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"La Patagonia Rebelde"

Enviado por vero_farji



Partes: 1, 2


1. Prólogo

3. El Drama Patagónico
4. Los Sucesos de la Patagonia
5. Convenio propuesto por los estancieros a sus obreros
6. El Fin de una Interminable Batalla
7. Conclusión

1. Prólogo

La siguiente monografía, titulada "La Patagonia Rebelde"; está constituída por tres secciones: una introducción; un desarrollo (Los Sucesos de la Patagonia); y una conclusión de dicho tema.

a.- En la introducción puede observarse una síntesis de los acontecimientos de la historia de nuestro país hasta la fecha. Asimismo, se aborda brevemente el tema de nuestra monografía; puntualizando los hechos más importantes sin entrar en detalle, como lo haremos en el desarrollo de la misma.

b.- En el desarrollo de esta monografía, que se titula "Los Sucesos de la Patagonia"; se tratará amplia y detenidamente el tema en cuestión, haciendo hincapié en las actitudes del gobierno y de los represores frente a los reclamos de los huelguistas, y, a su vez, la actitud de los latifundistas y las grandes empresas sureñas frente a la problemática que acarreó la posguerra en relación a los costos de las manufacturas que ellos producían.

c.- En la conclusión se expresarán nuestras opiniones acerca de la actitud de los represores, así como también la de los huelguistas, frente a los sucesos de la época; enfatizando en la acción de Kurt Wilckens.

Asimismo, la monografía posee notas al pie de las páginas; para aclarar algún hecho, así como también para comentar la fuente de dicha idea o frase.

Consideramos menester aclarar que no existe abundante información referida al tema de esta monografía; pues los sucesos que tuvieron lugar en la Patagonia entre los años 1920 y 1922 no han quedado debidamente documentados, ya que a la clase oligarca de la época no le favorecía en lo absoluto la difusión de los mismos.

2. Introducción

Los enemigos de la revolución en la Argentina son una minoría pero controlan las palancas fundamentales del Estado, lo que los hace extremadamente fuertes. Controlan el aparato económico y jurídico y tienen a su servicio las fuerzas armadas y represivas, como instrumento principal que les garantiza la explotación al pueblo y el control del poder.

Como enseña nuestra historia, los terratenientes, primero para organizar el Estado que les asegurase el poder y luego para perpetuarse en el control de éste, apoyándose y/o subordinándose al imperialismo de turno, inglés, ruso o estadounidense, asesinaron y reprimieron a mansalva. Junto con ésto crearon las leyes y el aparato jurídico que avalara la barbarie. Así, tras más de 60 años de guerras civiles (de 1815 a 1880), fue con las armas que la oligarquía impuso la llamada Organización Nacional y masacró a los pueblos indígenas para apoderarse de sus tierras. Y en este siglo, aplastaron a sangre y fuego los levantamientos obreros, campesinos, estudiantiles y populares, cada vez que pusieron en peligro los privilegios de esa minoría que controla el poder. Ahí están de testigos las masacres del 1º de mayo de 1904, de la semana de mayo de 1909, la Semana Trágica de enero de 1919, la Patagonia sangrienta de 1921, La Forestal, el golpe de 1955 y la dictadura violovidelista de 1976. Al igual que la represión de la insurrección radical de 1905, la huelga de la construcción de 1935, la huelga azucarera de 1949, las luchas de los ferroviarios y metalúrgicos de 1954, las huelgas de 1959, las puebladas del 60-70, etc., etc. Antes, como ahora, modernizaron y utilizaron el aparato represivo para frenar las heroicas luchas que jalonaron nuestra historia.

La burguesía nacional, por su dualidad, cuando estuvo en el gobierno, por un lado forcejeó con los enemigos y por el otro, muchas veces terminó siendo cómplice, avalando la represión o reprimiendo. Esta política posibilitó los golpes de Estado en 1930, 1955, 1966 y 1976; que sirvieron a las clases dominantes para recuperar el gobierno e imponer por la fuerza de las armas su política proterrateniente y proimperialista. Resultó así equivocada la idea expresada reiteradamente por el general Perón de que era necesario tiempo para ahorrar sangre. Esta opción es falsa. Ha corrido mucha sangre de la clase obrera y el pueblo, y se ha perdido mucho tiempo.

No es conciliando con los enemigos como se ahorra sufrimientos a la clase obrera y el pueblo y se defienden los intereses nacionales. Para enfrentar a los enemigos de la revolución debemos prepararnos para una lucha que es encarnizada y que será larga y no pacífica. Sólo si el pueblo toma en sus manos las armas será posible derrotar al enemigo y asaltar el poder.

A lo largo de nuestra historia, el problema de en manos de quién estaba el poder, en particular las armas, ha sido y es una de las cuestiones claves para extraer enseñanzas y prepararnos para que el accionar revolucionario de las masas desemboque en la destrucción del Estado oligárquico-imperialista y la conquista del poder. Sólo cuando el pueblo se levantó en armas pudo triunfar. Así fue frente a las invasiones inglesas en 1806 y 1807, y así fue contra el colonialismo español de 1810 a 1824.

La organización de la autodefensa armada de masas en los períodos de auge más avanzados ha dejado grandes enseñanzas. Pero tuvieron un techo propio del carácter defensivo de su objetivo. Carecieron de, o era incipiente, una dirección revolucionaria que apuntara a construir las milicias y otras formas de organización armada propias de un plan de ofensiva revolucionaria con objetivos claros. Esta falta de dirección, línea, organización y preparación para que el proletariado defina a su favor, mediante la lucha armada de masas, una crisis revolucionaria; se manifestó en cada uno de los momentos en que la lucha de clases llegó a su máxima confrontación y se debía pasar a la ofensiva, al asalto al poder.

En lo que se refiere a los diversos inconvenientes que acarreó la Primera Guerra Mundial, podemos destacar la escasez de insumos, carestías y salarios bajos. Hubo grandes huelgas, y la situación social estalló en enero de 1919, dejando un saldo trágico de muertos y heridos. En la Patagonia se desató un conflicto en 1920, que culminó con fusilamientos de huelguistas dispuestos por el coronel Varela, enviado a poner orden en la zona. La economía se fue normalizando en la posguerra. En las Universidades, estudiantes y profesores reformistas fueron ocupando posiciones toleradas por el gobierno, pero que concitaron el odio de los desplazados y de los sectores a que éstos pertenecían. No obstante todos estos problemas, la politiquería, el personalismo y las vacilaciones, la conducción de Yrigoyen se esforzó siempre por afirmar la democracia y la conciliación social.

3. El Drama Patagónico

Desde 1917, con grandes huelgas como la de los obreros ferroviarios, de la carne, azucareros tucumanos, etc., un nuevo período de auge sacude a la Argentina. Esta oleada de luchas obreras alcanza su pico más alto en la segunda semana de enero de 1919. La lucha por salario, condiciones y tiempo de trabajo de los 800 obreros de los Talleres Vasena es reprimida violentamente por la policía, dejando un saldo de 4 muertos y 30 heridos. Esta represión pone en pie a los trabajadores y el pueblo de Buenos Aires y Avellaneda.

El gobierno de Yrigoyen reprime sangrientamente la sublevación popular. El ejército entra en la ciudad; se arman grupos civiles de la oligarquía que asaltan locales e imprentas obreras y realizan verdaderas "razzias" en los barrios obreros con un saldo de entre 800 y 1.500 muertos -según las fuentes diplomáticas de la época- y más de 4.000 heridos, incluyendo mujeres, ancianos y niños. Genocidio sólo comparable a los de Rosas y Roca contra los indios, que pasará a la historia oficial con el nombre de Semana Trágica.

Pese a la masacre, los ecos del levantamiento obrero y popular de la Semana de Enero de 1919 llegarán hasta los más apartados rincones, conmoviendo a los explotados y a los explotadores de esos verdaderos imperios latifundistas del norte y del sur argentinos. Ejemplos de esto serán las históricas huelgas de los hacheros alzados contra La Forestal y la rebelión de los obreros rurales y campesinos pobres en la Patagonia, en 1920 y 1921.

En 1920 hubo una nueva y prolongada huelga de marítimos, que fracasó. Pero ya para entonces se sentían los primeros indicios de malestar en el sur de la Patagonia, que en 1921 y 1922 tendrían un trágico desenlace. Osvaldo Bayer, investigador de estos hechos, destaca que los grandes stocks de lana, acumulados al terminar la guerra por falta de compradores, fueron el desencadenante de los sucesos de la Patagonia. Una gran crisis se abatió sobre los estancieros, los comerciantes y, sobre todo, los peones, que vivían y trabajaban en condiciones inhumanas.

Activados por dirigentes anarquistas de Río Gallegos, los peones rurales empezaron a manifestarse en el invierno de 1920. A fines de ese año, y comienzos de 1921 se generalizó la huelga en el territorio de Santa Cruz, y algunos grupos ocuparon estancias y tomaron rehenes, aunque sin cometer hechos irreparables. Las denuncias de la Sociedad Rural local y las exageradas informaciones publicadas por la prensa de Buenos Aires movieron a Yrigoyen a enviar al coronel Héctor B. Varela con efectivos del 10° de Caballería a poner orden en la zona. El coronel Varela logró que las partes en conflicto llegaran a un avenimiento, que reconocía la mayor parte de los pedidos de los huelguistas.

Comenzaron las huelgas, y con ellas el consiguiente apedreo amarillista de la prensa oligarca en Buenos Aires, denunciando situaciones gravísimas en donde exigían al gobierno nacional evitar los avances de "forajidos y delincuentes, con feroces anarquistas a la cabeza, 600 de ellos armados, envalentonados por la pasividad oficial", según La Prensa.

El 29 de enero llega a Río Gallegos el gobernador titular Izza, quien había sido designado por los estancieros como árbitro del conflicto. Varela desembarca en Santa Cruz junto a sus soldados tres días después, el 1° de febrero. Luego de realizar algunas inspecciones personales, Varela comprobó que los grandes diarios habían deformado los hechos. Se dirigió a Río Gallegos para entrevistarse con Iza, manifestándole sus intenciones de solucionar el pleito pacíficamente.

Al llegar el verano de 1921 el conflicto volvió a estallar, pero ahora con mayor encono. Grupos de delincuentes infiltrados entre los huelguistas cometieron desmanes que se atribuyeron a los trabajadores; éstos, convencidos de que los patrones no cumplirían nunca lo prometido, dieron a su protesta una mayor virulencia. El coronel Varela, a su vez, creyendo haber sido traicionado por los huelguistas y sospechando que el gobierno chileno estaba detrás del movimiento, se atribuyó poderes que nadie le había otorgado y se lanzó a una represión indiscriminada. Decenas de huelguistas fueron fusilados, muchos fueron reintegrados por la fuerza a las estancias y algunos debieron escapar rumbo a Chile.

En Buenos Aires los sucesos de la Patagonia tuvieron repercusión en el Congreso pero no se investigaron a fondo. El gobierno no tenía interés en destapar un asunto en el que podía enjuiciarse su responsabilidad y la del ejército; los socialistas cumplieron formalmente con un pedido de informes. Sólo los anarquistas clamaron por los masacrados de la Patagonia y juraron venganza contra Varela, quien más tarde fue asesinado por un joven alemán, muerto, a su vez, por un miembro de la Liga Patriótica mientras estaba en Villa Devoto esperando su condena.

El 15 de febrero se convoca a una reunión entre partes donde se plantea la necesidad de que los obreros entreguen las armas y los rehenes tomados, y que sometieran a la justicia los hechos ilegales. Sólo después de esta instancia se discutirían los reclamos de los obreros.

Se organizó una asamblea que decidió, por 350 votos contra 200, entregarse al ejercito. En el grupo minoritario se encontraban quienes habían realizado actos vandálicos, comandados por El Toscano y El 68, los cuales decidieron huir hacia la zona cordillerana.

El 24 de febrero se formalizaron las entregas, y en reunión posterior entre los estancieros y la Federación Obrera Regional se aprobó el "laudo Izza"; que enmarcaba como reales las circunstancias planteadas por el pliego obrero. Varela decidió sumariar a los policías que habían cooperado en el apaleamiento de huelguistas. Los trabajadores de Santa Cruz habían triunfado.

Pero la solución pacifica del conflicto dejo insatisfechos a grupos como la Sociedad Rural, los estancieros y los ganaderos, quienes creían irrisorio que no se hubiese castigado a los obreros por haber realizado la huelga, y que además se les otorgara una compensación por los días no trabajados durante el paro. Mientras los obreros pensaban nuevas reivindicaciones, los grandes diarios de Buenos Aires seguían denunciando hechos de vandalismo, sin hacer distinción entre éstos y los auténticos reclamos obreros.

La oligarquía aplastó sangrientamente estas luchas. Pero ese río de sangre dividió las aguas de la lucha de clases en la Argentina, creando nuevas condiciones para la maduración de la conciencia revolucionaria.

Cuando los ecos de la represión de Santa Cruz llegaban a Buenos Aires, las manifestaciones de malestar social estaban remitiendo notablemente. Las causas: los sustanciales aumentos salariales obtenidos por muchos sectores y, sobre todo, la normalización de la economía producida por la posguerra. Además, los sindicatos anarquistas habían quedado debilitados. Se había producido, a lo largo de los años de Yrigoyen, una significativa nacionalización de las fuerzas del trabajo. Aún con errores y culpas en el manejo de las cuestiones laborales, el gobierno radical había evidenciado que era sincera su preocupación por el mejoramiento de la situación de los trabajadores. Un colaborador de Yrigoyen, el Dr. Víctor Guillot, sintetizaba así, por esos años, la concepción del presidente: "Arrancar al Estado de su posición indiferente u hostil frente a las colisiones entre capital y trabajo, y practicar un intervencionismo orgánico y sistemático conducido por elevadas inspiraciones de humana equidad". En los años siguientes, el número de huelguistas llegó a ser sólo la décima parte del que había alcanzado en la época de Yrigoyen, y no se registró ningún movimiento de signo violento: era el fruto de la conciliación social iniciada por el primer presidente radical.

4. Los Sucesos de la Patagonia

Uno de los capítulos de la primera presidencia de Yrigoyen que no se puede pasar por alto, fueron los sucesos de la Patagonia, cuya explicación plena no fue ni es fácil a causa de los intereses que estuvieron en juego y que presionaron desde la gran prensa y en las esferas del gobierno quizá sin conciencia de sus consecuencias finales.

En 1920, en plena postguerra, el precio de la lana argentina, como la de todo el mundo, comenzó a caer en grandes proporciones, de $9,74 a $3,08, ubicándose en los niveles normales de tiempos no bélicos. Este proceso, producto de la caída de la demanda mundial, provocó grandes crisis para los estancieros latifundistas que usufructuaban el suelo patagónico a través de la cría de ganado lanar.

Esos mismos estancieros de elite, quienes anotaban a sus hijos en Chile, por la cercanía, o utilizaban el idioma ingles en sus estancias, e inclusive izaban la bandera británica; pidieron ayuda a Don Hipólito Yrigoyen porque sus negocios no se mantenían en los niveles de antes.

Y pese a sus grandes aunque mermadas ganancias, obligaban a los peones a trabajar con 18° bajo cero arriando majadas. Los esquiladores terminaban jornadas de 16 horas con los brazos agarrotados, mientras que los obreros trabajaban 12 horas por día 27 días al mes.

Esta insostenible e inhumana situación culminó en una serie de actos de tendencia anarquista, prohibidos por el gobernador interino de Santa Cruz; un comisario inspector de nombre Falcón.

La situación de los arrieros, ovejeros, peones de las estancias patagónicas era penosa y ajena a todo amparo; se trabajaban de 12 a 15 horas diarias y los salarios eran ínfimos, y muchas veces pagados en documentos o en moneda extranjera con fuerte deterioro al hacerlos efectivos. Los obreros exigían a través de un pliego condiciones como que en habitaciones de 16 m² no durmiesen más de tres hombres; que los patrones entregaran un paquete de velas por obrero mensualmente (la noche se extiende por 14 horas, y los obreros debían pagar 80 centavos en las estancias paquetes de velas que valían sólo 5 centavos); que el día sábado no fuese laborable; que la comida fuese digna; y que los botiquines para curar sus sarnas y erupciones tuvieran instrucciones en castellano, pues la mayoría se encontraba en inglés, entre otras cosas. El pliego fue rechazado por la Sociedad Rural, inclusive uno posterior con menores condiciones.

Las autoridades locales respondían a las órdenes y deseos de los grandes latifundistas y dependían de ellos más que del gobierno nacional mismo. Había que acudir a la autodefensa y así lo hicieron los trabajadores de aquellos territorios. En Río Gallegos se fundó hacia 1918 una Sociedad obrera de oficios varios, que logró instalar una pequeña imprenta y una escuela y publicó el periódico 1° de Mayo. Desde Río Gallegos fueron enviados delegados al campo, las estancias y se comenzó a difundir literatura laboral para alentar la organización del trabajo. Más de una vez fue clausurada la Sociedad y encarcelados sus miembros y dirigentes. En septiembre de 1920 la Sociedad proyectó un mitin para el 1° de octubre a fin de recordar la vida y la obra de Francisco Ferrer, ejecutado en Barcelona en 1909, apasionado propulsor de la educación. La policía prohibió el acto cuando ya estaban hechos los preparativos y, entonces, como acto de protesta, se declaró una huelga general por 48 horas; fue detenido el secretario de la Sociedad y clausurado el local de la misma, hasta que el juez letrado revocó la decisión y dio autorización para celebrar los actos proyectados, con lo cual se dio por terminada la huelga el 2 de octubre.

Para contrarrestar la influencia creciente de la Sociedad obrera de Río Gallegos, se formó una Liga de grandes comerciantes y latifundistas, la cual, con la Sociedad rural, inició una ofensiva contra la organización obrera; fue boicoteado el periódico La Gaceta del Sur por haber aplaudido la actitud de los trabajadores en la huelga de protesta de septiembre contra los excesos de las autoridades policiales; por su parte la Sociedad obrera declaró el boicot contra tres comerciantes de la Liga en represalia por el boicot contra el mencionado periódico. Se quiso entonces reunir en la comisaría a los obreros y a los comerciantes afectados para imponer un de algún modo un arreglo. Los obreros se rehusaron a acudir espontáneamente a la citación del comisario y fueron detenidos y alojados en la cárcel y puestos a disposición del gobernador interino para su deportación. La Sociedad obrera se dirigió entonces a los trabajadores del campo: "La policía de ésta ha detenido a un grupo de obreros a quienes se niega a poner en libertad a pesar de haberlo ordenado el señor juez letrado doctor Ismael P. Viñas. Tal arbitrariedad nos ha obligado a decretar y continuar el paro general por cuya razón os incitamos a dejar el trabajo y a venir a esta capital como acto de solidaridad, y hasta que nuestros compañeros recobren la libertad". El manifiesto está fechado el 21 de octubre de 1920. El 30 de dicho mes fueron libertados ocho de los detenidos, pero aún quedaban dos más, que habían sido maltratados, y mientras no recuperasen la libertad la huelga continuaría. La Sociedad obrera recomendaba: "Prosigamos como hasta aquí respetando a todo el mundo, chicos y grandes, y particularmente a las personas que se hallan investidas de autoridad. La hora de exigir responsabilidades se acerca y cuando ella suene sabremos cumplir con nuestro deber".

Comenzaron a llegar a Río Gallegos obreros de las estancias respondiendo al pedido de solidaridad de la Sociedad obrera. Y en oportunidad de hallarse reunidos en buen número se confeccionó un pliego de condiciones para reanudar el trabajo, y fue presentado a los estancieros de la zona. Se atravesaba una grave crisis en la comercialización de la lana y los dueños de los latifundios rehusaron la admisión de las condiciones reclamadas por sus peones. Las reivindicaciones eran mínimas, de higiene, de comida de descanso, etc. Se pedía un sueldo mínimo de cien pesos por mes y comida, doce pesos por día para los peones mensuales que tuvieran que conducir arreos fuera del establecimiento; y los arreadores no mensuales cobrarían veinte pesos por día si utilizaban caballos propios. Los estancieros se obligarían a poner en cada puesto un ovejero o más, según la importancia del mismo, dándose preferencia para estos cargos a los que tuviesen familia, a los cuales se les darían ciertas ventajas según el número de hijos, "creyendo en esta forma fomentar el aumento de la población y el engrandecimiento del país". Los estancieros reconocerían también a la Sociedad obrera de Río Gallegos como única entidad representativa de los obreros, y aceptarían la designación de un delegado que serviría de intermediario en las relaciones entre las partes y estaría autorizado para resolver con carácter provisional las cuestiones de urgencia que afectasen tanto a los derechos de los obreros como de los patrones.

No eran reclamos susceptibles de quebrantar el orden y la economía del país. Reacios los estancieros a escuchar esas peticiones, la huelga se hizo general en toda Santa Cruz y en Chubut.

Un sentimiento de solidaridad animó a los olvidados trabajadores de la Patagonia. Que en este vasto movimiento algunos individuos hayan abusado de la fuerza que les daba la unión y que se produjesen algunos excesos de hostilidad patronal, sobre todo cuando el ejemplo de la violencia sin freno era dado por los que tenían la misión de actuar como guardianes del orden y de la legalidad. Pero la prédica de la Sociedad obrera fue siempre responsable y no se exhortó jamás a responder a la fuerza con la fuerza.

Atemorizados los obreros de la zona del Lago Argentino por los agravios policiales, resolvieron agruparse y ponerse en marcha para buscar amparo en Río Gallegos. En el paraje denominado El Cerrito fueron tomados entre dos fuegos por la policía que les seguía desde Lago Argentino y la que salió a su encuentro desde Río Gallegos; los que tenían armas respondieron a la agresión y hubo muertos y heridos por ambas partes. Hechos de esa naturaleza alentaron la campaña que se venía haciendo desde hacía meses por la gran prensa del país que llenaba páginas diariamente sobre los " bandoleros del sur", el mote con que se quiso encubrir las reclamaciones de los obreros patagónicos. La Sociedad obrera lanzó un manifiesto en el que se decía: "Llamamos nuevamente la atención a los hombres públicos del país para que, hiriendo con la saeta envenenada a los que, investidos de autoridad, atropellan a los trabajadores, procedan al castigo de los gobernantes del territorio, únicos culpables de los luctuosos sucesos ocurridos". La prensa que acogía todas las diatribas y calumnias contra la huelga, no consideró acto de justicia escuchar esas voces. Los huelguistas comprendieron que no tenían más defensa que la que pudiesen articular ellos mismos. Se armaron como pudieron, se apoderaron de empleados policiales y los retuvieron como rehenes hasta la solución del conflicto.

Fue entonces cuando el presidente Yrigoyen resolvió enviar al coronel Héctor Benigno Varela en enero de 1921 a la Patagonia con fuerzas de caballería y marinería.

La Sociedad obrera de Río Gallegos publicó manifiestos que muestran la confianza con que eran recibidas las tropas nacionales; el 16 de enero decía en un manifiesto al pueblo y a los trabajadores: "La llegada de fuerzas del ejército y de la armada nos devuelve la tranquilidad y las garantías que los atropellos de la policía nos habían quitado. Hoy estamos seguros de que nuestros derechos de ciudadanos han de ser respetados por la presencia de estas fuerzas, y por consiguiente hemos de mantener el paro decretado con más energía que hasta la fecha. No importa que algunos patrones, confiados equivocadamente esta vez en que el ejército nacional se ha de poner incondicionalmente al servicio del capitalismo, hayan resuelto, coincidiendo con la llegada de éste, despedir a sus empleados y obreros; estos patrones sufren un gran error, porque la presencia de los elementos militares que hacen un culto del honor y de la verdad, serán el mejor contralor de la conciencia y educación de los obreros de Río Gallegos y del respeto que siempre han guardado a la Constitución y las Leyes". . .

Denunciaba también cómo el gobernador interino de Santa Cruz, Edelmiro A. Correa Falcón, secretario gerente de la Sociedad rural de Río Gallegos, mientras que por un lado prohibió toda reunión pública y el tránsito por las calles después de las nueve de la noche, convocaba a los estancieros del territorio a una reunión para concertar la acción futura.

El 3 de diciembre de 1920 Yrigoyen nombró a Oscar Schweizer jefe de policía del territorio de Santa Cruz y a mediados de febrero del mismo año llegó el nuevo gobernador, Ignacio A. Izza, capitán de ingenieros retirado. Desembarcó la tropa del Teniente Coronel Varela del transporte "Guardia Nacional" en Puerto Santa Cruz, pero al advertir que el eje del movimiento era Río Gallegos, se trasladó a esa ciudad. El nuevo gobernador comunicó a Varela que la solución debía ser pacífica y que debía tener presente tanto los derechos de los patrones como los de los huelguistas. El jefe militar propuso entonces a los huelguistas una entrevista en la estancia El Tero, a igual distancia de El Campamento, donde estaban concentrados los huelguistas, y de La Vanguardia, donde acampaba sin medios de movilidad el destacamento del capitán Laprida.

Varela e Izza llegaron a El Tero sin escolta alguna y la entrevista se realizó el 15 de febrero. Se impuso a los obreros estas condiciones: deposición de las armas, entrega de los rehenes, la justicia entendería en las responsabilidades por los hechos de sangre ocurridos.

Aceptadas esas condiciones se entró a discutir la forma en que se haría la reanudación del trabajo. Los delegados de El Campamento fueron a dar cuenta a sus compañeros de las proposiciones ofrecidas. La gran mayoría, unos 550 huelguistas, votaron a favor, y una minoría, con cierta desconfianza, optó por alejarse hacia la cordillera.

En la segunda entrevista, de regreso los delegados de El Campamento, fue acatada la rendición incondicional, la entrega de los rehenes y heridos y luego las armas. No hubo, pues, la represión sangrienta que esperaba la Sociedad rural. El gobernador Izza discutió con los obreros el pliego de condiciones y denunció que los peones habían sido pagados con vales, en moneda chilena o con cheques a plazo y señaló la importancia que tenía para los hombres que vivían exclusivamente de su salario que se les pagase en moneda nacional y de inmediato; también habló de los galpones en donde se alojaban las peonadas como "pocilgas inmundas".

Entre los huelguistas cundió la alegría por el reconocimiento que habían logrado después de tantos afanes, pero entre algunos oficiales de las tropas hubo descontento por la inacción, pues habrían preferido una operación brutal e indiscriminada. En esa tesitura se hallaban el entonces teniente Elbio Carlos Anaya y el teniente primero Sabino Adalid, que hizo declaraciones públicas contra el Teniente Coronel Varela por la solución pacífica que había logrado.

Antes de que las tropas retornasen a Buenos Aires, tuvo lugar una asamblea que reunió a todos los hacendados, con la presencia del flamante gobernador Izza. Allí los estancieros aprueban un nuevo pliego de condiciones y eligen por unanimidad árbitro del conflicto al mismo gobernador. En el mismo, los hacendados hacían nuevas concesiones. He aquí la redacción del pliego:


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