La investigación se interesó por identificar las habilidades conversacionales de una maestra en el arte de generar ambientes de convivencia respetuosa, en los diferentes contextos de la vida cotidiana. Se realizó mediante un enfoque cualitativo comprensivo, desde una perspectiva epistemológica sistémico - constructivista.
Se utilizó como método la historia de vida y la entrevista a profundidad para la recolección de la información. Los resultados arrojaron las siguientes habilidades conversacionales en el personaje: la escucha, la empatía, la asertividad al hablar, la sincronía emocional y la persuasión. De la misma manera, se distinguieron en la maestra habilidades sociales como la confianza y el respeto por el otro, el manejo de los conflictos, la responsabilidad, el liderazgo y la proactividad. Estas habilidades favorecen la construcción de espacios para la convivencia respetuosa.
El trabajo da cuenta del proceso de formación en investigación y el resultado de la experiencia investigativa sobre nuevas perspectivas constitutivas que actualizan la importancia de las emociones y el desarrollo de las habilidades conversacionales para la formación de espacios respetuosos.
A continuación, se presenta la historia de vida de la maestra en convivencia con el nombre de AIDA, por petición propia y las conclusiones finales.
La infancia
Familia de origen
El 6 de abril de 1949 nació en Bogotá Aída; hija de don Luis Enrique Monroy, quien era músico y pensionado del Ministerio de Salud, y de doña Inés Rodríguez, quien era ama de casa. Esta temprana etapa, Aída la pasó con sus cuatro hermanas: Indira, Teresa, Antonia y Yolanda, en los barrios Luna Park y Kennedy.
Su padre, según el relato de sus familiares, tenía cosas que rompían con la manera de pensar machista típica de aquellos hombres de los años 50 y 60, para quienes la educación de las hijas debía centrarse en los quehaceres domésticos, la atención de los esposos y la crianza de los hijos. En contraposición, don Luis Enrique no dejaba que sus hijas hicieran oficios domésticos, pues pensaba que la niñez y la juventud debían dedicarse al estudio, a la diversión y a "pasarla rico". Él fue una gran influencia en la formación de Aída, debido a esto, ella sabía que las mujeres valían mucho y estaban destinadas a otras cosas, con otras visiones en la vida.
Recuerdan sus parientes que su padre se caracterizaba por ser respetuoso con sus cinco hijas, jamás las agredió física o verbalmente: "-Él era la alegría de la casa", era muy jovial y siempre las quiso mucho. Don Luis también fue un señor responsable y afectuoso, pero no exento de errores.
En esos mismos relatos de sus parientes, se menciona cómo las relaciones con su madre se fundamentaban en la exigencia de la formación, en que sus hijas fueran personas estudiosas, y en que aprendieran y tuvieran un puesto digno y autónomo en la vida. Esto fue valioso y profundamente introyectado por Aída.
Para Aída, las normas que su madre imponía eran claras para todas sus hijas y constituyeron un factor de educación y de protección. Su familia consideraba que una persona con cierto orden en la vida, como la organización de su casa y la existencia de patrones de autoridad y formas de comportamiento establecidos, posiblemente reduce los riesgos y evita o sabe salir de problemas. Por ejemplo, Aída sabía que no podía moverse por la ciudad en la noche, que las personas que estuvieran a su alrededor debían ser personas con calidades éticas y que el cumplimiento de los deberes del colegio iban a influir en el resto de la vida.
Recuerda Aída: "-Mi madre también nos orientó en el valor del respeto por las personas y la honestidad era una cosa que recalcaba muchísimo, al igual que la puntualidad y la responsabilidad en el estudio. Ambos, mi papá y mi mamá, siempre quisieron que nosotras estudiáramos. La responsabilidad en el estudio fue un valor importante que mi madre nos enseñó mediante la exigencia en las calificaciones, es decir, siempre luchó porque fuéramos muy buenas".
"-Con mis hermanas vivimos un ambiente de amor, disciplina y organización para la vida, que emanaba de nuestros padres. En dicho ambiente, las relaciones con mis hermanas se fundamentaron en la tranquilidad, la confianza y el respeto. También con mis padres la relación fue a la usanza de la época, o sea, con ellos hablábamos de ciertas cosas, pero de otras no, por ejemplo, el tema sexual era vedado, no se hablaba muy fácilmente de eso con ellos; más bien se resolvía de alguna manera con las hermanas. Las demás cosas como las relacionadas con el colegio, la familia o los vecinos, se hablaban siempre con claridad", y es que la autoridad era ejercida por sus padres, ellos decidían, en últimas, los horarios, las actividades, las amistades y costumbres, recuerda con ternura Aída.
Según cuenta, respecto a la confianza: "-Mis padres estaban con nosotras por encima de todo, era lo que nos generaba seguridad". Otro aspecto importante fue la relación con sus hermanas: se reían mucho, hacían chistes, conocían la historia de su familia. "-También sabíamos que cuando cometíamos errores, en muchos casos no debíamos tener miedo. Sin embargo, en los casos en que había prohibiciones expresas como asuntos relacionados con la sexualidad o responder de mala forma a los reclamos, sí había sanciones fuertes como el castigo físico".
Aída señala que: "-Estos eran comportamientos que correspondían a los patrones de educación de la época y por lo tanto, considerados en general como un deber de los padres". La influencia paterna, como ya se mencionó, estaba marcada por las tradiciones pertenecientes a las décadas de los 50 y 60; su hogar se formó con base en los principios comunes a aquellas generaciones y se orientó a la conservación de normas y principios.
Cuenta Aída que aquella época de infancia estuvo signada por la autoridad moral de su madre, quien la ejercía estrictamente y dentro de los marcos de la rectitud y la honestidad, empezando por su propio ejemplo de vida. Por el lado de su padre, la relación estuvo impregnada de amor, amistad y respeto, el buen humor y la flexibilidad. Sus relaciones infantiles fueron proclives a las amistades de barrio, Aída se recuerda a sí misma como una niña muy sociable y participativa, aunque excesivamente tímida en la juventud.
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