logró conquistar al propio corsario que lo llevaba prisionero con el que entabló una buena amistad.

Una vez en Inglaterra y gracias a la ayuda del corsario Walter Raleighen que tenía influencia ante la reina Isabel, fue presentado en la corte. Sus vastos conocimientos y facilidad de palabra, causaron la admiración de la propia reina, con la que pudo dialogar en latín, lengua que ambos conocían. Con tanto mérito propio, la reina lo liberó el 30 de octubre de ese mismo año y de prisionero, pasó a ser embajador en misión de paz ante el propio Rey Don Felipe. Desoyendo el consejo de sus amigos de que volviera a España en barco, en lugar de hacerlo por tierras de Francia, fue capturado muy cerca de la frontera española por los hugonotes, que por aquellas fechas luchaban contra el Rey de Francia al que no lo reconocían como tal.

Antes de dejar Inglaterra camino de Francia, fue presentado a Francis Drake en el mismo puerto de Plymouth al que había llegado un mes antes, exactamente el 28 de julio de 1586, después de una campaña de diez meses por las costas de América Atlántica, huyendo de la armada española de Alvaro de Flores y Valdés que lo perseguían. Sólo decía, don Pedro Sarmiento, en la larga carta enviada al Virrey del Perú, que hablaron bastante rato de un modo cortes y cordial; pero no contaba nada sobre el contenido de esta conversación habida entre los dos...

EPIGRAFE Nº 2

... No se cuanto tiempo había pasado sumergido en ese viaje a otro tiempo, en el que la magia de aquel extraño manuscrito me había sumido; pero cuando llegué a la última página de esta historia y alcé la vista, me encontré frente a frente con aquel hombre enjuto, de pelo blanco, de aspecto tranquilo, sentado en un taburete frente a mi, con la mirada perdida en el infinito. En lugar del sol que se colaba por la ventana de aquella pequeña tienda cuando entré, ahora estaba justo sobre mi cabeza la única bombilla que mal alumbraba la pequeña estancia. Interesado por el relato que acababa de leer, le pregunté:

-¿Está en venta este manuscrito?

-¿Cual manuscrito, señor? ¡Yo no veo ningún manuscrito! -Me respondió sin abandonar su aspecto hierático-.

FIN

 

Santiago Salcedo

amboscasos[arroba]yahoo.es

Partes: 1, 2, 3

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