Partes: 1, 2, 3, 4, 5

El aprendizaje de la des-identificación, camino a la No-dualidad. ¿Cómo iniciarnos en este aprendizaje? El camino pasa necesariamente por ir "más allá" del pensamiento, es decir, vivir y desarrollar el estado de observación, a través de la práctica. Es precisamente esta práctica la que nos permitirá acceder a un nuevo estado de conciencia, trascendiendo el "yo". Un estado en el que el todo prima sobre las partes, la realidad aparece como no-fragmentada, no-diferenciada, no-separada: es la conciencia no-dual.

Para llegar ahí, necesitamos ejercitarnos en la des-identificación del "yo" con el que previamente nos habíamos identificado de un modo casi absoluto. Una y otra vez habré de experimentar que mi identidad no es mi "yo"; más aún, que ese "yo" en realidad no existe sino como fruto únicamente de mi pensamiento. La realidad ES, la conciencia ES, sin un "yo" individual separado. La identificación habitual de la conciencia con el contenido mental nos empobrece radicalmente y nos mantiene en la ignorancia. Si nuestra experiencia habitual nos remite a la conciencia asociada a un yo -eso es la mente-, deberemos abrirnos a la experimentar la Conciencia no-asociada a un yo. Y ello requerirá superar el vértigo del "salto": el salto que va desde nuestro yo habitual, delimitado por nuestro cuerpo y nuestra mente, a una nueva identidad que trasciende ese yo, en la que "soy", sin ser "yo".

La sensación de vértigo es inevitable. Nos encontramos en una situación en la que estamos identificados con nuestro "yo", un "yo" que -así lo creemos- se localiza en algún lugar entre nuestra frente y nuestra nuca, entre un oído y el otro, dentro siempre de las fronteras de nuestro cuerpo. ¿Cómo no sentir vértigo ante un salto que implica desprendernos de él -nuestro "yo" conocido, habitual, familiar-, para abrirnos a una "nueva identidad" que todavía no "conocemos" qué es?

Pongámonos, por un momento, en la piel de aquellos antepasados nuestros que "dieron el salto" de la etapa pre-personal, de fusión con todo, a la etapa personal, a la conciencia del "yo". ¿Qué vértigo no experimentarían? Porque, al aparecer el yo personal, aparecía también la conciencia de un "yo separado" y, con él, los sentimientos de soledad, angustia, miedo a la muerte, culpabilidad… No es extraño que ellos lo percibieran como una "pérdida" o incluso como una "caída", y que así lo recojan los relatos de los orígenes: la pérdida de la inocencia, la caída del paraíso. Sin embargo, aquello considerado como una caída, fue en realidad un impresionante salto hacia arriba y hacia delante: el ser humano, dejando atrás la fusión inicial, había accedido a la etapa personal. Se había perdido la "inocencia" pre-personal, y se había vivido de un modo tan impactante que se llegó a experimentar incluso como el "pecado original": el ser humano había osado afirmarse en cuanto "yo", se había "atrevido" a comer del "árbol de la ciencia del bien y del mal": había querido "ser como Dios". Era "lógico" que fuera castigado con la separación y el sufrimiento. El vértigo ante lo ocurrido deformó su percepción primera; el vértigo, y el miedo a verse y vivirse como seres "separados".

Hoy vuelve a aparecer un vértigo similar en cuanto nos disponemos a trascender nuestra identidad como "yo". Sin forzar nada, necesitaremos ejercitarnos pacientemente en la práctica meditativa, que nos irá aportando confianza, a la vez que nos abrirá a esa nueva etapa.

Una tal experiencia no es algo de lo que pueda hablarse porque va más allá del pensamiento, y por tanto del lenguaje. Pero justamente cuando aprendemos el no-pensamiento, cuando somos capaces de permanecer en la observación y la pura atención, entonces acontece. Y a ello nos conduce el camino de la práctica meditativa.

¿Qué puede ayudarnos en este camino? Por un lado, podemos ejercitarnos en preguntarnos: "¿Quién soy yo? Yo no soy mi cuerpo, yo no soy mis emociones, yo no soy mis deseos, yo no soy mis pensamientos...Yo no soy un yo que vive entre mi frente y mi nuca, dentro de las fronteras de mi cuerpo". Y, progresivamente, abrirnos a una dimensión transpersonal en nosotros. Yo soy mucho más que mi "yo". De otro modo: puedo ir abriéndome a una Conciencia que va "más allá" de mi individualidad separada.

Podemos también ejercitarnos en la práctica de la observación externa, observando, no pensando, y poniendo nuestra atención en el objeto, hasta hacernos "uno" con él; o entregándonos a lo que estamos haciendo, sin sentido de apropiación y hasta llegar a observar que se hace incluso sin que haya un "yo" separado que lo hace. No es una experiencia tan extraña ni desconocida, aunque nos lo pueda parecer. Los niños la viven de un modo habitual: con frecuencia "se pierden" en lo que observan. Pero también los adultos la vivimos cuando quedamos "atrapados" en una película, en una lectura, en la contemplación de un paisaje, en el encuentro amoroso…

En su Diario, cuyo atinado título original es One Taste, Ken Wilber lo expresa de este modo:

"Comencemos cobrando simplemente conciencia del mundo que nos rodea. Contemplad el cielo, relajad vuestra mente y permitid que se funda con el cielo. Observad las nubes que flotan en el cielo y daos cuenta de que eso no os exige el menor esfuerzo. Advertid simplemente que existe una conciencia sin esfuerzo de las nubes. Y lo mismo podemos decir con respecto a los árboles, los pajarillos, las piedras… Podéis observarlos sencillamente sin realizar esfuerzo alguno… Dad un paso atrás hacia la fuente de vuestra conciencia, dad un paso hacia el Testigo y descansad en él. Y aquí es donde se suele cometer un gran error porque se cree que, cuando descansan en el Testigo, se va a ver o sentir algo muy especial. Pero no se ve nada; más aún, si se viera algo no sería sino otro objeto más…, que tampoco sois vosotros. No, cuando uno descansa en el Testigo, lo único que percibe es una sensación de libertad, una sensación de Liberación de la identificación con los pequeños objetos finitos. Tú eres esa Libertad, esa Apertura, esa Vacuidad, y no cualquier cosa que emerja en ella… Descansando en ese Testigo vacío y libre, advertid ahora que las nubes están apareciendo en el inmenso espacio de vuestra conciencia. Las nubes emergen dentro de vosotros, podéis degustar las nubes, vosotros sois uno con las nubes, que se hallan tan próximas que es como si estuvieran de este lado de vuestra piel… El observador y lo observado se hacen Un Solo Sabor".

Podemos, finalmente, ejercitarnos en la práctica de la observación interna, poniendo la atención en el propio sujeto. Para ello, empiezo por desconectar los sentidos y me centro en la observación del sujeto. Poco a poco, emerge una "masa informe" de atención. Me entrego a ella y dejo que sea el mismo proceso el que lleve la iniciativa. Es decir, consiento a des-identificarme de mi "yo personal" habitual, mi "yo pensante", abriéndome a la "nueva identidad" que pueda surgir; una identidad que es Conciencia no-asociada a un yo.

Ahora bien, para poder trascender el yo se requiere que previamente exista un yo integrado. No pueden saltarse las etapas. No se puede acceder a lo transpersonal desde lo pre-personal. Sólo podremos ir "más allá" de nuestra casa si primero la habitamos. De ahí se deduce que necesitaremos trabajar paralelamente lo referido al "yo", para crecer precisamente en la conciencia de habitar más y más nuestra casa…, bien conscientes, sin embargo, de que el objetivo no termina ahí, sino que se trata sólo de un paso que nos ha de llevar más allá de ella, a la experiencia de la Casa común…, "para serlo simplemente Todo y fundirse en la Totalidad de esa conciencia incesante que mantiene el Cosmos entero en la palma de su mano" (K. Wilber).

No somos lo que pensamos que somos. En la desidentificación tenemos una clave fundamental para avanzar en el despliegue de la conciencia. Por eso me parece importante enseñar a experimentarla como fuente de liberación y de autotrascendencia.

Al vivir habitualmente identificados con nuestro pequeño yo, no podemos sino reaccionar desde él. Ese yo, como cualquier entidad viva, busca sobrevivir por todos los medios. Y sobrevive gracias al pensamiento. Eso significa que se alimenta repitiendo las mismas pautas que lo caracterizan, prolongando de ese modo -aunque a veces sea doloroso- su propia existencia o, mejor, sensación de existencia. Por ejemplo -y personificando los propios sentimientos-, si hay en mí un "yo airado", para seguir sobreviviendo generará pensamientos y sentimientos de ira, ya que dejar de hacerlo significaría su extinción. Y lo mismo vale para cualquier otro yo: un yo resentido, asustado, angustiado… se mantendrá produciendo pensamientos y sentimientos de su propio color.

¿Qué se consigue con ello? Reforzar y solidificar la identificación con el yo que es fuente de sufrimiento y de distorsión. Por esa retroalimentación, se fortalece y hace muy difícil la salida; los pensamientos que el propio yo genera lo autovalidan. ¿Qué solución queda para esta pescadilla que se muerde la cola?

Sólo una: trascender el pensamiento, es decir, des-identificarse con firmeza de aquel yo que es creado y sostenido por el pensamiento. Y esto se consigue por medio de la observación, la única capaz de introducirnos en el no-pensamiento. Con ella, se abre camino la conciencia de una "identidad distinta" a la habitual, identidad caracterizada, de entrada, por la des-identificación con respecto al yo y, sobre todo, por la presencia. Tras la des-identificación, se descubre con gozo que la "nueva identidad" es libre, vital, alegre, amorosa, agradecida, compasiva, espiritual… Dios mismo fluye en ella. Es gozo y plenitud.

Por eso, decía antes que la des-identificación es fuente de liberación y de autotrascendencia. Hace falta experimentarlo. En el próximo capítulo, me detendré en la exposición de lo que es la práctica meditativa, como camino para avanzar en aquélla.

"Tengo un cuerpo, pero no soy mi cuerpo. Puedo ver y sentir mi cuerpo, y lo que se puede ver y sentir no es el auténtico Ser que ve. Mi cuerpo puede estar cansado o excitado, enfermo o sano, sentirse ligero o pesado, pero eso no tiene nada que ver con mi yo interior. Tengo un cuerpo, pero no soy mi cuerpo.

Tengo deseos, pero no soy mis deseos. Puedo conocer mis deseos, y lo que se puede conocer no es el auténtico Conocedor. Los deseos van y vienen, flotan en mi conciencia, pero no afectan a mi yo interior. Tengo deseos, pero no soy deseos.

Tengo emociones, pero no soy mis emociones. Puedo percibir y sentir mis emociones, y lo que se puede percibir y sentir no es el auténtico Perceptor. Las emociones pasan a través de mí, pero no afectan a mi yo interior. Tengo emociones, pero no soy emociones.

Tengo pensamientos, pero no soy mis pensamientos. Puedo conocer e intuir mis pensamientos, y lo que puede ser conocido no es el auténtico Conocedor. Los pensamientos vienen a mí y luego me abandonan, pero no afectan a mi yo interior. Tengo pensamientos, pero no soy mis pensamientos".

Soy lo que queda, un puro centro de percepción consciente, un testigo inmóvil de todos estos pensamientos, emociones, sentimientos y deseos.

Cuando uno se da cuenta, por ejemplo, de que no es su angustia, ésta dejará de ser una amenaza. Progresivamente, a través de la práctica meditativa, nos vamos des-identificando de todo aquello con lo que nos creíamos identificados. Por el contrario, sin ese camino de des-identificación, todo intento de escapar de nuestras aflicciones no hace más que perpetuarlas: nos identificamos con lo que nos aflige.

Gracias a la des-identificación, se diluye el pequeño yo y emerge nuestra verdadera identidad. Empezamos a tratar todos los objetos del entorno como si fuesen nuestro propio ser: el mundo es nuestro cuerpo. Amamos a los demás porque ellos son nosotros. Se abre paso la intuición de que no hay más que un Ser que asume esas formas externas diferentes. Intuición que lleva aparejada la de la inmortalidad. "Si mueres antes de morir, entonces, cuando mueras, no morirás". Morirá lo compuesto, no ese "algo" que notamos en nosotros que permanece siempre.

 

  • ¿Qué evoca en mí este texto? Me digo todo lo que me despierta.
  • ¿Me parece accesible para mí lo que propone? Sí/No, ¿por qué?
  • Más en general, ¿cómo suelo "relacionarme" habitualmente con lo que me hace sufrir?
  • ¿Percibo si he de hacer algún cambio en ello?

 

  • ¿Hago meditación de un modo habitual? ¿Con qué frecuencia?

  • Si sí, ¿me deja satisfecho? Si tengo alguna insatisfacción, ¿cuál es?
  • Si no, ¿a qué se debe?

  • ¿Cuál es el tipo de meditación que se me ajusta?
  • ¿Cuáles son mis motivaciones para perseverar en ella?

Para aprender a gestionar constructivamente lo que nos hace sufrir

  1. El primer paso es reconocer y nombrar lo que me duele, sabiendo que la otra persona no ha sido sino un "despertador", pero que la herida está en mí. Para nombrar con precisión lo que me duele, puedo preguntarme por el lado de mis necesidades. Por ejemplo: si me duele el trato que alguien ha tenido conmigo, o un gesto, etc., puedo preguntarme: ¿cómo me gustaría, o me hubiera gustado, que me tratara?, es decir, ¿qué estoy necesitando?
  2. Tras nombrarlo, necesito aceptar del modo más humilde posible lo que me está ocurriendo.
  3. Aceptar el dolor o malestar, pero sin reducirme a él: Siempre soy más que el problema o dolor en cuestión.
  4. Precisamente porque soy más, puedo acogerme a mí mismo, como acogería a un amigo que viniera a mí con ese problema. Acoger no significa autocompadecerse ni "hacerse la víctima"; mucho menos, cavilar mentalmente en torno a lo que me duele o lo que ha ocurrido (la cavilación es siempre mala). Acogerse es aceptarse con cariño hacia sí y con confianza: "saldré adelante".
  5. En la práctica meditativa, puedo dejar "reposar" el dolor en el Silencio profundo..., hasta que el Silencio mismo lo vaya "disolviendo". No estoy pensando en el dolor, sino viviendo la pura atención, el no-pensamiento.
  6. Desde la experiencia creyente, puedo "presentarme" con el dolor ante Dios, sencillamente para dejarme sentir acogido-amado por Él con mi realidad.
  7. Y, sobre todo, puedo entrenarme en vivirlo como OPORTUNIDAD DE CRECIMIENTO, desde la certeza de que todo lo que me ocurre tiene algo que enseñarme, algo en lo que puedo crecer si lo aprovecho de un modo constructivo. Para vivir así lo que me hace sufrir, necesito distinguir en mí:

  • Mi ego, más superficial, pero con el que seguramente he vivido más identificado a lo largo de toda mi vida, creyendo que ese ego era mi verdadera identidad. Es el ego el que me hace ser egocéntrico y vivir pendiente de mis necesidades y heridas. Deberé trabajarlo psicológicamente para que no me tiranice. Pero sabiendo que vivir para él equivale, como decía Jesús, a "perder la vida": estoy perdiendo la vida, porque ese ego no soy "yo".
  • El Yo profundo, mi verdadera identidad, donde estoy habitado por Dios, unido a Él y unido a todos y a todo. En ese lugar, SOY uno con todo. Por eso, desde ahí, puedo relativizar absolutamente los "dramas" que hace mi ego, porque me situaré de modo radicalmente diferente.

Quien tiene que crecer, por tanto, no es mi ego carenciado y exigente, sino el Yo profundo, mi verdadera identidad. En ella reside también mi capacidad de amar y, por tanto, también desde ella podré acogerme a mí mismo con mi herida y mi dolor, pero no para dar vueltas en torno a ellos, sino para poder vivirlos constructivamente.

Bibliografía

  • BRADSHAW, J., Volver a casa. Recuperación y reivindicación del niño interior, Los Libros del Comienzo, Madrid 1994.
  • MARTÍNEZ LOZANO, E., Nuestra cara oculta. Integración de la sombra y unificación personal, Nancea, Madrid 2005.
  • MONBOURQUETTE, J., De la autoestima a la estima del Yo profundo. De la psicología a la espiritualidad, Sal Terrae, Santander 2004.
  • PRH-INTERNACIONAL, La persona y su crecimiento, PRH, Madrid 1997.
  • TROBE, Th.O., De la codependencia a la libertad. Cara a cara con el miedo, Gulaab, Madrid 2004.
  • WILBER, K., Más allá del Edén. Una visión transpersonal del desarrollo humano, Kairós, Barcelona 22001 (orig. 1981).

5. EL CAMINO DE LA MEDITACIÓN

"El silencio no surge cuando se acalla la mente; surge cuando la mente está callada porque ha comprendido" (Consuelo Martín).

"Hasta que no se trasciende la dualidad y se realiza el estado de Un Solo Sabor, es imposible alcanzar la iluminación. El ignorante sólo ve la dualidad externamente transitoria" (Padmasambhava).

"Todo está en todo" (Nicolás de Cusa).

Hemos llegado al final, al camino que puede hacer operativa y eficaz la vivencia de aquellas actitudes que considero básicas para que nuestra vida florezca en una plenitud siempre creciente. Se trata del camino de la meditación. Decía Pascal que todas las desgracias humanas proceden de una sola cosa: que no sabemos quedarnos tranquilos en un cuarto, y procuramos estar siempre agitados. Si ése es el origen de las desgracias, el remedio se llama meditación, siempre que entendamos adecuadamente lo que quiere significar. Porque, en realidad, la meta a la que la meditación conduce es ambiciosa: vivir la Unidad que somos.

Si bien la etimología del término latino med-itari nos habla de ser conducidos (itari) al medio o al centro, es el significado de esa palabra en sánscrito el que nos va a poner más adecuadamente en la verdadera pista. En efecto, meditar significa "aquietar el movimiento mental", detener el flujo de la mente. Y de eso es de lo que se trata.

La mente, la capacidad de pensamiento, constituye una riqueza de primer orden, siempre que se sitúe al servicio de la persona. Pero si, por el contrario, la mente se hace autárquica, como suele ocurrir con exagerada frecuencia, ahí empiezan nuestros problemas. Porque si estoy en el pensamiento, sobre todo si es un pensamiento no observado; si no soy yo el que va guiando conscientemente el pensamiento, sino que es el pensamiento el que me "posee" a mí, en una serie de circunvoluciones interminables y agotadoras, es imposible que esté en el presente -no olvidemos que el pensamiento es siempre pasado- y, en consecuencia, no estaré en mí, no podré vivirme en profundidad y no estaré disponible para los demás. Así, nuestra herramienta más preciosa -el pensamiento- termina convirtiéndose en nuestro peor enemigo.

Con otras palabras: desde el pensamiento no observado, resulta absolutamente imposible vivir las cuatro actitudes básicas, a las que me he referido antes, y que configuran lo que es una existencia armoniosa y eficaz. Y, sin embargo, nos hallamos con tanta frecuencia en ese tipo de pensamiento, que supone una tarea ímproba reeducarnos para poder "tomar distancia" del mismo y capacitarnos, de ese modo, para poder ser dueños de nuestra propia vida.

Una mente no observada, un pensamiento que "anda por libre", es la fuente de todo sufrimiento emocional. Mientras que, por el contrario, una mente observada es el mayor logro para todo proceso de crecimiento personal y espiritual. Observación, como ya hemos visto en parte y veremos luego más detenidamente, es justamente lo opuesto a pensamiento, entendiendo en este campo por "pensamiento" no sólo lo que habitualmente comprende ese término, sino todo "objeto" interno: miedos, necesidades, malestares…, cualquier tipo de sentimiento. Y ése es, por tanto, el desafío para quien quiera embarcarse en una tarea de crecimiento: ejercitar la observación o, más exactamente, llegar a vivir del modo más habitual posible desde una mente observada; o, lo que es lo mismo, desde una atención consciente, que consiste en estar atentos de una forma voluntaria al aquí y al ahora.

En este sentido, afirmo que la meditación es el camino. Por la meditación como aquietamiento del movimiento mental, aprendizaje del no-pensamiento, hábito de una mente observada, accedemos a otro nivel de conciencia, o mejor, a la experiencia de que nuestra conciencia habitual queda expandida, ampliada. De ahí que, en este sentido, la meditación no sea única ni prioritariamente un método, sino una forma de vivir, una forma de ser.

Que la meditación sea una forma de vivir o una forma de ser, implica dos cosas. La primera, que la práctica meditativa no se reduce a un tiempo "destinado" al silencio y a la observación, sino que está llamada a vivirse en toda circunstancia: en concreto, es ir pasando, en la vida cotidiana, de la primacía del pensamiento al hábito de la observación (y, por tanto, de la presencia). La segunda, que el criterio decisivo para validar la práctica meditativa será nuestra vida, hasta el punto de que si ésta no se transforma, habría que dudar del modo como hacemos aquélla; podría ser un refugio. La práctica meditativa, bien vivida, habrá de generar consecuencias perceptibles: mayor unificación y armonía personal, vivencia creciente de amor y de unidad con todo, capacidad y facilidad para resituarnos cuando nos vemos embarcados en cualquier funcionamiento mental o sensible, capacidad para vivir des-identificados de nuestro pequeño "yo" prepotente, acceso a un estado expandido de conciencia…

Los estudiosos de los dominios superiores de la conciencia señalan, como características de los mismos, la atemporalidad transtemporal, el amor, la no evitación o desapego, la aceptación total, la unidad sujeto-objeto. Características que, coherentemente, coinciden con las exigencias que implica la meditación.

Mientras estemos en el reino del pensamiento, el rey será nuestro yo, un yo mejor o peor "integrado", más o menos "realizado", pero sólo el yo como sensación de identidad separada. En tal estado, no es extraño que, espontáneamente, ese rey use cualquier recurso para fortalecerse, seguir autoafirmándose e imponerse a los demás. En tal estado, por fin, será imposible vivir el no-juicio, ya que pensar implica juzgar; la actitud acogedora del no-juicio únicamente puede vivirse cuando se trasciende el pensamiento. Es, por tanto, el aprendizaje y la práctica del no-pensamiento los que nos van a capacitar para vivirnos como observadores desapropiados, des-identificados del propio yo y, en consecuencia, de los intereses que nos hacen vivir de un modo egocentrado.

Pues bien, para facilitar la vivencia práctica de este camino, trataré de señalar, en este último capítulo, algunas puertas de acceso al mismo, de modo que, si bien todas ellas al final resultan convergentes, cada cual pueda practicar aquélla que más se adapte a su peculiaridad psicológica o espiritual, así como a la etapa en la que se encuentra en su propio camino personal.

A mi modo de ver, ésta habría de ser la tarea prioritaria de las religiones: no aumentar el número de fieles, ni proponer la aceptación de unas "verdades" o creencias absolutas, ni ser custodias de una ética…, sino ayudar a despertar, a experimentar la Realidad No-dual que Somos/Es. Ése es el camino de la paz, del gozo y de la vida. Ése es también el camino para descubrir y vivir la Unidad que somos. Todo lo demás vendrá solo. Lo que ocurre es que únicamente puede ayudar a despertar quien ha despertado. Los habitantes de la "caverna", de Platón, tachaban de loco al que les hablaba de la realidad distinta y luminosa que había visto. Lo que ocurre es que quien está dormido teme que le hablen de despertar. De ahí, que una señal inequívoca de estar dormido es precisamente la resistencia a esa propuesta.

Una última observación preliminar. El modo más seguro de no alcanzar nunca el estado de meditación es querer llegar a él. Es decir, la expectativa de ese "querer llegar" no es sino ansiedad del mismo yo. Pero es precisamente el yo el que nunca podrá llegar a la meditación, ya que ésta significa justamente su "muerte", su disolución. De ahí que no haya lugar para ninguna expectativa ni tensión.

Tal como escribiera Chögyam Trungpa, la meditación no es un intento por alcanzar el éxtasis, la felicidad espiritual o la tranquilidad; tampoco es una lucha por mejorarse. Se trata simplemente de crear un espacio en el que podamos dejar al descubierto y desarmar nuestros juegos neuróticos y autoengaños, nuestras esperanzas y temores ocultos… Uno quisiera presenciar su propia realización. Pero eso no sucede nunca. Desde el punto de vista del ego, lograr la realización supone la muerte absoluta: la muerte del ego, la muerte del yo y lo mío, la muerte del observador. Es la máxima decepción, el chasco total. Es una decepción darnos cuenta de que debemos abandonar nuestras expectativas, pero debemos permitir que se produzca esa decepción, porque decepcionarse significa renunciar al ego, al logro personal. Andar por el camino espiritual resulta doloroso: siempre hay que ir desenmascarándose. Y, por ello mismo, tratamos de evitarlo con tanto autoengaño.

Pero también por esa misma razón, y aunque suene paradójico, el camino que conduce al estado de meditación pasa por un permanecer sin esfuerzo. El esfuerzo no sólo indicaría la ansiedad característica del yo, sino que revelaría también la ignorancia con respecto a lo que es. No hay nada que conseguir, nada que alcanzar. Todo, sencillamente, ES. No hay sino que caer en la cuenta. Así de simple. Nos abrimos de ese modo a todo un horizonte de liberación, de paz, de vida. Todo ES, pero ¿quién lo ve? La observación, el silencio, el no-pensamiento, ése es el camino para ir saliendo de nuestra ignorancia y despertar a lo que es.

Por lo demás, algo parecido se ha dicho siempre a propósito de la oración. La búsqueda de Dios no sólo es el mejor modo de no encontrarlo (por aquello que decía más arriba, de que una tal búsqueda presupone que Dios estaría en "otro" lugar o en "otro" momento), sino porque cualquier ansiedad en la misma denotaría la necesidad, generalmente inadvertida, de "apropiarse" de Dios, aunque fuera con formulaciones muy "espirituales". Con frecuencia, lo que el creyente busca es su propia seguridad, la seguridad del yo, a la que pone el nombre de "Dios". Y, sin embargo, el encuentro únicamente se dará en la desapropiación, es decir, en la actitud de quien no espera nada para sí. De ahí que el encuentro nunca lo vivirá el "yo religioso"; justo al contrario, únicamente será posible cuando no haya un "yo". De nuevo, otra paradoja: el encuentro con Dios sólo podrá darse cuando haya muerto el "yo religioso".

Desde este ángulo, puede comprenderse mejor el modo tan sutil como el yo busca apropiarse incluso de Dios, para fortalecerse él mismo, en sus necesidades de seguridad y de autoafirmación (lo que en la práctica se traduce como prepotencia). Ello explica también la peligrosidad latente en todo "yo religioso", peligrosidad que sólo se puede conjurar desde una actitud de desapropiación o, lo que es lo mismo, de gratuidad. Puede observarse que toda esta cuestión ocupa un lugar central en el evangelio: por un lado, Jesús vive y proclama constantemente la gratuidad; paralelamente, denuncia las apetencias y los comportamientos inhumanos del "yo religioso", paradigmáticamente representado en los fariseos; finalmente, sufre en su propia carne la peligrosidad del mismo, que no duda en matar con tal de mantener su propia supervivencia y autolegitimación.

Por eso, también en este punto se hace necesario insistir: todo es gracia. Lo cual significa: todo se nos ha dado ya, todo es. Ya estamos en Dios, ya estamos salvados, no hay nada que "conseguir" a fuerza de puños. Basta despertar, caer en la cuenta y vivir lo que ya somos. Todo lo demás viene solo, como consecuencia más que como condición.

Pero volvamos ahora a nuestro tema: cómo practicar el camino que conduce a la meditación.

Pensamiento y atención

No hay mayor obstáculo para la meditación, para la percepción y la vivencia de la Unidad Que Somos/Es, que la mente no observada, por la que nos identificamos absolutamente con nuestro yo, como realidad separada y definitiva. Un yo que busca pervivir aferrándose al deseo y, en último término, al pensamiento.

A través del deseo, el yo cree tener una sensación de consistencia y de solidez en sí mismo. Cuanta más fuerza adquieren nuestros deseos, más se afirma nuestra sensación de identidad separada. Y cuanto más se afirma esa sensación, más poder consigue nuestro yo y más urgencia sus deseos. En eso consiste justamente la trampa: el deseo, al fortalecer la sensación de identidad del "yo", impide trascender al estadio siguiente, a la "nueva identidad" transpersonal y transegoica. Y por eso el Buda lo denunciaba como origen del sufrimiento y como obstáculo para la trascendencia. De ahí que no se debe entender la afirmación del Buda -como habitualmente se ha hecho en occidente- en el sentido de que negara todo deseo (y, con ello, una estructura básica del ser humano), sino en aquél otro de negar el deseo que es expresión de un yo que no existe.

Pero, más globalmente aún, el yo se autoafirma a través del pensamiento. Hasta el punto de que pueden considerarse como equivalentes. El yo únicamente puede mantenerse a través del pensamiento (y de la memoria); pero, a su vez, el pensamiento no puede concebirme sino como un yo separado.

Y esto es así porque el pensamiento únicamente puede operar gracias a la distinción (separación) sujeto/objeto, observador/observado. En el reino del pensamiento, la dualidad es absolutamente inevitable. Sin embargo, cualquier persona ha experimentado, aunque no lo haya hecho consciente, que, al trascender el pensamiento, se acaba la dualidad. Siempre que hemos estado realmente atentos o concentrados en algo -una lectura, una película, una relación…-, nuestro yo había "desaparecido"; quedaba únicamente atención. ¿A qué se había debido? Al hecho simple y "mágico" de la atención: al poner toda ella en el objeto, el pensamiento se detiene y emerge la no-dualidad. La conclusión es evidente: si el pensamiento únicamente puede operar a partir de la distinción sujeto/objeto, el modo de trascenderlo pasa precisamente por centrar la atención sólo en el sujeto o sólo en el objeto.

Centrar la atención significa observar, que es justamente lo opuesto a pensar, hasta el punto de ser mutuamente excluyentes: cuando piensas, no puedes observas; cuando observas, no puedes pensar. En la observación se ha fracturado la dualidad. No hay sujeto y objeto; sólo hay atención que se atiende a sí misma.

Con todo esto, podemos adentrarnos en los caminos de la práctica meditativa.

Observar al pensador / observar al observador

Todo empieza por ejercitarse y desarrollar la capacidad de observación, como el antídoto más eficaz para contrarrestar y reeducar cualquier tipo de funcionamiento cerebral, que nos ha mantenido alejados del presente, de nosotros mismos y de los demás. Observar, como he repetido con insistencia, es no-pensar. En la observación, el pensamiento se detiene, del mismo modo que se detiene cuando nuestra mirada queda espontáneamente extasiada ante algo que despierta nuestra admiración o que nos sorprende por su novedad. Porque en la observación, no sobreimponemos ninguna idea, ninguna forma, ningún recuerdo a lo que observamos: por eso, la observación es limpia y es presente. En esas ocasiones, somos bien conscientes de que no pensamos; el pensamiento ha quedado aparcado, detenido, ante otra capacidad distinta: la atención.

Ejercitarse en desarrollar la propia capacidad de observación resulta sumamente beneficioso. Aprendemos a des-identificarnos de nuestra mente, nos hacemos progresivamente diestros en lograr una mente observada y ganamos en libertad. Hay que volver a recordar que la mente no observada termina tiranizándonos. Todo lo que ella nos presenta podemos tomarlo como real y, en consecuencia, nuestra reacción y nuestro comportamiento serán deudores de aquel engaño mental.

Veámoslo con la imagen del cine. Una cosa es la película proyectada en la pantalla y otra el espectador que la observa desde su butaca. La butaca le da una distancia que se traduce en libertad. Pero si la abandona y se introduce en la película, el espectador se vería arrastrado por lo que en ella se desarrolla; dejaría de ser él para convertirse en un personaje, que toma como real lo que únicamente es una proyección. Eso es exactamente lo que nos ocurre cuando perdemos la distancia, cuando nos identificamos con nuestra mente: tomamos como real lo que únicamente es una idea mental ni siquiera contrastada.

¿De qué se trata? De no abandonar la butaca. Si te ayuda, puedes "situarte" en la nuca y, desde ahí, dirigir la atención hacia la frente, para observar los pensamientos que por ella van discurriendo. Ha de ser una observación sin-esfuerzo, mantenida con paciencia, como si se tratara de un juego, sin tensión, sin expectativas, sin querer conseguir nada. Todo ello no serían sino pensamientos añadidos. Es decir, tanto la lucha para no pensar como el esfuerzo para cortarlos, no son sino otros tantos pensamientos que alimentan el funcionamiento compulsivo de la mente. Lo único que hay que hacer es no abandonar la butaca; nada más. Situado como un espectador ante la película, te importa igual que la película vaya de un tema que de otro; incluso que sea una sola película o que sean varias simultáneas. Mientras tú únicamente las observes, no hay problema. Lo que ocurre es que, sobre todo al principio, saltarás de la butaca a la pantalla, dejarás de ser espectador para convertirte en actor protagonista. Porque ¿a qué "yo" no le apasiona ser siempre protagonista? Pedirle que sea espectador supone para él frustración y miedo; frustración, porque implica renunciar a su prepotencia; miedo, porque teme que si no controla, aparezca el sufrimiento que tanto teme.

Pero lo cierto es que si tu yo se empeña en ser protagonista, la película te atrapará: habrás perdido distancia y libertad. Aun así, no pasa nada irreparable. Basta con que seas consciente de lo que ha ocurrido y, sin enfado y con paciencia, vuelvas de nuevo a la butaca…, una y mil veces, si fuera necesario. Todo ese ejercicio de "vuelta" forma parte del aprendizaje de la observación. Y de eso se trata: de aprender para llegar a ser diestros en el arte de observar. Hasta el punto de que la observación se nos haga más atrayente y más habitual que el pensamiento descontrolado. Eso se consigue experimentado el gusto profundo que acompaña a la observación sin esfuerzo y gracias a la inercia que genera la misma práctica. Todo aquello que repetimos empieza a generar una cierta dinámica "en espiral", que irá ampliando su "diámetro" en la medida en que lo convirtamos en algo habitual. Esto mismo explica que, frecuentemente, en cuanto nos descuidamos, caemos en un funcionamiento cerebral: significa que la inercia del pensamiento es en nosotros todavía muy grande. Y, metidos ya en ese funcionamiento cerebral, nos engancharemos fácilmente en la cavilación o en la dramatización. Entonces, a partir de ese momento, el mayor problema no será ya lo que ocurrió, sino el "drama" que hemos hecho sobre la base de lo que ocurrió.

Poco a poco, en la medida en que nos vamos ejercitando en la observación, ésta irá produciendo su propia inercia, que facilitará nuestra permanencia en ese nuevo estado. Es una cuestión de práctica -la inercia es generada por la práctica-, hasta que nos vaya resultando cada vez más espontáneo situarnos como espectadores-observadores de lo ocurrido. Al hacer así, empezamos a vivir la des-identificación, tomamos distancia y deja de dominarnos lo sucedido: la distancia salvaguarda nuestra libertad.

Pero volvamos a la butaca. En la medida en que permanecemos en la observación sin esfuerzo, empezaremos a notar que los pensamientos se ralentizan y se van diluyendo. Ocurre como en el juego entre el ratón y el gato. Cuando aparece el gato, desaparece el ratón. Pero si el gato se va, el ratón campa a sus anchas. El gato es la observación; el ratón, el pensamiento. Como decía más arriba, observación y pensamiento son mutuamente excluyentes: no pueden darse a la vez. Por eso, mientras la observación se mantiene, no surge ningún pensamiento. Sólo cuando aquélla decae, vuelven estos. Se puede hacer la prueba de un modo elemental. Pregúntate: "¿cuál será mi próximo pensamiento?". Mientras te lo estés preguntando no habrá ningún "próximo" pensamiento, porque estás atento. En cuanto la calidad de atención disminuya, el pensamiento volverá.

Porque, en último término, para que los pensamientos sobrevivan necesitan que los tomemos en serio. Nuestra misma preocupación es el alimento que los nutre. En cuanto aprendemos a retirarles nuestro interés, desaparecen por inanición.

Con ello, podemos completar un poco más nuestro esquema anterior. Obsérvese que, para adiestrarnos en tener una mente observada, o lo que es lo mismo, para vivir en presente, es necesario vivir las actitudes que aparecen en la columna de la izquierda. Tales actitudes, equivalentes entre sí, son exactamente lo opuesto a las que se especifican en la derecha, hasta el punto de que unas y otras son mutuamente excluyentes. No puede vivirse, a la vez, la observación y el pensamiento, del mismo modo que no se puede estar, a la vez, en la butaca y en la pantalla. Cuando pensamos, no observamos; cuando observamos, no pensamos. Esto explica la aparente paradoja de la atención: hay película mientras no hay espectador; pero cuando aparece el espectador, la película desaparece.

En eso consiste exactamente la observación, en ser conscientes, en estar despiertos. Por eso, en cuanto uno se pregunta: ¿en qué estoy pensando?, ya ha empezado a romper la inercia y el automatismo de la mente; ha empezado a recuperar su libertad. Desde el pensamiento, es fácil caer en la cavilación y en la dramatización; desde la observación, cortamos la cavilación, des-dramatizamos y volvemos a la realidad. Es mucho lo que nos jugamos ejercitándonos en la observación, aprendiendo a observar.

Pues bien, cuando, al ser observados, los pensamientos se ralentizan y se van diluyendo, dirigimos la observación sin esfuerzo al propio observador (o sujeto): observamos al observador. Toda la atención está puesta en el sujeto -el sujeto se observa a sí mismo-, hasta que el observador y lo observado es una sola cosa. Sin proponérselo, el sujeto no se percibirá entonces en la nuca, sino en el entrecejo. Al ganar en intensidad, aparecerá una "masa informe de atención", una masa "sin forma" -si tuviera forma, sería otro pensamiento-. Y aparecerá por sí misma; si alguien quisiera buscarla o provocarla, eso sería de nuevo otro pensamiento.

Cuando esa masa informe de atención aparece, de pronto es lo único que hay en todo el campo de conciencia. No hay un "yo" que se entera de ella; por eso mismo, el sujeto no se percibe "en ningún lugar" (ni en la nuca ni en el entrecejo), porque no hay un "yo" que perciba o a quien percibir. Todo es observación que se observa a sí misma, atención que se atiende a sí misma. En ese momento, sólo cabe una cosa: permanecer en esa atención a no-algo, "entregarse" y permitir que sea ella la que guíe todo el proceso. Estamos a punto de trascender el propio "yo", como sensación de identidad separada, dando lugar a un nuevo estado de conciencia.

Pero aquí es donde vamos a encontrar la mayor resistencia, porque se trata de "pasar" de nuestra identidad habitual y familiar, el "yo" (mente), a otra identidad que nos lleva "más allá" del yo. Se comprende que el propio yo se resista y busque cualquier estratagema para impedirlo, porque él sabe bien que tal paso supone su propia "muerte". Y eso es demasiado para un "yo" que siempre ha buscado afianzarse, protagonizar y controlar la situación.

Pero ése justamente es el camino, la "puerta estrecha" de que hablaba Jesús; el "para venir a donde no sabes, has de ir por donde no sabes", de san Juan de la Cruz. Hay que afrontar el vértigo que supone ese paso y correr el riesgo, soltar ese "yo" que situábamos en algún lugar entre la frente y la nuca y dentro de las fronteras corporales, para que pueda abrirse camino esa nueva identidad que no conoce fronteras. Ante el vértigo, de entrada, nos echaremos atrás. No importa; si seguimos practicando, veremos crecer la confianza, y cada pequeño paso nos confirmará en la verdad de lo vivido.

Puesto que la sensación de vértigo puede ser grande, se requiere paciencia y perseverancia (como en cualquier aprendizaje, ¡la práctica lo es todo!); no extrañarse ni asustarse aunque parezca difícil o incluso imposible. Se trata de permanecer sencillamente en la observación sin esfuerzo.

Los primeros "resultados" de la práctica nos sorprenderán: dejaremos de identificarnos con el "pensador" (yo), para empezar a identificarnos como "Testigo" presente en todo o, simplemente, como Presencia. A partir de ahí, notaremos que somos más capaces de permanecer en el presente, en la misma medida en que disminuye nuestra tendencia a huir al pasado o al futuro. No es extraño: el pensamiento siempre es pasado (o proyección al futuro); la observación no puede ser sino presente.

Esta práctica de observación requiere una condición ineludible: hay que hacerla sin ninguna prisa. Se puede pensar, hablar, comer, caminar, trabajar… con prisa, pero no se puede observar con prisa; la observación exige pararse, detenerse.

Pero es justamente gracias a esta práctica meditativa como podremos despertar, salir de la identificación con el pequeño yo, con su egocentrismo inevitable, con su miedo y su dolor, para reconocernos como Unidad, en la Conciencia absoluta e ilimitada, en el Absoluto no-dual. Y es así como ocurre que, olvidándonos de nosotros mismos, perdemos el sentido de la separación y nos damos cuenta de que somos la red.

Con todo ello, podemos "ampliar" el esquema anterior. En cuanto el espectador se sitúa en la butaca, toma distancia de la pantalla y de la película. Exactamente eso es lo que ocurre cuando observamos nuestros pensamientos: nos des-identificamos de ellos, emerge el Testigo y nos abrimos a la experiencia de la No-dualidad en el presente. Sin embargo, no todo acaba ahí. Detrás del espectador, está la luz que hace posible la proyección de la película. Detrás del observador, se encuentra la Conciencia (Testigo transpersonal, No-dualidad) como Fuente de todo el proceso.

Como decía más arriba, lo que corta el pensamiento es ser consciente de que pienso. Por eso, observar el pensamiento es ser consciente de que estoy pensando. Y eso es lo que lo detiene. Decía también que, cuando la observación se mantiene, no hay pensamiento y cuando no hay pensamiento, el "yo" desaparece. Ya no hay, por tanto, un yo que observa. ¿Quién observa? "Eso", una Conciencia que no es "yo", la Conciencia no-asociada a un yo. Por decirlo con una metáfora, la Conciencia es como el espacio: no hay nada donde no esté, y nada puede ser fuera de ella. Nuestro engaño y nuestro problema es que hemos llegado a convencernos de que la conciencia sólo existe asociada a nuestro yo. De ahí, la importancia de abrirse a la Conciencia-no-asociada-a-un-yo. ¿Cuál es la diferencia que existe entre el espacio exterior y el que existe dentro de una vasija? Ninguna, sino la frontera que supone la propia pared de la vasija. Algo similar ocurre con la conciencia. Lo cual no significa negar la vasija; pero sí reconocer su verdadera identidad.

Se da, también, algo parecido en la Conciencia atemporal, la "Luz" que está "detrás" de la película y detrás del propio espectador, el Testigo transpersonal No-dual, "Eso" que no podemos pensar y no podemos nombrar y al que las religiones designan como "Dios", "El que es", "Lo que es". Y no podemos pensarlo, porque en ese caso volveríamos al pensamiento, habríamos regresado al estado mental, y lo nombrado no sería sino una objetivación. No podemos pensarlo; podemos simplemente abrirnos, experimentarlo; reconocernos, identificarnos en Ello, ilimitado, omniabarcante, no-dual.

Cuando eso ocurre, emerge la condición de no-dualidad. No desaparece nada, pero la percepción cambia. Ya no hay una "fracción" de la realidad que se hace consciente de ella, sino que es la misma Realidad percibiéndose a sí misma. A esa nueva identidad consciente, que no es el "yo", se la llama de diversos nombres: Presente, Conciencia, Testigo… El mismo "yo" se percibe como una parte más de todo el conjunto, pero no es él quien percibe, sino el Testigo Transpersonal.

¿De dónde nace nuestra sorpresa inicial o incluso nuestra resistencia a ultranza? Del hecho simple de haber vivido identificados absolutamente con nuestro yo individual, como realidad "absoluta". O, con otras palabras, porque nos hemos identificado con el pensamiento y, a partir de ahí, únicamente podemos percibirnos como realidades separadas. Ahora bien, no olvidemos que el pensamiento es sólo uno de varios estados de conciencia posibles.

Por lo demás, si no estuviéramos tan aferrados a nuestra sensación de identidad separada, seríamos conscientes de que eso que llamamos "yo" varía. Y ésa es una experiencia que tenemos todos: cuando quedamos concentrados en algo…, o incluso cuando estamos bajo los efectos del alcohol. Por expresarlo de otro modo, hay diferentes maneras de percibir la realidad: ¿Cómo la ven los animales? ¿Cómo la percibiríamos nosotros mismos, si tuviéramos unos ojos capaces de ver lo que ve un microscopio o si fuéramos capaces de ver la realidad subatómica? ¿Cómo condicionaría eso todo nuestro modo de percibir? ¿Qué es la realidad, qué es la vida, qué es el ser humano, qué es Dios…? ¿Desde qué modalidad de percepción respondemos?, ¿desde el pensamiento o desde el presente? Porque, según cuál sea la modalidad, la respuesta a una misma cuestión será bien diferente. Como señalo en el Anexo final, es importante ser lúcidos para no aferrarnos al "yo-mental" como si se tratase de nuestra definitiva identidad. No; del mismo modo que trascendimos (e integramos) otras identidades previas, tanto a nivel de nuestra biografía individual como a nivel de nuestra evolución colectiva, el yo también quedará trascendido (e integrado) en una nueva identidad. Al observar al yo (y todo lo asociado a él: cuerpo, emociones, pensamientos), emerge el Testigo interior que progresivamente se revelará a sí mismo como no-dual. Habremos dado otro paso gigantesco en la percepción de nuestra identidad verdadera.

En efecto, gracias a la observación, emerge una identidad "nueva", que no es la de mi "yo habitual". Y digo que es nueva porque es más amplia e inclusiva; no está referida a "mí"; es fundamentalmente observación, Testigo ecuánime; tiene sabor de Unidad absoluta, incluso aunque, en las primeras percepciones, no sea todavía experiencia de Unidad; me deja un poso sereno, profundo, gustoso y tremendamente vivo de lo que se nombra como "Dios"; en ella, por momentos, se experimenta sencillamente que Todo ES, que Dios ES… y basta.

Al ir viviendo, gracias a la práctica, la experiencia de Lo Que Es, uno empieza a tomar conciencia de un movimiento alterno de entrada y salida en esa nueva identidad. Y percibe que la salida ocurre, inevitablemente, cada vez que intenta ponerle nombre. Es lógico: poner nombre es retroceder al pensamiento dualista y, simultáneamente, al yo que busca controlar el proceso, resistiéndose a desaparecer.

Pero mientras Eso Es, algo radicalmente nuevo se abre. Y, después, se perciben dos cosas: 1) Eso -Lo Que Es- es absolutamente amoroso, ama a todo lo que es; 2) Las necesidades y gustos del yo decaen hasta desaparecer. Porque no hay ningún yo. (Y esto también nos permite comprender que las necesidades tiránicas del yo -sobre todo, afectivas- son el gran obstáculo para trascenderlo).

Abrirse a la Conciencia transpersonal

¿Quién es el perceptor del yo? ¿Quién hay detrás de la butaca, detrás del espectador? ¿Quién hay "detrás de mi nuca" que me está percibiendo? ¿Quién es Aquél que percibe y que no puede ser percibido por nadie, pero al que se percibe en todo lo percibido? Para la persona religiosa, la respuesta saltaría inmediata: Dios. Y es una respuesta en la línea correcta, una respuesta bien intuida. Sólo que ese Dios no permite ser pensado; cuando la persona religiosa lo piensa o lo nombra, "desaparece" y, en su lugar, aparece un "ídolo", una proyección. Eso es lo que significa que Dios puede ser vivido, pero no puede ser pensado.

El "yo pensador" está localizado en la cabeza, pero ¿quién lo percibe? Trata de dirigir tu atención hacia detrás de tu cabeza, hacia el perceptor del "yo". Lo que percibes ahí es un "Vacío", un mar ilimitado de Conciencia, asociada a no-algo. Entrégate a ella, hasta que sólo sea "Ella" ("Ello"). Reconócete en esa identidad y permanece ahí, en el no-pensamiento: eres esa Conciencia absoluta e ilimitada. Eso, y no tu pequeño "yo", es la verdadera Identidad. Con lo cual, ni se niega el yo, ni se cae en el panteísmo, pero todo se percibe de otra manera.

A partir de aquí, podemos abrirnos a conectar con Ella en todo lo que nos rodea, en un proceso progresivo de "identificación" con la Conciencia (Dios): durante el tiempo de meditación y en la vida cotidiana. Y así, poco a poco, vas pasando de pensarte a ti mismo como una conciencia separada asociada a un "yo", a "abrirte" y percibirte como Conciencia ilimitada, omniabarcante, como si todo estuviera "de este lado de tu piel" (K. Wilber).

Podemos, pues, aprender a descansar en Lo Que Es, que, para el creyente, equivale a descansar en Dios y entregarse "afectivamente" a Él, aun sin palabras, sin imágenes y sin pensamientos…, conscientes de que si hay pensamientos, ya no es Él, sino mi pensamiento. Ello requiere trascender el yo, en un proceso de des-identificación del mismo, que se produce cuando lo observamos "desde fuera", para abrirnos a una Identidad que es más que el yo habitual. Empezamos a liberarnos de las cadenas del yo, de sus intereses, miedos y necesidades egoicas, para empezar a percibirnos como el Testigo-que-observa. Caemos en la cuenta, entonces, de que la frontera de la conciencia individual era únicamente una frontera ilusoria.

A veces ocurre que, cuando damos un paso atrás, abriéndonos a esa Conciencia ilimitada que es, solemos cometer un gran error al creer que vamos a ver o sentir algo muy especial. Pero no se ve nada; más aún, si se viera algo no sería sino otro objeto más. No, ahí lo único que se percibe es una sensación de libertad, una sensación de Liberación de la identificación con los pequeños objetos finitos. Tú eres esa Libertad, esa Apertura, esa Vacuidad, y no cualquier cosa que emerja en ella. Descansa en Lo Que Es y notarás que la sensación de Ello y la sensación del mundo son una y la misma (No-dualidad).

"¿Quién soy yo?". El sabio y místico hindú Ramana Maharshi enseñaba el método conocido como de la "autoindagación" o "indagación del yo". Empieza preguntándote "¿quién soy yo?"… Y ve desoyendo todas las respuestas que aparezcan, porque ninguna de ellas es ajustada. No soy mi cuerpo, no soy mis sentidos, no soy mis órganos…, no soy ni siquiera esa mente que piensa. Si nada de eso soy, entonces, ¿quién soy?

Llegará un momento en que la respuesta aparecerá como Vacío, en el sentido de negación del "yo" habitual, y como Conciencia absoluta no-dual. "Tras haber negado todo lo arriba mencionado diciendo "eso no", "eso no", esa Conciencia que es lo único que permanece, eso soy… La naturaleza de la Conciencia es Sat-Chit-Ananda, existencia-conciencia-felicidad".

En la autoindagación, uno nota que el "yo" es indagado por otro agente previo del cual poco sabemos, un agente silencioso, que reside más allá de cualquier comprensión mental. El yo no es algo que resida en la mente ni fuera de ella. Como alguien ha dicho, el yo es una verdad en la que todos creen, pero que nadie puede probar. No sólo eso, es la fuente de la dualidad, de la impermanencia y del sufrimiento.

Cuando trascendemos el pensamiento, trascendemos el yo y entonces, como escribe Wilber en su Diario, "el observador y lo observado se hacen Un Solo Sabor". "Hasta que no se trasciende la dualidad y se realiza el estado de Un Solo Sabor -había escrito el maestro Padmasambhava-, es imposible alcanzar la iluminación. El ignorante sólo ve la dualidad externamente transitoria". Pero, cuando se experimenta, puede exclamarse con Alfred Tennyson: "Mi individualidad parece disolverse y desvanecerse en el ser ilimitado… Es un estado en el que la muerte es una imposibilidad irrisoria y la pérdida de identidad -si es que puede hablarse de tal cosa- no se asemeja en nada a la extinción sino, por el contrario, a la única vida verdadera". O con el anónimo poeta indio americano:

No vayas a mi tumba y llores

pues no estoy ahí.

Yo no duermo.

Soy un millar de vientos que soplan,

el brillo de un diamante en la nieve,

la luz del sol sobre el grano maduro,

la suave lluvia del verano.

En el silencio delicado del amanecer

soy un ave rápida en vuelo.

No vayas a mi tumba y llores,

no estoy ahí,

yo no morí.

Y puede comprenderse lo que, siglos atrás, expresara el místico Maestro Eckhart: "Nadie conoce mejor a Dios que aquellos que están completamente muertos", donde el término "muerte" hay que entenderlo como ausencia de la sensación de identidad separada o identidad del "yo".

Ahora bien, llegados a este punto, es inevitable escuchar una objeción que proviene del lado del psicoanálisis. ¿No se esconde detrás de todos estos planteamientos una búsqueda narcisista de la fusión primera? ¿No esconde esa disolución en el Todo la añoranza nunca superada de la vida intrauterina? Ese riesgo, evidentemente, existe. Y todo lo que hayamos reprimido en el inconsciente permanece activo y al acecho. No nos queda sino la lucidez para saber lo que vivimos, así como la verificación a través de lo que eso produce en nuestra vida.

Pero el hecho de que exista la posibilidad de una tal regresión narcisista no niega la realidad y validez de la experiencia transpersonal, que no puede ser desechada de antemano. Tanto en el psicótico como en el místico se da un no-yo, pero la diferencia es "absoluta". Cuando esa diferencia no se tiene en cuenta, es que se ha confundido la dimensión trans-personal con la pre-personal, o viceversa. Pero no tienen nada que ver la una con la otra, excepto que ambas son, por motivos distintos, diferentes de la personal. Como en cualquier otro campo del conocimiento, para poder hablar con rigor, no es suficiente recurrir a nuestras "teorías" previas, sean psicológicas, filosóficas o religiosas; se requiere haber hecho la experiencia.

La meditación en la acción

La práctica meditativa permite acceder, a través del presente, a la percepción simultánea (no secuencial) de todo lo que es. La mayor dificultad para vivir esa simultaneidad, la misma que para vivir el presente, es el yo. Porque la percepción de un "yo" fractura automáticamente la realidad en partes. Hasta tal punto es así, que el ser humano no puede decir con verdad: "yo quiero estar en el presente". Porque quererlo "yo" impide que lo que no es él se perciba simultáneamente. Al definirse, lo que es la negación de la definición queda apartado. "Yo" limita, crea una frontera entre lo que es él y lo que no es él. La apreciación del sentido del "yo" es la mayor dificultad para vivir la simultaneidad, porque diferencia necesariamente entre lo que soy y lo que no soy yo. De ahí que la percepción del yo constituya el principal obstáculo para permanecer en el presente.

El tipo de percepción habitual, la percepción basada en el "yo" (en el pensamiento) es una percepción diferenciada. Desde ahí, lo que se experimenta siempre es parte, parte de otra cosa; siempre se perciben fracciones, necesariamente delimitadas. Eso hace que todo se perciba como inestable, impermanente. Y la impermanencia es la gran fuente de sufrimiento.

Una percepción diferenciada o secuencial ve la realidad como una suma de partes. Pero no hay ninguna parte que sea estable (ni ningún todo), porque lo que es estable es cualquier parte o cualquier todo que es percibido como no-diferente del resto. Eso sí es eterno. Y entonces todo cambia, porque ha cambiado la percepción de la realidad.

Empezamos a salir de la percepción diferenciada aprendiendo a vivir en presente. Y a eso quiere conducirnos la práctica meditativa. Hemos hablado ya de un modo de vivirla, el que empieza por observar al pensador, una práctica en la que el sujeto se va observando a sí mismo, hasta que aparece una masa informe de atención, donde la atención se observa a sí misma: se ha trascendido la dualidad y, por tanto, la secuencialidad.

Pero la práctica meditativa, como decía al principio, no se limita a momentos puntuales de silencio. Puesto que no es sólo un método, sino una forma de vivir e incluso una forma de ser, la meditación ha de ir ganando espacio y transformando la vida de la persona que la practica. Por eso se habla de "meditación en la acción".

Quizás resulte más fácil de entender si empezamos hablando de la observación externa u observación de los objetos. Aquí, el sujeto se "vuelca" en el objeto, del mismo modo como el niño "se pierde" en los dibujitos que está viendo. Al hacer así, incluso sin ser conscientes de ello, es el objeto el que termina percibiéndose a sí mismo; el sujeto "no está". Y todo ha sido posible gracias a la atención.

Desmenucemos un poco más el proceso. Al observar el objeto, me "vuelco" en él, de modo que, progresivamente, "estoy en él" -no desde la distancia de mi yo separado-… hasta "ser" él. En este tipo de observación, hay que escuchar, no desde el oído, sino desde el ruido exterior; hay que ver, no desde el ojo, sino desde el objeto visto, etc. Ello requiere no catalogar el objeto, o lo que es lo mismo, despojarlo de nombre y forma, que no son sino una etiqueta que, nacida del pensamiento, nos lleva al pensamiento; nos saca del objeto -y, por tanto, de la observación- para llevarnos al "yo catalogador".

Si mantenemos con limpieza la observación, percibiremos cómo el yo se disuelve en ella, para dar paso a la Conciencia absoluta e ilimitada, a la conciencia no-asociada a un yo. Se habrá producido el "salto": a este lado de la "barrera", el protagonista es el yo (el pensamiento); al otro, es la Atención, que se manifiesta como Ecuanimidad.

La meditación en la acción requiere vivir ese tipo de observación que nos hace estar "volcados" en lo que hacemos; centrados en lo que se hace, y no en quien lo hace -nosotros-. Y ello con una calidad de atención tal que nos permite estar "entregados" al presente, a la vez que experimentamos que no es necesario que el yo "controle" lo que está haciendo; existe una conciencia sabia que dirige todo el proceso. No es que desaparezca el "yo funcional", pero se produce una ausencia de identificación exclusiva con él, como realidad separada.

Ahora bien, para poder vivir la meditación en la acción, se requieren dos condiciones, que ya hace siglos señalara el Bhagavad Gita: actuar "sin apetencia de fruto" y "sin sentido de apropiación egoica". "Sólo tienes derecho al acto, no al fruto… Abandona el apego" (II,47-48). "Sólo aquél cuya mente está ofuscada por el egoísmo piensa: «Yo soy el que actúo»" (III,27). En la medida en que, en cualquier acción, me considero protagonista de la misma o voy buscando fruto, no hago sino fortalecer la sensación de mi propio "yo", es decir, aumento mi mentira y mi ignorancia. Por el contrario, únicamente en la medida en que puedo tomar distancia de ese doble engaño, me abro a la verdad de lo que es, despierto del sueño, empiezo otro modo de ver y de vivir. Eso es meditar en la acción.

En síntesis, para favorecer el desarrollo de la conciencia en la vida cotidiana, puedo vivir dos actitudes complementarias: 1) Situarme como espectador de lo que hago, sin perder mi condición de Testigo-observador que, en todo momento, observándolo a una "cierta distancia", trasciende al yo que actúa, y 2) Entregarme a lo que estoy haciendo, de tal modo que soy no-diferente de la acción misma. En ambos casos, lo que ocurre es que el yo desaparece como entidad propia, para quedar trascendido e integrado en la nueva identidad. En efecto, cuando lo observo actuar, el yo desaparece a la luz del Testigo-observador; cuando me entrego a la acción, desaparece igualmente en la no-dualidad vivida.

Obsérvese que este modo nuevo de situarnos afecta también a las relaciones interpersonales, a nuestra manera de percibir y tratar a los otros. En efecto, también ante el otro puedo situarme en el pensamiento o en la observación. Desde el pensamiento, me será imposible no juzgar, porque pensamiento es sinónimo de catalogación, análisis y juicio. Y, sin embargo, la actitud positiva en la relación con las personas es la del no-juicio (referido a la persona, no a los hechos, que podrán siempre ser juzgados y criticados). Pues bien, el único modo de vivir efectivamente el no-juicio es permanecer en el no-pensamiento. Ello requiere también un aprendizaje y una práctica, pero el resultado es impagable. Para empezar, es necesario hacer una opción por vivir en el no-juicio y un adiestramiento para vivir en el no-pensamiento. De ahí que la misma práctica meditativa, bien vivida, sea un factor eficaz para mejorar las relaciones interpersonales.

Ejercitarnos en observar nuestra mente

Hay algo más, de suma importancia, que podemos hacer en la vida cotidiana: ejercitarnos en observar nuestros propios pensamientos. Si lo practicamos con asiduidad, nos haremos diestros en tomar distancia de ellos, con lo que ganaremos en libertad interior y en autonomía, frente a los condicionamientos, con frecuencia tiránicos, que provienen de todo el mundo de nuestros pensamientos y sentimientos. Al principio, nos haremos agudamente conscientes, tanto de nuestra hiperactividad mental como de la insidiosa insistencia con la que nuestra mente se empecina en mantener su protagonismo. Sin embargo, a poco que mantengamos la observación-sin-esfuerzo sobre ella, percibiremos que, con facilidad, el yo se diluye al tiempo que emerge el Testigo ecuánime, la "nueva identidad" que franquea el acceso a la Conciencia unitaria. Una vez más, lo único que se requiere es perseverancia en la práctica, hasta que nos resulte habitual. Insistir en mantener la observación, aunque inesperadamente nos veamos de nuevo sometidos al pensamiento; una y otra vez, tantas cuantas seamos arrastrados al dominio del pensamiento, habremos de "ir hacia atrás", con firmeza y determinación, para sencillamente observar sin esfuerzo lo que está pasando por nuestra mente. El descanso, la libertad y la sensación de autodominio que empezaremos a experimentar serán nuestras mejores motivaciones para continuar con la práctica.

Meditar a partir de la observación del cuerpo

La forma más práctica que conozco para vivir la observación del cuerpo como puerta a la meditación es la que propone E. Tolle, en el libro citado al final de este mismo capítulo. La observación del cuerpo hace posible que emerja el Presente. Tomo de él los datos que me parecen más relevantes para ejercitarse en este tipo de práctica.

Empieza diciendo que el cuerpo que podemos ver y tocar no puede llevarnos al Ser. Pero lo que ocurre es que ese cuerpo es sólo un caparazón, o mejor, una percepción limitada y distorsionada de una realidad más profunda…, que podemos sentir a cada momento como el "cuerpo interno invisible". Es este "cuerpo interno", en cuanto entramos en contacto con él, el que nos va a conducir a lo Real, al Ser. Y esto no es ninguna "creencia"; cualquiera puede experimentarlo.

¿Cómo hacer? Se trata, también aquí, de observar sin juzgar, situándose como espectador. Por eso, siempre que te sorprendas pensando, vuelve al lugar del observador, una y otra vez, con paciencia. Y sin ninguna prisa: todo lo que tengas que vivir se te dará, con tal de que permanezcas en la observación. Empieza con alguna respiración profunda, "entrando en contacto" con tu cuerpo, sintiéndolo como si fuera la única realidad. Y permanece observándolo. Toma conciencia de todo el campo energético interno de tu cuerpo; siente tu "cuerpo interno". No pienses en él, siéntelo. Se hará presente una sensación omniincluyente de Presencia o de Ser, y sentirás que tu cuerpo interno no tiene límites. Ahonda tu atención en esa sensación, hasta hacerte uno con ella. Fúndete con ese cuerpo interno, de modo que desaparezca la percepción de dualidad entre el observador y lo observado, entre tú y tu cuerpo. Se irá disolviendo la distinción entre lo interno y lo externo; entrando en el cuerpo, lo has trascendido. Llegas a sentir el Ser, como un campo energético invisible que da vida a lo que percibimos como nuestro cuerpo físico. Mantente ahí, en el reino del puro Ser, el reino de lo Sin-forma, lo No-Manifestado, la Fuente invisible de todas las cosas, el Ser dentro de todos los seres: es un reino de profunda quietud y paz, y también de alegría, intensa vitalidad y libertad.

¿Qué es lo que ocurre en todo este proceso? Gracias a la observación global y atenta, va tomando relieve la "energía" del cuerpo, o "cuerpo interno". En ese momento, empiezan a diluirse las "fronteras" corporales (aparece una sensación de no-fronteras o de "cuerpo adimensional" y omniabarcante) y, con ella, la sensación de no-separación (o conciencia no-diferenciada). Lo que emerge, desde el comienzo mismo, es Presencia, presencia como única realidad consciente (Presencia que es idéntica a Conciencia).

Se trata, pues de sentir sencillamente tu "cuerpo interno" y permanecer ahí: es el pasadizo hacia el Ser, hacia Dios. (En efecto, para el creyente, es el camino para vivir a Dios, más allá de conceptos e imágenes).

Una vez aprendido el principio básico de mantenerte presente como observador de lo que ocurre dentro de ti, tienes a tu disposición la más poderosa herramienta de transformación. Tendrás que seguir ejercitándola, en el día a día, aprendiendo a mantener esa atención o presencia en todo lo que haces. El propio Tolle concluye de este modo:

"La clave está en mantenerse permanentemente en un estado de conexión con tu cuerpo interno, sentirlo en todo momento… Si mantienes la atención en el cuerpo siempre que te sea posible, estarás anclado en el ahora. No te perderás en el mundo externo ni en la mente. Los pensamientos y las emociones, los miedos y los deseos, pueden seguir presentes en alguna medida, pero ya no se adueñarán de ti… Mantén siempre parte de la atención dentro de ti… Siente tu cuerpo desde dentro como un campo energético unificado. Es casi como si estuvieras escuchando o viendo o hablando con todo tu cuerpo… No entregues toda tu atención a la mente y al mundo externo… Siente tu cuerpo interno siempre que puedas. Mantente arraigado en tu interior. Y observa cómo eso cambia tu estado de conciencia y la cualidad de tus acciones".

Como ha escrito Deepak Chopra, si pudiéramos ver lo que ocurre en el ámbito cuántico, veríamos que formamos parte de un gran caldo de energía y que todas las cosas, nosotros incluidos, son sólo un conglomerado de energía que flota en ese caldo de energía. No hay límites entre nuestro ser y el Universo. En el ámbito cuántico la solidez no existe: todo entra y sale de un vacío infinito a la velocidad de la luz. La solidez existe sólo en la imaginación alimentada por los sentidos. Pero todo es Conciencia e información.

 

Oración personal y meditación teísta

Terminaba el capítulo 2 con una oración personal dirigida a Quien llamamos "Dios", y que titulaba precisamente "En Ti". Las palabras, como los conceptos, nos fallan y quedamos desprovistos, porque lo Absoluto, Incondicionado, No-dual, resulta imposible de encajar en los esquemas del pensamiento, que es siempre dual y relativo. El creyente y el orante, si son coherentes en su camino, se ven llevados al terreno de lo inefable, pero no por falta de fe sino por "exceso" de experiencia. Todo, absolutamente todo, se queda pequeño, pero lo que más pequeño se queda es el propio "yo". Y, sin embargo, es ese yo el que necesita seguir expresándose. Ésta es la paradoja con la que el orante se encuentra, a la que nombrará como "noche", "nada", "vacío"…, pero que, sin embargo, él "sabe" bien que es "Día", "Todo", "Plenitud". Para la mente, es vacío y nada todo aquello que no puede atrapar, pero se debe únicamente al hecho de que la mente es una herramienta absolutamente inapropiada para ello.

Las discusiones teológicas adolecerán siempre de esta condición "inestable" del pensamiento, que no sólo no puede dar razón de aquello que busca definir, sino que se muestra absolutamente desprovisto e incapaz para moverse en otro terreno que no sea lo dual y relativo. Nunca el pensamiento podrá superar la dualidad; nunca, por tanto, podrá hablar adecuadamente de lo No-dual, de Lo Que Es, de lo Real.

Mientras estás en el pensamiento, crees ver a Dios como un Ser separado; cuando empiezas a observar el pensamiento, te sitúas en otro lugar (en la butaca del espectador imparcial, que observa la película como si de un sueño se tratara); pero si vas "más atrás" (detrás de la butaca), ¿qué hay?: la Luz que hace posible la proyección, es decir, la Conciencia no-dual. Esa Conciencia se equipara a Lo Que Es, el Vacío en el que somos y fuera del cual no podemos ser. Un Vacío que es Plenitud. Hasta el punto de que, hablar de Vacío, es -en hermosa y elocuente expresión de K. Wilber- hablar de una realidad "sin-costuras" ("el tejido inconsútil del universo", de A. Whitehead), la Diversidad en la Unidad sin separación, sin distancia. No es, por tanto, algo separado o enfrente.

La Conciencia, así entendida, es nombrada en la religión como "Dios". Pero Dios, no en cuanto un Ser separado, ya que, en cuanto nombras un dios separado, lo estás objetivando y limitando: en el primer caso, sin quererlo, lo has convertido en un objeto, es decir, en un ídolo; en el segundo, del mismo modo, lo estás reduciendo a un no-Ilimitado y, por tanto, no-Dios. Es decir, tanto al objetivar como al limitar, "dios" sólo existe como concepto o idea. Pero, como he escrito más arriba, Dios es el Silencio que está detrás de todo lo que vemos, la Presencia en la que somos, el Amor que nos hace ser, y fuera del cual nunca estamos ni podemos estar. Tiene razón D. Chopra: "Hay un Dios que solamente puede percibirse yendo más allá de toda percepción".

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Comentarios

  • el verdadero camino
    Con todo respeto, me pareció una muy buena auto critica sobre las actitudes y responsabilidades que asumimos o no en la vida; sin duda que el temor a lo no conocido nos hace ser participes de aceptar los moldes preestablecidos en una sociedad consumista. Los puntos que tu tocas al pasar, son parte o tendrían que ser parte fundamental en la labor de la convivencia cotidiana, como poder evadirse de una obligación tal como es la preocupación por el ser humano que se encuentra en franca decadencia. Sin embargo damos la espalda o preferimos dejar ese acto a quienes nos parecen mas apropiados según su posición social. Tienes razón al decir que nos quedamos con lo malo conocido que lo bueno por conocer. Y eso también forma parte de un molde preestablecido, lo primero seria conocer el verdadero camino que cristo puso delante nuestro y pedirle a el que nos guié. Cuantas veces decimos que existe y cuantas veces le negamos con nuestros actos. "Las cartas de Pablo a los romanos", allí encontramos que el apóstol nos habla de que es la fe Y la fe nos dice es creer en lo que no se ve. Yo le aseguro que cuando usted cree en lo que no se ve (realmente comienza a ver). Muchas gracias y que dios le bendiga muy ricamente, Víctor Hugo Mendez.
    prim  |  2007-01-31 22:54:18

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