La insistencia en los prejuicios de cualquier tipo no sólo está dañando los intereses de la humanidad, sino que también es una violación de la Voluntad de Dios para esta época:
¡OH pueblos y razas contendientes de la Tierra! Dirigid vuestros rostros hacia la unidad y dejad que el fulgor de su luz brille sobre vosotros. Reuníos y, por amor a Dios, decidíos a extirpar todo lo que sea fuente de discordia entre vosotros. No puede haber duda alguna de que los pueblos del mundo, de cualquier raza o religión, derivan su inspiración de una única Fuente celestial y son los súbditos de un solo Dios. La diferencia entre las ordenanzas a las que están sometidos debe ser atribuida a los requisitos y exigencias variables de la época en la que fueron reveladas. Todas ellas, excepto unas pocas que son producto de la perversidad humana, fueron ordenadas por Dios y son el reflejo de Su Voluntad y Propósito. Levantaos y, armados con el poder de la fe, despedazad los dioses de vuestras vanas imaginaciones, los sembradores de disensión entre vosotros.
Cuando un niño nace de una familia cristiana, él es automáticamente un cristiano, cuando los padres son musulmanes, los niños serán musulmanes; si son hindúes, los hijos serán hindúes. ¿Por qué? Porque la mayoría de la gente continúa imitando a sus antepasados, y ciertamente si esta ciega imitación continúa, la gente nunca podrá unirse. Todos pelean sobre sus imitaciones. Todos dicen que ellos son los que conocen la verdad y que los otros están errados. La gente muy rara vez se detiene a pensar que si hubiera nacido dentro de una familia diferente, con diferentes creencias, habría pensado en forma muy diferente de lo que ahora cree ser el único camino a la verdad.
Bahá'u'lláh nos enseña que la Verdad es Una. Si la gente del mundo dejara de imitar a sus padres y buscara la verdad por ella misma, llegarían todos a una sola conclusión y se unirían. Las distintas clases de gentes son como niños que viven en casas diferentes y miran al sol bajo vidrios de colores. Así como el color de los vidrios difiere, según la casa por la que se mire, así un niño al mirar al sol a través de un vidrio verde, creerá que el sol es verde, mientras que aquel que mire al sol a través de un vidrio de color rojo creerá naturalmente que el sol es rojo; y otro que mire al sol, a través de un vidrio azul creerá que el sol es azul. Estos niños pueden discutir el color del sol, cada uno creyendo que lo que ve es el color verdadero. Pero si ellos dejasen de ver a través de sus diferentes vidrios de colores, y salieran afuera, entonces todos verían el verdadero color del sol y dejarían de discutir.
Bahá'u'lláh está haciendo un llamado a los hijos del hombre para que salgan de sus casas; las casas que han heredado ellos de sus antepasados, y dejen de mirar al sol a través de distintos vidrios de colores, porque el sol al que miramos es el mismo sol, y una vez que nos quitemos el lente de colores de nuestros ojos, entonces veremos al sol en su verdadero color.
Dios espera que nosotros pensemos en lo que creemos en vez de seguir ciegamente nuestras creencias solamente por el hecho de que nuestros antepasados han creído de esa manera durante muchas generaciones. Si es que buscamos la verdad por nosotros mismos, veremos que la verdad es única, y que nos puede unir y hacernos olvidar las diferencias que hayan existido en el pasado.
'Abdu'l-Bahá dice:
" Las religiones divinas de las Manifestaciones de Dios son realmente una sola aunque difieren en nombre y nomenclatura. El hombre debe amar la luz sin importarle en qué día ella aparezca. Debe amar la rosa sin importarle en que tierra crezca. Debe buscar la verdad, sin importarle de que fuente provenga. Sentir apego a la linterna no es amar la luz, sentir apego a la tierra no es propio, pero disfrutar de la rosa que crece en la tierra eso sí vale la pena. Sentir devoción hacia un árbol es infructuoso pero participar de sus frutos es beneficioso. Los frutos deliciosos de donde quiera que ellos provengan o de donde se los haya recogido deben ser apreciados. La palabra de la verdad, no importa la lengua que la pronuncie, debe ser escuchada. Las verdades absolutas, no importa el libro en que se hallen escritas, deben ser aceptadas. Si es que amparamos el prejuicio este será la causa de depravación e ignorancia. La contienda entre religiones, entre naciones y razas se debe al malentendido. Si investigamos las religiones y descubrimos sus principios básicos, veremos que todas encierran no varios, sino un solo fundamento y que todas se hallar de acuerdo. Por este medio todos las religiones del mundo entero llegarán a comprenderse y alcanzarán la unidad y la reconciliación. . ."
En otro lugar 'Abdu'l-Bahá dice:
"¡Ay! la humanidad está totalmente sumergida en imitaciones y en falsedades; sin embargo, la verdad de la religión divina siempre ha permanecido igual. Supersticiones han oscurecido la realidad fundamental, el mundo se halla en tinieblas y la luz de la religión no se hace aparente.
Esta oscuridad conduce a crear diferencias y desacuerdos; se hallan por miles los dogmas y los ritos; por lo tanto el desacuerdo se ha levantado entre los sistemas religiosos a pesar de que la religión tiene por objeto la unificación de la humanidad. La verdadera religión es la fuente de amor y acuerdo entre los hombres, la causa principal del desarrollo de cualidades elevadas; pero la gente está acostumbrada a lo falso y a las imitaciones, y descuida la realidad que unifica; así son despojados y privados de la luz de la religión. Siguen las supersticiones heredadas de sus padres y antepasados. Esto ha prevalecido hasta tal grado que han opacado la luz celestial de la verdad divina y se sumergen en la oscuridad de la imitación y de las imaginaciones. Lo que fue el motivo de la vida ha sido causa de la muerte; lo que debería ser una evidencia de sabiduría, se convierte en una prueba de ignorancia; aquello que fue factor en la sublimidad de la naturaleza humana se ha convertido en degradación. Por lo tanto, la esfera del religionario se ha ido cerrando y oscureciendo gradualmente y el círculo del materialismo se ha ido ensanchando y avanzando; porque el religionario se ha adherido a la imitación y lo espurio, descuidando y descartando la santidad y la sagrada realidad de la religión. Es cuando el sol se pone que los murciélagos empiezan a volar. Ellos aparecen porque son criaturas de la oscuridad. Cuando la luz de la religión se oscurece, los materialistas aparecen. Ellos son los murciélagos de la noche Es en la declinación de la religión cuando ellos se vuelven más activos; buscan la sombra cuando el mundo se halla a oscuras y las nubes se han esparcido sobre él.
"Su Santidad Bahá'u'lláh se ha levantado por el horizonte oriental. Como la gloria del sol, ha venido al mundo. Ha implantado la realidad de la religión divina, ha disipado la oscuridad de las imitaciones, ha sentado las bases de nuevas enseñanzas y ha resucitado al mundo.
"La primera enseñanza de Bahá'u'lláh es la investigación de la realidad. El hombre debe buscar la realidad por sí mismo, desechando las Imitaciones y las adherencias a meros formulismos hereditarios. Como las naciones del mundo se hallan tan apegadas a las imitaciones llamándolas verdades, y corno tales son variadas, las diferencias en el credo han producido las contiendas y las guerras. Mientras estas imitaciones continúen, la unidad del mundo es Imposible. Por lo tanto, debemos investigar la realidad para que, mediante su luz, las nubes y la oscuridad puedan disiparse. La realidad es una sola, no admite multiplicidad o división. Si las naciones del mundo investigaran la realidad, se pondrían de acuerdo y llegarían a unirse. Mucha gente ha buscado la realidad a través de las enseñanzas y de la guía de Bahá'u'lláh. Han llegado a unirse y ahora viven de acuerdo, amándose unos a otros; entre ellos no hay ya la más pequeña traza de enemistad o desunión".
Bahá'u'lláh recibió en Bahjí a uno de los pocos occidentales que Le vieron y el único que dejó un relato escrito de la experiencia. El visitante era Edward Granville Browne, un orientalista joven y prometedor de la Universidad de Cambridge, cuya atención se había sentido atraída originalmente por la dramática historia del Báb y de Su heroico grupo de seguidores. Sobre su encuentro con Bahá'u'lláh, Browne escribió:
Aunque yo tenía una vaga idea del lugar a donde iba y a quién había de contemplar (pues no se me había dado ninguna indicación precisa), pasaron unos segundos antes de que, estremecido de asombro y reverente temor, tuviera conciencia de que la habitación no estaba vacía. En el ángulo donde el diván tocaba la pared, distinguí una extraordinaria y venerable figura. [...] El rostro de aquel a quien contemplé nunca lo podré olvidar aunque no puedo describirlo. Esos ojos penetrantes parecían leer en el alma de uno; en su amplia frente había poder y autoridad [...]. ¡No necesitaba preguntar en presencia de quién me encontraba al inclinarme ante aquél que es el objeto de una devoción y un amor que los reyes podrían envidiar y por los cuales los emperadores suspiran en vano! Una voz digna y suave me pidió que me sentara y continuó: "¡Alabado sea Dios ya que tú has llegado hasta mí! [...]. Has venido a ver a un prisionero y un desterrado. [...] Nosotros sólo deseamos el bien del mundo y la felicidad de las naciones; sin embargo nos consideran causantes de sedición y de contiendas, merecedoras de la prisión y el destierro [...]. Que todas las naciones tengan una fe común y todos los hombres sean como hermanos; que se fortalezcan los lazos de afecto y unidad entre los hijos de los hombres; que desaparezca la diversidad de religiones y se anulen las diferencias de raza. ¿Qué mal hay en esto? [...] Pero esto se cumplirá, estas luchas sin objeto, estas guerras desastrosas pasarán y la 'Paz Más Grande' reinará. (Baha'u'llah, Baha'u'llah)
LA PROMESA DE LA PAZ MUNDIAL
Por La Casa Universal de Justicia
INTRODUCCIÓN
Con motivo del Año Internacional de la Paz, la Casa Universal de Justicia
-cuerpo representativo de la Fe Bahá'í- hizo llegar este mensaje
a los gobernantes, autoridades, personalidades destacadas y gentes de todos
los estratos de la sociedad a través de las comunidades bahá'ís
del mundo.
En estos momentos en los que el logro de la paz se hace cada día más
apremiante, cuando la desesperanza se va apoderando de la conciencia de cada
uno de los habitantes del planeta, cuando todos los intentos por alcanzarla
parecen revelarse como inoperantes, surge, con este mensaje, un nuevo horizonte
de confianza en la posibilidad de pacificación de los pueblos.
La Promesa de la Paz Mundial que tiene usted en sus manos señala las
causas de la "contradicción paralizante" que sufre el hombre contemporáneo
al enfrentarse a la posibilidad del establecimiento de una paz mundial, duradera
y efectiva; diseña el proceso que se ha de seguir para convertir a este
castigado planeta en un solo país sostenido por las bases de la paz y
la unidad; identifica los principios rectores que necesariamente deberán
conformar todo proyecto efectivo de construcción de un nuevo orden mundial
bajo el reinado de la justicia.
La Fe Bahá'í -religión independiente revelada por Bahá'u'lláh
en Persia hace más de un siglo- integra en sus enseñanzas los
requisitos de conducta individual y colectiva, moral y social, que deben preceder
ineludiblemente al establecimiento de un orden mundial que garantice la vida
y la dignidad de todos los seres vivos y que produzca una verdadera civilización
de progreso y bienestar bajo el principio de la unidad en diversidad.
El espejismo de que la maldad, la violencia y la guerra son consustanciales
a la naturaleza humana no puede ya sostenerse por más tiempo. Es necesaria,
por una parte, su visión como expresión sólo de una etapa
de inmadurez en el transcurrir de la evolución del hombre, y, por otra,
la identificación de los principios espirituales o valores humanos que
nos capaciten y alimenten nuestra voluntad de actuar con confianza en la meta
final: el establecimiento del "reino de Dios" sobre la tierra.
El Plan Divino que hará surgir una primavera de paz mundial, como proceso
natural consecuente al invierno de violencia en el que estamos inmersos, no
puede ser frenado.
Octubre 1985
A LOS PUEBLOS DEL MUNDO
La Gran Paz hacia la que las gentes de buena voluntad han inclinado sus corazones
a lo largo de los siglos, esa paz que los videntes y los poetas han vaticinado
generación tras generación y que han prometido constantemente
las sagradas escrituras de la humanidad, está, por fin, al alcance de
todas las naciones. Por primera vez en la historia puede contemplarse el planeta
entero, con toda su gran variedad de pueblos, en una sola perspectiva. La paz
del mundo no sólo es posible, sino también inevitable. La próxima
etapa en la evolución de este planeta es, en palabras de un gran pensador,
"la planetización de la humanidad".
Que la paz haya de alcanzarse sólo después de inimaginables horrores
provocados por el empecinado apego de la humanidad a viejas normas de conducta,
o que haya de abrazarse ahora, por medio de un acto voluntario resultado de
una gran consulta, es lo que tienen que decidir todos los habitantes de la tierra.
En esta encrucijada decisiva, cuando los arduos problemas que enfrentan a las
naciones han sido fundidos en una sola preocupación para todo el mundo,
el no frenar la corriente de conflicto y desorden sería un acto inconscientemente
irresponsable.
Entre las señales favorables están el creciente fortalecimiento de las medidas destinadas a establecer un nuevo orden mundial que se tomaron inicialmente, casi al comienzo de este siglo, con la creación de la Liga de las Naciones, seguida por la Organización de las Naciones Unidas, de más amplio alcance; el hecho de que, después de la Segunda Guerra Mundial, la mayor parte de las naciones de la tierra lograra su independencia -prueba de madurez del proceso de formación nacional de los pueblos-, así como la cooperación de estas naciones incipientes con las naciones más antiguas en la búsqueda de soluciones a problemas comunes; el aumento consiguiente de la cooperación entre pueblos y grupos, hasta entonces aislados y antagonistas, en los campos de la ciencia, la educación, el derecho, la economía y la cultura; el surgimiento, durante los últimos decenios, de un número sin precedentes de organizaciones humanitarias internacionales; la proliferación de movimientos femeninos y juveniles que trabajan para que se ponga fin a las guerras, y la generación espontánea de crecientes asociaciones de gente común en busca de la comprensión mediante la comunicación personal.
Los adelantos científicos y tecnológicos logrados en este siglo extraordinario presagian un gran salto hacia adelante en la evolución social del planeta e indican los medios para resolver los problemas materiales de la humanidad. En realidad, estos adelantos constituyen los medios mismos para la administración de la compleja vida de un mundo unido. Pero los obstáculos todavía existen. Las dudas, los conceptos erróneos, los prejuicios, las sospechas y las mezquindades acosan a los pueblos y naciones en sus relaciones mutuas.
Como resultado de un profundo sentimiento del deber espiritual y moral, nos vemos obligados, en este momento oportuno, a llamar la atención de ustedes sobre las penetrantes ideas -de las cuales nosotros somos depositarios- que Bahá'u'lláh, el fundador de la Fe Bahá'í, comunicó en primicia a los gobernantes de la humanidad hace más de un siglo.
Escribió Bahá'u'lláh: "Los vientos de la desesperación, lamentablemente, soplan desde todas direcciones, y la disensión que divide y aflige a la raza humana aumenta día a día. Ya se perciben los signos de convulsiones y caos inminentes, por cuanto el orden prevaleciente demuestra ser deplorablemente defectuoso". Este juicio profético ha sido ampliamente confirmado por la experiencia general de la humanidad. Las deficiencias del orden establecido se reflejan en la incapacidad de los estados soberanos que forman las Naciones Unidas para exorcizar el espectro de la guerra, el amenazante fracaso del orden económico internacional, la expansión de la anarquía y el terrorismo, y el atroz sufrimiento que éstos y otros males causan cada vez a más millones de seres humanos. En verdad, tanta agresión y conflicto han llegado a caracterizar de tal forma nuestros sistemas sociales, económicos y religiosos que muchas personas han sucumbido a la creencia de que dicha conducta es intrínseca a la naturaleza humana y que, por lo tanto, no se puede erradicar.
Con el afianzamiento de este punto de vista, se ha desarrollado una contradicción paralizante en los acontecimientos humanos. Por una parte, gentes de todas las naciones proclaman no sólo su buena disposición, sino también su anhelo de paz y concordia para que desaparezcan los acuciantes temores que atormentan su vida diaria. Por otra parte, se acepta con conformidad la tesis de que los seres humanos son incorregiblemente egoístas y agresivos y, por lo tanto, incapaces de construir un sistema social que sea a la vez progresista y pacífico, dinámico y armónico, un sistema que permita el libre juego de la creatividad e iniciativa individuales, pero basado en la cooperación y la reciprocidad.
A medida que la necesidad de la paz se vuelve más apremiante, esta contradicción fundamental, que impide su realización, exige una nueva evaluación de las suposiciones sobre las que se basa el punto de vista común del destino histórico de la humanidad. Examinándola desapasionadamente, la evidencia revela que dicha conducta, lejos de reflejar la genuina naturaleza del hombre, representa una tergiversación de su espíritu. La rectificación de este punto de vista permitirá a todos poner en marcha las fuerzas sociales constructivas que, por ser acordes con la naturaleza humana, producirán concordia y cooperación en vez de guerras y conflictos.
El seguir tal camino no es negar el pasado de la humanidad, sino comprenderlo. La Fe Bahá'í contempla la confusión actual del mundo y el lastimoso estado de los acontecimientos humanos como una etapa natural de un proceso orgánico que llevará, final e inevitablemente, a la unificación de la humanidad dentro de un orden social único, cuyos límites serán los del planeta. La humanidad, como unidad orgánica característica, ha pasado por etapas evolutivas análogas a las etapas de la infancia y la adolescencia de los individuos y se encuentra ahora en el período de culminación de su turbulenta adolescencia, llegando a su tan esperada mayoría de edad.
Un reconocimiento sincero de que el prejuicio, la guerra y la explotación han sido la expresión de etapas de inmadurez de un vasto proceso histórico, y que la humanidad experimenta hoy el inevitable tumulto que indica la llegada colectiva a su mayoría de edad, no es razón para desesperarse, sino un requisito previo para emprender la formidable tarea de construir un mundo pacífico. Que semejante empresa es posible, que existen las fuerzas constructivas que se necesitan para tal fin, que es posible levantar estructuras sociales unificadoras, es el tema que les exhortamos a examinar.
Sea cual fuere el sufrimiento y la confusión que nos deparen los próximos
años, así como la oscuridad de las circunstancias inmediatas,
la comunidad bahá'í cree que la humanidad puede enfrentarse a
esta prueba suprema con confianza en el resultado final. Lejos de ser indicios
del fin de la civilización, los cambios convulsivos hacia los cuales
la humanidad se precipita cada vez más rápidamente servirán
para desencadenar las "potencialidades inherentes a la posición del hombre"
y para revelar "la medida plena de su destino en el mundo y la excelencia innata
de su realidad".
I
Los dones que distinguen al ser humano de todas las demás formas de vida
se resumen en lo que se conoce como el espíritu humano; la mente es su
característica fundamental. Estos dones han hecho posible que la humanidad
construyera civilizaciones y disfrutara de prosperidad material. Pero tales
triunfos por sí solos no han satisfecho nunca al espíritu humano,
cuya naturaleza misteriosa le inclina hacia lo trascendente, hacia un anhelo
de alcanzar un reino invisible, hacia una realidad última, hacia esa
desconocida esencia de las esencias que se llama Dios. Las religiones, reveladas
a la humanidad por una sucesión de luminarias espirituales, han sido
el vínculo fundamental entre el ser humano y esa realidad última
y han galvanizado y refinado la capacidad de la humanidad para alcanzar el éxito
espiritual junto con el progreso social.
Ningún intento serio para corregir los asuntos humanos, para alcanzar
la paz mundial, puede prescindir de la religión. El concepto y práctica
de la misma por el hombre son, de manera determinante, el material de la historia.
Un eminente historiador describió la religión como una "facultad
de la naturaleza humana". Ahora bien, no se puede negar que la perversión
de esta facultad ha contribuido a crear confusión en la sociedad y conflictos
entre los individuos. Pero tampoco puede ningún observador sensato descartar
la influencia preponderante que ha ejercido la religión sobre las expresiones
vitales de la civilización. Más aún, su carácter
indispensable para el orden social ha sido demostrado repetidamente por su efecto
directo sobre la ley y la moral.
Al referirse a la religión como una fuerza social, Bahá'u'lláh
escribió: "La religión es el mayor de todos los medios para el
establecimiento del orden en el mundo y para la pacífica satisfacción
de todos los que lo habitan". Respecto al eclipse o corrupción de la
religión, escribió: "Si la lámpara de la religión
se apagara, el caos y la confusión sobrevendrían, y las luces
de la equidad, de la justicia, de la tranquilidad y de la paz dejarían
de brillar". En una enumeración de dichas consecuencias, las escrituras
bahá'ís señalan que la "perversión de la naturaleza
humana, la degradación de la conducta humana, la corrupción y
la disolución de las instituciones humanas, se revelan ellas mismas,
bajo tales circunstancias, en sus peores y más repugnantes aspectos.
Se envilece el carácter humano, la confianza vacila, los nervios de la
disciplina se relajan, la decencia y la vergüenza se oscurecen, las concepciones
del deber, de la solidaridad, de la reciprocidad y de la lealtad se distorsionan,
y hasta el sentimiento de paz, de alegría y de esperanza se extingue
gradualmente".
En consecuencia, si la humanidad ha llegado a un punto de conflicto paralizante,
debe buscar dentro de sí misma, dentro de su propia negligencia en los
cantos de sirena que ha escuchado, hasta encontrar la fuente de la incomprensión
y la confusión perpetradas en nombre de la religión. Aquellos
que se han aferrado ciega y egoístamente a sus propias ortodoxias, quienes
han impuesto sobre sus fervientes devotos interpretaciones erróneas y
conflictivas de las declaraciones de los Profetas de Dios, tienen una gran responsabilidad
por esta confusión que se complica por las barreras artificiales que
se levantan entre la fe y la razón, la religión y la ciencia.
Pues si se hace un sereno examen de las verdaderas aseveraciones de los Fundadores
de las grandes religiones, y de los medios sociales en que se vieron obligados
a realizar sus misiones, no hay nada que apoye las contiendas y prejuicios que
trastornan a las comunidades religiosas de la humanidad y, por lo tanto, a todos
los asuntos humanos.
La máxima de que deberíamos tratar a los demás como quisiéramos
que se nos tratara a nosotros mismos, un principio de ética que se repite
constantemente en las enseñanzas de todas las grandes religiones, fortalece
esta última observación en dos aspectos particulares: resume la
actividad moral, el aspecto pacificador que caracteriza a estas religiones,
independientemente de su lugar o época de origen; también revela
un aspecto de unidad que es su virtud fundamental, una virtud que la humanidad
en su visión disociada de la historia no ha sabido apreciar.
Si la humanidad hubiera visto a los Educadores de su infancia colectiva en su
verdadera dimensión, como agentes de un proceso civilizador, no hay duda
que hubiera cosechado beneficios muchos mayores por el efecto acumulado de las
misiones sucesivas de tales Educadores. Esto, lamentablemente, no ha sucedido
así.
El resurgimiento del fervor fanático religioso que se observa en muchos
países no puede calificarse más que de convulsión agonizante.
La naturaleza propia de los fenómenos violentos y disociadores, que se
relacionan con dicho resurgimiento, da testimonio de la bancarrota espiritual
que representa. Realmente, una de las características más extrañas
y tristes del fanatismo religioso es el extremo hasta el que está socavando,
en cada caso particular, no sólo los valores espirituales que conducen
a la unidad de la humanidad, sino también aquellas singulares victorias
morales ganadas por la religión determinada a la que pretende servir.
Pese a que la religión haya sido una gran fuerza vital en la historia
de la humanidad, y por dramático que sea el actual resurgimiento del
fanatismo religioso militante, desde hace décadas, un número cada
vez mayor de personas considera que la religión y las instituciones religiosas
están desconectadas de las principales inquietudes del mundo moderno.
En lugar suyo, la gente se ha entregado a la búsqueda hedonista de la
satisfacción material, o a ideologías del origen humano, diseñadas
para rescatar a la sociedad de los males evidentes bajo los cuales sufre. Lamentablemente,
muchas de estas ideologías, en vez de abrazar el concepto de la unidad
de la humanidad y de promover una creciente concordia entre los diferentes pueblos,
han tendido a deificar el Estado, a subordinar al resto de la humanidad a los
dictados de una nación, raza o clase, a intentar suprimir toda discusión
e intercambio de ideas, o a abandonar despiadadamente a merced de la economía
de mercado a millones de seres hambrientos; todo lo cual agrava claramente la
situación de la mayoría de la humanidad, mientras permite que
pequeños sectores vivan en una prosperidad que difícilmente hubieran
imaginado nuestros antepasados.
Cuán trágico es el historial de las falsas religiones creadas
por los sabios mundanos de nuestra época. En la desilusión masiva
de poblaciones enteras a quienes se les ha enseñado a adorar en los altares
de dichas religiones, puede leerse el veredicto irrevocable de la historia sobre
los valores de las mismas. Los frutos que han producido estas doctrinas, después
de decenios de un creciente y desenfrenado ejercicio de poder por parte de aquellos
que les deben su ascendencia en los asuntos humanos, son los males sociales
y económicos que afligen a cada región de nuestro mundo en los
años finales del siglo XX. Fundamentando todas estas aflicciones exteriores
está el daño espiritual, reflejado en la apatía que ha
atrapado a las masas de los pueblos de todas las naciones, y la desaparición
de la esperanza en los corazones de millones de seres despojados y angustiados.
Ha llegado la hora de que aquellos que predican los dogmas del materialismo,
ya sean de Oriente o de Occidente, ya sean los del capitalismo o los del socialismo,
rindan cuenta del liderazgo moral que presumen haber ejercido. ¿Dónde
está el "nuevo mundo" prometido por estas ideologías? ¿Dónde
está la paz internacional a cuyos ideales proclaman su devoción?
¿Dónde están los adelantos en nuevos campos de realizaciones culturales
producidos por el engrandecimiento de tal raza, de tal nación o de tal
clase en particular? ¿Por qué la inmensa mayoría de los pueblos
del mundo se está hundiendo cada vez más en el hambre y la miseria,
mientras la riqueza, en una escala que nunca soñaron los faraones, los
césares o aun las potencias imperialistas del siglo XIX, está
a disposición de los actuales árbitros de los asuntos humanos?
Muy especialmente, en la glorificación de los fines materiales, a la
vez origen y característica común de todas esas ideologías,
es donde se encuentran las raíces con las que se nutre el sofisma de
que los seres humanos son incorregiblemente egoístas y agresivos. Es
aquí, precisamente, donde debe limpiarse el terreno para construir un
nuevo mundo digno de nuestros descendientes.
El hecho de que los ideales materialistas, a la luz de la experiencia, hayan
fracasado en satisfacer las necesidades de la humanidad, reclama a un reconocimiento
sincero de que hay que hacer un nuevo esfuerzo para encontrar las soluciones
a los angustiosos problemas del planeta. Las condiciones intolerables que prevalecen
en la sociedad reflejan un fracaso común de todos ellos, circunstancia
que incrementa, en vez de aliviarlas, las tensiones que predominan en todos
los bandos. Está claro que se requiere un esfuerzo común para
remediarlo. Es primordialmente una cuestión de actitud. ¿Continuará
la humanidad a la deriva, aferrándose a conceptos obsoletos y a creencias
impracticables? ¿O darán sus líderes un paso adelante con voluntad
decidida, prescindiendo de ideologías, para unirse en la búsqueda
conjunta de soluciones adecuadas?
Quienes se preocupan por el porvenir de la humanidad bien debieran reflexionar
sobre este consejo: "Si los ideales por tanto tiempo apreciados y las instituciones
por tanto tiempo veneradas; si ciertas suposiciones sociales y fórmulas
religiosas han dejado de fomentar el bienestar de la mayoría de la humanidad;
si ya no satisfacen las necesidades de una humanidad en continua evolución,
que se descarten y releguen al limbo de las doctrinas obsoletas y olvidadas.
¿Por qué éstas, en un mundo sujeto a la inmutable ley del cambio
y la decadencia, han de quedar exentas del deterioro que necesariamente se apodera
de toda institución humana? Porque las normas legales, las teorías
políticas y económicas han sido diseñadas únicamente
para defender los intereses de toda la humanidad y no para que ésta sea
crucificada por la conservación de la integridad de alguna ley o doctrina
determinada".
II
Prohibir las armas nucleares, el uso de gases venenosos o declarar ilegal la
guerra bacteriológica no eliminará de raíz las causas de
las guerras. Por muy importantes que sean dichas medidas prácticas como
parte del proceso de paz, son en sí demasiado superficiales como para
ejercer alguna influencia duradera. Los hombres son lo suficientemente ingeniosos
como para inventar otras formas de guerra y usar los alimentos, las materias
primas, las finanzas, el poder industrial, la ideología y el terrorismo
como instrumentos de subversión de unos contra otros en una interminable
pugna por la supremacía y el dominio. Tampoco es posible resolver el
trastorno masivo de los asuntos de la humanidad arreglando problemas o conflictos
específicos entre las naciones. Debe adoptarse un auténtico sistema
universal.
Ciertamente, los líderes de las naciones son conscientes de la naturaleza
mundial del problema, les es evidente dados los conflictos con que se enfrentan
cada día. Y se han propuesto y acumulado estudios y soluciones por muchos
grupos cultos y concienciados, así como por los organismos de las Naciones
Unidas, para eliminar cualquier posible ignorancia en cuanto a los desafiantes
requerimientos que se deben satisfacer. Existe, sin embargo, una parálisis
de voluntad, y es esto precisamente lo que hay que analizar y tratar resueltamente.
Esta parálisis radica, como hemos dicho, en una convicción profunda
sobre la naturaleza inevitablemente belicosa de la humanidad; esto ha llevado
a no querer considerar la posible subordinación del interés nacional
a las exigencias del orden mundial y a una falta de voluntad para encarar valientemente
las inmensas implicaciones que se derivarían del establecimiento de una
autoridad en un mundo unido. Se puede atribuir también a la incapacidad
de las masas ignorantes y subyugadas para expresar su deseo de un nuevo orden
en el que puedan vivir en paz, concordia y prosperidad con toda la humanidad.
Los pasos y tentativas hacia un orden mundial, especialmente desde la Segunda
Guerra Mundial, dan señales de esperanza. La creciente tendencia de grupos
de naciones a formalizar relaciones que les permitan cooperar en asuntos de
interés mutuo indica que, a la postre, todas las naciones podrían
superar esta parálisis. La Asociación de Naciones del Sudeste
de Asia, la Comunidad y el Mercado Común del Caribe, el Mercado Común
Centroamericano, el Consejo para Asistencia Económica Mutua, las Comunidades
Europeas, la Liga de Estados Árabes, la Organización para la Unidad
Africana, la Organización de Estados Americanos, el Foro del Pacífico
Sur..., todos los esfuerzos conjuntos representados por dichas organizaciones
preparan el camino hacia un orden mundial.
La creciente atención que se presta a algunos de los problemas más
serios del planeta es otra señal de esperanza. A pesar de las claras
deficiencias de las Naciones Unidas, la multitud de declaraciones y convenciones
adoptadas por dicha organización, aun aquellas en las que los Gobiernos
no se han comprometido con entusiasmo, le han dado a la gente común una
nueva esperanza en la vida. La Declaración Universal de los Derechos
Humanos, la Convención para la Prevención y Castigo del Delito
de Genocidio, así como las medidas similares relativas a la eliminación
de toda forma de discriminación basada en la raza, el sexo o las creencias
religiosas; la defensa de los derechos de los niños; las medidas de protección
contra la tortura de los seres humanos; la erradicación del hambre y
la desnutrición; el uso del progreso científico y tecnológico
para fines pacíficos y en beneficio de la humanidad, todas estas medidas,
si se aplican y se extienden con valentía, adelantarán la llegada
del día en que el espectro de la guerra pierda su fuerza para dominar
las relaciones internacionales. No es preciso subrayar la importancia de los
asuntos que tratan dichas declaraciones y convenciones, pero algunos en concreto,
debido a su repercusión inmediata en el establecimiento de la paz mundial,
merecen mayores comentarios.
El racismo, uno de los males más funestos y persistentes, es un gran
obstáculo para la paz. Su práctica perpetra una violación
tan ultrajante de la dignidad de los seres humanos que no debe fomentarse bajo
ningún pretexto. El racismo retrasa el desarrollo de las potencialidades
ilimitadas de sus víctimas, corrompe a los que lo cometen y malogra el
progreso humano. El reconocimiento de la unidad de la humanidad, llevado a cabo
por medidas legales adecuadas, debe ser universalmente defendido para poder
superar este problema.
La excesiva desigualdad entre ricos y pobres, fuente de grandes sufrimientos,
mantiene al mundo en estado de constante inestabilidad, virtualmente al borde
de la guerra. Pocas sociedades han encarado de forma efectiva esta situación.
La solución exige la aplicación conjunta de enfoques espirituales,
morales y prácticos. Hay que observar el problema con una mirada nueva,
libre de polémicas económicas e ideológicas, lo cual implica
consultar con expertos en una amplia gama de disciplinas y lograr la participación
de las gentes que resultarían directamente afectadas por las decisiones
que deben tomarse con urgencia. Es un asunto que está ligado no sólo
con la necesidad de eliminar los extremos de riqueza y pobreza, sino también
con aquellas realidades espirituales cuya comprensión puede producir
una nueva actitud universal. El promover tal actitud es ya, en sí mismo,
una parte importante de la solución.
El nacionalismo desenfrenado, que es diferente de un patriotismo sano y legítimo,
debe ceder ante una lealtad más amplia: el amor a toda la humanidad.
La declaración de Bahá'u'lláh es la siguiente: "La tierra
es un solo país, y la humanidad, sus ciudadanos". El concepto de la ciudadanía
mundial es el resultado directo de la contracción del mundo en una sola
vecindad por medio de los adelantos científicos y de la indiscutible
dependencia entre las naciones. El amor a todos los pueblos del mundo no excluye
el amor al propio país. Se beneficia más una parte determinada
de la sociedad mundial cuando se fomenta el beneficio de la totalidad. Las actividades
internacionales actuales en diversos campos, que estimulan el afecto mutuo y
el sentido de la solidaridad entre los pueblos, deben ser ampliamente multiplicadas.
El conflicto religioso a lo largo de la historia ha sido causa de innumerables
guerras y contiendas, un gran obstáculo para el progreso y algo cada
vez más aborrecible para creyentes e incrédulos. Los creyentes
de todas las religiones deben estar dispuestos a afrontar las preguntas fundamentales
que plantean estos conflictos y llegar a respuestas claras. ¿Cómo deben
resolverse las diferencias entre ellos tanto en la teoría como en la
práctica? El desafío con el que se enfrentan los líderes
religiosos de la humanidad consiste en contemplar la situación de la
misma, con sus corazones llenos de espíritu de compasión y de
anhelo por la verdad, y preguntarse a sí mismos si no pueden, humildemente
ante su Creador Todopoderoso, disolver sus diferencias teológicas en
un gran espíritu de tolerancia mutua que les permita trabajar juntos
por el progreso de la comprensión y la paz humanas.
La emancipación de las mujeres, el logro de la igualdad total entre ambos
sexos, es uno de los más importantes requisitos previos para la paz,
aunque sea uno de los menos reconocidos. La negación de dicha igualdad
perpetra una injusticia contra la mitad de la población del mundo y provoca
en los hombres actitudes y costumbres nocivas que se llevan de la familia al
trabajo, a la vida política y, por último, a las relaciones internacionales.
No existen bases morales, prácticas ni biológicas para justificar
tal negación. Sólo en la medida en que las mujeres sean aceptadas
con plena igualdad en todos los campos del quehacer humano, se creará
el clima moral y psicológico del que puede surgir la paz internacional.
La causa de la educación universal, en la que ya presta sus servicios
todo un ejército de personas abnegadas de todos los credos y países,
merece el mayor apoyo que le puedan dar los Gobiernos del mundo, pues, indiscutiblemente,
la ignorancia es la razón principal de la decadencia y caída de
los pueblos y de la perpetuación de los prejuicios. Ninguna nación
podrá alcanzar el éxito si no pone la educación al alcance
de todos los ciudadanos.
La falta de recursos limita la capacidad de muchas naciones para cumplir con
esta necesidad, lo que impone un cierto orden de prioridades. Los estamentos
responsables deberían considerar la necesidad de dar prioridad a la educación
de las mujeres y niñas, puesto que es a través de madres formadas
como se pueden transmitir, más efectiva y rápidamente a la sociedad,
los beneficios del conocimiento. Para cumplir con los requisitos de nuestro
tiempo, debe prestarse atención también a la enseñanza
del concepto de ciudadanía mundial como parte del programa educativo
de cada niño.
Una carencia fundamental de comunicación entre los pueblos perjudica
seriamente los esfuerzos que se hacen para alcanzar la paz mundial. La adopción
de un idioma auxiliar internacional contribuiría mucho a resolver este
problema, por lo que urge prestarle la máxima atención.
De todos estos asuntos hay dos que merecen destacarse. El primero es que la
abolición de la guerra no es simplemente cuestión de firmar tratados
y protocolos; es una tarea compleja que exige un nuevo nivel de compromiso para
resolver los problemas que habitualmente no se relacionan con la búsqueda
de la paz. Al basarse solamente en convenios políticos, la idea de la
seguridad colectiva resulta ser una quimera. El otro es que el desafío
primordial al tratar de los asuntos de la paz consiste en elevar el contexto
al nivel de los principios para diferenciarlo de un mero pragmatismo. Porque,
en esencia, la paz proviene de un estado interior apoyado por una actitud espiritual
o moral, y es precisamente en la evocación de esta actitud donde puede
encontrarse la posibilidad de soluciones duraderas.
Hay principios espirituales, o lo que algunos llaman valores humanos, con los
que es posible encontrar soluciones para todo problema social. Cualquier grupo
bienintencionado puede elaborar soluciones prácticas para sus problemas
en un sentido general, pero las buenas intenciones y los conocimientos prácticos
no suelen ser suficientes. El mérito esencial del principio espiritual
consiste no sólo en que presenta una perspectiva acorde con lo que es
inherente a la naturaleza humana, sino que también induce a una actitud,
una dinámica, una voluntad, una aspiración que facilitan el descubrimiento
y la aplicación de medidas prácticas. Los gobernantes y todos
los que ostentan alguna autoridad tendrían más éxito en
sus esfuerzos por resolver los problemas si primero intentaran identificar los
principios en cuestión y luego se guiaran por ellos.
III
El dilema primordial que hay que resolver es cómo el mundo actual, con
su intrínseca pauta de conflicto, puede cambiarse por un mundo en el
que prevalezcan la armonía y la cooperación.
El orden mundial sólo puede fundarse sobre una imperturbable conciencia
de la unidad de la humanidad, verdad espiritual que confirman todas las ciencias
humanas. La antropología, la fisiología y la psicología
reconocen sólo una especie humana, aunque con infinitas variantes en
los aspectos biológicos secundarios. Para admitir esta verdad hay que
abandonar los prejuicios, toda clase de prejuicios: de raza, clase, color, credo,
nación, sexo, grado de civilización material; todo lo que hace
que la gente se considere superior a los demás.
La aceptación de la unidad de la humanidad es el requisito previo fundamental
para la reorganización y administración del mundo como un solo
país: el hogar de la raza humana. La aceptación universal de este
principio espiritual es indispensable para tener éxito en cualquier intento
de establecer la paz mundial. Por lo tanto, debe proclamarse universalmente,
debe enseñarse en las escuelas y afirmarse constantemente en todas las
naciones como preparación para el cambio orgánico en la estructura
social que esta aceptación implica.
Desde el punto de vista bahá'í, el reconocimiento de la unidad
de la humanidad "requiere nada menos que la reconstrucción y la desmilitarización
de todo el mundo civilizado como un mundo orgánicamente unificado en
todos los aspectos esenciales de su vida, de su maquinaria política,
de su anhelo espiritual, de su comercio y de sus finanzas, de su escritura e
idioma, y, aun así, infinito en la diversidad de las características
nacionales de sus unidades federadas".
Al considerar las implicaciones de este principio cardinal, Shoghi Effendi,
el Guardián de la Fe Bahá'í, comentaba en 1931: "Lejos
de pretender la subversión de los fundamentos actuales de la sociedad,
trata de ampliar su base, de amoldar sus instituciones en consonancia con las
necesidades de un mundo en constante cambio. No está en conflicto con
alianzas legítimas ni socava lealtades esenciales. Su propósito
no es sofocar la llama de un sano e inteligente patriotismo en el corazón
del hombre, ni abolir el sistema de autonomía nacional, tan esencial
para evitar los males de un exagerado centralismo. No ignora ni intenta suprimir
la diversidad de orígenes étnicos, de climas, de historia, de
idioma y tradición, de pensamiento y costumbres que distinguen a los
pueblos y naciones del mundo. Reclama una lealtad más amplia, una aspiración
mayor que cualquiera de las que ha sentido la humanidad. Insiste en la subordinación
de impulsos e intereses nacionales a las exigencias imperativas de un mundo
unificado. Repudia, por una parte, el centralismo excesivo, y, por otra, rechaza
todo intento de uniformidad. Su consigna es la unidad en la diversidad".
El logro de tales fines exige varias etapas en el ajuste de las actitudes políticas
nacionales, que ahora lindan con la anarquía, a falta de leyes claramente
definidas o de principios universalmente aceptados y obligatorios que regulen
las relaciones entre las naciones. La Liga de las Naciones, las Naciones Unidas
y las muchas organizaciones y acuerdos producidos por ellas, han sido indudablemente
provechosos, al atenuar ciertos efectos negativos de los conflictos internacionales,
pero se han mostrado incapaces de prevenir la guerra. De hecho, ha habido una
gran cantidad de guerras desde que terminó la Segunda Guerra Mundial.
Muchas están ardiendo todavía.
Los aspectos predominantes de este problema ya habían aparecido en el
siglo XIX cuando Bahá'u'lláh hizo públicas por primera
vez sus propuestas para el establecimiento de la paz mundial. El principio de
seguridad colectiva fue propuesto por él en las declaraciones que dirigió
a los gobernantes del mundo. Comentando su significado, escribió Shoghi
Effendi: "¿Qué otra cosa podrían significar estas importantes
palabras sino una referencia a la inevitable reducción de las ilimitadas
soberanías nacionales como requisito indispensable para la formación
de la futura mancomunidad de todas las naciones del mundo?
Es necesario desarrollar cierta forma de súper estado mundial, a favor
del cual todas las naciones del mundo habrán de abandonar voluntariamente
toda pretensión de hacer la guerra, ciertos derechos de gravar con impuestos,
y todos los derechos de poseer armamentos, salvo con el propósito de
mantener el orden interno dentro de sus respectivos dominios. Dicho Estado habrá
de incluir en su órbita un poder ejecutivo internacional con capacidad
para hacer valer su autoridad suprema e indiscutible sobre todo miembro recalcitrante
de la mancomunidad; un Parlamento mundial cuyos miembros serán elegidos
por los habitantes de sus respectivos países y cuya elección será
confirmada por sus respectivos Gobiernos; y un tribunal supremo cuyos dictámenes
tendrán carácter obligatorio aun en los casos en que las partes
interesadas no hayan acordado voluntariamente someter el litigio a su consideración".
"Una comunidad mundial en la que todas las barreras económicas habrán
quedado totalmente derribadas y en la que se reconocerá definitivamente
la interdependencia del capital y el trabajo; en la que el clamor del fanatismo
y del conflicto religioso habrá sido acallado para siempre; en la que
estará definitivamente extinguida la llama de la animosidad racial; en
la que un código único de derecho internacional -producto de un
juicioso análisis de los representantes federados del mundo- será
sancionado por la intervención instantánea y coercitiva de las
fuerzas combinadas de las unidades federadas; y, finalmente, una comunidad mundial
en la que el furor de un nacionalismo caprichoso y militante será trocado
por una perdurable conciencia de ciudadanía mundial; así es como
se presenta, a grandes rasgos, el Orden anunciado por Bahá'u'lláh,
un Orden que habrá de ser considerado el más hermoso fruto de
una época que madura lentamente".
La puesta en práctica de estas medidas de largo alcance fue indicada
por Bahá'u'lláh: "Llegará el momento en que los hombres
se darán cuenta de la necesidad imperativa de llevar a cabo una vasta
reunión en la que participen todos. Es absolutamente necesario que los
gobernantes y reyes de la tierra concurran a ella y que, participando en sus
debates, consideren los caminos y los medios que sienten los cimientos de la
Gran Paz mundial entre los hombres".
El valor, la resolución, la motivación pura, el amor desinteresado
de un pueblo a otro -todas las cualidades espirituales y morales necesarias
para efectuar este trascendente paso hacia la paz- se concentran en la voluntad
de actuar. Y es para provocar la voluntad necesaria por lo que se debe meditar
seriamente sobre la realidad del hombre, esto es, su pensamiento. Comprender
la importancia de esta poderosa realidad es también apreciar la necesidad
social de poner en práctica su valor único por medio de un proceso
de consultas sinceras, desapasionadas y cordiales, y actuar en consecuencia
con los resultados de este proceso. Bahá'u'lláh recalcó
insistentemente las virtudes de la consulta y lo indispensable que es para poner
en orden los asuntos humanos. Dijo: "La consulta confiere un mejor conocimiento
y convierte la conjetura en certeza. Es una luz brillante que, en un mundo oscuro,
muestra el camino y sirve de guía. Para cada cosa hay y seguirá
habiendo un estado de perfección y madurez. La madurez del don del entendimiento
se manifiesta a través de la consulta". El intento mismo de alcanzar
la paz por medio de la consulta, como él propuso, puede desencadenar
ese espíritu saludable entre los pueblos de la tierra, de tal forma que
ningún poder podría resistir su resultado triunfal definitivo.
En cuanto a los procedimientos para esta asamblea mundial, 'Abdu'l-Bahá,
el hijo de Bahá'u'lláh e intérprete autorizado de sus enseñanzas,
ofreció esta profunda explicación: "Deben hacer de la causa de
la paz el objeto de la consulta general e intentar, por todos los medios a su
alcance, establecer una unión de las naciones del mundo. Deben concertar
un tratado de obligado cumplimiento y establecer un convenio cuyas disposiciones
sean sólidas, inviolables y definitivas. Deben proclamarlo a todo el
mundo y obtener para él la sanción de toda la raza humana. Esta
suprema y noble empresa -la verdadera fuente de paz y bienestar de todo el mundo-
ha de considerarse como sagrada por todos los moradores de la tierra. Todas
las fuerzas de la humanidad deben ser movilizadas para asegurar la estabilidad
y permanencia de este Supremo Convenio. En este pacto universal se deben fijar
claramente los límites y fronteras de cada una de las naciones, establecer
definitivamente los principios fundamentales de las relaciones entre los Gobiernos
y determinar todos los acuerdos y obligaciones internacionales.
De la misma manera, se debe limitar estrictamente la cantidad de armamentos
de cada Gobierno, pues si se permitiera incrementar los preparativos para la
guerra y las fuerzas militares de cualquier nación, se provocaría
la desconfianza de las otras. El principio fundamental de este pacto solemne
se debe fijar de tal manera que si algún Gobierno, más adelante,
violara alguna de sus disposiciones, todos los Gobiernos de la tierra deberán
levantarse para reducirlo a completa sumisión; incluso la raza humana
entera debería tomar la resolución de destruir este Gobierno con
todos los poderes a su alcance. Si se aplica este, el mayor de los remedios
al cuerpo enfermo del mundo, con seguridad se recobrará de sus enfermedades
y permanecerá a salvo y seguro".
La realización de esta magna convocatoria se retrasa ya demasiado.
Con todo el fervor de nuestros corazones, pedimos a los líderes de todas
las naciones que aprovechen esta oportunidad y den pasos irreversibles para
convocar esta asamblea mundial. Todas las fuerzas de la historia impulsan a
la humanidad hacia este acto que señalará definitivamente la aurora
de su tan esperada madurez.
¿No se levantarán las Naciones Unidas, con el pleno apoyo de sus miembros,
para alcanzar los elevados propósitos de tan magno acontecimiento?
Que los hombres y las mujeres, los jóvenes y los niños de todo
el mundo reconozcan el eterno mérito de esta acción imperativa
para todos los pueblos y eleven sus voces de aprobación decidida. ¡Que
esta generación sea la que inaugure esta gloriosa etapa en la evolución
de la vida social del planeta!
IV
La fuente del optimismo que sentimos es una visión que trasciende el
cese de la guerra y la creación de organismos de cooperación internacional.
La paz permanente entre las naciones es una etapa esencial, pero no es -según
proclama Bahá'u'lláh- la meta final del desarrollo social de la
humanidad. Más allá del armisticio inicial impuesto al mundo por
el temor a un holocausto nuclear, más allá de la paz política
introducida a la fuerza por naciones rivales y desconfiadas, más allá
de acuerdos pragmáticos para la seguridad y la coexistencia, incluso
más allá de los muchos experimentos de cooperación que
tales pasos harán posibles, se halla la meta final: la unificación
de todos los pueblos del mundo en una familia universal.
La falta de unidad es un peligro que las naciones y los pueblos de la tierra
ya no pueden soportar; sus consecuencias son demasiado terribles para contemplarlas,
demasiado obvias para que exijan alguna demostración. Hace más
de un siglo escribió Bahá'u'lláh: "El bienestar de la humanidad,
su paz y seguridad son inalcanzables, a menos y hasta que su unidad sea firmemente
establecida". Al observar que "toda la humanidad está gimiendo, ansiando
ser conducida a la unidad y terminar con su largo martirio", Shoghi Effendi
comentó, además: "La unificación de toda la humanidad es
el distintivo de la etapa a la cual la sociedad está llegando ahora.
La unidad de la familia, de la tribu, de la ciudad-estado y de la nación
ha sido intentadas sucesivamente y alcanzadas por completo.
La unidad del mundo es la meta por la que lucha una humanidad hostigada. La
formación de naciones ha llegado a su fin. La anarquía inherente
a la soberanía del Estado va hacia su punto culminante. Un mundo cercano
a la madurez debe abandonar este fetichismo, reconocer la unidad y la integridad
de las relaciones humanas y establecer, de una vez por todas, el mecanismo que
mejor pueda encarnar este principio fundamental para su existencia".
Todas las fuerzas contemporáneas que propician los cambios corroboran
este punto de vista. Las pruebas pueden discernirse en los muchos ejemplos que
se han citado de presagios favorables para la paz mundial en los actuales movimientos
y sucesos internacionales. El ejército de hombres y mujeres, reclutados
prácticamente de entre toda cultura, raza y nación de la tierra,
que presta servicio en los diversos organismos de las Naciones Unidas, representa
un "servicio civil" planetario cuyos impresionantes éxitos son indicios
del grado de cooperación que se puede lograr hasta en las condiciones
más desalentadoras. Un impulso hacia la unidad, como una primavera espiritual,
lucha por expresarse mediante los incontables congresos internacionales que
reúnen a personas de una amplia gama de disciplinas. Motiva proyectos
internacionales que implican a niños y jóvenes. En verdad, es
la auténtica fuente del notable movimiento hacia el ecumenismo por el
que los miembros de las religiones y sectas históricamente antagonistas
se sienten recíproca e irresistiblemente atraídos. Junto a la
tendencia contraria a favor de la guerra y el engrandecimiento propio, contra
la cual lucha incesantemente, el impulso hacia la unidad mundial es una de las
características más dominantes y extendidas en la vida del planeta
durante los últimos años del siglo veinte.
La experiencia de la comunidad bahá'í puede verse como un ejemplo
de esta creciente unidad. Es una comunidad de unos tres o cuatro millones de
personas* provenientes de muchas naciones, culturas, clases y credos, que se
dedican a múltiples actividades al servicio de las necesidades espirituales,
sociales y económicas de los pueblos de muchas tierras. Es un solo organismo
social que representa la diversidad de la familia humana, que dirige sus asuntos
por medio de un sistema de principios consultivos comúnmente aceptados
y que aprecia igualmente a todas las grandes corrientes de guía divina
a lo largo de la historia. Su existencia es otra prueba convincente de que la
visión de su Fundador de un mundo unido es practicable, otra prueba de
que la humanidad puede convivir como una sociedad global dispuesta a afrontar
los desafíos que pueda implicar la llegada a su mayoría de edad.
Si la experiencia bahá'í puede contribuir en cualquier medida
a fortalecer la esperanza en la unidad de la humanidad, nos sentimos felices
de ofrecerla como modelo para su estudio.
Al contemplar la suprema importancia de la tarea que ahora se presenta como
un desafío ante todo el mundo, nos inclinamos humildemente ante la sublime
majestad del divino Creador, Quien por su infinito amor ha creado a toda la
humanidad de la misma materia, ha exaltado la valiosa realidad del hombre, le
ha honrado con intelecto y sabiduría, nobleza e inmortalidad, y le ha
dotado de "la distinción y capacidad únicas de conocerle y amarle",
capacidad "que debe considerarse como el impulso generador y el objetivo primordial
que sostiene a la creación entera".
Mantenemos la firme convicción de que "todos los hombres han sido creados
para llevar adelante una civilización en continuo progreso", que "actuar
como las bestias salvajes no es digno del hombre", que las virtudes que benefician
a la dignidad humana son la honradez, la indulgencia, la misericordia, la compasión
y la generosidad amorosa hacia todas las gentes. Reafirmamos la creencia de
que "las potencialidades inherentes a la posición del hombre, la medida
plena de su destino en el mundo y la excelencia innata de su realidad, deben
todas manifestarse en este prometido Día de Dios". Éstas son las
motivaciones de nuestra fe inalterable en que la unidad y la paz son la meta
asequible por la que la humanidad está esforzándose.
Al escribirse esto, pueden oírse las voces esperanzadas de los bahá'ís,
a pesar de la persecución de la que son víctimas en el país
donde nació su Fe. Con su ejemplo de esperanza irreducible, dan testimonio
de la creencia de que la realización inminente de este antiguo sueño
de paz está ahora, en virtud de los transformadores efectos de la revelación
de Bahá'u'lláh, investida con la fuerza de la autoridad divina.
Por lo que les transmitimos a ustedes no sólo una visión en palabras;
convocamos el poder de las hazañas de fe y sacrificio; transmitimos la
ansiosa defensa de la paz y la unidad en nombre de nuestros correligionarios
de todas partes. Nos unimos a todos los que son víctimas de la agresión,
a todos los que anhelan el fin de los conflictos y la violencia, a todos aquellos
que por su devoción a los principios de la paz y del orden mundial promueven
los nobles propósitos para los que fue llamada a la existencia la humanidad
por un Creador Todo a moroso.
Con nuestro sincero deseo de impartirles a ustedes el fervor de nuestra esperanza
y nuestra confianza más profunda, citamos la promesa categórica
de Bahá'u'lláh: "Estas luchas estériles, estas guerras
desastrosas pasarán y la 'Paz Mayor' reinará".
La Casa Universal de Justicia.
SELECCIÓN DE LOS ESCRITOS DE BAHÁ'U'LLÁH: Sobre la paz:
Éste es el día en que los más excelentes favores de Dios
han sido derramados sobre los hombres, Día en que su poderosísima
gracia ha sido infundida en todas las cosas creadas. Incumbe a todos los pueblos
del mundo reconciliar sus diferencias y, con perfecta unidad y paz, morar bajo
la sombra del Árbol de su cuidado y amorosa bondad. Les incumbe aferrarse
a todo aquello que, en este Día, conduzca a la exaltación de su
posición y la promoción de sus mejores intereses.1
Dios, al enviar sus Profetas a los hombres, tiene dos propósitos. El
primero es liberar a los hijos de los hombres de la oscuridad de la ignorancia
y guiarlos a la luz del verdadero entendimiento. El segundo es asegurar la paz
y tranquilidad del género humano y proveer todos los medios por los cuales
puedan éstas ser establecidas.2
¡Oh vosotros que moráis en la tierra! El rasgo distintivo que marca el
carácter preeminente de esta Suprema Revelación consiste en que
hemos sentado los requisitos esenciales de la conducta, entendimiento y de completa
y permanente unidad. Venturosos quienes guardan mis mandamientos.3
El Gran Ser, deseando revelar los requisitos previos para la paz y tranquilidad
del mundo y el adelanto de sus pueblos, ha escrito: Debe llegar el tiempo en
que la imperativa necesidad de tener una concentración amplia y abierta
a todos los hombres será universalmente comprendida. Los gobernantes
y reyes de la tierra deben necesariamente concurrir a ella y, participando en
sus deliberaciones, deben considerar los procedimientos y medios que establezcan
entre los hombres los fundamentos de la Gran Paz mundial. Tal paz exige que
las Grandes Potencias decidan, para la tranquilidad de los pueblos de la tierra,
estar completamente reconciliadas entre sí. Si algún rey tomare
sus armas contra otro, todos deberán levantarse unidos e impedírselo;
si esto se hace, las naciones del mundo ya no necesitarán armamento,
salvo con el fin de preservar la seguridad de sus reinos y mantener el orden
interno dentro de sus territorios. Esto asegurará la paz y la calma de
todos los pueblos, Gobiernos y naciones. Esperamos que los reyes y gobernantes
de la tierra, los espejos del dadivoso y omnipotente nombre de Dios, puedan
alcanzar esta posición y escudar a la humanidad de la embestida de la
tiranía... Se aproxima el día en que todos los pueblos de la tierra
habrán adoptado un idioma universal y una escritura común. Cuando
se haya logrado esto, a cualquier ciudad que uno viaje será como llegar
a la tierra nativa. Estas cosas son obligatorias y absolutamente esenciales.
Incumbe a todo hombre dotado de discernimiento y comprensión esforzarse
por llevar lo que ha sido escrito a la realidad y acción... Es de hecho
un hombre quien hoy se dedica al servicio de toda la raza humana. El Gran Ser
dice nuevamente: Bienaventurado y feliz es aquel que se levanta para promover
los mejores intereses de los pueblos y razas de la tierra. En otro pasaje Él
ha proclamado: No debe enaltecerse quien ama a su patria, sino quien ama al
mundo entero. La tierra es un solo país y la humanidad sus ciudadanos.4
¡Oh gobernantes de la tierra! ¿Por qué habéis ofuscado el resplandor
del Sol y hecho que deje de brillar? Escuchad el consejo que os da la Pluma
del Altísimo, que quizá tanto vosotros como los pobres podáis
lograr tranquilidad y paz. Imploramos a Dios que ayude a los reyes de la tierra
a establecer la paz en el mundo. Él verdaderamente hace lo que es su
Voluntad.
¡Oh reyes de la tierra! Vemos que aumentáis vuestros gastos cada año,
y colocáis su carga sobre vuestros súbditos. Esto, verdaderamente,
es total y gravemente injusto. Temed los suspiros y lágrimas de este
Agraviado, y no coloquéis cargas excesivas sobre vuestros pueblos. No
les saqueéis para levantar palacios para vosotros mismos; no, más
bien escoged para ellos aquello que escogéis para vosotros mismos. Así
desplegamos ante vuestros ojos lo que os beneficia, si sólo percibierais.
Vuestros pueblos son vuestro tesoro. Tened cuidado, no sea que vuestro imperio
viole los mandamientos de Dios y entreguéis a los que están bajo
vuestra tutela en manos del saqueador. Por ellos gobernáis, por medio
de ellos subsistís, con su ayuda conquistáis. Sin embargo, ¡con
cuánto desdén los miráis! ¡Cuán extraño es,
cuán sumamente extraño!
Ahora que habéis rechazado la Más Grande Paz, aferraos a esta
la Paz Menor, para que quizás podáis mejorar en cierto grado vuestra
propia condición y la de quienes dependen de vosotros.
¡Oh gobernantes de la tierra! Reconciliaos entre vosotros, para que no necesitéis
más de armamentos salvo en la medida en que lo exija la protección
de vuestros territorios y dominios. Cuidado, no sea que desestiméis el
consejo del Omnisciente, el Fiel.
Manteneos unidos, oh reyes de la tierra, pues con ello la tempestad de la discordia
será acallada entre vosotros y vuestros pueblos encontrarán descanso,
si sois de aquellos que comprenden. Si uno de entre vosotros tomare armas contra
otro, levantaos todos contra él, pues esto no es sino justicia manifiesta.5
El bienestar de la humanidad, su paz y seguridad son inalcanzables a menos que
su unidad sea firmemente establecida. Esta unidad no podrá jamás
lograrse mientras se permita que los consejos que ha revelado la Pluma del Altísimo
pasen desatendidos.6
Imploramos a Dios -exaltada sea su gloria- y abrigamos la esperanza de que Él
asista benignamente a las manifestaciones de afluencia y poder y a las auroras
de soberanía y gloria, los reyes de la tierra -que Dios les ayude con
su gracia fortalecedora-, a establecer la Paz Menor. En verdad, éste
es el mayor medio de asegurar la tranquilidad de las naciones. Incumbe a los
soberanos del mundo -que Dios les asista- que unánimemente se aferren
a esta Paz, pues es el principal instrumento para la protección de toda
la humanidad. Es nuestra esperanza que se levantarán para lograr lo que
conduzca al bienestar del hombre. Es su deber convocar una asamblea universal
a la cual asistan ellos mismos o sus ministros, y poner en vigor todas las medidas
necesarias para establecer la unidad y concordia entre los hombres. Ellos deben
abandonar las armas y los equipos bélicos, porque no serán necesarios
más allá de los requerimientos para garantizar la seguridad interna
de sus respectivos países. Si ellos logran esta excelentísima
bendición, el pueblo de cada nación se dedicará con tranquilidad
y satisfacción a sus propias ocupaciones, y los quejidos y lamentos de
la mayoría de los hombres serán silenciados. Pedimos a Dios que
les ayude a hacer su voluntad y placer. Verdaderamente, Él es el Señor
del trono en lo alto y abajo en la tierra, y el Señor de este mundo y
del venidero. Sería preferible y más adecuado que los honorables
reyes asistiesen personalmente a tal asamblea y proclamasen sus edictos. En
verdad, cualquier rey que se levante y lleve a cabo esta tarea se convertirá,
ante los ojos de Dios, en el adalid de todos los reyes. ¡Feliz es él
y grande su bienaventuranza!7
La sexta Buena Nueva es el establecimiento de la Paz Menor, cuyos detalles han
sido anteriormente revelados por nuestra Exaltadísima Pluma. Grande es
la bendición de aquel que la sostenga y observe todo cuanto ha sido ordenado
por Dios, el Omnisciente, el Omnisapiente.8
Es deseable la moderación en todos los asuntos. Si una cosa es llevada
al exceso, será fuente de perjuicio. Considerad cómo la civilización
de Occidente ha agitado y alarmado a los pueblos del mundo. Una máquina
infernal ha sido inventada y ha resultado ser un arma de destrucción
como nadie ha visto ni oído cosa igual. La depuración de tan profundamente
arraigadas y abrumadoras corrupciones no puede llevarse a cabo, a menos que
los pueblos del mundo se unan en la consecución de una meta común
y abracen una fe universal. Inclinad vuestros oídos al Llamamiento de
este Agraviado y adheríos firmemente a la Paz Menor.9
Primero: es de incumbencia de los ministros de la Casa de Justicia la promoción
de la Paz Menor, para que el pueblo de la tierra pueda ser liberado de la carga
de gastos exorbitantes. Este asunto es imperativo y absolutamente esencial,
por cuanto las hostilidades y el conflicto son causa de aflicción y calamidad.10
En la abundancia de nuestro favor y amorosa bondad, hemos revelado, especialmente
para los gobernantes y ministros del mundo, aquello que conduce a la seguridad
y protección, a la tranquilidad y paz; quizá los hijos de los
hombres puedan ser resguardados de los males de la opresión. Él,
verdaderamente, es el Protector, el Auxiliador, el Otorgador de victoria. Es
de la incumbencia de los hombres de la Casa de Justicia de Dios fijar su mirada
día y noche sobre aquello que ha emanado de la Pluma de Gloria para la
instrucción de los pueblos, la edificación de las naciones, la
protección del hombre y la salvaguarda de su honor.11
Aquellos que poseen riqueza y están investidos con autoridad y poder
deben mostrar el más profundo respeto por la religión. En verdad,
la religión es una luz radiante y una fortaleza inexpugnable para la
protección y el bienestar de los pueblos del mundo, porque el temor de
Dios impulsa al hombre a sujetarse a lo que es bueno y a evitar todo mal. Si
se oscureciera la lámpara de la religión, sobrevendría
el caos y la confusión, y las luces de la imparcialidad y la justicia,
de la tranquilidad y la paz cesarían de brillar. De ello será
testigo todo hombre de verdadero entendimiento.12
Hemos ordenado a toda la humanidad establecer la Paz Menor, el más seguro
de todos los medios para la protección de la humanidad. Los soberanos
del mundo, de común acuerdo, deberían aferrarse a ella, pues éste
es el supremo instrumento que puede garantizar la seguridad y bienestar de todos
los pueblos y naciones. Verdaderamente, ellos son las manifestaciones del poder
de Dios y las auroras de su autoridad. Imploramos al Todopoderoso que muníficamente
les asista en aquello que conduzca al bienestar de sus súbditos. Una
explicación completa referente a este tema ha sido anteriormente escrita
por la Pluma de Gloria; bienaventurados los que actúan conforme a ella.13
El propósito de la religión, como ha sido revelado desde el cielo
de la Santa Voluntad de Dios, es el de establecer la unidad y concordia entre
los pueblos del mundo; no hagáis de ella causa de lucha y discordia.
La religión de Dios y su divina ley son los más potentes instrumentos,
y el más seguro de todos los medios, para el amanecer de la luz de la
unidad entre los hombres. El progreso del mundo, el desarrollo de las naciones,
la tranquilidad de los pueblos y la paz de todos los que moran en la tierra
se hallan entre los principios y ordenanzas de Dios. La religión otorga
al hombre el más preciado de los dones, ofrece la copa de la prosperidad,
imparte vida eterna y derrama beneficios imperecederos a la humanidad. Corresponde
a los jefes y gobernantes del mundo, y en particular a los Fideicomisarios de
la Casa de Justicia de Dios, esforzarse al máximo de su poder para salvaguardar
su posición, promover sus intereses y exaltar su Estado ante los ojos
del mundo. De igual modo, es de su incumbencia informarse de las condiciones
de los súbditos y familiarizarlos con los asuntos y actividades de las
diversas comunidades en sus dominios. Exhortamos a las manifestaciones del poder
de Dios -los soberanos y gobernantes de la tierra- a levantarse y hacer todo
lo que esté en su poder para que quizá puedan erradicar la discordia
en este mundo e iluminarlo con la luz de la concordia.14
Nuestra esperanza es que los jefes religiosos del mundo y sus gobernantes se
levanten unidos para reformar esta edad y rehabilitar su destino. Que tomen
consejos juntos después de haber meditado sobre sus necesidades y, a
través de deliberación ferviente y plena, administren, a un mundo
enfermo y penosamente afligido, el remedio que requiere.
El Gran Ser dice: El cielo de la sabiduría divina está iluminado
con las dos luminarias de la consulta y la compasión. En todos los asuntos
tomad consejos juntos, por cuanto la consulta es la lámpara de guía
que alumbra el camino y es la que confiere entendimiento.15
Tomad consejo juntos y ocupaos sólo de lo que beneficie a la humanidad
y mejore su condición... Considerad al mundo como al cuerpo humano que,
aunque creado sano y perfecto, ha sufrido, por diversas causas, graves trastornos
y enfermedades. Ni un solo día logró alivio; más aún,
su dolencia se hizo más severa, puesto que cayó en manos de médicos
ignorantes que dieron rienda suelta a sus deseos personales y erraron gravemente.
Y si alguna vez, por el cuidado de un médico hábil, un miembro
de aquel cuerpo sanaba, el resto quedaba enfermo como antes. Así lo informaba
el Omnisciente, el Sapientísimo... Lo que el Señor ha ordenado
como el supremo remedio y el más poderoso instrumento para la curación
del mundo entero es la unión de todos sus pueblos en una Causa universal,
en una Fe común. Esto no puede lograrse sino por el poder de un Médico
inspirado, hábil y todopoderoso. Esto, ciertamente, es la verdad y todo
lo demás no es sino error...
Considerad estos días en que la Antigua Belleza, Aquel que es el Nombre
Más Grande, ha sido enviado a regenerar y unificar a la humanidad. Contemplad
cómo, desenvainadas sus espadas, ellos se alzaron contra Él y
cometieron aquello que hizo estremecer al Espíritu Fiel. Y cuando les
dijimos: "He aquí, el Reformador del Mundo ha venido", ellos respondieron:
"Él ciertamente es uno de los promotores del desorden".16
¡Alabado sea Dios por haber llegado hasta Mí!... Has venido a ver a un
prisionero y un desterrado... Nosotros sólo deseamos el bien del mundo
y la felicidad de las naciones; sin embargo, nos consideran causantes de sedición
y de rivalidades, merecedoras de la prisión y del destierro... Que todas
las naciones tengan una fe común y todos los hombres sean hermanos; que
se fortalezcan los lazos de afecto y unidad entre los hijos de los hombres;
que desaparezca la diversidad de religiones y se anulen las diferencias de raza.
¿Qué mal hay en esto?... Pero esto se cumplirá, esas luchas sin
objeto, esas guerras desastrosas desaparecerán y la "Paz Más Grande"
reinará... Ustedes, en Europa, ¿no necesitan también de esto?
¿No fue esto mismo lo que anunció Cristo?... Sin embargo, vemos a vuestros
reyes y gobernantes disipando sus tesoros más en medios de destrucción
de la raza humana que en aquello que proporcionaría felicidad a la humanidad...
Estas luchas, este derramamiento de sangre y esta discordia cesarán y
todos los hombres serán como miembros de una sola familia... Que ningún
hombre se gloríe de que ama a su patria; que más bien se gloríe
de que ama a sus semejantes..."17 (a)
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