Enviado por Manuel Fontoira Lombos
En este ensayo se lleva a cabo una exégesis de la mente, de la conciencia y de la subjetividad o conciencia subjetiva, principalmente de cómo surge la propiedad de la subjetividad en un sistema consciente. Al final se presenta una hipótesis acerca del posible fundamento físico de la subjetividad. Dicha hipótesis da pie a una serie de predicciones comprobables, la más importante de las cuales, la predicción del probable correlato neuronal de la subjetividad, serviría para la verificación de dicha hipótesis, que de ese modo derivaría en teoría. Hasta aquí la parte fácil.
¿Cómo se define la conciencia subjetiva, cómo surge, cómo tiene lugar nuestra identidad personal como sujetos conscientes, corresponden estos fenómenos a cierto funcionamiento neuronal peculiar? Para responder harán falta referencias interdisciplinares y multidisciplinares, capacidad de abstracción y síntesis, visión en perspectiva, creatividad, improvisación e intuición. Se va a dar respuestas fáciles a preguntas difíciles. La hipótesis que se irá esbozando y elaborando en páginas sucesivas será enunciada al final en una sola frase de 19 palabras, y se presentarán una serie de predicciones comprobables, aunque no en este orden: primero las predicciones, y después, como colofón, el enunciado de la hipótesis sobre el modo en que probablemente tiene lugar la emergencia de la subjetividad.
¿Qué es la conciencia? La experimentamos en todo momento; casi se podría decir que es lo que nos define como personas. Pero, ¿qué es? ¿Podemos definirla, analizarla hasta dar con sus partes, o tan sólo podemos limitarnos a disfrutarla, sin llegar a saber qué es, como un perro disfruta del viento que le trae olores sin llegar a preguntarse qué es el viento? ¿Estamos limitados los humanos para llegar a saber qué es la conciencia, así como los perros están limitados para llegar a preguntarse qué le trae los olores? Para los humanos es fácil explicar el movimiento del aire, el viento, que trae los olores. Se trata, el viento, de un fenómeno físico sencillo de entender. Pero no podríamos explicárselo a un perro. De entrada, un perro carece de las herramientas informáticas necesarias para empezar a entender el viento, ni siquiera habla, de modo que no podríamos explicárselo aunque quisiéramos. ¿Podemos nosotros explicar la conciencia? ¿Poseemos las herramientas intelectuales oportunas para llegar a entender lo que ocurre en nuestra cabeza, o, como les ocurre a los perros con el olfato, debemos limitarnos a utilizar la conciencia sin que proceda siquiera preguntarnos qué es?
Tal vez la mayor dificultad provenga de la propia pregunta. Tal vez no sea procedente preguntar qué es la conciencia. Cuando preguntamos qué es algo, estamos sobreentendiendo que la palabra qué se puede sustituir por algo concreto. ¿Qué hay sobre la mesa? Hay una manzana, un objeto que consideramos concreto, un objeto que a simple vista es lo que es: una manzana, no otra cosa. Pero, ¿y si estuviésemos dando por hecho algo falso, que la conciencia es un objeto concreto, y que por tanto tiene sentido preguntar qué es? A lo mejor, resulta que la conciencia, a pesar de tener un nombre tan definido, conciencia, no es una cosa, un objeto concreto que podamos coger y colocar sobre una mesa. ¿Y si resulta que el problema fuese que no podemos entender qué es la conciencia porque sencillamente no es algo concreto?
Pensémoslo un momento: ¿se puede coger nuestra conciencia y colocarla sobre una mesa, como si fuese una manzana? ¿A que no, a que la conciencia es algo inasible, a que es tan difícil de sujetar como el agua que corre río abajo? Este es el problema: la conciencia es como un flujo de agua río abajo. La experimentamos todo el rato no porque exista de modo concreto en nuestra cabeza, sino porque nuestra mente fluye, pero no en el cauce de un río, sino en el cauce del tiempo. La conciencia es un fenómeno que depende del continuo correr del tiempo, y mucho más de lo que depende la manzana, que se coloca encima de la mesa y ahí se queda inmutable durante largo rato, mientras que la conciencia, para ser patente, debe cambiar sin cesar.
La conciencia sólo existe si hay cambio, si hay
cambio en el cerebro, y
durante un tiempo, es decir, si el cerebro permanece "encendido"
durante un rato. Apaga el cerebro, y apagarás la
conciencia (al dormir, al estar bajo anestesia, al estar en
coma). Por el contrario, apaga la luz, y la manzana
seguirá sobre la mesa, a oscuras, pero seguirá
ahí con su aparente carácter concreto, tan palpable como antes.
Por tanto, tengamos claro desde un primer momento que la
conciencia no es un objeto concreto, como una manzana nos lo
parece, es otra cosa, es un flujo de cambio en el cerebro, un
flujo de ideas conscientes cambiantes, no es un objeto estable
como una manzana, sino que es lo que le ocurre al cerebro. Y no
fluye algo inasible pero concreto, como el agua de un río,
sino algo inasible e inconcreto, como las ideas ¿Y
cómo se denomina a algo así? No se le llama objeto
concreto, desde luego, sino que se le llama propiedad, la que se
manifiesta en este órgano, el cerebro, durante su
funcionamiento.
Si la conciencia no es una cosa, sino la propiedad de lo que una
cosa, el cerebro, hace, entonces no es un objeto concreto lo que
hay que buscar, sino que lo que hay que hacer es describir esta
propiedad de un órgano en funcionamiento. Y por tanto, la
pregunta pertinente no debe ser: ¿qué es la
conciencia? Sino que la pregunta lógica
debe ser: ¿cómo tiene lugar la conciencia?
Cómo, no qué; esta es la
cuestión, si se enfoca bien.
No hay motivo para pensar que una piedra está despierta y
contemplando la realidad, es decir, no hay motivo para concluir
que una piedra posee la propiedad llamada conciencia, la
capacidad de conocer la realidad dando cuenta de ella mediante su
representación. En cambio, todo hace pensar que nosotros
sí somos conscientes de la realidad. Y todo orienta a
pensar que la conciencia depende del funcionamiento del cerebro:
si el cerebro funciona bien, estamos despiertos y dando cuenta de
las cosas; si no funciona, no. De modo que la conciencia es algo
que el cerebro hace. Así que la conciencia es una
propiedad del cerebro que está funcionando, de la masa de
tejido nervioso que hay dentro de la cabeza.
¿Habrá otras estructuras capaces de ser conscientes, aparte del cerebro? Pues tal vez sí y tal vez no. La cuestión es que al menos el cerebro sí es capaz de conseguir que seamos conscientes, y se diría que otras cosas que nos rodean, no. Se diría que una silla no es capaz de lograr ser consciente de la realidad, o un río, o una camisa, o un relámpago. No consta. Así que el enigma no es quién es consciente, sino cómo lo hace el cerebro por ser el cerebro y no ser otra cosa.
Parte de la clave está precisamente en el hecho de ser el cerebro, y no otra cosa. Si fuese otra cosa en vez del cerebro simplemente no seríamos conscientes, porque seríamos otra cosa, que no sería consciente. Esto puede parecer una perogrullada, pero no lo es, ya que en el universo se da un hecho que hasta ahora no se ha podido rebatir con ninguna prueba: todo no es posible. Hay una tendencia romántica a hacer afirmaciones contrarias a los hechos. Por ejemplo, uno puede gritar a los cuatro vientos: todo es relativo, o todo es posible. Pero la verdad es que hasta ahora las pruebas indican que ni todo es relativo, ni todo es posible. Hay una forma de negar esto haciendo aparente ganador al romanticismo: todo parece posible en nuestra imaginación, podemos imaginar libremente lo que queramos (dentro de sus propios límites). Pero no podremos llevarlo todo a la práctica más allá de la imaginación. Por eso, aunque nos fastidie, todo no es posible. Los físicos lo han comprobado, sin refutación hasta ahora, y lo han expresado mediante lo que denominan: leyes de conservación. Estas leyes, que rigen la realidad, obligan a que la conciencia no sea posible en todas partes, sino sólo en algunas, en particular, en el cerebro.
Por supuesto que cuando se dice que la conciencia es una propiedad basada en el funcionamiento del cerebro, se sobreentiende que para que el cerebro funcione debe formar parte de la compleja cadena de la realidad. Esto quiere decir que el cerebro funciona unido al cuerpo, y el cuerpo funciona unido al mundo, y el mundo funciona unido al sistema solar, y el sistema solar unido a la galaxia, etc. Si hubiera cerebro pero no mundo (no es posible, pero imaginémoslo), no habría mundo del que ser conscientes, y por tanto no habría conciencia. La conciencia tiene lugar cuando el cerebro funciona, y el cerebro funciona porque entre otras cosas además comemos y andamos por el suelo, lógicamente. Y si no nos hubiesen dado de mamar nuestras madres, y nos hubiesen animado a decir "pa", "pa", "pa", tampoco seríamos conscientes de nada. Esto por supuesto. Para ser conscientes no es suficiente con el cerebro, al igual que para jugar al fútbol no es suficiente con el balón. Aun más: el cerebro es consciente gracias a que forma parte de una colectividad de cerebros, así que, más que de la conciencia, habría que hablar de las conciencias.
La conciencia, para ser entendida, presenta otra dificultad más, aparte del hecho de no ser algo concreto. Esa otra dificultad es que al no ser algo concreto, se trata de algo abstracto. La conciencia es abstracta. Esto quiere decir, y no es fácil entenderlo a la primera, que, como hemos dicho antes, no sólo es una propiedad, sino que además esa propiedad tampoco es algo excesivamente concreto. Digamos que la conciencia, en este sentido, es un poco farsante, pues nuestra imagen mental de una manzana nos da la impresión de ser bastante concreta. Veámoslo: supongamos que un río tampoco es algo concreto, sino el fluir del agua. Pues bien, en el caso del río, al menos podemos entender que es agua concreta que fluye. Pero en el caso de la conciencia, ¿qué fluye? Aquí está la otra trampa de la conciencia, el otro escollo que dificulta entender cómo tiene lugar el fenómeno de la conciencia en el cerebro. Y es que el cerebro, a diferencia del agua que fluye por el cauce del río, no parece fluir por el cauce del tiempo, se está tan quieto dentro del cráneo como una manzana encima de la mesa. Entonces, si hemos dicho que la conciencia es una propiedad del cerebro que consiste en un fluir de algo en el cauce del tiempo, ¿qué es lo que fluye? Si el cerebro no fluye, ya partimos de un hecho: la conciencia no sólo no es un objeto concreto que fluye, sino que lo que fluye ha de ser algo abstracto, algo que no es lo que es, sino algo que se hace pasar por otra cosa, por una manzana, por ejemplo. ¿Y qué se puede hacer pasar por una manzana en el cerebro fluyendo en el cauce del tiempo? Pues la información abstracta que el cerebro procesa. La conciencia es una propiedad del flujo de información abstracta procesada por el cerebro dentro del cauce del tiempo. Lo que fluye dentro del cerebro en función del tiempo es la representación de la manzana que estamos viendo, es decir, la abstracción de la manzana, una manzana abstracta, en definitiva.
La información es interacción y cambio, así que la conciencia es una propiedad correspondiente a los cambios morfofuncionales en el cerebro que representan de modo abstracto a una manzana, mediante la interacción neuronal en las sinapsis. La representación mental de una manzana no es la manzana, lo cual hace posible que haya conciencia de la manzana si dicha información abstracta, aparte de ser abstracta, presenta otra serie de características que permitirán categorizarla como dotada con la propiedad de la conciencia.
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