La posición del conocimiento

Para Nietzsche, el conocimiento no se presenta como algo fijo —dado—, verdadero —para un sujeto—, bello, ordenador, lógico y antisensualista. Esta es la posición del conocimiento que ha dominado durante milenios; es la posición dogmática cristiano-platónica. En su lugar —o como alternativa al dogmatismo—, Nietzsche nos presenta su doctrina del perspectivismo. Doctrina que no pretende ser una verdad, más bien muchas verdades o puntos de vista, no quiere ser algo fijo —un sujeto— sino algo dinámico —un individuo—. En La ciencia jovial vemos como para Nietzsche el mundo no se presenta como algo fijo y ordenado sino que este supuesto orden es, antes bien, una excepción:

El orden astral en que vivimos es una excepción; este orden, y la aparente duración que está condicionada por él, nuevamente ha hecho posible la excepción de las excepciones: la formación de lo orgánico. Por el contrario, caos es el carácter total del mundo por toda la eternidad; no en el sentido de una ausencia de necesidad, sino de una ausencia de orden, de articulación, de forma, de belleza, de sabiduría, y como sea que se llamen todas nuestras humanas consideraciones estéticas.

. El mundo no es algo que pueda ser representado por un sujeto: «¡El universo no puede ser representado de ninguna manera mediante nuestros juicios estéticos y morales!». En un pasaje de La voluntad de poder Nietzsche nos dice que en lugar de admitir un sujeto universal y único deberíamos pensar una pluralidad de sujetos: «Quizá no sea necesaria la suposición de un sujeto; quizá sea lícito admitir una pluralidad de sujetos, cuyo juego y cuya lucha sean el fundamento de nuestra ideación y de nuestra conciencia. ¿Una especie de aristocracia de «células» en la cual esté el poder? Mi hipótesis: El sujeto como pluralidad». En esta pluralidad de sujetos el conocimiento no es universal, como en Platón, en últimas, desaparece la estructura del sujeto para dar paso al individuo con sus particulares y múltiples puntos de vista.

Contra el positivismo que se limita al fenómeno, «sólo hay hechos», diría yo; no, hechos precisamente no los hay, lo que hay es interpretaciones. No conocemos ningún hecho en sí: quizá sea un absurdo pretender semejante cosa.

«Todo es subjetivo», os digo; pero ya esto es interpretación. El «sujeto» no es nada dado, sino algo añadido, imaginado, algo que se esconde detrás. Por último, ¿es necesario poner también una interpretación detrás de la interpretación? Ya esto es poesía, hipótesis.

En este texto de La voluntad de poder Nietzsche ataca a los positivistas, los cuales creían que al decir: «sólo hay hechos» alcanzaban con esto un ideal de objetividad, sin ver que tal afirmación ya es una apuesta subjetiva y metafísica puesto que no hay hechos en sí. Pero el palo crítico de Nietzsche va más allá —su objetividad va más allá—, pues, «no hay hechos» lo único que tenemos son sólo interpretaciones. El ‘sujeto’ no es como se cree algo dado en una realidad en sí, sino algo añadido, ideal, un invento. Pretender ver, conocer, la realidad desde un punto fijo, estático, —el sujeto— no es objetivo, sino dogmático. Para Nietzsche, la objetividad se alcanza en la medida que conozcamos el mundo desde muchos puntos de vista, lo interpretemos desde muchos ángulos, muchos rincones: «El mundo es cognoscible en cuanto la palabra «conocimiento» tiene algún sentido; pero es susceptible de muchas interpretaciones, no tiene ningún sentido fundamental, sino muchísimos sentidos. Perspectivismo». Aquí ya no se trata de un ‘conocimiento’ que pretende darle un sentido universal y único al mundo, sino de un ‘conocimiento’ que le da un sentido al mundo en la medida que es una interpretación, desde alguna perspectiva, esto es, muchísimos sentidos: perspectivismo.

Como alternativa a la idea de un conocimiento puro, o mejor, de un sujeto puro de conocimiento, —no contaminado por los sentidos, antisensualista— Nietzsche nos propone un conocimiento que parta de los instintos y, por ende, tenga en cuenta la vida: un conocimiento desde la vida y para la vida. En La ciencia jovial leemos:

A lo largo de enormes periodos el intelecto no produjo más que errores; algunos de éstos resultaron ser útiles y conservadores de la especie: quienes se encontraron con ellos o los heredaron, libraron con gran suerte su lucha por sí mismos y por su descendencia. Tales erróneos artículos de fe, que sin cesar se heredaron una y otra vez, y que finalmente se transformaron casi en un componente fundamental de la especie humana, son, por ejemplo, éstos: que existen cosas duraderas, que existen cosas iguales, que existen cosas, materias, cuerpos, que una cosa es tal como ella parece, que nuestro querer es libre, que lo que es bueno para mí, también es bueno en sí mismo y por sí mismo. Sólo muy tardíamente aparecieron los que negaron y dudaron de tales proposiciones —sólo muy tardíamente hizo su aparición la verdad, como la forma más débil del conocimiento. Parecía que con ella no se podía vivir y que nuestro organismo estaba ajustado de acuerdo a lo contrario a ella; todas sus funciones más altas, las percepciones de los sentidos y, en general, todo tipo de sensaciones, trabajaban con aquellos antiguos errores básicos ya incorporados. Más aún: aquellas proposiciones se convirtieron incluso, dentro del conocimiento, en las normas según las cuales se medía lo «verdadero» y lo «no verdadero» —hasta llegar a las regiones más apartadas de la lógica pura. En conclusión: la fuerza del conocimiento no reside en su grado de verdad, sino en su antigüedad, en su hacerse cuerpo, en su carácter de condición para la vida [...] Paulatinamente se llenó el cerebro humano con tales juicios y convicciones; efervescencia, lucha y deseos de poder surgieron en esta madeja. No sólo la utilidad y el placer, sino todo tipo de instintos tomaron partido en la lucha por las «verdades»; [...] El conocimiento se convirtió entonces en un trozo de vida misma y, en tanto vida, en un poder que crecía continuamente: hasta que finalmente chocaron entre sí los conocimientos y aquellos antiguos errores básicos, siendo considerados ambos como vida, como poder, existiendo ambos en los mismos hombres. El pensador: ése es ahora el ser en el cual luchan su primera lucha el instinto de verdad y aquellos errores sostenedores de la vida, luego que le instinto de verdad quedó demostrado como un poder sostenedor de la vida.

Aquí Nietzsche nos plantea que el origen del conocimiento, contrario a lo que cree la tradición, no procede de una búsqueda por la verdad, por la objetividad, antes bien el conocimiento surge debido a la necesidad del error. La verdad es presentada, por Nietzsche, no como la aspiración máxima del que conoce sino como una forma débil y tardía del conocimiento. Antes de que hiciera su aparición el instinto por la verdad —y su supremacía— los hombres se sostenían a partir de la creencia en los errores básicos. Para Nietzsche, el conocimiento surge en una lucha, que se da entre los errores básicos y el instinto hacia la verdad. Los hombres en principio no estaban adaptados para percibir la verdad, ésta les era ajena y hostil lo que los sostenía eran los errores básicos que eran útiles para la vida. La verdad en principio aparece como una forma débil pero a lo largo del tiempo, de su uso, se constituye como un instinto fuerte sostenedor de la vida, la fortaleza de la verdad está en su ‘hacerse cuerpo’, es decir, en la capacidad de hacer de un conocimiento una condición para la vida, así, sólo es verdadero aquello que fortalece la vida.

Como vemos para Nietzsche el conocimiento no ha de tener como meta la verdad, presentada como la aspiración última, como una realidad última o en sí, antes bien la verdad ha de ser vista como una fuerza que se ‘hace cuerpo’ en el conocimiento y lo transforma en algo útil para la vida. Así las cosas, la verdad al incorporarse —o vista como cuerpo— hace del conocimiento un conocimiento de la vida y para la vida. La verdad ya no es presentada, por Nietzsche, como algo abstracto y metafísico sino como un instinto. En el planteamiento nietzscheano el conocimiento no es el producto de una facultad de abstracción y razocinio sino de una madeja de instintos, el conocimiento —contrario a lo que nos dice la tradición— es esencialmente una lucha de instintos.

Ahora bien, ya hemos visto que para Nietzsche el conocimiento no parte de principios metafísicos sino de los instintos; un claro ejemplo de ello es nuestro instinto lógico. La lógica contrario a lo que se cree no deriva de principios metafísicos sino de instintos que le eran indispensables a los individuos para vivir:

¿De dónde surgió la lógica en las cabezas humanas? Seguramente desde lo ilógico, cuyo reino debe haber sido enorme originariamente. Ahora bien, perecieron muchos e incontables seres que hacían inferencias de una manera distinta a como nosotros lo hacemos hoy: ¡esto puede haber sido muy verdadero una y otra vez! Por ejemplo, quien no sabía encontrar suficientemente a menudo lo «igual» a propósito de los alimentos o de los animales le eran hostiles; por consiguiente, quien inducía muy lentamente, quien era muy cuidadoso en la inducción, tenía muchas menos probabilidades de seguir viviendo, comparando con aquel que ante cualquier semejanza conjeturaba inmediatamente la igualdad. Pero la tendencia predominante a manejar lo semejante como igual —una tendencia ilógica, pues en sí mismo no existe nada igual—, creó inicialmente todo el fundamento de la lógica. Igualmente, para que surgiera el concepto de sustancia que le es imprescindible a la lógica —aun cuando en el sentido más estricto no le corresponda nada real—, durante largo tiempo se tuvo que dejar de ver y de sentir lo cambiante en las cosas; los seres que no veían con precisión tenían una ventaja frente a aquellos que todo lo veían «en movimiento».

Considerado en sí mismo, cualquier elevado grado de precaución en la inferencia, cualquier tendencia escéptica, es un gran peligro para la vida. Ningún ser viviente se habría conservado si no se hubiese cultivado con extraordinaria fuerza la tendencia contrapuesta: es preferible afirmar antes que suspender el juicio, es preferible errar e inventar antes que esperar, es preferible consentir antes que negar, juzgar antes que ser justos. El curso de los pensamientos y conclusiones lógicas en nuestro cerebro actual corresponde a un proceso y lucha de instintos, cada uno de los cuales es en sí mismo bastante ilógico e injusto; corrientemente nosotros sólo experimentamos el resultado de la lucha; tan rápido y tan oculto se desarrolla ahora en nosotros este antiquísimo mecanismo.

Como vemos la lógica no se deriva de principios metafísicos sino que surge de la necesidad de supervivencia de los individuos. La lógica se desarrolló por un sentido práctico de los individuos que necesitaban distinguir y relacionar ciertas cosas para no perecer, por ejemplo, necesitaban distinguir los alimentos, identificar los semejantes para seguir comiéndolos si habían resultado provechosos y distinguir los diferentes si hubieran resultado perjudiciales, en ultimas, necesitaban identificar lo comestible de lo que no lo era. Para este propósito se valieron de la lógica. Ésta tiene sólo un sentido relacional pero en sí no le corresponde nada real. El sentido lógico es el resultado de una lucha de instintos ahora tenemos que ser conscientes de ello. El mundo nos parece lógico porque lo hemos logizado: « Nosotros somos los que hemos creado la «cosa», la «cosa igual», el sujeto, el atributo, la acción, el objeto, la sustancia, la forma, después de habernos contentado durante mucho tiempo con igualar, con hacer groseras y simples las cosas. El mundo nos parece lógico porque hemos empezado antes por logificarle nosotros» Aquí hemos visto que un sentido como el lógico necesita de muchos instintos, por ejemplo, del instinto de igualar, de comparar etc. Así, todo nuestro conocimiento es una lucha de instintos de la cual sólo conocemos su resultado, es decir, los instintos dominantes y complejos como v.g., el lógico o el científico etc.

La forma como aborda Nietzsche el conocimiento a través de los instintos —como ya hemos venido exponiendo— y no desde supuestos metafísicos es vista por el profesor Gama como una ontología de los instintos. Nos adherimos y nos valemos de esta lúcida interpretación para exponer muy brevemente la compleja visión del conocimiento nietzscheana:

[...] (1) lo que conocemos es sólo esa realidad que resulta de la acción mutua de nuestros instintos con el azar del acontecer; (2) nuestros instintos interpretan el azar de acuerdo con valoraciones que provienen de la experiencia inscrita en ellos; (3) existen innumerables configuraciones de los instintos, esto es, diversos organismos que valoran lo que acontece según una distinta experiencia y por ello hay tantas «realidades» como diferentes esferas de valoración existan. En otras palabras, esta nueva visión del conocimiento dice que: (1) no hay un objeto idéntico de conocimiento, no hay realidad en sí; (2) no hay sujeto idéntico de conocimiento, sólo juegos de instintos que interpretan desde valoraciones opuestas; (3) no existe la verdad en el sentido de una única descripción posible de la realidad, sólo múltiples realidades que aparecen, esto es, múltiples interpretaciones. Nietzsche llamará luego a esta doctrina del conocimiento «la doctrina del perspectivismo.

En esta ontología de los instintos nietzscheana vemos que el conocimiento de la realidad ya no se nos presenta como un dato dado que podemos conocer y disponer; puesto que está fijo y —por decirlo así— listo para dejarse ver y seducir de un sujeto. Para Nietzsche, lo que hacemos cuando decimos que conocemos la realidad es simplemente interpretarla, interpretación que se da a través de los instintos y no de un sujeto abstracto e universal que conoce.

La ontología de los instintos nos dice que el mundo sólo es cognoscible desde una conformación de fuerzas instintivas particulares, es decir, no ya desde un universal —el sujeto— sino desde la fuerza interpretante —o perspectiva— de los individuos. Nietzsche aquí rompe con la tradición; con la doctrina dogmática de Platón que nos planteaba una realidad ya dada en la cual nosotros sólo podíamos descubrir la realidad en una estructura sustancial fija. El conocimiento en esta estructura era algo consabido —ya sabido—, monótono, universal y dogmático. Para Nietzsche en cambio, el conocimiento es dinámico, la realidad es múltiple de acuerdo al arreglo particular de los instintos interpretantes. La realidad, entonces, se torna perperstivística, pues depende del punto de vista desde el cual los instintos la interpretan.

Perspectivismo

En este apartado vamos a caracterizar el perspectivismo a la luz de algunos textos de Nietzsche. El perspectivismo como muestra el profesor Gama se puede ver como una nueva concepción del conocimiento —alternativa a las teorías metafisico-dogmáticas dominantes—, pero no nos podemos quedar ahí, pues es mucho más que eso, el perspectivismo es una posición de vida y como lo muestra el prólogo de Más allá del bien y del mal también es condición para la vida.

En los Fragmentos póstumos el perspectivismo es presentado como lo esencial a todo ser orgánico: «—Lo esencial del ser orgánico es una nueva interpretación del acontecer, la interna multiplicidad perspectivista que es ella misma un acontecer». Esto quiere decir que para Nietzsche los seres orgánicos dentro de sí tienen un pathos de perspectiva o perspectivismo. Todo ser orgánico —todo individuo— y no sólo el hombre tiende a ver las cosas desde múltiples perspectivas. El perspectivismo se presenta como un fortalecimiento del individuo, como lo vemos en La ciencia jovial, en éste las acciones de los individuos son presentadas como propias y no con miras a un programa inscrito en la moral de rebaño. Así, todo hacer es fundamentalmente individual o perspectivo:

[...]la conciencia no pertenece propiamente a la existencia individual del hombre, sino más bien a lo que en él es naturaleza comunitaria y de rebaño; que, como se desprende de allí, sólo se desarrolla sutilmente en relación con la utilidad de la comunidad y del rebaño, y que, por consiguiente, el comprenderse cada uno de nosotros a sí mismo tan individualmente como sea posible, el «conocer a sí mismo», y aun cuando se disponga de la mejor voluntad, siempre traerá a la conciencia sólo lo que en sí mismo es no-individual, su «promedio» —que nuestro pensamiento mismo recibe continuamente, por así decirlo, la mayoría de votos a través del carácter de la conciencia —a través del «genio de la especie» que manda en él—, y que es retraducido de acuerdo con la perspectiva del rebaño. No cabe duda de que, en lo fundamental, todas nuestras acciones son incomparablemente personales, singulares, ilimitadamente individuales; pero tan pronto las traducimos a la conciencia, parecen dejar de serlo... Este es el genuino fenomenalismo y perspectivismo, tal como yo lo entiendo: la naturaleza de la conciencia animal implica que el mundo, del cual podemos llegar a ser conscientes, sólo es un mundo de superficies y signos, un mundo generalizado y hecho común — que todo lo que llega a ser consciente, precisamente por eso, llega a ser llano, delgado, relativamente tonto, general, signo, señal de rebaño; que con todo llegar a ser consciente está enlazada una gran y fundamental corrupción, falsificación, superficialización y generalización.

Por último, la conciencia creciente es un peligro; y quien vive entre los europeos más conscientes, sabe incluso que ella es una enfermedad. Como se adivina, no es la oposición de sujeto y objeto lo que aquí me importa: está distinción se la dejo a los teóricos del conocimiento que han quedado atrapados en los nudos corredizos de la gramática (de la metafísica del pueblo). Y en verdad, tampoco es la oposición de la «cosa en sí» y el fenómeno: pues estamos lejos de «conocer» lo suficiente como para tan siquiera distinguir de ese modo. No tenemos, en efecto, ningún órgano para conocer, para la «verdad»: «sabemos» (o creemos o nos imaginamos) precisamente tanto como pueda ser útil al interés del rebaño humano, de la especie: e incluso, lo que aquí se llama «utilidad», por último, sólo es una creencia, algo imaginado y, tal vez, justamente aquella fatalísima estupidez por la que algún día pereceremos.

Aquí vemos que nuestras acciones, que nuestro actuar, son individuales, personales, —actuamos bajo una determinada perspectiva— pero cuando nuestras acciones son traducidas a la conciencia desaparece el carácter individual de éstas. La conciencia no la han mostrado como algo en lo que se reconoce el individuo, como algo esencial en el individuo. Pero Nietzsche ve que la conciencia no es nada sustancial en el individuo que: «podríamos pensar, sentir, querer, recordarnos, podríamos igualmente «actuar», en todo el sentido de la palabra: y sin embargo, nada de eso necesita «entrar en la conciencia», contrario a lo que se cree, para actuar no necesitamos ser conscientes de ello, en nuestra vida son más las cosas que hacemos inconscientes que las que hacemos conscientes. La conciencia surge como necesidad social —de rebaño— no como algo inherente al individuo. El perspectivista, el individuo que asume sus acciones, no necesita ser consciente de su actuar, actúa gracias a la fuerza de sus instintos —como ya lo habíamos explicado—, gracias a su pathos de perspectiva, es decir, a la fuerza de sus instintos interpretantes. El hombre que necesita hacer consciente sus acciones es el hombre del rebaño, el hombre moral, es decir, el hombre que tiene que dar cuenta de su actuar a la sociedad —pues no es capaz de asumir su vida —, es en últimas el hombre de la decadencia, del rebaño.

Contrario al hombre de rebaño el tipo de hombre que nos presenta Nietzsche es un hombre capaz de darle estilo a su vida, en últimas, un artista:

Dar estilo» al propio carácter —¡un arte grande y escaso! Lo ejerce aquel cuya vista abarca todo lo que de fuerzas y debilidades le ofrece la naturaleza, y luego les adapta un plan artístico hasta que cada una aparece como arte y razón, en donde incluso la debilidad encanta al ojo. Aquí se agregó una gran masa de naturaleza de segunda, allá se quitó un trozo de naturaleza de primera —en ambas ocasiones, luego de un largo ejercicio y trabajo diario con ello. Aquí se oculto lo feo que no se podía quitar, allá se lo reinterpretó como algo sublime. Mucho que era vago y se resistía a ser modelado se lo guardó y utilizó para ser visto a distancia —debe señalar hacia la vastedad y lo inconmensurable. Por último, cuando la obra está terminada, se revela que era la coacción del mismo gusto la que dominaba y daba forma a lo grande y a lo pequeño: poco importa si era un buen o un mal gusto, si se piensa que —¡basta con que sea un gusto!

Son las naturalezas fuertes y ávidas de dominio las que disfrutarán de su más delicada felicidad con una coacción de ese tipo, con una sujeción y perfección bajo la propia ley; la pasión de su vehemente querer se aligera ante la visión de todos los seres vencidos y serviciales, incluso cuando tienen que construir palacios y diseñar jardines, se resisten a dejar libre a la naturaleza.

A la inversa, son los débiles, que carecen de poder sobre su propio carácter, los que odian la sujeción del estilo: sienten que si se les impusiera esta amarga coacción maligna se convertirían en naturalezas ordinarias bajo ella: se convierten en esclavos tan pronto sirven, y odian servir. Tales espíritus —que pueden ser espíritus de primer orden— siempre están dispuestos a modelarse a o interpretarse a sí mismos y a su contorno como naturalezas libres: salvajes, arbitrarias, fantásticas, desordenadas, sorpresivas —¡y hacen bien con ello, pues sólo así se hacen un bien así mismos! Pues una cosa es necesaria: que el hombre alcance su satisfacción consigo mismo —ya sea a través de este o aquel poetizar y arte: ¡pues sólo entonces se hace plenamente soportable mirar al hombre! Quien está insatisfecho consigo mismo, está constantemente dispuesto a vengarse por ello: los demás seremos sus víctimas, aunque sólo sea porque siempre tengamos que soportar sus feas miradas. Pues la mirada de lo que es feo hace mal y pone sombrío.

El hombre de estilo es aquel que no vive simplemente guiado por sus instintos interpretantes —por su naturaleza de primera—. El hombre de estilo es aquel que utiliza esta naturaleza de primera como una masa que hay que modelar, él reinterpreta estos instintos y les da un plan artístico —creador—, les agrega su carácter, su perspectiva o perspectivas, coloca una naturaleza de segunda donde no se puede reinterpretar la primera. Este hombre vive bajo su propia ley, no deja libre a la naturaleza, es decir, no es esclavo de sus instintos, antes bien, los sujeta y les pone su sello, su carácter. Para Nietzsche, todos los hombres podrían llegar a ser hombres de estilo, de primer orden —este es su llamado—, pero ve que la mayoría son débiles de carácter, con tendencia a ser modelados, no pueden reinterpretar la naturaleza, son hombres de rebaño no de estilo.

Es cierto que: «Desde cada uno de nuestros instintos fundamentales existe una distinta apreciación perspectivística de todo acontecer y vivenciar», pero es el hombre de estilo el que realmente es consciente de este perspectivismo, el que realmente tiene la voluntad para imponerse a la naturaleza, para crear incluso si es necesario una segunda naturaleza.

Para Nietzsche, la cosas no se nos presentan de una manera bella, apetecible, atractiva, es tarea de los hombres de carácter, de los hombres de estilo, del artista-filósofo embellecerlas verlas en perspectiva:

¿Cuáles son los medios que tenemos para embellecer, hacer atractivas, apetecibles las cosas, cuando ellas no los son? —y pienso que ¡en sí mismas, ellas no lo son nunca! Aquí tenemos algo que aprender de los médicos, por ejemplo, cuando diluyen lo amargo o mezclan el vino y el azúcar en la crátera; pero mucho más tenemos que aprender de los artistas, los que en rigor están continuamente dedicados a realizar tales inventos y artificios. Alejarse de las cosas hasta que ya no se vea mucho de lo que les es propio y tener que arreglarles mucho al mirarlas, para continuar viéndolas —o ver las cosas como a la vuelta de la esquina o como en un encuadre; o colocarlas de tal manera que se desfiguren parcialmente y sólo permitan ser entrevistas en perspectiva; o mirarlas a través de un vidrio coloreado o a la luz del crepúsculo; o darles una superficie y una piel que carezca de una transparencia total: todo esto debemos aprenderlo de los artistas, y en todo lo demás ser más sabios que ellos. Pues entre ellos habitualmente acaba esta sutil fuerza suya allí donde acaba el arte y comienza la vida; pero nosotros queremos ser los poetas de nuestra vida y, en primer lugar, de lo más pequeño y lo más cotidiano.

Aquí vemos que es de los artistas que debemos aprender a embellecer las cosas, a verlas de otra manera a como se nos presentan, es decir, en perspectiva, pero no nos podemos quedar ahí, no nos podemos conformar con ver la vida diferente, tenemos que ser más sabios que los artistas, tenemos que ser artistas y filósofos si queremos ser directores de nuestra comedia, de nuestra vida. Para Nietzsche, es el artista-filósofo el hombre de estilo, el hombre que inventa la vida, que vive la vida.

Ahora bien, veamos como el hombre del perspectivismo no es como el artista que se contenta sólo con ver y representar las cosas de otra manera a como las ve. El perspectivista, el artista-filósofo, no sólo ve las cosas de otra manera —en perspectiva, desde muchos ojos— de forma pasiva, sino que asume la vida desde su perspectiva. El perspectivista es aquel que toma una posición frente a la vida: afirma, valora, lucha, le da sentido a su vida, desde su perspectiva o perspectivas. Ahora bien, no se puede hablar del valor de una cosa si no se habla desde una posición determinada, desde una perspectiva: «Si no se tiene una posición determinada no se puede hablar del valor de ninguna cosa: es decir, una determinada afirmación de una determinada vida es el presupuesto de todo valorar». Para Nietzsche, el valor surge cuando se asume una posición, o sea, cuando se asume una perspectiva, no hay algo así como un valorar objetivo, pues: «En toda valoración se trata de una determinada perspectiva: conservación del individuo, del grupo, de la raza, del Estado, de una Iglesia, de una fe, de una cultura».

En Nietzsche el valor surge por razones prácticas de perspectiva, pues, cuando algo es valorado por ello, ese algo adquiere más, o menos interés: «El punto de vista del «valor» es el punto de vista de las condiciones de conservación-potenciación, con miras a estructuras complejas de relativa perduración de la vida en el seno del devenir: —no hay unidades últimas perdurables, no hay átomos, ni mónadas: también en este caso lo ente es algo que ha sido introducido por nosotros (por razones prácticas, útiles, de perspectiva) (...) —«valor» es esencialmente el punto de vista para el crecimiento o la disminución de estos centros de dominio («pluralidades», en todo caso, pero la «unidad» no existe en absoluto en la naturaleza del devenir)».

El valor no es algo metafísico y anterior a todas las cosas, como nos podría hacer pensar la tradición, sino que valoramos algo porque queremos que ese algo —esa perspectiva— se conserve y adquiera fuerza:

Todas las valoraciones son resultado de determinadas cantidades de fuerza y del grado de conciencia que se tiene de ellas: son leyes perspectivistas de acuerdo con la esencia de un hombre o un pueblo —lo que es cercano, importante, necesario, etc.

Todas las pulsiones humanas, así como todas las pulsiones animales, se han constituido, bajo ciertas circunstancias, en condiciones de existencia, y han sido colocadas en primer plano. Las pulsiones son la consecuencia de valoraciones largamente abrigadas que ahora obran instintivamente como un sistema de juicios de placer y de dolor. Primero forzosidad, luego acostumbramiento, luego necesidad, luego, inclinación natural (pulsión).

Ahora bien, veamos que los hechos son presentados por Nietzsche como homogéneos, es decir, que no existen razones últimas —metafísicas— para considerar algunos hechos como superiores desde algún punto de vista. El valor (que hace que unos hechos sean presentados como superiores y otros inferiores bajo una determinada perspectiva) es sólo una condición de una perspectiva, pues, en sí mismos los hechos son iguales solamente los hace diferentes el punto de vista desde donde se miren:

Mi propósito»: demostrar la absoluta homogeneidad en todos los hechos y la aplicación de las condiciones morales condicionadas por la perspectiva: demostrar que todo aquello que es alabado desde el punto de vista moral es esencialmente de la misma naturaleza que lo inmoral, y que toda evolución moral ha sido conseguida por medios inmorales y con fines inmorales; y que, a la inversa, todo lo que se ha considerado como inmoral, desde el punto de vista económico, es lo superior y lo principal, y que una evolución orientada hacia una mayor plenitud de la vida está condicionada necesariamente por el progreso de la inmoralidad. «Verdad», el grado en que nosotros nos permitimos el examen de estos hechos.

Aquí la moral es presentada como un punto de vista que considera superior lo decadente, al principio ésta se nos presenta como algo que propicia la vida siendo verdad lo contrario, es decir, que propicia la decadencia del hombre y no la fuerza para la vida. No hay justificación posible para creer que lo que determina la moral es superior a lo que ella rechaza, pues en sí mismos todos los hechos son iguales, sólo los hace diferentes la perspectiva desde donde se valoren. Es más, es lo que la moral rechaza lo superior, es decir, que lo que se ha llamado inmoral —desde el punto de vista de la moral— es lo superior en el hombre. Aquí Nietzsche nos plantea una inversión de los valores lo cual es el programa fundamental de su filosofía. Si queremos una mayor plenitud de la vida debemos potenciar la inmoralidad: lo cual es lo verdaderamente superior, y aquello que potencia la vida.

Ahora bien, una caracterización muy detallada del perspectivismo la encontramos en el siguiente texto de La genealogía de la moral:

[...]ver alguna vez las cosas de otro modo, querer verlas de otro modo, es una pequeña disciplina y preparación del intelecto para su futura «objetividad», —entendida esta última no como «contemplación desinteresada» (que, como tal, es un no-concepto y un contrasentido), sino como la facultad de tener nuestro pro y nuestro contra sujetos a nuestro dominio y de poder separarlos y juntarlos: de modo que sepamos utilizar en provecho del conocimiento cabalmente la diversidad de las perspectivas y de las interpretaciones nacidas de los efectos, A partir de ahora, señores filósofos, guardémonos mejor, por tanto, de la peligrosa y vieja patraña conceptual que ha creado un «sujeto puro del conocimiento, sujeto ajeno a la voluntad , al dolor, al tiempo», guardémonos de los tentáculos de los conceptos contradictorios, tales como «razón pura», «espiritualidad absoluta», «conocimiento en sí»:aquí se nos pide siempre pensar un ojo que de ninguna manera puede ser pensado, un ojo carente en absoluto de toda orientación, en el cual debieran estar entorpecidas y ausentes las fuerzas activas e interpretativas, que son, sin embargo, las que hacen que ver sea ver-algo, aquí se nos pide siempre, por tanto, un contrasentido y un no-concepto de ojo. Existe únicamente un ver perspectivista, únicamente un «conocer» perspectivista; y cuanto mayor sea el número de afectos a los que permitamos decir su palabra sobre una cosa, cuanto mayor sea el número de ojos , de ojos distintos que sepamos emplear para ver una misma cosa, tanto más completo será nuestro «concepto» de ella, tanto más completa será nuestra «objetividad». Pero eliminar en absoluto la voluntad, dejar en suspenso la totalidad de los afectos, suponiendo que pudiéramos hacerlo: ¿cómo?, ¿es que no significaría eso castrar el intelecto?...

En este texto vemos como Nietzsche ataca el concepto tradicional de objetividad, y nos propone en su lugar el perspectivismo. Para Nietzsche, no puede haber objetividad cuando ésta es entendida como una contemplación desinteresada. La objetividad la entiende Nietzsche es como una lucha de perspectivas en la que podemos tener nuestro pro y nuestro contra. Para Nietzsche, pensar la objetividad como contemplación desinteresada es no tener un concepto de ojo. El ver supone por lo menos una orientación hacia algo que estimula al ojo. Por ello para Nietzsche el ver de la objetividad entendida tradicionalmente supone un no-concepto de ojo. Así, el ver que nos propone Nietzsche es antes que nada un ver orientado, un ver perspectivista. Recordemos el pasaje en donde el autor caracteriza el ver como un ver en perspectiva:

Existe únicamente un ver perspectivista, únicamente un «conocer» perspectivista; y cuanto mayor sea el número de afectos a los que permitamos decir su palabra sobre una cosa, cuanto mayor sea el número de ojos, de ojos distintos que sepamos emplear para ver una misma cosa, tanto más completo será nuestro «concepto» de ella, tanto más completa será nuestra «objetividad». Pero eliminar en absoluto la voluntad, dejar en suspenso la totalidad de los afectos, suponiendo que pudiéramos hacerlo: ¿cómo?, ¿es que no significaría eso castrar el intelecto?...

Es en este texto donde se encuentra, en rigor, la caracterización del perspectivismo. Analicemos en detalle el texto. Nietzsche nos dice que existe únicamente un ver y conocer perspectivistas. Es decir, conocemos y vemos desde muchos puntos de vista no desde una supuesta objetividad que propondría ver sólo desde un punto de vista dominante. Ahora bien, el texto también nos dice que cuanto mayor sea el número de afectos que a los que dejemos hablar —interpretar— sobre una cosa, también mayor será el número de ojos, de ojos distintos, que empleamos para ver una misma cosa. De esta manera, vista una cosa así, el concepto que de ella surja será más completo, y mayor será nuestra objetividad hacia ella.

También en este texto Nietzsche nos dice que no es posible eliminar la voluntad, del conocimiento, hacerlo, supondría castrar el intelecto y desconocer (como ya se había anotado en nuestro primer apartado) la participación de los afectos en el conocimiento. Como vemos para Nietzsche el perspectivismo surge a partir de la interpretación que hacen de las cosas los afectos o instintos. Para Nietzsche, son muchos los instintos que participan a la hora de hablar de la interpretación de una cosa o del concepto que nos formemos de ella. Para que un individuo pueda formarse el concepto de algo son muchos los instintos que participan a la hora de interpretar ese algo. Así, para que podamos tener un punto de vista sobre algo determinado éste es el resultado de la interpretación y lucha de muchos instintos. Y muchas de las veces un individuo es presa de sus instintos, este preso es el hombre de rebaño el cual no es capaz de modelar y reinterpretar la realidad. En cambio el hombre de estilo, el artista-filósofo, sí es capaz de reinterpretar sus instintos y crear otra realidad a partir de esta reinterpretación.

En este último punto podemos ver que Nietzsche no es naturalista, y mucho menos biologicista, pues, el hombre de estilo es capaz de crear, si de ello hubiera necesidad, una segunda naturaleza. El hombre de estilo no está en eterna contemplación con la naturaleza ni en armonía con ella ni mucho menos se deja dominar por sus instintos, él antes que nada le pone su sello y carácter a la vida. Aquí Nietzsche se opone, como ya hemos recalcado varias veces, a la idea de que el conocimiento sale de una monada abstracta o sujeto y no tiene nada que ver con los instintos. La crítica nietzscheana va dirigida a los anti-sensualistas a los despreciadores del cuerpo. En consecuencia el perspectivismo surge de la lectura que del mundo hacen los instintos; pero es el hombre de estilo el que fija la mirada, orienta la mirada, le pone sentido al ver y hace que ver sea ver algo.

Para Nietzsche, el perspectivismo es entendido como una lucha de instintos interpretantes que se da en un ser orgánico, pero lo esencial de éste no es el ser orgánico sino la lucha misma:

¿Cómo surgen la esfera de la perspectiva y el error? En la medida en que, por intermedio de un ser orgánico, no es un ser, sino la lucha misma lo que quiere conservarse, crecer y hacerse consciente de sí.

Lo que llamamos «conciencia» y «espíritu» no es más que un medio y un instrumento, por medio del cual, no es un sujeto lo que quiere conservarse, sino una lucha.

Así lo esencial en el perspectivismo es la lucha misma, es decir, el carácter deveniente de la realidad.

Ahora bien, para Nietzsche que los individuos necesiten creencias para vivir, para darle sentido a su vida, no está mal, el error es creer que estas creencias por ser creencias tengan que ser verdaderas: «[...]una creencia, por necesaria que sea para la conservación de ciertos seres, no tiene nada que ver con la verdad». Para Nietzsche, la verdad es simplemente una valoración que hace un individuo desde un punto de vista:

La valoración «yo creo que esto y aquello es así» como esencia de la «verdad» (...) todos nuestros órganos cognitivos y sensoriales han sido desarrollados sólo en atención a condiciones de conservación y crecimiento

la confianza en la razón y sus categorías, en la dialéctica, en otras palabras, la valoración de la lógica no demuestra sino la utilidad —corroborada por experiencia, de las mismas para la vida: no su «verdad».

Que tiene que haber una buena dosis de convicción, que sea lícito juzgar, que falte la duda en lo que respecta a todos los valores esenciales:

—ello es presupuesto de todo lo viviente y de su vida. Así, pues, que es necesario, que se tome algo por verdadero, no que algo sea verdadero.

Como vemos la verdad es presentada aquí no como algo que vale por sí misma sino como una valoración fuerte de una creencia. La fortaleza de la verdad o verdades radica en que tener una creencia como verdadera resulta útil para la conservación y potenciación de la vida. La verdad en el perspectivismo ya no es entendida como un principio metafísico que vale por sí misma sino como una condición para la vida. Para Nietzsche, es importante que todo individuo tenga una buena dosis de convicción, es decir, que tenga algo como verdadero y no dude de lo que él cree que son sus valores esenciales puesto que esto es condición para la vida. En últimas, es importante para la conservación de la vida que tengamos algo como verdadero no que exista algo verdadero en sí. Lo verdadero en sí es un error de dogmáticos.

Ahora bien, para Nietzsche la verdad entendida metafísicamente es el producto de un hombre decadente, pues no tiene la capacidad de darle un sentido particular al mundo y mucho menos de entender el devenir de éste:

El hombre busca la «verdad»: un mundo que no se contradiga, no engañe, no cambie, un mundo verdadero —un mundo en el que no se sufra: contradicción, engaño, cambio —¡causas del sufrimiento! El hombre no duda que exista un mundo como debe ser; quisiera buscar el camino que conduce a él. [...]

—¿Por qué deriva el sufrimiento justamente del cambio, del engaño, de la contradicción? ¿Por qué no más bien su dicha?... —El desprecio, el odio contra todo lo que pasa, cambia se transforma —¿De dónde procede esta valoración de lo permanente?

Es bien visible que la voluntad de verdad es aquí meramente el ansia por un mundo de lo permanente.

Los sentidos engañan, la razón corrige los errores; se concluyó, en consecuencia, que la razón es el camino hacia lo permanente; las ideas menos sensibles tienen que ser lo más cercanas al «mundo verdadero».

—De los sentidos proviene la mayoría de los golpes de desgracia —son embaucadores, embelesadores, aniquiladores [...]

La creencia en lo ente se revela [como] una simple consecuencia: el verdadero primer móvil es la falta de fe en lo que deviene, la desconfianza frente a lo que deviene, el menosprecio de todo devenir...

¿Qué especie de hombre reflexiona de esta manera? Una especie improductiva, sufriente: una especie cansada de la vida. —Si pensáramos en el tipo opuesto de hombre, éste no tendría necesidad de la creencia en lo ente: más aún, lo despreciaría, como muerto, aburrido, indiferente...

La creencia en que el mundo tal y como debería ser, es, existe realmente, es una creencia de los improductivos que no quieren crear un mundo como debe ser. Lo dan por existente, buscan medios y caminos para acceder a él. —«Voluntad de verdad» —como impotencia de la voluntad de crear [...]

La «voluntad de verdad» es, a este nivel, esencialmente el arte de la interpretación, del cual sigue formando parte la fuerza de la interpretación.

El tipo de hombre que ha buscado la verdad, que cree en lo ente o en el en sí de las cosas es para Nietzsche un hombre sufriente, un decadente. Este tipo de hombre no quiere vivir un mundo de engaño, de contradicciones, de cambio, pues, estas son las causas del sufrimiento. Él quiere vivir en un mundo en donde no se sufra contradicción, engaño, cambio, por eso busca un mundo verdadero, permanente, un mundo de lo ente. Para Nietzsche, el tipo de hombre que razona, de esta manera, es un decadente, un hombre que no es capaz de proponer y darle un sentido a la vida.

Este hombre prefiere una «voluntad de verdad», es decir, entendida ésta como fuerza de interpretación antes que una voluntad de crear.

Para Nietzsche, no hay razón para que se derive el sufrimiento del cambio, del engaño y la contradicción, antes bien, de esto se podría derivar la dicha, pues la dicha está en entender el devenir de la vida y su carácter de lucha. Buscar o suponer un mundo de lo ente sólo lo hace un hombre cansado de la vida, un hombre que carece de fuerzas interpretantes y no es capaz de crear la vida y vivirla a plenitud. Incluso el filósofo de la tradición es un hombre decadente y su supuesta objetividad un signo de pobreza: « La mirada objetiva de la filosofía puede ser, por tanto, un signo de pobreza, de voluntad y fuerza. Pues, la fuerza organiza lo próximo y lo sumamente próximo: los «hombres de conocimiento», que tan sólo quieren constatar lo que es, son los que no pueden determinar como deba ser nada».

El hombre de conocimiento entendido como el hombre que sólo constata lo que es, es un filósofo decadente, alguien que no es capaz de proponer una nueva realidad, alguien que no es capaz de determinar como algo deba ser. Nietzsche contrapone al hombre decadente el hombre de estilo el artista-filósofo: «Los artistas una especie intermedia: determinan, por lo menos, un símil de lo que debe ser —son productivos, en la medida que alteran y transforman; no como los hombres de conocimiento, que dejan todo tal cual es». Como ya lo habíamos anotado más arriba Nietzsche nos propone la superación de los filósofos y de los artistas a partir de su idea del artista-filósofo. Este artista-filósofo es el hombre que no sólo entiende la realidad sino que la crea, pues, es capaz de entender el devenir de la realidad. Este artista-filósofo es un hombre de voluntad, es decir, un hombre que le coloca fuerza a sus perspectivas, en últimas, es el hombre del perspectivismo:

Nuestro empeño por la seriedad consiste, en tanto, en comprender todo como en devenir, en negarnos como individuos, ver el mundo en lo posible desde muchos ojos, vivir en impulsos y ocupaciones para así crearse ojos, abandonarse temporalmente a la vida para después reposar temporalmente sobre ella con el ojo: alimentar los impulsos en cuanto fundamento de todo conocer, pero saber cuándo se vuelven adversarios del conocimiento: en suma, esperar a ver hasta dónde se puede incorporar el saber y la verdad —y en qué medida ocurre una transformación del hombre cuando finalmente vive tan sólo para conocer.

Este artista-filósofo se vale de los instintos para crearse muchos ojos e incorporarlos al saber y la verdad, es decir, fortalece antes que nada su perspectiva, ve el devenir de la realidad como un inventar y le imprime el carácter del ser al devenir:

Imprimir al devenir el carácter del ser —esta es la máxima voluntad de poder.

Doble falseamiento, proveniente de los sentidos y del espíritu, a fin de obtener un mundo de lo ente, de lo que perdura, de lo que mantiene igual su valor, etc.

Que todo retorna, esta es la máxima aproximación de un mundo del devenir a un mundo del ser: cumbre de la indagación. [...]

El devenir como inventar, querer, negarse a sí mismo, auto-superarse: ningún sujeto, sino un hacer y un poner creativos, nada de «causas y efectos».

El arte como voluntad de superar el devenir, como «eternizar», pero corto de vista, de acuerdo con la perspectiva: repitiendo, como quien dice, en pequeño, la tendencia del todo.

Como vemos el artista-filósofo que nos propone Nietzsche es aquel que entiende la realidad como devenir pero la supera. Él eterniza el devenir, en últimas tiene necesidad de la idea de lo ente pero no como suposición de un «mundo verdadero», sino como falseamiento de un mundo de valor. Este eternizar del devenir no se da de una manera dogmática sino desde un punto de vista corto, es decir, desde la fuerza de una perspectiva.

Hasta aquí podemos decir que lo esencial del perspectivismo es que es una doctrina que reconoce el papel de los instintos en el conocimiento y rechaza la posición anti-sensualista y dogmática del conocimiento, es decir, la doctrina cristiano-platónica. A partir del perspectivismo LA VERDAD —concebida metafísicamente— queda anulada pero se reconocen las verdades útiles para la vida y la fuerza de las perspectivas.

Perspectivismo e interpretación

En Nietzsche el perspectivismo y la noción de interpretación, aunque tienen una estrecha relación, no son conceptos intercambiables. A nuestro parecer, el rasgo fundamental del perspectivismo estriba en la importancia del interprete —importa quien interpreta, el punto de vista desde donde se interpreta—. La noción de interpretación le sirve a Nietzsche es para postular un mundo susceptible de ser interpretado infinitamente por un individuo que finalmente se casa con una determinada posición o interpretación. En La voluntad de poder es claro que lo decisorio en el perspectivismo es la perspectiva desde donde se mire, la toma de posición:

En toda valoración se trata de una determinada perspectiva: conservación del individuo, del grupo, de la raza, del Estado, de una Iglesia, de una fe, de una cultura. En virtud del «olvido» que nos da una valoración de nueva perspectiva, contradictoria, y, en su consecuencia, de impulsos contradictorios en el hombre. Esto es la expresión de la enfermedad en el hombre, al contrario de los animales, en los que cada instinto encuentra su satisfacción inmediata.

Pero este ser, lleno de contradicciones, tiene en su fondo un gran método de conocimiento: siente mucho Pro y Contra, se eleva a la justicia, a la compensación de la estimación más allá del bien y del mal.

El hombre más sabio sería el más en contradicciones, el que, por decirlo así, tuviera órganos tactiles para toda clase de hombres; y también sus grandes momentos de grandiosa armonía, el gran caso también en nosotros. Una especie de movimiento planetario.

Aquí vemos que lo que le interesa a Nietzsche es resaltar el carácter perspectivista a la hora de valorar. Es decir, que lo que importa no es que haya una gama de interpretaciones, sino que éstas sean asumidas desde la perspectiva del valor por un individuo. Una interpretación es tomada, apropiada por un individuo, en virtud de la conservación de su grupo, de su raza etc., es decir, en virtud de la conservación de un punto de vista, de una determinada perspectiva. El perspectivista no es un simple interprete de sus instintos, sino que valora una interpretación y lucha por ella en contra de otras perspectivas, en él se da una lucha de perspectivas debido a la lucha interna de sus instintos. En el perspectivista no existe la suposición de un individuo centrado de un «yo», el individuo en Nietzsche es algo complejo es un ser en el que hay una lucha de instintos, esta idea nos da como resultado un ser dinámico en constante devenir, en contraste con la idea de un ser acabado y estático, el «yo».

El hombre para Nietzsche no sólo es un individuo sino que en él confluyen las fuerzas de la totalidad de lo orgánico, es decir, es un ser histórico:

El mundo visto, sentido, interpretado de esta forma o de esta otra, de tal modo que en esta interpretación la vida orgánica se conserva. El hombre no es sólo un individuo, sino la totalidad de lo orgánico que pervive en una determinada línea. El hecho de que perviva demuestra que un género de interpretación también ha pervivido, que el sistema de interpretación (aunque siempre en continua construcción) no ha cambiado. «Adaptación».

Nuestra «insuficiencia», nuestro «ideal», etc., son quizás la consecuencia de este trozo asimilado de interpretación, de nuestro punto de vista perspectivista; quizás al final sucumba por él la vida orgánica. Así como la división del trabajo de los organismos trae, al mismo tiempo, consigo la atrofia y el debilitamiento de las partes, y por fin la muerte de la totalidad. La destrucción de la vida orgánica debe estar prefigurada en su forma suprema tanto como la destrucción del individuo.

Para Nietzsche, el hombre no sólo es un individuo sino que en él confluye la totalidad de lo orgánico. Que el hombre perviva demuestra que un género de interpretación ha pervivido y que este género está en constante construcción o adaptación. Si no entendemos mal este género de interpretación es el punto de vista dogmático. Así las cosas, para Nietzsche, nuestra insuficiencia, nuestros ideales, etc., son consecuencias de un trozo asimilado de interpretación, es decir, de nuestro punto de vista perspectivista. Y es posible que gracias a este carácter perspectivista sucumba por él la vida orgánica. Pues el debilitamiento de las partes puede hacer posible la destrucción del todo. Aquí Nietzsche nos advierte que si el ideal predominante, la perspectiva predominante, es la decadencia, al final por ella puede sucumbir la totalidad de lo orgánico y el individuo. Pero aquí entre líneas también podríamos leer: que si está perspectiva divina, dominante, muere, si muere Dios, tal vez nos quede el individuo en muchos géneros de interpretación y perspectivas no divinas.

Ahora bien, el conocimiento para Nietzsche no es la explicación de una realidad en sí sino es simplemente interpretación: «Qué es lo único que puede ser el conocimiento? —«interpretación», no «explicación». Esto quiere decir que el conocimiento es antes que nada la un interpretar, interpretación que se da a partir de los instintos interpretantes con miras a la toma de una perspectiva. En Nietzsche el conocimiento no puede ser sólo la simple explicación de los hechos, de una supuesta realidad en sí, esta posición es vacua, el conocer por conocer no tiene sentido, el conocimiento ha de ser un interpretar con miras a asumir y defender una determinada perspectiva, en últimas, ha de ser una lucha.

«Un mismo texto permite incontables interpretaciones: no hay una interpretación «correcta». Nietzsche se vale de la noción de interpretación para decir que existe una gama de interpretaciones desde las cuales un texto puede ser leído; pero lo que realmente le importa al perspectivismo es que esa gama de interpretaciones sea asumida por algún individuo, desde una determinada perspectiva. Para Nietzsche, lo que importa es quien interpreta, en la medida en que interpreta lo que potencia su vida.

Perspectivismo y la muerte de Dios

Ahora vamos a ver la relación entre la muerte de Dios y el perspectivismo, o mejor, entre la muerte del gran horizonte y una gama de infinitas perspectivas. A continuación citaremos el aforismo 125 de La ciencia jovial en donde el hombre frenético anuncia la muerte de Dios:

El hombre frenético. ¿No habéis oído hablar de aquel hombre frenético que en la claridad del mediodía prendió una lampara, corrió al mercado y gritaba sin cesar: «Busco a Dios, busco a Dios»? Puesto que allí estaban reunidos muchos que precisamente no creían en Dios, provocó una gran carcajada.«¿Es que se ha perdido?», dijo uno.«¿Se ha extraviado como un niño?», dijo otro.«¿O es que se mantiene escondido? ¿Tiene temor de nosotros? ¿Se ha embarcado en un navío? ¿Ha emigrado?» —así gritaban y reían confusamente. El hombre frenético saltó en medio de ellos y los traspasó con su mirada. «¿A dónde ha ido Dios», gritó, «¡yo os lo voy a decir! ¡Nosotros lo hemos matado —vosotros y yo! ¡Todos nosotros somos sus asesinos! ¿Pero cómo hemos hecho esto? ¿Cómo fuimos capaces de beber el mar? ¿Quién nos dio la esponja para borrar todo el horizonte? ¿Qué hicimos cuando desencadenamos esta tierra de su sol? ¿Hacia dónde se mueve ahora? ¿Hacia dónde nos movemos nosotros? ¿Lejos de todos los soles? ¿No caemos continuamente? ¿Y hacia atrás, hacia los lados, hacia delante, hacia todos los lados? ¿Hay aún un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita? ¿No nos sofoca el espacio vacío? ¿No se ha vuelto todo más frío? ¿No llega continuamente la noche más noche? ¿No habrán de ser encendidas lámparas a mediodía? ¿No escuchamos aún nada del ruido de los sepultureros que entierran a Dios? ¿No olemos aún nada de la descomposición divina? —también los dioses se descomponen. ¡Dios ha muerto! ¡Dios permanece muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado! ¿Cómo nos consolamos los asesinos de todos los asesinos? Lo más sagrado y lo más poderoso que hasta ahora poseía el mundo, sangra bajo nuestros cuchillos —¿quién nos lavará esta sangre? ¿Con qué agua podremos limpiarnos? ¿Qué fiestas expiatorias, qué juegos sagrados tendremos que inventar? ¿No es la grandeza de este hecho demasiado grande para nosotros? ¿No hemos de convertirnos nosotros mismos en dioses, sólo para aparecer dignos ante ellos? ¡Nunca hubo un hecho más grande! —y quienquiera nazca después de nosotros, pertenece por la voluntad de este hecho a una historia más alta que todas las historias habidas hasta ahora!»

Aquí calló el hombre frenético y miró nuevamente a sus oyentes: también éstos callaron y lo miraron extrañados. Finalmente lanzó él su lámpara al suelo, que salto en pedazos y se apagó. «Llego muy temprano», dijo luego, «todavía no estoy a tiempo. Este acontecimiento inaudito aún está en camino y peregrina —aún no se ha adentrado hasta los oídos de los hombres. El rayo y el trueno necesitan tiempo, la luz de las estrellas necesita tiempo, los hechos necesitan tiempo, aún después de que han sido hechos, para ser vistos y escuchados. Este hecho les es todavía más lejano que la más lejana estrella —y sin embargo, ellos mismos lo han hecho!»

Se cuenta que aquel mismo día el hombre frenético irrumpió en diferentes iglesias y entonó su Requiem aeternam deo [Descanso eterno para Dios]. Sacado de ellas e impelido a hablar, sólo respondió una y otra vez: «Qué son estas iglesias, si no son las criptas y mausoleos de Dios?».

Hacia el final de La ciencia jovial en el libro IV § 342 ya se anuncia el descenso de Zaratustra, el profeta —Zaratustra-Nietzsche— que ha de anunciar la terrible y gran noticia de que: "Dios ha muerto". Nietzsche anuncia la llegada del Zaratustra porque es a partir de él que la ciencia ha de ser jovial, antes de él la ciencia es decadente y demasiado seria. Pero aquí en el parágrafo 125 de La ciencia jovial el hombre frenético, el hombre que sabe que ‘Dios ha muerto’ es presentado como un loco porque aún no es el tiempo del Zaratustra, del gran profeta. Los hombres a los que se dirige el hombre frenético son precisamente ateos, es decir, hombres que no creen en Dios —sin Dios—, ellos lo escuchan y lo miran extrañados pero no entienden que ellos —los ateos, los sin Dios— han matado a Dios, ellos lo han hecho y no son conscientes de ello. No son conscientes porque hasta el momento creían que al no creer en Dios éste ya quedaba refutado. Pero Nietzsche nos muestra que ha Dios no se elimina ignorándolo, es decir, siendo inconscientes de su presencia en el mundo, no basta con ser ateos.

El hombre frenético hace un llamado a un ateísmo consciente —por eso se dirige a los ateos— hay que ser conscientes de que ‘Dios ha muerto’, hay que prepararnos para entender la gran noticia, para la llegada de Zaratustra. La muerte de Dios significa la muerte de la verdad como garantía de seguridad, la muerte de la ciencia y la filosofía como dogma, la muerte de una creencia de milenios: «aquella fe de Cristo, que era también la creencia de Platón, de que Dios es la verdad, de que la verdad es divina...». Dios ha significado durante milenios, en la concepción cristiano-platónica, una perspectiva única de la vida pero, muerto Dios, podemos ver el mundo en sus infinitas interpretaciones bajo infinitas perspectivas:

[...]el intelecto humano no puede evitar verse a sí mismo bajo sus formas perspectivas y ver sólo en ellas. No podemos ver nuestro propio rincón: es una curiosidad sin esperanza querer saber qué otros tipos de intelecto y de perspectivas podría haber aún, por ejemplo, si algunos otros seres podrían sentir el tiempo hacia atrás o alternándolo hacia delante y hacia atrás (con lo cual se daría otra dirección de la vida y otro concepto de causa y efecto). Pero pienso que hoy estamos por lo menos lejos de la ridícula inmodestia de decretar, a partir de nuestro rincón, que sólo desde este rincón se permite tener perspectivas. El mundo se nos ha vuelto más bien «infinito» una vez más: en la medida en que no podemos rechazar la posibilidad de que él incluye dentro de sí infinitas interpretaciones. Una vez más nos coge el gran estremecimiento —¿pero quién tendría ganas de divinizar otra vez según el viejo estilo y de inmediato a este monstruo del mundo desconocido? ¿Y a adorar en lo sucesivo a lo desconocido como a «el desconocido»? Ah, existen demasiadas posibilidades no divinas de interpretación incluidas en esto desconocido, demasiadas diabluras, estupideces, locuras de la interpretación —incluida la nuestra propia, humana, demasiado humana, que conocemos...

Para Nietzsche, el intelecto humano sólo puede verse a sí mismo bajo sus propias formas perspectivas, está encerrado en ellas. Por tanto, no es posible ver a partir de nuestro propio rincón, desde nuestro punto de vista, que otras perspectivas pueden haber o si hay otros tipos de intelecto o de seres. Ahora bien, es injusto determinar que sólo desde un punto de vista se pueda autorizar tener perspectivas. Este punto de vista dominante que establece y ordena el mundo ha sido históricamente el concepto de Dios. Pero a partir de la muerte de Dios el mundo no tiene sólo una interpretación sino tantas interpretaciones como perspectivas haya. El mundo se nos presenta ahora como un nuevo infinito: «Ah, existen demasiadas posibilidades no divinas de interpretación incluidas en esto desconocido, demasiadas diabluras, estupideces, locuras de la interpretación —incluida la nuestra propia, humana, demasiado humana, que conocemos...». Nietzsche nos dice que existen muchas posibilidades de interpretación no necesariamente una divina —una perspectiva divina es una entre muchas no hay razón para tenerla como única—, es más, existen muchas interpretaciones no divinas sino humanas muy humanas, es decir, perspectivas que tienen en cuenta la vida del hombre, la afirmación de esta vida y no su negación a través de un supuesto mundo del más allá de un Dios que ha muerto —como única interpretación de la realidad—.

¿Perspectivismo o relativismo?

Algunos interpretes han tachado injustificadamente a Nietzsche de relativista. A favor de nuestro autor sostenemos que él no cae en el relativismo. Lo que sostiene el relativismo es que cualquier visión de mundo es relativa a otra, que toda interpretación vale, que cualquier tesis vale tanto como otra, que muerto Dios todo está permitido. Todo esto es lo más contrario al pensamiento de Nietzsche. La doctrina del perspectivismo Nietzscheana es contraria al relativismo. En ella no todas las interpretaciones valen sino las que potencian un género de vida, vale sólo aquello que potencia la vida desde una determinada perspectiva. El perspectivismo como ya lo hemos venido diciendo es una toma de posición, esto ya no tiene nada que ver con el relativismo en el que no hay una posición determinada, en él que no se asume nada. En el perspectivismo no muera la verdad, sino sólo un genero de verdad, es decir, lo que muere es la verdad entendida metafísicamente. Antes bien, la verdad es asumida como un instinto dominante de interpretación con el que adquieren fuerza las perspectivas: las valoraciones fuertes. En el perspectivismo hay verdades en contraposición a la idea de una verdad única entendida metafísicamente. Así en el perspectivismo lo que queda anulado es Dios como única verdad y destructor de esta vida con la promesa de otra mejor.«El más grande y más nuevo acontecimiento —que «Dios ha muerto», que la creencia en el Dios cristiano se ha vuelto increíble— comienza ya a arrojar sus primeras sombras sobre Europa». Muerto Dios no todo está permitido, sino vale toda aquella perspectiva, toda aquella verdad, que afirme, que diga sí a esta vida. Como vemos el perspectivismo antes que una anulación de este mundo es su afirmación, y no puede ser relativo todo aquello que es una afirmación o posición sobre la vida sino perspectivo.

Perspectivismo vs. Dogmatismo

El perspectivismo es una doctrina contraria, o mejor, alternativa al dogmatismo. Para Nietzsche, que exista la creencia en una realidad en sí, en un sujeto puro de conocimiento, en un Dios, en la verdad, en la idea del bien, de un único sentido, es producto de un error de dogmáticos de la concepción cristiano-platónica. Creencia que ha dominado durante milenios pero que a partir del perspectivismo queda anulada como única concepción de mundo: «[...]una creencia de milenios, aquella fe de Cristo, que era también la de Platón, de que Dios es la verdad, de que la verdad es divina... ¿Pero qué sucedería si precisamente esto se volviese cada vez más increíble, si ya nada más se mostrase como divino, a menos que lo sea el error, la ceguera, la mentira —si Dios mismo se mostrase como nuestra más larga mentira?»Efectivamente a partir de la muerte de Dios esta concepción de la vida no ha de ser presentada como verdad única, sino como una simple perspectiva sobre el mundo y, es más, como una perspectiva decadente en el sentido que no potencia la vida.

La supuesta objetividad de la filosofía dogmática es un signo de pobreza de la filosofía: «La mirada objetiva de la filosofía puede ser, por tanto, un signo de pobreza, de voluntad y fuerza». Aquí vemos que para Nietzsche la supuesta objetividad de la filosofía (entendida ésta como contemplación desinteresada) es un signo de pobreza en el sentido en que esta mirada no tiene fuerza perspectiva. Ahora bien, la objetividad en su sentido positivo se da, como ya habíamos anotado más arriba, cundo nos permitimos ver una cosa desde muchos ojos, desde muchas perspectivas, que amplían el concepto de una cosa.

Considerar algo como verdadero (entendido lo verdadero en un sentido metafísico) es una tiranía del dogmatismo:

Contra la tiranía de lo verdadero. — Aunque fuéramos lo bastante insensatos como para considerar verdaderas todas nuestras opiniones, sin embargo, no desearíamos que fuesen las únicas. No comprendo por qué desear la omnipotencia de la verdad; me basta saber que la verdad posee un gran poder. Pero es preciso que pueda luchar, que tenga una oposición, y que de cuando en cuando, podamos descansar de ella en lo que no es verdad. —De lo contrario lo verdadero se volvería aburrido, trivial y sin gusto alguno y haría que a nosotros nos pasara lo mismo.

Para Nietzsche, no es justo que queramos tener por verdaderas todas nuestras opiniones, lo cual es la pretensión del dogmatismo, basta con que la verdad tenga un gran poder, para que algo pueda ser considerado como verdadero ha de ser el resultado de una lucha, de una oposición. Que nuestras opiniones sean consideras como únicas es una pretensión aburrida, es una pretensión de los dogmáticos que no entienden el carácter perspectivista de la vida.

La moral de los cristianos es un signo de decadencia: «Con aplicación a la moral cristiana europea especialmente: nuestros juicios morales son síntomas de decadencia, de falta de fe en la vida, una preparación para el pesimismo». Los juicios que hace la moral cristiana son síntomas de decadencia de la vida, aunque no los presenten como positivos no lo son. La moral cristiana es presentada dogmáticamente, nos la presentan como garantía de la vida como única posibilidad de la vida, como nuestra salvación; pero todo esto es un símbolo de decadencia, se cree en otro mundo porque no se es capaz de entender este, porque no se es capaz de vivir este. Porque no se es capaz de afirmar el mundo de la vida.

Para Nietzsche, no es justo que se le dé solo un sentido al mundo, pues, éste tiene muchos: «El mundo es cognoscible en cuanto la palabra «conocimiento» tiene algún sentido; pero es susceptible de muchas interpretaciones, no tiene ningún sentido fundamental, sino muchos sentidos. Perspectivismo». Como se ve cualquier interpretación que hagamos del mundo tiene algún sentido en cuanto lo interpretamos desde alguna perspectiva, tiene muchos sentidos, y no uno sólo como pretende el dogmatismo que nos lego Platón el cual no entiende el carácter perspectivista de la vida.

Consideraciones finales

Como vemos el perspectivismo es mucho más que una alternativa a la teoría del conocimiento, antes bien, es una toma de posición sobre la vida.

El perspectivismo se plantea como una crítica a la concepción de que el conocimiento parte de un sujeto puro de conocimiento, de una verdad única y divina, de una abstracción antisensualista, concepción que siempre ha planteado la tradición dominante y dogmática. Para el perspectivismo no existe el sujeto, ni un conocimiento que no parta desde los instintos —plantear esto es absurdo—, no existe LA VERDAD sino verdades o puntos de vista. Para el perspectivismo el mundo no tiene un trasfondo metafísico, un programa moral, el mundo importa desde nosotros, para nosotros, aquí y ahora. El mundo no es dado por un Dios sino la creación de los individuos, del artista-filósofo

Ahora bien, si se comprende la muerte de Dios el mundo ya no tiene un horizonte único, sino que el mundo se vuelve infinito: tiene muchos sentidos, muchas perspectivas no divinas.

En el perspectivismo lo decisivo es la apropiación de una interpretación desde una determinada perspectiva, la lucha por mantener nuestro punto de vista. En el perspectivismo lo que se lee o interpreta no es un texto sino una lucha de instintos interpretantes. Lo esencial del perspectivismo es el fortalecimiento de nuestro punto de vista, es decir, que lo esencial es quien interpreta y se apropia de la interpretación en la medida en que la valora y le da sentido.

Queda claro también que la doctrina nietzscheana del perspectivismo no cae en el relativismo en el sentido que es, una toma de posición, de sentido, de perspectiva, y no un todo vale.

Cerramos nuestro trabajo con cuatro versos, con poesía, desde otra perspectiva del conocimiento, quizá nos impulse nuestro propio rincón:

Lo que el árbol desea decir y dice al viento,

y lo que el animal manifiesta en su instinto,

cristalizamos en palabra y pensamiento.

Nada más que maneras expresan lo distinto.

«Nada más que maneras expresan lo distinto»exclama Rubén Darío, el poeta, el que seduce con la palabra, al que Platón corriera de su ‘República’, nos enseña que sólo son formas, maneras de ver las cosas, las que nombran lo distinto. Tal vez si eliminamos lo distinto —las maneras en las que hablan las cosas— nos quede lo igual —la idea en sí—, pero para sorpresa del poeta Nietzsche nos dice que las maneras no expresan simplemente lo distinto, sino antes bien son lo distinto mismo. Las formas en las que miramos el mundo son puntos de vista que expresan —que interpretan— y son el mundo mismo. Entonces lo que ‘el árbol le dice al viento’ y ‘ lo que el animal manifiesta en su instinto’ no son maneras de expresarse sino su perspectiva real, una perspectiva de árbol y una perspectiva de animal. Pues todo lo que interpretamos y expresamos no es más que nuestra perspectiva. Hasta aquí podemos decir que Nietzsche entiende el perspectivismo como un pathos de perspectiva que es común y condición de toda vida.

Este trabajo no tiene más que la pretensión de ser una invitación a estudiar concienzudamente el problema del perspectivismo en Nietzsche. Pues como se habrá notado cada paso que da Nietzsche para llegar a formular el carácter perspectivo de la realidad es sumamente complejo. La invitación entonces es a estudiar cada paso de una manera amplia y honda. Ojalá algún día podamos vivir de una manera perspectivística, viendo el mundo desde muchos ojos desde un ojo compuesto de ojos. Desde un ojo que no agote el mirar.

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Datos del Autor:

José Wilinton Gil Cárdenas

josewilinton[arroba]yahoo.es

Nacimiento: Betéitiva, Boyacá Colombia

Profesión: Filósofo de la Universidad Nacional de Colombia.

Actualmente es profesor del Instituto Deming.



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