Nunca debemos estar satisfechos con lo que somos, con lo que sabemos, ni con lo que tenemos. Porque la vida; fenómeno caprichoso, de curso tortuoso y de derrotero impreciso, siempre nos recuerda que sus procesos son sorpresivos, misteriosos y enormes.
Lo esencial en la vida no es tanto conseguir los objetivos que nos trazamos, como es la capacidad de luchar tenazmente para el logro de los mismos.
El trabajo nos consigna a una esclavitud que es, contradictoriamente, una forma de libertades cuantiosas.
Toda mañana en ese continente, se despierta un animal, se despierta un león. Este animal se despierta hambriento, y se despierta con el conocimiento de que tiene que correr más rápidamente que el antílope más veloz o quedará sin almorzar --- así que cuando asoma el sol, al león le conviene correr, y correr muy rápido. Traduciéndolo mejor: a este león, le conviene "trabajar".

Pensamos en la tarea del león, porque en nuestra filosofía y labores de ayudar al prójimo a lograr su propio entendimiento, es menester que apliquemos el conocimiento que nos transmitieran nuestros antepasados, humanos y salvajes, para comprendernos mejor.
Nuestros antecesores no podían concebir que nuestras habilidades físicas y nuestras competencias psicológicas, desarrolladas para la labor de medrar y procrear, terminarían siendo usadas para llegar al estado en que hoy nos encontramos, donde sólo vivimos para vivir, comer, gozar y engordar. Vegetando en una disipación de placer.
Dinero, poder, indulgencia y apatía conducen a que seamos blandos y frágiles. A través de la historia han sido los tenaces, los que más se sacrificaran a ellos mismos y los que batallaran por sus derechos quienes sobrevivirían y, los que al final, conquistaron.
La vida misma, es una lucha que nunca termina hasta que nos sorprende la llamada final e ineludible de la muerte.
Porque cada día es una resurrección cuando comienza, y una anticipación al sabor de la muerte cuando este concluye con la llegada del sueño. Cada día es una recopilación del ciclo vital en celebración de quienes saben aprovecharlo y vivirlo.
Carpe diem, decían los romanos…

Pero, ¿a dónde nos dirigimos para adquirir el conocimiento que nos garantiza una vida provechosa, saludable, exitosa y productiva?
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