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Ser feliz, neurociencia y deseo?




Enviado por Felix Larocca



Partes: 1, 2

    1. La felicidad y el sentido de la
      vida
    2. El siguiente relato puede ser
      un punto de partida: El médico
       
    3. Lo primero que tenemos que
      saber es qué es la felicidad
    4. ¿Qué
      hace que nuestra vida tenga sentido? ¿Cómo
      logramos eso?
    5. La clave
      está en el autoconocimiento
    6. El miedo a
      conocerse
    7. El camino hacia
      la felicidad. La mujer loca: una historia acerca del miedo a la
      vida
    8. Comenzando el
      viaje: afronta tus sentimientos. ¿Qué hago?
      ¿Qué pienso? ¿Qué
      siento?
    9. Otras formas de
      autoconocimiento
    10. Tenemos que
      hilvanar nuestra historia…
    11. ¿Cómo puedes
      saber si estás siguiendo tu camino?
    12. En
      resumen
    13. Bibliografía

    La felicidad y el
    sentido de la vida

    Puede ser que exista por ahí alguien que nos diga
    que no desea ser feliz. Sin embargo, para la inmensa
    mayoría no sólo es una meta deseable, sino algo que
    habitualmente luchamos por conseguir. Algunas personas se sienten
    miserables, deprimidas, insatisfechas con sus vidas, con sus
    relaciones, consigo mismas. No hay nada que deseen más que
    librarse de ese dolor que arrastran como un saco de piedras sobre
    sus espaldas que los agota un poco más cada día
    hasta dejarlos exhaustos. Tal vez lo tienen todo: un trabajo, una
    casa, una familia, unos
    amigos… pero, a pesar de todo, no son felices.

    El siguiente
    relato puede ser un punto de partida: El médico
     

    Un joven médico empezó a trabajar en un
    nuevo hospital de una ciudad lejana. El primer día estaba
    radiante de felicidad. Caminaba orgulloso por los largos
    corredores con su bata blanca y su amplia sonrisa. El edificio
    era una joya arquitectónica, con salas amplias y soleadas,
    iluminadas por grandes ventanales con vistas a un silencioso
    jardín. Los enfermos, cuyas dolencias no eran
    especialmente graves, tenían habitaciones individuales
    perfectamente equipadas y el material clínico era el
    más moderno que existía.

    El hospital estaba dividido en dos: el ala este, donde
    fuera asignado el joven médico y el ala oeste, ambas
    unidas en su centro por una gran puerta de gruesa madera maciza
    que permanecía siempre cerrada. Él pasaba ante ella
    cada día, pero jamás sintió curiosidad hasta
    que un día sucedió algo imprevisto: al pasar por
    delante, como cada mañana, escuchó unos gritos
    espantosos; la puerta se abrió bruscamente de par en par y
    una niña sucia y harapienta salió corriendo de su
    interior, emitiendo aullidos aterradores y arañando su
    cara con sus uñas hasta hacerla sangrar. Los enfermeros
    que corrían tras ella la agarraron y se la llevaron en
    volandas, sujetando sus brazos y sus piernas, a través de
    un pasillo gris, débilmente iluminado por alguna bombilla.
    Después, la puerta se cerró.

    El médico tuvo tanto miedo que ni siquiera quiso
    preguntar. Siguió su camino, trató de proyectar su
    eterna sonrisa y se centró en el trabajo
    intentando olvidar. Pasó el tiempo y
    empezó a estar enfermo, dejó de sentir esa
    felicidad que le había acompañado hasta entonces;
    ya no encontraba en su trabajo la misma satisfacción y
    extrañas pesadillas volvían insomnes sus largas
    noches.

    Empezó a pensar que tal vez la medicina no
    era para él, que quizás se equivocó de
    profesión, que ver a tantos enfermos día tras
    día lo había acabado deprimiendo. No quería
    pensar en aquella puerta ni quería recordarla, porque
    sabía que, de hacerlo, no tendría más
    remedio que atravesarla. (Véase mi ponencia: Los
    Trastornos de Ansiedad y de Angustia
    ).  

    Lo primero que
    tenemos que saber es qué es la felicidad

    La felicidad desde el punto de vista
    neuropsiquiátrico

    Esa felicidad ciega que se empeñaba en mantener
    el médico de nuestro relato y que consiste en la
    negación de todo dolor y sufrimiento es tan falso como
    efímero. Sus murallas son frágiles; tarde o
    temprano sucede algo que las derrumba y tenemos que gastar buena
    parte de nuestra energía en reconstruirlas una y otra vez
    mientras se empeñan en desmoronarse ante nuestros ojos.
    Algunos recurren a las drogas y el
    alcohol, a las
    largas y continuas horas de diversión. Salir a la calle,
    centrar su atención en otra cosa, olvidar esa
    tristeza, esa insatisfacción que aguijonea sus corazones
    en cuanto bajan la guardia. Desterrar de la mente todo
    sufrimiento y preocupación sigue siendo una de las metas
    principales de mucha gente. Vivimos en una sociedad donde
    la consecución del máximo bienestar es casi un
    imperativo. Pero la felicidad no es la ausencia de dolor, no es
    tenerlo todo y que cualquier cosa que hagamos nos salga bien,
    sino el hecho de percibir sentido en eso que tenemos y hacemos.
    Es esa sensación de que nuestra vida tiene sentido la que
    nos llena de satisfacción y de
    energía.

    Partes: 1, 2

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