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Julio Verne - El faro del fin del mundo




Partes: 1, 2, 3, 4

  1. La isla de los Estados
  2. Los tres torreros
  3. La goleta "Maule"
  4. En la bahía de Elgor
  5. La caverna
  6. La "Maule" en reparación
  7. Vázquez
  8. Después del naufragio
  9. Al salir de la bahía
  10. Durante tres días
  11. El aviso "Santa Fe"
  12. El desenlace

PRIMERA PARTE

INAUGURACION

EL sol iba a desaparecer detrás de las colinas que limitaban el horizonte hacia el oeste. El tiempo era hermoso. Por el lado opuesto, algunas nubecillas reflejaban los últimos rayos, que no tardarían en extinguirse en las sombras del crepúsculo, de bastante duración en el grado 55 del hemisferio austral.

En el momento que el disco solar mostraba solamente su parte superior, un cañonazo resonó a bordo del "aviso" Santa Fe, y el pabellón de la República Argentina flameó.

En el mismo instante resplandecía una vivísima luz en la cúspide del faro construido a un tiro de fusil de la bahía de Elgor, en la que el Santa Fe había fondeado.

Dos de los torreros del faro, los obreros agrupados en la playa, la tripulación reunida en la proa del barco, saludaron con grandes aclamaciones la primera luz encendida en aquella costa lejana.

Otros dos cañonazos siguieron al primero, repercutidos por los ruidosos ecos de los alrededores. La bandera fue luego arriada, según el reglamento de los barcos de guerra, y el silencio se hizo en aquella Isla de los Estados, situada en el punto de concurrencia del Atlántico con el Pacifico.

Los obreros embarcaron a bordo del Santa Fe, y no quedaron en tierra más que los tres torreros, uno de ellos de servicio en la cámara de cuarto.

Los otros dos paseaban, charlando, a la orilla del mar.

—Y bien, Vázquez —dijo el más Joven de los dos—, ¿Es mañana cuando zarpa el "aviso"?

—Si, Felipe, mañana mismo, y espero que no tendrá mala travesía para llegar al puerto, a menos que no cambie el viento. Después de todo, quinientas millas no es ninguna cosa extraordinaria, cuando el barco tiene buena máquina y sabe llevar la lona.

—Y, además, que el comandante Lafayate conoce bien la ruta.

—Que es toda derecha. Proa al sur para venir, proa al norte para volver; y si la brisa continúa soplando de tierra, podrá mantenerse al abrigo de la costa y navegará como por un río.

—Pero un río que no tendrá más que una orilla —repuso Felipe—. Y si el viento salta a otro cuadrante. ..

—Eso sería mala suerte, y espero que no ha de tenerla el Santa Fe. En quince días puede haber ganado sus quinientas millas y fondear en la rada de Buenos Aires.

—Sí, yo creo que el buen tiempo va a durar.

—Así lo espero. Estamos en los comienzos de la primavera, y tres meses por delante son más que algo.

—Y los trabajos han terminado en muy buena época.

—Sí, y no hay miedo que nuestra isla, se vaya a fondo con su faro.

—Seguramente, Vázquez; cuando el "aviso" vuelva con el relevo, encontrará la Isla en el mismo sitio.

—Y a nosotros en ella —dijo Vázquez frotándose las manos, después de lanzar una bocanada de humo—. Ya ves, buen mozo, que no estamos a bordo de un barco al que la borrasca zarandea; y si es un barco, está sólidamente anclado a la cola de América... Convengo en que estos parajes no tienen nada de buenos; que la triste reputación de los mares del cabo de Hornos está bien justificada y que los naufragios menudean... Pero todo esto va a cambiar, Felipe: Aquí tienes la Isla de los Estados con su faro, que todos los huracanes no lograrían apagar. Los barcos lo verán a tiempo para rectificar su ruta, y guiándose por su claridad se librarán de caer en las rocas del cabo San Juan, de la punta Diegos o de la punta Fallows, aun en las noches más obscuras... Nosotros somos los encargados de mantener el fuego, y lo mantendremos...

La animación con que hablaba Vázquez no dejaba de reconfortar a su camarada, que acaso no miraba tan de color de rosa las largas semanas que había de pasar en aquella isla desierta, sin comunicación posible con sus semejantes, hasta el día que los tres fueran relevados. Para concluir, Vázquez añadió: —Ya ves, desde hace cuarenta años estoy recorriendo todos los mares del antiguo y nuevo continente, de grumete, de marinero, de patrón... Pues bien, ahora que ha llegado la edad del retiro, yo no podría desear cosa mejor que ser torrero de un faro: ¡y qué faro! ¡El faro del Fin del Mundo!

Y en verdad que aquel nombre estaba bien justificado en aquella isla, lejana de toda tierra habitada y habitable. —Dí, Felipe —repuso Vázquez, sacudiendo la ceniza de su pipa—, ¿A qué hora vas a relevar a Moriz? —A las 10. — Bueno; entonces yo te relevaré a las 2 de la mañana y estaré de guardia hasta el amanecer.

—Convenido, Vázquez; entretanto, lo más acertado será irnos a dormir.

—¡A la cama, Felipe, a la cama! Vázquez y Felipe se dirigieron hacia la pequeña explanada en medio de la cual se alzaba el faro, y entraron en el interior.

La noche fue tranquila. En el instante en que alboreaba, Vázquez apagó la luz que alumbraba hacía doce horas.

Generalmente débiles en el Pacífico, sobre todo a lo largo de las costas de América y de Asia que baña el vasto océano, las mareas son, al contrario, muy fuertes en la superficie del Atlántico y se hacen sentir con violencia en aquellos lejanos parajes.

El amanecer de aquel día comenzó a las seis de la mañana, y al "aviso" le hubiera convenido aparejar desde luego. Pero sus preparativos no estaban del todo concluidos, y el comandante no contaba salir de la bahía de Elgor hasta la marca de la tarde.

El Santa Fe, de la marina de guerra de la República Argentina, era un barco de 200 toneladas, con una fuerza de 160 caballos, mandado por un capitán y un segundo, con 50 hombres de tripulación. Estaba destinado a la vigilancia de las costas, desde la desembocadura del río de la Plata hasta el estrecho de Lemaire en el Océano Atlántico. En aquella fecha, el genio marítimo no había construido todavía los barcos de marcha rápida: cruceros, torpederos y otros. Así es que el Santa Fe no pasaba de nueve millas por hora, velocidad suficiente para la policía de las costas de la Patagonia, frecuentadas únicamente por los barcos de pesca.

Aquel año, el "aviso" había tenido la misión de vigilar la construcción del faro, a expensas del gobierno argentino. A bordo del Santa Fe fueron transportados el personal y materiales necesarios para esta obra, que acababa de terminarse con arreglo a los planos de un hábil ingeniero de Buenos Aires.

Hacía algunas semanas que el barco se hallaba fondeado en la bahía de Elgor. Después de haber desembarcado provisiones para cuatro meses, y de haberse asegurado que nada faltaría a los torreros del nuevo faro hasta el día del relevo, el comandante Lafayate se hizo cargo de los obreros enviados a la Isla de los Estados. Si circunstancias imprevistas no hubiesen retardado la terminación de los trabajos, el Santa Fe hubiera estado hacía algún tiempo de regreso en el puerto de Buenos Aires.

Durante su permanencia en la bahía nada tuvo que temer su comandante contra los vientos del norte, del sur y del oeste. Únicamente la mar gruesa hubiera podido molestarle; pero la primavera se había mostrado bien clemente, y ahora que ya reinaba el verano, era de esperar que sólo se producirían pasajeras borrascas en los parajes magallánicos.

Eran las siete cuando d capitán Lafayate y su segundo, Riegal, salieron de sus camarotes. Los marineros concluían el baldeo del puente. El primer contramaestre tomaba sus disposiciones para que todo estuviese dispuesto cuando llegase la hora de zarpar. Aunque esto no se efectuaría hasta la tarde, se limpiaban los cobres de la bitácora y de las claraboyas, y se izaba el bote grande hasta los pescantes, dejando a flote el pequeño para el servicio de a bordo.

Cuando salió el sol, el pabellón nacional subió hasta el extremo de mesana.

Tres cuartos de hora más tarde, la campana tocó para el primer rancho.

Después de desayunar Juntos los dos oficiales, subieron a la toldilla, desde donde examinaron el estado del cielo, bastante despejado por la brisa de tierra, y después desembarcaron.

Durante esta última mañana, el comandante quiso inspeccionar el faro y sus anexos, el alojamiento de los torreros, los almacenes que encerraban las provisiones y el combustible, y, por último asegurarse del buen funcionamiento de los diversos aparatos.

Saltó a tierra, acompañado del oficial, y se dirigieron hacia el faro, pensando en la suerte de los tres hombres que iban a permanecer en la soledad de la Isla de los Estados.

—Es verdaderamente duro —dijo el capitán—; sin embargo, hay que tener en cuenta que esta pobre gente había llevado siempre una existencia dura, la existencia de los marinos. Para ellos, el servicio del faro es un reposo relativo.

—Sin duda —contestó Riegal—; pero una cosa es ser torrero en las costas frecuentadas, en comunicación fácil con tierra, y otra vivir en una isla desierta que los barcos no abordan más que muy de tarde en tarde.

—Convengo en ello, Riegal. Por eso se hará el relevo cada tres meses; Vázquez. Felipe y Moriz van a debutar por el período menos riguroso.

—Efectivamente, mi comandante, no tendrán que sufrir los terribles inviernos del cabo de Hornos.

—Terrible —afirmó el capitán—.

Desde un reconocimiento que hicimos hace algunos años en el estrecho, en la Tierra del Fuego y en la Tierra de Desolación, del cabo de las Vírgenes al cabo Pilar, yo no he pasado peores días. Pero, en fin, nuestros torreros tienen un solo refugio, que las borrascas no destruirán. No les faltará ni víveres, ni combustible, aunque su facción se prolongase dos meses más del tiempo prefijado. Los dejamos buenos y buenos los encontraremos; pues si es cierto que el aire es vivo, al menos es puro y saludable. Y después de todo, existe este hecho: cuando la autoridad marítima ha solicitado torreros para el faro del Fin del Mundo, la única dificultad ha sido la de la elección.

Los oficiales acababan de llegar ante el faro, donde les esperaban Vázquez y sus camaradas. Se les franqueó la entrada, e hicieron alto, después de contestar al saludo reglamentario de los tres hombres.

El capitán Lafayate, antes de dirigirles la palabra, les examinó desde los pies, calzados con fuertes botas de mar, hasta la cabeza, cubierta con el capuchón de la capota impermeable.

—¿No ha ocurrido novedad esta noche? —Preguntó, dirigiéndose al torrero jefe.

—Ninguna, mi comandante — contestó Vázquez.

—¿No han divisado ustedes ningún barco en alta mar?

—Ninguno, y como la atmósfera estaba despejada, hubiéramos visto sus luces lo menos a cuatro millas.

—¿Han funcionado bien las lámparas?

—Perfectamente, mi comandante; no ha habido el menor entorpecimiento.

—¿Han pasado ustedes mucho frió en la cámara de cuarto?

—No, mi comandante; está muy bien cerrada y el viento no puede franquear el doble cristal de las ventanas.

—Vamos a visitar el alojamiento; y luego el faro.

—A sus órdenes, mi comandante —contestó Vázquez.

En la parte baja de la torre se habían instalado las habitaciones de los torreros al abrigo de espesísimos muros, capaces de desafiar todas las borrascas magallánicas. Los dos oficiales visitaron todas las piezas convenientemente acondicionadas. Nada había que temer de la lluvia, del frío ni de las tempestades de nieve, que son formidables en aquella latitud casi antártica.

Las piezas estaban separadas por un pasillo, en el fondo del cual se abría la puerta que daba acceso al Interior de la torre.

—Subamos —dijo el capitán Lafayate.

—A sus órdenes —repitió Vázquez.

—Hasta con que usted nos acompañe.

Vázquez hizo un signo a sus compañeros para que se quedasen, y empujando la puerta de comunicación, empezó a subir la escalera, seguido de los dos oficiales.

La escalera, de rocosos peldaños, era estrecha pero no obscura. Diez troneras la alumbraban de trecho en trecho. Cuando estuvieron en la cámara de cuarto, encima de la cual estaban instaladas las linternas y los aparatos de luz, los dos oficiales se sentaron en el banco circular adosado al muro. Por las cuatro ventanitas la mirada podía dirigirse a todos los puntos del horizonte.

Aunque la brisa era moderada, silbaba con fuerza en aquella altura, sin ahogar, no obstante, los agudos chillidos de las aves marinas, que pasaban dando grandes aletazos.

El capitán Lafayate y su segundo, a fin de tener una vista más despejada, gatearon por la escala que conducía a la galería que rodeaba la linterna del faro.

Toda la isla por la parte oeste estaba desierta, así como el mar en un vasto arco de círculo, interrumpido únicamente por las alturas del cabo San Juan. Al pie de la torre se abría la bahía de Elgor, animada a la sazón por el tráfago de los marineros del Santa Fe. Ni una vela, ni una columna de humo en todo cuanto la vista abarcaba. Nada más que la inmensidad del océano.

Después de permanecer un cuarto de hora en la calería del faro, los dos oficiales, seguidos de Vázquez, descendieron y retornaron a bordo.

Terminado el almuerzo, el capitán Lafayate y su segundo Riegal saltaron de nuevo a tierra.

Las horas que precedían a la partida iban a consagrarlas a pasear por la orilla norte de la bahía de Elgor. Varias veces ya, y sin piloto —se comprenderá que no lo había en la Isla de los Estados—, el capitán había entrado de día para fondear en la caleta al pie del faro: pero, por prudencia, Jamás dejaba de hacer un reconocimiento de aquella región, tan poco y tan mal conocida.

Los dos oficiales prolongaron su excursión.

Atravesando el estrecho istmo que une al resto de la isla el cabo San Juan, examinaron la orilla del abra del mismo nombre, que al otro lado del cabo forma como el fendant de la bahía de Elgor.

—El abra San Juan —observó el comandante— es excelente. Hay en toda ella bastante profundidad para los barcos de mayor tonelaje. Es de lamentar que la entrada sea tan difícil. Un faro de poca intensidad, establecido a la misma altura que el de Elgor, permitiría a los barcos que se encontraran comprometidos encontrar aquí un refugio.

—Y es el último puerto que se encuentra saliendo del estrecho de Magallanes observó el teniente.

A las cuatro, los oficiales estaban a bordo, después de despedirse de Vázquez, Felipe y Moriz, que permanecieron en la playa esperando el momento de la partida.

A las cinco, la negra humareda que salía por la chimenea del "aviso" indicaba que las calderas del barco estaban bajo presión. El Santa Fe levaría anclas en cuanto el reflujo se hiciera sentir.

A las seis menos cuarto, el comandante dio orden de virar. El vapor se escapaba, silbando, por la válvula de seguridad.

El segundo de a bordo vigilaba la maniobra desde la proa.

El Santa Fe se puso en marcha, saludado por los adioses de los tres torreros. Y si Vázquez y sus camaradas experimentaron una profunda emoción al ver partir el "aviso", no fue menor la sentida por los oficiales y tripulación al dejar a estos tres hombres en aquella isla de la extrema América.

El Santa Fe, a velocidad moderada, siguió la costa que limita al noroeste la bahía de Elgor, y no serian las ocho cuando ya estaba en plena mar. Doblado el cabo San Juan, empezó a navegar a todo vapor, dejando el estrecho al oeste, y cuando cerró la noche, el faro del Fin del Mundo apareció en el horizonte como una esplendorosa estrila.

II

LA ISLA DE LOS ESTADOS

La Isla de los Estados —llamada también Tierra de los Estados— está situada en el extremo sudoeste del nuevo continente. Es el último y el más oriental fragmento de este archipiélago magallánico, que las convulsiones de la época plutoniana han lanzado sobre los parajes del paralelo 55, a menos de siete grados del círculo polar antártico. Bañada por las aguas de los dos océanos, es buscada por los barcos que pasan de uno a otro, bien procedan del nordeste o del sudoeste, después de haber doblado el cabo de Hornos.

El estrecho de Lemaire, descubierto en el siglo xvii por el navegante holandés de este nombre, separa la Isla de los Estados de la Tierra del Fuego, distante de 21 a 30 kilómetros. Este estrecho ofrece a los barcos un paso más corto y más fácil, evitándoles las formidables olas que baten el litoral de la Isla de los Estados.

Esta isla mide 39 millas del oeste al este, desde el cabo San Bartolomé hasta el de San Juan, por 11 de anchura, entre los cabos de Colnett y Webster.

El litoral de la Isla de los Estados es recortado en extremo. Constitúyelo una sucesión de golfos, de bahías y de caletas, la entrada de los cuales está a veces obstruida por una cadena de islotes y arrecifes. Su especial estructura hace que menudeen los naufragios en esta costa, erizada de enormes rocas, contra las cuales, aun con tiempo de bonanza, el mar se estrella con incomparable furor.

La isla estaba inhabitada; pero tal vez no hubiera sido inhabitable, al menos durante el verano, es decir, durante los cuatro meses de noviembre, diciembre, enero y febrero, que comprende el estío en esta elevada latitud. Los ganados hubieran encontrado pastos abundantes en las vastas planicies que se extienden en el interior, especialmente en la región situada al este del puerto Parry y comprendida entre la punta Conway y el cabo Webster. Cuando la espesa capa de nieve se ha fundido bajo los rayos del sol antártico, la hierba aparece bastante verde y el suelo conserva hasta el invierno una saludable humedad. Los rumiantes, hechos a la existencia de las comarcas magallánicas, podrían prosperar en la isla. Pero en la época de los fríos sería necesario retirar los ganados a otra comarca más clemente, bien de la Patagonia o de la Tierra del Fuego.

Sin embargo existen algunos animales que, si pueden subsistir durante el invierno, es porque saben encontrar bajo la nieve las raíces suficientes para su alimentación.

Rompe la monotonía de la llanura alguno que otro árbol raquítico de efímera frondosidad, más bien amarilla que verde.

En realidad, la superficie de estas llanuras y de los bosques no comprende la cuarta parte de la superficie de la Isla de los Estados. El resto está formado por masas rocosas, en las que predomina el cuarzo, amontonadas a consecuencia de erupciones volcánicas muy antiguas, pues en la actualidad se buscarían inútilmente cráteres volcánicos en toda esta zona. Hacia el centro de la isla, las llanuras, extensamente desarrolladas, toman apariencia de estepas cuando, durante los ocho meses de invierno, cubre aquella desolada región una uniforme capa de nieve. Luego, a medida que se avanza hacia el oeste, el relieve de la isla se acentúa, las rocas del litoral son más altas y más escarpadas. Allí se alzan enhiestos esos picos colosales, cuya altura alcanza a veces 3.000 pies sobre el nivel del mar. Son los últimos anillos de la prodigiosa cadena andina que, de norte a sur, constituye el gigantesco esqueleto del nuevo continente.

En semejantes condiciones climatológicas, bajo la influencia de los terribles huracanes, la flora de la isla se reduce a raros ejemplares de especies exóticas. Bajo el ramaje de los árboles, entre la hierba de las praderas, algunas pálidas flores muestran sus corolas, tan pronto abiertas como marchitas. Al pie de las rocas litorales, el naturalista podría recoger algunos musgos, y, al abrigo de los árboles, ciertas raíces comestibles, pero muy poco nutritivas.

Se buscaría inútilmente un curso de agua regular en toda la superficie de la Isla de los Estados; pero la nieve se acumula en capas espesas, persiste durante ocho meses, y en la época de la estación calurosa —menos fría sería más exacto—, se funde a los oblicuos rayos del sol y mantiene una humedad permanente. Entonces se forman aquí y allá pequeños lagos, y el agua se conserva hasta las primeras heladas. Así es que, en el momento en que comienza esta historia, masas líquidas caían de las alturas vecinas al faro e iban a perderse, bullidoras, en la caleta de la bahía de Elgor y en el abra de San Juan.

Si la fauna y la flora están apenas representadas en esta isla, en cambio, el pescado abunda en todo el litoral. Así es que a pesar de los serios peligros que corren las embarcaciones al atravesar el estrecho de Lemaire, acuden alguna vez a hacer fructuosas pescas.

Conviene hacer notar que la República Argentina había mostrado una feliz iniciativa construyendo el faro del Fin del Mundo, y las naciones podían estarle agradecidas. Hasta entonces ninguna luz alumbraba aquellos parajes a la entrada del estrecho de Magallanes al cabo de las Vírgenes, sobre el Atlántico, hasta su salida al cabo Pilar, sobre el Pacífico. El faro de la Isla de los Estados iba a prestar incontestables servicios a la navegación.

No existía otro alguno en el cabo de Hornos, y el recién inaugurado iba seguramente a evitar no pocas catástrofes, asegurando a los navíos procedentes del Pacífico facilidades para embocar el estrecho de Lemaire.

El gobierno argentino había, pues, decidido la creación del nuevo faro, en el fondo de la bahía de Elgor. Después de un año de trabajos bien dirigidos, la inauguración acababa de efectuarse el 9 de diciembre de 1859.

A 150 metros de la pequeña caleta en que termina la bahía, el suelo presenta una elevación de 400 a 500 metros cuadrados de extensión, y de una altura de 30 a 40 metros, aproximadamente. Un muro de piedra viva contiene este terraplén, esta terraza rocosa que debía servir de base a la torre del faro.

Esta torre se elevaba en el centro, por encima de los anexos, alojamientos y almacenes.

El anexo comprendía: 1º, la cámara de los torreros, con camas, armarios roperos, sillas y una estufa de carbón; 2º, la sala común, provista igualmente de un aparato de calefacción, que servía de comedor, con una mesa central, lámparas colgadas al techo, estantes con diversos instrumentos, como anteojos de larga vista, barómetro, termómetro y lámpara destinadas a reemplazar las de la linterna, en caso de accidente, y un reloj de pesas adosado al muro; 3º, el almacén, dónele se conservaban provisiones para un año, aunque el abastecimiento debiera efectuarse cada tres meses; allí había conservas variadas, carne fiambre, legumbres secas, té, café, azúcar y algunos medicamentos de uso corriente; 4º, la reserva de aceite necesario para alimentar las lámparas del faro; 5º, el almacén donde estaba depositado el combustible en cantidad suficiente para las necesidades de los torreros durante los rudos inviernos antárticos.

Tal era el conjunto de construcciones, que constituían un solo edificio, base del faro.

La torre era muy sólida, construida con materiales proporcionados por la Isla de los Estados. Las piedras, de una gran dureza, mantenidas por tirantes de hierro, dispuesto con gran precisión, encajadas unas en otras, formando un muro capaz de resistir a las más violentas tempestades, a los horribles huracanes que tan frecuentemente se desencadenan en aquel lejano límite de los dos mares más vastos del globo. Como había dicho Vázquez, no había cuidado que el viento se llevase esta torre. El faro luciría a despecho de las tormentas magallánicas.

La torre medía 32 metros de altura, e incluyendo la del terraplén, el faro se hallaba a 222 pies sobre el nivel del mar. Se divisaba, por lo tanto, a la distancia dé 15 millas, la mayor que podía franquear el rayo visual en aquella altitud; pero en realidad, su alcance no era más que de 10 millas.

En aquella época no funcionaban todavía los faros con gas hidrógeno, carburo o fluido eléctrico. Además, dadas las difíciles comunicaciones de la isla con los Estados más próximos, imponían el sistema más sencillo y que menos reparaciones exigiese. Habíase, por lo tanto, adoptado el alumbrado por aceite, dotándole de todos los perfeccionamientos que la ciencia y la industria disponían por aquel entonces.

En suma, esta visibilidad de 10 millas resultaba suficiente. Todos los peligros parecían salvados, si los barcos seguían estrictamente las indicaciones publicadas por la autoridad marítima.

El cabo San Juan y la punta Several o Fallous podrían franquearse con tiempo, para no verse comprometidos por el viento ni por las corrientes.

Por otra parte, en el caso excepcional en que un barco se viera obligado a ganar la bahía de Elgor de arribada forzosa, guiándose por el faro, tendría de su parte todas las probabilidades para fondear en buenas condiciones. Por lo tanto, el Santa Fe podría a su regreso dirigirse fácilmente a la pequeña caleta, aunque fuera de noche. Teniendo la bahía tres millas de longitud, hasta la extremidad del cabo San Juan, y siendo 10 el alcance eficaz del faro, el "aviso" tendría aún siete ante sí antes de llegar a los primeros acantilados de la isla.

Huelga advertir que el faro del Fin del Mundo era de luz fija, y no había temor que el capitán de un barco la pudiese confundir con otra cualquiera, pues no existía otro faro por aquellos parajes. No se había, por lo tanto, considerado necesaria diferenciarla, sea por los eclipses, sea por los destellos, lo que permitía suprimir un mecanismo siempre delicado, las reparaciones del cual hubieran sido bien dificultosas en aquella isla habitada únicamente por tres torreros.

La linterna estaba provista de lámparas de doble corriente de aire y de mechas concéntricas. La llama producía una intensa claridad en un pequeño volumen, pudiéndose, por lo tanto, colocar casi en el mismo foco de las lentes. El aceite las alimentaba en abundancia por un sistema análogo al de la lámpara Cárcel. En cuanto al aparato dióptrico, dispuesto en el interior de la linterna, se componía de lentes escalonadas de un perfil tal, que todas tenían el mismo foco principal. De esta manera, el haz cilíndrico de focos paralelos producido detrás del sistema de lentes era lanzado al exterior en las mejores condiciones de visibilidad.

Al dejar la isla con un tiempo bastante claro, el comandante del "aviso" pudo efectivamente comprobar que nada dejaba que desear la instalación y el funcionamiento del nuevo faro.

Este buen funcionamiento dependía evidentemente de la exactitud en la vigilancia de los torreros. SÍ éstos mantenían las lámparas en perfecto estado: si renovaban las mechas a su debido tiempo; si tenían el cuidado de vigilar que el aceite alimentara la luz en las proporciones debidas; si reglaban perfectamente el tiro, levantando o bajando los tubos de cristal que les rodeaban; si estaban atentos a encender las luces al anochecer y a apagarlas al ser de día; si no descuidaban, en fin, la numerosa vigilancia que era menester, no había duda que el faro estaba llamado a rendir los más grandes servicios a la navegación en los lejanos parajes del Océano Atlántico.

No había motivo para poner en duda la buena voluntad y el constante celo de Vázquez y sus dos compañeros. Designados después de una rigurosa selección entre un gran número de candidatos, los tres habían demostrado que en sus anteriores funciones habían dado pruebas de ser hombres de conciencia, de valor y de fortaleza.

Inútil es repetir que la seguridad de los tres hombres parecía estar garantida, por aislada que estuviese la Isla de los Estados, a 500 millas de Buenos Aires, de donde únicamente podían esperarse provisiones y socorros.

Los únicos seres vivientes que aparecían por aquellos parajes durante el verano, eran pescadores Inofensivos. Una vez concluida la pesca, la pobre gente se apresuraba a repasar el estrecho de Lemaire y imanar de nuevo el litoral de la Tierra del Fuego o de las islas del archipiélago. Jamás hubiera aparecido por allí otra clase de navegantes Estas costas infundían demasiado temor a la gente de mar para intentar en ellas un refugio que pudieran encontrar fácilmente en otros puntos más accesibles.

A pesar de todo, habían sido adoptadas algunas precauciones, en previsión de la arribada de gentes sospechosas a la bahía de Elgor. Los anexos estaban provistos de puertas muy sólidas con fuertes cerrojos; las ventanas de los almacenes y alojamientos estaban defendidas por gruesos barrotes, que no hubiera sido posible forzar. Además, Vázquez, Moriz y Felipe poseían carabinas, revólver y municiones en abundancia.

Por último, en el extremo del pasillo que daba acceso a la torre se había establecido una puerta de hierro, imposible de romper o desencajar. Y en cuanto a penetrar en el interior del faro, a través de los estrechos tragaluces, no era verosímil suponerlo, y para alcanzar la galería que rodeaba la linterna no había más camino que la cadena del pararrayos.

Tales eran los importantes trabajos con tanto éxito llevados a cabo en la Isla de los Estados, a expensas de la República Argentina.

III

LOS TRES TORREROS

De noviembre a marzo es cuando la navegación se activa en los parajes magallánicos. El mar allí es siempre duro; pero si nada calma las inmensas olas de los dos océanos, al menos el estado de la atmósfera es más igual y las tormentas más parejas. Los barcos de vapor y los de vela se aventuraban con más seguridad en esta época a doblar el cabo de Hornos.

Sin embargo, el paso de los barcos, bien fuera por el estrecho de Lemaire o por el sur de la Isla de los Estados, no rompería la monotonía de las eternas horas; nunca han sido numerosos, y mucho menos desde que el desarrollo de la navegación a vapor y el perfeccionamiento de las cartas marítimas han hecho menos peligroso el estrecho de Magallanes, ruta más fácil y corta.

No obstante, la monotonía inherente a la existencia en los faros no es perceptible, por regla general, para los torreros. La mayor parte de ellos son antiguos marinos o pescadores, y no se preocupan de los días y de las horas, que tienen el hábito de saber ocupar. Además, el servicio no se limita a asegurar el funcionamiento del faro durante la noche.

Había sido recomendada a Vázquez y sus camaradas la vigilancia de los alrededores de la bahía de Elgor; visitar todas las semanas el cabo San Juan y observar la costa hasta la punta Several, sin alejarse más de tres o cuatro millas. Debían tener al corriente el libro del faro, y anotar en él toda clase de incidentes: el paso de barcos de vela y de vapor, su nacionalidad, su nombre, si era posible; la altura de las mareas, la dirección del viento, la duración de las lluvias, la frecuencia de las borrascas, las altas y bajas del barómetro, el estado de la temperatura y otros fenómenos que permitieran establecer la carta meteorológica de estos parajes. Vázquez, argentino, como sus compañeros Felipe y Moriz, debía llenar en la Isla de loa Estados las funciones de torrero-Jefe del faro.

Tenía entonces cuarenta y siete años y era un hombre vigoroso, de una salud a toda prueba, resuelto, enérgico, familiarizado con el peligro, como marino que había navegado por todos los mares. Habíase visto más de una vez a dos dedos de la muerte, de la que se salvara gracias a la serenidad y arrojo. Hubiéranle elegido jefe, no solamente por razón de su edad, sino por su carácter bien templado, que inspiraba una confianza absoluta. Había dejado el servicio de la marina de guerra argentina, llevándose la estimación de todos sus jefes y compañeros. Así es que cuando solicitó esta plaza en la Isla de los Estados, la autoridad marítima no opuso reparo alguno para confiársela.

Felipe y Moriz tenían cuarenta y treinta y siete años, respectivamente. Vázquez les conocía de larga fecha y les había designado para la elección. El primero era soltero, como él. Únicamente Moriz era casado, sin hijos, y su mujer servia en una casa de huéspedes del puerto de Buenos Aires.

Transcurridos tres meses, Vázquez, Felipe y Moriz reembarcarían en el Santa Fe, que llevaría a la Isla de los Estados otros tres torreros, a quienes habían de sustituir tres meses más tarde. Sería, pues, en junio, julio y agosto cuando volverían a prestar el servicio del faro; es decir, a mediados del invierno. La segunda temporada de la isla sería bastante penosa; pero esto no les preocupaba, porque Vázquez y sus camaradas estarían ya aclimatados y sabrían desafiar impunemente el frío, las tempestades, todos los rigores del invierno antártico.

Desde el primer día, 10 de diciembre, se organizó un servicio regular. Todas las noches, las lámparas funcionaban bajo la vigilancia de uno de los torreros, de guardia en la cámara de cuarto, en tanto que los otros do dormían en sus habitaciones. De día se limpiaban los aparatos, se les cambiaban las mechas y quedaban en disposición de proyectar sus potentes rayos a la puesta del sol.

De vez en cuando, cumpliendo las indicaciones del servicio, Vázquez y sus camaradas recorrían la bahía de Elgor hasta el mar, bien a pie o en la barca dejada a disposición de los torreros en una pequeña caleta, completamente abrigada de los vientos del este, los únicos que había que temer.

Dicho está que cuando se hacían estas excursiones, uno de los torreros quedaba siempre de guardia en la galería del faro. Convenía inspeccionar constantemente el mar, y esto no podía hacerse más que desde la parte superior del faro, pues desde la playa, la mirada se encontraba con el obstáculo de los acantilados, que ocultaban el mar en la dirección oeste y noroeste. De aquí la obligación de la guarnición permanente en la cámara de cuarto.

En los primeros días de servicio no ocurrió incidente alguno digne le mención. El tiempo se mantenía bueno, la temperatura, bastante elevada. El termómetro acusaba 10 arados centígrados sobre cero. El viento soplaba del mar, y generalmente no pasaba de ser una agradable brisa desde el amanecer hasta que anochecía; por la noche saltaba a otro cuadrante, soplando desde las vastas llanuras de la Patagonia y de la Tierra del Fuego. Cayeron algunas lluvias, y, como el termómetro iba en ascenso, eran de esperar algunas tormentas, que podrían modificar el estado atmosférico.

Bajo la influencia de los rayos polares, que adquirían una fuerza vivificante, la flora empezaba a manifestarse en cierto modo. La pradera que circundaba el faro, despojada por completo de su manto de nieve, mostraba su tapiz de un verde pálido. El arroyo, ampliamente alimentado por el deshielo, corría desbordante hasta la bahía. Los musgos reaparecían al pie de los árboles y tapizaban los flancos de las rocas. En fin, si no la primavera —esta hermosa palabra no tiene aquí aplicación—, era el estío que, todavía por algunas semanas, remaba en aquel extremo limite del continente americano.

Al declinar el día, antes que hubiese que encender el faro, Vázquez, Felipe y Moriz, sentados en el balconcito que circundaba la linterna, charlaban, según costumbre, y, naturalmente, el torrero-Jefe era el que dirigía y sostenía la conversación.

—Y bien —dijo Vázquez, después de haber cargado su pipa, ejemplo que fue imitado por los otros dos—, ¿qué os parece esta nueva existencia?

—A buen seguro —contestó Felipe— que en el poco tiempo que llevamos no podemos quejarnos de aburrimiento ni de fatiga.

—Efectivamente — añadió Moriz—, y nuestros tres meses pasarán más pronto de lo que yo me había figurado.

—Si; ya verán cómo se deslizan lo mismo que una corbeta ligera.

—Y a propósito de barcos —observó Felipe—, en todo el día no hemos divisado uno siquiera en toda la extensión del mar.

—Ya aparecerán, Felipe, ya aparecerán— repuso Vázquez, aplicando al ojo derecho su mano, a guisa de anteojo—. No merecería la pena haber construido en la Isla de los Estados este hermoso faro, un faro que manda sus destellos a diez millas de distancia, para que no se aprovecharan de él los navegantes.

—Es muy reciente nuestro faro —dijo Moriz.

—Tú lo has dicho; y es preciso dar tiempo a que los capitanes se enteren que ahora está alumbrada esta costa. Cuando lo sepan no tendrán reparo en frecuentar estos parajes... Pero no basta saber que hay un faro; es también preciso asegurarse de que siempre está encendido, desde el anochecer hasta la salida del sol.

—Esto no será bien conocido —dijo Felipe— hasta que el Santa Fe esté en Buenos Aires.

—Justo —asintió Vázquez—; y cuando se publique la memoria del comandante Lafayate, las autoridades se apresurarán a esparcir la noticia en todo el mundo marítimo; pero ya deben conocerla la mayor parte de los navegantes.

—La travesía del Santa Fe, que zarpó hace cinco días, durará...

—Supongamos que una semana más —interrumpió Vázquez—. El tiempo está hermoso, el mar en calma, y el viento sopla de buen lado. Largando las velas y ayudado por la máquina, el "aviso" debe hacer nueve a diez nudos por hora.

—Ya debe haber pasado el estrecho de Magallanes y doblado el cabo de las Vírgenes.

—Seguramente, buen mozo —declaró Vázquez—. En este momento navega por las costas de la Patagonia, y puede desafiar a correr a los caballos de los patagones. Se explica que el recuerdo del Santa Fe no se apartara de la mente de los torreros. Era como un pedazo de tierra natal que acababa de dejarlos para reintegrarse a la patria, y le seguían con el pensamiento hasta el fin del viaje.

—¿Has hecho hoy buena pesca? —preguntó Vázquez a Felipe.

—Bastante buena, Vázquez. He pescado algunas docenas de pececillos con caña, y con la mano, un cangrejo, que pesará lo menos tres libras y que se escabullía entre las rocas.

—¡Bravo! No temas despoblar la bahía. Los pescados abundan más cuanto más se pescan, y esto nos permitirá economizar nuestras provisiones de carne en conserva, de las que no conviene abusar, pues, por buenas que sean, no son comparables al alimento de lo recién muerto, recién pescado y recién cocido.

—Y si cazáramos algún rumiante en el interior de la isla...

—No seré yo el que diga que un solomillo de venado sea de desdeñar, y si la pieza se presenta, se procurará quedarnos con ella. Pero hay que tener mucho cuidado en no alejarse para ir a cazarla... Lo esencial es atenerse estrictamente a las instrucciones y no separarse del faro más que para observar lo que pasa en la bahía de Elgor, o en alta mar, entre el cabo San Juan y la punta Diegos.

—Sin embargo —objetó Moriz. que amaba la caza— si se presentase una buena pieza a tiro de fusil...

—Si es a tiro de fusil, a dos y aún a tres, no digo nada... Pero ya sabéis que el venado es demasiado salvaje para frecuentar nuestra sociedad, y mucho me sorprendería el ver un par de cuernos por estos andurriales.

En efecto; desde que comenzaron los trabajos no se había visto ningún animal por las proximidades de la bahía de Elgor. El segundo del Santa Fe había intentado varias veces cazar algo; pero su tentativa resultó estéril, a pesar de haberse internado cinco o seis millas. Desde luego, había caza mayor en la isla, pero no se presentaba al alcance de los fusiles.

Durante la noche del 16 al 17 de diciembre, estando Moriz de guardia en la cámara de cuarto, de las seis a las diez, distinguió una luz en dirección este, a cinco o seis millas de distancia. Era evidentemente una luz de a bordo del primer barco que se mostraba en aguas de la isla desde el establecimiento del faro.

Moriz pensó, con razón, que esto interesaría a sus camaradas, que todavía no se habían acostado, y bajó a prevenirles.

Vázquez y Felipe subieron enseguida con Moriz, y con el anteojo de larga vista se apostaron en la ventana del este.

—Es una luz blanca —dijo Vázquez.

—Y por consiguiente —añadió Felipe—, no es una luz de posición, puesto que no es ni verde ni roja.

La observación era exacta. No era una de esas luces de posición, colocadas, según su color, la una a babor y la otra a estribor del barco.

—Y siendo blanca —amplió Vázquez—, no cabe duda que está suspendida al estay de trinquete, lo que indica un steamer a la vista de la isla.

Siguieron la marcha del barco, a medida que se aproximaba, y después de una media hora supieron a qué atenerse acerca de su ruta.

El steamer, dejando el faro por babor, dirigíase resueltamente hacia el estrecho. Pudo verse una luz roja en el momento de pasar frente a la boca del abra San Juan; luego tardó muy poco en desaparecer en medio de la oscuridad.

—¡He aquí el primer barco divisado desde el faro del Fin del Mundo! —exclamó Felipe.

—Y no será el último —aseguró Vázquez.

En la madrugada siguiente, Felipe señaló un gran velero que apareció en el horizonte. El tiempo era bueno; la atmósfera limpia de brumas, bajo la acción de una brisilla del sudeste, permitía divisar el barco a una distancia de 10 millas, lo menos.

Vázquez y Moriz subieron a la galería del faro. Distinguíase el velero un poco a la derecha de la bahía de Elgor, entre la punta Diegos y la Several.

El barco navegaba rápidamente a una velocidad de 12 o 13 nudos. Como tenía su proa hacia la Isla de los Estados, no podía aún asegurarse si pasaría al norte o al sur.

Como a la gente de mar le interesan siempre estas cosas, Vázquez, Felipe y Moriz discutían acerca del caso. Finalmente fue Moriz quien tuvo razón, sosteniendo que el velero no buscaba la entrada del estrecho. En efecto, cuando estuvo no más que a milla y medía de la costa, maniobró a fin de doblar la punta Several.

Era un gran navío, de lo menos 1.800 toneladas, provisto de tres palos, y del tipo de los por entonces modernos barcos construidos en América, con una velocidad de marcha verdaderamente maravillosa.

—Que mi anteojo se convierta en un paraguas, si este barco no ha salido de los arsenales de Nueva Inglaterra —elijo Vázquez.

—Tal vez nos envíe su número —dijo Moriz.

—No haría más que cumplir con su deber —contestó el torrero-Jefe. En el momento de disponerse a doblar la punta Several, el barco izó una serie de banderas al extremo de mesana, señales que Vázquez tradujo consultando el libro depositado en la cámara de cuarto. Era el Montank, del puerto de Boston, Nueva Inglaterra, Estados Unidos de América.

Los torreros le contestaron izando la bandera argentina hasta el extremo del pararrayos, y no cesaron de observarle hasta que desapareció detrás de las alturas del cabo Webster, sobre la costa sur de la isla.

—Y ahora —dijo Vázquez—, que lleve buen viaje el Montank, y quiera el cielo que no atrape ningún golpe de mar a la altura del cabo de Hornos.

Durante los días sucesivos, el mar permaneció casi desierto. Apenas aparecieron dos lejanas velas en el horizonte del este. Los barcos que pasaban a una decena de millas de la Isla de los Estados, no trataban seguramente de abordar las costas de América. En opinión de Vázquez, debían ser balleneros que se dirigían a los sitios de pesca en los parajes antárticos.

Hasta el 20 de diciembre no hubo que consignar más que observaciones meteorológicas. El tiempo se habla tornado variable, con bruscos cambios de viento. Cayeron fuertes chaparrones, acompañados a veces de granizo, lo que indicaba cierta tensión eléctrica en la atmósfera. Había que temer, por lo tanto, algunas tormentas, que serían de gran intensidad, dada la época del año.

En la mañana del 21, Felipe pasaba fumando, cuando creyó ver un animal del lado del bosque de hayas. Después de haberlo observado atentamente, fue en busca de su anteojo, con el auxilio del cual pudo reconocer que se trataba de un venado de gran talla. Se presentaba la ocasión de hacer un buen tiro.

Vázquez y Moriz, a quienes Felipe advirtió del caso, salieron de la habitación.

Los tres convinieron en que era preciso cazarlo. SÍ se conseguía cobrar el venado, disfrutarían de un agradable plato de carne fresca, que ya hacía mucho no saboreaban.

Moriz, armado de carabina, trataría, sin ser advertido, de colocarse a retaguardia del animal y echarlo hacia la bahía, donde Felipe esperaría apostado.

—Mucha cautela —dijo Vázquez—; esos animales tienen la vista y el oído muy finos. En cuanto vea a Moriz, tomará las de Villadiego; si es así, dejarle correr, porque no hay que alejarse. ¿Está entendido?

—Entendido —contestó Moriz. Vázquez y Felipe se apostaron, y con el anteojo pudieron comprobar que el venado no se había movido del sitio donde apareciera.

Su atención se trasladó luego a Moriz.

Este dirigíase hacia el bosque, y una vez a cubierto, tal vez podría, sin espantar al animal, ganar las rocas para tomarle de revés, obligándole a huir del lado del mar. Sus camaradas pudieron seguirle con la mirada hasta el momento en que desapareció entre las hayas.

Pasó una media hora; el venado continuaba inmóvil, y Moriz debía estar va de él a tiro de fusil.

Vázquez y Felipe esperaban, pues, una detonación y que el animal cayese, o, por el contrario, huyera a toda velocidad.

Sin embargo, ninguna detonación turbó el silencio de la isla, y con gran sorpresa de Vázquez y Felipe, he aquí que de pronto el animal, en vez de retirarse, se echó al suelo, con el cuerpo desmayado, como si no hubiera tenido fuerza para sostenerse.

Casi inmediatamente, Moriz, que había conseguido deslizarse por entre las rocas, apareció súbitamente, lanzándose hacia el venado, que no se movió. Luego, volviéndose hacia el faro, hizo senas a sus compañeros para que se le reunieran.

—Algo extraordinario ocurre; vamos, Felipe —dijo Vázquez.

Y los dos corrieron hacia donde Moriz les esperaba.

No tardaron diez minutos en franquear la distancia.

—¿Y el venado?... —interrogó Vázquez.

—Aquí está —contestó Moriz, mostrando a la bestia acostada a sus pies.

—¿Está muerto? -preguntó Felipe.

—Muerto —repuso Moriz. —De vejez seguramente.

—No, a consecuencia de una herida.

—¡Herido! ¿Herido de qué? —¡De una bala en un costado! —¡Una bala! —exclamó Vázquez.

—Nada más cierto. Después de haber sido herido se ha arrastrado hasta aquí, donde ha caído muerto.

—¿De modo que hay cazadores en la isla? —murmuró Vázquez. Inmóvil y pensativo echó una ojeada en torno a él.

IV

LA BANDA DE KONGRE

Si Vázquez, Felipe y Moriz se hubiesen trasladado al extremo occidental de la Isla de los Estados, hubieran podido comprobar cuánto difería este litoral del que se extendía entre el cabo San Juan y la punta Several.

Ahí no había más que rocas, que se elevaban hasta 200 pies de altura, la mayor parte de ellas cortadas a pico y prolongándose bajo aguas profundas, incesantemente batidas por violenta resaca, aun en tiempo de calma. Delante de estas áridas rocas, en cuyos intersticios anidaban millares de aves marítimas, destacábanse un buen número de arrecifes, que se prolongaban hasta dos millas mar adentro. Entre ellas se situaban estrechos canales de pasos practicables tan sólo para barcas de muy poco calado. No faltaban grandes huecos cavernosos, grutas profundas y secas, obscuras, de angostísima entrada, el interior de las cuales no era aireado por las ráfagas ni barrido por las olas, ni aun en la temible época del equinoccio. Para ganar por aquella parte la meseta central de la isla, hubiera sido necesario franquear cuestas de más de 900 metros de altura, y la distancia no bajaría de 15 millas. En resumen, el carácter salvaje, desolado, acentuábase más de este lado que por el litoral opuesto, en el que se abría la bahía de Elgor.

Aunque el oeste de la Isla de los Estados estaba protegido contra los vientos noroeste por las alturas de la Tierra del Fuego y del archipiélago magallánico, el mar se desencadenaba con tanto furor como en el cabo San Juan, la punta Diegos y la Several. De suerte que, si se había establecido un faro del lado del atlántico, no era menos necesario otro en la parte del Pacifico para los barcos que buscasen el estrecho de Lemaire, después de doblar el cabo de Hornos. Tal vez el gobierno chileno pensase ya en seguir el ejemplo de la República Argentina.

En todo caso, de haber comenzado al mismo tiempo los trabajos en los dos extremos de la Isla de los Estados, se hubiera comprometido la situación de una banda de bribones que se había refugiado en las cercanías ¿el cabo San Bartolomé.

Algunos años antes, estos malhechores se habían instalado en la entrada de la bahía de Elgor, descubriendo una profunda caverna oculta entre el acantilado. Esta caverna les ofrecía un seguro asilo, y desde entonces ningún barco que hiciese escala en la Isla de los Estados podía considerarse en seguridad.

Estos hombres, una docena en total, tenían por jefe a un individuo llamado Kongre. a quien un tal Carcante servía de segundo.

Toda esta escoria era originaria del sur: cinco de ellos procedían de la Argentina o de Chile; los otros, reclutados por Kongre, no habían tenido más que pasar el estrecho de Lemaire para completar la banda en aquella isla, que ya conocían por haber pescado en sus aguas durante el estío.

De Carcante sabíase que era chileno, pero hubiera sido bien difícil especificar en qué ciudad o aldea de la república había nacido y a qué familia pertenecía. De treinta y cinco a cuarenta anos de edad, de mediana estatura, más bien delgado, pero todo nervios y músculos, y por lo tanto, vigoroso en extremo, de carácter taimado y de alma perversa, jamás hubiese retrocedido ante un robo o un crimen que perpetrar.

Del Jefe nada se sabía. Jamás había dicho cuál era su nacionalidad. ¿Se llamaba realmente Kongre? Tampoco se sabía. Lo único seguro era que este nombre es muy corriente entre los indígenas del archipiélago magallánico y de la Tierra del Fuego. Cuando el viaje de la Astrolabe y de la Zélée, el capitán Dumont dUrville, al hacer escala en el abra Peckett, en el estrecho de Magallanes, recibió a bordo a un patagón que se llamaba así. Pero era dudoso que este Kongre fuese originario de la Patagonia. No tenía el rostro estrecho por arriba y ancho en su parte inferior, que caracteriza a los hombres tic esta comarca: la frente estrecha, los ojos prolongados, la nariz aplastada, la estatura, por regla general, elevada. Además, su fisonomía, en conjunto, estaba lejos de presentar la expresión de dulzura que se encuentra en la mayor parte de estos pobladores.

Kongre era un temperamento tan violento como enérgico, lo que se reconocía al primer golpe de vista, al mirar sus rasgos duros, mal disimulados bajo la espesa barba, que ya empezaba a blanquear, aunque no pasaba de los cuarenta. Era un verdadero bandido, un temible malhechor capaz de todos los crímenes que no había podido encontrar otro refugio que aquella isla desierta, el litoral de la cual únicamente él conocía.

Pero, después de encontrar refugio, ¿Cómo habían conseguido subsistir en ella Kongre y sus compañeros?

Esto es lo que vamos a explicar sucintamente.

Cuando Kongre y su cómplice Carcante, a consecuencia de una fechoría que les hubiera valido la horca o el garrote, huyeron de Punta Arenas, el principal puerto del estrecho de Magallanes, ganaron la Tierra del Fuego, donde hubiera sido difícil perseguirles. Allí, viviendo entre los pescadores, supieron cuan frecuentes eran los naufragios en la Isla de los Estados, que todavía no alumbraba el faro del Fin del Mundo. No había duda que aquellos parajes debían estar llenos de restos de barcos náufragos, algunos de los cuales debían ser de gran valor. Kongre y Carcante concibieron entonces la idea de organizar una banda de recogedores de restos, con dos o tres bandidos de su calaña, a los que se añadirían unos cuantos pescadores, que no valían más que ellos. Una embarcación indígena les transportó a la orilla del estrecho de Lemaire. Pero aunque Kongre y Carcante eran marinos y habían navegado bastante tiempo por los parajes sospechosos del Pacífico, no pudieron evitar una catástrofe. Un golpe de mar los echó hasta el este, y las olas destrozaron su embarcación contra las rocas del cabo Colnett, en el momento en que se esforzaban en ganar las aguas tranquilas del puerto Parry.

Entonces fueron a pie hasta la bahía de Elgor, y no vieron defraudadas sus esperanzas. La playa, entre el cabo San Juan y la punta Several, estaba cubierta de despojos de naufragios antiguos y recientes: fardos, cajas de provisiones capaces de asegurar la subsistencia de la banda durante mucho tiempo; armas, revólveres y fusiles, que podrían ponerse en estado de servicio; municiones bien conservadas en sus cajas metálicas; barras de oro y plata de gran valor, procedentes de ricos cargamentos australianos; muebles, planchas, maderas de todas clases y algunos fragmentos de esqueletos; pero ningún superviviente de los siniestros marítimos.

Los navegantes sabían a qué atenerse respecto a esta temible Isla de los Estados. Todo barco que la tempestad lanzaba de este lado se perdía irremisiblemente.

No fue en el fondo de la bahía donde Kongre se estableció con sus compañeros, sino a la entrada, lo que convenía más a sus proyectos, pues así podía vigilar el cabo San Juan. La casualidad le hizo descubrir una caverna, cuya entrada estaba oculta bajo espesas plantas marítimas, suficientemente espaciosa para alojamiento de toda la banda. Situada al reverso de un contrafuerte del acantilado, en la orilla norte de la bahía, nada tenia que temer de los vientos del mar. Se transportó a ella todo lo que podía servir para acondicionarla: muebles, vestidos, conservas, barricas de vino... Una segunda gruta, vecina a la primera, servía para almacenar todo lo que no tenía una aplicación inmediata: las barras de metales preciosos, las alhajas, los diversos objetos arrojados por las olas sobre la playa. Si más tarde Kongre conseguía apoderarse traidoramente de un barco fondeado descuidadamente en la bahía, lo cargaría con todo este pillaje y regresaría a las islas del Pacífico, teatro de sus antiguas piraterías.

Como hasta entonces no se había presentado la ocasión, los malhechores no habían podido abandonar la Isla de los Estados. Verdad es que en el espacio de dos años su riqueza no cesó de aumentar. Produjéronse en este tiempo otros naufragios, de los que sacaron gran provecho. Y hasta, siguiendo el ejemplo de otros miserables, ellos mismos provocaron las catástrofes en las noches de tormenta, llamando la atención de los barcos hacia los arrecifes por medio de luces u hogueras, y si alguno de los náufragos lograba ganar la costa era inmediata y despiadadamente sacrificado. Tal fue la obra criminal de estos bandidos, cuya existencia se ignoraba.

Sin embargo, la banda continuaba prisionera en la isla. Kongre había podido provocar la pérdida de algunos barcos, pero no atraerles hacia la bahía de Elgor, donde hubiera intentado un golpe de mano. Por otra parte, ningún barco había hecho escala en el fondo de la bahía, poco conocida de los capitanes, y aunque así hubiera sido, era menester que la tripulación fuera escasa para no poder hacer frente a aquella pandilla de bandidos.

El tiempo transcurría; la caverna estaba abarrotada de cosas de gran valor. Ya puede suponerse cuál sería la impaciencia, la rabia de Kongre y de los suyos. Era el eterno tema de la conversación entre Carcante y su jefe.

—¡Estar varados en esta isla como un barco en la costa, cuando tenemos un cargamento que vale más de cien mil piastras!...

—¡Sí —contestaba Kongre—, es preciso partir, cueste lo que cueste!...

—¿Cuándo y cómo? —replicaba Carcante.

Y esta pregunta quedaba sin respuesta.

—Nuestras provisiones acabarán por agotarse —añadía Carcante—. Si la pesca da lo que nos hace falta, puede faltar la caza. Y luego, ¡Qué inviernos hemos pasado en esta isla!... ¡Mil rayos!... ¡Cuando pienso en los que todavía nos quedan!...

A todo esto, ¿Qué podía decir Kongre? Era poco locuaz, poco comunicativo ¡Pero qué cólera bullía en su interior al sentir su impotencia!

No podía hacer nada, ¡nada!... Si, a falta del barco que la banda deseaba sorprender en el fondeadero, alguna embarcación se aventurase hacia el este de la isla, Kongre podría intentar que, si no él, Carcante y uno de los chilenos fuesen recogidos a bordo, y una vez en el estrecho de Magallanes, se presentaría ocasión de ganar Buenos Aires o Valparaíso. Con el dinero que poseían en abundancia, se compraría un barco de ciento cincuenta o doscientas toneladas, que Carcante, con algunos marineros, conducirían a la bahía de Elgor. Una vez en la caleta, se desembarazarían de la tripulación, y la banda se embarcaría con sus riquezas para ganar las Salomón o las Nuevas Hébridas.

En tal estado estaban las cosas, cuando, quince meses antes de los comienzos de esta historia, se modificó bruscamente la situación.

A principios de octubre de 1858 un vapor, con pabellón argentino, apareció a la vista de la isla, maniobró de tal suerte, que no había duda se proponía entrar en la bahía de Elgor.

Kongre y sus compañeros reconocieron desde luego que era un barco de guerra, contra el cual nada podían intentar. Después de haber hecho desaparecer todo rastro, y disimulado la entrada de las dos cavernas, se refugiaron en el interior de la isla, en espera de la retirada del barco.

Era el Santa Fe, procedente de Buenos Aires, que llevaba a bordo un ingeniero, encargado de la construcción de un faro en la Isla de los Estados, y que iba a determinar su emplazamiento.

El "aviso" permaneció más que algunos días en la bahía de Elgor, y zarpó sin haber descubierto el nido de la banda de Kongre.

Carcante, que se había aventurado de noche hasta la caleta, pudo averiguar por qué el Santa Fe había hecho escala en la Isla de los Estados. ¡Iba a construirse un faro en el fondo de la bahía de Elgor!... La banda no tenía más remedio que abandonar aquellos lugares.

Kongre tomó el único partido posible. Conocía perfectamente la parte oeste de la isla, en los alrededores del cabo San Bartolomé, donde otras cavernas podían asegurarle refugio. Sin perder un día —puesto que el "aviso" no debía tardar en volver con los obreros para dar comienzo a los trabajos—, se ocuparon de transportar todo lo indispensable para asegurarles un año de vida, creyendo, con razón, que a aquella distancia del cabo San Juan no corrían el riesgo de ser descubiertos. No tenían tiempo suficiente para desocupar las dos cavernas, y tuvieron que limitarse a retirar la mejor parte de las provisiones, conservas, vinos, vestidos y algunos de los preciosos objetos que guardaban. Luego, disimulando cuidadosamente las entradas con piedras y hierba seca, dejaron lo demás bajo la custodia del diablo.

Cinco días después de su partida, el Santa Fe reaparecía de mañana a la entrada de la bahía y fondeaba en la caleta, desembarcando acto seguido los obreros y el material que conducía. Los trabajos empezaron desde luego, y como ya sabemos, llevados a cabo rápidamente.

La banda Kongre no tuvo más remedio que ocultarse en el cabo San Bartolomé. Un arroyo, alimentado por el deshielo, proporcionaba la cantidad de agua necesaria. La pesca y la caza les permitieron economizar las provisiones que habían llevado desde la bahía.

¡Pero con qué impaciencia Kongre, Carcante y sus compañeros esperaban que el faro fuese concluido y que el Santa Fe partiese, para no volver hasta tres meses después, cuando llevara el relevo!

Dicho se está que los bandidos estaban al corriente de todo lo que se hacía en el fondo de la bahía. Bien fuera alejándose por el litoral, aproximándose hacia el interior u observando desde las alturas que bordean el abra New-Year, pudieron ir dándose cuenta del estado de los trabajos y calcular en qué fecha terminarían.

Entonces sería el momento en que Kongre pondría en ejecución un proyecto detenidamente meditado. Y quién sabe si mientras tanto no haría escala algún barco en la bahía de Elgor, y podrían apoderarse de él matando a la tripulación.

En cuanto a una posible excursión por la isla de los oficiales del "aviso", Kongre no creía deber preocuparse. Nadie intentaría, al menos por entonces, aventurarse hasta los alrededores del cabo Gómez, a través de las áridas llanuras y de los parajes casi intransitables de la parte montañosa, que no podían franquearse sino a costa de grandes fatigas. Verdad es que acaso el comandante del "aviso quisiera dar la vuelta a la isla; pero era inadmisible que se decidiera a desembarcar en la costa, erizada de escollos, y, en todo caso, la banda tomaría sus medidas para no ser descubierta.

Esta eventualidad no tuvo lugar, y llegó el mes de diciembre, durante el cual, quedaría el faro definitivamente instalado. Los torreros iban a quedarse solos, y Kongre lo sabría por los primeros destellos que el faro lanzase en las tinieblas.

Durante las últimas semanas, uno de los de la banda se colocaba de noche en observación en una altura, desde la que se podía ver la luz del faro a la distancia de siete u ocho millas, con orden de comunicar lo más rápidamente posible que ya se había encendido.

Carcante fue precisamente quien en la noche del 9 al 10 de diciembre llevó la noticia al cabo San Bartolomé.

—¡Si —exclamó el bandido al unirse con Kongre en la caverna—, el diablo acaba de encender ese maldito faro que el infierno extinga!...

—¡No, no nos hace falta! —repuso Kongre, extendiendo hacia el este su mano amenazadora.

Transcurrieron algunos días, y a principios de la semana siguiente fue cuando Carcante, que cazaba en los alrededores del puerto Parry, hirió a un venado. Como ya se sabe, el animal huyó herido, y vino a caer en el lugar donde Moriz le encontró. A partir de este día, Vázquez y sus camaradas, convencidos que no eran los únicos habitantes de la isla, vigilaron más cuidadosamente los alrededores de la bahía de Elgor.

Llegó el momento en que Kongre se decidió a abandonar su madriguera para trasladarse al cabo San Juan. Resolvieron dejar el material en la caverna, sin llevar más víveres que los necesarios para tres o cuatro días de marcha, pues contaban con las provisiones del faro.

Era el 22 de diciembre. Al lucir el alba, y por un camino del interior de la isla, a través de su parte montañosa, recorrerían la tercera parte de la distancia durante el primer día. Al concluir esta etapa, harían alto al abrigo de los árboles o en alguna anfractuosidad del terreno.

Después de este descanso, en la madrugada siguiente. Kongre y su banda emprenderían una segunda etapa, igual, aproximadamente, a la víspera, y en una tercera podrían llegar a la bahía de Elgor.

Kongre suponía que para el servicio del faro no habría más que dos torreros, cuando eran tres, como ya sabemos. Pero poco importaba la diferencia. Vázquez, Moriz y Felipe no podrían rechazar el ataque de toda la banda, cuya existencia no sospechaban. Les sorprenderían de noche, y bien pronto darían buena cuenta de ellos.

Kongre seria, pues, dueño del faro, y luego se dedicarían a transportar de nuevo todo el material que se llevaron de la caverna de la bahía de Elgor.

Tal era el plan ideado por este temible bandido, y que llevaría a cabo si la suerte le era favorable.

Para completar la fechoría, era preciso que un barco hiciese escala en la bahía, lo cual era probable, porque los navegantes debían ya conocer la existencia del faro. Era lógico esperar que cualquier embarcación, comprometida por el temporal, quisiera refugiarse en aquel punto, en vez de huir a través de un mar embravecido, fuera por el estrecho o por el sur de la isla. Kongre había resuelto que este barco cayera en su poder, pudiendo huir en él a través del Pacífico, asegurando la impunidad de sus crímenes.

Pero era menester que todo esto sucediera antes que el "aviso" estuviera de vuelta en el relevo. Si para aquella época no habían logrado abandonar la isla, se verían obligados nuevamente a refugiarse en el cabo San Bartolomé. Y entonces las circunstancias variarían radicalmente. Cuando el comandante Lafayate conociese la desaparición de los tres torreros, no le cabria duda que habían sido víctimas de un asesinato o de un secuestro, y organizaría una batida por teda la isla, registrando hasta el último rincón.

¿Cómo escapar entonces a la persecución, y cómo poder subsistir si la situación se prolongaba? Si era necesario, el gobierno argentino enviaría otros barcos; y aunque Kongre lograra apoderarse de una embarcación de pescadores —cosa bien improbable—, el estrecho sería vigilado con tanto celo, que sería imposible ganar la Tierra del Fuego.

En la noche del 22, Kongre y Carcante se paseaban hablando, y, siguiendo su costumbre de antiguos marinos, observaban el mar y el cielo.

En el horizonte se elevaban algunas nubes y soplaba una fuerte brisa nordeste.

Eran las seis y media, y la banda se disponía a retirarse a la caverna.

En aquel momento, Kongre dijo: —Carcante, mira allí..., allí..., a través del cabo...

Carcante observó el mar en la dirección indicada.

—¡Oh! No hay duda, es un barco.

Efectivamente; un barco con todo el velamen navegaba a dos millas del cabo de San Bartolomé.

Aunque el viento le era contrario, buscaba el estrecho, en el que estaría antes de la noche. —Es una goleta —dijo Carcante. —Sí, una goleta de ciento cincuenta a doscientas toneladas— añadió Kongre.

La banda entera habíase agrupado en el extremo del cabo.

No era la primera vez que aparecía un barco a tan corta distancia de la Isla de los Estados. Los bandidos propusieron provocar un naufragio más.

—No —contestó Kongre—, no conviene que esta goleta se pierda... Procuremos apoderarnos de ella... La corriente y el viento le son contrarios; la noche va a ser como boca de lobo; le será imposible dar en el estrecho. Mañana la tendremos todavía a la vista, y ya veremos lo que nos conviene hacer.

Una hora después, el barco desaparecía en medio de una profunda oscuridad, sin que ninguna luz denunciara su presencia.

Durante la noche, el viento saltó al sudoeste.

Al lucir el día, cuando Kongre y sus compañeros bajaron a la playa, vieron a la goleta embarrancada en los arrecifes del cabo San Bartolomé.

V

LA GOLETA "MAULE"

Seguramente que no se calumniaba a estos miserables arrojándoles a la cara el nombre de piratas. Esta criminal existencia debían haberla llevado en los parajes de las Salomón y de las Nuevas Hébridas, donde los barcos eran todavía frecuentemente atacados en aquella época. Y sin duda, a consecuencia de la batida organizada contra los piratas por el Reino Unido, Francia y América en esta parte del Océano Pacífico, nuestros bandidos tuvieron que refugiarse en el archipiélago magallánico, luego en la Isla de los Estados, donde se dedicaron a recoger restos de naufragios.

Cinco o seis de los compañeros de Kongre y de Carcante habían también navegado como pescadores y marineros de buques mercantes y estaban habituados a la vida de mar. Los demás serían el complemento de la tripulación, si la banda lograba apoderarse de la goleta. Esta goleta, a Juzgar por su casco y su arboladura, no debía ser de más de 150 a 160 toneladas. Una ráfaga del oeste la había arrojado durante la noche en un banco de arena sembrado de rocas, contra las que hubiera podido estrellarse. Pero no parecía que el casco hubiese sufrido gran cosa. Inclinada sobre babor, descubría hacia el mar su banda de estribor. Su arboladura estaba intacta: el mástil de mesana, el palo mayor, el bauprés y las velas.

La víspera, por la tarde, cuando la goleta fue divisada, luchaba contra un viento nordeste bastante fuerte, tratando de ganar la entrada del estrecho Lemaire. En el momento que Kongre y sus compañeros la perdieron de vista en medio de la oscuridad, la brisa mostraba tendencia a caer, y bien pronto fue insuficiente para asegurar a un barco velero una velocidad apreciable. De pronto, con la brusquedad propia de estos parajes, el viento había cambiado, y la goleta se vio impelida contra el banco de arena.

El capitán y la tripulación, viendo que la corriente llevaba la goleta contra una costa peligrosa, erizada de arrecifes, habían echado al agua un bote, creyendo que, de permanecer a bordo, perecerían todos, porque la goleta iba a destrozarse irremisiblemente contra las rocas.

Deplorable inspiración. Si hubieran permanecido a bordo, todos hubieran salido sanos y salvos, en vez de ahogarse entre las olas, como lo atestiguaba el bote, que apareció con la quilla al aire, a dos millas al nordeste, empujado por el viento hacia el fondo de la bahía Franklin.

Cuando Kongre y sus compañeros llegaron al banco de arena, la goleta estaba completamente en seco.

Kongre no se había engañado al calcular el tonelaje de este barco. Le dio la vuelta, y al llegar a la popa leyó: Maule, Valparaíso.

Era un navío chileno que acababa de embarrancar en la Isla de los Estados durante la noche del 22 al 23 de diciembre.

—Ya tenemos lo que nos hacía falta —dijo Carcante.

—Si la goleta no tiene alguna vía de agua en el casco —objetó uno de los individuos.

—Una vía de agua u otra avería cualquiera se repara — se limitó a decir Kongre.

La parte al descubierto aparecía intacta; el timón, en buen estado.

En cuanto a la parte opuesta, que descansaba en tierra, no era posible examinarla hasta que subiese la marea. —A bordo —dijo Kongre. La inclinación del barco hacía fácil la subida por babor.

El choque no debía haber sido muy rudo, a juzgar por el buen estado en que todo se encontraba.

El primer cuidado de Kongre fue registrar el camarote del capitán, y apoderándose de los papeles de a bordo, volvió con ellos en busca de Carcante.

Por ellos vieron que la goleta Maule, del puerto de Valparaíso, Chile, era de 157 toneladas; que el capitán se llamaba Pailha; que contaba con seis hombres de tripulación, y que había zarpado el 23 de noviembre con rumbo a las islas Falkland.

Después de haber doblado sin accidente el cabo de Hornos, la Maule se disponía a embocar el estrecho de Lemaire, cuando se perdió en los arrecifes de la Isla de los Estados. Ni el capitán Pailha ni ninguno de sus hambres habían podido salvarse, pues no tenían más refugio que el cabo San Bartolomé, y nadie había aparecido por tierra.

La goleta no llevaba cargamento; pero lo importante era que Kongre tuviese un barco a su disposición para dejar la isla con todo su siniestro botín. Kongre dijo a Carcante:

—Vamos a prepararlo todo para levantar la goleta en cuanto tenga suficiente agua bajo la quilla. Es posible que no haya sufrido averías graves.

—Bien pronto lo sabremos —repuso Carcante—, pues la marea empieza a subir. Y entonces, ¿qué haremos, Kongre?

—Conducir la goleta fuera de los arrecifes, al fondo de la caleta de los Pingouins, delante de las cavernas. -¿Y luego? —Luego embarcaremos todo lo que hemos llevado de la bahía de Elgor.

Todos se pusieron al trabajo para no perder la próxima marea, lo que hubiera retardado doce horas el poner a flote la goleta. Era necesario a toda costa que estuviese fondeada en la caleta antes de mediodía. Allí estaría relativamente en seguridad, si el tiempo continuaba en calma.

Primeramente Kongre, ayudado por sus hombres, colocó el ancla fuera del barco, dando toda la extensión de la cadena. Antes que la marea empezase a bajar habría tiempo suficiente de llevarla a la caleta, y antes de mediodía habrían practicado un completo reconocimiento en la cala.

Todas las disposiciones del jefe fueron tan rápidamente ejecutadas, que todo estaba hecho cuando llegó la primera ola. El banco de arena iba a ser recubierto en breve.

Kongre, Carcante y una media docena de compañeros subieron a bordo, en tanto que los otros se retiraban hacia el interior. Ahora sólo había que esperar. Las circunstanciar favorecían los propósitos de Kongre. La brisa ayudaría poner a flote la Maule.

Kongre y los otros se mantenían en la proa, que debía flotar antes que la popa. Si, como se esperaba, no sin razón, la goleta podía girar sobre su talón, la operación se simplificaría notablemente.

El mar iba ganando tierra poco a poco. Ciertos estremecimientos indicaban que el casco sentía la acción de la marea.

Aunque Kongre estaba ya seguro de poder desembarrancar la goleta y ponerla en seguridad en una de las caletas de la bahía Franklin, le preocupaba, no obstante, una eventualidad. ¿Estaría desfondado el casco por la parte que descansaba sobre la arena, y que no había sido posible examinar? Si existía alguna vía de agua, y por ella entraba el mar, no habría más remedio que abandonarla donde estaba, y la primera tempestad acabaría de destruirla.

¡Con qué impaciencia Kongre y sus compañeros seguían los progresos de la marea!

Poco a poco fueron recobrando la, tranquilidad.

El mar iba subiendo a lo largo de los flancos sin penetrar en el interior. El puente iba tomando su horizontalidad.

—¡No hay vía de agua! —exclamó Carcante.

—¡Mano al cabestrante! —ordenó Kongre.

Los hombres se dispusieron a maniobrar.

Kongre, inclinado sobre la borda, observaba la marea, que subía desde hacía hora y media. Faltaría todavía una media hora para que se desprendiese la popa.

Kongre quiso entonces precipitar la operación, y permaneciendo en la proa gritó:

—¡Virar!

Todos los de la banda empujaron vigorosamente las manivelas, y la goleta se enderezó por completo. Carcante recorrió la cala, asegurando que no había entrado el agua. Era ya seguro que la Maule no había sufrido avería de importancia, y en estas condiciones sería fácil conducirla hasta donde estuviera en seguridad.

Se la cardaría durante la tarde, y al día siguiente estaría en disposición cíe hacerse a la mar. SÍ el tiempo no cambiaba, el viento era favorable a la marcha de la Maule, bien que remontase el estrecho de Lemaire o que siguiera la costa meridional de la Isla de los Estados para ganar el Atlántico.

Poco después de las ocho y media la proa empezó a levantarse. Pero la segunda mitad de la quilla tocaba todavía en la arena.

Kongre y los suyos no dejaban de sentir viva inquietud. El mar no subía más que durante media llora escasa, y era necesario que antes de ese tiempo, la Maule estuviera completamente a flote. Durante dos días la marea iría disminuyendo en intensidad, y no recobraría su máximum hasta pasadas cuarenta y ocho horas.

Había llegado el momento de hacer un supremo esfuerzo. Fácil es imaginarse cuál sería el furor, mejor dicho, la rabia de esta gentuza al considerarse impotentes. ¡Tener bajo sus pies el navío que anhelaban desde largo tiempo, que les aseguraba la libertad, la Impunidad tal vez, y no poderle arrancar del banco de arena!...

Un retraso cualquiera podría constituir un fracaso completo.

Era evidente que la marea empezaba ya a bajar lentamente y que las rocas iban bien pronto a quedar en seco.

Viendo la partida fallida, los hombres lanzaban juramentos formidables, y casi sin aliento, se disponían a renunciar a una empresa que no podía tener éxito.

Kongre corrió hacia ellos, los ojos centellantes, los labios cubiertos de rabiosa espuma. Agarrando una hacha, les amenazó con abrir la cabeza al primero que desertase de su puesto: y ya sabían todos que cumpliría la amenaza.

Los bandidos se aferraron a las manivelas en un esfuerzo desesperado. La barra del timón se movió, indicando que se desprendía de la arena.

—¡Hurra! ¡Hurra! — gritaron todos, sintiendo que la Maule estaba a flote. El viraje del cabestrante se aceleró, y pocos instantes después la goleta flotaba fuera del banco.

Media hora más tarde, después de haber sorteado las rocas a lo largo de la playa, la goleta fondeaba en la caleta de los Pingouins, a dos millas del cabo San Bartolomé.

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