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Presente es atención
Decía antes que el pensamiento es lo opuesto a la observación. ¿Cuál es la diferencia entre un niño que se queda extasiado viendo cómo bota un pelota y un adulto que no se inmuta ante ese mismo hecho? Sencillamente, que el niño ve, mientras que el adulto mira y piensa-recuerda-"sabe" que ve. El pensamiento es necesariamente recuerdo, memoria del pasado y proyección hacia el futuro; en definitiva, no-presente. La observación, por el contrario, es presencia. Y en ella ocurre algo peculiar: cuando hay observación-atención, no hay pensamiento… y tampoco hay "yo". Por eso, cuando un niño está atento en sus dibujos animados, no puede oír a quien lo llama, sencillamente porque "no está". Cuando estamos concentrados en una lectura, una película, una acción, o contemplando un paisaje, ¿dónde está nuestro yo?
Eso que llamamos "yo" es, por tanto, una "realidad" muy peculiar. Únicamente puede existir gracias al pensamiento; debe su existencia al hecho de ser pensado, al hecho de que la memoria le atribuye una condición de estabilidad. Sin pensamiento, sin memoria, cuando somos observación, no hay yo. Lo cual nos conduce a otra conclusión "extraña", pero que nos pone igualmente en la buena pista: cuando estoy atento, "yo" no estoy; si "yo" estoy, es señal de que no estoy atento.
¿Qué es, pues, vivir en presente? A mi modo de ver, podemos distinguir dos etapas en el "estar presente", ya que así damos razón de los dos modos posibles de percibir nuestra propia identidad. Veámoslo más despacio.
En una primera etapa, vivir presente es habitarse, habitar la propia casa, sentirse a sí mismo. Esta etapa se corresponde a la identidad que podemos llamar de un "yo integrado". La persona que ha avanzado en la integración progresiva de sí misma en todas sus dimensiones (cuerpo, sombra, mente) llega a reconocerse como un "yo" más o menos integrado y a vivir un estado de presencia a sí misma que he designado como "habitarse". Se trata, en este caso, de un sentimiento de presencia consciente y cercanía amorosa a sí misma, que se va haciendo posible gracias al conocimiento de sí, la aceptación, la humildad, el diálogo interno, la reeducación de viejos hábitos y la eventual curación de bloqueos.
Pero no todo termina aquí. De hecho, el objetivo no consiste en llegar a habitar la propia casa; una vez habitada, surge un movimiento a trascenderla. La persona se ve llevada a ir "más allá". Porque la autorrealización, si no se aborta artificialmente, conduce a la autotrascendencia. Emerge una nueva identidad, nada fácil de describir, debido a que el pensamiento ha quedado ya trascendido. En ella, no hay un "yo" separado de todo lo demás; por eso, en esta nueva identidad, estar presente consiste justamente en "no-estar" (al igual que el niño cuando está concentrado en los dibujos animados): se da tal atención, tal calidad de observación, que no hay "yo" Todo es presencia; todo, sencillamente, ES, sin "alguien" que pueda decir "yo". Hemos entrado en un ámbito transmental, transegoico, transindividual, en el ámbito de la no-dualidad.
Veamos en un esquema esa doble modalidad de Presente:
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PRESENTE COMO "HABITARSE", COMO PRESENCIA A SÍ MISMO |
PRESENTE COMO "PURA ATENCIÓN", COMO NO-PENSAMIENTO |
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Presente = habitarse Sentirse Estar en lo que se hace En el vientre (hara) Dios, percibido Presente en lo íntimo de sí |
Presente = "No-estar": no hay yo Presente = Unidad Entregarse al vacío En "ningún lugar" Dios: Presente, Lo Que Es, Un Solo Sabor |
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"Estoy atento" "Estoy en el presente" "Me siento en unidad" |
"La Atención ES" "El Presente ES" "La Unidad ES" |
Por eso, se dan dos modos de volver a la paz (desde todo aquello que puede hacernos sufrir):
La psicología clásica, más específicamente la psicología profunda y la humanista, tiene como objetivo el logro de una personalidad equilibrada, un "yo integrado". La psicología transpersonal pretende dar un paso más, a partir de la observación de estos nuevos datos: el "yo integrado" es sólo un estadio que conduce a otro, un momento del proceso que ha de ser trascendido. De ahí que la psicología transpersonal se aproxime necesariamente a la espiritualidad, en la acepción más amplia y original de este término.
Por eso, también desde este ángulo, podemos apreciar la convergencia de fondo entre psicología y espiritualidad. Ésta sin aquélla queda coja, carece de instrumentos y de recursos para llegar a la meta que propone; pero aquélla sin ésta, la psicología sin la espiritualidad, queda ciega, no tiene más meta que el "yo integrado", no tiene más luz para saber a dónde dirigirse.
¿Cuáles son las dificultades para vivir esas dos etapas o modos de presencia? La mayor dificultad para habitarse hay que buscarla por el lado de todo aquello que nos mantiene alejados de lo mejor de nosotros mismos. Podemos estar en la rutina, en el automatismo, en el pensamiento ininterrumpido y no observado… En su raíz, encontraríamos sufrimiento no resuelto y hábitos adquiridos, fruto del aprendizaje y del ambiente.
Por otro lado, la presencia -entendida como no-pensamiento- va a encontrar su resistencia primera en el hecho de que un planteamiento así puede resultarnos, de entrada, insólito. Pero la resistencia mayor aparecerá enseguida en forma de un "yo" que se niega a desaparecer como tal, y que se empleará a fondo para seguir ejerciendo su papel de protagonista.
Frente a ambas dificultades, encontraremos ayuda en la atención: atención al momento presente, a lo que estamos realizando, al propio cuerpo; atención que se vive en forma de entrega a lo que estamos haciendo; atención, como observación de los propios pensamientos, hasta que éstos se detengan y nos vayamos haciendo diestros en el paso de nuestra "identidad habitual" a una "nueva identidad" que va "más allá" de las fronteras de nuestra piel.
La meditación, camino del Presente
Una relación sana consigo mismo, base de cualquier otra relación, pasa necesariamente por vivirse en presente, en esas "dos etapas" a las que me refería: 1) vivir conscientemente el presente, sintiendo que estoy en lo que hago, y de ese modo, 2) poder dar el paso al puro Presente en el que "yo" ya no estoy. Y no estoy porque el "yo" deja paso a una nueva identidad, en la que el propio yo queda trascendido.
El medio privilegiado para acceder a este Presente es la meditación. En sánscrito, meditar significa "aquietar el flujo de la mente". De eso se trata, de ejercitarnos y adiestrarnos en una práctica que nos ayude a liberarnos de la tiranía de una mente no observada y nos permita acceder a esa nueva dimensión que está más allá del pensamiento.
En el capítulo 5 me detendré en la explicación de esa práctica meditativa que facilita vivir el presente, y lo haré incluyendo expresamente esa doble etapa de la que vengo hablando. Por el momento, quiero únicamente apuntar que todo el secreto de la meditación consiste en aprender a observar. Observar la evolución de la propia mente hasta que el pensamiento observado empiece a aquietarse y dé lugar a la concentración. Observar lo que nos rodea, con capacidad de sorpresa, asombro y admiración. Observar nuestro propio cuerpo, como medio privilegiado de conectar con nosotros mismos y de "volver" al presente.
El cuerpo va a ser nuestro gran aliado en esa tarea. Por una parte, porque, a diferencia de la mente, el cuerpo no puede escaparse al pasado ni al futuro. De ahí que baste sentirlo, escucharlo, para venir al presente. Pero hay más todavía: cuando mantenemos una escucha sostenida del propio cuerpo, empezamos a sentir su energía y accedemos así a lo que E. Tolle ha denominado nuestro "cuerpo interno". Si permanecemos en la observación de ese "cuerpo interno", podremos experimentar cómo las barreras corporales parecen diluirse, el cuerpo se hace omni-inclusivo y se va (nos vamos) fundiendo en la Conciencia de Lo Que Es. De ese modo, también por la observación del cuerpo, llegamos a la misma experiencia que por la observación del pensamiento, al puro Presente atemporal, al presente sostenido, a la vivencia de la no-dualidad.
Es, pues, la observación -la práctica meditativa- la que franquea el camino de acceso al Presente y, en ese mismo movimiento, a la Trascendencia. Habíamos empezado habitando nuestra casa; gracias a la meditación, terminamos trascendiéndola. Habíamos trabajado para consolidar un yo integrado; gracias a la meditación, emerge una nueva identidad. En el primer momento, el yo aparece como una realidad consistente, que se atribuye a sí mismo estabilidad y continuidad, pero de hecho es tan sólo un concepto carente de identidad propia.
Hagamos una primera prueba. Cierra los ojos por un momento e intenta encontrar al perceptor del yo. Aparecerán en primer lugar los pensamientos. Ve más atrás. Intenta observar detrás de tu hombro. Nota si existe un perceptor anterior a "ti mismo", anterior al "yo". Percibirás un océano de silencio, un ilimitado mar de conciencia viva asociada a no-algo. Notarás entonces que eres realmente partícipe de la continuidad y estabilidad eterna de una Vida sin separación, sin división, sin principio ni fin: ése es el estado de la no-dualidad. Advierte que quien percibe ahí no es el "yo", sino el No-yo, el Testigo no-dual, el perceptor absoluto. Mientras seas capaz de mantener la atención sin volver al pensamiento, ese estado permanecerá. Ese estado no es otra cosa que el principio del Presente atemporal.
Ahora bien, es importante señalar que, en principio, no parece posible trascender la propia casa sin previamente habitarla. Dicho de otro modo, no se puede puentear el yo. Como acertadamente escribiera Jack Engler, "tienes que ser alguien antes de poder ser nadie". Puede ocurrir que haya personas que, sin haber resuelto la problemática del propio yo, busquen en la meditación un atajo hacia la trascendencia. Es un intento infructuoso e incluso peligroso: los problemas no resueltos harán su aparición antes o después, reclamando atención. El trabajo psicológico no se puede soslayar.
Pero con una cautela. El trabajo psicológico sobre sí mismo, la formación o la terapia pueden ser herramientas preciosas e imprescindibles en un trabajo que tenga como meta trascender el yo. Sin embargo, pueden también convertirse en nuevas estratagemas a las que el yo se aferra para sobrevivir y perpetuarse, ahora incluso desde el orgullo sutil de un yo "realizado". Se trata de un equilibrio delicado, que ha de sortear dos escollos igualmente peligrosos. Por un lado, si no se avanza en la integración del yo, por medio del trabajo psicológico, será imposible trascenderlo. Pero, por otro, si uno se queda en el yo integrado, abortará igualmente la posibilidad de trascendencia.
La práctica de la meditación será la que favorezca la emergencia de motivaciones poderosas para emprender un trabajo personal, tanto de integración como de trascendencia del yo. De hecho, en cuanto se empieza a experimentar la riqueza que encierra el presente, ya no se puede renunciar a su búsqueda. En cuanto se vivencia el tesoro de la observación, se libera uno de la tiranía del pensamiento. En cuanto se empieza a atisbar la no-dualidad, se crece en libertad frente a la arrogancia del yo y a las exigencias de la propia imagen. La persona empieza a adentrarse en una nueva conciencia, en una tierra de libertad y de comunión.
Para continuar
Como podrá apreciarse por las mismas preguntas, en el trabajo propuesto se hace referencia únicamente a la "primera etapa" en la vivencia del presente. Recordemos que, en esa acepción, vivir en presente equivale a ser consciente de sí mismo o "habitar la propia casa". Otra cosa es trascender el pensamiento, gracias a la observación: ése es el presente del no-pensamiento, es decir el presente sin "yo". Espero que pueda quedar más claro al hablar de la meditación.
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Bibliografía
"Dondequiera que nos detengamos un momento a escuchar con cuidado en silencio, oiremos el susurro de nuestra naturaleza más profunda y los misterios de la profundidad, la llamada del interior" (K. Wilber).
"Aun en medio de los placeres más mundanos, el ser humano está buscando a Dios" (E. Gilson).
"Dios es la esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia no está en ningún lugar" (El Libro de los XXIV Filósofos).
"Lo que está más allá de todas las cosas, más allá de la más alta inteligencia, más allá de la verdad que hay en todas las cosas, no tiene nombre. Porque este nombre sería una cosa distinta de él" (Plotino)
"Tú, ante quien todas las palabras retroceden" (Shankara).
"La dimensión divina no es una superestructura superpuesta a los seres, ni un mero fundamento extrínseco a ellos, sino el principio constitutivo de tosas las cosas" (R. Panikkar).
Dios no busca ser adorado, sino ser vivido.
Alejados de la profundidad
Alejados del presente, sobrevivimos en la superficie. En realidad, los mismos factores que nos mantienen lejos del presente son los que nos desconectan de la profundidad. Veámoslo más despacio.
De un modo simplificado, podemos distinguir en la persona tres niveles, cada uno de ellos "localizado" en una zona del cuerpo: el mental (en la cabeza), el sensible (entre el cuello y el abdomen) y el profundo (en el bajo vientre o "hara"). Al nacer, el niño es pura sensibilidad y pura necesidad. Y a partir de ahí se irá gestando toda su peripecia vital.
De la respuesta adecuada a sus necesidades fundamentales (necesidad de ser reconocido, visto, aceptado, amado…), dependerá que puedan emerger sus capacidades profundas. Por el contrario, la falta de respuesta a aquéllas instaurará en el niño una herida o un vacío que, en cierto sentido, lo atraparán y lo mantendrán en el nivel sensible, añorando la respuesta que no tuvo, defendiéndose del dolor que le produjo aquella frustración o compensando la carencia. En cualquier caso, quedará ocupado y estancado en el nivel sensible, sin tiempo y sin disponibilidad (libertad) para acceder a lo profundo de sí.
Pero hay más. El hecho de que el niño sea pura necesidad implica que, de entrada, no estará dispuesto a reconocer ningún límite. Como canta el siempre ingenioso Sabina, "al deseo los frenos le sientan fatal". La necesidad, por sí, es ávida, ansiosa, siempre quiere más. Si la frustración reiterada de las necesidades fundamentales produce en el niño una herida grave, la no frustración de estas otras "necesidades", que solemos llamar "caprichos", lo introducirá en una dinámica permisiva, de consecuencias no menos graves.
Entre el autoritarismo que genera rigidez y el permisivismo que produce inconsistencia, cualquier pedagogo experimentado sabe que la educación del niño requiere, en dosis iguales, cariño y firmeza. Pues bien, la falta de firmeza, la ausencia de límites hará que el niño quede sin referencias y, por tanto, sufra inseguridad. Pero, sobre todo, provocará en él un movimiento que puede llevar a convertirlo en un "pequeño dictador", con nula capacidad de tolerancia a la frustración y, por tanto, con reacciones de violencia desmedida o de hundimiento cuando aquélla se haga presente. Un niño que no fue frustrado con firmeza -y con cariño- queda inerme ante las inevitables frustraciones que la realidad muy pronto le pondrá delante.
En síntesis, parece claro que todo lo que mantenga a la persona en la zona sensible, consciente o inconscientemente, la mantendrá alejada de su profundidad. Pero hay todavía otro lugar en el que podemos instalarnos: la zona mental. Una mente lúcida y ordenada es un tesoro. Sin embargo, cuando la mente ocupa todo el espacio, la persona se reduce a su cabeza y aparece la rigidez y desarmonía. Esto ocurre, bien porque, en un instintivo movimiento de defensa, la persona "huye" de su sufrimiento sensible y se refugia en su cabeza buscando comprender lo que le ocurre, o bien porque crece en un ambiente que privilegia todo lo cerebral. Por cualquiera de esas razones, la persona puede quedar estancada o incluso prácticamente reducida a su mente. Dado que ése es también un lugar inhóspito para vivir, se verá probablemente conducida a buscar compensaciones de distinto tipo.
Hablaba del ambiente que puede llevar al niño a quedar instalado en lo cerebral. Ese mismo entorno será decisivo, al menos en un principio, para favorecer o dificultar que el niño pueda ir accediendo a su dimensión profunda. Un entorno -familiar, educativo, social- superficial promoverá personas que se vivan en la superficialidad; por el contrario, un entorno que priorice todo aquello que, en la vida y en la persona, tienen "sabor" de profundidad facilitará el acceso a esta dimensión.
Vivir en profundidad
Ni la sensibilidad ni la mente, siendo riquezas de primer orden, son buenos lugares para vivir. Y no sólo debido a su propia inestabilidad, sino porque son incapaces de dar satisfacción al más profundo anhelo humano. Al contrario, mantienen a la persona alejada de lo que es su fuente y su misma identidad.
Porque por ahí, precisamente, empieza el camino que conduce a nuestro "buen lugar": por el anhelo de "más". El anhelo es el guía que nos va a ir conduciendo en la búsqueda de la vida y de la propia identidad. La vida intuida, presentida y luego saboreada irá ampliando nuestro espacio interior y más profundo; nos llevará a reconocer nuestro verdadero rostro, nuestra identidad; nos mostrará que, como ocurre en la naturaleza, se vive desde dentro hacia fuera.
En ese mismo lugar, la vida nos pondrá en contacto con toda forma de vida, llevándonos a ahondar en la comunión que somos con todos y con todo, descubriéndonos habitados por todo lo que es. Así es como, desde la profundidad, sentimos expandirnos hasta las dimensiones de todo lo real, abrazando toda vida. Con lo que descubrimos que también la comunión se realiza desde dentro.
No será un camino fácil. Seguramente necesitaremos curar bloqueos y reeducar movimientos sensibles y cerebrales que tirarán en direcciones contrarias. A veces, será el mismo dolor quien, como "portero" que custodia las llaves de ciertos espacios donde, de entrada, nos resistimos a entrar, nos invite o nos empuje a avanzar un poco más hacia adentro. Pero, en cualquier caso, habrá valido la pena; estaremos más cerca del lugar de la Vida.
Y, sin embargo, todavía habremos de dar otro paso más: el que supone pasar de una conciencia egoica a la conciencia transpersonal. Son conocidos los estadios o niveles de conciencia que los fenomenólogos y estudiosos de la cultura reconocen en la historia evolutiva de la humanidad. Hablan ellos de conciencia arcaica, mágica, mítica y racional. Lo curioso es que esos mismos niveles, por los que ha atravesado la historia colectiva, se reconocen también en la evolución psicológica del individuo. Pues bien, cada vez son más los signos que parecen apuntar al hecho de que nos encontramos en el umbral de un nuevo estado de conciencia: el que va más allá de lo racional, lo mental, lo individual, lo egoico. Llegado a su apogeo el "yo" y la "razón individual", empieza su declive o, por decirlo con mayor propiedad, su integración o asunción en un estado de conciencia superior.
Si en el nivel anterior, el centro lo ocupaba el yo racional y autónomo, en el transpersonal, el centro es ocupado por la Unidad y la Conciencia no-asociada a un yo. Supone, ciertamente, un paso gigantesco. Es a la vez un golpe muy duro para el narcisismo y la arrogancia del yo. Habrá, por ello, muchas resistencias por parte del "yo" que se negará a dejar su rol de protagonista. Pero sólo esa "nueva conciencia" hará posible la vida del planeta y el futuro de nuestra evolución.
Es claro que la mente crea una pantalla opaca entre tú y tú, entre tú y los otros, entre tú y Dios: es la separación. Para superar ese engaño, necesitamos desidentificarnos de ella, observándola. De ese modo, gracias a la desidentificación, aprendemos a ver Lo Que Es, venimos al Presente y experimentamos la Unidad, la Conciencia unitaria que somos/es.
Desde esta perspectiva, vivir en profundidad significa expandir la propia conciencia más allá de las fronteras de la propia piel y de los límites del propio yo. Significa, de un modo similar a lo que decía sobre el Presente, ir más allá del pensamiento, para abrirnos a esa otra dimensión no-mental, donde somos atención. Y ello gracias a la práctica meditativa.
Dios, la Profundidad de lo real
Es cierto que a Dios se le puede usar como compensación de vacíos o como tapaagujeros de nuestra ignorancia; como consuelo barato o como rutina acostumbrada; como estratagema psicológica para no renunciar a los sueños infantiles de omnipotencia o como coartada política para mantener un determinado status quo; como justificación de la propia arrogancia o como pretexto para juzgar y descalificar a los otros. Como ha escrito Carlos Domínguez Morano, "Dios puede ser el arma con la que aplastamos al otro, el disfraz con el que lo seducimos, la moneda con la que lo sobornamos, el pedestal sobre el que nos levantamos para que nos adore".
Es cierto también que, al referirnos a Dios, se hace inevitable la proyección: en primer lugar, porque no puede existir un conocimiento "puro", sino que todo conocimiento es necesariamente "situado" y, por tanto, relativo; por otro lado, porque "Dios" escapa a todo aquello que podamos conocer. Pues bien, desde la proyección, podemos comprender perfectamente que, en un estadio de conciencia mágico, los humanos hayan pensado en un Dios-mago, y desde otro estadio mítico, la religión haya sido mitología. En nuestro estadio mental-egoico, Dios ha sido visto, fundamentalmente, como un Ser separado, garante sobre todo del propio ser que, en dicho estadio, equivalía a decir garante del "yo". Una vez más, proyectábamos en Dios nuestra experiencia cotidiana y nos referíamos a Él como garantía de la "verdad" que éramos capaces de percibir. Por eso, no es extraño que el "Dios" de Máximo, en una de sus habituales viñetas en El País, se exprese de este modo: "Los filósofos me elucubran, los científicos me bordean, los artistas me intuyen, los teólogos me abruman, los ateos me interpelan".
Es cierto que las personas religiosas podemos llegar a perder toda capacidad de asombro, admiración o sorpresa ante Dios. Pero si Dios no nos sorprende, es señal de que lo hemos "domesticado", lo hemos encerrado en nuestros cánones y esquemas, lo hemos "objetivado" y, aun sin reconocerlo, lo tenemos "bajo control". Ese es el Dios del que ya "sabemos demasiado".
Es cierto, finalmente, que los místicos de todos los tiempos han vivido a Dios como la Profundidad de lo real, el Inefable, El que es, Lo que es, incluso aunque se hayan relacionado con Él de un modo "personalista" y hayan hablado de Él como Amor, como Madre o como Padre.
De lo que no cabe duda es de que, en cualquier tradición auténticamente espiritual, se habla de Dios como Fundamento de la realidad o Trascendencia que nos desborda. En una imagen también espacial, se ha hablado de Él como Profundidad sin límite, que nos "ahonda" hacia un "Más" que no es sino Él mismo. De ahí que vivir en profundidad, en la experiencia creyente, sea equivalente a vivir en Dios… y que no puede haber "vida en Dios" si no hay vida humana en profundidad.
En el estadio de conciencia mental-egoico, en el que nos encontramos, podemos abrirnos a Dios como la Fuente que nos hace ser en permanencia, el Amor que nos constituye, el Impulso que nos mueve a ser coherentes con lo mejor de nosotros mismos, el Padre que nos crea a su imagen…
En ese estadio, que nos es el habitual, nuestra conciencia es eminentemente relacional. Desde ahí, por tanto, la oración reviste también una forma relacional. El creyente se dirige a Dios con toda su persona, desde el pensamiento y el afecto, buscando ahondar en una experiencia "personal" cada vez más profunda. La razón es obvia: mientras haya un "yo", Dios será percibido como un "Tú". Como decía Ramana Maharshi, "la adoración sin forma sólo son capaces de hacerla las personas que carecen de la forma del ego". Aunque añadía: "que sepas que toda la adoración que hace la gente que tiene forma del ego, no es más que una adoración de la forma".
Ante el horizonte transpersonal
Como siempre ocurre, mientras estamos identificados con algo, somos absolutamente incapaces de cuestionarlo. A nivel psicológico, lo expresa el ya citado principio de Assagioli: "Estamos dominados por aquello con lo que nos identificamos, pero dominamos aquello con lo que no nos identificamos". Mientras una persona permanece en el estadio mítico, no puede ponerlo en cuestión; será únicamente cuando se vaya abriendo camino la conciencia racional, cuando podrá tomar distancia y, desde ella, integrar su conocimiento anterior en un nuevo marco.
Subrayo la palabra "integrar" para dar a entender que, en el proceso evolutivo, no se trata de negar ni desdeñar nada. Todo queda integrado, incluido, a la vez que trascendido, en el nivel superior.
Eso mismo vale para entender el modo como planteamos la cuestión de "Dios". De la misma manera que, en un nivel de conciencia mágico, es absolutamente imposible no pensar en un Dios-mago, y parece una blasfemia hablar de la autonomía de lo real, así también, en nuestro nivel de conciencia racional y "relacional", puede sonar a herético referirse a Dios sin nombrarlo como un "Tú".
Y, sin embargo, del mismo modo que todo el andamiaje mítico comienza a desmoronarse en cuanto empieza a hacer su aparición la conciencia racional, del mismo modo, y una vez más, todo el andamiaje "racional" empieza a mostrar sus grietas, a la luz del horizonte transpersonal que se insinúa. Y una vez que empiezan las grietas, ya nada será igual; una vez perdida la ingenuidad, es inútil intentar recuperarla.
Esto, de entrada, no es agradable. Nuestras "seguridades" adquiridas parecen tambalearse. Empezamos a ver las grietas de nuestro viejo edificio, pero todavía no alcanzamos a percibir los cimientos del nuevo. Nos sentimos tan mal como aquel estudiante al que, cuando creía conocer las respuestas, le cambiaron las preguntas. La tentación inmovilista o de atrincheramiento, con sus secuelas de dogmatismo, fundamentalismo e intransigencia, llega a ser muy fuerte. Aparecen los "salvadores" de la verdad "pura" (que no es, evidentemente, sino la lectura que se había hecho desde el nivel de conciencia anterior).
Ya, a partir de la Modernidad, se había modificado nuestro "marco de comprensión", y ello nos estaba exigiendo "re-traducir" la fe en esta nueva cultura. Como es obvio, esto es imposible desde un planteamiento dogmático y absolutista que se aferra a las "formas", como realidades incuestionables. Necesitamos despojarnos de cualquier arrogancia para confesar que nuestro acercamiento a la verdad siempre es situado, es decir, relacional y, por tanto, relativo.
Pero, todavía enfrascados en los debates que surgen con la Modernidad ilustrada, y sin haber vivido un diálogo en profundidad con ella (al menos desde las instancias jerárquicas de la institución religiosa), empieza a abrirse camino la post-modernidad y, con ella, el declive del "yo racional" o incluso la "deconstrucción" del yo y, con todas las ambigüedades que se quiera, el umbral de lo transpersonal.
Por lo que se refiere a nuestro tema, el Dios intervencionista, alejado en su cielo, propio del pensamiento mítico, había dado paso al Dios "personalista" del pensamiento racional-egoico. Desde el nuevo horizonte, esas imágenes caen, en cuanto empezamos a ser conscientes de que los conceptos, las ideas, las imágenes de Dios… no son Dios, sino justamente nuestros conceptos, ideas o imágenes de Dios. Por tanto, Dios, estando siempre más allá de cualquier categoría, se halla también "más allá" (más acá) de las categorías de lo "personal" y de lo "impersonal". Como era de esperar, en esta nueva conciencia, empezamos a hablar de Dios en clave… transpersonal.
Sin embargo, todavía se mantiene en el imaginario colectivo la idea o imagen de un dios separado, que choca contra la más mínima razonabilidad. Hace años, Karl Rahner lo expresaba de este modo: "Dios no es "algo" al lado de otras cosas, algo que pudiera integrarse en un mismo sistema homogéneo con esas otras cosas. Cuando decimos "Dios" nos referimos a la Totalidad, pero no como una suma posterior de unos fenómenos que nosotros vamos investigando, sino como aquella Totalidad que no podemos captar, aferrar ni decir, porque se encuentra detrás, delante y encima de todo, aquella Totalidad a la que pertenecemos nosotros mismos, lo mismo que nuestro conocimiento experimental... Dios significa el Misterio silencioso, absoluto, incondicionado, incomprensible".
Y por aquí es por donde empiezan a apreciarse las "grietas" a las que me refería más arriba. Nuestra mente, nuestros conceptos, nuestro lenguaje, no pueden nombrar a Dios ajustadamente. Porque el pensamiento únicamente puede funcionar diferenciando. Y, al diferenciar, fracciona la realidad y, simultáneamente, la objetiva y la delimita. Es decir, lo nombrado, por el hecho mismo de ser nombrado, queda objetivado, es reducido a objeto.
Al definir algo -incluso en el simple hecho de pensarlo-, lo que es la negación de la definición queda apartado. En concreto, por lo que se refiere ahora a nuestro tema, al nombrar "Dios", dejamos fuera todo lo que no es Dios. Pero, ¿cómo podría haber algo fuera de Dios? ¿O qué Dios sería aquel que no "incluyera" todo lo que es? El pensamiento, nuestro yo, no encuentra mayores dificultades en pensar lo Infinito como una realidad separada de "lo finito", pero ¿qué Infinito sería aquel que no incluyera absolutamente todo lo que es, también lo finito? En un esquema elemental:

Ahí queda representada la trampa en la que puede incurrir nuestra mente: ¿cómo podría estar lo finito fuera de lo In-finito? Pero en ella ha incurrido habitualmente el pensamiento religioso, al pensar a Dios como una realidad separada, con las graves consecuencias que se derivan de ello. En efecto, en cuanto se "objetiva" a Dios nombrándolo como un Ser separado, se hacen inevitables una serie de reacciones que amenazan o incluso imposibilitan la vivencia limpia de la auténtica dimensión espiritual. Me refiero al dualismo, con el consiguiente conflicto de "intereses", y sentimientos -generalmente inconscientes- de rivalidad, alienación, resentimiento…
Todo ello nace de la "objetivación" de Dios por parte de nuestra mente, absolutamente incapaz de pensar en Él sin objetivarlo. Porque, si bien esa forma de pensarlo es característica de un estado de conciencia mítico, se mantendrá mientras sigamos identificados con el pensamiento, ya que éste únicamente puede operar fraccionando, separando la realidad. Y sin embargo, apenas nos detenemos, caemos en la cuenta de que el Infinito debe incluir necesariamente lo finito, identificándose con Lo Que Es. Infinito es I-limitado, sin-fronteras, sin-costuras, omni-inclusivo, omni-abarcante.
¿Qué es lo que ocurre? Algo muy simple. El pensamiento sólo puede pensar en "uno" o en "dos", pero es incapaz de percibir el "no-dos". Y, sin embargo, la No-dualidad, que el pensamiento es absolutamente incapaz de atrapar, resulta el modo menos inadecuado para dar razón de lo real. Referido a la cuestión religiosa, esto explica que, desde el pensamiento, únicamente existan dos opciones: una creencia dualista, cada vez más puesta en cuestión desde una reflexión crítica, o un ateísmo monista, encerrado en sí mismo. Se repite la inevitable aporía del pensamiento: "o dos o uno". En realidad, ambas posturas permanecen cautivas de la inevitable estrechez mental.
Veámoslo todavía desde otro ángulo. Toda definición limita…, porque delimita. Lo que nombro, por tanto, no es más que un objeto de mi mente. Por eso no sabemos hablar de lo I-limitado, del No-límite. Porque el lenguaje en sí mismo ya es un límite. ¿Cómo hablar con estructuras definidas para referirnos a "algo-alguien" que no es una estructura definida? No queda otro camino que hablar y contradecirlo, para que la mente no logre crear una forma que será asociada a la propia historia. Al hablar y contradecirlo, la mente queda en sorpresa, incapaz de "apresar" lo nombrado y, por tanto, incapaz de objetivarlo y reducirlo.
De ahí que siempre se haya enseñado que, cuando hacemos una afirmación sobre Dios, debe ir acompañada de una negación. Todo lo que digamos de Él no puede ser Él. Y ahí nos toca saltar a la paradoja, porque Él, a la vez, es y no-es lo que podemos decir sobre Él. Un lenguaje no paradójico nos obliga a permanecer en un modelo sujeto-objeto, como diferentes; en un modelo objetivador y, por tanto, diferenciado. Pero Dios no es ni eso, ni eso otro, neti, neti, aunque está en todo ello. Estando en todo, no es algo. Porque si fuese algo, habría necesariamente algo que lo delimitaría como tal. Por tanto, como no puede nombrarse como algo, es innombrable. Y, sin embargo, es la base para que la palabra exista.
Los místicos de toda tradición lo han expresado con rotundidad: "El Tao que se puede conocer no es el verdadero Tao", "el Tao del que se puede hablar no es el verdadero Tao", "el que conoce el Tao, no conoce el verdadero Tao" (Tao te Ching). "Tú, ante quien todas las palabras retroceden" (Shankara). Y en la propia tradición cristiana, encontramos afirmaciones similares: "Entonces sólo hay verdad en lo que sabemos respecto a Dios cuando llegamos a sentir que no podemos saber nada respecto de Él" (san Gregorio); "si crees comprender a Dios, eso no es Dios"; o "Dios es un círculo cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna" (san Agustín); "nescio, nescio" ("no sé, no sé") (san Bernardo); "de Dios no sabemos lo que es, sino lo que no es" (santo Tomás); "Dios debe ser amado no como Dios, ni como espíritu, ni como persona, ni como imagen, sino sólo ser amado como Él es, un simple y puro Único absoluto, apartado de todo dualismo, y en quien debemos sumirnos eternamente pasando de la nada a la nada"; por eso, "le ruego a Dios que me libre (vacíe) de Dios" (Eckhart); "allí donde todas las cosas son uno, no puede haber ningún nombre apropiado" (Nicolás de Cusa); "¡no esto, ni esto! Yo blasfemo" (santa Ángela de Foligno); "un caso de contradicciones, ambas verdaderas. Dios existe. Dios no existe. ¿Dónde está el problema? Estoy segura de que Dios existe en el sentido de que estoy segura de que mi amor no es una ilusión. Estoy segura de que Dios no existe en el sentido de que estoy segura de que no hay nada que se parezca a lo que yo concibo cuando digo esa palabra" (S. Weil).
¿Qué nos muestran todas estas "grietas"? Que el tipo de percepción habitual -toda percepción que nace del pensamiento- es inevitablemente una percepción diferenciada. Porque el pensamiento no puede operar sino separando, diferenciando, fraccionando la realidad. Y ello es así, porque el pensamiento funciona a partir de la dualidad entre el observador y lo observado. Desde ahí, lo que se percibe siempre es parte, parte de otra cosa; siempre se perciben fracciones, necesariamente delimitadas.
Sin embargo, hay otro modelo de percepción, basado en la simultaneidad de la parte y el todo. Es lo que ocurre en los hologramas: la información del todo está en las partes (como ocurre en el cuerpo). En una fotografía holográfica, cualquier parte de un objeto contiene la información de todo él, porque, en ella, cualquier parte contiene el todo. Ese otro modelo no diferenciado es aquél en el que el observador y lo observado se perciben como no-diferentes. Es un modelo que va más allá del pensamiento. Y al que únicamente podemos acceder en el presente. Porque en el presente no hay un "yo" que se apropie de la experiencia ni que fraccione la realidad. Y cuando el yo se diluye, cuando no pensamos la realidad -cuando no le sobreimponemos nuestros recuerdos-, ella se nos muestra como no diferenciada. Sigue habiendo observador y observado, pero se perciben como no diferentes, formando parte de un Todo.
¿A qué conclusión nos lleva todo esto? A algo que, desde la nueva perspectiva, nos aparece como sumamente evidente, hasta el punto de preguntarnos cómo no lo habíamos visto antes. La conclusión es ésta: fuera del presente, no hay Dios; sólo conceptos de Dios. Por eso, puede decirse que el que busca a Dios, nunca lo encontrará, porque parte de la base errónea de que Dios está en "otro lugar" o en "otro tiempo": encontramos a Dios sencillamente cuando "caemos en la cuenta" de que estamos en Él y que nunca podremos no-estar en Él; algo parecido a lo que ocurre en el espacio: no se ve, pero lo ocupa todo; no nos damos cuenta, pero no podemos no-estar en él. O con el vacío. Porque el Vacío, tal como han sabido siempre los místicos, y ahora empieza a afirmar la misma astrofísica, no es "nada", sino justamente el origen de todo. El Vacío es lo eterno, y fue la explosión de una pequeña parte del mismo la que dio origen al universo.
Por tanto, ¿quieres "encontrar" a Dios? Ve más allá de tus conceptos y de tus ideas "religiosas" o "agnósticas", busca, en todo momento, el Presente y permanece en Él. Presente es otro nombre de Dios. Y así podemos empezar a abrirnos a Dios como el Silencio que está detrás de todo lo que vemos, la Presencia en la que somos, el Amor que nos hace ser, y fuera del cual nunca estamos ni podemos estar.
Si Dios es Profundidad y Presente, las dificultades que encontramos para vivirnos en Dios no son otras que las que encontramos para vivirnos en esas dos dimensiones. Es una dificultad la visión chata, cerrada, de la realidad, que hace reducir lo real a lo mensurable y la vida a la banalidad del consumo de sensaciones; de este modo, se pierden las dimensiones más enriquecedoras, encerrándonos en los dos estados de conciencia más elementales, el sueño y el pensamiento. ¡Estamos, en realidad, "dormidos"! Otra dificultad es la de un "yo religioso" fuerte, que necesita controlar todo, incluso, de un modo inconsciente, a "Dios", del que hará, también inconscientemente, un ídolo personalizado. Ese yo religioso se resistirá a desaparecer. Y, sin embargo, mientras haya "yo", no hay "Dios": "Dios" y "yo" no pueden estar juntos. Es cierto que en el estado de conciencia de pensamiento, Dios siempre será percibido como un Tú, pero habrá de ser una percepción sin apego. Lo explicaré más delante.
La gran dificultad, con todo, es la resistencia a vivir el presente. En último término, no se trata únicamente de una falta de hábito o de habilidades, sino de la negativa, inconsciente, del propio "yo" a desaparecer. Esto explica también la resistencia a entrar en la práctica de lo que hace posible trascender el pensamiento: la meditación.
La meditación, camino sostenido hacia la Trascendencia
Vuelvo a remitir, de nuevo, al último capítulo, en el que abordaré más extensamente lo relacionado con la meditación. En este momento, pretendo sólo llamar la atención sobre el lugar central que ocupa la práctica meditativa para quien quiere vivirse en profundidad, en Dios. Y, por otra parte, plantear una cuestión que se ha insinuado más arriba: ¿Qué decir de la experiencia creyente que afirma que se puede mantener una relación personal con Dios?
En muchas tradiciones religiosas, ese tipo de oración ha sido y sigue siendo el más habitual. Y, en ella, hombres y mujeres han alcanzado las más altas cotas místicas: es el camino devocional-bhakti (tal como se entiende más en Oriente y es sublimemente practicado por los místicos sufíes) o afectivo (entendido en la línea de Bernardo o Teresa de Jesús).
Indudablemente, este modo de orar tiene una gran "ventaja": conecta bien con nuestro actual estado de conciencia, que es, sobre todo, relacional. Sin embargo, no es menos cierto que conlleva un gran riesgo: la "objetivación" de Dios y el dualismo consecuente, en menor o mayor intensidad. En efecto, la objetivación hace de Dios un ídolo, generalmente al propio servicio; y el dualismo genera una religiosidad enferma y peligrosa.
Si conjugamos ventajas y riesgos, quizás el modo menos inadecuado de vivir ese tipo de oración sería vivirla "sin apego". ¿Qué significa? En primer lugar, ser conscientes de que se trata de una forma "provisional"; la realidad va "más allá" de lo relacional. Por otro lado, ser conscientes de que lo vivimos de ese modo, debido a nuestro estado actual de conciencia, es decir, a la conciencia que tenemos de nosotros mismos como "yo" separado. Eso significa, que en esa "relación", lo "no-real" no es Dios, sino nuestro "yo" en cuanto sensación de identidad separada.
En esa forma de orar, es ese "yo" el que "entra en relación", "descansa" en el Absoluto que anhela, en Dios. Un entrar en relación que hay que entenderlo fundamentalmente como "entregarse" ("con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, con todo el ser"). Y una entrega de tal calidad que, al final, sólo hay entrega, todo es entrega: el mismo "yo" desaparece en ella.
Progresivamente, el creyente se va entregando a Dios -la entrega constituye precisamente la característica más importante de la relación religiosa-, hasta que Él es el Centro en la experiencia del creyente, mientras que el "yo" se va diluyendo. Y así es como se entiende la insistencia de los grandes místicos, empezando por el propio Jesús, en "negar el yo". Y que, de modo magistral, expresa san Juan de la Cruz: "Y cuando viniere a quedar resuelto en nada, que será la suma humildad, quedará hecha la unión espiritual entre el alma y Dios, que es el mayor y más alto estado a que en esta vida se puede llegar. No consiste, pues, en recreaciones y gustos, y sentimientos espirituales, sino en una viva muerte de cruz sensitiva y espiritual, esto es, interior y exterior" (2S 7,11). A mi modo de ver, no puede expresarse mejor lo que significa vivir una relación con Dios "sin apego". En ella, no se niega el yo por ningún tipo de dolorismo, sino por la sencilla razón de que no tiene consistencia propia. Por eso, el místico insiste en negarlo, porque ha experimentado una identidad nueva. Como puede apreciarse, no es sino otro camino para llegar a la misma verdad, a la misma meta, la no-dualidad.
Ram Dass lo ha expresado de este modo: "Hay dos caminos, uno de ellos consiste en expandir tu ego hasta el infinito y el segundo en reducirlo a la nada; el primero es una vía de conocimiento mientras que el segundo, por el contrario, es una vía devocional. Un Jnani (sabio) dice: "Yo soy Dios, la Verdad universal". Un Devoto, por su parte, dice: "Yo no soy nada ¡Oh Dios! Tú lo eres todo". En ambos casos desaparece la sensación de identidad separada".
Y el Maestro Eckhart lo expresaba de un modo que podría haber inspirado al propio san Juan de la Cruz: "Nadie conoce mejor a Dios que aquellos que están completamente muertos". Se está refiriendo, obviamente, a la ausencia de sensación de identidad separada. Para concluir con la sabiduría de quien ha experimentado: "Le pido a Dios que me vacíe de Dios".
De un modo más amplio, ¿puede afirmarse de Dios ambas cosas a la vez?, ¿que sea una Realidad personal y transpersonal simultáneamente? Es en el mismo interrogante donde radica el problema, porque una tal pregunta olvida la distancia a la que se hallan nuestras mentes de Dios; por lo que, esa disyuntiva no habla tanto de Dios cuanto de la limitación de nuestra mente. Ésta podrá ayudarnos a desenmascarar la engañosa e infundada pretensión absolutista de una determinada afirmación, pero será constitutivamente incapaz de llegar a expresar ajustadamente lo que, para ella, es absolutamente In-expresable.
¿Qué nos queda? La humildad de nuestro esfuerzo compartido y dialogado, siempre dispuesto a dejarse cuestionar. Y la búsqueda de una experiencia y certidumbre que vaya más allá de lo mental.
Desde esas actitudes, podremos compartir el dicho sufí: "La verdad es una, los sabios la llaman de distintas maneras". Y comprender "internamente" el testimonio de Ramakrishna, uno de los mayores santos del hinduismo, en el siglo XIX, que buscó a Dios a través de las prácticas de varias religiones: "Se me reveló el mismo Dios, ya encarnado en Cristo, ya hablando a través del profeta Mahoma, ya como Visnú el Conservador o Siva el Consumador… En realidad uno puede llegar a Dios si sigue cualquiera de los caminos con total devoción… Haz una reverencia y venera donde otros se arrodillan, porque donde tantos han pagado tributo de veneración, el buen Señor debe manifestarse, dado que es todo misericordia… Cada cual debería seguir su propia religión. Los pueblos dividen sus territorios por medio de fronteras, pero nadie puede dividir el vasto cielo que tenemos por encima. El cielo indivisible lo rodea todo y lo incluye todo. Y la gente que lo ignora dice: "Mi religión es la única, mi religión es la mejor". Pero cuando un corazón es iluminado por el verdadero conocimiento, sabe que por encima de todas estas guerras de sectas y sectarios, preside el ser indivisible, eterno, conocedor de todas las dichas".
Todos los místicos coinciden en una afirmación elemental: Siempre somos-en-El y no podemos ser ni estar fuera-de-Él…, pero nuestra mente no lo sabe ni puede saberlo. Porque, para nuestra mente, existe el "uno" o el "dos", pero no puede saber lo que es el No-dos. Ésta es nuestra tragedia: Somos Unidad, pero, como no lo sabemos, buscamos sustitutos -gratificaciones y compensaciones sustitutorias-. De hecho, podríamos leer toda nuestra vida como una historia de la búsqueda, por los caminos más insólitos, de la Unidad que somos, pero que ignoramos. Historia que, con frecuencia, y debido precisamente a esa ignorancia, suele desembocar en compensaciones estériles y dolorosas. Porque ésa es la gran contradicción que recorre toda la aventura humana. El yo anhela siempre la Unidad, pero la busca de forma que ciertamente se lo impide. Mientras no esté dispuesto a morir como sensación de identidad separada-independiente, lo que hará es buscar y conformarse con sustitutos de la Unidad perdida. Pues bien, orar-meditar implica la disposición a morir a nuestra sensación de identidad separada -a nuestro yo- para poder caer en la cuenta de que somos-en-El, para poder experimentar y vivir la Unidad Que Somos/Es.
En-Ti
El creyente se debate entre la intensidad del Anhelo y la pobreza de la palabra a la hora de expresarlo. Entre el atisbo de Lo que es, pleno y gozoso, y la "distancia" inevitable de la mente. Con todas las limitaciones de nuestra mente y de nuestro lenguaje, la búsqueda no cesa. De pronto, se nos regala…, se hace presente el sobrecogimiento, pero nos faltan palabras. Y, sin embargo, no podemos dejar de balbucearlo. ¿Cómo nombrarte?
Te llamo "Tú",
aunque eres más Yo que yo mismo.
Estoy en Ti,
pero cuando estoy en Ti, ya no soy yo.
Porque mientras soy yo
no puedo estar en Ti.
Mi yo te busca con pasión,
porque necesita un Tú que lo complete;
porque, en su conocimiento tan limitado,
busca a tientas la Verdad que se le escapa;
porque, aun en la oscuridad de su estado,
intuye la Luz que se le niega.
Y está bien:
así te busca como Tú, como Verdad y como Luz.
Pero queda insatisfecho
porque, en su agudeza,
se pregunta si no estará proyectando;
y porque, en su separación,
ve la Unidad imposible.
Lo que no imagina, pequeño yo,
es que él mismo no es sino una construcción mental,
una "forma" de ver, de conocer, de relacionarse.
Y en cuanto forma relacional -relativa-
tiene necesidad de relación,
necesidad de un Tú, necesidad de Ti,
el Sin-Forma, el Más-allá de toda forma,
lo I-limitado y Absoluto,
que todo lo llenas y en todo te manifiestas;
la Fuente original y el Movimiento de la vida.
Y ha sido esa necesidad, esa intuición,
la que ha llevado a mi pequeño yo
a buscarte desde siempre,
sin cejar en el empeño;
a hablarte desde la alabanza y la gratitud,
desde la necesidad y el sufrimiento.
Ha sido mi pequeño yo el que,
a partir de su lectura del mensaje de Jesús,
te ha llamado Padre
y te ha vivido como Amigo,
"Dios, Amigo de la Vida".
Y no andaba desencaminado,
pequeño yo, buscador infatigable:
el Fondo de la Vida es Amistad
porque es Comunión y Unidad.
Pero algo ocurrió un día:
el pequeño yo descubrió su desnudez;
lo que él había considerado como su identidad
no era sino una "forma" de verse;
el "yo" tomado como realidad consistente
mostró su inconsistencia.
Tal descubrimiento supuso una sacudida,
un maremoto que amenazaba
todas las certezas anteriores.
Y algo de eso ocurrió,
porque hizo inevitable una re-lectura
de todo lo previamente "adquirido".
Sin embargo, con la nueva experiencia,
nada valioso se perdió.
Muy al contrario,
se abría camino, ¡ahora sí!,
la Unidad que es.
Y, en el mismo proceso,
el pequeño yo era "negado",
creando un espacio inédito de libertad,
de amplitud y comunión.
Se me había dado descubrir algo elemental,
que ya dijo el mismo Jesús:
la negación del pequeño yo
-"negarse a sí mismo"-
es condición ineludible para abrirse a la verdadera identidad,
la Verdad no-dual,
la Identidad que es comunión.
Es verdad que el pequeño yo
sigue añorando sus antiguas formas,
incluida su forma de orar:
necesita de la relación,
necesita dirigirse a Ti como su Tú,
y llamarte "Padre" y "Amigo",
y eso le hace bien.
Pero, poco a poco,
está aprendiendo a hacerlo sin apego,
como el que sabe que se trata únicamente
de una forma transitoria,
como quien vive en un nivel de conciencia diferente.
Más allá de la palabra,
más allá de la imagen,
más allá del concepto,
más allá de la mente…,
¿cómo llamarte?,
¿cómo nombrarte?,
¿cómo agradecerte?,
¿cómo alabarte?,
¿cómo amarte?...
Me quedo en-Ti
en el Silencio,
en la Atención,
en el Presente.
En Ti,
que eres más Yo que yo mismo.
Me quedo en Ti,
porque ya no hay un "yo" enfrente,
porque no soy "yo".
En el momento en que abandono los conceptos,
se me abren los ojos:
"Tú" y "yo" somos, en realidad, no-dos.
Por eso, no eres un "Tú" para "mí".
Sencillamente, ES.
Todo es
lo Informe en la forma,
lo Absoluto en lo relativo,
lo Infinito en lo finito,
Unidad…,
Amor,
DIOS.
Para continuar
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Bibliografía
"Todos somos órganos de un mismo cuerpo" (Pseudo-Basilio, monje del s. IV).
"Estamos inventando una nueva forma de vida: un macroorganismo planetario que engloba el mundo viviente y los productos humanos, que también evoluciona y cuyas células seríamos nosotros" (H. Reeves).
Encerrados en la cápsula del "yo": narcisismo e individualismo
Nuestra cultura se caracteriza por una exacerbación del "yo": el estadio racional-mental-egoico, que hizo su aparición hace unos 2500 años, parece haber llegado a su apogeo y, por ello mismo, a su agotamiento; no da más de sí. Su gran aportación o contribución al desarrollo humano tendrá que ser integrada en un nuevo nivel de conciencia.
En la que podemos designar como cultura del yo, la realidad se percibe, ante todo, como fraccionada en múltiples objetos: las partes predominan sobre el todo. La conciencia egoica es, necesariamente, una conciencia fragmentada. Porque la mente únicamente puede operar a partir de la diferencia entre el observador y lo observado. Y, desde esa diferencia y distancia inicial, lo observado no es sino una multiplicidad indefinida de objetos, es decir, de partes, que predominan sobre el todo. Coherente con ello, en todos los niveles de este estadio mental, lo individual predominará sobre lo común. El propio sistema económico, característico de esa cultura, lo revela bien: el capitalismo no es sino egoísmo económico institucionalizado.
Por otro lado, en un sistema cultural global, todo resulta "coherente". Si a nivel amplio, se llega a una exacerbación del yo, a nivel individual ocurre exactamente lo mismo: psicológicamente, la persona se identifica de tal modo con su yo individual, que termina reduciéndose a él.
Tal estadio de la evolución humana encierra, indudablemente, una dimensión totalmente valiosa: la conciencia personal, emergida y afianzada tras etapas pre-personales.
Pero, paralelamente, implica riesgos graves: el individualismo engañoso y asfixiante y el narcisismo estéril y agotador. En efecto, la persona que se ha identificado con su yo tiene muy difícil superar la fase narcisista. Puede hacer de su propio bienestar el objetivo último de su vida, con lo que hará que todo gire en torno a sí misma. Los mismos recursos y bienes materiales los vivirá en función de su yo. Si a ello añadimos que la posesión -y, en concreto, el dinero, como expresión de la misma- se percibe como sinónimo de seguridad, puede explicarse que la persona, centrada en un yo absolutamente necesitado de seguridad afectiva, experimente la pulsión de acaparar y la resistencia a compartir.
Porque de eso se trata, a fin de cuentas: ¿para qué vive el yo? Un yo exacerbado y al mismo tiempo inseguro se aferrará compulsivamente a todo aquello que perciba como fuente de seguridad. No resulta extraño, por ello, que, según una encuesta reciente, los principales valores en USA sean los siguientes: ser atractivo, tener éxito y ser rico. Como puede apreciarse, los tres apuntan en una misma dirección: el sostenimiento del pequeño yo, que busca afirmarse por todos los medios.
La nuestra es una sociedad consumista: se consumen objetos innecesarios a través de la excitación del deseo. Y es una "sociedad de sensaciones", que no pospone la gratificación y que busca la satisfacción inmediata. Este consumo "distrae", entretiene y no deja espacio para otra cosa; se vive vertido hacia la superficialidad frívola, en un reduccionismo de lo humano que puede considerarse como la mayor lacra actual. Se crea un clima materialista que encierra a las personas dentro de un consumo de sensaciones y promete la novedad inacabable: por primera vez se ha creado un cuasi paraíso consumista que emula al Edén celestial (J.M. Mardones). Después de todo, quizás no sea todo ello sino un intento desesperado por no enfrentarse a la miseria de una vida superficial presuntamente feliz (G. Durand).
Alejados unos de otros: desigualdad e injusticia
Empecemos con algunos datos sobre nuestro mundo. Según una estimación realizada por el doctor Phillip Harter, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford, si consideramos a toda la población de la tierra como una aldea de sólo cien personas, ésta se asemejaría a lo siguiente: 57 de ellos serían asiáticos; 21 europeos; 14 americanos; 8 africanos; 30 blancos; 70 no blancos; 6 poseerían el 59 % de la riqueza del mundo (y los 6 serían estadounidenses); 80 vivirían en condiciones infrahumanas; 70 serían analfabetos; 50 sufrirían desnutrición; 1 tendría educación universitaria; 1 poseería ordenador.
Contamos también con datos recientes del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD): De los seis mil millones de personas que habitan hoy el planeta, 1.300 millones viven con menos de un dólar diario, y más de 2.000 millones con tan sólo un dólar diario. El 20 % de la población mundial consume el 93 % de todos los productos y servicios, mientras que el 20 % más pobre consume tan sólo el 1,4 %. Y el abismo entre unos y otros sigue creciendo, en lugar de reducirse: la diferencia entre el 20 % más rico y el 20 % más pobre del mundo pasó, del 30/1 en 1960, al 61/1 en 1991, y al 78/1 en 1999. Los 225 individuos más ricos del mundo, 60 de los cuales son norteamericanos, poseen entre todos una fortuna valorada en más de 1.000 billones de dólares, equivalente a la renta anual del 47 % de la población más pobre del mundo (unos 2.500 millones de personas). El costo para lograr y mantener el acceso de todos los humanos a la enseñanza básica, a la atención de salud, a una alimentación suficiente, agua limpia y saneamiento... se cifra aproximadamente en unos 44.000 millones de dólares/año, cantidad inferior al 4% de la riqueza combinada de esas 225 personas. 850 millones de personas pasan hambre sistemáticamente y un tercio de dichas personas mueren antes de cumplir los 40 años. 1/3 de la población carece de agua potable; dentro de 20 años, serán ya 2/3. El flujo de dinero del Norte hacia el Sur alcanzó, en 1990, la cifra de 54.000 millones de dólares, en forma de inversiones, préstamos y ayudas; en el mismo año, las transferencias del Sur al Norte fueron del orden de los 500.000 millones de dólares. Y sin embargo... el mundo gasta 850.000 millones de dólares en armamento. El 50 % de esa suma, lo gasta USA: su presupuesto militar para 2004 era de 440.000 millones de dólares. Según la ONU, el 10 % de ese presupuesto bastaría para asegurar lo esencial de la vida de todos los habitantes del mundo.
El Plan de Naciones Unidas para la erradicación de la pobreza, de enero de 2005, ofrece los siguientes datos aterradores: más de mil millones de personas intentan sobrevivir con menos de 1 dólar al día; 2.700 millones, con 2 dólares (¡casi la mitad de la población mundial!); 1.000 millones no tienen acceso al agua potable; 11 millones de niños mueren al año por malaria, diarrea o neumonía; 6 millones de niños mueren anualmente por malnutrición.
Por otro lado, según un estudio de la Scientific American, para que los otros cinco mil millones de personas vivieran del modo que lo hacen los mil millones más ricos del mundo, se necesitarían los recursos de cuatro planetas más. Y, de acuerdo con las conclusiones del Worldwatch Institute, en los 40 años que van de 1950 a 1990 se consumieron más bienes y más servicios que los consumidos por todas las generaciones anteriores en la historia de la humanidad.
Es decididamente obsceno que 497 personas monopolicen más recursos naturales que la mitad de la humanidad. ¿Por qué soportamos un sistema económico que permite que esto suceda? En el "Nuevo Desorden Mundial", la mitad de los recursos mundiales se concentran en 225 grandes fortunas, se da una exclusión social de un 40 % en los países del Sur, y de un 15 % en los países llamados ricos. Y es obvio que las diferencias, en lugar de menguar, se agudizan. En USA, en 1970, el 1 % de la población acaparaba el 21 % de la riqueza; en 1990, el 1 % acapara el 40 % de la misma. Otro tanto ocurre a nivel mundial.
La compulsión por la riqueza
El problema del hambre en el mundo no es un problema económico, sino ético. Si se perpetúa, se debe únicamente al hecho de que no hay voluntad política de terminar con él…, a pesar de que existen los medios. La ley del mercado es la ley de la selva, en la que se enfrentan, no del todo conscientemente, pequeños yoes más asustados y vacíos de lo que creen.
Toda compulsión nos habla de adicción, y toda adicción, de vacío afectivo. El vacío instalado en el psiquismo por la falta de respuesta a las necesidades fundamentales del niño exige, ansiosa y compulsivamente, algo que lo colme. Pero, como no puede ser colmado, en cuanto se trata de un vacío que no tiene fondo, la frustración va en aumento y, con ella, la ansiedad y la propia compulsión.
Aquel vacío, reconocido o no, se transforma en una "boca" voraz e insaciable, que nos lleva a ir por la vida en clave de voracidad, viendo la realidad como mero objeto susceptible de ser "devorado". La ansiedad que nos delata no es sino hambre afectiva, derivada del vacío previamente instalado. En este sentido, me resulta curioso el comportamiento de una de las más elementales formas de vida, una ameba, que vive todavía hoy, conocida como el dyctostelium, Se alimenta de bacterias. Si se la priva de alimento y agua, emite una hormona de ansiedad.
Puesto que todo vacío afectivo conlleva una secuela de inseguridad -no olvidemos que la seguridad es consecuencia del apego o afecto-, el sujeto puede proyectar en el tener, como en un espejismo, el hambre de seguridad que no puede esquivar. El dinero se convierte así en un "sustituto de la religión, un intento de encontrar a Dios en las cosas" (N. Brown), "nuevo símbolo de la inmortalidad" (E. Becker); aumentar nuestro estándar de vida ha llegado a ser algo tan compulsivo para nosotros porque funciona como sustituto de los valores religiosos tradicionales: es una especie de nueva religión secular. Pero, como ocurre en toda adicción, nunca encontrará un techo; la propia adicción le exigirá dosis cada vez mayores.
Un vacío de este tipo requerirá un trabajo psicológico que pueda ir a la raíz de la carencia. Pero no es éste el único vacío que genera ansiedad. Si éste era producto de nuestra historia psicológica, existe aún otro vacío, mucho más radical, un vacío que podemos llamar "esencial", porque afecta precisamente a la constitución misma de nuestra propia identidad como "yo".

En un trabajo sumamente interesante, cuyo título recojo al final de este capítulo, David Loy, profesor de filosofía y maestro zen, nos ofrece unas pistas valiosas para identificar y describir este otro tipo de vacío, que he llamado "esencial". Según él, el deseo sin fondo, que percibimos como carencia en nuestra vida, se debe al hecho de que nuestro sentido del yo es un constructo que no puede hallar fundamento.
Trataré de decirlo con palabras sencillas. Hay un vacío afectivo que nace de una soledad reiterada o, más ampliamente, de una carencia de amor en los primeros momentos de nuestra existencia. Si éste llega a curarse, la persona podrá experimentarse a sí misma como más "integrada", más autónoma y más feliz. La antigua sensación de vacío psicológico habrá dado paso a otra de más vitalidad y plenitud. Pero, mientras la persona se perciba a sí misma como "yo", es decir, como "identidad separada", no podrá resolver el vacío más radical.
La razón es clara: dado que el yo no existe, su contenido real es vacío. De ahí que, cada vez que quiera referirme a él, identificarme con y como él, lo único que encontraré será vacío. Y un vacío sin solución… hasta que no descubra la falsedad de tal identificación y me abra a la identidad verdadera. Todo ello explica que, a mayor intento para asegurar y fortalecer el yo, más frustración e insatisfacción. Ésta es nuestra tragedia: un yo inexistente se empeña en ser protagonista.
La clave radica en el hecho de que el yo, careciendo de consistencia propia, se niega a reconocerlo. Por eso, en realidad, el problema no consiste en que el yo sea irreal, sino en que se empeña en hacerse real de distintos modos, aunque ninguno de ellos funcione. En tanto pretenda afirmarme a mí mismo como "yo", sufriré y crearé sufrimiento, porque estoy embarcado en un imposible: me aferro a algo que no existe. Todos los intentos quedarán irremediablemente frustrados. Y como es imposible afirmar el propio "yo" en sí mismo, recurriré a afirmarlo a través de objetos sustitutorios. Tarea inútil: mientras nos empeñemos en compensar la falta de fundamento del yo, habrá sufrimiento.
Podemos comprobarlo de un modo palpable en el consumismo. El problema fundamental del consumismo es la ilusión de que consumir es la manera de llegar a ser feliz; y aquí vemos la ironía final de nuestra adicción al consumo: según un informe reciente, el porcentaje de norteamericanos que se consideraban felices tocó techo en 1957, a pesar del hecho de que el consumo por persona se ha más que duplicado desde entonces; no obstante, la cantidad de dinero que la gente cree que necesita para ser feliz, se ha doblado. Es decir, una vez nos definimos como consumidores, nunca podemos tener suficiente, pues el consumismo nunca puede darnos realmente lo que queremos de él. Le estoy pidiendo, ¡nada menos!, que me haga sentir como un "yo" consistente por sí mismo. La frustración está servida. Por eso, siempre es lo próximo que compraremos lo que nos hará felices; y así damos por supuesto que nunca se puede tener demasiado dinero.
Si frente al vacío afectivo, podemos recurrir al trabajo psicológico-terapéutico, frente a este "vacío esencial", necesitamos los recursos que nos ofrece la psicología transpersonal y la espiritualidad.
En la tradición cristiana, nos aparecen las palabras sabias de Jesús, que hablan de "negarse a sí mismo", como condición para vivir. Tantas veces mal interpretadas desde una clave sacrificial y dolorista, constituyen, sin embargo, una lúcida llamada a despertar, cayendo en la cuenta de que ese "yo" que nos tiraniza no tiene en realidad fundamento. Y que intentar fundamentarlo es, por tanto, una tarea inútil y vacía. Sólo descubriendo su falsedad, en cuanto inconsistencia, podremos abrirnos a otra nueva identidad; sólo muriendo a él, podremos empezar a vivir.
El budismo, por su parte, nos dice que la felicidad no puede obtenerse satisfaciendo el deseo, pues nuestra sed no tiene fin. La felicidad sólo puede alcanzarse transformando el deseo. La sed básica se manifiesta organizada en torno a lo que se conoce como las tres raíces del mal o los tres venenos: codicia, odio e ilusión (que habría que transformar en sus contrapartes positivas: generosidad, compasión y sabiduría).
Por otro lado, el sentido de dualidad entre nosotros y el mundo alimenta nuestra inseguridad y, por tanto, nuestra preocupación por la riqueza y el poder. Frente a esa ilusión del yo, se trata de darse cuenta de nuestra no-dualidad con el mundo -lo cual es sabiduría- y actualizarla en el modo de vivir, -lo cual es amor-.
La iluminación consistirá en caer en la cuenta de que no necesito fundamentarme a mí mismo porque siempre he estado fundamentado; no como un ego separado, encapsulado en la piel en algún lugar detrás de mis ojos o entre mis oídos y mirando al mundo, pues nunca ha existido tal yo. Mi verdadera naturaleza es sin-forma, y no hay nada que lograrse porque nada ha faltado nunca. Cuando esto se experimenta, empieza el reino de la libertad y de la comunión, aquello que Jesús denominaba "Reino de Dios".
Si nuestra tragedia consiste en el protagonismo que se arroga un yo inexistente (¡y cuánto sufrimiento puede llegar a generar esa arrogancia!), nuestra liberación vendrá de la mano de experimentar nuestra verdadera identidad de no-diferencia con lo Real, de no-dualidad con Lo Que Es. Al establecernos en ella, desaparece el yo y desaparece el vacío, dejamos de aferrarnos a lo que ni existe y ganamos libertad y comunión.
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el verdadero caminoprim | 2007-01-31 22:54:18
Con todo respeto, me pareció una muy buena auto critica sobre las actitudes y responsabilidades que asumimos o no en la vida; sin duda que el temor a lo no conocido nos hace ser participes de aceptar los moldes preestablecidos en una sociedad consumista. Los puntos que tu tocas al pasar, son parte o tendrían que ser parte fundamental en la labor de la convivencia cotidiana, como poder evadirse de una obligación tal como es la preocupación por el ser humano que se encuentra en franca decadencia. Sin embargo damos la espalda o preferimos dejar ese acto a quienes nos parecen mas apropiados según su posición social. Tienes razón al decir que nos quedamos con lo malo conocido que lo bueno por conocer. Y eso también forma parte de un molde preestablecido, lo primero seria conocer el verdadero camino que cristo puso delante nuestro y pedirle a el que nos guié. Cuantas veces decimos que existe y cuantas veces le negamos con nuestros actos. "Las cartas de Pablo a los romanos", allí encontramos que el apóstol nos habla de que es la fe Y la fe nos dice es creer en lo que no se ve. Yo le aseguro que cuando usted cree en lo que no se ve (realmente comienza a ver). Muchas gracias y que dios le bendiga muy ricamente, Víctor Hugo Mendez.
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