Trabajo y marginalidad en los siglos de la ilustración:
una visión reflexiva

Enviado por skylan_mont
  1. Vida activa y vida contemplativa: el cambio de jerarquía
  2. Utilidad, uniformidad y regla
  3. Desarraigados sociales: condición humana y la existencia del otro
  4. Conclusión
  5. Bibliografía

I Vida activa y vida contemplativa: el cambio de jerarquía.

Desde muy temprano en la concepción filosófica occidental se estableció una jerarquía de pensamiento en relación a los dos ámbitos generales en donde el ser humano puede desarrollarse. La oposición entre vida activa, la vida del trabajo, de la acción, del hacer en el mundo, y vida contemplativa, la de la meditación y la filosofía, tuvo ciertas variaciones entre el mundo griego y el medieval; sin embargo, en ambos casos el trabajo, el realizar una acción útil para subsistir, no era una condición de un ser humano superior.

Aristóteles consideraba que la vida activa era algo relacionado con la vida política, y era una condición del hombre libre, opuesta a la vida del esclavo, que es la del trabajo. "Ni la labor ni el trabajo se consideraba que poseyera suficiente dignidad para construir un bios (polítikos), una autónoma y auténticamente humana forma de vida; puesto que servían y producían lo necesario y útil, no podían ser libres, independientes de la necesidades y exigencias humanas."

La vida política era entonces, la vida libre, y se desarrollaba a través de la participación activa en la polis y la filosofía. Artesanos, mercaderes y esclavos se encontraban dentro de la misma clasificación de hombres de servicio, que no estaban a la altura ni la dignidad de los ciudadanos activos. El trabajo, entonces, no dignificaba al hombre, más bien era un mal necesario, destinado a la clase inferior de la sociedad.

En el medioevo el concepto cambia en ciertos aspectos, con San Agustín, quien le da a la vida activa la connotación más general de ser todo lo que el ser humano realiza en el mundo. Toda acción realizada por el hombre iba a pertenecer a la esfera de lo terrenal, por ende inferior a las actividades puramente espirituales, que permitirían elevarse a un estado superior de dignidad y de humanidad. El trabajo, entonces, así como la política, estuvieron en similar posición. Sin embargo, es claro que siguió la concepción del trabajo como un castigo, como lo que los hombres del bajo pueblo deben hacer a causa de un destino de condena, sacado de la idea bíblica de que al negarnos el Paraíso por nuestra falta, Dios nos condenó a trabajar para extraer los frutos de la tierra.

Por lo tanto, el trabajo continuó siendo un mal necesario y una actividad poco digna. "La superioridad de la contemplación sobre la actividad reside en la convicción de que ningún trabajo del hombre puede igualar la belleza y la verdad al cosmos físico, que gira inmutable y eternamente sin ninguna interferencia del exterior, del hombre o dios. Esta eternidad sólo se revela a los ojos humanos cuando todos los movimientos y actividades del hombre se hallan en perfecto descanso."

En la época renacentista y humanista, vemos que la percepción acerca de la significación del trabajo va modificándose a la par con los cambios en las concepciones de la vida y la muerte, la religión, la sociedad, la producción, el ser humano y la moral. La jerarquía cambia. Vida contemplativa ya no es superior a la vida activa.

Cierto es que para los humanistas el ser educado, letrado y ser un hombre de reflexión es esencial para desarrollarse plenamente como ser humano, sin embargo la idea burguesa del trabajo como fuente de dignidad va poco a poco aflorando a los albores de esta nueva época que luego se designará como Época Moderna. Ya en plenos siglos XVII y XVIII el trabajo es considerado una actividad dignificante, y el ocio, bajo cualquier forma, se convierte en peligroso. Este cambio de mentalidad pueden analizarse desde varias perspectivas que influyen y convergen al origen de la modificación, no obstante es enorme la cantidad de registros historiográficos que nos dan cuenta de un estado de cosas diferente a los siglos del medioevo, donde la economía y las nuevas concepciones religiosas forman parte esencial del entramado social y valórico de la época. El cambio de producción, la ampliación de los horizontes productivos, las disputas religiosas y las mentalidades provenientes de esta nueva ética de la religión, proclamada por protestantes, y católicos resueltos a mantenerse firmes en sus doctrina y pensamientos, dieron como resultado que finalmente las sociedades se volvieron contra los ociosos, considerando el contemplar o el no hacer como una falta grave a la sociedad y a la moral estrictamente observada por las autoridades.

Las condiciones sociales y de producción desde el siglo XVI van cambiando. El mundo occidental se expande, aumenta la población, surge con fuerza el capitalismo mercantil, se modifican las tecnologías y surge la racionalización y la uniformidad de las sociedades bajo el nombre del Estado, del rey, de la patria. Comienza la ordenación del tiempo en unidades mínimas y el ser humano se vuelve cada vez más en parte de la gran maquinaria social. El trabajo en sociedad exige como uno de sus requisitos el obedecer a la moral.

El surgimiento de una sociedad occidental letrada, precientífica y laica en el siglo XVI, a pesar de la fuerte influencia religiosa arraigada en lo más profundo de las costumbres, tanto en América como en Europa, nos dan la antesala de la búsqueda racional de las sociedades del los siglos siguientes, marcados sin duda por la obsesiva búsqueda de la "racionalización" más que de la "verdad" surgida del análisis y el estudio de las realidades humanas. Digo racionalización, pues al parecer la época Moderna se caracteriza por intentar dar a cada quien su parte o ración en el esquema social, y cada uno debe servir dentro de su particular ámbito a desarrollar la comunidad social sin sobresalir ni corromper los principios de la organización.

El afán de uniformar al individuo y hacerlo pertenecer a un lugar determinado es la constante, que vemos reflejada en los textos leídos para el presente informe. Michel Foucault y Alejandra Araya, nos dan muestras fehacientes que tanto en Chile como en Europa (Francia, Inglaterra y Alemania), durante los siglos XVII y XVIII se castigó duramente a los distintos y se crearon instituciones para corregir, educar, constreñir y disciplinar a las personas más "débiles", como son los jóvenes y niños (escuelas, regimientos, conventos), y las personas que están en edad de trabajar y no cumplen con sus obligaciones sociales y morales, como son los vagos, los locos, y los pobres en suma (prisiones, casas correccionales, hospitales, fábricas).

La individualidad, en este sentido, la vemos como un factor de uniformidad. Mientras más se particulariza con cada persona, se intenta hacerla más parecida al grupo al que pertenece por naturaleza y por elementos sociales. Desde los inicios de la Edad Moderna, vemos surgir un cambio en el imaginario respecto a la persona en sí. "Y si desde el fondo de la Edad Media hasta hoy la ‘aventura’ es realmente relato de la individualidad, el paso de lo épico a lo novelesco, del hecho hazañoso a la secreta singularidad, de los largos exilios a la búsqueda interior de la infancia, de los torneos a los fantasmas. Se inscribe también en la formación de una sociedad disciplinaria."

Unida a esta búsqueda de la disciplina individualizante, está la idea de la uniformidad religiosa. Una de los ejemplos más representativos es el de la confesión, momento en que el fiel como individuo se encuentra ante Dios intermediado por el juez terrenal que es el sacerdote, para rendir cuentas y purgar la culpa por faltar al orden y pecar. Dios es concebido como el ordenador por excelencia. A todo el que no cree o que no sigue la doctrina y la moral religiosa, que es así mismo la moral social -pues no es tan cierto el mito de que el Renacimiento trajo consigo un alejamiento de Dios, pues la Época Moderna se caracteriza por una adhesión total a lo religioso, ciertamente desde otra perspectiva, pues ocurre una desacralización de lo religioso, una desmistificación de las manifestaciones divinas en la tierra, la razón por sobre todo- . Sin embargo, "la creencia es un elemento del orden; con ese título, hay que velar sobre ella. Para el ateo, o el impío, en quienes se teme la debilidad del sentimiento, el desorden de la vida antes que la fuerza de la incredulidad, el internamiento desempeña la función de reforma moral para una adhesión más fiel a la verdad." Mediante el juicio, el encarcelamiento, el internamiento, se intenta poner orden y ocultar todos los elementos de desequilibrio existentes. Esta época es una transición y a la vez una época de consolidación de ciertos modos productivos relacionados con el capitalismo. "El proceso de transición al capitalismo, (...) puede rastrearse por medio de estas limpiezas sociales ordenadoras que implican lógicas racionales utilitaristas...".

Lo religioso y lo económico se unen bajo una moral unificadora y uniformadora. En América una de las instituciones ordenadoras y castigadoras por excelencia fue el Tribunal de la Inquisición. "El Santo Oficio no constituye un sector aislado de la máquina social; si bien ejerce un poder específico en el campo de la fe, mantiene con las demás instancias y las esferas del conocimiento unas relaciones estrechas: inquisidores, calificadores, consultores, médicos resultan ser especialistas que hablan finalmente el mismo lenguaje, (...). La intervención médica permite bajar a las profundidades en donde se articula lo social con lo individual, lo institucional con lo biológico, no siendo la manifestación patológica más que la floración perversa que nace de este proceso. No cabe duda de que el reo solo padece en la cárcel de los males que llevaba en germen cuando ingresó en ella; así y todo, estos males tienen un origen social, individual e institucional en cada una de estas manifestaciones y la manera como se van articulando. (...) El Tribunal del Santo Oficio, más que un tribunal estrictamente represivo, representó la ortodoxia religiosa en la sociedad colonial de Nueva España, difundiendo e imponiendo cierta coloración a la vida social..."

Así finalmente vemos como, tanto en América como en Europa, la vigilancia, la uniformidad individualizante y la disciplina utilitarista se manifiestan en diversas esferas sociales, dentro de un marco de devoción y economía.

II Utilidad, uniformidad y regla.

La relación del ser humano con el trabajo ha sido siempre tema de análisis. Hanna Arendt nos remite a una definición de trabajo, diciéndonos que es "la actividad que corresponde a lo no natural de la exigencia del hombre, que no está inmerso en el constantemente repetido ciclo vital de la especie, (...). El trabajo proporciona un ‘artificial’ mundo de cosas, claramente distintas de todas las circunstancias naturales. Dentro de sus límites se alberga cada una de las vidas individuales, mientras que este mundo sobrevive y trasciende a todas ellas. La condición humana del trabajo es la mundanidad."

Para los hombres del siglo XVII y XVIII, el trabajo era la actividad natural y normal de todo ser humano. A través del trabajo se podía tener acceso no sólo a bienes para sobrevivir, sino que se era un ser humano digno por ser parte del engranaje de la gran máquina social. La moral estaba comprometida en el trabajo. Ser un ser humano digno y decente implicaba trabajar. Si se era una persona de escasos recursos, necesariamente trabajar bajo el yugo de un patrón, o seguir bajo el alero de los padres, asistiéndolos en sus negocios o quehaceres. Si se era de clase más alta, de todas formas trabajar dignificaba.

Producir, hacer avanzar la industria, aumentar la ganancia, no eran ideas difíciles de percibir en la mentalidad Ilustrada. Los tiempos de relajo y ocio estaban definidos de antemano. Había espacios de descanso estructurados por unidades mínimas de tiempo, la hora, el minuto, el segundo, y así mismo había días de trabajo. No cumplir con tales normas, era caer rápidamente en el descrédito. Tanto en Foucault como con Alejandra Araya, comprobamos que descubrir a alguien no cumpliendo con los tiempos y los quehaceres particulares a su condición, fácilmente implicaba el ser detenido, reprendido o castigado. Las fábricas son un ejemplo explicativo al respecto. Éstas tenían sus horarios bien definidos, y también las funciones de cada individuo y los espacios donde cada uno debía desempeñar su labor, de modo que pudieran ser constantemente vigilados. Junto con esto, es evidente que encontremos una contradicción en los planteamientos de la época. Todos los hombres estaban destinados a trabajar. Era la condición humana en sí, y quebrantar esa regla implicaba un daño a la moral de la persona, y de la sociedad y un daño a su imagen (Araya nos recalca este aspecto en su texto, ya que el juzgar a partir de un rumor, de lo que se dice de alguien, era muy usual en el siglo XVIII; lo que se dice de alguien es una casi verdad). Sin embargo, contradictorio es, cuando es precisamente en sociedades en transición donde de afianza esta idea, sociedades que están siendo azotadas por la cesantía, producto del cambio de las modalidades y objetos de producción (Chile, cambio de una economía ganadera a una economía agrícola), movimientos de poblaciones producto de la colonización y las guerras religiosas en Europa. Estos elementos pudieron ser factores de incremento de poblaciones hacia las ciudades, en donde las personas se encontraban luego sin un trabajo estable.

En el caso chileno, podemos observar que el cambio de producción afectó a los sistemas de empleo, puesto que el trabajo en las plantaciones era estacional, dejando periodos libres a los trabajadores, los que podían ser identificados como vagabundos y ociosos, y en este sentido, peligrosos, por no estar desarrollando ningún trabajo y por lo tanto ser un posible ladrón.

En Europa la gente que estaba desocupada o que representaba un cualquier tipo de atentado contra el orden y la moral (locos, mendigos, blasfemos, sodomitas), era puesta bajo la tutela de instituciones especializadas en el arte de la corrección. No se les instalaba, normalmente en estas casas por piedad o por un deseo de sanar a los enfermos (si los había), sino con intenciones de extraer del campo de lo visible a aquellos corruptos elementos, disciplinarlos y eventualmente volverlos a reinsertar con la esperanza de que hubieran aprendido la lección.

Así vemos el trabajo en la Edad Moderna como la premisa social, como la finalidad del ser humano, como si la utilidad dentro de las concepciones racionales fuera forzosamente la razón de nuestra existencia.

Organizar y disciplinar fue la premisa de los siglos XVII y XVIII, premisa que se sigue manteniendo, en muchos aspectos, hasta nuestros días, aunque ciertamente los avances científicos y una apertura hacia otros "mundos" (conocimiento intercultural, conocimiento de la naturaleza, conocimiento de los niños, conocimiento del espacio, conocimiento de la física, etc) han ayudado que, en términos generales, el mundo occidental se haya tornado hacia la tolerancia (aunque sigue siendo una idea sino utópica, un poco difícil de alcanzar en todo ámbito).

La individualidad llevada al extremo, es lo que caracteriza al mundo moderno (nacido con las primeras explosiones atómicas), diferenciado de la Época Moderna, como lo hace Hanna Arendt, en donde surge esta mentalidad individualista, mas no como forma de expresión del individuo, sino como forma de hacer resaltar cada particularidad en función de una generalidad social. Ser seres sociales por excelencia nos condiciona ha realizar nuestra potencialidad humana dentro de ciertos ámbitos, que deben ir en relación con los lazos sociales y las estructuras mentales y morales que esta sociedad proyecta en nosotros. Salirnos de aquella regla significará, sino una condena social, una condena moral por parte de nuestras propias conciencias.

En los siglo XVII y XVIII, ciertamente, la condena era social, ya que lo moral era la medida de lo social, y uniformemente y como una sola estructura, individualizada en cada parte, la sociedad dictaba la norma y la condena al no cumplir la norma. En infinitud de casos, los procesados por delitos o los prisioneros o internos de alguna institución correccional, no eran reales criminales, y no atentaban en contra de la integridad de personas en particular: eran entes que entraban en conflicto con la pulcritud y el pudor de la sociedad burguesa emergente y su moral ilustrada, eran elementos de sospecha, potenciales peligros. El individualizar a cada persona lograba el efecto de control. Saber cada paso que cada uno de los pertenecientes a una agrupación, fábrica, escuela, hacienda, cuartel, convento, daba, era el principio fundamental del control social y la finalidad de las organizaciones o cargos creados para tales tareas de vigilancia: los capataces, la policía, los jueces, etc.

Dentro de estas sociedades de la observación y la disciplina, vemos que así mismo funciona el examen y el castigo, dos elementos claramente identificables dentro de esta sociedad del encierro.

Encerrar la sociedad, hacía más fácil la tarea de individualizar (para así incrementar la utilidad). Tanto escuelas como fábricas, correccionales como conventos, utilizaban el examen y la sanción como dos aspectos del disciplinamiento. Por un lado, el examen significaba la observación detenida y guiada hacia ciertos aspectos destinados a evaluarse, para efectos de progreso en el disciplinamiento. "En él vienen a unirse la ceremonia del poder y la forma de la experiencia, el despliegue de la fuerza y el establecimiento de la verdad. En el corazón de los procedimientos de disciplina, manifiesta el sometimientos de aquellos que persiguen como objetos y la objetivación de aquellos que están sometidos." Por otra parte, la sanción (o el castigo) forma parte y a la vez complementa el examen. La sanción se comporta como el mecanismo que se tiene para dar una lección palpable contra el error moral de un ser racional de voluntad dentro del sistema. La sanción enseña, la sanción ejemplifica, además, a los otros miembros de la comunidad. La sanción humilla y golpea la conciencia, haciendo al hombre cambiar su acción a partir de la coerción. El examen y el castigo limitan al ser humano, ya que el libre albedrío se suprime en pos de un bien social. La moral y la voluntad personal deben ir en absoluta concordancia con la mentalidad del mundo en que está inscrito el individuo.

En este sentido, las libertades personales son mínimas, sino nulas, y la individualidad tiende a ser un elemento dañino a la luz de la vigilancia y la norma que constriñe y ordena.

III Desarraigados sociales: condición humana y la existencia del otro.

Según Hanna Arendt la condición humana se da en tanto somos seres socialmente adaptados a un medio en particular, el cual modificamos y sometemos. Nuestra condición nace de lo que somos en concordancia con lo que somos capaces de acercar a nuestra existencia y cambiar con nuestra tremenda capacidad de conocer. Nuestra condición es a la vez innata, por lo que somos, seres humanos biológicos, y a la vez es producida, construida, por lo que nos condiciona y a la vez nuestra propia especie condiciona: el hecho de existir como seres de voluntad nos hace capaces de crear y de ser seres imaginativos a la hora de organizarnos, relacionarnos y producir nuestro sustento.

Dado esto, la especie humana, dotada de estas capacidades, ha ido creando mundos diversos, que se han ido trasformando. Algunos irreconocibles hoy, otros nuestros más cercanos antecedentes. Estos mundos, condicionados y condicionantes del los humanos, han ido emergiendo producto de las necesidades biológicas, espirituales y mentales de los seres que ha habitados en ellos. El hombre ha sabido inventar innumerables maneras de creer, de pensar, de hablar, de relacionarse: hemos logrado construir sociedades, civilizaciones.

Esta condición variada, posee, sin embargo, elementos de continuidad, que se sujetan, ciertamente, en quienes somos, más que en lo que somos, ya que nuestra esencia nos resulta aún desconocida. Qué somos puede responderse al decir "seres humanos", los cuales se manifiestan como tales por un cúmulo de elementos comunes. Decir quienes somos, resulta imposible de determinar, pues intenta establecer lazos con nuestros orígenes y nuestra finalidad en este mundo terrestre.

Nuestra calidad de seres humanos se manifiesta a través de nuestras acciones, las cuales derivan en organizaciones y normas, las cuales a la vez condicionan nuestro actuar. Como seres humanos, entonces, somos un complejo de acción libre y obediencia, pues ¿hasta qué punto somos libres cuando pertenecemos a un sistema biológico preestablecido y así mismo a un sistema social que nos coerciona, de mayor o menor manera? La acción humana y de este modo las manifestaciones humanas estarán entonces en relación con el sistema en el que cada individuo está inscrito. Así, hemos visto, que trabajar, como la acción humana más común y necesaria, se consideró de una manera particular en las sociedades ilustradas, tanto a nivel de teoría como a nivel de realidad.

A pesar de esta tendencia a la permanencia y unificación de cada sociedad, a partir de lo que se establece como verdad universal, existen elementos de distensión que van haciendo de este entorno algo dinámico y verdaderamente humano. Si estamos dotados de inteligencia, de voluntad, y de una inherente individualidad que se manifiesta en nuestra relación con los otros como seres particulares, entonces tenemos necesariamente que darnos cuanta que pese a la conciencia colectiva, cada hombre tiene la potencialidad de ser distinto.

Han existido siempre seres humanos que van más allá de la norma social, de la creencia, de la moral. Se les ha llamado visionarios, filósofos, locos, marginados, rebeldes. Cada sociedad los ha adaptado de diferentes modos, y los ha acogido dentro de su seno, o los ha expulsado de plano, dependiendo, por supuesto, del tipo de "otro" que haya sido. El siglo XVII descubrió o inventó, mejor dicho, una particular manera de aglutinar estos elementos dispersos y conflictivos, en pos de lograr la sociedad ideal, donde la moral cristiana regiría cada ámbito de la vida social.

Curiosamente, la individualidad de las personas atentó contra la libertad de las mismas, ya que se desató una particular forma de individualidad común. El distinto, el otro, el asocial, no era ya acogido de buena gana ni bienvenido en el estatus de hombre moderno, hombre ilustrado, hombre de bien, hombre digno. O cambiar o morir, o corregirse o sufrir, y rebajarse hasta las últimas consecuencias, la animalidad (vista como la negación de la razón).

El enajenamiento de la realidad era el no cumplimiento de la norma, y era visto como un acto hecho a voluntad. El ser humano estaba capacitado para elegir, y debía elegir bien. Cuando la elección entroncaba con lo prohibido por la autoridad moral personificada en el rey y las autoridades religiosas, debía castigárseles y hacerlos volver a la cordura. Locos y vagabundos, los dos temas principales de los textos de Foucault y Araya, respectivamente, son dos elementos discordantes dentro de la estructura social moderna. Tanto a locos (enfermos) como a vagabundos (cesantes) se los tildaba de rebeldes e inmorales, sin un argumento más firme que el de perturbar el orden, decir lo que no corresponde, y no trabajar, que es un deber de todo hombre digno.

Sin embargo, lo que no tomaban en cuenta estas autoridades es que existen condiciones que el ser humano adquiere por razones que van más allá de su voluntad; y es que el loco no pierde la razón por voluntad propia, sino por un defecto cerebral o psicológico, que le hace perder incluso su voluntad, o que le produce una manera distinta de razonar. Por otra parte, el vagabundo, descrito en el texto ya mencionado, no es otra cosa, generalmente, que hombres de trabajo, sospechosos por estar cesantes. En este caso, la cesantía se presentó con alta frecuencia en la época, por factores económicos ajenos a la voluntad de los campesinos, los cuales vieron como cambiaba la producción en los campos a la vez que la oferta de trabajo no aumentaba hacia las ciudades.

Tanto la locura como la vagamundería, son fenómenos que han sido estructurados y condicionados bajo ciertos discursos durante la época Moderna, los cuales no contribuyeron a darle el papel que en verdad se merecían. Puesto que no se trató estos problemas como lo que son en verdad, no se los vio desde su raíz, sino que tan solo se los trató en tanto se los eliminaba del ámbito social. Se los reprimió e intentó callar. Sin embargo, como problemas que forman parte de la condición humana, no se los pudo eliminar, mientras no fueran comprendidos desde sus orígenes. Y solucionar ambos problemas, hasta hoy, implicaría modificar nuestra condición y nuestro ser esencial, cosa que indudablemente no podemos hacer. ¿Cómo podemos modificar algo que en verdad desconocemos?

Conclusión

La lectura de los textos dados me abrió la mente hacia otras visiones del pasado que se habían introducido hacia mí desde otras fuentes. Debo decir que el presenciar la realidad social tan cruda y directa no me ha dejado indiferente. ¿Cuanto más debo hurgar en el pasado escrito en los textos y puestos en imágenes para conocer la verdad del ser humano?

Dos verdades: el trabajo, es una condición normal (natural) del ser humano, desde que este se inscribe dentro del mundo social, o sea, desde siempre. La exclusión de los elementos extraños a una sociedad siempre ha existido, sería también valido decir que es parte de nuestra naturaleza. Si, en este sentido, unimos trabajo y diferencia social, bajo las concepciones racionales de una moral cristiana burguesa (donde lo digno es el trabajo, el pudor, la ganancia y la observancia), tenemos el resultado de una sociedad que tiene como pilar fundamental la acción y que intenta absorber toda manifestación humana bajo la premisa de la utilidad.

No es extraño decirlo de esta manera, y ya lo han dicho en sus análisis, de una u otra forma, los autores estudiados. Lo complicado resulta abstraer esa idea, comprenderla no tan sólo teóricamente, sino completamente e intentar traerla al presente. ¡Qué ignorancia, qué estrechez de mente! Que absurdo y terrible; que espantosamente contradictorio parecían los discursos dieciochescos. Mezclar la razón con la religión, e intentar una amalgama de humanidad basada en elementos como el trabajo digno, la caridad, la moral, pero que ciertamente se veían constantemente tergiversados. La obligación era ante todo el impedimento de la verdad y la libertad. Los prejuicios y el rumor eran las armas más terribles para con los demás.

La falta de trabajo, cuando el trabajo era lo esencial, era la condena silenciosa de muchos, y la corrección de las conciencias cuando hay quienes tienen una mente enferma y sin conciencia, era le absurdo mismo. Encerrar para ordenar; vigilar para castigar, juzgar a los sospechosos de algo que ni siquiera se sabe si han hecho, la real locura, expandir una fe moralista, una fe de la culpa, para no descuidar la norma y las buenas costumbres, un atentado, si lo pensamos bien, la mismísima palabra de Jesús. ¿En qué estaban pensando? Y no es que en nuestro mundo estemos mucho mejor, pero ciertamente podemos ver más claro lo que existe. No quiere decir, bajo ningún punto de vista, que estemos al tanto de una comprensión total de lo que somos y de quienes somos, ni tampoco que no cometeremos más errores como especie, como seres de sociedad, como humanos.

Mas, volviendo los ojos hacia ese pasado cercano, que no he vivido pero que he recobrado, vuelvo la mente a la imagen del incomprendido, a la imagen del mal juzgado, a la imagen del otro condenado y encerrado, del que le fue cercenada su vida por ser el otro diferente. E imagino una salida, un descanso. Todo lo que se me enseñó de la historia, como si esta fuera una constante en evolución positiva, por un lado (Edad Media peor que Edad Moderna, por ejemplo), o la idea apocalíptica tan presente en mi crianza, de que "todo tiempo pasado fue mejor", de que la moral, las costumbres, en otra época eran más respetables, no tienen asidero ni coherencia, ante las verdades reveladas en el presente para mí. Y entonces sólo queda la reflexión: ¿es posible juzgar lo que hacemos, o cada cosa que hagamos o no hagamos va a ser siempre perfectamente normal, pues la historia nos enseña que somos capaces de realizar las acciones más hermosas y buenas y los actos más atroces e "irracionales", todo dentro del marco de lo humano?¿Es posible establecer un límite entre el bien y el mal, lo normal y lo anormal?

Bibliografía

- Alejandra Araya, Ociosos, Vagabundos y Malentretenidos en Chile colonial, Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Chile, 1999.

- Hanna Arendt, La condición Humana, Editorial Paidós.

- Michel Foucault, Vigilar y Castigar. Nacimiento de la prisión, Siglo Veintiuno Editores, 1993.

- Michel Foucault, Historia de la Locura en la época clásica tomo I, FCE, Colombia, 1998, versión digital Psikolibro.

- Margarita Iglesias Saldaña, Pobres, pecadoras y conversas: Mujeres indígenas del siglo XVII a Través de sus testamentos, en Revista de historia indígena, nº 5, Departamento de ciencias históricas, Universidad de Chile.

 

Montserrat Arre

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