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4

Hubo de transcurrir el tiempo como una camelia. Nos refugiamos en cafetines y en hoteluchos. Víctor nos abandonó como un capitán que por descuido o por azar es capturado —o acribillado— en barco enemigo, en guerras fratricidas. Las noticias proporcionadas por cnn eran espeluznantes: niños y ancianos de Afganistán morían como mariposas enredadas en las fauces del imperio yanqui. Cadáveres; un millón de cadáveres entre capullos de seda, debajo del sol quemante, entre las piedras del tórrido desierto de pobres almas adoradoras de un Dios que promete un Jardín con arroyos de agua incorruptible, arroyos de leche de gusto incólume, arroyos de vino, delicia de bebedores.

Una vez transcurridos los primeros torrentes de cuerpos descuartizados —que conlleva la prepotencia nazi— decidimos con Magdalena regresar a nuestro apartamento, convencidas de la inutilidad de la guerra; convencidas y sedientas de objetos amorosos.

Me interesó de manera obsesiva que mi compañera de andanzas me relatara los días de extravío previos al último y brutal allanamiento. La respuesta a las palabras de Víctor, de extrañeza, de sorpresa (comprensible desde todo punto de vista) en el asunto de las Torres Infructuosas era cuestión que mortificaba mis pensamientos aún mientras dormía.

El sueño era reiterativo: un maremoto de ola furiosa, desgarrando con su poder, todo resquicio de humanidad. La espantosa muerte (el ahogo) que imperaba en la sensación de los bañistas era indescriptible. Aterrorizada, intentaba diluirme en lo incognoscible, intentaba refugiarme en el vientre materno, escapar hacia lo desconocido, escapar hacia lo real. En racconto, la ola furiosa paralizaba mis párpados. El conchal entonces era invadido por un perfume de lavanda. Entre los muertos la misma figura, el mismo cuerpo agusanado de Miller Zapata.

A veces despertaba gritando, otras llorando, pero siempre estaba allí Magdalena Ocampo para consolarme. Mi amiga definitivamente se había mudado a mi apartamento. Dormíamos en la misma cama. No había espacio ni dinero para otro jergón. Los criminales habían quintuplicado los tributos.

—¡Puercos islámicos! —gritaba una y otra vez mi compañera de apartamento— Los árabes tienen toda la toda culpa. ¡Tratan a sus mujeres como a perras!

Con palabras con sonido de Castilla runruneante intentaba calmar a Magdalena. Me había acostumbrado a compartir sábanas con mi amiga, pero no soportaba su exacerbado feminismo. Mis padres eran ceniza (debo reconocerlo). El recuerdo, la crueldad, el tedio, la incomprensión de la mentalidad yanqui, habían acabado con mis escasos vínculos familiares. Era una apátrida obsesionada con la presencia destructora del mar.

Me encerraba entonces en el baño. Me miraba al espejo. Estaba fea, neurótica y peluda. Me comportaba estúpidamente. Magdalena proporcionaba el sustento a mi vida. Atrapada, en mi apartamento, el tiempo carecía de lógica. No me atrevía a deambular por las calles. Estaba traumada. La inhumanidad de los criminales era una actitud que no lograba comprender. Confusión era la palabra correcta para conceptuar mis sentimientos. Confusión, caos y muerte.

Lucas, el supuesto clarividente, nacido en la selva amazónica ¿era la clave —tal vez desde un punto de vista mágico— a mis obsesivas interrogantes? Gozaba de muy buena reputación entre los expatriados. Según María González —madre de los siete seráficos duendecillos—, el profeta era un místico, un adivinador excepcional.

—Ni siquiera en Perú —comentaba la mujer— he hallado hombre más santo.

El tormento de imaginar a la familia Pérez hacinada en metros imposibles de vivir trazaba una panorámica espeluznante de cine mudo de horror. ¿Qué esperanza redentora entonces había proporcionado el supuesto hombre santo a María González?

Tratando de evitar una crisis nerviosa, debida a tanta inútil abstracción, dediqué toda una mañana de domingo a los afeites femeninos.

Magdalena odiaba mi desastrosa apariencia (lo confieso). Amenazaba con abandonarme, con largarse para siempre de mi vida. No comprendía su actitud. ¿Celos de amiga? ¿Desbordante pasión flamenca? Decidí embellecerme, no por ella (por cierto). Debo reconocer que de pronto el amor propio acabó por doblegar mi espíritu.

—Raquel, querida —dijo Magdalena irónicamente mientras yo abría la puerta del baño—, ya te estaba imaginando con todo el cuerpo ensangrentado.

—¿Te gusta mi nueva apariencia? —respondí omitiendo el sarcasmo.

—Pues, no sé, extraño al monstruo peludo, que vivía con nosotras.

La risa estridente de Magdalena estalló en la comisura de mis labios.

—¿Por qué me besas? —le interrogué.

—Caramba, no puedo demostrar afecto; pero acércate, niña, déjame observarte. Hazme un favor y pásame la cartera, no, mejor alcánzamela. Qué, coño, siéntate conmigo aquí en la cama; mira que todavía no me quiero levantar; pero tranquilízate un poco. Estás preciosa. Toma. Esto es para ti.

—¿Un obsequio? ¿Y por qué?

—Cabecita loca, ¿acaso no estás de cumpleaños?

—Para nada, nací en febrero.

—Qué va. No lo digo por tu fecha de nacimiento, sino por tu resurrección.

El obsequio de Magdalena era un anillo.

—No puedo aceptarlo —dije—. Me compromete demasiado.

—Es tuyo, tómalo.

—Pero, ¿por qué?

—Por que te quiero, caramba; qué pregunta.

—No puedo aceptarlo —insistí— Estás loca.

—Sí, ¡estoy loca! —gritó Magdalena— ¡Estoy loca de felicidad!

—Eres única —murmuré—. Eres mi mejor amiga.

—Pues, qué va —dijo Magdalena con tono ambivalente—, vuestro Juan Tenorio debe arder como penitente sancochado en el infierno. Lárgate de una vez por todas. ¿No te habrás embellecido para halagarme a mí?

—¿No era acaso lo que tanto querías?

—Te equivocas. No era por mí, sino por ti.

—Bueno… —dije con voz temblorosa— ahora que estás contenta, ahora que, como dices, estoy bella, mira, acepto tu obsequio, pero con una condición.

—¿Cuál sería?

Magdalena acarició su negro cabello. Una mueca de niña malcriada desfiguró su rostro.

—Pues quiero que de una vez por todas me cuentes la verdad.

—¿Qué verdad?

—¿En dónde cresta estuviste metida durante tanto tiempo? Pensé que te habían atrapado los criminales. ¿Crees que no me afectó verte como una vagabunda?

—Lo mismo digo yo.

—Es distinto. Yo no me desaparecí por un mes.

—No me puedo confesar.

—Entonces, yo no acepto tu regalo.

—Bueno, niña, pero es secreto de monasterio.

—Somos amigas, ¿o no?

—Más que amigas, ¿creo yo?

—Por lo mismo. Entre nosotras, no deben existir secretos.

—Me cuesta mucho desahogarme. Ésa es la verdad.

—Tengo todo el tiempo del mundo.

—¿Y qué hará vuestro Juan Tenorio si te retrasas?

—¿De qué hablas?

—¿Crees que nací ayer?

—Qué cosas dices. No sé, me aburrí de tus quejas. Me miré al espejo y te hallé la razón. Punto y fin del drama. Ahora, vamos al grano, desembucha.

—¿Qué quieres saber?

—¡Magdalena! —dije, amenazándola— Me estás colmando la paciencia.

—Bueno ya, te lo voy a contar, pero no me vengas después con sermones morales, ¿entendido?

—Trato hecho.

—Prepárate entonces, que lo que viene es sórdido.

Magdalena me contó una serie estrambótica de historias. Obviamente hice como que me tragaba el cuento. Una dialéctica feminista que a ratos comprendía tornaba aún más aguileña la nariz de Magdalena. Nariz medianamente híbrida, producto de razas en multitud de cruzamientos; exterminándose y copulando las unas con las otras, en perpetua orgía. Cercada la península ibérica por la conquista de América. Cercada por mezquitas y barrocas catedrales. Aquella nariz de singular belleza contrastaba con mi propia nariz de curvas vascas. Su cabello negro como la noche se enredaba entre sus dedos. El fervor que le producía mentir erectaba sus pezones de manera impúdica; cuando una mujer miente lo hace con todo su cuerpo.

La historia inventada por Magdalena era un verdadero tratado de semiótica policial. Lo confieso, era muy entretenida su historia.

—Bueno, entonces dime, ¿qué hiciste con el marrano?

—Lo destripé. Le clavé veinte veces el puñal.

—¿Qué cosa hiciste? Repíteme lo que acabas de decir.

—Lo maté, ya te lo dije; con un puñal de mango de sirena lo destripé.

Me quedé estupefacta. No podía comprender tan alto grado de mitomanía. Tragué saliva. El habano que fumaba Magdalena había enrarecido el ambiente. Tuve un acceso de tos.

Mi mentirosa amiga caminó desnuda hasta la ventana. Sus pechos eran pequeños. Me incomodaba el tampón. Estaba malhumorada. Los pezones de Magdalena eran rosados. Largas trenzas jugueteaban con su ombligo. Tuve ganas de orinar. Me encerré en el baño. El chorro ardiente ensangrentó mis pensamientos. Está absolutamente loca, es cierto, pero, ¿y si fuera verdad? ¿Con qué fuerza? Ni cien mujeres habrían podido acabar con el miserable. Me quité la ropa. Miré mi cuerpo en el espejo. Me incliné. Con fastidio despegué la cinta adhesiva. Por la cresta, qué incomodidad. Tuve que bañarme nuevamente. El rímel, el colorete y el lápiz labial habían desaparecido de mi rostro. Caminé con una toalla con la figura del ratón Mickey (era fanática de Mickey Mouse).

Me sequé el cabello con movimientos rápidos. Era sofocante la temperatura en la habitación. Busqué en las maletas. Me vestí.

—¿No tienes calor?

—Por supuesto.

—Entonces, quédate en cueros.

—No, gracias —dije secamente—, prefiero estar vestida.

—¡Provinciana!

El insulto caló hondo en mi espíritu. Conté hasta diez. Me tranquilicé. Volví al baño. Me dolía la cabeza. Tomé un calmante. Después otro y otro y otro. Estaba mareada. Me molestaban las entrepiernas. Me quedé en ropa interior.

—¿Estás conforme ahora?

—¡Pero coño! —exclamó Magdalena— ¿Andas con la regla?

Omití el sarcasmo; era lo mejor.

Me recosté sobre la cama. Efectivamente, Magdalena era algo más que una amiga o una compañera de apartamento. Era como una madre o como una hermana mayor; pero una hermana posesiva y mitómana. «Defecto insalvable», me dije, «pero es mi única familia».

—¿Ahora estás contenta? —reiteré la pregunta.

—Si no me regañas soy feliz.

—Regañarte, ¿y por qué?

—Imagino que, ahora, me odiarás. No te enojes conmigo, pero cuando estuve en tu país, pude darme cuenta que los chilenos os halláis en un estado siempre vivo de recato.

—Sí, es verdad; somos púdicos y muy poco aficionados a mentir.

Magdalena curvó sus cejas tintadas de rubio.

—¿Por qué me hablas en tono de sarcasmo?

—No es sarcasmo. Es que me duele la cabeza horriblemente.

—Pobrecita, toma, con esto…

—No me des más pastillas, que ya te estoy viendo doble.

—Qué importa. Tomemos pastillas hasta que nos den arcadas. Qué de esta vida no hay otra.

—Entonces, cuéntame otra vez la historia —dije en tono mimoso—, pero recuerda que la santa madre de Dios te castigará si andas inventando puras mentiras.

—¿Y para qué? —preguntó Magdalena mientras torcía sus labios en una mueca de niña malcriada.

—Sabes perfectamente que me encanta escucharte hablar.

Magdalena incurrió en las mismas mentiras con una precisión de pesadilla.

—¿Ahora me crees? ¿Dime?, ¿me crees?

—Sí, te creo… —mentí, mentí, mentí, entreabriendo los ojos a mi mundo interior.

Me dormí profundamente mientras Magdalena garabateaba palabras inconexas en mi mente.

Desperté de madrugada. Un persistente gruñido invadía el espeso barullo de la ciudad. Me cambié de toalla higiénica. Había manchado las sábanas. Con suavidad pulsé el pecho de Magdalena: un agudo ronquido como de violín averiado inundaba la habitación. Toqué su frente: ardía. «Tiene fiebre», me dije. «Este maldito clima». Con un paño húmedo intenté bajar su temperatura. «Qué repentino; bueno, Dios castiga pero no a palo». Con pensamientos tan poco caritativos me figuré en el infierno. Me arrepentí en el acto. Estaba preocupadísima. Miré el reloj de allá afuera esculpido en el edificio de oficinas comerciales. Tuve que esforzar la vista. Eran las cinco en punto. Recordé las clases de enfermería.

Después de una hora de humedecer el cuerpo de Magdalena sus ojos cedieron a la vigilia.

La fiebre había desaparecido pero no lo suficiente.

Con voz pastosa Magdalena murmuró:

—Lo maté por amor. Lo maté porque te quiero con locura.

Le acaricié el rostro. Besé sus mejillas.

—Yo también te quiero —dije—. No sé por qué, pero te quiero.

Magdalena intentó abrazarme.

—No te muevas —dije—, tranquila, quédate quieta.

—Es que, tú no comprendes… —murmuró— Estoy ardiendo.

—Por supuesto, tienes fiebre.

Magdalena parpadeó lentamente hasta dormirse. Un agrio aliento mezclado con su característico perfume de lavanda enrarecía la atmósfera de la habitación. El ronquido de Magdalena era desigual. Preparé una sopa de pollo. Con un plumero limpié los muebles. ¿Qué muebles? ¿Esta caja de madera, esta lámpara o esta maleta? El camastro no lo puedo limpiar, despertaría a Magdalena, pero puedo estirar las sábanas o tal vez ordenar las piltrafas, ¿ducharme?, sí, tal vez ducharme, después lavarme los dientes, peinarme, pintarme las uñas, destripar con cuidado el pollo, pelar las papas, batir los huevos, dormir la siesta, tocar la guitarra (no sé tocar la guitarra), ¡qué se yo!, ¿quizá vivir o intentar vivir?

Magdalena no despertó hasta muy entrada la tarde. Su cabello estaba tan desordenado como las púas de un puerco espín.

—Uf… —murmuró mi repentina enferma— ¡Coño! ¿Qué me pasa? Estoy adolorida y chamuscada como un pepinillo.

—Nada que no podamos arreglar con una jeringa y con una sopita de pollo a la chilena. Estuviste delirando toda la noche.

—¿Yo?

—Sí, mujer; parece que te agarraste alguna gripe yanqui.

Obligué a Magdalena a sentarse. Era una paciente difícil. Intentó comer pero no tuvo la fuerza necesaria como para sostener la cuchara. Tuve que darle la sopa como si fuera un bebé.

—Con esto te sentirás mejor.

—Um, está riquísima, me encanta el pollo.

Magdalena me miró inquisitoriamente. Acarició sus trenzas negras.

—Anoche —murmuró, como si estuviéramos secreteando—, anoche, bueno, qué coño, algo recuerdo, dime la verdad, ¿alguna tontería dije con esta bocaza que me gasto?

—No, ninguna. Nada anómalo.

—Qué bueno, porque cuando tengo fiebre, me da por mentir.

Recordé entonces el sueño que reiterativamente me atormentaba. Detalles inéditos ocuparon lo que ayer sólo eran sombras. Cinco viejas mugrientas intentando acariciar la espalda de un muchacho en camisón. La luna apenas era visible; una tormenta de búho la oscurecía. De pronto me vi a mí misma convertida en un muñeco de trapo. Clavaban en mi costado sangriento un gran alfiler. Aullaban las viejas intentando descuartizarme. Magdalena caminaba desnuda entre las adivinadoras. Inauditamente un miembro descomunal sobresalía de su pubis. Yo temblaba de pánico. No precisamente por la fetidez de las viejas. Me sentía triste. Intentaba despertar pero no podía. El maremoto destrozaba íntegramente la falsedad de los detalles del paisaje de la pesadilla. Salvaban con vida Magdalena y el muchacho. Los sobrevivientes trenzaban sus cuerpos en un caos orgiástico. Me excitaba (lo confieso). Me excitaba. Humedecía mis labios. Tocaba mis pezones. La desnudes del muchacho era terrible. No había sexo entre sus piernas. Magdalena besaba la herida. Con sus manos erectaba su propio falo. Incomprensiblemente los amantes engendraban un vástago con dos cabezas.

El sueño era tan espeso que había logrado colarse en el olvido.

¿Aquellas palabras declarándome amor (¿carnal?) eran producto de la fiebre o eran resultado de un inquietante vacío anímico?

«¿Amor entre mujeres?», me dije. «Por supuesto. Amor entre hermanas». Recordé las palabras de la madre de los siete demonios. Era bastante obvio que, ayuda de expertos, necesitaba.

Magdalena estuvo una semana terriblemente complicada con el asunto de la calentura. «Amigdalitis purulenta», declaró el practicante.

Al noveno día, eso sí, estando mi paciente un poco más recuperada, pude trepar las escaleras que conducían mi destino a los brazos de lo desconocido. Era crédula en cuestiones de hechicería, pero, según opinión generalizada, el Profeta era un verdadero santo. En los brazos de la cristiandad decidí entregarme.

—¡Bienvenida!... —gimoteó el gigantesco gurú— Esta es mi casa, ten cuidado, ¿no queremos un incendio?, ¿cierto?

Cada rincón —escarpado por las malformaciones de los ingredientes constructivos— estaba saturado de velas de disparatados tamaños.

Un adminículo que servía de mesa amueblaba la habitación.

—Vienes en busca de tu destino, me parece.

Me atraganté. ¿Había acaso adivinado mis pensamientos?

No tuve más remedio que confesarle mis propósitos. Le describí mis sueños, omitiendo, eso sí, la mórbida escena del coito impúdico.

El Profeta respiró quejosamente, con un ronquido que comprendí, demasiado tarde como cínico.

—Um… —dijo— Esto está bastante mal.

Los nervios me traicionaron. Había jurado mantenerme en silencio.

—¿Qué cosa? —pregunté con impaciencia.

—Tus sueños, aquí, ¿te das cuenta?, esta carta con este dibujo… carnavalesco, este hombrecillo, ¡este eunuco! —pronunció la palabra eunuco arrastrando cada sílaba de manera insoportablemente ruin—, este angelito, este espíritu celeste —dijo suavizando la voz—, este enviado de Dios es un…

—¿Un qué? —le increpé violentamente.

—Es un augurio de amor.

—¿Qué me dices? No te entiendo. El maremoto con toda la destrucción que conlleva ¿de qué modo puede relacionarse con el hombrecillo pintado en esta carta?

—Mucho, Raquelita, mucho...

—Dime, entonces, el significado de una vez por todas.

—¿Estás preparada para lo inevitable?

—Qué pregunta. Por supuesto.

Con voz de trueno, modificando cada tonalidad de sus cuerdas vocales, hasta convertir el ronquido de su garganta en murmullo, el Profeta dijo:

—Pues, niña, tienes tantas ganas de fornicar, que no te aguantas. Pero las consecuencias morales de tus actos nublan tu entendimiento. Le tienes pánico a tu sexo. Ardes por dentro pero te limitas a inculparte de un amor indebido.

No quise entender las disparatadas palabras del charlatán.

—¿Qué mierda me dices? —murmuré irritada.

—Qué estás caliente. Estás hirviendo. No tienes salida. Estás predestinada a pasiones prohibidas.

—¿Y de quién estoy enamorada entonces? ¿De Víctor acaso?

—No, mijita, de Magdalena…

5

Con nitidez de cámara fotográfica recordé el primer encuentro con mi supuesto amor. Náusea, vómito y un boliche para solitarios. Una guitarra y un camastro con disparatadas y obscenas ninfas. Mis manos —después de un sueño erótico— acariciando mi pubis: el orgasmo y aquella contrapuesta sensación, como si despertara de un sueño dentro de un sueño, mientras la sonrisa sarcástica de una imagen en retrospectiva, en sepia, transparente tal vez, pero con hálito carnal, intentando apertrecharse entre mis piernas; aquel grito de Magdalena Ocampo —desde el infierno, desde mi propio yo—, aquellas palabras que no pude o no supe comprender.

Deliraba (lo recuerdo con nitidez).

Observo la fotografía de mi propio yo, después de ducharme, después de dormir, después de masturbarme: lágrimas brotaron entonces en mi rostro.

—¿Quién eres tú? —pregunté sollozando.

—Soy tu destino —respondió la imagen.

Nunca antes había pecado de manera tan abominable. Era virgen, lo admito, pero intrínsecamente desobediente. «¡Charlatanería!» me dije. «El gigantesco (supuesto) profeta es un pérfido. Pincharé la carne de sus dedos, apagaré las coloridas velas en su calva, no, mejor, quemaré sus vestidos, arderá, sí, arderá retorcido en su desvergüenza, qué digo, arderá retorcido en su misticismo... ¡Maldito! ¡Animal! ¡Asqueroso! ¡Alimaña! Proponerme ¿a mí? un enamoramiento ¿lésbico? Lo mataré, lo juro, lo mataré».

¿Eran las cartas (desde un punto de vista estrictamente intelectivo) verdades incuestionables? ¿Tal vez el ficticio pérfido profeta actuara en complicidad? ¿Tal vez Magdalena lo sobornara con suculentos bocadillos de dudosa metafísica? «¡Imposible!», me dije. «¿Mi querida amiga intentando burlarse de mí?»

Obviando su disparatada mitomanía —aquel supuesto asesinato por amor— era una mujer completamente solitaria. No le conocía hombres ni novios. Su vida acababa en su arte y recomenzaba en mi yo. Nada de inmoral había sucedido (sin embargo) entre nosotras. Éramos sólo amigas, compartiendo el mismo apartamento, la misma cama (por motivos estructurales). Obviamente nada de pecaminoso había en todo aquello. ¿Qué era entonces lo que me llevaba a reiterar una y otra vez aquella pesadilla de maremoto apocalíptico? No entendía la disparatada frase del supuesto profeta. Cierto encantamiento me provocaba la personalidad de Víctor pero jamás enamorada. Tampoco el tema me preocupaba demasiado.

¿Huir de Chile (pensándolo detenidamente) me había convertido (quizá) en víctima de mi propio pecado? ¿Acechar un futuro imposible de acceder por medios mágicos (desde una perspectiva racional) me transmutaba en víctima (¿o en victimaria?) del paganismo?

La respuesta era positiva.

Tres pecados: el onanismo, la fuga y la podredumbre espiritual.

Trepaba las escaleras de manera inversa: trepaba descendiendo, como si despertara a la muerte. Un mareo entonces como de serpiente se encrespaba en cada escalón. Tropezaba con mis propios sentimientos. Intentaba regresar, intentaba encararme con el supuesto hombre santo, morderle una oreja, destriparlo.

El vértigo era de ciudad despiadada, de ur(i)be terrible, de multitud acechándome, de multitud insomne, de multitud implosionando de manera tentativa. Convirtiéndonos en títeres. Convirtiéndonos en espectadores de nuestra propia decadencia.

Me sentí asqueada. Vomité. Y derrumbándome como muralla de pueblo fantasmal me deshice en llanto. Abrí la puerta de mi apartamento. Las sábanas apestaban a Magdalena: el pánico confundiéndome con sus garras de circe se apoderó de mi corazón. ¿Era odio o felicidad? ¿Era sentimiento o esperanza?

Me dormí profundamente.

De pronto me vi a mí misma convertida en un cuervo. Más tarde en un trigal de espléndido platinado. También en una sirena. Las escamas de mi piel eran suaves como el roce del metal. La extensión de mi propia forma culminaba en un llanto pétreo. El arma mortífera era de una belleza despiadada. Intentaba escapar, intentaba convertirme en el cuervo del primer sueño o transformarme en el trigal de espléndido platinado, en cuyo regazo, infinitos enamorados copulaban en posiciones extravagantes. Todo intento era inútil. Una mano femenina me aprisionaba. Me hundía en la carne de un hombre. Rompía sus vértebras brutalmente. Podía presentir el pavor mezclado con sangre, mezclado con odio racista. Veinte puñaladas: las tripas eran un verdadero desconcierto cósmico. Pude reconocer al extenuado moribundo. El terror fue indescriptible. Mientras un golpe tremendo (el definitivo imaginé) se preparaba para descuartizar la garganta de Miller Zapata pude distinguir la identidad de mi captora. La mujer lamió la sangre que me atormentaba. Succionó íntegramente mi cuerpo de sirena. Me excitaba (lo confieso); me excitaba la lengua de Magdalena.

Un impulso irrefrenable de entregarme en orgía, un impulso proveniente del sueño se apoderó de cada partícula de mi alma.

De pronto cada detalle de mi propia personalidad fue atomizado como en una pintura de un pintor loco. La despiadada asesina, en torbellinos de luz, desapareció como por encanto. El cadáver de Miller Zapata, mirándome sarcásticamente, con ojos de pescado podrido. Retrocedí espantada. Miré mis manos: el metal ardiente del cuchillo quemaba mi piel. El maldito resurrecto golpeaba mi cabeza. Sus tripas hedían a podredumbre. Intentaba defenderme, pero estaba encadenada a un poste de alumbrado público. Un diminuto pene, como clítoris, vibraba entre los pliegues de la grasa de Miller Zapata. Fotos de Madrid, con frases ignotas, recorrían el firmamento. Era una carta presuntamente íntima. La fetidez de Miller Zapata era inaudita. Ya no intentaba penetrarme. Ahora succionaba mi vagina. Su lengua quemaba mis entrepiernas. Me excitaba. Sí, lo confieso. El sueño era tan real, tan erótico, que mis caderas embestían furiosamente la boca de Miller Zapata.

—¿Quieres saber el significado de las palabras? —me preguntó en spanglish el maldito resurrecto.

No pude responder. Una mordaza inmovilizaba mis labios.

—Es una carta de amor. Una carta de sexo. Una carta de lujuria.

Un brillo inusitado en el único verdoso ojo de Miller Zapata desfiguró el sonido de su voz. Ya no era una cabeza rapada la que aprisionaban mis entrepiernas, era una cabeza morena, de cabellos rizados. Intentaba defenderme. Intentaba sacar aquella lengua traposa de mi clítoris pero la ansiedad era absoluta.

Aferré mis manos a su cuello hasta lograr que, lengua y nariz, penetraran todo mi ser (femenino). El orgasmo fue placentero. Lo juro, placentero, pero involuntario.

—Sí, ¡marimacha del demonio! —gritó Miller Zapata—, la carta que tanto te atormenta fue escrita por la ex amante de tu amiguita. Compruébalo por ti misma. ¡Es maricona!

—¿Quién es maricona? ¿Dime?

—Despierta y descúbrelo por tus propios ojos.

Encendí la luz. Magdalena me miraba temerosa. Me miraba con ojos desorbitados.

Sudaba profusamente. Intenté pensar pero una fuerza repentina, una embriaguez incierta, se apoderó de mi mente. Descargué mi furia en el rostro de Magdalena. Ella, permaneció inmóvil, suplicándome con la mirada. Me quebré por dentro. El vientre me quemaba. No sólo el vientre, también los pezones, la boca, la lengua, los brazos, las rodillas, los dedos, el pubis, en fin, era una hoguera. Ni siquiera intenté pedir una explicación. Mi corazón era un torbellino, un verdadero maremoto. Un hilillo de sangre brotaba de la nariz de Magdalena. Me acomodé en la almohada. Con mi pollera limpié su rostro. La sangre era tibia. Magdalena se acurrucó como un bebé. No pude soportar aquella actitud de huerfanía. Hundí mi lengua en sus labios. Nos besamos desesperadamente. Nos abrazamos, nos acariciamos. ¿Lloraba de alegría o de indignación? Había cometido un sacrilegio, pero un sacrilegio que me llenaba de éxtasis. Era un amor enfermo (lo confieso) pero era mi primer amor.

Cuando el crepúsculo matutino estalló lésbicamente fui capaz de articular unas cuantas palabras.

—¿Por qué me has traicionado?

—Porque te amo —respondió Magdalena—. Te amo con locura.

6

El clamor de la luna fue precipitado en mi mente. Pude (de este modo) observarme un trillón de veces repetida a mí misma, como si el mundo estallara de manera inversa en cada recoveco de mi alma. Intentaba despertar pero todo esfuerzo era inútil. El significado del sueño era confuso. En un omnipresente espectador, en un deimon con voluntad anárquica me había transformado. Podía deambular (de esta forma) entre corredores saturados de porquería humana; derribar paredes, trepar escaleras, comer y defecar. Podía inmiscuirme en la psiquis de cada personaje. Podía amar y vivir o encomendarme a un supuesto todopoderoso Dios. Podía habitar en otros mundos; progresar o retrotraerme como en una pesadilla. De una simple mortal, habitando un cuerpo de cierta manera corrupto, había acertado en descubrir un espacio sin tiempo, una admonición inferente de mi propio mundo onírico. No era, como podría malentenderse, una actitud de fuga, sino, una facultad adquirida en la negación de lo real. Literalmente me había dormido en un sueño dentro de un sueño. ¿Estaba obligada desde esta perspectiva, digamos que, un tanto metafísica, a yacer en los brazos de un ente, de un clon, de un golem llamado Magdalena Ocampo? ¿Estaba obligada a vivenciar el sobrecogimiento de sentirme plenamente mujer en desmedro de mi experiencia lésbica que, de modo inextricable, me otorgaba un resquicio de sabiduría? ¿Eran sensaciones de desvarío? ¿De intolerancia? ¿De sentido religioso? ¿Optar por un camino lógico era volverme loca? ¿O abusar de la retórica era lo plausible? No quise o no pude alterar mi condición de durmiente. Había, por fin, alcanzado la plenitud como en un cuento de hadas.

Lo confieso. Era bastante insólito, eso sí, observarme abrazada a un cuerpo de mi propio sexo. Observarme desnuda con el rostro dichoso mientras Magdalena despertaba de un sueño, que adiviné erótico. Sus manos en mi cintura. Manos de mujer apertrechadas para el combate amoroso. Manos deslizándose por cada pliegue de mi carne. Podía vislumbrar el goce, la fruición, el temblor en cada vértebra de Magdalena. Podía imaginar sus pensamientos. Magdalena (de este modo intuitivo) formaba parte integral de mi propio yo. Inanimada como un cadáver los cuervos picoteaban mi carne. La sangre de mi príncipe azul era tórrida como un maremoto. Su lengua penetraba mis labios. Intentaba despertarme. Me pellizcaba. Gemía de rabia. La realidad se había paralizado. Las sensaciones dependían de mi supuesta clarividencia.

Flotaba como un pajarillo en un ambiente sigiloso. Las paredes eran de espuma, las escaleras pompas de jabón. Naufragaba entre corredores descabellados, en cuyo epicentro, mis propios personajes urdían reuniones clandestinas. Se comentaba el extraordinario fallecimiento de un temido criminal. El tiempo ya no era progresivo; era inmóvil o inverso. Discutían los delegados acaloradamente. Discutían las consecuencias del asesinato de Miller Zapata. Presuntamente yo era la causa posible. Víctor con nariz puntiaguda y el pelo encanecido, atormentado por pensamientos verdaderamente asquerosos, articulaba palabras en pro de mi defensa. Cada retórica, cada articulación, cada mueca, cada movimiento involuntario, cada mímica, era reproducida en mi mente como en cámara lenta. Me desconcertaban los pensamientos (reales) de Víctor. Su perorata en mi defensa tan sólo era argucia, cinismo, mascarada. Intentaba evitar la denuncia de mi persona estrictamente por motivos orgánicos.

El muy canalla ardía de pasión. Lo enloquecía mi cabellera rubia. Mis escasos veintiún años. Cada noche imaginándome desnuda en posturas extravagantes, practicando el antiquísimo rito del solitario. Mientras sus palabras convencían o provocaban rechiflas, su mente divagaba; en posición decúbito entre borbotones de semen mi pobre trasero era gozado brutalmente.

Me sentí violentada. Vulnerada en mi propia intimidad. Era (debo reconocerlo, aunque me cause repugnancia) el fetiche sexual de Víctor. Era una vulgar puta en su imaginación. Objeto de su ostracismo. Objeto de su calentura.

¿Era posible tan disparatado quiebre espacio/temporal? ¿Era posible una ruptura de envergadura tan incoherente?

Estaba absolutamente confundida. Un laberinto omnisciente se cernía sobre mí.

Despertar era el único camino viable, pero las caricias de Magdalena proyectaban una muralla con manos deslizándose en la mampostería de lo irracional. Un poderoso instinto de supervivencia trepó entonces a mi cerebro. Quité de mi mente las visiones; pero las posturas en las que Víctor me gozaba se exacerbaron en mi alma. Sentí asco de su vileza. Miré mi vagina: sangraba. Me palpé. Mis carnes estaban heridas. Víctor no sólo había imaginado penetrándome, también había elucubrado truculentas cópulas sádicas. Descubrí mi cuerpo llagado. Mis tetillas cercenadas. Introducía en mi ano un punzón. Víctor me pateaba las costillas. Mordía el dedo meñique de mi pie izquierdo. Me torturaba mientras un grupo de soldados fornicaba con el cadáver de una niña de mirada azul. Logré despertar pero no en mi habitación. Palpé las paredes. Era un sueño dentro de un sueño, en cuyo vertedero, víctimas inocentes eran desaparecidas en el tacho de los recuerdos.

Un grito de ultratumba logró definitivamente abrir mis ojos a lo real. Dentro de mí misma la imagen del pene hidráulico de Víctor vibrando endemoniadamente acalló mis pensamientos.

No quise pronunciar palabras. Estaba exhausta. Me abandoné a la pereza. Recorrí con la mirada el rostro de Magdalena. Me acurruqué entre sus brazos. Ella me acunó maternalmente.

—Estaba preocupada por ti. Nunca habías dormido tan pesadamente. Parecías como muerta.

—Tampoco había hecho el amor con una mujer. Realmente con ninguna persona.

Magdalena besó mis labios. Me ruboricé.

—¿Estás arrepentida? —me preguntó.

—Un poco incómoda.

—Es natural. Yo también me avergoncé cuando...

—¡Magdalena, por favor!

—No me hagas callar. Sólo quiero compartir mi vida contigo. Yo estuve enamorada de una muchacha, pero me abandonó por un…

—¿No entiendes? No quiero saber nada de nada.

—Entonces ¿estás enojada conmigo?

—No es contigo, es con tu pasado, con tu historia.

—Yo te amo —me interrumpió—. Te amo con locura.

—No me pidas tanto —dije—. Te di albergue porque te creía una hermana. Estaba agradecida de ti. Ahora ya no podemos ser hermanas. Somos… Realmente no sé lo que somos. Estoy confundida. Me atrapaste mientras dormía. Actuaste de mala manera. Violentaste mi cuerpo. No te había dado permiso para que abusaras de mí. No sé si me explico. Me siento utilizada. Tal vez no quiera verte nunca más. Tal vez desde que te observé tocando la guitarra en aquella esquina maldita, sí, maldita, tal vez desde siempre estuve esperando por tu… —¿cómo decirlo?— por tu ¿amor? Me siento culpable. Me da asco mirarte. No me toques. No, por favor, no… No te marches… No me dejes sola… Tengo miedo… Necesito que estés conmigo… Tengo miedo de no poder despertar de mis pesadillas.

—¿Me amas, entonces?

—¿Amarte?… ¡Te odio!...

¿Qué podía pensar? Estaba atrapada. Las minucias de la vida imposibilitaban la compresión de lo real. Recordaba la experiencia con nitidez. Un túnel o un laberinto, un sueño o una pesadilla. Naufragaba en la conciencia de un sinfín de personajes ¿de carne y hueso? Me había sorprendido espiando un contubernio de delegados. El problema no radicaba en lo genérico. Era más bien el síndrome de lo particular lo que me atormentaba: la convivencia, el diario vivir, la sordidez de la subsistencia.

El sueño constituía en sí mismo una facultad de conocimiento, un mundo desconocido acechando con sus mil interconexiones fraudulentas, en cuya argamasa, cada detalle de los habitantes del destartalado edificio de indocumentados cobraba realidad. Una realidad concreta, una realidad de cemento, de estructura, de hormigón.

Los pensamientos, las reminiscencias, los actos, los infortunios, las peroratas subrepticias, las sensaciones posteriores a la muerte, en fin, cada pormenor que los expatriados articulaban en lo recóndito de sus abismos personales, en mi mente eran cinematografiados como en cámara vertiginosa. No era, lo reitero, una fuga a mi experiencia ¿anormal? Estaba confundida, lo confieso. ¿Amor era lo que me embargaba? ¿Espanto de contaminarme con inmorales comportamientos? ¿Era odio? ¿Un odio asesino? Necesitaba descansar. Necesitaba dormir. Anochecía. Magdalena preparaba los cosméticos para acicalarse. La confusión era absoluta. Las sábanas aún apestaban a ¿pecado? ¿Entregarme a lo absurdo del sueño era explorar o inmiscuirme en una realidad que repudiaba? Angustiosamente buscaba la explicación a tan descabellado tormento. ¿Tal vez la vida no era cierta? ¿Tal vez Víctor no había obrado (en su pensamiento) como un demonio? ¿Tal vez todo era imaginario? Un escape, sí, una fuga a mi placentero consentimiento lésbico. Las evidencias eran nulas. Sólo un vago presentimiento. Entonces, ¿qué era lo real y qué era lo ficticio? ¿El amor (supuesto) que me profesaba Magdalena justificaba un quebrantamiento a mis antiguas y férreas normas de vida? ¿El deleite de los sentidos —pensando en otros términos— excusaba la excomunión de mi espíritu? Estaba sucia, pero me sentía feliz. Contradicción imperiosa, contradicción incuestionable. ¿Qué pensar?, era la pregunta. ¿Qué camino recorrer? ¿Volverme a Chile? ¿Reintegrarme a la matriz? ¿Entregarme a Víctor? ¿Perder la virginidad? ¿Era casta aún? ¿Era una consumada pecadora? ¿Una inmoral? ¿Me había degradado en mi respuesta sexual (instintiva)? ¿El sueño era realidad? ¿O la realidad permeaba mis sueños?

¿Qué forma de vida implicaba un remolino con ojos, con boca, con adminículos de mujer?

La estructura de la duplicidad de las astas girando en destellos de alambre, en destellos de papel picado, en destellos de uñas con esmalte, en destellos de besos de mujer. Un laberinto y un lápiz labial sospechaba en estricto rigor matemático. Las prendas íntimas en desorden, como arenas de infinito litoral. ¿Los objetos se auto contrastaban entonces arbitrariamente? ¿O era la percepción de los mismos su plenitud? Una marea de fetiches acechaba nuestras vidas. El mobiliario había adquirido sustento propio. Mi única pertenencia, como en pesadilla, como en crisálida, era trocada por el camastro de hierro de Magdalena, de cuyo cincelado, brotaban gráciles copulaciones lésbicas. La ornamentación del apartamento era sustituida por decoraciones imitativas de la cultura de Safo.

Un ritmo delicado, un tono de voz intuitivo, un rumor de viento, eran los versos que Magdalena ahora musicalizaba. Con dedos de orquídea tocaba la guitarra, adornada con sexos femeninos, lamiéndose y acariciándose mutuamente. Ardiendo en noches, que ya no eran noches de abandono, sino, furia de cuerdas plásticas, en trinos ibéricos, que incorporaban la turbación del amor entre personas del mismo sexo. Compartíamos una experiencia igualitaria. La serpiente mudaba de forma. Era una hendidura y un roce de medias de seda como el destello de un beso en los párpados. De un modo u otro, cierto ordenamiento de esta mal llamada unicidad era invadido por el recuerdo del supuesto falo hidráulico de Víctor. Órgano que, ineluctablemente, fracturaba las figuras del calidoscopio. La mutación hasta el momento era perfecta. Había aceptado convertirme en capullo de hembra. Había incorporado a mi vida el zumbido cósmico de las rodillas de Magdalena Ocampo.

Las piernas de mi príncipe azul giraban en movimientos alocados, como si la delicada juntura de los dedos de Magdalena fuera retratada con la técnica del puntillismo. Yo contemplaba su cuerpo con desgana, esperando tal vez una explicación de movimientos tan desusados. Los brazos en cruz girando alocadamente, los cabellos rizados, su espalda inclinada, el esfuerzo de paloma. El tobillo izquierdo como un cascabel, el tobillo derecho inmovilizado en tramos gimnásticos.

Al cabo de un tiempo de meditada respiración su cuerpo era absorbido por el impulso del mar enclaustrado en tuberías interminables en una ciudad germinando como remolino o como crepúsculo. Las prendas íntimas giraban en destellos de bragas, de toallas higiénicas, de medias de oruga. El canto de la lluvia, en la bañera, motivaba los recuerdos de mi infancia. Un inquietante sonido de garganta me increpaba con aromas de selvas fluviales. Trepaba entonces el influjo de la carne morena por mi cuerpo: las hierbas de capullos de manzanilla incorporaban a la realidad el rito de lo higiénico. Arrimada a una pared una meza triangular de tres patas, debajo de una mítica pintura en degradé, con ninfas desnudas en un prado de exótica vegetación, en posturas acechantes, incitando a un musculoso pero diminuto fauno de barba diabólica, impregnado de estrías en su frente, en frenesí, agónico, cubierto de sangre, en un rapto íntimo de estertor, intentando defenderse vanamente del martirio provocado por las contorsiones lésbicas de las ninfas invertidas en trazos de diamante.

Magdalena había transformado mi modesto apartamento en un incendio de formas excluyentes.

Yo preparaba huevos con tocino, jugo de naranja, café sin azúcar, pan integral, mantequilla, leche descremada y pepinillos.

Llamaron a la puerta entonces con sonido inmutable, tres golpes impropios. Imaginé nudillos grasos, nudillos mantecosos. Imaginé a María González interrumpiendo el rito epicúreo. Los goznes aullaron como perros defecando en una catedral de paredes inciertas. La boca desdentada, las infinitas supercherías colgando de su cuello, los colmillos de rata, los talismanes incaicos, los íconos de santos sincréticos, hombres en tormento suspendidos en maderos geométricos, desde Ayacucho, entre Huanta y Cangallo, en quechua, salpicando castellano y morfemas neoyorquinos, con rostro de tránsfuga, en sedimento de culturas dispares, desde Nazca hasta la fundación del Imperio Español, en patéticos calidoscopios de genocidio, madre de siete náufragos, madre redentora, madre ceniza, madre cosmogónica, lavandera profesional, hija bastarda de Pizarro, gorda inmemorial, escupiendo saliva, escupiendo coágulos de sangre.

—Pues, mi niña, discúlpeme, no es mi intención molestar, pero ahorita a mi Rolando le ha entrado en ganas una copita de vino. Yo le expliqué a mi negro que usted es abstemia, pero como Rolando es caribeño...

—¿Qué cosa me pide?

—Mi negro insiste en asegurar que no hay chileno que no se largue de su tierra sin un par de botellas extras de buen vino chillanejo. Usted no conoce a Rolando, es un bruto. La culpa la tienen los yanquis que tanto han gozado del Quetzal. Yo me excuso. No es cosa mía.

—¿Una botella de vino? Su marido está equivocado. Yo, de Chile, sólo me traje las ganas de olvidar.

—¿Qué hago ahorita entonces?

—¿Qué quiere que le diga?

—Es que, como ya le expliqué, los gringos tienen la culpa. Si mi pobre Rolando no consigue lo que quiere la fiebre de la sangre se le sube a la cabeza.

—¿La fiebre de la sangre?

—Sí, sí, es una enfermedad que…, oiga, mi niña, pues, discúlpeme, ¿está cocinando a un cristiano que huele a carne ahumada?

—Por la cresta, parece que… Mire, señora, perdóneme, pero dígale a Rolando que por culpa suya el desayuno… —mi fiesta de bodas— se me ha ido al carajo. Mire estos huevos, están chamuscados.

Magdalena, en cueros, intentando apagar el incendio: llamaradas de lenguas tóxicas entre las cortinas. Con paños de cocina, con histérica desnudez, con las cejas tintadas de carbón: humeante nuestro nido de palomas.

Si de la confesión pudiera extraer nociones de realidad, tendría que transformarme en presidiaria. La condición de hija única, motivo de orgullo de mis padres, reina de belleza en todo certamen, viviendo en estatus de imbécil (lo confieso). Mucamas, nanas y jardineros. Entregada a la práctica de los deportes, era una ignorante en cuestiones domésticas.

¿Qué pensaría de mí Magdalena? Mis labios de tambor, secos de sonido, no pronunciaban palabras, como un molusco extinguido en épocas remotas. ¿Era incapaz de incorporar costumbres femeninas excluidas en mi aprendizaje? ¿Era capaz, por ejemplo, de cocinar un desayuno decente, capaz de integrarme a costumbres modernas, capaz de lavar mi ropa, capaz de comprender las limitaciones de mi yo histórico? ¿Sería alguna vez, en el estricto rigor de la palabra, en el estricto ímpetu de abrir las ventanas de par en par, capaz de existir, capaz de renacer?

Los resultados eran obvios: un apartamento saturado de toxinas.

La metamorfosis era interminable. La transmutación provocada por el tránsito larvario entre el sueño y lo real era idénticamente caótica a la discontinuidad espacio/tiempo hostigada por el torbellino de allá afuera, con su reloj incrustado en piedra volcánica, protagonizando la sucesión de nuestras vidas, implosionando en cúmulos de esperanzas desvanecidas en la cáscara de un huevo recocido.

El universo fue, en un principio, una masa candente de aceite de cocina, con la chispeante quemazón de los sentidos: el estrépito de un millón de almas en pena, de semáforos infinitos, de locas carreras en el aire.

El reloj zigzagueaba en mi cerebro: temía un ataque de histeria, temía las represalias de Magdalena. Nuestra primera disputa ¿de pareja? Estaba con los brazos caídos, sintiéndome indefensa, en el borde de la ventana. Siete pisos abajo para descender a la tórrida y lunática convivencia de los estallidos de esqueletos vestidos de frac. El hormiguero incesante: perdida toda certidumbre en el porvenir, entregados a una frenética experiencia de productividad. Estaba literalmente paralizada, con los ojos rebotando hacia dentro. Divagaba. Magdalena con destreza ordenó el caos de utensilios de cocina. Me miró con un patetismo que estremeció cada capullo de la metamorfosis de mi alma. Este desayuno era mi regalo de bodas (lo confieso). Estaba enamorada, pero también algo confundida.

Del otro lado de la realidad —de nuestra realidad— en la covacha de la familia Pérez, aullidos de gargantas sin rostro, de niños arrinconados, de mujer con chichones, de maltrato infantil, de Pedro, de Gabriel, de Flor, de Ana, de Violeta, de Soledad, de América, de María González —madre hechicera, madre impotente—, aullidos de bestia procaz, aullidos de puño carpintero, exigiendo un buen trago de vino de cepa chillaneja.

—No te preocupes, querida —murmuró Magdalena con manos impregnadas en productos químicos—, con el tiempo aprenderás a cocinar un típico desayuno a la americana.

Un beso, el beso de Caín, ardió en mi frente.

¿Temblaba de rabia o de beneplácito?

Las prendas íntimas de la hojarasca, como escamas de un capullo cósmico, se desprendieron suavemente de mi cuerpo. Magdalena me desnudó con destreza. Nos besamos. La puntita de sus pezones jugueteaba en mi boca. Su cabello era grácil: largas trenzas jugueteando con mis caderas. De pie, éramos como dos crisálidas gozándonos en un pantano de hipertrofia auditiva.

Concluido el rito amoroso, me dormí profundamente.

Una pesadilla extraña se apoderó de mi alma: en estado de catarsis me descubrí deambulando entre los corredores del edificio de siete infiernos apocalípticos. Las paredes descascaradas, las ventanas sudorosas, los socavones inexpugnables. Desde mister Pancho (administrador de la botillería) hasta el falso profeta (más bien, diría, el cínico profeta), cada personaje, cada circunstancia histórica, eran parte integral de mi recorrido de fantasma. Tropecé accidentalmente con el apartamento de Camilo José. Una multitud de muñequitas plásticas adornaba su intrigante sucucho. Camilo José era pequeñito, pero en estricto rigor no era enano. Ojos eléctricos, enjuto de rostro, manos grandes, desmesurados pómulos. Un brazo, un ojo pinchado con alfiler, una cabeza cercenada, las vaginas plásticas con sus vellos en relieve. Cada trozo de hembra de juguete, cada intestino de hule, provocaban goce estético en el monstruo. Camilo José disfrutaba de una solaz expropiación de la creación de los otros, de la vida de los otros, en una mezcla de perversión y sensibilidad artística. Era un compulsivo coleccionista gozando con el festín de una muchedumbre de muñequitas despedazadas.

Los gritos de América o tal vez los aullidos de Violeta o de Soledad me arrancaron definitivamente del cuchitril de Camilo José —como un bólido a la velocidad de la luz—. El aterrizaje (forzoso) arrugó la piel de mi barriga. El close up fue tremendamente impactante.

—Negrito mío —gimoteaba María González—. La puta maraca de Raquel es abstemia. Dice que de Chile ni siquiera se trajo una pizca de…

No pudo articular la dialéctica del maltrato. Un golpe en su boca sangró mi mente.

Desperté. Una jaqueca de proporciones babilónicas deformaba mi caja craneana. Magdalena se había marchado. Supuse, por la inexistencia de su guitarra, que su romancero gitano intentaría evocar los rayos del sol de un crepúsculo mediterráneo.

Eran las doce y treinta. Me duché. Estaba con resaca. Me dolía la cabeza. Con una esponja quité de mi piel el molesto zumbido de la inquietud espiritual. Estuve un tiempo prolongado frotando mi cuerpo. La imagen de mis padres fue reconstruida por una pompa de jabón arremolinándose en el vacío de la ducha. La quietud me adormeció. Dejé acumular el espumoso líquido que adquiría consistencia uterina. Encendí un cigarrillo. Estuve hasta bien entrada la tarde especulando sobre mi actual condición de errabunda fantasmagórica. No hubo conclusiones favorables ni encontradas. ¿Había culminado entonces la metamorfosis? ¿Las certezas eran confesiones de un destino detallado desde siempre en mi yo? ¿Había aceptado definitivamente el ultraje lésbico? Las respuestas eran idénticas a una bañera congelada en el tiempo.

Quité el tapón de la tina: un remolino de dudas metafísicas fue filtrándose en el gigantesco sistema de drenaje. La desventura me acunó en sus brazos: la unicidad era tan poca cosa. Un grito de pánico logró infundirme ánimo. Miré por la ventana. Allá abajo, un hombre atlético, de cabellera ensortijada, hundía un corvo con cacha de sirena en el costado izquierdo del tórax de una anciana de carne negra.

Más tarde vino la inevitable calma. Unté con mantequilla un pan integral y me dormí profundamente.

7

Recostada en el camastro de Magdalena estuve rememorando la experiencia un tanto extraña de evaporarme como fantasma entre corredores asfixiantes, entre sucuchos infernales. La hipótesis anterior, de un modo u otro, era engañosa, fatua, irreal. El camastro ya no pertenecía a Magdalena. Era un nidito de amor compartido por voluntad propia. ¿Había aceptado, digamos que, racionalmente, una relación lésbica? ¿Era lógico mi comportamiento? ¿Pretextos o fundamentos eran arquetipos válidos para una presunta racionalización? ¿No éramos las mujeres, según lógica general, entes carentes de facultades analíticas? ¿No éramos estigmatizadas con supuestas histerias de pensamiento? Contradiciendo, como planteaba Magdalena, "conjeturas machistas", en plenitud de raciocinio, era capaz (obviamente) de vislumbrar cierta aceptación a un comportamiento prohibitivo.

Las preguntas eran más bien referentes a factores externos; a una extraña capacidad de soñar la realidad de los otros. ¿Eran ciertas entonces las experiencias que vivenciaba en estado de pesadilla? ¿Eran consecuentes con lo histórico aquellas visiones de individuos adaptados a mazmorras espeluznantes? ¿Buscar pruebas consistentes en un dormir en desmesura —o en la muerte misma— era la respuesta a tanta interrogante? ¿Comprobando tal vez alguna mutación en mi quebranto amoroso, en mi entrega lésbica, en mi capullo de metamorfosis, en mi cuerpo de mujer —a expensas de gozar en otro cuerpo de mujer— descubriría acaso alguna demostración empírica a la dialéctica del desdoblamiento? Me pellizcaba y comprobaba el dolor. Las dudas entonces eran inexplicables. Estaba viva y alegre. Impura tal vez, pero gozosa. ¿Convertirme en mujer representaba aceptar incondicionalmente las futuras y presentes experiencias que la vida proyectaba hacia dentro como hacia fuera de mi propio ser? ¿Transformarme en mujer significaba poseer definitivamente cierta capacidad de inmiscuirme en el mundo metafísico de lo real, habitando desde siempre y para siempre un espacio vedado para la castrada mirada de los hombres? ¿No era acaso lo materno el rito antiquísimo de albergar vida para transmutarse a sí misma en un alumbramiento, en una continuidad de la propia carne? Supuestos que intuía, pues mi condición lésbica me imposibilitaba la maternidad. ¿Quizá simplemente era estéril? ¿Quizá mis ovarios estaban atrofiados? Obviamente la respuesta era ¿negativa? ¿Me gustaban los hombres?

Tampoco existía una respuesta cabal. Ni siquiera omisiones de supuestas preguntas. Magdalena había ocupado mi corazón, llenándolo de abandono. ¿Entregarme a un hombre para comprobar verdaderamente mis inclinaciones era la consigna probable? Lo confieso, las mujeres en sí, no me gustaban. Había aceptado a Magdalena en circunstancias inexplicables. «¿Los hombres?», me interrogaba. «¡Qué misteriosos eran los hombres!» ¿La respuesta tal vez radicaba en su sexo?, qué temía, por cierto. ¿Tal vez entregándome en posesión física los desdoblamientos acabarían? La pregunta era ¿a quién entregarme? ¿A Víctor, a Lucas, a Manolo, a Camilo José, a Ramiro Mendoza, a Rolando Pérez? En fin, las posibilidades eran bastante limitantes. Más bien eran asquerosas. Monstruos, invertebrados, antropoides, máquinas sexuales, testículos sin pensamiento, penes inmundos. ¿Eran razonables entonces mis sentimientos? ¿Eran válidas las caricias de Magdalena? Recordaba confusamente su lengua succionando mi pubis mientras yo dormía. ¿No representaba aquel acto una vulnerabilidad, un estupro, una violación? Me sentía indefensa, me sentía expatriada. La marea de la vida me impulsaba a barlovento. Ya no era la misma muchacha, la de mi Chile provinciano. Me había convertido en una tránsfuga, en un espectro con cuerpo de mujer. No había respuesta a los acertijos que me atosigaban. De cierta manera, mi príncipe azul se había convertido en un engranaje vital de mi vida. Pero, ¿no debía experimentar primeramente el órgano masculino para cerciorarme de mi verdadera naturaleza? Si razonaba: la respuesta era afirmativa. Si me embargaba por el sentimentalismo: la respuesta era inexistente. Existían, por tanto, dos caminos: el sexo heterosexual o la esquizofrenia. Tal vez esta era la respuesta. Tal vez me estaba volviendo loca.

Los goznes de mi apartamento giraron al ritmo del tambor. Descendí las escaleras hasta el quinto piso. Sudaba caracoles con trompas de elefantes acéfalos. Delante de mí el número 12K del apartamento de mi caballero andante. Imaginé el cuerpo musculoso de Manolo.

Imaginé cada fibra de su contextura, cada partícula de su poderosa espalda, cada contorno de sus piernas, cada ligadura de sus brazos, cada exhalación de su tórax. Lo imaginé penetrándome, lo imaginé besándome, lo imaginé adentrándose en mis carnes. No era de mármol. Algo en mí se humedecía. De pronto giraron las bisagras de la puerta del apartamento de Manolo Quiroga. El profesor de zamba me observó con ojos ardientes. Su piel canela, el cabello castaño, el rostro ovalado. Me sentí avergonzada. Me sentí culpable. No recordaba sensación de orfandad tan profunda. Estaba entregada a la vida. Me sentía una pecadora. Me sentía una vulgar puta. Mi yo interno gritaba: «Tómame, abusa de mí, hazme tuya, rompe mi vagina, goza de mi ano». Mi voz interior era impúdica; lo confieso sin rodeos. Mi voz interior divagaba como un volcán, como una vulva con patas. ¿Me había convertido en una máquina devoradora? ¿Se habían despertado mis instintos heterosexuales? «¡La maternidad!», aulló mi yo intrínseco. «¡La maternidad!». No pude contenerme. Un vahído como de preñez dominó mis articulaciones. Me desplomé. Algunos parroquianos, que conversaban como sombras contra el muro, nos miraron burlescamente. Era bastante patética la escena. Manolo Quiroga me arrastró hasta el interior de su habitación. Las risitas allá afuera retumbaron con estrépito de terremoto. Una tragedia era lo esperado. Tragedia de muerte, tragedia de lesbianas.

El consabido pelambre pellizcó la nariz de Magdalena tan rápidamente que apenas tuvo tiempo de pensar.

Mi príncipe azul tocaba la guitarra. Tocaba canciones de amor. Se le erizaron los pelos, sudó sangre, estaba furiosa. Respiró profundamente. Acarició el mango de su guitarra mientras aullaba a todo pulmón:

—¡Maraca desgraciada!… ¡Te voy a matar!...

Sus gritos fueron opacados por la combustión de los motores.

Aquella tarde llovía torrencialmente. Llovía figuras de trapo con cabezas de neón.

De regreso a nuestro apartamento —con disimulo, con astucia más bien— Magdalena fue inspeccionando mi rostro. Sus cejas tintadas de rubio habían adquirido el color inverosímil de los celos. Curvó sus finos labios. No se atrevió a formular preguntas, esperando tal vez algún delator movimiento de mis caderas o de mis manos. No pude contenerme. Intenté disimular. Intenté ocultar mis deseos heterosexuales. Magdalena hervía de rabia. Yo estaba incómoda. Habíamos jurado decirnos toda la verdad. ¿Qué verdad podía yo confesar? ¿Un caballero sin armadura que me había ayudado con mis problemas de cocina? El besuqueo era un acto secundario, un acto aleatorio, un acto absolutamente azaroso. En presencia de la desnudez de Manolo sólo fui capaz de rehusarme. No porque no deseara aquel cuerpo vigoroso. Mi educación católica había evitado lo inevitable. La pregunta era ¿hasta cuándo? ¿Hasta que punto podría sostener enseñanzas que calaban en mi mente como un cuchillo al rojo vivo? El bichito de la sexualidad tan fibrosa en Manolo, había, de un modo u otro, permeado mi vida, incitándome a degustar el miembro masculino. Nada, sin embargo, hacía presagiar la tormenta. Nada era tan absurdo como la actitud de Magdalena.

Besé sus labios. La besé con pasión. Ella no contestó a mis caricias. Me ruboricé.

—¿Qué mosca te ha picado? —dije con boca temblorosa— ¿Qué te sucede?

—Tú tienes la respuesta. Te comportas de manera extraña.

—¿De manera extraña? —Mentí. Mentí. Mentí. No había escapatoria. Había aprendido a trucar la verdad en mi más tierna infancia.

—Por supuesto. Estás roja como tomate. Um. ¿Qué cosa huele tan…?

—¿Tan qué?

—No sé; dímelo tú.

—Es comida.

—¿Comida? ¿Con qué dinero has comprado comida?

—Te equivocas; la preparé yo misma.

—¡Cómo! Si no sabes cocinar.

—No sé cocinar pero estoy aprendiendo.

Mi celosa amiga no pronunció palabras. Pude intuir sus pensamientos.

Me imaginó desnuda, agazapada como un animal, embrutecida, penetrada hasta el paroxismo. Me imaginó traicionándola, negándola tres veces, coronándola reina de un pueblo nómada. Me imaginó crucificándola a un madero carcomido por la podredumbre espiritual. Me imaginó a horcajadas del dios hombre.

El rostro de Magdalena sangraba, las espinas rompían su carne, el costado izquierdo de su pecho era traspasado por una lanza. Un soldado romano humedecía su boca con vinagre.

Llovía profusamente en su yo interno. Llovía. Llovía.

De pie y como un Cristo resucitado, Magdalena imaginándome como una virgen pagana con los brazos extendidos suplicando a Manolo Quiroga su arrebato seminal.

Estallé en una risotada cínica. Magdalena no pudo contenerse. Me dio pena su melindre de niña mimada.

—Pues, querida —murmuré—, por supuesto, ¿qué cosas piensas? Si no soy adivina. Manolo Quiroga me ha dado unas cuantas lecciones de comida brasileña. Es muy rica y nutritiva. La he preparado con amor. Son porotos negros. Pero, ¿qué esperas? Vamos a festejar nuestro aniversario. Es como un pastel de bodas. ¿Por qué arrugas la cara con pucheros? ¿Qué te pasa, niña? Pero si estás congelada. Siéntate aquí conmigo. El bueno de Manolo me ha regalado esta pasta. Dice que es un afrodisíaco de primera. Estamos de fiesta. ¿Qué te pasa? ¿No estás contenta? Tu Raquel ha preparado una cena de gala para ti. Cambia la cara, niña, parece que hubieras visto un fantasma. Ah, ya sé, antes quieres que te dé un abrazo. Mamá te tiene preparada una sorpresa, pero antes la niña se tiene que comer la comida. ¿No quieres la sorpresa? ¿No te imaginas la sorpresa? Es un regalo. Yo sé que a ti te gustan los regalos. ¿No adivinas? Pues, el regalo soy yo.

Me quité la ropa, aparentando los movimientos de una bailarina de cabaret. Me acaricié los senos. Me masturbé en presencia de Magdalena.

Después de aquella consagración al placer solitario, la delicada morenita de ojos negros, con furia, arañó mi cuerpo; restregó el típico plato brasileño en mi cuerpo: lentamente fue consumiéndome hasta que el sueño nos facilitó el descanso.

Al despertar mi cuerpo hedía a fritanga. Estaba desconcertada, pero feliz.

Besé a Magdalena en la frente.

—¿Qué sucede ahora? —me preguntó.

—¿No estarás cansada? —le increpé.

—Por supuesto —respondió con voz somnolienta.

—Entonces, habrá que llevarte al médico para que te dé vitaminas.

Hicimos el amor una y otra vez hasta muy entrada la mañana.

Un estrépito de ardillas vino a mi mente, ardillas de cuerpo cavernoso, con lenguas de algodón, con dedos trepadores, con bocas de fantástica plasticidad —trenzándose y destrenzándose en multitud de formas— como si el universo se paralizara repentinamente.

—Ahora te voy a preparar huevos con tocino —dije, levantándome.

—Déjame dormir, por favor.

—¿Dormir? ¿Para qué quieres dormir?

—¡Estás loca, Raquel!

—¿Acaso no era lo que tanto anhelabas?

Magdalena no respondió a mi pregunta.

—Voy a preparar el desayuno entonces; y cuidadito con los berrinches; de lo contrario, conoces perfectamente las consecuencias.

—¿De qué consecuencias me hablas? —murmuró Magdalena con un bostezo.

—De que me puedo calentar como una perra.

—Ya no sé lo que pensar de ti. Te has vuelto una obsesa.

—¡Sí!... ¡Sí!... —aullé enrabiada— No lo niego. Soy una obsesa..., ¡una obsesa!..., una maldita y obsesa maricona.

No pude evitar el insulto. No pude evitar la tragedia.

Magdalena me abofeteó con odio. Oculté el rostro.

—Ya sabía qué algo raro te pasaba. ¿Te acostaste con Manolo? ¡Dímelo! No lo niegues. Eres una vulgar puta. Toma, desgraciada, te voy a matar. Me traicionaste por un hombre, por un maldito machista. ¡Estúpida!... ¡Estúpida!... Te embaucaron con un plato de porotos negros. ¡Te odio!... No llores. Sé qué me has engañado. Mírame... Te digo qué me mires. Con este cuchillo, con el que te salvé la vida, ahora te la voy a…

—¿De qué me hablas? —dije atemorizada, interrumpiendo las palabras de Magdalena — Sólo tú me has amado.

—¡Mientes!

—Te lo juro.

—¡Mientes!

—Entonces, mátame…, mátame..., mátame...

—No puedo —gimoteó Magdalena—. Te quiero demasiado.

—Yo también te…

No pude acabar la frase. Un golpe histérico nos despertó del letargo del odio.

—¿Quién es? —gritó Magdalena.

—¡Abran la puerta! Soy Víctor.

—¿Qué mierda quieres?

—Qué se calmen.

—Abre la puerta —murmuré—. Se nos ha pasado la mano.

—Esto lo arreglamos entre nosotras —me gimoteó Magdalena.

—Hemos perdido el control, tienes qué reconocerlo.

—Bueno ya, pero que no entre. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

Magdalena caminó hasta la puerta; la distancia era escasa.

—¡Muchachas!… —exclamó Víctor a boca de jarro—Si quieren discutir, háganlo como todo el mundo. Enciérrense en el subterráneo. Y sáquense los ojos si quieren. Sean razonables. No queremos que los criminales nos allanen otra vez.

—Tienes razón —mintió mi celosa amiga—, pero déjanos en paz.

—Vecinita, qué boluda, pero si lo que quiero es vivir en paz.

—Entonces, puedes marcharte. En esta ocasión no eres bien venido.

—Por supuesto, comprendo, sabes perfectamente que lo que me preocupa son los…

Magdalena cerró la puerta tan violentamente, que Víctor apunto estuvo de perder el rostro.

La siempreviva brutalidad policiaca fue trocada entonces por una implícita brutalidad doméstica.

¿La pérdida de la voluntad, desde un punto de vista estrictamente emotivo, era el nexo entre la locura y el caos? ¿La pobreza, los privilegios de casta, la perversión, las torturas, las pesadillas, el desgarramiento, la muerte, eran objetivos inciertos o inmaculados que incentivaban una relación lésbica enturbiada o santificada por los celos, por argucias femeninas, por acosamientos discriminatorios provenientes de allá afuera?

¿Alterar nuestra percepción significaba, desde toda perspectiva, entregarme definitivamente a lo incierto, entregarme a una multitud de mundos inexorables, carentes de sustancia; reconocibles expresamente sólo por dudas metafísicas o vidas anteriores?

¿Soledad era una palabra adecuada? ¿Soledad y nostalgia?

Derramé una gota de lágrima, no por mí, ni por Magdalena. El ardiente recuerdo de una tarde perdida en un rincón de un colegio ignaciano evocó en mi mente la pureza de un niño de mirada azul.

Magdalena equivocó el sentido del llanto. Se imaginó a sí misma como una esclava, objeto de sufrimiento. Sus ojos encolerizados; crispadas las manos; neurasténica y descalza; sintiéndose atrozmente culpable.

Magdalena acarició mi cabello con dedos de guitarra: canciones de amor murmuraron sus ojos.

La tristeza acabó por trizar mi resistencia; el niño de mirada angelical fue degradado en una cópula indigna. Mi propia naturaleza fue fracturada. Sequé mis lágrimas. Encendí un cigarrillo. Miré el rostro de Magdalena. Aspiré el humo. Allá abajo, la ciudad tentacular destrozaba todo vestigio de esperanza.

Me abandoné a mí misma. Abandoné el crisol trizado de mi infancia.

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