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Evolución y cerebración




  1. Desarrollo

INTRODUCCIÓN

A continuación se reflexiona y especula acerca de las circunstancias que podrían estar implicadas en el modo en que podría haber tenido lugar la cerebración (la formación del cerebro desde el punto de vista filogenético) en el caso particular del ser humano.

Entre otras cosas, se van a aventurar respuestas para preguntas del tipo: ¿cuál es el rasgo humano clave? ¿cómo es que los chimpancés y el hombre son tan parecidos genéticamente y tan distintos mentalmente? ¿Cómo ha llegado el ser humano a su peculiar y complejo estatus mental?

DESARROLLO

A partir de ahora se va a suponer que la mente es el cerebro funcionando.

Las observaciones clínicas permiten concluir que un daño parcial del cerebro de una persona se correlaciona con un daño parcial de su mente.

En una ocasión surgió la oportunidad de mantener una conversación con un amigo, neurólogo de profesión, que acababa de recuperarse de una afasia global transitoria en relación con un equivalente migrañoso, es decir, había perdido la capacidad de utilizar el lenguaje por culpa de un ataque de jaqueca tan intenso que le había dejado sin funcionamiento unas zonas del cerebro imprescindibles para integrar la función del lenguaje, tanto de su comprensión como de su expresión (la jaqueca, o migraña, curse o no con dolor de cabeza, es una enfermedad vascular cerebral con varias manifestaciones posibles, aparte del dolor de cabeza).

Al preguntarle a este amigo qué había experimentado al carecer durante unas horas de parte de su mente, episodio que recordaba, al no haberse visto afectada su memoria (por ejemplo, al no haberse visto afectada la zona del hipocampo en el cerebro), relataba que había tenido una sensación que ahora, al poder hablar otra vez, podía definir como incomodidad, porque recordaba notar la sensación de estar necesitando hacer algo que no conseguía llevar a cabo.

No supo qué era ese algo que no conseguía hacer, que era comunicarse con sus semejantes mediante un lenguaje con palabras, hasta que recuperó la facultad del lenguaje y pudo ya codificar simbólicamente dicha información. Su contacto mental con la realidad se mantuvo durante esas horas, pero de forma rudimentaria. Seguía siendo consciente como sujeto, pero con los contenidos de su conciencia subjetiva simplificados.

¿Cuál es entonces el rasgo humano clave? Porque, en el caso de este amigo, aunque durante un tiempo estuvo reducido al nivel mental de un ser consciente pero incapaz de comunicarse de forma compleja, y de percibir conscientemente (de interpretar) de manera compleja las sensaciones acerca del entorno y la realidad, seguía siendo un ser humano, y subjetivamente consciente de la realidad. ¿Es la conciencia subjetiva lo que nos distingue como seres humanos? ¿Acaso no poseen conciencia subjetiva otros animales, aunque sea más rudimentaria que la del hombre (por ejemplo, sin autoconciencia, sin conciencia del yo)? ¿Es la complejidad de la mente humana, en función del lenguaje, lo que nos hace humanos? ¿Es acaso el rasgo humano clave el lenguaje, que hace posible la percepción de parte de la riqueza y de la contraintuitiva complejidad del universo? ¿No es humana entonces una persona que carezca de la capacidad para el lenguaje? ¿Son las emociones y los sentimientos (la percepción consciente de las emociones), que mantienen al ser humano en contacto mental con la realidad, lo que define al ser humano? ¿No tienen acaso sentimientos otros animales con un cerebro suficientemente complejo? ¿Es la clave la cultura, la sociabilidad, la capacidad de autocontrol…?

Para tratar este asunto hay que tener en cuenta que la mente es un eslabón más en una compleja cadena evolutiva. La hominización es también un acontecimiento evolutivo más.

Que se sepa, sólo una especie animal es humana en la actualidad, Homo sapiens sapiens, y esto es muy importante, porque, por poner un ejemplo, varias especies distintas son felinas. De modo que la especie humana actual, a pesar de su diversidad de razas, es, de hecho, y que se sepa, la única especie viva representante del género Homo, que a su vez es también el único género vivo representante de la familia de los homínidos. Si hubiese varias especies del género humano vivientes, como sucede con otros géneros animales, el antropocentrismo estaría repartido entre varias especies, y no llamarían tanto la atención las peculiares características del ser humano (como su capacidad mental).

El hombre pertenece al orden de los primates. El orden de los primates probablemente surgió hacia el pleoceno, en la era terciaria, hace unos 60 millones de años, quizá evolucionando a partir de mamíferos insectívoros parecidos a musarañas. El orden de los primates se divide en dos subórdenes: prosimios y simios. El suborden prosimios se divide en los infraórdenes de lemuriformes, lorisiformes y tarsiformes. El suborden de los simios, o antropoideos, se divide en los infraórdenes de platirrinos y catarrinos. Los platirrinos son monos con cola, y menos evolucionados que los catarrinos. Hay tres géneros de platirrinos, tití, cebus y ateles. Los catarrinos aparecieron hace unos 50 millones de años, en el eoceno; se caracterizan, entre otras cosas, por tener 32 dientes, como el ser humano adulto. Hay 4 familias de catarrinos: cercopitecos, hilobátidos, antropomorfos y homínidos. Sólo una familia de catarrinos tiene cola, la de los cercopitécidos, pero no es prénsil. Las otras 3 familias de catarrinos no tienen cola.

La familia de los hilobátidos, o gibones, está menos evolucionada. La de los póngidos, o antropomorfos, se puede agrupar en una misma familia con los hilobátidos, al no ser humanos y compartir el rasgo común de la ausencia de cola. La familia de los antropomorfos se divide en 3 géneros: Pongo u orangutanes, Pan o chimpancés y Gorilla.

La cuarta familia del infraorden de los catarrinos es la de los homínidos, con dos géneros conocidos: Australopithecus, ya extinguido, y Homo, con varias especies conocidas, como Homo erectus y hombre de Neandertal, ambas ya extinguidas, y con una sola especie representante del género Homo viva en la actualidad: Homo sapiens sapiens, el ser humano moderno. El hombre es por tanto un simio catarrino de la familia de los homínidos, caracterizado por ser la única especie viva representante del género Homo.

Según los paleoantropólogos, es probable que el cerebro estuviera preparado para el lenguaje antes que los órganos de la fonación para el habla. ¿Es el don de la palabra, que otorga al ser humano la capacidad de reflexión y autoconciencia, el rasgo humano clave, aparte de su peculiaridad como único representante vivo de su género, su soledad autoconsciente, o cuál es sino su rasgo característico clave?

Los animales de una misma especie se reconocen como pares, y así lo manifiestan a través de su conducta. Pero, para identificar la "humanidad" a simple vista probablemente se requiera el reconocimiento de algo peculiar, y éste algo quizá sea no el lenguaje, ni la inteligencia, sino otra cosa, lo siguiente: el fenómeno de la neotenia asociado al antropomorfismo. Ésta es pues la conjetura que se plantea aquí: un ser humano es un simio catarrino antropomorfo que se ha vuelto bípedo y que manifiesta neotenia.

El fenómeno de la neotenia consiste en manifestar en la etapa adulta características infantiles o larvarias. La neotenia se da con cierta frecuencia: se observa en especies de anfibios que conservan las branquias, como en el caso de Proteus anguinus, o como en el caso del ajolote también; parece observarse, así mismo, en insectos ametábolos que conservan su morfología larvaria, como el lepisma, etc. (es decir, se da tanto en protostomios como en deuterostomios).

El ser humano también parece manifestar la neotenia, pues se diría que es una versión evolucionada de un antepasado común a antropomorfos (chimpancés, gorilas y orangutanes) y homínidos (Australopithecus y Homo), que, aparte de haberse vuelto bípedo, hubiera manifestado un progresivo y notable infantilismo.

En comparación con otros antropomorfos adultos, el hombre presenta a simple vista el infantilismo en varios rasgos: hipotrofia de la mayor parte del pelo, brazos cortos y cráneo grande en proporción al cuerpo; es decir, es como un niño de gran tamaño (pero con capacidad de reproducción). Los ojos son grandes en relación al resto de las partes de la cara; la cara es pequeña en relación al tamaño del cráneo. Los maxilares son relativamente pequeños en comparación con especies afines con menos infantilismo; el hocico ha retrocedido (como le pasa también al perro respecto del lobo, del que es una versión infantil). Los dientes son pequeños en comparación; incluso se puede apreciar a simple vista la reducción en el número de piezas dentales del hombre adulto en comparación con otros catarrinos menos infantilizados (los catarrinos presentan 32 dientes): en muchas personas ya no brotan las muelas del juicio inferiores, signo de esta hipotética regresión progresiva hacia la infantilidad.

El gorila sirve como ejemplo del polo opuesto al hombre. El gorila adulto manifiesta los caracteres que uno esperaría encontrar en un antropomorfo adulto maduro y sin aniñar: abundante y recio pelo por el cuerpo, mandíbula y caninos grandes, cara grande en relación al cráneo, uñas gruesas, brazos largos, etc. Ya las propias crías de gorila a simple vista manifiestan poca neotenia en comparación con las de chimpancé, más parecido al hombre que el gorila, y, por supuesto, dado que las crías del chimpancé manifiestan menos neotenia que las crías de hombre, las crías de gorila también manifiestan menos neotenia que las crías de hombre.

Las personas de raza negra y raza amarilla parecen manifestar más neotenia que las de raza blanca. Por ejemplo: los varones asiáticos suelen ser lampiños y poseer epicanto. El epicanto está presente en los blancos sólo durante la infancia (dando lugar en ocasiones, por cierto, al cuadro clínico llamado seudoestrabismo).

En los fósiles de niños primitivos desenterrados en la sierra de Atapuerca, los paleoantropólogos han descrito una similitud entre la cara de esos niños primitivos y la cara del hombre adulto moderno. Tal similitud se perdía al crecer el niño primitivo y desarrollar rasgos arcaicos en la edad adulta, como el arco superciliar y el prognatismo (el prognatismo tal vez fuera a su vez un vestigio rudimentario del otrora hocico).

En la actualidad se conservan estos rasgos infantiles en la edad adulta, más en la mujer que en el varón, en el que todavía parecen insinuarse rasgos arcaicos, como el arco superciliar.

Lo único que aparentemente no encaja en este rostro aniñado del hombre moderno es la presencia de la gran nariz que lo adorna en su centro, pero ello no indicaría necesariamente falta de infantilismo de la nariz, porque la selección del mayor o menor tamaño de cada órgano está influida por factores diversos, independientemente de la influencia que la neotenia pueda tener.

La talla del ser humano es mayor en la actualidad que la de sus versiones primitivas menos infantiles, como el Australopithecus. Sin embargo, la talla actual ni es incompatible con la neotenia ni indicaría tampoco infantilismo por eunucoidismo (el eunucoidismo incrementa la talla final de un individuo), ya que el eunucoidismo habría dificultado la procreación, al relacionarse con una falta de maduración gonadal.

La infantilidad del ser humano probablemente sea la clave de su singularidad como antropomorfo singular, como ser distinto a cualquier otro, el rasgo humano clave, aquéllo que le da su aspecto peculiar y que a simple vista lo distingue de forma evidente de su pariente vivo más próximo: el chimpancé, por delante incluso del don del lenguaje complejo (y más aun teniendo en cuenta que algunos investigadores han conseguido entenderse por signos con algunos chimpancés).

De ser cierta esta conjetura acerca de la correlación entre hominización y neotenia, una dificultad para intuir la importancia de la neotenia en la hominización provendría del engaño derivado del hecho de llamar antropomorfo al orangután, cuando habría que llamar "pongomorfo" al hombre, ya que no es el orangután el que tiene aspecto de hombre, sino el hombre el que se parece al orangután.

¿Estará la neotenia detrás del peculiar desarrollo cerebral del hombre? Tal vez, al aumentar el tamaño relativo del cráneo en la etapa adulta para conservar las proporciones infantiles (los niños son "cabezones"), se haya visto obligado a aumentar de forma paralela todo el segmento cefálico, tanto el continente, el cráneo, como el contenido, el encéfalo, sin que esa hiperplasia e hipertrofia neuronal haya supuesto una mutación morfofuncional inviable, sino al contrario (con la excepción de las personas con malformaciones por megalencefalia).

De momento, la persistencia de la especie humana en la biosfera como especie viable da sentido a esta conjetura, aun teniendo en cuenta que el aumento del volumen ocupado por el cráneo no haya sido exactamente paralelo al aumento de la masa cerebral (como el cerebro del hombre aumentó más que el volumen del cráneo, el cerebro agrandado ha sido viable gracias al desarrollo concomitante de las circunvoluciones, plegándose sobre sí mismo y caber así dentro del cráneo con su nuevo volumen, con dos vías en este sentido, una más viable, y otra menos viable, esta última en los casos citados de personas con megalencefalia, o gigantismo cerebral, del que hay tipos diversos y frecuentes, y que son categorizados por sistema como estados patológicos por los médicos).

El ser humano acostumbra a rodearse en su ambiente doméstico de animales que manifiestan neotenia, versiones infantilizadas de la especie original, como la vaca lechera (compárese con la vaca brava), el cerdo (compárese con el jabalí), o el perro (compárese con el lobo), y otros, por ejemplo: resulta llamativo que últimamente se estén abriendo granjas para intentar la cría del avestruz en Europa, porque esta ave es como un pollo descomunal, con unos ojos enormes en una cabeza desplumada, y con unas absurdas alas hipotróficas con las que no puede volar.

La neotenia, en el caso del perro, no sólo se manifiesta en su morfología, sino también en su conducta: el perro adulto se comporta como un cachorro juguetón y torpe; no muestra la fiereza ni la implacable intencionalidad del lobo, salvo excepciones. Es probable que el ser humano, como el perro, manifieste la neotenia en su conducta también.

Ésta podría ser la explicación de la inmadurez y despropósito que con frecuencia se aprecia en el comportamiento de los adultos, independientemente de la ya de por sí natural tendencia al caos de la humanidad en función de fenómenos emergentes asociados a la suma de individuos en unidades sociales, que alienan al individuo en beneficio del funcionamiento como grupo (que no tiene porqué ser beneficioso para el individuo).

Aparte del juego desorientado (incluso en momentos en los que no interesa jugar), el infantilismo le supone un segundo problema al hombre adulto: la labilidad emocional. Es difícil encontrar a un adulto humano que no llore o ría a la menor ocasión (de hecho, con frecuencia ya se define a la vida humana como una suma de penas y alegrías, cuando la vida no es más que otro fenómeno emergente sistemático).

En un adulto este infantilismo puede llegar a ser contraproducente, si lleva a la pérdida del autocontrol, que a su vez lleva al despropósito, con impredecibles consecuencias. Esta actitud infantil parece tener que ver con la tendencia natural del caótico ser humano a meterse en líos, cuando, el cerebro, como sistema de computación, sirve precisamente para lo contrario: para solucionar problemas. Por tanto, a mayor madurez, menos problemas.

 

 

 

Autor:

Manuel Fontoira Lombos

Doctor en Medicina. Especialista en Neurofisiología Clínica.

Categoría: paleontología


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