Atormentarse la vida a uno mismo es fácil
Reflexionar sobre la influencia que ciertos pensamientos
tienen sobre nuestras emociones y
conductas ayuda a que seamos menos pesimistas.
Es relativamente frecuente toparse con personas
arraigadas perpetuamente en la amargura, en la tristeza, el
pesimismo y el desinterés. La primera pregunta que nos
asalta cuando nos encontramos con estas actitudes es
si son el resultado de una insistente acumulación de
disgustos, mala suerte, decepciones, desengaños y fracasos
a lo largo de toda una vida o si más bien se trata de una
opción voluntariamente elegida, una posición ante
uno mismo y ante los demás que responde a percepciones muy
subjetivas, o incluso a un cierto modo
ético-estético de entender las cosas. Todos
conocemos a personas empeñadas en encontrar el lado
negativo de todo lo que acontece a su alrededor: son los
pesimistas tenaces.

Cualquiera de nosotros tiene motivos, casi cada día, para preocuparse o entristecerse. Pero estropearse la vida a propósito es una habilidad que se aprende, ya que no basta con sufrir experiencias negativas. Lo peor es que quienes se empeñan en ver el lado negativo de las cosas, además de convertirse en personas infelices, tienen una penosa facilidad de amargar la vida a quienes tienen al lado, especialmente si las víctimas son niños o jóvenes, o dependen emocionalmente de la persona siempre insatisfecha.
Las experiencias desagradables tienden a atarnos al pasado y a inhibirnos el futuro, porque nos condicionan y atemorizan. Simplificando un poco, dará igual como nos vayan las cosas realmente, porque si mostramos una predisposición negativa y pesimista, los momentos dichosos los matizaremos en exceso y los percibiremos con desconfianza y reservas.
Normalmente, los amargados tienden a desempeñar el papel de víctima, en una forma de comunicación interpersonal en la que (casi siempre para captar la energía y atención ajenas), asumen uno o varios de estos roles: el de perseguidor, que hace de malo, interroga y es percibido como un genio que lo sabe todo y castiga o humilla a quienes cree que se equivocan; el de salvador, que busca que le reconozcan su papel bondadoso pero que a la vez nos pasa constantemente facturas de cuanto hace, y el de víctima, cuyo planteamiento de supervivencia y comunicación es dar lástima a los demás, captando su atención mediante la exhibición de su sufrimiento.
Hay algunos seres desdichados, que reúnen las tres modalidades arriba descritas, en sí mismos.

Ocasionalmente -circunstancias nos sobran para ello- todos podemos actuar estos roles y ello no es negativo. Lo que hace peligrar nuestro bienestar emocional y el de quienes nos rodean es cuando esos papeles los desempeñamos habitualmente.
Paul Watzlawick, en su libro "El arte de amargarse la vida", nos ayuda a reconocer nuestro estilo personal frente a determinadas situaciones y nos brinda una excelente oportunidad para reflexionar sobre los procedimientos por los que una persona va construyéndose una vida desdichada. Watzlawick, recurriendo a la ironía, nos enfrenta con los modos en que de manera voluntaria vamos creando y consolidando nuestra infelicidad. El autor, sabedor de la naturaleza contradictoria y paradójica del ser humano, en lugar de facilitar consejos para alcanzar la felicidad prefiere divulgar fórmulas para conseguir que vivamos anclados en la desgracia. Naturalmente, el propósito es que el lector se percate del error y reaccione de manera contraria a la que proponen esos consejos.
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