Partes: 1, 2, 3, 4, 5, 6

4

Desperté asustada como un pajarillo. Con una pierna y un brazo enyesados. ¿Qué había sucedido? ¿Bestialidad policial? ¿Esclavistas impenitentes? ¿Racistas malparidos? Preguntas inciertas, preguntas nebulosas. Torbellinos de imágenes rebotaron en mi memoria. ¿Había Víctor deglutido mi pasaporte? ¿Me habían pateado con salvajismo? Una respuesta implicaba una certeza o una abjuración. Caminos existían, dos o tres, tal vez cuatro o cinco. ¿Refugiarme en la embajada? ¿Denunciar el atropello? ¿Escapar? ¿Reintegrarme a la patria y a los pretendidos concursos de belleza? Las palabras de Magdalena Ocampo treparon entonces a mi garganta como gusanos mordisqueando carroña: «Sumisión paternal, sumisión de hermana, sumisión de animal dotado sólo de útero, de ovario, de vagina». Palabras contundentes, palabras realmente ciertas.

—Sos una víbora —murmuró Víctor de manera vehemente mientras rascaba su mollera entre la bruma desconcertante que provocan las pesadillas—. Ya te dije, María González trabaja turnos extras. Cada inquilino, rebuscándoselas de ilimitadas formas, intenta reunir el triple tributo. Especialmente Raquel. Esta niña tonta ha provocado la furia de Miller Zapata.

¿Una pierna y un brazo enyesados producto de la autodefensa? ¿Era válida la autodefensa en un país que pisoteaba a los extranjeros? Apenas era una chiquilla. Hija de madre abogada y de padre psicólogo. ¿Qué hacía en un antro de psicópatas? ¿Víctor había engullido realmente mi pasaporte? ¿Refugiarme en la embajada de Chile significaba la derrota absoluta?, ¿la antítesis de mis deseos? Nada concreto, sólo intuiciones, proyecciones de un querer, de un destino inocuo.

—¿Desde cuándo la conoces? —preguntó mi vecino de apartamento.

—¡Calla la boca! —respondió Magdalena con el característico sonsonete de Castilla polvorienta—. He dormido con ella. ¿Comprendes?

—¡Cochina, descarada!

—Amárrate la lengua. Nos embriagamos y punto.

—Pero, gatita, sos una comedora de...

—¿Qué soy?

—Querida —se excusó Víctor—, no es mi problema, pero la nena está convaleciente.

—Somos amigas. Necesita de cuidados intensivos. ¿Cierto? Un hospital sería su deportación. Esperemos que la droga que le suministró el Profeta logre calmarla.

—Entonces me marcho. Te prevengo, eso sí, la situación es delicadísima. Habrá consejo de guerra. Es probable que la expulsen. Sin contar el desplume constante y sonante al menos de un quíntuple que tendrá que desembolsar.

—Quíntuple o séxtupla, yo pagaré su importe. Tengo tanto dinero como para cancelar la deuda externa de tu maldito país.

—Qué dices, gatita, mi país es muchísimo más rico, más vasto, más espléndido que el tuyo.

—Por la puta qué te parió. No empecemos con la misma. Que no me dirás que tu Cono Sur tiene tanta historia como Europa.

—Yo no hablo de historia, hablo de dólares.

—Te consume el abanico del avaro. Poetas es lo que necesita tu continentaco, poetas con cojones, como Federico García Lorca.

—Sí, pero nosotros no tenemos...

—Cállate. No me interrumpas. En Granada, el maestro demostró que tenía polla. No se anduvo con payasadas, ni se fue de saludo con dictadores.

—No quiero polemizar contigo. Quédate con Federico García Lorca, pero endereza el entuerto que ha provocado Raquelita, porque, cuando me tocan a Borges me dan unas tremendas ganas de dar de sablazos a diestra y siniestra.

—Pero, ¡Víctor! Qué bruto. Ya te dije, lárgate de una vez por todas. Somos muy buenas amigas. Te diría yo, amigas entrañables. Somos como hermanas. Somos…

—¿Pareja? —interpeló Víctor capciosamente.

—¡Condenado! ¡Sudaca malparido! ¡Púdrete en el infierno de país que te…!

—Gatita, sos estridente.

¿Qué hado maléfico satisfacía su lujuria introduciendo en mi apartamento a la hechicera de mis temores? Estaba inmovilizada y muerta de miedo. Recordaba desordenadamente detalles de mi última borrachera. Me observaba a mí misma en el espejo abovedado de mis sueños: dormida y tan desnuda, como Eva en el preciso instante degustador de la manzana pecaminosa. Magdalena Ocampo era la manzana: el pecado aún no consumado pero latente; en ficticio; entre sombras delineando siluetas; detrás de la muralla onírica, en cuyo abrevadero, los desbocados girasoles vomitaban dedos que acariciaban mi frente. Los párpados entonces iban abriéndose lentamente hacia la luz; germinando como una mariposa descalza. Mi brazo paralizado, presintiendo mi cuerpo, raudo como la muerte, como si yo misma fuera un lepidóptero reverberando en una gota de agua resbalando por la pared: el cutis paliducho, las cejas peludas, las pestañas tiesas. Estoy espantosa. Con aspecto de bruja. ¡Qué desastre! Estoy feísima.

—¿Qué haces aquí? ¿Quién te ha permitido entrar en mi... (vida)?

—Intento ayudar. ¿Es algo impropio acaso?

—De ningún modo, pero, ¿cómo supiste donde me hospedaba?

—Víctor. Somos amigos.

—¡Víctor!...

—Tranquilízate, querida. No te excites. Mira que me contaron los detalles del altercado.

—No fue un altercado. Intentaron asesinarme.

—Raquel, comprende, aquí nosotros no somos los amos. Ellos defienden lo suyo. No justifico a Miller Zapata, es un cerdo depravado, cómo todo hombre. ¡Cerdo!, ¡cerdo!, ¡cerdo! ¡Cojones! ¡Qué la puta qué lo parió reviente en…!

—Cállate. No digas insolencias.

—Disculpa, pero de una vez por todas aprende las lecciones que la vida te entrega. Existen tres tipos de personas en este país: los brutos, los dueños de casa y nosotros. No hay secretos en esta comunidad. Todos comentan la valentía de cierta damita chilena que le rompió el hocico a Miller Zapata.

—Estás completamente loca. Voy a demandar hoy mismo a esos hijos de perra.

—Sí, demándalos. ¿Con tu pasaporte de turista podrás exigir indemnización? ¿Tienes pasaporte?

—Claro qué tengo. Aquí está.

—¿Esto dices que es un pasaporte? Esto es un bolo alimenticio, que tu vecinito de apartamento vomitó. Estás comprometida hasta el tuétano. Crees que Miller Zapata permitirá que una extranjera, una cualquiera debilite su poder, ¿aquí?, ¿en su paraíso terrenal? Estás equivocada. Pero ¡quietecita!, ¿qué haces? Mírate cómo estás. ¿No te has dado cuenta? Tienes un brazo y una pierna inutilizados. ¿Qué quieres conseguir? ¿Herirte aún más?

—¿Qué puedo hacer? Estoy confundida.

—Primeramente lloriquear como una niña mimada te arruina el cutis. No vale la pena gastar lágrimas por los hombres. Te lo dije, son unos brutos. Arreglaremos el entuerto, pero con astucia.

—Realmente estoy asustada. No quiero regresar a Chile, pero tampoco quiero que me maten.

—Tranquila. ¿Cuándo mejores, si quieres, nos largamos a vivir juntas por un tiempo a mi guarida?

—¿A tu guarida?

—Por supuesto. ¿Por qué no? Las mujeres nos debemos ayuda.

—Pero si es tan estrecha, chocaríamos como si fuéramos campanas.

—Hallaremos una solución, te lo prometo. ¿Tal vez podríamos adelantarnos a Miller Zapata? ¿Tal vez podríamos…?

Magdalena Ocampo enmudeció. Me miró suspicazmente. Arrugó la comisura de sus labios. Sus palabras filtraron atisbos de una personalidad neurasténica.

—Tal vez, digo yo, tal vez… ¿podríamos asesinarlo? ¿Te parece?

—¿Asesinar a quién?

—¡A Miller Zapata!

Impávida, como si el mundo se precipitara en sí mismo de manera inversa, entre escorpiones con saetas de espuma; retrocediendo mis párpados acuosamente hasta convertirme en aire, hasta convertirme en estruendo de ola enfurecida. Sudor gélido. Me estremezco. Muerte es una palabra, desde toda perspectiva, desde todo ángulo focal, una certeza, pero muerte como en una partida de ajedrez, urdida, maquinada, impenetrable de perplejidad, es definitivamente cuestión perversa. Llámese venganza, justicia, ojos por ojos, diente por diente. Pena de muerte decretada por un supuesto, tal vez un Estado Nacional, un partido político o un grupo extremista.

¿Estaba yo dispuesta a participar de un rito antiquísimo? ¿Mi brazo y mi pierna quebrados eran causalidad suficiente como para extinguir el soplo de una vida? Tal vez Miller Zapata era un agente diabólico o solamente cumpliera órdenes. ¿Cuántos años?, ¿cincuenta y cinco?, ¿quizá sesenta y cuatro? ¿Una familia?, sí, una mujer, hermanos, madre, padre, hijos, una multitud de hijos, infinidad de pequeñas esperanzas. ¿Tal vez engullir un pedazo de ternera?, ¿vacacionar en Cuba?, ¿solventar estudios universitarios?, ¿o vivir?, sí, tal vez vivir.

Estaba convencida: el asesinato no era moralmente admisible en mi esquema de vida.

¿Era tolerable entonces la desfachatez de Magdalena?, mirándome fríamente, recostada, con las manos en la nuca, ¿pensando quizá en la manera de exterminar a un agente federal?

Magdalena Ocampo era, en la exactitud de las palabras, una completa desconocida. Apenas unos cuantos detalles: dominante, chillona, neurasténica, ¿vengativa?, sí, ¿quizá vengativa? ¿Qué respuesta entonces debían mis labios transformar en sonido? Los razonamientos, en este caso, eran factores abismantes, falsos augurios, incomprensibles teoremas. Un sí o un no, significa una negación o una afirmación de aniquilamiento, en el supuesto de que Magdalena hablara seriamente. Cualquier respuesta implicaba invariablemente una extensión de mí misma, un bálsamo de mi propio ser.

—¿Estás bromeando? —dije secamente.

—¿No comprendes acaso la brutalidad de los criminales? Tu vida corre peligro. ¿Crees que Miller Zapata permitirá que una chiquilla, una extranjera, lo ridiculice? Estás equivocada. He visto a muchas personas perder la vida por menos.

—Estás loca. Vivimos en un país que respeta las leyes.

—Sí, claro, la ley del bruto sobre el más débil.

—Me niego a creer en tus palabras.

—Pero, Raquel, ¡qué terca! Confía en mí. Es tu vida o la de Miller Zapata. Claro, puedes escapar, refugiarte en tu embajada, regresar a Chile o esconderte en otra ciudad.

—Si lo que me dices es cierto, prefiero regresarme a Chile.

—Tú decides.

—Por supuesto, yo decido. Si actuara como tú quieres, me convertiría también en criminal.

—¿Los dices por los agentes?

—Exacto.

—Te equivocas. El asesinato con propósitos de supervivencia no es criminal. Es parte de la vida misma. Los bastardos actúan amparados en leyes xenofóbicas. Son criminales por gusto, por vocación. Tampoco te obligo a ensangrentar tus manos, hay muchísimas maneras de eliminar a una persona en este país, múltiples formas de acabar con tu enemigo. ¿Sabes a cuántos presidentes han asesinado estos malditos cerdos? Muere tanta gente, que las estadísticas son escasamente reales. Uno más o uno menos…, ¡qué va, mujer!…, ¡es una bicoca!

—Pero es un agente estatal.

—Sí, no lo niego, el riesgo es mayor, pero es un agente mestizo. ¿Crees acaso que los yanquis gastarán tiempo en un impuro, en un híbrido?

—Imagino que sí.

—Pues, imaginas mal. Este país desde su fundación ha practicado una política de exterminio; la política de los sajones, digo yo. Pureza racial, matanza de los indios. La madre de Miller Zapata era mexicana. Es un bastardo con apellido prestado.

—¿Los españoles no hicieron lo mismo en América?

—¿Eres descendiente de españoles?, ¿cierto? ¿Olvidas acaso que los conquistadores sólo buscaban cristianizar a los salvajes?

—¿Cristianizar?

—Por supuesto. Por mandato de la Reina Católica.

—¿Cristianizar con la espada y la explotación?

—No me vengas con ingenuidades. Con tu rostro angelical, ¿no creo que pertenezcas a la clase trabajadora?

—¡Fascista!

—¡Ingenua!

—Prefiero ser ingenua.

—¡De todos modos!… —gritó absolutamente histérica Magdalena Ocampo— yo sólo te estaba provocando, estudiando tus límites.

Torbellinos de luz se aglutinaron en la comisura de sus labios. Su respiración era entrecortada. Magdalena me miró con ojos negros de Castilla polvorienta. Me miró con párpados tintados de rímel.

—Lo concreto —dijo Magdalena deletreando cada palabra con lentitud—, no sólo lo concreto, pensándolo bien; sino que, también lo abstracto, para mí que soy artista, no existe; bueno, existen; pero sólo de manera metafórica. Necesito certezas para poder equilibrarme, pues el mundo, como realidad concreta, es una abanico de palomas con ojos interiores. Yo quiero vivir mi vida, no sólo mi vida, también quiero compartirla amorosamente. ¿Comprendes?

—¿Quieres una respuesta ahora?

—¡Qué coño!, por supuesto.

Segunda Parte

1

Entre escombros, debajo de un graffiti intraducible a la sonoridad castiza, encontraron a Miller Zapata, despanzurrado. En un principio me sorprendió la noticia. Los titulares de los diarios sensacionalistas, con grandes letras rojas, con obscenas declaraciones, decoraban el rostro compungido del otrora capo del barrio.

Indagaciones, al menos en nuestro edificio, no hubo. La muerte de Miller Zapata fue olvidada tan rápidamente que apenas tuve tiempo de acostumbrarme.

Magdalena Ocampo cuidó de mí, durante mi convalecencia. Nos habíamos convertido en buenas amigas. La farsa, la risa y la comicidad eran los ingredientes que validaban nuestras absurdas conversaciones, que, ahora, de modo explícito, con cadáver incluido, se proyectaban a una realidad incuestionable. Yo estaba completamente arruinada. Habíamos pagado triple tributo. Magdalena tocaba su guitarra: la caridad nos permitía la manutención. Yo no podía (¿o tal vez no quería?) trabajar. Cojeaba ostensiblemente. ¡Qué vergüenza! ¡Si mis padres supieran! Había desaparecido de sus vidas. Escribía cartas, es cierto, pero mintiendo, trucando la verdad. Ellos insistían en visitarme, yo me oponía tenazmente. Había inventado un cuento: una beca o algo por el estilo. Me creyeron: era la hija intachable. Estudiaba arquitectura, según mis cartas. Una suerte, una oportunidad entre mil.

Despaché la rutinaria correspondencia, doblé el periódico (el rostro de Miller Zapata, ensangrentado, me provocó angustia). Abrí la puerta de mi apartamento y descendí hasta el segundo piso. Estaba preocupada por Magdalena. Había felicidad y temor en el ambiente. La muerte de Miller Zapata era recibida dubitativamente.

Pedro Izurieta me saludó con un triple beso en cada mejilla. Pedro era de aspecto atlético, trabajaba en un cabaret. Había escapado de su país por temor a la guerrilla. «Bastardos homicidas», según su padre. «Cobardes izquierdistas, zánganos marxistas». Tengo que confesarlo, Pedro era un hombre amoroso, disparatado si se quiere, con vestidos de mujer, con tacones imposibles de calzar. Nos abrazamos efusivamente. En un rincón del pasillo, como a cinco metros de distancia, pude distinguir a Ramiro Mendoza, agazapado, como perro en leva. Tres mujeres de exótica apariencia besuqueaban su rostro.

—Hasta fin de mes, mamacitas —gimoteó el taxista bigotudo.

Pedro Izurieta me miró con ojos achinados de indignación. Me invitó a su apartamento. Las paredes filtraban la voz nerviosa de Aníbal González; disidente político de la revolución castrista. Aníbal era un tipo chaparro, de barba espesa. Médico de profesión, arribista de nacimiento, activista político de tercer orden, zapatero oficioso, según las circunstancias. Hablaba un soliloquio enervante. Pedro conectó el switch de su equipo estéreo. Un allegro affetuoso de Schumann rebotó en mis oídos, logrando socavar la típica modulación caribeña. Las paredes de la habitación estaban decoradas con objetos contrapuestos. Una bandera patriótica, un par de sables heredados de su padre, una gorra militar, pinturas de hombres desnudos, colores lila y amaranto, estrellas que, en la oscuridad, iluminaban con fulgor de mujer insatisfecha.

—Estás muy nerviosa —murmuró Pedro Izurieta—. Mucho excitamiento arruga el cutis. Acomódate, como si estuvieras en casa. Las cosas ahora van a cambiar pero para positivo.

—Estoy preocupada, no puedo evitarlo.

—Tontita. Los gringos son amorosos. El pobrecito sargento era un vividor. Murió en su propia ley. Yo, que he chupado un centenar de cuerpos sajones, te lo digo, nos tienen envidia. Mis clientes frecuentes son yanquis.

—Es una tragedia —dije, con lágrimas en los ojos.

—Te inquietas demasiado por el tema. Otros Miller Zapata habrá por millones.

—Lo del sargento me da pena, pero realmente estoy preocupada por Magdalena.

—¿De qué te alarmas? Todas las europeas son cascarrabias y celosas. Pobres hombres. Con tanto cuerno son como chivos.

Pedro Izurieta extendió unos largos dedos como si dibujara los cuernos de un chivato. Manos de princesa. Manos de prostituto. Suspiró ostensiblemente. Sus labios parecieron inmovilizar las palabras en un acto de abrir y cerrar los párpados pintados de intenso escarlata.

—Tienes razón. Preocuparme es una tontería; pero ya está oscureciendo y aún…

—Tranquilita. Te voy a preparar una yerba aromática; es buenísima; en un dos por tres las penas de amor desaparecen; pero es top secret; es una receta familiar; la abuela de mi abuela la heredó de una india guaraní.

—¿Pero tienes azúcar?, ¿cierto?

Sin responder a mi pregunta, Pedro Izurieta continuó con su perorata mientras reunía los elementos necesarios para el menjunje.

—Cuando yo era adolescente fui de vacaciones al Mar del Plata. Allí me enamoré perdidamente de un argentino. Fue amor a primera vista. Sufrí como una condenada. Rodrigo era un muchacho recio, practicaba deportes de alto riesgo. Yo también me comportaba como todo un hombrecito. No te rías, no sabes lo que significa arder por dentro y estar obligada a ocultar tus sentimientos. Si mi padre, que era militar, me hubiera sorprendido besando a Rodrigo, me habría torturado hasta matarme. Era un salvaje. Un asesino. Yo tenía como dieciocho años..., pero, ¡niña!, ¿qué haces?, no te comas las uñas. Esta tetera eléctrica del demonio se descompuso. Un minuto. Con este cuchillo y con esta cinta plástica, ay, ay, ¡mierda!, me pinché un dedo; ayúdame por favor; mira que me estoy manchando el vestido.

—¿Tienes pañuelos desechables?

—Debajo de mi cama están los...

—No te preocupes, ya los encontré; pero pásame tu mano, querido; no tengas miedo.

—Yo no le tengo miedo a nada ni a nadie —dijo Pedro mientras le curaba el dedo—. En fin, esta historia que te cuento acabó pésimamente para mí. Rodrigo me abandonó al poco tiempo de haberle entregado mi culo virgen.

—Es que lo que me cuentas es tan…

—¿Triste?

Realmente no pensaba en la palabra triste. Pensaba en perverso.

—Claro, triste —mentí—. Son tus recuerdos, tus vivencias, prefiero no conocer los detalles. Me avergüenzas un poco, no sé, me criaron así, prefiero que conversemos de otra cosa.

—¿De qué quieres que hablemos? Especifica un poco más.

—¿De banalidades?, por ejemplo.

—Entonces te puedo contar lo que sucedió conmigo después de que Rodrigo me hizo suya. Me acosté sin piedad con una variedad incalculable de hombres. Hasta llegué a pagar por los servicios. Es que a Rodrigo lo amaba con locura.

Pedro me miró con ojos de lechuza. Suspiró. Tragó saliva. Una lágrima arruinó su maquillaje.

Era patético, hasta cierto punto, vivir plenamente como mujer, en un país —más bien en una ciudad—, intolerante y tolerante al mismo tiempo. Veinte millones de cuerpos en mezcolanza. Tal vez dos o tres millones de anglosajones. Quizá menos. Apátridas de nacionalidades inciertas. Sudamericanos, asiáticos, caribeños, africanos, etcétera.

¿Era coherente este despertar de mi propio mundo femenino? Abismos insondables nos separaban. Pedro era un… ¿travesti? Yo, una doncella, una chilena de clase acomodada. ¿Qué signos eran los que me impulsaban a inmiscuirme en la vida de los bárbaros? Algo había en la argamasa de esta ciudad, algo que motivaba un substrato de perversión a niveles inauditos. Ni siquiera el descuartizamiento de un servidor público preocupaba mayormente a la comunidad de ilegales. «Otro clon de Miller Zapata», había murmurado Pedro Izurieta. «Una multitud de mutantes habrá por millones; persiguiéndote, impidiéndonos existir, ¡hostigándonos!». Las preguntas, en este contexto, eran irrespondibles. Ápices de torres gigantescas —centro mundial de comercio—, destruidas por supuestos adoradores de un Dios que prodigaba la hermandad de los hombres. ¿Qué estatus ocupaba yo entonces en este tranvía enloquecido? Volverme a Chile era cuestión absolutamente imposible. Un crimen se había cometido. Y sospechaba —sin fundamento, lo confieso— de mi querida amiga.

Víctor Hidalgo, la familia Pérez, Ramiro Mendoza, Pedro Izurieta, Aníbal González, José Pardo, el gordo Fabián, Manolo Quiroga, Perla Toynbee, el Descuartizador, John Smith, Francisco Moya, Petrarca Gómez, Lucas, el profeta, la familia Quiroz, Irma Sarmiento, el reverendo Urmeneta, Sun Zedong, Mao Zhongshan, Chiang González, Harún al-Sedat, Anwar al-Naqás, Ibn al-Mutanabi, Abdul al-Farid, Sebastián Iglesias, mister Pancho, doña Dolores García, en fin, los habitantes del edificio, como en una ciénaga multiforme, viviendo en perpetua descomposición, sobreviviendo a duras penas en un país aborrecido. Algunos lograban metamorfosearse en un insecto anglosajón, esperando, eso sí, en lo intrínseco, en lo más recóndito de sus miserables almas, la destrucción absoluta de la ciudad. Mahoma con cuernos atómicos (atrancando las puertas del infierno). Tercermundistas únicamente (por derecho propio) penetrando los huertos del Innombrable.

Nada era como yo imaginaba. Aquella sinopsis cruenta, aquel drenaje de seres desarraigados, aquellos cadáveres bebiendo hierbas aromáticas, eran el soma de Aldous Huxley, el flujo sideral, la alquimia cósmica de Arthur Rimbaud, el verbo pluralizado en estancamientos trágicos, permitiendo inevitablemente la desaparición del yo.

¿Eran ciertas entonces las palabras de Pedro Izurieta? ¿Sus aventuras de adolescente eran la contraparte necesaria o la mezcolanza inaudita que preconizaban o desmentían el crecimiento o la involución de un muchacho marcado por un desencanto amoroso? Pedro, el prostituto. Pedro, el abandonado. Pedro, el proxeneta. Viviendo de contrabando, a escondidas o a la intemperie, profitando de su anterior culo virgen.

Presunciones al fin y al cabo. Presunciones de una expatriada (por mutuo acuerdo).

Nada de lo que yo admitiera o simulara comprender eran pensamientos dignos de confianza. Yo era una mujer en un mundo dominado por hombres. Objeto de belleza en mi patria, confidente de un depravado en esta ciudad.

—Aún siento amargura —dijo Pedro Izurieta— por aquel primer turrón de azúcar que rompió mi… corazoncito. Para qué vamos a estar con eufemismos. No fue mi primer amante. Hubo otro antes de…

—No quiero que me detalles tus intimidades. Son tus recuerdos.

—No te apenes. Te considero una amiga.

Me sorprendieron las palabras de Pedro.

—¿Una amiga?

—¿No hemos sufrido las dos el maltrato de innumerables hombres?

—A mí nunca me han maltratado.

—¿No eres chilena?

—Sí. ¿Por qué lo preguntas?

—Pues, en Chile, maltratan a sus mujeres de manera sutil. Postergándolas desde pequeñitas a labores domésticas. Caminando de costado para que los hombres adquieran o presientan un poderío sobre sus vidas. En mi patria la cosa es peor. Las mujeres sólo son consideradas como buenas tejedoras, como buenas cocineras, como buenas amamantadoras, en fin, ritual de vestirse de negro, de miradas púdicas, de obligadas virginidades. En muchos de los casos, falsas virginidades. En tu país son más inteligentes en el uso de la fuerza. Las mujeres gozan de privilegios quijotescos. Los chilenos no pronuncian obscenidades en presencia de mujeres. Creyendo los muy incautos, que las hembras son Evas seráficas. Son tan rapaces como nosotros, tan sucias de vocabulario como el carcelero o el soldado. Discúlpame, Raquel, pero en tu país solamente los hombres están obligados a prestar servicio militar a la patria. Según, este concepto, las mujeres son objeto de protección, de miramientos especiales. ¿No te parece, que esta manera sutil de beneficio, es un maltrato tan doloroso como los golpes o las cadenas?

—Te equivocas, las cosas han cambiado.

—¿Cuánto?

—No sé. No soy socióloga. Además, creo que en tu país, las mujeres tampoco hacen el servicio militar.

—Las mujeres y los homosexuales.

—Disculpa.

—¿De qué te puedo disculpar? Me escapé de mi país por motivos estrictamente sentimentales. Éramos cinco hijos. Cuatro hermanas y yo. A ellas las mimaban. A mí me azotaban. Pensarás que yo nací travesti, pues te equivocas. De niño era machito. De tanta paliza, de tantas caricias benefactoras para mis odiadas hermanas, decidí convertirme en... gozador de hombres. Tuve un pequeño impulso, eso sí. Me cansé de la discriminación. ¿Te muestro mi cuerpo? Mira, fíjate bien, éstas son marcas de fusta militar... No era como los otros niños, lo confieso, era retraído (un tanto poeta) pero me gustaban las niñas, ahora las aborrezco. No a ti, que eres mi amiga. Tal vez si mi padre me hubiera tratado con ternura, ahora mismo tendría hijos, tendría nietos, tendría una familia, qué sé yo, tendría hermosas amantes, ¿supongo? No te entristezcas. La vida es un crucigrama de caminos erráticos. La indefensión infantil es absoluta. En mi caso fue el abuso de poder. ¿Qué motivos tuviste tú para abandonar los privilegios de Chile?

No pude responder a la pregunta de Pedro. Un nudo en la garganta inmovilizó mi lengua.

Intenté con todas mis fuerzas serenarme, pero el llanto pudo más. De alguna manera, confesiones tan desgarradas, razonamientos tan disparatados, había permeado mis cinco sentidos. Tenía el corazón como un charco de agua estancada. El abandono, la nostalgia, el desamparo, eran sensaciones reales que aturdían mi mente. ¿Por qué lloraba? ¿Por qué permanecía abrazada a un travesti? En mi país esta escena era imposible. Las respuestas que pudieran dar sentido a mi concepción de mundo eran, en estas circunstancias, ineficaces. Todo era tan distinto y tan insólito en esta ciudad.

Algo de lógica había en las palabras de Pedro. Muy exageradas por cierto. Sufríamos las mujeres el hostigamiento del olvido. Desde un punto de vista estrictamente cerebral, nos mutilaban desde siempre con halagos, con palabras corteses, con arrumacos estériles. ¿Era razonable entonces, que tanto esmero provocaba en nuestro espíritu, un ablandamiento, una curvatura, una posesión física, una redondez de nuestros cuerpos? Algo había leído en un libro de antropología. Presuntamente la materia espiritual sojuzga la carne, limitándola y expandiéndola. De esta forma, el jorobado, el monstruo, el lisiado, son producto de una decadencia moral, de un acertijo psicológico, de una yuxtaposición genética. ¿Había descubierto con mis escasos veintiún años, que la belleza no sólo radicaba en facciones agradables, en posturas distinguida, sino que, necesariamente, un espíritu elevado y una inteligencia impetuosa esculpían —como envistiendo desde dentro, con una fuerza irresistible— rostros bellos, cuerpos armoniosos? ¿La fealdad entonces era producto de pecados mortales? ¿La gula, el egoísmo, la falsedad, la hipocresía, eran elementos culpables que deformaban la naturaleza del hombre? Lo psicológico y lo espiritual eran evidentemente piedra forjadora de la raza humana. ¿Acaso no eran bellos también el tigre y el tiburón? Imaginaba a una indefensa foca devorada salvajemente. ¿Dónde radicaba entonces el punto exacto del bien y del mal? El asesino descuartiza a su víctima impulsado por fuerzas oscuras. El carnívoro practica la extinción de su presa pues su naturaleza lo exige. ¿No eran los condenados a cadena perpetua —los que había visto en libros de historia o en fotografías de periódicos— hombres horripilantes, carentes de belleza, carentes de misericordia? Algo había de profético en las palabras de Pedro. Un palo o una paliza sustentaban el indiscutible poderío de nuestra cultura.

Las palabras de Pedro eran bastante razonables. Una pregunta me torturaba, sin embargo. ¿Habían olvidado mis padres y mis amigos, que también yo era persona? Que mi inteligencia era encomiable. Que mi entereza a toda prueba. ¿Mis padres entonces por qué insistían en catalogarme como objeto de exhibición? Con el tiempo —de haber permanecido en Chile— me habría convertido seguramente en un monstruo altanero, en un espíritu maloliente.

Los recuerdos de mi patria eran escabrosos. Siempre soportando el atropello, el ultraje, la incomprensión, la intolerancia, la cruel feminidad mitigando el espíritu, cercenando, día tras día, mi inteligencia, mi poder de acción, mi prerrogativa de dominio. Claro está que, en este preciso instante, lloraba como una Madona. ¿No era acaso el llanto una facultad humana? ¿Negada en los hombres y favorecida en las mujeres? ¿No lo había observado en mis primos? Tratados como a perros. Obligados a contener el llanto. Suprimidos los privilegios. Siempre la prima, por mandato divino, bendecida con mil caprichos, mil obsequios, mil lágrimas derramadas.

¿Era culpable de tanta discriminación? ¿Era yo también discriminada desde un punto de vista racional?

Sí, Pedro era un vidente. En Chile a las mujeres las maltratan pero de manera sutil.

Procedimientos siniestros, como delicados capullos. Fuerzas incontenibles, como brisas de mar. Salvajes alas de mariposa. Olas bravas.

—Tengo miedo… —dije absolutamente confundida— Tengo pánico.

—Eres una mujer valiente —respondió Pedro—. Extremadamente valiente.

—Pero si estoy llorando como una mojigata.

—Eres mi héroe, te lo digo de verdad.

—¿Por qué dices que soy tu héroe? Exageras. No soy digna de nada ni de nadie.

—¿Cómo qué no? ¿Y escapar de tu país no te parece una actitud digna de un héroe?

2

Durante treinta días no hubo rastros de Magdalena. No quería aventurarme por las calles. La extrañaba. Hubo allanamientos. Más de lo acostumbrado. El trío gay de musulmanes fue encarcelado. Abdul al-Farid, según testimonios de vecinos, había desaparecido. Buscaban culpables. No de la muerte de Miller Zapata. Habían ya clonado al sargento. Terroristas era lo que buscaban. El país estaba atónito. Las Torres Infructuosas complicaban las cosas. El chivo expiatorio —por ahora— era un tal Bin Laden. Ciertamente, con el tiempo, también seríamos los ilegales. La muerte de tantos inocentes, de miles de personas, aumentaba mi preocupación por Magdalena. La ciudad era un caos. Tenía miedo. Aventurarme por las calles era un peligro. La vida, en sí, era un peligro. Treinta días sin noticias de mi querida amiga. La imaginaba agonizante o pulverizada, en el preciso instante del ataque terrorista: cantando canciones de protesta en medio de la explosión colosal. Eran cientos los desaparecidos. Magdalena quizá un número pulverizado en el vacío. Con toda la fuerza del mundo deshice la distancia entre su cuchitril y mi apartamento. No había puertas ni ventanas en su habitación. Todo estaba destrozado. Rastros de vidrios rotos. Rastros de sangre en las paredes. La indignación se apoderó de mi alma. La peor pesadilla imaginé: los criminales la habían descubierto seguramente; la tenían presa o la habían asesinado.

De tumbo en tumbo, con los ojos desorbitados —como un batracio deglutiendo insectos— caminé a tropezones buscando los siete pisos de mi destartalado edificio; con la certeza de la muerte entre las rodillas.

Subí las escaleras. Abrí la puerta de mi apartamento. Me quedé pasmada. Con la lengua colgando, el insecto, estaba mirándome, recostado en la cama.

—¡Hola! —esputó Magdalena con boca de sabandija— ¿Qué tal?

No pude responder.

Me ardían las orejas. Me miré en el espejo adosado a la pared. No me había maquillado. Estaba horrorosa.

—Paisana, no te admires tanto. Si te ves preciosa.

Me senté en el borde de la cama. Tragué saliva. Mi larga cabellera rubia era como una mota de crin de muñeca plástica.

—¿Dónde has estado? —logré articular palabras— Pensé que te había perdido para siempre.

Magdalena no respondió a mi pregunta. Me acarició el rostro. Me recostó sobre su pecho. Estuvimos un buen rato en penumbra. Temblaba de rabia y de alegría al mismo tiempo. Magdalena me acarició los brazos. Mi corazón era como un océano sin marejadas ni peces asesinos. La voz de mi madre entonces trepó de improviso a mi mente. Estaba preocupadísima. Nos habíamos comunicado por teléfono. Me exigía que regresara a Chile. Para calmarla le prometí mi regreso. La destrucción de las Torres Infructuosas había complicado la situación.

Un fétido olorcillo que emanaba de Magdalena de pronto crispó mis narices. Levanté el rostro. Sus ojos negros, sin rímel. Estaba más fea que yo. Me incorporé. Acaricié su cuello. Miré sus pies. Una capa de mugre los deformaba. Adiviné las formas femeninas impregnadas de suciedad. Me escandalicé. Algo, que realmente no podía soportar, era la inmundicia. Con cólera, le quité la polera y el pantalón. Magdalena no pronunció palabra. Me quedé horrorizada. Su cuerpo era una masa indecible. Las ropas apestaban a mierda. La rabia se apoderó de mí. Sin pensarlo abrí la ventana: gritos de indignación tronaron allá afuera, en la calle. Magdalena me miró curiosamente. Me acerqué a ella. Mi nariz la repudiaba.

—¿Qué haces, niña? —preguntó Magdalena.

No respondí a sus quejas. Abrí la llave de la ducha.

—¡Báñate! —le increpé— ¡Báñate si quieres quedarte en mi apartamento!

—Pero, ¡Raquel!, ¿no sabes por lo que he pasado?, casi me matan.

—Báñate primero. Más tarde habrá tiempo para asuntos abstractos.

La habitación apestaba. El barullo desmesurado de la ciudad deshizo las palabras de Magdalena en multitud de gotitas de agua. Después de unos quince o veinte minutos entré al baño. Me ruborizó la desnudez de mi amiga. Con unas pinzas introduje las prensas íntimas en una bolsa plástica. También las arrojé a la calle.

—Pero, ¡coño!, ¿qué haces?, ¿te has vuelto loca? No tengo más ropa. ¿Qué hago? ¿Andar desnuda?

—Prefiero.

Abrí una maleta. Busqué entre mis cosas.

—Toma, aquí tienes.

—Esta pantaleta ¿es tuya?

—Acabo de comprarla.

—Préstame una camiseta. Los zapatos no los vayas a tirar por la ventana.

—Es tarde para quejas. Si quieres, puedes bajar y recogerlos.

—Estás completamente loca.

—Una de las cosas que no tolero es la inmundicia.

—No es culpa mía, los criminales estuvieron apunto de pescarme.

Sus palabras me inmovilizaron. Fui presa de sentimientos contradictorios. Imaginé a Magdalena destripando a Miller Zapata. Cruel asesina con pantaleta ajustada y polera con dibujo de Mickey Mouse.

Magdalena era mucho más baja que yo. Su figura agonizaba en un mar de telas sintéticas. Me miró con ojos de abeja reina mientras caminaba descalza hacia mí. El perfume de su piel era nuevamente el acostumbrado.

—¿Estás contenta ahora?

—Pues, no, fíjate, has mojado la alfombra.

Magdalena se indignó. De un salto se dejó caer sobre la cama.

—Estoy exhausta; pero lo confieso, el baño me ha rejuvenecido. Ni parece que estuviera tan vieja. Veintiocho años ¿es mucho? ¿Cierto?

—No sólo te ha rejuvenecido; ahora estás muy…

—¿Muy qué?

—Nada, olvídalo...

Magdalena cruzó los dedos en su nuca. Contempló la habitación como buscando algo. Varios objetos habían desaparecido. El mobiliario se había reducido a un camastro, a una caja de madera, a una lámpara, a dos maletas y a un par de zapatos extras.

—¿Y el sillón? ¿Y la mesita con el macetero y las flores plásticas?

—Los tuve que vender. No tenía dinero para…

—¡Pobrecita! —interrumpió Magdalena mis palabras— En mis pantalones tengo cien dólares. Tómalos. Son tuyos.

Me quedé estupefacta.

—Te digo la verdad. Yo nunca miento.

Bajé corriendo las escaleras, saltando los siete pisos como una loca.

Di gracias a Dios por la inmundicia de colgajos que, irrisoriamente, Magdalena llamaba "sus pantalones".

Con repugnancia hurgué en los bolsillos. Un puñado de billetes había efectivamente. También unas llaves y un portadocumentos. Algunas personas me miraron con desconfianza. Desaparecí raudamente. Escaleras arriba, la curiosidad pudo más. No estoy segura si curiosidad es una palabra fidedigna, tal vez desconfianza o intuición, qué sé yo, algo, una fuerza desconocida me obligó a inmiscuirme en la intimidad de mi querida amiga. Una foto de Madrid y una carta llamaron poderosamente mi atención. Reconocí a Magdalena, muy joven, abrazada a una muchacha de aspecto nórdico. La carta estaba escrita en un idioma desconocido para mí. Me avergoncé de mi impudor.

Sacudí mi cabeza. Acomodé mi cabello. Luego trepé los últimos escalones que me faltaban para llegar hasta mi apartamento. Giré la manilla de la puerta, muy despacio, para no molestar a Magdalena, pero los goznes mal engrasados aullaron una melodía inquietante.

Mi querida amiga dormía como un bebé. No quise despertarla. Aún, el sentimiento de vergüenza, no me abandonaba. La arropé cariñosamente. Ella había cuidado de mí durante mi convalecencia. Dejé, sobre el improvisado velador, los objetos personales de Magdalena. Oscurecía. Me quité la ropa. Se habían impregnado mis pantalones, y todo mi cuerpo, con la pastosa suciedad de mi huésped. No había champú. Apenas un poco de jabón. Me froté el cuerpo con fuerza. Estaba muerta de frío. Me sequé con una toalla. ¿Dónde dormir?, era la pregunta. No quería molestar a Magdalena. Me había comportado como una ingrata. Busqué en las maletas: el pijama lo había vendido. Solamente me quedaba una muda de ropa interior y apestaba a xenofobia. Sin pensarlo —el frío era espeluznante— me acosté en el borde de la cama. Intenté conciliar el sueño, pero todo esfuerzo fue inútil.

De pronto Magdalena giró su cuerpo como aparentando despertar de una pesadilla: el roce de su piel fue cálido. No tuve alternativa, me adormecí en su calor. «La pantaleta», me dije. «Sí, la pantaleta me servirá de pijama».

Intenté erguirme, pero Magdalena se aferró a mis brazos.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Tengo frío —respondí—. Quiero la pantaleta.

—Ah, la famosa pantaleta. ¿Y para qué la quieres? La arrojé por la ventana. ¿No comprendes acaso que todo tiempo será variable o invariable dependiendo de ciertas emotivas circunstancias? Je. Je. Je. No me hagas caso, querida, realmente estoy soñando.

Me quedé pensando en las palabras de Magdalena.

—Si tienes frío —dijo Magdalena secamente—, abrázame, no muerdo.

—No, gracias —respondí bastante turbada—, estoy bien así.

—Vamos, Raquel, qué no es juego; yo tampoco puedo dormir.

—Pero si roncabas.

—Es que con tu presencia me ha entrado un frío terrible, como de muerte.

El método dialéctico utilizado por Magdalena era el correcto: el apartamento sin calefacción ni pijamas era insoportable. Descontando la inexistencia de frazadas por razones de subasta. Nos acurrucamos: nuestros cuerpos generaron el calor adecuado para incitarnos al sueño. Incontables pesadillas me invadieron. Inconfesables pesadillas, diría yo. Recuerdos de mi infancia ocuparon mi campo visual. A caballo recorría vastas extensiones del sur de Chile, entre bosques milenarios, entre ciénagas, entre copihues, entre acantilados, entre cordilleras eternamente nevadas. Ráfagas de viento desencadenaron entonces su poder como por encanto. Ráfagas de meteoritos cercenando poblados primitivos. Entre las ruinas de la infructuosa geografía: paisajes desconocidos brotaron con estruendo de ola salvaje. Entre la confusión telúrica pude distinguir un brillo luminoso, acechante, acercándose en la oscuridad. Eran soldados con cascos metálicos caminando desfallecientes. Con bravura cortaron cabezas. Entre la multitud pude apreciar la calva apestosa, el hígado desgarrado y los ojillos de marioneta de Miller Zapata. Pedro de Valdivia —Conquistador de Chile— lideraba el guiñapo de españoles. Cuando la matanza de indios hubo acabado, el caballero de la brillante armadura me miró con desprecio, y, acercándose rastreramente a Miller Zapata, le esputó, en un idioma que no pude comprender, palabras que supuse obscenas. Me desnudaron las manos impúdicas de Miller Zapata. «¡Piedad!», gritaba yo. «¡Piedad!». Entre la floresta —con armadura y sombrero de penacho, cabalgando raudamente en un cuadernillo escolar pintado a carboncillo— Magdalena Ocampo disfrazada de hombre intentaba liberarme del abrazo orgiástico de Miller Zapata. Imaginé la muerte en sus rodillas. La quijada, el esternón, la tibia, el peroné, las herraduras de oro, la montura de plata. Con furia cercenó la cabeza de mi captor. Un grito apocalíptico contrajo la espesura de la selva fluvial de Arauco. Magdalena entonces lavó mi cuerpo; besó mis heridas. Todo era tan armónico. La coraza de mi príncipe valiente había desaparecido; la geografía misma tan cambiante había desaparecido. Súbitamente una tremenda felicidad se apoderó de mi alma. Gemía de placer. Me revolcaba en orgía en un sueño dentro de un sueño. Desperté mientras Magdalena Ocampo —o su proyección onírica— succionaba mi clítoris.

—¡Dios míos! —grité— ¿Qué haces?

—Devoro las tripas a Miller Zapata. Estabas condenada a muerte. Tuve que asesinarlo.

3

Abrí los ojos muy entrada la tarde. La soledad era intensa. Recordaba confusamente retazos de una pesadilla. Mi madre o mi padre, creo que me visitaban (nunca he podido recordar los detalles de las complicadas redes de los sueños: ¿defecto o cualidad?). Busqué en las maletas: calcetines, medias de nylon, cosméticos variopintos; ni pantalones ni chalecos ni zapatos. Sentí pánico. Magdalena se había marchado con todo. Me maquillé, me lavé los dientes, me duché. Esperé unas dos o tres horas. Tenía mucha hambre. Estaba semidesnuda; no podía golpear la puerta de Víctor y presentarme como Eva. Pensaría obviamente mal de mí. Esperé pacientemente hora tras hora, muerta de frío. Exactamente a las tres de la madrugada, Magdalena giró las manecillas del reloj. Venía cargada con bultos. Me saludó con un beso en la mejilla. Yo estaba furiosa, indignada, dolida, pero me contuve.

—Hola, niña —dijo en tono meloso—. ¿Ha llegado Navidad un poco adelantada? ¿Cierto?

Efectivamente eran paquetes envueltos en papel de regalo.

—¿Qué has hecho? ¿Dónde están mis pertenencias?

—¿Tus pertenencias? —preguntó sarcásticamente.

—Sí, mi ropa, mis pantalones, mis zapatos.

—Qué me preguntas a mí. Eres una chiquilla bastante descuidada. ¿No te parece?

Una fuerte y masculina risotada estalló en el rostro de Magdalena.

—Toma, amiga, un obsequio.

Roja como tomate, arrugué el entrecejo. Negué con la cabeza.

—No puedo aceptarlo —respondí.

—Entonces resígnate a caminar desnuda por el edificio.

Tres golpecitos en la puerta ensombrecieron el rostro de Magdalena.

—¿Quién es? —pregunté ásperamente.

La respuesta fue el quejido de los goznes.

Me oculté como pude entre las sábanas.

—Qué tal —saludó Víctor—. ¿Cómo te va?

—¡Siempre irrumpes de este modo! —gritó Magdalena.

—Pero, vecinita, ¡qué sos bruta! Cuidado con esta gatita, no te metas con…

—¡Calla, zoquete, qué te mato!, te lo juro.

Tuve que calmar a Magdalena, pues Víctor traía noticias perentorias.

De un modo u otro (de manera incongruente, lo admito) me apropiaba de una realidad que no lograba comprender. No sólo era el cambio de vida o de país. Algo latía en mis entrañas, una fuerza con destellos intermitentes.

Mientras Víctor y Magdalena, discutían a viva voz, parecieron inmovilizarse como volutas de luz disgregándose en el tiempo (lo confieso; no sé si todo aquello era producto verdaderamente del hambre o de la vergüenza, pero era tan real como la madera o como la tibieza de las sábanas). Pude distinguir cada detalle de la estructura interna de Víctor —tanto psíquica como sentimental— como si con una lupa o con un microscopio lo examinara. Loa párpados negruzcos, las pestañas en cámara lenta, la suciedad de los cristales de sus anteojeras pero en racconto. Pude adentrarme en su cabeza, en sus pensamientos. Era un hombre extravertido pero tímido. Esta observación era obvia. Me había convertido sorprendentemente en un títere de mi propia imaginación, como si de modo inexplicable pudiera descifrar la horrorosa letra de mi vecino de apartamento escrita en aquellos miles de folios de tratados sociopolíticos (ataques directos a la política exterior norteamericana).

El odio latiendo en cada frase, enemigo acérrimo, izquierdista marxista, encanallado por sucesivas derrotas. Barrendero profesional, vomitando verbos, que, de un modo incierto, yo misma ejecutaba. El exdictador encarcelado o viviendo en islas paradisiacas, habitando la imaginación de Víctor, habitando el infierno de su mazmorra ilusoria.

¿Qué maligna fuerza apresaba a mi vecino de apartamento a esta tierra de muertos/vivos? ¿Qué hado maléfico le obligaba a permanecer atrincherado en la tierra de sus antípodas intelectivas? De pronto toda aquella vorágine de tiempo estancado en mi mente acabó de manera abrupta, imposibilitándome la comprensión absoluta del personaje. «Sí», me dije, «Víctor es un personaje, un ente, un expatriado». Tuve miedo entonces de mi alma, pues me sorprendí espiando mis propios sentimientos. ¿También era yo un comediante, un clon? Magdalena me miró con disgusto. Deliberadamente pensé en adentrarme en su mente, pero el pánico se apoderó de mí. Nos confundimos entonces en un caos de individuos informes, luchando cada uno con su separatividad.

Un grito estentóreo que provino de la calle activó los músculos involuntarios de Víctor.

—¿Qué sucede? —pregunté con voz entrecortada.

—Bueno, si tu ¿amiguita? no me rompe el cuello, podría confidenciar copuchas urgentes que se tejen entre bambalinas.

—Pero, ¡hombre!, habla, ¡qué me pones nerviosa! —chilló melodramáticamente Magdalena.

—Los criminales; el asunto es con los criminales. Habrá redada. Los del apartamento mahometano cantaron como canarios. Harún, Ibn y Anwar son mariposones de cabo a rabo. Un par de patadas en el culo, unos cuantos combos en el hocico, algunos dientes quebrados, unas cuantas costillas rotas, qué sé yo, en fin, estos maricones, estos hijos de Mahoma ni siquiera pudieron soportar el bastón eléctrico.

—Más respeto, coño, que son personas, minorías sexuales. Si queremos democracia, comencemos por casa. ¿No te parece?

—Gatita, no me vengas con eufemismos. Que los tapaculos y las lesbianas tienen este país en…

—Te lo advierto, ¡gilipolla del demonio!, no te metas con…

—Pero, Magdalena —intervine secamente—, ¿por qué te preocupan tanto los invertidos? A mí me caen chancho.

Bueno, desembucha —murmuró mi compañera de apartamento—. Que si de criminales se trata, la cosa es peligrosísima.

Víctor miró con sarcasmo a su —ahora— odiada interlocutora. Convencido de su triunfo nos explicó el asunto escuetamente. Los musulmanes habían denunciado a Abdul (que por supuesto había escapado). Magdalena estaba erizada como felino. «La muerte de miles de norteamericanos debería vengarse. Los criminales necesitaban chivos expiatorios». Cuando mi vecino de apartamento denunció la muerte por millares, Magdalena Ocampo suspiró de manera efusiva. Suspiro que catalogué, como signo de regocijo.

—Buscan venganza —murmuró Víctor.

—¿Venganza de qué? —preguntó Magdalena—. ¿No creo que los criminales se tomen tantas molestias por un chicano?

—¿De qué hablas? ¿Estás volviéndote loca? A Miller Zapata ya lo clonaron. ¿Dónde has estado? No comprendes. ¡Musulmanes!… —gritó Víctor amenazadoramente— ¡Musulmanes!

—Bueno, ¿y qué?

—Pero, ¡gatita!, acaban de estallar dos aviones en las Torres Infructuosas.

—¿Las Torres Infructuosas?

—Sí, mujer… ¿En qué país vives?

Magdalena me miró desconcertada, con ojitos de cordero degollado. Acostumbraba la práctica de su romancero gitano muy cerca de los otrora poderosos íconos de la cultura norteamericana. De la que me he salvado (pensó Magdalena). Entonces aquella columna de humo ¿era producto del cataclismo? Un grito tan potente como el anterior paralizó mis pensamientos. Tuve que abandonar mi postura chamánica. Magdalena abrió, tan neurótica como ameritaba la situación, los paquetes de regalo. Pantalones, poleras, chalecos, ropa femenina. Me vestí raudamente. Nos asomamos a la ventana. Abajo, un cerco de soldados custodiaba nuestro edificio. Víctor entró en pánico. Intentó esconderse debajo de la cama.

—¡Nos van a deportar!

—Hombre, cálmate —le esputó Magdalena violentamente—. ¿No dices que los musulmanes incriminaron a Abdul?

—No sólo a Abdul. Los muy maricones nos acusaron a todos.

—Los gringos no se tragarán el cuento.

—Claro qué sí. ¿No estamos acaso rodeados por millares de milicos?

—Tonterías. No tenemos nada que ocultar.

—¿Y tu pasaporte? ¿Te has conseguido uno?

—Sabes qué no.

—Entonces… —dijo Magdalena con boca temblorosa— Entonces, el boludo tiene razón.

La puntiaguda nariz de Víctor —como si el tiempo inundara nuestros ojos de un llanto con párpados de criatura envilecida en la sustancia psíquica intelectual— fue adquiriendo una increíble consistencia. Difícilmente una mujer puede comprender la mente de un hombre. Un combate de proporciones cósmicas, podía, sin embargo, intuir en la psiquis de Víctor. ¿Odio trocado en pánico? ¿Amor en dosis regulares de adrenalina? Víctor era virtualmente una cucaracha. De noche un escritor panfletario, de madrugada un emigrado, un ilegal, un barrendero. No comprendía la actitud de Víctor. Con su talento fácilmente habría podido reconquistar en su país de origen la cátedra de profesor universitario. ¿Qué cruel metafísica, qué acto de mortificación eran los factores causantes de su estadía premeditada en el país de los triunfadores/derrotados? ¿Qué sentimientos eran los que impulsaban a tantas personas a odiar y a entregarse —como prostitutas— a la nación del norte, en una mezcolanza de sentidos, en una fusión de sensaciones difícilmente comprensibles para una provinciana como yo?

Magdalena Ocampo también sufría de metamorfosis. Impregnada de una suerte de vasallaje condenatorio había escapado de España con propósitos que ignoraba. Muerto el Dictador, la fiebre de la droga y del sexo eran realidades en precario equilibrio diluyéndose en sobacos peludos de caballeros andantes de cocainómana figura. Estos razonamientos de ningún modo eran producto de xenofobias ocultas en mi alma. Era el fastidio, más bien, transformándome en mujer. Verificada la metamorfosis, ya no era solamente Raquel Urrutia, descendiente de familias tradicionales, rubia, ojos amarillos, hija única, veintiún años. ¿Mis percepciones acaso eran atribuibles a mis prejuicios virginales? Tal vez requería necesariamente de la posesión física de un hombre. Sentirme amada. Sentirme madre. ¿Era la educación en colegios católicos lo que me imposibilitaba la captación de la real? ¿Era la nariz de Víctor una especie de tornillo engarzándose en su rostro? ¿Aquella monstruosidad era provocada por urgencias femeninas; urgencia de sensaciones fálicas, urgencia de convertirme en objeto orgiástico, de poseer entre las piernas, en definitivas cuentas, un pene latiendo virilmente, un pene erectándose, un pene haciéndome gemir como una vulgar puta?

Estaba bastante confundida. Víctor era imaginativo, amable, creíble. Sus canas, sin embargo, eran un obstáculo. ¿Cuarenta o cincuenta años? Mis padres no aprobarían una relación tan desequilibrada. Aún, aquí, en el mismo infierno ¿las sacrosantas escrituras grabadas con fuego —por tradición familiar— eran carne de mi carne? La respuesta era un gemido interior, una sinapsis mental, un barullo estruendoso. Era la destrucción de Sodoma y Gomorra. Era la mujer de Lot. Era Eva castigada desde siempre hasta nunca acabar. Era Magdalena —la prostituta— convertida en piedra apostólica de la misericordia de Cristo.

Mi corazón entonces, como por arte de magia, fue extraído de cuajo. A culatazos, a patadas, a combos, a escupitajos los criminales reinventaron la crucifixión. Las puertas adquirieron entonces una saturación de madera podrida. El templo evangélico en llamas, la botillería de mister Pancho en llamas, los cimientos del edificio de siete pisos en llamas, el prostíbulo en juerga. Conchita, Perla, Violeta, Mariposa, Caribeña, Turquesa y Luciérnaga, desnudaron sus cuerpos como si desenredaran una madeja de fino escote. No hubo violencia, sólo posesión física. Ni rastros de Abdul entre las sábanas. Con furor un teniente de fibrosos músculos derribó la puerta del apartamento norcoreano. Las fuerzas militares irrumpieron brutalmente. Tampoco hallaron rastros de Abdul. Los pisos subsiguientes sufrieron las mismas consecuencias. Con el panameño, un gordo que, en la clandestinidad, ejercía en su propio apartamento, la profesión de dentista, se ensañaron. La maquinaria fue confundida (imagino que a propósito) con supuestas armas biotecnológicas. El infierno mismo estalló con furia de olas bravas: el quinto y el sexto piso fueron literalmente destrozados. El terror entonces se apoderó de nosotros. Ahora nos tocaba el turno. Magdalena me miró, pálida, como un cadáver. Los siete hijos de la familia Pérez lloraban histéricos. Los criminales nos acechaban. Estábamos perdidos. Nos apresarían. Nos deportarían. El fin de nuestra comunidad estaba próximo.

La muerte entonces como una máquina devoradora de espacio/tiempo se apoderó de cada fibra, de cada elemento, de cada materia viviente que respiraba en torno al edificio. Afuera, los carros policiales con sus balizas, con su griterío de estruendosa modernidad enmudecieron. Era el caos como en el principio del mundo. Un silencio de premonición, de anticipo de tormenta trepó a nuestros ojos. Imaginé a Dios creando el universo. Imaginé a mis padres observándome por cnn. Un estallido de garganta entonces irrumpió en la continuidad del tedio creador. No era Dios el que gritaba, ni eran sus ángeles escupiendo galaxias.

Los criminales retrocedieron espantados; aturdidos más bien. El fanático terrorista (implicado en la destrucción de las Torres Infructuosas) amenazaba con detonar una supuesta bomba bacteriológica. Víctor era amigo íntimo de Abdul (verdaderamente eran compinches de odios raciales). Magdalena temblaba como corderillo. Los siete hijos de la familia Pérez habían enmudecido. El aullido de la muerte galopaba entre racimos de dinamita. Los gringos intentaron con palabras corteses intimidar o convencer a Abdul de entregarse sin necesidad de derramar sangre inocente. Me impresionó el cambio de actitud de Víctor. Su nariz había adquirido una dimensión desmesurada. Me sentí poseída por su magnetismo. Un súbito orgasmo contorsionó mi vagina. ¿Era el pavor o el deseo físico que, inesperadamente, me dominaba? No pude encontrar una respuesta satisfactoria a mis absurdos espasmos (involuntarios, lo confieso; e imperceptibles).

—Vamos —murmuró mi onírico amante—. Es nuestra oportunidad.

—Estás loco —le respondí—. Si el maldito Abdul nos escucha detona la bomba.

—No preguntes nada en este momento y sígueme.

Abrimos la puerta del apartamento. Tuve que arrastrar literalmente a Magdalena. Rolando Pérez, con expresión abatida, respiraba quejosamente. Víctor susurró palabras en su oído que no pude comprender. Rolando Pérez arrugó el ceño con muestras de asombro. Trece supervivientes del allanamiento bajamos por la escalera de incendio. Abajo, los criminales nos rodearon. El Profeta sudaba sangre. María González sudaba grasa. Se había corrido la voz de la presunta captura de Abdul. Un cerco de brazos uniformados aprisionaba nuestras gargantas. A empellones nos forzaron a ingresar al círculo de hierro. Un grito de ultratumba deshizo la hombría de los captores. Abdul amenazaba con detonar la supuesta bomba bacteriológica. Víctor me miró con sarcasmo. Un estruendo como de marejada se precipitó entre la muchedumbre.

—Fíjate —murmuró mi vecino de apartamento—, no hay cámaras ni reporteros.

—Pobre Abdul —suspiró Magdalena.

—Larguémonos de una vez por todas —ordenó Víctor—. ¡Idiotas! Se dejan embaucar por un palestino despatriado.

Su risa vibró como campana de pueblo fantasmal mientras nuestros pasos derribaban las sombras de una multitud de edificios —trepando o intentando trepar— hasta el cielo; entre cuerpos en proceso de fuga, entre calles reverberantes, entre atónitos criminales.

—Ahora explícame… —dije con el corazón bombeando sangre a ritmo desenfrenado— ¿Estás realmente un poquitito loco? Abdul pudo haber detonado la bomba bacteriológica.

—Vecinita, no magnifiques. Yo no arriesgué la vida de nadie. Les voy a confesar un secreto. Pero por sus madres tienen que jurarme silencio absoluto bajo pena de muerte.

—¡Lo juramos!

—Con esta condición se los cuento.

—Pero, ¡hombre, desembucha!

—La cosa es muy sencilla. Yo, para Navidad, le obsequié a Abdul los juguetes.

—¿Qué juguetes? —preguntó Magdalena.

—La supuesta bomba y el racimo de dinamita. El reloj cucú solamente es de verdad pero no da la hora. Está descompuesto. Son baratijas para celebrar las fiestas de Halloween.

Quedé horrorizada por la respuesta de Víctor.

—¿Estás seguro? —le increpé violentamente.

—Por supuesto, cómo que me llamo…

Mi vecino de apartamento no alcanzó a pronunciar su nombre. Un estallido de metralla paralizó nuestras cuerdas vocales.

—Miserable vida —murmuró Víctor—. Los criminales han descubierto el truco.

Partes: 1, 2, 3, 4, 5, 6


atrás inicio adelante

Nota al lector: es posible que esta página no contenga todos los componentes del trabajo original (pies de página, avanzadas formulas matemáticas, esquemas o tablas complejas, etc.). Recuerde que para ver el trabajo en su versión original completa, puede descargarlo desde el menú superior.


Todos los documentos disponibles en este sitio expresan los puntos de vista de sus respectivos autores y no de Monografias.com. El objetivo de Monografias.com es poner el conocimiento a disposición de toda su comunidad. Queda bajo la responsabilidad de cada lector el eventual uso que se le de a esta información. Asimismo, es obligatoria la cita del autor del contenido y de Monografias.com como fuentes de información.