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Al cabo de más o menos media hora y después de un largo recorrido, finalmente, llegó a la casa de su amiga Blanca, bajó de su carro, se encaminó a la puerta de la casa de su amiga, y justo en el momento cuando iba a tocar el timbre para anunciar su llegada, salieron Blanca y el hijo de Natalia.
Natalia retrocedió asustada y sorprendida. No quería que ellos la vieran y pensaran que había seguido al hijo hasta la casa de su amiga.
- Ni siquiera sospechaba que mi hijo tuviera un "affair" con Blanca – pensó.
Los dos portones, el del garaje y el de la entrada principal, se abrieron simultáneamente. Natalia entró al jardín de la casa, por reflejo. Una vez dentro, ambas puertas se cerraron automáticamente, y ella se quedó encerrada en el jardín y no podía salir, ya que estaban cerradas.
Natalia no hallaba qué hacer: no quería llamar ni a su hijo, ni a su amiga porque no deseaba que supieran que ella los había visto. Se decía:
- Total, ¡a mí qué me importa lo que ellos hagan, bien grandecitos que son ambos!
Tampoco, le gustaba la idea de quedarse sentada ahí, hasta que alguien entrara a la casa, porque igual se iban a preguntar qué hacía ella encerrada en el jardín.
Se sentó y empezó a pensar cómo salía de aquel rollo en el cual estaba. De pronto, miró la puerta de la casa y se dio cuenta de que estaba mal cerrada. Se encaminó hasta ella, la abrió y entró con la esperanza de conseguir la llave de los portones para irse cuanto antes de allí.
Fue hasta la habitación de Blanca y buscó en la gaveta donde ella sabía que ésta guardaba sus llaves. Se sentó en la cama, y en ese momento, se dio cuenta de que alguien estaba durmiendo en ella. La habitación estaba media obscura, ya que aún las cortinas estaban cerradas. Caminó despacito, a ver si podía ver la cara de la persona que estaba ahí, y casi pega un grito cuando vio que era el esposo de Blanca quien estaba en aquélla. Dijo mentalmente:
- ¡No respeta, ni al esposo!
Salió, casi corriendo, de aquella habitación y se dirigió a la recámara de huéspedes, donde quizás pudiera encontrar una copia de la llave que buscaba y pudiera largarse de ese sitio cuanto antes.
Cuando Natalia entró a la habitación de huéspedes, notó que había alguien más durmiendo en ésta. Sus ojos se desorbitaron cuando se dio cuenta de que era otra persona joven que estaba en ella; su mente pensaba con toda la rapidez que podía:
- Definitivamente, Blanca se volvió loca. No le basta acostarse con mi hijo, sino que tiene un substituto. Y eso que el marido está en la otra habitación.
- ¡Qué zorra! – pensó furiosa. ¿Quién lo hubiera creído? – repetía molesta
El joven que dormía en esa cama se despertó de un salto y agarró a Natalia por los brazos, forcejeó con ella preguntándole quién era.
El muchacho le preguntaba a Natalia quién era, y a la vez no la dejaba hablar, porque le apretaba tanto el cuello que casi la ahogaba. Finalmente, el hombre se percató de que estaba ahogando a Natalia y le aflojó un poco el cuello. Natalia, con los ojos como dos huevos fritos, lo miraba y le decía:
-¡Soy Natalia! ¡Soy Natalia, la amiga de Blanca!
- ¿Y qué hace usted en mi habitación? – La increpaba el mozo – casi tan desesperado como Natalia.
- Busco una llave, para abrir el portón y poderme ir de este maldito lugar- decía Natalia – casi a gritos.
- Pero… ¿Qué quiere? ¿Qué hace usted en esta casa? – Preguntaba el joven, todo asustado.
- Vine a preguntarle a Natalia cómo hacia funcionar mi teléfono nuevo.
Finalmente, Natalia pudo zafarse de las manos de aquel hombre, y agarrando su cartera, le cayó a carterazo. Éste, asustado por la reacción tan inesperada de Natalia, se agazapó entre la cama y la mesa de noche y empezó a gritar:
- Pero entienda, ¡yo no sé quién es usted!; y… ¿si me está mintiendo?
Natalia, como enloquecida, seguía golpeando al joven con su cartera, hasta que ésta se abrió por los golpes, y toda las cosas que habían dentro de ella se desparramaron por el suelo. El mozo, aún más asustado, se metió debajo de la cama, pero como era tan alto – medía como 1.90 centímetros – se le salían los pies. Natalia - como una fiera - quería seguir golpeando al hombre, pero como no lo podía hacer porque éste estaba debajo de la cama, agarró uno de los bolígrafos que había caído al suelo cuando su cartera se abrió, y empezó a puyar, con éste, los pies del joven, mientras le gritaba:
- ¡Descarado! ¡Descarado! ¿Pero es que no respetas que el esposo de Blanca está en la otra habitación durmiendo?
El mozo, tratando de esconder los pies, lo cual no podía hacer porque el espacio que separaba el suelo de la cama era muy reducido, y por más que trataba de encoger las piernas, no podía, replicaba:
- Pero… ¿Por qué me llama descarado, si ella fue la que me invitó?
Cuando Natalia escuchó esto, se encolerizó aún más, y seguía hundiendo la punta del bolígrafo en los pies del muchacho, mientras añadía:
- Mira, sinvergüenza, ¿ahora vas a responsabilizar a Blanca de todo esto, como si tú y mi hijo no tuvieran parte de la culpa de lo que está pasando?
El joven gritaba:
-Pero… ¿qué dice? ¡Yo no he hecho nada con su hijo! Ni siquiera sé quién es su hijo. Pero señora; ¿qué es lo que le está pasando?
Natalia, como si hubiera perdido la razón, contestó:
- El colmo sería que también hubieras fregado a mi hijo. ¡Insolente!. Mira, ni si te ocurra acercarte a él, porque ahí sí es verdad que no respondo de mi. Mantente bien lejos de él. ¿Me oíste? ¡Descarado!
El mozo casi con un gemido, agregó:
- Pero… ¿por qué me llama descarado? Yo lo que vine fue a acompañarla a ella que está siempre muy sola, y como yo también necesitaba espacio porque no puedo quedarme con mi familia, acepté la invitación.
Al escuchar aquello, Natalia le puyó más fuerte los pies al joven y añadió:
-Ustedes los hombres, cuando no necesitan espacio, necesitan tiempo. ¡Siempre es la misma historia!
Mientras decía esto, a Natalia le pasaba por la mente el nombre de todas las mujeres que ella conocía, cuyos matrimonios habían sido desbaratados por aprovechadores como aquel joven que estaba debajo de la cama y por qué no admitirlo pensó, con cierta impotencia:
- ¡Hasta mi hijo es un sinvergüenza! ¡Y qué acostarse con Blanca!
El hombre seguía gimiendo, suplicando que le soltara los pies, en los cuales Natalia descargaba toda su ira, como si con aquel acto vengara a todas las mujeres que habían sido destruidas por hombres como éste. Luego, iracunda, exclamó:
- ¡Apuesto qué hasta casado eres!
- Si señora, y tengo una niña recién nacida y por eso necesito espacio – decía el hombre, como esperando tocar el corazón de Natalia para que le soltara los pies que ésta apretaba cada vez más, con toda la rabia de la cual era capaz.
Al oír aquellas palabras, Natalia arremetió, aún más, contra el hombre y decía:
- ¡Claro, por eso es que necesitas espacio, porque ni siquiera quieres enfrentar tu responsabilidad de padre! Pero… ¡si tienes espacio para dedicarte a destruir hogares, y hasta para acostarte con hombres! Mira, y te lo vuelvo a repetir: ¡Ni se te ocurra acercarte a mi hijo! ¡Porque hasta te mando a matar!
El joven, casi sin aliento, dijo:
- ¡Señora, señora, pero no es lo que parece! ¡Yo no soy ningún homosexual!
Natalia, más furiosa todavía, le contestó:
- ¡Ah! ¡Ahora no es lo que parece! ¡Ni siquiera original eres, mijito! Repites lo mismo que dicen todos los hombres desde hace siglos. ¡Y claro que no eres homosexual! porque los verdaderos homosexuales, lo admiten sin tanto rollo. ¿Sabes lo que eres tú? Un "mariquito". - Dicho eso, Natalia bajó su cabeza hasta el suelo y empezó a cantarle:
- ¡Mariquito! ¡Mariquito! ¡Maricón! – al mismo tiempo, alcanzó un marcador con tinta indeleble que también había caído al suelo cuando se desparramaron sus cosas de la cartera, y con más furia que antes, pintó en los pies del joven figuras de muñequitas, estrellitas, florecitas, al tiempo que le gritaba:
-¡Vamos a ver qué le vas a decir a tu esposa cuando te vea los pies pintados porque esos dibujos te van a durar como unos tres días, bandido!
Finalmente, Natalia soltó al joven, y éste salió de debajo de la cama como pudo.
Natalia, furiosa, se alisó su ropa que había sido arrugada por el forcejeo mantenido con y contra el joven, salió de la habitación y se dirigió a la cocina. Ya no le importaba si su amiga se daba cuenta de que había descubierto sus andanzas, ni si el hijo pensaba que ella lo había seguido hasta la casa de su amiga.
-¡Vagabunda! ¡Ojalá y el esposo le descubra su vagabundería! – se decía a sí misma.
Se sentó, pensativa, en una de las sillas que estaba cerca de la mesa de granito que usaban para desayunarse. El joven venía detrás de ella, todo cauteloso. Su cara, aún, denotaba desconfianza e inseguridad. Sin embargo, le ofreció un café a Natalia. Ella aceptó, mientras lo miraba con desprecio.
- Éste debe ser un chulito – pensaba. Ni siquiera tiene cara de que trabaja. ¡El muy sinvergüenza! – se decía. ¡Hasta un café me ofrece! ¡Qué podredumbre!
El joven preparó el café y le sirvió una taza pequeña a Natalia; ésta empezó a tomársela, pensativamente. No podía sacar de su mente el hecho de que su propio hijo también estaba contribuyendo a acabar con aquel matrimonio que ella pensaba que estaba bien cimentado, pero que, por lo visto, no era así, y se decía:
- ¡Pero Blanca se volvió loca, no lo hace con uno, sino con dos!
Cuando terminó de tomarse su café, quiso servirse otra taza más, pero empezó a darse cuenta de que la cafetera donde estaba el café, preparado por el joven, pesaba más de lo normal. Pesaba tanto, como si estuviera hecha del mismo granito de la mesa donde aquélla estaba colocada. Notó que era más grande de lo normal, que era tan pesada que no la podía levantar. Miró al joven y trató de pedirle ayuda para servirse otra taza de café, pero éste sólo la miraba. Su mirada denotaba expectativa.
Un rato después, Natalia abrió los ojos y vio frente a ella a su hijo, a Blanca, al esposo de ésta y al joven con quien había forcejeado. Ella no entendía qué hacían ellos allí mirándola, y preguntó:
- ¿Qué pasa? ¿Cómo que me quedé dormida?
Blanca, observándola toda sorprendida, preguntó:
- Pero Natalia, ¿Qué hacías tu metida en mi casa a esta hora? ¿Te pasó algo?
Natalia, no hallaba qué decir, ni cómo decirlo. No quería que el esposo de Blanca se enterara de que su esposa tenía un "affair" con su hijo y con el otro joven que estaba escondido en la otra habitación; y contestó:
-Vine a preguntarte cómo funcionaba el teléfono nuevo que compramos juntas, y cuando salías hoy en la mañana, sin darme cuenta, entré, y los portones se cerraron y quedé encerrada en el jardín. Luego, entré a la casa y me tomé un café que me ofreció él – dijo – haciendo una mueca con sus labios, para señalar al joven, sin agregar lo que pasaba por su mente.
El hijo de Natalia, le preguntó:
- ¿Y por qué no nos llamaste con tu móvil viejo? ¿No nos viste saliendo a ambos esta mañana de la casa? ¿No te diste cuenta de que tu teléfono nuevo no estaba en tu cartera? – Y añadió molesto:
-¡Cómo estabas con el fastidio del bendito móvil nuevo que sólo Blanca sabía manipular, ya que yo no lo podía hacer funcionar, y no entendía lo que ella me explicaba por teléfono, vine a preguntarle, personalmente, antes de irme a trabajar, qué tenía que hacer para que funcionara
- No entiendo tanto alboroto. – Dijo Blanca – toda alarmada. ¿Cómo se te ocurrió entrar así a la casa, sin avisar? Menos mal que mi sobrino, no te hizo más daño que apretarte el cuello. Él llegó ayer para quedarse aquí unos días conmigo porque su casa la está remodelando, acaba de tener una niña y necesitan más espacio. Él estaba todo asustado, pensando que eras una loca que se había metido a la casa.
- Disculpe señora - agregó el joven -. Lo único que se me ocurrió fue ponerle un somnífero bien fuerte al café que le serví. Mi tía me había dado anoche una pastilla porque no podía dormir, pero no me la tomé, sino que la me metí en el bolsillo de mi pijama. Tuve que ponérsela a su café para que se quedara tranquila, mientras llamaba a la policía, porque llegué a pensar que usted estaba loca, porque hasta los pies me los pintó - dijo- mostrándolos. - Y añadió:
- Menos mal que en ese momento se levantó el esposo de mi tía, y él fue quien me dijo que no llamara a la policía, que usted era la señora Natalia, la amiga de mi tía Blanca. Cuando mi tía llegó, llamó a su hijo, y ahí quedó todo; que sino, ¡hasta presa estuviera!
Natalia no miraba a nadie, se terminó de despabilar, se levantó y recobrando su compostura, dirigió sus ojos hacía donde se encontraba Blanca y dijo en voz baja, avergonzada:
- Lo único que quería era que me dijeras cómo funcionaba el teléfono nuevo que compramos juntas.
Datos de la autora:
Nila Mendoza de Hopkins
Nació en Maracaibo, Venezuela. Tiene 57 años de edad. Profesora de la Universidad del Zulia, Maracaibo, Venezuela. Obtuvo su maestría en Lingüística Aplicada en la Universidad de Lancaster, Inglaterra. Tiene 35 años de experiencia en la enseñanza de idiomas y de Lingüística Aplicada. Fue profesora invitada para enseñar la cátedra Metodología en la Enseñanza de Idiomas con Propósitos Específicos en la Universidad de Concordia en Canadá.
Ha publicado varios artículos a nivel nacional e internacional relacionados con Estrategias de Aprendizaje. Tiene dos libros publicados: uno para enseñar inglés con Propósitos Específicos; y el otro, para enseñar a leer y escribir el inglés como lengua extranjera. Actualmente, imparte la Cátedra Competencia Comunicativa en Lengua Escrita del Español, como profesora invitada en La Universidad Católica Cecilio Acosta (UNICA).
nmendoza[arroba]intercable.net.ve
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