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Significación + intensidad + tensión
Como adelantamos al introducir la respuesta, contar una historia no es lo mismo que hacer un cuento; tomar un hecho de la vida cotidiana y narrarlo no es hacer un cuento; elegir una acción y describirla, otorgándole una corporeidad a través de un personaje, no es escribir un cuento; un cuento, un buen cuento, en el lenguaje de los autores, es mostrar; es partir de una motivación personal que nos conmueva a imprimir nuestro estilo al hecho cotidiano tomado como base; es tensionar al lector y despertar su curiosidad para que su mirada recorra toda la secuencia narrativa; acercándole una ficción que lo conecte con su propia vida, con sus experiencias personales; es crear un mundo que no ocupe muchos blancos del Word, pero que llene las expectativas de profundidad que el lector necesitará ver condensadas en el cuento, para seguir leyendo, para recomendar la lectura, para vivirla mientras lee; que ninguna mosca lo distraiga en el camino y, finalmente, se sobresalte y choque, nuevamente, con el mundo real en el que vive; sólo allí donde el autor puso el punto final.
Haber logrado que el lector siga pensando en el cuento, más allá de esa última puntuación, será señal de que se ha cumplido el objetivo del escritor; el cuento será un cuento: breve, profundo, tensionante, significativo, perdurable...
Fuego
Por Gisela Vanesa Mancuso
Tengo una sensación inviolable que se ha vuelto mecánica, desde que supe que mi creencia en Dios no está avalada por ningún sentimiento de fe; que, por el contrario, así como se aprende el nombre de las palabras en inmediata relación con el objeto al cual aluden, yo aprendí a pensar en Dios vinculándolo con un supremo ideal que no tiene competencias en el universo. Aprendí a querer a Dios, a poseerlo; me enseñaron, desde mi inventado nacimiento, que nadie existente físicamente es más elogiable que Él.
Tengo una emoción increíble que se ha vuelto superflua, desde aquella mañana en que una explicación, enteramente convincente, vino a echar por tierra todas las razones de mi vida. Supe que un alguien múltiple llamado "hombre" era un nadie que había logrado alcanzar a Dios en sus inteligencias. Hasta entonces, yo creía que era un hombre porque desde muy chico me inculcaron, que la palabra nombra a las personas, incluidos ambos géneros; pero, ahora, el nuevo nombre del hombre, venía a cuestionar toda mi lengua; aún más, todos los códigos idiomáticos que existen; todos, absolutamente, todos los sintagmas que hacen fila en los diccionarios con sus verosímiles definiciones.
Tengo una angustia impensada, que aprendí a sentir a través de un contacto monótono con mis desiguales y algún que otro semejante que ya no sé si puedo distinguir. Aquí, los fueguinos, aprendimos, de alguna forma, a sentir a la manera en que lo define uno, de los tantos dialectos del universo; pero quienes como yo, detrás de mí y a mi través, se enteraron de lo que no somos –cuando desenmascaré los pormenores de un secreto, que otros ya habían hecho público; aunque defendiendo a ultranza su nombre -, viven con una sensación inviolable, que se ha vuelto automática, porque supimos que nuestra muerte depende, nada más y nada menos, que de un botón, cuyo epicentro no he logrado hallar, todavía.
Desde aquél tiempo, el estudio de la Biblia pasó a un segundo plano, porque he dedicado mis horas despiertas a la investigación; particularmente, me he inclinado hacia la praxis, confesando a quienes quedaron varados en el planeta de los fuegos; para distinguir a los hombres de quienes no lo son. Dios, no ha venido a confesarse, todavía...
Aquí sí existe el Amor...
Mi desequilibrio hermético sucedió una mañana cuando, luego de innumerables insistencias, ex gobernantes de esta Nación, conocidos aquí como Woodbury y Bluell, me concedieron una entrevista, cuya finalidad era enteramente caritativa, por no decir interesada. En efecto, aprovechando la postulación de "estos hombres" a las nuevas candidaturas para gobernadores, supuse que era el momento justo para persuadirlos con mis ideas; para que incluyeran en su plataforma política un ítem que rotule a los niños que pasan sed y calor, en el planeta de los fuegos.
Estábamos conversando en las confluencias de las calles de la Iglesia y del Colegio, cara al Howard Bank, rodeados de niños, ancianos y mendigos, a los que yo mismo había convocado el día anterior. Algunos de ellos pedían comida; pero la mayor demanda estaba concentrada en el grupo de los que mendigaban agua, agua y más agua. Supe después, que gran parte de los fueguinos, principalmente lo más oxidados, tenemos una necesidad de beber exaltada; muy difícil de saciar, porque corre calor eléctrico por nuestros conductos corporales.
Cuando estaba muy cerca de colmar mi expectativa de disuadir a los ex gobernantes, fuimos sacudidos por una terrible e insólita explosión; por la manera en que hizo temblar a nuestros cuerpos, percibí que había ocurrido muy cerca de nosotros. Alcé la mirada a lo largo de la calle del Colegio, observé un cuerpo en forma de torpedo, a cien metros de distancia, que tenía el aspecto de estar estacionado, suspendido en el aire, a quince metros por encima de los edificios más altos. Tenía alrededor de dos metros de largo y treinta centímetros de diámetro, su pared exterior parecía de color oscuro; y aquí y allá surgían leguas de fuego. Al rato, el objeto se puso en movimiento y desaparecío. Los ex gobernadores, no parecían sorprendidos; yo estaba, definitivamente, anulado, sumido en una especie de shock emocional que no cesó hasta que supe la verdad. Aunque, ahora, después de todo, ya no sé si existe algo tan derribable como la verdad. Yo creía en Dios; a mi me enseñaron que sólo Él tuvo el don de la creatividad; fundamentalmente, que los hombres eran todas esas personas que me he cruzado y con quienes me he relacionado, desde que comencé a existir. Pero, todo se dio vuelta; eran los políticos de turno los que intentaban convencerme a mí. Y debo decir que lo lograron; porque, atando cabos, llegué a la conclusión de que las diferencias de comportamiento entre los fueguinos eran demasiado abismales como para ubicar al conjunto dentro del concepto de "hombre".
...Woodbury me dio una palmada en la espalda, mientras Bluell se hacía el que no sabía nada; se miraron a los ojos; el uno le hizo un gesto de asentimiento al otro y hablaron, alternativamente.
- Lo que le vamos a contar, Sr. Obispo, es un secreto gubernamental que debe permanecer en esa condición, so pena de ser posibles víctimas de un terrible atentado, -adelantaba Bluell, que premaneció callado, disuadiendo a su compañero para que prosiga.
- En el 3050 después de Dios, un grupo de científicos, cuyos nombres nos está prohibido revelar, se han acercado a las más altas cumbres del gobierno para comentar el resultado de una investigación parcial, acerca del comportamiento de los habitantes de esta Nación. En efecto, las diferencias radicales de comportamiento, las dificultades de relación, las necesidades básicas disimiles entre unos y otros, la tasa baja de natalidad y mortalidad, la cantidad innumerable de mujeres que no podían tener hijos, y otras estadísticas que usted debe conocer, los ha conmovido a seleccionar al azar a un número considerable de personas, con la excusa de realizarles un chequeo general gratuito.
Fue así, que las hicieron convivir durante un mes en un establecimiento, especialmente acondicionado, para seguir de cerca sus formas de ser. Los mismos científicos fueron parte de aquella prueba de existencia; cuyo resultado sacudió todas sus estructuras, a la par que confirmó gran parte de sus intuiciones: este lugar, Sr. Obispo, es un mundo, que otro mundo llamado Tierra, llama Fuego. Los hombres son aquellos que viven en aquél y no en éste que fue descubierto hace apenas unos siglos. Se comprobó que los hombres mueren por inanición; los fueguinos puros pueden pasar años sin comer, aunque no lo sepan; sólo cuando no encuentran satisfecha su sed se acercan a la agonía previa a la muerte, aunque a algunos, particularmente jóvenes, suelen bastarles unas gotas de aguas para seguir. Los hombres tienen mucha agua en el cuerpo, lloran mucho, Señor, se ponen nerviosos, sufren, sienten cosquillas cuando se encuentran con la persona del sexo opuesto que les gusta, se ríen cuando les pasan una pluma en la planta de los pies; sienten, sienten, por sobre todas las cosas.
Para ellos existe el amor, para nosotros el amor está incluido en el querer. En consecuencia, nosotros no amamos. No han sentido, sin embargo, cuando aburridos de la tecnología inquieta, se propusieron crear personas mecanizadas, sin sospechar que se les hiría de las manos las múltiples posibilidades de relación entre ellas. Empezaron con cien, luego fueron doscientas; fueron las dificultades que se les interpusieron para integrarlas a la Tierra, las que hicieron que las trasladaran al, por entonces recién descubierto, planeta de los fuegos, que ellos ubican en el universo, como el planeta más cercano al sol, explicando en sus manuales informáticos, las implicancias negativas de estar tan cerca de la estrella más grande. He de aquí que, transcurridos algunos años, muchos seres humanos, mayormente ancianos, se han mudado a este planeta, para pasar sus últimos días de vida muy cerca del calor. Otros, jóvenes y adultos, vienen porque la Tierra es un planeta en el que es difícil vivir; logran adaptarse y, finalmente, se quedan, guardando, miedosos, el secreto universal de la creación. Saben que un botón hace estallar el mundo de los fuegos...
...Esa nave, que usted vió hace unos minutos, no es la primera vez que toca el suelo de este planeta; viene cada vez a buscar a los tantos hombres arrepentidos que no encuentran calor más intenso que el que les brindan sus seres queridos. Eso fue lo que sucedió hace un rato, Sr. Obispo: un contingente de ancianos, recién llegados, decidieron regresar a la Tierra...
Desde que terminaron de hablar aquella mañana, no he parado de llorar, he dejado de tener sed, he extrañado a quien conocía una tarde rezando en la Iglesia y no volvía a ver nunca más; he buscado el botón que decide mi muerte y no lo he encontrado. Me llevo, siempre, la mano derecha sobre el pecho izquierdo; algo me sacude desde adentro. Aunque los científicos enfaticen la oposición, yo he comprobado, a partir de mis propias vivencias, que los que no somos hombres, porque nos llaman fueguinos, también hemos aprendido a amar con todo nuestro corazón.
Cortazar, Julio, "Algunos aspectos del cuento", en Obra Crítica/2, Madrid, Alfaguara, 1994.
Flamer y O’ Connor, "El arte del cuento", en Cómo se escribe un cuento.
Por
Gisela Vanesa Mancuso
abrazomariposa[arroba]yahoo.com.ar
giselamancuso[arroba]yahoo.com.ar
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