Este libro no ha sido hecho por encargo. Es un resultado de muchos años de estudio. Las investigaciones hechas en torno a la teoría de la complejidad y el pensamiento complejo, sobre José Martí, Juan Marinello y Medardo Vitier son sus antecedentes principales. Estos tres grandes ensayistas de Cuba y de nuestra América han dejado una huella imborrable en mí. Hombres de pensamiento complejo que con sabia inquietud se adelantaron a su momento histórico.
Los ensayos de Martí, verdaderas joyas literarias con elan cultural desbordante y espíritu cogitativo de alto vuelo me han alumbrado caminos. Emerson, Cecilio Acosta, el prólogo al Poema del Niágara, de Pérez Bonalde, y por supuesto, "Nuestra América", son ensayos con numen complejo, impactantes, que inconscientemente lo conducen a uno hasta la conversión.
Los trabajos martianos de Marinello, ricos ensayos que presentan a Martí como totalidad trascendente, resultan atrayentes y no dejan espacio a la vacilación. Lo hacen cómplice y eternos seguidores, a veces sin darse cuenta. Su discurso es letra con filo y humano ecumenismo.
La rica obra de Medardo Vitier, como grande ensayista y teórico relevante del género, abre cauces insospechados en la revelación grandiosa de "la literatura de ideas", del ensayo, como búsqueda y creación, y de sus infinitas posibilidades cultivadoras del pensamiento y la sensibilidad humanas.
Las grandes figuras del ensayismo hispanoamericano, Unamuno, Ortega y Gasset, José Enrique Rodó, Montalvo, Vasconcelos, Mariátegui, y otros han sembrado semillas que siempre encuentran cultivadores: unos divulgan su legado, otros, bebiendo de ellos y con impulso de trascendencia, hacen aportaciones para desbrozar caminos en correspondencia con los nuevos tiempos.
El ensayismo ha hecho mucho y dicho más (…) En los momentos de crisis asoma con ansiedad e indica horizontes. Se sabe a sí mismo, fuerza telúrica, que soslaya la simpleza y los reduccionismos, para ascender, siendo. Que no impone ni dispone, porque propone en su búsqueda creadora.
El ensayismo es fuerza de "resistencia y libertad" y en los momentos actuales emerge como discurso ansioso de humanidad para dar respuesta a las exigencias del siglo XXI. Siglo marcado desde su inicio por la incertidumbre, la desilusión y las crisis existenciales.
Toda escritura, independientemente del género en que tome cuerpo, expresa la sensibilidad y la razón de su tiempo histórico; sin embargo, el ensayo como literatura compleja de ideas aladas, es al mismo tiempo búsqueda y creación. Por eso deviene urgencia cultural para la cultura misma que se sabe amenazada, en su esencia y propósitos, y busca caminos para preservar su existencia.
Las razones que asistieron a Medardo Vitier para afirmar la preeminencia del ensayo para su siglo XX, hoy a inicio del XXI, se repiten. "Parece que el ensayo alcanza su plenitud en nuestro tiempo. El mundo está revisando sus valores. Estamos discutiéndolo todo. Queremos replantear. Lo pasado nos interesa vivamente, por lo mismo, e intentamos explicar a otra luz. El lector que siga atentamente la corriente de obras fuertes que circulan hoy, advertirá que nuestra época es explicativa. ¿Será la despedida de un mundo viejo? Baste citar "El mundo que nace" de Keiserling, y es un ensayo.
En "La deshumanización del arte", de Ortega y Gasset, se nos da una explicación sobre cosas de estética. Este ensayo aparece suscitado por largas disputas contemporáneas. Quiere aclarar, conciliar.
Se infiere de estas apuntaciones que el ensayo no aparece, o al menos no alcanza auge, sino al término de una civilización y al esbozarse en la sociedad,- en los hechos y en los criterios,- una nueva estructura del mundo. Es un género de madurez histórica, y en momentos muy indicadores, cuando menos, lo vemos aparecer y situarse en la frontera de dos civilizaciones. Nótese el momento en que componen sus ensayos Bacon y Montaigne, con respecto a los rumbos espirituales de Europa. Repárese, limitando mucho más el campo, en la fuerte corriente ensayística de España, de 1890, año más o menos, a nuestros días. Son épocas en que sin perjuicio de la unidad orgánica de la historia, se escinde algo, se recuentan las energías humanas, y se recomienza a mirar, con voluntad de vivir el rostro enigmático del destino.
Creo, por eso, que nuestro siglo asistirá todavía a una boga del ensayo. Que conserve o no sus lineamientos, no es cosa predecible.
Las materias más graves han sido temas del ensayo, desde los primeros vagidos de éste hasta su plenitud actual".
Y es que si en todos los tiempos, el ensayo es impulso de inquietud, en los momentos de crisis, es inquietud de impulsos aprehensivos renovados para mover conciencias y encauzar propósitos. Es un género, que más que la información, busca la comunicación y el sentido de las cosas y los procesos, en su real complejidad. Por eso, es al mismo tiempo, un método."El pensamiento complejo-escribe Morin- incluye en su visión del método la experiencia del ensayo. El ensayo como expresión de la actividad pensante y la reflexión, es la forma más afín al pensar moderno.
Pensar una obra como ensayo y camino es iniciar una travesía que se despliega en medio de la tensión entre la fijeza y el vértigo. Tensión que, por un lado, permite resistir al fragmento y, por el otro, a su contrario: el sistema filosófico, entendido como totalidad y escritura acabada. Sobre todo, resistir, porque como afirma el sabio Hadj Garum O´ rin: "el hombre y su heredero permanecerá pascaliano- atormentado por los dos infinitos- , kantiano- chocando con las antinomias de su espíritu y los límites del mundo de los fenómenos-, hegeliano- en perpetuo devenir, en continuas contradicciones, en busca de la totalidad que le huye".
Desde Montaigne, quien utiliza el término ensayo para escritos en Burdeos y confesaba no poder definir al ser, sino sólo"pintar su paso", hasta Baudelaire quien señalaba que el ensayo es la mejor forma de expresión para captar el espíritu de la época, por equidistar entre la poesía y el tratado, el ensayo es también un método. El ensayo, entre la pincelada y el gerundio, no es un camino improvisado o arbitrario, es la estrategia de un obrar abierto que no disimula su propia errancia y, a su vez, no renuncia a captar la fugaz verdad de su experiencia.
El ensayo abriga su sentido y su valor en la proximidad de lo viviente, en el carácter genuino "tibio, imperfecto y provisorio" de la vida misma. Es esto lo que le da su forma única y exhibe su modo peculiar, y es también el principio que lo funda".
Es también el principio que lo funda, porque como bien dijo Ortega y Gasset, "(…) es la ciencia sin la prueba explícita", porque no opera con a priori, sino busca para probar con soberana libertad. Una búsqueda a veces incierta, pero con el entusiasmo indagador que no dispone para empobrecer el discurso y la vida misma, y sí propone para enriquecer y crear. Por eso, el buen ensayo dará luz al oscuro siglo que hemos iniciado y junto con la poesía alumbrará con "luz de estrella" nuevos cauces, discernimientos y aprehensiones complejas, para seguir soñando…, siendo…y haciendo.
SOÑANDO…
Vivir soñando es alargar la vida.
Hacer poesía sin estimular la imagen.
Volar muy alto, sin potentes alas.
Construir verdades y encontrar creyentes.
Ver el guiño de una estrella como sonrisa amada.
Sentir el golpe del viento como deseado beso.
Proyectar mi yo y saber que soy.
Convertir los detalles en cosas grandes.
Creerse pequeño para engrandecer.
Mirar la gente y revelar bondad.
Despertar ilusiones y realizarlas.
Pensar el ser sin quedarse en él.
Enriquecer el espíritu para abrir caminos, y
Asumir la vida queriendo ser.
¡Soñar, es elevarse, siendo!
El ensayo, eleva humanamente, sin dejar de ser. Es literatura de ideas grandes (…) ¡que espera, desespera y alza el vuelo!
La concepción del ensayo, como el ensayo mismo, tiene su historia. Como género literario no siempre su definición conceptual ha coincidido con su contenido real. Ha primado con frecuencia la superficialidad definitoria y acomodaticia de encuadrar un concepto, con independencia de su correlato con la realidad y el espíritu animador del sujeto que piensa, siente y actúa. Sencillamente, por tradición lógica hay que definir, aunque se empobrezca lo definido. ¿Actitud nihilista ante las definiciones lógicas? Por supuesto que no, siempre y cuando se conciban en su relatividad aproximativa, como acercamiento al objeto y a sus diversas mediaciones que lo hacen complejo. Es necesario tener en cuenta la especificidad del objeto y el sujeto que lo aprehende, es decir, en resumen, seguir la lógica especial del objeto particular y su inserción histórico-cultural.
Por eso, los grandes espíritus ensayistas y nuestro continente es pródigo en ello- no rehúyen las definiciones como punto de partida del discurso analítico y sintetizador, pero las completan con las caracterizaciones, la imaginación creadora y otras formas aprehensivas, incluidas la hermenéutica, la semiótica y el psicoanálisis en la configuración del discurso.
No siempre el rigorismo lógico y los prejuicios formales que le son inherentes han reinado absolutamente con sus secuelas autoritaristas. Sin embargo el género ensayístico ha sufrido sus nefastas consecuencias. Se ha considerado ejercicio intelectual de menor grado. Medardo Vitier, mente de alta estirpe de Cuba y América, lo ilustra con fuerza convincente: "(...) Kelly, el hispanista inglés, que tanto predicamento alcanza a virtud de su Historia, ni siquiera usa la palabra ensayo en las líneas que escribe sobre D. Miguel de Unamuno. Es cierto que fija la importancia de la figura, pues dice: "Es un talento múltiple: erudito, crítico, poeta (...) pero no apunta la función del ensayista ni se detiene a ese respecto en otros coetáneos de Unamuno que con sus ensayos dan fisonomía a las letras españolas (...) Estudia los escritores románticos (...) mas de aquella concepción del mundo que comunicó tono inconfundible a la época literaria, no hay noticia (...) El ensayo es en ellos se refiere también a Ortega y Gasset- y lo ha sido para la sensibilidad española en estos decenios de la centuria, cosa orgánica, sustantiva, porque ha examinado, del novecientos acá, los motivos y valores del alma nacional."
Esta tendencia, por suerte, no se impuso. La concepción de que las fronteras entre los géneros literarios más que absolutas, son movedizas, inestables y relativas, convirtióse en convicción y la tesis del grande ensayista martiano, Juan Marinello, de que el tratado impone y el ensayo pone, abre cauces de sorprendente valía. Y es que el ensayo -sin menospreciar los otros géneros literarios que cumplen sus respectivas funciones en la literatura-, posee particularidades propias que enriquecen, avivan y vitalizan el pensamiento creador y la ascensión humana. Su miraje sociocultural antropológico permeado de espiritualidad escrutadora, convierte en indisoluble haz la filosofía, la literatura, el arte, la sociología y todas las ciencias del hombre para desplegarse con fuerza hacia la naturaleza del cosmos humano en relación con su universo cultural y social.
El elan filosófico cultural que resume y nuclea al ensayo, en su esencialidad, posibilita que el discurso que lo encauza vincule en estrecha unidad las ciencias del hombre. Evita por su propia naturaleza, la especialización discursiva, que aunque en los tratados didácticos intente agotar los problemas en sistemas coherentes, enseña, pero no cultiva. Y la enseñanza es parte de la cultura, pero no la cultura misma, que implica por sobre todas las cosas sensibilidad humana, razón utópica y conciencia crítica. Triada imprescindible para la formación humana. ¿Aversión a los tratados? Indudablemente que no, pues organizan la mente, informan, sistematizan los conocimientos y valores heredados. Pero para la flexibilidad dialéctica, la cultura del ser existencial humano y la búsqueda creadora, el discurso ensayístico es insustituible. Se trata de una necesidad de humano propósito, presente en todas las latitudes de la civilización humana.
En Europa, la tradición ensayística por exigencia cultural, a partir de Montaigne encuentra desarrollo y concreción. Grandes mentes excepcionales de las letras y la filosofía, sin proponérselo, recurren al ensayo para expresar su ser esencial y el devenir de sus circunstancias temporales, intereses y fines humanos.
En España, la historia del ensayo, como expresión también de la subjetividad humana, en perenne búsqueda de la creciente espiritualidad y los problemas del hombre, en relación con la sociedad, encuentra grandes cultivadoresDurante el siglo XIX el ensayo continúa cultivándose con vigor y se consolida en su forma actual con la Generación del 98. Larra publicó numerosos artículos en periódicos y revistas de la época, posteriormente recopilados en Colección de artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres (1835-1837, 5 volúmenes) y Angel Gavinet (Idearium español) es el antecedente más inmediato de la Generación del 98. Le siguen Unamuno (En torno al casticismo; La vida es sueño) y Azorín (Los pueblos; Castilla). La erudición queda representada en la obra de Menéndez Pidal, autor de reconocido prestigio en Europa. Los principales exponentes de la corriente ensayística anterior a la guerra son Ortega y Gasset (España invertebrada; La rebelión de las masas), Eugenio d'Ors (Glosario) y Gregorio Marañón (Enrique IV de Castilla; Don Juan). (Ibídem) que hicieron época e influyeron con fuerza en nuestra América.
En América Latina, el ensayo deviene urgencia histórico-cultural. Su propia conformación histórica y su ímpetu de resistencia a no ser eco y sombra de culturas exógenas determinan una posición crítica ante su realidad y la alienación que la acompaña. Emancipación humano-cultural, política y social impulsan una específica actitud. Los hombres de letras y su producción espiritual se convierten en autoconciencia de las ansias de identidad, con vocación de raíz americana y espíritu ecuménico. A todo esto se une una cualidad inmanente al hombre latinoamericano, al "hombre natural", en el decir de José Martí: su rica espiritualidad y creciente humanidad emprendedora que lo llevan a ser imaginativo, soñador, utópico y a veces permeado de ingenuidad. Una cultura, fundada en una naturaleza diversa, cósmica, pero única en sus propósitos. Un ser pletórico de ilusiones que no tiene que esforzarse para revelar realismo mágico y lo real maravilloso porque está presente en sus propias circunstancias. Esto y mucho más cualifican la existencia de toda una pléyade de ensayistas latinoamericanos, capaces de "ver con las palabras y hablar con los colores" y expresar un discurso propio con imágenes y conceptos de alto valor cogitativo y numen cosmovisivo. En fin, tematizan su mensaje, uniendo filosofía y literatura como totalidad orgánica y con cauces culturales de riqueza inusitada. Porque, según expresa Martí en su magistral ensayo Nuestra América: "La poesía se corta la melena zorrillesca y cuelga del árbol glorioso el chaleco colorado. La prosa, centelleante y cernida, va cargada de idea." Cargada de idea por la vitalidad que le imprime el alma filosófico-cultural que lleva dentro el discurso.
La tesis reveladora de Juan Marinello de que el tratado dispone y el ensayo pone cualifica con creces la naturaleza expresiva y la inagotable riqueza subjetiva de éste. Dos rasgos esenciales dan sui-géneris particularidad al ensayo: el sello personal del escritor y el despliegue no sistemático del tema. Ambos imprimen sentido filosófico-cultural al discurso: por la cósmica aprehensión del asunto y por la sensibilidad de expresión con que se asume. Oigamos a modo ilustrativo el verbo de Martí en su grande estilo ensayístico: "Él traía su religión -se refiere al magno predicador Henry Ward Beecher- oreada por la vida. Él venía del Oeste domador, que abate la selva, el búfalo y el indio. La nostalgia misma de su iglesia pobre le inspiró una elocuencia sincera y amable. Hacía tiempo que no se oían en los púlpitos acentos humanos. Le decían payaso, profanador, hereje. Él hacía reir; él se dejaba aplaudir, ¡culpable pastor que se atrevía a arrancar aplausos! Él no tomaba jamás su texto del Viejo Testamento, henchido de iras, sino que predicaba sobre el amor de Dios y la dignidad del hombre, con abundancia de símiles de la naturaleza. En lógica, cojeaba. Su latín era un entuerto. Su sintaxis toda talones. Por los dogmas pasaba como escaldado. ¡Pero en aquella iglesia cantaban las aves, como en la primavera; los ojos solían llorar sin dolor y los hombres experimentaban emociones viriles!"
A los dos rasgos señalados -cualidades esenciales del ensayo- se derivan otros, que no por secundarios, restan valor al género. Todo lo contrario: emanan de ellos para completarlos: la imaginación, predominio de los sentimientos, las imágenes, las emociones. El discurso se resiste a cerrar, es sugestivo, suscitador y con ello, pleno de aperturas y aprehensiones. El estilo es dúctil, sugerente y tolerante. Hay espacio para la relatividad, si bien tiende a lo grande, a lo absoluto por su concentración, fuerza espiritual y subjetiva. No rehúye a la objetividad, a la responsabilidad, al deber, pero lo hace por cauces culturales con alto vuelo cogitativo. Se detiene también en los detalles, por ser cosas humanas, pero los inserta a la corriente que despierta semillas dormidas. Cultiva humanidad y axiología de la acción con nobles propósitos. Hay pedagogía en el discurso, pero teñida de numen filosófico-cultural. Por eso no es normativo, sino comunicativo. Parte del yo personal, pero como se dirige a la persona humana y a sus motivos capitales, respeta al otro. Fluye con desenfreno el mundo interior del escritor, con sentencias, frases aforísticas, ideas grandes por sus posibles varias recepciones e interpretaciones, metáforas, dichos populares, etc. pero no siempre con fines egocentristas, sino para comunicar con amenidad, encontrar consenso y lograr empatía. Medardo Vitier, en su estudio sobre el ensayo, refiere a la vida de D. Quijote y Sancho, de Unamuno, y descubre nuestro asunto con excelsa maestría: "Tiene (...) innegable objetividad en cuanto nos va presentando el contenido del Quijote. Pero no es esa objetividad pura, limpia de vetas personales que hallaríamos en una historia literaria donde el autor dedicase uno o más capítulos a la interpretación del famoso libro. Porque Unamuno se vierte todo él, con su irremediable desasosiego espiritual en esas páginas. Ese estilo suyo, que no busca tersura, pero que consigue inusitada fuerza, dibuja una angustia racial y a la vez de humana universalidad que él sazona con su propia psiquis atribulada. Su libro estudia, sí, el Quijote, y nos guía a verlo en lo profundo, pero las mejores esencias de este trabajo son de aportación personal. No es cosa de erudición sino de sugestión. Ni es la prosa didáctica que un plan frío ordena en yuxtaposiciones lógicas, mesuradas, sino el fluir creciente de un lamento que se enciende en profecía o se quiebra en lágrima viril. El vasco "fino y fuerte", aclimatado en Castilla es allí la voz viviente de la España grande. Nos da en ese libro un ensayo, no un tratado, no un estudio de riguroso método filológico."
Por supuesto, aquí nos detenemos en el ensayo literario-filosófico, bueno, con vuelo de altura. Hay ensayo y ensayo. Pero imbuido en el espíritu de este género, nos dirigimos a lo grande, a lo más perfecto, a los que han ganado status paradigmático por su excelencia espiritual y su trascendencia. No es posible pensar el ensayo en nuestro idioma sin recordar a Unamuno, Ortega y Gasset, José Martí, José Vasconcelos, Alfonso Reyes, José Enrique Rodó, Pedro Henríquez Ureña, Juan Marinello, Medardo y Cintio Vitier, entre tantos que lo han cultivado en España y en nuestra América, con devoción, talento y oficio.
Estos grandes ensayistas, a veces sin abandonar otros tipos de prosa, como el tratado (texto didáctico, manual, etc.), la monografía, la crítica, el discurso, el artículo, etc. han convertido el ensayo, más que en un género literario, en una misión de creciente humanidad y eticidad concreta. Sus propensiones fundadoras les han permitido develar en el ensayo infinitos menesteres espirituales para sembrar al mismo tiempo ciencia y conciencia, razón y sentimiento, tan necesarios en la formación del hombre creador. "Bueno es dirigir, pero no es bueno -enfatiza Martí- que llegue el dirigir a ahogar (...) Garantizar la libertad humana -dejar a los espíritus su frescura genuina, no desfigurar con el resultado de ajenos prejuicios las naturalezas (puras y vírgenes)- ponerlos en aptitud de tomar por sí lo útil, sin ofuscarlas, ni impelerlas por una vía marcada, he ahí el único modo de poblar la tierra de una generación vigorosa y creadora que le falta. Las redenciones han venido siendo formales; es necesario que sean esenciales. La libertad política no estará asegurada mientras no se asegure la libertad espiritual. Urge libertar a los hombres de la tiranía, de la convención, que tuerce sus sentimientos, precipita sus sentidos y sobrecarga su inteligencia con un caudal pernicioso, ajeno, frío y falso. Este es uno de esos problemas misteriosos que ha de resolver la ciencia humana (...)"
Esto explica por sí solo, el por qué el ensayismo ha formado parte consustancial de los grandes humanistas, preocupados por el drama del hombre y por revelar todo lo que contribuya a la ascensión humana. Explica, además, por qué se relievan y se incrementan con más fuerza en los momentos de crisis existenciales, en las etapas de cambios y períodos transicionales que más afectan al hombre, los valores y la cultura.
Es en sí mismo, el ensayo, una escritura crítica de reflexión y búsqueda en torno a problemas sensibles del hombre o relacionados con él. Un discurso, a veces con ribete agónico, en función de las disyuntivas que presenta la realidad humana y su discernimiento para elegir lo que humanamente se considera más racional por parte del escritor. Por eso en su interior hay una intencionalidad expresa que signa la lógica del problema, pero ajeno a fórmulas o esquemas preconcebidos. Hay recursos técnicos -propios de cada escritor- pero coloreados por su subjetividad indagadora y su capacidad personal.
El ensayo, si es consecuente con su misión, no puede operar con rigidez discursiva. Ante la revisión de valores los esquemas sólo funcionan para crear esquemas y resultan ineficaces y poco atrayentes. La osadía, la exposición al riesgo y la valentía son atributos cualificadores del buen ensayista. Como también lo son la gracia, el tono y el relieve de las ideas. "Fue Ariel -refiere M. Vitier al excelente ensayo de Rodó- un arrullo por la forma y una señal (...) Observo en Ariel dos caracteres, que en los casos más logrados, el ensayo concilia: la dignidad de las ideas y el encanto de su comunicación. Flota en sus períodos también ese polvo inasible del misterio humano (...) Insisto en ese don de encanto intelectual que es atributo de los mejores ensayos. Dígase gracia estética si se quiere."
Gracia estética que, sin proponérselo el escritor, subyuga al lector, por la elocuencia, el tono, el color, el calor y el relieve y vitalidad de las idas. Unido a la coherencia del discurso, la armonía, la sinceridad y nobleza expresivas. El ensayo Cecilio Acosta, de Martí, subyuga, paraliza, nos hace cómplice y concentra la atención: "Ya está hueca, y sin lumbre, aquella cabeza altiva, que fue cuna de tanta idea grandiosa; y mudos aquellos labios que hablaron lengua tan varonil y tan gallarda; y yerta, junto a la pared del ataúd, aquella mano que fue siempre sostén de pluma honrada, sierva de amor y al mal, rebelde. Ha muerto un justo: Cecilio Acosta ha muerto. Llorarlo fuera poco. Estudiar sus virtudes e imitarlas es el único homenaje grato a las grandes naturalezas y digno de ellas. Trabajó en hacer hombres; se le dará gozo con serlo. ¡Qué desconsuelo ver morir, en lo más recio de la faena, a tan grande trabajador!
Sus manos, hechas a manejar los tiempos, eran capaces de crearlos. Para él el Universo fue casa; su Patria, aposento; la Historia, madre; y los hombres, hermanos; y sus dolores, cosas de familia que le piden llanto. El lo dio a mares (...) Cuando tenía que dar, lo daba todo; y cuando nada ya tenía, daba amor y libros (...) Él, que pensaba como profeta, amaba como mujer."
Estamos en presencia -por supuesto, ante un ensayo literario-, pero la belleza ensayística expresiva no está reñida con el tema de objeto discursivo. La sensibilidad del escritor, su creciente humanidad y el devenir en sus cauces culturales, imprime razón estética. La coherencia armónica y su consecuente gusto estético como están insertos a una cultura de la razón y de sentimiento, despierta esa bondad, verdad y belleza que el hombre lleva dentro, que sólo espera por cauces humanos para revelarse. ¿Quién puede negar la bondad, la verdad y la belleza de un ensayo científico, cuando un escritor con profesionalidad y oficio es capaz de insertar el discurso a la cultura, pues la cultura, más que acumulación de conocimiento, es sensibilidad humana para captar lo pequeño, lo grande y lo absoluto con sentido histórico, acorde con el presente y lo por venir, sin olvidar la buena tradición del pasado que sirve de raíz.
Por eso, en mi criterio, el elan filosófico-cultural es inherente al buen ensayo. Todavía más: es su mediación central. Porque lo dota de sentido cosmovisivo al hacer centro suyo la subjetividad en sus varios atributos cualificadores: conocimiento, valor, praxis y comunicación y al mismo tiempo porque los concibe insertos en la cultura. Los valores humanos, que tanto privilegia el ensayo, sólo funcionan cuando se culturalizan, cuando son alumbrados y guiados por una cultura de la sensibilidad y la razón.
En fin, el elan filosófico-cultural, inmanente al buen ensayo, implica conciencia crítica, razón utópica realista y cultura de la sensibilidad.
En los tiempos actuales, cuando la globalización se esfuerza por la homogeneidad cultural, en detrimento de nuestras culturas nacionales que sirven de pivotes de reafirmación identitaria, el buen ensayo tiene mucho que decir y hacer. ¿Oposición a la globalización? Por supuesto que no. Es un fenómeno objetivo, engendrado por la historia y la cultura. Pero no se puede olvidar la divisa principal de la herencia ensayística fundadora de nuestra América: la necesidad de partir de las raíces con vocación ecuménica.
El ensayismo latinoamericano, rico por su espiritualidad, no puede hacer coro con el presentismo, la idea del fin de la historia, el nihilismo cultural y la negación de los principios humanistas que propagan algunas corrientes postmodernistas. No se puede perder el sentido de identidad que une nuestros propósitos verdaderamente humanos ni subvertir la cultura del ser por la cultura del tener, fuente del desarraigo, la crisis de valores y los vacíos existenciales.
Ante el pesimismo y el escepticismo que tanto impera ya en los albores del siglo XXI nuestro ensayismo no puede olvidar que vivir es creer. Hay que asirse al valor de las ideas, pues como enseña el Apóstol de nuestra América: "no hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados (...) Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras".
En resumen, no permitamos que muera la utopía, porque es matar la esperanza. Los síntomas visibles de la crisis de la civilización no pueden aplastar los sueños que encarnan y dan vitalidad a nuestra espiritualidad. Hagamos que siga primando el ensayismo optimista y no el pesimista que también existe. La salvación de la humanidad y el progreso social que también hoy se pone en duda, debe encontrar su baluarte inexpugnable en la cultura. La cultura, como expresión del ser esencial humano y medida de su ascensión, continuará alumbrando las sendas del porvenir.
El problema de la verdad, por estar estrechamente vinculado al hombre, sus necesidades e intereses ha devenido tema central de las reflexiones filosóficas de todos los tiempos. Se trata de un eterno problema de las ciencias del hombre y de la conciencia cotidiana.
En la asunción de la verdad y su revelación en tanto tal se han expresado disímiles concepciones de carácter racionalista, empirista, realista, subjetivista, objetivista, fundamentalista, coherencista, fiabilista, escepticista, agnosticista, etc. Esto evidencia la complejidad del asunto y los varios enfoques –predominantemente gnoseologistas que se han dirigido a su solución y búsqueda de argumentos desentrañadores. Unido a esta búsqueda se han imbricado al objeto investigado múltiples problemas filosóficos, sin los cuales se hace difícil avanzar en la investigación, tales como: la relación entre saber y opinar, los objetos del saber, la noción de opinión y creencia, la cuestión de la duda, el conocimiento y la certeza, el contenido del método, la percepción y la introspección, la distinción entre verdades de hecho y verdades de razón, la praxis como criterio objetivo de la verdad, etc.
En la generalidad de los enfoques de la verdad y sus mediaciones, históricamente se impuso la concepción a priorista, en mi criterio, de la adecuación o identidad del pensamiento con los los hechos, con la realidad en la convicción del conocimiento científico como único paradigma de saber y la reducción de éste (el saber)al conocimiento. Como si el mundo espiritual del hombre fuera sólo conocimiento, al margen de los valores y otros medios de que dispone el sujeto en relación con el objeto. Pierden de vista que la actividad humana, funciona y opera como esencial relación sujeto-objeto y sujeto-sujeto, donde lo ideal y lo material se convierten recíprocamente, mediante la praxis; y que no es posible reducir estas relaciones complejas sólo al conocimiento. Todas se integran al saber, como resultado aprehensivo de momentos cognoscitivos, valorativos, prácticos y comunicativos.
Al mismo tiempo, el reduccionismo racionalista epistemológico, convertido en único paradigma de la modernidad, redujo la verdad a la verdad científica, con la nefasta imposición teórica del del discurso cientificista-objetivista, fundado en un logicismo extremo y en un sistema categorial cerrado, en forma de modelo metodológico al cual la realidad y los hechos deben adecuarse. Metodologismo logicista que soslaya o no tiene en cuenta la subjetividad humana con toda su riqueza expositiva, incluyendo el lenguaje que resulta reducido al lenguaje científico, con con sus respectivas categorías centrales y operativas. Olvidan que a la misma verdad de la ciencia, en tanto resultado humano, le es inherente el momento cultural y toda la carga de imaginación creadora que impregna el hombre en su acción. No tienen en cuenta, además, la existencia de la verdad histórica, artística, moral, etc.
Este modo de acceso a la verdad, por su reduccionismo epistemológico formal y la identificación del lenguaje con el puro lenguaje científico tradicional, se incapacita, teórica y metodológicamente para incluir en su discurso otras formas aprehensivas de la realidad por el hombre en la construcción de la verdad como proceso y resultado integral del quehacer humano en correspondencia con sus necesidades, intereses, objetivos y fines. Se margina o desecha del proceso del saber el lugar de la imagen que suscita, de la imaginación creadora del hombre, la metáfora y otras formas tropológicas, cuyo sentido figurativo no le resta valor cognoscitivo, práctico, axiológico y comunicativo. Todo lo contrario, activa el proceso del saber y le imprime más sentido de integralidad, y con ello, nuevas posibilidades de aperturas para penetrar los procesos reales.
1.-IMAGEN, POSIBILIDAD, REALIDAD, CREACIÓN.
La imagen, como representación viva de una cosa, un fenómeno, proceso, acontecimiento, etc., constituye un medio representativo de gran importancia cognoscitiva, práctica, valorativa y comunicativa, tanto en su sentido figurado (tropológico) como en su forma directa o sentido recto. Su riqueza de contenido deviene por sus múltiples poderes representativos de la imaginación, ya sea como expresión compuesta sólo de palabras que significan objetos sensibles, como forma viva y eficaz de algo por medio del lenguaje, como metáfora, sinécdoque, metonimia, etc.
La siguiente metáfora capta en su esencialidad la función de la imagen:".pone a los ojos del cuerpo lo que sólo es visible con los ojos del alma", es decir, a través de la imagen, es posible elaborar un producto mental que da forma concreta a lo abstracto. Es que la imagen como resultado de la imaginación, constituye un medio indispensable en la construcción de toda verdad, en tanto creación espiritual capaz de revelar esencias y conceptos, inaprehensibles por los medios lógicos comunes, tradicionales, sin perder la logicidad que le es inmanente como producto mental humano.
"La imagen según Lezama Lima- es la causa secreta de la historia. El hombre es siempre un prodigio, de ahí que la imagen lo penetre y lo impulse. La hipótesis de la imagen es la posibilidad. Llevamos un tesoro en un vaso de barro, dicen los Evangelios, y ese tesoro es captado por la imagen, su fuerza operante es la posibilidad."
El gran poeta y pensador cubano, un Maestro de la imagen y la creación, logra con su profesionalidad filosófico-literaria, reducir lo ideal a lo tangible y viceversa para descubrir complejidades del cosmos humano en relación armónica con el Universo. El hombre como posibilidad latente de excelencia y creación-credo martiano-, por su capacidad imaginativa accede a la luz, convierte la posibilidad en realidad. "Y ese ascender hacia la luz es el acierto de la posibilidad, mientras la imagen errante como una luciérnaga, se apoya en una sustantividad poética ,en ese campo magnético germinativo, para engendrar esa imagen que lo temporal necesita para formar esas inmensas masas corales, donde una poesía sin poeta penetra en el misterio de lo unánime. Es el cántico de la imagen, cuando logra verle la cara al develamiento de lo histórico porque ya anteriormente lo germinativo en el hombre, se nutrió de una imagen desmesurada que rebasaba al hombre y le comunicaba los prodigios de la sobrenaturaleza".
La posibilidad como " hipótesis de la imagen", en el decir lezamiano ,resulta reveladora ,pues el devenir del hombre en búsqueda eterna de la verdad, se funda en infinitas posibilidades para elegir lo que desea, en los marcos de laberintos a veces insospechados y confusos que impone la historia y la cultura. La libertad, como posibilidad de elección encuentra en la imagen vehículos orientadores o desorientadores, pues puede construir verdades, pero también mentiras, errores. No es un simple problema, como no lo son ningunos en el quehacer del hombre.
Sin embargo, su status positivo guía su razón utópica. De Martí, el más grande pensador cubano de todos los tiempos, dijo Lezama: "Llegó por la imagen a crear una realidad, en nuestra fundamentación está esa imagen como sustentáculo del contrapunto de nuestro pueblo. Esa fue la interpretación de las huestes bisoñas lanzadas al asalto de la fortaleza maldita. La posibilidad extendiéndose como una pólvora de platino, fue interpretada y expresada. No fue un fracaso, fue una prueba decisiva de la posibilidad y de la imagen de nuestro contrapunto histórico, al lado de la muerte, prueba mayor, como tenía que ser. Son las trágicas experiencias de lo histórico creador."
En fin, la posibilidad, actuando sobre la imagen, vehicula procesos reales o funda utopías realistas en la construcción de la verdad. Son juegos y rejuegos del lenguaje y la imagen que armonizan la verdad, la belleza y la bondad, siguiendo la rica tradición griega que viene de Sócrates, Platón y sus seguidores contemporáneos. Es sencillamente una concepción que al considerar la posibilidad como hipótesis de la imagen, no hace más que unir conocimiento y valor, sentimiento y razón, ciencia y conciencia, realidad y utopía. Es que la imagen, con la posibilidad como hipótesis, abre caminos insospechados al acercamiento de la verdad. Porque la verdad, no es sólo conocimiento, razón. Es todo hacia lo cual se dirige el hombre con todos los medios disponibles que guían su espiritualidad creadora, incluyendo el camino poético del lenguaje, hasta convertir la posibilidad en realidad.
Tanto la imagen natural (representa un objeto sensible mediante otros objetos sensibles) como la idea (representación de de ideas abstractas o estados sensibles indefinidos a través de formas concretas, reuniendo cualidades o atributos) son medios idóneos de acceso a la verdad, pues son productos nuevos, permeados de razón utópica, fantasía y sensibilidad. ¡Cuánto dice, suscita y enriquece la representación de la salida del Sol con la imagen!: "abre la mañana sus alas de oro", o representar con palabras del gran poeta español Juan Ramón Jiménez, un campo florecido en primavera, con la imagen:"Diríase que el cielo se deshace en rosas", o en García Lorca, para expresar el viento:
"Yo soy todo de estrellas derretidas,
sangre del infinito;
con mi roce descubro los colores
de los fondos dormidos .
Voy herido de místicas miradas…
O de Herrera Reissin, cuando nos concreta, cómo el cura campesino sacaba de la tierra lo suficiente para adornar el altar: el ordeñar la pródiga ubre de la
montaña
para encender con oros su pobre
altar de pino.
¿Por qué entonces la epistemología racionalista tradicional, teme tanto al camino poético del lenguaje, y sólo admite la imagen gnoseológica fría, impersonal, y por todo ello, abstracta, vacía?. Cuando históricamente la praxis muestra el valor de subjetividad, de la imaginación creadora y bella en la revelación de la existencia humana, incluyendo la verdad que cualifica una de los principales objeto de búsqueda para realizar su ser esencial. Sencillamente, el paradigma gnoseológico logicista ha quebrado .Asistamos a sus funerales, pero sin absolutizaciones para no incurrir en sus mismos errores.
El hombre mediante la imaginación crea imágenes que colorean la vida y su entorno .Un lenguaje cuando produce imágenes creativas no dispone, sino propone, suscita y anticipa. Es como un reflejo anticipado que no permanece pasivamente, se dirige al futuro,a lo por venir con vocación ecuménica y en pos de la concreción. Por eso Descartes identifica la imagen con la idea o prefiere ésta en lugar de aquella, para significar la representación mental, sin reducirla al simple reflejo sensorial reproductivo; pues la idea, como imagen mental, recrea con vuelo de altura, construye ,se adelanta y enriquece con la invención y nuevas propuestas, diferentes de las que ya existen.
Abordar la realidad subjetivamente, es imaginar, descubrir, develar algo nuevo, trasuntado en novedades que dejan el reino de la posibilidad para encarnar realidades concretas, que al mismo tiempo son fuentes de nuevas aprehensiones. Fundarse en la imagen creadora, es prolongar los fines humanos y realizarlos en bien del hombre.
Crear es imaginar con plena libertad y poner los fines para satisfacer necesidades e intereses humanos .No es sencillamente dar cauces a la ficción y a las quimeras de la razón .Es sentir al mismo tiempo que nos alejamos de lo inmediato con vocación trascendente hacia lo maravilloso que enaltece y da fuerzas en dirección a la verdad que siempre buscamos, al saber integrador que altera la realidad para descubrirla. Sencillamente,"(…)lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una inesperada alteración de la realidad (el milagro),de una revelación privilegiada de la realidad, de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad ,de una ampliación de las escalas y categorías de la realidad, percibidas con particular intensidad en virtud de una exaltación del espíritus que lo conduce a un modo de "estado límite ".Para empezar, la sensación de lo maravilloso presupone una fe. Los que no creen en santos no pueden curarse con milagros de santos, ni los que no son Quijotes pueden meterse, en cuerpo y en alma y bienes, en el mundo de Amadís de Gaula o Tirante el Blanco"
Alejo Carpentier, nuestro Premio Cervantes, con imaginación creadora, revela la gran verdad, que toda Nuestra América,no es más que una crónica de lo real maravilloso. Esta concepción, o método, si se quiere, le abrió amplias perspectivas para revelar la verdad del hombre en relación con el mundo, mediado por la praxis y sus circunstancias tropicales y otros contextos que tan sabiamente revela nuestro novelista mayor.
Sin artificios gnoseológicos, pero siguiendo la lógica especial del hombre y su espiritualidad, Carpentier construyó muchas verdades; creó verdades que hoy la historia y la cultura enriquecen y amplían con nuevos sujetos creadores.
Con razón suficiente, Roger Garaudy, refiriendo a Kafka señaló: El mundo que él vivió y el mundo que él construyó no son más que uno (…).Para sentir esa unidad profunda y viva, basta cojn no perderse en el juego de las interpretaciones, que consiste siempre en hacer entrar la obra en el lecho de Procusto de un sistema preconcebido, y a no buscar en ella más que la puesta en escena novelesca de una tesis"
La metáfora y la imagen como modos complejos de revelación humana de la realidad.
Tanto la metáfora como la imagen propiamente dicha, son modos reveladores del cosmos humano en relación con el Universo. Ambas dan cuenta de la riqueza expresiva del pensamiento y el lenguaje y sus amplias posibilidades creadoras. Son en sí mismas realidades teñidas de
Subjetividad sustantiva. Expresan conocimiento valor, praxis y comunicación en su despliegue progresivo y develador de esencias. "En mi sistema poético del mundo, la metáfora y la imagen tienen tanto de carnalidad,(…)como de eficacia filosófica, mundo exterior o razón en sí. Es uno de los misterios de la poesía la relación que hay entre el análogo, o fuerza conectiva de la metáfora, que avanza creando lo que pudiéramos llamar el territorio sustantivo de la poesía,- enfatiza Lezama -con el final de este avance, a través de infinitas analogías, hasta donde se encuentra la imagen, que tiene una poderosa fuerza regresiva, capaz de cubrir esa esa sustantividad ¨"La imagen y la metáfora ,independientemente de su carga subjetiva, no son simples representaciones formales carentes de contenido. "La relación entre la metáfora y la imagen –escribe Lezama Lima- se puede establecer con un caballo tan alado como nadante que persiste en una sustancia resistente que en definitiva podemos considerar como imagen. La imagen –continúa el pensador y poeta cubano- es la realidad del mundo invisible",en la medida que hace tangible lo abstracto o es capaz de anticipar lo que en el presente es sólo deseo, sueño, utopía, es decir, sólo posibilidad, no realidad concreta. "Así los griegos –continúa Lezama-colocaban las imágenes como pobladoras del mundo de los muertos. Yo creo que la maravilla del poema es que llega a crear un cuerpo, una sustancia resistente enclavada entre una metáfora, que avanza creando infinitas conexiones, y una imagen final que asegura la pervivencia de esa sustancia, de esa poiesis. De la misma manera que el hombre ha creado la orquesta, la batalla, los soldados durmiendo a la sombra de las empalizadas, la gran armada, el caserío del estómago de la ballena, ha creado también un cuerpo artificial que resulta acariciable y existente, como la misma naturaleza escondiéndose al tacto. En alguna ocasión he hecho referencia, hablando de Martí y tratando de establecer las misteriosas leyes de la poesía (y no se olvide que las primeras leyes se hicieron en forma poética),que para esas prodigiosas leyes de la imaginación, veinte años de ausencia equivalen a un remolino de la muerte ;así como ,dentro de la orquesta ,una trompeta equivale a veinte violines. El cubrefuego que la imagen forma sobre la sustantividad poética es unitivo y fijo como una estrella. Por eso afirmo en unos de mis poemas, paradoja profunda de la poesía, que el amor no se ejerce caricioso, poro tras poro, sino de poro a estrella, donde el espacio forma una suspensión y el cuerpo se lanza a una natación que se prolonga"
No creo que Lezama ontologice la imagen y la metáfora o siga el camino de la introspección absoluta de la mente. Sin embargo, como poeta y profundo pensador, logra revelar los caminos poéticos del lenguaje en la aprehensión cosmovisiva del hombre en relación con la realidad y valorar el papel de sus formas representativas. Es que en el hombre, como decía Martí, resulta imposible separar lo ideal de lo material, sí como sus creencias e ilusiones. Considera Lezama que todo hombre que todo hombre cree en algo, pues hasta el propio ("…)Valery que hizo profesión de ateísmo, cuando definió la poesía, lo hizo diciendo que era el paraíso del lenguaje.Ya ve usted –destaca Lezama-el caso de un ateo usando la palabra paraíso con toda la resonancia de un católico"
En su cosmología poética, Lezama se propone destruir la causalidad aristotélica, en función de la búsqueda y encuentro de lo incondicionado, de la imaginación creadora. Al mismo tiempo cree posible hablar de caminos poéticos o metodología poética dentro de ese incondicionado que forma la poesía.
En la cosmología poética Lezamiana, imagen, mito y poesía constituyen una totalidad integradora del discurso aprehensivo de la realidad. En su criterio, "después que la poesía y el poema han formado un cuerpo o un ente, y armado de la metáfora y la imagen, y formados la imagen el símbolo y el mito – y la metáfora que puede reproducir en figuras sus fragmentos o metamorfosis-, nos damos cuenta que se ha integrado, una de las mas poderosas redes que el hombre posee para atrapar lo fugaz y para el animismo de lo inerte". Lo mismo ocurre con el juego, que toma en su sistema un sentido cósmico que preside todo el devenir universal hacia la unidad Lezama revela en el camino poético del lenguaje, con todos sus medios y formas de expresarse, un modo de perenne ascensión, propio de un logos profundo que se aprehende a través de dos vías esenciales: doxa y ciencia, y cuyo resultado encarna el sentido cósmico, o el cosmos mismo. Así, en Muerte de Narciso, "el mito que le sirve de base, la contemplación de la propia belleza que consume a su protagonista, permite establecer una especial relación cognoscitiva entre hombre y universo, dirigida al sentido cósmico de la unidad entre ambos".
En esta misma dirección, Lezama aporta cauces interpretativos. Podría analizarse la agudeza expresiva de su concepción sobre la teleología insular, estrechamente vinculada a lo cósmico universal, el problema de la existencia, de la muerte, el tiempo, el espacio, la historia y en fin, el hombre en relación con el mundo en varios avatares. Su cosmología poética en si misma es una eterna búsqueda de verdades por los infinitos medios de que dispone el hombre, en vinculación directa con la bondad y la belleza.
Como la metáfora es un cambio de una palabra o grupo de ellas al sentido figurado, fundado en la asociación por semejanza, y la imagen, una representación "concreta" de estados difusos o ideas abstractas, ambas, en su unidad integran la traslación de sentido (la metáfora) y la nueva creación por la reunión de atributos cualificadores sensibles (imagen). Metáfora e imagen en el discurso contemporáneo (no solo el eminentemente poético) aparecen indisolublemente unidos. Esto favorece "el sintetitismo" que tanto impera y se impone. Este poder sintetista de ambas, además de vigorizar el estilo y hacer más sugestivo y suscitador el discurso, le imprime belleza sensorial y racional a las palabras y a sus significaciones.
Es difícil encontrar un texto, incluyendo el ensayo estrictamente científico que no opere con imágenes y metáforas, pues necesariamente trabaja con palabras, con sus respectivos significados y significantes que no pueden reducirse a lo inmediatamente dado. Requieren de mediaciones y a estas le son inherentes por antonomasia. "Platero bebía cristales ensangrentados." Juan Ramón Jiménez expresa así como el hocico de su asno perturba la serenidad del agua enrojecida por el reflejo del sol. La literatura es metáfora. La poesía es, por excelencia, metáfora. El arte es metáfora. Mahler no quería que sus amigos miraran el paisaje que rodeaba su gabinete de trabajo. Quería que escuchasen su música. Porque ahí se encontraba el paisaje, filtrado y embellecido por la creación estética. El Guernica de Picasso es una metáfora de la guerra. Las catedrales góticas son metáforas de la gloria divina. La piedad de Miguel Angel es una metáfora del dolor".
La filosofía con todo el arsenal lógico cosmosivo y metodológico que le es propio y que la tradición ha impuesto desde antaño, resulta inconcebible sin el empleo de las imágenes y las metáforas: "La filosofía, aparentemente tan alejada del arte, también constituye una búsqueda de metáforas. Pero mientras el arte busca metáforas cimentadas, fundamentalmente, en lo sensible, la filosofía construye metáforas racionales. Un filósofo realista podría decir que no es así, que la realidad es como él la expresa. Sin embargo, en la medida en que expresa la realidad con signos, con palabras, con algo que media, que intercede entre la realidad y nosotros, está construyendo una metáfora".
Para Ortega y Gasset, gran ensayista contemporáneo español, es la metáfora un instrumento mental imprescindible y una forma del pensamiento científico. Marcel Proust considera que sólo la metáfora puede eternizar el estilo literario, y en general todo estilo de excelencia.
El logicismo cientificista al hiperbolizar el lenguaje científico y sus cadenas categoriales sólo ve en las metáforas figuras ornamentales y decoración estilística, carentes de información y saber. Su ceguera epistemologista y abstracta le impide comprender que no se trata, "(…) tan solo de un tropo intuitivo que maneja la teoría de la sustitución, no es una simple analogía, no es una palabra sustituta que sólo da belleza al lenguaje. La metáfora es una frase que construye una imagen no- idéntica, la cual implica una traslación, múltiples desvíos que generan plurisignificaciones".
La naturaleza del lenguaje metafórico está permeada de complejidad, incertidumbre y de ficción heurística. Por eso puede red-escribir la realidad y posibilitar nuevas imágenes creativas de lo real existente. Su capacidad heurística le permite partir de lo conocido hacia el descubrimiento de lo desconocido, infranqueable para el sentido recto del lenguaje. La metáfora funda relaciones contradictorias que traspasan el umbral de los signos ordinarios para transitar al mundo abstracto, a la esfera de los símbolos y nuevas profundidades de las esencias.
Es que la metáfora relaciona dialécticamente el signo y el símbolo en una unidad contradictoria, capaz de subvertir la lógica común para vincular en síntesis lo concreto del lenguaje cotidiano (signos) y lo abstracto del lenguaje de la ciencia (símbolo). Simplemente es la unidad contradictoria de conceptos diferentes, para generar un movimiento dialéctico suscitador de varias motivaciones aprehensivas que incita al pensamiento creador y con ello, también al lenguaje y a sus actos productivos que generan acciones, praxis y viceversa.
El siglo XXI, caracterizado por la globalización, la complejidad y la incertidumbre, plantea nuevos retos al hombre, a la ciencia y a la cultura en general. Los resultados científico-técnicos, concretados entre otros, en las revoluciones en las tecnologías de la comunicación, la genética etc, si bien son valores útiles al hombre, también pueden enajenar su ser esencial, despersonalizar las relaciones humanas, matar las utopías, en fin globalizar la inhumanidad a través de los centros que poseen la fuerza de poder. Ante esta situación se requiere mucho sentido de humanidad y sentido cultural para lograr revertirla y hacer que prevalezca la globalización de un humanismo que integre en unidad inseparable, verdad, belleza, bondad y garantice justicia y libertad.
Ante esta realidad, la dimensión lingüística del hombre el lenguaje, en tanto mediación central entre el pensamiento, la conciencia y la realidad, puede contribuir con eficacia al impulso de la cultura. Hay que desarrollar la sensibilidad en los marcos de los procesos intersubjetivos de la comunicación, pues en la cultura el contenido cognoscitivo "puro" no es suficiente. La sensibilidad cualifica por excelencia a la cultura.
El lenguaje, si bien es desacertado su ontologización, es decir, concebirlo como única realidad existente, con atribuciones de poderes "mágicos", resulta importante como medio de comunicación humana y si es empleado en función del hombre y su creciente humanidad. La belleza expresiva, sugestiva, utópica, subjetiva del lenguaje, no está reñida con la ciencia, con la verdad. Por eso Martí dice de W. Whitman:"(…) él es un cosmos (…). Pinta a la verdad como una amante frenética, que invade su cuerpo y, ansiosa de poseerle, lo liberta de sus ropas. Pero cuando en la clara medianoche, libre el alma de ocupaciones y de libros, emerge entera, silenciosa y contemplativa del día noblemente empleado, medita en los temas que más la complacen: en la noche, el sueño y la muerte; en el canto de lo universal, para beneficio del hombre común (…)"
El lenguaje metafórico no cierra el discurso. Abre, enriquece y activa al pensamiento. Su perenne sentido contradictorio, discontinuo ambiguo, propicia la diferencia y las interpretaciones diversas que generan significaciones nuevas, "pues no se trata de opinar sino de hacer suposiciones valederas, relaciones significativas, apelando a la imaginación, al sentimiento, a la cognición y a la sensibilidad. Allí donde habita todo acto de pensamiento, fruto de la experimentación mental, que permite concebir signos nuevos como un elemento discursivo, abre el camino a las acciones creativas "y trascendentes.
Al mismo tiempo, la creación humana es trascendente cuando se funda en totalidades, cuando rebasa lo inmediato, sin desecharlo, y se dirige a lo mediato, cuando se mueve a lo absoluto y aprehende el cosmos humano en relación con el Universo. El lenguaje metafórico, por sus especificidades heurísticas, es un medio accesible por excelencia del espíritu humano.El espíritu presiente; las creencias ratifican .El espíritu, -enfatiza Martí- sumergido en lo abstracto ,ve el conjunto; la ciencia, insecteando por lo concreto, no ve más que el detalle. Que el Universo haya sido formado por procedimientos lentos, metódicos y análogos, ni anuncian el fin de la naturaleza, ni contradice la existencia de los hechos espirituales" .
VERDAD, CONOCIMIENTO, VALORES, PRAXIS, COMUNICACIÓN: SABER.
El tema de la verdad históricamente ha sido recurrente y no deja de serlo en la actualidad. Sin embargo, como en todos los problemas filosóficos complejos ha primado la unilateralidad de enfoques en su tratamiento. Lo más común ha sido la reducción del saber al conocimiento y con ello, las interpretaciones logicistas y gnoseologistas abstractas. Se ha pensado la verdad como forma de adecuación o identidad del pensamiento con la realidad que el sujeto convierte en objeto.
A pesar de los múltiples intentos valiosos de acercamiento al problema, en mi criterio, aún no se ha logrado un enfoque integrador de la verdad, donde conocimiento, valor, praxis y comunicación sean considerados, como mediaciones centrales en su construcción y despliegue. Las relaciones sujeto- objeto, y sujeto- sujeto y su eslabón primario en la conversión recíproca de lo ideal y lo material: la actividad humana, prácticamente han sido inadvertidas. Igualmente ha prevalecido el reduccionismo en el reconocimiento lingüístico de la verdad. En algunos casos absolutizando en grado extremo el papel del lenguaje en general y en otros, reduciéndolo sólo al lenguaje científico, sea de nivel empírico o de nivel teórico. Las otras formas del lenguaje, incluyendo por supuesto, el tropológico ha quedado marginado del proceso aprehensivo de la realidad por el hombre en la búsqueda de la verdad. No ha faltado tampoco la tendencia acuciante de identificar la verdad sólo con la verdad científica. ¿ Y las otras verdades que el hombre afanosamente busca apremiado por las necesidades, los intereses y los objetivos y fines propuestos? En los paradigmas de la verdad y sus respectivos diseños ha predominado el sentido de exclusión, tanto en su interior como al exterior de él. Se hace necesario los enfoques integradores de inclusión, que sin agotar la riqueza de mediaciones de la realidad – imposible históricamente – abarque la mayor cantidad posible, en tanto proceso subjetivo – objetivo, mediado por la praxis de asimilación constructiva de la verdad. Con razón Marx, en sus Tesis sobre Feuerbach, al criticar la especulación filosófica, en la consideración de la verdad, exige concreción en los análisis y aconseja abordar la realidad subjetivamente. En su concepción, la teoría de la verdad, adquiere terrenalidad sustantiva, si se funda en la praxis, como su criterio valorativo. Entendida la praxis como esencial relación sujeto – objeto y sujeto – sujeto, donde lo ideal y lo material se convierten recíprocamente.
La verdad es proceso y resultado del devenir humano. Un producto de la actividad del hombre (sujeto) en relación con la realidad que convierte en objeto de conocimiento, de la praxis y de valores que intercambia con otros sujetos. En tanto proceso histórico es absoluto y relativo. Cada generación construye verdades limitadas por la historia y la cultura y al mismo tiempo participa de lo absoluto. Lo absoluto y lo relativo son momentos inseparables constitutivos de la verdad, en su unidad y diferencia.
Si ciertamente la verdad se construye en la actividad humana, y esta representa el modo de ser del hombre, a través de la praxis, el conocimiento, los valores y la comunicación, fundados en las necesidades, los intereses y los fines del hombre, su revelación ( de la verdad) no es sólo un producto cognoscitivo, desentrañador de esencias, sino además de la actuación práctica transformadora del hombre, en correspondencia con el significado que adquiere la realidad y los deseos de satisfacción humana. Al hombre no sólo le interesa qué son las cosas, cuál es su esencia, sino ante todo, para qué le sirve, qué necesidad satisface o qué interés resuelve. Por eso, praxis, conocimiento y valor, son inmanente al proceso mismo de develación de la verdad.
Son momentos de su propio proceso. Al igual que los resultados de su actividad resultan estériles al margen de la comunicación, en tanto intercambio de actividad y de sus resultados.
La verdad se revela y descubre en las relaciones intersubjetivas, en espacios comunicativos, donde por supuesto, el consenso desempeña un lugar especial. Una verdad, fuera de la práctica del consenso, no encuentra legitimación y por tanto resulta estéril. Lo mismo que sin riqueza espiritual no hay acceso posible a ella. La creación subjetiva, humana, plena de sensibilidad, abre camino a la verdad. Las vías poéticas del lenguaje, sustantivan las potencias del pensamiento. El hombre con riqueza espiritual e imaginativa en estrecha comunión con la naturaleza y la sociedad, se aproxima con más facilidad al conocimiento, a la verdad. Sencillamente, "las ciencias- escribe Martí- confirman lo que el espíritu posee (…). Así, son una la verdad, que es la hermosura en el juicio; la bondad, que es la hermosura en los afectos; y la mera belleza, que es la hermosura en el arte (…). La naturaleza se postra ante el hombre y le da sus diferencias, para que perfeccione su juicio; sus maravillas, para que avive su voluntad a imitarlas; sus exigencias, para que eduque su espíritu en el trabajo, en las contrariedades, y en la virtud que las vence. La naturaleza da al hombre sus objetos, que se reflejan en su mente, la cual gobierna su habla, en la que cada objeto va a transformarse en un sonido. Los astros son mensajeros de hermosuras, y lo sublime perpetuo. El bosque vuelve al hombre a la razón y a la fe, y es la juventud perpetua (…). La aparición de la verdad ilumina súbitamente el alma, como el sol ilumina la naturaleza" .
Los caminos poéticos del lenguaje son iluminadores porque alumbran con luz de estrellas el proceso constructivo de la verdad. Sus posibilidades son infinitas no sólo por lo que informan, sino por lo que proponen y suscitan a la creación del hombre incluyendo a sus dimensiones gnoseológicas y cosmovisiva.
Debe destacarse además que el lenguaje tropológico no sólo es propio del lenguaje literario, pues está presente en todas las acciones humanas. ¿Quién puede negar que la educación, la cultura, la ciencia no son metáforas de la vida? En fin el lenguaje tropológico no puede aislarse del proceso constructivo de la verdad, como también es imposible negar la existencia de una verdad tropológica, que por ser representación figurada por excelencia tampoco debe absolutizarse sus excelsas posibilidades creativas. Debe evitarse, reproducir los vicios de otros paradigmas que han quebrado por su elitismo excluyente. La misión del discurso que busca la verdad, debe ser su vocación incluyente, abierta, tolerante, crítica, en resumen con sentido ecuménico e integrador.
La tropología y en particular la metáfora, por sus infinitas excelencias creativas, transita en unidad indisoluble con la teoría del conocimiento, en la representación del cosmos humano y el Universo que le sirve de claustro materno, y viceversa, la gnoseología imprime cauces nuevos expresivos a la sintaxis tropológica. "Pero creo que la intensificación de la "sintaxis figurada" en el marco de la poesía contemporánea tiene también sus razones contemporáneas, razones que atañen al desarrollo del conocimiento en nuestro tiempo. La diversidad tropológica se afina y se precisa ,se hace necesaria al amparo de la noción de que , el Universo es un infinito de fenómenos interconectados , en movimiento ,unitario en su diversidad ;al amparo de esa noción ,y por la necesidad de reflejarla"
Unido a esta valiosa idea de cómo la tropología se enriquece siguiendo el cauce contemporáneo del desarrollo de la gnoseología, se destacan algunas ideas importantes de la tropología para la gnoseología en la revelación de principios sustantivos de carácter epistemológico-cosmovisivo, tales como:
Esta idea última, en mi criterio, resulta interesante y coincide en parte con una tesis, que no por vieja, deja de ser sugerente, a pesar de que sobrevalora las posibilidades de la estética y por tanto, puede repetir enfoques reduccionistas. Me refiero al filósofo mexicano José Vasconcelos. En su criterio "(...) llegamos a ella después de agotar las posibilidades del Logos, y enseguida la verdad se nos revela como armonía, en vez de la verdad como identidad" . Propone como método la coordinación y la existencia de un a priori estético, extremadamente idealizante que opera según ritmo, melodía y armonía. Además de hiperbolizar una arista del problema objeto de análisis, su interpretación está permeada de artificios eclécticos que no conducen a presentar la armonía como integralidad incluyente.
En mi criterio el acceso a la verdad, requiere de una concepción compleja y flexible que priorice un enfoque de integralidad incluyente en la aprehensión de la realidad asumida. Creo que el concepto de saber, con un nuevo sentido hermenéutico, al margen de su significado histórico tradicional – como conocimiento en general, de algún modo garantizado en su verdad, por su objetividad lógico-cognoscitiva, la identidad y la adecuación- resulta una alternativa posible. La intelección del saber con un nuevo sentido hermenéutico, cuya interpretación se dirija no sólo al conocimiento, sino que incluya el valor, la praxis y la comunicación, abre perspectivas heurísticas inagotables. Propicia ante todo que no se absolutice la razón, entendida como único juez legitimador, y se incluyan los sentimientos y otras formas aprehensivas humanas en la construcción de la verdad. Esto posibilita que el logicismo abstracto, ceda paso a otras formas discursivas lingüísticas de carácter tropológico, es decir, otros modos, también discursivos que no operan sólo con las clásicas estructuras categóricas, que por su objetivismo impersonal, devienen unilaterales y abstractas. Un enfoque subjetivo- no subjetivista, porque no rechaza la objetividad- puede asumir la realidad con sentido histórico cultural y garantizar la integralidad sin a priori absolutos y al margen de la actividad práctica, que en última instancia condiciona el proceso mismo de la verdad.
La asunción del concepto de saber- y no el de conocimiento como ha sido tradicional- , comprendido (el saber) como forma integral humana que incluye todos los medios que emplea el lenguaje para designar y penetrar en la realidad permite vincular estrechamente conocimiento y valor, sobre la base de las necesidades, los intereses, y los fines humanos. Al mismo tiempo, ayuda a comprender que la verdad no se descubre espontáneamente, a través de una relación abstracta sujeto- objeto, sino que se revela en procesos intersubjetivos, en espacios comunicativos, que integran en su síntesis: conocimiento, valor y praxis. Todo en los marcos de la subjetividad humana, donde el hombre piensa, siente, desea, actúa e intercambia los productos de su actividad en una relación dialéctica sujeto- objeto, mediada por infinitos atributos cualificadores de su ser esencial, de la cultura, la historia y por el consenso legitimador.
Esto significa que si el saber del hombre se propone acceder a la verdad, en su concreción, no puede soslayar el papel importante de la actividad humana y su estructura compleja, así como la cultura y como parte de ella, los caminos del lenguaje poético, en toda su diversidad, y sentidos, incluyendo la vía práctica que tanto influye en la creación del hombre, así también como desechar por ineficaces y estériles las imposiciones "teóricas" y los autoritarismos intolerantes y excluyentes, expresados como convenciones gnoseologistas. Simplemente "(...) urge devolver los hombres a sí mismos; urge sacarlos del mal gobierno de la convención que sofoca o envenena sus sentimientos (…) y recarga su inteligencia con un caudal pernicioso, ajeno, frío y falso. Sólo lo genuino es fructífero".
Busquemos la verdad con sentido histórico- cultural humano, imaginación, razón utópica y vocación ecuménica incluyente. Una concepción del saber, como integralidad abierta al diálogo, a la crítica y a la comunicación puede ser una alternativa posible de construcción de la verdad, incluyendo por supuesto, la propiamente de las ciencias naturales.
En la apropiación de la realidad por el hombre, su pensamiento sigue el cauce de la ascensión de lo abstracto a lo concreto y este proceso es en sí mismo incluyente. Para descubrir la realidad en su mayor concreción tiene que asumirla en sus varias mediaciones. En caso contrario, el saber resulta unilateral y abstracto, por seguir un cauce excluyente que absolutiza algunos momentos y pierde el sentido de totalidad y de unidad en lo diverso y complejo. Con ello, se incapacita para apropiarse de lo concreto en sus diversas mediaciones y condicionamientos.
La concepción de la verdad como saber integral no puede soslayar tampoco la importancia cognitiva del lenguaje metafórico, capaz de lograr la unidad de la diferencia, como certeramente señalan Ricoeur y Jakobson. Igualmente no se puede negar la independencia relativa del conocimiento científico y otras formas de aprehensión humana de la realidad. Pero en los marcos de una perspectiva o enfoque cultural que vincule razón, sentimiento, ciencia y conciencia. No se debe olvidar, que la cultura como producción humana en su proceso y resultado no se cualifica sólo por su dimensión cognoscitiva, sino particularmente por la sensibilidad que incita y activa el saber en su búsqueda integradora de lo que llamamos verdad.
Nadie con sentido común, puede obviar los resultados de la tecno-ciencia en la época de la globalización contemporánea. Pero sin sentido cultural, devienen estériles para el hombre, pues enajenan y deshumanizan. Resulta perjudicial, porque la verdad es vacía de contenido, cuando se separa de la belleza y la bondad, cuya armonía la funda e introduce Pitágoras, a partir del sentido de medida, y es continuada por muchos filósofos y pensadores, incluyendo a José Martí.
No es posible hacer del conocimiento científico el núcleo arquetípico del pensamiento y convertir a éste en un modelo impersonal que condiciona de modo a priori y teleológico la realidad existente para hacer una unidad o identidad con ella, llamada verdad. La verdad, sea de cualquier naturaleza, es proceso y resultado aprehensivo humano, como saber profundo, construido por la actividad del hombre en relación con el mundo o la parte de él hacia la cual dirige su acción. Se trata de un proceso humanizador de la realidad y del hombre mismo en espacios intersubjetivos.
Una verdad que separe la esencia humana de la existencia y los espacios histórico- culturales en que realmente se aprehende, resulta ficticia y no resiste la prueba de la praxis social.
La educación, como gran metáfora de la vida tiene mucho que hacer en el logro de un saber integral incluyente en la búsqueda de la verdad. Una educación que renuncie a los métodos transmisionistas y al discurso teorizante y abstracto, y asuma la intersubjetividad como modo idóneo de formación humana, desarrolla sensibilidad, actitudes cognoscitivas creadoras, razón utópica y propicia que el lenguaje genere acciones creativas. Al mismo tiempo estará en mejores condiciones de vincular estrechamente los mundos de la vida, de la escuela y del trabajo, sin autoritarismos, intolerancias y cientificismos excluyentes.
En los tiempos actuales la educación tiene mucho que decir y hacer. La educación como formación humana, como "instrucción del pensamiento… y dirección de los sentimientos", según la concepción martiana, deviene cauce central ante la necesidad de dar respuesta a los desafíos del siglo XXI, Crear hombres con ciencia y con conciencia, desarrollar una cultura del ser capaz de enfrentar la globalización neoliberal, siendo, como sujeto, es una tarea que la educación no puede soslayar.
Sin embargo, caben las siguientes preguntas: ¿ Está la educación en condiciones de ser guía espiritual de la formación humana?. ¿ Los paradigmas en que se funda pueden modelar proyectos reales, en función de la misión que le corresponde cumplir? ¿Ella misma no está contaminada por el pensamiento único, los reduccionismos de corte positivistas, el autoritarismo en la ciencia y en la docencia, la intolerancia, el determinismo absoluto, los fundamentalismos estériles y otros lastres de la modernidad que han quebrado por su ineficacia heurística, metodológica y práctica? ¿Hay racionalidad en los siete vacíos que Edgar Morin
ha revelado en la educación actual y en la propuesta de los siete saberes para revertir o atenuar tal situación?
Este glosario de preguntas, por sí mismo, da cuenta que estamos abocados en una crisis de la educación, que no puede resolverse desde la educación misma. El saber educativo no puede cambiar sin transformaciones profundas en la educación y ésta resulta infecunda sin una reforma en el pensamiento y en la praxis en que encuentra concreción.
I. La reforma del pensamiento como premisa de la educación en tanto formación humana.
No se trata en modo alguno de asumir la modernidad desde posiciones nihilistas y hacer de ella y sus conquistas una tábula rasa. Ella misma con todos sus paradigmas y utopías, históricamente fue conciencia crítica que dio respuestas a su tiempo histórico, en correspondencia con el estado de las ciencias y la práctica social. Pero históricamente las nuevas realidades exigen rupturas, cambios y transformaciones como expresión de la quiebra de principios que se consideraban invariables. El modelo paradigmático de la modernidad, caracterizado por la simplificación y concretado en los principios de disyunción, reducción ,abstracción y el determinismo mecánico tiene que ceder paso a nuevas perspectivas epistemológicas para aprehender la complejidad de lo real. La teoría de la complejidad y el pensamiento complejo asume "(…) la heterogeneidad, la interacción y el azar"… como totalidad sistémica, fundada en tres principios: "el dialógico, la recursividad y el principio hologramático:
1. El dialógico: No asume la superación de los contrarios, sino que los dos términos coexisten sin dejar de ser antagónicos. Valora en grado máximo la conexión como condición del sistema.
2. Recursividad. El efecto se vuelve causa, la causa se vuelve efecto; los productos son productores, el individuo hace cultura y la cultura hace a los individuos.
3. El principio hologramático. Este principio busca superar el principio de holismo y del reduccionismo. El holismo no ve más que el todo; el reduccionismo no ve más que las partes. El principio hologramático ve las partes en el todo y el todo en las partes."
Al mismo tiempo, en Edgard Morin, estos principios están mediados por dos conceptos: el de paradigma y el de sujeto. El primero lo define como la estructura mental y cultural bajo la cual se mira la realidad y el segundo ( el sujeto) , lo conceptúa como toda realidad viviente, caracterizada por la autonomía, la individualidad y por su capacidad de procesar información. Para él, el sujeto es el de mayor complejidad. "Sostiene que no se puede asumir esta noción de sujeto desde un paradigma simplista. Es necesario el pensamiento complejo; aquel "pensamiento capaz de unir conceptos que se rechazan entre sí y que son desglosados y catalogados en compartimentos cerrados" por el pensamiento no complejo. No se trata de rechazar lo simple, se trata de verlo articulado con otros elementos; es cuestión de separar y enlazar al mismo tiempo. Se trata pues, "de comprender un pensamiento que separa y que reduce junto con un pensamiento que distingue y que enlaza".
La teoría de la complejidad no es excluyente. Sencillamente, escribe Edgar Morin: "Lo que actualmente me importa es lo que llamo la reforma de los pensamientos; es decir, pienso cada vez más que ejercemos pensamientos que mutilan la realidad, pensamientos que separan las cosas en lugar de conectarlas entre sí. Creo también que este tipo de pensamiento nos lleva hacia una inteligencia ciega, es decir, que cada vez tenemos más necesidad de conocer el conjunto de los procesos del mundo. Creo que el objetivo de mi trabajo y del método corresponde a un pensamiento que sea capaz de conectar la comprensión y que, por lo mismo, nos prepare para hacer frente a los problemas del futuro. Se trata entonces de un problema de conocimiento y también de un problema humano, pues esa necesidad, el conocimiento del ser humano, tiene un aspecto antropológico y, si se quiere, lo que hago es algo_ esto que yo llamo el desarrollo del pensamiento complejo, con todas las implicaciones que ello comporta"
La teoría de la complejidad y el pensamiento complejo no intenta en modo alguno constituirse en método único, sino captar la realidad como sistema complejo, en sus diversas conexiones, mediaciones y condicionamientos. Por eso no establece relaciones antitéticas entre orden y caos, incertidumbre y certidumbre, entre las partes y el todo, etc. Admite la racionalidad, pero se opone a la racionalización que simplifica, reduce y no aprehende la realidad en su contexto y complejidad." Es conocida la fórmula kantiana que dice: ¿Qué puedo saber? ¿Qué puedo hacer? ¿Qué debo hacer? ¿Qué puedo esperar? Es una cuestión fundamental que cada uno debe plantearse, y yo creo que finalmente el conjunto de mi obra se esfuerza siempre por responder a estas preguntas, a veces en forma más intensa pero siempre relacionadas. Pienso que este es el tono de mi obra y el sentido que toma mi voluntad de practicar un pensamiento complejo y, por lo mismo, querer una reforma de los pensamientos que nos permita conocer de manera más correcta a fin de sostener mejor nuestra acción. ¿Qué debo hacer? Y, eventualmente, esperamos. Pero hacemos cosas, y el proceso de conocimiento nos exige plantearnos preguntas, pero con vistas a restablecer nuestra individualidad como cognoscentes en el proceso de conocimiento, y éste es, contra el diagnóstico del pensamiento simplificador, una reconstrucción, una traducción; es decir, un proceso complejo".
La educación como formación humana, en los momentos actuales, está urgida de cambios. Hay que reformar el pensamiento en general y sus paradigmas si se quiere revertir el pensar educativo y sus estrategias. Hay que cambiar las estructuras existentes no sólo de pensamiento, sino en plena conjunción con la práctica social y sin perder el sentido cultural en que toma cuerpo y se despliega como sistema complejo.
II. La educación como proceso cultural y los desafíos ante el pensamiento complejo.
En los marcos de la formación humana y su desarrollo cultural, la educación resulta imprescindible. Ella constituye el medio por excelencia a través del cual se cultiva el hombre y se prepara para la vida y la sociedad. En criterio de Luz y Caballero, "instruir puede cualquiera, educar, sólo quien sea un evangelio vivo".
Sin embargo, en las condiciones actuales la educación no prepara para la vida. No está en condiciones de desarrollar una cultura de la razón y los sentimientos: una cultura del ser. Es incapaz de vincular estrechamente el mundo de la vida, el mundo de la escuela y el mundo del trabajo.
Los paradigmas de corte positivista, gnoseologistas, reduccionistas, objetivistas, intolerantes y autoritaristas, convierten a los educandos en objetos pasivos. No importa que en la teoría se hable de métodos activos, cuando los docentes presentamos nuestra verdad como la verdad absoluta. No se crean espacios comunicativos para construir conocimientos y revelar valores. El trasmisionismo y el inculquismo siguen imperando con fuerza indetenible.
El sentido cultural y cósmico, propio del pensar complejo brilla por su ausencia.
El carácter disciplinar de la enseñanza convierte la educación en una ciencia que divide y desune con vacías abstracciones. La naturaleza, la sociedad y la cultura no llega al estudiante como una totalidad sistémica, en cuya relación la naturaleza y la sociedad se humanizan y el hombre y la sociedad se naturalizan. La enajenación progresiva lo invade todo. La conciencia ecológica y bioética no se integra al corpus de la cultura.
¿Qué hacer ante tal estado de cosas? Por supuesto que se requiere de cambios estructurales profundos, pero mientras no tengan lugar, no podemos cruzarnos de brazos.
Edgar Morin, presenta un proyecto interesante en su obra "Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, a partir de los vacíos que descubre en la educación, los cuales se concretan en:
La educación, pensada desde la complejidad, es imposible sin una reforma del pensamiento, que haga de ella un verdadero proceso de aprehensión del hombre como sujeto complejo que piensa, siente, conoce, valora, actúa y se comunica. Y para revelar la complejidad del hombre hay que asumirlo con sentido cultural, es decir, en su actividad real y en la praxis que lo integra a la cultura. La cultura como ser esencial del hombre y medida de ascensión humana no sólo concreta la actividad del hombre en sus momentos cualificadores (conocimiento, praxis, valores, comunicación), sino que da cuenta del proceso mismo en que tiene lugar el devenir del hombre como sistema complejo: la necesidad, los intereses, los objetivos y fines, los medios y condiciones, en tanto mediaciones del proceso y el resultado mismo. He ahí el por qué de la necesidad de pensar al hombre y a la subjetividad humana con sentido cultural, que es al mismo tiempo, pensarlo desde una perspectiva de complejidad. Por eso Marx, en sus tesis sobre Feuerbach, aconsejaba asumir la realidad subjetivamente, para transformarla en bien del hombre y la sociedad.
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