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La misma oración "teísta" (en personas que provienen de una tradición teísta o de una vivencia oracional afectiva o devocional), si no se la frena desde el yo, acaba conduciendo, por su propia dinámica interna, al "silencio místico", en el que nos percibimos ser en Él, El que es…, hasta que experimentemos sencilla y directamente Lo Que Es.
Eso explica que muchas preguntas, aparentemente trascendentales, resulten en realidad capciosas, por irresolubles desde ese nivel en el que se generan. Preguntar, por ejemplo, sobre si Dios es "personal" no es sino una pura especulación mental. No tiene ningún sentido, por cuanto "personal" es únicamente una categoría, y Dios está más allá de cualquier posible categorización. Por la misma razón, tampoco tiene sentido decir que es "impersonal". Quizás, no se pueda decir más que lo que respondió una religiosa benedictina a un monje tibetano, que se interesaba por esa cuestión. La religiosa le preguntó si creía que la realidad Última le amaba. Cuando contestó afirmativamente, la hermana dijo: "Eso es a lo que nos referimos con el Dios personal". Y, casi en la misma línea, desde el budismo zen, D. Loy escribe: "Quizás lo que entendemos por amor sea el aspecto afectivo de la Realidad ontológica no-dual: la experiencia de que yo no-soy-otro-que el amado".
La Realidad es, en su raíz, "Vacío", Misterio y -a la vez- Diversidad. Igualdad y Diferencia en Unidad. Si no se ve la igualdad en todo, se cae en el dualismo; si no se ve la diferencia, en el monismo. Todos los místicos se han visto confrontados con esa inefabilidad, que el pensamiento es incapaz de desvelar. San Agustín escribía: "Percibo algo en mí que brilla y resplandece en mi alma; si llegara a su plenitud y a ser constante, sería la vida eterna". Y el Maestro Eckhart: "Percibo algo en mí que brilla en mí espíritu; me doy cuenta de que es algo, pero qué es no lo puedo entender; pero me parece que si pudiera captarlo, comprendería toda la verdad".
Para el místico, aquellas cuestiones "filosófico-teológicas", en cuanto elucubraciones mentales, carecen de sustancia. Porque él lo ha experimentado. De hecho, ¿quién es el que añora una relación "personal" con Dios? El que se siente lejos, separado de Él. ¿Cuándo necesitamos llamarlo "persona" o "Tú"? Cuando estamos instalados en nuestro "yo". A mi modo de ver, ésta es toda la cuestión: ¿dónde estoy en la percepción de mi identidad? La ola puede percibirse como ola o como océano; la rama, como rama separada como árbol; el dedo, como dedo separado o como cuerpo…
En tanto en cuanto nos hallamos, de modo habitual, en una identidad egoica, Dios será para nosotros el Tú al que nos dirigimos. Y eso es legítimo. Pero, conscientes de los riesgos que una tal relación puede entrañar, señalaría algunas condiciones. La oración personal tendrá que ser:
De hecho, cualquier método de oración cristiana ha tendido siempre hacia la contemplación, como objetivo. La misma lectio divina buscaba culminar las etapas de la lectio, meditatio, oratio, en la contemplatio.
Una última precisión. Si se entiende bien, puede afirmarse que la oración lo es todo. Porque no "hacemos" oración; somos oración. Orar es, simplemente, caer en la cuenta y vivir la Unidad que somos. Orar, por tanto, no es un método; es una forma de vivir, una forma ser.
Por eso mismo, orar es algo absolutamente sencillo y gustoso. Como le decía aquella catecúmena japonesa al P. Arrupe, orar es "estar"; consiste en algo tan sencillo, según la respuesta del campesino al cura de Ars, como que "yo lo miro y él me mira". Lo complicado es el funcionamiento de nuestra mente.
Pero la práctica de la oración conoce trampas. Está la trampa del fariseísmo, tan duramente denunciada por el propio Jesús (Lc 18,9-14): es la oración del "yo", que no nos transforma ni nos hace más compasivos; lo único que consigue, irónicamente, es engordar el "yo religioso". Un yo que llegará a estar satisfecho y orgulloso de sí porque hace oración. Puede ocurrir, incluso, que "hacer" oración sea el mejor modo de olvidar que somos oración.
Una segunda trampa siempre al acecho es la del narcisismo. Porque la oración constituye un ámbito privilegiado, puesto que ahí nadie nos cuestiona ni incomoda, para construirnos un paraíso a nuestra medida, el paraíso narcisista. Cuando buscamos el bienestar, la paz, la satisfacción personal, la complacencia de haberla hecho bien, el protagonismo…; o cuando nos desanimamos porque "no nos sale bien", o porque no avanzamos, o porque no conseguimos resultados…, sería bueno que nos interrogáramos por nuestras verdaderas motivaciones. No sería extraño que, tras esos síntomas, se esconda nuestro narcisismo. Y, con él, un dios hecho a nuestra medida, nuestro "doble" en el espejo.
No sólo trampas, con frecuencia sutiles. A la persona orante lo que más le suele preocupar son las dificultades que dice experimentar a diario: rutina, aburrimiento, pensamientos y cavilaciones, distracciones incesantes, no saber qué hacer… Todas ellas provienen de dos fuentes: un funcionamiento cerebral y una visión dualista de la realidad. Mientras pretendamos "hacer" la oración desde la cabeza, esas dificultades no tendrán solución. Nuestra cabeza no puede salir de los pensamientos ni del dualismo.
Eso es así porque, como he señalado más arriba, la mente únicamente puede operar separando, fraccionando la realidad; si no lo hiciera, se colapsaría o bloquearía. Pensar es sinónimo de separar; quita la separación y habrás bloqueado absolutamente el pensamiento. Por eso mismo, el simple hecho de pensar a Dios lo convierte, irremisiblemente, en un objeto separado; es decir, crea un ídolo. Y no puede ser de otro modo.
Finalmente, todo encaja. Dios no puede ser pensado, sin transformarlo en un ídolo. Y Dios tampoco es un ser separado, como tiende a hacernos creer nuestra mente, desde su absoluta incapacidad para percibirlo de otro modo. Así, hemos de concluir, una vez más, que la mente es una herramienta radicalmente inadecuada para "atrapar" a Dios (si bien puede ayudarnos para desenmascarar falsas imágenes de Dios). El camino que habremos de tomar pasa por trascender el pensamiento y, con él, la idea de separación. Sólo así podremos abrirnos a experimentar la Unidad de Lo Que Es.
Pues bien, con estas precisiones, me gustaría señalar un proceso de oración personal, desde un yo que busca avanzar hacia un yo integrado para poder llegar a ser un yo trascendido en la Unidad trans-personal.
Por motivos pedagógicos, descompongo ese proceso en sus elementos más simples, que conforman diez pasos, cada uno de los cuales puede nombrarse con una palabra.
Este modo de orar es profundamente transformante, por cuanto la misma permanencia es fuente de transformación.
Pero podemos tomar también otros dos caminos, que van "más allá" de la sensación, porque van más allá del pensamiento, en la línea de lo que ha quedado dicho más arriba al hablar de la meditación. Son el camino del afecto y el camino del conocimiento, que en Oriente se conocen respectivamente como "bhakti yoga" y "jñana yoga".
El pensamiento es una fuerza "disgregadora", en el sentido de que forzosamente tiene de "separar" y fraccionar la realidad para poder pensarla. También, porque el pensamiento es el reino del "yo", y donde hay yo hay egoísmo, a todos los niveles (individual, económico, político…). Por el contrario, el amor y el conocimiento son las dos fuerzas agregadoras del universo. Por uno u otro camino, accederemos a percibir la Unidad que es.
De este modo, se completa el proceso y venimos a descubrir que el Anhelo inicial era, en realidad, anhelo de Unidad. Tenía razón el místico medieval A. Silesius al decir que "la oración más noble es cuando el orante se convierte íntimamente en aquello delante de lo que se arrodilla".
A fin de cuentas, la verdad de un camino de meditación o de oración, el test que lo validará, son los efectos que vaya produciendo en la vida de la persona. También aquí "por los frutos los conoceréis". Frutos de paz y ecuanimidad, de unificación y armonía, de verdad y humildad, de compasión universal, comunión y entrega. En lenguaje cristiano, esto significa que la oración cristiana, que se reconoce en Jesús y en su evangelio, está llamada a vivir a Cristo, hasta poder decir con Pablo: "Vivo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí".
Guía para el tiempo de oración
Relajado, sin ninguna expectativa, sin ningún esfuerzo, sin ninguna prisa, sin ninguna tensión, por tanto, vas a vivir este tiempo de oración como descanso, como aprendizaje de dejarte descansar, dejarte ser en Aquel que eres, en Aquel que somos.
Para eso, comienza tomando conciencia del anhelo que hay en lo profundo de ti. No pienses en él, siéntelo. Entra en tu interior y acércate, no sólo al anhelo que hay, sino al anhelo que eres: anhelo de vida, anhelo de ser, anhelo de plenitud, anhelo de Dios. Déjate sentir ese anhelo, de modo que sea él quien conduzca todo tu momento y todo tu proceso de oración. Siente sólo tu anhelo.
Acércate ahora a tu cuerpo. Toma conciencia de él, escuchándolo, sintiéndolo. Puedes recorrerlo de los pies a la cabeza, sintiendo cómo está. Y, al tiempo que lo escuchas, permite que se vaya aflojando, relajando.
Toma conciencia ahora de tu respiración. Respira dos o tres veces profundamente. Puedes empezar comprimiendo suavemente la pared abdominal para, de ese modo, expulsar el aire desde lo hondo de tu cuerpo, suavemente, por la boca. A continuación, también con suavidad, inspiras por la nariz, acompañando todo el recorrido del aire hasta lo profundo de tu cuerpo. Ahí, lo mantienes un momento, sintiendo esa parte de tu cuerpo. Seguidamente, vuelves a expirar suavemente por la boca. Haz este ejercicio dos o tres veces.
Acércate ahora a ese lugar en lo profundo de tu cuerpo de donde nace la respiración profunda, a tu centro vital, en la zona del vientre. Siente ese lugar. Y, a medida que lo acoges y lo sientes, percibe la calma que te habita ahí. Ése es tu lugar de paz, tu lugar de serenidad. Ahí todo está en calma. Siéntela.
También en ese mismo lugar, ábrete a sentir la vida que te habita, la vida que eres. Puedes sentirla, en lo profundo de tu cuerpo, como ensanchamiento, como calor, como fuerza, como densidad. Ábrete a sentir la vida que te sostiene. En ese lugar eres siempre vitalidad.
En ese mismo lugar, ábrete a acoger tu propia identidad, a sentirte a ti mismo. Si te ayuda, puedes pronunciar interiormente tu nombre y, a medida que lo pronuncias, puedes reconocerte y sentirte a ti mismo en lo profundo y lo íntimo de ti. En ese lugar.
También, al pronunciar interiormente tu nombre, favorece que emerja un sentimiento cálido de cariño, de aprecio hacia ti. Un sentimiento vivo y sostenido. Un sentimiento de cariño que pueda ir creciendo y te pueda ir envolviendo. A la vez que pronuncias interiormente tu nombre, puedes añadir: "Te quiero tal como estás, te quiero tal como eres". No necesitas ser diferente para poder quererte; puedes amarte tal como estás, tal como eres.
Y, desde ese sentimiento vivo de aprecio hacia ti, ábrete a la Presencia con mayúscula, a la Presencia que te habita, al Misterio, a Dios. No quieras tener ninguna idea, ningún concepto, ninguna imagen. Ábrete, sencillamente, a ese Misterio que es más tú que tú mismo, el Misterio que te habita en el centro íntimo de ti y que te hace Ser.
Al abrirte así a esa Presencia, consiente en dejarte amar, en sentirte amado por el Fondo amoroso que llamamos Dios. No tienes que hacer nada, sino consentir a la realidad de que estás siendo amado, y descansar en ella.
Al mismo tiempo que vas descansando en esa realidad, déjate permanecer. No hay nada más que hacer. Sólo permanecer en Él. Sin esfuerzo, sin expectativas, sin tensión. Permanecer…
Al tiempo que permaneces, déjate sentir, en lo profundo de ti, la entrega que eres. Es la entrega de ti mismo. Esa actitud de entrega se convertirá en desapropiación, libertad interior y disponibilidad.
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Si te sientes llamado a un silencio mayor, hazte consciente de la entrega amorosa y céntrate en ella, hasta que sólo sea ella. Para ello, no sigas "localizándote" en la zona del vientre, sino en el entrecejo, donde eres pura atención. Céntrate en el amor, fúndete con él y deja, sencillamente, que el Amor sea. Y consiente, con paciencia y perseverancia, que sea el Amor, y no tu pensamiento, el que conduzca todo el proceso… y lo Real se revelará como Amor.
O bien, de un modo similar, en el silencio al que has accedido, céntrate en la pura atención y permanece en ella. Que sea la atención, y no tu pensamiento, la que conduzca el proceso. En la misma medida en que permanezcas en ella, notarás que la atención se intensifica y que tu "yo" se va diluyendo. Entrégate a la Atención y atrévete a correr el riesgo de dar el paso de tu pequeña identidad -habitual y familiar, la identidad de tu "yo"- a una identidad nueva que no conoces: a la Unidad Que Es en la Diversidad, al Vacío-Plenitud, a la realidad absolutamente luminosa, toda Luz.
Bibliografía
"Ahora no me cabe prácticamente duda alguna de que nuestra actual interpretación del universo, de la naturaleza de la realidad y en particular de los seres humanos, es superficial, incorrecta e incompleta" (S. Grof).
El pensamiento divide y separa. Sólo existe una Conciencia y todos somos expresión de ella.
He querido subrayar algunas actitudes que considero básicas para aprender a vivir humanamente. Y un camino, el de la meditación, que nos ayuda a salir de la ignorancia y del sueño; nos despabila y nos ayuda a caminar despiertos, tomando conciencia y realizando lo que somos.
De la mano de la psicología transpersonal, en una consonancia llamativa con todas las mejores tradiciones espirituales, hemos reafirmado el carácter "pasajero" e inestable del "yo", al que sin embargo debemos "integrar", para que pueda ser trascendido. Trascenderlo no es otra cosa sino acceder a un nuevo estado de conciencia, más allá de los límites individuales, mentales, egoicos en definitiva; permitir que nuestra conciencia se amplíe hasta su verdadera dimensión.
Es éste un "salto" que produce vértigo, por las implicaciones que contiene en todos los niveles de nuestra vida. Pero, de un modo particular, para nuestra identidad habitual centrada en el "yo" individual, identidad que se ve amenazada de "muerte" y que, por ello mismo, busca todos los medios a su alcance para resistirse al cambio.
Pero no es la primera vez que la humanidad se enfrenta a un "salto" de estas características. Como ha quedado indicado más arriba, los estudiosos de la cultura nos hablan de un largo proceso evolutivo, a lo largo del cual, los humanos han pasado por diferentes estados de conciencia: arcaico (hasta el año 200.000 a.C.), mágico (del 200.000 al 10.000 a.C.), mítico (del 10.000 al 1.500 a.C.) y racional (a partir del 1.500 a.C, alcanzando su predominancia en torno al siglo V a.C., y su pleno apogeo con la Modernidad). En cada uno de esos saltos, "se conmovieron los cimientos" de la humanidad, pero se trataba, en realidad, de un proceso creciente de personalización.
De una etapa pre-personal a otra personal, el yo individual, racional y autónomo, llegó a la cima con la Ilustración y la Modernidad. Y en ello seguimos. No en vano, estos han sido los siglos del individualismo creciente. Incluso la misma Declaración de los Derechos Humanos es, ante todo, un canto al individuo, como fuente y centro de toda la realidad, hasta el punto de que ya se han levantado voces que llaman la atención sobre el riesgo de un individualismo tan marcado en esa misma Carta: el riesgo de hacernos olvidar la fundamental dimensión comunitaria y social.
En nuestra post-modernidad, inasible por otra parte y tan denostada por muchos, parecen darse cada vez más señales que apuntan al declive de aquella conciencia identificada con el "yo". Señales que indicarían el umbral de un nuevo "salto" de conciencia, el salto a lo transpersonal.
Una vez más, un salto de estas características nos conmueve y revoluciona todo aquello que nos resultaba familiar y acostumbrado. No hay que extrañarse de que nos encontremos embarcados en una crisis de envergadura. Porque no cambian algunas cosas; cambia el marco de referencia, se modifica el "ojo" que mira. Y cuando lo que cambia es el "sujeto", todo empieza a verse de un modo diferente.
Apuntaré únicamente, a modo de ejemplo, las repercusiones para la religión. Porque un cambio de tal magnitud en nuestro modo de ver la realidad tiene que repercutir y conmover intensamente nuestras ideas religiosas. No puede sobrevivir una religión arcaica en una cultura moderna; no puede mantenerse una religión dualista en una conciencia unitaria de lo real. Ésta es la gran cuestión de las religiones en la actualidad. No es si desciende la práctica religiosa, las vocaciones o la autoridad que se reconocía a las iglesias; la cuestión es cómo expresar, en esta nueva cultura, en un paradigma transpersonal, la experiencia que han canalizado desde siempre las religiones. Pero, desgraciadamente, éstas parecen preferir conservar lo adquirido antes que abrirse a lo nuevo, sin ser conscientes de que, al actuar así, caminan hacia el suicidio colectivo.
Como ha escrito el teólogo latinoamericano José Mª Vigil,
"lo que está en crisis no es el cristianismo, sino la forma de ser religiosa la humanidad, que ha prevalecido desde el comienzo de la sociedad agraria... Las religiones se han mantenido en estos diez mil años como la forma religiosa propia de la sociedad agraria. En el cambio socio-cultural actual, la sociedad comienza a dejar de ser agraria, y tiene que dejar, inevitablemente, la «figura agraria de la religión»... Si se nos entiende, las «religiones», como la forma antropológico-socio-cultural que la espiritualidad humana asumió durante estos diez milenios pasados, van a desaparecer. La espiritualidad humana va a continuar, pero transformándose, sufriendo una mutación o una metamorfosis de la cual emergerá tal vez irreconocible".
Quedará atrás la mera creencia mental, sea ésta mágica o propia del estadio egocéntrico, mítica o propia del estadio etnocéntrico, racional o propia del estadio mental. El camino habrá de pasar por la experiencia, la única capaz de dar respuesta a nuestra búsqueda y de posibilitar el avance evolutivo.
Quedará atrás la religión dualista, que concebía a Dios como un Ser separado y exterior al mundo, para emerger la experiencia no-dual de la Realidad en evolución, donde nada está separado de nada.
La espiritualidad no remitirá ya a "otro mundo", desde el que se interviene en éste, sino a la dimensión de Hondura de quienes somos; a la Unidad que se expresa en la Diversidad.
Y desde ahí aprenderemos un nuevo modo de vivir, caracterizado por la des-identificación del yo, que será trascendido para acceder a un nuevo estado de conciencia, transegoica y transpersonal. Estado que ya es posible experimentar en la medida en que somos capaces de trascender el pensamiento.
Como ocurre siempre que se está ante un cambio importante, necesitaremos tiempo y paciencia para ir asumiéndolo. Respeto y apertura a la vez. En todo ello, la práctica meditativa es la herramienta preciosa que favorecerá esta nueva comprensión y hará de partera en el nacimiento de la nueva conciencia colectiva. Una nueva conciencia que será a su vez la salvaguarda del planeta y de la humanidad. Una conciencia transindividual que nos abra a nuevas perspectivas en nuestro modo de vivir y de relacionarnos. Porque, o cambia la conciencia, o no parece haber salida.
Centrados todavía en nuestro pequeño yo, nos encontramos, sin embargo, ante el umbral del Ser; ante una Realidad apenas intuida pero ardientemente anhelada, aunque sea de modo inconsciente; ante Quien somos. Ojalá tengamos la lucidez y el coraje del Espíritu para favorecer su eclosión.
AYUDAR A VIVIR, FACILITAR LA VIDA
EDUCAR A LOS NIÑOS EN VALORES Y EN ESPIRITUALIDAD
"Todas las criaturas buscan la unidad, toda la multiplicidad lucha por alcanzarla; la meta universal de toda forma de vida es siempre esta unidad" (Taulero).
"La gran compasión que surge de la experiencia de unidad se experimentará como la fuerza motriz del universo" (W. Jäger).
En la medida en que una persona aprende a vivir, se capacita para ayudar a vivir; se va transformando en cauce que facilita a otros vivir. En la medida en que una persona despierta, se ve movida, desde la compasión, a un compromiso liberador.
Aprender a vivir es toda una tarea que nos va conduciendo a establecer una relación serena con nosotros mismos, con los otros y con la Profundidad de lo real, así como a mantener actitudes constructivas ante lo que nos hace sufrir. Y todo ello, en un camino que nos llevará a ampliar nuestro estado actual de conciencia en una nueva dimensión que todavía hoy apenas barruntamos.
¿Cómo ayudar a los niños en esa misma tarea? ¿Cómo acompañarles en su aprendizaje vital? ¿Cómo ayudarles a vivir? ¿Cómo facilitar la vida? No sin un cierto pudor, me gustaría depositar aquí algunas reflexiones que puedan contribuir a ofrecer pistas para ese trabajo, en el que nos jugamos la felicidad de los adultos del mañana y un futuro más pleno para la humanidad en camino. Aun sin seguir el mismo orden de los capítulos anteriores, me referiré a cada una de aquellas dimensiones: ése es el sentido de hablar de "valores" y de "espiritualidad". Para mayor claridad, dividiré la exposición en tres apartados, a cada uno de los cuales caracterizo por una palabra: educar, valores hoy, espiritualidad.
Pero, antes de entrar en materia, permitidme señalar algo elemental. Los niños saben mucho más de lo que imaginamos, pero como los escuchamos poco y son rápidamente absorbidos por nuestros "saberes", pronto se olvidan de que ellos también saben. A modo de homenaje a esa descuidada sabiduría "primera", me gustaría empezar estas líneas transcribiendo dos anécdotas que me resultan significativas.
Philip es un niño de cuatro años. Un día le dijo a su niñera:
- Todos estamos soñando y nos despertaremos cuando estemos muertos.
La niñera se lo contó a la mamá del niño. Ésta quiso asegurarse y le preguntó a solas:
- ¿Qué le has dicho hoy a Karen? ¿Le has hablado de un sueño?
- ¡Ah, sí! -respondió Philip-. Le he dicho a Karen que todos estamos soñando y que nos despertaremos cuando estemos muertos.
La madre le preguntó:
- ¿Quién te ha dicho eso?
El niño la miró como si estuviera loca. ¡El niño no entendía la pregunta! Cuando la madre siguió mirándole, evidentemente a la espera de una respuesta, su hijo la consoló diciéndole:
- ¿Quién me lo ha dicho? Me lo ha dicho Dios.
John no había cumplido aún los cuatro años, cuando nació su hermanita. Y no había pasado aún una semana de este nacimiento, cuando los padres de John lo sorprendieron literalmente echado en la cunita de su hermana, mientras le decía:
- Cuéntame cómo es Dios, que me parece que lo estoy empezando a olvidar.
El "valor" del niño y la tarea de educar
Hoy somos conscientes de que educar a un niño no consiste en llenar su mente con informaciones más o menos útiles. Ni tampoco en tratar de modelarlo desde el exterior, a partir de expectativas ajenas a él. Educar -lo dice la etimología de la palabra- significa poner los medios adecuados y favorables para que pueda salir a la luz lo mejor que ese niño porta ya en sí mismo. Es el niño quien tiene que dar a luz al ser que lleva en su interior. El educador, la educadora, el padre y la madre, habrán de ser, pues, comadronas.
Ello significa que, antes de hablar de "educación en valores", es imprescindible ver al niño en su valor único e incondicionado. Él es el valor primero que, bien atendido, de la mano de una "comadrona" amorosa y sabia, habrá de desplegarse en un abanico de valores que su propio corazón encierra.
De entrada, esos valores son sólo semillas que, si bien contienen ya las plantas que pueden llegar a ser, necesitan, sin embargo, de un "ambiente" favorable que permita su despliegue: tierra fértil, luz, agua, calor, cuidados… En el caso de los seres humanos, un ambiente o entorno vitalizante, que despierte la propia vida del niño y acompañe su crecimiento.
Ese ambiente humano y humanizador incluye varios elementos, entre los que destacaría los siguientes:
Recordemos los experimentos llevados a cabo por Harry y Margaret Harlow, a los que hacía alusión en el capítulo 4. Para un bebé, contacto físico es sinónimo de calor, vida, reconocimiento, seguridad…, mientras que la ausencia del mismo puede llegar a resultar insoportable. Una de las conclusiones del citado estudio señala que el sentimiento de seguridad sólo parece estar presente cuando existe un apego seguro con la figura materna.
Un crecimiento armonioso del niño requiere una mirada que sepa verlo en su "corazón", es decir, en lo mejor de él mismo, en su misterio único, en su originalidad; verlo y recrearse en él. Es una mirada de ese tipo la que facilita que el niño aprenda a verse de ese mismo modo, en lo mejor de sí.
No olvidemos que el niño no tiene referencias propias para saber cómo mirarse a sí mismo. Aprenderá a hacerlo según lo que vea reflejado en el espejo que, para él, son sus padres y las personas más cercanas. Si ese espejo es positivo, al niño le resultará más fácil conocer su propio valor, creer en él y vivir desde él.
Algún terapeuta ha dicho que, en nuestra época, el abuso infantil más sencillo se caracteriza por la omisión y, en concreto, por la falta del padre, de una autoridad paterna. Lógicamente, un tiempo de calidad no se lleva bien con un ritmo laboral o económicamente estresante (y esto nos dice algo de cómo funciona nuestra sociedad). Pero el niño cree en el amor en proporción a la calidad del tiempo que se le dedica. Lo contrario, también para él, son palabras y buenos deseos, sobre los que no puede construir su seguridad afectiva.
Tan desastrosas, que no es extraño que se alcen voces enérgicas reclamando atención sobre los riesgos de tal modelo educativo. Cito únicamente dos libros que, escritos desde perspectivas diferentes, pueden servir de botón de muestra. Se trata de El secreto del niño feliz, del pedagogo y padre de familia Steve Biddulph, y el recién publicado por Javier Urra, que fuera Defensor del menor de la Comunidad de Madrid, titulado El pequeño dictador. Debido a su importancia, quiero añadir una palabra sobre este tema de la frustración.
Indudablemente, la frustración reiterada de necesidades básicas y fundamentales del niño (necesidad de ser amado, reconocido, aceptado, visto, respetado…) puede llegar a producir una herida psicológica de consecuencias muy dolorosas y, en algunos casos, hasta irreparables. O puede generar un vacío afectivo que impida al niño hacer pie en sí mismo y que le ponga en el disparadero de cualquier adicción con la que buscará compensarlo.
Pero hay otro tipo de frustraciones que no son sólo inevitables, sino profundamente educativas. Me refiero a los límites que, teniendo en cuenta el momento del niño, se imponen desde el cariño y la firmeza. Parece claro que, desde su narcisismo egocéntrico, la necesidad del niño pueda convertirse en capricho caracterizado por la insaciabilidad o, lo que es lo mismo, la ausencia de límites. Si el educador, simplemente, "deja hacer", está infligiendo un grave daño al niño. Éste, desde el no reconocimiento reiterado de límites, se va a ir adueñando de la situación, convirtiéndose en "el pequeño dictador" del que habla Urra, quien está denunciando el aumento de algo que, de entrada, nos cuesta creer: los casos de niños maltratadores (incluso de su propia madre o abuelos).
El horizonte de una educación hasta ese punto permisiva, sin el reconocimiento de límites claramente establecidos, no puede ser más peligroso: una muy baja capacidad de tolerancia a la frustración (y todos somos testigos de la reacción de adolescentes y jóvenes ante ella) y una violencia desmedida y absolutamente gratuita (escenificada, dramáticamente, en las palizas dadas a indigentes, que son filmadas ¡con el único objeto de divertirse!).
Trataré de esquematizarlo, retomando lo ya señalado en el capítulo 4, al hablar de las dificultades para poder vivir la autoacogida. Todo empieza a partir del dato primero: el niño es pura necesidad. Y todo va a depender, en gran medida, del modo como se responda a ella.

Dicho de otro modo: además de los niños y niñas con quienes convivimos y a quienes tratamos, tenemos que ser conscientes de la existencia de ese otro, nuestro niño o niña interior, que quizás siga reclamando aún nuestra atención y con el que tendremos que aprender a vivir una relación de calidad si queremos que sea así también nuestra relación con los otros niños, que son nuestros hijos, nietos, sobrinos, alumnos, pacientes o simplemente conocidos.
Educar en valores hoy
Al plantearnos el tema de la educación en valores, se hace inevitable dirigir la atención, no sólo al "corazón" del niño, sino también a la sociedad en la que vivimos y en la que ese niño va a crecer. Sólo así la educación será lúcida y podrá ser "eficaz".
Hablar de "hoy", implica preguntarnos por las urgencias de este momento sociocultural que están reclamando nuestra atención. Urgencias que nos remiten a prioridades y que podemos percibir también detectando las sombras o puntos débiles en nuestra vida social. Tras un análisis elaborado a partir de esas perspectivas, me atrevo a sugerir algunas prioridades educativas en el campo de los valores. De otro modo, desde mi punto de vista, ¿qué actitudes promover?
El narcisismo infantil es un dato del que partimos. Pero si ese narcisismo primario no se resuelve ajustadamente, la infancia puede convertirse en un infantilismo permanente. A mi modo de ver, el niño puede estancarse en él, por dos motivos. En primer lugar, cuando sus tempranas y saludables necesidades narcisistas (reconocimiento, afecto, atención, respeto…) no son satisfechas, desarrollará con mucha dificultad su autoestima y seguridad. Deberá aprender a vivir para agradar, en un intento por conseguir respuesta a sus necesidades, generando un "falso yo" y quedando cautivo, como Narciso, de su propio reflejo. Su verdadero yo, al no haber sido "visto", quedará sepultado en el inconsciente, mientras él intentará vivir únicamente para su imagen idealizada, mantenida por medio del perfeccionismo, y para su necesidad sensible: buscando sólo lo agradable y resistiéndose a todo lo que pueda percibir como perturbador o simplemente molesto.
Si a esto añadimos el influjo de un ambiente sociocultural que, por diferentes y complejos motivos, exacerba la búsqueda del bienestar sensible por encima de cualquier otro valor, tenemos todos los ingredientes para que florezca un Narciso caracterizado por la apropiación y la voracidad; el que va por el mundo como una gran "boca", pronta a tragar todo lo que encuentre a su paso. Un Narciso, y ésta es la parte "oscura" de la historia, no sólo "narcotizado", sino condenado a ahogarse en su propia burbuja.
Pues bien, frente a este riesgo agudizado en nuestra sociedad, se requiere vivir una actitud contracultural y educar en ella, si queremos caminar hacia un mundo más humanizado y favorecer el crecimiento de hombres y mujeres más "vivos": la actitud de ofrenda, caracterizada por el amor y la gratuidad.
Lo cierto es que, en nuestra cultura, todo gira en torno al "yo"…, y ese yo no existe sino como ficción mental. No existe, pero se aferra desesperadamente a la existencia, objetivándose en cosas y, sobre todo, en los bienes materiales y el dinero; porque ése es el único modo que tiene de mantener la engañosa ilusión de su pretendida existencia.
La educación, hoy, tiene que cuidar especialmente la dimensión comunitaria y social. Y, a la vez que trabaja en la integración del yo, tiene que estar particularmente abierta al hecho de que se trata de un yo que habrá de ser trascendido. En su propia medida, la educación tendrá que favorecer el paso a un nuevo estado de conciencia, caracterizado no por la yoidad, sino por la interrelación y la no-diferencia, por la Unidad en la diversidad.
Frente a ese engaño y esa injusticia, necesitamos "educar el deseo", desde la certeza de que el niño no va a crecer mejor por poseer más cosas. La sobresaturación no los hace más libres sino más dependientes de lo superfluo. Educar el deseo, para que sea posible el crecimiento personal. Educarnos en la austeridad, desde una motivación ética: la lucha contra la injusta distribución de los bienes de nuestro mundo, a la vez que la búsqueda sana de señorío y libertad interior.
El educador sabe que la vida se encuentra justamente en las raíces y busca el modo de vivirse y de ayudar a vivirse desde ellas. Porque sabe que desde ese lugar es desde donde se desencadena el crecimiento y la unificación de la persona. Desde ahí puede ir creciendo un yo integrado, que vive armoniosamente la relación consigo mismo, con los otros, con la naturaleza y con el Misterio que nos sobrepasa.
Espiritualidad: la dimensión de profundidad
A pesar de que la espiritualidad sigue siendo un tema tabú en nuestra sociedad occidental -en la que, para desgracia y empobrecimiento nuestros, sufrió una represión similar a la que había sufrido anteriormente la sexualidad-, parece, sin embargo, que han pasado los tiempos en que la palabra "espiritualidad" provocaba sarpullidos. Pero parece que han pasado igualmente aquellos en los que la espiritualidad parecía propiedad exclusiva de las iglesias. Según todos los análisis sociológicos, nos encontramos en tiempos favorables para lo que se ha llamado una "espiritualidad no institucionalizada", incluso en claro rechazo de la institución religiosa. Con esta precisión, cabe decir que la espiritualidad, perdida, incluso reprimida, pero siempre añorada, irrumpe de nuevo. Hasta el punto de que se convierte en tema central de revistas que pueden verse en cualquier kiosco. De hecho, en su número del mes de diciembre de 2005, la revista "Psychologies" titulaba así su dossier central, al que dedicaba 34 páginas a todo color: "Espiritualidad, ¿una nueva necesidad?".
Más aún. Nos encontramos en un momento particularmente interesante para la integración de las aportaciones que nos vienen de la psicología y de la espiritualidad; ambas se están reclamando mutuamente. Como he dicho más arriba, la espiritualidad sin la psicología está coja; aun teniendo clara la meta adonde llegar, carece de recursos operativos que permitan caminar eficazmente hacia ella. Pero, a su vez, la psicología sin la espiritualidad está ciega; ofrece recursos y estrategias, pero, aun queriendo trabajar a favor de un "yo" integrado, en realidad desconoce la meta última: un yo integrado…, ¿para qué?
Hablar de espiritualidad es hablar de la dimensión de profundidad, del Misterio que nos envuelve y en el que somos. Misterio, al que las religiones han nombrado como "Dios", pero que, sin embargo, no se deja nombrar fácilmente, porque, en cuanto lo nombramos, lo delimitamos y, en su lugar, aparecen caricaturas.
Como ha quedado expuesto en el capítulo 2, en cuanto nombramos a Dios, corremos el riesgo de pensarlo como un Ser separado, dejando "fuera" de Él (eso significa crear una frontera) todo lo que "no es" Él y proyectando en Él todo un conjunto de rasgos antropomórficos. Pero, por definición, un Ser separado no es sino un concepto o imagen mental. Mientras estamos situados en un nivel de conciencia mítico, no advertimos aquella contradicción, del mismo modo que un niño no encuentra incongruente la actividad de los Reyes Magos; pero en cuanto nos abrimos a la racionalidad, percibimos la incongruencia. Y si, por medio de la meditación y del no-pensamiento, accedemos a un nuevo nivel de conciencia, caeremos en la cuenta de la no-diferencia de todo lo real y podremos intuir el Misterio sencillamente como Lo Que Es. Nombre que, como he señalado más arriba, se halla íntimamente cercano al Yahvéh bíblico.
Y ahí se nos acaban las imágenes y las palabras. No se puede pensar en Él como un Ser, no hay que intentar verlo como un Objeto; se trata, más bien, de descansar sencillamente en Él, como Lo Que Es y en quien somos: una vez más, el Silencio que está detrás de todo lo que vemos, la Presencia en la que somos, el Amor que nos hace ser, y fuera del cual nunca estamos ni podemos estar.
Despertar en los niños su dimensión espiritual -la que he llamado "dimensión de profundidad"- es el mejor regalo que podemos hacerles. Encontrarán en ella el mejor recurso para acceder a su verdadera identidad, el antídoto más eficaz contra el vacío y el sinsentido y el camino para crecer en la Conciencia unitaria que somos. Será, pues, no sólo el mejor regalo para ellos, sino un gran servicio para toda la humanidad, que clama por avanzar en esa nueva conciencia.
Pues bien, ¿cómo educar en espiritualidad a los niños? Tendríamos que empezar por ayudarles a descubrir y vivir el Misterio, antes incluso que hablar de Dios. Sobre todo en nuestra cultura, no existe lo que no se experimenta. Por eso, no sé si sirve de algo seguir enseñando catecismo, mientras no ayudemos a percibir y valorar el Misterio. Pero esto no se va a conseguir por el camino de la información, sino por el de la experiencia.
Con todas las cautelas y consciente de mis limitaciones, quiero apuntar únicamente algunas pistas en esta tarea.
Educar a los niños en la presencialidad significa ayudarles a que sigan desarrollando su capacidad de vivir en presente, presentes a ellos mismos, gracias al cuidado de su propio don de observación y de contemplación. Habría que potenciar mucho más el contacto vivo de los niños con la naturaleza, favoreciendo una mirada de respeto que nace de la comunión de fondo.
En la práctica, conozco algún caso de colegios donde, cada mañana, los niños empiezan su clase viviendo juntos un tiempo de silencio. No sólo no dicen que les resulte pesado o aburrido; al contrario, no permiten que ningún día se pase por alto ese tiempo inicial.
Conclusión. Educarnos para educar
Educar a los niños en valores y en espiritualidad nos exige implicarnos en nuestra propia educación en ese ámbito, porque no podremos acompañarlos más lejos de donde nosotros mismos hayamos llegado. Porque los valores y la espiritualidad no son, en primer lugar, algo que se enseña o información que se transmite, sino experiencia que se contagia.
Plantearnos esta tarea nos remite, en mi opinión, a vivir con esmero un doble cuidado: el cuidado de nuestro "niño interior", a través del diálogo interno, para crecer en unificación serena y en disponibilidad; y el cuidado del silencio y de la meditación, para vivir en presente y enraizarnos más y más en la Unidad que somos. Y, como decía el mismo Jesús, "todo lo demás se os dará por añadidura".
NIVELES DE CONCIENCIA Y PERCEPCIÓN DE LA REALIDAD
"El verdadero desarrollo espiritual no es una tarea sencilla, segura ni cómoda. Ningún ego sale con vida de este camino, gracias a Dios" (Bo Lozoff).
"Lo sepamos o no, lo que más anhelamos es llegar a ser uno con el universo, uno con Dios" (F. Kunkel).
"Estamos hechos de cielo" (Juan XXIII).
Frente a una doble arrogancia -la del materialismo rancio, que reducía todo a lo que podía medir, y la de del ego humano, que reducía la conciencia a su forma mental-, está emergiendo una nueva percepción más humilde y más holística. Por ello, seguramente, mucho más ajustada a lo real.
Percepción en la que convergen, de un modo sorprendente, las intuiciones de la espiritualidad oriental y de la sabiduría mística de cualquier tradición religiosa, los atisbos de la nueva física cuántica, y los estudios de la psicología transpersonal.
Nadie bien informado osa ya afirmar que todo proviene de la materia. Por el contrario, la materia no es sino energía condensada, la cual es información y, en último término, conciencia. "La mente inmaterial mueve el cerebro", escribió el Premio Nobel John Eccles. Todo lo real participa, por tanto, de una misma Conciencia que lo penetra y lo envuelve todo.
Dentro de ella, la mente es sólo una forma de conciencia, un modo en el que ésta se expresa: conciencia asociada a un yo. Se trata de un logro importantísimo, por el que la conciencia se hace consciente de sí en el ser humano. Pero no agota todo lo que ella es. Aparte y antes que ella existe la Conciencia no-asociada a un yo, omni-presente y omni-abarcante.
Más aún, la "conciencia humana" o conciencia mental tampoco es estática. También ella, como todo lo que podemos percibir, se ve sometida a un proceso evolutivo, que podemos detectar y, en grandes líneas, clasificar. Desde la prácticamente no-conciencia inicial hasta la conciencia no-dual (del no-yo transpersonal), la humanidad se mueve en un continuum progresivamente autoconsciente. Esto nos permite hablar de estadios o niveles de conciencia.
En el ámbito psicológico, el pionero en los estudios sobre el desarrollo de la conciencia individual en los niños fue Jean Piaget (1896-1980). Desde el ámbito cultural, Jean Gebser (1905-1973) vino a descubrir que, en cierto sentido, los niveles que recorría el niño en su evolución se correspondían con los niveles que venía recorriendo la humanidad en su conjunto. A partir de estos estudios, Ken Wilber ha venido desarrollando una obra admirable, densa y extensa, sobre la conciencia humana. Posteriormente, son muchos los que continúan aplicando aquellas investigaciones a distintos ámbitos del hacer humano. Por lo que se refiere a la espiritualidad cristiana, habría que citar los nombres de H.M. Enomiya Lassalle, W. Jäger, Th. Keating, Chwen Jiuan, Th. Hand, J. Marion, A.M. González Garza…
Sin entrar en la complejidad de los nueve niveles descritos por Wilber, creo que, a fin de facilitar la comprensión del texto, es suficiente hacer una alusión a los más básicos, que han sido (son) vividos colectivamente, aunque siempre haya habido hombres y mujeres que, individualmente, los hayan trascendido y hayan alcanzado estadios de conciencia superiores a los de la propia colectividad a la que pertenecían.
Los niveles básicos de conciencia que la humanidad ha recorrido podrían agruparse en estas categorías: arcaico, mágico, mítico y racional. Cada vez se hace más presente el estadio integral y podríamos estar ante el umbral, apenas incipiente, de los niveles transpersonales. Diré una palabra sobre cada uno de ellos, con el objeto de que se comprenda mejor la reflexión sobre la cuestión de Dios.
No me entretengo en especificar los distintos niveles transpersonales de que habla Wilber (psíquico, sutil, causal, no-dual), sino que me limito a resumir lo más característico de modo general.
Ya al final del nivel anterior (integral), comenzamos a superar a la propia mente: nos hacemos conscientes de nuestra consciencia, de nuestra racionalidad y eso permite que podamos ver la mente y el pensamiento como objetos. Al hacer así, nos situamos "más allá" de la mente. Dejamos de identificar al yo con la mente racional y lo comenzamos a identificar con algo que trasciende al cuerpo, a las emociones, a la mente: el testigo interior que las observa, al que podemos llamar "yo permanente". De ese modo, nos vamos despegando más de la personalidad espaciotemporal. Se empiezan a superar las barreras de lo mental y de lo individual, en un estado de conciencia expandido, caracterizado por la intuición más que por el pensamiento reflexivo, por la unidad más que por el individualismo. La realidad se nos revela -de un modo sorprendentemente diferente a la percepción habitual-, como no-dual, dinámica, vacía, interconectada, acausal, paradójica...
En cualquier caso, deberíamos ser lúcidos para no aferrarnos al yo-racional como si él fuera nuestra verdadera identidad. Antes de él, el niño (y nuestros antepasados) se identificaron con el yo-corporal/emocional, el yo-mágico, el yo-mítico; al expandirse la conciencia, emerge siempre una "nueva identidad". Lo que antes era "sujeto", en cuanto empieza a ser observado, deviene "objeto". Del mismo modo que, al poder observar el cuerpo desde la mente, el yo-corporal quedó trascendido (e integrado) en el yo-mental, al poder observar la mente, el yo-mental queda trascendido (e integrado) en "aquél" que observa, el testigo interior. ¿Quién ve cuando "yo" miro?, ¿quién comprende cuando "yo" leo?, ¿quién percibe que "yo" pienso?, ¿quién está percibiendo al "yo"?... La persona no se identifica como "yo", sino como el Testigo. Y, a medida que permanezca en esa nueva identidad, su conciencia se ampliará y se manifestará el Testigo no-dual, la Conciencia Unitaria. ¿Y cómo verá el Testigo a nuestro yo anterior? De un modo similar a como ve el yo a nuestro cuerpo.
¿Qué tiene que ver todo esto con la cuestión acerca de Dios? Algo tan decisivo que permite comprender la marginación que actualmente está experimentado la Iglesia en el ámbito noroccidental. Cuando la mayoría de las personas e instituciones se mueven con soltura en un nivel de conciencia racional, e incluso en el integral, la iglesia permanece anclada, mayoritariamente, en el nivel mítico, en lo que se refiere a organización y lenguaje, contenidos y expresiones, imágenes de Dios y formulaciones doctrinales. En esas condiciones, pertenecer a la Iglesia implica -en muchos casos- "retroceder" a un nivel de conciencia mítico. No se trata, por tanto, de creer o no creer, sino de formas de vivir, de sentir, de percibir la realidad y de expresarla.
Quizás se comprenda mejor con un ejemplo, relacionado con una cuestión delicada para los creyentes: la oración de petición. Para el hombre que se encuentra en un nivel de conciencia mágico, la ceremonia bien hecha logrará provocar la lluvia (algo que, en nuestra cultura, nadie creerá, ni siquiera los más fervientes religiosos). En el nivel mítico, el creyente piensa que la oración por la lluvia puede mover el corazón de Dios que, al final, puede concedérnosla. Del mismo modo que el niño, entre 7 y 12 años, puede pensar en Dios como un Ser bueno que hará milagros a su favor, siempre que se porte bien. Pero eso no es un dogma de fe; es sólo una formulación típica de ese estado de conciencia. Lo único que ocurre es que las formulaciones de las grandes religiones se produjeron en el nivel mítico, lo cual explica que las personas religiosas se hayan identificado tanto con ellas, hasta el punto de considerarlas "definitivas". Con ello, no hacen sino permanecer en la ignorancia y autoexcluirse de la historia de la evolución de la conciencia. Pero sigamos con nuestro ejemplo. En un nivel racional, el creyente "racionalizará" su petición y dirá someterse a la voluntad de Dios, porque Él sabe mejor "lo que nos conviene". Y, al mismo tiempo, inventará sistemas de regadío, porque empieza a intuir que la realidad se maneja por leyes autónomas, al margen de intervencionismos extramundanos. En niveles transpersonales de conciencia, el creyente sigue "pidiendo" -anhelando- todo lo que necesita, pero no se dirige al dios exterior de la conciencia mágica o mítica, ni al dios "racionalizado", sino, más allá de todo dualismo (típico del nivel mítico e incluso racional), a la dimensión divina que experimenta no-separada, a Lo Que Es. Y esa oración será "eficaz", porque nada nos haría estar más en unidad con Dios y con las personas por las que oramos.
Con ello, no se ha perdido nada, no se ha perdido la fe -como suelen gritar los creyentes míticos, cuando escuchan formulaciones diversas a las suyas-, sino que se ha dado otro paso decisivo en la marcha evolutiva de la humanidad, en la que la Conciencia va desvelando su Rostro.
Todos los místicos han experimentado esa Unidad en Dios, aunque tuvieran que expresarla en categorías propias de su propio paradigma cultural. Incluso santa Teresa de Jesús, ejemplo de oración relacional y afectiva, en su obra de madurez, se ve llevada por su propia experiencia a reconocer la Unidad, echando mano de imágenes atrevidas:
"Digamos que sea la unión como si dos velas de cera se juntasen tan en extremo, que toda la luz fuese una... Acá es como si cayendo agua del cielo en un río o fuente, adonde queda hecho todo agua, que no podrán ya dividir ni apartar cuál es el agua del río, o lo que cayó del cielo; o como si un arroyico pequeño entra en la mar, no habrá remedio de apartarse; O como si en una pieza estuviesen dos ventanas por donde entrase gran luz; aunque entra dividida, se hace todo una luz" (7 Moradas 2,4,).
Queríamos responder a la pregunta ¿cómo orar? Imaginemos algo: ¿de qué modo tan diferente le "hablaría" una gota al océano, estando todavía separada o una vez que hubiera caído en él? ¿Cuál de los dos modos sería más pleno? Pues bien, en la tradición mística, hablar de oración implica favorecer el paso de la separación (pensada) a la Unidad que Es, Unidad-en-la-Diversidad o No-dualidad. Lo que ocurre es que ese paso únicamente puede darse cuando se trasciende el pensamiento.
He dicho más arriba que la mente humana no puede acceder a la No-dualidad; más aún, le parecerá un dislate, porque la misma mente es dualista: sabe lo que es uno y lo que son dos, pero no puede saber lo que es el no-dos. Si no pudiera separar los objetos, se colapsaría, terminaría bloqueada. La mente puede funcionar en tanto en cuanto separa y fracciona la realidad. Por eso, mientras permanezcamos en el pensamiento, no podremos "ver" la realidad sino de un modo dualista. Del mismo modo que el niño, mientras permanece en su identidad "corporal", es incapaz de acceder al pensamiento abstracto. Pero detén la mente y el dualismo desaparecerá. Y, al trascender el pensamiento, despertarás al reconocimiento de Lo Que Es.
Ése es el servicio que las religiones y las iglesias deberían ofrecer. Apartándose del discurso mitológico y de la interminable palabrería mental, de la moralización y del protagonismo, favorecer el desarrollo de la conciencia y posibilitar la genuina experiencia espiritual.
Y ¿por qué ayudar a las personas para que alcancen ese otro nivel de conciencia?
Sólo esa nueva conciencia dará respuesta al anhelo humano, nos liberará de la agotada prisión egoica -de los callejones sin salida donde se encuentra el yo-, permitirá avanzar en humanización y establecerá las condiciones que posibiliten la emergencia y manifestación creciente de la Belleza amorosa y radiante del Espíritu, la Unidad Que Somos/Es.
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