Partes: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7

Carl miró nuevamente su reloj para comprobar el retraso del individuo con el que se había citado por mediación del intermediario turco.

Movió con cierta impaciencia la cabeza al comprobar que el liberiano llevaba un retraso de unos ocho minutos, luego le dijo a Kalim que fuera a llamar por teléfono al hotel donde se hospedaba éste para comprobar si ya había salido. El turco se levanto con cierta dificultad de su asiento, se fue a la barra de la cafetería donde había un teléfono, por el camino iba secándose el sudor que le caía por la frente y el cogote con un blanco pañuelo, que más parecía una sábana , debido a las dimensiones del mismo.

Carl siguió gozando de su habano del tipo llamado "robusto" mientras su mirada vagaba por los techos policromados del salón de la cafetería.

A los pocos minutos regresó Kalim desplazando su masa corporal con sus pasitos cortos y rápidos.

-Está todavía en su hotel duchándose-, dijo éste a Carl. –Tardará una media hora en llegar-, informó.

El germano frunció el ceño a modo de reproche a Kalim, ya que era este quien había contactado con el cliente. Por sus adentros pensó "estos negros de mierda, en cuanto tienen dos dólares en el bolsillo se creen que pueden hacer bailar al mundo", "esto le va a costar más dinero a ese idiota", sentenció.

Se levantó de la confortable butaca y se puso a pasear por la cafetería. Se fijó en una bella y joven señorita que vestía un elegante traje de corte, pensó : "puede que vista en alguna tienda de moda del Fabourg San Honoreè de París", Carl cuidaba mucho la estética….. La dama aparentaba unos treinta y cinco años, cabello sumamente rubio, casi albo, recogido en la nuca a forma de moño, grandes ojos azul claro adornados con largas pestañas, que probablemente fueran artificiales, se hallaba sentada en uno de los taburetes altos junto a la barra de la cafetería, tomaba en aquellos momentos un Martíni seco, en el suelo junto a sus pies tenía un maletín de piel de cocodrilo color agranatado, de los que se utilizan como porta documentos.

Carl se distrajo observándola, se acercó a la barra hasta situarse a poca distancia de la dama que tanto le había atraído su atención. Pidió un café turco y se sentó en el taburete contiguo a ella. Ésta extrajo de su bolso de mano una pitillera de nácar y plata, sacó un cigarrillo de la misma con intención de fumarlo, Karl sacó de inmediato su encendedor ofreciendo solícito fuego a su vecina, esta le miró con una leve sonrisa acercó el pitillo a la llama y le prendió, le dio las gracias por su gentileza con otra sonrisa, en esta ocasión algo más amplia y, continuó fumando y hojeando una revista de moda femenina, la edición inglesa de Vogue.

Al poco, se acercó precipitadamente el turco Kalim para advertir al germano que el cliente liberiano había llegado.

-Herr Bergman, el señor que esperábamos ha llegado-.

Carl descendió del su taburete dejó un billete de dos dólares sobre el mostrador y, con un movimiento de cabeza se despidió de la dama, encaminó sus pasos al lugar donde se hallaba el esperado liberiano.

A medida que se acercaba al punto de reunión, observaba al africano que aguardaba sentado en una butaca en una posición muy poco estética, una vez más la estética….

Carl pensó por sus adentros, "este negro me recuerda la cabeza de un hipopótamo", efectivamente, en aquel individuo destacaba una cabeza grande y redonda, una nariz sumamente ancha con las fosas nasales encaradas al frente, casi desproporcionadas en dimensión, los labios grandes y abultados, así como unas órbitas oculares ostentosamente saltonas, además del color de su piel que era de un negro muy intenso.

A comienzos del siglo XIX una sociedad filantrópica estadounidense, American Colonization Society financió una expedición que se desplazó al continente africano con afanes colonizadores. Pretendía crear una colonia formada por esclavos americanos emancipados o freemen que dio lugar, en 1847 a la primera república africana independiente , confiriéndole una Constitución muy similar a la americana. En este "país libre" se instauró finalmente un régimen de esclavitud. Los esclavos liberados se convirtieron en los explotadores de la población indígena. A este país se le denominó República de Liberia, cuya capital fue bautizada como Monrovia.

El país era un gran productor de caucho hasta el punto que la Transnational Firestone Tire and Rubber Co. poseía en Liberia la mayor plantación del mundo de caucho , en lo que se vino en conocer también a este país como la "República Firestone".

Liberia explota una especie de actividad-puente de apariencia legal que atrae a los navieros de poco escrúpulos de todas partes del mundo, en especial a los que se dedican a negocios turbulentos, es por ello uno de los países con mayor rol de embarcaciones debido a que sus impuestos son sumamente bajos al igual que Panamá, ello explica que hayan tantos navíos con bandera liberiana, las exenciones fiscales y los casi inexistentes aranceles aduaneros para las mercancías, favorecen el tráfico de éstas a los más diversos países del orbe. La corrupción entre funcionarios y políticos del país, es verdaderamente escandalosa.

Carl se acercó al liberiano que ni tan siquiera hizo intención de levantarse para saludar, pensó por sus adentros –"esto te va a costar todavía más dinero negro de mierda"-.

El seboso turco Kalim efectuó las presentaciones algo nervioso ya que adivinó la tensión que entre ambos sujetos se estaba gestando.

El Liberiano dijo llamarse Samuel Kieh, hablaba un inglés bastante inteligible salpicado de palabras vernáculas del idioma utilizado por su etnia mandinga.

Alargó una mano rechoncha, sumamente negra en su dorso y rosada por la palma, siguió repatingado en su butaca sin hacer ademán de levantarse, el alemán se limitó a saludarle con un simple movimiento de cabeza, de ese modo creyó devolverle el desprecio.

El liberiano encajó el desplante y dirigió en todo momento la conversación mirando a Kalim. En pocas palabras expuso su interés en adquirir determinado número de fusiles de asalto, municiones apropiadas, minas y algunos cañones anti- carros.

Kalim le transmitía a Carl lo que el liberiano le decía, como si el alemán no entendiera lo que el liberiano explicaba.

Bergman anotaba todo ello en un bloc de notas que llevaba en uno de los bolsillos de su chaqueta. Tan pronto el liberiano acabó con sus demandas, Carl le dijo al turco que le dijera al "negro", utilizó esta palabra con todo el énfasis posible para zaherirle, si disponía del dinero necesario para la compra.

Samuel Kieh hizo intención de levantarse pero siguió sentado como si nada hubiese ocurrido, "tuché" se dijo el alemán por sus adentros esbozando una leve y cínica sonrisa al leer en la mirada del cliente la reacción contenida.

-Dígale que pagaremos con diamantes de gran tamaño sin tallar- repuso el liberiano.

-No aceptaremos otro pago que no sea en dólares americanos- respondió el alemán dirigiéndose esta vez directamente a Kieh.

El liberiano le dijo que podían pagar en dólares pero que no se hacía responsable de la total validez de los mismos.

Esta respuesta hizo reaccionar a Bergman, pensó que el negro estaba en lo cierto, podían haber billetes de dólar falsificados entre los auténticos, sin embargo el pago con diamantes daban la total garantía de cobro. Bergman aceptó en principio el sistema propuesto por el negro Kieh. A continuación sacó de su porta folios unos catálogos de las armas que tenía para la venta, estaban todas ellas muy bien clasificadas por marcas, modelos, calibre y la fotografía correspondiente. Le alargó estos al liberiano.

Samuel Kieh cogió los catálogos de la fábrica de armas que le alargaba el alemán y comenzó a ojearlos, sacó de uno de los bolsillos de su arrugada chaqueta blanca un vulgar bolígrafo de la marca Bic, fue marcando con una cruz cada una de las armas que le interesaban adquirir, a continuación devolvió los catálogos a Bergman, este le preguntó la cantidad que precisaba de cada uno de los modelos que le había marcado con una cruz.

-Anote 1500 unidades del modelo M-16 A2 y 800 del M-4 A1, con 300 cajas de munición del calibre 5.56- dijo el liberiano al mismo tiempo que marcaba sobre el catálogo.

Una vez terminado, Carl sacó de su porta folios una pequeña calculadora e inició el conteo del importe total de lo que el liberiano estaba interesado.

La factura pro forma que Bergman presentó a S.Kieh ascendía a algo más de dos millones de dólares americanos, a ello deberían serle añadidos los fletes desde el país de origen hasta Monrovia. El liberiano aceptó sin dilación la cifra que el alemán le había indicado, cosa que a Bergman le extrañó en gran manera, habitualmente sus clientes le solían regatear los precios hasta llegar a un acuerdo satisfactorio para ambas partes, eran los usos y costumbres establecidos en este mercado.

-¿Para cuando necesita recibir este pedido?- preguntó Bergman.

-A ser posible antes de dos meses en puerto franco de mi país- repuso el negro.

Karl Bergman había rebajado algo su tensión respecto al liberiano, hasta se permitió la licencia de invitar al negro y a Kalim a tomar alguna bebida.

Kieh pidió un burbon doble con hielo, Bergman un cerveza helada y Kalim un té con menta muy frío. Media hora después Kieh repitió con otro burbon doble, su anfitrión alemán le incitó a que bebiera con el fin de que soltara la lengua, estaba intrigado por la forma tan particular en que se comportó el negro durante la transacción, estaba ansioso de averiguarlo.

Dos horas después Samuel Kieh no era dueño de su voluntad, contó todo lo que Bergman deseaba saber, el licor destilado en Tenessy era infalible en la mayoría de ocasiones.

Les explicó que él compraba por encargo del gobierno del vecino país de Sierra Leona, ésta se hallaba e en aquellos momentos sumida en una grave crisis política interna, al borde de una guerra civil entre etnias, insinuó que esta crisis había sido ocultamente provocada por la C.I.A. para favorecer los intereses de una multinacional americana del comercio de diamantes a escala mundial.

Sierra Leona y La República de Costa de Marfil, eran mercados emergentes en el comercio de diamantes, los ojos de muchas multinacionales estaban fijándose cada vez con mayor empeño y atención a la producción de sus minas, pero la caótica y peligrosa situación sociopolítica de ambos, frenaba la penetración de los grandes capitales para invertir en el negocio de la explotación de las minas de los diversos minerales estratégicos que estas contenían.

Los yacimientos de diamantes, estaban alcanzando cotas superiores a las de Sudáfrica, en especial de los tan apreciados Blue River. La lucha entre las diversas etnias del país, los krahn , los mano y los gio luchaban entre si para alcanzar el poder y así ser poseedores de los beneficios que las migajas de la comercialización de los diamantes que se extraían recayeran en ellos, después de ser comercializados por las multinacionales del sector.

A Bergman le cruzó una idea por la cabeza. Si este tal Kieh tenía la confianza del gobierno de estos países para adquirir armas y manejar cifras elevadas, podría ser un puntal decisorio para facilitarle la introducción a los círculos del poder de ambos países y así llegar a los diamantes. –Debo madurar la idea-, se dijo.

Acordaron verse al día siguiente para almorzar y terminar de perfilar el negocio, Carl tuvo dudas de que el negro hubiese entendido su propuesta, ya que éste estaba en un lamentable estado gracias al efecto etílico de las bebidas que el alemán le había hecho servir, pero el turco Kalim estaba sereno y éste si entendió a la perfección lo que Carl les dijo, a lo que correspondió diciendo :

-No se preocupe Vd. Herr Bergman, mañana al mediodía le voy a traer a este hombre sereno para que pueda Vd. cerrar el negocio con él-.

El turco cargó con el liberiano como pudo, éste casi no coordinaba sus piernas para poder andar, parecían de algodón y se entrecruzaban al andar, lo que comportaba un tropezón a cada paso, si a esto se le añade el respetable peso del individuo, se tendrá una idea del esfuerzo que el turco estaba realizando.

Carl Bergman sentía un ligero entusiasmo por el desarrollo de la reunión, unos momentos antes de iniciar ésta, tenía la certeza de cerrar un negocio de armas a unos precios desorbitados y, otra posibilidad, ésta algo menos factible, poder penetrar en el sector diamantífero que solo conocía de referencias, pero que sabía que se manejaban cifras y beneficios astronómicos. No habría creído ni por asomo que la negociación que se había iniciado con toques turbulentos, transcurriría con un final que apuntaba tan positivo. Recogió su porta folios de flexible y fina piel de cabritilla y se marchó a su habitación para darse una ducha y cambiar de ropas.

CAPÍTULO IIº

Las habitaciones del Bentley Hotel, son generosas en espacio y delicadamente decoradas, tanto las paredes como los cortinajes habían sido elegidos en tonos pastel sumamente suaves, la dorada grifería de los baños eran de la mejor calidad, las camas con dosel al estilo victoriano combinaba con el mobiliario del más puro estilo Adams. En una de las paredes se hallaba un mueble aparador con algunas bebidas de marcas selectas, los vasos eran de cristal tallado con una base de plata, se evidenciaba que la decoración había sido llevada por una mano británica, probablemente femenina y en la que no se regateó presupuesto.

En la habitación 105 se alojaba la distinguida y joven dama que a Carl Bergman poco antes tan favorable impresión le había causado.

Estaba sentada en el sofá del tresillo conversando con otra joven tan bella y elegante como ella, se trataba de una mujer de unos 38 años, alta, esbelta y de pelo muy negro, casi azabache y largo que le caía en cascada por su espalda, unos grandes ojos grises adornaban un óvalo perfecto de cara que remataba con unos sensuales y ligeramente carnosos labios excelentemente pintados en rojo carmín. Vestía un traje chaqueta con pantalón de tono oscuro con espaciadas y finas rayas grises, bajo la chaqueta, que mantenía sin abotonar, llevaba una blusa camisera de azul celeste muy pálido, con un generoso escote que permitía ver con natural facilidad buena parte de uno de sus senos, con ausencia de sujetador, que por su edad no tenía todavía la necesidad de su uso.

Mientras apuraban unas bebidas refrescantes, estaban enfrascadas en una conversación de negocios.

La joven rubia, de nacionalidad holandesa, atendía por el nombre de Eva Rijens y la otra era originaria de la Federación Rusa, moscovita para más señas, atendía al nombre de Anna Cerova.

Su principal cometido, era viajar por los lugares y hoteles a los que acudían los hombres de negocios, intimar con ellos, sonsacarles y después informar a la multinacional holandesa, a la que prestaban sus servicios profesionales. De sus informes, el consejo de administración tomaba las decisiones que estimaba más convenientes.

Rijens informaba a su compañera Anna de que aquella misma tarde se le había acercado en la cafetería del hotel, un caballero de porte muy distinguido.

-Parecía europeo, posiblemente centroeuropeo, aparenta poco más unos sesenta años, llevaba traje beige muy bien cortado, se acercó a la barra de la cafetería donde me hallaba y me ofreció fuego para mi pitillo, no entablamos conversación alguna, estimé que en aquel momento quizás no fuese oportuno, no fuera a parecerle una mujer fácil con lo cual devaluaba mi categoría personal y podría desbaratar un posible objetivo final. Con toda probabilidad en cualquier momento aprovechará la ocasión para iniciar una conversación-.

Seguía poniendo al corriente a su compañera:. – He sacado la impresión de que está tratando algún negocio con algún país africano-. – Estuvo algo más de dos horas reunido con un hombre gordo vestido a la europea y tocado con el clásico gorro turco, luego se les unió un individuo de raza negra, también de dimensiones mastodónticas, no demasiado bien vestido, pero tu ya sabes como suelen vestir esas gentes africanas. Estuvieron hablando y bebiendo durante bastante tiempo, el europeo le mostró unos catálogos al africano en el entretanto este tomaba algunas anotaciones-.

-No he podido averiguar la nacionalidad del europeo ni del africano, en la del segundo puede estar la clave del negocio que estén tratando, el turco tiene el aspecto del clásico intermediario que acerca a comprador y vendedor por una miserable comisión, que en algunas ocasiones ni tan siquiera le pagan-.

-Bien, puede ser un buen inicio de negocio, mañana actuaré yo-, dijo la rusa, -voy a sonsacar a uno de los empleados de recepción para que me facilite algún dato del europeo y si el africano regresa al hotel le haré una aproximación para sonsacarle los suyos-, -Tu intenta sutilmente acercarte al europeo, tiene una edad propensa a intimar con mujeres, su subconsciente le advierte de que se le está agotando esta parcela y suelen aferrarse a ella con verdadera pasión-.

Eva asintió con la cabeza sin dejar de mirar tiernamente a los ojos de su compañera, le pasó la mano suavemente por una de sus mejillas a modo de dulce caricia, al tacto de la mano de Eva ésta sintió un estremecimiento que le subía por toda la columna vertebral hasta llegar a su ya encendido rostro.

Ambas se acercaron y se fundieron en un tierno y voluptuoso abrazo al que acompañaron con un apasionado beso en la boca. Cogidas de la mano se levantaron y entraron en el baño para ducharse juntas, por el camino fueron quedando esparcidas por el suelo sus ropas.

CAPÍTULO IIIº

Carl estuvo una buena parte de la noche pensando en la proposición que le había efectuado el "negro", hasta el punto que a las dos de la madrugada decidió llamar a su socio en Berlín.

-Hola, ¿Quién es?- dijo una voz ronca y somnolienta.

-Dieter, soy Carl desde Estambul-.

-Carl ¿sabes que hora es?- respondió este.

-Si, si, lo sé, discúlpame por lo intempestivo de la hora pero si no lo considerase muy importante no te hubiese llamado-.

-Dime, dime- le conminó Dieter en tono todavía algo molesto.

- Te dije ayer que tuve una entrevista con un cliente liberiano que nos aportó nuestro enlace turco, Kalim, para tratar sobre una posible venta de armas-.

-¿Para decirme eso que ya se, me llamas?- dijo en tono seco el berlinés.

-Si, pero no, verás, el liberiano insólitamente me propuso pagarnos en diamantes sin tallar, rechazó efectuarlo en billetes de banco. En principio he aceptado, pero me sorprendió que no efectuara ningún tipo de regateo para los precios que le di por las armas en que se interesó. Anormal totalmente. Luego reflexioné y, pienso que un individuo que maneja considerables cantidades de diamantes en bruto, de algún modo debe moverse en este sector, como hombre de confianza de alguien que es propietario de alguna mina o domina la extracción de este precioso mineral.

Le invité a tomar unas copas y, vaya si las tomó, se bebió algo más del contenido de una botella de Bourbon a pesar de ser de confesión musulmana. Mi interés en invitarle a beber como comprenderás era para que me hablara sobre los diamantes y su entorno. Me costó un par de horas y como te dije , pero mi amigo Jack Daniel´s hizo el resto.

Habló, ya lo creo que lo hizo, mi intuición no falló, para abreviar te diré que representa los intereses de algunos países productores de diamantes del área de influencia, negocia para ellos compras de armas y otras mercancías para algunos de los gerifaltes y políticos de aquellos países, entre ellos Sierra Leona y Costa del Marfil. Mañana tengo un almuerzo con él para cerrar el trato de la compra de armas, ¿qué opinas respecto al tema de los diamantes?-.

-Trabájalo e infórmate del tema tanto como puedas-, dijo Dieter, ya con concierto tono de entusiasmo,- mañana voy a contactar con un antiguo conocido de Amberes que tiene un par de industrias de talla de piedras preciosas, entre ellas diamantes, es un viejo judío que sobrevivió a las purgas nazis de Holanda, en su momento le ayudé a el y a su familia a conservar la piel a cambio de una colección de gemas talladas que entonces disponía, seguro que me asesorará si huele a negocio.

-Es lo que quería oír – dijo Carl. –Haré lo que me sugieres, ganaré todo el tiempo posible para que tu puedas hacer la gestión, luego me llamas y me dices qué hacer, siento haberte despertado-. Buenas noches-.

-Buenas noches Carl, hasta mañana-.

Dieter colgó el teléfono, se metió de nuevo en la cama, apagó la luz de la mesita de noche e intentó dormir, debía estar fresco para el día siguiente. No fue fácil, pero al fin lo consiguió.

CAPÍTULO IVº

Kalim estacionó su automóvil Fiat Croma azul en el parking del Hotel Hilton, todavía olía su interior al vomitado con que la noche anterior le había obsequiado el liberiano Samuel Kieh. El turco, después de dejar a su pasajero en la habitación del hotel tendido sobre la cama, regresó a su vehículo e intentó con agua y un pañuelo limpiar el asiento posterior, mejoró ligeramente la mancha pero el abominable olor que le quedó, era tan agresivo que debía viajar con los cristales de las ventanillas bajados para poder soportarlo.

Era algo temprano, no sobrepasaban las 11 a.m., se acercó al lobby del hotel para ver si el cliente liberiano ya había bajado, éste no daba señales de vida, se dirigió al mostrador de recepción y solicitó que llamaran a la habitación 722 para ver si se hallaba en ella su huésped. Uno de los empleados llamó y no obtuvo respuesta, - lo siento señor no me responde nadie- le dijo a Kalim.

-Pero debe de haber alguien en la habitación por que la llave no está en el casillero- apuntó el recepcionista.

-Voy a subir a comprobarlo- dijo Kalim, dándole las gracias.

Se dirigió a los ascensores, subió al primero que abrió la puerta y pulsó el botón de la séptima planta. Llamó precavidamente con los nudillos a la puerta, nadie respondió, dejó pasar unos segundos desde la primera llamada y volvió a insistir, en esta ocasión con mayor firmeza, obtuvo el mismo resultado que la ocasión anterior, nuevamente insistió, ahora descaradamente fuerte, silencio. De súbito oyó a sus espaldas una voz que le decía :. – ¡¡ Bonjour Monsieur Kalim ¡!-.

Giró sobre si mismo ligeramente sobresaltado, allí estaba Samuel Kieh esbozando una sonrisa con sus grandes y prominentes labios.

Éste le explicó que después de asearse había bajado a desayunar a la cafetería de la primera planta, -Tenía un apetito feroz-, manifestó, Kalim pensó que con el vómito de la noche anterior no debería haberle quedado nada en el estómago y por eso tenía tanto apetito, se felicitó de no estar junto a el antes de desayunar, no fuera a ser que le diera un bocado en uno de sus brazos.

Fueron al aparcamiento donde había estacionado el turco su Fiat y, marcharon en dirección al cercano Bentley Hotel. El liberiano manifestó sentir un olor muy desagradable que provenía de la parte posterior del automóvil, a lo que Kalim respondió explicándole lo acaecido la noche anterior.

Carl Bergman estaba junto al mostrador del hotel leyendo uno de los periódicos que se hallaban en de las mesitas del mismo, había reservado mesa en el propio restaurante del hotel, no era la primera ocasión que se hospedaba en el y, sabía de su buena cocina europea. Se levantó para saludar a sus invitados.

-Excelente día-, dijo Carl a modo de saludo.

-He reservado una mesa en el restaurante del hotel, ¿espero que les parezca bien?-.

-Perfecto apuntó Kalim-. El liberiano Samuel Kieh pareció no enterarse, alargó la sudorosa mano a su anfitrión.

-¿ Tiene Vd. buen apetito monsieur Kieh?- preguntó Karl, secándose disimuladamente su mano después del apretón.

-Si, al parecer ayer vacié mi estómago en el automóvil del señor Kalim y apenas he vuelto a comer algo desde entonces, solo un ligero desayuno. Le prevengo señor Bergman que mi religión no me permite comer carne de cerdo-.

-Oh si, lo sé, no debe preocuparse, el restaurante del hotel dispone de una gran variedad de viandas y podrá usted mismo elaborarse un menú adecuado a sus creencias-, aseveró Bergman, pensando a la vez que Kieh tenía una religión muy particular, no comía carne de cerdo, pero bebía alcohol como si de agua se tratara.

Ocuparon la mesa que el maitre del restaurante les asignó, era temprano y todavía no habían demasiados clientes en el salón. Kalim tuvo su trabajo en poder introducir sus voluminosas posaderas entre los brazos de la silla que le correspondía.

-Si les parece señores, podemos iniciar el almuerzo con una aperitivo- sugirió Carl haciendo al mismo tiempo una señal a uno de los camareros para que se acercara.

-¿Qué va a tomar usted monsieur?- preguntó a Kieh.

-Un Pernod con hielo y unas ostras-, propuso este.

-¿Y usted Kalim?-

-Tomare…., un zumo de alcachofa- decidió al fin.

-Anote camarero, dijo Carl y, para mi tráigame un Campari con hielo con un trozo de naranja en su interior-.

El camarero tomó nota y la pasó a los empleados del bar.

Al poco tiempo las bebidas solicitadas estaban sobre la mesa.

-Bebamos por un buen inicio de nuestros negocios-, brindó Karl levantando su vaso secundado por Kieh y Kalim.

-Monsieur Kieh- inició Carl, - Esta noche he hablado con mi socio de Berlin, referente a su propuesta de pago por la compra de armas que usted me hizo. Le conté que usted sugería efectuarlo en diamantes sin tallar. En este caso no es fácil la evaluación, ya que un diamante una vez tallado su cotización por quilate es internacionalmente conocida y fluctúa según los mercados de Londres o Amberes, pero en bruto no existe una orientación tan precisa del precio y, no desearía ser yo quién efectuara la tasación, podrían usted y sus socios pensar que estoy aprovechándome de la situación-.

Kieh, se quedó algo pensativo, sorbió un poco de su Pernod casi helado, echó un vistazo a la calle meditabundo, unos segundos después, dijo :. – Herr Bergman, soy consciente de que usted me ha aplicado una tarifa muy superior a lo normal por las armas que ayer le encargué, no quise entrar en regateo alguno por que pretendemos de usted algo más que estas pocas armas. Mis asociados me han pedido que les presente un comerciante de armas, serio, eficiente y fiable. Usted y su organización me ha sido recomendado por el señor Kalim y algunas otras personas que les conocen y han efectuado negocios con ustedes. Sabemos de su simpatía pro-nazi y, aunque a usted le pueda parecer un contrasentido estamos dispuestos a entrar en tratos-.

Carl Bergman se quedó de una pieza, había menospreciado la capacidad y la inteligencia del hombre que tenía en frente, el "negro", como lo había calificado por sus adentros, no era tan tonto como había pensado, éste que ahora le estaba dando una lección de astucia.

-Me sorprende Vd. señor Kieh, pero solo hasta cierto punto, me pareció extraño que no efectuara Vd. ningún tipo de regateo en los precios que le di, cuando es usual efectuarlo-.

-Lo se, pero fue una acción premeditada, quería captar su atención para poder llegar a esta inicial consecuencia-, repuso el liberiano.

-¿Estaría Vd. dispuesto a viajar a Monrovia?-, dijo a continuación Kieh.

-Le seré franco Kieh, si ello me ha de reportar beneficios económicos, estoy a su disposición- respondió Bergman.

- Bien pues ahora almorcemos y le plantearé nuestro proyecto-, dijo finalmente Kieh.

CAPÍTULO Vº

Dieter despertó temprano, la muchacha polaca que tenían para el servicio de la casa le había preparado un abundante desayuno continental, tomó asiento en una de las sillas que habían alrededor de la mesa de hierro fundido de color blanco con las sillas a juego, en la terraza que daba al jardín de su residencia berlinesa, como todas las mañanas desplegó el Die Welt y se dispuso a leerlo.

- Buenos días señor, ¿ Le sirvo el café Herr Dieter?- le inquirió la fámula en un bastante correcto alemán y delicioso acento polaco.

-Si, gracias Novak, ¿ha desayunado ya mi esposa?- dijo este.

-Oh si señor, lo hizo muy pronto y se marchó en el auto sobre las ocho y media. ¿Le preparo algo más al señor?-.

-Gracias, está bien, ah si, tráigame mi teléfono celular de la mesita de noche-.

Marcó un número de Amberes. – Dígame, dijo una voz masculina-.

-¿Hablo con el Sr. Jacob Devries?-

- No, éste cambió su número telefónico hace bastantes años –, le respondió una voz masculina.

- ¿Tiene usted por casualidad su actual número?- insistió Dieter.

- Lo siento señor pero no dispongo de el, pero puede usted llamar a la central de teléfonos y podrán darle razón- y colgó.

Dieter efectuó una llamada a la central de telefónica de Amberes y en pocos segundos fue satisfecha su demanda.

Acto seguido marcó el nuevo número, al otro lado del hilo, una voz masculina atendió a la llamada. –Ja.

- ¿ El señor Devries?- preguntó.

- Si soy yo, ¿quién me llama?- repuso éste.

-No se si me recordará, hace algunos años que no nos vemos, soy Dieter Shiller, de Berlín-.

-Oh si, ya recuerdo, ¿cómo está Herr Schiller?, cuanto tiempo sin saber de usted. ¿En que puedo servirle?-, dijo Devries en tono pausado.

-Verá, tengo a mi socio de viaje, ayer éste me llamó y me habló referente a un asunto de diamantes en bruto y necesitaría un asesoramiento al respecto, esa no es mi especialidad y, he pensado que usted como autoridad en gemología podría echarme una mano-.

-Ese es un asunto muy delicado y además peligroso, está en manos de grandes corporaciones multinacionales con muchísimo poder, pero por muchas razones que no viene ahora al caso, estimo que no es prudente hablar de ello por teléfono-.

-Señor Devries, ¿va a estar Vd. esta semana en Amberes?-.

-Si, si voy a estar, no tengo ningún viaje previsto de inmediato-.

-¿Le parece que mañana venga a visitarle?-.

-Le espero a Vd. con sumo gusto, me agradaría hacer negocios con su organización-, afirmó Devries.

A continuación Dieter miró su reloj de pulsera y comprobó que era una hora correcta para llamar a su socio en Estambul. Marcó el número del Bentley Hotel y solicitó que le pasaran con su socio.

Un botones localizó a Carl en el comedor del hotel. Este se levantó y entró en una de las cabinas telefónicas del lobby.

-Dígame-.

-Karl, escucha, acabo de hablar con el tallador que conozco en Amberes, está dispuesto a colaborar y participar en el posible negocio de los diamantes, he acordado ir a verle mañana-.

-Esto es una buena noticia socio, podremos tener un excelente asesoramiento. De todos modos no te fíes demasiado de este judío holandés-, sugirió Carl.

-Lo tendré en cuenta, pero en el entretanto yo me desplazo a Amberes, entretén a tu hombre todavía un par de días-.

-Así lo haré, pero tan pronto tengas esa información llámame, no importa la hora que sea, hazlo a mi teléfono celular, lo tendré permanentemente abierto para que así te sea más fácil localizarme-. En el entretanto hablaba con su socio, vio pasar la elegante señorita, que el día anterior había visto en la cafetería y, que tan grata impresión le había causado. Ésta al pasar por delante de la acristalada cabina, aprovechó para mirar su figura reflejada en cristal de la misma, como un acto natural de femenina coquetería. Carl no imaginaba que esta era una maniobra pre estudiada por la dama.

Se despidió de Dieter algo precipitadamente y salió de la cabina dirigiéndose de nuevo al restaurante, observó que la atractiva dama también ocupaba una mesa del mismo, acompañada de otra belleza de pelo oscuro.

Kalim y Kieh le esperaban en la mesa que el maitre les había destinado, seguían tomando el aperitivo.

-Bien, de nuevo les pido mis excusas, ya estoy de nuevo con ustedes, me había llamado mi socio desde Berlín, me ha comunicado buenas noticias. Ayer le llamé para explicarle su inesperada propuesta de pago, en principio le sorprendió el planteo, luego llamó a un conocido de Amberes, especialista en talla de diamantes, y quedaron en verse mañana en su oficina. Esto retrasará un par de días nuestros planes, pero debe usted comprender Kieh que necesitamos un eficaz asesoramiento, ahora gocemos de los platos que nos van a servir-.

Jacob Devries, era un reputado tallador y comerciante de la ciudad flamenca de Amberes, su prestigio había rebasado fronteras, maestros talladores de Israel, Rusia, Brasil y otros, le consultaban métodos y sistemas referidos a la talla. Devries amplió su prestigio al haber intervenido personalmente en la formación y desarrollo del Flanders Brilliant, un nuevo sistema y estilo de talla, que confiere a esta preciosa y ambicionada piedra en una pieza sin igual, el brillo, fuego y pulido, del nuevo sistema de talla, realza ésta de un modo muy superior a las tradicionales.

CAPÍTULO VIº

Alrededor de las seis de la mañana Dieter salía del garaje de su casa con su Jaguar XJ-S color verde inglés metalizado. Tomó la circunvalación de Berlín hasta llegar a la salida de la autopista que le llevaría a Bélgica y Holanda. La red de autopistas alemanas no pone límites a la velocidad. Dieter pisó el acelerador y su potente máquina alcanzó en poco tiempo los 200 km. a la hora, sentía un gran placer al pisar el acelerador y experimentar la respuesta que le transmitía el potente motor de su Jaguar, esta acción le rejuvenecía y le confería sensación de libertad e independencia.

Cruzó el país en menos de cinco horas, por el camino efectuó una detención para desayunar y repostar de carburante. Al llegar a la frontera con Holanda cambió moneda en una de las múltiples entidades bancarias.

Ya en el país vecino condujo con menor velocidad hasta llegar a Amberes. El día anterior tuvo la precaución de reservar habitación en el Atrid Park Plaza Hotel, de la calle Koning Astrid Palin,7, un excelente y prestigioso hotel registrado en varías prominentes guías de hoteles mundiales.

Dejó su automóvil en el aparcamiento reservado a clientes. Desde su habitación llamó a Devries y le citó para el almuerzo en un discreto y elegante restaurante cercano.

-Señor Devries, estoy ya en Amberes, si le parece podríamos almorzar en el restaurante Pigeonier. ¿Cuento con usted?. – Bien le aguardo alrededor de las 13,30, voy a pedir una mesa tan pronto dejemos de hablar-.

-Hasta luego-.

Dieter se sentó en un confortable butacón de su habitación, desplegó un periódico de páginas rosadas, había comprado un periódico inglés dedicado a las finanzas, leyó algunas de las páginas que se referían a las cotizaciones de piedras preciosas. La verdad es que no tenía muchos conocimientos de la materia, esperaba que su invitado le pusiera al corriente del sector.

Al poco rato quedó adormilado, había madrugado mucho aquella mañana.

El timbre del teléfono de la mesita de noche le despertó. – El señor Devries le aguarda aquí en recepción-, dijo la voz de una telefonista-.

-Bajo de inmediato-.

Al salir del ascensor Dieter vio al momento a su viejo conocido Jacob Devries. Algo más envejecido, claro que habían pasado más de veinticinco años desde la última vez, ahora este lucía una barba gris bastante larga y poblada, andaba ligeramente encorvado, pero no obstante todavía conservaba el porte majestuoso y elegante que le distinguía. Vestía ahora un traje de color gris medio de alpaca andina, de muy buen corte y, camisa blanca de fina seda natural, con los puños de la misma cerrados por un par de gemelos con dos brillantes insertados, marca de la casa y una corbata de lazo granate.

Se saludaron con un apretón de manos, a continuación Dieter tomando a su interlocutor del brazo le condujo a la puerta giratoria del hotel. Caminaron hasta restaurante Pigeonier, cercano donde ellos se habían encontrado, por el camino la conversación fue de pura cortesía.

Dieter era hijo del Barón von Henrichs, un General que había resistido a la influencia del nazismo capeando como pudo los avatares políticos y bélicos de los años cuarenta.

Su educación había sido muy severa y estricta, casi espartana, en uno de los más prestigiosos colegios de la alta Sajonia, el mismo en el que su abuelo y su padre se habían formado. Hablaba inglés y francés con exquisita corrección y fluidez, luego en la universidad inició los estudios de ingeniería, que no pudo terminar debido a que estalló la segunda guerra mundial, fue llamado a filas en las que ingresó con el grado de teniente. Destinado al frente de Stalingrado, sufrió los avatares de la artillería y el frío, por éste último había perdido, por congelación, los dedos anular y meñique de su mano izquierda. Luego a la rendición con el grado de Comandante, fue depurado por un tribunal aliado y regresó a su casa. En esta etapa de su vida, tuvo ocasión de conocer al hombre que ahora llevaba asido del brazo, en una situación muy especial.

El maitre les acomodó en una mesa central del salón, en el entretanto pedían los platos del almuerzo, un par de señoritas violinistas recorrían entre las mesas tocando suaves melodías que no interferían en absoluto en la conversación de los comensales.

Ambos consultaron las cartas que el maitre les ofrecía.

-Tomaré unos filetes de salmón noruego ahumado acompañado de unas verduras del tiempo- pidió Devries.

- Me inclino por el magret de canard al Oporto-, apuntó Dieter.

-Háganos traer además de agua mineral, una botella de Chianti, ordenó el germano al maitre.

-Y bien querido amigo Devries, se que las cosas le van muy bien, se ha convertido usted en toda una autoridad en el sector-, inició Dieter.

-Mis esfuerzos me ha costado amigo Henrichs, de todos modos el equipo es lo que cuenta y, afortunadamente pocos años después de la guerra, tuve la suerte de poder contratar a los mejores especialistas en talla de diamante, la mayor parte eran ruso-judíos huidos de las persecuciones de Stalin, por si fuera poco tuvimos el acierto de invertir mucho dinero en modernizar la DiamodStar BV, nuestra factoría de fabricación de herramientas aplicadas a la talla y pulido de diamantes-. – Fue ciertamente una sabia decisión, que nos permitió avanzarnos algunos años respecto a nuestros competidores-.

Poco a poco la conversación fue derivando al campo que a Dieter interesaba, y por que no decirlo también a Devries.

Dieter fue muy directo al asunto; -Amigo Devries, como ya le avancé someramente por teléfono, mi socio se halla en estos momentos en Turquía cerrando un negocio, el comprador le propuso pagarle con diamantes en bruto, algo a lo que nosotros no estamos habituados y no nos es posible valorar con equidad. Éste me informó que el cliente que le sugirió este tipo tan original de pago, es hombre bien introducido en su país y los del área de influencia, que son países productores de este preciado mineral-. – De hecho ha sido invitado por el cliente a desplazarse a uno de estos países , para entrar en tratos con algún tipo de negocio relacionado con ello, no sabemos todavía cómo ni en calidad de qué-.

-¿Puede saberse de qué países estamos hablando, querido Dieter?-.

-Si, creo que puedo decírselo, son Guinea Conakry, Liberia y Sierra Leona-. – De hecho estamos en negociación con un personaje que dice ser de Liberia-, puntualizó.

-Tres países productores, codiciados por todo el mundo y así mismo peligrosísimos, pertenecen a los países clasificados como de alto riesgo-, apuntó Devries.

Siguió Devries; - La población de cualquiera de estos tres países, vive en la mayor de las miserias, a pesar de las riquezas que se extraen de su subsuelo, en especial Sierra Leona, el mayor productor de los tres-. –Las diversas etnias que forman el país, mantienen constantes guerras entre si para dominar el comercio de los diamantes que se extraen-.

-Veo que conoce usted muy bien la problemática particular de estos países-. Aseveró Dieter.

-Si, cierto, en su día estuvimos muy interesados en nutrirnos de minerales de esa procedencia, la calidad y pureza de estos es superior en algunos casos a los que se obtienen en otras partes de África. Hace algunos años, uno de nuestros empleados viajó a Guinea Conakry. Mantuvo contactos con un jefe de la etnia Temne y, también con un seudo militar del Frente Unido Revolucionario (RUF), ambos estaban en situación de vendernos diamantes en bruto a unos precios sumamente interesantes, pero las condiciones que imponían eran inaceptables, finalmente abandonamos el proyecto, nuestra empresa no se dedica a este tipo de comercio-.

- Nuestro empleado tuvo que marchar a toda prisa, temía que le secuestraran y pidieran un fuerte rescate por él-.

-Ahora si ustedes tienen la oportunidad de introducirse en el círculo de quienes dominan las extracciones, podríamos reiniciar de nuevo el plan que en su día nos propusimos-.

-Bien, ¿qué cree usted que debemos hacer?-, preguntó Dieter.

-Dígale a su socio que intente sacarle mayor información sobre el tema, que estamos dispuestos a viajar a Estambul para hablar con este individuo liberiano, no quisiera hacer un viaje en balde, debemos conocer algo más al respecto para poder tomar decisiones-, -no se debe olvidar que las multinacionales que dominan el sector, también deben tener las redes echadas en estos países-.

-Así lo voy hacer amigo Devries- apuntó el alemán.

Siguieron disfrutando del excelente almuerzo y hablando sobre las múltiples posibilidades que podía representar este nuevo negocio.

CAPÍTULO VIIº

En uno de los más altos y modernos edificios de cristal de Hong-Kong, en las oficinas la multinacional holandesa "AMR Trade World Co." y algunas de sus subsidiarias que actúan en distintos puntos del planeta, se hallaban reunidos los presidentes ejecutivos de cada una de ellas así como con el consejero delegado y el secretario de la sede central.

El motivo principal de la reunión, era el habitual de todos los años en el que las subsidiarias presentan los resultados de sus ejercicios y, planifican las actividades a desarrollar en el ejercicio siguiente.

Acercándose el final de la reunión, Millar B. Caron, director de expansión de "AMR Junior Europe BV, pidió la palabra para exponer una nueva línea de negocio, de los muchos en los que este grupo interviene.

El Presidente del Consejo, le cedió la palabra :

-Dejemos que nuestro director de expansión europeo nos exponga sus ideas, tiene usted la palabra mister Caron-;.

-Gracias señor presidente-, sacó de su portafolios un pliego de cuartillas mecanografiadas lo depositó sobre un atril que había en una de las esquinas de la larga mesa. Carraspeó un par de veces y dirigiéndose a los presentes inició:.

-Queridos amigos, acabamos de presentar todos unos ejercicios anuales muy aceptables, y realmente lucrativos para nuestro pool de empresas-.

-No obstante, la comunidad industrial del mundo está sufriendo una constante evolución y ésta, aboca a algunas sociedades, de la noche a la mañana, a la ruina o la eleva a lo más alto del las finanzas-.

-Nuestras empresas, están presentes en casi todos los sectores de la economía mundial, desde el financiero al industrial, inmobiliario y, hasta el especulativo, este último diría que es el que nos produce mayores beneficios respecto a relativa baja inversión y riesgo sumamente limitado-. – Como todos sabéis ésta es la que está bajo mi responsabilidad-.

-Sin ir más lejos, el presente ejercicio lo hemos cerrado con un beneficio del 36,52 por ciento neto, superando el anterior en casi un 2,8 por cien, y nuestra cotización en la bolsa de valores ha subido notablemente-.

Bebió un sorbo de agua del vaso que le había puesto a su alcance una de las señoritas azafatas y, mientras lo hacía, pudo observar el rostro complaciente del Presidente del grupo, animándole a seguir con algo más de entusiasmo su exposición. Caron era un joven valor fichado personalmente por propio Presidente dos años antes, con un impecable currículum personal y una brillante carrera de economista refrendada en la universidad de Yale, eran su pasaporte.

Caron era un joven de 33 años recién cumplidos, sumamente activo y con una gran dosis de ambición profesional que rayaba casi a la falta de escrúpulos o ética, estas eran "cualidades" que no se le escaparon al Presidente del grupo. El joven procedía de una familia media del Este del país, su padre falleció de un accidente aéreo siendo él todavía un adolescente, obligándole a tener que prescindir de algunos caprichos de niño "bien" a los que estaba habituado. Se juró por sus adentros que irrumpiría en la sociedad con un buen bagaje de conocimientos que adquiriría en una de las más prestigiosas universidades del país. Desde aquel momento centró toda su vida y ambición en acabar la carrera de economista con las más altas calificaciones de su promoción.

Un master sobre economía efectuado en Cambridge, Inglaterra y otro en Canadá redondearon su formación.

-Como les decía compañeros, la sociedad que está bajo mi responsabilidad hemos desarrollado un departamento, de investigación e información, casi podría bautizarse como departamento de espionaje. He seleccionado personalmente una serie de personas muy cualificadas, cada una en su especialidad, que prestan sus servicios exclusivamente a nuestra organización-. Nuevamente sorbió un poco de agua de su vaso y observó las caras de interés que había despertado a su atento auditorio, animándole a seguir.

-Este personal, en su mayor parte, está incluido en la nómina de nuestra sociedad, otros colaboran directamente y sus emolumentos son participativos a los beneficios por ellos aportados. En contrapartida todos los gastos de desplazamientos, hoteles y demás que generan, son soportados por nuestra Compañía-.

-Muchos de vosotros os preguntareis, el por qué os estoy contando todos estos pormenores, muy sencillo, os he querido poner al corriente de estos detalles para que así podáis comprender con más facilidad lo que ahora desarrollaré -:.

-Éste personal que denominaremos como "especialistas fluctuantes", su misión es viajar por diversas ciudades del mundo y de todos los continentes, se alojan en los mejores hoteles del lugar donde se hallen y su misión es tener los ojos y los oídos muy abiertos. Observar a las personas y sus movimientos, procurar mantener una relación en principio superflua para detectar a que se dedican e ir emitiendo informes del progreso de sus contactos a nuestra empresa. Si una vez leído el informe consideramos de nuestro interés el tema del contenido en el informe, les indicamos que prosperen en la relación con el individuo para profundizar con mayor profusión sobre la materia, si posteriormente los informes que nos arriban valoramos que pueda ser del interés de la Sociedad entrar en este negocio, desarrollamos un programa estudiado especialmente a medida, para podernos apoderar del mismo y dejar fuera al sujeto-.

-No es una práctica muy ética, pero es terriblemente eficaz y lucrativa-.

-Sin ir más lejos, ayer por la tarde a última hora, recibí un informe vía Internet, de dos de nuestros especialistas fluctuantes destacados ahora en Estambul, era un informe muy escueto pero esperanzador. Nos hablaba de un caballero alemán, hospedado en un hotel de gran lujo de aquella ciudad, por el momento no citaré nombres ni referencias por discreción, que parecía estar tratando con un individuo de raza negra un negocio que aparentemente podría tratarse de suministro de armas. Nuestros contactos efectuaron una breve aproximación al alemán y, por otro lado se informaron a través del personal del hotel de los movimientos del mismo. El alemán es un cliente habitual y suele aparecer por el lugar unas cuatro o seis veces al año, por mediación de uno de los camareros de la cafetería, sabe que el individuo se dedica al negocio de venta de armas a terceros países.

Del hombre negro sabemos, por ahora, algo menos. Se aloja en otro hotel de la ciudad, tiene pasaporte perteneciente a la República de Liberia. El mismo camarero informó a nuestra gente, que en una de las ocasiones que les sirvió unas bebidas oyó la palabra diamantes-.

He dado instrucciones a nuestra gente que profundicen e intimen todo lo posible con el germano. El hombre de raza negra, es de una zona de África donde las minas de diamantes producen éste mineral de una codiciada pureza bastante superior a las otras minas existentes en éste mismo continente. Espero que en próximos informes que se reciban, poderles facilitar a ustedes una información más amplia y contrastada. Hasta entonces, les agradeceré su colaboración al respecto en cuanto se refiere al mercado de las armas y de los diamantes, pienso que dentro de nuestro grupo deberán haber expertos en ambos sectores-. – Muchas gracias por la atención que me han dispensado y quedo a su disposición para cualquier posible aclaración que puedan precisar -.

CAPÍTULO VIIIº

Después del opíparo almuerzo con el intermediario Kalim y Kieh, Carl Bergman, se retiró a su habitación, bien entradas las cinco de la tarde, necesitaba descansar y meditar, en el entretanto llamaría a su socio Dieter para enterarse de cómo le había ido su visita a Amberes.

Al cruzar el lobby del hotel vio de nuevo a la rubia y elegante señorita, entraba en aquel instante en la cafetería y tomaba asiento junto a una mesa que daba a un ventanal.

Carl encaminó sus pasos en la misma dirección, entró en la cafetería y se sentó en una mesa libre, contigua a la que ocupaba la bella holandesa.

Ella había pedido un té con unas pocas gotas de leche, que acompañó con unas galletas de miel.

Carl, pidió un café americano y una copa de brandy francés, sacó de su purera un grueso cigarro habano del tipo "torpedo" y siguiendo el ritual habitual, fue a prenderle fuego, pero simuló haberse olvidado el encendedor en su habitación, se dirigió a su vecina de mesa para iniciar una conversación informal:. –Señorita, ¿tiene usted por casualidad un encendedor para prestarme?, he dejado el mío en mi habitación-.

Ella, estaba ya aguardando algún contacto por parte del caballero, no la cogió por sorpresa, al fin y al cabo había estado todo el tiempo observando discretamente el almuerzo efectuado por los tres hombres y en cuanto vio que se despedían, procuró hacerse ver por el teutón y atraerle a su "terreno" para así iniciar un contacto. -Si con mucho gusto-, respondió en el entretanto buscaba por el interior de su bolso de mano.

Después de estar buscando unos segundos el mechero, le lanzó una mirada cómplice a su interlocutor acompañada de una sonrisa, como si estuviera algo azorada por no hallar el encendedor de inmediato. Al fin apareció éste y se lo alargó a su vecino. –Disculpe usted señor…..pero llevo tantas cosas dentro de este bolso que me era difícil localizarlo-.

-Oh, gracias, me llamo Carl Bergman, no se apure señorita- le dijo con una sonrisa-, suelen llevar ustedes sus bolsos muy bien pertrechados de infinidad de cosas que no suelen utilizar nunca-, añadió riendo con cierta vehemencia.

A ella le agradó la respuesta y también rió la broma- -Me llamo Eva Rijens-, respondió alargando la mano acompañada de una candorosa sonrisa, que el alemán besó con delicadeza al tiempo que le decía : - encantado de conocerla-.

Carl tan siquiera se acordó de encender el cigarro que tenía en su mano izquierda, a pesar de ser uno de sus preferidos. Tomó asiento en una de las sillas inmediatas a Eva e inició una charla sin demasiado fundamento, mientras en la calle rompía a llover copiosamente.

La muchacha se apercibió por la ventana del vendaval de lluvia que estaba cayendo y, con mucha intención le dijo a Carl:. -Cuando llueve tan copiosamente me entra una gran tristeza que hace que me sienta muy sola, las tormentas me dan pánico-.

A lo que Bergman respondió, -si usted lo desea, me ofrezco gustosamente para hacerle compañía durante la tormenta-. El hombre lanzó esta frase con la intención de ver como respondía la dama. Por su edad, estaba ya muy ducho en lances amorosos. No le importaba la edad que separaba a ambos, probablemente algo más de treinta años.

Eva Rijens, hizo un mueca simpática con su nariz respingona, acompañándola con una sonrisa –Se lo agradezco mucho, pero la lluvia me deprime mucho, le propongo a usted ir a mi habitación a tomar un café bien cargado y charlar de nuestras cosas, si no tiene otra cosa que hacer, naturalmente-.

-Me parece una brillante proposición señorita, cuando usted lo desee-, dijo Bergman, guardando de nuevo su cigarro en la purera de bolsillo.

La habitación de Eva era una suite muy bien amueblada. – Tome usted asiento señor Bergman-, le dijo ella con cortesía, -¿Desea beber algún brandy francés o cualquier otro tipo de licor con el café?-.

-Oh si, me apetecería tomar con el café una copa de buen ron cubano, ¿es posible?-.

-Permítame que eche un vistazo al botellero-. Fue al aparador donde se hallaba éste y únicamente había una botella de ron jamaicano.

-No tengo ron cubano pero puedo ofrecérselo jamaicano, ¿qué le parece?-.

-Excelente, los jamaicanos también hacen un aceptable ron de caña así como también café, en especial este último si es del tipo que ellos denominan Blue Mountain-. – Póngame una copita señorita Rijens-.

-Puede llamarme Eva, si lo prefiere-, dijo ésta con una suave sonrisa mientras servía el ron en una gran copa de balón y el café recién hecho.

-Y usted a mi Carl-.

-Eva, ¿me da usted su permiso para fumar un cigarro?-.

-No faltaría más, además se ha quedado usted con mi encendedor-, dijo esta a modo simpático y con una sonora sonrisa.

-Ah si, discúlpeme, que distraído he sido-. Sacó de nuevo su purera de cuero y eligió de nuevo el cigarro del tipo torpedo elaborado en Cuba. Lo prendió con el mechero "Colibrí" de su anfitriona inhalando una buena bocanada de aquel delicioso y seleccionado tabaco de Vuelta Abajo.

-Por lo que veo es usted Carl, un gurmet de los buenos cigarros-, dijo Eva sentándose en una esquina del sofá, frente a su invitado y permitiendo, a propósito, que el corte de su falda se abriera generosamente, mientras encendía un cigarrillo.

A Carl no le pasó por alto la insinuación de la falda, pero hizo como el que no le daba importancia.

-Si no es indiscreción por mi parte, ¿cuál es el motivo de su presencia en Estambul Querida Eva?- preguntó el germano.

La pregunta no cogió por sorpresa a la dama, de hecho la estaba aguardando desde hacía algunos minutos.

-Muy sencillo, estoy aquí con una compañera por motivos profesionales, representamos una firma multinacional de inversiones y finanzas, nos han encargado realizar unos estudios de mercado por varios de los países pertenecientes a la cuenca mediterránea-, ¿y tu?, ¿estás en viaje de placer o profesional?-, preguntó a su vez tuteándole.

-¿Entonces estás especializada en marketing?-. preguntó Bergman sin responder todavía al requerimiento de ella.

-Si y no, de hecho soy economista y cuando terminé la carrera hice un master en marketing investigacional en Berkeley, California-.

-Yo estoy en misión comercial- repuso Carl, me dedico al suministro de grandes recursos de defensa-.

-¿Y eso que significa?-, preguntó Eva, con cara inocente.

-Es un modo elegante de explicar que mi compañía vende armamento bélico y de defensa, a países no productores-.

-¿No sientes mala conciencia por ello?-.

-En absoluto, únicamente vendemos armamento a gobiernos legalmente constituidos y, bajo los auspicios del G8, lo que después de entregar el producto, hagan con ellas aplicaciones indebidas, es algo que a mi sociedad y yo mismo no nos incumbe-, repuso Bergman.

Eva se levantó y se acercó a un pequeño mueble lacado que había en la salón, en el interior del mismo había un reproductor de CD, seleccionó uno de entre los varios que habían y lo insertó en el aparato, a los pocos segundos sonó una suave melodía, la holandesa se acercó a Carl y le pidió para bailar, éste ligeramente sorprendido no se negó y dejando su cigarro en el cenicero más cercano, se levantó y se acercó a la mujer, ambos se fundieron en un semi abrazo e iniciaron unos pasos lentos de baile.

-Bailas muy bien Carl-, dijo Eva al oído del hombre.

-Ha sido siempre unas de mis pasiones-, repuso este.

Siguieron bailando un par de piezas más, hasta que Bergman preguntó : . -Eva, has citado antes que compartías tu suite con una compañera-.

-Si cierto, ¿por qué me lo preguntas?-.

-No se, pienso que quizás si entra pueda encontrarse algo incómoda con mi repentina presencia-.

-No creo, ambas tenemos un código de conducta que respetamos, pero si tu sugieres algo, dímelo-.

-Pensaba si te importaría que siguiéramos la fiestecita en mi departamento-, sugirió el germano.

-Como tú desees-.

Eva entró por un momento en el baño, estuvo un par de minutos y a continuación salió del mismo, se asió del brazo a Carl y en tono simpático le dijo:-cuando tú quieras-.

Bergman procuró que su habitación estuviera iluminada solo con la luz indirecta de las lamparitas de las mesitas de noche y la lámpara de pié del saloncito, puso música ambiental y se sentaron ambos en el sofá, Eva encendió otro pitillo y se relajó, maquinaba como sonsacarle a su acompañante el tipo de negocio que llevaba entre manos con el hombre negro.

Carl, sirvió un refresco a Eva, él se sirvió un escocés, fuera seguía lloviendo a mares y, en algunos momentos podía oírse el chirriar a lo lejos las ruedas de los tranvías, era realmente un día algo deprimente.

-¿Te apetece que sigamos bailando?- .

-Sigamos repuso Eva-.

Sonó el teléfono en la habitación de Carl, este se excusó con su pareja de baile y fue a atenderlo.

Eva aguzó todos sus sentidos para intentar oír la conversación pero le era difícil poder hilvanar la conversación, en el saloncito vio que había otro teléfono sobre una mesita auxiliar, fue hacia el, levantó el auricular con suma delicadeza, para evitar que Carl oyera el chasquido que se produce al levantar regularmente otro auricular.

Carl había dejado la puerta de la habitación ligeramente entreabierta, Eva por mediación de un espejo que había colgado en una de las paredes, podía ver todo el tiempo a Bergman, por lo que podía efectuar la escucha con cierta tranquilidad.

La llamada procedía de un tal Dieter, del modo en que se expresaba éste, le pareció que podía ser un socio de Carl, siguió a la escucha.

-Carl, acabo de dejar en la puerta del hotel a Devries, está altamente interesado en el negocio de los diamantes africanos y se asociaría con nosotros, pero me previene que es un comercio en manos de poderosas multinacionales sin escrúpulos, capaces de llegar a todo si es necesario, tienen comprados a la mayoría de los gobiernos de los países productores y si es necesario, quitan y ponen presidentes y gobiernos a su antojo-.

-Ya me imaginaba algo parecido, ¿Qué propones que haga?-, dijo Bergman.

-Ve con este hombre negro a su país, tal y como te propuso, ese tal Kieh, con quién estás tratando el pedido de las armas, intenta de introducirte en el círculo de las autoridades de su país, con los que manejan la explotación de las minas y la comercialización, a ser posible intenta pasar desapercibido cuanto puedas, no es fácil, pero inténtalo, avísame en cuando vayas a marchar para allá, avisaré a nuestra embajada en Monrovia para que te pongan protección, no olvides que es un país de los denominados de alto riesgo, tengo en la embajada un compañero de estudios al que le voy a efectuar el encargo tan pronto me confirmes tu vuelo, memorízalo, se llama Otto Krinkel-.

-Fantástico, seguiré tus consejos, voy a tenerte puntualmente informado. Hasta luego Dieter-, y colgó.

Eva colgó rápidamente al unísono que Carl, procurando no se oyera ningún chasquido, al entrar éste en el saloncito, Eva seguía fumando su cigarrillo.

-Discúlpame querida por la interrupción de nuestro baile-, se excusó Bergman.

-No tiene importancia, primero es la obligación-, repuso ésta con una sonrisa.

-No podía desatender la llamada, se trataba de mi socio que está de viaje por Bélgica-.

-No sabía que tenías un socio-.

-Si, más que un socio es como un hermano, tenemos amistad desde hace más de treinta años, él se ocupa de una parcela de la sociedad y yo de otra, es la manera en que jamás tenemos discusión alguna, aunque periódicamente nos cruzamos información de lo que solemos llevar cada uno entre manos -.

-Si te parece, puedo pedir a recepción que nos sirvan la cena en mi habitación-. –¿Te parece bien?-, dijo Carl.

-Si, excelente, será una cena romántica e íntima-.

Carl fue al teléfono y pidió que le subieran una carta del restaurante -. –Al momento señor Bergman- le dijo el recepcionista.

Un par de minutos después un botones con una carta, llamaba a la puerta.

Bergman se la entregó a su invitada para que ésta eligiera.

El muchacho tomó la nota de lo que los huéspedes pidieron y se marchó.

Unos treinta minutos después, la cena estaba puesta sobre un carrito con ruedas y en una cubiletera con hielo, una botella de champagne Mümm.

Eva, habilitó una mesita para ello, encendió una romántica vela roja y ambos se sentaron alrededor de la misma.

Carl descorchó la botella de champagne y llenó sendas copas con el burbujeante y dorado líquido. Levantó la suya y propuso un brindis :.

-Por nuestra naciente amistad-. Dijo.

-Por ella-, repuso Eva, -por que perdure muchos años- añadió haciendo un mohín con su bonita nariz.

Una hora después, Carl pedía que les subieran otra botella del mismo champagne. Dieron buena cuenta de ella.

Eva se sentía algo mareada y le pidió a Carl si le permitía ducharse en su baño. Este le dijo que encantado y le facilitó uno de sus albornoces de rizo para que se secara.

Se duchó, luego entró en la habitación de Bergman y se echó sobre la cama de éste totalmente desnuda, se quedó profundamente dormida en pocos segundos.

Carl, se quedó contemplando por unos momentos aquel bello cuerpo de mujer, la metió dentro de la cama, se desvistió él también, apagó las luces y se arrebujó entre las sábanas con ella.

CAPÍTULO IXº

En la oficina de la AMR TRADE WORLD CO., se recibía un mensaje de Internet firmado por Eva Rijens, dirigido a la atención de Mr. Millar B.Caron.

Era el rapport de sus actividades semanales que Eva y su compañera Anna Cerova enviaban periódicamente a su jefe inmediato Mr. Millar.

El informe no era demasiado extenso, pero si muy conciso. La secretaria de dirección lo imprimió y lo puso en un sobre de la compañía depositándolo después en la mesa del jefe.

Una hora más tarde Millar Caron estacionaba su automóvil Lexus en el parking de la empresa, situado en la primera planta sótano del colosal edificio. Venía de una reunión mantenida con el eficaz detective Miroslav Karoli de origen serbio, que solía utilizar en ocasiones para determinados asuntos, a veces no demasiado claros.

Ya en su espacioso despacho de la planta cuarenta y dos, dio su gabardina y sombrero a su secretaria Linn Soa para que lo guardara en el guardarropa mientras le pedía que le trajera toda la correspondencia del día.

Vió en su mesa el sobre a su atención , de inmediato supo que era de sus colaboradoras en Europa. Lo abrió e inició su lectura, decía :

" A la atención del Sr. Millar Benjamín Caron – AMR TRADE WORLD CO..-

Sr. Caron, como ya le expliqué en mi anterior informe, nos hallamos actualmente en Estambul, Turkía, alojadas en el Bentley Hotel. Hemos tenido la oportunidad de entablar relación con ciertos individuos, cuyo negocio principal es la venta de armas. La casualidad nos ha llevado averiguar un trasfondo de una negociación paralela que nada tiene que ver con el asunto primario.

El vendedor de armas, dice llamarse Carl Bergman de nacionalidad alemana, negocia con un individuo de raza negra natural de la República de Liberia. Al parecer el liberiano les ha propuesto entrar o algo parecido, en el negocio de diamantes, este extremo todavía no nos ha sido posible profundizar, confiamos que en pocos días estemos en situación de poder facilitarle una mayor y eficaz información al respecto. A nuestro parecer, el asunto tiene visos de ser muy interesante y posiblemente altamente lucrativo.

Agradeceremos su opinión al respecto, y seguiremos emitiéndole informes.

Saludos de Eva Rijens."

Millar leyó por dos veces el informe, se quedó meditabundo y mirando al infinito a través del gran ventanal de vidrio de su despacho, desde el que divisaba toda la ciudad sin obstáculo alguno. Con un movimiento totalmente instintivo, cogió la pipa que tenía en un soporte sobre su mesa, la llenó de aromática picadura holandesa, y con el dedo pulgar fue prensando el mismo hasta el fondo del cuenco del cuerpo principal de la cachimba.

Prendió la misma, y alargó el brazo para coger uno de los teléfonos de su mesa de trabajo mientras aspiraba el humo.

Señorita Soa, póngame con Eva Rijtens, en el Bentley Hotel de Estambul, en Turkía. No le importe la diferencia horaria, es urgente hablar con ella.

-Al momento señor Caron-.

Un par de minutos más tarde tenía a Eva al otro lado del hilo:.

-Hola, señor Caron, soy Eva, ¿en que puedo servirle?- dijo esta.

-Hola, buenos días, o buenas tardes, no sé que hora tienen ustedes aquí-. –He leído su informe, en principio me parecen interesantes las averiguaciones que han efectuado hasta el momento. Deberían profundizar más en ello, necesitamos obtener más información para poder tomar decisiones e informar de nuestro posible proyecto al Presidente del Consejo de Administración-.

-No he tenido la oportunidad de penetrar lo suficiente con el individuo como para poder sonsacarle mucha más información, debo he de ser cauta, si notara que muestro un excesivo interés se cerraría y no podría averiguar nada más-.

-Si entiendo y me parece muy oportuna su actuación, no se separe del individuo, si es necesario ponga cualquier excusa y viaje con él, no repare en gastos, de todas maneras voy a efectuar averiguaciones paralelas al respecto para ver el alcance del asunto. Ténganos informados-. – Hasta la próxima-.

-Que tenga usted un buen día-. Y colgó.

Caron cogió su teléfono privado y marcó un número de la ciudad.

-Diga-.

-Miroslav, soy Caron, ¿puede usted venir pronto a mi oficina?-.

-Si, lo que tarde en llegar con mi automóvil, calculo que una media hora-.

-Le aguardo entonces-. Colgó.

Caron se puso a revisar la correspondencia recibida en los dos últimos días, llamó a su secretaria y le pidió un café largo acompañado de alguna pasta, eran las doce del mediodía y todavía no había desayunado.

Media hora después la secretaria anunciaba al detective Miroslav Caroli.

-Hola, volvemos a vernos en un espacio de pocas horas-, dijo Caron.

-Le he mandado venir por que tengo que darle algunas instrucciones que prefiero no tener que hacerlo por teléfono, es demasiado delicado diría yo-.

Miroslav Karoli, era un Serbio de casi dos metros de altura, atlético, de pelo negro cortado al cepillo, y fuertes manos. Vestía una chaqueta de corte deportivo, de cheviot, a tonos grises, pantalón formando conjunto y en lugar de camisa solía llevar un fino sueter de color negro, de lana muy fina y cuello alto o también llamado de cisne. Habitualmente debajo de su sobaco izquierdo solía llevar enfundada y cargada una pistola Beretta.

Karoli, antes de la disolución de Yugoslavia, fue funcionario del estado, perteneció al servicio de espionaje del General Tito, al estallar la guerra no quiso alinearse en ninguno de los bandos y formó con varios camaradas de su confianza un grupo de mercenarios a sueldo del mejor postor, que actuaba en cualquier parte del planeta.

Habían actuado en diversidad de ocasiones financiados por Rusia para eliminar a algunos líderes chechenos, también en el continente africano por encargo de algún grupo opositor al gobierno en ciernes, con ésta actividad el grupo ganó bastante dinero, pero a medida que iban siendo conocidos, cada vez les era más difícil pasar desapercibidos. Llegó el momento que decidió disolver el mismo y dedicar su tarea profesional a investigador privado.

Estableció una modesta y discreta oficina en Hong-Kong. Eligió esta ciudad por que alguien en su día le había dicho que estaba falta de detectives privados, el sinfín de sociedades establecidas allá promovía múltiples actividades, la exención de impuestos fiscales y la facilidad de comunicaciones con el resto del mudo invitaba al asentamiento de las grandes corporaciones. Mientras, la lejanía con su país de origen, ayudaba a que fueran olvidándose de él.

-Acomódese Karoli-, dijo Millar señalándole una de las butacas que tenía frente a su mesa.

-Cuando nos vimos hace algunas horas, le dije que posiblemente iba a tener un trabajo especial para usted- dijo Caron. – Bien, acabo de recibir un informe de uno de nuestros colaboradores que en la actualidad se halla operando en Turquía, el contenido del mismo provoca que se precipiten los acontecimientos-.

-Con toda probabilidad-, prosiguió Caron, - en muy pocos días voy a recibir otro en el que me ampliará más datos para poder tomar una serie de decisiones y medidas-.

-El motivo de que esté usted aquí, es para preguntarle si estaría en disposición de viajar en cualquier momento al continente africano, no puedo en estos momentos indicarle todavía de qué país se trata, en primer lugar por que aún ni yo lo sé con certeza, pero puedo adelantarle que se tratará de un país de los denominados de alto riesgo-.

Miroslav Karoli, se removió en su asiento tomó un vaso con un refresco que le había servido el propio Caron, bebió un largo sorbo y estiró largamente sus piernas pensando al mismo tiempo, para sus adentros, que estaba ante un encargo verdaderamente importante. Quiso hacerse valorar.

-Sr. Caron, estoy como siempre a su entera disposición, pero precisaría tener unas fechas para su encargo, en estos momentos trabajo simultáneamente en tres casos de espionaje industrial que no me sería posible dejar y, mis clientes esperan el resultado de las investigaciones que vengo desarrollando por el encargo que en su día me hicieron-.

Caron, intuyó que Miroslav estaba haciéndose querer, no le importó, sabía de la eficacia y minuciosidad que aquel individuo aplicaba a los encargos que le eran efectuados, en una palabra, no fallaba.

-Bien, no puedo decirle ahora qué día debería usted iniciar nuestro trabajo, pero si le exijo ahora que me de su palabra que en el mismo momento en que le pida su intervención, estará usted de inmediato a las órdenes de mi compañía-. Se levantó y sacó un sobre blanco del cajón de su mesa y le hizo entrega del mismo a Karoli.

Hay en él diez mil dólares americanos como señal del encargo, si usted lo toma, entiendo que acepta sin cortapisas nuestro encargo y, que en el mismo instante en que le sea indicado se dedicará a ello-.

Miroslav Karoli, pensó que debería de tratarse de algún proyecto altamente importante, dado a que la cantidad de dinero que le adelantaba el señor Caron jamás lo había hecho. Cogió el sobre que le alargaban diciendo al mismo tiempo: -encargaré que acabe mi trabajo mi socio Kakzas, estoy a su completa disposición-.

Millar le entregó también a Karoli un pequeño teléfono celular diciéndole : -guárdelo y no lo pierda, es un teléfono de los que se comunican vía satélite, desde el lugar más recóndito podrá usted establecer contacto conmigo y viceversa, lo va a necesitar para la tarea que le encomendaré, manténgalo las veinticuatro horas en posición de abierto y no se separe de el. Para el proyecto en el que estamos trabajando, deberemos mantener un contacto continuado y pueden variar las órdenes en cualquier momento-. -¿alguna duda al respecto Karoli?-.

-No, simplemente espero sus instrucciones-.

-Entonces y mientras esté usted en la ciudad, hablaremos personalmente en mi despacho, solo utilizaré el teléfono para citarle-.

-Perfecto-, repuso el serbio, levantándose de su butaca y estrechando la mano a su cliente a modo de despedida. Al pasar por la puerta del despacho de Millar agachó ligeramente la cabeza como si temiera darse con la parte superior del marco de la misma.

La menudita secretaria oriental de Millar, le acompañó hasta la puerta del ascensor, Millar que observaba la escena desde lejos, se sonrió del efecto que la imagen de ambos producía, su secretaria parecía un pequeño pingüino junto a la torre humana que proyectaba Karoli.

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