"Alquimia: Arte con el que se pretendía hallar la piedra filosofal y la panacea universal. En su acepción originaria, la alquimia era el arte de transformar los metales vulgares en metales preciosos."
Esta es la principal definición que se le da en una enciclopedia. A través de nuestra monografía intentaremos explicar todos los términos vistos en el párrafo anterior, nos extenderemos en su historia y sus principales mentores.
En el siglo XVI comenzó a desarrollarse la elaboración de drogas medicinales. Desde el punto de vista de la historia de la ciencia, la alquimia no es más que una etapa primitiva de la química, pues cualquiera haya sido el objetivo que se proponían, es indudable que los alquimistas impulsaron el estudio experimental de numerosas propiedades químicas.
Hay razones para suponer que la alquimia nació en Egipto a principio de la era cristiana como creación de los griegos de Alejandría. En la edad media hallamos a los árabes en pleno conocimiento y práctica de los principios de este arte y fueron ellos quienes lo dieron a conocer en Europa.
Esos principios se basaban en una cierta concepción acerca de la estructura del mundo, la de que todas las sustancias existentes pueden reducirse a una sola sustancia fundamental: "La prima materia". El problema que se planteaban entonces los alquimistas era encontrar esta "prima materia" y a partir de ella obtener cualquier otro compuesto.
Se suponía que lo primero era posible si se lograba eliminar de un cuerpo o sustancia todas las propiedades adquiridas. Para el segundo se admitía la existencia de una sustancia capaz de fijar en la prima materia las cualidades deseadas. Los alquimistas creyeron hallar esta prima materia en el mercurio, si bien no en el mercurio corriente, sino en un tipo especial llamado el "mercurio de los filósofos" la sustancia capaz de fijar cualidades en este era llamada la "piedra filosofal" y se afirmaba que debía estar compuesta por sulfuro.
A principios del siglo XVI, la alquimia comenzaba a fijarse un nuevo objetivo bajo la influencia de Paracelso. Este objetivo debería ser, según el, la curación de las enfermedades que aquejan a los hombres. Aunque la alquimia estuvo en todo tiempo impregnada de concepciones místicas, ocultistas, astrológicas y una buena dosis de charlatanerismo, también es cierto que hubo numerosos sabios que creyeron en sus principios y llevaron a cabo sus experiencias guiados fundamentalmente por el espíritu y el interés científico. Grandes hombres de la ciencia como Newton y Boyle, creyeron por ejemplo en la teoría de la transmutación y en rigor, aunque partiendo de principios diferentes y sobre una base experimental enormemente mayor, la ciencia moderna ha confirmado en cierto modo, este punto de vista.

La alquimia es una de las ciencias cuyo solo nombre evoca ya las más contrarias y diversas reacciones: atracción, desprecio, curiosidad, incertidumbre. Sentimientos opuestos, provocados en parte por la falta de información concisa sobre su origen y desarrollo.
La misma palabra, alquimia, parece tener una procedencia
dudosa. Muchos afirman que la expresión actual, legada
directamente por los árabes, puede ser dividida en dos
partes: el artículo "al" y el término "chemia" que
significa "tierra o
suelo negro".
Según esta hipótesis, los musulmanes se
referían a las oscuras tierras de Egipto donde
habrían aprendido los primeros secretos de la misteriosa
ciencia. La figura del filósofo egipcio Hermes Trimegistus
se consideraría entonces como padre del saber humano y de
ahí derivaría el término "hermético"
que con tanta frecuencia aparece relacionado con la alquimia.
Pero no solo del país egipcio provienen los primeros
escritos sobre esta actividad, sino también de las lejanas
tierras de China. En el
año 140 apareció en aquel país el primer
tratado alquímico y las ideas que contiene aparecen
estrechamente relacionadas con el Taoísmo.
El hecho es que se han hallado tanto escritos griegos citando a
los orientales como referencias egipcias en los textos
árabes. En la actualidad los principales documentos se
hallan en la Biblioteca
Nacional de París y en Leyden, donde se han ordenado los
textos alquímicos en dos grandes grupos: aquellos
de origen griego y aquellos otros firmados por un misterioso
personaje llamado Jabir ibn- Hayyan, también llamado
Geber, que se supone vivió en el siglo VIII de nuestra
era. Estudios más cuidadosos han demostrado que no todas
las obras atribuidas originariamente a Geber fueron en realidad
escritas por el científico árabe.
A medida que el influjo árabe se iba adentrando en Europa,
nuevos hombres se dedicaron al estudio de la nueva disciplina.
Los nombres que la historia señala son bien conocidos y
entre ellos destacan los de Nicolás Flamel (1330-1417) e
incluso Newton, el primer gran científico moderno que,
aunque no se dedicó por completo a la alquimia, la
citó con frecuencia en sus obras y se dice que
mandó construir un pequeño laboratorio en
el Trinity College para estudiar los misterios de la
transmutación.
Dejando aparte su faceta misteriosa y oculta, hay que hacer notar que la alquimia contribuyó de forma muy importante al progreso de la química de laboratorio.
Nuevos aparatos como el alambique y nuevas técnicas
como la destilación se convirtieron el algo de uso
cotidiano, al mismo tiempo que se descubrían sustancias
hasta entonces ignoradas como el aceite de
vitriolo (ácido sulfúrico), el agua regia,
el agua fuerte
(ácido nítrico), el amoníaco, etc.
Pero la alquimia era ante todo una ciencia hermética
alrededor de la cual se fue tejiendo un halo de misterio y
secreto, originado en parte por las aspiraciones extrañas
y a menudo incomprensibles de algunos de sus seguidores,
así como por la forma simbólica y casi
indescifrable de sus escritos. No es fácil resumir en
pocas palabras la labor de un alquimista. Esta se centraba
especialmente en tres facetas distintas: por una parte la
búsqueda de la piedra filosofal, en presencia de la cual
todos los metales podían ser convertidos en oro; en
segundo lugar el descubrimiento del elixir de larga vida,
imaginado como una sustancia capaz de evitar la corrupción
de la materia y por último la consecución de la
"Gran Obra", cuyo objetivo era elevar al propio alquimista a un
estado
superior de existencia, en una situación privilegiada
frente al Universo.
La lectura de una obra alquímica es extremadamente ardua para un no-iniciado. El lenguaje alquímico parece abstracto, absurdo, incomprensible, pero en realidad es esotérico y místico, saturado de códigos, de símbolos, de referencias que confunden al profano. Trampas y desvíos son frecuentes.
"El alquimista
considera esencial esta dificultad de acceso, ya que se trata de
transformar la mentalidad del lector a fin de hacerlo capaz de
percibir el sentido de los actos descritos", explica el escritor
francés Michel Butor. "El lenguaje
alquímico es un instrumento de extrema agilidad que
permite describir operaciones con
precisión y, al mismo tiempo, situándolas con
respecto a una concepción general de la realidad."
Como muestra de lo
antedicho, se incluye en esta página un anexo que conduce
a un antiguo texto de uno
de los alquimistas más respetados. Es recomendable leerlo
con una mentalidad totalmente abierta y, al mismo tiempo, tratar
de ubicarse en la época en que fue escrito.
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