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Razón y Visiones del Nacionalismo (página )

Enviado por Augusto N. Lapp M.



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Origen de las naciones y el nacionalismo

Según escriben Mario Sanoja e Iraida Vargas (2005), la nación más que una estructura es un proceso de integración cuyo origen y desarrollo se gesta a lo largo de la historia de los pueblos; si bien la concreción de este proceso se da bajo condiciones históricas y materiales que son contingentes y originales. En efecto, las naciones son el resultado de la conjunción de múltiples factores objetivos (económicos, sociales, étnicos, culturales, tecnológicos, institucionales) y subjetivos (identitarios, de pertenencia, etc.) cuyo grado y patrón de organización están determinados por el grado de desarrollo de la reproducción social [1]. Así, podemos observar a lo largo de la historia de la humanidad una serie de estructuras socio-políticas que van desde la organización gentilicia, pasando por reinos, imperios, ciudades estados, protectorados, hasta llegar al sistema más complejo de Estados-nación actualmente dominante (aunque parece que este viaje continúa hacia formas de organización más complejas como la unión o bloques regionales de naciones).

Siguiendo esa idea, se puede decir que la concreción del Estado-nación moderno pertenece a un período específico y relativamente reciente desde el punto de visto histórico. Esencialmente, la formación del Estado nacional moderno se fundamentó en tres elementos concretos preexistentes: a) el Mercado: como mecanismo y escenario para la realización de las actividades de intercambio comercial y financiero. b) el Estado: como la institución encargada de organizar y regular las actividades generales de un país y, c) las Naciones: constituidas por los pueblos y nacionalidades que habitan en un espacio territorial/cultural delimitado.

Sintéticamente, podemos comenzar por recordar que la producción para el mercado existía ya bajo el régimen esclavista y bajo el feudalismo. Esta producción de los pequeños artesanos y campesinos, basada en la propiedad y en el trabajo personal, y que crea productos destinados al cambio, llamada producción mercantil simple, se realizaba por medio de mercados locales y temporales. Más tarde, el incremento de la producción artesanal y agrícola, el desarrollo de la división social del trabajo entre la ciudad y el campo, así como los avances en la vialidad y el transporte vinieron a reforzar los nexos económicos entre las distintas regiones dentro de cada país, contribuyendo decisivamente a la formación del mercado nacional.

Pero el fraccionamiento político propio del feudalismo representaba un gran obstáculo para el desarrollo de la producción mercantil y el comercio. Las exigencias de éste y del progreso económico de la sociedad en general imponían la necesidad de acabar con el fraccionamiento feudal. Por eso la naciente burguesía urbana estaba interesada en la desaparición de las barreras feudales y era partidaria de la creación de un Estado centralizado. Entonces, tanto la burguesía emergente como los reyes [2] se unieron para asestar golpes decisivos a la nobleza feudal y reforzar con ello su propia dominación. Para esto se constituyeron grandes Estados bajo la forma de Estados nacionales, los cuales facilitaron el desarrollo de las relaciones capitalistas. De tal manera que la formación del mercado nacional sentó, a su vez, las premisas económicas para la centralización del Poder del Estado. La existencia de un Estado nacional centralizado tenía la doble función de asegurar la integración y el control internos y, al mismo tiempo, salir victoriosa de la competencia con la burguesía de otras nacionalidades. Así, como afirmaba Stalin: "El mercado es la primera escuela donde la burguesía aprende el nacionalismo".

En este proceso de imposición del capitalismo y la consiguiente conformación de estados burocráticos centralizados se transformaron las relaciones socioeconómicas y las estructuras de dominación. Desde luego, tanto a la imposición de este tipo de economía como a la hegemonía de la burguesía y los estados capitalistas de Europa occidental contribuyeron también en gran medida las políticas colonialistas, el comercio y, posteriormente, la formación del mercado mundial. Ahora bien, el origen de las naciones no sólo obedece a razones de índole económica, pues otro factor que contribuyó a su formación fue la existencia de nacionalidades o pueblos con características particulares pero predominantes de cultura, raza, lengua, historia y sentimientos de pertenencia e identidad comunes, que se establecieron definitivamente en un territorio determinado: lo que A. D. Smith (1997) denomina ethnie dominante [3]. Así, por ejemplo, la mayor parte de las naciones europeas se componen de algún grupo étnico dominante; otras también contienen dentro de ellas una o varias nacionalidades minoritarias.

Más tarde, en la Era de la modernidad, las nacionalidades más poderosas junto con las clases y sectores dominantes desarrollaron por medio de los Estados políticas deliberadas de construcción nacional para difundir y fortalecer un sentido de pertenencia nacional. Según reseñan Kimllicka y Strachle (1999), estas políticas de construcción nacional incluyen planes de estudio de educación nacional, apoyo a los medios de comunicación nacional, la adopción de símbolos nacionales y leyes sobre idioma oficial, sobre ciudadanía y naturalización, entre otras. A estas políticas públicas encaminadas a asegurar que los Estados sean efectivamente Estados-nación las denominan "nacionalismo de estado". Por supuesto, dicen estos autores, en algunos países esas políticas de construcción nacional han sido sorprendentemente exitosas. Sin embargo, en muchos países algunas minorías territorialmente concentradas han opuesto resistencia a estas políticas, en particular, cuando se trata de minorías que ejercieron históricamente algún grado de autogobierno que fue erradicado en el momento en que su tierra natal fue involuntariamente incorporada a un Estado mayor, como producto de la colonización, de la conquista o de la cesión de territorios de un poder imperial a otro. A estos movimientos de resistencia los identifican como "nacionalismo de las minorías". Para Kymlicka y Strachle, ambas estrategias nacionalistas han tendido a generar serios conflictos en aquellos países que contienen minorías nacionales.

Es precisamente ese contexto histórico original el que según Hirsch (1998) otorga al concepto de nación un significado sumamente contradictorio: En primer lugar, simboliza la unión y autodeterminación política del pueblo, integrado por ciudadanos libres e iguales, frente a las tradicionales fuerzas oligárquicas y feudales. En este sentido, afirma este autor, el concepto de nación tiene un sentido fundamentalmente democrático, que se evidenció especialmente en las revoluciones burguesas. Por otra parte, el concepto de nación siempre está ligado con la exclusión de todo lo foráneo y el sometimiento al poder del estado centralizado, por lo que al mismo tiempo opera como un instrumento de dominación. Esta contradicción, de acuerdo a nuestro entender, es también la que marca el punto de partida para las diferentes ideologizaciones sobre el nacionalismo; pero este último aspecto será materia de discusión en otra parte de este trabajo.

Continuando con este breve análisis histórico, cronológicamente se pueden señalar varios momentos en el surgimiento de los estados nacionales y los movimientos nacionalistas, los cuales responden tanto a las distintas etapas en el proceso de acumulación capitalista [4] como a un creciente desarrollo y solidificación de las identidades nacionales de los diferentes pueblos del mundo: El primer momento, entre 1789 y 1871 correspondió a la lucha por la liberación nacional burguesa contra los restos del modo de producción feudal y de los regímenes políticos autocráticos que, para sí, se dio la nobleza. Esta lucha que se libró fundamentalmente en Europa occidental y que desembocó en los modernos Estados nacionales fue esencialmente democrático-burguesa.

Casi simultáneamente, pero al otro lado del mundo, los movimientos de autodeterminación nacional que se presentaron en 1776 en Norteamérica, y entre los años 1804-1895 en Latinoamérica, estuvieron motorizados por la nobleza territorial criollas y/o la burguesía emergente de los países coloniales y semicoloniales, no ya contra el feudalismo y la autocracia de viejo cuño, sino contra la opresión nacional de los colonialistas extranjeros, al tiempo que contra sus aliados estratégicos: los terratenientes, los arrendatarios en régimen de explotación semifeudal y el sector comercial-importador. Estos movimientos dieron como resultado la creación de un gran número de Repúblicas de carácter liberal.

Un segundo momento, entre 1918 y 1957, comprende los años en los cuales se sucedieron dos Guerras Mundiales y otros dos procesos diferentes pero relacionados: Por una parte, el fin de la Primera Guerra Mundial tuvo como uno de sus resultados la aparición de nuevos estados nacionales en el continente europeo, al desintegrarse los imperios multi-nacionales Austro-Húngaro y el Otomano. El Tratado de Versalles en 1918 se caracterizó por un reconocimiento del principio del nacionalismo, al ser la mayor parte de Europa dividida en estados nacionales en un intento por mantener la paz. Pero también, como otra consecuencia importante de esta guerra, debe destacarse el surgimiento del primer Estado socialista en Rusia.

Por otra parte, en este mismo periodo, se desencadenó una serie de movimientos de liberación nacional prácticamente en todo el mundo colonial, los cuales en su mayoría se concretaron al terminar la Segunda Guerra Mundial. Estos movimientos, a diferencia de los dos anteriores, contaban esta vez con la existencia de una conjunción de fuerzas integrada por importantes sectores de intelectuales progresistas de la clase media, obreros y campesinos revolucionarios quienes guiados por la influencia y el apoyo del campo socialista derrotaron casi totalmente al viejo colonialismo europeo. Los movimientos de liberación nacional en este período dieron como resultado la instalación de una serie de naciones con diferentes tipos de regimenes: unos liberal-burgueses, algunos autocráticos y otros con características socialistas.

El último o más reciente momento se puede datar a partir de 1991, año que marca la desaparición del bloque socialista de naciones. La eliminación de los regimenes socialistas y el casi inmediato resurgimiento de los viejos regionalismos, mayormente fundamentados en antiguas nacionalidades del Este de Europa, dieron como resultado la aparición de otro grupo de nuevas naciones casi todas con gobiernos liberales.

Como ya destacamos más arriba, en cada una de esas etapas el nacionalismo jugó un papel estelar. Aunque no pocas veces fue un papel compartido puesto que, dependiendo del país y de su grado de desarrollo, así como de las circunstancias del momento y los intereses de las clases sociales involucradas, los movimientos nacionales terminaron bien entrelazándose o bien entrando en contradicción con otras teorías, ideologías y movimientos tales como el liberalismo, el socialismo o el nazi-fascismo. Como era de esperar, estos encuentros y desencuentros han ocupado el interés de muchos autores por tratar de estudiar y determinar este importante problema, pero también a otros a "confundir" las razones y características del nacionalismo. A continuación, veamos algunas de las visiones y estudios más importantes relacionados con este tema.

Las visiones académicas: sus teorías y enfoques del nacionalismo

En las ciencias sociales se entiende como una visión a la perspectiva general desde la cual se analizan los problemas y se pretende proporcionar una explicación racional de un asunto o tema. Obviamente, la visión académica es la que predomina en las diferentes disciplinas que constituyen el amplio campo de las ciencias sociales. Paul Treanor (1997) señala al menos nueve disciplinas académicas que desarrollan teorías sobre el nacionalismo y los estados nacionales. Ellas son: la geografía política, las relaciones internacionales, las ciencias políticas, la antropología cultural, la psicología social, la filosofía política, el derecho internacional, la sociología y, finalmente, la historia.

Cada una de estas disciplinas, de acuerdo con su particular enfoque, ha desarrollado una serie de teorías acerca de la razón y el origen del nacionalismo. En la misma fuente citada, Treanor ofrece algunas "categorizaciones simples y no-inclusivas" de las diferentes teorías del nacionalismo:

  • Teoría normativa del nacionalismo, en la filosofía política.
  • Teorías del nacionalismo como extremismo político. Estos enfoques se relacionan con listas de definiciones preelaboradas por la extrema derecha.
  • Teorías del nacionalismo como producto de la modernidad. Estas forman lo medular de las teorías sociológicas del nacionalismo.
  • Teorías primordialistas, en contraposición a las teorías del origen moderno de las naciones.
  • Teorías civilizacionistas del nacionalismo, que a manudo implican una finalidad organicista para la comunidad global.
  • Teorías historicistas, las cuales toman la existencia de las naciones tal como son, pero considerando las diferentes condiciones para su desarrollo.
  • Teorías de integración social, especialmente sustituyendo a las teorías religiosas.
  • Teorías sobre la formación de los estados, en las cuales residualmente se explica el nacionalismo como un producto de políticas centrales dirigidas a lograr la uniformidad.
  • Teorías sobre el Sistema u Orden Global, las cuales no siempre consideran las características internas de los estados nacionales.

Por su parte, James Goodman (1996, citado por Paul Treanor, y también por Michael Lucas, 1999) presenta una categorización mucho más simple, que reduce las teorías del nacionalismo en cinco enfoques:

  • Teorías etno-nacionales, que ponen el acento en los componentes étnicos del nacionalismo e intentan explicar la fuerza afectiva, o subjetiva, del nacionalismo;
  • Teorías modernistas, que enfatizan el papel de los factores socio-económicos en el surgimiento de la identidades nacionales, siendo el de mayor importancia la industrialización;
  • Teorías centradas en el estado, que vinculan el nacionalismo con el sistema de estados y las relaciones internacionales;
  • Teorías centradas en las clases sociales, que refieren a las relaciones de clases y el impacto del capitalismo industrial sobre los movimientos nacionalistas; y
  • Teorías sobre el desarrollo desigual, que enfocan el amplio escenario internacional y transnacional en el que se reproduce el nacionalismo, y el cual comprende el amplio campo de las relaciones económicas, culturales y políticas que se dan entre y dentro de las sociedades.

Siguiendo esta clasificación, Goodman señala a Anthony Smith como un ejemplo de la teoría etno-nacional, a Karl Deutsch y Ernst Gellner como exponentes de la escuela modernista. Para el enfoque ?centrado en el estado?, se señala brevemente a John Breuilly. Eric Hobsbawm, Samir Amin, y Jim Blaut representan las teorías ?centradas en las clases sociales?, donde éstos autores ven al nacionalismo como un movimiento de las clases oprimidas. Bajo la categoría ?teorías del desarrollo desigual?, a la cual Goodman presta su máxima atención, se agrupan Benedict Anderson, Charles Tilly, Miroslav Hroch, y Tom Nairn.

En general, la literatura en torno a los temas de la nación y el nacionalismo ocupan una interminable lista de autores de todas partes del mundo. En Europa arranca con tres eventos destacados: uno es la colección de ensayos de G. Mazzini (1805-1872) conocida como Los deberes del hombre, en los cuales afirma que estos deberes, prescriptos por Dios, son de tres clases: "para con la humanidad, para con su patria y para con su familia"; otro es el ensayo sobre el concepto de nacionalidad que escribió Lord Acton en 1862, en el que debatía algunas de las tesis de Mazzini, o la conferencia de E. Renan titulada ¿Qué es una Nación?, dada en la Sorbona en 1882. También debemos incluir aquí a los ensayos de los economistas clásicos liberales quienes, aunque no gustaban hablar mucho de ello, se vieron obligados a trabajar con los conceptos de nación y economía nacional, por ejemplo: Adam Smith en 1776, o Friederich List en 1862, entre otros.

En la actualidad y desde una perspectiva socio-histórica, se pueden encontrar diversos e interesantes estudio sobre el origen de las naciones y el nacionalismo. Como ya hemos observado antes, estos estudios parten desde diferentes enfoques y teorías. Algunos de estos estudios destacan aspectos objetivos, y otros los fundamentan en razones subjetivas, aunque se debe anotar que estas posiciones no son absolutas. Entre los primeros podemos destacar al ya mencionado Ernest Gellner (1988). De acuerdo con este autor, el origen de las naciones y el nacionalismo se explica en la industrialización moderna y la necesidad de un Estado que proporcione la homogenización funcional requerida para este tipo de economía. En consecuencia, el nacionalismo no es el despertar de las naciones a la conciencia de sí mismas: "inventa naciones donde antes no existían", de acuerdo con ese imperativo de homogeneidad. Entre los "objetivistas" también debemos incluir a los marxistas clásicos para quienes la nación y el nacionalismo corresponden igualmente a una determinada etapa del desarrollo económico capitalista.

En cambio, Benedict Anderson (1993) considera que quizás mucho más importante que intentar definir objetivamente a las naciones es comprender que, subjetivamente, la nación se imagina, no importa qué factores separen a sus pueblos. Tal como lo postuló este autor, todas las naciones, aún las más homogéneas, son construcciones sociales o "comunidades imaginadas". Según Arthur Ripstein (en la obra colectiva compilada por R. McKim y J. McMahan, ya citada, p. 39), los estudios de Anderson sobre el nacionalismo del sureste asiático muestran de qué modo pueden fraguarse las naciones a partir de grupos culturales y lingüísticos diversos, grupos que, en gran parte, se unieron debido a la contingencia de las batallas y los tratados que establecían entre sí las potencias coloniales. Entre los "relativamente subjetivistas" también podría señalarse al historiador John B. Harrison (1991). Si bien este autor reconoce el importante papel jugado por la industrialización en la formación de las naciones europeas, no duda en destacar también el papel subjetivo del nacionalismo, tanto en la creación de los estados modernos como en los diferentes conflictos entre los mismos a lo largo de la historia de ese Continente. Para Harrison "el nacionalismo puede definirse como un sentimiento de identidad cultural común y de lealtad al país propio"; siendo la lengua, la tradición histórica, la religión, la compactación territorial y los limites naturales los factores esenciales que contribuyen a estos sentimientos (p. 150).

Por su parte, Anthony Smith propone una visión premodernista sobre el origen de las naciones. De acuerdo con la visión de Smith, las precondiciones para la formación de las naciones se dieron primordialmente en la preexistencia de factores étnicos y locales. De igual modo, que las premisas fundamentales del nacionalismo mismo, como ideología, movimiento y simbolismo, estaría arraigado en los orígenes étnicos casi siempre premodernos de la vida social. Así, para este investigador el nacionalismo se define como: "un movimiento ideológico para lograr y mantener la autonomía, unidad e identidad en nombre de un grupo humano que según algunos de sus componentes constituye de hecho o en potencia una nación" (A. D. Smith, op. cit., p. 67).

En una postura intermedia podríamos ubicar al conocido historiador Eric Hobsbawm, en razón a que en su obra "Naciones y nacionalismo desde 1870" (CRÍTICA, 1991) el autor claramente aconseja "el agnosticismo como la mejor postura que puede adoptar el que empiece a estudiar este campo", pues a la hora de establecer los criterios de nacionalidad "ni las definiciones objetivas ni las subjetivas son satisfactorias, y ambas son engañosas" (p. 16). "No obstante, para el resto ?dice el autor- utilizo el término "nacionalismo" en el sentido en que lo definió Gellner, a saber: para referirme básicamente a un principio que afirma que la unidad política y nacional debería ser congruente" (p. 17). "Sin embargo ? advierte Hobsbawn en páginas previas de este libro-, me he concentrado principalmente en el siglo XIX y comienzos del XX, período en que el tema es más bien eurocéntrico o, en todo caso, se centra en las regiones "desarrolladas" (p. 7).

A pesar de esta visión eurocéntrica del autor, de su manifiesto desinterés por el nacionalismo en Latinoamérica, y de sus dudas en la fuerza histórica de este fenómeno para el siglo XXI, luce interesante su estudio sobre las raíces de los diferentes tipos de nacionalismos en la Europa decimonónica, tales como: a) el nacionalismo revolucionario-democrático, propiciado por la burguesía en ascenso; b) el nacionalismo liberal de una burguesía ya consolidada y expansiva, y c) un "nacionalismo" separatista y divisor, generalmente sustentado por los sectores medios o pequeña burguesía. Asimismo, el autor ? siguiendo a Hroch ? nos presenta una ilustrativa división de la historia de los movimientos nacionales europeos en sus tres fases de desarrollo, esto de acuerdo con la evolución de la conciencia nacional en los diferentes agrupamientos sociales y regiones de un país.

En primer lugar, Miroslav Hroch discute en su obra las características particulares y las diferencias entre los movimientos de autodeterminación en la Europa del siglo XIX. En segundo lugar, este autor destaca el papel predominante de las elites sociales en el inicio de los movimientos nacionalistas. Según esta tesis (por cierto muy difundida en el mundo académico), los movimientos nacionales tanto en Europa occidental como en Europa oriental se desarrollaron en tres fases estructurales: En la fase A, los activistas investigaron los atributos lingüísticos, históricos y culturales de su grupo étnico. En la fase B, surgió un grupo de patriotas que impuso su proyecto de nación sobre otros miembros del grupo étnico. En la fase C, la idea nacionalista se expandió conformando un movimiento de masas. De acuerdo con Hroch, una diferencia importante entre el Este y el Oeste de Europa radica en el hecho de que los movimientos nacionales occidentales iniciaron su fase B bajo las condiciones de un régimen constitucional. En contraste, la fase B en los movimientos orientales se desarrolló dentro de los últimos regímenes absolutistas feudales como el Imperio de los Habsburgo, el Imperio Otomano, la Rusia Zarista, Prusia y Dinamarca

Otro teórico del nacionalismo quien también ha ejercido una gran influencia en el discurso de los académicos, funcionarios gubernamentales y periodistas ubicados en sectores conservadores es el historiador Hans Kohn (1944, 1982; véase al respecto el interesante análisis de los escritos de este autor realizado por Taras Kunzio, 2002). Este autor desarrolló en sus escritos de la década de los cuarentas del siglo pasado una teoría y una tipología del nacionalismo que se basaba en una supuesta diferencia entre un nacionalismo occidental "liberal y cívico" y otro "iliberal y étnico" en el oriente de Europa. Dada la importancia que se le ha atribuido a esta teoría, ahondaremos un poco más sobre sus postulados y sus críticas.

Según el enfoque de Kohn, desde su aparición el nacionalismo occidental siempre fue cívico, éste tenía una base social en las instituciones cívicas y en la burguesía. El autor incluye cinco ejemplos dentro de esta definición de "cívico occidental": El Reino Unido, Francia, Holanda, Suiza y los Estados Unidos. En contraste, en el Este, la ausencia de esas instituciones y de clases sociales diferenciadas significó que su nacionalismo fuera más "orgánico" y dependiente de los intelectuales para articular una idea de nación. En el Este los intelectuales diseñaron y dirigieron la conciencia nacional a través de la manipulación de las memorias, los símbolos, mitos e identidades. Según Kohn, el nacionalismo alemán, por ejemplo, rechazó los conceptos occidentales de individualismo, racionalismo y democracia parlamentaria y, por el contrario, se centró en la cultura tradicional, el idioma y la etnia.

Este supuesto que habla de la diferenciación entre dos tipos distintos de nacionalismos en Europa es criticado por Taras Kunzio [5] en el artículo ya citado. Para esta autora, la división del nacionalismo y los estados de acuerdo con el enfoque de Kohn falla al ser sometido al análisis histórico objetivo, y en cuanto al estado cívico éste no refleja más que una mezcla de ilusiones y pensamientos autocomplacientes. En su artículo, Kunzio discute cómo el enfoque de Kohn es problemático en seis aspectos:

  • Primero, todos los estados en Occidente comparten horizontes culturales, valores, identidades y mitos históricos en una identidad común que es la ?nación?: "Sin un legado histórico no habría el consentimiento colectivo para vivir juntos, puesto que no habría ninguna razón para que la gente persiga el acuerdo de compartir su existencia con un grupo de individuos y no con otro".
  • Segundo, el enfoque de Kohn omite cualquier nacionalismo antidemocrático, "no occidental" que ha existido en el Occidente, mientras que también ignora las manifestaciones de democracia y nacionalismo cívico en el Este. Kohn amontona en una sola categoría de "Orientales" a todos aquellos nacionalismos que a él le disgustan, muchos de los cuales no están geográficamente en el Este.
  • Tercero, una división artificial del nacionalismo por medio de la geografía ignora la violencia étnica y territorial que ha tenido lugar en los estados occidentales. Kohn grava negativamente al nacionalismo del Este por sus conflictos territoriales con sus vecinos, pero, al mismo tiempo, él ignora cómo el "Occidente" creó grandes imperios mundiales durante este período y no discute los numerosos conflictos en los cuales el Occidente se involucró durante sus proyectos de construcción nacional y estatal.
  • Cuarto, la división del nacionalismo en dos grupos hecha por Kohn idealiza el nacionalismo del Occidente como un fenómeno cívico que siempre fue completamente inclusivo de grupos sociales y étnicos. Al igual que con los muchos casos de racismo por parte de Europa, él ignora la exclusión de los Indígenas Nativos (y los negros) de la nación Estadounidense a lo largo de la mayor parte del siglo diecinueve. Ciertamente, once estados sureños negaron derechos civiles a los negros hasta muy tarde en la década de los sesentas, en lo que sólo podría definirse como una política regional de ?apartheid?.
  • Quinto, el enfoque de Kohn ignora el hecho de que, como en el Occidente, el nacionalismo en el Este también puede, en algunos momentos, involucrarse con alguna variedad cívica. Este es, ciertamente, el caso durante los noventas a lo largo de la mayor parte de la Europa post-comunista.
  • Sexto, lo que tradicionalmente se ha considerado como un proceso positivo de ?construcción nacional? en el Occidente ha sido descrito por Brubaker (1995) de una manera negativa como ?nacionalización de estados? en el Este. Tanto los estados ?cívicos Occidentales? como los estados ?étnicos Orientales? tradicionalmente homogeneizaron a sus habitantes tanto por medios pacíficos como violentos.

Como conclusión, Taras Kunzio argumenta que el enfoque de Kohn es fundamentalmente defectuoso, ya que múltiples evidencias señalan que los estados cívicos y étnicos puros sólo existen en teoría. Todos los estados, ya sea en el Este o en el Oeste, se basan en una razón etno-cultural. Cada nacionalismo y cada nación tienen elementos y dimensiones que incluyen ambos tipos de nacionalismos elaborados por Kohn (?orgánico, étnico? y ?voluntario, cívico?). Ninguna nación, ni ningún nacionalismo, pueden ser vistos como puros, aún cuando en ciertos momentos uno u otro de esos elementos predominen en el ensamblaje de los componentes de la identidad nacional. La suposición de que los estados-nacionales en el Occidente siempre fueron cívicos desde su creación a comienzo del siglo dieciocho es una idealización del autor. Por el contrario, Kunzio propone que los estados occidentales sólo se hicieron cívicos recientemente. En tiempos de crisis (inmigración, guerras en el extranjero, secesionismo interno, terrorismo) los elementos cívicos del estado pueden continuar siendo eclipsados por factores del particularismo étnico; no obstante, la proporción en la composición del particularismo étnico y el universalismo cívico del país siempre han estado en tensión y no dependen de factores geográficos sino, en otros, de dos factores: la etapa histórica en la evolución del estado étnico al estado cívico y la nacionalidad, así como en la profundidad en la consolidación de la democracia.

Por otro lado, el nacionalismo también ha ocupado la atención de la filosofía del derecho, lo que ha originado por parte de esta disciplina importantes estudios sobre el tema; sin embargo, se puede observar que generalmente los estudios realizados a partir de la filosofía moral y política de claro corte normativista no llegan a satisfacer las exigencias de integralidad que debe tener toda investigación social, ya que en esta perspectiva ocupa un lugar preferente el estudio del "deber ser" de las organizaciones sociopolíticas, o sólo las dimensiones morales y de valor en el caso particular del nacionalismo. Por supuesto, esto no quiere decir que esta perspectiva no haga aportes interesantes en diversos aspectos de nuestro estudio. Tal es el caso de los dos volúmenes de la obra ya citada: "La Moral del Nacionalismo" (GEDISA, 2003).

En esta obra colectiva el nacionalismo es clasificado de maneras muy diferentes, pero, como los mismos autores reconocen, estas diferenciaciones constituyen casi exclusivamente un problema de formas y de valoración moral de las mismas. Así por ejemplo, habría que distinguir entre un nacionalismo "liberal" y otro "iliberal", en función del poder que se quiera asumir (Taylor, op. cit., pp. 82-83); O un nacionalismo de "exclusión" y otro de "resistencia", según se trate de conseguir, o bien de conservar, la identidad y el reconocimiento (Feinberg, ibíd., pp. 105-106); Uno "político" y otro "cultural", ya sea que se centre en la idea de que la suprema voluntad política soberana está representada por el Estado-nación o, por el contrario, se considere que la cultura, más que las manifestaciones de la voluntad política, es el punto central de la identidad nacional (Margalit, ibíd., p. 115); Uno "particularista" y otro "universalista", de acuerdo con un conjunto de creencias sobre el significado normativo de las naciones y la nacionalidad (McMahan, ibíd., pp. 158-159); O uno "extremo" y otro "moderado", en atención a criterios que definan los límites entre las formas de nacionalismo moralmente aceptables y las moralmente inaceptables (Nathanson, ibíd., pp. 265-266). No obstante esta gran diversidad de criterios valorativos, es justo reconocer que en esta obra podemos encontrar una de las definiciones del nacionalismo más completa y menos prejuiciada. Según McMahan:

El "nacionalismo" hace referencia a un conjunto de creencias sobre el significado normativo de las naciones y la nacionalidad. Es característico que quienes se llaman nacionalistas sostengan, entre otras cosas, que la continuación de la existencia y el florecimiento de su propia nación es un bien fundamental, que los miembros de una nación han de poder controlar sus propios asuntos colectivos y que la pertenencia a la nación hace que no sólo sea permisible, sino en muchos casos moralmente necesario, la manifestación de lealtad y parcialidad hacia los miembros del propio grupo (op. cit, p. 158).

También en el campo de la psicología este tema ha ocupado la atención de los investigadores, si bien se ha hecho de una manera diferenciada según el momento y los espacios geográficos analizados. En la visión eurocéntrica (y anglo-estadounidense) del nacionalismo se observan dos centros de interés diferentes: si los estudios tienen por objeto otras sociedades, distintas a las centrales, entonces se mostrará un interés particular por determinar si los sentimientos y apegos nacionalistas derivan de rasgos "duraderos o inalterables" de la psicología humana, por ejemplo, un supuesto sentido de pertenencia tribal, los particularismos culturales, el chovinismo y otras cuestiones relacionadas con la psicología moral del nacionalismo, temas estos que a su vez fundamentan en gran medida los abordajes de la filosofía normativista sobre este tema (véase McKim y McMahan, op. cit.). Pero, si los estudios se realizan hacia dentro, esto es en los países desarrollados, entonces su interés estará dirigido hacia problemas que quizás se presuponen propios de sociedades civilizadas, tales como los aspectos legales de la relación Estado-sociedad. Por ejemplo, Kelman (1979) nos propone un modelo con el que intenta distinguir diferentes tipos de nacionalismo, "o distintas maneras en las que el individuo se relaciona con el Estado nacional", el cual está enfocado en las fuentes de legitimidad del sistema político.

En el modelo de Kelman, la lealtad hacia la nación representa una mezcla de necesidades de autoprotección y autotrascendencia, así como una mezcla de preocupaciones instrumentales y sentimentales o de identidad. Esencialmente ?dice este autor-, la vinculación sentimental e instrumental se puede ver como dos tipos de nacionalismo diferentes (aunque no mutuamente excluyentes). Estas entradas mixtas se reflejan en los temas que dominan mucho de la retórica nacionalista, como los temas de seguridad y sobrevivencia de grupo, de poder y expansión, de autoexpresión nacional, y de autorrealización. De manera más general ?sigue el autor-, crean la combinación especial de altruismo y autointerés en la relación del individuo a la nación, el cual constituye otro rasgo de la dialéctica que caracteriza a la ideología nacionalista. Según la definición de Kelman:

El nacionalismo puede concebirse como la ideología del Estado nación moderno o de cualquier movimiento dirigido hacia el establecimiento de un Estado nación nuevo. Cualquiera que sea su forma específica, el nacionalismo es una ideología que proporciona una justificación para la existencia o creación de un Estado nación que define una población particular y que prescribe la relación del individuo con el Estado (p. 142).

Para el autor en referencia, la existencia de una nación unificada correspondiente al Estado no sólo es un rasgo central de la ideología nacionalista y de la legitimidad del Estado dentro del sistema internacional, sino que también es central a la legitimidad del sistema político ante los ojos de su propia población. Es más, dice Kelman, "la población que acepta la legitimidad del sistema político está preparada a extender su lealtad al gobierno específico o a la administración en cargo del sistema en cualquier momento" (p. 155).

En cambio, siguiendo una perspectiva distinta a la de los investigadores europeos y norteamericanos, se puede ver que en Latinoamérica las actitudes así como otros procesos mediadores, y la determinación de la identidad y carácter nacionales, han sido los principales temas considerados en el campo del nacionalismo. Colateralmente, se ha dado en este campo una búsqueda de una explicación para ciertos rasgos y ciertas conductas que apela a las teorías de la ideología y de la alienación (véase Montero, 1984 y 1987). Por ejemplo, ubicado dentro esta perspectiva, el psicólogo venezolano José Miguel Salazar (autor de más de veinte trabajos sobre el tema) desarrolla casi todas sus investigaciones intentando definir aspectos relacionados con los rasgos y la identidad de una manera comparativa con otras nacionalidades. La razón de esta perspectiva está en que Salazar considera que: "Aunque sería interesante estudiar las causas del nacionalismo, es decir, sus determinantes históricas, es más interesante estudiar sus consecuentes: ¿En qué tipo de conductas se expresa la ideología nacionalista (o la falta de ella)? Solamente conociendo algunas de estas manifestaciones conductuales ?afirma este autor- podemos intentar algún tipo de cambio" (Salazar, 1980, p. 15).

Ocasionalmente, el tema del nacionalismo también ha ocupado algunos espacios en el campo del periodismo de opinión. Uno de estos es el artículo de Juan Pablo Fusi (en: ABC del 28-10-02) donde el autor, después de analizar el nacionalismo del siglo XX, nos ofrece dos conclusiones, a saber: 1) que el nacionalismo fue, como ya lo había sido en el siglo XIX, una fuerza poderosa de transformación y cambio; 2) que los nacionalismos (para Fusi existe una extensa gama de tipologías) serían causa de importantes y a menudo violentos conflictos, incluyendo las dos guerras mundiales (es curioso, por decir lo menos, que este autor no mencione para nada los factores económicos como causas fundamentales de las diversas crisis y guerras del capitalismo). Pero además nos da una definición muy amplia de este fenómeno, según Fusi:

Por nacionalismo ?que tendría mucho de construcción moderna-, habría que entender muchas cosas: procesos de construcción de estados nacionales; teorías regionalistas o independentistas; reivindicaciones etno-nacionales y etno-lingüísticas; sentimientos de pertenencia a una nación o nacionalidad; doctrinas políticas basadas en la exaltación de la idea de patria y en la movilización emocional de masas; movimientos o partidos políticos explícitamente nacionalistas. En última instancia, la fuerza y vigencia del nacionalismo se derivarían, probablemente, de su capacidad como elemento de cohesión social y de la importancia de los sentimientos de grupo como factor de vertebración de la sociedad; pero el nacionalismo sería también, muchas veces, una forma de hacer política y, por tanto, una estrategia de poder. [6]

Las visiones geopolíticas: sus tesis y doctrinas del nacionalismo

Se entiende como geopolítica a las doctrinas que establecen las relaciones entre los Estados, las políticas que llevan a cabo, los espacios geográficos para su ejecución, así como las causas que determinan esas políticas. Estas doctrinas pueden encontrarse como elementos normativos en las políticas generales de ciertos Estados, o bien como parte integrante en sistemas de pensamiento político-filosóficos más complejos. Lógicamente, al tratar acerca de las políticas de los Estados nacionales, cada una de estas doctrinas ha desarrollado una visión particular del nacionalismo. A continuación, echemos una breve mirada sobre algunas de las principales doctrinas:

  1. "Lo esencial en la existencia de una nación es que sea un Estado y que se conserve como tal. Una nación que no haya formado dentro de sí un Estado, sino que sea meramente "nación", carece de rigor de historia, como es el caso de naciones que existieron en estado salvaje. Cuanto a una nación le acontece [?] tiene un significado esencial en relación con el Estado". Friedrich Hegel (1770-1831). Cit. en Las Ideas Políticas: D. Thomson (comp.), Labor S. A., Barcelona, 1967, p. 144.

    Según Aníbal Quijano (2002), eurocentrismo es la perspectiva de conocimiento que fue elaborada sistemáticamente desde el siglo XVII en Europa, como expresión y como parte del proceso de eurocentramiento del patrón de poder colonial/moderno/capitalista, que terminó por constituirse en la racionalidad hegemónica, el modo dominante de producción de conocimiento. En relación a la cuestión nacional, los elementos principales de esta perspectiva son: en primer término, el lugar privilegiado que siempre ha ocupado el Estado en el proceso de formación e institucionalización de toda nación y, por ende, en el desarrollo de la ciencia política occidental. Si bien es conveniente anotar que no existe unanimidad en la literatura en cuanto al grado de centralidad que se le atribuye a este tema, no hay dudas que la importancia del mismo para la historia de las sociedades occidentales ha sido muy grande. La razón de esa orientación "estadocéntrica" podría explicarse, según el punto de vista de Gellner, en que las sociedades modernas son economías que, por su propia naturaleza, necesitan de los servicios y de la gestión del Estado. En este sentido, el Estado respalda y difunde una lengua y una cultura homogéneas indispensables para este tipo de economía, así como para este tipo de sociedad, organización política y sus procedimientos administrativos. De allí que, como afirma Will Kymlicka (1999), la mayoría de los politólogos occidentales hayan dado por sentado que las teorías que desarrollan deben operar dentro de los límites del Estado-nación, a pesar de que esta orientación no es siempre explícita.

    Otro aspecto es el de la homogeneización como elemento básico de la nacionalización: Para la visión eurocéntrica, la característica básica de la nación moderna y de todo lo relacionado con ella es su modernidad, pero, para lograr la construcción del Estado nacional moderno, iniciada por las revoluciones democrático-burguesas en el siglo XVIII, fue necesario desarrollar las políticas de nacionalización y homogeneización de la sociedad que requería el nuevo estado. Para desarrollar estas políticas los sectores dominantes crearon, entre otros, dos elementos importantes, uno de inclusión y otro excluyente: Como un elemento de inclusión social se destaca la creación de las instituciones modernas de ciudadanía y democracia política. Aún cuando estas instituciones no excedían más allá de determinadas características formales, ellas permitían, por una parte, enfrentar los privilegios del régimen absolutista y, por la otra, percibir al Estado como la expresión de un orden social eminentemente consensual y representativo de toda la nación. De esta manera, en lo interno, la ciudadanía pudo llegar a servir como igualdad legal, civil y política para gentes socialmente desiguales (Quijano, 2000, p. 226) y, en lo externo, diferenciando públicamente a los miembros nacionales de aquellos grupos humanos definidos como no ciudadanos o extranjeros. Por ello se considera que, como un instrumento poderoso de delimitación social, la ciudadanía ocupa un lugar central en la estructura administrativa y en la cultura política del moderno estado-nacional (Brubaker, 2001).

    Al mismo tiempo, junto al anterior elemento homogeneizador de ciudadanía, encontramos el concepto de raza como elemento fundamental de control y de "la colonialidad del poder" (Quijano, op. cit.). Esta idea y la clasificación social básica y universal de la población del planeta en torno a esa idea de raza (o racismo), según Quijano, fueron originadas hace 500 años junto con América, Europa y el capitalismo, y fueron impuestas sobre toda la población del planeta en el curso de la expansión del colonialismo europeo. De acuerdo con este autor, desde entonces esas políticas impregnan todas y cada una de las áreas de existencia social, constituyendo la base intersubjetiva más universal de dominación política dentro del actual patrón de poder mundial.

    Sin embargo, debemos destacar que los conceptos de ciudadanía y raza no fueron las únicas formas de homogeneización de las sociedades europeas. Para Lenin (1975), otros rasgos que también caracterizaron toda la evolución moderna y la homogeneización de esos Estados fueron: 1) La generalización de la economía capitalista en todos los países occidentales, consolidando así el Poder económico de la burguesía; 2) La formación del Poder parlamentario, lo mismo en los países republicanos que en los monárquicos, y 3) El perfeccionamiento y fortalecimiento del Poder ejecutivo, de su aparato burocrático y militar.

    Ahora bien, de acuerdo con la visión eurocéntrica, ¿cuáles eran los criterios básicos que permitían que un pueblo fuera clasificado firmemente como una nación?: De acuerdo con los estudios de Hobsbawn (op. cit.), existió un primer momento popular-revolucionario en la cual se equiparaba el pueblo soberano con el estado. Según lo expresaba la Declaración de Derechos francesa de 1795, la ecuación nación = estado = pueblo, y especialmente pueblo soberano, sin duda vinculaba nación a territorio pero no tenía ningún sentido fundamental la etnicidad, la lengua y otras cosas parecidas.

    Luego, en un segundo momento (entre 1830 y 1880), pasó a dominar el concepto de la burguesía liberal que consideraba que la nación y los requisitos para que se pudiesen concebir como tal estaban indisolublemente unidos al tamaño de la población y la dimensión del territorio (el llamado "principio del umbral"), por ser estos los factores que a su vez posibilitaban las condiciones para el desarrollo económico. De esto se desprendía que, en primer lugar, el "principio de nacionalidad" era aplicable en la práctica sólo a las nacionalidades de cierta importancia. La autodeterminación, entonces, sólo era aplicable a las naciones que se consideraban viables: cultural y, desde luego, económicamente. La segunda condición era que la edificación de naciones debía verse como un proceso de expansión. En la práctica esto quería decir que se esperaba que los movimientos nacionales fueran movimientos a favor de la unificación o expansión nacional.

    En un tercer momento, -siguiendo la exposición de Hobsbawn- el nacionalismo de 1880-1914 difería en tres aspectos importantes de las fases anteriores. En primer lugar, abandonó el "principio del umbral". En lo sucesivo cualquier conjunto de personas que se consideraran como "nación" reivindicó el derecho a la autodeterminación, que, en último término, significaba el derecho a un estado aparte, soberano e independiente para su territorio. En segundo lugar, y a consecuencia de esta multiplicidad de naciones "no históricas", la etnicidad y la lengua se convirtieron en los criterios centrales, cada vez más decisivos o incluso únicos de la condición de nación en potencia. Y, en tercer lugar, un marcado desplazamiento hacia la derecha política de la nación y la bandera, así como también en contra del auge de los movimientos socialistas, sobre todo dentro de los estados-nación establecidos, que a la postre llevó al triunfo temporal del fascismo.

    Así, el resultado de toda esta experiencia fue que se terminó por conformar, a nivel "oficial", un rechazo al nacionalismo por considerarlo ?según Brubaker- "una mezcla contradictoria de chauvinismo y universalismo mesiánico", heredado tanto de la tradición revolucionaria francesa y la expansión napoleónica, como de la reacción y conformación del nacionalismo etnocultural alemán (Brubaker, op. cit., pp. 8-11). Obviamente, este rechazo apareció en la segunda mitad del siglo XIX, después que ya se habían formado los grandes estados occidentales, a los cuales por su tamaño, grado de desarrollo y "contribuciones al progreso" se les atribuía el derecho propio de existir como naciones; mientras que "la gente, la lengua o la cultura pequeña encajaba en el progreso sólo en la medida en que aceptara la condición de subordinada de alguna unidad mayor" (Hobsbawm, 2000, p. 50).

    Aunque hoy se afirme que tanto el "principio de las nacionalidades" como el principio territorial y poblacional del "umbral" ya están superados en Europa, fundamentalmente debido a la globalización de la economía y a la confederación de sus repúblicas (la Unión Europea), es evidente que hoy continúa predominando el criterio de la subordinación a la economía más poderosa. Como bien destaca Joan Ginebra (1999), cuatro grandes naciones ejercen la hegemonía en la economía europea: Alemania, Francia, Inglaterra e Italia, en tanto que los demás países deben someter sus políticas industriales, comerciales y laborales a los dictados y conveniencias de esas cuatro potencias. En efecto, como señala Geoff Eley: "El Acta Única Europea de 1986-1992 y el Tratado de Maastrich, en virtud del cual la CEE se convirtió en la Unión Europea en 1994, eliminaron la opción del keynesianismo nacional?[y así entonces]?La soberanía pasó decisivamente al marco institucional poco flexible y antidemocrático de la UE." (op. cit., p. 404), lo que luego sería finalmente rematado por una Constitución claramente neoliberal como la propuesta en el año 2004 [7].

    Entonces no debería extrañarnos las críticas que se hacen al autoritarismo de las políticas neoliberales de Bruselas (centro administrativo y parlamentario de la Unión Europea) ni las importantes resistencias nacionalistas de parte de amplios sectores de la población en distintos países de ese Continente. Por ello, sería conveniente tomar en cuenta la advertencia que nos hace Hobsbawn respecto a que los motivos de estos fenómenos son duales, "construidos esencialmente desde arriba, pero que no pueden entenderse a menos que se analicen también desde abajo, esto es, no sólo desde los gobiernos y los portavoces y activistas de movimientos nacionalistas (o no nacionalistas), sino en términos de los supuestos, las esperanzas, los anhelos y los intereses de las personas normales y corrientes" (Hobsbawn, op. cit., pp. 18-19). Sabio consejo ?pensamos- que podría ser de mucha utilidad a la hora de estudiar los procesos de construcción de naciones en el pasado, así como los problemas que se presentan actualmente en la constitución de la Unión Europea.

  2. El Eurocentrismo y la nacionalización de la sociedad: El Estado-nación

    "Los obreros no tienen patria. No se les puede arrebatar lo que no poseen. Mas, por cuanto el proletariado debe en primer lugar conquistar el Poder político, elevarse a la condición de clase nacional, constituirse en nación, todavía es nacional, aunque de ninguna manera en el sentido burgués". Karl Marx (1818-1883), en el Manifiesto del Partido Comunista. Pekín, 1973, p. 57.

    De acuerdo con la definición dada por Lenin: "El marxismo es el sistema de las concepciones y de doctrina de Marx...[que]?constituyen en conjunto el materialismo moderno y el socialismo científico moderno como teoría y programa del movimiento obrero de todos los países civilizados del mundo" (Lenin, 1980, p. 11). Las teorías y doctrinas fundamentales desarrolladas por Marx, y también por Engels, son: a) las teorías del Estado y de la revolución socialista, b) la doctrina de la lucha de clases y la táctica del proletariado y, c) la doctrina económica referida al movimiento de la sociedad moderna o capitalista. Estos problemas fueron estudiados desde la perspectiva de la dialéctica materialista que, según Marx, "es la ciencia de las leyes generales del movimiento, tanto del mundo exterior como del pensamiento humano". Por medio de este método el marxismo abordó el estudio global del proceso de aparición, desarrollo y decadencia de las formaciones económico-sociales. Y sobre esta misma base histórico-dialéctica también planteó el socialismo de Marx los problemas de la nacionalidad y del Estado.

    En primer lugar, hay que destacar que, para el marxismo, la nación no es simplemente una categoría histórica general sino una categoría histórica específica, esto es, relativa a una época o momento histórico determinado por un sistema social y la clase dominante que preside su desarrollo: el capitalismo ascendente. Independientemente de que las naciones modernas se hayan estructurado a partir de ancestrales unidades étnico-lingüísticas, para el marxismo, el concepto moderno de nación apareció vinculado a la propiedad privada capitalista y la clase social que le confiere sentido social y político: la burguesía.

    En segundo lugar, la formación de naciones significó, simultáneamente, su transformación en estados nacionales independientes. Las naciones inglesa, francesa, y otras son, al mismo tiempo, los estados inglés, francés, etc. Así, el Estado "actual" varía con las fronteras nacionales ?escribe Marx en 1875-, sin embargo los distintos Estados en los distintos países civilizados de Europa, pese a la abigarrada diversidad de sus formas, tienen en común el que todos ellos se asientan sobre las bases de la moderna sociedad burguesa, aunque esta se halle en unos sitios más desarrollada que en otros, en el sentido capitalista.

    En tercer lugar, los movimientos nacionales de la época (estamos hablando del siglo XIX) consistían todos en movimientos de la burguesía ascendente contra los restos del modo de producción feudal y los regímenes políticos autocráticos de la nobleza. La finalidad de estos movimientos era eliminar los obstáculos que impedían la extensión de un mercado interno basado en la explotación capitalista del trabajo social y, al mismo tiempo, convertir a la burguesía autóctona en la clase dominante.

    Es evidente que esas fueron las características generales que marcaron el surgimiento de las nuevas naciones europeas. No obstante, Marx y Engels creían firmemente en que esa etapa inicial de industrialización nacional, de aislamiento nacional y antagonismos entre los pueblos, al igual que las ideas nacionalistas surgidas durante las revoluciones burguesas, quedarían superadas por la inevitable tendencia a la internacionalización de la economía capitalista y la mundialización de los mercados; razón por la cual, la noción de "patria" perdía sentido político tanto para la burguesía como para la clase obrera. Así lo expresaban claramente en el Manifiesto del Partido Comunista de 1847.

    La idea fundamental de estos autores respecto al problema nacional se justificaba en un pensamiento muy eurocéntrico de la época: En primer lugar, Marx y Engels sostenían al inicio una posición convencida de la prioridad histórica del socialismo en los países capitalistas desarrollados, así como del "progresismo" que revestía el avance del capitalismo sobre los países atrasados. Según planteaban estos intelectuales revolucionarios, la expansión del capitalismo en todo el mundo permitiría la incorporación de los pueblos atrasados a la civilización, al desarrollo económico y, por ende, al surgimiento y consolidación de la clase obrera; mientras que los movimientos separatistas en naciones pequeñas y culturalmente subdesarrolladas, irían en dirección opuesta a los intereses de la transformación socialista de Europa. En consecuencia, sus análisis se centraban sobre la función progresiva o reaccionaria de un determinado tipo de estado, o marco económico, a propiciar o combatir desde el punto de vista de la futura revolución del proletariado europeo (Vilar, 1982).

    Por este motivo, Marx y Engels proclamaban el carácter circunstancial y temporal de la lucha nacional por parte de la clase obrera, pues: "naturalmente, ésta para poder luchar, tiene que organizarse primero como clase en su propio país, ya que éste es la palestra inmediata de su lucha"; pero el propósito fundamental y estratégico de la clase obrera debe ser la total derrota del capitalismo a nivel mundial. En este sentido es que su lucha de clases es nacional, no por su contenido, sino, como dice el Manifiesto Comunista, "por su forma". Asimismo debe entenderse el papel transitorio del Estado en la revolución socialista: Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista ?decía Marx en su Crítica del programa de Gotha en 1875- media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda: la construcción de la sociedad socialista. A este período corresponde también un período de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado. Pero luego, con la implantación del régimen social socialista, el Estado se disolverá por sí mismo y desaparecerá [8].

    Entonces, bajo esta perspectiva fue que Marx y Engels estudiaron los movimientos por la autodeterminación de los pueblos de Europa y los territorios coloniales. No obstante, debe anotarse que esas perspectivas "progresistas" del capitalismo, casi rayanas con el "utilitarismo", de los primeros planteamientos de Marx y Engels en relación con la cuestión nacional y colonial variaron sensiblemente al final de sus vidas. Por ejemplo, a finales de la década de 1860, quizás debido al fracaso de las revoluciones europeas y al auge de las luchas por la independencia nacional en China, India e Irlanda, Marx da muestras de un cambio de opinión cuando pasó a creer en la posibilidad de que entonces las revoluciones en los países atrasados y coloniales serían previas y contribuirían a revolucionar las metrópolis. Asimismo, a pesar de la evidente preferencia por el enfoque internacionalista sobre el nacional que muestran estos autores en el Manifiesto Comunista de 1848, tanto en los Prefacios de la edición polaca de 1892 como en la italiana de 1893 del mismo Manifiesto (o sea, más o menos cuarenta y cinco años después de su primera publicación), también Engels da muestras de un cambio de opinión en torno a la cuestión nacional, cuando reconoce que así como la independencia nacional fue necesaria para la dominación de la burguesía ella también lo sería para el proletariado, pues:

    Sin restituir la independencia y la unidad de cada nación, no es posible realizar la unión internacional del proletariado ni la cooperación política e inteligente de esas naciones para el logro de objetivos comunes (Engels en el Prefacio a la edición italiana del Manifiesto Comunista).

    De manera que bajo esta perspectiva fue que ellos polemizaron no solo contra las ideas reaccionarias de la derecha, sino también con las diferentes corrientes del socialismo europeo, por ejemplo: el mazzinianismo en Italia, el proudhonismo en Francia, el lassalleanismo en Alemania, el tradeunionismo en Inglaterra, o ciertas tendencias de la socialdemocracia del centro y el este de Europa. A unos les criticaban sus posturas ilusorias por el manejo de unos "principios de las nacionalidades" que se centraban sólo en aspectos filosóficos y religiosos, sin que hubiera ninguna alusión a la lucha de clases y una crítica al capitalismo. A otros, su oportunismo por el mero reconocimiento verbal a "la igualdad de derecho de las naciones" sin que estos lucharan efectivamente contra las políticas colonialistas y las guerras anexionistas de sus propios países. Y todavía más, también criticaron a algunos socialistas por su dogmatismo al desconocer, o posponer, y hasta contraponer en algunos casos muy concretos, las luchas patrióticas en aras de la prioridad de los intereses de la clase obrera y la revolución socialista.

  3. El Marxismo y la "cuestión nacional": el Estado proletario

Partes: 1, 2, 3, 4


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