Alfonsín asumió
el poder el 10-12-1983
En ese entonces el sindicalismo reforma
su perfil y su estrategia , el peronismo vivía una crisis interna
buscando y reformulando su definición ideológica y perfil.
El radicalismo ganó las elecciones por una abultada diferencia.
El radicalismo era fuerte en el terreno político pero contaba con
escaso apoyo de los poderes
corporativos, si bién tenía
mayoría en la cámara de diputados no tenía mayoría
en la cámara de senadores.
Civilidad: la ejecución de un Estado de derecho donde los
poderes corporativos debían someterse al bién común
de la sociedad o del pueblo "democrático" en defensa de sus derechos
que era superior a cualquier interés: "con la democracia se come,
se vive, se educa etc;"
Política exterior: (buena imagen del presidente en el mundo
por su tendencias democráticas)
acuerdo bilateral con chile por el canal de Beagle
comienzo de negociación (sin resultado concreto)
por la islas Malvinas con Gran Bretaña y desarrollo de relaciones
económicas
formación de una Asociación de Acreedores
Latinoamericanos
mediación en el conflicto de Nicaragua
buena relación política con EEUU
Política interior:
eliminar el autoritarismo y encontrar los modos auténticos de la
representación ciudadana
importancia de la política cultural y educativa
para remover el autoritarismo en las instituciones
alfabetización-discusión de contenidos
y formas
abolición de censura y libertad de expresión
volvieron los mejores intelectuales y científicos
cuya migración comenzó en 1966
se reconstruyeron las bases de la excelencia Académica
los intelectuales se incorporaron a la política
clima tenso con la iglesia por la ley de divorcio y
permitir la enseñanza privada
Militares y sindicales: en abril de 1985 comenzó el juicio
público a los ex-comandantes en tribunales civiles. El juicio reveló
todas las atrocidades cometidas en los años de represión,
a fin de año se condenaron a los ex-comandantes alegando que no
hubo guerra que justificara su acción. La justicia ARgentina distingió
responsabilidades y dispuso continuar su acción penal contra los
demás responsables de las operaciones. Esto permitió que
quedara abierto el debate entre la institución militar y la sociedad.
La Justicia siguió activa,
dando curso a las múltiple a las múltiples denuncias en
contra oficiales de distinta graduación, citándolos y encausándolos.
La convulsión interna de las Fuerzas Armadas, y muy especialmente
la del Ejército tuvo un nuevo eje: ya no se trataba tanto de la
reivindicación global como de la situación de los
citados por los jueces, oficiales de menor graduación que no se
consideraban los responsables sino los ejecutores de lo imputado. El gobierno,
por su parte, inició un largo y desgastante intento de acotar y
poner límites a la acción judicial, para así contener
ese clima de fronda que fermentaba en los cuarteles, alimentado
por una solidaridad horizontal que desbordaba la estructura jerárquica.
Se trataba de una decisión política, ni ética ni
jurídica basada en un cálculo de fuerzas que demostró
ser bastante ajustado materializada sucesivamente en las leyes llamadas
de Punto Final y de Obediencia Debida. La primera, sancionada a fines
de 1985, ponía un límite temporal de 2 meses a las
citaciones judiciales, pasado el cual ya no habría otras nuevas.
Nadie acompañó al gobierno en la sanción de
esta ley: la derecha, peronista y liberal, por ser partidarios de una
amnistía completa; los sectores progresistas incluyendo al peronismo
renovador, por non cargar con los costos políticos. Estos
fueron altos, y sus resultados terminaron siendo contraproducentes
sólo se logró un alud de citaciones judiciales y lejos de
agilizar el problema lo agudizaron.
En ese contexto se llegó al episodio de Semana Santa de 1987 Un
grupo de oficiales, encabezado por el teniente coronel Aldo Rico, se acuerteló
en campo de Mayo, exigiendo una solución política
a la cuestión de las citaciones y en general, una reconsideración
de la conducta del Ejército a su juicio injustamente condenado.
No se trataba de los típicos levantamientos de los años
50 o 60 , pues los oficiales amotinados no cuestionaban el orden constitucional
sino que le pedían al gobierno que solucionara el problema de un
grupo de oficiales. Tampoco tuvieron, a diferencias de todos aquellos
levantamientos anteriores, el respaldo de sectores de la sociedad civil
normalmente eran los motores de los golpes.
Frente a ellos la reacción de la sociedad civil fue unánime
y masiva. Todos los partidos políticos y todas las organizaciones
de la sociedad -patronales sindicales, culturales, civiles de todo tipo-
manifestaron activamente su apoyo al orden institucional, firmaron un
Acta de Compromiso Democrático -que incluía desde las organizaciones
empresarias a los dirigentes de izquierda- y rodearon al gobierno. La
reacción masiva e instantánea permitió evitar
deserciones o ambigüedades, y cortó toda posibilidad de apoyo
civil a los amontinados. El gobierno sostuvo que haría lo
que ya había decidido hacer -lo que sería la ley de Obediencia
Debida que exculpaba masivamente a los subordinados- y los amotinados
no impusieron ninguna condición y aceptaron la responsabilidad
de su acción. A todos apareció como una claudicación,
en parte porque así lo presentaron tanto los "carapintadas" amotinados
como la oposición política,que no quiso asumir ninguna responsabilidad
en el acuerdo. La sociedad temía por la Amnístia a los militares
y no favoreció con su silencio a estos nunca más.
El plan Austral:
en el principio la crisis dislumbraba
Fuerte inflación
Incapacidad de negociación con los sindicatos
Deuda Externa elevada
Déficit fiscal
Empresarios con poca voluntad de inversión
Subvención excesiva de grupos empresarios que
absorvían en créditos y subsidios los recursos del Estado
Baja Recaudación
Mala distribución del ingreso
Puja entre sindicales y empresarios
Deterioro del sistema productivo e incapacidad para
absorver "la demanda"
El nuevo gobierno y muchos que lo acompañaron consideraron prioritario no crear divisiones en la civilidad. si esas reformas debían tener un sentido democrático, equitativo y justo, sólo serían viables con un poder estatal fuerte y sólidamente respaldado. el primer año del gobierno radical, la política económica, orientada por el ministro Grinspun, se ajustó a las fórmulas dirigistas y redistributivas clásicas , similares a las aplicadas entre 1963 y 1966, que en sus rasgos generales el radicalismo compartía con el peronismo histórico. La mejora de las remuneraciones de los trabajadores, junto con créditos ágiles a los empresarios medios, sirvió para la reactivación del mercado interno y la movilización de la capacidad ociosa del aparato productivo.
La política incluía
el control estatal del crédito, el mercado de cambios y los precios,
y se complementaba con importantes medidas de acción social, como
el Programa Alimentario Nacional, que proveyó a las necesidades
mínimas de los sectores más pobres. Con todo ello, no sólo
se apuntaba a mejorar la situación de los sectores medios
y populares, sino a satisfacer las demandas de justicia y equidad social
que habían sido banderas en la campaña electoral. Tal política
concitó la activa oposición de distintos sectores empresarios,
que esgrimieron las consignas del liberalismo contra lo que denominaban
populismo e intervención estatal, pero también la resistencia
de la CGT, en este caso de raíz definidamente política,
lo que hizo fracasar los intentos de concertación que parte de
la estrategia del gobierno.
Se trató de lograr la buena voluntad de los acreedores, con el
argumento que las jóvenes democracias debían ser protegidas,
y se los amenazaba con la constitución de un "club de deudores"
latinoamericano, que repudiara la deuda en conjunto.
El 14 de mayo del mente, se anunció el nuevo plan económico,
bautizado como Plan Austral Su objetivo era superar la coyuntura adversa
y estabilizar la economía en el corto plazo, de modo de crear las
condiciones para poder proyectar las transformaciones más profundas,
de reforma o de crecimiento. Aunque no estaban enunciadas, sin duda
incluían desalentar las conductas especulativas estimuladas por
la inflación, e impulsar a los actores económicos a tomar
acciones orientadas a la inversión productiva y el crecimiento
pero lo urgente era detener la inflación. Se congelaron simultáneamente
salarios y tarifas de servicios públicos, se regularon los
cambios y las tasas de interés, se suprimió la emisión
monetaria para equilibrar el déficit fiscal-se suponía asumir
una rígida disciplina en gastos e ingresos- y se eliminaron los
mecanismos de indexación desarrollados durante la anterior etapa
de alta inflación y responsables de su mantenimiento inercial,
se cambiaba la moneda y el peso era reemplazo por el austral.
En 1985/86 se derrumbó el precio de los cereales a nivel mundial
y perjudicó a la Argentina.. Renacieron las pujas corporativas,
que realimentaron la inflación la CGT, enbanderada contra
el congelamiento salarial, que afectaba sobre todo a los empleados estatales,
y los empresarios , liderados por los productores rurales, que se movilizaron
contra del congelamiento de precios.
Se intentó reactivar la inversión extranjera, especialmente
en el area petrolera -el presidente Alfonsín anunció este
plan en Houston, capital de las grandes empresas petroleras-, y también
se esbozaron planes dereformas fiscales más profundas, privatización
de empresas estatales y desregulacióm economía. Todo ello
chocaba con ideas y convicciones muy firmes en la sociedad, arraigadas
tanto en el peronismo como en el propio partido gobernante de donde surgieron
bloqueos a estas iniciativas.
Los sindicatos se alejaron de los gabinetes de trabajo y los empresarios
que tenían sus lobistas en las empresas públicas no lograban
establecer acuerdos de conducta y objetivos con los sindicatos. El peronismo
preparándose para las elecciones de 1989 no apoyaba la privatización
de varias empresas estatales, -privatización fomentadas por las
políticas ortodoxas y liberales del FMI y el Banco Mundial, que
además exigían una política impositiva más
dura, y de reducción de gasto público-.
El poder para gobernar se debilitaba.
Luego de la elección
de septiembre de 1987 creció la figura de Antonio Cafiero, gobernador
de Buenos Aires, presidente del Partido Justicialista y jefe del grupo
"renovador", que se perfilaba como candidato de su partido y, probablemente,
sucesor de Alfonsín. En muchos aspectos, Cafiero y los renovadores
habían remodelado el peronismo a imagen y semejanza id alfonsinismo:
estricto respeto a la institucionalidad republicana, propuestas modernas
y democráticas, elaboradas por sectores de intelectuales, distanciamiento
de las grandes corporaciones y establecimiento de acuerdos mínimos
con el gobierno para asegurar el tránsito ordenado entre una presidencia
y otra.
Quizás eso los perjudicó frente al candidato rival dentro
del peronismo, el gobernador de La Rioja, Carlos Menem. Mostró
una notable capacidad para reunir en torno suyo todos los segmentos
del peronismo, desde los dirigentes sindicales, rechazados por Cafiero
hasta antiguos militantes de la extrema derecha o la extrema izquierda
de los años setenta, junto con todo tipo de caudillos o dirigentes
locales desplazados por los renovadores.
Explotando su figura de caudillo
tradicional para diferenciarse de sus rivales modernizadores, y sin necesidad
de formular propuesta o programa alguno, ganó la elección
interna, y en julio de 1988 fue candidato a Presidente. En los meses siguientes
extendió y perfeccionó su fórmula. Tejió en
privado sólidas alianzas con los grandes intereses corporativos:
importantes empresarios, como el grupo Bunge y Born, dirigentes de la
Iglesia, altos oficiales de las Fuerzas Armadas, incluyendo los carapintadas.
Pero en público apeló al vasto mundo de "los humildes",
a quienes se dirigió con un mensaje casi mesiánico, formulado
con un despliege escenográfico que lo hacía aparecer como
un santón, y en el que la "revolución productiva" y el "salariazo"
prometidos prenunciaban la entrada en la tierra de la promisión.
En agosto de 1988 el gobierno lanzó un plan económico, que
denominó "Primavera", con el propósito de llegar a las elecciones
con la inflación controlada, pero sin realizar ajustes que pudieran
enajenar la voluntad de la población. Al congelamiento de precios,
y tarifas -aceptado a regañadientes por los representantes empresa-agregó
la declarada intención de reducir drásticamente el déficit
estatal condición para lograr el indispensable apoyo de los
acreedores externos mucho más remisos que antes, el plan marchó
de entrada con dificultades: la predisposición . de los distintos
actores a mantener el congelamiento fue escasa, los cortes en los gastos
fiscales fueron resistidos, la negociación con las principales
entidades externas marchó muy lentamente, y los fondos prometidos
llegaron en con cuentagotas; en cambio lo hicieron los capitales especulativos,
aprovecharron la diferencia entre tasas de interés elevadas
y cambio fijo. El 6 de febrero de 1989 el gobierno anunció la devaluación
del peso -que devoró la fortuna o los ahorros de quienes no supieron
retirarse a tiempo- e inició un período en que el dólar
y los precios subieron vertiginosamente y la economía entró
en descontrol. Luego de largos períodos de alta inflación,
había llegado la hiperinflación, que destruyó el
valor del salario y la moneda misma y afectó la misma producción
y circulación de bienes
El 9 de julio de 1989 el presidente
Raúl Alfonsín entregó el mando al electo Carlos Saúl
Menem. Se trataba de la primera sucesión constitucional desde 1928,
y de la primera vez, desde 1916, que un presidente dejaba el poder al
candidato opositor: todo hablaba de la consolidación del régimen
democrático y republicano restablecido en 1983. Pero su trascendencia
quedó oscurecida por una formidable crisis: la hiperinflación,
desatada en abril, se prolongó hasta agosto; en julio la inflación
fue del 200%, y en diciembre todavía se mantenía en el 40%.
Con un Estado en bancarrota, moneda licuada, sueldos inexistentes y violencia
social, quedó expuesta la incapacidad que en ese momento tenía
el Estado para gobernar y hasta para asegurar el orden.
Existía una receta genérica, que a lo largo de la década
del ochenta se había instalado en el sentido común de economistas
y gobernantes de todo el mundo: facilitar la apertura de las economías
nacionales, para posibilitar su adecuada inserción en el mundo
globalizado, y desmontar los mecanismos del Estado interventor y benefactor,
tachado de costoso e ineficiente. En el caso de la Argentina, y de América
Latina en general, esas ideas habían decantado en el llamado Consenso
de Washington; las agencias del gobierno norteamericano y las grandes
instituciones internacionales de crédito, como el Fondo Monetario
Internacional y el Banco Mundial, transformaron estas fórmulas
en recomendaciones o exigencias, cada vez que venían en ayuda de
los gobiernos para solucionar los problemas coyunturales del endeudamiento.
Economistas, asesores financieros y periodistas se dedicaron con asiduidad
a difundir el nuevo credo, y gradualmente lograron instalar estos principios
simples en el sentido común.
la economía argentina era poco eficiente debido a la alta protección
que recibía el mercado local, y al subsidio que, bajo formas variadas,
el Estado otorgaba a distintos sectores económicos; el déficit
crónico de un Estado excesivamente pródigo, que para saldar
sus cuentas recurría de manera habitual a la emisión monetaria,
con su consiguiente secuela de inflación. Se cuestionaba todo un
modo de funcionamiento, iniciado en 1930 y consolidado con el peronismo.
Algunos discutían si la crisis era intrínseca a ese modelo,
o si se debía al prodigioso endeudamiento externo generado durante
el Proceso, que colocó al Estado a merced de los humores de acreedores
y banqueros. Pero la conclusión era la misma: la inflación
y el endeudamiento.
La receta que difundían el FMI, el Banco Mundial y los economistas
de prestigio era simple. Consistía en reducir el gasto del Estado
al nivel de sus ingresos genuinos, retirar su participación y su
tutela de la economía y abrirla a la competencia internacional:
ajuste y reforma. En lo sustancial, ya había sido propuesta por
Martínez de Hoz en 1976, aunque su ejecución estuvo lejos
de estos supuestos.
Los grandes grupos económicos,
partidarios genéricos de estas medidas, pero reacios a aceptarlas
en aquello que los afectara específicamente. También las
enfrentaron quienes -no sin razones- asociaban las reformas propuestas
con la pasada dictadura militar. Bajo el gobierno de Alfonsín,
en su último tramo, se admitió la necesidad de encarar ese
programa: hubo una cierta apertura comercial, y un proyecto de privatizar
algunas empresas estatales, que chocó en el Congreso con la oposición
del revitalizado peronismo y la reluctancia de muchos radicales. La crisis
de 1989 allanó el camino a los partidarios de la receta reformista:
según un consenso generalizado, había que optar entre algún
tipo de transformación profunda o la simple disolución del
Estado y la sociedad.
Menem debía ganarse su apoyo. Un punto tenía a su favor:
su incuestionable voluntad política, él había ejercido
largamente gobernación de La Rioja, pero de un modo tan esporádico
que casi era un gobernador absentista. En cambio, lo rodeaba un séquito
más que dudoso de aventureros y arribistas. Menem fue fiel a lo
más esencial de éste: el pragmatismo.Menem apeló
a gestos casi desmedidos: se abrazó con el almirante Rojas, se
rodeó de los Alsogaray -padre e hija-, y confió el Ministerio
de Economía sucesivamente a dos gerentes del más tradicional
de los grupos económicos —Bunge y Born—, que según se decía
traía un plan económico mágico y salvador.
Menem y sus colaboradores directos estuvieron dando examen ante los "mercados".Menem
hizo aprobar por el Congreso dos grandes leyes: la de Emergencia Económica
suspendía todo tipo de subsidios, privilegios y regímenes
de promoción, y autorizaba el despido de empleados estatales. La
Ley de Reforma del Estado declaró la necesidad de privatizar una
extensa lista de empresas estatales y delegó en el presidente elegir
la manera específica de realizarlas. Poco después, el Congreso
autorizó la ampliación de los miembros de la Corte Suprema;
con cuatro nuevos jueces el gobierno se aseguró la mayoría
y aventó la posibilidad de un fallo adverso en cualquier caso litigioso
que generaran las reformas.
Se concentró en la rápida privatización de ENTEL,
la empresa de teléfonos, y de Aerolíneas Argentinas. Todo
se hizo rápido, de manera desprolija e incluso a contrapelo de
otras intenciones declaradas, como fomentar la competencia .Se aseguró
a las nuevas empresas un sustancial aumento de tarifas, escasas regulaciones
y una situación monopólica por varios años. En términos
parecidos, en poco más de un año se habían privatizado
la red vial, los canales de televisión, buena parte de los ferrocarriles
y de las áreas petroleras.
Ante el déficit fiscal, el problema más urgente, no hubo
ambigüedades: se trataba de recaudar más, y rápidamente,
aumentando los impuestos más sencillos -al Valor Agregado y a las
Ganancias— sin considerar dos cuestiones que las propuestas reformistas
solían atender: la mejora del ahorro y la inversión, y algún
criterio de equidad social
En los dos primeros años el gobierno no logró alcanzar la
estabilidad. La inflación se mantuvo alta, y los grandes grupos
empresarios, pese a que nominalmente apoyaban al gobierno y aún
participaban de sus decisiones, siguieron manejando su dinero de acuerdo
con sus conveniencias particulares. Erman González, nuevo ministro
de Economía, la conjuró con una medida drástica:
se apropió de los depósitos a plazo fijo y los cambió
por bonos de largo plazo en dólares: el Plan Bonex. González,
un oscuro contador riojano, del círculo más íntimo
del presidente, recibió los consejos de los bancos acreedores y
de Alvaro Alsogaray y aplicó una receta conocida: "se sentó
sobre la caja", restringió al máximo los pagos del Estado
y la circulación monetaria. Redujo así la inflación,
pero a costa de una fortísima recesión que, al cabo de un
año, había vuelto a deprimir fuertemente los ingresos fiscales.
En las privatizaciones quienes rodeaban al presidente manejaban información privilegiada y la posibilidad de impulsar algunas decisiones de gobierno, uno de los mayores escándalos de corrupción fue el el Swiftgate, que involucró a una empresa de Estados Unidos y ante el escándalo hubo rotaciones de gabinete. A principios de 1991 asumió en el ministerio de Economía Domingo Cavallo
hizo aprobar la trascendente
Ley de Convertibilidad. Se establecía una paridad cambiaría
fija: simbólicamente, un dólar equivaldría a un nuevo
"peso", y se prohibía al Poder Ejecutivo no sólo modificarla
sino emitir moneda por encima de las reservas, de modo de garantizar esa
paridad. El Estado, que tantas veces había emitido moneda sin respaldo
para superar su déficit -lo que finalmente llevaba a una devaluación-,
se ataba las manos para con vencer de sus intenciones a los "operadores",
y a la vez renunciaba a su principal herramienta de intervención
en la economía. A ella siguió otra decisión igualmente
categórica: la reducción general de aranceles -cayeron a
una tercera parte de su anterior valor-, que concretaba la tantas veces
anunciada apertura económica.y daba fe de la seriedad con que sería
encarado el programa reformista. Los resultados inmediatos fueron muy
exitosos: terminó la huida hacia el dólar, volvieron capitales
emigrados, bajaron las tasas de interés, cayó la inflación,
hubo una rápida reactivación económica y mejoró
la recaudación fiscal. En ese contexto, y merced al rescate de
títulos de la deuda hechos con las privatizaciones, al año
siguiente se logró el acuerdo con los acreedores externos, en el
marco del Plan Brady: la Argentina volvió a ser confiable para
los inversores.
Pese a la voluntad reformista, no era seguro que el Estado lograra equilibrar
sus cuentas; un poco lo logró por una mejora en la recaudación:
Entre 1991 y 1994 entró al país una masa considerable de
dólares, con los que el Estado saldó su déficit,
las empresas se reequiparon y, por vías indirectas, la gente común
incrementó su consumo. Este flujo generó optimismo y confianza,
y disimuló los costos de la reforma: el "ajuste estructural" dejó
de parecer penoso, la convertibilidad logró amplio consenso, y
el gobierno se impuso holgadamente en su primer compromiso electoral,
a fines de 199.Bajo la conducción del ministro Cavallo, un economista
de formación ortodoxa, con fuerte vocación política,
que había hecho sus primeras armas como funcionario en 1982, cuando
estatizó y licuó la deuda externa de las empresas. Cavallo
incorporó al gobierno un número importante de economistas
y técnicos de alta capacidad profesional y escasa experiencia política,
lo dirigió de manera coherente y disciplinada, y lo proyectó
a diversas áreas del gobierno, que fue colonizando sistemáticamente
Cavallo avanzó con firmeza en las reformas, pero las llevó adelante con más prolijidad. Se continuó con la venta de las empresas del Estado, pero la privatización de las de electricidad, gas y agua incluyó garantías de competencia, mecanismos de control y hasta venta de acciones a particulares; incluso se previo la participación de los sindicatos en algunas de las nuevas empresas, con lo que se ganó la buena voluntad de los gremialistas. YPF, la más emblemática de las empresas estatales, fue privatizada, pero el Estado conservó una cantidad importante de acciones, y los ingresos obtenidos se destinaron a saldar las deudas con los jubilados, lo que atenuó posibles resistencias.
Se encaró la reforma
del régimen previsional, cambiando sustancialmente su sentido:
en lugar de fundarse en la solidaridad de los activos con los pasivos,
cada trabajador pasaría a tener su cuenta de ahorro propia, administrada
por una empresa privada; se esperaba que sirviera para movilizar, a través
de esas empresas, una importante masa de ahorro interno,con la reforma
de los regímenes laborales, un campo en que el gobierno, enfrentado
con los sindicatos, apenas avanzó, y con la desregulación
de las obras sociales, otro tema crucial para los sindicalistas. Con los
gobiernos de las provincias se firmó un Pacto Fiscal, para que
acompañaran la política de reducción de gastos, pero
se tuvo una amplia tolerancia con una serie de recursos que esos gobiernos
utilizaban para paliar los efectos del ajuste y practicar el clientelismo
político.
Se expandió el consumo, gracias a sistemas crediticios con cuotas
pactadas en dólares, la inflación cayó drásticamente
-aún podían recordarse las tasas insólitas de 1989
y 1990-, creció la actividad económica y el Estado mejoró
su recaudación y hasta gozó de un par de años de
superávit fiscal, en buena medida debido a los ingresos por la
privatización de las empresas
El desempleo. Cada privatización estuvo acompañada
de una elevada cantidad de despidos. Como fruto de una larga colusión
de intereses entre administradores y sindicalistas, las empresas estatales
habían acumulado una buena cantidad de empleados que, considerados
con los nuevos y estrictos criterios gerenciales, resultaban excedentes.\Los
efectos se disimularon al principio, por las importantes indemnizaciones
pagadas, pero explotaron a partir de 1995. En cuanto a las empresas privadas,
la apertura económica colocó a todas aquellas que competían
con productos importados en la perentoria necesidad de reducir sus costos,
racionalizar sus procesos productivos o sucumbir: debido a la sobrevaluación
del peso, los salarios, medidos en dólares, eran elevados.
Si las empresas quebraban, dejaban
a todo el mundo en la calle; si mejoraban su rendimiento, incorporaban
maquinaria más compleja —aprovechando los créditos fáciles—
o racionalizaban el trabajo, se llegaba al mismo punto: trabajadores que
sobraban. En este aspecto fue decisiva la flexibilización de las
condiciones laborales; se produjo de hecho, y la posibilitó la
baja capacidad de resistencia de las organizaciones sindicales, que cuando
recurrieron a la huelga fueron ominosamente derrotadas, otros sectores
eran golpeados por el congelamiento de sus haberes, como los empleados
estatales o los jubilados, por el encarecimiento de los servicios públicos,
debido a la privatización de las empresas, por el cierre de sus
establecimientos, como muchos empresarios pequeños o medianos,
o por los cortocircuitos financieros de varios gobiernos provinciales)
pese al rápido auxilio del gobierno nacional: en Santiago del Estero,
Jujuy o San Juan se produjeron las primeras manifestaciones públicas
y violentas de descontento por el nuevo orden.
Los sectores exportadores, perjudicados por un peso sobrevaluado -nadie
consideraba que la convertibilidad pudiera ser siquiera corregida-, recibieron
subsidios, reintegros y compensaciones fiscales. Los afectados de mayor
envergadura, las empresas que habían sido contratistas del Estado,
recibieron el premio^ mayor: participar en condiciones ventajosas de las
privatizaciones
Por entonces los sectores empresariales ya podían advertir los
límites de la transformación, mucho más eficaz en
la destrucción de lo viejo que en la construcción de lo
nuevo una parte de las empresas -las más grandes, las que tenían
acceso más fácil a los créditos- se había
reestructurado eficientemente; sin embargo, sus posibilidades de exportar
e integrarse eficientemente en el mercado global estaban restringidas
por la sobrevaluación del peso -encadenado a un dólar que
por entonces se revaluaba-, que encarecía sus costos. Ya no podían
influir sobre el precio de los servicios o los combustibles, que antes
se fijaban con criterios políticos, pero sí podían
tratar de reducir los costos salariales, que en términos comparativos
eran elevados, aunque los beneficiarios no lo apreciaran.
Por los mismos motivos, los estímulos
a la importación eran muy fuertes: el alud de productos extranjeros
arrasó con una buena parte de las empresas locales, y generó
un déficit comercial abultado. También crecía el
déficit fiscal, entre otras causas por la reaparición de
mecanismos de asistencia a los exportadores.Para sobrevivir día
a día, enjugar el déficit y honrar los compromisos con los
acreedores, fijados en el Plan Brady, eran indispensables nuevos préstamos.
La decisión sobre ellos ya no reposaba en los grandes bancos, ni
dependía enteramente del aval del Fondo Monetario internacional,
instituciones con alguna preocupación económica general:
en la nueva economía, las masas de inversiones altamente volátiles
dependían de las decisiones de managers de fondos mutuales o fondos
de inversión, a la búsqueda, día a día, del
rendimiento más alto en cualquier rincón del mundo, y desinteresados
por cualquier política de largo plazo. Factores absolutamente ajenos
a la situación ¡local -como la oscilación de la tasa de
interés en Estados Unidos-los hacía traer o llevar su dinero,
y eso les daba una gran capacidad de presión. Cualquier oscilación
produciría una cascada de efectos desastrosos. En realidad, gracias
a la convertibilidad había reaparecido la vulnerabilidad exterior,
característica de la economía de cien años atrás.
Jefatura exitosa: Menem se dedicó a adueñarse del
poder del Estado, trastocando o subvirtiendo algunas de sus instituciones.
Las dos leyes ómnibus iniciales, destinadas a afrontar la crisis
económica, le dieron importantes atribuciones, que manejó
discrecionalmente, y la ampliación de la Corte Suprema le aseguró
una mayoría segura; la Corte falló en favor del Ejecutivo
en cada situación discutida, y hasta avanzó por sobre jueces
y Cámaras, mediante el novedoso recurso del per saLtum. En la misma
línea de eliminar posibles controles y restricciones, el presidente
removió a casi todos los miembros del Tribunal de Cuentas y al
Fiscal General -el prestigioso Ricardo Molinas-, nombró por decreto
al Procurador General de la Nación, redujo el rango institucional
de la Sindicatura General de Empresas Públicas y desplazó
o reubicó a jueces o fiscales cuyas iniciativas resultaban incómodas.Usó
ampliamente vetos totales y parciales, y Decretos de Necesidad y Urgencia.
Llegó, inclusive, a considerar la posibilidad de clausurar el Congreso
y gobernar por decreto. Menem se concentraba en la política pero
no se interesaba específicamente en ninguna cuestión de
la administración.
La fidelidad se retribuía con protección e impunidad, hasta
donde era posible. Pero además el jefe, dueño del botín,
lo distribuía generosamente: tal fue siempre el verdadero atributo
del mando. La corrupción, ampliamente usada para limar resistencias
y cooptar adversarios, cimentó un pacto entre los miembros del
grupo gobernante, tan sólido como el pacto de sangre que unió
a los militares durante la dictadura. La corrupción se practicaba
ostentosamente. Luego, la corrupción se normalizó; así
como se encontró la manera de estabilizar la economía, también
se aprendió a transferir discretamente los recursos públicos
a los patrimonios privados. Distintos personajes notables, representantes
de los grandes lobbies o iniciadores de una fortuna nueva, tenían
acceso privilegiado a las decisiones del gobierno y destinaban parte de
los beneficios obtenidos a vastas "cajas negras", cuyo contenido se redistribuía
ampliamente, según normas -no públicas- de rango y jerarquía.
En suma, técnicamente hablando, el país estuvo gobernado
por una banda.
E1 talento político de Menem se manifestó, sobre todo, en
su capacidad para hacer que el peronismo aceptara las reformas.
Luego de la derrota de 1983, y aceptadas las nuevas condiciones que la
democracia planteaba a la política, había abandonado progresivamente
sus características de "movimiento", sólidamente anclado
en las organizaciones gremiales, para convertirse en un partido de forma
más convencional, con comités, organizaciones distritales
y una conducción nacional elegida por voto directo. Los triunfos
electorales, y el control de gobernaciones e intendencias, permitieron
a los cuadros políticos independizarse de las cajas gremiales,
de modo que disminuyó el peso de los sindicalistas.
Entre los sindicalistas, Saúl Ubaldini reivindicó la tradición
histórica, dividió la CGT e intentó nuclear a los
más directamente golpeados por las reformas, como los trabajadores
estatales o los telefónicos. Pero Menem logró la adhesión
de otros sindicalistas, que advirtieron los beneficios de plegarse a la
política reformista, y sobre todo los costos de no hacerlo; muchos
dirigentes obtuvieron beneficios personales, y algunos gremios como Luz
y Fuerza, transformados en organizaciones empresa-rias, participaron en
las privatizaciones. El grueso de los dirigentes sindicales, encabezados
por Lorenzo Miguel, mantuvo una prudente distancia, hasta comprobar la
solidez de la jefatura de Menem; entonces la acataron.
Fuera del peronismo, la oposición política fue mínima
En rigor, los radicales no sabían cómo enfrentar a Menem,
que llevaba adelante de manera brutal pero exitosa la política
reformista encarada por Alfonsín en 1987; las diferencias en su
ejecución, aunque eran importantes, no alcanzaban para sustentar
un argumento opositor
En 1990 Menem clausuró el flanco militar, indultándolos
a fines de 1989, dentro de su política más general de reconciliación,
y a fines del año siguiente indultó a los ex comandantes,
condenados en 1985, pese a la fuerte movilización en contra de
la medida.
Asumió el mando del Ejército el general Martín Balza,
que acompañó a Menem hasta el final de su segundo gobierno.
Menem encontró un jefe notable, que mantuvo la disciplina y la
subordinación del Ejército en medio de circunstancias difíciles.
El presupuesto militar fue drásticamente podado, en el contexto
del ajuste de los gastos estatales, y se privatizaron numerosas empresas
militares En 1994 en el cuartel de Zapala murió un conscripto -Ornar
Carrasco-, víctima de malos tratos; el escándalo, cuando
Menem preparaba su reelección, culminó en la supresión
del servicio militar obligatorio y su remplazo por un sistema de voluntariado
profesional En 1995, sorpresivamente, Balzaj realizó la primera
autocrítica de la acción del Ejército en la represión,
y afirmó que la "obediencia debida" no Justificaba los actos
aberrantes cometidos; se trataba de la primera autocrítica, y aunque
la declaración de Balza no tuvo un eco clamoroso entre sus camaradas,
contribuyó al comienzo de la revisión de lo actuado durante
el Proceso.
Un apoyo similar encontró Menem en la Iglesia, en la figura del
cardenal Antonio Quarracino, arzobispo de Buenos Aires. Un grupo de los
obispos, que creció a medida que se agudizaban los efectos del
ajuste y la reforma, se hizo vocero del amplio sector de las víctimas
y reclamó del gobierno políticas de sentido social. Quarracino
moderó este coro de disconformes, y evitó pronunciamientos
masivos de la Conferencia Episcopal; en cambio, Menem lo acompañó
en la defensa de las posiciones más tradicionales, sostenidas por
el Papa, como el rechazo del aborto y el "derecho a la vida".
Menem estableció excelentes vínculos personales con George
Bush, los recreó rápidamente con Bill Clinton, y pudo acudir
a ellos en busca de respaldo.
editar brevemente la política exterior
La reelección
Menem comenzó a hablar de la reforma
constitucional que lo habilitara para ser reelecto la idea de la reforma,
destinada sobre todo a modernizar el texto constitucional —pero sin descartar
la cuestión de la reelección-, había sido lanzada
en 1986 por Alfonsín, sin lograr el apoyo del peronismo..Sorpresivamente,
en noviembre de 1993 Menem y Alfonsín se reunieron en secreto y
acordaron las condiciones para facilitar la reforma constitucional: esta
habría de contener la cláusula de reelección y una
serie de modificaciones impulsadas por la UCR con ánimo de modernizar
e! texto y reducir el margen legal para la hegemonía presidencial.
Éstas eran la elección
directa, con barotage, la reducción del mandato a cuatro años,
con la posibilidad de una reelección —pero sin vedar la electividad
futura-, la creación del cargo de Jefe de Gobierno, la designación
de los senadores por voto directo, incluyendo un tercero por la minoría,
la elección directa del Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos
Aires, la creación del Consejo de la Magistratura, para la designación
de los jueces, y la reglamentación de los decretos de necesidad
y urgencia.
Jefatura decadente
A lo largo de 1994, mientras se reformaba
la Constitución, empezaron a notarse las dificultades que provocaba
la suba de las tasas mundiales de interés. Por entonces el ministro
Cavallo lanzó la llamada Segunda Reforma del Estado, con nuevas
privatizaciones -entre ellas, las centrales nucleares y el Correo-, y
un severo ajuste de las transferencias de fondos a las provincias. Frente
a él, los gobernadores y otros sectores del peronismo histórico
afirmaron que había llegado la hora del reparto, de atenuar el
rigor del ajuste y de actuar en función de las próximas
elecciones. Eduardo Duhalde, que acababa de lograr reformar la Constitución
de Buenos Aires para habilitar su reelección, fue una de las voces
destacadas en esta campaña de "peronización" del gobierno.la
crisis mexicana del "tequila".El gobierno de ese país devaluó
su moneda, y en un clima de mucha sensibilidad, hubo un retiro masivo
de fondos internacionales de la Argentina. las empresas pudieron superar
los problemas derivados de la peso, un poco por la fuerte caída
de los salarios reales, y otro por la mejora en la productividad lograda
por las más grandes, las mismas que, a diferencia del común,
podían obtener fácilmente créditos en el exterior.
La deuda extema creció de manera sostenida, y los 60 mil millones
de dólares de 1992 se convirtieron en 100 mil en 1996. Definitivamente,
la economía argentina estaba en terapia intensiva: dependía
del flujo de capitales externos, y del humor de los inversores, que desde
entonces fue en general malo, y mucho peor durante los años en
que se derrumbaron varios de los mercados emergentes. En 1995 terminaron
los tiempos de la afluencia fácil de capitales externos y de la
consiguiente holgura fiscal; la tendencia dominante fue la restricción,
con sus conocidos efectos: suba de las tasas de interés, recesión,
penuria fiscal y mayores dosis de ajuste y reforma. el gobierno
quedó atrapado entre las exigencias de mayor ajuste, para "cerrar
las cuentas", y los reclamos crecientes de una sociedad que iba recuperando
su voz; perdió la posibilidad de diseñar a largo plazo,
y se limitó a capear la situación, día a día.
El ministro salió con éxito de la crisis de 1995. Inició una nueva serie de privatizaciones, hizo declarar la emergencia previsional y, básicamente, restringió los fondos transferidos a los gobiernos provinciales, que pasaron por momentos de zozobra; muchos no pudieron pagar los sueldos de sus empleados, y finalmente se vieron obligados a realizar su propio ajuste, sacrificando algunas de sus fuentes de clientelismo: venta de empresas públicas y de bancos provinciales, reducción de las plantas de empleados y transferencia a la Nación de sus sistemas jubilatorios. Pero Cavallo quedó en el ojo de la tormenta. Los dirigentes provenientes del peronismo tradicional se hicieron eco del fuerte malestar social, que afectaba sus propias bases electorales; reclamaron contra una política que ahora juzgaban poco peronista y excesivamente apegada a las recetas del Fondo Monetario Internacional. A fines de julio de 1996 Menem lo relevó y lo reemplazó por Roque Fernández, un economista ortodoxo que presidía el Banco Centrad Los "mercados" lo aceptaron con naturalidad y no se conmovieron.
Roque Fernández no tenía pretensiones de político, ni tampoco preocupaciones de largo plazo: abrumado en la ortodoxia liberal, preocupado exclusivamente por ajustar las cuentas fiscales, no se apartó un ápice de esa línea y resistió eficazmente las presiones de todo tipo. Así, subió sin piedad el precio de los combustibles, elevó el Impuesto al Valor Agregado, que llegó al insólito nivel del 21%, redujo el número de empleados públicos y finalmente realizó sustantivos recortes en el presupuesto. Además, impulsó las privatizaciones pendientes: el correo, los aeropuertos y el banco Hipotecario Nacional, y vendió las acciones de YPF en poder del Estado al accionista mayoritario, la empresa española Repsol. Resolvió todo rápidamente, con la única preocupación de mejorar los ingresos de caja.
1997 tailanda
devaluó su moneda
crisis financiera en Hong Kong derrumbe de la bolsa
derrumbes financieros: Corea, Japón, Rusia
Brazil devaluó su moneda en 1999 agravaron la
crisis en la Argentina
El gobierno de Menem llegaba a su fin sin margen siquiera para hacer beneficencia
electoral, y debió cerrar su presupuesto con un déficit
tan abultado que no se atrevió a declararlo. La desuda externa
trepaba por entonces a 160 mil millones, el doble que en 1994.
Editar en lo posible lo siguiente que está entre comillas:
""1995 fue un año crítico: en varias provincias hubo manifestaciones
violentas encabezadas por empleados públicos que cobraban en bonos
de dudoso valor; en Tucumán se agregó el cierre de varios
ingenios, y en Tierra del Fuego el retiro de las fábricas electrónicas,
ante el fin del régimen promocional. Al año siguiente, mientras
las organizaciones gremiales —la CGT, el MTA y el CTA- finalmente confluían
para realizar dos huelgas generales/contra la ley de flexibilización
laboral y la política económica, la oposición política
-el FREPASO y la UCR— impulsó una protesta ciudadana: un apagón
de cinco minutos y un "cacerolazo", que fue apoyado por entidades de todo
tipo, incluidas las defensoras de derechos humanos. Por entonces cambiaron
las autoridades de la Conferencia Episcopal -monseñor Estanislao
Karlic, más severo, reemplazó a Quarracino, complaciente
con el Gobierno- y la Iglesia empezó a sumar su voz a las protestas.
Al año siguiente los gremios docentes -la CTERA-, que venían
realizando infructuosamente marchas y huelgas, encontraron una nueva forma
de acción, que resultó muy eficaz: instalaron una "carpa
blanca" frente al Congreso, donde por turnos grupos de docentes de todo
el país ayunaban, mientras recibían visitas y adhesiones,
organizaban actos y hacían declaraciones por la radio y la televisión;
en suma, constituían una noticia permanente, y sin el costo de
interrumpir las clases. Algo parecido, aunque en otro tono, fueron los
cortes de rutas en (Cutral Có y Tartagal, localidades de las zonas
petroleras de Neuquén y Salta, muy afectadas por la privatización
de YPF y los despidos masivos.
"Piqueteros" y "fogoneros" -que
también aparecieron en Jujuy, afectados por los despidos del Ingenio
Ledesma— interrumpieron el tránsito, incendiaron neumáticos,
organizaron ollas populares y reunieron tras de sí a trabajadores
desocupados, a jóvenes que nunca pudieron trabajar, a sus familiares
y amigos, dispuestos a enfrentar la eventual represión a pecho
descubierto, con piedras y palos. Era la movilización de los desocupados,
violenta y a la vez reacia a cualquier tipo de acción organizada.
El gobierno a veces apeló a la justicia y a la Gendarmería,
y entonces hubo violencia, heridos y algún muerto. Otras veces
negoció, con los buenos oficios de infaltables curas u obispos.
No había mucho para ofrecer, pero los "piqueteros" solían
contentarse con poco: ayuda en alimentos o ropa, y sobre todo contratos
de empleo transitorio, los "planes Trabajar", con los que se aliviaba
la situación.
Este tipo de movilización tuvo imitadores y se acentuó a
medida que avanzaba la crisis: estudiantes que cortaban las calles de
las ciudades, o productores rurales que realizaban "tractorazos", sumados
a algún episodio violento, con ataque y saqueo a los edificios
públicos, indicaban un estado de efervescencia generalizado y la
reaparición de la politica en la calle, como en los años
setenta, pero esta vez ante la televisión, que era vehículo
fundamental para que la acción tuviera trascendencia y eficacia,
pues la espectaculari-dad fue clave en la nueva protesta.
Menem fracasó, pero logró mantener viva la ilusión
casi hasta concluir su gobierno, atenuando el problema del fin de reinado.
Además afectó profundamente a Duhalde, que en la campaña
electoral tuvo que acentuar su perfil opositor, y presentar propuestas
alternativas, poco creíbles y que no conformaron a nadie. Por otra
parte, los gobernadores peronistas prefirieron tomar distancia del conflicto
y muchos anticiparon las elecciones en sus provincias, para no comprometerse
con el destino de Duhalde, que no pudo alinear detrás de sí
un partido unido y galvanizado. Como en 1983, el peronismo llegó
a la elección de 1999 sin líder, y perdió.
El más novedoso era el del FREPASO, que tuvo un notable crecimiento
electoral. Allí convergían disidentes del P] y la UCR, la
Unidad Socialista y otros pequeños grupos provenientes de la izquierda
o el populismo; gradualmente se agregaron fragmentos menos conspicuos
de la maquinaria electoral justicialista. El FREPASO nunca llegó
a tener una inserción territorial comparable a la de los grandes
partidos, ni tampoco una organización y reglas de discusión
y decisión explicitadas. Fue un partido de jefes. Poco después
de las elecciones, el candidato presidencial José O. Bordón
lo abandonó; Chacho Álvarez, que tenía gran capacidad
para desenvolverse ante los medios periodísticos y definir día
a día la línea de la agrupación, quedó como
dirigente principal, secundado por Graciela Fernández Meijide y
Aníbal Ibarra. El FREPASO entusiasmó a muchos, y fue la
expresión de una nueva y muy modesta primavera. Recogió
distintas aspiraciones de la sociedad, no siempre compatibles: una renovación
de la política y de los hombres, y la constitución de una
fuerza de centroizquierda, alternativa de los dos partidos tradicionales.
Sin repudiar la transformación económica producida, puso
el acento en los problemas sociales que generó y en las cuestiones
éticas y políticas: la corrupción, el deterioro de
las instituciones.
La UCR pasó la crisis que arrastraba desde el catastrófico
final de la presidencia de Alfonsín, logró superar las divisiones
internas y obtuvo algunos éxitos electorales significativos, sobre
jodo con Femando de la Rúa -imbati-ble candidato porteño-,
electo en 1996 primer Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Desde
1995 la UCR y el FREPASO concertaron su acción parlamentaria, luego
establecieron un acuerdo en la ciudad de Buenos Aires.
José Luis Machinea, del equipo de Juan Sourrouille y con buenas
relaciones con el establishment, quedó a cargo del programa económico.
La negociación de las candidaturas, aunque compleja, se resolvió
exitosamente; hubo una elección interna abierta por la candidatura
presidencial, donde De la Rúa venció ampliamente a Fernández
Meijide, y un acuerdo para el reparto de las principales candidaturas
y cargos. Alvarez acompañó en la fórmula a De la
Rúa, mientras que en el justicialismo Palito Ortega se encolumnó
detrás de Duhalde; Domingo Cavallo creó otra fuerza política,
Acción para la República, para organizar el voto del sector
de centro derecha.
En la elección presidencial. De la Rúa y Álvarez
obtuvieron un triunfo claro: el 48,5% de los votos, casi diez puntos más
que Duhalde. Al momento de asumir, la Alianza gobernaba en seis distritos
y tenía mayoría en la Cámara de Diputados; el justicialismo
tenía amplia mayoría en el Senado y controlaba catorce distritos,
entre ellos los más importantes: Buenos Aires -allí Graciela
Fernández Meijide fracasó ante Carlos Ruckauf-, Santa Fe
y Córdoba, donde los radicales perdieron por primera vez desde
1983. De la Rúa recibió un poder limitado en lo político
y condicionado por la crisis económica. Pronto se agregó
la dificultad para transformar una alianza electoral en una fuerza gobernante.""
Jorge Caiella
jorge_la22_90[arroba]hotmail.com
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