Caos no se refiere sólo a desorden, sino también a complejidad e impredecibilidad; no predominan la predecibilidad ni la impredecibilidad en el cerebro a todos los efectos, pero sí se da una tendencia al predominio de la predecibilidad o de la impredecibilidad ocasionalmente a ciertos efectos en la práctica, es decir, a determinadas escalas. Por ejemplo: a escala macroscópica el cerebro combina certidumbre y caos en el siguiente caso: si tenemos el nombre de alguien en la punta de la lengua, es impredecible el momento en que lo vamos a recordar, o si lo vamos a recordar; otro ejemplo: si ponemos la mano sobre la llama de una vela, no podemos predecir por cuánto tiempo nos va a doler la mano, pero es predecible con certidumbre que va a doler. Entre los dos polos de predecibilidad e impredecibilidad ilustrados con estos dos ejemplos se mueve el cerebro, y lo hace por la forma en que el cerebro está diseñado a diversas escalas, sobre todo a escala neuronal (microscópica), y por la forma en la que ha resultado ser compatible con la supervivencia esta forma de organización morfofuncional sistemática de un organismo y sus partes en distintos niveles desde el punto de vista de las escalas.
Esta impredecibilidad tiene que ver con la forma en que están diseñados los circuitos neurales: si una neurona A ha de transmitir sus impulsos bioeléctricos a continuación a una neurona B y a una neurona C, estableciendo un circuito con forma de y griega, el impulso que pase de A a B y/o C puede seguir por B, por C, por ambas, o por ninguna, en un instante dado, y lo que ocurra en ese preciso instante dado es impredecible en esta estructura morfofuncional en y griega. Se puede predecir que, si el impulso está en A, una de las cuatro alternativas ha de ocurrir, y que habrá una probabilidad para cada una en la práctica, ya que en la práctica esas neuronas estarán ahí en realidad, y algo quedará determinado en ese circuito cuando el instante haya concluido, de ahí este equilibrio necesario entre orden y desorden en función del caos, y al que se tiende a llegar por tanteo, de manera necesaria.
Otro detalle en el diseño del cerebro que influye también en este equilibrio entre orden y desorden que lo caracteriza: el diseño en redes, en sumas de circuitos integrándose en un todo con algún efecto a determinada escala en la práctica; el diseño en redes amortigua a gran escala esta impredecibilidad local en cada circuito y sus encrucijadas a pequeña escala, aportando predecibilidad al sistema, y por tanto, mayor capacidad para actuar de manera más predecible y con mayor control sobre la congruencia del cerebro a simple vista (congruencia que posiblemente a lo largo de la evolución del sistema nervioso habrá tendido a ser seleccionada en la lucha por la supervivencia); por ejemplo: gracias al diseño morfofuncional en redes, cuando tratemos de recordar el nombre de alguien, por impredecible que sea el momento en que el nombre podrá ser dicho en voz alta, sí es bastante predecible, gracias al diseño en redes, es decir, gracias al diseño en la forma de un sistema de gran tamaño y complejidad, pero integral, que el nombre será recordado en su forma correcta. He encontrado a alguien que piensa de modo parecido a este respecto: William H. Calvin, que ha dicho: "La precisión se logra mediante grandes circuitos que tratan de hacer la misma tarea de manera redundante: la precisión es a menudo la propiedad emergente de una suficiente cantidad de neuronas imprecisas". Esto recuerda a lo que acabo de decir con otras palabras y haciendo referencia expresa a que la clave está en la estructuración en niveles de complejidad creciente, en circuitos, a una escala dada, en redes, a otra escala mayor, aunque con los mismos elementos, las neuronas, a pequeña escala. Dicho de otro modo, si un montón de piezas (la red) hacen lo mismo por ser la repetición de un modelo básico (el circuito) pero una de las piezas (un circuito) no hace lo mismo que el resto, el efecto a gran escala (el efecto de la red) será el visible, no siendo notable el efecto distinto (el del circuito que no hace lo mismo), de ahí la mayor impresión de acierto (como signo de orden) que a prioir debería lograr la red frente al circuito en lo que a conducta propositiva se refiere en gran número de situaciones prácticas vinculadas a la mera supervivencia.
La efectividad (detectabilidad) del orden en un sistema está mediatizada por su improbabilidad. En el caso del cerebro parece tener que ver con la capacidad de autoorganización de la vida, posiblemente dependiente de la estructuración de subsistemas de manera jerárquica, de modo que unos encierran (sostienen) a otros y hacen probable lo improbable (el orden). Según Bertalanffy, el comportamiento sistemático fomenta el aumento de la probabilidad del orden.
Diversos investigadores han intuido que la forma de construirse la sintaxis en el cerebro podría ocurrir según un comportamiento de tipo darwiniano, mediante la competencia entre las neuronas por imponerse al resto. Se lee en ocasiones la expresión darwinismo neural, con diversas acepciones y aplicaciones, también aplicado a la formación de la sintaxis, necesaria para un lenguaje complejo, imprescindible a su vez para una capacidad de reabstracción de la realidad tan compleja como la que exhibe el ser humano. Uno de los primeros en hacer clara referencia al darwinismo neural fue Edelman, que tituló así uno de sus libros: Neural darwinism (Darwinismo neural, no neuronal; el término neuronal se suele reservar a los modelos neuronales hechos con un ordenador utilizados por los investigadores de modelos informáticos de inteligencia artificial, mientras que el término neural, que se refiere a neuronas y glía, suele indicar que estamos hablando del cerebro, no de un modelo de inteligencia artificial, aunque en este ensayo no se va a ser estricto al utilizar los términos neural y neuronal: como aquí no se va a discutir sobre inteligencia artificial, se van a usar ambos en referencia al cerebro vivo un poco indistintamente, salvo indicación en sentido contrario en algún caso particular, como es el caso de los capítulos 23 y 24).
El darwinismo neural de Edelman trata de describir la vida de un cerebro a lo largo de su existencia, haciendo referencia al modo en que los genes determinan, mediante lo que se conoce como epigénesis (la forma en que los genes condicionan el desarrollo de un fenotipo) la disposición relativa de las numerosas neuronas de un cerebro en desarrollo embrionario. Dicha disposición neural primera crecerá y se desarrollará de acuerdo con la información genética, y después cambiará en función de la presión del medio, siguiendo con este darwinismo neural, como si el aspecto cambiante de esta trama inicial basada en los genes incluyese gracias a los genes la posibilidad también de cambiar en función de la presión selectiva del medio (por ejemplo, si se le ofrecen imágenes estimulantes a un bebé, cambiará su cerebro para irse adaptando a esta información, para obrar en consecuencia a ella; de modo que si un bebé no se socializa, no aprenderá a hablar, por ejemplo). Y por último, esta teoría del darwinismo neural de Edelman, incluye, en el cerebro a pleno rendimiento de su potencial, la organización de la actividad neural por grupos neurales, redes, que se conectarán entre sí como un todo (red con red) mediante la actividad sináptica de sus partes (las neuronas) según lo que Edelman ha llamado reentrada, es decir, la ida y venida de impulsos bioeléctricos entre redes, modificándose mutuamente, y dando lugar a la experiencia consciente subjetiva. En dicha teoría, la reentrada implicaría la sincronización de las redes, lo cual, como se verá en este ensayo, es insuficiente para explicar la subjetividad. No obstante, el darwinismo neural será una pieza importante de las explicaciones vertidas en este ensayo, por lo que es importante familiarizarse con estas ideas y todas las que se van introduciendo paso a paso.
24.1. DARWINISMO NEURONAL.
Veamos otra forma de enfocar a las neuronas como seres en pugna por prevalecer según las reglas de la selección natural: un individuo, cada miembro de una especie animal, como pueda ser una persona, no es exactamente un individuo a todos los efectos: no es totalmente indivisible (individuo significa indivisible): a una persona se la puede dividir, se le puede amputar un brazo. Pero como un brazo amputado no implica en la práctica que ahora haya dos personas, pues el concepto de individuo es eficaz en la práctica para categorizar las conductas individuales de, por ejemplo, eso que llamamos personas. Hay una situación límite que dificulta esta conclusión: la sección completa del cuerpo calloso (el cuerpo calloso es una estructura entre ambos hemisferios formada por 200 millones de axones que asocian e integran ambos hemisferios). En la sección completa del cuerpo calloso una persona con una conciencia subjetiva antes de la sección del cuerpo calloso, con la sección y separación completa de sus dos hemisferios cerebrales parece dar lugar a dos conciencias subjetivas en una sola cabeza, según se concluye a partir de las investigaciones de Sperry. Pero como la sección del cuerpo calloso es una situación excepcional, rarísima (no así la amputación de un brazo) y la cabeza sigue siendo una en el caso de la sección del cuerpo calloso, a este ser humano duplicado se le suele seguir considerando en la práctica como una sola persona a efectos legales cuando se da esta rara situación.
Un individuo también puede ser considerado una colectividad de billones de individuos: las células. De modo que desde este punto de vista se es individuo aproximadamente, no exactamente: a gran escala somos individuos en la práctica a ciertos efectos con un error despreciable. Se considera individual a esta colectividad de células por convencionalismo, debido a algunas de las cosas que a escala macroscópica se ve a todas esas células hacer juntas como un todo (aunque son muchas más las cosas que esas células hacen, tomándolas juntas o por separado, a escala microscópica). Pero aun cuando un individuo piensa como un solo individuo, su unidad vital, su pieza fundamental elemental en lo que a la vida se refiere, es la célula, la neurona en el caso del cerebro (la teoría celular la enunció Schwann hacia 1839), de manera que podría afirmarse que una persona no está viva, sino que lo está cada una de sus células, siendo la vida individual una mera ilusión inspirada por una conducta aparentemente individual, o por una percepción subjetiva (individual también) de la realidad. Pero tanto la conducta como la subjetividad no sólo son reducibles, sino que además en el caso del sujeto ni siquiera es un ente concreto, sino nuestra forma de abstraer nuestra idea sobre una propiedad de un sistema: la subjetividad.
La individualidad de un espécimen es una categoría macroscópica, una categorización conveniente en la práctica dado que tiene sentido en esa escala, pero dicha categoría es indetectable a escala microscópica, donde sólo se aprecian células individuales interactuando, no individuos macroscópicos interactuando. Y sin embargo son las células, mediante sus interacciones, las que hacen que la forma individual macroscópica emerja a gran escala en forma de, por ejemplo, ardilla que recolecta nueces. Al ser macroscópica carece de entidad de por sí, sino que se la otorgan sus células mediante sus interacciones (y las células de las nueces), por eso es emergente. Las neuronas, al apelotonarse en el cerebro para que el cerebro sea efectivo como órgano, desaparecen como individuos a gran escala, donde emergen el cerebro y la subjetividad a modo de ardilla recolectora. El cambio de escala, de microsócopica a macroscópica, supone algo así como el sacrificio de la individualidad de cada neurona como ser vivo individual, en beneficio de esa colectividad que ha de ser efectiva como un todo (el concepto de cambio de escala será importante a lo largo del ensayo, por lo que también es conveniente familiarizarse con él; con el cambio de escala desaparece de la vista el elemento, el árbol, y emerge el "bulto", el bosque; desaparece la mutiplicidad y aparece la unicidad e individualidad, que además se hacen patentes a gran escala con el aspecto de irreducibles a esa escala; en este caso es el bosque, la subjetividad, el que no deja ver los árboles, las neuronas).
Las neuronas no renuncian del todo a su individualidad, y por tanto al egoísmo, pues cada una oxida la glucosa de la que dispone, glucosa que una vez oxidada por una neurona no será oxidada por la vecina. La disponibilidad de glucosa podría entenderse en sentido figurado como un motivo de competencia entre neuronas, y paradójicamente son los estímulos de otras neuronas lo que fomenta la mayor actividad de una neurona estimulada, y la mayor necesidad de glucosa, así que las propias neuronas, en su afán por oxidar glucosa, son las que provocan que otras neuronas tengan éxito en esta lucha por la glucosa, en vez de ellas, por el hecho de estar conectadas. Unas neuronas estimulan a otras, y al mismo tiempo, cada una trata de ser activa a costa de la glucosa de las demás (seguimos hablando en sentido figurado), en un círculo vicioso en lo que a la estimulación excitadora se refiere (en el cerebro, unas neuronas excitan a otras a través de las sinapsis, y el flujo de información continúa; de todos modos parece ser que la mayoría de las conexiones entre neuronas son inhibidoras, es decir, destinadas a reducir la actividad de la neurona sinaptada, según investigaciones de Eccles; así mismo, nótese que una doble inhibición, la inhibición de una inhibición, un tipo de organización morfofuncional común en el caso de los circuitos neurales, es lo mismo que una excitación). El caso es que un estímulo excitador sobre una neurona conlleva un aumento de su tasa de oxidación de glucosa (y por tanto un aumento en la necesidad de glucosa, que debe ser aportada en mayor cantidad a esa zona más trabajadora a partir de ese instante, con lo cual, el riego sanguíneo local en esa zona aumentará; esto es lo que se detecta con la tomografía por emisión de positrones, las zonas más activas que el resto por su mayor riego local instantáneo; este tipo de técnica de neuroimagen, la tomografía por emisión de positrones, presenta una resolución en segundos, lenta para analizar la mente, que se mueve en décimas de segundo, o su substrato, las neuronas, que cambian de estado en milésimas de segundo, pero es útil en clínica).
Tal vez esta visión de las neuronas compitiendo por la glucosa sea exagerada, pero la diferencia de actividad que presentan unas neuronas respecto de otras en cada instante permite esta prosopopeya a partir de las neuronas (la prosopopeya es la atribución de características humanas a entes no humanos, como en las fábulas con animales antropomórficos parlantes). Siguiendo con la prosopopeya, podemos decir que las neuronas tratan de vencerse unas a otras en la lucha por la glucosa, ya sea oxidando la misma cantidad de glucosa en menos tiempo, y/u oxidando más glucosa en el mismo tiempo.
Prosopopeya aparte: el verdadero fundamento de la oxidación de glucosa, como fuente de energía para que las neuronas sean neuronas (para que funcionen, para que vivan con la forma de neuronas), no es la competitividad entre las neuronas, sino la tendencia al aumento de la entropía en el sistema, la tendencia al aumento del desorden conforme el sistema tiende a enfriarse; la oxidación de glucosa aumenta la temperatura localmente en oposición al enfriamiento, de modo que la bioquímica logra un efecto antientrópico local transitorio, que permite un aumento local del orden en oposición al desorden o enfriamiento, y en medio de la pugna entre ambos, el aumento de complejidad, el caos (la complejidad y su evolución irreversible a lo largo del tiempo de modo cambiante, siempre distinto, e impredecible), va haciendo posible que la mente vaya tomando forma efectiva, y por tanto la conciencia. Oxidar glucosa es otro modo de aumentar la entropía, y en las circunstancias actuales, de emitir radiación infrarroja (calor), en última instancia.
El aumento de la complejidad conlleva en el sistema un aumento del número de elementos, y/o (más y que o, en el caso del cerebro) del tipo de elementos, y por tanto del número de interacciones y del tipo de interacciones, lo cual ha acabado desembocando, en el curso de la evolución, en la confirmación de la posibilidad de la aparición de la estructuración morfofuncional de las neuronas en forma de redes neurales. En los primeros seres vivos con neuronas, tal vez seres como las esponjas, no había circuitos, y por tanto tampoco redes, que son un paso siguiente a la estructura en circuito.
La simplicidad de la subjetividad, en cuanto que ente único, no refleja una menor complejidad del sistema, sino al contrario.
El aumento de la entropía, y por ende de la complejidad, puede manifestarse como un aparente retorno engañoso a la simplicidad (véase el caso de la holoturia), como una aparente inversión del aumento de entropía, cuando la entropía del universo aumenta en función del tiempo (el primer principio de la termodinámica es el que afirma que la energía no se crea ni se destruye, sino que sólo se transforma; y el segundo es el que afirma que la entropía aumenta con el tiempo).
Para estar más activas, las neuronas precisan de las sinapsis excitadoras de neuronas "simbióticas" que, en su afán por oxidar más glucosa, acaben provocando que otras "rivales" acaben oxidando más glucosa también, a través de sinapsis excitadoras. Por supuesto, ni unas ni otras se preocupan por el posible agotamiento de sus recursos, que sería perjudicial para ambas, como descubren las neuronas bruscamente con frecuencia en las personas con diabetes mellitus tipo 1, faltas de insulina, y, por tanto, de glucosa dentro de las células, y que entran en coma cetoacedótico con cierta facilidad por este motivo. Las neuronas interactúan, además, de manera retroactiva, lo cual termina reportando un beneficio mutuo: "tú me activas a mí, yo te activo a ti, y ambas ganamos"; o incluso complicando este esquema todo lo que se quiera: la neurona A activa a B, y B a C, y C a A, de modo que a A le beneficia activar a B aunque B no se conecte directamente con A de modo retroactivo. De modo que el beneficio mutuo redunda en el beneficio individual, así que la estructuración de las neuronas en circuitos a escala microscópica, y en redes de circuitos a escala macroscópica, redunda en beneficio de la unidad vital. Y si la unidad vital elemental a escala biológica, la parte, la neurona, sobrevive, el todo también tiene una oportunidad de sobrevivir (sobre todo si su organización macroscópica es útil para la supervivencia, a la par que compatible con la organización microscópica), al estar formado por individuos, y el cerebro puede perdurar como órgano inscrito en la realidad, con opción a resultar beneficioso al espécimen y a la especie y a conservar su aspecto macroscópico emergente.
En una fase siguiente incluso podemos imaginar el trabajo en equipo, "simbiótico", de las neuronas de una red, como un todo, actuando como red y compitiendo con otra red por ser la red más activa como un todo, algo necesario para que el cerebro sea el cerebro, el órgano de pensar, ya que el pensamiento ha de ser no sólo macroscópico, sin también heterogéneo, complejo, para poder procesar la compleja información macrocópica necesaria para integrar las conductas de un individuo en movimiento por un mundo también heterogéneo, efectivo a escala macroscópica, y lleno de peligros y complejidad.
Para que un grupo de neuronas forme un todo, una red, una manera es la sincronización de las neuronas. Las neuronas podría ser posible que tiendan a activarse unas a otras y a sincronizarse de modo natural (según ha investigado Eurich en modelos neuronales). Si todas hacen lo mismo a la vez (activarse mediante descargas, impulsos bioeléctricos, sincronizados, coincidentes en el tiempo por el pico de dichos pulsos) pueden ser efectivas como un todo. Por ejemplo: si uno debe llevar la comida a la boca, el brazo no sólo debe moverse con coordinación, además debe funcionar como un todo, para lo cual es necesario que la red neural que lo controle actúe como un todo sincronizado para que, por ejemplo, las células de un músculo se contraigan a la vez, sincronizadas, y el músculo sea eficaz como músculo.
La red neural de un músculo agonista, como el bíceps braquial, no puede estar sincronizada con la del antagonista, como el tríceps braquial, pues mientras uno se contrae, el antagonista debe relajarse, de modo que una realidad heterogénea y compleja requiere una percepción también heterogénea y compleja que ha de basarse en redes integradas basándose no sólo en la sincronización como mecanismo de integración. Las redes no deberían interactuar basándose sólo en la homogeneizadora sincronización, ya que nuestra percepción subjetiva se basa en imágenes percibidas de una vez pero heterogéneas, por lo que la concurrencia temporal de la imagen, por ser heterogénea, no puede deberse sólo a la sincronización, que daría lugar sólo a una imagen homogénea.
Volviendo con las redes: la emergente organización en redes favorecería la supervivencia (haría posible nuevas estrategias y tácticas para comer, por ejemplo) con lo cual, tiene sentido que la organización en redes tenga éxito en el proceso de selección natural a lo largo de las generaciones. Aquí tenemos una posible explicación de cómo el "egoísmo" inicial de las neuronas en pos de la glucosa podría haber acabado redundando en el beneficio de todas, del todo. El arrebato de "egoísmo" de cada neurona habría redundado en beneficio de la supervivencia de la colectividad neuronal (y de todo el organismo por extensión, al ser la neurona la célula encargada del control de la motilidad del individuo).
Esta visión de los hechos da una idea de lo acertada que fue la defensa de la teoría neuronal por parte de Ramón y Cajal, según la cual la neurona es la unidad morfofuncional fundamental del cerebro, y no una estructura reticular continua, como defendía Golgi, uno de sus principales rivales en esta materia (no hay que confundir esta obsoleta teoría reticular, propuesta por Gerlach, que hasta ahora se ha probado como falsa, con la estructura morfofuncional del cerebro en redes neurales, que es un hecho comprobado una y otra vez como cierto: la teoría reticular presupone una estructura reticular continua, mientras que las redes neurales son discontinuas, cada neurona se comunica con las demás mediante las sinapsis, en las que no se tocan las neuronas, no están unidas en continuidad. Ramón y Cajal afirmaba que las neuronas están dispuestas en contigüidad, no en continuidad. Hoy la teoría neuronal parece una obviedad, pero no lo era en tiempos de Ramón y Cajal, que hubo de batallar con encono para defender sus acertadas posturas.
El "egoísmo" neuronal, al hacer posible la aparición de las redes, tal vez incluso de las reentrantes, también habría hecho posible el que la complejidad del cerebro fuese la suficiente como para que se cruzase cierto umbral de complejidad y tuviese lugar la emergencia de la subjetividad como propiedad nueva en el sistema nervioso de ciertos especímenes afortunados.
En cuanto a la heterogeneidad del cerebro, al diverso grado de actividad que presenta cada neurona en relación a las demás en cada momento en que se considere dicha actividad, ya hemos dicho que es obligatoria para que el cerebro responda a la complejidad de su tarea con éxito. De hecho, el cerebro, en tanto que sistema, es sumamente complejo, muy heterogéneo. Sería como un caleidoscopio de una complejidad difícil de imaginar. Para poder representar la realidad para interactuar con ella de modo congruente, ha de haber orden, pero también caos, complejidad, y, por tanto, heterogeneidad, formas diversas dibujadas por el entramado neuronal. Analizando la anatomía morfofuncional del cerebro, se observa que la información viaja por circuitos paralelos, que confluyen o convergen en diversos puntos, con lo que la información se asocia para integrarse en esos puntos. Y en dichos puntos la información divergirá otra vez, para reintegrarse y desintegrarse más allá una y otra vez, tejiéndose un caleidoscopio cambiante en el espacio y el tiempo de modo incesante mientras el cerebro esté vivo.
No hay que confundir este equilibrio entre integración y desintegración, que tiene que ver con la heterogeneidad del sistema, y con su complejidad y posible adaptabilidad a un entorno así mismo complejo y cambiante, con el equilibrio entre la predecibilidad y la impredecibilidad del comportamiento neuronal, también necesario para la adaptabilidad al entorno cambiante e impredecible (el equilibrio entre integración y desintegración tiene valor en una escala cada vez, mientras que el equilibrio entre predecibilidad e impredecibilidad depende del cambio de escala en el sistema, y tiene que ver con la emergencia de la estructura en red). Esta mezcla equilibrada entre integración y desintegración de los elementos de un sistema dinámico se conoce como metaestabilidad, y explica que el cerebro sea eficaz como cerebro para algo tan básico, por ejemplo, como que los ojos puedan dirigirse, ambos, en un momento dado, hacia la derecha, y al momento siguiente hacia la izquierda; a esto se refiere esta idea de la metaestabilidad.
El complejo comportamiento neuronal se basa en la capacidad de autoorganización de los sistemas vivos. Los sistemas vivos, como pueda ser el caso del cerebro considerado como sistema (o como subsistema dentro del sistema nervioso) son sistemas abiertos, toman energía del entorno y desprenden energía al entorno, de modo que su evolución, incluida la complejidad de sus estados, así como la posibilidad de un aumento de esa complejidad con el paso del tiempo, como es el caso del cerebro, que siendo complejo, lo es más a cada instante que transcurre (por ejemplo, a cada momento pensamos en una cosa distinta) dependen de la entrada de energía desde fuera del sistema, por ejemplo, glucosa (energía transformada en información abstracta, por ejemplo, visual, a partir de los fotones de luz visible que inciden en la retina, en el fondo del ojo). Pero a ciertos efectos, por ejemplo, a cierta escala, el cerebro se comporta, con un error despreciable, como si fuese un sistema cerrado, lo cual hace posible esa percepción de la realidad como si fuésemos un espectador al margen de la misma, como si fuésemos el espectador de una realidad proyectada ante nosotros en una pantalla.
La autoorganización hace posible que a ciertos efectos el sistema abierto, que es el cerebro, dé la impresión de ser un sistema cerrado, dando lugar a situaciones ilusorias, como la del solipsismo, o doctrina según la cual la conciencia subjetiva sería un ente concreto (que, después de todo, es lo que se percibe de modo intuitivo a simple vista, con lo cual, en la práctica, no hay mucha diferencia entre tomar esta ilusión como certeza, o no hacerlo: de hecho, a alguien habrá que responsabilizar de sus actos en la práctica cotidiana).
Un objeto es lo que un observador determina como objeto. La mente es un sistema de categorización de objetos en el terreno de la abstracción, y los objetos mentales son los elementos (las partes elementales) de la mente tomada como sistema. Un objeto mental puede ser desde el tren de potenciales que codifique la información procedente de un cono de la retina, hasta la idea intuitiva que Einstein pudiera tener sobre la curvatura del espaciotiempo, o Newton sobre la reacción que acompaña a toda acción.
Un sistema completo sería aquél cuya secuencia de interacciones peculiares convergiese o continuase en todo caso en otro elemento del sistema, que no es el caso del cerebro a pequeña escala, pues las neuronas convergen con el exterior (por un lado, toman glucosa del exterior, y por otro, emiten al exterior fotones de radiación infrarroja: calor). Pero a gran escala, la mente puede ser considerada un sistema completo a ciertos efectos en la práctica con un error despreciable, por ejemplo, a efectos de achacar a un sujeto concreto sus propios pensamientos, y no a un proceso en cadena que empieza y termina en el entorno siendo el sujeto uno de sus eslabones. Esta posibilidad da pie al solipsismo, pero sólo es una ilusión que depende de la capacidad de autoorganización del organismo. La incompletitud del cerebro impide al cerebro ser un sujeto concreto, pero no le impide ser un sujeto consciente, pues la incompletitud no impide el cambio de escala, y por tanto, que la concreción del sujeto, aunque ilusoria, sea efectiva como tal a escala macroscópica confinada con un error despreciable. Ya se puede adelantar que uno de los "trucos" que probablmente logran la ilusión del solipsismo, por ejemplo, para lograr que nuestra percepción de la realidad mediante el lenguaje sea completa, a pesar de ser el lenguaje un sistema incompleto (toda palabra se define con otras palabras, por lo que hay palabras que finalmente quedan sin definir), consiste en integrar nuestra descripción de la realidad mediante el lenguaje con palabras, con nuestra descripción de la realidad mediante sensaciones, de modo que la incompletitud de las palabras queda completada con la información extra que aportan, por ejemplo, las sensaciones.
27. SISTEMA ABIERTO Y ESTRUCTURA DISIPATIVA.
La autoorganización de los sistemas vivos es un asunto crucial en biología. La autoorganización conlleva orden, regularidad, estabilidad, principios posiblemente necesarios para tener éxito en la lucha por la supervivencia. Tomemos por ejemplo el carácter regular del comportamiento de una neurona: de modo regular, una y otra vez, se verifica que, o descarga un impulso bioeléctrico, o no lo descarga, y la descarga la lleva a cabo de un modo estereotipado, lo cual hace posible que haya un orden interno en el sistema nervioso ya a escala neuronal, es decir, microscópica. A escala microscópica hay un patrón de conducta estereotipado, estable y constante… predecible hasta cierto punto a pesar de la impredecibilidad, y periódico. Esta periodicidad, esta oscilación, tiene que ver con el tipo de sistema dinámico al que corresponde el cerebro. Prigogine propuso que no puede haber oscilaciones (periodicidad) en un sistema termodinámico cerrado, sino sólo en uno abierto que continuamente esté intercambiando energía con el exterior del sistema, como es el caso del cerebro.
Además, un sistema dinámico capaz de este grado de orden debe estar en un equilibrio homeostático, un desequilibrio estable, lo que Prigogine llamó estructura disipativa. Por último, Prigogine señaló que este tipo de sistemas deberían ser no lineales en las relaciones entre fuerzas y flujo, y estos precisamente son los sistemas que exhiben el fenómeno del caos. El caos es la forma de ordenarse un sistema dinámico y conlleva la impredecibilidad como característica propia, así como el aumento de la complejidad; complejidad quiere decir que el estado siguiente será distinto al anterior (lo cual incluye también la irrepetibilidad o carácter no ergódico), debido al aumento del desorden o entropía en el sistema, y se puede entender la complejidad como el aumento de estados del sistema, tanto en cantidad como en tipos de elementos, y puede deberse a la incorporación de la energía que entra en el sistema en forma de elementos (como al llenar de agua una piscina) y/o al cambio de las relaciones entre los elementos del sistema (como en un caleidoscopio, o en el cerebro).
Estas ideas que se están barajando también deben gran parte de su contenido a la cibernética de Wiener, como es evidente.
28. SISTEMAS DINÁMICOS.
Hay dos tipos de sistemas dinámicos, los lineales y los no-lineales. Los sistemas lineales son aquellos en los que el todo es igual a la suma de las partes, por ejemplo: 1 + 1 = 2. Los sistemas lineales se rigen por el principio de superposición, según el cual, si se conocen dos soluciones (dos estados posibles en el futuro) para un sistema dinámico lineal, la suma de ellas es también una solución. Siguen dos reglas: la de aditividad y la de homogeneidad (parece ser que, por ejemplo, los espacios vectoriales suelen permitir el uso del álgebra lineal).
Un sistema no lineal no está sujeto al principio de superposición, así que el todo no es igual a la suma de sus partes. Los sistemas vivos son no lineales, el cerebro incluido. Por ejemplo: la percepción consciente de la sensación de frío no se puede explicar como la suma algebraica de los trenes de potenciales de acción correspondientes a dicha sensación. En el cerebro ocurre algo para que la percepción de la sensación de frío sea un todo, y no sea reducible a sus partes, sino que emerja con propiedad. Y esa propiedad es la de la subjetividad: para que la percepción del frío sea efectiva, ha de ser subjetiva, de lo contrario no será un todo, y si no es un todo no podrá ser percepción, así de sencilla es la idea. De modo que en el cerebro ocurre algo especial, y ese algo es, en principio, no lineal, es decir, propio de un sistema vivo, posiblemente, un proceso biológico, posiblemente explicable mediante una descripción biofísica y neurofisiológica.
La no linealidad implica por un lado la posibilidad de la injerencia del caos, la impredecibilidad, en un sistema dinámico, y por otro, la posibilidad de ser el todo mayor que la suma de sus partes, es decir, la aparición o emergencia de propiedades imprevistas, imprevistas porque no se explican por la suma de las partes constituyentes (se explica por su interacción), las partes a las que se reduce el todo, los elementos del todo (elementos, o sea, partes irreducibles, porque en la escala en la que el todo es efectivo, los elementos aparecen como irreducibles con un error despreciable, por ejemplo: en la escala en la que la percepción de la sensación de frío es efectiva, la escala macroscópica correspondiente al fenómeno de la percepción subjetiva, o dicho de otra manera, consciente y a simple vista o a escala macroscópica confinada, las neuronas pueden ser consideradas los elementos de dicha percepción, ya que si se reducen las neuronas a sus partes, las moléculas, la percepción subjetiva del frío deja de ser efectiva, de modo que en la práctica, al efecto de ser subjetivamente consciente, las neuronas son elementales, de ahí que la conciencia sea una propiedad de las neuronas, no de las moléculas, ni de los microtúbulos, ni de los electrones o sus campos).
Con el término emergencia se hace referencia, por tanto, a las propiedades de un sistema que no son reducibles a las propiedades de sus elementos. La emergencia de propiedades en un sistema dinámico no lineal tiene que ver con la complejidad del sistema, por lo que hay un umbral de complejidad a partir del cual la emergencia, de lo que sea que pueda emerger, es posible.
La idea de emergencia surgió cuando se hizo patente que en los sistemas vivos el todo no era igual a la suma de las partes en muchos casos (como en el caso de la conciencia subjetiva, que es el que nos ocupa). Fue enunciada por John Stuart Mill en 1843 mediante el establecimiento de la diferencia entre leyes homopáticas y heteropáticas. Las heteropáticas son las que llevan a pensar en la emergencia de propiedades como fenómeno relevante a tener en cuenta. El ejemplo típico es el de la liquidez del agua, propiedad que hay que considerar emergente, desde el momento en que no puede explicarse por la suma de las propiedades del oxígeno y del hidrógeno por separado, sino que tiene que ver con la forma en que interactúan. Un alumno de Mill, George Henry Lewis fue quien acuñó el término emergente para este tipo de situaciones. Mill ya consideró en su momento (aunque no con estas palabras exactamente) que las propiedades de las sensaciones durante su percepción, como el aspecto macroscópico del sabor dulce, o la forma a simple vista del olor a pera, no eran reducibles a las propiedades físicas del azúcar o de la pera.
La idea según la cual el todo es más que las partes tiene que ver con la idea que aportó Needham a la biología, según la cual los organismos se estructuran desde el punto de vista morfofuncional en niveles de organización; esta idea es fundamental en el caso del cerebro, en el que las neuronas se organizan en circuitos, y estos en redes, y estas en superredes de complejidad creciente. En el cerebro hay que tener en cuenta la escala en la que se verifica la efectividad de algún fenómeno: estructura morfofuncional neurona a neurona, o circuito a circuito, efectivos en la escala microscópica; estructura morfofuncional en redes, efectiva a escala macroscópica (en la estructura macroscópica confinada se verifica la efectividad de la percepción consciente subjetiva; de hecho, no percibimos a simple vista objetos microscópicos).
30. EQUILIBRIO.
Cuando se habla de equilibrio en biología hay que tener en cuenta que no se hace referencia a un punto de equilibrio en el que esas millones de neuronas se encuentran en ese instante que se toma como ejemplo del carácter unitario del sujeto. El sujeto, las neuronas integradas en una red subjetiva, no están en un estado fijo al que llamar punto de equilibrio, pues la mente es cambio sin fin (ya que si finaliza, deja de ser mente). Las neuronas son células vivas, y la vida no significa equilibrio, sino búsqueda del equilibrio. El equilibrio es una abstracción ideal, un punto ideal hacia el que tiende la naturaleza, pero que no se alcanza en la práctica, sino que se pasa de largo a través de él una y otra vez, pues la naturaleza es dinámica, cambiante, y no permite permanecer de manera estable en dicho punto ideal. El equilibrio no consiste en permanecer en dicho punto, sino en tender hacia el: se trata, por tanto, de lograr una estabilidad en dicha tendencia, no en alcanzar ese punto inalcanzable (los sistemas se ajustan al dirigirse al equilibrio por el aumento de entropía, pues bien, en fisiología el ajuste inconsciente se llama regulación, y el consciente, el llevado a cabo por el sistema nervioso, se llama control).
En la naturaleza en general, y en la vida en particular, el equilibrio consiste en un desequilibrio estable. Por poner un ejemplo: el organismo consigue mantener una temperatura constante y estable entre 36 y 37 grados centígrados a base de compensar la pérdida de calor corporal con la generación de calor corporal, en una cuerda floja interminable. Lo que pasa es que a simple vista, a escala macroscópica, esa oscilación de milésimas de grado que se produzca a cada instante no es percibida con la resolución empleada a simple vista para medir la temperatura (el termómetro) que no ajusta hasta las milésimas de grado, ni mucho menos. Por ello, a simple vista el error de dicha oscilación alrededor del punto de equilibrio ideal (digamos: 36,5 grados centígrados) es despreciable en la práctica, de ahí que a simple vista (escala macroscópica confinada) nos parezca ilusoriamente que el equilibrio (36,5 ºC) es un punto en el que se estabiliza la temperatura, no una tendencia. Es, otra vez, una cuestión de escala, y de cómo nuestra intuición nos engaña continuamente. Pero la realidad es contraintuitiva.
Digamos entonces que la mente es la información abstracta que el cerebro procesa. Es, por tanto, parte de la información que el cerebro procesa. Los que afirman que la mente no es el cerebro, en parte tienen razón, no están del todo desencaminados en su intuición, ya que la mente no es todo el cerebro, pero sí parte de él, la información abstracta que procesa. Téngase en cuenta que si se daña parcialmente el cerebro, se daña también parcialmente la mente. Hay tanta evidencia sobre esta correlación que no vale la pena discutir más sobre el asunto: si se daña el cerebro, se daña la mente, así que, aunque la mente no sea el cerebro, si ha de ser parte de él. La mente es abstracta, por lo que, si por este motivo no se puede identificar con el cerebro, al menos sí con parte de lo que el cerebro hace: el procesamiento de información abstracta, algo que el cerebro sí hace.
Al hablar de identificación, o no identificación, entre cerebro y mente, se está aludiendo al concepto de identidad. Identidad e igualdad no son exactamente lo mismo. Dos objetos son iguales si superpuestos coinciden, mientras que dos objetos son idénticos si dicha igualdad es evidente. Por ejemplo: dos gemelos univitelinos (con los mismos genes) son iguales, pero no idénticos, la igualdad no es completa, no es totalmente evidente, pueden tener el pelo cortado de manera distinta, por ejemplo.
El concepto de identidad va un poco más allá que el de igualdad en otro aspecto: si dos objetos son idénticos en grado sumo, pueden no ser ya dos objetos, sino uno solo, ¿cómo? Pues, por ejemplo, un solo objeto contemplado desde dos puntos de vista: una fotografía de un solo objeto desde dos ángulos distintos puede ofrecer dos perspectivas distintas de un mismo objeto, y no por ello ser dos objetos diferentes, sino uno solo idéntico a sí mismo, se mire desde donde se mire. Todas estas pequeñas ideas que se van vertiendo serán importantes al final para explicar la emergencia de la subjetividad, así que conviene familiarizarse con todo lo que se va diciendo, y si estas ideas resultan demasiado abstrusas, será preciso ir con calma y releer el texto para comprenderlo en toda su profundidad. Se trata de un asunto difícil, éste de la subjetividad.
En cuanto al daño parcial del cerebro, y su correlación con un daño parcial de la mente, la lista de ejemplos sería interminable. Últimamente se le está prestando cierta atención a uno particularmente interesante: se sospecha que la lesión de la corteza cingular anterior desvincula la percepción de la sensación del dolor con el sentimiento de sufrimiento que le acompaña. Por esta razón, las personas con este tipo de lesión no sufren con el dolor, y aunque lo perciben, no le dan mayor importancia (la pega es que tampoco aprecian la sensación de placer).
En una ocasión, un neurólogo al que conozco padeció un ataque de jaqueca indolora, tan intenso, que tuvo que ser ingresado por un cuadro de afasia global transitoria. La jaqueca es una enfermedad vascular cerebral (de los vasos sanguíneos del cerebro). La jaqueca se conoce también como migraña. Etimológicamente migraña viene a querer decir hemicraneal, o sea, la mitad del cráneo, ya que es típico en la jaqueca que duela un lado de la cabeza de manera pulsátil. Puede cursar, aunque no obligatoriamente, con ese dolor pulsátil en la mitad del cráneo, pero no siempre. De hecho, este fue el caso de este neurólogo, que sufrió un ataque de jaqueca sin dolor, aunque a cambio se perturbó el riego sanguíneo a su cerebro izquierdo de una manera tan notable que se quedó afásico durante unas horas. Afásico quiere decir sin lenguaje. Afasia global se refiere a que todas las partes en las que se divide el lenguaje, básicamente: entender el lenguaje oído, y producir el lenguaje hablado, se vieron alteradas. Ni entendía lo que se le decía (afasia sensitiva), ni era capaz de producir un lenguaje propio (afasia motora).
En algunas personas afásicas sólo se pierde la parte motora (afasia motora), en otras, sólo se pierde la parte sensitiva (afasia sensitiva), y en otras todo (afasia global), y hay todavía otras formas posibles para la afasia. Esto es debido a algo que ya habíamos dicho antes: que las funciones cerebrales hasta cierto punto corresponden a áreas cerebrales específicas.
En el cerebro un área neuronal determinada no se dedica a cualquier cosa, sino a ciertas funciones determinadas. Dicho reparto de funciones viene en parte de fábrica, al estar impreso en los genes. Por ejemplo, no tenemos que aprender a mamar, nacemos con dicha función supuestamente impresa de modo congénito en los genes. Ha de haber unos genes que dan forma a ciertas áreas neuronales para nacer sabiendo mamar, pues no es preciso aprenderlo. En cambio, otras funciones neuronales deben desarrollarse durante la vida, deben aprenderse, lo cual da una idea de la flexibilidad de las redes neuronales, en parte rígidas (otra forma de notarse el orden) y en parte flexibles (otra forma de notarse el desorden inherente al sistema nervioso; no hay que olvidar que en el cerebro hay una "pugna" entre orden y desorden, es un sistema caótico con tendencia a la estabilidad; de todos modos, no poseo conocimientos matemáticos suficientes para aventurar qué ejercería el papel de atractor extraño en el caso de la mente, pero propongo que algún matemático avezado, tras leer este ensayo, investigue el asunto).
Esta flexibilidad neuronal se debe a una de las muchas propiedades de las neuronas: la plasticidad: aunque las neuronas, no se reproduzcan en un adulto (como sí lo hacen, por ejemplo, las células de la piel), sí que sus conexiones con otras neuronas nacen, crecen y mueren, con lo cual, aunque la personalidad no se pierde del todo (las neuronas permanecen en lo posible constantes hasta cierto punto, con cierto nivel de estabilidad, de modo que la mente es un sistema caótico, pero no inestable), se puede aprender (las conexiones, la interacción entre neuronas, poseen cierto margen de cambio, con un error despreciable en lo que se refiere al mantenimiento de nuestra personalidad intacta con el paso de los años: somos siempre la misma persona de un día para otro –no a largo plazo-, pero el margen de cambio es suficiente para adaptarse como individuo al entorno con cierta eficacia, por ejemplo, para aprender, ¿y aprender qué? Pues aprender a hablar, por poner un caso).
Este neurólogo con jaqueca durante varias horas ni comprendió lo que se le decía ni fue capaz de expresar sus ideas, ideas que, por tal motivo, tampoco podía expresarse a sí mismo, de modo que su mente se volvió rudimentaria, como la de un chimpancé, en palabras de Oliver Sacks, "…detenido en el presente, confinado a la percepción literal e inmediata…". Sin la sintaxis seríamos tan inteligentes como un chimpancé, como ha insinuado Marcelo Dos Santos en su análisis del trabajo de William H. Calvin y Max Ernst, titulado La evolución de la inteligencia.
Diversos investigadores consideran que la capacidad sintáctica de la corteza podría haber aparecido en un tiempo relativamente corto en época reciente, de manera "explosiva", en relación con el repentino aumento del volumen craneal en los homínidos.
Como el neurólogo con jaqueca se recompuso de su afasia, fue posible tener la versión de primera mano de un especialista en neurología sobre un episodio que permitía comprobar la correlación entre mente y cerebro en un caso práctico. Aproveché la ocasión y le hice preguntas de tipo introspectivo en cuanto estuve seguro de su completa recuperación. Al preguntarle qué recordaba sobre su experiencia directa con una pérdida parcial de su mente (en correlación con su fallo cerebral parcial), habló de percepciones poco definidas. Una vez que el episodio afásico hubo terminado, volvió a ser capaz de ponerle nombre a las cosas, y de percibirlas de nuevo con la misma complejidad que antes, es decir, siendo más consciente de ellas que antes. Pero mientras permaneció afásico, su percepción de la realidad fue subjetivamente consciente (según me contó), pero simple y rudimentaria, sin apenas pensamiento hilado, y sin juicio crítico ni reflexivo sobre la realidad. Su mente se limitaba en ese periodo a una percepción inmediata de sensaciones simples en presente, sensaciones a las que no podía poner nombre durante la afasia, y que se encadenaban de manera instintiva, y vinculadas a un presente inmediato y sin referencia al pasado ni al futuro, ausentes también.
Tras recuperarse, y como su capacidad para memorizar lo que seguía percibiendo no se vio afectada durante la afasia, y por tanto recordaba las sensaciones percibidas, pudo ya describir lo que recordaba, que era todo lo ocurrido. Lo que contó fue que lo que percibió sentir mientras permaneció afásico, mientras el tiempo seguía corriendo frente a él, sin saber qué es el tiempo, atrapado en un presente irreflexivo, aunque consciente de sus sensaciones sin nombre y sin significado reabstracto, podía definirse, ahora que volvía a tener lenguaje, como incomodidad. Se sentía incómodo, porque notaba la necesidad de hacer algo que no conseguía llevar a cabo. Durante la afasia no sabía qué era ese algo, pues ni siquiera podía saber. Ese algo que no lograba hacer era comunicarse con las personas que tenía delante mediante un lenguaje complejo, con palabras habladas. Estaba incómodo porque no podía hablar, pero no era totalmente consciente de ello, porque no podía saberlo, sólo tenía un sentimiento sin nombre, y sin aparente razón de ser.
Las lesiones cerebrales permiten saber para qué sirve cada región del cerebro. Cuando se daña una región dada, se pierde una función dada. Si esto se confirma una y otra vez en miles de personas, con poca diferencia entre todas, se puede llegar a saber para qué sirve cada región cerebral. La verdad es que ya se sabe qué hacen muchas regiones del cerebro. Por ejemplo: si se dañan regiones de la superficie cortical, se pierden funciones muy determinadas, como el cálculo. En cambio, si se dañan ciertas regiones subcorticales, más que la calidad de las funciones, se altera la cantidad, por ejemplo: no se pierde el cálculo, pero se calcula más despacio (este tipo de detalles permite distinguir las demencias corticales de las subcorticales). Damasio cuenta en El error de Descartes el caso de un hombre que sufrió un daño en su región ventromedial del lóbulo frontal, y a consecuencia de ello dejó de ser capaz de tomar decisiones (no es que no se le ocurriese qué hacer, sino que no podía tomar la decisión de hacerlo, fuera lo que fuera, una función bastante abstracta, como se ve); y la lesión de la cara lateral de su lóbulo frontal le produjo una incapacidad para controlar la atención. Damasio también explica que la lesión en la corteza somatosensorial derecha puede afectar a la toma de decisiones (como se ve, entroncando con la idea de organización en red) pero con algún otro defecto asociado, como parálisis o alteración en el proceso sensorial.
Veamos otros ejemplos: lesión de la circunvolución prefrontal: produce alteración de la personalidad; circunvolución frontal ascendente: hemiplejía (paresia es parálisis parcial, plejía es parálisis total); circunvolución frontal inferior dominante: afasia de Broca; circunvolución parietal superior: hemianestesia; circunvolución parietal superior: apraxia (incapacidad para realizar conductas motoras estereotipadas aprendidas, como por ejemplo usar una herramienta); giro supramarginal: alexia, agrafia, acalculia, agnosia digital; giro angular: agnosia visual; corteza occipital: agnosia visual; corteza temporal superior: agnosia auditiva. Y esta es una pequeña muestra de una larga lista.
Son conocidos algunos defectos funcionales por su repercusión en los textos divulgativos al tener connotaciones de tipo filosófico, como algunos de los defectos funcionales vinculados a lesiones en el lóbulo parietal derecho, como es el caso de la apraxia del vestir, la anosognosia (negación de la enfermedad que se padece), la hemisomatognosia (se ignora la mitad del cuerpo, de modo que, por asombroso que parezca, los afectados afirman que debe de ser el de otra persona cuando se les hace mirar a esa parte, pues rellenan con su imaginación el vacío de información en su lóbulo parietal de ese modo), y la desorientación topográfica y espacial. También es frecuente que el enfermo fabule sobre su situación en los casos de ceguera cortical por anosognosia, diciendo que no ve porque se ha ido la luz. Puede que sorprenda que los enfermos nieguen una realidad evidente para los demás, pero así es como ocurre, por ejemplo: no es infrecuente observar a un paciente afásico, incapaz de formar palabras en su cerebro, tratar de mantener animadas conversaciones con quien tenga delante, a base de farfullar sin cesar sonidos articulados, pero mediante una jerigonza logorreica, amorfa y sin significado, sin darse cuenta de estar hablando sin lenguaje.
Hay descritos muchos síndromes diferentes para reunir defectos diversos en grupos, por ejemplo, el síndrome de Balint, por lesión de la corteza parietooccipital, consiste en dificultad para mantener fija la mirada en un mismo punto, inatención visual a los objetos presentes en el campo visual y dificultad para agarrar un objeto con la mano mediante control visual (ataxia óptica).
Así como la parte externa del lóbulo temporal está especializado en lenguaje y audición (en general), la parte interna constituye la circunvolución del hipocampo, que es una corteza más antigua, con tres capas de neuronas (en vez de seis, como el resto de la corteza) debido a que el hipocampo es, desde el punto de vista de la telencefalización, una corteza más primitiva; de hecho, el hipocampo forma parte del sistema límbico, la parte del cerebro dedicada a integrar la conducta instintiva y emotiva, es decir, la más primitiva, la que los humanos tenemos en común con animales cerebrados menos evolucionados y por tanto con un córtex menos extenso. En nuestro caso, el lóbulo prefrontal, que integra a todo el cerebro, controla los impulsos instintivos con aportaciones como la moral, por ejemplo, que se integra en el lóbulo prefrontal; las lesiones del lóbulo prefrontal (por un tumor cerebral, por ejemplo) pueden cursar con pérdida de la moral, con lo que el afectado puede pasar de ser un santo a ser un crápula desinhibido, agresivo y socialmente reprobable, y acabar entre rejas.
Estamos haciendo referencia todo el rato al conocimiento de la localización de funciones específicas en el cerebro gracias a la localización de zonas cerebrales en las que se produce muerte neuronal local, pero también se pueden conocer las funciones específicas locales por lo contrario al defecto: por el exceso de actividad, o la actividad a destiempo, fuera de lugar, como ocurre en la epilepsia, en la que las neuronas descargan fuera de control, y, por tanto, se puede manifestar efectivamente en la percepción subjetiva el contenido informático de dichos grupos neuronales; por ejemplo: en las descargas epilépticas en el lóbulo temporolímbico el afectado puede percibir, según la zona descargada: dejá-vu, ilusiones, miedo, pensamiento forzado, (por lo que a veces se plantea el diagnóstico diferencial con cuadros psiquiátricos), angustia, rabia, alucinaciones, y también otro tipo de manifestaciones menos abstractas, como palidez de la piel, labios azulados (cianóticos), dilatación de la pupila, movimientos intestinales, salivación (sialorrea), conductas consistentes en vestirse y desvestirse, deglutir, masticar, toquetear cosas, dar vueltas, salir a vagar, etc. También es conocida la lesión del hipocampo que altera la memoria de modo peculiar: se pierde la posibilidad de formar nuevos recuerdos, sin olvidar los ya asentados, de modo que no olvidan su nombre, pero olvidan, por ejemplo, si han comido ya, o no, hace media hora.
Hay un sinfín de defectos funcionales descritos en la patología médica dedicada a la neurología (una patología no es una enfermedad, sino un tratado médico sobre enfermedades). Son muy infrecuentes, aunque interesantes, los síndromes del cuerpo calloso. El cuerpo calloso es una gran estructura entre los dos hemisferios cerebrales (los hemisferios son las dos mitades del cerebro: recordemos que tenemos simetría bilateral, así que estamos formados por dos mitades corporales con simetría bilateral (inversión espacial): una es como el reflejo especular de la otra, somos un todo formado por dos mitades simétricas por paridad, raro, pero cierto; esto nos distingue de los animales con simetría radial, como las estrellas de mar, que ni siquiera tienen ya como nosotros la posibilidad de tener la cabeza localizada en un polo del cuerpo, sino repartida por varios polos, por varios brazos, que se coordinan como pueden para tener claro qué es hacia delante y qué hacia atrás al desplazarse por el suelo marino). Muy pocas veces se ve a personas con daño en el cuerpo calloso, pero cuando se encuentra a alguien, sorprende, ya que, en la situación extrema, la sección completa del cuerpo calloso, los dos hemisferios quedan separados, y como se concluye a partir del trabajo de Sperry, se trata entonces de dos conciencias subjetivas distintas (dos sujetos) en una sola cabeza, la una ajena a la existencia de la otra, la una (el hemisferio dominante) capaz de hablar y racionalizar su entorno, y la otra (el hemisferio no dominante) intuitivo y capaz de muchas cosas, pero no de racionalizar a fondo su existencia, al carecer del lenguaje. Raro, pero cierto. Las lesiones parciales del cuerpo calloso desembocan en una serie de complejos síndromes de desconexión del cuerpo calloso con diferentes posibilidades, por ejemplo, en la lesión de la parte anterior del cuerpo calloso se produce apraxia de la mano izquierda; en la lesión de la parte posterior del cuerpo calloso se produce anomia táctil de la mano izquierda, etc.
Las lesiones del tálamo también conllevan una constelación compleja de síndromes. Y las lesiones de los ganglios basales son también frecuentes, e incluyen el síndrome de Parkinson, entre otros diversos. Las lesiones localizadas en el cerebelo también cursan con una lista de alteraciones posibles, como vértigo cerebeloso, ataxia de la marcha (marcha de borracho) y un largo etcétera. La alteración en ganglios basales, y posiblemente en cerebelo, también afecta al pensamiento, por ejemplo, del mismo modo que las personas con parkinsonismo pueden presentar lentitud para iniciar el movimiento de un miembro (hipodinamia) también pueden presentar lentitud para iniciar sus pensamientos, algo de lo que algunas personas con parkinsonismo se quejan amargamente, pues ocurre en contra de sus deseos.
Las lesiones del tronco cerebral, a diferencia de las lesiones corticales, producen defectos con menor componente filosófico, pues ya no afectan a la parte de la mente dedicada a la elucubración filosófica. Las lesiones en tronco cerebral consisten en alteraciones motoras y sensoriales, como hemianestesia, hemiplejía, disfagia, vértigo, tinnitus (sonido de campanillas), nistagmo (sacudidas oculares), diplopia (visión doble), incoordinación de miembros, y otro largo etcétera. Y por debajo ya sólo queda la médula espinal, cuya lesión y defecto funcional consiguiente supone habitualmente anestesia y/o plejía, es decir, lo mismo que en las lesiones de corteza, aunque con mayor simplicidad.
El asunto de los síndromes neurológicos es mucho más complejo de lo aquí expuesto, por supuesto. Por ejemplo, el manual de Semiología del sistema nervioso, de Fustinoni, tiene alrededor de 500 páginas. Toda esta evidencia se refiere a hechos que ocurren en el cerebro y que tienen que ver con la mente, así que es necesario concluir que la mente es lo que el cerebro hace con la información abstracta que procesa, y no otra cosa. Además, la mente es manipulable de modo material, por ejemplo, con drogas, y es manipulable a voluntad y de manera suficientemente predecible, así que la mente es un ente material, ya que es la información abstracta que el cerebro procesa (la información es la forma de la materia), y dicha información abstracta no es más que el progresivo cambio de la estructura morfofuncional del cerebro en función de los estados relativos de unas neuronas respecto de otras, es decir, del grado de actividad en el que se encuentre cada sinapsis.
La mente consiste en información, consiste en un cambio en la forma del cerebro por la interacción sináptica entre las neuronas, y por tanto, es un proceso material, y un proceso material es un proceso físico sistemático real, detectable, y como es detectable ese es el motivo por el que la conciencia puede ser una propiedad detectable, porque la materia lo es, de ahí que la conciencia pueda ser una experiencia propia de un sujeto, una percepción subjetiva de algo, ya que la detección de la realidad se está produciendo, y al ocurrir de modo subjetivo, tiene lugar como si fuese percibida por un sujeto. El resultado es que la percepción se llega a identificar con un error despreciable con la experiencia real según la cual es un sujeto el que está percibiendo la realidad, y como la información es consciente, el sujeto la percibe dándose cuenta de la realidad conscientemente como sujeto. Aunque digamos que el sujeto percibe la realidad, no hay que olvidar que al no ser un ente concreto el sujeto no está percibiendo la realidad, que esto es sólo lo que ilusoriamente se intuye al estar confinada dicha información consciente en la escala macroscópica como un todo. Así que, digámoslo bien: no es que el sujeto esté percibiendo la realidad, sino que el sujeto es esa percepción continua; en palabras de Schrödinger (siguiendo la idea de Hegel): sujeto y objeto son una sola cosa (el continente, el sujeto, y el contenido, la parte de la mente que es subjetiva, son lo mismo, una sola cosa).
Durante unas horas, el neurólogo con jaqueca percibió la realidad con la complejidad con que lo hace un chimpancé. Pero no por ello dejó de ser humano. De hecho, estuvo ingresado en un hospital, como un enfermo más, no fue atendido por un veterinario. Los que le atendieron sabían que era humano por su aspecto externo y porque lo conocían de antes de perder facultades. Pero si se lo encontrasen por vez primera, y tuviesen que juzgar su pertenencia a la especie humana en su estado afásico, ¿lo reconocerían como humano de todas formas? ¿Cómo se reconoce a un ser humano? Tal vez no sea el hecho de ser un sujeto, ya que es difícil pensar que otras especies animales con un cerebro parecido al humano, y hay muchas, no sean también subjetivamente conscientes de la realidad. ¿Podría ser lo que nos hace humanos el uso de un complejo lenguaje, y el hecho de poseer una mente compleja? Hasta el hombre más vil, abyecto, bruto e inculto que se pueda imaginar posee, si está sano, una mente tan compleja como el que más. Los productos de la mente de un hombre así pueden ser simples, vulgares, destructivos, o lo que se quiera, pero la mente que los ha producido será tan compleja en su funcionamiento, y su cerebro tan innovador, desde el punto de vista evolutivo, como el de cualquier otra persona. ¿Son tal vez las emociones lo que nos distingue? Quien haya tenido perro, sabe que no es así. ¿Los sentimientos tal vez, la compasión, la clemencia, la empatía? Tampoco es fácil para quien haya tenido perro, o para quien comprenda que un porcentaje notable de los seres humanos no son compasivos, ni clementes, ni se ponen en el lugar de los que sufren o disfrutan, ni desean y proveen el bien. Si el amor fuera el rasgo humano clave, un número elevado de personas deberían ser excluidas de la especie humana en el acto, y no ocurre. ¿A qué achacar entonces la clave del hecho de ser humano? ¿A la cultura? Los animales la tienen, hay diversas especies que poseen información sobre su sociedad que es transmitida dentro de la sociedad y de una generación a otra mediante algún tipo de lenguaje, no a través de los genes. Es posible que la cultura humana sea más compleja, pero no por ello la cultura de los chimpancés deja de ser cultura. ¿La sociabilidad tal vez? Hay muchas especies sociales. ¿El autocontrol? Muchos hombres demuestran lo contrario continuamente…
Partamos de un detalle en el que no se piensa a menudo, pero que es importante: la mente depende del cerebro, y el cerebro es un eslabón más en la cadena evolutiva del sistema nervioso de una generación a otra, y de una especie animal a otra. Las características del cerebro humano son propias de la especie humana, y por tanto forman parte del proceso de hominización, ese proceso de cambio evolutivo que ha llevado del primate al ser humano, en esta línea evolutiva en particular. La hominización también es un acontecimiento evolutivo más, uno de tantos.
Otro detalle que fácilmente pasa por alto es el siguiente: que se sepa, sólo existe en la actualidad una especie animal a la que definir como ser humano. Dicha especie es el Homo sapiens sapiens. Este pequeño detalle es sin embargo notable, ya que es un caso excepcional, que convierte al ser humano en una pequeña joya desde el punto de vista de la zoología, pues es un caso único en su género. Veamos con un ejemplo qué significa esta soledad del ser humano entre el resto de los animales: así como se puede ser humano, también se puede ser, por ejemplo, felino, como les ocurre a los gatos. Lo que pasa es que hay diversas especies de felinos, de modo que los gatos, por nombrar a unos de ellos, no son los únicos felinos existentes. También están los tigres, los leones, etc. En cambio, sólo una especie animal es humana en la actualidad. Homo es un género de animales, y lo habitual es que un género animal esté representado por varias especies. Pues el género Homo es de esos géneros animales llamativos por tener una sola especie como representante: Homo sapiens sapiens, el ser humano moderno. Si a esto le añadimos las destacadas peculiaridades de esta especie animal, no queda más remedio que notar su presencia destacada, conspicua, llamando la atención dentro del reino animal como uno de los grupos animales más llamativos. Si en la actualidad hubiese varias especies humanas, como ocurrió durante millones de años en el pasado, si hubiese varias especies del género Homo a la vez, quizá no seríamos tan antropocéntricos, quizá no creeríamos poseer la humanidad en exclusiva, del mismo modo que, en caso de ser racionales y conocer al resto de las especies felinas, los leones no se creerían en posesión exclusiva de su aire gatuno.
34. TAXONOMÍA Y HUMANIDAD.
Los grupos animales se clasifican, grosso modo, y yendo en el sentido de las hojas a la raíz del árbol, en raza, especie, género, familia, orden, clase, tipo y reino. Por supuesto que esta clasificación se puede modificar al antojo de cada autor. Lo que interesa es percatarse de la ramificación de la clasificación, como un tronco con ramas, que refleja el hecho evolutivo: conforme pasa el tiempo, se van añadiendo ramas al árbol, al ir surgiendo animales diferentes a los anteriores con el progreso de la evolución, con desaparición de las ramas previas por selección natural.
El hombre pertenece al orden de los primates (clase: mamíferos). Los primates son animales caracterizados, entre otras cosas, por tener cinco dedos en la mano y pulgar oponible, por poder efectuar la pronosupinacion de la mano, por tener uñas (en vez de garras), por ser plantígrados, por poseer visión estereoscópica frontal, por ser euterios (placentarios), y por tener el rinopalio (la corteza olfatoria) relativamente menos desarrollada. El orden de los primates probablemente surgió en el pleoceno, durante la era terciaria, hace, tal vez, unos 60 millones de años. Es probable que los primates evolucionaran a partir de mamíferos insectívoros con un aspecto parecido al de las actuales musarañas. Es conveniente dividir al orden de los primates en dos subórdenes: prosimios y simios. El suborden de los prosimios, continuando con esta complicación del ramaje de este árbol evolutivo que lleva hacia los homínidos, se divide en los infraórdenes de los lemuriformes, lorisiformes y tarsiformes. El suborden de los simios, también llamados antropoideos, se divide en los infraórdenes de platirrinos y catarrinos. Los platirrinos son monos con cola, y están menos evolucionados que los catarrinos. Los monos platirrinos se dividen en tres géneros: tití, cebus y ateles. Los monos catarrinos aparecieron en escena hace unos 50 millones de años, probablemente en el eoceno, y se caracterizan por algo curioso: por tener 32 dientes, incluido el ser humano adulto. Los monos catarrinos se clasifican en 4 familias: cercopitecos, hilobátidos, antropomorfos y homínidos. Los cercopitecos son los únicos catarrinos con cola, aunque en su caso no es prensil. Los hilobátidos, con 4 especies, son los gibones, menos evolucionados que antropomorfos y homínidos. Los póngidos o antropomorfos se clasifican a veces en la misma familia que los hilobátidos, pues son los dos catarrinos sin cola que no son humanoides. Los póngidos se dividen en 3 géneros: Pongo, u orangutanes, Pan, o chimpancés, con dos especies, y Gorilla.
La familia de los homínidos es la cuarta familia de los catarrinos que falta por mencionar. En la familia de los homínidos encontramos ya a los seres humanos. Los homínidos se caracterizan por el bipedismo. Hay dos géneros conocidos pertenecientes a la familia de los homínidos: Australopithecus y Homo. De estos dos géneros de homínidos, uno de ellos, el género Australopithecus, ya se ha extinguido. Eran seres de aspecto casi humano, aunque probablemente no eran totalmente humanos. Quizá ni siquiera fueran capaces de hablar, quizá fueran como chimpancés bípedos, tal vez con más inteligencia que los chimpancés, que otorgaría a sus tribus un aspecto a medio camino entre una tribu de chimpancés y una tribu de hombres primitivos. Y esto matizándolo además con el hecho de las varias especies de Australopithecus que ha habido, algunas más evolucionadas que otras. Dentro del género Homo también hay diversas especies conocidas, como es el caso de Homo erectus, o el caso del hombre de Neandertal (Homo sapiens neanderthalensis), ambas especies ya extinguidas en la actualidad, que se sepa. En principio, en la actualidad sólo hay una especie animal representante del género Homo: Homo sapiens sapiens, el ser humano moderno. Es más, no sólo Homo sapiens sapiens es la única especie animal representante del género Homo, sino que por su parte el género Homo es el único género animal representante de la familia de los homínidos. El hombre es un simio catarrino de la familia de los homínidos, la única especie viva representante del género Homo, y el único homínido que existe en la actualidad, el único homínido que existe en el planeta. Es fácil caer en la tentación de intuir que se trata de una especie elegida por ello, señalada por el destino, pero la verdad es que durante millones de años han convivido varias especies humanas distintas sobre el planeta. La situación actual es llamativa, pero circunstancial, y si indica algún destino, sería que los homínidos están desapareciendo más deprisa que los felinos.
Así como el hecho de ser un animal felino es una característica achacable a un género animal dado, del mismo modo el hecho de ser un animal humano es una característica achacable a otro género animal dado, el género Homo. De modo que ser humano quiere decir: pertenencia al género Homo.
¿Y cuál es la característica que nos hace humanos, un género categorizable al mismo nivel que los cercopitécidos, los hilobátidos y los póngidos? ¿Cuál es el rasgo clave que permite categorizar aparte al género Homo?
Si los humanos somos únicos, está claro que el rasgo más distintivo es el de la capacidad para llevar a cabo una comunicación interpersonal compleja mediante un lenguaje complejo, basado en palabras, que nos permite además hacer algo peculiar: reabstraer la realidad, y así tener capacidad para reflexionar acerca de la realidad (para volver sobre ella, para darnos cuenta de estarnos dándonos cuenta de ella, para tener autoconciencia o conciencia del yo, autocontrol, etc.). Sin embargo, el lenguaje podría no ser la gran diferencia entre el hombre y el resto de los animales, ya que el lenguaje con el que se comunica es más complejo, pero los demás animales también se comunican con sus propias formas de lenguaje, y el hombre también se comunica con otros animales. Además, no todos los seres humanos poseen autoconciencia, por razones diversas.
Quien haya tenido perro conoce el abanico de posibilidades de comunicación entre el hombre y el perro, que se refiere a conceptos muy simples, como comida y refugio, pero que claramente incluye una comunicación emocional y factual rudimentaria, pero auténtica, y un reconocimiento mutuo, y un choque de personalidades indiscutible. De modo que se diría que el lenguaje complejo que el hombre utiliza (nótese que se dice más complejo, no mejor) es sólo lenguaje.
El bipedismo parece un rasgo clave también, pero Australopithecus lo era, y posiblemente no era humano. Sin embargo, hay un fenómeno que podría explicar la naturaleza humana: la neotenia; entra dentro de lo posible que lo que otorga su humanidad al hombre, lo que permite clasificar a este homínido dentro del género Homo, sea la neotenia; es posible que el hombre sea simplemente un simio catarrino antropomorfo que se ha vuelto primero homínido y después Homo como resultado de la manifestación de la neotenia en el curso de su evolución particular a lo largo de las generaciones (por supuesto que tal conjetura estaría basada en unos cambios genéticos particulares en ese sentido, de modo que la demostración de esta conjetura pertenecería a la biología molecular, tanto como a la paleontología). Así que, del mismo modo que los animales se reconocen entre sí como pares (Dios los cría y ellos se juntan), para identificar la humanidad (que es algo más que reconocerse como pares) quizá haga falta identificar la característica de la neotenia afectando a un antropomorfo (es decir, matizando esto: afectando al antepasado común de un antropomorfo y un homínido, que sería un ser parecido a un antropomorfo, de ahí que se exprese de este modo).
Tras llegar a esta conclusión, dediqué algún tiempo a revisar una posibilidad: que a alguien se le hubiera ocurrido lo mismo antes, pues, como decía mi padre: "Todo está escrito, mas no todo leído". Y, buscando, encontré un libro de Lamotte, Antropología neuroevolutiva, en el cual se decía esto mismo, que el ser humano debía su aspecto a la neotenia. Pero Lamotte a su vez refería habérselo leído a Changeaux, por ello el siguiente paso fue encontrar ese otro libro de Changeaux, labor que me llevó unos 5 años. Finalmente conseguí el libro de Changeaux, El hombre neuronal. Y en efecto, ahí hablaba Changeaux de la neotenia, y explicaba que lo de la neotenia, como rasgo humano clave, ya se le había ocurrido también a otro antes que a él, a Bolk, en 1926, quien hizo mención al parecido chocante del joven chimpancé con el hombre adulto. De ahí la sospecha de la persistencia de rasgos fetales en el humano adulto. Bolk decía que lo que le pasaba al hombre era como si lo que es una etapa de transición en la ontogénesis de otros primates se hubiera convertido en una etapa final en el hombre, en referencia a los rasgos faciales. Y en cuanto al cráneo, Bolk dijo que el hombre se parece a un feto de chimpancé convertido en adulto, con lo que sería un animal neoténico.
36. NEOTENIA Y CEREBRACIÓN.
Decíamos que la humanidad es un rasgo animal exclusivo de una sola especie en la actualidad, lo cual puede tentar al hombre a considerarse también un ser exclusivo. Animales próximos al hombre, como el chimpancé, reparten entre dos especies su rasgo de género, la "chimpanceidad", pues hay dos especies de chimpancé: Pan troglodytes y Pan paniscus. Pero el hombre está solo en este momento de la historia. Decíamos también que el rasgo humano clave podría ser el antropomorfismo asociado a la neotenia. ¿Y qué es la neotenia? El fenómeno de la neotenia consiste en manifestar en la edad adulta características infantiles o larvarias. Un ejemplo típico de neotenia se encuentra entre los anfibios que conservan las branquias en la etapa adulta, como ocurre con el anfibio Proteus anguinus. Ocurre algo parecido con el ajolote, por poner otro ejemplo. Se diría que es también la norma entre los insectos ametábolos, los que conservan su morfología larvaria durante su crecimiento, como ocurre con el lepisma, por ejemplo. De ser esto cierto, si no me corrige algún zoólogo por haber cometido algún error en esta exposición, esto indicaría que se daría tanto entre protostomios como entre deuterostomios. Y ahora diré qué significa protostomio y deuterostomio.
Los seres vivos se clasifican por sus características y por su ubicación a lo largo del árbol evolutivo. La primera división de la vida se establece entre procariotas (células primitivas) y eucariotas (células modernas, con el material genético dentro de un núcleo celular). Los humanos somos eucariotas (células con los cromosomas en un núcleo rodeado por una membrana propia), las bacterias son procariotas. Según Margulis, las células eucariotas podrían ser un estado simbiótico de células procariotas, pues algunos de los orgánulos dentro de las células eucariotas parecen de hecho células procariotas, como es el caso de las mitocondrias, que incluso tienen en su interior cromosomas sin núcleo (los cromosomas son organitos intracelulares en los que están empaquetados los genes de la célula, las unidades morfofuncionales hechas de ácidos nucleicos con la información genética). Los procariotas son dos grupos de seres vivos: bacterias y cianofíceas. Los eucariotas están constituidos por los siguientes 4 grupos de seres vivos: protistas, hongos, metafitas y metazoos. Los protistas son seres unicelulares, como los procariotas, pero son eucariotas. Los protistas pueden ser animales, los protozoos, o vegetales, las protofitas. Entre los protozoos resultan interesantes los cianoflagelados, pues su estructura es similar a la de unas células, los coanocitos, a las que se hará mención enseguida, por su interés. Los hongos no son vegetales, como se ve. Las metafitas son las plantas, y los metazoos son los animales formados por muchas células, o animales multi o pluricelulares.
Los metazoos, o animales pluricelulares, se dividen en parazoos, mesozoos y eumetazoos. Los parazoos son las esponjas, y se caracterizan por presentar cierta diferenciación celular, cierta especialización de sus células, pero sin formar éstas tejidos (los tejidos aparecen en cuanto aparece la lámina basal, una estructura laminar que separa un grupo celular de otro, caracterizando así a cada tejido como el grupo celular separado por una lámina basal). Las esponjas son interesantes pues uno de sus tipos celulares es el coanocito, que al ser tan parecido a los protozoos llamados cianoflagelados, obliga a pensar que los metazoos, de los cuales las esponjas son un primer representante menos evolucionado, o más primitivo, son el resultado de una asociación entre protistas, procedentes de una misma célula germinal, y más o menos diferenciados entre sí (especializados) unidos en un propósito común, una sola vida individual a escala macroscópica, protistas que además tendrían los mismos genes (procederían de una célula huevo común). Los mesozoos son un estado intermedio entre parazoos y eumetazoos. Los eumetazoos son metazoos con epitelios, con tejidos celulares.
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