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Lo bello ya no tiene categorías, está en toda expresión humana, como diría Schopenhauer, para quien el arte absoluto es la música, pues expresa el movimiento y el tiempo. Por ello mismo el teórico de la tragedia moderna va a ser Nietzsche, quien precisamente reflexiona a partir de Wagner.
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Sin embargo lo trágico no es algo excepcional, es parte de la vida, está allí en toda acción humana. Lo trágico moderno se da cuando no hay tragedia. La tragedia consiste, paradójicamente, en que no hay tragedia. Lo trágico es cuando no hay acontecimientos, cuando no pasa nada digno de mención. Antón Chejov será el dramaturgo insigne de esta tragedia contemporánea pues de alguna manera "democratiza" la tragedia al rebuscar en el subtexto lo insulso de la vida cotidiana. Sin embargo el mayor observador de esta "tragedia" va a ser Franz Kafka, con sus relatos de la tragedia urbana, de la tragedia burocrática o del burócrata. (En ese sentido el ruso Nikolai Gogol es un buen antecedente kafkiano). Ahora bien, el gran teórico de la tragedia del siglo XX será Sigmund Freud con su complejo de Edipo: al padre se le ama y se le odia como una forma de amor. El parricidio es un asesinato ritual, la recreación onírica de la culpa primigenia. El arte viene a ser entonces la expresión onírica de una sensación sadomasoquista. El Maestro de este "sentimiento" en el siglo XIX, sin duda, fue Feodor Dostoyevsky, el novelista del complejo de culpa. Para la culpa no hay perdón: el hecho de existir es ya un castigo, la culpa misma. |
Lo trágico entonces es cuando se trasciende lo
ético y llegamos a lo ontológico: trágico es
que los dos polos del conflicto
tienen razón, pero más allá del bien y el
mal, de verdad y error, de justicia e
injusticia. La muerte es
trágica no porque sea triste o inevitable, sino porque es
la pérdida total de la libertad.
Morir es lo mismo que nacer: una tragedia. Así desaparecen
los conceptos de subjetividad y de intimidad. Kafka
desarrollará el complejo de culpa dostoyevskiano como
medio social, más bien, como mediador social, hasta el
absurdo.
La polisemia del
tiempo
Todo lo expuesto hasta ahora nos permite
replantearnos el problema del tiempo como clave hermenéutica para comprender el arte
contemporáneo. Regresemos de nuevo a los finales de la era
romántica, a su segundo período conocido como
Trágico. Aquí aparece el pensamiento de
Schopenhauer, quien, como ya lo dijimos, consideraba a la
música como arte total por la imbricación de
movimiento y tiempo en sí misma: "lo que el lenguaje
conservó de original". Pero eso quiere decir, en el
ámbito de la recepción, que hay un abismo
insalvable entre el compositor y el que escucha, pues siempre hay
un mediador: el intérprete o ejecutante. Por lo
demás, de algún modo, la música es
inefable.
Es a partir de estas consideraciones que aparece, o
nace, el espectáculo moderno, en el cual el receptor va a
ocupar un lugar cada vez más preponderante, y el artista
comienza a "desnarcizarse" entendiendo que ya no es el
elegido de las musas ni el centro de la creación
artística, sino un "médium" del quehacer
artístico, un "traductor" de la obra. Es la subjetividad
que descubre la alteridad. El artista comienza a sentirse parte
de una colectividad. Es precisamente aquí donde reaparece
la conciencia del
movimiento, el devenir, la polisemia del concepto
TIEMPO.
Ahora bien, el devenir tiene diversas manifestaciones:
1. Está ligado a la conciencia de la vida: el fluir
hacia la muerte. Es el
destino, la vida que se nos escapa de las manos. Tiempo como
experiencia de la muerte: el instante del Romanticismo
Clásico: así vemos a Goethe en 1776, reivindicando
la Edad Media
frente a la magnificencia de la catedral de Estrasburgo. El
instante romántico es el amor
frágil, la plenitud de ese instante, lo fugaz de la
felicidad. Es este el tiempo intimista o de la
subjetividad: tiempo de la conciencia.
2. Tiempo de lo histórico, y de la
exterioridad. El primero es el tiempo de los acontecimientos que
se expresa dialécticamente por los opuestos:
racional/irracional, bello/feo, etc. El segundo es el tiempo
cronológico en el que observamos el devenir de los
objetos y de la naturaleza: el
movimiento de los astros. Es un tiempo mecánico,
inmutable. Es el tiempo exterior al hombre que se
impone al hombre: el reloj, el calendario.
Entre el tiempo íntimo y el tiempo exterior hay una
contradicción expresada en términos de la vivencia.
Hay una especie de fascinación con el tiempo
íntimo, un estar "ido", a la vez que está "la
boa sobre la víctima", según expresión
de Sartre: el
sujeto deja de ser sujeto y se enajena en el objeto: se queda
absorto en la lectura, en
el espectáculo, en la música.
Desaparece la conciencia del tiempo en un instante, o un instante puede ser todo el tiempo. De esta manera lo trágico se me hace eterno en el tiempo existencial. El tiempo es vivido como acontecimiento en el cual somos protagonistas: tiempo existencial que vive la colectividad. Dicho en otras palabras, vivimos el tiempo desde adentro, y eso es justamente lo que trata de expresar el arte contemporáneo: hay un tiempo inmanente en la obra.
Lo importante ahora es el acontecimiento, los acontecimientos.
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De esa manera el arte se concibe desde el diálogo, es dialógico como diría Bajtín: en la confrontación con el otro me descubro "yo" también: el yo del otro está antes que el mío: el otro tiene la primogenitura. Pero además de diálogo el arte es símbolo, y es en el símbolo donde hay una objetivación del tiempo. Por esa razón el cine será el arte del siglo XX, no solo por haber nacido con ese siglo y ser el único arte contemporáneo que no proviene del olimpo griego, sino porque es el que mejor obetiviza en la imagen/símbolo al movimiento, por ende al tiempo. Es por excelencia un arte del tiempo, puro tiempo. Con la edición y el feedback desaparece el espacio, el cual se convierte en tiempo: espacio = tiempo. Así, por ejemplo, lo policíaco se torna en tragedia a pesar de ser la "crónica de una muerte anunciada", como la celebrada novela de García Márquez, la cual, dicho sea de paso, le debe mucho a la edición cinematográfica (de hecho García Márquez en su juventud estudió cine). Por eso el cine es un sueño, el sueño contemporáneo de todos (o la pesadilla si se quiere): es la proyección de nuestras sombras que son las sombras de los otros (¿Platón?), por lo tanto una vivencia onírica, simbólica. El cine es el mayor intento del arte, hasta ahora, por atrapar el tiempo. |
El tiempo teatral:
espacio, tiempo y acción
La ruptura de las
formas artísticas procedentes del Romanticismo, se inicia
a finales del siglo XIX con Alfred Jarry, especialmente con su
Ubú Rey. A partir de la propuesta de este teatrista se
introducen lo grotesco y lo "feo" como categorías
estéticas en el teatro. Hay un
quebrantamiento del discurso
dramático.
En música se opera algo parecido con los
compositores rusos quienes buscan en lo popular la prioridad del
ritmo sobre la melodía: lo último de la producción de Tchaikovsky, Musorvsky, y
especialmente el gran revolucionario de la música,
Scriabin, quien afirmaba que la música había que
"verla", "sentirla" y "olerla", aportando en mucho a lo que hoy
conocemos como el concierto masivo contemporáneo, o
megaconcierto, sobre todo el de rock y su
parafernalia de luces, imágenes,
efectos y sonido. En el
siglo XX aparecerá la intensa figura de Igor Stravinsky.
En literatura,
como ya vimos, el gran "quebrantador" es Kafka, aunque
podríamos agregar a ese gigante irlandés llamado
James Joyce, y por supuesto la gran revolución
Surrealista. Pero antes están "Los Poetas
Malditos": Baudelaire, Rimbaud, Verlaine y Mallarmé,
con su propuesta antiromántica y de antirealismo social,
los cuales, no por nada, se inspiran en Schopenhauer y en Wagner.
El arte, a inicios del siglo XX, según frase de
André Malraux, "es la expresión de la
condición humana".
En el tiempo teatral y sus formas específicas, el trinomio
espacio/tiempo/acción es inseparable del
espacio/tiempo dramático. Sin ellos sería
ininteligible la acción dramática y por supuesto la
representación. Este trinomio se sitúa en la
intersección del mundo concreto del
escenario (materialidad teatral) con la ficción imaginada
de un mundo dramático posible. Entre ese mundo concreto y
posible se mezclan todos los elementos visuales, sonoros y
textuales del espectáculo. En otras palabras, el tiempo se
manifiesta de manera visible en el espacio: la acción se
concreta en un lugar y un momento dados y el espacio se
sitúa donde la acción tiene lugar, ésta se
efectúa con una determinada duración.
Si consideramos cada elemento del trinomio por aparte,
cada uno de ellos produciría un arte que no es el del
teatro: sin espacio, el tiempo sería pura duración,
como en la música; sin tiempo, el espacio sería el
de la pintura, la
escultura o la arquitectura.
Pero sin tiempo y sin espacio, la acción no podría
desarrollarse.
La alianza del tiempo y el espacio constituye lo que Mijail
Bajtín, para el caso de la novela, define
como "cronotopo", unidad que conforma un todo inteligible
y concreto. Aplicado al teatro y específicamente al
trabajo del
actor, veremos que el cuerpo no solamente está en el
espacio, como dice Merleau Ponty, citado por Pavise (Pavise,
2000: 158) sino que también está hecho de
"ese" espacio, es decir de "ese" tiempo. Este
espacio-tiempo es concreto (materialidad teatral y tiempo de la
representación) y a su vez abstracto (lugar ficticio y
temporalidad imaginaria). La acción dramática, por
lo tanto, es también física como
imaginaria.
Ahora bien, aparte de que tanto la experiencia espacial del actor
como del espectador, se pueden dividir en el espacio objetivo
exterior (el lugar teatral, el espacio escénico, el
espacio liminar), el espacio gestual y el espacio
dramático (me detendré en el espacio-tiempo con
el concepto bajtiniano más adelante, pues considero la
herramienta del cronotopo fundamental para el análisis dramático y
artístico, me interesa, por ahora, describir la
experiencia temporal); lo que se ha dicho para el espacio teatral
vale también para el tiempo teatral. Es decir, existen dos
tipos de experiencia temporal: una objetiva, cuantitativa y
exterior, y otra, subjetiva, cualitativa e interior.
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El tiempo objetivo exterior es el dato externo, mensurable
y divisible: el reloj, el metrónomo y el calendario. En el
teatro este tiempo es el de la duración del
espectáculo, y el tiempo controlado de la puesta en
escena. Es un tiempo que se repite de una función a
otra gracias a una partitura muy precisa y poco modificable. Pero
es también el tiempo de la armazón dramática
o dramatúrgica. Es lo que va a caracterizar el ritmo de la
puesta en escena y del espectáculo, ritmo que siempre es
la "recurrencia de lo mismo", el retorno de tiempos y acentos
rítmicos a intervalos regulares.
El tiempo subjetivo interior es el propio de cada individuo, en
el caso del teatro el propio de cada espectador. Esta
impresión de duración no es solo individual sino
también cultural, está ligada a los hábitos
y expectativas del público. Acá el tiempo no se
puede cuantificar o medir científicamente, a lo que se
puede aspirar es a "sentir" su influjo, las variaciones de su
flujo, los cambios de velocidad y
las pausas. Es el tempo, "la inscripción de un mayor o
menor número de unidades en un tiempo cronométrico
determinado" (Pavise, 2000:165), que es una cuestión
básicamente del actor, su caudal vocal, los
desplazamientos y los cambios de su propio tempo.
El tiempo dramático y el tiempo
escénico son el tiempo representado (el de los
acontecimientos que se "relatan") y el tiempo de la
representación. El espectador, por su parte, llega pronto
al momento en que ambas comienzan a compenetrarse y a reforzar
mutuamente su credibilidad. Con todo, la temporalidad
escénica permanece como elemento de referencia
común para actores y espectadores, el cual atrae como un
imán a todo lo demás inclusive al tiempo
dramático de la fábula, pues allí se
concretan físicamente todas las acciones
dramáticas que acontecen en el escenario. De aquí
se desprende la concepción de tempo-ritmo de
Stasnilavsky, el cual condensa el tiempo mensurable o
espacializable, con la variación subjetiva de un tiempo
moldeable. Este tempo-ritmo marca la
línea continua de la acción / representación
y las sutilezas imprevisibles del subtexto con sus pausas y
silencios.
Para finalizar regreso al concepto de cronotopo de Bajtín, el cual considero una herramienta más que necesaria para comprender la acción dramática, la puesta en escena y el espectáculo, pero especialmente para comprender y analizar la categoría temporal en las artes escénicas. En otras palabras, me interesa este concepto en su dimensión de cronotopo artístico. "En el cronotopo del arte literario tiene lugar la fusión de los indicios espacio-temporales en un todo inteligible y concreto. El tiempo se condensa, se vuelve compacto y visible para el arte, mientras que el espacio se intensifica, se precipita en el movimiento del tiempo, del sujeto y de la historia. Los indicios del tiempo se descubren en el espacio y éste último se percibe y se mide desde el tiempo." (Bajtín, 1981:84).
Para el análisis estructural de la
representación teatral es importante verificar la serie de
cronotopos en las que un determinado uso del espacio y del tiempo
produce una corporalidad específica, según el
teórico e investigador teatral Patrice Pavis. Se debe
partir de propiedades contrastadas del espacio y del tiempo,
combinando dos o más propiedades en un encadenamiento
narrativo, con sus respectivos "vectores" y
"conectores", para conseguir diversos cronotopos. He aquí
una línea de investigación emparentada con la
Semiótica y la Sociocrítica de Edmond
Cross, la cual nos puede señalar el camino más
allá del relativismo posmoderno y sus teorías
de la descontrucción, para el análisis del
espectáculo contemporáneo y del arte en
general.![]()
BIBLIOGRAFÍA
CITADA:
Bajtín; Mijaíl. 1978.
Esthétique et théorie du roman, París,
Gallimard. Citado por Pavis, Patrice, en El análisis de
los espectáculos.
Pavis, Patrice. 2000. El análisis de los
espectáculos. Barcelona, Paidós.
BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:
Bozal, Valeriano
(Editor). 1996. Historia de las ideas estéticas y de las
teorías artísticas contemporáneas. Volumen II.
Madrid,
Visor.
Cross, Edmond. 1997. El sujeto cultural. Sociocrítica y
psicoanálisis. Buenos Aires,
Ediciones Corregidor.
Mora, Arnoldo. 2002. Apuntes del curso "Artes visuales y vida
social". Doctorado en Artes y Letras
Universidad Nacional Autónoma, Heredia.
Pavis, Patrice. 1998. Diccionario
del Teatro. Dramaturgia, estética, semiología. Barcelona,
Editorial Paidós.
Vidal, José A. (Director de Edición). 1987.
Historia del
Arte, volumen 12: Romanticismo, Realismo y
Modernismo.
Instituto Gallach, Océano.
Voloshinov, Valentin N. 1992. El marxismo y la
filosofía del lenguaje.
Madrid, Alianza Editorial.
la tarea de los hombres de cultura es, hoy más que nunca, la de sembrar dudas y no la de cosechar certezas
Norberto Bobbio.
Adriano Corrales Arias
Costa Rica, 1958.
Ha publicado los libros de
poesía:
Tranvía negro (Editores Alambique, 1995); Hacha
encendida (I.T.C.R, 1999), La suerte del andariego
(Ediciones Perro Azul, 2000) y Profesión u Oficio
(Ediciones Andrómeda, 2002). También editó
la novela Los ojos del antifaz (Ediciones Perro Azul,
1999).
Se graduó en artes dramáticas en San
Petersburgo-Rusia, es
profesor del
Instituto Tecnológico de Costa Rica y es
editor de la revista
cultural "Fronteras".
Es gestor del hermanamiento de los creadores centroamericanos a
través de la
organización de encuentros internacionales de
escritores.
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