Primera Parte
Vivíamos hacinados en un edificio de siete pisos: multitud de etnias, de nacionalidades, de credos, de oficios, de manías varias, prosperaban o morían, esperando sencillamente una oportunidad para cambiar de piel. Éramos expatriados forzosos o por mutuo acuerdo. Memorias de historias trágicas, de incidentes políticos, de amores frustrados. Éramos ángeles de cuerpo corrupto: sudamericanos, asiáticos, árabes, caribeños. Habitábamos míseros centímetros de paredes derruidas: tapiadas las ventanas, oscuridad total. Trabajábamos en los peores oficios: de barrenderos, de traficantes, de travestis, de putas, de golfos, de estudiantes de doctorado.
Nunca supe o nunca quise enterarme de las razones de expatriación de Magdalena Ocampo.
—¡Oye, fisgona! ¿Qué tanto me miras? ¿Acaso te gusto?
Aquellas fueron las primeras palabras que intercambiamos.
—Estás un poco neurótica —respondí con voz chillona—. ¿No te parece?
—¿Neurótica?, ¿yo?
—Neurótica y bastante desafinada.
—¿Desafinada? ¿Qué te crees?
Magdalena me miró con ojos de abeja reina, el gorro baquero embellecía su rostro.
—¡Tu abuela es desafinada! Soy, a todo orgullo, una estupenda cantante...
—¿Callejera? ¿Eres una cantante callejera?, ¿cierto? Déjame ayudarte con efectivo. El arte necesita de metálico. Toma. Aquí tienes cincuenta centavos para que te compres un sombrero nuevo, porque el que llevas te queda pésimo.
Sin esperar respuesta giré en mis talones. Puntitos de neón allá arriba iluminaban un cielo sin estrellas. Oscurecía. Torrentes de burbujas de un millón de edificios y torbellinos de papelitos de perpetua nochebuena, como huellas olvidadas en un tacho de basura. Multitud de parejas entre las sombras abrazándose, multitud de hombres acariciándose, multitud de mujeres vendiendo sus cuerpos. Estaba excitadísima; lo recuerdo perfectamente; mi corazón palpitando, bum, bum, bum. Me imaginaba a mí misma vengando mi honor con espada justiciera. Un cafetín con rótulo castizo a cinco metros de distancia. El tiempo repentinamente pareció esfumarse en charcos de paredes recubiertas de espejos. La atmósfera del cafetín apestaba a sobaco: un centenar de individuos deambulaba por allí, alcoholizados como bestias.
—¿Un café con engañito? —chilló en spanglish un mozo de aspecto oriental con cabellera tintada de rubio— Para el frío, digo yo. Es nuestro trago típico. Podría, si quiere, conseguirle también un poco de... ¿Usted sabe?, ¿cierto? ¿Acaso es extranjera? Es raro verlos por aquí, los carapálidas no frecuentan este restaurant.
—¿Qué te crees? ¿Piensas acaso qué soy una cualquiera?, ¿una viciosa?
—Para nada, qué cosas dice usted. El engañito es agua ardiente. No se preocupe, es legal. Los parroquianos lo toman a raudales. Llueve mucho por estos lados, pero con este brebaje levanta/muertos, digamos que...
—Um. Pensándolo bien, podría tomarme uno. Estoy un poco nerviosa. Esta ciudad me pone los pelos de punta. Hasta sus artistas tienen una impertinencia insoportable. ¿Qué locura estoy pensando? Ésa no era artista. La muy pelotuda tocaba la guitarra pésimamente. No cantaba, ¡gritaba! No gritaba, ¡aullaba!
—¿Se siente bien, señorita?
—No hagas preguntas estúpidas. Y tráeme el café con engañito, pero no tan cargado.
—A mí sírveme de lo mismo —murmuró Magdalena Ocampo al tiempo que engarzaba sus manos como rezando a Buda en signo de contrición—, pero con harto engañito, mira qué tengo el alma destrozada.
Volutas de humo de pipa, de pitillos rancios, de axilas velludas, de piernas sin depilar, de escupitajos, de vómito, de caca de mosca: parroquianos en estado febril abrazándose, mujeres de ojos oblicuos tocándose, mujeres de ojos tristes, mujeres de cuerpos amarillos, de cuerpos rojos, negros y azules.
—Paisana, discúlpame —dijo secamente Magdalena Ocampo—, pero tienes toda la pinta de una maldita gringa loca. Con esas caderas angostas, con tu pelo rubio, tan alta, ¿qué te crees?, ¿qué soy adivina? Las gentes de por aquí, que parlan español, son más bien morochas, negritas, aztecoides, manitas africanas, dientes podridos de Venezuela, perniles regordetes de Brasil, toda la gente pobre, paupérrima. No lo niego, también las hay gallegas, catalanas, ¡hasta vascas!, pero son de la peor ralea, yo no me meto con ellos, me tienen hastiada sus costumbres. Que matar toros, que platicar como machos, que leer poesías con sabor a poto. Que la reina por aquí, que la reina por acá. Estoy asqueada de mi gente, prefiero a las chicanas, son más bravas.
—No te disculpo —dije ásperamente—. No me agradan las personas groseras.
—¿Eres nueva en la ciudad?, digo, ¿eres turista?
—¿Por qué lo preguntas? —respondí dubitativamente mientras torcía los labios.
—Pues, cuando lleves tantos años como yo, seguramente tu actitud será distinta. Los criminales nos joden la existencia, nos quitan la vida, son como termitas, qué digo, son como alimañas. Yo me trago los insultos, hago como que no entiendo el idioma, tenemos que defendernos. En cien o en doscientos años este país será nuestro.
—¿Qué criminales? Estás un poco loquita, perdóname, yo no tengo negocios con gente de baja estofa.
—Pues, niña, qué pregunta, válgame Dios, ¡los yanquis!, ¡los puercos yanquis! son los malditos criminales. ¡Unas bestias!, ¡unos zánganos!, ¡unos condenados gilipollas!
—Si te desagradan tanto los gringos —dije con voz susurrante, algo pastosa, seguramente debido al exceso de agua ardiente—, la solución es sencilla, no muy económica, pero sencilla. Un boleto de regreso a Europa. ¿Eres de España, cierto?
—¡Qué coño importa mi procedencia! —exclamó Magdalena Ocampo— ¿La sangre? ¡Qué es la sangre! ¿Un país? ¡Qué es un país! El problema qué tienes, cariño, es que eres demasiado preguntona.
—Así somos los chilenos. Algo tímidos, pero pragmáticos.
—He conocido a varias gatitas del extremo sur del mundo y todas tan concretas como tú.
—¿Tan concretas como yo?
—Digo que, tan bellas como tú…
—Disculpa —dije un tanto avergonzada—. Tengo un montón de asuntos importantísimos como para estar perdiendo el tiempo con personas puntudas.
Entre el espeso humo provocado por nuestros egos extraños caminé curvando mis caderas despectivamente.
Llamé al mozo. Pagué el café con engañito.
—Hasta nunca —dije con voz socarrona—. Qué te vaya bien.
—¡Oye, comadre! —gritó Magdalena Ocampo— ¿Te puedo acompañar? No te preocupes, no muerdo.
Me detuve en seco. Giré en mis talones. Un gesto perverso desfiguró mi rostro.
—Eres muy morena para mi gusto.
—¡Condenada racista!
—No soy racista. Soy decente.
Di un portazo. Estaba triste. Había escapado de Chile por razones amorosas. Me sentía ahogada en mi patria. Repudiada. Incomprendida. Necesitaba oxigeno. Las exigencias de mis padres, el hostigamiento de mis amigos, la inclemente mirada de las eternas viejas alcahuetas, todo me sofocaba, todo me martirizaba. Algo había en mí de distinto. No disimulaba mi originalidad. Era el mundo, que de un modo coercitivo, me obligaba a mantenerme en alerta. Mi cabello rubio incitando miradas varoniles, mis ojos amarillos provocando exclamaciones de júbilo. Odiaba de todo corazón aquellas muestras de asombro. Algo había en mí (de sabroso tal vez) que saturaba las hormonas masculinas de instintos que no comprendía, instintos que repudiaba. Mis amigas muertas de envidia. Me sentía confundida. Veintiún años a flor de piel. Un centenar de pretendientes vino a mi fiesta de cumpleaños. Roberto intentó besarme. Otro tanto hizo Manuel. Mauricio era más recatado, más femenino. Tal vez si hubiera intentado besarme no habría abandonado mi patria. Era inmaculada. Esto realmente no me causaba molestia. Mis amigas en su totalidad habían perdido su himen antes de cumplir los quince años. Éramos de una casta privilegiada. Estudiábamos en colegios carísimos. Éramos las hermosas de un país, machista, cínico, embrutecido. Las dudas en cuanto a mi superioridad física eran absurdas. Siempre reina de certámenes inicuos. Mis padres me propusieron participar profesionalmente.
Esta inocente premisa rebalsó la gota de sangre. Me fui de Chile con la fría convicción de no encajar en un país estrecho, peniano. Viajé al extranjero engañando a mis padres. Les propuse unas vacaciones invernales, que, indisolublemente se prolongarían por el resto de mi vida. Arrendé un apartamento en el séptimo piso de un espantoso edificio. No era de ningún modo confortable. Estaba acostumbrada a construcciones decorosas, pero mis padres me habían subvencionados un escaso tiempo de vagancia. Mis intentos de organizarme una vida nueva no correspondían con tan exiguo dinero. Tuve que buscarme un apartamento miserable. ¿Esta contradicción de fuerzas significaba una irrupción en la materia, una inmersión en los bajos instintos? ¿Eran los ascensores, las paredes inmundas, las escaleras crujientes, talismanes que me nombraban con ecos infaustos, con voces chillonas, con palabrotas obscenas, indicándome los signos de mi propia decadencia?
—¡Por la puta! ¡Por la perra qué te parió! ¡Discúlpame! Es que estoy destruida por dentro. Atrozmente nerviosa. Los criminales me extorsionan. Que si no fornico con toda la guardia nocturna, me deportan a Europa.
Un fuerte agarrón en mi antebrazo me detuvo en seco. La multitud caminaba impávida. Sin pensarlo machaqué la nariz de Magdalena Ocampo. La sangre enturbió completamente la carcasa de la realidad. Un millón de hormigas devorando mis entrañas, acechándome con sus garras de circe, hombres de azul con estrellitas metálicas caminando entre multitud de borrachos. Mi corazón latiendo como caballo desbocado. El torbellino era espantoso: pu, pi, pu, pi. ¡Cállense! ¡Cállense! La ciudad encrespándose, caos, llantas friccionando el duro cemento, golpes salvajes de huesos astillados, parabrisas con carne palpitante, semáforos enloquecidos, arriba, arriba, nubes tormentosas, abajo, abajo, un cuerpo mirándome ensangrentado, los hombres de azul con rostros malévolos. ¡Silencio! ¡Quiero silencio! ¡Esta ciudad me enloquece! Pi, pi, pu, pu, gritos, histéricos gritos de mujer con sombrero vaquero.
—¡Loca descreída! ¿Quieres que los criminales nos deporten?
—¡Qué pulga tienes conmigo! —esputé violentamente.
—Bueno, ¡coño!, ayúdame. ¿Tienes un pañuelo? Pero apúrate. Larguémonos de una vez por todas. Que los polis nos revientan… ¡Sígueme!…
—Oye, ¿qué pasa?, ¿qué polis?
—¡Los criminales! No hagas preguntas, qué nos llevan a la cárcel. ¡Corre! ¡Corre! Espera, mejor hazte la turista. Mira, ése de ahí es un asesino, es el peor, cuidado con él. ¡Apúrate! Vivo en una buhardilla cerca de aquí. No tengas miedo, Miller Zapata no podrá hacerte daño en mi guarida. ¡Cuidado!, que te tropiezas. Espérame, dame tu mano, estas cosas me pasan por atarantada. ¡Mira!, ¡los polis!, nos están mirando. Fíjate como actúan, no utilizan radios ni balizas, estos sólo buscan saciar su instinto, ¡cobrar tributo!, ¡fornicar gratis!, sí, ¡fornicar gratis!
Estoy hipnotizada, una fuerza portentosa me arrastra, intento defenderme pero no puedo, allá a los lejos, los hombres de azul persiguiéndonos, mis instintos, la caverna primitiva, mi carne, mi razón, mi cultura, ¿qué estoy haciendo?, soy chilena, soy una burguesa, ¡alto!, no quiero correr, mis piernas no me obedecen, ¡alto!, ¡stop!, las bocinas, las balizas, las botas policíacas, los fornidos mastodontes, nos persiguen, sí, nos persiguen, dos, tres, cuatro hombres de azul, con sus lenguas traposas. ¿Estoy ebria? ¿Qué me sucede? Sus dientes, sus labios, sus sexos fétidos, sus músculos puntiagudos. Me repugnan sus deseos, me repugnan sus esperanzas. Nos persiguen, intentan manosear mi pubis, intentan acariciar mis senos, intentan penetrar mi ano, intentan succionar mi saliva: los hombres de azul excitados como bestias, los hombres de azul bufando como demonios. ¡Qué asco!, ¡malditos puercos!, ¡malditos degenerados!
—No te preocupes. Aquí estamos a salvo, tranquilízate, esta es mi guarida, es inexpugnable, inconquistable, invulnerable.
—¿Qué cosa es esto?
—Mi guarida. ¿No te gusta?
—¿Qué quieres que te diga? Esto más que buhardilla me parece un water químico.
—¡Racista!, ¡eres una maldita racista!
—Te digo que no soy racista.
—Claro, eres tan rubia y tan…
—No sigas con la misma estupidez. Me escapé de Chile para que nadie nunca más volviera a llamarme…
—¿Bella? No te equivoques, querida, la hermosura es un don de Dios.
—¿Eres devota?
—Por su puesto. Creo en los santos y en la Santísima Virgen María y en los ángeles y en las ninfas y en las pitonisas y en el amor entre…
—Bueno ya. ¿Qué quieres de mí? ¿Nada malo?, supongo.
—Yo debería pedirte explicaciones. Por poco y casi nos atrapan los criminales.
—Otra vez. ¿Qué criminales?
—Los polis, mijita, los polis...
—Me duele la cabeza; ¡el engañito!, ya estoy cachando lo que me pasa, ¡ese maldito chino teñido de rubio!, ¡ábreme la puerta!, me largo, estoy drogada, sí, ¡drogada!, ahora que lo pienso, ¿no serás acaso traficante de blancas?, mira qué te mato. Soy cinturón negro.
—Cálmate. De nada te sirven las patadas. Los indocumentados somos aquí un montón de…
—¿Qué cosa me dices?
—Mira, no te hagas la mosquita muerta. Tienes todo el aspecto de las que intentan escapar de algo. Te lo advierto, es muy difícil, casi imposible. Una tropa de criminales nos persigue. Los muy canallas nos piden documentos. ¿Qué documentos les vamos a dar? Si ni papel higiénico tenemos en nuestros miserables apartamentos. Aquí es distinto, no te confundas. Este es mi refugio, mi templo sagrado. ¿Te sirves un vinito?, para calmar los nervios, digo yo.
—No, gracias. No bebo vino.
—Qué lamentable.
—Ábreme la puerta... ¡Ese chino maricón! Le voy a cortar los…
—Estás loca, los criminales te echaron el ojo, tienes que aguantarte una rato, después se aburren, hay que estarse tranquilas, tal vez en una hora o en dos podrás largarte, aquí tienes un vaso de vino, perdona que insista, no tengo calefacción, no me gusta, mi garganta, ¿comprendes?, con un buen vino se afina la voz y los temores al diablo, toma, anda, bebe, qué tienes morado el rostro.
—En mi patria todo el mundo bebe vino. No quiero objetos ni pensamientos que me recuerden las costumbres de mi país.
—¿Algo de fobia te producen los chilenos?, parece, digo yo.
No pude o no quise pronunciar una respuesta. Enmudecí. Propagué el silencio, como si un estallido de espejos tronara de manera inversa, como si los números no fueran equivalentes entre sí.
Gotas de rocío cubrieron mi rostro, gotas como la lluvia en septiembre.
—Pero si estás llorando, pequeña niña.
Una fuerza incomprensible, una fuerza femenina arrebataba mi pecho, como un tigre acechando a su presa.
—Querida, comprende, desde siempre las mujeres hemos sufrido la violencia paterna. No es que aborrezcas o sufras de alguna fobia en particular hacia tu patria. No, señor. Es un sentimiento distinto. Es el sentido patriarcal de nuestra cultura. No llores en vano. Llora por la causa legítima, lucha por tus derechos. La patria significa, un padre machista, una madre machista, hermanos machistas, párrocos machistas, autoridades machistas. No te preocupes, tengo experiencia en la materia. Me escapé de Europa por motivos estrictamente sentimentales. No soportaba tanto despotismo de miles de millones de padres fisgoneando tu vida, coartando tus instintos. Para combatir el machismo debes que enfrentar tus temores, tus fobias. No ocultes el rostro, no te dé vergüenza expresarte. Déjame secar tus lágrimas. Pobrecita. Enfrenta tus fantasmas. Los temores son rocas que aplastan tu sustancia humana. Rocas que oprimen tu corazón, rocas inciertas, rocas malignas. Toma. Bebe de este vino. Bebe hasta hartarte. Cuando acabes otra mujer habrá dentro de ti misma, una mujer libre de temores.
—No es tan fácil como tú dices. Estoy sufriendo. Acabo de conocerte, no beberé de tu vino.
—No tengas miedo, el hombre es nuestro enemigo. Con su herramienta latiendo como víbora. Embriaguémonos. No te preocupes, nuestra comunidad cuidará de tus pasos de cordera perdida en el matadero. ¡La víbora!, ¿comprendes, querida?, ella no tuvo la culpa. La pobrecita ha cargado con su karma por mil generaciones. Realmente Eva fue violentada por Adán; el muy cretino la preñó; le nacieron dos monstruos asesinos; uno más bien; el otro fue asesinado por su hermano.
—¿Qué dices? ¿Qué tonterías estás hablando?
—La víbora, ¡coño!, la víbora...
—Estás absolutamente loca —intenté exclamar con boca pastosa.
—Para nada. Sólo son parábolas, imágenes oníricas, estudios cabalísticos, que unas cuantas eminentes sabias han logrado desentrañar. Son verdades que los hombres ocultan. Verdades ciertas, tan ciertas, como la muerte ficticia de Cristo. Sí, el muy maldito no murió en la Cruz. Tampoco salvó a Magdalena de la prostitución. Murió de viejo. Retorcido en sus propias visiones.
—¿Cómo puede tu cabeza elucubrar tantas rarezas?
—No son rarezas, están escritas aquí, en este libro magnífico.
Miré a Magdalena Ocampo con rostro demacrado. Intenté levantarme. Un segundo y un tercer esfuerzo acabaron en una marea de risotadas no menos dolorosas para mí. De costado, como escarabajo, con el caparazón friccionando el duro cemento; vomitando y tragando bilis; escupiendo y deglutiendo pájaros descabezados.
Con súbita decisión de mujer de mil batallas, Magdalena Ocampo depositó mi cuerpo en un camastro de hierro, de cuyo cincelado, brotaban monstruosas copulaciones, infinitas posturas, infinitos brazos acariciándose, como en los antiquísimos templos de la India, pero con una variante distinta, no figuraban hombres en el camastro de Magdalena.
—Aquí dormirás espléndidamente —logré percibir entre la nebulosa de los sentidos—, tan espléndidamente como si fueras un bebé.
Amanecí rodeada de un perfume embriagador. Magdalena Ocampo dormía, desnuda. Me ruboricé. Me vestí raudamente. Recordaba atisbos equívocos, profundidades inciertas, letanías que cobraban una realidad confusa, viscosa, diría yo. Atravesé los escasos centímetros que separaban mi cuerpo del mundo exterior. Giré la manilla. Campanas de infierno retumbaron con espeluznante incertidumbre.
—No te largues, pues, ¡coño!, no te largues de este modo. ¿Me abandonas sin ninguna explicación?
No tuve fuerzas para comprobar lo fidedigno o lo capcioso de aquellas palabras pronunciadas en una apocalíptica mezcolanza de ensueño.
¿Qué era la realidad? ¿Qué era yo? ¿Terribles presagios eran la respuesta que implicaba un acertijo aún más cruento que los sentimientos que me embargaban? Acariciaba mi cuerpo pero no hallaba indicios de actos inmorales. Indagaba en mi memoria: el recuerdo era difuso, tan difuso, como un río desbordándose en sí mismo; un río nebuloso colmado de voces intemperantes, de quejidos bestiales, de ecos infinitos, de peroratas, de vinos embriagadores. Sudaba. Un temor tan inverosímil, tan íntimo, tan sutil como olas bravas en las costas del sur infinito, acalambraba mis extremidades, retorcía mi vientre, clavaba un puñal en mi pecho.
Era una disoluta muchacha a la deriva en la selva inexpugnable de una ciudad hiperbólica.
Torrentes de emigrantes, de razas desconocidas en mi provincia de fin de mundo, infinidad de rasgos, de cuerpos, de olores humanos, infinidad de brazos, de ojos, de rodillas, de histéricos actos que invocaban urgencias desmedidas, urgencias que me introducían, de cierta manera, en un cristal roto, en una catacumba destrozada por los gritos neurasténicos de mi yo interno.
—¿Qué te sucede? —aullaba mi yo intrínseco— ¿Magdalena Ocampo acaso ha gozado de…?
No fui capaz de exteriorizar una pregunta tan terrible. Temblaba. Caminé entre calles populosas. Un cosquilleo en mi alma era un pez con dientes asesinos devorando mis entrañas. Muchas veces en mi etapa escolar había dormido con amigas. Nada de aquello me había provocado angustia. Cierto. Eran amigas. Magdalena Ocampo era una total desconocida. Una cantante callejera tal vez nacida en ¿Europa? Admiradora (ahora que lo recuerdo) de cierta embustera feminista. Había despertado medianamente sobria en su camastro. La guitarra, el gorro vaquero, las prendas de vestir, los bajorrelieves retorciéndose en posturas orgiásticas. ¡Horror! ¡Qué estoy pensando! Tal vez hemos… ¿fornicado?
La iglesia Mormona y el tugurio de apostadores a escasos veinte o treinta metros. Mi apartamento en el séptimo piso. Arriba de nosotros, un ícono, un santuario de un esquizoide —según opinión personal—, un loco llamado Lucas. Subo las escaleras con rabia; con angustia más bien. Me ducho durante quizá una hora o dos. Pensamientos indescriptibles acuden a mi mente. Figuras de muchachos musculosos, tersas manos, palabras bondadosas. Me acurruco en mi jergón. Un sueño erótico se apodera entonces de mi alma. Al despertar pulso mi pubis. Aquello simplemente es una cuestión de principios. Lágrimas brotan espontáneamente en mi rostro. Había estudiado en un estricto colegio de monjas. Mientras espasmos desconocidos para mí retorcían mis caderas, la sonrisa de Magdalena Ocampo inundó la habitación como una aparición fantasmal.
—¿Quién eres tú? —aullé ásperamente.
—Soy tu destino —respondió triunfalmente la espantosa imagen.
Lloré como una niña. Lloré toda la tarde y toda la noche.
Golpecitos menudos me encadenaron a la realidad. Escondí la ropa interior entre las sábanas. Los golpecitos eran continuos, persistentes.
—¿Quién es? —pregunté con voz aletargada.
No hubo intentos de réplica.
Miré por el ojo mágico: el interminable repicar de nudillos tamborileando mi puerta me irritaba atrozmente. El causante de tal embrollo era un hombrecito desgarbado, calvo, miope. Unas tremendas anteojeras colgaban de unas orejas puntiagudas. El hombrecito me pareció inofensivo.
Entreabrí la puerta.
—¿Qué te sucede, vecinita? —me esputó con voz susurrante—Con tus gemidos no puedo concentrarme. Tampoco te pido que te mantengas como títere, pero estar gritando de manera impropia no es costumbre plausible en este lugar. La vida tiene un ritmo propio, un rito salvaje, si se quiere, pero un ritmo sin tanto barullo, ¿comprendes? Pero qué tonto. Disculpa, ¿tal vez parlas alemán o francés?, porque con tu cuerpazo no creo que parles spanglish.
—Te equivocas, hablo castellano.
—Ah, eres chilena...
—¿Cómo sabes?
—Bueno, vecinita, por lo tímida y por lo cantadito de tus palabras. Mira. No quiero dármelas de salvavidas ni menos de Tenorio. Vivo, aquí, en este edificio, en el apartamento 17Q. Estos cuartuchos son de hule. ¿Comprendes? Estoy preocupado por ti. ¿Puedo ayudarte en algo? Sin cobrar por supuesto. Mira que entre hermanos debemos…
—¿Entre hermanos? —pregunté sarcásticamente.
—Ah, ¿supongo que acabas de llegar?
—¡Qué! ¿Acaso ustedes forman parte de una nueva religión? ¿Un nuevo dios, un nuevo santo de todos los milagros? No, ya sé, lo que necesitas es ¿una taza de azúcar?
Me arrepentí en el acto de mi agresividad.
—Discúlpame. Estoy un poco alterada.
—¿Alterada? Sos bastante ingenua, querida, sos atípica.
La variante lingüística de Víctor era particularmente antojadiza. Toda aquella mezcolanza de tonalidades y de invocaciones etimológicas y de estructuras gramaticales de un modo tal vez involuntario no expresaba específicamente morfemas castizos o neologismos hispanos. Un laberinto latía en su interior. Una entidad un tanto abstracta era la rueda de un pez.
—Mira. Gracias por tu preocupación, pero en este preciso momento estoy ocupadísima como para entablar relaciones con…
—No te maquines extravagancias, querida. Soy gay. No me gustan las mujeres.
Miré sus ojos con una expresión tan vívida que mi rostro debió transmutarse en una legión de arañas venenosas.
Acomodé mi cabello. Intenté cerrar la puerta.
—¿Eres homofóbica acaso?
—No, de ningún modo, es que tengo algunos asuntos…
—Mira, gatita. No me mientas, no he podido escribir una línea con tus aullidos de manicomio. Algo te sucede. Si te quieres suicidar, te pediría que eligieras la estatua del libertinaje. No jorobes con tus problemas. Mira que si llegan los polis, ¡muchos!, la mayoría, diría yo, de los que habitamos este edificio, nos iríamos derechito a la capacha. ¿No sabes acaso que aquí todos o casi todos somos…?
—Indocumentados…
—Ahora que vas comprendiendo el meollo del asunto, te invito un rato a mi apartamento para ponerte al corriente de ciertas cosas que te servirán a modo de sobrevivencia.
—Gracias, pero ya te dije que estoy un poco...
—Insisto, eres recién llegada. En este edificio viven familias; intentan vivir más bien; hijos que alimentar, ¡muchísimos hijos!, sobrinos, un trillón de sobrinos. Somos una tribu, no muy próspera, pero sobrevivimos; intentamos al menos. ¡Los criminales!, los puercos malditos ¡criminales! nos hacen la vida imposible. Ya sabes, de tal árbol tal engaño. De cuando en cuando nos caen encima. Nos cobran tributo. Ahorramos, entre todos, el dinero necesario. Mira; este asunto es muy delicado, no te puedo estar sermoneando en el pasillo. Acompáñame por favor a mi apartamento.
—No, gracias, ya te dije, estoy algo cansada.
—Me dijiste que estabas ocupada.
—Qué latero.
—Me marcho entonces, pero hablamos pronto del asunto, la comunidad está preocupada, todos hemos estado comentando tu caso.
—¡Todos!
—Por supuesto. Nada es tomado a la ligera. Un error, un traficante, un delincuente un tanto atolondrado o un suicida en potencia puede llevarnos a la bancarrota o a la cárcel. Todo pormenor, toda menudencia, cada detalle es conferenciado por los delegados de piso. Hasta el conserje está preocupado por ti.
—¡Qué vergüenza! ¿Acaso no existe la privacidad?
—Claro que existe, pero estar llorando toda la tarde y toda la noche, descontando que estuviste en la ducha como veinte horas.
—Dios mío, ¡esto es un infierno!
—Al fin estás comprendiendo.
—Te acompaño entonces, pero ¡vamos!, qué no quiero que los criminales me sorprendan conversando con un ¿escritor (tercermundista)?
—Buena chica. Sígueme…
El cuartucho de Víctor, si podemos llamar cuartucho a tan delirante detrito, era un horroroso páramo tapizado de porquerías varias. En una esquina del tugurio, una prehistórica máquina de escribir. ¡Libros!, ¡tantos libros!, cientos de libros, miles de libros, diría yo. Los títulos eran ininteligibles, tal vez alemán, inglés o ruso. Víctor llenó dos copas con agua mineral. La atmósfera era salvajemente ilusoria. El hombrecillo carraspeó estrepitosamente. Tres cristales nacarados inundaron su brebaje. Con una cucharita giró la mixtura.
—¡Mierda! ¡Qué asco!
—Perdón. ¿Quieres azúcar?
—Esta cosa ¿es agua mineral?
—Claro, ¡qué te crees!, ¿qué te voy a estar convidando cianuro?
—Cianuro tal vez no, pero quizá...
—Mira, gatita, desconfía de las apariencias. Toda esta maldita ciudad tiene sabor sintético. Con tres cucharaditas de azúcar el brebaje adquiere consistencia.
—¿Azúcar? Uf. Qué raro.
—Por supuesto; el mundo está relacionado con los sentimientos. Imagina, que cada vez que me embriago, no con agua mineral por cierto, la melancolía me domina, lloro, pero para callado, ya te dije, en este edificio viven personas respetables. Responsabilidad es una palabra que aprendemos de memoria. Una caída; y nos condenan en un dos por tres. Cada apartamento debe cancelar una cuota, un cuarto o un tercio de su estipendio. De lo contrario, el puerco de Miller Zapata nos cae de noche. Sus orangutanes rompen todo lo que pillan, rompen las puertas, rompen los escasos muebles, rompen los vidrios, patean, escupen. Soy delegado de piso. Si no tienes trabajo, te lo podemos conseguir. Conocemos mucha gente allá afuera, gente de gobierno. Yo trabajo de barrendero; el salario es pésimo, pero me permite estar despierto durante el día. Soy escritor y pertenezco al partido del pueblo. ¿Qué hago en el imperio del norte?, te preguntarás. Tuve que arrancar de mi país, la dictadura había puesto precio a mi cabeza.
—¿Qué dictadura? —murmuré con voz socarrona.
—¿Importa acaso? —respondió Víctor.
—A mí realmente lo que me importa —dije de manera dubitativa— es saber si me puedes convidar un poco más de azúcar.
El desgarbado hombrecito respingó la nariz, dos turrones extras de azúcar endulzaron el brebaje. Bebí de un sorbo el contenido. El sabor era repugnante. Recordé mi infancia en el valle central de Chile. Recordé las vertientes cristalinas, las aguas purificadoras, el cielo acorralado por montañas, la tierra estremecida por terremotos apocalípticos.
¿Todo era tan artificial en el imperio?, como había gimoteado Víctor. ¿Existían los criminales? ¿Gentes inescrupulosas, mafiosos, vendepatrias? Mi anfitrión era evidentemente un compulsivo coleccionista de libros. ¿Quizá un mitómano o un loco? ¿Tal vez un depravado traficante de blancas o un abusivo agente federal exigiéndome un tercio o un cuarto de un salario, en mi caso, inexistente?
Un movimiento de nerviosismo de mis manos derramó el líquido en mis pantalones. Víctor buscó con premura un trapo. Secó el piso de madera. «Estoy atrapada», me dije. «Este tipo es un neurasténico».
—Tengo que marcharme —murmuré secamente intentando dominar mis temores—. Mañana quiero salir de compras.
—Imposible —gruñó mi calvo vecino de apartamento—. Mañana nos allanan. Nadie puede escapar del edificio. Nada de jaleos ni de ruidos ni de llantos.
Me quedé petrificada, pensando en mi madre, recordando las tardes de verano en Cachagüa, en las interminables fiestas de verano, en mis trenzas rubias, saludando a los invitados de mi primera comunión. Tantos desfiles inicuos, tantos disfraces de reina, de coronas ficticias, de carros alegóricos, de hombres lobos, de esqueletos vivientes, tanta algarabía, tantos juegos, tantos bailes, tanta música, tanta supuesta felicidad. Estaba enamorada de un amor imposible. De la vida misma estaba enamora; de la libertad, de poder respirar a todo pulmón, de sentirme libre plenamente. Esta ciudad era presuntamente territorio para triunfadores. Muchos tíos —médicos, abogados, psiquiatras— desempeñaban cargos importantísimos. Yo no quería inmiscuirme con familiares. Estaba cansada de reinados efímeros, de coronas de espina. Buscaba mi independencia, mi vida propia. ¿Esto, sin embargo, era mi libertad real? ¿Una conversación con un loco, con un estrafalario? Tal vez la respuesta implicaba un quebrantamiento al orden impuesto a mi casta de origen, tal vez las palabras de Víctor representaban una contraposición, una paradoja en un mundo binario, un mundo atestado de posibilidades, tantas, como fuera capaz de alcanzar; no como hija de hacendados, ni como la perpetua reina de belleza, sino, como una expatriada en busca de oxígeno, de vida nutriente, de experiencias sin límite.
—Una cosa más… —dijo Víctor Hidalgo— Tampoco te fíes de las palabras. Te he mentido. No soy maricón. Me encantan las mujeres.
3
De pronto todo oscureció. Enrollada entre las sábanas —perfumes de lavanda, como proyección especulativa de la cantante callejera— deambularon con rostro siniestro; como queriendo destrozar mi cuerpo. Magdalena Ocampo vino a mi memoria. «Padres machistas, hermanos machistas, primos insípidos». Un centenar de machos cabríos con lenguas traposas: imaginé instintivamente; con sus herramientas latiendo desafiantes, mirándonos morbosamente, tocándonos a escondidas, en el metro, en la muchedumbre; practicando seguramente onanismo con la figuración de nuestras curvas. «¡Bastardos! ¡Asquerosos bastardos!», me dije. «Nunca mas seré reina de belleza. ¡Lo juro! Prefiero vestirme de hombre. Usaré calzoncillos, zapatones escolares, camiseta. Tal vez me dibuje un bigote, los voyeuristas saciarán su instinto imaginándome como otra persona, como otra Raquel Urrutia, ya no la rubia, la de ojos amarillos, la de facciones delicadas, la de nariz espléndida. Caminaré entre la multitud convertida en hombre, sí, me vestiré de hombre, mi cuerpo, el sagrado cuerpo femenino, mi complexión que tanto alboroto provoca en Chile, en este país, en esta ciudad cosmopolita, como una abeja invertida, como un monstruo incierto, trocará su forma en crisálida, trocará su materia, convirtiéndose, en un yo evasivo, en un yo insustancioso».
¿Algo de razón habrá en las palabras de Magdalena Ocampo?, supongo. Sí, para qué contradecirme. Por Dios, ¿qué estoy pensando? Ridícula, me veré absolutamente ridícula. Con bigote y de corbata caminando como un tallarín hermafrodita. Me descubrirán. Quizá hasta intenten violentarme, ciertos perversos digo yo. ¿Me gustan los hombres?, pregunta irrelevante. Desde niña siempre acosada, mutilada, sí, desde niña me sentí perseguida. «Eres linda, reina de belleza, tus rizos, mi linda muñequita». Estoy cansada de tanta estupidez. Yo no soy pura belleza, también soy persona, soy mujer, sí, mujer, en toda la dimensión de la palabra. Sensitiva, cariñosa, amable. Inteligente es palabra que desconozco en el repertorio de mi niñez. Hermosura es la predominante desde siempre. Pero también los hombres son bellos. ¿Alguna vez me enamoré? Creo que sí, de un cándido muchacho, bueno, en aquel tiempo era un niño de mirada dormilona, de cabello castaño oscuro, de rostro cálido, un tanto místico, diría yo, sí, aquel niño era un místico y yo su virgen (pagana). Nos conocimos en un congreso de colegios cristianos, él era la viva representación de la cruz, con sus dientes chuecos, con su cabellera de príncipe valiente, acurrucado entre las sombras, observándome con ternura, admirado de mí, pero de mi alma. Pude presentir sus palabras, su voz interior. Yo era Mariana, él era Ignaciano. Me enamoré de aquel niño, nunca pude hallar en otro hombre su mirada. Una tarde, sólo una tarde, aquellos grandes ojos almendrados acariciando la madera del confesionario. No hubo intercambio de palabras entre nosotros. Ahora tal vez en un profeta o en un loco se habrá convertido, no lo imagino devorando con aquellos ojos tiernos las formas femeninas, de ningún modo. Nada que inspire tanta confianza puede corromperse. Dios estaba en su rostro, me sentí amada, me sentí mujer. Una tarde, sólo una tarde en un rincón de un colegio Ignaciano.
Me escapé de Chile buscando la pureza. Qué cosas digo. Esta maldita ciudad es una cloaca. Tengo que ser sincera conmigo misma. Me vine a Estados Unidos a pudrirme, a olvidarme de aquel niño, de aquella frente despejada, de aquellos ojos como de niño maduro, como de niño/hombre.
De pronto todo oscureció. Un terremoto. Nuevamente los recuerdos de mi patria. «¡Un terremoto!», grito desesperadamente. «¡Un terremoto!» No estoy en el extranjero. He vuelto a Chile. La muerte se cierne sobre nuestras cabezas. País telúrico, país de catástrofe, país de murallas derrumbándose en multitud de infantes, país de edificios desplomándose, de ciudades tragadas por la tierra. «¡Un terremoto! ¡Un terremoto!» Caos, gritos en mi memoria, árboles desraizados, exterminio de las formas, exterminio de construcciones humanas. Un lenguaje de catástrofe, una manera de procrear el mundo. Tierra de placas terrestres, colapsando en combate apocalíptico hasta el exterminio de la vida.
Me visto a tropezones. Apenas puedo abrochar las plaquitas metálicas del sostén. Todo es tan espantosamente telúrico: los golpes en la puerta, las patadas en las cabezas, los llantos. «¡El tributo!», gritan las placas teutónicas. «¡El tributo!» «No tengo trabajo, jefecito. No money». Primer piso, abajo, entre mis piernas, el tampón, nerviosísima, indescriptible espasmo, no puedo ajustar mis bragas, el sangramiento, rauda, corriendo al sanitario, segundo piso. «¿Qué sucede?, ¡Virgencita Santa!» Tercer piso, los pantalones, Víctor Hidalgo insultándome. Quinto piso, el estruendo, ¿mi blusa?, ¿dónde está mi blusa? Un feroz repique de botas militares, séptimo piso, un forcejeo, golpes, fuerza bruta. A culatazos derriban mi puerta. Descalza, me imagino a Juana de Arcos. «¡El tributo!», aúlla un grasiento hombrecito con el cráneo rapado, ojos verdosos. «¡El tributo!» Perpleja, azorada, temblorosa. Claramente recuerdo una estrellita en su cazadora de impecable cuero negro. «¡El tributo!», grita nuevamente el hombrecito». Intento explicarme en rudimentario inglés. «Señor policía, tengo visa de turista. Mire. Está completamente vigente». Todo oscurece entonces. Todo es tan espantosamente terrestre. Los ojos verduscos del supuesto sargento embrutecen de cólera, grita, blasfema, las palabras son neologismos desconocidos para mí. Puedo, sin embargo, intuir la matriz castiza, es un idioma híbrido, de forma monosilábica, demasiadas vocales, trece o catorce. El hombrecito invade mi apartamento, rompe un macetero con flores plásticas: un llanto derramándose como agua cristalina humedece la alfombra. De un golpe en mi pecho, el salvaje polizonte me tumba en un sillón despanzurrado: ruedo como un animal herido. Intento levantarme. Con un bastón metálico me inmoviliza. Aplica un toque eléctrico, me sacudo como un títere. «¿Qué te sucede?», grito en castellano. «¡Eres un hijodeputa!» El hombrecito, inmutable, tal vez no queriendo, o no pudiendo comprenderme, se rasca la nariz. «¡El tributo!», aúlla en spanglish. «¡El tributo!» Un rotatorio movimiento de mi cabeza le provoca un instante de duda: su rostro mofletudo pareciera irradiar un caleidoscopio mutante, un inverso statu quo, un inestable planetoide, un abismante universo girando en torbellinos de luz. Con agilidad felina, con un puntapié en su estómago, logro desarmarlo, el hombrecito intenta desenfundar su pistola de servicio. Con tres patadas derribo al supuesto agente policial. Cinco o seis gorilas lo secundan. Intento defenderme pero un golpe seco en mi cráneo me tumba de hocico: empuño mi pasaporte. Los criminales pesquisan sin gran interés las fechas, se miran entre sí. Efectivamente, es un pasaporte legítimo. Un espeso grito que no logro comprender destroza mis tímpanos. Pedacitos de mi pasaporte giran en torbellinos de risotadas masculinas. «¿A la capacha, jefecito?, para gozarla, digo yo». «Le daremos otra oportunidad», gimotea el barrigoso individuo de mirada verdusca. «Tráeme a Víctor. Pero, ¡apúrate, carajo!»
Mi vecino de apartamento es arrastrado virtualmente a patadas.
—¿Esta puta es amiga tuya? —pregunta el polizonte.
—Mi sargento, si usted me disculpa, creo que sólo es una turista en busca de…
Un manotazo en sus mandíbulas interrumpe su discurso.
—Te equivocas. ¡Esta puta es una expatriada! No tiene pasaporte.
Los agentes ¿policiales? estallan en jolgorio. Sus miradas son como espinas, como cuchillos macerando el instinto de supervivencia.
—Si no me crees, aquí tienes la prueba.
Obligan a Víctor a tragarse el papel picado.
—Tú eres el único culpable, pero te vamos a dar otra oportunidad, ¡la última! Si esta puta no paga triple tributo, los del séptimo piso se las verán conmigo. ¡Lo juro!
El hombrecito acaricia impúdicamente su miembro.
—¿Te gusta? Aprovecha, querida, pues, parece que pocos días te van quedando de vida.
Un putrefacto olor me provoca una terrible sacudida. Vomito.
—No te preocupes, nena, de seguro tienes el culo limpiecito.
Lloro con párpados en movimiento ondulatorio, con lágrimas con espesor de lluvia. Lloro intensamente. Estoy salpicada de sangre, derrotada, humillada. Rebotan en mi memoria, de manera involuntaria, historias de asesinatos políticos, de secuestros, de torturas, de muertos inconfesos, de fusilamientos abusivos. Historias que las gentes del pueblo, las nanas, los jardineros, los profesores de castellano, murmuraban al amparo de crepúsculos provincianos, ocultos entre los recovecos de las mansiones señoriales. Historias que más tarde serían contenidas en libros, en tumbas con huesos, en protestas callejeras, con madres de hijos desaparecidos, con maridos degollados, con nietas deshonradas, con úteros inciertos en rompecabezas inconclusos. Páginas escritas absurdamente, rumores pérfidos, que de ningún modo, cuando vivía en la floresta de mi jardín —en Chile sin memoria, en Chile empresarial— habría podido comprender. «Historias», me repetía desde niña. «Sólo son historias».
Lloré lágrimas de fuego. Lágrimas ardientes en el rostro de Víctor.
Cuando el fin de mundo contrajo las mandíbulas mi vecino de apartamento escupió un racimo de palabras tintadas de sangre. Castellano impuro, si se quiere, castellano de mil vocales. Histeria en el séptimo piso. Siete niños pude distinguir entre la bruma con cascada de océano. Víctor intercambió palabras con una obsesa y horripilante mujer: el sentido de aquella lengua de reptil me fue vedado, pero mis esfuerzos redundaron en un llanto histérico. Los siete bastardos enmudecieron. La mixtura de ancestros aztecas turbó lo consciente, lo incierto, lo terriblemente real.
Víctor y María González intentaron calmarme. Rolando Pérez, en cambio, mirándome con deprecio, fustigó mis lágrimas. También yo enmudecí.
—Pero ¿qué te pasa, mujer?, ¡cállate! Oye, Pedro, no te quedes como tonto, tráeme unos cuantos clavos y el martillo; pero ¡apúrate, zopenco!
María González preparó un supuesto brebaje curativo. El humeante chorro de agua hirviente desfiguró su rostro. Un gigantesco Krishna curvó la escasa luz reinante en la habitación. Rapado, calzando sandalias y eructando; el descomunal individuo, con lenta; diría yo, agusanada lentitud, fue macerando en un mortero, ingredientes viscosos; que más tarde combinó con la sustancia preparada por María González. Bebí temiendo lo peor. Repentinamente me sentí exhausta; mareada más bien. Me dormí profundamente. Cuando desperté, el ataque de histeria había desaparecido. Intenté incorporarme. Alguien había curado mis heridas. Estaba completamente desnuda. ¿Cuántas horas, cuántos años, cuántos meses, cuánto espacio no vivido, había transcurrido? Intenté incorporarme nuevamente, pero mis esfuerzos fueron inútiles. Sombras de huesos y de personas decapitadas adquirieron de pronto sustancia corporal. Inéditas pesadillas atraparon mi mente. Ya no eran hombres rapados torturando personas. Ahora era sencillamente la tibieza del rumor de un bosquecillo del sur de Chile que acariciaba mi cuerpo. Mis padres me abrazaban cariñosamente, mi vida era un festín alocado. Todo era tan perfecto: la llovizna, el mar azulino, las piedrecillas doradas, los conejitos dormitando bajo el sol; pero un estallido de escopeta destrozó aquel paraíso: un muchacho, que identifiqué como criatura de mi vientre, gritaba improperios mientras un centenar de mariposas, con torsos femeninos, picoteaban su cadáver.
Desperté tiritando de frío.
—No trates de incorporarte —susurró María González—. Pobrecita. ¿Rompieron tu pasaporte? Entonces ¿es cierto?, dicen ¿qué sólo estabas de vacaciones? No intentes hablar. Arreglaremos el entuerto. Tienes que marcharte, eso sí, prométemelo. Este país es peligrosísimo. Hay gente buena como mi marido por ejemplo. Un poco explosivo, no lo niego, pero mira, ya compuso tu puerta. Nosotros te cuidaremos hasta que sanen tus huesos. ¿Te duele? Te golpearon muy duro. No debiste defenderte. Es mejor esconder la cabeza, la espalda resiste casi todo. Es un truco ingenioso. Pero, ¡niña!, cuidado con tu brazo. El Profeta también enyesó tu pierna. Muy pronto podrás caminar.
—¿Qué Profeta? —intenté balbucir.
La mujer adivinó mis pensamientos.
—Pues, Lucas, ¡el Profeta!, el que vive en el tejado.
—¿Un gato en el tejado?
—¿Qué? ¿Acaso no recuerdas?
—¿Acordarme de qué?
—¡De esto!, niña, ¡de esto!
Página siguiente ![]() |
Ingrese el e-mail y contraseña con el que está registrado en Monografias.com
Trabajos relacionados
Ver mas trabajos de Lengua y Literatura |
|
Nota al lector: es posible que esta página no contenga todos los componentes del trabajo original (pies de página, avanzadas formulas matemáticas, esquemas o tablas complejas, etc.). Recuerde que para ver el trabajo en su versión original completa, puede descargarlo desde el menú superior.
Todos los documentos disponibles en este sitio expresan los puntos de vista de sus respectivos autores y no de Monografias.com. El objetivo de Monografias.com es poner el conocimiento a disposición de toda su comunidad. Queda bajo la responsabilidad de cada lector el eventual uso que se le de a esta información. Asimismo, es obligatoria la cita del autor del contenido y de Monografias.com como fuentes de información.