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"Rusos" en la Argentina (página 2)




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Polacos

Escribe Horacio Spinetto: "Conocí personalmente a don León Untroib, maestro de fileteadores, en 1984. En la Biblioteca Municipal de Toulouse, Francia, se iba a realizar la exposición denominada "Le Tango de Carlos Gardel", y su organizadora Anne Marie Duffau, deseaba poder exhibir "un trabajo de esos muy coloridos, que se hacían para decorar y distinguir los carros y los camiones", y que ella consideraba, y bien, característicos de la ornamentación popular de Buenos Aires. Estaba pidiendo un filete. No tuve ninguna duda, debía ver al maestro Untroib.

Fue así que después de haber hablado telefónicamente, llegué al 1900 de la calle Catamarca, entre Brasil y Pedro Echagüe, a metros del Instituto Bernasconi, en el barrio de Parque de los Patricios. En su casa - taller lo conocí personalmente, junto a su esposa Emilia. Luego de contarle el motivo de mi visita, León dijo: "Voy a hacer el filete y lo donaré para esa ciudad". En noviembre de 1984 la imagen de Gardel, con su sonrisa franca, acompañada por elegantes curvas y volutas, ocupaba un lugar de honor en la exposición. Los visitantes se fotografiaban a su lado".

"Untroib nació el 25 de diciembre de 1911 en Ostrow, provincia de Wolyn, Polonia. Su padre se dedicaba a la decoración de arcones. Allí comenzó su aprendizaje. La familia decidió viajar a América, y en octubre de 1923 llegaban a Buenos Aires".

"A los trece años su padre le confió la responsabilidad de dibujar unas azucenas en dos jardineras que eran utilizadas para el reparto de pan. "Lo hice tan bien que al año siguiente comencé a trabajar solo". León amaba su oficio y reconocía como precursores a Salvador Venturo y a Miguelito, su hijo; a Vicente Brunetti y sus hijos Enrique y Alfredo; a Pedro Unamuno; a Laureano Ferrer; a los hermanos Assante; a Alejandro Mentaberri; a Cecilio Pascarella; a Natero; a Ernesto Magiori; a Federico González Irigoyen, y a Carlos Carboni".

"(...) Untroib vendía tablas en su famoso puesto de la Plaza Dorrego; Carboni fileteaba camioncitos de juguete, y Martiniano Arce los llevaba a la tela, como en aquella serie de Gardeles realizada con el pintor Aldo Severi".

"La bondad y la calidad humana de Untroib se reflejaban en su mirada, en cada uno de sus gestos y en sus palabras, como cuando destacaba, encendido, la obra de cada uno de los colegas que mantienen vivo al filete, como Luis Zorz, Ricardo F. Gómez, Enrique y Martiniano Arce, Juan Carlos y Roberto Bernasconi, Andrés Vogliotti, Armando Miotti, Alfredo Martínez y Jorge Muscia".

"En noviembre de 1994 el refugio de la calle Catamarca quedó en silencio. El olor de las lacas todavía impregnaban el ambiente. En la oscuridad de la noche surgió inesperadamente una música como aquella que lo acompañaba siempre, y las sirenas con los dragones y las flores con los pinceles por él fabricados bailaron una última danza en su homenaje. Don León había fallecido" (1).

Sivul Wilenski –escribe Sara Facio- "llegó en 1920 como integrante de la compañía teatral de Iván Totsoff. En nuestra ciudad comienza a dedicarse a la fotografía y en 1930 abrió su estudio en la calle Florida. Más tarde se mudaría a la avenida Santa Fe. En sus pequeñas vidrieras exponía a las bellezas de la sociedad que publicaba cotidianamente en el diario La Razón. Fue el primer fotógrafo que expuso en las oficinas que ese diario tenía en París. Allí viajó Wilenski, en 1928, para inaugurar la muestra e hizo aprendizaje fotográfico en estudios parisinos durante tres años. A su regreso, continuó con las tomas de retratos que publicaba en la revista Sintonía.

Sus retratos eran menos clásicos que los de sus colegas, componiendo fondos dibujados por él mismo sobre las placas fotográficas, con motivos estilo ‘déco’ muy de moda en la época. Era un maestro en el retoque de negativos y tuvo alumnos posteriormente tan admirados como Annemarie Heinrich. Su característica era que una vez que retocaba una placa, la firmaba. Así se puede ver en su archivo la diferencia entre dos tomas efectuadas en el mismo momento, con o sin retoque, que confirma su arte como retocador. El archivo completo de Wilenski fue donado por sus herederos al Museo Municipal del Cine" (2).

Boleslaw Senderowicz nació en Polonia en 1922; falleció en Buenos Aires en 1994. Sara Facio destaca su trayectoria: "comenzó su carrera como fotógrafo de teatro. Cuando ingresó a la Editorial Abril se convirtió en un exquisito fotógrafo de modas cubriendo todas las producciones de la revista Claudia. Hasta entonces las producciones con modelos y equipos de fotógrafos, maquilladores, etc eran desconocidas en nuestro país. Contar con bien equipados estudios en la editorial, o realizar viajes en búsqueda de nuevos escenarios eran una modalidad de trabajo nueva. En esas producciones descolló Senderowicz e impuso ese estilo en otras revistas de la misma editorial y de la competencia. Años después el fotógrafo encontró su verdadera vocación en la publicidad. Su Estudio –que hoy continúa su hijo Andrés- fue ejemplo de profesionalismo para la mayoría de los publicistas. Su sentido de la gracia, la elegancia y la sobriedad para presentar los productos más comunes, lo señalan como un ejemplo dentro del medio. En 1990 se presentó una muestra retrospectiva en la Fotogalería del Teatro San Martín –la única y última- que puso en evidencia su talento" (3).

" ’ Yo soy judío’, acentuó (Max Berliner). ‘Nací en Polonia en 1920 y llegué a la Argentina a los dos años. A los cinco debuté en el teatro", contó. "Tengo raíces judías, pero soy argentino cien por ciento". El primer parlamento que dijo sobre las tablas fue en idish, su lengua materna, en una obra de Scholem Aleijem. De ahí en más, alternó en su carrera obras en castellano y en idish. Hizo teatro de temática judía en castellano, "para que la gente conozca lo que ignora sobre esa comunidad"; en idish estrenó clásicos universales, con el fin de mantener viva esa lengua. "En Artea (1955-1971), el teatro que yo abrí en el año del ñaupa, estuvo dos años en cartel El zoo de cristal en idish", recuerda. "El idish tiene que ser un idioma y no un dialecto. Hay muchos que están luchando por el idish, como yo. Está bien que cuando surgió el Estado de Israel se haya impuesto el hebreo; pero no se puede eliminar el idish. Los seis millones de muertos en los campos de concentración hablaban idish", subraya" (4).

Andrés Rivera fue entrevistado por Demian Orosz: "En 1992, el hombre en cuyo documento se lee Marcos Ribak (1928) ganó el Premio Nacional de Literatura por La revolución es un sueño eterno (1987). El reconocimiento ya había amagado en 1985, con la entrega a En esta dulce tierra del Segundo Premio Municipal de Novela. (...) nació en Villa Crespo en 1928. Su padre era un sastre de origen judío. (...) ’Yo he contado, creo, en Nada que perder, que mi padre comió cerdo a los 12 ó 13 años en la entrada de una sinagoga. Y tal vez en los genes eso me fue transmitido.

Y hoy, cuando leo los diarios y advierto que los soldados israelíes cometen atrocidades, me pregunto en qué se diferencian de los nazis. Yo sí respeto mucho la literatura judía, y hay buena parte de la literatura norteamericana, que a mí me nutrió durante mucho tiempo, que ha sido escrita por novelistas y cuentistas de origen judío. (...) Yo fui obrero textil durante siete años, y mi patrón era judío. Ahora bien, yo no me detenía en que era judío, sino en que era patrón y se quedaba con parte de la plusvalía del personal de su fábrica. Podría haber sido tailandés’ " (5).

Aurora Alonso de Rocha evoca a los padres de Alejandra Pizarnik: "Sus padres eran judíos polacos; el padre, corredor de joyerías. Buma estudiaba hebreo y, como le gustaba todo lo extremado, contaba historias de pogromos, cosascos, incendios de aldeas. (...) Sus padres le hablaban con interés de dos presuntos pretendientes, hijos de un almacenero alemán uno, y de un sedero sefaradí el otro. Buma se burlaba o enojaba. Un día le dijo a su madre que se iba a casar con los dos para tener aseguradas ropa y comida, la madre la miró ceñuda y disparó una rápida respuesta en idish. Me tradujo: ‘Que sean tres, así también hay vivienda’. Creo que, por lo menos en parte, las sutilezas de Buma nacían de la dialéctica, escondida en un mal castellano, de los Pizarnik" (6).

La música era la pasión de un antepasado de Ana María Shua: "un muchacho joven, polaco, bohemio, pobre y enamorado de la música. También un excelente tejedor, especialista en fajas, ducho en la destreza textilera de entrelazar los hilos de goma con los de algodón. No sólo de pan vive el hombre: el tío vivía también de su amor a la música. Se las había arreglado para que lo tomaran como comparsa en el Colón. Sus patrones apreciaban su trabajo, pero cuando había ensayo general, el hombre desaparecía. Inútil amenazarlo con el despido: nada le producía tanta felicidad como estar disfrazado, compartiendo el escenario con los mejores tenores del mundo. ¡Estuve a un metro de Tchaliapin! Gritaba entusiasmado. ¡Ian Kepura me cantó casi al oído! decía, con una alegría inmensa" (7).

Norma Manzur afirma: "Aunque en ese entonces lo ignoré, fueron años de mucho dolor y tristeza en nuestra familia. Las cosas importantes, serias y sobre todo las tristes se hablaban en idisch, idioma que nunca aprendí. La guerra en Europa mataba a los judíos y los padres, hermanos y otros parientes de mamá y papá no escaparon a ese destino. Sólo después que Gerardo viajó a Polonia al 50 aniversario del Levantamiento del Ghetto de Varsovia, supe que mis abuelos maternos murieron en el campo de concentración de Treblinka. Qué pasó con el resto de la familia, mi abuela paterna y mis dos tías y otros parientes cuyo registro nunca tuve, no lo sé" (8).

Escribe Diego Paszkowski: "Pienso con infinita tristeza en la gente que desprecia al distinto, al extranjero, al inmigrante, que hoy se refiere a, por ejemplo, coreanos, japoneses y chinos con las mismas expresiones miserables que hace cincuenta años habrán utilizado para con mi abuelo, judío polaco. ‘Hablan en su idioma’, escuché decir de unos y de otros a modo de excusa para segregarlos, pero sé por experiencia que, sólo dos generaciones después, quien esto escribe, nieto de aquel abuelo, enseña a escribir a jóvenes futuros artistas en la mismísima Universidad de Buenos Aires" (9).

Por la ciudadanía argentina optó el polaco León Poch, quien en la nueva tierra se propuso transmitir las tradiciones judías por medio del dibujo, su "lenguaje". En su libro Cosas y casos judíos manifiesta: "Espero lograr transmitir a los lectores el amor y el orgullo que siento por el rico quehacer de mi pueblo, sobre todo a los jóvenes, porque ellos han de continuarlo" (10).

Los padres de Daniel Goldman, "ambos polacos, fueron sobrevivientes del Holocausto. Su padre fue un partisano (guerrilla que luchaba contra el nazismo en la Segunda Guerra Mundial) y su madre vivió tres años en un sótano después de escapar de un gueto.

Se conocieron en Polonia y en 1948 emigraron juntos a un país que parecía sinónimo de una nueva vida. Pero en las valijas se trajeron todo el miedo, el espanto ante cualquier autoritarismo y un sentido profundo de que la vida es un tesoro a resguardar. Así es que en el hogar de los Goldman casi no se dormía: por las noches su madre visitaba los cuartos para asegurarse de que él y su hermana estuvieran bien, y a las 4 de la mañana todos estaban desayunando. De día, las pesadillas se contrarrestaban con una educación amiga del idealismo" (11).

Juan Szychowski, de once años de edad, y una veintena de familias polacas pioneras, "Luego de permanecer algún tiempo en el legendario ‘Hotel de los Inmigrantes’ arribaron al puerto de Posadas, y desde ahí marcharon a pie durante varios días hasta la recién fundada Colonia de Apóstoles, recorriendo los 80 km que los separaban de su destino tras los carros que transportaban sus pocas pertenencias. Fueron tiempos difíciles para esos hombres, mujeres y niños que no estaban acostumbrados al abrasador calor tropical y a los mosquitos que laceraban su piel. Debieron esperar dos años para poder comer pan, ya que las hormigas y los carpinchos diezmaban los plantíos de maíz. Se alimentaban principalmente con mandioca, porotos, batata y aprovechaban la abundancia de animales silvestres que les proveían de carne. Enfermedades como el paludismo y el cólera y las picaduras de serpientes segaron las vidas de muchos hijos de aquellos primeros colonos, y los productos logrados no siempre compensaban los sacrificios realizados" (12).

En "Clara, una niña judeo-argentina víctima del nazismo", escribe Ana Watch:

"Esta es la historia de Clara, una niña nacida en Buenos Aires en fecha patria, un 25 de mayo de 1936. Sus padres eran ambos polacos. El papá Samuel, de 26 años, hacía 9 que vivía en la Argentina. La mamá Raquel, también de 26 años, hacía un año que había llegado a Buenos Aires. Para poder bajar del barco, se tuvieron que casar en el Hotel de Inmigrantes, casi sin conocerse. Raquel era diabética. Pasó un embarazo complicado por su enfermedad. Los primeros meses de vida de Clara estuvieron signados por los malestares y el encierro de su mamá, hasta que ella decide volver a Polonia a consultar con sus médicos y presentar a la beba a su familia. Samuel se queda en Bs. As. (...) Sólo quedan dos fechas marcadas en un viejo almanaque hebreo: 29-11-43 Clara, 22-01-44 mamá. De esta historia, Samuel nunca pudo hablar. Volvió a casarse en Buenos Aires, tuvo tres hijas más, dos de ellas llevan los nombres de sus hermanas: Miriam y Paulina. Mi nombre es Ana, soy la tercera, no cronológicamente. Después del fallecimiento de mi padre, encontré en una bolsita de nylon guardada en el aparador, un paquete con cartas en idish y fotos, que guardé cuidadosamente durante 9 años, hasta que decidí reconstruir la historia, hacer traducir las cartas, conseguir la partida de nacimiento de mi hermana y tratar de averiguar si fuera posible cómo fue su final’ " (13).

Jacobo Rendler, polaco, recuerda que el dormitorio del Hotel de Inmigrantes "era un salón enorme con cuchetas de a tres camas. Cuando vimos las camas perdimos las ganas de acostarnos. Con Melcer convinimos dormir afuera sobre unos bancos de cemento que había. (...) Al día siguiente nos levantamos muy temprano. El barco de piedra era muy duro y estábamos a la intemperie pero las camas estaban tan sucias y tenían tantos bichos que teníamos miedo de amanecer de nuevo en Polonia".

Va a visitar a unos paisanos: "Al salir del Hotel de Inmigrantes, el bulto con mis cosas estaba en el depósito. Las personas de la Asociación de ayuda a los inmigrantes me habían anotado en un papel en castellano la dirección y el apellido de la familia que buscaba. Era una especie de volante donde estaba impreso que era un inmigrante recién llegado y se pedía a la gente que lo leyera me ayudara a llegar a esa dirección, que era en la calle Jean Jaurés de la ciudad de Buenos Aires. Me indicaron tomar el tranvía número 2 y que le mostrase el papel que llevaba al motorman para que me indicara dónde bajar".

Encuentra a la familia que buscaba, uno de cuyos miembros le asegura el empleo y promete pasar a buscarlo al día siguiente. "Al volver al Hotel, Meltzer me estaba esperando. Me contó que había vuelto una de las personas de la Asociación de ayuda, que a él le habían conseguido en la casa de un relojero, a otros los habían ubicado con carpinteros o sastres, cada uno según su profesión y que a todos los iban a ir a buscar al día siguiente" (14).

En el Hotel de Puerto Madero, un panel reproducía las palabras del polaco Pablo Nowak (15). Este hombre, llegado a la Argentina en 1949 recuerda los magníficos asados que se hacían al mediodía y agradece las que califica como sus primeras buenas comidas en toda la vida.

"Yo tenía quince años cuando empezó la Segunda Guerra Mundial, y fui encerrado en el gueto de Lodz, con mi familia y miles de judíos más –dice el polaco Jack Fuchs. Allí estuve hasta que el gueto fue liquidado y nos deportaron a Auschwitz". Para este hombre, que tanto ha sufrido, el viaje tiene una connotación muy especial: "Hoy sé que volver a Lodz es como una peregrinación" (16), afirma, convencido de que debe viajar a su tierra también con su hija.

En Villa Gesell vive Valeria Rodziewicz, "una encantadora ex enfermera polaca, sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial". La anciana "nació en Wilno (Vilna hoy), Lituania, el 27 de diciembre de 1913. Por entonces, el territorio lituano pertenecía a la Rusia zarista". Recuerda la guerra. En Polonia, en 1939, "La comida escaseaba, sólo teníamos arroz y la carne de los caballos muertos esparcidos por las calles. Cuando los alemanes llegaron al hospital, me echaron, con el pretexto de que no figuraba como enfermera estable. De golpe me quedé sin trabajo y me instalé en un albergue para estudiantes. Para poder comer tenía que vender mi sangre para las transfusiones" (17).

En "Breve historia de la llegada de mi abuelo a la Argentina", relata un nieto: "Nicolas Kot, hombre de origen ruso, más precisamente polaco, ya que en esos momentos (principios de 1900) esas tierras de Rusia eran Polonia; llegó a la Argentina escapando de la guerra, creo, durante los años 1927-1929, ya que nació en 1909 y a los 18 años se despidió de su novia y demás familia que hoy viven en Bielorusia. Llegó al hotel de los Inmigrantes en Buenos Aires, en donde se alojó por unos días y después salió rumbo a Córdoba, en busca de trabajo. Ahí conoció a mi Abuela Segunda Funes (nació en 1917, Córdoba). Durante el viaje .... le dió Fiebre Tifus, por lo cuál tuvo que hacer escala (...) en el Hotel Lloyd en Holanda. En la foto que encontré en Internet, se observa su estado actual, en su momento funcionó como hotel de inmigrantes, luego como reformatorio de chicos y luego como hotel. Es increíble el estado en que se encuentra.... y lo bien conservado. Hoy en la actualidad todos sus hermanos y los hijos de sus hermanos viven en Bielorusia, más precisamente en la ciudad de Pinsk y sus alrededores. Sus hijos, nietos, y bisnietos viven y vivieron en Argentina" (18).

Con el título ...Y elegirás la vida, "un libro de la periodista Adriana Schettini cuenta diez historias de sobrevivientes de la Shoah con quienes convivió dos años y medio, inmersa en la cotidianeidad de sus biografías. (...) Y vio en ellos ‘la encarnación del mandato bíblico: ... Y elegirás la vida’ ".

Transcribo algunos párrafos en los que hablan sobrevivientes polacos (19):

"En abril de 1943, José Rajchenberg estaba junto a los jóvenes que enfrentaron el poderío nazi con una cuantas botellas de gasolina, unas cuantas botellas de gasolina y una entereza arrolladora. ‘Los judíos, antes de tomar vino u otro alcohol, dicen Lejaim. ¿Qué significa Lejaim? Por la vida; para vivir, siempre. Después de tantas matanzas contra los judíos, después de tanta Inquisición y tanto pogrom, después de este tremendo Holocausto, aún se dice Lejaim. Así es la vida: fuerte, muy fuerte’ ".

"Auschwitz, 24 de junio de 1943. Es la hora del crepúsculo. El tren se detiene (...), dos mil cuatrocientos judíos son empujados fuera de los vagones (...). Salomón Feldberg se aferra a la mano de su madre. La memoria de las razzias le dice que en segundos perderá ese contacto protector. Pero nadie le avisa que será para siempre. ‘Yo estaba derrotado; era un esqueleto; no servía para nada y, sin embargo, ellos me asignaron un trabajo horrible: juntar cadáveres. (...) Pero, a pesar de todo, yo siempre tenía una chispita de esperanza. (...) Ninguno de los que pasamos por los campos sabemos por qué sobrevivimos, pero todos sabemos que queríamos vivir. (...) Morir no es un acto heroico. El heroísmo es luchar por conservar la vida’ ".

Relata Isak Lempert: "Pasamos Iom Kipur en prisión. Mi papá dijo las oraciones que pudo recordar de memoria y ayunó. Sí, yo vi a mi papá ayunando en la prisión de Czernovits porque era el Día del Perdón".

Dice Moniek Taub: " ‘­Es que a mí me gusta tanto cantar...’ Si alguien le hubiera dicho en Auschwitz que iba a sobrevivir y que además iba a tener fuerzas para cantar, seguramente no le habría creído, ¿verdad? ‘En Auschwitz... ¿cómo iba uno a poder pensar algo así en Auschwitz, si estaba al lado del crematorio y veía que todo el tiempo entraba gente y salía humo?’ ".

Moisés Borowicz recuerda: "Tuve muchos compañeros de colegio y de juegos que no eran judíos, como supongo tienen todos los chicos judíos en cualquier parte del mundo. Pero cuando Hitler subió al poder en Alemania, en Polonia surgió un enorme antisemitismo (...) No me puedo olvidar lo que me dijo un grupito de compañeros: ‘Cuando venga Hitler, los vamos a pasar por la máquina de picar carne y de ustedes vamos a hacer albóndigas’ ".

"Llegamos a Majdanek en abril de 1943 –relata Stella Knyszynska de Feigin-. Nos hicieron sacar toda la ropa. Eramos chicas jóvenes y teníamos pudor... Nos llevaron a los baños donde estaban las duchas (...) Estábamos vigiladas por kapos alemanes. Hasta el día de hoy me esfuerzo por no agobiar a los otros con mis penas. Creo que, por más que la gente te quiera, si sos intolerante, jodida y quejosa, a la larga no te pueden aguantar y te van dejando sola. Y a mí me gusta estar junto a los otros. (...) Tengo muchos problemas y llevo una enorme tristeza adentro, pero no soy una resentida".

"Es increíble –afirma Julio Pitluk-:: entre tantos habitantes y con semejantes sufrimientos, casi no hubo suicidios (en el ghetto de Bialystok). La gente tenía la ambición de salvarse. La inmensa mayoría se aferraba a cualquier esperanza, por mínima que fuera, con tal de seguir vivo".

Sostiene Regina Kenigstein de Hubel: "Una vez por mes habría que hacer una lección para todos los jóvenes. Tienen que saber lo que fue Auschwitz, querida. Tienen que saberlo, para que nunca más le hagan a nadie lo que a nosotros nos hicieron ahí. (...) Hay que trabajar para que nunca nadie venga con ideas como las de Hitler, y la gente lo siga."

Notas

  1. Spinetto, Horacio: "Los Oficios - Entre el Olvido y el Rescate El Fileteador", en .
  1. Facio, Sara: La fotografía en la Argentina Desde 1840 hasta nuestros días. Buenos Aires, La Azotea Editorial Fotográfica, 1995.
  2. ibídem
  3. S/F: "Max Berliner", en www.teatro.meti2.com.ar
  4. Orosz, Demian: "Andrés Rivera: Soy un hombre entre los hombres", en La Voz del Interior, Córdoba, Argentina, 22 de junio de 2001.
  5. Alonso de Rocha, Aurora: "Entonces la mujer", en El Tiempo, Azul, 2003.
  6. Shua, Ana María: "Por amor a la música", en Clarín, Buenos Aires, 18 de mayo de 2003.
  7. Manzur, Norma: Lazos y Nudos. Cuentos, Buenos Aires, Editorial Milá, 2003.
  8. Paszkowski, Diego: "En qué pienso", en Clarín, 12 de enero de 2003.
  9. Poch, León: Cosas y casos judíos. Buenos Aires, Milá, 2003.
  10. Fondevila, Fabiana: "Los personajes del año", en Clarín Viva. Buenos Aires, 8 de diciembre de 2002.
  11. S/F: en el folleto informativo del Museo Histórico Juan Szychowski, Apóstoles, Misiones.
  12. Watch, Ana: "Clara, una niña judeoargentina víctima del nazismo", en www.fmh.org.ar
  13. Rendler, Jacobo: "Mis primeros pasos en la Argentina", en www.enplenitud.com, 21 de mayo de 2003.
  14. Nowak, Pablo: Panel en El Hotel de Inmigrantes, 2000.
  15. Pogoriles, Eduardo: "Volver a las raíces", en Clarín, Buenos Aires, 13 de agosto de 2001.
  16. Castrillón, Ernesto y Casabal, Luis: "El día que fue arrasada Varsovia", en La Nación, Buenos Aires, 1° de septiembre de 2002.
  17. S/F: "Breve historia de la llegada de mi abuelo a la Argentina", en Breve historia del arribo de mi abuelo a la Argentina.htm.
  18. 1 S/F: "... Y elegirás la vida". Foto: Daniel Pessah. En La Nación Revista, Buenos Aires, 27 de marzo de 2005.

Rumanos

El rumano Vintila Horia vivió en la Argentina entre 1948 y 1953. Acerca del exilio del escritor, señala Carlos Rivera: "Cuando, en agosto de 1944, en Rumania un golpe de estado reemplaza el régimen "pro-eje" del Mariscal Ion Antonescu por un gobierno filosoviético, Vintila Horia -quien se encontraba en Viena- es internado por las autoridades nazistas en los campos de concentración de Krummhübel y María Pfarr hasta mayo de 1945. Liberado por tropas ingleses viene trasladado, junto a su joven esposa Olga, a Bologna en Italia, donde deciden no regresar a su patria en vía de sovietización. Aquí empiezan su dura vida de exiliados, mientras que en Rumania el nuevo régimen filosovietico -mediante un proceso político instruido con juicio sumario- condena Vintila Horia en contumacia a trabajos forzados de por vida, a causa de "un pasado que casi no poseía y por culpas que no había tenido tiempo de soñar", como escribiera tiempo después el mismo Vintila; quien confesará: "Entonces empezó mi verdadero exilio como un proceso de anacoretismo; es decir: un proceso de separación de todo aquello que yo había sido". En efecto no es por azar que el tema del exilio constituya el motivo central de su obra literaria, desde su primera y célebre novela "Dios ha nacido en el exilio", galardonada por el prestigioso Premio Goncourt el año 1960, hasta "Las claves del crepúsculo" publicada en edición castellana poco después del fallecimiento de su autor" (1).

En el prefacio a la edición de Espasa Calpe (2), escribe Daniel-Rops, de la Academia Francesa: "Vintila Horia, al negarse a regresar a su país sometido ya a otra dominación, empezó a vivir la tragica experiencia de tantos hombres de nuestra epoca, la que uno de sus compatriotas habia de evocar en su terrible libro La hora veinticinco. Primero en Italia, donde trabó amistad con Papini: luego en America del Sur, en Buenos Aires -donde se ganaba la vida como modesto escribiente de Banco, mientras que su esposa se agotaba en un durisimo trabajo-, y finalmente en España, donde sus comienzos, a la vez como empleado de hotel, reportero y agente literario, fueron tan agobiantes como aquellos otros. En todos estos sitios conoció las prolongadas y despiadadas angustias del exilio. Y de esta experiencia vital fue de donde sacó lo mas puro y esencial de su inspiración. Así, el tema del exilio se halla situado en el centro de su obra: y pocos hay con los que, como con éste, se hallen tan compenetrados los hombres de nuestro tiempo. El exilio con sus sufrimientos, sus desgarramientos, sus nostalgias tragicas. pero tambien el exilio con su terrible poder purificador".

En Madrid, en 1988, Horia escribió: "Estuve cruzando varias veces la Pampa y llegué, bordeando la orilla, tierra adentro, hasta Chapadmalal, donde empecé a escribir en la memoria mi novela "Dios ha Nacido en el Exilio", en un otoño austral del año 1952, si mal no recuerdo. Pero no llegué a Bahia Blanca sino mas tarde, guiado por la mano literaria de Eduardo Mallea, dentro de las paginas inolvidables de "Todo Verdor Perecerá". Aquel paisaje, rural en la primera parte del libro, urbano en la segunda, se me ha pegado al alma, para siempre. De la misma manera en que, cruzando el norte de España, hacia la iglesia gallega de San Vintila Solitario, me he encontrado a veces con la sombra de Valle Inclán y de otros, confirmando o descubriendo, a menudo imaginando, paisajes y almas, años y leguas como decía Gabriel Miró" (3). Ovidio protagoniza Dios ha nacido en el exilio. La obra surge como un eco del dolor del autor; su tristeza se asemejaba en mucho a la del poeta latino. La de Horia es una novela de desarraigo; lo sufren el autor, el protagonista, y ese Niño que ve la luz (4).

Alina Diaconú dijo en un reportaje: "A mí me obligaron un poco a vivir en el presente, porque si me quedaba pegada a la nostalgia, todavía seguiría escribiendo en rumano. Me gusta mucho la idea del desapego. Yo de algún modo creo que las cosas que me tocaron –dejar mi país natal, venir acá- me impulsaron a aprender eso. Me gustaría viajar con un bolsito de mano, nada más, como viaja Lucila. No necesitar demasiado de las cosas, de nada material. Cuando llegué a Buenos Aires, durante un año más o menos escribí en francés. Pero nunca dejé de escribir. Yo sabía que los idiomas podían cambiar, pero mi vocación no" (5).

En una calle porteña vivió doña Catalina, la madre de Miriam Becker. En una sentida evocación que escribe poco después de la muerte de la rumana, la hija comenta que la anciana "De sus vecinos -españoles, italianos, argentinos del interior-, había descubierto que el mejor arroz con pollo lo hacía doña María, la gallega, pero sin panceta; lo rico que eran el grelo, la nabiza y la achicoria como los preparaban los Brunetta –los italianos saben comer verduras-, y que las empanadas con la carne cortada a cuchillo de doña Pepa eran mejores que con la picada común" (6).

Notas

  1. Rivera, Carlos: "Un testigo de la verdad en el tiempo de las mentiras: Vintila Horia", 2004, en www.elpelao.com.
  2. Daniel-Rops: "Descubrimiento de un novelista", en Horia, Vintila: Dios ha nacido en el exilio. Madrid, Espasa-Calpe, 1968 (Colección Austral). 215 pp.
  3. Horia, Vintila: "Notas para un preámbulo", en Benítez, Rubén: La pradera de los asfódelos. Bahía Blanca, Siringa, 1988. 213 pp.
  4. González Rouco, María: en La Capital, Rosario, 1988.
  5. Guerriero, Leila: "Ser patriota del universo", en La Nación, Buenos Aires, 25 de agosto de 2002.
  6. Becker, Miriam: "La última idishe mame", en La Nación Revista, Buenos Aires, 23 de marzo de 1997.

Rusos

Alberto Gerchunoff protagoniza una anécdota relatada por Manuel Mujica Láinez: "Mejor periodista que escritor (aunque poseía el don envidiable del adjetivo insólito) y mejor conversador que periodista, fue Alberto Gerchunoff, mi gran amigo y maestro de La Nación. Sus réplicas han sido célebres. La que le dio a la Princesa Puczyma es perfecta. La princesa, perteneciente a la gran nobleza polaca, trabajaba en el archivo de nuestro diario. Odiaba a los judíos. Un día, estaba en un cocktail, rodeada de gente cuando lo vio entrar a Alberto. ‘Díganos, Gerchunoff –lo interrogó con su autoritaria voz hombruna- ¿es cierto que usted es judío? Y él, enseguida, sin vacilar: ‘Sí, Princesa, y cuando usted quiera puedo poner la prueba en sus manos" (1).

La escritora María Esther de Miguel conservaba en su casa un samovar que había pertenecido a sus antepasados. Ella dijo a Cristina Pizarro: "por parte de madre era más bien de las colonias que rodeaban a Basavilbaso, las moscas (...) En mi familia no eran católicos pero casi toda la familia después se hizo católica. Pero tengo una hermana que no es bautizada, mi única hermana". Entre los objetos que atesora, se cuentan "esa dulcera con todas las cucharitas, era de la familia de mi madre. Por ahí teníamos un samovar ruso de la familia. Un banco de mi abuela materna" (2).

Escribe Perla Suez: "Nací en Córdoba. Me crié en Basavilbaso, un pueblo de la provincia de Entre Ríos. (...) Soy nieta de inmigrantes judíos que escaparon de Rusia en la época en que el zar Nicolás II los perseguía" (3).

Federico Andahazi tenía "abuelos amorosos pero mayores –Margarita y Samuel Merlin, llegados de Rusia después de la guerra- que recibían al nieto cada tarde, después del colegio" (4).

Cantan los gitanos rusos. Algunas de sus composiciones han sido recopiladas por Perla Miguelí y transcriptas musicalmente por Pedro Leguizamón. Escribe Miguelí: "las canciones nuestras están basadas siempre en hechos reales, en acontecimientos que han pasado. Son anécdotas cantadas, inspiradas por el protagonista o por algún antepasado que transmitió el caso como canción. Pequeñas historias que pueden haber parecido importantes sólo para el grupo, en el momento de componerse, pero que con el paso de las generaciones adquieren una grandeza especial, una ternura, una bella sencillez, una frescura que nos cautivan a los que tenemos en nuestros oídos mucho más material de música (por discos, casettes, compactos, radio, televisión, etc) que los que se podrían tener en otras épocas. Muy ocasionalmente, hoy en día en alguna fiesta o reunión se entonan canciones gitanas, para sorpresa y deleite de los presentes" (5).

La actriz Mariana Briski recuerda que en Córdoba, su abuela tenía unas tacitas de té que había traido desde Rusia.

Era hijo de rusos Manuel Sadosky: "Uno de los siete hijos de una pareja de inmigrantes rusos (sus padres llegaron en 1905 huyendo del creciente antisemitismo), Manuel es en cierto modo la encarnación de un país pujante y ambicioso: aunque su padre era zapatero, él y sus hermanos varones estudiaron el magisterio y se graduaron en la Universidad de Buenos Aires" (6).

Francis Korn incluye en su último libro el testimonio de Cecilia Litichver: "Una tarde calurosa de mediados de enero de 1919, el ‘mundo’ que hasta ese momento se había formado en la mente de Cecilia Litichver, argentina, de 6 años, hija de rusos y domiciliada en el conventillo de Sarmiento al 2200, cerca de la plaza Once de Septiembre de la ciudad de Buenos Aires, cambió radicalmente" (7).

Ester Gabriel de Falcov y Nylda Gonzalez de Trumper escriben, acerca de Aromas y sabores de las bobes de Moisés Ville: "La idea de presentar este libro, que ahonda en recetas, surgió a requerimiento de personas no judías que visitan el Museo Histórico Comunal y de la Colonización Judía Rabino Aarón Halevi Goldman de Moisés Ville. Pero también es un homenaje a las bobes pioneras que trajeron sus usos y costumbres de la Rusia zarista de donde provinieron. A las primeras, que en 1889 vinieron y constituyen el asentamiento que dio origen a Moisés Ville. A las que siguieron cuando en 1891, nace la Empresa Colonizadora del Barón de Hirsch" (8).

Notas

  1. Mujica Láinez, Manuel: "Mis fotografías", en La Nación, Buenos Aires, 18 de abril de 2004.
  2. Pizarro, Cristina: "Con María Esther de Miguel". Entrevista realizada el 25 de febrero de 2003.
  3. Suez, Perla: en www.perlasuez.com.ar.
  4. Guerriero, Leila: "¿Quién es Andahazi?", en La Nación, Revista, Buenos Aires, 11 de diciembre de 2005. Fotos Daniel Pessah.
  5. Miguelí, Perla: "Introducción", en Miguelí, Perla y Leguizamón, Pedro: Primer cancionero gitano de la Argentina. Recopilación y notación musical. Mar del Plata, 1995.
  6. Bär, Nora: "Manuel Sadosky El maestro", Fotos: Martín Lucesole. Buenos Aires La Nación Revista, 16 de mayo de 2004.
  7. Korn, Francis: Buenos Aires, mundos particulares. Buenos Aires, Sudamericana, 2004.
  8. González de Trumper. Lilí y Gabriel de Falcov, Ester: Aromas y sabores de las bobes de Moisés Ville Buenos Aires, Editorial Milá, 2006. 88 pp. (Gastronomía).

Ucranios

Bernardo Ezequiel Koremblit recuerda a César Tiempo: "Cuando apenas comenzaba a crecerme la barba, trabajaba yo en el legendario diario Crítica, y en una mesa cercana lo hacía quien era ya una de las primeras figuras de la poesía judeoargentina y el teatro: más y nada menos que Israel Zeitlin, quiero decir César Tiempo, que el Señor lo tenga de la mano. (...) sencillo, llano, humilde, (...) siempre generoso, dadivoso, sin humos no obstante su prestigio y notoriedad, a nadie le negaba un cigarrillo, un vaso de agua y un prólogo" (1).

El Chango Spasiuk es el responsable de Polcas de mi tierra, "relevamiento de un siglo de música traída por los inmigrantes ucranianos" (2). Al fallecer su padre, el Chango Spasiuk lo despidió con lo que el hombre amaba: la música: "Cuando todos se fueron, le pregunté a mamá qué le parecía y ella me dijo que si quería tocar, que tocara. Entonces le metí nomás. Le dí duro. Te imaginás –dice a Leila Guerriero-, a las tres de la mañana, tocando el acordeón en el velorio de mi papá, es una imagen loca y se puede interpretar mal, pero por qué no iba a tocar, si mi papá amaba la música" (3).

José Muchnik recuerda la tragedia de sus mayores: "Argentina es el pulso de múltiples venas en un mismo estuario…por eso somos todos argentinos… Ahí anclaron , gallegos o andaluces, sicilianos o calabreses, franceses del Béarn o del Aveyron, portugueses, japoneses, libaneses, sirios, rusos, ucranianos, serbios, croatas… judíos expulsados por los pogroms, armenios huyendo del genocidio turco …paraguayos, bolivianos o brasileros…acentuaron el sabor latino de esas tierras…y hasta millares de coreaneos aportaron hace poco su encanto oriental a esta odisea. Argentina…raíces no sólo de tierra sino también de cielo. Mi palabra, estas palabras, no artículos y adjetivos, sí sangre y silencios…mi padre dejó madre y hermano degollados en un « shteitl » ukraniano antes de ser el más criollo de los criollos con sus mates de madrugada en la ferretería de Boedo, barrio de tango, barrio de mis primeros amores…" (4).

Carlos Szwarcer se refiere en un email a la procedencia de sus abuelos paternos: "los Szwarcer nacieron en un pueblito de Ucrania llamado Sudilkov o Sudilkowo, Partido de Saslavl o Zaslav, lugar limítrofe con Polonia y zona en permanente disputa entre ambos paises. También en ese pueblo nació mi abuela, de apellido Gelfand. Ambos eran judíos y escaparon a las matanzas de la década del 20, en medio de enfrentamientos entre pro-zaristas y bolcheviques. Es una historia triste y extensa como muchas otras que habrás escuchado o leído. Perdieron a casi toda la familia, huyeron a Polonia, donde se casaron. Se dirigían a Estados Unidos pero, por estar embarazada mi abuela, no le permitieron el ingreso y vinieron a la Argentina en 1922. El origen del apellido parece ser alemán, y significa "negro" o "más que negro¨" en ese idioma. Es muy probable que los ancestros de los Szwarcer vivieran en Europa occidental y emigraran al este unos siete siglos atrás".

Notas

  1. Koremblit, Bernardo Ezequiel: "La bohemia cultural judeoargentina en las décadas del ’30, ’40 y ‘50", en Feierstein, Ricardo y Sadow, Stephen A. (comp.): Recreando la cultura judeoargentina / 2 Literatura y artes plásticas. Buenos Aires, Editorial Milá, 2004.
  2. Plaza, Gabriel: "Polcas de mi tierra", en "La compactera", La Nación, Buenos Aires, 22 de agosto de 1999.
  3. Guerriero, Leila: "Chango Spasiuk. Chamamé por el mundo", en La Nación Revista, Buenos Aires, 14 de enero de 2001.
  4. Muchnik, José: "Somos todos argentinos", en El Damero. www.icarodigital.com.ar

Yugoslavos

En Jujuy se afincó el yugoslavo evocado por María Edith Olmos en "Historia de vida": "Don Milo tomó contacto con la empresa de Joseph Kennedy y allí tuvo una importante responsabilidad: hacían el trazado de las líneas férreas en el inmenso altiplano boliviano, donde, cuando cae el sol, pareciera poderse tocar con las manos. Sus empleados eran nativos aimaráes y quichuas" (3).

Notas

  1. Lardapide Olmos, María Edith: "Historia de vida", en El Tiempo, Azul, 8 de junio de 1997.

Sin mención de origen

"Otra gran escritora judía de Rosario es Angélica Gorodischer –afirma Alberto José Miyara. La autora de Trafalgar tiene un apellido eminentemente judío, y judío es asimismo el humor que campea en su obra. Empero, la maestra de la ciencia ficción argentina llega al judaísmo por portación de marido –el original propietario del apellido-, proviniendo ella de una familia asturiana y rígidamente católica, por cierto" (1).

La disponibilidad de los alimentos antes negados provoca algunos incidentes, como el que relata Jorge Barón Biza. Su gobernanta era una refugiada del Este, a quien trajeron de su paseo por la ciudad de Río en una camilla. Ella "Nunca había probado bananas. Antes de la guerra las había visto, en confiterías europeas, envueltas en celofán. En las calles de Río, los vendedores le ofrecieron docenas de bananitas de oro por centavos" (2). Comió tantas que tuvieron que asistirla. Era la consecuencia del contraste entre la pobreza europea y la realidad americana.

Notas

  1. Miyara, Alberto José: "Escritores judíos de Rosario: apuntes para el estudio de una literatura", en Feierstein, Ricardo y Sadow, Stephen A. (comp.): Recreando la cultura judeoargentina / 2 Literatura y artes plásticas. Buenos Aires, Editorial Milá, 2004.
  2. Barón Biza, Jorge: "La historia, un disparate", en Clarín, Buenos Aires, 25 de abril de 1999.

Varios

El doctor Nicolás Rapoport narra sus recuerdos de la época en la que, siendo estudiante de medicina, colaboraba en la atención de los recién llegados en el hospital del Hotel de Inmigrantes. El relata: "Los que cursábamos medicina, a diario comprobábamos la angustia de los infelices, ignorantes del idioma, no entendiendo las preguntas que les dirigían los médicos en sus habituales interrogatorios. Los ojos tristes de los cuitados, las miradas despavoridas de los enfermos, nos sumían en íntima congoja y conmiseración. Todos los días los cuatro o cinco estudiantes judíos que asistíamos a los hospitales servíamos de intérpretes para llenar las historias clínicas. Era conmovedor ver cómo se iluminaban los ojos de los míseros al oír una palabra en idish o ruso. Revivían, lloraban dando escape a su dolor moral" (1).

Entrevistado por Mario Diament, dice Máximo Yagupsky: "El casamiento judío consistía de grandes celebraciones. Se improvisaba una gran tienda hecha con las lonas que se usaban para proteger las parvas de las lluvia. Se hacía un alegre festín con todo el ritual, la jupá, es decir, el palio nupcial, la música y danzas. Y naturalmente había mucha comida y había también comida para los gauchos vecinos, los cuales se reunían afuera a saborear los manjares y dulces. Y mientras los músicos ejecutaban melodía judías o rumanas, los gauchos, afuera, tocaban el bandoneón o la guitarra y bailaban también. En algunas ocasiones se cruzaban las rondas del freilej o la tijera, con el chamamé, el tango y el pericón" (2).

A sus antepasados evoca Alicia Steimberg, autora de Cuando digo Magdalena, novela distinguida en 1992 con el premio Planeta Biblioteca del Sur: "en esa época mis héroes estaban en Rusia, en Ucrania y en Rumania. Y después se convirtieron en pobres inmigrantes que vivían en conventillos. Pobres, pobres, pobres. (...) Recuerdo un viejo comedor donde había fotos ovales de los que vinieron en el barco: la bisabuela con el pañuelo en la cabeza que le cubre la frente, el bisabuelo con la gran barba y el sombrero. Hasta un samovar y un candelabro de siete brazos. Un piano vertical y olor a té y a naftalina. Como decía la canción de La vieja dama indigna: Faut-il-pleurer?/ Faut-il-en-rire? Me cito a mí misma (los versos son inéditos y no sé dónde fueron a parar): Nací hermanos, en esta dulce tierra argentina,/ pero el recuerdo nítido de mi infancia es éste:/ una hoja de diario escrito en caracteres hebreos/ usada para envolver los higos de aquella higuera" (3).

Alejandro Kokocinski manifestó: " ‘Yo tengo una gran pasión por la Argentina. Me siento muy argentino (...) Mis padres eran dos refugiados corridos por la guerra, un polaco y una judía rusa’. (...) Los dos tuvieron la gran fortuna de que descarrilara el tren que los llevaba al campo de exterminio nazi de Treblinka ‘porque si no yo no estaría aquí’. Huyeron entre mil peripecias, estuvieron un año escondidos y llegaron a un campo de refugiados en Italia. (...) ‘En ese contexto dramático yo vine al mundo en 1948’. (...) Papá Kokocinski organizó con otros soldados la liberación de su pareja. Escaparon todos. Llegaron a Génova y se escondieron. Querían ir a la Argentina. ‘El cónsul se apiadó y los dio un salvoconducto’. Una carreta del mar los trajo a Buenos Aires" (4).

Carlos Gorriarena evoca su iniciación en la pintura: "Mis primeros recuerdos son los de un barrio de casas bajas, espaciadas, deplorables; frescas en el verano por las enredaderas, los vastos espacios de las quintas que entonces, donde ahora también se levantan deplorables edificios altos, proveían de verduras a la pueblerina capital. Calles de tierra, con puentecitos que las separaban de las zanjas de las aguas servidas; también de las aguas de lluvias torrenciales, de las veredas también meadas por los perros y cubiertas por tramos de pastizales cortos. (...) Una población poco indígena, compuesta de inmigrantes armenios que por las noches se reunían en manadas para rememorar los asesinatos cometidos por los turcos... Polacos, italianos y gallegos. (...) Mi padre quería que yo fuera marino y mi madre depositó en mí sus deseos de que yo continuara la vida de uno de sus hermanos que también pintaba y murió por la tuberculosis a los 18 años de edad. Mis primeras lecturas, herencia de aquel tío, fueron Los miserables, de Victor Hugo, y La cabaña del tío Tom. A mis seis o siete años de edad una prostituta rumana que vivía cerca de mi casa y que todas las mañanas partía y volvía, cercana la noche, de los "quilombos" de San Fernando, una población cercana, me regaló una caja conteniendo pinturas oleosas, pinceles y un frasco de aromática trementina. Mi primera obra fue una reproducción de la fragata "Sarmiento". Por causas distintas, papá y mamá quedaron obnubilados. Luego se la regalé a aquella mujer y desde entonces espero que aquel "cuadro" que mostraba aquel convencional símbolo patriótico haya presidido sus ceremonias junto a la cama" (5).

Al regresar de la tierra de sus ancestros, dijo Julia Zenko: "Un instante puede mostrarte lo que pesan tus antepasados. Eso lo vi en esta última gira: conocí Letonia y Lituania, y también Estambul, donde vivió varios años una de mis abuelas, y reconocí olores de las comidas de mi casa, músicas, acentos. Es que soy una argentina tanguera sin una gota de sangre criolla" (6).

Entrevistada por Susana Yappert, relata Ana María Schenfeldt: "Mi mamá llegó a la Argentina con siete años; venía de Rumania, aunque había nacido en Bulgaria. Mi papá llegó con catorce y había nacido en Rusia. El era ruso alemán y hablaba un dialecto diferente al de mi mamá. Nosotros hablábamos como él y así se hablaba en casa y entre los vecinos. Mi mamá también terminó hablando ese dialecto, tanto que sus hermanos que vivían en La Pampa se reían cuando la escuchaban". Una extensa y dolorosa sequía les cambió el rumbo y en 1917 partieron hacia el sur de la provincia de Buenos Aires, donde el gobierno ofrecía tierra para colonizar, en Stroeder. Sus padres llegaron casados y con una niña de días. "Mi hermana mayor había nacido el 1 de marzo de ese año y el 17 llegaron a Stroeder. Acá era todo monte -relata Ana María- El gobierno daba tierras a matrimonios jóvenes. Vinieron con un grupo de ruso alemanes, aunque había de otras nacionalidades. Yo siempre me acuerdo de que los domingos se veían sulkys aperos pintados de colores, porque en aquella época no había autos; el primer Ford T lo tuvo mi papá-. Eramos muchos chicos en el lugar, porque en esa época tenían muchos hijos; nunca estábamos entre personas grandes ni sabíamos de qué hablaban los grandes. Nosotros éramos catorce hermanos, yo era la tercera, así es que casi todos los años teníamos un bebé nuevo para cuidar". Ana María muestra una foto en la que está junto a sus hermanos. Cabecitas muy rubias, ojos que de tan celestes parecen transparentes, ropa de fiesta y el día inolvidable de haber posado para aquella fotografía. De los catorce hermanos, a los que enumera uno por uno, sólo una hermana murió joven. "Yo nací en el campo -continúa el relato-. Tengo recuerdos muy lindos de mi infancia. (...) Todos trabajábamos -recuerda Ana María-. Nos mandaban a la escuela, pero cuando empezaba la cosecha no nos mandaban más. Teníamos que cuidar a los hermanos menores y a los animales. En ese tiempo había un ‘púa’ bajito y teníamos que cuidar que no se fueran los animales para lo de los vecinos. Cerca de mi casa se hizo una capilla y una vez por mes venía un cura. Mi mamá iba a la primera misa y yo iba a la segunda con mi papá; mientras tanto mi mamá ordeñaba. ¡Cómo trabajaba mi mamá! ¡Ordeñaba cinco o seis vacas por día! Hacía una huerta enorme... ¡hasta sembraba maní, sacaba un fuentón lleno de maní! Además, hacía la comida para todos, lavaba, nos hacía muñecas de trapo, nos enseñaba a tejer y casi siempre estaba embarazada" (7).

Entre los picapedreros de Tandil había yugoslavos y montenegrinos. Hugo Nario ha recogido testimonios de estos inmigrantes: "Algunos de los pobladores más antiguos que entrevisté, recordaban que la hora del desayuno (generalmente mate cocido con leche, galleta y queso) era anunciada por un empleado de la cantera que recorría sus inmediaciones tocando un largo cuerno. Al toque de cuerno los chicos dejaban sus juegos y se congregaban tras quien lo portaba, en una extraña procesión que se repitió diariamente mientras se mantuvo aquella relación de dependencia" (8).

"El 1° de julio de 1897 llegó al puerto de Buenos Aires el vapor Antoñina, cargado con catorce familias integradas por sesenta y nueve personas. Diez familias eran ucranias y cuatro polacas. Llegaban con sus muebles, sus semillas y sus arados. (...)Se embarcaron en el puerto de Buenos Aires en un viaje de una semana hasta Posadas y de ahí los llevaron en carretones del Ejército al interior de la provincia durante otra semana de viaje. Ellos dieron nacimiento a la ciudad de Apóstoles, en Misiones, bajando el monte a puro machetazo. (...) ‘El 27 de agosto de 1897, hace cien años, este grupo llegó a la antigua Reducción Jesuita de San Pedro y San Pablo Apóstoles, donde se les dieron dos lotes por familia, cada uno de 25 hectáreas, a pagar durante diez años a un valor de un peso por mes’ (...) Los comienzos para los inmigrantes ucranios no fueron fáciles: los campos estaban repletos de inmensos termiteros que atacaban los sembrados, como os que aún se pueden ver en los campos correntinos. Los ucranios tuvieron que instalarse en carpas que les facilitó el gobierno y refugios hechos con ramas. Más trabajo les costó preparar los campos con plaguicidas e insecticidas que el gobernador Lanusse les vendió a pagar en cuotas. La intensa fe cristiana del pueblo ucraniano organizó la construcción de una iglesia en cada asentamiento" (9).

Notas

  1. Jankilevich, Angel: "Historia de los Hospitales de Comunidad de la Ciudad de Buenos Aires", en www.aadhhosorgar.htm.
  2. Diament, Mario: Conversaciones con un judío. Buenos Aires, Fraterna, 1986.
  3. Steimberg, Alicia: "Teatro con debate: ‘Tras el paso de los grandes’ ", en Feierstein, Ricardo y Sadow, Stephen A. (comp.): Recreando la cultura judeoargentina / 2 Literatura y artes plásticas. Buenos Aires, Editorial Milá, 2004.
  4. Algañaraz, Julio: "Pintor y aventurero", en Clarín Revista, Buenos Aires, 8 de junio de 2003.
  5. Gorriarena, Carlos: "gorriarena por gorriarena ‘Un cuadro tiene que romper la pared’ ", en www.pagina12.com.ar, 26 de Junio de 2005
  6. Kiron: "El canto es magia", en La Nación Revista, Buenos Aires, 27 de octubre de 2002.
  7. Yappert, Susana: "Nueces pintadas para adornar el árbol", en Río Negro, www.unrein.com.ar
  8. Nario, Hugo: "Cortando piedra", en Todo es historia, N° 178, Buenos Aires, Marzo de 1982.
  9. Skliarevsky, Fernando: "Misiones, Cien años de inmigrantes", en La Nación Revista, Buenos Aires, 14 de octubre de 1997.

En conjunto

En una entrevista, Borges se refirió a diversos temas: "La primera figura de las letras argentinas ha recibido el Premio Jerusalem, que la Municipalidad de esa ciudad Ie adjudica bianualmente en ocasion de la Feria Internacional del Libro a un escritor destacado, por su aporte a la libertad del individuo en la sociedad. En anos anteriores recibieron el mismo Premio Bertrand Russell, Ignazio Silone, Andre Schwartz-Bart y Max Fritsch. (...) Le preguntamos qué valor, qué significado tiene, para él su premio. -Un significado intimo -contesta- porque siempre me he sentido ligado a Israel, desde la infancia. Tuve una abuela inglesa, protestante, que sabía de memoria la Biblia. Después, en el año 16 ó 17, resolví estudiar alemán y lo logré a través de Heine. Fui el primero en traducir una seleccion de expresionistas alemanes, entre los que habia muchos judios. La lectura de El Golem, de Gustav Meyrinck, me impresiono mucho y, a partir de esa novela y de mi encuentro con Scholem (tengo un poema sobre el tema, en el que rimo Golem con Scholem), intensifiqué mis estudios sobre la Cabala. A Scholem lo conoci durante una visita a Israel, tan programada, que yo sabia con horas y minutos lo que haría cuatro dias mas tarde. Sin embargo, con Scholem no resultó; nos salimos del programa; teníamos tres cuartos de hora para conversar y nos quedamos hasta el amanecer. Yo aprendi mucho. Espero volverlo a ver, cuando vaya a recibir mi premio.

Tambien fui amigo de Gerchunof, soy amigo de Cansinos Assens, y he dado conferencias en la Hebraica sobre la Cabala, Spinoza, Buber y soy amigo de León Dujovne. A proposito de Dujovne, recuerdo que, cuando lo votamos para el premio Nacional, una señora de ilustre apellido se opuso diciendo: "Yo no voy a caer en esa vulgaridad anticuada del antisemitismo, pero a los judios los fusilaría". Y, bueno, además he dicho a menudo, en varias conferencias, que mas allá de las vicisitudes de la sangre (incognoscibles) todos pertenecemos a la mal llamada cultura occidental (medio oriental, porque es medio hebrea), y todos, de alguna manera, somos griegos y judios" (1).

Notas

  1. S/F: "Todos de alguna manera, somos griegos o judios", en Varios autores: Borges e Israel. El asiduo manuscrito. Buenos Aires, CIDIPAL, 1987.

En memorias y autobiografías

Marcos Alpersohn fue pionero en la colonia Mauricio, en la provincia de Buenos Aires, y primer cronista de un asentamiento judío en la Argentina. "Dejó escrito su interesante testimonio sobre la llegada al país, en 1891", en el que manifiesta: "el vapor alemán Tioko me trajo a Buenos Aires de Hamburgo, junto con otros trescientos inmigrantes, después de una travesía de treinta y dos días. Aún antes de que el barco entrara en el puerto, al divisar desde lejos la ciudad envuelta por palmeras, nos sentimos dominados por la alegría. Las madres levantaban en alto a sus pequeñuelos, diciéndoles jubilosamente: -Miren, chicos; ahí está el paraíso, la tierra bella y verde que el bondadoso Barón de Hirsch ha comprado para vosotros" (1). Días después advertirían que la realidad poco tenía que ver con sus expectativas.

Relata el pampista Mauricio Chajchir, en sus memorias: en 1891 "se abrió el comité del Barón de Hirsch. Fue una salvación para los judíos y empezó el registro de las familias. Aceptaban solamente familias con hijos varones. Los que no los tenían, se daban maña. Hacían inscribir a un soltero como hijo y la cosa marchaba".

El Galatz, buque de carga de bandera francesa alquilado por el Barón Hirsch, emprende su viaje hacia la Argentina. El cuarto día "empezó la tormenta con lluvia huracanada. El buque se hamacaba cada vez más fuerte. En la bodega el pasaje empezó a rodar mezclándose con los bultos y fardos. Se levantaban olas de casi ocho metros de alto que barrían la cubierta y se metían en la bodega, cubriendo con agua salada a los niños y mayores. (...) De repente llegó una orden urgiendo a todos los barones a subir a cubierta para rezar. Rezaron los Teilim (salmos) de memoria, con tanto fervor como nunca más he visto en mi vida. Entre nosotros venían tres hermanos Kaplán. El menor de ellos estaba entre los mástiles, seguramente agarrado para no caerse, y al romperse un palo le pegó en la cabeza y lo mató. Después de tres días cesó la tormenta y amaneció un día de sol. Salimos a cubierta a secar las ropas, mientras los marineros barrían y limpiaban los objetos destrozados".

Los inmigrantes dejan el Galatz para continuar el viaje en tren, y luego abordan el Pampa, el cual "llevaba unas 5 o 6 vacas en cubierta para ser faenadas por el Shoijet y tener carne kosher cada tanto, pero muchos no la comían pues las ollas eran treif (impuras)".

Cuando llegaron fueron alojados en el Hotel de Inmigrantes: "No sé de dónde surgió la versión que los cocineros y el personal eran judíos españoles y por consiguiente todo era kosher. Y ¡ah! Por primera vez durante todo el viaje, todo el pasaje disfrutó de una buena cena. Al día siguiente una comisión de mujeres fue a investigar a la cocina para ver si salaban la carne y se encontraron con una cabeza de cerdo sobre la mesa. Volvieron amargadas y tratando de vomitar lo que habían comido la noche anterior". De Buenos Aires viajaron a Miramar y fueron hospedados en el Hotel Atlántico, donde permanecieron hasta que se inició el traslado a Entre Ríos. Chajchir escribe en sus memorias: "Lo que recuerdo de allí y lo conservo aún hoy día, es el gusto del té recocido y endulzado con azúcar negra, la que no era refinada y que hoy la llaman azúcar rubia. Ah! Hasta me parece que siento el gusto y el olor del té recocido con azúcar negra".

Recuerda en otro pasaje: "Nos habían dado matze para cuatro días, por lo que una delegación viajó a Villaguay y regresó al otro día en el tren con 5 bolsas de harina. De inmediato, al primer día hábil de la semana de Pésaj, jal-amoed, o mejor dicho la noche antes, calentaron y amasaron con palos improvisados. Una espuela de bota que se quitó un peón sirvió para cortar las hojas".

Cuenta una travesura que hizo con otros compañeros: "Yo sí que tomé clandestinamente un vaso de leche. Un día nos juntamos tres muchachos y fuimos por una senda a una casita, de la que habíamos oído que convidaban con leche a los visitantes. Fuimos repitiendo todo el camino la palabra leche para no olvidarnos. Llegamos, el más grande de nosotros dijo –leche-, largaron una carcajada y nos dieron un vaso de leche a cada uno. Como no sabíamos cómo decir gracias, hicimos una reverencia en señal de agradecimiento. Y hubo más carcajadas".

Luego de pasar un tiempo en Miramar, los inmigrantes fueron conducidos a Entre Ríos: "En 8 carretas tiradas por tres yuntas de bueyes nos trasladaron a los lotes que después se llamaron Rosh-Pina. Era un día de mayo, de mucho calor y sofocante. Se acomodaron a los gringos en las carretas, mujeres, hombres, niños, cachivaches, leña y además 8 chapas de zinc para cada familia, para hacer las viviendas, porque en el lugar no había absolutamente nada. Todos iban arriba en las carretas. (...) No había alambrado alguno. La primera carreta volteaba los cardos altos que crecen en tierra virgen. La última ya marchaba por una huella. (...) Se armaron las carpas, una para cada familia. A eso de la medianoche se largó a llover. Por suerte no era fría. El temporal siguió como unos ocho días. Cuando paró el temporal, la JCA mandó maderas de sauce y blanquillo, también paja. Un capataz con varios peones empezaron a hacer los ranchos. Las paredes tenían que hacerlas los mismos colonos con adobes o de chorizos según el gusto. Algunos se ingeniaron para hacer las paredes cortando directamente de la tierra húmeda y colocándolos con las raíces y pastos que aún tenían. Y estos transformados en paredes seguían creciendo" (2).

Entre los inmigrantes que arribaron a nuestro país llegó Alberto Gerchunoff, de origen ruso, nacido en Tulchin, Vinnitsa, en 1883, quien se estableció con su familia en una colonia de Villaguay, Entre Ríos, después de que el padre fuera asesinado en Moisés Ville, Santa Fe. "En aquellos años ya distantes –recuerda en su "Autobiografía" (3), escrita en 1914-, los judíos no emigraban, y la tentativa de colonización del Barón Hirsch iluminaba a los israelitas de Tulchin, como la esperanza mesiánica del retorno al reino de Israel".

En sus páginas autobiográficas, se describe a sí mismo vestido a la usanza de la nueva tierra: "como todos los mozos de la colonia, tenía yo aspecto de gaucho. Vestía amplia bombacha, chambergo aludo y bota con espuela sonante. Del borrén de mi silla pendía el lazo de luciente argolla y en mi cintura, junto al cuchillo, colgaban las boleadoras".

En la colonia entrerriana a la que se trasladan luego de que el padre es asesinado, manifiesta un profundo gusto por el folklore: "En Rajil fue donde mi espíritu se llenó de leyendas comarcanas. La tradición del lugar, los hechos memorables del pago, las acciones ilustres de los guerreros locales llenaron mi alma a través de los relatos pintorescos y rústicos de los gauchos, rapsodas ingenuos del pasado argentino, que abrieron mi corazón a la poesía del campo y me comunicaron el gusto de lo regional, de lo autóctono, saturándome de esa libertad orgullosa, de ese amor a lo criollo, a lo nativo que debió, más tarde, fijar mi inclinación mental. En aquella naturaleza incomparable, bajo aquel cielo único, en el vasto sosiego de la campiña surcada de ríos, mi existencia se ungió de fervor, que borró mis orígenes y me hizo argentino".

El 21 de agosto de 1939, el escritor Witold Gombrowicz desembarcó en Buenos Aires; había sido invitado a la travesía inaugural del transatlántico Chorbry. El estallido de la segunda guerra mundial y la invasión de Polonia por las tropas alemanas lo obligaron a desterrarse; fue así como un corto viaje se transformó en un exilio de más de veinte años.

Durante esos años, Gombrowicz vivió la difícil experiencia de integrarse a un país nuevo, que suscitaba en él juicios personalísimos referidos a diversos aspectos de su cultura. El extranjero nos observaba y surgía la inevitable comparación con la tierra que había abandonado; de esa comparación, algunas veces salíamos beneficiados, otras no. Alrededor de 1960, Radio Europa Libre le encargó que ofreciera una serie de charlas destinadas a sus compatriotas; Peregrinaciones argentinas (4) recoge aquellas referidas a nuestro país y a su realidad política y económica, así como también a sus bellezas naturales.

A nuestro criterio, son tres los temas que pueden considerarse fundamentales en estas charlas. En primer lugar, la confrontación entre polacos y argentinos; algunos rasgos nuestros desconciertan al autor, ya que no logra entenderlos. Sobre la forma de encarar las dificultades, afirma: "Todas esas noticias me habrían aterrorizado de verdad si las hubiese leído en un periódico europeo, pero desde aquí todos esos sobresaltos toman un aire exótico, como si no se refiriesen a la Argentina, sino precisamente a Europa u otro continente lejano. Los paisajes de nuestra nación despertaron también la admiración del escritor; para dar una idea más clara de cuanto describe a sus oyentes polacos, habla de los ríos y los lugares argentinos comparándolos con aquellos que los radioescuchas conocen directamente. Por último, cinco capítulos se ocupan del existencialismo, al que Gombrowicz analiza en Polonia y en América.

Con la amenidad típica de una exposición destinada a un público amplio y distante, las charlas del autor de Ferdydurke plantean importantes cuestiones para pensar, en un mundo convulsionado por sus contrastes y sus confusas ambiciones.

María Arcuschín escribió De Ucrania a Basavilbaso (5) obra en la que rinde homenaje a sus antepasados y a quienes llegaron a América en busca de un futuro mejor, al tiempo que narra su propia vida en el seno de la colectividad judía entrerriana.

Esta colectividad, hábilmente retratada en su obra, tiene muchos rasgos en común con otras colectividades que, desde lugares remotos del mundo, llegaron al país impulsadas por el anhelo de una existencia digna, la que por distintas razones no podían tener en sus tierras de origen. En este cúmulo de inmigrantes, sin embargo, los extranjeros presentados por Arcuschín son indudablemente singulares.

La escritora evoca la gesta de quienes cruzaron el mar y los ecos que tuvo en los argentinos. Recuerda los relatos familiares sobre la razón que los llevó a emigrar: los antepasados ""Fueron casa por casa, puerta por puerta alertando sobre el peligro del próximo pogrom y la urgencia de partir hacia América en busca de libertad y de paz".

En la obra se observa la incidencia del momento histórico y el ámbito geográfico en los personajes; la presencia de la autora en el texto; la religión y la educación, el trabajo y las diversiones, como así también las reiteradas agresiones que sufrieron los judíos de esa provincia, y las consecuencias que trajeron a la autora y su familia.

Rosalía de Flichman escribió Rojos y blancos. Ucrania (6). En esta obra en evoca su infancia, en la que la amargura era una realidad cotidiana. Las persecuciones, la revolución, la guerra civil, las violaciones y los asesinatos –a los que se suman las inundaciones y el tifus- son el cuadro con el que Rosalía debe enfrentarse a muy corta edad: "Los blancos están en la ciudad, persiguen sin cesar a los judíos. Matan a los hombres, se apoderan de las mujeres jóvenes y hasta de las niñas. Estoy cansada de tanto horror. Y los cambios continúan. Hoy los blancos, mañana los rojos. Como somos despreciables burgueses, estos invaden la casa y nos reducen a dos habitaciones. El hambre se hace sentir, duele".

Más adelante manifestará una preferencia, en su desgracia: "Quiero que vuelvan los rojos; cantan la ‘internacional’ y nos asustan, pero que vengan pronto. Los blancos son peores, ignorantes, desalmados, asesinos". Afirma que ella y su familia eran perseguidos en su país de origen por dos motivos: su condición de judíos y de burgueses. Si estas dos causas motivaron la amenaza constante a la que estaban sometidos, también significaron la posibilidad de radicarse en nuestra tierra, ya que la madre se apoyó "en instituciones judías que ayudan a los emigrantes fugitivos que salen de Rusia", y el hecho de ser pudientes les permitió una salvación que a otros estuvo negada.

Agobiada por la tristeza, la niña piensa en el padre, al que no ve desde hace años. Después de muchos trámites, emigran para reencontrarse con él. Por fin, llegan a Mendoza. Ha comenzado para Rosalía "una larga vida en la Argentina, una vida plena y feliz".

"El gran cambio en las costumbres de los judíos ortodoxos se produjo cuando la segunda generación en el país, o sea la de mi padre –señala Benedicto Kaplan-. Así como los de la primera generación todos llevaban largas barbas, salvo algunos elegantes que se las recortaban en punta, los de la segunda generación se afeitaron casi sin excepción, cambiaron sus hábitos alimentarios, adoptando los de los gauchos. La religión se siguió practicando en las grandes fiestas. Aparecieron los primeros gauchos verdaderos: bombachas anchas en lugar de pantalones, faja con tiradores y facón, asados, mate y carreras cuadreras. En la generación tercera, o sea la mía, este tipo humano pintoresco se multiplicó en todas las colonias" (7).

Mario Diament realizó un extenso reportaje a Máximo Yagupsky, que fue publicado con el título de Conversaciones con un judío. Entre otros conceptos, el entrevistado manifestó: "¿Cómo han venido aquí nuestros judíos? Escapando, prácticamente, de pogroms. Los que han venido a la Argentina, sobre todo. No los movía, como a los italianos, el buscar una vida más confortable o huir de la miseria. Allá los judíos eran pobres, pero estaban acostumbrados a la pobreza. Amaban la vida en el ghetto porque significaba la vida en común, en la gran familia, a tal extremo que mi abuela murió a los noventa y tantos años y hablando de su país de origen decía siempre ‘allí, en mi casa’. A pesar de que vivían en la miseria, era su hogar".

Yagupsky afirma que "A los colonos, no acostumbrados a la vida en esas vastas llanuras, les resultaba muy difícil soportar la soledad, lejos de los centros de civilización. El único aliento a su angustia era ver que el gaucho los acogía con beneplácito. Y se estableció una amistad con el gaucho y hasta, por momentos, un afecto casi fraternal" (8).

En Postales Imaginarias/2. Nuevos viajes alrededor de la Tierra antes de Internet, Ricardo Feierstein no refleja sólo la historia de sus mayores, sino asimismo la suya propia y la de quienes lo rodean, a través de una diversificada gama de recursos estilísticos.

Encontramos aquí al autobiógrafo, que se refiere con nostalgia y ternura a Villa Pueyrredón, barrio al que llama -en una dedicatoria a Humberto Costantini- la "patria común" de ambos. En una visión retrospectiva, que se inicia en 1957 y se cierra en 1945, recuerda su adolescencia y su infancia –así, de acuerdo al recurso temporal elegido-, en las que tienen incidencia el despertar sexual, la familia, las raíces que llegan en la forma de viejos discos encontrados fortuitamente.

El autor aparece también en el episodio acaecido en Córdoba, en 1963, en el que a una provocación antisemita le sucede un insulto, luego una puñalada; en fin, la historia de siempre, aunque cambien los personajes. Cuenta en "Primera sangre": "teníamos un poco de miedo, pro mezclado con sorpresa, esa sorpresa producida por algo inesperado, uno de esos hechos que escapan a la rutina y desconciertan; no entendíamos por qué gritaron "heil Hitler" cuando pasaron marchando con paso rígido por el camino, vociferaron una, dos, tres veces, cerca de nuestro grupo que conversaba y cantaba sentado en el césped. Y nos levantamos de un salto, porque esas voces recordaban una noche turbulenta, ancianos y niños marchando arracimados, aterrorizados; viejos rabinos con expresión de horror, fuego, sangre, una horrible pesadilla que habían contado nuestros mayores y que guiñaba sus ojos en las películas" (9).

Felipe Fistemberg Adler relata en sus memorias que, en Moisés Ville, provincia de Santa Fe, "Cuando llegaban las fiestas patrias, el pueblo se vestía de gala, las ventanas lucían banderas azules y blancas y a la plaza San Martín, en el centro del poblado, concurría toda la población luciendo la escarapela y manifestando con orgullo su agradecimiento a la nueva patria. Por ser uno de los más altos, y seguramente porque mamá me almidonaba para la ocasión el guardapolvo, ya en los grados superiores las maestras me elegían abanderado, y escoltado por otros niños caminando entre aplausos y cálidas sonrisas nos dirigíamos a la plaza. Las autoridades y los directores de todas las instituciones pronunciaban emotivos discursos. Se cerraba el acto con un esperado reparto de golosinas entre los chicos. Con premura, nos despojábamos de los guardapolvos y corríamos al bosque de eucaliptos frente a la administración de la J.C.A. para ver y participar de la fiesta popular que premiaba a los ganadores, con ponchos, frazadas, camisas, camisetas o pantalones" (10).

En su libro de memorias, titulado Ultima carta de Moscú (11), Abrasha Rotemberg relata que,:después de siete años, se reencontró con su padre, que trabajaba como "cuenténik", "clásica ocupación de los inmigrantes judíos, que consistía en la venta callejera a crédito de todo tipo de prendas. ‘Yo descubrí muchos años después que esa generación de inmigrantes pobres y analfabetos resultó una de gigantes, que supo enfrentar una vida sumamente dura y difícil. No había otra alternativa que sobrevivir y ellos lo hicieron’, dijo Rotemberg" (12).

En Babilonia chica, escribe Mito Sela: "Crecí y me desarrollé en un barrio fuera de la Capital, ya provincia, sólo cruzando la Av. Gral. Paz. Este barrio –otro mundo- reunía en sus calles fábricas y galpones de la industria textil, que funcionaban sin descanso 24 horas diarias durante seis días a la semana. Junto a la industria se desarrolló un proletariado textil, formado por italianos, españoles y judíos, fervientes sindicalistas, que en su mayoría se identificaban con los distintos matices de la izquierda hasta la llegada del peronismo" (13).

A sus padres evoca Etel Chromoy, hija de rusos que inmigraron a la Argentina: "La pasión de mi madre por los ideales de la Ilustración, y la seguridad sin fisuras de mi padre por los Ideales de la Emancipación, hicieron de mi infancia un torrente de alegrías y descubrimientos. Yo vivía en un tiempo inexistente y pertenecía a un fascinante pueblo sobreviviente, que depositaba su confianza en palabras escritas miles de años atrás. Mi fortaleza y mi seguridad se nutrían en 2000 años a.e.c. y 2000 años e.c." (14).

Alcides J. Bianchi recuerda al médico de San Rafael, que era inmigrante, pero no especifica de qué origen: "Por razones de salud –el problema asmático de mi madre-, y por indicaciones del doctor Teodoro Schestakow, los fines de semana o bien en vacaciones de verano, debía ella viajar a un lugar montañoso y de altura, lejos de la ciudad, cuyo aire puro tenía las cualidades curativas para su afligente mal. –Señora, no dejar de ir a montañas, si quiere mejorar- le decía terminante el médico, en su entreverado idioma" (15).

Notas

  1. Alpersohn, Marcos: Memorias de un colono argentino, en Judaica N° 50. Tomado de Senkman, Leonardo: La colonización judía. Buenos Aires, CEAL, 1984.
  2. Chajchir, Mauricio: "Viaje al país de la esperanza. Relato de un viajero del Pampa", en La Opinión, Buenos Aires, 8 de agosto de 1976, reproducido en Asociación de Genealogía Judía de Argentina, Toldot #8. Noviembre de 1998.
  3. Gerchunoff, Alberto: "Autobiografía", en Alberto Gerchunoff, judío y argentino. Selección y prólogo de Ricardo Feierstein. Buenos Aires, Milá, 2001.
  4. Gombrowicz, Witold: Peregrinaciones argentinas. Madrid, Alianza Tres, 1987.
  5. Arcuschín, María: De Ucrania a Basavilbaso. Buenos Aires, Maymar, 1986.
  6. Flichman, Rosalía de: Rojos y blancos. Ucrania. Buenos Aires, Per Abbat, 1987.
  7. Caplán, Benedicto: "Shalom Argentina. Primera Parte: manos para labrar la tierra", en lavaca_orgShalom.htm.
  8. Diament, Mario: Conversaciones con un judío. Buenos Aires, Fraterna, 1986.
  9. Feierstein, Ricardo: Postales imaginarias/2. Nuevos viajes alrededor de la Tierra antes de Internet. Buenos Aires, Acervo Cultural, 2003.
  10. Rotenberg, Abrasha: Ultima carta de Moscú. Buenos Aires, Sudamericana, 2004.
  11. Gutman, Daniel: "Relato de una vida, de la Unión Soviética al diario ‘La Opinión’ ", en Clarín, Buenos Aires, 6 de abril de 2004.
  12. Fistemberg Adler, Felipe: Moisés Ville Recuerdos de un pibe pueblerino. Buenos Aires, Milá, 2005. 112 pp. (Testimonios).
  13. Sela, Mito: Babilonia chica. Buenos Aires, Milá, 2006. 112 pp. (Imaginaria).
  14. Chromoy, Etel: Un barco azul y blanco. Buenos Aires, Milá, 2006. 300 pp. (Imaginaria)
  15. Bianchi, Alcides J.: Aquellos tiempos... Buenos Aires, Marymar, 1989.

Partes: 1, 2, 3, 4


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