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Persecución religiosa en México "La Epopeya Cristera" (página 3)




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e. Consecuencias

El 27 de junio de 1929, días después de los Arreglos logrados sobre todo por los masones Morrow y Portes Gil, la masonería dio un gran banquete al presidente Portes Gil, el cual a los postres habló «a sus reverendos hermanos: "Mientras el clero fue rebelde a las Instituciones y a las Leyes, el Gobierno de la República estuvo en el deber de combatirlo (...) Ahora, queridos hermanos, el clero ha reconocido plenamente al Estado. Y ha declarado sin tapujos: que se somete estrictamente a las Leyes. Y yo no podía negar a los católicos el derecho que tienen de someterse a las Leyes (...) La lucha sin embargo es eterna. La lucha se inició hace veinte siglos. Yo protesto ante la masonería que, mientras yo esté en el Gobierno, se cumplirá estrictamente con esa legislación. (...) En México, el Estado y la masonería, en los últimos años, han sido una misma cosa: dos entidades que marchan aparejadas, porque los hombres que en los últimos años han estado en el poder, han sabido siempre solidarizarse con los principios revolucionarios de la masonería".

El 30 de Junio de 1929 se abrieron nuevamente los templos. Cuando los cristeros que habían tomado las armas aceptaron deponerlas, por obediencia, ante la reanudación de las actividades de culto, se puso fin a la llamada guerra cristera; el Jefe supremo de la Guardia Nacional, Gral Jesús Degollado Guízar, ordenó el licenciamiento del ejército, unos cincuenta mil hombres. El ejército cristero no había sido derrotado sino, vendido en la mesa de las negociaciones. Cerca de catorce mil cristeros se presentaron a las autoridades militares por salvoconductos, entregando las armas; otros las ocultaron y no se presentaron y muchos más huyeron de sus regiones.

No obstante, apenas desarmados, muchos fueron asesinados por orden de las autoridades locales; la cifra es de 1.500 víctimas, de las cuales 500 jefes, desde el grado de teniente al de general. Así cayeron asesinados el P. Aristeo Pedroza, jefe de la Brigada de Los Altos, el 3 de julio; Pedro Quintanar, jefe de Zacatecas, Porfirio Mallorquín; Carlos Bouquet, jefe del Sur; los generales y coroneles Vicente Cueva, Lorenzo Arreola, José María Gutiérrez Beltrán, Gabino Álvarez Barajas, Francisco Sánchez Hernández, Feliciano Flores, Victoriano Damián, Rogaciano Aldama, Andrés Salazar, los tres hermanos de Pedro Sandoval, Félix Ramírez y Casimiro Sepúlveda; los presbíteros José Lezama y Epifanio Madrigal; el general Luis Alcorta y el ingeniero José González Pacheco, de la ACJM. Sin duda son aplicables las palabras de San Marcos 13,9. 13: "Pero vosotros mirad por vosotros; os entregarán a los tribunales, seréis azotados en las sinagogas y compareceréis ante gobernantes y reyes por mi causa, para que deis testimonio ante ellos. Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre, pero el que persevere hasta el fin, ése se salvara".

Los responsables de los "arreglos" recibían dignidades especiales: Mons. Leopoldo Ruiz y Flores fue nombrado Delegado Apostólico en México, y Mons. Pascual Díaz y Barreto, Arzobispo Primado de México.

Se procedió a disolver a la Liga, a las Brigadas Femeninas, a la Unión de Damas Católicas y a la AJCM. El P. Miranda -futuro cardenal de México-, fue el encargado de quemar el archivo de las BB, en tanto el archivo de la Liga fue destruido por otro secretario de Mons. Díaz y Barreto, Juan Lainé. A Mons. Dávila Garibi se le encomendó la quema del archivo del Arzobispo de Guadalajara, Mons. Orozco y Jiménez; siendo Arzobispo de Guadalajara en 1968, declaró: "Fueron peores los cristeros que los del gobierno. ¡Qué desorden! Al menos los de la Federación eran gentes de orden". Mons. Orozco, el único obispo que permaneció con sus fieles en el campo, fue invitado a abandonar el país; se les impidió regresar a Mons. González y Valencia y a Mons. José de Jesús Manriquez y Zárate –celebérrimo primer Obispo de Huejutla, preso un año en Pachuca y diecisiete en el destierro-.

El 26 de diciembre de 1931, por decreto gubernamental, se reducen a 25 el número de sacerdotes que podían oficiar en el Distrito Federal, y a uno sólo, el Arzobispo, en la Catedral.

El 29 de septiembre de 1932, SS Pío XI, envía una nueva Encíclica: "Acerba Animi"; es una prolongación de la Carta "Iniquis affictisque". Dirigida al episcopado mejicano, recoge el modus vivendi establecido en el año 1929 entre la Santa Sede y la República de Méjico y la inmediata trasgresión de este convenio por parte del Gobierno de la República. Desde el punto de vista histórico, presenta una identidad casi completa de la encíclica citada. Pero temáticamente ofrece el desarrollo de una distinción luminosa entre la aceptación positiva-siempre ilícita-de una ley persecutoria y la mera tolerancia material de las cláusulas de esta ley. Desde este punto de vista del contenido, ofrece también la encíclica una enseñanza de particular interés: las normas de conducta práctica -aplicación de los principios-, deben conformarse con la diversidad variable de las circunstancias concretas del medio con que se aplican. Es erróneo e injusto ver una contradicción entre normas distintas, cuya diversidad está dada por las diferencias locales del medio en que deben recibir aplicaciones empíricas los principios permanentes. "La hora actual del catolicismo en Méjico, recordaba SS Pío XI en la encíclica "Iniquis affictisque", es la hora obscura del poder de las tinieblas, provocada por el esfuerzo mancomunado del recrudecimiento de la barbarie y la persecución de la Iglesia, agentes simultáneos, cuya causa reside en las doctrinas subversivas del orden social y político, que se propagan, gracias a la connivencia responsable de los gobiernos, como virus mortal del estado". Esto provocó la expulsión del delegado apostólico.

f. La Segunda

Los asesinatos de cristeros, después de los "Arreglos", iban provocando nuevamente descontento en el pueblo y fue en 1934 cuando se produjo un nuevo levantamiento, conocido como "La Segunda" que fue en menos proporción y se dio en los estados de Colima, Zacatecas y Durango; la Iglesia tuvo que intervenir para evitar más derramamientos de sangre.

Dirigidos por sus coroneles supervivientes: Florencio Estrada, Trinidad Mora, Federico Vázquez, Lauro Rocha, Ramón Aguilar, Rubén Guisar, bajo el mando del general Aurelio Acevedo, a fines de 1935 "La Segunda" se había extendido a 15 estados y contaba con unos 7.500 hombres. Poco a poco fue perdiendo fuerza: en 1935, los indios mayos de Sonora, dirigidos por Luis Ibarra, deponen su actitud; en 1936, los cristeros de Veracruz y de Oaxaca se retiraron, y caen los principales jefes: Lauro Rocha, Ramón Aguilar, José Velazco, Florencio Estrada, Martín Díaz, Trinidad Mora y David Rodríguez; en 1938, los de la sierra del norte de Puebla, Nayarit, Morelos, Michoacán, Aguascalientes y Sierra Gorda; en 1940, los de los cañones de Zacatecas y Jalisco, como los de los Agustinos en Guanajato; en 1941 se rinde el último jefe cristero, Federico Vázquez, en Durango.

g. Situación posterior

En 1935, Mons. Díaz y Barreto se lamentaba por la muerte de la iglesia mexicana.

El 28 de marzo de 1937, SS Pío XI envió la Encíclica "Firmissimam Constantiam" al Episcopado mexicano sobre la situación religiosa. Destaca el heroísmo de los católicos y los estragos de la persecución; los méritos de los católicos en su resistencia al mal, la práctica de la vida cristiana y la franca profesión de fe; la responsabilidad del clero; la necesidad e importancia de la Acción Católica; la primacía de la formación espiritual; la sumisión a la Jerarquía. La actitud del gobierno se fue suavizando hasta 1938 aproximadamente; cambiaron los ideales revolucionarios por los comunistas y ateos.

En 1993 el gobierno de México concedió a la Iglesia un precario reconocimiento legal como asociación religiosa, y reestableció sus relaciones diplomáticas con la Santa Sede.

4. Beatificación y canonización de mártires de la Persecución Religiosa

a. Introducción

Señala el Catecismo de la Iglesia Católica que:" El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad".

Una vez suspendido el culto en México el 31 de julio de 1926, la inmensa mayoría del clero, unos 3.500 sacerdotes, obedeciendo a sus Obispos, se fue recogiendo en las grandes ciudades, controladas por el gobierno, con lo que los civiles y combatientes del campo quedaban sin pastores. Estos sacerdotes, aunque sujetos a estricta vigilancia y en ocasiones a vejaciones, no corrieron normalmente peligro de muerte. Por el contrario, los sacerdotes que permanecieron en el campo, lo hicieron con gravísimo riesgo, conscientes de que si eran apresados, serían ejecutados, muchas veces con sadismo, ya que el gobierno pensaba que fusilando sin compasión a todo sacerdote cogido en el campo, obligaba a los demás, aterrorizados, a refugiarse en la ciudad, y esperaba así que dejando a los campesinos sin sacerdotes, sofocaría rápidamente la rebelión. Se calcula que cien o doscientos permanecieron en el campo, escondidos con la protección de los fieles, que en muchos casos fueron también ejecutados por darles cobijo.

En relación a los sacerdotes diocesanos mártires, SS Juan Pablo II señaló el 22 de noviembre de 1992: (...) "su entrega al Señor y a la Iglesia era tan firme que, aun teniendo la posibilidad de ausentarse de sus comunidades durante el conflicto armado, decidieron, a ejemplo del Buen Pastor, permanecer entre los suyos para no privarlos de la Eucaristía, de la palabra de Dios y del cuidado pastoral. Lejos de todos ellos encender o avivar sentimientos que enfrentaran a hermanos contra hermanos. Al contrario, en la medida de sus posibilidades procuraron ser agentes de perdón y reconciliación".

b. Padre Miguel Agustín Pro

El padre jesuita Miguel Agustín Pro Juárez, fue beatificado por el SS Juan Pablo II, el 25 de septiembre de 1988. Él estaba en la ciudad de México, por orden de sus superiores, dedicándose ocultamente al apostolado.

Con ocasión de un atentado contra el presidente Obregón, sucedido el 13 de noviembre de 1927, fueron apresados y ejecutados los autores del golpe, y con ellos fueron también fusilados el Padre Pro y su hermano Humberto, que eran inocentes, el 23 de noviembre de 1927.

Camino al lugar de fusilamiento uno de los agentes le preguntó si le perdonaba. El Padre le respondió: "No solo te perdono, sino que te estoy sumamente agradecido". Le dijeron que expusiera su último deseo. El Padre Pro dijo: "Yo soy absolutamente ajeno a este asunto... Niego terminantemente haber tenido alguna participación en el complot". "Quiero que me dejen unos momentos para rezar y encomendarme al Señor". Se arrodilló y dijo, entre otras cosas: "Señor, Tú sabes que soy inocente. Perdono de corazón a mis enemigos". Antes de recibir la descarga, el P. Pro oró por sus verdugos: "Dios tenga compasión de ustedes"; y, también los bendijo: "Que Dios los bendiga". Extendió los brazos en cruz. Tenía el Rosario en una mano y el Crucifijo en la otra. Exclamó: "¡Viva Cristo Rey!". Esas fueron sus últimas palabras, mientras una descarga ensordecedora ahoga su voz Enseguida, un oficial con un máuser, le dio el tiro de gracia.

Años después los restos del Beato Miguel Pro fueron trasladados a la parroquia de la Sagrada Familia de la Colonia Roma. Todavía en el cráneo podían verse los orificios de los tiros de gracia dados en su ejecución. Y una parte pequeña de sus huesos se depositó debajo del altar mayor de la Basílica de Guadalupe.

    1. Oración

    Venerable Padre Pro, que supiste vivir tu vocación en las mas difíciles circunstancias, ayúdanos con tu intercesión a ser católicos valientes y no ceder ante la tentaciones de este mundo. Que nuestra vida, como la tuya, de mucho fruto para gloria de Dios y el bien de las almas. Amén.

    c. Beato Elías del Socorro Nieves

    El padre Elías del Socorro Nieves, de 44 años, se niega a abandonar a sus gentes, que en las laderas del Culiacán perderán su asistencia espiritual. El religioso se escondió en una cueva de la montaña. En los momentos en los que preveía la ausencia de los federales bajaba a su pueblo para celebrar la Eucaristía y administrar los sacramentos. Expresaba: "Todo sacerdote que predica la Palabra de Dios en tiempo de persecución, no tiene escapatoria, morirá como Jesucristo en la Cruz, con las manos atadas".

    Pero una mañana, después de haber sobrellevado esta terrible vida durante 14 meses, se cruzó con un destacamento de soldados, le detuvieron inmediatamente y le sometieron a un interrogatorio que fue muy breve, pues el padre Elías confesó inmediatamente su crimen: ser sacerdote. Le llevaron a La Cañada, donde la población recibió con terror la noticia. Uno de los campesinos parroquianos comenzó a tratar con el ejército su liberación. Estaban dispuestos a aceptar cualquier condición. Pero el padre Elías se negó rotundamente. Mientras estaba en prisión, aprovechó para hablar sobre las grandes preguntas de la existencia humana con dos oficiales. Uno de ellos había manifestado en público su deseo de comer "cueritos de cura".

    La mañana del 10 de marzo de 1928, militares y prisioneros se pusieron en camino en dirección del pequeño centro urbano de Cortázar, del que dependía La Cañada. En la primera etapa, el capitán, frente al pelotón, dio la orden de fusilar a los dos acompañantes del padre, quienes después de haberse confesado con él, murieron gritando "¡Viva Cristo Rey!". En la etapa sucesiva, a los pies de un frondoso árbol, cuando ya quedaba poco para llegar a Cortázar, el capitán se dirigió hacia el padre Elías diciéndole: "Ahora le toca a usted. Vamos a ver si morir es como decir Misa". El religioso respondió: "Has dicho la verdad, pues morir por la religión es un sacrificio grato a Dios". Pidió un momento de recogimiento y después entregó su reloj al capitán, dio la bendición a los soldados que se arrodillaron para recibirla, y comenzó a rezar el acto de fe mientras al fondo se escuchaba el ruido de las armas que se preparaban para disparar. Sus últimas palabras también fueron: "¡Viva Cristo Rey!".

    Fue beatificado por el Papa Juan Pablo II el 12 de octubre de 1997.

    d. Padre Cristóbal Magallanes y compañeros mártires

    "La solemnidad de hoy [Cristo Rey], destacaba SS Juan Pablo II en la ceremonia de beatificación de veintidós sacerdotes diocesanos y laicos, el 22 de noviembre de 1992, instituida por el Papa Pío XI precisamente cuando más arreciaba la persecución religiosa de México, penetró muy hondo en aquellas comunidades eclesiales y dio una fuerza particular a estos mártires, de manera que al morir muchos gritaban: ¡Viva Cristo Rey!" (...) "Mediante la sangre de su cruz", también ellos dieron testimonio de que Cristo es rey y proclamaron su reino en toda su patria, que en ese tiempo se hallaba sometida a prueba por una persecución sangrienta. Durante las duras pruebas que Dios permitió que experimentara su Iglesia en México, hace ya algunas décadas, estos mártires supieron permanecer fieles al Señor, a sus comunidades eclesiales y a la larga tradición católica del pueblo mexicano. Con fe inquebrantable reconocieron como único soberano a Jesucristo, porque con viva esperanza aguardaban un tiempo en el que volviera a la nación mexicana la unidad de sus hijos y de sus familias. Características de los beatificados: Antes de la persecución una expresión de ejemplar vida sacerdotal y eclesial; amor a la Eucaristía; y devoción a la Virgen de Guadalupe".

    El pasado 21 de Mayo de 2000, fueron canonizados estos mártires. Escenas de gran caridad, paciencia y hasta humor marcaron el heroísmo sencillo y generoso con el que los mártires mexicanos canonizados por SS Juan Pablo II entregaron su vida durante la brutal "persecución religiosa".

    El recuento de los hechos deja aún hoy una poderosa lección de fe, sencillez y valentía cristiana: en 1915: P. David Galván Bermúdez, en la persecución de Carranza (30-1); en 1926: P. Luis Batis Sainz, y con él tres feligreses de la Acción Católica, Manuel Morales, casado, Salvador Lara Puente, y su primo David Roldán Lara (15-8), también beatificados; en 1927: P. Mateo Correa Magallanes (6-2); P. Jenaro Sánchez (18-2); P. Julio Álvarez Mendoza (30-3); P. David Uribe Velasco (12-4); P. Sabas Reyes Salazar (13-4); P. Cristóbal Magallanes, con su coadjutor el P. Agustín Sánchez Caloca (25-5); P. José Isabel Flores (21-6); P. José María Robles (26-6); P. Miguel de la Mora (7-8); P. Margarito Flores García (12-11); P. Pedro Esqueda Ramírez (22-11); en 1928: P. Jesús Méndez Montoya (5-2); P. Toribio Romo González (25-2); P. Justino Orona Madrigal (1-7); P. Atilano Cruz Alvarado (1-7); P. Tranquilino Ubiarco (5-10); en 1937: P. Pedro de Jesús Maldonado (11-2), en una persecución desatada en Chihuahua, en tiempo del presidente Lázaro Cárdenas, otro general (1934-40).

  1. Oración

Dios nuestro, que has querido que los Beatos Cristóbal Magallanes y compañeros mártires derramaran su sangre en México, para dar un testimonio valiente de su fe en la realeza de tu Hijo y de su amor a Santa María de Guadalupe; concédenos, por su intercesión, ser siempre fieles al Evangelio para que demos testimonio con nuestra vida de la fe por la que murieron. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

d. Lic. Anacleto González Flores

Organizó la Unión Popular en Jalisco, impulsó la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, y se distinguió como profesor, orador y escritor católico. El Maestro Cleto, como solían decirle con respeto y afecto, era un católico muy piadoso; al final del Santo Rosario, los cristeros de Jalisco añadían esta oración compuesta por él: "¡Jesús misericordioso! Mis pecados son más que las gotas de sangre que derramaste por mí. No merezco pertenecer al ejército que defiende los derechos de tu Iglesia y que lucha por ti. Quisiera nunca haber pecado para que mi vida fuera una ofrenda agradable a tus ojos. Lávame de mis iniquidades y límpiame de mis pecados. Por tu santa Cruz, por mi Madre Santísima de Guadalupe, perdóname, no he sabido hacer penitencia de mis pecados; por eso quiero recibir la muerte como un castigo merecido por ellos. No quiero pelear, ni vivir ni morir, sino por ti y por tu Iglesia. ¡Madre Santa de Guadalupe!, acompaña en su agonía a este pobre pecador. Concédeme que mi último grito en la tierra y mi primer cántico en el cielo sea ¡Viva Cristo Rey!".

El 1 de abril de 1927 fue apresado con tres muchachos colaboradores suyos, los hermanos Vargas, Ramón, Jorge y Florentino. "Si me buscan, dijo, aquí estoy; pero dejen en paz a los demás". Fue inútil su petición, y los cuatro, con Luis Padilla Gómez, presidente local de la A.C.J.M., fueron internados en un cuartel de Guadalajara. Fue interrogado, pidiéndole nombres y datos de la Liga y de los cristeros, así como el lugar donde se escondía el valiente arzobispo de Guadalajara, Mons. Francisco Orozco y Jiménez. Como nada obtenían de él, lo desnudaron, lo suspendieron de los dedos pulgares, lo flagelaron y le sangraron los pies y el cuerpo con hojas de afeitar. Él les dijo: "Una sola cosa diré y es que he trabajado con todo desinterés por defender la causa de Jesucristo y de su Iglesia. Ustedes me matarán, pero sepan que conmigo no morirá la causa. Muchos están detrás de mí dispuestos a defenderla hasta el martirio. Me voy, pero con la seguridad de que veré pronto, desde el Cielo, el triunfo de la Religión y de mi Patria". Atormentaron entonces frente a él a los hermanos Vargas, y él protestó: "¡No se ensañen con niños; si quieren sangre de hombre aquí estoy yo!". Y a Luis Padilla, que pedía confesión: "No, hermano, ya no es tiempo de confesarse, sino de pedir perdón y perdonar. Es un Padre, no un Juez, el que nos espera. Tu misma sangre te purificará". Le atravesaron entonces el costado de un bayonetazo, y como sangraba mucho, el general que mandaba dispuso la ejecución, pero los soldados elegidos se negaban a disparar, y hubo que formar otro pelotón. Antes de recibir catorce balas, aún alcanzó Anacleto a decir: "¡Yo muero, pero Dios no muere! ¡Viva Cristo Rey!". Y en seguida fusilaron a Padilla y los hermanos Vargas. "Gladium", hojita que servía de órgano oficial de la Unión Popular en la región de los Altos, decía en su número del 16 de abril de 1927: "La Unión Popular" ofrece al Todopoderoso la bendita sangre de su Presidente, Secretario y demás compañeros mártires, ofreciéndola como sacrificio para la santa libertad de la Iglesia".

El 19 de septiembre de 1997, el Cardenal Juan Sandoval Iñiguez, Arzobispo de Guadalajara, dio por concluido el proceso diocesano que permitirá la beatificación de ocho jalicienses (naturales de Jalisco) mártires de la guerra cristera. Durante la breve ceremonia realizada en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, que puso fin a 150 sesiones de trabajo efectuadas en los últimos tres años, el Cardenal Sandoval explicó que las ocho causas pasarán a la Congregación para la Causa de los Santos en el Vaticano, donde continuará la última etapa antes de ser elevados a los altares. La causa de los ocho mártires fue introducida por Mons. Adolfo Hernández Hurtado, encargado de beatificaciones de la Conferencia Episcopal Mexicana.

El domingo 20 de noviembre de 2005 fue beatificado bajo el grito "Viva Cristo Rey", junto a doce mártires de la persecución religiosa: Luis Padilla Gómez, Jorge Vargas González, Ramón Vargas González, Ezequiel Huerta Gutiérrez, Salvador Huerta Gutiérrez, Luis Magaña Servín, Miguel Gómez Loza, Leonardo Pérez Larios y José Sánchez del Río y los sacerdotes José Trinidad Rangel, Ángel Darío Acosta y Andrés Solá, este último español.

En nombre del Papa, presidió la celebración el cardenal portugués José Saraiva Martins, prefecto de la Congregación vaticana para las Causas de los Santos, en el Estadio Jalisco de Guadalajara. Horas antes de la beatificación, al rezar el Ángelus, Benedicto XVI dirigió un saludo en castellano a «mis hermanos obispos de México, a los sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles que, en la arquidiócesis de Guadalajara, participan en la beatificación de los mártires». «En esta solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, al que invocaron en el momento supremo de entregar su vida, ellos son para nosotros un ejemplo permanente y un estímulo para dar un testimonio coherente de la propia fe en la sociedad actual», aseguró el pontífice.

En la ceremonia, concelebrada por el Arzobispo de Guadalajara, Cardenal Juan Sandoval Iñiguez, y decenas de obispos y sacerdotes procedentes de todo México, el Cardenal Saraiva Martins leyó la carta apostólica firmada por el Papa Benedicto XVI en la que declara beatos a los trece mártires. En su homilía, el Cardenal Prefecto dijo:

1. Saludo, especialmente, a los eminentísimos señores cardenales, a los excelentísimos señores obispos, a las respetables autoridades, a los sacerdotes y fieles que son de las diócesis en donde estos mártires nacieron o derramaron su sangre. Además, dirijo mi saludo también a los familiares de estos nuevos beatos, y me uno a su acción de gracias.

«El Señor es mi pastor, nada me faltará» (Sal 22, 1). La Iglesia en este día proclama a Jesucristo como Rey del Universo. La imagen de rey-pastor que recoge el profeta Ezequiel, se identifica plenamente con Jesucristo, el buen Pastor que da la vida por sus ovejas (Jn 10, 11), quien consumada su misión, entregará el Reino a su Padre para que Dios sea todo en todas las cosas (Cf. 1 Cor 15, 24-28). Él es el Pastor y Rey de la humanidad que conduce a su rebaño hacia fuentes tranquilas, mostrando especial solicitud por aquellas ovejas heridas y extraviadas.

Además, Cristo es Rey, pues Él es el «primogénito de toda la creación, porque en Él fueron creadas todas las cosas... Él es el principio... pues Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la plenitud y reconciliar por Él y para Él todas las cosas» (Col 1, 15.17-20), tal como lo afirma el apóstol San Pablo.

2. Esta Solemnidad de Cristo Rey tiene un significado muy especial para el pueblo mexicano. El Papa Pío XI, al finalizar el Año santo de 1925, proclamó esta fiesta para la Iglesia Universal. Pocos meses después, iniciaría en estas tierras la persecución contra la fe católica, y bajo el grito de ¡Viva Cristo Rey! morirían muchos hijos de la Iglesia, reconocidos como mártires, de los cuales 13 hoy han sido beatificados.

Los mártires son los testigos privilegiados de la realeza de Cristo. En ellos había una conciencia clara de que el reinado de amor de Cristo debía ser instaurado, aun a costa de su propia vida. Igualmente, la fe de los mártires es una fe probada, como atestigua la sangre que por ella han derramado (San Agustín, Sermón 329). Ellos, junto con todos los santos, son los benditos que han (le tomar posesión del Reino preparado para ellos, desde la creación del mundo (Cf. Mt 25, 34), como escuchamos en el Evangelio apenas proclamado.

3. Además, esta fiesta adquiere en este día un significado particular. Hoy la Iglesia de México contempla, con singular alegría, la fe y la fortaleza de estos 13 varones, quienes en el reconocimiento del reinado de Cristo ofrecieron sus vidas de una manera heroica entre los años de 1927 y 1928. En situaciones adversas y en diferentes Iglesias particulares, estos hijos fieles de la Iglesia dieron un testimonio loable de los compromisos adquiridos el día de su bautismo, logrando ser capaces de derramar su sangre por amor a Cristo y a su Iglesia, que era injustamente perseguida.

De entre estos 13 nuevos beatos, es significativo que diez fueron laicos, originarios de los estados de Jalisco, Michoacán y Guanajuato. La mayor parte de estos laicos eran casados y formaron familias cristianas; los demás, si bien no fueron casados, eran miembros de familias cristianas piadosas y de recias costumbres.

Asimismo, este nuevo grupo de mártires cuenta con tres sacerdotes, que murieron por desempeñar heroicamente su ministerio sacerdotal y misional, como fue el caso del misionero claretiano español, Andrés Solá Molist, C.M.F., quien murió, después de una larga y penosa agonía, junto con el Padre José Trinidad Rangel y el laico Leonardo Pérez Larios, en las tierras del estado de Guanajuato. De igual manera y en circunstancias similares, el sacerdote veracruzano, Ángel Daría Acosta, quien no escatimó sus mejores esfuerzos para ejercer su ministerio sacerdotal en un clima adverso y de persecución, y recibió el martirio. A ejemplo de Jesucristo, el Buen Pastor, estos sacerdotes, junto con los 22 sacerdotes mexicanos diocesanos canonizados en Roma durante el Gran Jubileo de la Encarnación del Año 2000, por el Papa Juan Pablo II, son un modelo y ejemplo de caridad y celo pastoral heroicos, principalmente para todos los sacerdotes mexicanos.

4. La lista de estos beatos está encabezada por Anacleto González Flores, quien derramó su sangre junto con los hermanos Jorge y Ramón Vargas González, al igual con Luis Padilla Gómez, en esta ciudad. Bajo el grito «Yo muero, pero Dios no muere». ¡Viva Cristo Rey!». Anacleto González Flores entregaba su vida al Creador después de una vida de intensa piedad y de un fecundo y audaz apostolado. Durante su vida, después de recibir una sólida formación humana y cristiana, se dedicó a luchar por los derechos de los más desprotegidos. Conocedor fiel de la Doctrina Social de la Iglesia buscó, a la luz del Evangelio, defender los derechos elementales de los cristianos, en una época de persecución.

Dentro de los derechos que más defendió Anacleto González y sus compañeros mártires, se encontraba el de la libertad religiosa; derecho que se desprende de la misma dignidad humana. Como señala el Concilio Vaticano IJ, «esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos» («Dignitatis Humanae», 2).

Movidos por un profundo amor a Jesucristo y al prójimo, estos nuevos beatos defendieron pacíficamente este derecho, aun con su propia sangre. Ellos, lejos de avivar los enfrentamientos sangrientos, buscaron la vía pacífica y conciliadora que les reconociera este y otros derechos fundamentales, que habían sido negados a los católicos mexicanos. Por el contrario, Anacleto González y compañeros mártires, buscaron ser, en la medida de sus posibilidades, agentes de perdón y factores de unidad en una época en que el pueblo se encontraba dividido.

5. Convencidos de que «la vida es Cristo, y la muerte una ganancia» (Flp 1, 21) nuestros mártires alimentaron ese deseo por la frecuente participación y adoración de la Sagrada Eucaristía. Efectivamente, la profunda devoción eucarística es uno de los rasgos comunes de estos 13 mártires. Todos ellos, sacerdotes y laicos, mostraron un singular amor a Jesucristo en la Eucaristía. Es de especial mención que tres de ¡os nuevos beatos, los hermanos Ezequiel y Salvador Huerta Gutiérrez, al igual que Luis Magaña Servín, fueron miembros de la Asociación Nocturna del Santísimo Sacramento; Asociación de larga tradición en el pueblo mexicano. De la oración frecuente y ferviente delante del Santísimo Sacramento, estos hermanos nuestros obtuvieron la fortaleza sobrenatural de soportar cristianamente el martirio, llegando, incluso, a perdonar a sus mismos verdugos.

La intensa vida eucarística de estos beatos debe ser para nosotros un ejemplo y aliento para acrecentar, cada vez más nuestra propia vida eucarística. A pocos días de haber concluido el Año de la Eucaristía, y a un año de la gozosa celebración del XLVIII Congreso Eucarístico Internacional, llevado a cabo en esta querida ciudad de Guadalajara, pedimos la intercesión de estos fieles hijos de la Iglesia para que nos ayuden a acrecentar el respeto, la activa participación y la digna recepción de Jesucristo presente en la Eucaristía. A ellos les pedimos, además, la gracia de ser humildes adoradores del Santísimo Sacramento, tal ellos lo fueron. Que el ejemplo de su vida de entrega hasta el martirio, sea para nosotros un modelo privilegiado de auténtica espiritualidad y de profunda vida eucarística.

6. Por su valentía y corta edad, merece una especial mención el adolescente José Sánchez del Río, originario de Sahuayo, Michoacán, quien a la edad de 14 años, supo dar un testimonio valeroso de Jesucristo. Fue un ejemplar hijo de familia, que se distinguió por su obediencia, piedad y espíritu de servicio. Desde los comienzos de la persecución en él se despertó el deseo de ser mártir de Cristo. Era tal su convicción de querer derramar su sangre por Cristo, que admiraba a quienes lo conocían. Pudo recibir la palma del martirio, después de ser torturado y de dirigir a sus padres estas últimas palabras: «nos veremos en el cielo. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!».

El joven beato José Sánchez del Río nos debe animar a todos, principalmente a ustedes jóvenes, para ser capaces de dar testimonio de Cristo en nuestra vida diaria. Queridos jóvenes, probablemente Cristo no les pida el derramamiento de su sangre, pero sí les pide, desde ahora, dar testimonio de la verdad en sus vidas (Cf. Jn 18, 37); en medio de un ambiente de indiferencia a los valores trascendentales y de un materialismo y hedonismo que busca sofocar las conciencias. Cristo espera, además, su apertura para poder recibir y acoger un proyecto vocacional por Él preparado. Sólo Él tiene, para cada uno de ustedes, las respuestas a los interrogantes de sus vidas; y los invita a seguirlo en la vida matrimonial, sacerdotal o religiosa.

7. «Vengan benditos de mi Padre, tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo» (Mt 25, 34).

Nuestros mártires deben ser también para nosotros un modelo de amor incondicional a Dios y al prójimo. El ejemplo de su vida e intercesión deben ayudarnos a vivir generosamente nuestra vida, de cara a los demás, recordándonos siempre de las palabras de Jesús: «Cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron» (Mt 25, 50).

La caridad que estamos llamados a vivir, el mandamiento nuevo (Jn 13, 34), supera todo límite impuesto por una lógica humana y egoísta. Se trata de una caridad que se traduce en unidad, respeto, servicio, ayuda eficaz y efectiva al necesitado; de una caridad vivida, muchas veces, de manera heroica, dentro de la misma familia y fuera de ella; de una caridad que, a ejemplo de Cristo y de sus mártires, está siempre dispuesta a perdonar.

Asimismo, nuestros nuevos beatos también merecen el reconocimiento de haber sido hijos fidelísimos de la Iglesia Católica y de la persona del Romano Pontífice. Les pedimos, también para nosotros, una fidelidad heroica a la Iglesia y a la persona y enseñanzas del Romano Pontífice, pues ellos son para nosotros Una legítima expresión de la frase que tanto gustaba repetir al Papa Juan Pablo II: «¡México, siempre fiel!».

«Todos los tiempos son de martirio» --advierte San Agustín de Hipona (Sermón 6)-- pues, «todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, padecerán persecución» (2 Tim 3, 12). Queridos hermanos: vivir plenamente nuestra entrega fiel y de todos los días a Cristo, y por amor Él a todos los hombres, implica muchos sacrificios y renuncias. No obstante, Cristo estará siempre dispuesto a darnos la fortaleza necesaria para poder servirlo y amarlo en nuestros hermanos, principalmente en los más desvalidos y necesitados de nuestro amor, comprensión y perdón.

8. Finalmente, estos 13 hijos fieles de la Iglesia, tenían otro rasgo en común. Además de su intensa vida eucarística, se distinguieron por su filial devoción a la Madre de Dios, en su advocación de Santa María de Guadalupe. La mayoría de ellos, como los otros santos mártires mexicanos ya canonizados, murieron con su nombre en los labios. A ella le pedimos su maternal protección, muy especialmente por todo el pueblo mexicano, al igual que por todo el continente, para que el entusiasmo se conserve y acreciente.

Junto a ella, la Madre de la Nueva Evangelización, damos gracias al Padre por estos nuevos beatos. De la misma manera, demos gracias por la Iglesia de México, que no deja de dar frutos de santidad. Que Cristo Rey, el buen Pastor, reine en cada uno y en todos nuestros corazones. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe! Amén.

e. San Rafael Guízar Valencia, obispo misionero

Primer obispo santo nacido en América Latina, canonizado el 15 de octubre por Benedicto XVI.

Artículo publicado en el diario «L’Osservatore Romano» por el padre Pedro Barrajón, L.C., profesor de Teología en el Ateneo Pontificio «Regina Apostolorum».

La Iglesia de México se prepara para la canonización del primer santo obispo mexicano; y no sólo de México sino de América Latina e incluso de toda América: Rafael Guízar Valencia (1878-1938). El Papa Benedicto XVI lo proclamará santo el próximo 15 de octubre junto con Felipe Smaldone, fundador del Instituto de las Hermanas Salesianas de los Sagrados Corazones, Rosa Venerini, fundadora de la Congregación de las Maestras Pías Venerini y Théodore Guérin, fundadora de la Congregación de las Hermanas de la Providencia de Santa María «ad Nemus». San Rafael también realizó el intento de fundar una Congregación religiosa, los Misioneros de Nuestra Señora de la Esperanza, pero las vicisitudes históricas de su patria no se lo permitieron.

Nació en Cotija de la Paz, en el estado de Michoacán, tierra fecunda en vocaciones sacerdotales, de una numerosa familia católica en el año 1978, el mismo año en que sube a la cátedra pontificia el Papa León XIII. A los nueve años queda huérfano de madre, Doña Natividad, que se distinguió por su piedad y su amor por los más pobres. A los doce años comienza los estudios en el colegio San Estanislao, dirigido por los Padres de la Compañía de Jesús y un año después en el seminario auxiliar de Cotija. Pero después de un período de tiempo, decide dejar el seminario para ayudar a su padre en los trabajos de la hacienda agrícola familiar. Una gracia especial e inesperada en el santuario mariano de la Virgen de San Juan del Barrio, cuando tenía 18 años de edad, lo lleva a ingresar en el seminario de Zamora. El 9 de junio de 1900 recibe el diaconado y un año después el 1 de junio de 1901, la ordenación sacerdotal en la catedral de esta misma ciudad.

Inicia su ministerio sacerdotal acompañando al obispo auxiliar de Zamora, Mons. José María Fernández en misiones populares por las diversas poblaciones de la extensa diócesis y se distingue por su celo ardiente por la salvación de las almas, su predicación fogosa y llena de devoción por el Sagrado Corazón de Jesús y a la Virgen Santísima así como por un amor de predilección por los pobres y pecadores. Al mismo tiempo es director espiritual y profesor del seminario de Zamora. En 1903 gestiona todos los trámites para la erección del primer colegio teresiano en la república mexicana en Zamora. Con su hermano Antonio, también sacerdote, funda la Congregación de Nuestra Señora de la Esperanza dedicada a la formación de misioneros. En 1905 bajo su patrocinio se abre un colegio en Jacona y algunos años después, en 1908, otro en Tulancingo.

Después de seis años de intensa y exitosa actividad pastoral, en 1907, le llega de modo inesperado la suspensión a divinis por parte de su obispo, motivada por acusaciones calumniosas. El joven padre Rafael Guízar da en este período testimonio de una fe fuerte y madura, de una obediencia ejemplar y de un amor incondicional a la Iglesia y a su obispo. Una vez levantada esta pena, en 1909, se sigue dedicando a misionar, esta vez en Tabasco y a la búsqueda de fondos para el periódico católico La Nación.

Mientras tanto llegan a México vientos de revolución y el padre Guízar debe salir de Zamora, acosada por los diversos ejércitos revolucionarios. Entonces comienza a ejercitar su ministerio sacerdotal en forma clandestina. En este período se distingue por su arrojo para arrostrar los más graves peligros con tal de atender espiritualmente a los moribundos y a los enfermos. De modo especial muestra su valor y su caridad pastoral en la asistencia a los moribundos en la decena trágica de 1913.

Condenado a muerte en varias ocasiones, logra escapar providencialmente con la ayuda de su vivo ingenio. Pero su permanencia en el país no puede prolongarse y tiene que salir rumbo al exilio, primero en 1915, al estado norteamericano de Texas y de aquí a Guatemala, en 1916 y finalmente a la isla de Cuba que será testigo de su fecundo apostolado misionero por un período de tres años (1917-1920). Mientras misiona en esta isla del Caribe en julio de 1919 el delegado apostólico para Cuba y el Caribe, Mons. Tito Trochi, le comunica el deseo del Papa Benedicto XV de nombrarlo obispo de Veracruz. En noviembre del mismo año recibe la consagración episcopal en la iglesia de San Felipe Neri de La Habana de manos del delegado apostólico. El primero de enero del año siguiente sale de Cuba en el buque La Esperanza con dirección al puerto de Veracruz. La diócesis que le espera es inmensa con cerca de setenta y dos mil kilómetros cuadrados de extensión y ochocientos kilómetros de costa; su población llegaba en la época a más de un millón doscientas mil personas de las cuales un ochenta por ciento eran analfabetos. La población indígena era muy elevada y vivía en extremas condiciones de pobreza. Muchos no hablaban el castellano; se comunicaban en sus idiomas nativos: el náhuatl, el totonaco, el huasteco, el popoluca, el otomí. Faltaban vías de comunicación. A muchos lugares sólo se accedía a caballo. Numerosos municipios carecían de luz eléctrica, de agua potable y de los servicios más elementales.

Encuentra una diócesis arrasada por las leyes persecutorias: el edificio del seminario ha sido confiscado; los seminaristas no pueden cursar sus estudios en la diócesis; deben ir a los seminarios de las diócesis vecinas. Sólo hay unos 60 sacerdotes. La Iglesia carece prácticamente de bienes materiales por las confiscaciones realizadas por las autoridades.

Al llegar a Veracruz el 4 de enero de 1920 le dan la noticia de que un terremoto de gran magnitud ha asolado buena parte de los poblados ubicados en la Sierra Madre Oriental. Mons. Guízar invita a los fieles a colaborar para ayudar a los damnificados. Él mismo ofrece para este fin su anillo episcopal y todo el dinero que la diócesis había reservado para festejarlo como nuevo obispo. Sin perder tiempo se dirige a las poblaciones más afectadas por el terremoto para ofrecerles su consuelo espiritual y la ayuda material que ha recogido para ellos en los primeros días. Aprovechará esta visita para realizar lo que lo caracterizará su ministerio episcopal: misionar.

En sus misiones populares, Mons. Guízar promovía los principales medios para favorecer la vida cristiana: la oración, la recepción de los sacramentos, la escucha de la Palabra de Dios, la formación doctrinal a través de la catequesis. Sus misiones dejaban renovada la fe de los pueblos y tocaba profundamente los corazones. Al final de la misma, se levantaba una gran cruz que conmemoraba la misión.

De los 18 años que fue obispo de Veracruz sólo ocho pudo permanecer dentro del territorio de la misma a causa del exilio que le impusieron en diversas ocasiones las autoridades del estado. En esto ochos años realizó tres veces la visita pastoral a un territorio extensísimo, a pesar de las dificultades naturales de comunicación, la escasez de caminos, las grandes distancias, las enfermedades que lo acosaban y las inclemencias del tiempo.

Mons. Guízar tuvo que sufrir en primera persona y en toda su diócesis las duras leyes antirreligiosas del presidente Plutarco Elías Calles y del gobernador del estado de Veracruz Adalberto Tejeda. Estas leyes negaban los más elementales derechos de libertad religiosa, consideraban a los ministros del culto como meros profesionistas, pero sin derechos civiles para poder votar en las elecciones. Los estados federales podían limitar a voluntad el número de sacerdotes y se impusieron severas penas a quienes no se ajustaran a estas disposiciones. Se expulsaron del país a numerosos sacerdotes extranjeros y se impidió ejercer la enseñanza de la religión a los sacerdotes en las escuelas, públicas o privadas, entre las que se catalogaban los mismos seminarios. La llamada Ley Calles de 1926 impedía ejercer el ministerio a sacerdotes no mexicanos. Ningún sacerdote estaba capacitado por ley para dirigir colegios públicos ni ser maestros de ninguna otra materia. Se suprimieron las órdenes religiosas. Los monasterios y conventos pasaron a ser de propiedad estatal así como los templos, las residencias episcopales, las casas parroquiales, los seminarios, los asilos y colegios pertenecientes a la Iglesia o a las órdenes religiosas. Los actos de culto debían ser realizados exclusivamente dentro de las iglesias. Se prohibía usar ningún tipo de distintivo clerical y se negaba asimismo la libertad de prensa en materia religiosa. Algunos obispos y el delegado apostólico fueron expulsados del país. Ante esta situación, Mons. Guízar tuvo que abandonar su diócesis para establecerse, después de diversas vicisitudes, en la Ciudad de México a donde trasladó su seminario y desde donde, a través de numerosa correspondencia, se mantuvo en continua comunicación con sus sacerdotes y fieles.

En este contexto político, Mons. Guízar fue amenazado por las autoridades políticas que le impusieron el destierro. El 23 de mayo de 1927 tuvo que salir de su patria rumbo a Laredo, Texas. En tierras de Norteamérica pasará unos seis meses misionando en Austin y San Antonio con comunidades de hispanos. De Texas pasará de nuevo a Cuba a finales de 1927, invitado por el obispo de Camagüey, Mons. Enrique Pérez Serantes. De aquí se dirigirá a Bogotá, Colombia, en donde la enfermedad y el agotamiento le imponen pasar un tiempo en el hospital. Una vez recuperado, inicia también misiones en varias ciudades del país. La gente le llama el «mueve corazones» por su capacidad de inflamar en el amor de Dios a las almas.

En 1929, habiendo dejado Calles la presidencia a Portes Gil, Mons. Guízar volvió a México, pasando por Guatemala. Pocos días después de su llegada se firmaron los acuerdos entre la Iglesia y el Estado que pondrán fin a la llamada guerra cristera. Lo primero que hizo al llegar de nuevo a su diócesis después del exilio fue tomar el pulso a la vida religiosa realizando una segunda visita pastoral.

Pero la situación de aparente calma para la iglesia veracruzana no duró mucho tiempo pues en junio de 1931 el gobernador del estado, Adalberto Tejeda promulgó leyes estatales que limitaron arbitrariamente el número de sacerdotes a uno por cada cien mil habitantes. El 25 de julio de 1931, agotadas todas las posibilidades jurídicas y de acuerdo con el Delegado Apostólico, Mons. Guízar decretó, como protesta por las injustas leyes, el cese del culto público. Pocos días antes de esa fecha había caído, víctima de la persecución religiosa, el joven sacerdote Darío Acosta quien, a sus veintitrés años, recién cumplidos, uno de los sacerdotes mártires más jóvenes de este sangriento período.

Vino entonces un período difícil para la diócesis de Veracruz. Su pastor debía vivir en el exilio, entre Puebla y México D. F.; los fieles no podían contar con la asistencia de sacerdotes, el gobierno había iniciado un programa de «desfanatización» que enseñaba a los niños los principios contrarios a la fe católica. El gobernador Tejeda emitió una orden de fusilamiento para el obispo Guízar quien, desde la ciudad de México, con gran valentía, al tener noticia de esta disposición, viajó hasta Xalapa y se presentó en el palacio del gobernador para que él mismo ejecutara tal orden. El gobernador Tejeda, al ver el arrojo del obispo, lo dejó en libertad.

Aunque Tejeda abandonó el poder en Veracruz en 1932, la situación nacional continuó inestable durante todos estos años. Su actividad como obispo siguió siendo muy precaria, limitada por las leyes anticlericales, aunque él nunca perdió del todo el contacto con sus fieles ni con sus sacerdotes.

En 1937 la muerte de una joven obrera, Leonor Sánchez, en la ciudad de Orizaba es la detonación para que los cristianos salgan a las calles a exigir sus derechos de culto. Una serie de manifestaciones en esa misma ciudad primero y luego en todas las principales ciudades del estado, conducen a las autoridades a abrir las iglesias que durante varios años han permanecido cerradas. Sin embargo el gobierno estatal no aceptó registrar a Mons. Guízar ni siquiera como sacerdote de la catedral de Xalapa. Sólo le permitían vivir en el obispado sin poder ejercer el ministerio. Por ello decide trasladarse provisoriamente a una ciudad cercana, Coatepec y desde aquí visita las diversas parroquias del inmenso obispado. A fines de 1937, con mermadas fuerzas físicas, inicia una misión en la región de Córdoba. El 26 de diciembre sufre un fuerte ataque de flebitis mientras predica en esta ciudad. Para evitar molestias a sus feligreses va a recuperarse a la ciudad de México, donde está ubicado su seminario clandestino. En los primeros meses del año 1938 sus fuerzas se van debilitando a causa de complicaciones cada vez más serias de la diabetes.

Aunque muy débil, todavía el 19 de mayo de 1938 pudo asistir a la misa de la peregrinación de fieles de su diócesis a la Basílica de Guadalupe, celebrada por el obispo de Cuernavaca, Mons. Francisco González Arias. El 6 de junio, lunes de Pentecostés, fallece en una pobre casita de la ciudad de México, después de haber recibido la Santa Comunión de manos de su hermano Antonio, obispo de Chihuahua.

Al conocerse su muerte numerosos obispos, sacerdotes, seminaristas, religiosas y fieles acuden a rezar por su alma y a rendirle el último tributo. El cuerpo fue trasladado, por voluntad suya, a Xalapa pues él quería reposar en su diócesis. Al paso de la carroza mortuoria por las diversas poblaciones de la diócesis, la gente se agolpaba para verlo. Le arrojaban flores desde los balcones de las casas y se acercaban para tocar el féretro en señal de amor y de veneración a su Pastor. Finalmente pocos kilómetros antes de entrar a Xalapa, los fieles quisieron que el féretro entrara a hombros y bajo vítores de la multitud al Pastor que había acercado sus almas a Dios a través de la predicación y del testimonio de su vida santa.

Durante mucho tiempo, hasta el año 1950, sus restos reposaron en el cementerio viejo de Xalapa. El 28 de mayo de este año su cuerpo fue exhumado y encontrado incorrupto. Dos años después se inició el proceso diocesano de beatificación. En 1974 el proceso pasó a Roma donde en 1981 se reconocieron canónicamente sus virtudes heroicas. En 1994 la Congregación para la Causa de los Santos reconoció un milagro por intercesión de Mons. Guízar, el nacimiento de un niño de una mujer con una enfermedad que la imposibilitaba para tener hijos. El Papa Juan Pablo II el 29 de enero de 1995 lo proclama beato en la plaza de San Pedro. El segundo milagro necesario para la canonización, el nacimiento sano de un niño a quienes los doctores le reconocieron en el seno materno el labio leporino y el paladar hendido, fue reconocido oficialmente el 26 de abril del 2006.

Mons. Rafael Guízar fue en su vida ejemplo de numerosas virtudes. Su fe sencilla y gigantesca le permitían vivir continuamente el misterio de Dios con naturalidad y al mismo tiempo con gran hondura. Su esperanza gozosa le ayudó a ser fiel y perseverar en medio de las numerosas dificultades que tuvo que afrontar en su ministerio. Su humildad evangélica le permitía considerar su condición de creatura y a depender de Dios en todo momento, buscando en todo momento la gloria de Dios por encima de la suya propia. La pobreza real y de espíritu con que vivió su sacerdocio sirvió de modelo para su presbiterio y para todos los fieles. Fue un obispo pobre, que vivió y murió pobre, confiado en todo momento en la providencia de Dios. Su pureza de cuerpo y de corazón le permitió encauzar su apasionado corazón para amar a Dios por encima de todos y de todo.

Pero quizás la virtud que vivió de modo más eximio fue la caridad pastoral que le hizo vivir en todo momento como obispo evangelizador y misionero. Porque quería dar lo mejor a sus fieles, además de las numerosas ayudas materiales que les procuraba, quiso darles a conocer el amor de Dios. Fue Mons. Guízar un obispo eminentemente misionero y evangelizador que, al estilo de San Pablo, no podía vivir sin predicar la palabra de Dios a sus hermanos, como el mayor y más delicado acto de caridad hacia ellos. Vivió predicando y quiso continuar después de su muerte su labor misionera, cosa que realiza actualmente a través de su intercesión desde la gloria celeste. De este modo la providencia divina, al permitir que un obispo misionero como Mons. Guízar sea el primero en recibir el honor de los altares, presenta un elevado programa de santidad apostólica y misionera para todos los obispos, sacerdotes y fieles del continente americano.

Acto de consagración usada por los cristeros

Compuesto por el Obispo Torras y Bages

  "Soy vuestro, ¡oh buen Jesús!, porque sois mi Creador, porque desde toda la eternidad me habéis llevado en vuestra inteligencia como una criatura es llevada por su madre; soy vuestro, porque me habéis redimido del poder del demonio y me habéis comprado con el precio de vuestra sangre preciosísima; soy vuestro, como el hijo es del padre, como el sarmiento es de la vid, como el fruto es del árbol, pues fruto de vuestra Cruz somos todos los cristianos; y, aunque me he rebelado mil veces contra Vos, vuestro Corazón dulcísimo jamás ha dejado de amarme; habéis derramado por mí amargas lágrimas en los días de mi prevaricación, y, movido por vuestro amantísimo Corazón, no habéis cesado hasta hacerme recuperar la gracia.

  ¡Oh Corazón que tanto me habéis amado! ¡Oh Corazón a quien tantas veces he entristecido y llenado de amargura! A vos me consagro, y mil veces protesto que, en adelante, no quiero ya daros ningún motivo de aflicción, sino que, por el contrario, recordando las ocasiones pasadas, en que os he llenado de amargura, propongo, en adelante, amaros por los que no os aman, honraros por los que os desprecian, propagar vuestra gloria, para satisfacer por las amarguras que a vuestro Corazón causan aquellos, que, estando obligados a propagarla, os miran con la mayor indiferencia. Propongo emplear todo mi corazón en amaros y quisiera tener mil corazones para amaros más todavía; deseo que desde ahora sea mi alma sagrario vuestro, cerrado a toda vana pasión humana; un lugar de reposo para Vos y una viva imagen de vuestro Corazón; de manera que, dedicándose durante toda su vida a amaros, mi último pensamiento, en la hora de la muerte, sea un acto de amar a Vos, ¡oh Jesús dulcísimo!, que queréis glorificar mi alma por toda la eternidad. Así sea".

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Autor:

Lic. Gustavo Carrére Cadirant

República Argentina

Máster en Educación con Orientación en Innovaciones Curriculares. Licenciado en Ciencias de la Educación. Profesor para la Enseñanza Primaria. Capacitador de capacitadores en proyectos de informática educativa. Especialista en Integración de las TICs en la Educación. Asesor pedagógico.

Profesor de Historia. Historiador e Investigador sobre temas de política e historia educativa argentina.

Historiador e Investigador sobre temas específicos de la historia de las persecuciones religiosas en Francia del siglo XVIII, China de los siglos XIX y XX, México de los siglos XIX y XX, España de los siglos XIX y XX, Alemania de los siglos XIX y XX, y Argentina del siglo XX y XXI.


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