Sentido de la ética en un mundo complejo y deshumanizado.
¿Cómo encarar el desafío de vivir éticamente y educar en valores en un mundo cuyo modelo imperante produce injusticia y exclusión no solo como consecuencia del sistema sino como exigencia de su propia concepción del mundo? Además ¿ Por que hacerlo?. ¿Por qué reflexionar en este contexto acerca de Ética docente?. En principio porque si aspiramos a realizarnos plenamente como seres humanos nada de lo humano debiera sernos ajeno. Por eso y porque es inherente a nuestra condición de docentes e integrantes de un cuerpo docente fragmentado, y en cierta medida desmoralizado, procurar la generación de conocimiento en la búsqueda de visualizar otros horizontes . Imbuidos de un espíritu de investigación que tiene el respaldo de una praxis realizada desde un universo tan vital, heterogéneo e imprevisible como es el del aula necesitamos profesar la fe en un mundo mejor. Pequeño mundo pero gran observatorio el del aula que muestra y dice mucho de nuestra sociedad si estamos dispuestos a ver y escuchar. Pero antes de adentrarnos en el tema es pertinente efectuar algunas consideraciones en relación a los procesos que desembocaron en la apatía posmodernista de hoy. En este tiempo el afuera determina (y cada vez más) las condiciones en las que cada Centro intenta generar hechos educativos.
Hace unas décadas Erich Fromm decía que si el problema del siglo XIX era que Dios había muerto el drama del siglo XX es que ha muerto el hombre ya que se experimenta a sí mismo como un extraño. A este fenómeno lo denomina enajenación. Entonces, si la fe y la razón han muerto , ¿está todo permitido?. ¿con qué se ha sustituido ese vacío? A diferencia de los "cruzados"que en la Edad Media pretendían imponer el dogma de la fe católica, sus desencantados sucesores, los veneradores del culto consumista, ya no siguen al Mesías que predicaba a favor de la pobreza, entre otras razones porque eso no les produce resultados tangibles ni les genera intereses. Los une sin embargo la misma fuerza dogmática que sus antecesores y están dispuestos a todo. Incluso mientras que los musulmanes suicidas se inmolan por una presunta causa espiritual quienes lideran el libre mercado sacrifican su espíritu por el espejismo del libre consumo. Desde el extremismo que representó la doctrina de la vida en el paraíso como único fin de la existencia se ha pasado al otro extremo, -y los extremos constituyen un rasgo saliente de Occidente-, el del endiosamiento de la constante acumulación de riquezas como medio de alcanzar la felicidad. A diferencia del paraíso de más allá este de más acá está revestido de un grado de sutileza y sofistificación bastante mayor. Solo uno de cada tantos millones alcanza a millonario. Además son pocos los que pueden conservar el equilibrio frente a las presiones que la riqueza, la fama y el poder traen por añadidura. Ahora bien, en el dogma de la acumulación está apenas sugerida la idea de compartir. Por eso los muchos nos esforzamos para el descanso de unos pocos que a veces quisiéramos ser nosotros. Es cierto que muchos nos conformaríamos con bastante menos para llevar adelante proyectos más modestos. Bien lo saben quienes lideran las políticas económicas y emplean su inagotable ingenio en variar constantemente la presentación de los productos con el fin de incrementar nuestra dependencia del mercado. Y como para los estrategas del culto consumista los clientes son siempre pocos y los recursos del planeta son devorados aceleradamente, necesitan ir por más. Hasta que el último rincón de la Tierra no haya sido colonizado no se detendrán. Por lo menos por su cuenta. Un mundo así pone a prueba nuestros principios éticos.
Hoy la injusticia reina en el mundo. Mientras la producción mundial alcanza para satisfacer a todos aumenta escandalosamente la desigualdad, la pobreza y la indigencia. Las condiciones materiales de los países más ricos superan en una proporción de 30 a 1 a las de los más pobres. Tan solo 300 personas son dueñas del 40 % de la riqueza mundial. El 20% mas rico consume el 58 % de la energía, el 45 % de la carne y el pescado, posee el 67% de los vehículos y el 74 % de los teléfonos. El dinero utilizado en el consumo de cigarrillos o de bebidas alcohólicas de Europa solamente alcanza para cubrir varias veces las necesidades básicas en salud y nutrición de todo el planeta.¿ Y el gasto en armas?. A semejante violencia ejercida por una minoría acompaña la irónica actitud de imposición de la "cultura de consumo"a una humanidad que tiene a casi la mitad de su población por debajo de la línea de pobreza. Y no solo el hombre sino su hábitat ha sido agredido. Con el correr de los siglos los humanos hemos ido gestando la convicción de que podíamos liberarnos de los condicionamientos de la naturaleza. En una palabra dominarla. El tiempo no parece haber confirmado esa pretensión a juzgar por los innumerables desastres ecológicos provocados por la mano del hombre. Al considerarnos una entidad superior y separada de la naturaleza caímos en la necedad de hacer caso omiso de sus leyes y usamos indiscriminadamente sus recursos como si fuesen eternos. Hoy pagamos las consecuencias y hacen falta varias generaciones para que la conciencia ecológica prime sobre el mercado. Y los tiempos se acortan. Este panorama golpea con fuerza a nuestra conciencia ética pero es preferible el dolor al adormecimiento.
Empieza a gestarse después de la Segunda Guerra Mundial con la Sociedad postindustrial o capitalismo tardío. Al desencanto con las ideas de la Modernidad como consecuencia de las guerras se le suman las enormes riquezas que genera la mayor sofisticación de la producción. Un gran número de obreros se ven desplazados por la creciente automatización de las empresas. Comienza la cultura del "úsese y tírese". Se ofrece cantidad, variedad y buena presentación. Un referente central lo constituyen los shoppings. En relación a estos monumentos al consumo dice Alan Durning: "Los centros comerciales son las plazas de nuestra vida publica y las marcas y cadenas que allí conviven son iconos de nuestra cultura popular". Este fenómeno no escapa a los países subdesarrollados. Agrega Durning: "Los ciudadanos mas ricos de los países pobres emulan este consumismo como mejor pueden y para ellos constituyen palacios de compras amurallados en medio de la suciedad y escualidez de sus ciudades."Todo esto amplificado por el potente aparato que constituyen los medios de comunicación que exacerban la cultura de la imagen a través del slogan que sentencia :"una imagen vale mas que mil palabras". El propio hombre también se ve como un objeto más que siempre necesita parecer joven y atractivo/a. En los tiempos posmodernos todo es veloz, vertiginoso. Dice Milan Kundera que "la velocidad es la forma de éxtasis que la revolución técnica ha dado al hombre". No hay tiempo para concienciar el proceso natural de la vida. Se vive en la inconsciencia. Tal vez seria mejor decir que se sobrevive. En este contexto toda posible amenaza a la base del libre mercado es considerada peligrosa y sirve como justificación para el uso de la fuerza. La apropiación del uso del lenguaje también favorece la dominación. Algunos términos son ilustrativos al respecto: "daño colateral", "aliados", "nuevo orden", "eje del mal", "infieles ", "misiles inteligentes". Pasividad, aislamiento, compulsión a actuar, superficialidad e indiferencia parecen reinar. Pero aún nos queda reconquistar la esperanza a partir de la lucha por nuestra libertad.
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