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Razón y Visiones del Nacionalismo (página )

Enviado por Augusto N. Lapp M.



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A manera de síntesis: el análisis del nacionalismo desde una visión de la totalidad

La totalidad es, pues, el principio epistemológico fundamental para conocer las distintas formas de objetividad que asume la historia de los hombres. Y es más importante, recordémoslo, que el énfasis en los motivos económicos, por cuanto metodológicamente es la única forma de averiguar las relaciones que en cada sociedad se establecen entre ese estrato primario que son las manifestaciones económicas y el resto de las manifestaciones sociales. Ludovico Silva: "Importancia y alcance del concepto de totalidad en el joven George Lukács", en Zona Tórrida, Revista de Cultura de la Universidad de Carabobo, 1973, p. 10.

Es obvio que este breve recorrido por la literatura del nacionalismo constituye sólo una muestra de lo mucho que se ha escrito acerca de este tema, sin embargo, es un buen ejemplo para ilustrar las posibilidades que brinda a la investigación cuando diferentes disciplinas se ocupan de algún tema de interés común. Desde luego, se debe tener presente que, comúnmente, la mayoría de estos abordajes se realizan desde una perspectiva específica, pretendiendo así analizar realidades que están geográficas e históricamente determinadas. Esta situación ciertamente no invalida estos abordajes, pero sí hace necesario que se adopte una actitud crítica frente a cualquier análisis, de manera que se pueda diferenciar lo falso de lo real universal dentro de cada visión particular del problema. Al mismo tiempo, y para no caer en el fatal reduccionismo, debemos tener en cuenta la advertencia que hacía Lukács en cuanto a que cualquier explicación de algún hecho histórico particular reclama que el mismo se haga teniendo en cuenta el punto de vista de la totalidad, o sea: "el dominio omnilateral y determinante del todo sobre las partes". Igualmente, sería conveniente desbrozar de entre toda esa literatura cuál es la verdadera razón del nacionalismo, esto es, de acuerdo con la realidad histórica determinar si el nacionalismo se constituye en una teoría para la liberación y la autodeterminación de los pueblos o si, por el contrario, como algunos autores señalan, sólo se trata de una ideología que persigue ocultar un propósito de dominación.

Así advertidos podemos anotar que las diferentes disciplinas y visiones a las que hemos hecho referencia proponen una serie de conceptos, razones, características y supuestos relacionados con las naciones y el nacionalismo, los cuales muy bien podrían ser considerados como un marco de referencia teórico para el análisis. Veamos entonces, de manera resumida, un "inventario" de algunas de las proposiciones más destacadas y pertinentes:

  • De acuerdo con algunos filósofos del derecho, como Robert McKim, la condición de nación tiene tanto una dimensión cultural como una dimensión política. En el primer caso, una nación es un grupo cultural que comparte unas características como la lengua, las tradiciones literarias y artísticas, formas de vida y costumbres, etc. En el segundo caso, una condición suficiente para que un grupo cultural tenga esa dimensión política es que posea su propio Estado. "Al parecer ? dice el autor- si esta dimensión política está del todo ausente, no hablamos normalmente de que exista una nación" (En: R. McKim y J. McMahan, op. cit., Vol. II, p. 102).
  • Igualmente, para Gellner (op. cit.) "la unidad política y nacional debería ser congruente", por lo que el nacionalismo sería el principio que sostiene esa correspondencia. La idea básica de Gellner es que un pueblo, previamente definido como una unidad de cultura, lengua o religión, debería tener derecho a darse a sí mismo su propia forma política, la cual consiste fundamentalmente en un Estado nacional que proporcione la identidad y la homogeneización funcional que es esencial para la economía moderna.
  • No obstante, para el sociólogo Aníbal Quijano (2002), la existencia de un fuerte Estado central no es suficiente para producir un proceso de relativa homogeneización de una población previamente diversa y heterogénea, para producir así una identidad común y una fuerte y duradera lealtad a dicha identidad: "Toda homogeneización de la población de un Estado-nación moderno es, desde luego, parcial y temporal y consiste en la común participación democrática en el control de la generación y de la gestión de las instituciones de autoridad pública y de sus específicos mecanismos de violencia" (p. 227).
  • Pero aún hay más, Brubaker propone que el Estado nacional moderno, como se entiende actualmente, no es simplemente una organización territorial, o sólo un fenómeno etnodemográfico, o un conjunto de arreglos institucionales, sino también una organización de miembros, una asociación de ciudadanos. Así: "Todo estado declara ser un estado de, y para, una ciudadanía particular y limitada, usualmente concebida como una nación. En este sentido, el estado nacional moderno es esencialmente nacionalista" (op. cit., p. x).
  • Para otros investigadores el nacionalismo estaría fuertemente marcado por distintos factores culturales y nacionales. Por ejemplo, ubicado dentro de la filosofía del derecho, Kymlicka sugiere que el grado en el cual el movimiento nacionalista resulta liberal depende, en gran medida, de si surge o no en el seno de un país con instituciones liberales establecidas largo tiempo atrás. "Los movimientos nacionalistas, por tanto, tienden a seguir la pauta de la cultura política del entorno" (En: R. McKim y J. McMahan, op. cit., vol. I, p. 98).
  • En este mismo sentido, destacados e influyentes investigadores europeos suelen distinguir entre un supuesto nacionalismo occidental "liberal y cívico" y otro "iliberal y étnico" como los del oriente de Europa (Mayormente en H. Kohn, y con ciertas reservas en E. Hobsbawn, entre otros); así como también hay quienes establecen diferencias entre un nacionalismo imperial europeo y otro poscolonial o del Tercer Mundo (ejem: A. D. Smith, op. cit.). Según estos investigadores, sus distintos objetivos determinarían que unos movimientos nacionalistas sigan el modelo de nación cívico-territorial y otros el modelo étnico-genealógico.
  • Si embargo, no todos los investigadores muestran acuerdo con distinciones tan radicales como las arriba mencionadas. Por ejemplo, para la socióloga Taras Kunzio (op. cit.) todos los estados nacionales están compuestos tanto por criterios cívicos como etno-culturales y, según el período histórico que atraviese, la proporción de ambos componentes será diferente. Por lo tanto, "ninguna nación, ni ningún nacionalismo, pueden verse como puros, aún cuando en ciertos momentos uno u otro de esos elementos predomine en el ensamblaje de los componentes de la identidad nacional".
  • Por su parte, A. D. Smith destaca en sus investigaciones que: "el supuesto básico exclusivamente es que no es posible entender las naciones ni el nacionalismo como una ideología o una forma de hacer política, sino que también hay que considerarlos un fenómeno cultural; es decir, hay que conectar estrechamente el nacionalismo, la ideología y el movimiento, con la identidad nacional, que es un concepto multidimensional, y ampliarlo de forma que incluya una lengua, unos sentimientos y un simbolismo específicos" (A. D. Smith, 1997, en el Prefacio a la edición inglesa).
  • Al mismo tiempo, otros investigadores ubicados en el campo de la psicología social, como por ejemplo Kelman (op. cit.), igualmente destacan la importancia central que tienen las identidades para la conformación de una nación, pero advierten que más allá está la conciencia de esas identidades, pues, "La mera existencia de los elementos culturales comunes entre miembros de una colectividad no es suficiente para definirlos como nación. También deben tener la conciencia de que estos elementos comunes representan lazos especiales que los unen uno a otro ?en breve, la conciencia de ser una nación" (p. 144).
  • No obstante todo lo arriba señalado, para algunas teorías socio-políticas lo fundamental en el surgimiento y desarrollo de todas las naciones ?así como en la ideología que las sustentan- son las condiciones socioeconómicas y los intereses de clases. Así, para el pensamiento marxista la "cuestión nacional", en las diversas épocas, sirve intereses distintos, adquiere matices varios, en función de la clase que los plantea y del momento en que los plantea. De tal manera que se puede dar un "relevo" de las clases sociales como motores posibles y sucesivos del hecho histórico nacional (véase Vilar, op. cit.).
  • Siguiendo esta misma perspectiva, el también historiador marxista Juan Brom (1975) plantea una pregunta interesante que se relaciona estrechamente con este tema: "Se afirma mucho, actualmente ?dice este autor-, que la lucha de clases ha sido sustituida por la pugna entre las naciones ricas y las pobres, las "desarrolladas" y las "atrasadas", las "explotadoras" y las "explotadas" ¿Será real esta situación, deberá hablarse más bien de una identificación de la lucha de clases con la lucha entre naciones, o es otro distinto el fenómeno?" A esta interrogante Brom responde de la siguiente manera: "A la gran variedad de tipos de desarrollo y antecedentes históricos corresponden múltiples situaciones concretas"?[pero]?"En resumen, puede decirse que lo básico son las relaciones y características de clase, influidas en mayor o menor escala por elementos nacionales, `raciales´, religiosos y otros" (p. 135-140).

Evidentemente, las formas como se suele definir a una nación y su proceso de formación han sido siempre controvertidas. En esta controversia participan de manera destacada los enfoques estructuralistas, funcionalistas, normativistas y el histórico-dialéctico; al mismo tiempo que existe un serio debate entre los historiadores llamados "modernistas" y los "etnosimbolistas". No obstante, tal como lo han señalado Mario Sanoja e Iraida Vargas (op. cit), parece ser un hecho históricamente demostrado que la nación más que una estructura es un proceso de integración, cuyo origen y desarrollo se gesta a lo largo de la historia de los pueblos, aunque la concreción de este proceso se da bajo condiciones históricas y materiales que son contingentes y originales. Ciertamente, en cada uno de estos procesos de construcción de naciones confluyen múltiples factores tanto objetivos (económicos, sociales, culturales, históricos, étnicos, territoriales y lingüísticos) como subjetivos (identidad, pertenencia, sentimientos y otros), mismos que al integrarse dan como resultado una entidad históricamente formada, pero cuyo grado y patrón de organización estarán determinados por el grado de desarrollo de la reproducción social.

Asimismo, existen notables diferencias en cuanto a cómo los autores definen y aprecian el nacionalismo. Tanto las diferentes y a veces opuestas teorías de las ciencias sociales así como las diversas doctrinas de la geopolítica pueden dar fe de ello. Por ejemplo, para algunos teóricos el nacionalismo sería una "ideología específica" de la época de la modernidad que, no obstante los matices, básicamente proporcionaría una justificación para la existencia o creación de un Estado nación determinado (Gellner, op cit.); Mientras que otros autores consideran que el nacionalismo no llega a calzar la categoría de una "ideología total", dado que aquí sólo se trataría de un conjunto de creencias y pensamientos sobre las naciones y la nacionalidad que, a su vez, pueden expresar algún tipo de ideología, ya sea liberal o socialista (Celis Parra, 2004.). Aunque aquí cabe añadir que estas dos grandes ideologías igualmente se han diferenciado internamente en corrientes internacionalistas y nacionalistas.

También se ha querido confundir este principio del nacionalismo al asociarlo con simples manifestaciones psicológicas de tribalismo propias de pueblos primitivos, o con la autarquía que preconizaban las primeras teorías del mercantilismo y el proteccionismo económico del precapitalismo. Si bien el nacionalismo tiene muchas dimensiones y formas de manifestarse, nada de esto pereciera ser verdad, pues como bien asienta Ana Castro: "En los casos concretos del nacionalismo y/o del comunalismo no se trata, modernamente hablando, de absolutismos ideológicos sino de una específica valoración de un espacio territorial delimitado y de sus poblaciones con sus expresiones culturales e históricas determinadas (?) que les permite desarrollar su propio proyecto de vida orientado a satisfacer lo colectivo como único camino al bienestar de los individuos que pertenecen al grupo". [21]

Otros autores han establecido ciertas diferencias conceptuales entre el nacionalismo y el patriotismo: Por ejemplo, para el psicólogo J. M. Salazar la diferencia estaría entre una especie de "afectividad pasiva, presente en el patriotismo y la acción y la justificación de la acción implícita en el nacionalismo" (Salazar, J. M., 1980, p. 13). También están los autores que establecen diferencias temporales en cuanto a que los sentimiento patrióticos serían previos a la ideología nacionalista (ejem: E. Hobsbawm, 1991, p. 55 y subs.). Así como otros señalan diferencias de origen dado que el nacionalismo, al revés que el patriotismo campesino, habría comenzado como una doctrina urbana, creación de maestros de escuela y de periodistas que lo predicaban en la clase media (G. Lichtheim, op. cit. p. 102). Por otra parte, hay quienes explican que el patriotismo comúnmente se usa como un eufemismo del nacionalismo, debido a las acusaciones de extremismo por parte de este último. Así, por ejemplo, en ciertos círculos occidentales el patriotismo tendría una connotación positiva, mientras el nacionalismo se utilizaría con un sentido negativo (en http://en.wikipedia.org). Por nuestra parte, a pesar de todas estas diferenciaciones, aquí asumimos el criterio de que las condiciones actuales del desarrollo histórico, cultural y político en el mundo han eliminado cualquier diferencia de importancia entre un concepto y otro.

Al mismo tiempo, algunos autores censuran indiscriminadamente cualquier manifestación de nacionalismo, ignorando las condiciones históricas, los intereses de clase y propósitos que las motivan. Por ejemplo, se oculta que así como el nacionalismo sirvió a las oligarquías criollas promonárquicas en la Latinoamérica del siglo XIX para justificar su regionalismo y la parcelación del hemisferio en oposición al continentalismo democrático bolivariano, que por el contrario propugnaba la unión de hombre y tierras libres en una gran nación latinoamericana, así también y durante ese mismo tiempo el nacionalismo inspiró a los diferentes sectores republicanos de Europa para enfrentarse al dominio continental de las oligarquías y el absolutismo monárquico sustentado por la Santa Alianza. Se oculta, igualmente, que si bien el nacionalismo ha sido una fuerza demagógica poderosa para el imperialismo de todos los tiempos, también ha sido una razón vigorosa para la lucha de independencia de los diferentes pueblos coloniales y semicoloniales en todo el mundo.

Pero, no obstante los criterios preelaborados por cierta izquierda como por la extrema derecha que descalifican, ahora sí, todo tipo de nacionalismo por considerarlo una ideología excluyente y violenta (ejem: Popper, Vargas Llosa), existe un gran número de autores que sostienen criterios, aunque divergentes, menos prejuiciados y categóricos. Por ejemplo, el conocido intelectual liberal Isaías Berlín consideraba el nacionalismo como una fuerza psicológica activa situada sobre un continuum que parte desde las necesidades de identificación y pertenencia que tendrían normalmente las personas hasta un extremo de sentimientos malsanos de superioridad nacional que sería el fascismo (en R. McKim y J. McMahan, op. cit.). Mientras que para los marxistas el nacionalismo se explica como un conjunto de intereses y reivindicaciones de clases distintas y enfrentadas, entre las que expresan deseos inicialmente fundacionales pero luego expansivos y dominantes de la burguesía, por una parte, y los justificados deseos de independencia y autodeterminación de los países y clases sociales oprimidas, por la otra (Lenin, op. cit.).

En cualquier caso, es propio del nacionalismo el reivindicar por lo menos algunos de los componentes básicos que normalmente constituyen una nación: la cultura, el territorio, la economía, la historia, el idioma, etc. Tal como lo reconocen los propios partidarios nacionalistas, tanto socialistas como liberales, estos elementos constitutivos serían además los elementos fundamentales para la tan necesaria formación de la identidad nacional y social. Definida la identidad nacional como el conjunto de significaciones y representaciones relativamente permanentes que permiten a los individuos reconocerse socialmente como miembros de un grupo nacional, esta identidad sería también fundamental para el desarrollo de una conciencia nacional no alienada (Montero, op. cit.). Al mismo tiempo, la identidad nacional debe entenderse en términos de pertenencia a una cultura "societal"; cultura ésta que debe ser plural y democrática, compatible con los principios de libertad, tolerancia, igualdad y derechos individuales. Siendo así, esta identidad sería un elemento necesario para que un individuo pueda lograr una vida autónoma y con significado (Kymlicka, op. cit.).

Por supuesto, la identidad nacional no es la medida de todos los valores humanos, pues existen otras identidades, como las de género, clase, religión, región, etc., que también participan e influyen en la formación de la conciencia nacional y social, sin embargo, se considera que la identidad nacional es tal vez la más aglutinante e influyente de todas, a tal punto que estudios empíricos (como, por ejemplo, las investigaciones realizadas por De Castro, 1968; Salazar, 1970; Santoro, 1975, citados en Montero, op. cit.) han mostrado la influencia determinante que tienen la identidad y la conciencia nacional como productoras de una autoimagen nacional determinada. Asimismo, A. D. Smith defiende la tesis de que la identidad nacional ejercería actualmente una influencia más profunda y duradera que otras identidades; y que, por diversos motivos, es probable que este tipo de identidad colectiva continúe constituyendo la lealtad fundamental de la humanidad durante mucho tiempo. Y ello a pesar de que a las identidades nacionales se puedan sumar otras formas de identidad colectiva a una escala mayor aunque más laxas (A. D. Smith, op. cit., p. 159).

Ahora bien, el nacionalismo no sólo reivindica la importancia de las identidades nacionales independientes como requisito necesario para el buen desempeño de un país y sus ciudadanos, sino que también levanta las banderas inalienables de la soberanía como condición y sustento fundamental de esa identidad y dignidad nacionales. Proclamando, por ejemplo, el derecho que tiene cada nación a tener un Estado propio, a valorar su cultura e historia nacional, a desarrollar una planificación y un control autónomo de su gestión política, económica y militar, así como a disfrutar del uso racional y soberano de su territorio y sus recursos, para poder llevar a cabo el desarrollo nacional de acuerdo con sus propias realidades y necesidades, situación esta que adquiere mayor importancia frente la actual e irrefrenable competencia entre las naciones imperialistas por los ya escasos recursos energéticos. Sin embargo, esta capacidad soberana dependerá de la fortaleza que puedan tener los Estados nacionales y sus instituciones, de la correlación de fuerzas entre las clases y sectores patrióticos y los antipatrióticos, o según se trate de una nación desarrollada y dominante o de un país atrasado y dominado.

Ciertamente, existen notables diferencias de características y épocas entre aquellos procesos de construcción de naciones que se dieron en el occidente de Europa, o en el oriente del mismo Continente, y los que se concretaron en las distintas regiones del llamado Tercer Mundo, lo que reclama que pongamos atención al contexto histórico en los cuales estos procesos se gestaron y desarrollaron. No hacerlo así, indudablemente pondría en peligro la objetividad y pertinencia de nuestros juicios y valoraciones. Como bien señala Carlos Gutiérrez (2007), cuando el eminente historiador Pierre Vilar escribía que "la nación categoría histórica, sólo puede ser definida históricamente" estaba dando la clave de lectura de los procesos de liberación y de nuestra relación con los clásicos. En atención a esta última condición, resultan muy interesantes los estudios aquí citados los cuales ilustran sobre las semejanzas y diferencias que existen entre los procesos de construcción de naciones en el mundo "desarrollado" del siglo XIX y el mundo "dependiente" de la primera mitad del siglo XX. Como ya leíamos anteriormente, para Hobsbawn resulta evidente que en el mundo en desarrollo del siglo XIX la construcción de naciones en las que se combinan el estado nación con la economía nacional fue un factor central de la transformación histórica. En cambio, en el mundo dependiente de la primera mitad del siglo XX fueron los movimientos nacionales pro liberación e independencia los principales agentes de la emancipación política de la mayor parte del globo.

Pero, más allá de las diferencias en los niveles de desarrollo de las naciones, debemos prestar especial atención al tipo de relaciones históricas que se establecieron entre esas dos realidades: el imperialismo euroamericano y los países colonizados del Tercer Mundo. No está demás recordar que a lo largo de la historia de la humanidad tanto los llamados antiguo como el nuevo imperialismo han desencadenado terribles guerras y matanzas, han modificado y conformado negativamente diversas costumbres e identidades nacionales, han sometido a un gran número de Estados bajo los propósitos e intereses de las grandes potencias imperiales, así como han expoliado a los pueblos sus territorios y recursos en todos los Continentes. Siendo esta situación hoy más peligrosa que nunca cuando en pleno siglo XXI el poder hegemónico del imperialismo estadounidense, representado por sus grandes empresas transnacionales y su Estado militar y financiero (junto a las sucursales europeas) se ha "globalizado" de tal manera que no existe rincón en el mundo que pueda escapar a sus pretensiones de dominio imperial.

Así, expresada tanto en la permanente pugna por el control de los mercados nacionales e internacionales que Eric Hobsbawm (op. cit.) destaca entre los países desarrollados del Primer Mundo, como en la lucha histórica entre colonia versus independencia que, entre muchos otros, Núñez Tenorio (1976) reconocía en los países del llamado Tercer Mundo, la contradicción nación-imperialismo es, indudablemente, un hecho histórico-político fundamental, demostrado reiteradamente cuando ningún proyecto nacional o socio-económico independiente ha podido tener un éxito asegurado sin haber superado esta contradicción fundamental. No obstante, advertimos, hoy y particularmente en los países del Tercer Mundo, esta lucha nacional no desvirtúa ni disminuye ni mucho menos descarta para nada todas las demás contradicciones socio-económicas originadas por el capitalismo. Por el contrario, dadas las características sistémicas del mundo de hoy, es obvio que la solución efectiva de cualquier contradicción presupone inevitablemente la solución efectiva de muchas otras contradicciones: como, por ejemplo, que la solución del problema de la libertad no tendría posibilidades sin la solución de los problemas sociales, y viceversa.

También se ha afirmado que el imperialismo es la causa fundamental del subdesarrollo, la dependencia y la pobreza de la naciones, pero debemos estar claros que estos problemas originados por el imperialismo comprenden tanto variables externas como también factores internos que se refieren al tipo específico de relación entre las clases y grupos que implican y facilitan una situación de dominio (véase al respecto: Montero op. cit.). Además ?destaca Montero-, esta situación de dependencia que caracteriza a las sociedades subdesarrolladas debe analizarse no sólo desde el punto de vista económico, sino también desde la perspectiva del comportamiento y la estructuración de los grupos sociales, pues al igual que hay economías dependientes, existen también, por consecuencia, una actitud dependiente que, al mismo tiempo que su producto, suministra los elementos que la mantienen. Una de esas actitudes es la de privilegiar e imitar de manera acrítica los estilos de vida y pensamientos del extranjero, a la par que se desprecian la cultura y la historia de su propio país. Estos factores internos, pero mediatizados, normalmente están representados por clases y sectores sociales estrechamente vinculados a los grandes intereses del capitalismo internacional: como las respectivas oligarquías financieras, grandes comerciantes importadores, los terratenientes, empresarios de las comunicaciones, así como algunos sectores de las clases medias y bajas ganadas por la propaganda antinacional que desarrollan la mayor parte de las empresas privadas de comunicación social. De tal manera que a la lucha externa contra el imperialismo debe sumarse necesariamente la lucha interna contra las fuerzas antinacionales y serviles al imperialismo, lo que demuestra la estrecha relación que existe entre la lucha por la liberación nacional con la lucha de clases.

Así tenemos que el enfrentamiento contra la dominación imperialista comporta una lucha tanto a lo externo como a lo interno de las naciones, una lucha que originaría además "una ligazón interrelacionada entre las revoluciones nacionales y la revolución mundial" (como afirma el MRO del Uruguay). Por lo tanto, estas luchas no se desarrollan de manera aislada de otras naciones y sus circunstancias; por el contrario, si de verdad se quiere triunfar, ellas llevan inevitablemente a concatenarse en el plano internacional con otros países y sus procesos socio-transformadores de similar orientación, en una resistencia y lucha en todos los frentes contra esa hegemonía del imperialismo (Rauber, 2006. p. 46). Pero, indudablemente, sólo naciones fuertes y dignas podrán formar un bloque de poder verdaderamente libre e independiente capaz de enfrentar semejante desafío.

Entonces, todo indica que las diferenciaciones que se puedan establecer respecto del nacionalismo no estarán limitadas a sólo factores étnico-culturales, o geo-históricos, como de manera predominante propone la visión academicista occidental, sino que además estarían relacionadas con importantes factores socio-económicos e ideo- políticos, tales como los contenidos clase que asuman los Proyectos Nacionales y las formas como se manejen las contradicciones políticas, sociales y económicas del país (Ocampo, 2005); como también con las políticas de relaciones internacionales que desarrollen los Estados y el tipo de respuestas que se generen frente a la dominación imperialista (Petras, 2002). Si se toman en consideración todos estos factores, entonces se podrían distinguir tres tipos diferentes de nacionalismos: el conservador, el reformista y el revolucionario:

El nacionalismo conservador se caracteriza por ser opresor y expansionista; partidario del status quo y, por ende, reaccionario frente a toda clase de cambios; no solidario y protector a ultranza de sus ventajas económicas; racista y chauvinista frente a las minorías nacionales y los pueblos menos desarrollados; siempre asociado a las elites y a los diversos imperialismos. En el caso de los países dependientes, esta opción conservadora halla su expresión entre los suplentes socio-económicos del poderío euroamericano enfrentados, bajo un manto seudo-nacionalista, a las políticas antiimperialistas y de solidaridad de otras naciones diferentes o rivales al bloque imperial. Como también existen algunas versiones clericales y folklóricas de este nacionalismo, "donde las antiguas elites tradicionales se enfrentan con la dominación imperial para restaurar el poder y la prerrogativas de elites religiosas y, en algunos casos, terratenientes y comerciales" (Petras, op. cit., p. 246).

El nacionalismo reformista es aquel que sólo persigue modificaciones parciales, particularmente económicas, a las contradicciones fundamentales de la nación. Su proyecto de nación no deja de ser el capitalista. Generalmente está conformado por sectores de las clases medias o pequeña burguesía, como algunos medianos y pequeños empresarios nacionales, adversamente afectados por las políticas neoliberales y hegemónicas del imperialismo euroamericano y, por lo tanto, muy interesados en medidas proteccionistas por parte del Estado nacional. "Su respuesta ?dice Petras- es también típica de grupos profesionales progresistas, dirigentes de ONG y de otros interesados en buscar una acomodación con la potencia imperial: conseguir el mejor trato posible para ellos mismos, la única "opción práctica" (Ibídem).

El nacionalismo revolucionario, por el contrario, es aquel que propone cambios estructurales o radicales a las situaciones de dependencia, pobreza y opresión nacional. Este nacionalismo no niega la universalidad de las contradicciones socio-económicas ni el carácter internacional de la lucha contra el imperialismo, como tampoco niega la necesaria solidaridad que debe existir entre todos los pueblos del mundo, por el contrario, las tomas muy en cuenta; "Pero ?como señala Luís Ocampo (op. cit.)- el nacionalismo popular-revolucionario además de recoger los aspectos de universalidad de las contradicciones afirma su particularidad, y esto, la particularidad de las contradicciones es precisamente lo que se les olvida a los estatalistas-cosmopolitas". El nacionalismo revolucionario está asociado a diversos movimientos populares de liberación nacional y de resistencia antiimperialista, generalmente partidarios de vincular las reformas radicales con el socialismo.

Entonces, de acuerdo con Luis Ocampo, si observamos debidamente todos estos factores y características podremos apreciar que:

?el punto de vista sobre la nación, es diferente según sea el bloque social que interpreta la realidad. Los patriotismos, los nacionalismos tienen diferentes contenidos de clase y en función de ello conlleva diferentes proyectos sociales. [Luego:] Se puede entender el nacionalismo como la expresión ideológico-política de la reivindicación o defensa de un determinado proyecto o realidad nacional. (Ibídem)

En conclusión: como ya se habrá podido observar, en el análisis y explicación de los procesos históricos de "construcción de naciones" -así como de su dimensión ideológica o doctrinaria- no se puede estimar una sola variable, sea esta cultural, económica, política, étnica o de cualquier otra índole, sino que, insistimos, se les debe considerar como un complejo de procesos integrados por múltiples variables, tanto objetivas como subjetivas. De ahí la necesidad de un enfoque que tome en cuenta el sentido totalidad del problema. Además, porque la concreción de una nación es un hecho histórico objetivo cuyo proceso de realización es al mismo tiempo universal, singular y diverso. Es universal porque desde el siglo XVIII hasta los actuales momentos prácticamente todos los pueblos de la Tierra han perseguido constituirse en nación. De algunas sociedades desarrolladas se puede decir que han logrado ese objetivo, otras, como muchas de las del llamado Tercer Mundo, cabalmente no. A estas últimas sociedades se les ha denominado "naciones inacabadas" en razón de sus características y grados singulares de dependencia, atraso y falta de integración territorial, económica y social. Aún más, todavía hoy y en varias partes del mundo existen pueblos tratando de lograr su independencia política y un estado propio. Frente a esta situación ¿no será acaso aventurado asegurar la falta de vigencia del concepto de nación? Muchos autores consideran que la idea de nación no ha cumplido aún su trayectoria ni ha agotado su misión histórica.

Igualmente, estas situaciones permiten entender el alto grado de complejidad y actualidad, así como la pertinencia y justificación histórica que tienen estos movimientos nacionales, algunos de los cuales, ya lo dijimos, están todavía en pleno desarrollo. Por ello, lucen desproporcionadas y fuera de toda realidad histórica aquellas afirmaciones categóricas que hablan de un "definitivo declive de los Estados nacionales". Como también parecen ser calificaciones unilaterales e interesadas del nacionalismo aquellas que meten en un solo saco todos los casos coleccionados de manera indiscriminada, como por ejemplo el equiparar complejos procesos históricos nacionales con ciertas guerras tribales por el control de algún territorio en particular; o las simples pretensiones secesionistas por separase de algún Estado históricamente constituido. Por lo demás, y como ya se ha hecho evidente en múltiples ocasiones, estas pretensiones casi siempre están motivadas por particulares intereses económicos, por exacerbados regionalismos, por ciertas discriminaciones étnicas o religiosas, y también por las movidas geopolíticas de alguna fuerza extranjera. Parece incorrecto, entonces, atribuir estas pretensiones enteramente al nacionalismo, y menos a un nacionalismo revolucionario. Por el contrario, tanto por las ansias de autodeterminación, reconocimiento y bienestar que siempre muestran los distintos pueblos de mundo, como por la necesaria resistencia colectiva de éstos frente las acciones hegemónicas de la globalización imperialista, la idea fundamental que prevalece hoy en el pensamiento nacionalista revolucionario y contemporáneo no es precisamente la desintegración, sino la de que se debe establecer una sana relación integral e integradora al interior de cada sociedad nacional, como de estas con todos los pueblos del mundo, claro está, siempre reconociendo y respetando las soberanías, la independencia y la libre relación de las diversidades nacionales y culturales dentro de esa gran unidad que es el género humano.

Anexo: una nota imprescindible

En razón de la gran lucidez y vigencia que en este caso tienen sus ideas, nos tomamos la libertad de transcribir in extenso una nota inserta al final del libro "Maquiavelo y Lenin", escrito por Antonio Gramsci y publicado por Editorial Diógenes S. A. en 1972. Esta nota en particular la escribió el autor en los años treinta del siglo pasado con motivo de la ya conocida disputa que se presentó entre Trosky y Stalin sobre lo que ellos consideraban debía ser la vía más conveniente para la revolución rusa. En esta nota, creemos, se aborda con claridad meridiana la vieja discusión en las filas de la izquierda en torno a la relación dialéctica que existe entre las perspectivas internacional y nacional, y cuál debería ser la conducta política frente a este problema por parte de una fuerza social que pretenda ser internacional. Entonces, prestemos atención a lo que escribía Gramsci:

El punto que me parece necesario desarrollar es el siguiente: cómo según la filosofía de la praxis (en su manifestación política), tanto en la formulación de su fundador como especialmente en las precisiones aportadas por su teórico más reciente, la situación internacional debe ser considerada en su aspecto nacional. En realidad, la relación "nacional" es el resultado de una combinación "original" única (en cierto sentido) que debe ser comprendida y concebida en esta originalidad y unicidad si se desea dominarla y dirigirla. Es cierto que el desarrollo se cumple en la dirección del internacionalismo, pero el punto de partida es "nacional" y es de aquí que es preciso partir. Pero la perspectiva es internacional y no puede menos que ser así. Es preciso por ello estudiar con exactitud la combinación de fuerzas nacionales que la clase internacional deberá dirigir y desarrollar según las perspectivas y directivas internacionales. La clase dirigente merece ese nombre sólo en cuanto interpreta exactamente esta combinación, de la que ella misma es un componente, lo que le permite, en cuanto tal, dar al movimiento una cierta orientación hacia determinadas perspectivas. Y es aquí donde residen, según mi opinión, las divergencias fundamentales entre Trosky y Stalin como intérprete del bolchevismo. Las acusaciones de nacionalismo son ineptas si se refieren al núcleo del problema. Si se estudia el esfuerzo realizado desde 1902 hasta 1917 por los bolcheviques, se ve que su originalidad consiste en depurar el internacionalismo de todo elemento vago y puramente ideológico (en sentido peyorativo), para darle un contenido de política realista. El concepto de hegemonía es aquel donde se anudan las exigencias de carácter nacional y se comprende por qué determinadas tendencias no hablan de dicho concepto o apenas lo rozan. Una clase de carácter internacional, en la medida en que guía a capas sociales estrictamente nacionales (intelectuales) y con frecuencia más que nacionales, particularistas y municipalistas (los campesinos), debe en cierto sentido "nacionalizarse"; pero este sentido no es muy estrecho ya que antes de que se formen las condiciones para una economía según un plan mundial, es necesario atravesar múltiples fases donde las combinaciones regionales (de grupo de naciones), pueden ser variadas. Por otra parte, es preciso no olvidar que el desarrollo histórico sigue las leyes de la necesidad hasta tanto la iniciativa no haya pasado netamente del lado de las fuerzas que tienden a la construcción, siguiendo un plan de división del trabajo basado en la paz y la solidaridad. Que los conceptos no-nacionales (es decir, no referibles a ningún país en particular), son erróneos, se demuestra reduciéndolos al absurdo. Ellos condujeron a la pasividad y a la inercia en dos fases muy importantes: 1) en la primera fase, ninguno creía que debiera comenzar, o sea, consideraba que comenzando se habría encontrado aislado; y en la espera de que todos se moviesen en conjunto, nadie lo hacía ni organizaba el movimiento; 2) la segunda fase es quizás peor, ya que se espera una forma de "napoleonismo" anacrónico y antinatural (puesto que no todas las fases históricas se repiten de la misma forma). Las debilidades teóricas de esta forma moderna del viejo mecanicismo están enmascaradas por la teoría general de la revolución permanente que no es más que una previsión genérica presentada como un dogma y que se destruye a sí misma al no manifestarse en los hechos (Antonio Gramsci, Maquiavelo y Lenin, Editorial Diógenes, S. A., México, 1972, pp. 125-127).

Otras notas:

  1. La forma como se suele definir el concepto de nación ha sido siempre controvertida. Por ejemplo, el debate que mantienen los historiadores llamados "modernistas" y los "etnosimbolistas". De acuerdo con Joan Vergés, una nación se compone de un elemento objetivo -esto es lo que suelen mantener los etnosimbolistas- y de un elemento subjetivo ?que es lo que subrayan los modernistas. El elemento objetivo corresponde a aquellas características etnoculturales que nos permiten afirmar que un individuo determinado es miembro de un grupo etnocultural determinado. Es decir, los miembros de una nación se caracterizan objetivamente por compartir una lengua, unas costumbres, una historia, una relación con el territorio, una religión, etc. Pero estos elementos, aunque son necesarios, no son condiciones suficientes, porque sólo podemos hablar de nación si se da también un fenómeno de naturaleza subjetiva; es decir, que es preciso que los miembros del grupo etnocultural en cuestión crean que forman parte de un colectivo con una identidad propia en virtud del hecho de compartir ciertas características etnoculturales singulares. Así pues, es preciso reconocer que los elementos objetivos y subjetivos de las naciones están estrechamente unidos. En este debate -según Vergés-, E. Gellner, E. Hobsbawm, B. Anderson figuran de forma prominente del lado "modernista". Anthony Smith y J. Hutchinson, por ejemplo, destacan por el lado de los "etnosimbolistas" (Véase Joan Vergés Gifra, http://seneca.nab.es/jvergesg/altres%20).
  2. "Indudablemente, la expansión de la producción para el mercado y el consiguiente desarrollo de la burguesía crearon las condiciones económicas para el surgimiento de las naciones en Europa. Sin embargo -destaca G. Lichthein (1972)-, no debe obviarse el hecho de que en esta etapa histórica, en términos generales, el absolutismo también actuó en todas partes como avanzada del nacionalismo en cada país y del imperialismo en el extranjero: " Aunque dificultada por sus orígenes feudales, la monarquía absoluta creó gradualmente algo parecido a una conciencia nacional, pues el Estado centralista no sólo confirió a sus súbditos los beneficios no buscados de los impuestos y la recluta forzosa, sino también la conciencia de formar una nación separada. Los `cuarenta reyes que en mil años hicieron a Francia? no eran una mera visión de la imaginación realista. Ellos, y sus colegas en otras partes, echaron las bases del Estado nacional" (p. 48).
  3. El vocablo francés ethnie es definido como un conjunto de individuos que comparten ciertos caracteres de civilización, como la lengua o la cultura, y excluye la raza, mientras que el término castellano más aproximado, "etnia" , alude a una "comunidad humana definida por afinidades raciales, ligüísticas, culturales, etc." (DRAE, en A. D. Smith, op cit., p. 19).
  4. Las dos etapas de los movimientos de liberación nacional, www.nodo50.org/gpm. En el texto en referencia sólo se consideran las causas económicas, fundamentalmente la acumulación capitalista, para el surgimiento de las naciones. En consecuencia, allí sólo se señalan dos etapas en los movimientos de liberación nacional; Sin embargo, aquí consideramos también otras causales, por lo que a esas etapas deben sumarse otras más en las cuales el mundo pudo presenciar el surgimiento de un gran número de nuevas naciones.
  5. Taras Kunzio es Investigadora Asociada en el Centro de Estadios Internacionales y de Seguridad de la Universidad de York, Canadá.
  6. Los subrayados son míos (ANL). Con ello se ha querido destacar la gran cantidad de funciones atribuidas al nacionalismo por parte del autor en referencia.
  7. La Unión Europea es una vieja idea que ya bullía en las mentes de muchos intelectuales y políticos europeos de los siglos XIX y XX. Por ejemplo, esta idea integradora se paseó por el optimismo de nacionalistas como G. Manzini, V. Hugo, G. Garibaldi, entre otros; luego por el análisis pesimista de un internacionalista como Lenin, hasta llegar actualmente al ímpetu pragmático de los grandes capitalistas europeos. Por ejemplo, ya en el año 1915, Lenin consideraba que la idea de los "Estados Unidos de Europa" representaba "un acuerdo de los capitalistas europeos sobre el modo de aplastar en común el socialismo en Europa, y de defender juntos las colonias robadas contra el Japón y Norteamérica". Por ello: "Desde el punto de vista de las condiciones económicas del imperialismo, es decir, de la exportaciones de capitales y del reparto del mundo por las potencias coloniales "avanzadas" y "civilizadas", los Estados Unidos de Europa, bajo el capitalismo, son imposible o son reaccionarios" (Lenin, "La Consigna de los Estados Unidos de Europa", en Marx, Engels, Marxismo. Pekín, 1980, pp. 357-362)
  8. A este respecto Marx decía textualmente: "Siendo el Estado una institución meramente transitoria, que se utiliza en la lucha, en la revolución, para someter por la violencia a los adversarios, es puro absurdo hablar de Estado popular libre: mientras el proletariado necesite todavía del Estado no lo necesitará en interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios, y tan pronto como pueda hablarse de libertad, el Estado como tal dejará de existir" (Carta a Augusto Bebel, 18-28 de Marzo de 1875. En: Critica al programa de Gotha. Pekín, 1979, p. 45).

    Aquí se hace necesario acotar, junto a Rauber (2006), que igual situación aconteció en algunos movimientos de izquierda del Tercer Mundo, particularmente en Latinoamérica en las décadas de los 60 y 70, cuando "atender ?por ejemplo- a problemas sectoriales, e incluso a cuestionamientos de fondo de las relaciones de poder: como la discriminación de las mujeres, de los pueblos originarios, de los negros, etc., era subestimado o desechado de las actividades revolucionarias por considerársele expresión de las "contradicciones secundarias". Las propuestas que pretendían encontrar alguna solución a tales problemas eran consideradas elementos que distraían la atención respecto de la "cuestión fundamental": la toma del poder. Después de ese momento ?continúa la autora-, se suponía que las soluciones llegarían en cadena, espontánea y mecánicamente desde arriba" (ver nota en página 37).

  9. De acuerdo con Geoff Eley (2003): "Desde que se fundó la II Internacional hasta el decenio de 1930, por ejemplo, los socialistas y los comunistas tuvieron siempre dificultades para ocuparse de una serie de asuntos que quedaban más allá de su comprensión fundamental de clase sobre el funcionamiento del mundo social y político. Entre muchas otras cosas, estaban la política agraria y los intereses del campesinado, cuestiones relativas a la etnicidad y a la identificación nacional; asuntos referentes a la sexualidad, las relaciones familiares y la vida privada; cuestiones de moralidad social y creencia religiosa, y todo el campo de las diferencias de género en lo social y lo cultural. Según Eley, estos defectos y omisiones influyeron profundamente en los llamamientos y estrategias de carácter político que los socialistas y los comunistas pudieron formular, lo cual tuvo consecuencias de gran relevancia para las formas de coalición que pudieron imaginar o hacer realidad" (p. xi).
  10. Es conveniente destacar que para los clásicos marxistas existía una diferencia sustancial entre la "cuestión nacional" y el "nacionalismo": En el primer caso, se trataba de una cuestión mucho más compleja, que abarcaba diversos aspectos referidos al "problema de la autodeterminación de las naciones y la actitud de los socialistas frente a él", mientras que el nacionalismo era esencialmente una reivindicación de la burguesía. Por esta razón, el problema nacional era indudablemente algo importante pero no esencial para los socialistas.
  11. A comienzos de la Revolución Rusa, Lenin debió lidiar con dos tendencias que se disputaban el liderazgo político e ideológico del partido de los bolcheviques: Por un lado estaba la propuesta internacionalista de la "Revolución permanente", sostenida por Trosky; mientras que por otro lado, y opuesta a aquella, se encontraba la corriente afín al nacionalismo ruso del "Socialismo en un solo país", esgrimida por Stalin. Como es por todos sabido, la desafortunada muerte temprana de Lenin permitió la imposición del estalinismo.
  12. "Si fuese necesario dar una definición lo más breve posible del imperialismo ?dice Lenin-, debería decirse que el imperialismo es la fase monopolista del capitalismo. Una definición tal comprendería lo principal, pues, por una parte, el capital financiero es el capital bancario de algunos grandes bancos monopolistas fundido con el capital de los grupos monopolistas de industriales y, por otra parte, el reparto del mundo es el tránsito de la política colonial, que se expande sin obstáculos en las regiones todavía no apropiadas por ninguna potencia capitalista, a la política colonial de dominación monopolista de los territorios del globo, enteramente repartido" (Lenin, Pekín, 1984, p. 112).
  13. La frase "Destino Manifiesto" apareció por primera vez en Norteamérica en un artículo que escribió el periodista John L. O?Sullivan, en 1845, en la Revista Democratic Review de Nueva York. Como una justificación para la expansión hacia los territorios del oeste, pero que luego se haría extensivo a todos los puntos cardinales del continente, el periodista proclamaba que; "El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia para el desarrollo del gran experimento de la libertad y autogobierno?Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios". En la misma onda del "Destino Manifiesto" andaba el senador por Indiana Albert Beveridge ya en 1898 cuando, después que los Estados Unidos derrotaron a España en Cuba y Filipinas, éste sentenció: "Dios hizo a los americanos, los directores y organizadores del mundo con la finalidad de instituir el Orden allí donde reine el Caos". Posteriormente, declaraciones de este mismo tenor han sido hechas por casi todos los Presidentes de esa nación, hasta la más reciente de G. W. Bush, quien al siguiente día del trágico 11 de septiembre del 2001 proclamó: "América debe dirigir al Mundo".
  14. Eduardo Galeano en Revista Question, Nº 47, Mayo 2006, p. 2.
  15. Véase http://en.wikipedia.org/wiki/Nationalism.
  16. Para comienzos de la década de 1830, bajo la influencia de los ideales liberal-nacionalistas y mediante revoluciones populares, Grecia, Bélgica y la mayoría de las colonias españolas del Nuevo Mundo habían alcanzado su libertad; aunque en todas ellas terminaron imponiéndose los proyectos nacionales de las respectivas clases dominantes. Luego, durante los años 1850 y 1860 los movimientos de unificación nacional llevaron a la creación de dos nuevas naciones-Estados en Europa: Italia y Alemania. En Italia, los movimientos populares y nacionalistas que se iniciaron antes de 1848, liderados primero por Mazzini y luego por Cavour y Garibaldi, culminaron finalmente en la unión total del país en el año 1861, pero no como una república democrática sino bajo una monarquía constitucional con Victor Nanuel II como rey. Con la unificación de Alemania sucedió algo parecido, iniciada por el levantamiento de la clase media imbuida del liberalismo y el nacionalismo alemán en contra del Imperio austriaco, la unión realmente terminó siendo el producto final de la acción concertada y desde arriba entre la burguesía adinerada y los grandes terratenientes alemanes encabezados por el rey de Prusia y su canciller Bismark. Más tarde, entre 1871 y 1913 también los servios, los rumanos, los búlgaros y, por último los albanos alcanzaron su independencia del Imperio otomano. Sin embargo, debido a la intervención de las principales potencias europeas, a ninguno de estos estados balcánicos se le permitió realizar lo que sus pueblos realmente deseaban, pues entre otras cosas, a casi todos ellos también se les impuso el modelo de régimen monárquico europeo.
  17. Según Carlos Marx, las experiencias de las luchas de clases que se desarrollaron entre los años 1848 y 1850 en Francia revelaron las contradicciones existentes dentro de ese concepto pequeño burgués de pueblo imaginario, y "sacaron a la luz del día al pueblo real, es decir, a los representantes de las diversas clases en que éste se subdivide" (Carlos Marx, La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850. Pekín, 1980, p.58). Así, advierte Lenin: "Al emplear la palabra ?pueblo?, Marx no ocultaba bajo esta palabra la diferencia de clases, sino que unificaba determinados elementos capaces de llevar a cabo la revolución hasta su término". ¿Cuáles serían estos elementos?: "Es indudable que el proletariado y los campesinos ?señala Lenin- son las principales partes integrantes de ese ?pueblo? que Marx contraponía en 1848 a la reacción que resistía y a la burguesía que traicionaba" (Lenin, "Dos tácticas?", en Marx, Engels, Marxismo. Pekín, 1980, pp.188-189).
  18. Véase Trosky en: "Balance y perspectivas 1789-1848-1905", en MHTML Documentos, Edición digital en Español, Mayo de 2006.
  19. Claudio Katz, El porvenir del socialismo, Monte Ávila, Caracas, 2006.
  20. Véase: Victor Serge, "Necesidad de una renovación del socialismo". Documento escrito en México en 1944, en www.fundanin.org/serge2.htm. Julio de 2007.
  21. Ana Castro, cultura_enlaceindigenas[arroba]yahoo.es

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Autor:

Augusto N. Lapp M.

anlapp1[arroba]hotmail.com

Lic. Ma. Ed., Venezuela

28/10/2007


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