La totalidad es, pues, el principio epistemológico fundamental para conocer las distintas formas de objetividad que asume la historia de los hombres. Y es más importante, recordémoslo, que el énfasis en los motivos económicos, por cuanto metodológicamente es la única forma de averiguar las relaciones que en cada sociedad se establecen entre ese estrato primario que son las manifestaciones económicas y el resto de las manifestaciones sociales. Ludovico Silva: "Importancia y alcance del concepto de totalidad en el joven George Lukács", en Zona Tórrida, Revista de Cultura de la Universidad de Carabobo, 1973, p. 10.
Es obvio que este breve recorrido por la literatura del nacionalismo constituye sólo una muestra de lo mucho que se ha escrito acerca de este tema, sin embargo, es un buen ejemplo para ilustrar las posibilidades que brinda a la investigación cuando diferentes disciplinas se ocupan de algún tema de interés común. Desde luego, se debe tener presente que, comúnmente, la mayoría de estos abordajes se realizan desde una perspectiva específica, pretendiendo así analizar realidades que están geográficas e históricamente determinadas. Esta situación ciertamente no invalida estos abordajes, pero sí hace necesario que se adopte una actitud crítica frente a cualquier análisis, de manera que se pueda diferenciar lo falso de lo real universal dentro de cada visión particular del problema. Al mismo tiempo, y para no caer en el fatal reduccionismo, debemos tener en cuenta la advertencia que hacía Lukács en cuanto a que cualquier explicación de algún hecho histórico particular reclama que el mismo se haga teniendo en cuenta el punto de vista de la totalidad, o sea: "el dominio omnilateral y determinante del todo sobre las partes". Igualmente, sería conveniente desbrozar de entre toda esa literatura cuál es la verdadera razón del nacionalismo, esto es, de acuerdo con la realidad histórica determinar si el nacionalismo se constituye en una teoría para la liberación y la autodeterminación de los pueblos o si, por el contrario, como algunos autores señalan, sólo se trata de una ideología que persigue ocultar un propósito de dominación.
Así advertidos podemos anotar que las diferentes disciplinas y visiones a las que hemos hecho referencia proponen una serie de conceptos, razones, características y supuestos relacionados con las naciones y el nacionalismo, los cuales muy bien podrían ser considerados como un marco de referencia teórico para el análisis. Veamos entonces, de manera resumida, un "inventario" de algunas de las proposiciones más destacadas y pertinentes:
Evidentemente, las formas como se suele definir a una nación y su proceso de formación han sido siempre controvertidas. En esta controversia participan de manera destacada los enfoques estructuralistas, funcionalistas, normativistas y el histórico-dialéctico; al mismo tiempo que existe un serio debate entre los historiadores llamados "modernistas" y los "etnosimbolistas". No obstante, tal como lo han señalado Mario Sanoja e Iraida Vargas (op. cit), parece ser un hecho históricamente demostrado que la nación más que una estructura es un proceso de integración, cuyo origen y desarrollo se gesta a lo largo de la historia de los pueblos, aunque la concreción de este proceso se da bajo condiciones históricas y materiales que son contingentes y originales. Ciertamente, en cada uno de estos procesos de construcción de naciones confluyen múltiples factores tanto objetivos (económicos, sociales, culturales, históricos, étnicos, territoriales y lingüísticos) como subjetivos (identidad, pertenencia, sentimientos y otros), mismos que al integrarse dan como resultado una entidad históricamente formada, pero cuyo grado y patrón de organización estarán determinados por el grado de desarrollo de la reproducción social.
Asimismo, existen notables diferencias en cuanto a cómo los autores definen y aprecian el nacionalismo. Tanto las diferentes y a veces opuestas teorías de las ciencias sociales así como las diversas doctrinas de la geopolítica pueden dar fe de ello. Por ejemplo, para algunos teóricos el nacionalismo sería una "ideología específica" de la época de la modernidad que, no obstante los matices, básicamente proporcionaría una justificación para la existencia o creación de un Estado nación determinado (Gellner, op cit.); Mientras que otros autores consideran que el nacionalismo no llega a calzar la categoría de una "ideología total", dado que aquí sólo se trataría de un conjunto de creencias y pensamientos sobre las naciones y la nacionalidad que, a su vez, pueden expresar algún tipo de ideología, ya sea liberal o socialista (Celis Parra, 2004.). Aunque aquí cabe añadir que estas dos grandes ideologías igualmente se han diferenciado internamente en corrientes internacionalistas y nacionalistas.
También se ha querido confundir este principio del nacionalismo al asociarlo con simples manifestaciones psicológicas de tribalismo propias de pueblos primitivos, o con la autarquía que preconizaban las primeras teorías del mercantilismo y el proteccionismo económico del precapitalismo. Si bien el nacionalismo tiene muchas dimensiones y formas de manifestarse, nada de esto pereciera ser verdad, pues como bien asienta Ana Castro: "En los casos concretos del nacionalismo y/o del comunalismo no se trata, modernamente hablando, de absolutismos ideológicos sino de una específica valoración de un espacio territorial delimitado y de sus poblaciones con sus expresiones culturales e históricas determinadas (…) que les permite desarrollar su propio proyecto de vida orientado a satisfacer lo colectivo como único camino al bienestar de los individuos que pertenecen al grupo". [21]
Otros autores han establecido ciertas diferencias conceptuales entre el nacionalismo y el patriotismo: Por ejemplo, para el psicólogo J. M. Salazar la diferencia estaría entre una especie de "afectividad pasiva, presente en el patriotismo y la acción y la justificación de la acción implícita en el nacionalismo" (Salazar, J. M., 1980, p. 13). También están los autores que establecen diferencias temporales en cuanto a que los sentimiento patrióticos serían previos a la ideología nacionalista (ejem: E. Hobsbawm, 1991, p. 55 y subs.). Así como otros señalan diferencias de origen dado que el nacionalismo, al revés que el patriotismo campesino, habría comenzado como una doctrina urbana, creación de maestros de escuela y de periodistas que lo predicaban en la clase media (G. Lichtheim, op. cit. p. 102). Por otra parte, hay quienes explican que el patriotismo comúnmente se usa como un eufemismo del nacionalismo, debido a las acusaciones de extremismo por parte de este último. Así, por ejemplo, en ciertos círculos occidentales el patriotismo tendría una connotación positiva, mientras el nacionalismo se utilizaría con un sentido negativo (en http://en.wikipedia.org). Por nuestra parte, a pesar de todas estas diferenciaciones, aquí asumimos el criterio de que las condiciones actuales del desarrollo histórico, cultural y político en el mundo han eliminado cualquier diferencia de importancia entre un concepto y otro.
Al mismo tiempo, algunos autores censuran indiscriminadamente cualquier manifestación de nacionalismo, ignorando las condiciones históricas, los intereses de clase y propósitos que las motivan. Por ejemplo, se oculta que así como el nacionalismo sirvió a las oligarquías criollas promonárquicas en la Latinoamérica del siglo XIX para justificar su regionalismo y la parcelación del hemisferio en oposición al continentalismo democrático bolivariano, que por el contrario propugnaba la unión de hombre y tierras libres en una gran nación latinoamericana, así también y durante ese mismo tiempo el nacionalismo inspiró a los diferentes sectores republicanos de Europa para enfrentarse al dominio continental de las oligarquías y el absolutismo monárquico sustentado por la Santa Alianza. Se oculta, igualmente, que si bien el nacionalismo ha sido una fuerza demagógica poderosa para el imperialismo de todos los tiempos, también ha sido una razón vigorosa para la lucha de independencia de los diferentes pueblos coloniales y semicoloniales en todo el mundo.
Pero, no obstante los criterios preelaborados por cierta izquierda como por la extrema derecha que descalifican, ahora sí, todo tipo de nacionalismo por considerarlo una ideología excluyente y violenta (ejem: Popper, Vargas Llosa), existe un gran número de autores que sostienen criterios, aunque divergentes, menos prejuiciados y categóricos. Por ejemplo, el conocido intelectual liberal Isaías Berlín consideraba el nacionalismo como una fuerza psicológica activa situada sobre un continuum que parte desde las necesidades de identificación y pertenencia que tendrían normalmente las personas hasta un extremo de sentimientos malsanos de superioridad nacional que sería el fascismo (en R. McKim y J. McMahan, op. cit.). Mientras que para los marxistas el nacionalismo se explica como un conjunto de intereses y reivindicaciones de clases distintas y enfrentadas, entre las que expresan deseos inicialmente fundacionales pero luego expansivos y dominantes de la burguesía, por una parte, y los justificados deseos de independencia y autodeterminación de los países y clases sociales oprimidas, por la otra (Lenin, op. cit.).
En cualquier caso, es propio del nacionalismo el reivindicar por lo menos algunos de los componentes básicos que normalmente constituyen una nación: la cultura, el territorio, la economía, la historia, el idioma, etc. Tal como lo reconocen los propios partidarios nacionalistas, tanto socialistas como liberales, estos elementos constitutivos serían además los elementos fundamentales para la tan necesaria formación de la identidad nacional y social. Definida la identidad nacional como el conjunto de significaciones y representaciones relativamente permanentes que permiten a los individuos reconocerse socialmente como miembros de un grupo nacional, esta identidad sería también fundamental para el desarrollo de una conciencia nacional no alienada (Montero, op. cit.). Al mismo tiempo, la identidad nacional debe entenderse en términos de pertenencia a una cultura "societal"; cultura ésta que debe ser plural y democrática, compatible con los principios de libertad, tolerancia, igualdad y derechos individuales. Siendo así, esta identidad sería un elemento necesario para que un individuo pueda lograr una vida autónoma y con significado (Kymlicka, op. cit.).
Por supuesto, la identidad nacional no es la medida de todos los valores humanos, pues existen otras identidades, como las de género, clase, religión, región, etc., que también participan e influyen en la formación de la conciencia nacional y social, sin embargo, se considera que la identidad nacional es tal vez la más aglutinante e influyente de todas, a tal punto que estudios empíricos (como, por ejemplo, las investigaciones realizadas por De Castro, 1968; Salazar, 1970; Santoro, 1975, citados en Montero, op. cit.) han mostrado la influencia determinante que tienen la identidad y la conciencia nacional como productoras de una autoimagen nacional determinada. Asimismo, A. D. Smith defiende la tesis de que la identidad nacional ejercería actualmente una influencia más profunda y duradera que otras identidades; y que, por diversos motivos, es probable que este tipo de identidad colectiva continúe constituyendo la lealtad fundamental de la humanidad durante mucho tiempo. Y ello a pesar de que a las identidades nacionales se puedan sumar otras formas de identidad colectiva a una escala mayor aunque más laxas (A. D. Smith, op. cit., p. 159).
Ahora bien, el nacionalismo no sólo reivindica la importancia de las identidades nacionales independientes como requisito necesario para el buen desempeño de un país y sus ciudadanos, sino que también levanta las banderas inalienables de la soberanía como condición y sustento fundamental de esa identidad y dignidad nacionales. Proclamando, por ejemplo, el derecho que tiene cada nación a tener un Estado propio, a valorar su cultura e historia nacional, a desarrollar una planificación y un control autónomo de su gestión política, económica y militar, así como a disfrutar del uso racional y soberano de su territorio y sus recursos, para poder llevar a cabo el desarrollo nacional de acuerdo con sus propias realidades y necesidades, situación esta que adquiere mayor importancia frente la actual e irrefrenable competencia entre las naciones imperialistas por los ya escasos recursos energéticos. Sin embargo, esta capacidad soberana dependerá de la fortaleza que puedan tener los Estados nacionales y sus instituciones, de la correlación de fuerzas entre las clases y sectores patrióticos y los antipatrióticos, o según se trate de una nación desarrollada y dominante o de un país atrasado y dominado.
Ciertamente, existen notables diferencias de características y épocas entre aquellos procesos de construcción de naciones que se dieron en el occidente de Europa, o en el oriente del mismo Continente, y los que se concretaron en las distintas regiones del llamado Tercer Mundo, lo que reclama que pongamos atención al contexto histórico en los cuales estos procesos se gestaron y desarrollaron. No hacerlo así, indudablemente pondría en peligro la objetividad y pertinencia de nuestros juicios y valoraciones. Como bien señala Carlos Gutiérrez (2007), cuando el eminente historiador Pierre Vilar escribía que "la nación categoría histórica, sólo puede ser definida históricamente" estaba dando la clave de lectura de los procesos de liberación y de nuestra relación con los clásicos. En atención a esta última condición, resultan muy interesantes los estudios aquí citados los cuales ilustran sobre las semejanzas y diferencias que existen entre los procesos de construcción de naciones en el mundo "desarrollado" del siglo XIX y el mundo "dependiente" de la primera mitad del siglo XX. Como ya leíamos anteriormente, para Hobsbawn resulta evidente que en el mundo en desarrollo del siglo XIX la construcción de naciones en las que se combinan el estado nación con la economía nacional fue un factor central de la transformación histórica. En cambio, en el mundo dependiente de la primera mitad del siglo XX fueron los movimientos nacionales pro liberación e independencia los principales agentes de la emancipación política de la mayor parte del globo.
Pero, más allá de las diferencias en los niveles de desarrollo de las naciones, debemos prestar especial atención al tipo de relaciones históricas que se establecieron entre esas dos realidades: el imperialismo euroamericano y los países colonizados del Tercer Mundo. No está demás recordar que a lo largo de la historia de la humanidad tanto los llamados antiguo como el nuevo imperialismo han desencadenado terribles guerras y matanzas, han modificado y conformado negativamente diversas costumbres e identidades nacionales, han sometido a un gran número de Estados bajo los propósitos e intereses de las grandes potencias imperiales, así como han expoliado a los pueblos sus territorios y recursos en todos los Continentes. Siendo esta situación hoy más peligrosa que nunca cuando en pleno siglo XXI el poder hegemónico del imperialismo estadounidense, representado por sus grandes empresas transnacionales y su Estado militar y financiero (junto a las sucursales europeas) se ha "globalizado" de tal manera que no existe rincón en el mundo que pueda escapar a sus pretensiones de dominio imperial.
Así, expresada tanto en la permanente pugna por el control de los mercados nacionales e internacionales que Eric Hobsbawm (op. cit.) destaca entre los países desarrollados del Primer Mundo, como en la lucha histórica entre colonia versus independencia que, entre muchos otros, Núñez Tenorio (1976) reconocía en los países del llamado Tercer Mundo, la contradicción nación-imperialismo es, indudablemente, un hecho histórico-político fundamental, demostrado reiteradamente cuando ningún proyecto nacional o socio-económico independiente ha podido tener un éxito asegurado sin haber superado esta contradicción fundamental. No obstante, advertimos, hoy y particularmente en los países del Tercer Mundo, esta lucha nacional no desvirtúa ni disminuye ni mucho menos descarta para nada todas las demás contradicciones socio-económicas originadas por el capitalismo. Por el contrario, dadas las características sistémicas del mundo de hoy, es obvio que la solución efectiva de cualquier contradicción presupone inevitablemente la solución efectiva de muchas otras contradicciones: como, por ejemplo, que la solución del problema de la libertad no tendría posibilidades sin la solución de los problemas sociales, y viceversa.
También se ha afirmado que el imperialismo es la causa fundamental del subdesarrollo, la dependencia y la pobreza de la naciones, pero debemos estar claros que estos problemas originados por el imperialismo comprenden tanto variables externas como también factores internos que se refieren al tipo específico de relación entre las clases y grupos que implican y facilitan una situación de dominio (véase al respecto: Montero op. cit.). Además –destaca Montero-, esta situación de dependencia que caracteriza a las sociedades subdesarrolladas debe analizarse no sólo desde el punto de vista económico, sino también desde la perspectiva del comportamiento y la estructuración de los grupos sociales, pues al igual que hay economías dependientes, existen también, por consecuencia, una actitud dependiente que, al mismo tiempo que su producto, suministra los elementos que la mantienen. Una de esas actitudes es la de privilegiar e imitar de manera acrítica los estilos de vida y pensamientos del extranjero, a la par que se desprecian la cultura y la historia de su propio país. Estos factores internos, pero mediatizados, normalmente están representados por clases y sectores sociales estrechamente vinculados a los grandes intereses del capitalismo internacional: como las respectivas oligarquías financieras, grandes comerciantes importadores, los terratenientes, empresarios de las comunicaciones, así como algunos sectores de las clases medias y bajas ganadas por la propaganda antinacional que desarrollan la mayor parte de las empresas privadas de comunicación social. De tal manera que a la lucha externa contra el imperialismo debe sumarse necesariamente la lucha interna contra las fuerzas antinacionales y serviles al imperialismo, lo que demuestra la estrecha relación que existe entre la lucha por la liberación nacional con la lucha de clases.
Así tenemos que el enfrentamiento contra la dominación imperialista comporta una lucha tanto a lo externo como a lo interno de las naciones, una lucha que originaría además "una ligazón interrelacionada entre las revoluciones nacionales y la revolución mundial" (como afirma el MRO del Uruguay). Por lo tanto, estas luchas no se desarrollan de manera aislada de otras naciones y sus circunstancias; por el contrario, si de verdad se quiere triunfar, ellas llevan inevitablemente a concatenarse en el plano internacional con otros países y sus procesos socio-transformadores de similar orientación, en una resistencia y lucha en todos los frentes contra esa hegemonía del imperialismo (Rauber, 2006. p. 46). Pero, indudablemente, sólo naciones fuertes y dignas podrán formar un bloque de poder verdaderamente libre e independiente capaz de enfrentar semejante desafío.
Entonces, todo indica que las diferenciaciones que se puedan establecer respecto del nacionalismo no estarán limitadas a sólo factores étnico-culturales, o geo-históricos, como de manera predominante propone la visión academicista occidental, sino que además estarían relacionadas con importantes factores socio-económicos e ideo- políticos, tales como los contenidos clase que asuman los Proyectos Nacionales y las formas como se manejen las contradicciones políticas, sociales y económicas del país (Ocampo, 2005); como también con las políticas de relaciones internacionales que desarrollen los Estados y el tipo de respuestas que se generen frente a la dominación imperialista (Petras, 2002). Si se toman en consideración todos estos factores, entonces se podrían distinguir tres tipos diferentes de nacionalismos: el conservador, el reformista y el revolucionario:
El nacionalismo conservador se caracteriza por ser opresor y expansionista; partidario del status quo y, por ende, reaccionario frente a toda clase de cambios; no solidario y protector a ultranza de sus ventajas económicas; racista y chauvinista frente a las minorías nacionales y los pueblos menos desarrollados; siempre asociado a las elites y a los diversos imperialismos. En el caso de los países dependientes, esta opción conservadora halla su expresión entre los suplentes socio-económicos del poderío euroamericano enfrentados, bajo un manto seudo-nacionalista, a las políticas antiimperialistas y de solidaridad de otras naciones diferentes o rivales al bloque imperial. Como también existen algunas versiones clericales y folklóricas de este nacionalismo, "donde las antiguas elites tradicionales se enfrentan con la dominación imperial para restaurar el poder y la prerrogativas de elites religiosas y, en algunos casos, terratenientes y comerciales" (Petras, op. cit., p. 246).
El nacionalismo reformista es aquel que sólo persigue modificaciones parciales, particularmente económicas, a las contradicciones fundamentales de la nación. Su proyecto de nación no deja de ser el capitalista. Generalmente está conformado por sectores de las clases medias o pequeña burguesía, como algunos medianos y pequeños empresarios nacionales, adversamente afectados por las políticas neoliberales y hegemónicas del imperialismo euroamericano y, por lo tanto, muy interesados en medidas proteccionistas por parte del Estado nacional. "Su respuesta –dice Petras- es también típica de grupos profesionales progresistas, dirigentes de ONG y de otros interesados en buscar una acomodación con la potencia imperial: conseguir el mejor trato posible para ellos mismos, la única "opción práctica" (Ibídem).
El nacionalismo revolucionario, por el contrario, es aquel que propone cambios estructurales o radicales a las situaciones de dependencia, pobreza y opresión nacional. Este nacionalismo no niega la universalidad de las contradicciones socio-económicas ni el carácter internacional de la lucha contra el imperialismo, como tampoco niega la necesaria solidaridad que debe existir entre todos los pueblos del mundo, por el contrario, las tomas muy en cuenta; "Pero –como señala Luís Ocampo (op. cit.)- el nacionalismo popular-revolucionario además de recoger los aspectos de universalidad de las contradicciones afirma su particularidad, y esto, la particularidad de las contradicciones es precisamente lo que se les olvida a los estatalistas-cosmopolitas". El nacionalismo revolucionario está asociado a diversos movimientos populares de liberación nacional y de resistencia antiimperialista, generalmente partidarios de vincular las reformas radicales con el socialismo.
Entonces, de acuerdo con Luis Ocampo, si observamos debidamente todos estos factores y características podremos apreciar que:
…el punto de vista sobre la nación, es diferente según sea el bloque social que interpreta la realidad. Los patriotismos, los nacionalismos tienen diferentes contenidos de clase y en función de ello conlleva diferentes proyectos sociales. [Luego:] Se puede entender el nacionalismo como la expresión ideológico-política de la reivindicación o defensa de un determinado proyecto o realidad nacional. (Ibídem)
En conclusión: como ya se habrá podido observar, en el análisis y explicación de los procesos históricos de "construcción de naciones" -así como de su dimensión ideológica o doctrinaria- no se puede estimar una sola variable, sea esta cultural, económica, política, étnica o de cualquier otra índole, sino que, insistimos, se les debe considerar como un complejo de procesos integrados por múltiples variables, tanto objetivas como subjetivas. De ahí la necesidad de un enfoque que tome en cuenta el sentido totalidad del problema. Además, porque la concreción de una nación es un hecho histórico objetivo cuyo proceso de realización es al mismo tiempo universal, singular y diverso. Es universal porque desde el siglo XVIII hasta los actuales momentos prácticamente todos los pueblos de la Tierra han perseguido constituirse en nación. De algunas sociedades desarrolladas se puede decir que han logrado ese objetivo, otras, como muchas de las del llamado Tercer Mundo, cabalmente no. A estas últimas sociedades se les ha denominado "naciones inacabadas" en razón de sus características y grados singulares de dependencia, atraso y falta de integración territorial, económica y social. Aún más, todavía hoy y en varias partes del mundo existen pueblos tratando de lograr su independencia política y un estado propio. Frente a esta situación ¿no será acaso aventurado asegurar la falta de vigencia del concepto de nación? Muchos autores consideran que la idea de nación no ha cumplido aún su trayectoria ni ha agotado su misión histórica.
Igualmente, estas situaciones permiten entender el alto grado de complejidad y actualidad, así como la pertinencia y justificación histórica que tienen estos movimientos nacionales, algunos de los cuales, ya lo dijimos, están todavía en pleno desarrollo. Por ello, lucen desproporcionadas y fuera de toda realidad histórica aquellas afirmaciones categóricas que hablan de un "definitivo declive de los Estados nacionales". Como también parecen ser calificaciones unilaterales e interesadas del nacionalismo aquellas que meten en un solo saco todos los casos coleccionados de manera indiscriminada, como por ejemplo el equiparar complejos procesos históricos nacionales con ciertas guerras tribales por el control de algún territorio en particular; o las simples pretensiones secesionistas por separase de algún Estado históricamente constituido. Por lo demás, y como ya se ha hecho evidente en múltiples ocasiones, estas pretensiones casi siempre están motivadas por particulares intereses económicos, por exacerbados regionalismos, por ciertas discriminaciones étnicas o religiosas, y también por las movidas geopolíticas de alguna fuerza extranjera. Parece incorrecto, entonces, atribuir estas pretensiones enteramente al nacionalismo, y menos a un nacionalismo revolucionario. Por el contrario, tanto por las ansias de autodeterminación, reconocimiento y bienestar que siempre muestran los distintos pueblos de mundo, como por la necesaria resistencia colectiva de éstos frente las acciones hegemónicas de la globalización imperialista, la idea fundamental que prevalece hoy en el pensamiento nacionalista revolucionario y contemporáneo no es precisamente la desintegración, sino la de que se debe establecer una sana relación integral e integradora al interior de cada sociedad nacional, como de estas con todos los pueblos del mundo, claro está, siempre reconociendo y respetando las soberanías, la independencia y la libre relación de las diversidades nacionales y culturales dentro de esa gran unidad que es el género humano.
En razón de la gran lucidez y vigencia que en este caso tienen sus ideas, nos tomamos la libertad de transcribir in extenso una nota inserta al final del libro "Maquiavelo y Lenin", escrito por Antonio Gramsci y publicado por Editorial Diógenes S. A. en 1972. Esta nota en particular la escribió el autor en los años treinta del siglo pasado con motivo de la ya conocida disputa que se presentó entre Trosky y Stalin sobre lo que ellos consideraban debía ser la vía más conveniente para la revolución rusa. En esta nota, creemos, se aborda con claridad meridiana la vieja discusión en las filas de la izquierda en torno a la relación dialéctica que existe entre las perspectivas internacional y nacional, y cuál debería ser la conducta política frente a este problema por parte de una fuerza social que pretenda ser internacional. Entonces, prestemos atención a lo que escribía Gramsci:
El punto que me parece necesario desarrollar es el siguiente: cómo según la filosofía de la praxis (en su manifestación política), tanto en la formulación de su fundador como especialmente en las precisiones aportadas por su teórico más reciente, la situación internacional debe ser considerada en su aspecto nacional. En realidad, la relación "nacional" es el resultado de una combinación "original" única (en cierto sentido) que debe ser comprendida y concebida en esta originalidad y unicidad si se desea dominarla y dirigirla. Es cierto que el desarrollo se cumple en la dirección del internacionalismo, pero el punto de partida es "nacional" y es de aquí que es preciso partir. Pero la perspectiva es internacional y no puede menos que ser así. Es preciso por ello estudiar con exactitud la combinación de fuerzas nacionales que la clase internacional deberá dirigir y desarrollar según las perspectivas y directivas internacionales. La clase dirigente merece ese nombre sólo en cuanto interpreta exactamente esta combinación, de la que ella misma es un componente, lo que le permite, en cuanto tal, dar al movimiento una cierta orientación hacia determinadas perspectivas. Y es aquí donde residen, según mi opinión, las divergencias fundamentales entre Trosky y Stalin como intérprete del bolchevismo. Las acusaciones de nacionalismo son ineptas si se refieren al núcleo del problema. Si se estudia el esfuerzo realizado desde 1902 hasta 1917 por los bolcheviques, se ve que su originalidad consiste en depurar el internacionalismo de todo elemento vago y puramente ideológico (en sentido peyorativo), para darle un contenido de política realista. El concepto de hegemonía es aquel donde se anudan las exigencias de carácter nacional y se comprende por qué determinadas tendencias no hablan de dicho concepto o apenas lo rozan. Una clase de carácter internacional, en la medida en que guía a capas sociales estrictamente nacionales (intelectuales) y con frecuencia más que nacionales, particularistas y municipalistas (los campesinos), debe en cierto sentido "nacionalizarse"; pero este sentido no es muy estrecho ya que antes de que se formen las condiciones para una economía según un plan mundial, es necesario atravesar múltiples fases donde las combinaciones regionales (de grupo de naciones), pueden ser variadas. Por otra parte, es preciso no olvidar que el desarrollo histórico sigue las leyes de la necesidad hasta tanto la iniciativa no haya pasado netamente del lado de las fuerzas que tienden a la construcción, siguiendo un plan de división del trabajo basado en la paz y la solidaridad. Que los conceptos no-nacionales (es decir, no referibles a ningún país en particular), son erróneos, se demuestra reduciéndolos al absurdo. Ellos condujeron a la pasividad y a la inercia en dos fases muy importantes: 1) en la primera fase, ninguno creía que debiera comenzar, o sea, consideraba que comenzando se habría encontrado aislado; y en la espera de que todos se moviesen en conjunto, nadie lo hacía ni organizaba el movimiento; 2) la segunda fase es quizás peor, ya que se espera una forma de "napoleonismo" anacrónico y antinatural (puesto que no todas las fases históricas se repiten de la misma forma). Las debilidades teóricas de esta forma moderna del viejo mecanicismo están enmascaradas por la teoría general de la revolución permanente que no es más que una previsión genérica presentada como un dogma y que se destruye a sí misma al no manifestarse en los hechos (Antonio Gramsci, Maquiavelo y Lenin, Editorial Diógenes, S. A., México, 1972, pp. 125-127).
Otras notas:
Aquí se hace necesario acotar, junto a Rauber (2006), que igual situación aconteció en algunos movimientos de izquierda del Tercer Mundo, particularmente en Latinoamérica en las décadas de los 60 y 70, cuando "atender –por ejemplo- a problemas sectoriales, e incluso a cuestionamientos de fondo de las relaciones de poder: como la discriminación de las mujeres, de los pueblos originarios, de los negros, etc., era subestimado o desechado de las actividades revolucionarias por considerársele expresión de las "contradicciones secundarias". Las propuestas que pretendían encontrar alguna solución a tales problemas eran consideradas elementos que distraían la atención respecto de la "cuestión fundamental": la toma del poder. Después de ese momento –continúa la autora-, se suponía que las soluciones llegarían en cadena, espontánea y mecánicamente desde arriba" (ver nota en página 37).
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Autor:
Augusto N. Lapp M.
Lic. Ma. Ed., Venezuela
28/10/2007
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