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El pensamiento dualista que lleva a la crispación y al enfrentamiento
Ese mismo "yo" que carece de fundamento en sí mismo ve al otro como un ser separado. Y dado que la mente no puede operar si no es fraccionando la realidad, el pensamiento dualista es inevitable y, con él, la dicotomía del "o yo o tú", "o nosotros o ellos"; dicotomía insuperable mientras permanezcamos en el pensamiento, porque, como decía en el capítulo anterior, la mente crea necesariamente una pantalla opaca entre tú y tú y entre tú y los otros; dicotomía, además, que encierra un potencial sumamente peligroso.
En la política contemporánea, "corren buenos tiempos" -como canta Serrat- para el pensamiento dicotómico, en el que toda la realidad se contempla en clave de "blanco o negro": lo propio es siempre bueno; lo del otro, es absolutamente malo. No es extraño que con este tipo de pensamiento se acabe en la crispación o en el enfrentamiento militar.
La psicología profunda nos enseña que toda dicotomía simplista entre el bien y el mal no es sino un reflejo del mecanismo psicológico de la sombra (colectiva). Y, tal como ejemplifica el propio D. Loy, Al Qaeda y la Administración Bush no son sino dos versiones diferentes la misma guerra santa entre el bien y el mal: ambos comparten la misma interpretación del bien y del mal, un modo de pensar en blanco-y-negro que no hace sino aumentar el sufrimiento y el mal en el mundo. No deberíamos olvidar que una de las causas principales del mal en este mundo ha sido el intento humano de erradicar el mal.
Al actuar de ese modo, olvidamos que, en realidad, la lucha tiene lugar en el interior de cada uno de nosotros. Por eso, sólo el reconocimiento de "el otro" como un igual y el desarrollo de una relación de mutuo enriquecimiento podrá ser la solución. Todos los sabios han transmitido esta lección: "En este mundo jamás el odio ha disipado el odio; sólo el amor puede disipar el odio: ésta es la antigua ley", enseñaba el Buda. "No devolváis mal por mal", recomendaba Jesús.
Y D. Loy termina con una anécdota entrañable: Un anciano americano estaba hablando con su nieto tras la tragedia del 11 de septiembre y le decía: "Siento como si tuviese dos lobos combatiendo en mi corazón. Un lobo es vengativo, iracundo y violento. El otro lobo es amoroso, capaz de perdón y compasivo". El nieto preguntó: "¿Qué lobo ganará la batalla en tu corazón?". El abuelo respondió: "Aquel a quien yo alimente"… Pero el primer paso requerirá -como decía J. Vanier, el fundador de El Arca- "descubrir el lobo que todos llevamos dentro".
Hacia una nueva conciencia
Ante un mundo injusto y fracturado, ante realidades cotidianas que afectan a millones de seres humanos, víctimas de la avaricia y la prepotencia de otros, podríamos empezar por una primera toma de conciencia: ¿cuál es nuestra "sensibilidad humana" frente a la injusticia y al sufrimiento? Ante los hechos recientes de la avalancha de inmigrantes subsaharianos a la valla de Ceuta y Melilla, escuchaba dos respuestas diametralmente opuestas. Una de ellas argüía: "Nos van a invadir; ¿por qué no acaban con eso?"; la otra: "Cuánto dolor habrá dejado atrás esta gente para poner toda su esperanza en una valla en la que pueden dejarse la vida".
Pero no es suficiente con despertar la propia sensibilidad; necesitamos desarrollar un espíritu crítico frente a nuestro propio sistema, desde una comprensión lúcida del ser humano. Sin la sabiduría de la autolimitación, no quedaremos satisfechos ni siquiera cuando todos los recursos de la biosfera se hayan agotado. Debemos reconocer que el capitalismo (el neoliberalismo) no es ni natural ni inevitable. La comprensión económica neoliberal de lo que es la felicidad y cómo lograrla no es más que una visión entre muchas. ¿No es una forma de imperialismo cultural presuponer que el mundo "desarrollado", que asume la cultura del dinero, sabe más acerca del bienestar humano que las sociedades "no-desarrolladas"? ¿Quién tiene necesidad de convertirse en "consumidor compulsivo" antes de que nadie le despierte esa "necesidad" por imperativos del mercado y con los engaños de la publicidad, que sabe "enganchar" con la sed sin fondo que todo ser humano es? Si las sociedades tradicionales tienen sus propios criterios de carencia y bien-estar, imponer criterios ajenos es una forma de imperialismo intelectual.
No hace mucho, un amigo chileno me contaba que, cuando fue a visitar a algunos parientes aymaras, de los pocos indios que quedan en el norte de Chile, se apresuraron a decirle: "Por favor, no nos impongas tu idea europea de felicidad".
Frente a una sociedad tan desigual, fruto y origen de injusticia; frente a una sociedad consumista, que genera toda una mentalidad de "usar y tirar", y que tiende a reducir a las personas a meros consumidores, vemos la urgencia de avanzar hacia una nueva conciencia. No es suficiente, aunque sea necesaria, la insistencia ética en vivir una austeridad solidaria.
Tampoco es suficiente, aunque sea también igualmente necesaria, la toma de conciencia del engaño psicológico que supone la identificación de la posesión con la seguridad afectiva o el intento de compensar el vacío afectivo con la acumulación de bienes materiales. Sin esa lucidez, convertimos nuestro vacío en voracidad, pulsión de apropiación, y quedamos estancados en la fase oral, como una inmensa boca que percibe toda la realidad como objeto de succión. Pero, como digo, no es suficiente. Necesitamos pasar de vivir -en el mejor de los casos- la solidaridad, discreta y momentánea, a vivir en solidaridad.
Necesitamos ir más allá, favorecer el paso hacia una nueva conciencia (transpersonal, transegoica, integral), gracias a la cual nos aproximemos a nuestra verdad radical, aquella verdad que siempre han percibido los que se han adentrado en aquel estado de conciencia. En él se descubre, como escribía en el siglo IV, el monje pseudo Basilio, que "todos somos órganos de un mismo cuerpo".
Incluso desde el ángulo de la ciencia, se afirma que "estamos inventando una nueva forma de vida: un macroorganismo planetario que engloba el mundo viviente y los productos humanos, que también evoluciona y cuyas células seríamos nosotros".
En ese nuevo estado de conciencia, al que accedemos por la meditación, el Todo predomina sobre las partes y el otro, cualquier otro, es percibido como lo que es en realidad: no-diferente de mí. Sólo esta nueva conciencia hará posible una nueva ética. Nuestro problema básico no es técnico ni económico, sino espiritual.
Porque la solidaridad no es, en primer lugar, un imperativo moral que haya de conseguirse a golpe de puños. Requiere, ciertamente, voluntad, esfuerzo y capacidad de renuncia. Pero requiere, sobre todo, crecer en una nueva conciencia, la conciencia de la Unidad, en la que la fraternidad se experimenta espontáneamente. Ni el niño, ni el adolescente, ni el adulto que permanece anclado en una conciencia mágica, mítica o racional, pueden vivir la solidaridad. Como mucho, reducirán el amor y a la fraternidad a un "mandamiento" que cumplir, en lugar de descubrirlo como la realidad que es. Pues, tal como ha escrito Ana Mª González Garza, el amor no es un sentimiento, sino un atributo en sí de la conciencia, que solamente puede ser experimentado con madurez y esencia cuando se ha despertado a la unidad. Volvamos a la imagen del organismo: los dedos pueden verse a sí mismos como dedos o pueden verse como cuerpo. Del mismo modo, la persona puede percibirse como un ser separado -con las secuelas de egocentrismo, soledad, miedo, ansiedad- o como Conciencia unitaria, en una percepción no-dual de Lo Que Es.
Tiene toda la razón Jesús cuando dice que cualquier cosa que hagamos a los demás se la hacemos a él (Mt 25, 40). Y se la hacemos a Dios y nos la hacemos a nosotros mismos. Jesús hablaba desde esa nueva conciencia donde "El Padre y yo somos uno" (Jn 10, 30). Porque cuando no hay "yo", se es la realidad entera. Sin duda, Jesús vio a todas las personas como a sí mismo, a todos los seres humanos como parte de él. Y de este mismo modo lo han vivido y lo han visto los místicos de todos los tiempos.
Es esta nueva conciencia la que nos desvela la fraternidad fundamental, la que no tenemos que construir, sino la que ya es. Nos queda poner los medios para avanzar en esa nueva conciencia, en nuestra "otra" Identidad y, desde ella, consentir a vivir, de un modo sostenido, en la fraternidad que somos.
Para continuar
Bibliografía:
Sufriremos inútilmente mientras sigamos empeñados en aferrarnos a una (transitoria) identidad egoica, que deberá ser finalmente trascendida. Por eso, el camino es la desapropiación y la renuncia, la des-identificación del yo, para poder trascenderlo.
"Mientras la vida sea placentera, no deseamos complicarnos la existencia. Sólo cuando las cosas van mal asumimos la necesidad de cambiar. Quizá sería deseable entrar en crisis cuanto antes; lo suficiente para que eso nos haga tomar conciencia" (P. Russell).
Comenzaba estas páginas apuntando que lo realmente decisivo no es lo que nos ocurre, sino el modo como vivimos lo que nos ocurre. Esto vale particularmente en lo que se refiere a todo aquello que nos hace sufrir. Un mismo sufrimiento puede hundir o puede hacer crecer. Es clave, por tanto, aprender a vivir actitudes constructivas ante todo aquello que nos hace sufrir.
Es evidente que el hecho de estar instalados en un "bienestar" superficial conlleva el riesgo de caer en actitudes no constructivas de diverso tipo: superficialidad, individualismo, egocentrismo, narcisismo… Pero es en el sufrimiento, con todo lo que remueve en nosotros, donde podemos deslizarnos con facilidad hacia mecanismos desajustados, cuando no claramente destructivos: dramatización, cavilación, obsesión, autoculpabilización, victimismo, autocompasión, justificación, culpabilización de otros… Porque, aun reconociéndolos como objetivamente destructivos, seguiremos repitiéndolos porque nos aportan un "beneficio": nos mantienen en una "capa de protección", lejos del sufrimiento real. Lo cual indica que únicamente podremos liberarnos de ellos, en la medida en que aceptemos y afrontemos el dolor original, porque en ese momento ya no nos aportarán ningún "beneficio".
En este trabajo, voy a centrarme en seis actitudes constructivas ante el sufrimiento. Ejercitarnos en ellas nos irá haciendo diestros, no sólo para cortar con eficacia aquellos otros funcionamientos destructivos que se les oponen, sino también para seguir creciendo desde dentro, desde lo mejor de nosotros mismos y, bien situados ahí, vivir las dificultades y circunstancias dolorosas como oportunidades que tienen algo que enseñarnos y regalarnos.
Con todo ello, intentamos avanzar hacia un yo integrado, armonioso, equilibrado. Aunque seamos conscientes de que ésa no es la meta última, sabemos ya que sólo un yo integrado podrá ser trascendido. Como dije más arriba, todo intento de puentear el yo para llegar a la no-dualidad es tan inútil como intentar sortear la adolescencia para llegar a la adultez. O, en términos más técnicos: no se salta directamente de lo prepersonal a lo transpersonal, sino pasando por lo personal.
Por las consecuencias que tiene para la persona, la autoacogida es fundamental. Sabemos bien que la relación consigo mismo es básica, porque condiciona cualquier otro tipo de relación, así como la percepción de la realidad y la misma actividad. Todo va a depender del tipo de relación que la persona mantenga consigo misma. Pues bien, la primera actitud constructiva hacia sí ha de ser la acogida.
En realidad, es lo primero que necesita un niño cuando viene a la vida: unas manos que lo reciban. No hace mucho, una comadrona que acababa de jubilarse tras muchos años de asistir a innumerables partos, me contaba emocionada cómo recibía al niño que nacía y cómo, para sorpresa e incluso bromas de quienes estaban delante, le hablaba con todo cariño y alegría; pues bien, al escucharla, el niño empezaba a distenderse y terminaba extendiendo sus puñitos para mostrar sus manos abiertas.
El niño que llega a este mundo necesita sentirse acogido, recibido con gozo, de un modo incondicional. A partir de aquí, podrá "sentir la vida", "sentirse vivo" y desplegarse en quien es. Y, a lo largo de toda la vida, el trabajo en esta actitud puede transformar positivamente nuestro modo de vivirnos, nuestro modo de relacionarnos, nuestra actividad, nuestros compromisos...
Cuando no se da la autoacogida, pueden producirse dos actitudes insanas: 1) el rechazo o desprecio de sí, en mayor o menor intensidad, debajo de los cuales se esconde un -encubierto y reprimido- sentimiento de culpabilidad, que alguien ha llamado "vergüenza tóxica"; o 2) la permanencia en un narcisismo más o menos manifiesto, caracterizado por una imagen distorsionada (idealizada) de sí mismo, con la que la persona llega a identificarse, desarrollando un "orgullo neurótico", al no poder asumir serenamente toda su realidad.
Para comprender el proceso, tenemos que acercarnos al comienzo de la vida, allí donde nadie recuerda. Y allí, todo arranca de la necesidad -el niño es pura necesidad- de ser reconocido; cuando esta necesidad no obtiene respuesta ajustada, sino que es frustrada reiteradamente, se desencadenan acontecimientos sumamente dolorosos que marcarán el desarrollo posterior. Se hace presente el dolor de la frustración que, reprimido en un instinto defensivo de vida, dejará una herida y/o un vacío; simultáneamente, se genera un sentimiento de indignidad, acompañado de culpabilidad y de vergüenza, que se manifestará como apocamiento, retraimiento, timidez, aislamiento, inferioridad…: ante aquel dolor inicial, el niño se culpabiliza y se desprecia, creyéndose responsable del mismo, hasta pensar que "algo irremediablemente malo" hay en él, que le impide ser amado; con ello, se acaba de instalar en su mente una imagen de sí profundamente negativa, hasta el punto de que se verá obligado a negarla, construyendo sobre ella, en un esfuerzo titánico, otra imagen idealizada, que mantendrá a fuerza de exigencia y perfeccionismo: ha terminado creando un "yo falso", al tiempo que se ha alejado dramáticamente de su verdadera identidad.
El trabajo de autoacogida tendrá que suponer, por tanto, un "regreso a casa", a través de la aceptación de lo que se vivió en todo ese proceso de alejamiento. Ahora bien, hablar de aceptación es hablar de humildad. Sólo desde ella, la acogida podrá ser auténtica, es decir, incondicional e inclusiva, sin dejar nada fuera.
Y ahí se topa con las dificultades. La persona que encuentra dificultad para acogerse lleva tras de sí una historia de no haberse sentido acogida en quien es. Pero es casi inevitable que el niño que no se sintió acogido, no se sintiera, a la vez, culpable. Debido a ello, la no acogida de sí lleva implícito un sentimiento de culpabilidad, aunque en muchos casos ignorado y profundamente reprimido. Debido a ese sentimiento, la persona se percibe, en mayor o menor grado, indigna, y es esa supuesta indignidad la que le impide sentirse a gusto con ella misma.
¿Qué es lo que puede ayudar a superar las dificultades y poder caminar hacia una autoacogida serena y vitalizadora? Todo deberá empezar por una puesta en verdad con uno mismo, tomando en serio todos aquellos "síntomas" molestos que pueden esconder un problema de acogida de sí.
Será necesario aprender y sostener un "diálogo interno" consigo mismo, desde actitudes de comprensión, aceptación y valoración de sí; diálogo en el que la persona pueda nombrarse interiormente a sí misma y decirse: "Te quiero tal como estás, te quiero tal como eres". Es obvio que, al principio, tales palabras pueden sonarle huecas y que, frente a ellas, se levanten las resistencias acumuladas. Sin embargo, la práctica aun en medio de los altibajos hará que algo empiece a cambiar y que las resistencias se vayan ablandando.
Progresivamente, deberá abrirse a la realidad (incondicional) del propio valor y de la propia bondad. Y, simultáneamente, aprender a amar, desde la humildad, lo considerado como "despreciable", para crecer en la aceptación y reconciliación con toda la realidad personal.
Y de ese modo, en la medida en que va emergiendo nuestro ser, la acogida de sí es un poder al que podemos recurrir siempre: siempre podemos acogernos, tal como estemos..., desde la humildad, precisamente porque la acogida es incondicional.
La aceptación y acogida de sí se siente como: vitalidad, a nivel profundo; apacibilidad, a nivel sensible; descanso, a nivel del cuerpo; lucidez, a nivel mental.Y las consecuencias van en la misma dirección: alegría de vivir, paz, mayor gusto por la fidelidad a sí mismo, libertad interior, disponibilidad, apertura a los otros, capacidad de amar…
Ahora bien, en la aceptación de sí, no hay atajos: para vivir la cercanía a mí mismo, he de acercarme también a mi dolor. De hecho, así fue también como se produjo el "alejamiento de sí" en el niño: al querer apartarse de su dolor, se tuvo que distanciar de sus sentimientos..., alejándose en realidad de su vida y de sí mismo. Se trata ahora de hacer el camino inverso. En contra de la engañosa actitud de "miedo al dolor", propiciada por nuestra cultura, como si el dolor fuera algo a evitar a toda costa, la lucidez nos dice, no sólo que va a haber siempre un dolor inevitable, sino que el dolor en sí mismo no hace daño; lo que hace daño es "dar vueltas" en torno al dolor. Más aún: sentir el dolor es algo absolutamente sano, ya que es el único camino para que no quede enquistado. Sólo se cura el dolor que se siente.
La aceptación de sí requiere, por tanto, nombrar el dolor y permitirse sentirlo. Es normal que la aceptación incluya renuncia, y renuncias también del tipo: "renuncio a que todos me quieran, a que todos hablen bien de mí...", "renuncio a ser perfecto", etc. Ello significa tener que hacer un duelo, puesto que es éste -el duelo- la única actitud psicológica sana ante hechos o circunstancias que son irreversibles.
Al mismo tiempo que va avanzando en la aceptación de sí, la persona va viviendo una presencia consciente y una cercanía amorosa a sí misma, es decir, va habitándose a sí misma, al habitar todo lo que hace y vive. Esto produce espontáneamente un profundo sabor de vida, porque se trata de una "vida habitada". La autoacogida la ha conducido al presente.
¿Cuál tiene más peso en mi vida?
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Podemos pasarnos la vida, a veces sin ser conscientes de ello, a distancia de nosotros mismos, ignorándonos, reprochándonos, culpabilizándonos... Estas actitudes esconden una no aceptación de sí y producen una consecuencia evidente: la persona vive interiormente dividida y a distancia de los demás.
Si eso vale para la aceptación global de sí mismo, vale más todavía para aceptar aquello que nos hace sufrir o nos crea problema. ¿Cómo aceptar aquello que querría negar o rechazar? Porque la no aceptación conduce necesariamente a la negación del problema o al hundimiento. La sabiduría del aceptar radica en el hecho de que no escamoteamos la verdad, sino que la contemplamos en su globalidad: verdad es lo que nos duele, pero verdad es también que siempre somos más que eso que nos duele. Aceptar sin reducirse, ésa es la actitud sabia y constructiva.
Si ante un sufrimiento evitable, propio o ajeno, lo ajustado es luchar contra él, frente al sufrimiento inevitable, la única actitud sabia es la aceptación. Aceptación que no es resignación, sino reconocimiento humilde de la verdad tal como es. De ahí que la aceptación no paraliza, como la resignación, sino que moviliza en la única dirección ajustada. Ni niega el problema ni nos reduce a él, ni nos ciega ni nos hunde. Es la actitud sabia que, por ajustarse a la verdad de lo que es, nos mantiene en pie y nos hace crecer como personas.
Indudablemente, el ser humano está hecho para ser feliz. Es comprensible, por tanto, que experimente un rechazo "natural" hacia la frustración. De ahí, que todo aquello que le llegue como displacer, como frustración de cualquiera de sus necesidades, lo perciba negativamente, y tienda a rechazarlo o negarlo. Y en la medida en que se sienta carente de recursos para asumir tal displacer, se incrementará la tendencia a defenderse del mismo. Sin embargo, esas defensas no sirven de mucho: el problema y el sufrimiento no desaparecen porque se nieguen.
Pero a veces seguimos haciéndolo, porque, a la hora de aceptar lo que nos hace sufrir, encontramos dificultades. En ocasiones, pueden provenir de hábitos contrarios a la aceptación, como son la cavilación, el "dar vueltas"… Tras ellos, suele esconderse un miedo al sufrimiento y una necesidad (correspondiente) de "controlar" todo, en el pensamiento mágico de que aquello que controlo no puede hacerme daño: la cavilación interminable está servida. Otra dificultad viene de la baja tolerancia a la frustración, incluso por falta de "educación" en esa misma tolerancia, como ocurre en el caso de haber vivido una vida "fácil", de la que se alejaba toda dificultad; o de un permisivismo que no conocía los límites. Finalmente, la dificultad para aceptar puede hundir sus raíces en heridas antiguas, despertadas por el problema o el desencadenante del sufrimiento actual. En este caso la aceptación puede exigir una curación de lo más doloroso de aquella herida, si bien es cierto que la misma curación requerirá, a su vez, de la aceptación previa de lo ocurrido.
Aceptar el dolor incluye trabajar la aceptación del miedo, porque ambos van unidos. El niño que ha sufrido es un niño dolido y asustado. Y ese mismo susto ha deformado su percepción de la vida y de lo real, porque, como escribiera Heidegger, "hemos olvidado cómo aparecería el mundo a los ojos de una persona que no hubiera conocido el miedo".
El miedo es un asunto esencial, omnipresente. Necesitamos conocerlo y trabajar en su autoaceptación, hacernos amigos de él. Cuanto más nos obligamos a superarlo, más nos alejamos de nosotros mismos, nos separamos de nuestra parte sensible y vulnerable y, al mismo tiempo, de nuestra profundidad. Trabajar los miedos requiere trabajar la vergüenza interna, que hace sentirse a uno mismo como un fracasado, portador de algo inherentemente equivocado. El miedo que no ha sido reconocido contamina nuestras relaciones. No es raro que nuestros temores más profundos tengan que ver con el miedo a ser abandonados y a encontrarnos solos. Necesitamos penetrar en el miedo, pero con conciencia ("observando"), compasión y comprensión. Y, al hacerme más presente a mis miedos, me adentro en el aprendizaje del amor.
¿Qué nos puede ayudar, pues, a aceptar lo que nos hace sufrir? En primer lugar, la actitud sana de no-reducirse al sufrimiento o problema. Mientras esté reducido al problema o al sufrimiento, estaré absolutamente impedido para aceptarlo, porque, en tal caso, no soy yo quien tiene un problema, sino que el problema o sufrimiento me está "teniendo" a mí. Por eso, la actitud de no-reducción será mucho más eficaz siempre que la persona tenga acceso a otra dimensión profunda en ella misma, en la que apoyarse. La no reducción hace posible afirmar: "Aunque ahora estoy sufriendo, yo no soy ese sufrimiento".
A partir de la no-reducción, es posible vivir la des-identificación: se trata de observar el sufrimiento, incluso sin ponerle nombre, sino percibiendo simplemente las sensaciones dolorosas, sin ningún tipo de cavilación, hasta experimentar que se va diluyendo. La des-identificación nos hace posible afirmar: "Ahora hay dolor, pero no hay un «yo» que sufre". Desde la observación y la práctica meditativa, se abre la puerta a este tipo de vivencia.
La actitud creyente sabe orar desde el sufrimiento. Cuando la persona ha vivido la experiencia de la Presencia de Dios en lo íntimo de sí, encuentra también el modo de vivir constructivamente lo que la hace sufrir. Consiste en abrirse a Dios en lo profundo de sí y "depositar" ahí el dolor, sin dar vueltas, descansando sencillamente en Él; puesta la atención, no tanto en el dolor, sino en la Presencia en la que somos.
Al hacer así, podemos experimentar, aunque sea a posteriori, que el dolor ha sido nuestro maestro: tenía que enseñarnos algo que necesitábamos para poder continuar el camino de nuestro crecimiento personal. Y es precisamente a partir de estas experiencias cuando empezamos a aprender a ver el dolor o los problemas desde la otra perspectiva, como oportunidad de crecimiento.
Al final, tiene razón el yogui Amrit Desal cuando escribe:
"El dolor sólo existe en la resistencia.
La alegría sólo existe en la aceptación.
Las situaciones dolorosas que se aceptan
se convierten en gozo para el corazón.
Las situaciones gozosas que no se aceptan
se convierten en dolorosas.
No existe nada llamado mala experiencia.
Las malas experiencias son sencillamente
la creación de tu resistencia a lo que es".
Y el poeta que proclama:
"Si para recobrar lo recobrado
tuve que perder primero lo perdido,
si para conseguir lo conseguido
tuve que soportar lo soportado,
si para estar ahora enamorado
tuve que estar primero herido,
tengo por bien llorado lo llorado,
tengo por bien sufrido lo sufrido.
Porque después de todo he comprobado
que no se goza bien de lo gozado
sino después de haberlo padecido,
porque después de todo he comprendido
que lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado".
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* Según el nivel de conciencia donde nos encontremos, podemos "hacer pie":
Vivimos siempre en "diálogo" con nosotros mismos; incluso el mundo de los sueños no es sino otro modo de prolongar ese diálogo. El problema empieza cuando no somos conscientes de él. Los riesgos del diálogo inconsciente, que nos pasa desapercibido, son grandes, porque no se da en la luz. Por eso mismo, sin ni siquiera darnos cuenta, puede interferir en nuestro camino de crecimiento personal.
De hecho, cuando es inconsciente, suele estar cargado de autorreproches y culpabilidad…, o de justificaciones y narcisismo. Suele repetir el diálogo que otros han mantenido con nosotros (seguimos tratándonos a nosotros mismos como en su momento nos sentimos tratados por ellos). Suele mantenernos en niveles superficiales, alejados de lo mejor de nosotros y alejados del presente.
En cualquier caso, de algo podemos estar seguros: debajo de todo malestar que se repite, y cualquiera que sea la forma en la que se presente, hay un niño asustado, enfadado y dolido, que reclama nuestra atención. Y mientras no lo atendamos adecuadamente, el malestar no se resolverá.
Para pasar de la inconsciencia a la luz, así como para pasar de la lejanía de sí a la presencia, necesitamos mantener un diálogo interno que revista algunas condiciones. Habrá de ser un diálogo hecho desde la verdad de lo que estamos viviendo y de lo que somos de fondo; desde la humildad; desde la lucidez y desde el amor profundo. Son las características de todo diálogo auténtico.
Primera fase: diálogo adulto-adulto. Necesitamos partir del presente. Eso significa que el diálogo habrá de comenzar por lo que hoy vivimos, y no confundirlo con aquello que aspiramos o quisiéramos vivir. Un tal diálogo se requiere para vivir la cercanía a sí mismo en el momento; para ponerse en la verdad del hoy; para comprenderse y "acompañarse" a sí mismo en el presente.
¿Cómo vivirlo? En un encuentro consciente consigo mismo, desde las actitudes antes indicadas, la parte "sana" escucha, acoge y "responde" a la parte "herida"; o lo que es lo mismo, la identidad profunda a la parte sensible (herida) o mental (desajustada). En este sentido, se trata de un auténtico acompañamiento terapéutico. El diálogo ha dado pie a actitudes de comprensión, aceptación, autoacogida y puesta en verdad, con respecto a sí mismo y, si era el caso, con respecto a los otros.
En otra modalidad, que resulta también eficaz, se trata de observar los pensamientos (y sentimientos, problemas, malestares…). En lo concreto, se trata de situarme como espectador de mi propia vida interna, manteniendo la "distancia", sin entrar a formar parte de la "película" a la que estoy asistiendo. De ese modo se favorece la des-identificación…, hasta que vaya emergiendo la "plataforma" sólida en la que hacer pie. Una plataforma que tiene que ver con la vida, la verdad, el amor…, o más exactamente, con el Fondo amoroso de la vida que nos sostiene. De nuevo, la práctica meditativa nos capacita para conectar con lo Profundo donde todo se recoloca.
Segunda fase: diálogo adulto-niño. J. Abrams ha escrito algo que debería hacernos pensar: "El niño sobrevive en nuestro interior y permanece con nosotros durante toda la vida: siempre niño, completamente vivo, una posibilidad íntima que aguarda nuestro reconocimiento total y consciente... Abrazar al niño y acogerlo de manera consciente, como una expresión saludable de nuestra plenitud psíquica, equivale a recibir sus dones. El proceso debe iniciarse en alguna parte, probablemente la más obvia. Un simple acto de reconocimiento, una mirada lúdica o una sonrisa, ¡y de ahí puede arrancar todo!... La experiencia del niño interior nos hace ingresar en el mundo".
Necesitamos recuperar al niño interior original para volver al restablecimiento de lo natural. Mientras no se arregle aquella herida, el niño buscará cubrir las necesidades como niño, que es de la única forma que sabe hacerlo: esto equivale a dejar que un niño inmaduro y emocionalmente hambriento dirija tu vida (¡Imagina cómo sería tu vida con un niño de tres años al frente de ella! Pues eso es lo que ocurre con más frecuencia de lo que nos parece).
Necesitamos reconocer la herida y sentir el dolor y la pena. Necesito abrazar la soledad y el dolor no resuelto de mi niño descorazonado. Sabemos bien que el dolor es el sentimiento que cura. No se puede curar lo que no se puede sentir. Este trabajo de duelo es el sufrimiento legítimo que hemos estado evitando con nuestras neurosis: "La neurosis, escribió Jung, es siempre un sustituto del sufrimiento legítimo". "¿Quién llorará por el niño que llora dentro de mí?", decía el protagonista de una película, que había sido abandonado de niño y sometido luego a malos tratos.
El diálogo con el niño interior podemos vivirlo como método de reeducación. Porque lo cierto es que si no recuperamos al niño interior, no hay salida. Debajo del niño herido, vive el niño original, que está esperando ser "rescatado". Debajo del falso yo, vive el yo auténtico, lleno de vida, creatividad y amor. ¿Quién soy yo en mi rostro original? ¿Quién sería si hubiera recibido respuesta ajustada a mis necesidades de niño?
Las reacciones desproporcionadas y repetitivas son del niño: por tanto, necesitamos dialogar con él sobre las mismas, reconociendo su "legitimidad. Eso requiere, a su vez, haberse ejercitado en el diálogo. Y haber crecido en consistencia, para que el adulto pueda acoger, ser hoy como el "padre" y la "madre" de ese niño herido, que puede seguir sintiéndose asustado, avergonzado, insignificante..., aspectos que corresponderán a los diversos "yoes" que viven ocultos en la sombra y actuando desde ella, en forma de programas emocionales que contaminan el presente.
Únicamente una cosa habremos de tener en cuenta para que este diálogo sea realmente constructivo: no ceder a las "exigencias" del niño interior, alejándonos del adulto que somos. Porque, en ese caso, el diálogo podría no ser sino otra estratagema para la autojustificación y el narcisismo.
¿Cómo vivir el diálogo con nuestro niño interior (o adolescente), en concreto? En una doble dirección. En un primer momento, el adulto que soy empieza visualizando al niño que fui (y que sigue vivo en mí hoy), ayudándose de sus recuerdos o incluso de alguna fotografía de la infancia o adolescencia. Al visualizarlo, se hace consciente de los sentimientos primeros que le despierta y, poco a poco, dedicándole tiempo, favorece que vaya creciendo en él una mirada acogedora, hecha de bondad y de gozo por su vida, a la vez que un sentimiento de cariño vivo y sostenido. Permanece en esa actitud todo el tiempo que sea necesario, dejándose impregnar de aquellos sentimientos positivos.
En un segundo momento, el adulto de hoy se "mete" en la piel del niño y, desde ahí, se deja alcanzar por la mirada y los sentimientos que hoy le llegan. Notará que, poco a poco, empieza a despertarse su vitalidad, alegría y bondad.
Aparte de estos momentos de diálogo más extensos, será bueno acostumbrarnos a dialogar con nuestro niño interior en lo cotidiano: preguntarle cómo está, si está haciendo las cosas a gusto, si está contento con lo que hace, por qué sufre, cómo hacer las cosas "juntos"... Lo que esto requiere es conectar realmente con el niño, escucharle y darle tiempo.
No tenerlo en cuenta hace que me sienta mal sin saber por qué; que contamine hoy mi vida de adulto; que sea un tirano en mi vida y se adueñe de mi funcionamiento cotidiano (con sus reacciones desproporcionadas); que me estanque en mi crecimiento…
Por el contrario, cuando dialogo con él, aparece, bajo el niño herido, el "niño original", bueno, creativo, espontáneo, alegre, y me permite ser interiormente libre Ambos, el niño herido y el niño original, pueden de ese modo salir del inconsciente donde se hallaban recluidos: la vida puede empezar.
El diálogo facilita vivir el presente, porque el niño, al ser tenido positivamente en cuenta, no necesita huir. Justo lo contrario que el niño herido, a quien la ansiedad le lleva siempre a estar lejos de donde físicamente está. Cuando no estamos en el presente, eso significa que nos hemos quedado en algún pliegue triste o alegre de nuestra historia.
También para la vivencia de este diálogo, la práctica meditativa resulta sumamente eficaz. Para sanar al niño herido tenemos que aprender a hacerle de padres. Y esto se consigue cultivando el estado meditativo de conciencia, es decir, observando y sintiendo.
Con frecuencia, nuestra reacción inmediata es la de cambiar la situación. Pero de lo que se trata es de aprender a no huir, sino a observar, sentir y permitir lo que sea que suceda. Eso requiere que tengamos espacio interior para acoger lo que sea. Al observar, nos des-identificamos, tomamos distancia del drama emocional, pero al mismo tiempo no lo negamos ni lo evitamos. La práctica meditativa nos ha hecho crecer en fortaleza interior, así como en capacidad de verdad y de acogida.
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Con el dolor, si no somos lúcidos y humildes, aparece la tentación de dramatizar. El mecanismo de la dramatización se pone en marcha a partir de un sufrimiento de la sensibilidad, en el que se "engancha" nuestra mente, que empieza a cavilar, con el riesgo de quedar reducidos al problema o sufrimiento y, en esa medida, impotentes frente a él.
La dramatización aparece, por tanto, vinculada a la cavilación, la obsesión, la reducción, la paralización, la autocompasión y, finalmente, la depresión. Como cualquier otro, este mecanismo pudo aprenderse de diferentes modos: por imitación (en un medio en el que era frecuente), como un modo de reclamar atención al propio sufrimiento, como un sucedáneo de compasión o autocompasión, como justificación de la propia apatía (al dramatizar, llego a creerme incapaz de modificar la situación y, por tanto, no hago nada)…
La dramatización parece tener una conexión estrecha con la vergüenza inicial. La vergüenza es el estado en el que sentimos en nuestro interior que, básicamente, estamos equivocados. Conlleva, por eso mismo, un sentimiento interno de humillación, no por algo específico, sino por toda la persona. Debido a ella, perdemos la conexión con nuestra propia energía vital y con los sentimientos.
Sobra decir que la vergüenza no tiene nada que ver con quienes somos realmente; es simplemente un estado de autohipnosis negativa en el que hemos entrado, como consecuencia del reflejo primero que percibimos de nosotros mismos en los demás, particularmente en las personas que nos eran afectivamente significativas. (La anorexia es otro caso de autohipnosis negativa, en la que la propia percepción no se corresponde con la realidad).
Fue entonces cuando, al mirarnos en los espejos de los adultos, nos sentimos rechazados. No necesariamente en un rechazo explicito o violento; pudo bastar con que tuviéramos la sensación de que no les gustábamos lo suficiente. Ahí hizo acto de presencia la vergüenza por ser como éramos, el sentimiento más o menos acusado de indignidad. Y, como consecuencia, empezamos a adaptarnos a lo que pensábamos que era lo "aceptable" para los otros, convirtiéndonos así en seres falsos, en primer lugar, con nosotros mismos.
Para el niño no hay mayor fuente de sufrimiento e impotencia que verse básicamente "mal hecho", porque para él es una realidad irreparable y definitiva. Ante un sufrimiento de tal intensidad, no es nada extraño que se genere una tendencia a dramatizar ante todo aquello que le haga sufrir. Sin ser consciente, además, de que la dramatización va a empeorar siempre las cosas, porque recortará el horizonte y, tras mucho gasto de tiempo y de energía, el niño terminará reduciéndose a su dolor.
¿Qué podemos hacer frente a esa tendencia? Ante todo, ser conscientes de que se está dramatizando: se da vueltas sobre la misma cuestión, una y otra vez; se está situado a nivel mental, de la cabeza; aparece una sensación de impotencia o incapacidad que conduce a la resignación fatalista o al hundimiento.
Si somos lúcidos, descubriremos -para nuestra sorpresa- que si mantenemos este mecanismo, lo hacemos porque nos reporta algún "beneficio". No sólo éste, cualquier mal mecanismo o funcionamiento lo mantenemos en tanto en cuanto lo percibimos "bueno" para nosotros.
Pero, ¿cuál puede ser el beneficio de la dramatización? No tener que ver el dolor ni el miedo de frente; es decir, no vernos vulnerables. Mientras estoy dramatizando -o simplemente cavilando-, estoy lejos de lo que me duele. Así, en lugar de sentir limpiamente el dolor y afrontarlo, lo que hago es "actuar", representar un papel, es decir, en el sentido etimológico del término, dramatizar.
Todo mecanismo de defensa nos aporta un "beneficio", y ése es el motivo por el que lo seguimos manteniendo, a pesar de que en realidad nos perjudique. El beneficio consiste en que tales mecanismos nos mantienen en nuestra "capa de protección", lejos de la zona donde nos sentimos vulnerables. Porque nos parece menos duro enredarnos en dar vueltas que afrontar la realidad dolorosa.
El resultado, sin embargo, es bien otro. Al alejarnos del dolor, nos alejamos de nuestra verdad de ese momento; y al alejarnos de nuestra vulnerabilidad, nos alejamos también de nosotros mismos, para terminar confundidos y atrapados en una red de cavilaciones y de dramas, que resultan mucho más graves que el dolor que trataban de encubrir.
¿Cuál es el antídoto? Aceptar justamente aquello que, a través de esos mecanismos, tratamos de ocultarnos: nuestra vulnerabilidad. En el diálogo interior, deberemos ir aprendiendo a vernos vulnerables, desde una mirada cariñosa, hasta que lleguemos a reconciliarnos íntimamente con todo aquello de lo que, en algún momento, habíamos huido.
Paralelamente, habremos de tomarnos en serio el trabajo de reeducación, teniendo en cuenta los tres niveles de la persona: 1) Situarse, consciente y voluntariamente, a nivel profundo, para conectar con cualquier realidad de sí que esté emergida: calma, fuerza, confianza, vida, aceptación, amor, silencio, Trascendencia…, y dejarse impregnar de ella; 2) a nivel mental, optar por cortar la dramatización, remitiéndose, una y otra vez, al nivel profundo: aceptando el malestar, acogiéndose con él, sin reducirse a él, viéndolo como un "maestro" que debe enseñarme algo para mi proceso de crecimiento personal (una oportunidad de crecimiento), en la actitud propia del aprendizaje: la paciencia, "depositándolo" en mi zona profunda; 3) a nivel sensible, permitiendo que duela y sintiendo el dolor.
Puede que necesitemos también buscar ayuda y poner medios para verbalizar lo que vivimos, para tomar una distancia saludable en algunos momentos, para relajar la mente y la sensibilidad…
Y, siempre, tendremos que optar decididamente por remitirnos al presente, teniendo en cuenta que el mecanismo de la dramatización tiende a oscurecer todo el horizonte, generando una angustia difusa ante el futuro. Frente a ello, conviene repetirse tantas veces cuantas sea necesario: "sólo por hoy…", porque, como enseñaba Jesús, "a cada día le basta su propio afán".
Y una vez más, contamos con dos grandes aliados: la humildad y la práctica meditativa. La humildad es el antídoto del orgullo neurótico con el que se protege y alimenta nuestro ego. La humildad desenmascara al ego, redimensionando sus "problemas" en el conjunto del universo: "no soy tan importante, puedo reírme de mí mismo". Gracias a ella, por otra parte, puedo ejercitarme en el aprendizaje desde esta clave: "cuando el corazón llora por lo que ha perdido, el espíritu ríe por lo que ha encontrado". No importa tanto que muera mi ego; más aún, quizá sea ése el camino para que pueda aprender a des-identificarme de él. Si la dramatización -detrás de la cual se esconde siempre orgullo- es fuente de ansiedad y miedo, la humildad lo es de descanso y de libertad interior.
La práctica meditativa, por su parte, gracias a la observación, nos conduce al silencio y a nuestra verdad, dotándonos de fortaleza para mirar y acoger lo que nos hace sufrir sin necesidad de deformarlo ni exagerarlo, sin necesidad de dramatizar.
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Parece que la herida de abandono es la causa principal de nuestro sufrimiento. El sentimiento de abandono da lugar a un síndrome específico ("personalidad abandónica"), que hace imposible la experiencia del "apego", generando a la vez un vacío interior, que se convierte en fuente de inseguridad afectiva y de comportamientos evitativos.
Desde el campo de la etología se han llevado a cabo experimentos, cuyos resultados son bien significativos. Harry y Margaret Harlow, en los años 60, realizaron diversos experimentos con monos. En uno de ellos, tomaron unas crías de monos separados de sus madres a quienes se sustituía por dos maniquíes: uno hecho de malla metálica, otro cubierto de tela de felpa. A la primera se la equipaba con una tetilla para la alimentación y a la otra no. Las crías reaccionaban aferrándose al maniquí de felpa, acurrucándose y abrazándose a él, corriendo hacia él cuando se les asustaba. Al maniquí de alambre se dirigían únicamente cuando tenían hambre. Pero, saciado éste, el contacto cálido parecía, con mucho, más importante.
Según aquellos mismos estudios, los pequeños monos criados por sus madres verdaderas desarrollan un sentimiento de seguridad fuerte y útil socialmente. En presencia de la madre, el mono muestra una capacidad creciente de alejarse y explorar el entorno, volviendo una y otra vez al cuerpo de la madre para buscar consuelo y ser reasegurado. El sentimiento de seguridad sólo parece estar presente cuando existe un apego seguro con la figura materna. Y a medida que el monito con apego seguro crece, se hace más autónomo e independiente de la madre, mientras que va desarrollando relaciones con sus pares.
Por el contrario, la privación de los cuidados maternos produce efectos dramáticos. Los monitos sin madre criados en grupo tienden a buscar el contacto físico entre ellos y muestran poca actividad, salvo aferrarse. Un mono colocado en una situación de aislamiento, aunque esté alimentado, reaccionará quedándose en cuclillas y abrazándose a sí mismo. La respuesta es similar a la de los niños: tras una etapa inicial de protesta, sigue la fase de desolación, sentándose en una postura encorvada y abatida.
El mismo Harlow demostró que los monos que no habían tenido la experiencia de una madre real no podían funcionar sexualmente en la adolescencia y la adultez. Los machos eran incapaces de mantener relaciones sexuales; las hembras podían permitir que un macho las penetrara, pero sin ninguna respuesta activa por su parte. Estas mismas hembras tampoco podían tener conductas maternales.
Tanto un bebé de mono rhesus como de chimpancé, si son criados lejos de sus madres, muestran una desmedida actividad autoerótica (succionando las hembras su propio pezón, o los machos su propio pene). Los investigadores sostienen que el incremento de los síntomas orales y autoeróticos se debía a la privación de afecto de una figura materna.
Otros estudios más recientes (Weiner, 1984) han confirmado que las relaciones estables con las madres llevan a funciones corporales sanas. La no relación puede incluso llegar a producir alteraciones neuroquímicas en el sistema nervioso central. Existe evidencia experimental de que la separación y la inseguridad del apego en pequeños animales tienen efectos fisiológicos y los ponen en situación de riesgo.
Lo que parece inobjetable es que una experiencia de abandono genera vacío e inseguridad afectiva y da lugar a comportamiento de tipo evitativo, en un malestar difuso difícil de asumir y de gestionar por parte del sujeto, que puede quedar fácilmente atrapado en las mallas nunca bien definidas de dicho malestar.
El vacío es experimentado como soledad, provocada a su vez por la ausencia de "presencias protectoras" internalizadas, ausencia que es fuente de inseguridad afectiva, con sintomatologías diversas. Cuando el niño no ha experimentado que tenía un lugar seguro y único en el corazón de sus padres, tampoco ha podido internalizar aquellas presencias: se instala así, con mayor o menor intensidad según los casos, la soledad íntima, el vacío afectivo.
A partir de ahí, aparece la necesidad, a veces compulsiva, de compensar el vacío. Las compensaciones son una forma de control. Encubren nuestros miedos. Son formas de esconder nuestro miedo y nuestra vergüenza de nosotros mismos y de los demás. En su momento nos protegieron, pero también nos hicieron perder el contacto con nosotros mismos. Al compensar, no somos auténticos, adoptamos un papel, pero no lo sabemos. Sólo cuando nos ocurre algo que hace pedazos ese montaje, podemos despertar.
Un papel similar es el que desempeñan nuestras adicciones. Todas ellas (desde comer golosinas hasta juzgar a los demás), conscientes o no, son formas de evitar mirar hacia adentro. La adicción es una "elección" que yo hago, consciente o inconscientemente, para no darme cuenta, para no estar presente en ese preciso momento. Nos distrae del miedo a sentir el vacío y, en ese sentido, es como nos "protege".
De ahí que casi todo lo que hacemos pueda convertirse en una forma más de evitar nuestros miedos y nuestro dolor, es decir, puede ser una adicción: desde cuidar nuestra propia imagen hasta meditar, desde la búsqueda del aislamiento hasta la "vida social". Nuestras adicciones están hechas a medida de nuestro temperamento. Estructurar obsesivamente nuestro tiempo (de manera que no tengamos tiempo para sentir), controlar, cavilar, tener poder, cuidar nuestra imagen, la velocidad... Lo que identifica a un comportamiento como adictivo no es lo que hacemos sino cómo lo hacemos. El común denominador de toda adicción es que busca evitar que nos sintamos vulnerables. Por eso, en la adicción lo que realmente hacemos es huir del presente. Por lo cual, la reeducación pasa por vivir el presente y sentir el momento. Para avanzar en esa reeducación necesitamos aprender y ejercitarnos en observar nuestra adicción, así como el dolor que surge cuando la evitamos. Hasta que se haga más gratificante para mí mantenerme en mis sentimientos que evitarlos: sólo así las adicciones empezarán a desaparecer.
Indudablemente, la huida ante el dolor es instintiva, un mecanismo de defensa para proteger la vida. El niño huye del dolor: tanto de las situaciones y personas que le provocan malestar, como incluso del propio "lugar" en su cuerpo donde lo percibe, alejándose así inconscientemente de su zona profunda y enganchándose en la cavilación o en cualquier funcionamiento imaginario.
Sin embargo, la huida no resuelve el malestar. El avestruz que esconde la cabeza bajo el ala no sólo no aleja el peligro, sino que queda inerme ante él. Con respecto a nuestros problemas interiores, la huida parece darnos un respiro, pero no consigue sino aplazar y, probablemente, agravar el problema.
No sólo no lo resuelve, sino que lo complica, porque la huida no es indiferente: al huir, evitamos sentir lo que nos ocurre y nos alejamos de nosotros mismos. Más aún, al alejarnos, fácilmente nos perdemos en la superficialidad o en la cavilación, con lo que al malestar inicial se le ha sumado otro problema añadido, incluso de peores consecuencias, por lo que tiene de mecanismo desajustado.
Frente a la huida de cualquier malestar interior, es preciso afirmar que el camino del crecimiento y de la salida del malestar únicamente pasa por la verdad y por sentir el dolor que encierra. El único modo de curar el dolor es sentirlo con limpieza, es decir, sin desfigurarlo desde la cabeza. Dolor sentido, dolor curado. Todo dolor no sentido se enquista y será fuente de problemas en el futuro. Sentir el dolor, lógicamente, duele, pero no hace daño, no perjudica a la persona; lo perjudicial es justamente no querer sentirlo, porque, para ello, se hace inevitable la huida y la puesta en marcha de funcionamientos y mecanismos desajustados; son desajustados, precisamente, porque se alejan de la verdad del sujeto. De ahí que lo dañino no sea tanto el dolor sino lo que hacemos con él.
Afrontar el dolor significa aceptarlo y sentirlo, pero sin reducirse a él, lo cual implica una buena actitud mental y la posibilidad de hacer pie en alguna realidad profunda. Al no reducirme, puedo acogerlo desde mi buen lugar y "dejarlo vivir" hasta que lo libere. Vivir así el dolor, desde una actitud de querer aprender, resulta también enriquecedor, ya que se percibe como "maestro" que puede conducirme a espacios interiores antes ocultos o a dimensiones de la propia persona a las que no se prestaba atención.
Aparece así, casi de un modo paradójico, una verdad que cada vez me parece más sabia y más pedagógica, cuando somos capaces de empezar a vivirla: el dolor es el portero que nos conduce a estancias ocultas, a las que no entraríamos de ningún otro modo, pero que en realidad contienen tesoros muy valiosos. Lo que ocurre es que, para poder entrar en ellas, o mejor, para poder vivir el dolor de ese modo (sin que nos rompa), hay que empezar por situarse en el no-pensamiento, es decir, en la observación del mismo, hasta que se vaya abriendo camino nuestra verdadera identidad, el no-yo que somos, la Conciencia amplia que está libre de miedos, necesidades y dolor. Y entonces, sí, el sufrimiento es fuente de lucidez y de consistencia interior. Habremos crecido en verdad y en libertad.
Todo dolor, sin caer en ningún tipo de dolorismo, tiene así algo que enseñar, es una oportunidad de crecer, y, probablemente, de crecer no aleatoriamente, sino en aquello de lo que se tiene necesidad en un momento determinado.
Es necesario traducir el malestar en dolor. Mientras no lo hacemos, permanecemos enredados en un malestar difuso que va contaminando toda nuestra persona y toda nuestra vida. El malestar puede describirse como un estado de ánimo bajo, no vital, cuya manifestación más aguda quizás sea la apatía, la falta de gusto por todo, pero ante el que no sé cómo actuar. Traducirlo en dolor significa nombrar las diferentes sensaciones concretas que lo componen: ¿de qué está hecho ese malestar?, ¿qué sentimientos contiene?, ¿qué me está doliendo exactamente?... Al nombrarlo ajustadamente, hemos traducido el malestar difuso que nos envuelve en dolor concreto que, una vez identificado y nombrado, podremos afrontar, para desdramatizarlo, "depositarlo" en el Silencio o afrontar su curación por medio de la terapia.
Para identificar y nombrar el dolor, resulta eficaz buscar por el lado de las necesidades. Si la secuencia es necesidad – frustración – malestar, todo dolor remite a una necesidad frustrada. En la presencia de síntomas molestos o dolorosos, la pregunta "¿qué me está doliendo?" puede plantearse como "¿qué estoy necesitando?" (o "¿qué me quitaría este malestar o dolor?"). Si se nombra con exactitud, el malestar tiende a remitir, la mente queda más serena, a la vez que se "localiza" el dolor concreto. El hecho de nombrarlo provoca descanso, porque nos hemos empezado a situar en nuestra verdad, y la verdad siempre descansa.
En esquema, podría representarse de este modo:

Si tal es la secuencia que va de la necesidad inicial -no olvidemos que el niño es pura necesidad- al malestar difuso o generalizado, para lograr la reconstrucción, habrá que desandar ese mismo camino: salir del malestar hasta identificar la frustración que está en su origen y experimentarla como dolor neto, que requiere ser afrontado.
Una vez nombrado el dolor, queda afrontarlo y sentirlo, distinguiendo cuidadosamente entre mi dolor y la persona o situación que lo ha podido "despertar". Quedarme en el "despertador" es sólo otra forma de huida, tan estéril como con frecuencia injusta. Es tomar la peligrosa senda del victimismo, que conducirá al hundimiento. En todo problema relacional reiterado, deberíamos plantearnos la pregunta que le hizo Freud a una paciente que señalaba a todos los demás como fuente de su problema: "¿Qué parte de responsabilidad tiene usted en esto de lo que se queja?". Carmen Maganto "traduce" con humor esa misma pregunta; a una persona que se quejaba reiteradamente de que todos la "pisaban", le espetó: "Y tú, ¿por qué sigues haciendo de felpudo?; ¿sabes que no se aplaude sólo con una mano?".
Y es que el victimismo conduce a un estado de queja permanente -de la que también se busca obtener alguna "ventaja", aunque sólo sea reclamo de atención-, al que el sujeto puede quedar enganchado, dando la razón a aquellos versos de Calderón: "Que tal placer había en quejarse, un filósofo decía, que a trueque de quejarse habían las desdichas de buscarse".
En la práctica meditativa, en la medida en que crece mi capacidad de verdad, puedo ejercitarme en acoger el dolor con limpieza, sin reducirme a él, Acogerlo para "depositarlo" en el buen lugar o bien "observarlo", tomando distancia, hasta que se vaya "disolviendo" como cualquier pensamiento observado.
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Según la ley psicológica, ya citada, descubierta implícitamente por la sabiduría oriental y enunciada expresamente por R. Assagioli, "estamos dominados por aquello con lo que nos identificamos, pero dominamos aquello con lo que no nos identificamos"… Se trata, por tanto, de aprender a vivirnos como observadores: no es casual que las culturas antiguas utilizasen la contemplación como antídoto contra las frustraciones diarias. Eso equivale a vivir despiertos, conscientes.
Pero la des-identificación es un proceso posterior al de identificación con el propio yo. Por paradójico que parezca, nos identificamos para llegar a ser capaces de des-identificarnos. Como vengo diciendo, desde el comienzo de su existencia, y a partir del estado de fusión inicial, el niño se ve abocado a la construcción de un "yo social", en cuya tarea va a ocupar un lugar de primer orden su necesidad de ser reconocido. Hasta el punto de que ese "yo" construido lo que busca es garantizar la respuesta a aquella necesidad, razón por la cual, ese "yo" tendrá mucho de "imagen aceptable", de "máscara", que exigirá la creación de la correspondiente sombra, acarreando la consiguiente escisión.
Todo este proceso en el que la persona va buscando respuesta a sus necesidades culmina en una, mejor o peor lograda, autoafirmación del yo, que le hace identificarse con ese "yo separado". Identificación favorecida por el hecho de crecer en una cultura marcadamente dualista y fragmentada, donde las partes priman sobre el todo. La identificación hace que la persona fácilmente se reduzca a su ego y a sus "intereses", por más sublimes que éstos lleguen a ser.
La conclusión es evidente: la percepción de la realidad, en cualquiera de sus niveles -económico, relacional, social, cultural, religioso, espiritual-, se hace a partir del yo diferenciado y separado. En lo económico, conduce al capitalismo, que no es sino la institucionalización del egoísmo; en lo religioso, a una concepción mercantilista de la religión, en la que cuenta, por encima de todo, la "salvación del alma" ("alma" como espiritualización del propio ego).
Pero, ¿y si no fuéramos nuestro ego? La pregunta puede inicialmente perturbar nuestras seguridades adquiridas, pero nos pone en la buena dirección. En efecto, la constatación del carácter construido del propio "yo" suscita un interrogante de hondo calado: ¿y si nuestra verdadera identidad no se encontrara ahí? Hay un dato histórico nada desdeñable: los considerados como maestros espirituales han insistido, de diferentes maneras y con acentos diversos, en la necesidad de negar o trascender ese yo, si se quería acceder a la plenitud de vida. En las tradiciones de Oriente, esa insistencia ha sido constante y no deja lugar a dudas. Pero también dentro de la tradición cristiana, la "corriente mística" ha preconizado algo similar. Por empezar, el propio Jesús llamó la atención sobre la necesidad de "negarse a sí mismo" para "salvar la vida", si bien ambas afirmaciones serían lamentablemente malentendidas en el cristianismo posterior.
El interrogante, una vez planteado, se hace insidioso y obliga a un cuestionamiento radical. No se trata, obviamente, de negar la necesidad de la construcción de un "yo", en esta fase "personal" de la existencia humana. Lo que se cuestiona de raíz es que nuestra identidad se equipare a ese "yo", y en consecuencia, el modo como, social, cultural y religiosamente, se potencia la construcción del mismo.
Por decirlo brevemente, las cuestiones serían las siguientes: ¿es equiparable (reducible) la identidad humana a lo personal, individual o egoico?; ¿es coherente colocar el "yo" en el centro y en el horizonte último de toda preocupación e interés?; ¿qué base tiene un mundo egocentrado y una visión egocentrada de la realidad?; ¿no ha llegado el momento de abrirnos a una visión transpersonal, transindividual, transmental y transegoica de la existencia? ¿Cuáles serían sus implicaciones y sus consecuencias?
La conciencia es más que la mente: los estados de conciencia. Los estudios de la fenomenología cultural vienen a aportar datos de interés. En el Anexo final me referiré al hecho de que, con anterioridad al estadio personal, la historia de la humanidad ha conocido otros estadios pre-personales, en los que la percepción del propio yo era radicalmente diferente. Antes de llegar al mental, se han dado los estadios arcaico, mágico y mítico.
Por otro lado, si observamos el desarrollo psicológico del niño, llegamos a una conclusión similar, como si a nivel individual se reprodujera, en cierto sentido, la evolución global de la humanidad. El niño conoce también la fase pre-personal, así como el estado fusional (de ausencia de yo diferenciado), el pensamiento mágico y mítico, hasta llegar a la personalización y autoafirmación del yo, en un progresivo desarrollo mental.
Con ello, no se niega el avance que ha supuesto la "personalización" y el salto cualitativo que ha significado en el proceso evolutivo de la humanidad. Lo único que se pretende es aprender de la realidad, para extraer las consecuencias que nos permitan favorecer la vida en todos sus niveles, en lugar de quedar atrapados en una visión parcial de lo real, en la que, llevados de una arrogancia intelectual, se absolutizara lo relativo.
Para no absolutizar estados que son siempre relativos, contamos también con lo que nos aporta el estudio de los estados de conciencia. Venimos de una tradición cultural que parecía reducir todo al pensamiento y, llevando las cosas todavía más al extremo, al pensamiento científico, hasta el punto de atreverse a negar todo lo que no fuera experimentalmente comprobable. El empobrecimiento que tal reduccionismo arrogante ha supuesto lo constatamos y lo sufrimos a diario.
Pues bien, el pensamiento no es sino uno entre otros posibles estados de conciencia, por los que accedemos a la realidad. Junto a él, se hallan el sueño, la observación, la concentración y la meditación. Es triste comprobar que la mayoría de las personas se conforman con reducirse únicamente a los dos primeros, el sueño y el pensamiento, sobre todo si tenemos en cuenta de que son los más pobres e inestables.
Esos cinco estados de conciencia se establecen a partir de la relación que se constituya entre sujeto y objeto. Entendiendo por "objeto" todo aquello que se percibe a través de los sentidos; y por "sujeto" a lo que no puede percibirse por ellos. Según sea la relación resultante, hablaremos de uno u otro estado.
El hecho simple de trascender el pensamiento nos pone frente a un dato incuestionable: la conciencia no se reduce a la mente, del mismo modo que no se reduce al sueño. El único modo de "saber" no es gracias a la mente -o al pensamiento, o al "yo"-: hay un saber sin "yo".
Con todo ello, son cada vez más los estudiosos que afirman que nos encontramos en el umbral de un nuevo estado de conciencia, al que califican como transpersonal, transmental, transindividual, transegoico o, en otra perspectiva que pretende ser más ajustada, integral -en el sentido de integrador, sin descalificar lo propio de cada uno de los otros y siendo respetuoso con el proceso evolutivo y con la situación en que cada persona o colectivo se encuentran-.
Pero la cuestión planteada para nosotros es simple: ¿cómo favorecer la apertura a este nuevo estado de conciencia?, ¿cómo aprender a trascender el "yo"? La respuesta adecuada a estos interrogantes habrá de llevarnos a un nivel más profundo de nuestra verdad (como seres no-separados, no-diferentes) y a una relación sana con los otros y con la naturaleza, así como a nuevos modos de interactuar. Sólo una nueva conciencia puede detener la marcha hacia la autodestrucción.
Para ejemplificar esto, podemos utilizar metáforas, como ésta que cuenta Toni Bennássar:
"Una gaviota volaba inmersa en una hermosa bruma de otoño, cuando a lo lejos vio encenderse el arco iris. Asombrada por lo que creyó la entrada del cielo, se lanzó en su persecución. Pero cuanto mayores eran sus esfuerzos para alcanzarlo, tanto más escurridizo se tornaba el insólito fenómeno, hasta que por fin cayó al suelo exhausta. En aquellas circunstancias límites, oyó una misteriosa voz que le dijo:
- De la misma manera que el arco iris es una condición del que observa y no una realidad, también lo es vuestro mundo con los colores y las formas. Todo depende de las condiciones del observador, y de ellas surge lo que llamáis realidad.
Entonces supo la gaviota que había alcanzado, por fin, el arco iris".
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el verdadero caminoprim | 2007-01-31 22:54:18
Con todo respeto, me pareció una muy buena auto critica sobre las actitudes y responsabilidades que asumimos o no en la vida; sin duda que el temor a lo no conocido nos hace ser participes de aceptar los moldes preestablecidos en una sociedad consumista. Los puntos que tu tocas al pasar, son parte o tendrían que ser parte fundamental en la labor de la convivencia cotidiana, como poder evadirse de una obligación tal como es la preocupación por el ser humano que se encuentra en franca decadencia. Sin embargo damos la espalda o preferimos dejar ese acto a quienes nos parecen mas apropiados según su posición social. Tienes razón al decir que nos quedamos con lo malo conocido que lo bueno por conocer. Y eso también forma parte de un molde preestablecido, lo primero seria conocer el verdadero camino que cristo puso delante nuestro y pedirle a el que nos guié. Cuantas veces decimos que existe y cuantas veces le negamos con nuestros actos. "Las cartas de Pablo a los romanos", allí encontramos que el apóstol nos habla de que es la fe Y la fe nos dice es creer en lo que no se ve. Yo le aseguro que cuando usted cree en lo que no se ve (realmente comienza a ver). Muchas gracias y que dios le bendiga muy ricamente, Víctor Hugo Mendez.
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