Nos parece trivial y paradójico estudiar las diferencias que separan, los que logran vivir y permanecen vivos, con los que temprano mueren. Un fenómeno similar sucede cuando nos aventuramos a discernir las causas de nuestras fortunas, coincidencias y miserias.
Aceptamos que la vida es un dilema, aún para quienes pretenden haber sido privilegiados, desde la cuna al sepulcro.
Pero, aunque vivamos en medio de las incertidumbres que nos gobiernan, nos alienta pensar que si nos adherimos a un conjunto de creencias fijas que los albures que la vida, normalmente, trae nos serán favorables.
Uno de los genios más grandes de la historia, el físico Sir Isaac Newton, creyó en la nigromancia, el espiritismo y la alquimia para lograr un sentido de cohesión personal. A él no le bastaron las leyes físicas que descubriera, y que, inmutablemente, nos gobiernan desde su sede universal. Newton deseaba, como tantos, trascender los límites de su ser finito impuesto por la mortalidad ineluctable.
Para otros, confrontando los mismos dilemas, la paz proviene del estudio de nuestro pasado. De nuestra anamnesia personal y de la organización de nuestras reminiscencias como especie.
En otras palabras de la Regla del DNA (como concepto, cuando primero escribiera acerca de este concepto, lo hice en inglés, pero puede traducirse a la Regla del ADN).
Nunca desvelaremos del todo el misterio de la Prehistoria: la ausencia de testimonios escritos y la escasez de huellas materiales hacen que el estudio de esta época sea siempre una empresa lenta y dificultosa. Y, sin embargo, en estos primeros pasos de la vida civilizada se encuentran las raíces del mundo actual. La elaboración de los primeros utensilios, el nacimiento del arte, la fundación de la ganadería y la agricultura, la construcción de las ciudades, el inicio del chamanismo, de la curandería, de la medicina, de la cirugía, de la psiquiatría, del entendimiento humano, de la religión, de los descubrimientos, de los viajes de conquista, de las investigaciones científicas. De todo... En este apartado descubriremos cómo se dieron estos primeros pasos en el territorio europeo.
El Paleolítico
Los datos más antiguos que poseemos sobre la presencia del ser humano en el mundo corresponden al Paleolítico Inferior: el ser humano ya existía en esta zona hacia el 200.000 AC.
Aunque se cree que el uso del fuego por los homínidos se remonta a unos 1.4 millones de años, no tenemos datos precisos de cómo descubriéramos su uso.

Pero, en general, todo el Paleolítico nos ha dejado abundantes restos que nos permiten estudiarlo en profundidad y establecer su relevancia para aplicar dichos conocimientos en nuestro favor.
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