Partes: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7

CAPÍTULO XVIIIº

El inmenso mundo del diamante involucra desde gobiernos a grandes corporaciones fabriles mineras, talladores, comerciantes y hasta asesinos.

El origen del uso de los diamantes es muy remoto, los primeros indicios aparecen en la India, casi dos mil años antes de Cristo, más tarde los griegos los dieron a conocer a occidente y le bautizaron con el nombre de damantos, que en griego clásico significa : "el más duro". En la India eran utilizados por los brahamanes en sus celebraciones religiosas, la creencia decía que quién poseía un diamante los dioses le protegían. Los Marajás eran quienes atesoraban la mayor cantidad de estas codiciadas piedras preciosas hasta la colonización británica. Por su posesión se han invadido países, se han cometido execrables crímenes y, se han conquistado mujeres y reinos.

Los griegos fueron los primeros en darles una utilidad artesana, elaboraron con ellos, verdaderas obras de arte en joyas que todavía en la actualidad, pueden ser vistas en algunos museos para el deleite del hombre culto.

Los diamantes se forman a unos ciento cincuenta kilómetros en el interior de la tierra, el carbono en su estado más puro sometido a las altas presiones y temperaturas, llega a ejercer una presión tal sobre la formación de sus moléculas, que confiere a éste precioso mineral dureza 10, que le permite cortar cualquier otro mineral, sin que éste a su vez pueda ser dañado.

Un diamante debe cumplir con la valoración de las 4C : -Color.

-Clarity (pureza o limpieza)

-Cut (talla)

-Carat (peso).

Existen varios tipos de diamantes, según sea su origen, desde el incoloro, al amarillento hasta los hallados modernamente de color azul pálido, pasando por el negro.

El mayor diamante del mundo, conocido hasta el momento, es el Golden Jubilee, que pesa 545,6 quilates y su color es pardo/amarillento. Le sigue el famoso diamante tallado en forma de perilla, que pesó 69,426 quilates, este se hizo famoso por haber sido adquirido por el actor Richard Burton regalándolo a la que entonces era su esposa y también actriz; Elizabeth Taylor.

Sigue a éste, el diamante azul conocido por "Hope" cuyo peso es de 44,50 quilates.

En la actualidad y un poco a caballo de las modas, el diamante más apreciado es el azul claro, de gran dificultad en su extracción ya que suelen hallarse en las desembocaduras de algunos ríos africanos ,mezclados con los cantos rodados, caso de Namibia.

Los países productores: Sudáfrica, Angola, Australia, Brasil, Congo, Mali, Namibia, Sierra Leona, India, Rusia, Venezuela y Zimbawe, a través de los años, han regulado y estructurado sus explotaciones y comercialización, a excepción de algunos países del continente africano en los que por su estructura socio-política, permanecen en constantes guerras tribales en busca del poder económico y político.

Eva y Carl, se sentaron en una mesa del restaurante situada en la pérgola de la terraza, desde allá divisaban una bella perspectiva del puerto, el sol caía con fuerza, sin embargo allá en el cenit del mar se asomaban unos negros cúmulos cargados de agua.

Un individuo alto y barrigudo con un grueso bigote pelirrojo bastante hirsuto, enfundado con un delantal blaco en su cintura, se les acercó a la mesa. En un más que correcto inglés acompañado de un ligero acento francés, les preguntó si deseaban almorzar - ¿puedo ayudarle en algo?-.

-Si, gracias-, dijo Eva, -desearíamos nos facilitara la carta de platos-.

-No tenemos, Madame, pero puedo recitarle de viva voz todas las especialidades de pescado que podemos servirles-. Respondió el hombre.

-Permítanme que me presente- dijo este, -soy Tiherry Preudomme, el propietario del restaurante-. –Sean ustedes bien venidos-.

-Diga monsieur, ¿tiene usted pez espada?- preguntó Carl.

-Naturalmente señor, si le apetece podemos hacerlo a la parrilla sazonado con unas hierbas especiales que le confieren un exquisito sabor a frescura y servirlo en finos filetes, al igual que se cocina en la Provenza francesa-.

-Nos parece perfecto-,añadió Carl.

-En el entretanto , si les parece a ustedes, les serviré un vino blanco alsaciano muy frío, lo mantenemos a unos 5 grados de temperatura, estoy seguro que les va a deleitar-.

-Fantástico tráigalo cuanto antes, traemos mucha sed-, añadió con una simpática sonrisa Carl, mostrando su blanca y cuidada dentadura.

-Ahora mismo-, dijo alejándose Preudomme.

-Eva, ¿Qué impresión tienes de tu primera ventura africana?- le espetó así de repente Carl.

Esta se mesó con ambas manos los cabellos apartando al mismo tiempo parte de ellos de su cara. –Te diría Carl, que no estoy sorprendida, quizás tenía una idea algo distorsionada de este continente, una idea más esteriotipada, más exótica, de todos modos he visto muy poco para poder opinar-, Eva se interrumpió unos segundos inclinó pensativamente su cabeza a un lado y continuó, -no obstante tengo una sensación extraña en mi interior que me causa cierto desasosiego, so sé como explicarlo Carl, no encuentro quizás las palabras adecuadas, pero no me siento cómoda-.

-No debes preocuparte demasiado, pronto nos vamos a marchar-, -yo también experimento una sensación algo extraña desde que llegamos a Monrovia, no quise comentarte nada al respecto para no preocuparte, experimento una inquietud interior fuera de lo habitual, sabes-.

Les interrumpió una camarera de color que les traía una esbelta y larga botella de vino blanco, la depositó con delicadeza dentro de una especie de cubilera metálica llena de pequeños trozos de hielo, la tapó con una servilleta blanca y se alejó, no sin antes haberles acabado de poner la mesa con los cubiertos y vasos.

Carl dejó que el contenido de la botella se enfriara lo suficiente para ser degustado en su punto más óptimo. Llamó a la joven camarera para que les sirviera las primeras copas. Ésta procedió a descorcharla con delicadeza y verdadera destreza, la envolvió por el cuerpo cilíndrico de la misma con la servilleta blanca que con anterioridad había tapado al depositarla por primera vez en la cubilera, sacó del bolsillo de su blanco delantal una pequeña navajuela procediendo con ella a eliminar la funda de plomo que cubre el tapón de corcho y parte del cuello de la botella. Luego aplicó el tirabuzón metálico del sacacorchos en el centro del tapón procediendo a girar el mismo con delicadeza en el mismo sentido de las agujas del reloj hasta penetrar unos centímetros en él. Tiró firmemente hacia fuera hasta que el corcho salió en su totalidad, esta operación de descorche duró poco menos de quince segundos. Vertió un poco del contenido de la misma en una de las copas de la mesa y le dio a probar el contenido a Carl.

Éste cogió la copa por su pie, acercó la nariz y olió el aroma que el vino despedía, un olor afrutado y dulzón fue la primera impresión obtenida, luego procedió a poner en su boca un pequeño sorbo del dorado caldo, provocó que este se moviera por el interior de la boca con el fin de dar tiempo al paladar a degustar el sabor que combinado con el frescor que despedía le despertó todos los sentidos gustativos. Asintió afirmativamente con un movimiento de la cabeza, la camarera escanció en la copa de Eva y terminó de rellenar la de Carl. - Verdaderamente excelente, jamás pensé que en un lugar como este podrían servirme un vino de esta calidad-.

Una agradable y húmeda brisa procedente del mar les hacía más llevadero el calor, Eva cogió un fulard de seda natural que llevaba colgado en el cuello y se lo anudó alrededor de la cabeza para evitar que el aire le echara el pelo a la cara. El propietario del restaurante se acercó a la mesa para pedirles su opinión: -¿Qué les parece nuestro vino, señores?-.

-Sencillamente excelente, comentábamos ahora mismo que no esperábamos tener la oportunidad de poder degustar un vino europeo tan delicioso y tan bien servido, con toda probabilidad en pocos restaurantes de cierto renombre del continente, podrían habérnoslo servido con tanto cuidado y esmero, debo felicitarle también por ello y por la camarera que como una experta "somelier" lo ha tratado al servirle-, dijo Carl.

Preudomme con cara de satisfacción por el halago, se giró y llamó a la camarera, -¡¡Giselle!! acércate por favor-, ésta se acercó con presteza, al llegar a la mesa, éste la presentó como su hija mayor, -Giselle, ha cursado estudios de restauración en una prestigiosa escuela de Burdeos, ella cuida eminentemente de los vinos que tenemos en nuestra carta. Muy probablemente ustedes al venir a nuestro restaurante por primera vez, habrán pensado que en este país es imposible hallar un vino de selección, no me extraña, yo hubiera pensado igual que ustedes.

Llevo muchos años en este país, al que llegué por puro azahar, antaño fui cocinero en un barco de cruceros, que naufragó cerca de estas costas, me establecí aquí, fui muy bien acogido por estas sencillas gentes, conocí a la que ahora es mi esposa y me dediqué a lo único que sabía hacer; cocinar-.

Giselle era una muchacha de unos veinticinco años, de silueta estilizada, alta, de piel canela y cabello negro muy rizado, sus movimientos eran muy femeninos, tenía este encanto de mujer que poseen algunas féminas francesas, o mejor dicho, parisinas.

La clientela de aquel restaurante era eminentemente europea o llamémosla occidental, algún inglés, americanos, franceses y alemanes, solían frecuentarlo, eran hombres cuyos negocios les habían llevado a Liberia y también algunos aventureros y traficantes.

No era demasiado grande, podía atender a unas 11 mesas, pero estaba dignamente decorado.

Mientras, en el Hotel donde Eva y Carl se hospedaban, se registraba un viajero recién llegado a la ciudad como Miroslav Karoli. No llevaba excesivo equipaje, tan solo una maleta y una bolsa de plástico de las free shops del aeropuerto, conteniendo un par de botellas de vodka ucraniano que había adquirido antes de partir de París.

Mostró su pasaporte en la recepción y preguntó en qué habitación se hospedaba la señorita Eva Rijens, memorizó el número de la misma. A Karoli le asignaron una habitación en la misma planta, de hecho el hotel no estaba casi nunca en su total ocupación, solo visitaban el país hombres de negocios y aventureros, el turismo hacía muchos años que había desaparecido, la inestabilidad política, la inseguridad personal y la galopante corrupción lo habían ahuyentando hacía ya algunos años.

La ciudad de Monrovia mostraba al visitante un estado de dejadez total, las calles estaban sucias, casi sin ningún tipo de mantenimiento, si pudieran levantar la cabeza sus fundadores regresarían a sus tumbas inmediatamente. Los servicios urbanos eran casi nulos, el correo, transportes públicos, la limpieza urbana brillaban por su ausencia, los políticos únicamente se habían preocupado de llenarse los bolsillos y marcharse al exilio en cuanto se producía un golpe de estado.

Karoli no utilizó el ascensor para subir al primer piso donde se hallaba su habitación, le apeteció subir por la escalera acompañado de un muchacho negrito que le llevaba la maleta, de ese modo podía inspeccionar el hotel con mayor detención, era una costumbre o precaución adquirida en sus tiempos en el que perteneció en el servicio secreto de su país.

Le dio un dólar de propina al muchacho y entró en su habitación, una vez hubo colocado su breve equipaje en el armario, cogió una hoja de papel de la libretita de notas que encontró sobre la mesita de noche y escribió en ella : "Llegué. Estoy en la 101. M.Karoli" , salió de su habitación, anduvo unos pasos por el pasillo e introdujo por debajo de la puerta que correspondía a la cámara de Eva la nota escrita. De retorno a su habitación tomó una ducha y se tumbó en la cama, el largo viaje le había fatigado, se quedó profundamente dormido en pocos minutos.

CAPÍTULO XIXº

El socio de Bergman, Dieter, a su regreso a Berlín halló los documentos enviados por Carl vía Internet, los imprimió y se sentó en una de las butacas del salón dispuesto a leerlos y analizar su contenido.

Dieter poseía una suntuosa villa a las afueras de la ciudad, a unos diez minutos en automóvil del centro de Berlín, la casa estaba rodeada de un precioso y cuidado jardín que contenía una amplia variedad de rosas, la esposa de Dieter era una amante de las flores y, en particular de las rosas, se había preocupado de obtener una amplia colección de las mismas procedentes de distintos países del mundo, para las más delicadas y exóticas, se había hecho construir un invernadero de vidrio para ellas, la climatología de Berlín en invierno es sumamente extrema.

Dedicaba no menos de dos horas diarias cuidando a sus preciosas flores. Repartía su tiempo con una tienda de antigüedades que tenía en la Knesebeckstrasse, casi pegada al Berlin Hotel Plaza, el arte , la cultura en general y sus flores, eran sus principales aficiones, sin olvidar el tiempo que dedicaba a su esposo. No tenían hijos, la naturaleza no la había dotado de ésta bendición, pero supo sobreponerse a ello, ahora a sus sesenta y dos años, se mantenía físicamente bien, conservaba casi intacta la belleza de su juventud, cuando conoció a Dieter su esposo, entonces un atractivo oficial del ejército de la post guerra.

Dieter se concentró en la lectura de los documentos que había recibido. Le había pedido a la doncella polaca que le sirviera un brandy francés que depositó en una mesita cercana. Los leyó detenidamente varias veces. Luego cogió el teléfono y llamó a Devries.

Marcó un número de un teléfono celular. –¿Jacob?- preguntó.

-Si, soy yo-, le repuso el interlocutor.

-Hola soy Dieter, acabo de recibir los documentos que nos proponen los Liberianos para ligar el negocio de diamantes que nos propusieron, en ellos están involucrados el Subsecretario, el tal Kieh, y obviamente nosotros, el Presidente del país, no aparece en ninguno de ellos, dicen que por cuestiones de seguridad-.

-Si no tienes inconveniente, envíamelos por Internet, los leeré y te haré mis comentarios durante esta misma mañana-, repuso Devries.

-Ahora mismo voy a enviarlos, de todas maneras, aconsejaré a mi socio que está allí, tenga mucha cautela-

-Harás bien, hasta luego Dieter-.

Fue hasta donde tenía su ordenador y transmitió el mensaje a Devries, luego intentó obtener línea telefónica para hablar con Bergman, no fue fácil, después de varios intentos obtuvo comunicación con el Hotel en el que su socio se hospedaba.

-Páseme con el Sr. Bergman por favor-, de dijo a la operadora de la centralita.

-Un momento señor-. –Disculpe, el señor Bergman no se halla en su habitación, ¿quiere dejarle algún mensaje ?-.

-Sí, dígale que en cuanto regrese llame a su socio en Berlín, gracias-, y colgó.

Eva y Carl estaban finalizando su almuerzo, Carl pidió la cuenta, mandó llamar al propietario del restaurante, este se acercó displicente. -Le felicito a usted señor, hemos gozado de un agradable y exquisito almuerzo, nos han servido con amabilidad y no hemos echado de menos en ningún momento al mejor restaurante europeo, se merecería aparecer en la guía Michelin de restaurantes-.

-Es usted muy amable señor, me hace muy feliz oír estas palabras de personas que saben gozar y distinguir un excelente vino-, repuso Preudomme con una afable sonrisa, mientras cobraba el importe de la factura.

-Volveremos a vernos-, dijo Carl a modo de despedida.

Allá fuera estaba el taxi del Hotel aguardándoles, el conductor hablaba con un par de pescadores, al verles rápidamente se acercó al auto y les abrió la puerta. –Regresamos al hotel-, dijo Carl.

Cruzaron una buena parte de la bulliciosa ciudad, en una de las calles estuvieron atascados algo más de un cuarto de hora, un autobús y un carro tirado por un par de bueyes habían colisionado ocupando toda la calle, estas situaciones en Monrovia se producían a menudo, el tráfico no era demasiado intenso, pero sí caótico.

Eva y Carl, hubiesen preferido regresar paseando, pero después de haber estado y oído lo que Otto les había explicado sobre la seguridad ciudadana en Monrovia, desecharon la idea. Unos quince minutos después la calle quedó expedita y pudieron continuar la marcha hasta el hotel.

Eva se despidió de Carl en la puerta de su habitación –voy a ducharme y echar una cabezadita-dijo la holandesa, -nos vemos dentro de una hora-.

-Me parece que voy a imitarte, nos vemos en el hall, hasta luego-, le dijo Carl dándole un suave beso en una mejilla.

Eva puso la llave en la cerradura, entró y sin darse cuenta pisó la nota que Karoli le había echado por debajo de la puerta, le sonó el timbre del teléfono de la mesita de noche, -¿Hallo?- dijo con el auricular en el oído.

-Soy Carl, Eva ¿podrías mirar en tu ordenador si se ha recibido algún mensaje de mi socio en Berlín?-.

-Ahora mismo voy averiguarlo, te llamo a continuación-.

Eva se acercó a la mesita donde tenía su portátil, de reojo vio una cosa blanca en el suelo cerca de la puerta, fue a por ella, estaba doblada por la mitad, la abrió y leyó el contenido manuscrito. De repente se acordó de quién era el firmante de la misma, casi lo había olvidado, tuvo un escalofrío en la columna vertebral, aquella nota la volvía a la realidad.

Abrió el ordenador, estableció línea con Internet y comprobó los mensajes que le habían entrado en su cuenta, ninguno para Carl, ni tampoco de su jefe Millar, llamó a Carl : -No tienes ningún mensaje para ti, después de la siesta volveré a consultar, hasta luego querido-.

-Hasta luego querida-.

Eva, llamó a la habitación 101:. –¿Hallo?- dijo una voz bastante ronca y profunda.

-¿El señor Karoli?- preguntó Eva con voz algo compungida.

-Si, ¿encontró usted mi nota?, ¿es usted Eva Rijens?-.

-Si, la encontré, por eso le llamo-.

-¿Puede usted acercarse a mi habitación?-, dijo Karoli.

-¿Ahora?-, preguntó Eva.

-Si le es posible, si-.

-Permítame un par de minutos-.

Eva se asomó al pasillo de la planta, observó que nadie anduviera por allí e intentando no producir ningún ruido, fue al otro extremo del corredor y llamó tímidamente con los nudillos a la puerta de la 101.

Una especie de enorme oso pardo apareció en el dintel de la puerta que la hizo retroceder un par de pasos, se trataba del serbio. -¿Eva?- preguntó este, haciendo ademán para que esta atravesara el dintel y entrara en la habitación.

Eva, algo más sosegada, entró en la habitación, se sentó inmediatamente sin esperar a que fuera invitada a ello, en una butaquita, cruzó las piernas y se puso en una actitud que podría definirse como defensiva.

-Me llamo Miroslav Karoli señorita-, dijo acercándose a ella mientras le tendía su enorme mano , - como debe saber, el Sr. Millar me ha contratado para resolver un delicado "negocio" a solventar aquí y que usted está al corriente de ello-, Karoli pronunció la palabra "negocio" remarcándola con una voz ronca que le produjo a la muchacha escalofrío . Esta le alargó su delicada mano que desapareció momentáneamente en el interior de la de él.

-Si, estoy más o menos al corriente de ello, pero solo en la estructura, no en la ejecución-, aquí la voz le falló, aquel hombre le producía pánico, tenía todo el aspecto físico del clásico killer a sueldo, le entraron unas ganas locas de huir del lugar y abandonarlo todo, jamás había tenido encuentro alguno de aquella índole.

Karoli se sentó en una silla frente a ella a un par de metros de distancia, se había servido un vaso de alguna bebida de las que encontró en el pequeño frigorífico de la habitación. Ahora Eva todavía se sentía más incómoda, le daba la sensación de como si fuera a ser interrogada, como si estuviera en una comisaría de policía, al igual que había visto infinidad de veces en el cine.

-Mire, en primer lugar y a partir de ahora voy a seguir todos los movimientos de este alemán que dice llamarse Bergman, debo familiarizarme con sus movimientos y actitudes hasta que decidamos "suplantarle", cuando crea que es el momento de entrar en contacto con los dos personajes liberianos con quien este hombre negocia, la avisaré a usted para que entre en acción-.

A Eva se le quedó congelado el corazón, no sabía como interpretar en su real sentido la palabra "suplantar" , en el fondo le había tomado cierto aprecio a Carl, era atento y amable con ella, su conciencia se sentía tambalear.

-¿Suplantar……?- se atrevió a preguntar.

-¿A caso no ha leído usted el informe que el Sr.Millar le envió por Internet?- respondió Karoli.

-Bueno, si, pero…. no esperaba que fuera tan pronto-, balbuceo Eva con voz algo trémula, estaba muy nerviosa, la sola presencia de aquel hombre la azoraba.

-Mire, Eva, usted conoce los nombres, apellidos y nacionalidades de cada uno de los personajes y, dado a que ellos ignoran el nombre de la sociedad de Bergman y el de su socio berlinés, he traído conmigo toda la documentación ya completada a favor de la sociedad del Sr.Millar, él habrá firmado en substitución de Bergman y su partener,. Toda la documentación ha sido autentificada por un notario, con lo cual van a ver la seriedad de los mismos y les hará entrar en un estado de mayor confianza-.

-Pero ¿cómo vamos a lograr que Kieh y el subsecretario crean esta suplantación?-, adujo Eva.

-Muy sencillo señorita-, dijo Karoli con voz misteriosa, - Voy hacer que Bergman desaparezca de escena, Kieh la conoce a usted y piensa que es realmente su secretaria, usted le llamará y le dirá que Bergman ha tenido que ausentarse urgentemente y, que su socio de Berlín llegará al día siguiente para sustituirle en el negocio-.

-Para conferir visos de mayor realidad al hecho, usted y Kieh vendrán a por mi al aeropuerto el día y a la hora convenida, yo ya estaré allí con una maleta, coincidiendo con un vuelo que viene desde París, después de las presentaciones me hospedaré en el mismo hotel de ustedes y, en la misma habitación que Carl ocupa-. –Nada de ello advertiremos en el hotel, deberán creer que Bergman todavía se hospeda allí-.

Eva estaba aterrada, lo de la "desaparición" de Carl la había sorprendido, jamás pensó que se pudiera verse involucrada en una situación de visos criminales. El hombre que la estaba hablando le daba pánico, toda su vida había repudiado cualquier tipo de violencia, realmente se sentía tan aturdida que no sabía como reaccionar.

Finalmente se sobrepuso un poco y le dijo a Karoli : - Lamento decirle que ahora voy a descansar, si le parece mañana nos reunimos otra vez y discutiremos eso-.

-Poco hay que discutir señorita-, respondió el serbio con voz ronca, -Hay que cumplir el programa trazado por el señor Millar, sin alteración alguna lo ha previsto el mismo-, dijo recalcando la palabra alteración.

-Eva se levantó y, con un -hasta mañana-, salió de la habitación, yendo a refugiarse en la suya.

Cerró la puerta con la llave y aseguró la misma con el pestillo. Se tumbó en la cama, su corazón todavía latía galopante, las pulsaciones superaban la media de las normales en un ser humano en condiciones de reposo. Su cara ardía, se incorporó y, acercándose al espejo del cuarto de baño, pudo comprobar que sus mejillas estaban de un color rosado intenso. No sabía que decisión tomar. De una parte era consciente de la lealtad profesional que debía a la compañía a la que prestaba sus servicios, a cambio de una espléndida y generosa remuneración mensual, de otra pensaba cómo podía evitar que Carl sufriera daño alguno, le había tomado afecto, no amor, en todo momento se había comportado con ella con gran caballerosidad y generosidad. Volvió a tumbarse en la cama, su mente bullía de cientos de ideas que se le iban ocurriendo.

CAPÍTULO XXº

A Millar le sonó el teléfono celular que tenía en la mesita de noche, se despertó con facilidad, miró la hora en su reloj de muñeca y comprobó que eran las dos de la madrugada. Cogió el teléfono todavía somnoliento; -Dígame- dijo con voz de pocos amigos.

-Señor Millar, soy Karoli, le llamo desde Monrovia-.

Al oír la voz del detective, a Millar le desapareció de inmediato cualquier rastro de somnolencia que pudiera tener.

-Disculpe que le llame a usted a estas horas, pero aquí comenzamos a tener algunos problemas-

-No se preocupe por la hora, ya le dije que podía llamarme en cualquier momento si la ocasión lo merecía-.

-Verá, señor Millar, acabo de mantener una entrevista con la señorita Eva, no la veo muy predispuesta a colaborar al cien por cien con el proyecto que usted ha trazado, parece ser reacia a cualquier acción violenta-, el serbio hizo un pequeño alto en su información.

-Siga, siga, Karoli-, le animó Millar algo impaciente.

-Verá, cuando la insinué que el germano debía desaparecer de la escena, puso ojos de aterrada y comenzó a temblar, en ningún momento puso objeción alguna, pero he sacado la conclusión que en cualquier momento nos puede fallar-.

-Karoli, la necesitamos ahora para cumplir con la primera parte del proyecto, luego puedes prescindir de ella, si lo estimas oportuno, o la mandas regresar a nuestro oficina central en Hong Kong, yo se como domarla y hacerla callar-. Millar colgó sin despedirse.

Karoli se quedó mirando pensativo unos segundos el auricular del teléfono, luego colgó y fue a coger su maletín de viaje, comprobó que el sobre con los documentos estaba en el, lo abrió y asomaron parte de los mismos, estaban allí, los volvió a meter dentro, cerró este y lo puso sobre el techo del armario de la habitación, un lugar poco probable para que algún inoportuno curioso pudiera hallarle. Se duchó y se puso ropas más apropiadas al clima reinante en el país, el calor era sofocante, su peor enemigo.

Bajó por las escaleras del hotel, por seguridad, no solía utilizar el ascensor, un hábito adquirido en sus tiempos de soldado de alquiler, cruzó el hall del hotel sin dejar la llave de la habitación en recepción, salió a la calle, el calor era verdaderamente sofocante, se quitó la chaqueta que llevaba puesta y la colgó de uno de sus brazos, caminó un rato por la avenida en la que se hallaba el hotel, pasó un taxi vacío y lo paró, -lléveme a dar un paseo por la ciudad-, le dijo al conductor.

El taxista enfiló la avenida principal de la ciudad a paso bastante lento, poco a poco fue alejándose del casco urbano, hasta llegar a una zona deshabitada con bastante vegetación.

Karoli se dio cuenta de la maniobra, pero dejó que el taxista llevara la iniciativa, al poco tiempo este paró el automóvil al margen de la carretera bajándose del auto.

-Bájese señor- dijo el conductor, con voz algo enérgica y en un precario inglés.

Karoli no se sorprendió, estaba preparado para ello, comprobó de una mirada si la llave del contacto del automóvil estaba puesta, el negro la había quitado, probablemente se la había puesto en un de los bolsillos de su ajado pantalón. Volvió a mirar al conductor y comprobó que su mano izquierda mantenía cogido por el mango un machete de cierta consideración. Bajó el cristal de la ventanilla del lado en el que se hallaba el conductor y con cara de asustado le preguntó a éste qué deseaba, -todo su dinero y el reloj-, repuso este.

Karoli continuó poniendo cara de despavorido, se negó a bajar del auto, el conductor se puso algo nervioso, se acercó a la puerta para abrirla el mismo y obligar al pasajero a que bajara, ésta fue su perdición, hizo exactamente lo que el serbio deseaba que hiciera, acercarse a la puerta. De súbito ésta se abrió con violencia y el montante de la misma fue a estrellarse en la cara del conductor, éste cayó fulminado hacia atrás con la nariz rota y sangrando, en un abrir y cerrar de ojos Karoli se había apeado y tenía puesto uno de sus pies sobre la garganta del maltrecho conductor, el otro presionaba la muñeca que sostenía el machete.

El taxista no podía hacer otra cosa que patear, pero Karoli iba aumentando la presión con su pie, cada vez más sobre la garganta del negro, hasta que éste dejó de moverse totalmente instantes después de oírse el crujido que produjo la tráquea al partirse . Cogió por un brazo el cuerpo inerte del taxista arrastrándolo hasta la maleza, abandonándole allí camuflado entre el follaje, no si antes recuperar la llave del contacto del taxi. En pocos días probablemente el cadáver de éste habría desaparecido comido por las alimañas de la selva, quedando solo el esqueleto esparcido..

Regresó al automóvil, registró la guantera del mismo, solo habían papeles y la documentación del mismo. Luego abrió la puerta del maletero, éste contenía ropas sueltas y sucias junto a la rueda de repuesto y algunas herramientas oxidadas, cuando iba a cerrar, vio un paquete, no muy grande envuelto con papel manchado de aceite, al abrirle se sorprendió, contenía varios pasaportes y billeteras de bolsillo.

Los pasaportes eran de diversas nacionalidades, principalmente británicos y americanos, seis en total, al igual que las billeteras, lo envolvió de nuevo con el mismo papel, al ir a cerrar el maletero se le ocurrió levantar de su sitio la rueda de repuesto, envuelto en un sucio y grasiento trapo de lana, había un viejo revolver Smith&Wesson, en perfecto estado de conservación, se puso éste en uno de los bolsillos de su chaqueta.

Cerró el maletero, se subió al automóvil y poniéndole en marcha, dio una vuelta de 180 grados regresando a la ciudad, la suerte le había sonreído de nuevo, aquel infeliz asaltador le había facilitado el mínimo armamento que podía precisar. Regresó al hotel. Por el momento tenía ya suficiente dosis de aventura, pensó.

Abandonó el auto unas manzanas antes de llegar al hotel, en un callejón poco transitado, con el trapo de lana oleoso en el que estuvo envuelto el revolver, procuró borrar cualquier huella suya, frotó el volante, las manecillas de las puertas y la del maletero, cerró con llave el automóvil y unos metros más allá, tiró las llaves del mismo por la boca de una maloliente cloaca.

Anduvo hasta el hotel, mantuvo todo el tiempo el machete escondido entre los pliegues de su chaqueta y el revolver en el bolsillo del pantalón.

Al entrar al Lobby le sonó el teléfono celular, no podía ser nadie más que el señor Millar, pensó. Lo atendió : -Dígame señor Millar-.

-Karoli, he estado reflexionando referente a la conversación que mantuvimos hace algunas horas-.

-Pienso que si es posible apartar del "negocio" a Bergman, sin tener que "suprimirle", será un tanto mejor, simplemente deberá usted procurar que durante unos días esté inmovilizado e incomunicado, con el fin de que no interfiera en nuestros propósitos, después podrá usted soltarle, en cuanto yo se lo ordene. Si se atreviera a ir a contarle a Kieh y al subsecretario intentando descubrir nuestra trama, estos le mandarán a paseo, pues el negocio que plantearon lo efectúan también con mi sociedad y en los mismos términos que ellos propusieron-.

-De ser así, no dejaríamos ningún rastro de tipo criminal que nos pudiera ser imputado, expóngaselo así a Eva, dígale a ella que en todo momento le será respetada la vida a Bergman, tranquilícela, no fuera a ser que estando asustada cometiera alguna locura que diera al traste con nuestro proyecto-, finalizó Millar.

-Así se hará, ¿ordena usted algo más?-, repuso el serbio.

Llegó a su habitación y se puso a revisar los pasaportes y billeteras hallados en el maletero del automóvil del taxista. Se sentó en una de las butaquitas la acercó al ventanal para gozar de mayor intensidad de luz, se preparó un buen trago de vodka con coca-cola y hielo, tomó uno de los pasaportes, era de nacionalidad británica, había pertenecido a un individuo llamado Morgan Freed de Newcastel, nacido en junio de 1939, el pasaporte fue expedido en Diciembre de 2002, una de las billeteras pertenecía a este mismo individuo, ésta contenía todavía algunas tarjetas profesionales de visita, fotografías familiares y un preservativo sin estrenar dentro de su bolsita plateada.

Le llamó la atención uno de los pasaportes de origen Estadounidense, perteneció a una mujer joven, cuando se lo extendieron contaba con unos treinta y dos años, se llamaba Jenny Bredson, pertenecía a una ONG, destinada a la república de Liberia como médico pediátrico, una carta dentro de un sobre doblado se hallaba también en la billetera, la desdobló y se puso a leerla, hablaba sobre una futura boda, la escribía un individuo al parecer el novio de aquella desventurada, también médico en Londres, venía a decir que a su regreso de la misión encomendada, se casarían en una capillita de un pueblecito al norte de Birmingham, Inglaterra, luego otros cuatro pasaportes pertenecientes también dos a súbditos británicos, un canadiense y otro italiano.

Los envolvió de nuevo con el mismo papel y los metió en uno de los cajones del armario cubriéndolos con alguna de sus camisas. Palpó con una de sus mano la parte superior del armario hasta que cogió el sobre que había depositado allí anteriormente, lo abrió y sacó todos los documentos que contenía, se sentó de nuevo en la butaquita con ellos en la mano.

Comenzó por leer la escritura de constitución de la sociedad que había sido extendida y registrada por un notario en la ciudad de Colón, Panamá. En ella constaban como socios, la multinacional AMR Co., con sede central en Amsterdam, Holanda, figuraban además como socios, un tal Samuel Kieh y Moté Mouwé ambos súbditos de la República de Liberia.

El documento dos, trataba sobre el reparto de los beneficios mercantiles, y de cuatro números de cuentas bancarias abiertas en el City Bank en Panamá, asignadas a un tal Kieh, Mouwé y una tercera solo numerada, sin que constara el nombre del beneficiario y finalmente la AMR Co..

El tercer documento era una carta de la AMR Co. en la que se fijaban los precios de compra por gramo de diamantes en bruto.

Volvió a poner los documentos en el sobre y los depositó de nuevo en el techo del armario. Luego cogió un pequeño papel de un bloc de notas y escribió en el : "Señorita Eva, contácteme esta noche, en mi habitación", fue a echarlo por debajo de la habitación de esta y regresó.

CAPÍTULO XXIº

Bergman llamó al teléfono de la habitación de Eva, ésta le atendió de inmediato algo sobresaltada.

-Dígame-

-Eva soy yo, Carl, ¿te ocurre algo?-, dijo este.

-No, no, solo que estaba algo adormilada y el timbre del teléfono me ha sobresaltado un poco-.

-Pensaba que podríamos ir a dar un paseo por las afueras de la ciudad acompañados de nuestro chofer, al menos podremos hacer algo de turismo en el entretanto no recibo instrucciones de mi socio en Berlín-.

- Es una buena idea Carl, voy a terminar de arreglarme y te paso a buscar por tu habitación-, repuso Eva.

Al acercarse a la puerta para salir, halló en el suelo la nota que Karoli le había echado, el solo hecho de verla allá en el suelo ya la acongojó, la tomo en sus manos y leyó el contenido algo temblorosa.

No sabía que hacer, de un lado deseaba advertir a Carl, del peligro que corría, pero dudaba de cómo hacerlo y en que momento, repudiaba todo tipo de violencia. Se encogió de hombros y destruyó la nota, salió al pasillo y llamó a la puerta de la habitación de su compañero.

-Entra Eva-, oyó decirle a Carl.

Entró, éste estaba acabando de abrocharse la camisa, la hizo un guiño invitándola a tomar asiento mientras terminaba de vestirse. Carl observó en Eva algo anormal en su actitud, de pronto había dejado de ser aquella muchacha desenvuelta y sonriente de siempre, se le señalaba en su frente una arruga en el entrecejo, como de preocupación.

-Eva ¿te preocupa alguna cosa?- preguntó Carl.

-No-, dijo ésta. –Nada de particular-.

Carl no prestó más atención al hecho y cogiéndola de la mano, bajaron por las escaleras hasta la recepción del hotel. Se dirigió a uno de los recepcionistas; -¿ puede usted informarse respecto la disponibilidad del chofer que hemos utilizado en varias ocasiones? vea si está libre para hacernos un servicio-.

-Al momento señor Bergman-, el recepcionista tomó el teléfono e hizo una llamada local, -en unos cinco minutos tendrán ustedes al chofer Canuté en la puerta- informó el recepcionista.

En una esquina del lobby del hotel, estaba Karoli sentado leyendo una revista deportiva, éste no dejaba de observar a la pareja de un modo casi descarado. Carl no se percibió de ello, pero Eva al volverse para ir hacia la puerta pudo verle. Este hecho la puso muy tensa, apartó la vista y siguió cogida de la mano de Carl hasta llegar a la calle. No aguardaron ni un par de minutos, a Eva se le hicieron eternos, a que llegara el automóvil.

Tan pronto el taxi arrancó, Karoli se levantó del asiento en que se hallaba y salió hasta la puerta para comprobar la dirección que el auto tomaba.

Echó andar en dirección al puerto, en el hotel le habían proporcionado un plano de la ciudad.

Paseó con lentitud, por su profesión, estaba habituado a tomar fotografías oculares de todo cuanto veía, lo más importante lo acumulaba en su cerebro y desechaba lo que estimaba inútil, era capaz de fijarse en un objeto y recordar hasta el más ínfimo detalle. En poco más de media hora llegó al barrio del puerto, le molestaba el fuerte hedor a pescado que el ambiente desprendía, se paró en la terraza de una especie de bar al aire libre para tomar un refresco, el calor aquella hora del día era insoportable.

Sentado en una de las sillas de la terraza dominaba casi la totalidad de las instalaciones portuarias, se fijó en una especie de desvencijado almacén que tenía un cartel amarillo claveteado en su puerta de madera en el que se decía que se alquilaba, sorbió un buen trago del refresco que le había servido un camarerito negrito muy simpático, notó como el frío líquido le bajaba hacia el estómago, dejó el vaso sobre la mesa y llamó al muchacho que le había servido, este acudió al instante, Karoli le puso un billete de un dólar en la mano y le preguntó por el dueño de aquel almacén ; -muchacho ¿sabes a quién pertenece este almacén que tiene el cartel de se alquila sobre la puerta? -.

-No señor, no se quien es su dueño, pero no se preocupe me voy a enterar, aguarde un momentito, ahora mismo regreso-, se marchó corriendo al interior del bar.

Karoli no tuvo que esperar demasiado, el muchacho regresó dos minutos después, sonriente y feliz con un papel en la mano. –ya tengo el domicilio del propietario señor-, dijo mientras le entregaba la nota escrita.

El serbio intentó leer el mensaje, escrito en una letra casi ilegible, había un nombre de Thomas y un número de teléfono local.

-¿Sabes donde vive este tal Thomas?, le preguntó al muchacho que permanecía de pie junto a la mesa.

-Si señor-, respondió algo compungido.

Karoli volvió a darle otro billete de dólar pidiéndole que le acompañase. El muchacho negó con la cabeza.

-¿Qué te ocurre?, ¿de repente se te fue el habla?-.

-No señor-.

-¿Sabes realmente donde vive este hombre?-. Karoli se levantó de la silla dejó sobre la mesa un par de dólares y cogió de la mano al muchacho. –Llévame donde vive-, dijo tirando de el.

Por el camino el muchacho le contó que el propietario del lugar era un individuo violento, que gritaba a todo el mundo y que además era el que mandaba a la mayor parte de trabajadores del puerto, desgraciado del que no obedeciera sus órdenes.

Anduvieron por algunas malolientes y estrechas callejas, el muchacho se paró y señaló un portalón de grandes dimensiones pintado de color verde oscuro. –Aquí vive- dijo.

Karoli dio otra propina al muchacho y le mandó marcharse, -Anda vete, no es necesario que me esperes, sabré volver solito-.

El muchacho se marchó sin dilación, con cierto apresuramiento. Karoli se acercó a la puerta verde , no vio ningún timbre para llamar, lo hizo con los nudillos de una de sus manos, pasaron un par de minutos sin resultado alguno, nadie acudió a abrir la puerta. Insistió de nuevo, en esta ocasión llamó con más energía, al poco se abrió en una de las dos hojas del portalón, una pequeña ventanita a la altura de su cara, alojada en la misma puerta , unos ojos escrutaron al inoportuno visitante.

-¿Qué desea?-, dijo una voy en tono áspero y poco amable.

-Quiero ver al señor Thomas-, dijo Karoli.

-¿Qué quiere de él?- preguntó de nuevo aquella voz.

-Deseo alquilar el almacén que tiene anunciado en el puerto-.

-Aguarde un momento-.

Aguardó algo más de cinco minutos, Karoli estaba ya cansado de esperar hasta el punto de que cuando había decidido marcharse, el ventanuco volvió abrirse y la voz le dijo : - Ahora le abro, pase-.

Una mitad de la puerta se abrió, lo justo para dejar paso a una persona, el serbio entró decidido pero con cierta precaución, no sabía donde se metía. Pasó de una fuerte y brillante luz solar del exterior a la oscuridad del interior de la casa, casi no podía ver nada hasta que las pupilas de sus ojos se adaptaron a la luz que allí reinaba. Cuando ya estuvo en condiciones de distinguir cuanto tenía a su alrededor, se encontrón con un hombre negro de considerable altura, con la cabeza totalmente rapada, en esta podía verse una ostentosa cicatriz en uno de sus lados, en una de sus orejas llevaba prendido un pendiente en forma de aro.

El individuo con un lacónico –¡Sígame!-, se dio la vuelta y caminó en dirección a una escalera que había en una de las esquinas de la pieza de la entrada, ésta llevaba a la planta superior, Karoli le siguió. En una esquina de la pieza, se encontraban tres individuos también de raza negra con caras de pocos amigos, esta situación no intimidaba lo más mínimo a Karoli. Estaba muy habituado a situaciones más difíciles y adversas.

Tomó el la iniciativa : -¿Quién es de ustedes el que manda aquí?-preguntó con voz decidida.

De los tres individuos que habían en la esquina de la habitación, uno dio un par de pasos en dirección al serbio diciendo al mismo tiempo : -Yo, soy el propietario del local en alquiler por el que usted se interesa, dígame-.

-He visto el cartel de la fachada y me podrían interesar alquilarle por un mes, pero antes desearía verle por dentro, ¿es ello posible?-.

-¿Para qué lo va a usar?-, le preguntó el hombre.

-Todavía no lo sé, estoy esperando recibir unas mercancía por vía marítima en tránsito y debo mantenerlas guardadas unos días en algún lugar seguro, dado a que tienen cierto volumen-. Respondió Karoli.

El individuo sabía que el serbio le había mentido, pero que le importaba a él. -Mi empleado le acompañará a visitarlo, luego si le sigue interesando regrese con el aquí y hablaremos de las condiciones-, le dijo el que parecía ser el tal Thomas.

Karoli asintió con la cabeza, el propietario dio instrucciones al sirviente en una lengua desconocida.

Salieron nuevamente a la calle, el sirviente caminaba a un paso bastante rápido, Karoli hacía esfuerzos para evitar que su guía le dejara demasiado atrás.

Al arribar a la puerta del local, el sirviente sacó de su bolsillo una llave de considerable tamaño y abrió la puerta. A la derecha quedaba el interruptor general de la luz eléctrica, lo conectó y se prendieron unas seis bombillas que colgaban de un cable eléctrico del techo, permitiéndole a Karoli poder ver todo el ámbito. El suelo estaba sin pavimentar, era tierra compactada a la que las grasas y aceites que con el tiempo se habían derramado sobre la superficie , la habían convertido en una especie de pavimento de color oscuro. Al fondo del galpón, se hallaba un contenedor de 20 pies atravesado a lo ancho del local, por encima de éste asomaban parte de dos ventanucos con rejas. El interior del contenedor estaba bastante limpio. No le hizo falta ver más, le dijo a su acompañante que le llevara a ver al dueño, este cerró de nuevo con llave el portón y regresaron a la casa.

El individuo que decía ser el propietario hizo pasar a Karoli a una habitación lateral, le invitó a sentarse en una silla junto a una mesita, él se sentó en otra, en un ingles muy rudimentario, le dijo : - bien señor, ¿está usted decidido a alquilarlo?-.

-Si, me interesa, pero debería decirme cuanto me va a costar-.

-Por un mes le voy a cobrar mil dólares americanos, ¿está usted de acuerdo?, aquel hombre había intuido que Karoli estaba necesitado de algún lugar para guardar algo o alguna mercancía valiosa, esta intuición hizo que le pidiera un alquiler tan alto.

-Aceptado-, dijo Karoli.

-Deberá pagarme por anticipado- arguyó el propietario.

Karoli echó mano al bolsillo, sacó unos cuantos billetes, los contó y separó el importe exacto, se los dio a su interlocutor, mientras le pedía un recibo.

-Aquí no hacemos eso-, respondió el tal Thomas, mientras metía los billetes en el bolsillo. –Tenga la llave, desde este momento puede usted hacer uso de el.

Karoli cogió la llave, se la puso en el bolsillo y se levantó de la silla para marcharse. El propietario le acompañó hasta la puerta, al llegar junto a ella le dijo : -si precisa usted algún servicio más, no dude en decírmelo, puedo cumplir con cualquier con todo lo que pueda necesitar, por difícil que le pueda parecer-.

-Lo tendré en cuenta-, respondió el serbio, había entendido perfectamente el mensaje.

Cruzó la puerta y salió a la calle, se dirigió de nuevo al local que acababa de alquilar, quería comprobar lo que precisaría para acondicionarlo para el fin que le iba a utilizar.

CAPÍTULO XXIIº

El socio de Bergman, Dieter, llevaba todo el día intentando poder hablar con él por teléfono infructuosamente. Tenía toda la documentación dispuesta para ser enviada, pero necesitaba poder hablar con el.

Unas horas después obtuvo línea con el hotel de Carl, lamentablemente este no había regresado todavía del paseo. Dejó mensaje para que le devolviera urgentemente la llamada.

Hacía unos días que Devries que le había facilitado todos los documentos pasados por una notaría de Amberes, no se podían permitir el lujo de perder tiempo, la inseguridad del país recomendaba actuar con rapidez, sabían que el negocio que iban a emprender no podía durar demasiado, pero mientras pudieran aprovechar explotarlo se enriquecerían.

El chofer Canuté llevó a la pareja a visitar un pueblecito a pocos kilómetros de la capital, en el que se hallaba una misión de franciscanos fundadores del convento. A través de los años, el pueblecito fue creciendo alrededor de la misión. Canuté paró el auto frente a la puerta y les contó a sus pasajeros un poco los orígenes de aquel convento.

A principios del siglo veinte arribaron a la zona, tres franciscanos dos de ellos españoles y uno italiano, la zona era selvática, solamente algunas plantaciones de caucho daban algún trabajo a los nativos que vivían en una gran miseria, estos tres hombres dedicaron sus vidas a mejorar las condiciones de vida de los lugareños y a cultivar sus almas, podría decirse que aquella era una isla cristiana entre el mar del Islam.

Les instruyeron en las labores agrícolas básicas para sacar el máximo provecho de la tierra, cómo obtener de ella los alimentos necesarios para subsistir con dignidad. Trigo, maíz, legumbres y hortalizas se cultivaron en éstas fértiles tierras que apenas necesitaban ser abonadas. A finales de siglo los alrededores de la misión se había convertido en una población que sobrepasaba las dos mil almas, vivían con modestia, pero lograron convertirla en una sociedad organizada que no tenía carencias alimenticias básicas, provocando que se consiguiera un destierro parcial de algunas enfermedades producidas por la desnutrición, en los últimos diez años potabilizaron y trataron el agua para el uso diario en la cocción de alimentos, construyeron conducciones para las aguas residuales procedentes de las letrinas enviado su contenido a grandes fosas de decantación alejadas de la población. Unas sencillas y básicas normas de comportamiento higiénico personal, resultaron fundamentales para ir eliminando paulatinamente enfermedades que minaban la salud de la población, aumentando así la esperanza de vida hasta obtener el nivel más alto de la nación y un notorio descenso de la mortalidad infantil. Las dos escuelas infantiles hicieron todo lo demás.

Canuté les acercó al gran portón principal del edificio, tiró un par de veces de una cadenita que colgaba en un lado de la puerta, oyeron el tañido de una campanilla y en poco tiempo les abrió un muchacho de unos doce años, que al ver a Canuté no pudo disimular su alegría, el muchacho era su sobrino, hijo de una de sus seis hermanas, se abrazaron y Canuté le dijo algo en su lengua materna, el muchacho asintió saludó con la cabeza a los acompañantes de su tío y les hizo pasar hasta el interior de la edificación.

Dentro de aquellas paredes se notaba una temperatura más agradable que en el exterior, las gruesas paredes de adobe actuaban de perfecto aislante térmico. Canuté les conminó a entrar hasta una especie de claustro en cuyo centro se hallaba una pequeña fuentecilla de la que manaba un pequeño surtidor que rompía el silencio reinante en su chocar con el agua de la misma.

El muchachillo echó a correr hasta el fondo de un pasillo adosado al claustro, al poco tiempo regresó acompañado de un hombre de raza blanca vestido con un pantalón corto y camisa blanca con los faldones por fuera, -padre Anastasio, cómo está usted-, dijo Canuté, mientras se adelantaba a saludar a éste, el padre Anastasio era un hombre de algo más de cuarenta años, no muy alto, pero fornido, una cara de aspecto simpático y afable, el cabello de su cabeza le había abandonado probablemente hacía ya algunos años.

-Cuanto tiempo sin verte por aquí querido amigo-, dijo el sacerdote al chofer.

Se estrecharon la mano efusivamente, Canuté se volvió hacia sus acompañantes que observaban la escena diciéndoles : -acérquense, acérquense, les voy a presentar al padre Anastasio, es uno de los veteranos de la misión, cuida de la enfermería y de los recursos humanos-.

Carl y Eva se acercaron, -padre le presento a unos buenos clientes del hotel para el que trabajo, me han encargado esta mañana que les llevara a visitar algo más del país-.

El sacerdote se aproximó a la pareja tendiéndoles la mano, -sean bienvenidos a nuestra humilde misión de Margibi, como habrán oído decir a Canuté, me llamo Anastasio-, dijo en un buen inglés.

-Gracias padre, somos Carl Bergman y Eva Rijens-, respondió Carl.

-Entren y pónganse cómodos, les pondré un refresco que hace uno de nuestros hermanos, a base de limón, azúcar, un poquito de canela en polvo y hielo picado, si están sedientos les gustará-.

Entraron en una especie de salón cuadrangular, con algunas sillas y bancos de madera, un gran crucifijo de madera de ébano estaba colgado de una de sus paredes presidiendo la sala. Una mesa rectangular de considerable dimensiones se hallaba en el centro de la sala.

Carl y Eva entraron en la pieza mirando a su alrededor, detalle que no pasó por alto al sacerdote, este dirigiéndose a la pareja les dijo : -Este el comedor de la misión, también lo utilizamos para dar dos clases semanales a los adultos de la población que quieren aprender a leer y a progresar en el conocimiento de las letras-. –Disponemos también, en otra ala de la misión de una escuela para los niños de hasta once años. Estamos trabajando en la recaudación de fondos para una escuela de maestría profesional, pero las donaciones que recibimos son insuficientes-.

-Hemos visto muy por encima algo de la población y nos ha parecido muy bien ordenada urbanisticamente, me atrevería a decir que quizás mejor o con más sentido funcional que la propia Monrovia-, dijo Carl.

-Lleva usted razón, nuestros fundadores, por allá el año 1912, cuando construyeron la misión procuraron atraer a los nativos, que por entonces vivían en chozas construidas con recursos obtenidos de la vegetación de los bosques cercanos, estos fueron la mano de obra que precisaron para efectuar esta edificación donde nos hallamos, pero al mismo tiempo sirvió para que aprendieran lo más rudimentario de la construcción. Tuvieron que fabricarse sus propios ladrillos, las vigas en madera autóctona, etc., en la parte trasera de la misión, todavía se conservan los hornos de cocción para el secado de los ladrillos y la obtención de una especie de cemento que obtenían de unas piedras que traían de una cercana colina-.

-Muy interesante y loable-, apuntó Eva.

-A través de los años, la población fue creciendo, nos basamos siempre para la construcción de las calles y las edificaciones, con unos planos de ordenación urbanística que uno de nuestro fundadores dejó hechos, como si intuyera el desarrollo que ésta población llegaría a tener a través de los años-.

Por la puerta apareció otro individuo, este era alto enjuto, con barba bastante larga y poblada, vestía muy parecido al padre Anastasio, al verle éste se levantó para presentarle, -señores, les presento al padre Froilán, tiene la responsabilidad de ser el médico de la misión, posee la doble función de sanar a cuerpos y almas-, dijo sonriendo el sacerdote.

Carl y Eva se pusieron de pie para saludarle, -siéntense por favor, no se levanten- dijo éste amablemente en un suave tono de voz. Aprovechó también para saludar con simpatía a Canuté.

-¿Son ustedes españoles?- preguntó Eva.

-El padre Froilán si lo es, es natural de la provincia de Segovia- dijo Anastasio. –Yo nací en Río Gallegos, al sur de Argentina, aunque mis abuelos eran naturales de la ciudad de Granada, allá en España-. –Tenemos cuatro compañeros más, entre ellos hay un alemán de Ulm, éste hermano lleva ya en Liberia algo más de treinta años, es el que tiene mayor experiencia, uno de sus principales cometidos es la docencia, además de llevar el peso de la economía de la comunidad, voy a llamarle creo que les interesará conocerle-.

El padre Anastasio se marchó a buscar a su compañero alemán, en unos minutos regresó acompañado de un hombre de unos sesenta años, alto, casi gigantesco, con una abundante mata de pelo totalmente de un blanco níveo que le adornaba su oronda cara curtida por el sol del país.

-E aquí al hombre que les había dicho, les presento al padre Heinz, padre Heinz le presento a la señorita Eva Rijens y a un compatriota suyo el señor Carl Bergman-, dijo el hermano Anastasio.

-Es un verdadero placer para mi tener la oportunidad de poder hablar con algún compatriota, son escasas sus visitas a Liberia, y menos aun a nuestra pequeña comunidad, el único contacto que tengo con Alemania es a través de las cartas que recibo de mis ancianos padres y mis hermanos y cuando tengo la oportunidad de desplazarme a la capital, visito nuestra embajada, así no olvido nuestro idioma, son muy amables conmigo-, dijo el hermano Heinz.

Carl le estrecho la mano con calidez, sentía un cierto orgullo de su compatriota, a pesar de que el no era católico -no puedo más que felicitarles por esta humanitaria e impagable labor que todos ustedes están desarrollando-, dijo y añadió: -pero lo que es impagable es el sacrificio de sus vidas y la dedicación de la misma a estos seres-.

-Posiblemente si no tuviéramos Fe en nuestro cometido vocacional, no estaríamos aquí, piensen ustedes que hemos pasado momentos muy, muy difíciles, en circunstancias que han llegado a peligrar nuestras propias vidas, aquí las luchas entre las etnias tribales suelen estar a la orden del día, guardan cierto paralelismo con el problema de Ruanda, entre Tutsis y Utus, salvando las distancias naturalmente-, acabó el padre Froilán.

-Pero deben también sentirse muy orgullosos cuando ven el fruto de la labor que vienen ustedes desarrollando,hasta el punto de tener unos fieles a los que han enseñado a vivir con dignidad- añadió Eva, que se sentía muy emocionada.

-Aquí tienen un ejemplo de la labor que la misión viene realizando-, dijo el padre Anastasio, -Canuté es hijo de este pueblo, aprendió a leer y escribir en la escuela, fue un alumno aplicado, hoy es propietario de un taxi con el que defiende los intereses de su familia-. – Este muchachito que les abrió la puerta, es también uno de los alumnos aventajados de nuestra escuela-.

El hermano Heinz añadió –La misión vive de la venta de los productos agrícolas que recolectamos, estos sirven en primer lugar para satisfacer las necesidades de la comunidad, el sobrante, si le hay, lo vendemos en las tiendas de alimentación, ello sirve para sostener con estrechez nuestra labor comunitaria, es la única fuente de ingresos que poseemos-.

-¿No tienen ningún otro medio para subsistir?-, preguntó Eva.

-No señorita, ni tan siquiera el Vaticano de acuerda de nosotros, en este sentido, claro está-, añadió el hermano Anastasio, no exento de cierta sorna.

-Cuando Carl y yo regresemos a nuestros países, le prometo hacer una campaña de difusión de la importante labor que esta misión está efectuando en este lugar, si el mundo rico hiciera algo parecido, los problemas de las migraciones que en especial está soportando ahora mismo Europa, serían mucho menores-, señaló Eva.

-Nos vamos sinceramente impresionados, les prometemos dar toda la difusión posible que esté de nuestra mano, mi socio en Berlin tiene muchos amigos entre la prensa, veremos si se logra conmover el alma de los europeos y logramos algo de la ayuda que África tanto necesita-.

-Gracias amigo Carl, Dios se lo tendrá en cuenta-,le dijo el hermano Heinz.

Pasaron el resto de la tarde plácidamente dialogando y visitando la misión, a la puesta del sol regresaron a Monrovia.

Eva a medida que se acercaban a la ciudad, le volvía a la mente la imagen de aquel sicario enviado por su jefe Millar, que la atemorizaba, se fue crispando a medida que fue recordando algunas de las frases que aquel hombre le había citado. No sabía que hacer, dudaba si poner en sobre aviso a Carl, pero pensó que en todo caso le advertiría más tarde, pensaba hablar con el individuo para ver si era posible no causar daño alguno a Carl, al que le había tomado cad vez más afecto.

El taxista paró en la puerta del hotel y bajó para abrir la puerta a sus pasajeros, Carl le pagó con largueza, Canuté se lo agradeció y regresando al volante se marchó.

Al entrar en el hall del hotel, Eva vio en la barra de la cafetería al individuo que tanto temor le causaba, este también la vio, de hecho estaba aguardando su regreso, la miró descaradamente e intentó hacerle unas señas con sus cejas, Eva lo advirtió y le devolvió la señal con un movimiento afirmativo de la cabeza. Carl se acercó a recepción para retirar las llaves de ambas habitaciones, le dieron además un sobre que contenía un mensaje, se trataba de la llamada de su socio Dieter en la que dejó mensaje que le llamara a cualquier hora.

Carl, le dijo a Eva que se iba a su habitación para intentar hablar con Berlín, opinaba que debía ser urgente e importante, -aguarda en tu habitación, te voy a llamar luego para salir a cenar, si te parece podríamos repetir la experiencia del restaurante del puerto-,.

-Aprovecharé para trabajar en mi ordenador y aguardaré tu aviso, me parece muy bien tu propuesta-.

El serbio subió por las escaleras, entretanto Carl y Eva aguardaban el ascensor. Se despidieron en la puerta de las habitaciones con un cariñoso : –Hasta luego- y un beso.

Eva entró brevemente en su habitación, aguardó unos instantes a que Carl entrara en la suya salió de nuevo y fue a llamar a la puerta de Karoli.

Lo hizo con dos suaves toques en la puerta, el serbio estaba aguardándola, abrió invitándola a pasar con un movimiento lateral de la cabeza. Eva entró algo compungida auque intentaba no demostrarlo. -¿Quería usted verme señor Karoli?- dijo suavemente.

-Si señorita, he recibido instrucciones del señor Millar. Verá, en primer lugar y, por si sirve para que usted se tranquilice, le diré que me ha hecho particular hincapié en que el señor Bergman no sufra daño alguno. Casi le diría que me lo ha prohibido-.

Esto tranquilizó algo a la muchacha, -Lo que usted me dijo ayer me dejó muy sobrecogida-.

-No debe usted temer nada, ahora paso a explicarle el plan del señor Millar-, dijo Karoli en un tono de voz conciliador.

-Raptaré a Bergman en cualquier momento, no, no se asuste, lo tengo todo previsto, cuando sea el momento se lo advertiré a usted. El señor Millar me dio todos los documentos que deben ser entregados a esta gente-.

Eva interrumpió a Karoli. –Pero señor ¿cómo va hacer usted para que el señor Bergman esté unos días sin poder comunicarse con nadie?-

-Eso no ha de preocuparla, lo tengo todo muy estudiado, el Sr.Bergman estará un par de días recluido en un recinto, con agua, luz y alimentos a su alcance y en ningún momento correrá el menor riesgo ni tan siquiera un rasguño, le abordaré en la calle, a poder ser cerca del puerto, le aplicaré por sorpresa, un pañuelo en la nariz empapado de una substancia que hará que pierda la consciencia durante unos minutos, los suficientes para que me permita dejarle acondicionado en el lugar en el que pasará este par de días, después de logrado el objetivo que nos han encargado, le diré a usted dónde se halla y le facilitaré la llave para que le pueda liberar-. –¿Le parece a usted bien?-, concluyo el serbio.

-Eso está mejor de lo que me dijo en la anterior ocasión-, repuso ésta. -¿Pero cómo contactará usted con Kieh y el señor Mouse?-, añadió.

-Esto lo va hacer usted, llamará por teléfono a Kieh, le dirá que su jefe el señor Bergman ha debido ausentarse urgentemente por negocios, que ha llegado su socio de Berlín para substituirle y que trae los documentos acordados para refrendarlos junto con ellos en una notaría de Monrovia-. –Les indicará que le digan la dirección del notario y la hora en que podrá ir acompañado por ambos para la firma-.

-¿No cree que puedan sospechar algo anormal en nuestra anómala conducta?-.

-Anómala le parece a usted, ya que conoce el intríngulis, pero ellos no podrán sospechar nada, verán unos documentos que se ajustan exactamente a los que ellos redactaron, que han sido firmados y refrendados por un notario de Panamá y, unas cuentas bancarias abiertas a su nombre… todo exactamente como pidieron, ¿qué más les dará cambiar la cara del individuo?-.

-Visto así….-, dijo tímidamente Eva.

Eva era una universitaria que no estaba en absoluto habituada a este tipo de trabajos, a lo sumo acompañaba a sus labores profesionales mantener alguna aventura con algún cliente que le interesaba o… con alguna bella mujer que también le gustase. Los holandeses, en el tema de la moral sexual, son muy avanzados y promiscuos, quizás en ocasiones demasiado.

-Creo que he sido lo suficiente explícito, ¿necesita algún otra aclaración señorita?-.

-No, creo que no, pero dígame qué hacer a partir de ahora-, preguntó.

-Muy sencillo, no haga absolutamente nada anormal, siga con lo que hasta ahora ha estado haciendo, yo la avisaré cuando será el momento de llamar por teléfono a Kieh y darle la noticia-.

-Bien-.

-Cuando eso ocurra y le indiquen lugar y hora del encuentro, me informa y le diré qué hacer. Procure que hoy vayan a pasear por la zona del puerto, será el momento-.

-Pero…-.

-No pregunte, ¡!hágalo!!-, apostilló Karoli abandonando un poco el aire bondadoso con que se había expresado hasta el momento.

La muchacha volvió a experimentar de nuevo la misma sensación de congoja, aquel hombre la aterraba. Se levantó y se marchó en dirección a la puerta, Karoli la interceptó y cogiéndola de un brazo le dijo :-No olvide todo lo que le he dicho y sobre todo si es posible trate de llevar a ese hombre a la zona portuaria, ¿está claro?-.

Eva asintió con la cabeza, no era capaz de mascullar palabra alguna. Karoli la soltó y dejó que se marchara.

Llegó a su habitación y cerró la puerta con llave desde el interior, estaba temblando, prefirió darse una ducha para ver si se le templaban un poco sus nervios. Súbitamente sonó el teléfono, acudió a atenderlo, era Carl que la estaba invitando a cenar a algún restaurante.

-Si te parece podríamos repetir en el restaurante que estuvimos en el puerto, nos llevamos una grata impresión-, dijo Eva.

-Perfecto, me parece muy bien-.

-Estaba entrando en la ducha, en cuanto termine vengo a buscarte a tu habitación, dame veinte minutos-.

-O.K., hasta luego-.

Carl había podido hablar al fin con su socio Dieter, este le informó que le había enviado aquel mismo día, por la mensajería UPS todos los documentos que debía entregar a los liberianos. Carl estaba contento, no podía evitarlo.

Eva cogió el teléfono y llamó a la habitación de Karoli. – Vamos a ir cenar a un restaurante del puerto en media hora-.

-Bien, compórtese con toda naturalidad, tan pronto Bergman me lo lleve conmigo, usted regrese al hotel y no se mueva de allí hasta que yo la avise-.

CAPÍTULO XXIIIº

El chofer Canuté les dejó en la puerta de "L´Etoile de la Nuit", el propio Preudomme salió a su encuentro, -Bien venidos de nuevo a nuestro restaurante, me alegro mucho de verles otra vez-, les dijo el propietario acompañándoles hasta una mesa situada en una de las esquinas de la terraza al aire libre, corría una brisa muy agradable que invitaba a disfrutar del lugar.

-Quedamos tan satisfechos de la vez que estuvimos con ustedes que nos apetecía volver a tener una experiencia más-, dijo Carl.

-Ahora mismo mi hija les acerca la carta de vinos, pero primero deberían elegir qué van a comer-, les entregó una carta a cada uno.

Eligieron unas langostas a la americana con salsa y ensalada, le hija de Preudomme les aconsejó un vino rosado de una cosecha perteneciente al 99, naturalmente de origen francés.

Eva de reojo, observaba el interior del restaurante, allí estaba aquel abominable hombre sentado en un taburete alto junto a la barra del bar bebiendo alguna cosa, este notó que la muchacha le observaba, le guiñó un ojo acompañando una sarcástica sonrisa, que puso todavía más nerviosa a Eva.

La terraza del restaurante estaba poco iluminada, algunos farolillos con unas tenues luces color ámbar, confería una agradable y cálida penumbra a las mesas que habían en ella, en cada una de las mesas había una vela prendida con un globo de cristal que la protegía de la brisa marina y dando un toque sumamente romántico al ambiente.

Durante la cena Carl tomó una de las manos de su compañera, ésta ocupaba el lado opuesto de la mesa, -Eva, ¿te agrada mi compañía? , ¿te sientes cómoda con ella?-, preguntó Carl con voz algo tenue.

Ante la demostración de afabilidad que Carl le transmitía, Eva, en su interior, se sentía avergonzada, experimentaba sensación de culpabilidad, era consciente de la traición que le estaba perpetrando a una persona que la trataba con generosa caballerosidad como nadie hasta entonces había hecho.

Al postre Carl se excusó para ir a la toilette, se levantó y preguntó a una de las camareras dónde se hallaba ; -pase usted por aquella puerta, sale a un pequeño patio y frente a usted verá dos puertas con los distintivos de caballeros y damas-.

Carl empujó la puerta indicada por la empleada, un pequeño patio de unos dos metros de largo por tres de ancho con muy poca iluminación quedó frente a él, de súbito se sintió fuertemente rodeado por unos brazos que parecían unas gruesas tenazas que le inmovilizaron el tronco y las extremidades superiores, se debatió con todas sus fuerzas pero era imposible, una mano provista de un pañuelo le cubrió la boca y nariz casi asfixiándole, imposible gritar y gesticular, en unos instantes se sintió que le abandonaban las fuerza, la lengua se tornaba como de madera, mientras parecía que sus brazos y piernas la abandonaban, luego se quedó totalmente inconsciente, dormido profundamente.

Aquellos brazos que le atenazaron eran los del serbio Karoli, éste seguidamente sacó del lugar a Carl, salió a la calle con él cargado en uno de sus hombros, se metió en una sucia y oscura calleja, allí tumbó en el suelo su carga y con gruesa cinta adhesiva le tapó la boca, le maniató manos y tobillos con la misma para inmovilizarle y de nuevo lo cargo en sus hombros, Carl pesaba algo más de 80 kilogramos, pero el serbio era un hombre de fuerte musculatura y con gran fuerza.

Anduvo por varias callejuelas mal iluminadas hasta llegar al almacén de alquiler, la fortuna se alió con él, durante el recorrido no se había cruzado con nadie, aquellas horas en el puerto había poco trasiego de personas, eran poco más de las nueve.

Dejó su cargamento en el suelo, sacó la gruesa llave que le habían entregado y abrió uno de los portalones, volvió a cargar con Carl y se metió con él dentro del almacén, cerrando con llave nuevamente la puerta por dentro para evitar sorpresas. Cargó con Bergman hasta llevarle al interior del container. Le quitó la cinta adhesiva de la boca y nuevamente le dio a inhalar la misma sustancia de la vez anterior, con el fin de prolongarle el estado inerte de su cuerpo.

Le liberó las cintas que inmovilizaban brazos y piernas y le sentó en una burda silla que por la mañana Karoli había comprado junto a una pequeña y destartalada mesita, en un rincón del contenedor dejó unas bolsas de plástico conteniendo algunas botellas de agua y algunos alimentos enlatados. Bergman respiraba con cierta dificultad y de su frente se desprendía un copioso sudor provocado por el clima y la falta de la ventilación adecuada en el interior de aquel recinto.

El serbio registró a su cautivo, halló en uno de sus bolsillos un teléfono celular al que le sacó la batería y se la puso en el bolsillo, encontró una pequeña linterna junto a una libretita de notas, lo dejó en el lugar donde lo había encontrado. Echó una ojeada a su entorno, nada de particular, únicamente en una de las esquinas de aquel recinto un montón de desperdicios y trastos sin ningún valor, no le dio importancia alguna.

Salió del container y lo cerró con el propio cerrojo que disponía, luego apagó las luces del local, abrió uno de los portones y se asomó con cuidado al exterior, nada ni nadie de que recelar se divisaba en la obscura calleja, salió definitivamente y cerró de nuevo el portón con la gruesa llave. Había transcurrido poco más de media hora.

Regresó a paso ligero al restaurante, Eva todavía se hallaba sentada en la misma mesa, ésta al ver a Karoli, experimentó un escalofrío que le corrió por toda la columna vertebral, el serbio se sentó con toda tranquilidad en la silla opuesta que había ocupado el propio Carl, en el entretanto le decía: -Ya está, no tema en absoluto por su vida, dentro de unos minutos le desaparecerán los efectos de la sustancia que ha inhalado para adormilarle, se encontrará dentro de un pequeño recinto en el que deberá pasar un par de días, si todo sale como está previsto, yo le daré a usted la llave del lugar y le desvelaré la dirección de donde se halla, le he dejado agua y alimentos de sobras a su alcance, no está maniatado, en una palabra no corre peligro de ninguna clase-.

Con estas palabras Eva quedó algo más tranquila. Karoli se levantó y tomándola de un brazo con cierta energía la conminó a marcharse del lugar, dejaron unos dólares sobre la mesa y salieron del recinto por uno de los laterales de la terraza, evitando tener que cruzar el restaurante y tener que dar explicaciones inoportunas.

Anduvieron hasta llegar al hotel, subieron a la habitación de Karoli, éste cerró con llave y conminó a Eva sentarse en una de las butaquitas de la salita. –Vamos a revisar el plan de actuación, a partir de este punto-, dijo Karoli.

-Mañana por la mañana usted llamará a Kieh, le dirá que su jefe se ha debido de ausentarse con urgencia y que su socio acaba de llegar con los documentos que esperan, haga que le indique lugar y hora para refrendar estos en algún notario de la ciudad, ¿alguna duda?-.

-No, ningúna-, respondió Eva azorada.

-Bien, vendré a su habitación alrededor de las diez de la mañana y estaré con usted durante la llamada, luego aguardaremos a que nos indique el lugar y acudiremos juntos a la misma, una vez se haya efectuado la entrega, esperaremos un tiempo prudencial para ver si hubiera alguna reacción negativa, de no ser así, unas horas después, le diré y le daré a usted la llave del lugar donde se halla Bergman, le aconsejo que convenza a éste en abandonar el país sin dilación a fin de evitar ningún tipo de intromisión por su parte-.

Eva asintió con la cabeza, -Ahora señor Karoli, preferiría quedarme sola, mañana alrededor de las diez podremos llamar al señor Kieh-.

-Bien, pues hasta mañana- , salió de la habitación, Eva cerró la puerta y puso el seguro de la cerradura, se metió en el baño para darse un refrescante ducha, tenía los nervios a flor de piel, luego después de secar el cuerpo con suavidad, se tendió en la cama para intentar dormir, imposible, la ansiedad y mil temores asaltaban su mente y otra vez aquel sentimiento de terror la agarrotaba.

En otra habitación, Karoli estaba llamando a su cliente en Hong Kong para informarle.

-Tengo al alemán encerrado en un container dentro de un almacén del puerto-, le dijo a Millar, -le dejé adormilado sentado en una silla, tiene agua y víveres para algo más de una semana, para evitar la posibilidad de un accidente no tiene disponibilidad de de luz eléctrica, únicamente algo de luz diurna que se cuela por un tragaluz del almacén y un pequeño ventanuco de ventilación del container. Por más que grite no le oirán y en todo caso no le prestarían atención alguna-.

-Bien Karoli, hasta el momento todo va según lo previsto, pero el paso de mañana es la clave de todo el proyecto, si "tragan" con la suplantación, este negocio será de la AMR, pero si fracasa y se dan cuenta, abandone usted el país como sea, por que no tendría usted ni tan siquiera la oportunidad de un juicio-, le dijo Millar.

-Soy consciente de este riesgo, pero no se preocupe por mi, he salido de peores situaciones, ¿manda usted algo más?-.

-No, nada más, de todos modos manténgame mañana informado de los acontecimientos-, colgó.

A las dos de la madrugada Eva todavía no había podido conciliar el sueño, sentía una gran intranquilidad en su alma, no sabía si llamar a Kieh y descubrir todo cuanto se estaba fraguando, de otra parte temía a aquel hombre que había enviado su jefe Millar, su intuición la advertía que el individuo era un profesional del crimen, que podía matar a sangre fría sin remordimiento de ninguna clase, en dos ocasiones estuvo tentada de llamar al socio de Carl e informarle, pero ignoraba qué había podido decirle éste de su relación con ella, o quizás ni tan siquiera sabía de su existencia. Podía cometer una grave indiscreción. Aguardaría al día siguiente para ver como se desarrollaban los acontecimientos.

Partes: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7


 Página anterior Volver al principio del trabajoPágina siguiente 

Comentarios

Agregar un comentario


Trabajos relacionados

Ver mas trabajos de Lengua y Literatura

 

Nota al lector: es posible que esta página no contenga todos los componentes del trabajo original (pies de página, avanzadas formulas matemáticas, esquemas o tablas complejas, etc.). Recuerde que para ver el trabajo en su versión original completa, puede descargarlo desde el menú superior.


Todos los documentos disponibles en este sitio expresan los puntos de vista de sus respectivos autores y no de Monografias.com. El objetivo de Monografias.com es poner el conocimiento a disposición de toda su comunidad. Queda bajo la responsabilidad de cada lector el eventual uso que se le de a esta información. Asimismo, es obligatoria la cita del autor del contenido y de Monografias.com como fuentes de información.