Los eumetazoos crecen a partir de una célula embrionaria, que se divide, multiplica y subespecializa, empezando a formar tejidos. Primero forma capas de células: si el embrión tiene dos capas, los eumetazoos se denominan diblásticos, si tiene tres, triblásticos. Los eumetazoos diblásticos presentan simetría radial, y son los ctenóforos y los cnidarios (los cnidarios son los pólipos, las medusas, las anémonas). Los eumetazoos triblásticos presentan simetría bilateral, excepto los equinodermos (las estrellas de mar). La importancia de los eumetazoos triblásticos consiste en que, a diferencia de los seres citados hasta ahora, y con la excepción de los equinodermos (por su simetría radial, que lo hace improbable) presentan el fenómeno de la cefalización, es decir, desarrollan un polo cefálico, se establece una simetría entre sus dos polos o extremos, de modo que uno de ellos se va a especializar en ser la cabeza del animal, novedad importante a la hora de buscar comida en movimiento autónomo (originalmente, el movimiento era natatorio, claro). Los eumetazoos triblásticos se dividen en acelomados (platelmintos, etc.), seudocelomados (nematelmintos, rotíferos, etc.), y celomados, dependiendo de si tienen, o no, o casi, cavidad celómica. Los celomados, dependiendo de donde aparezca un orificio que se llama blastoporo en la fase en la que el huevo se está dividiendo y formando una primera bola de células, se dividen en protostomios y deuterostomios. En los protostomios el blastoporo se sitúa de modo que dé lugar a la boca, y en los deuterostomios dará lugar al ano. Los protostomios se dividen en anélidos, artrópodos y moluscos. Los artrópodos se dividen en quelicerados (arácnidos, merostomos y picnogónidos) y antenados o mandibulados (crustáceos, miriápodos, insectos).
Los moluscos son interesantes porque son el primer grupo animal en el que los agrupamientos de neuronas en el polo cefálico, los ganglios neuronales cefálicos, se fusionan por primera vez en un órgano al que considerar ya un primer cerebro rudimentario, siendo especialmente notable el hecho en el caso de los cefalópodos, como el conocido caso del pulpo, capaz de diseñar soluciones imaginativas para problemas difíciles (de hecho, nuestro cerebro es algo así como un ganglio gigantesco, o un gigantesco agrupamiento de ganglios). Lo que pasa es que es improbable que el pulpo evolucione como el hombre, hacia la humanidad, porque aunque el cerebro del pulpo es notable, y sus ojos grandes y complejos, hay una diferencia crucial entre el pulpo y el hombre, y es que mientras el cerebro del hombre está formado por neuronas de diversos tipos pero, en general bastante parecidas entre sí y haciendo en general más o menos lo mismo en todas partes, parece ser que las neuronas de los cefalópodos presentan mayor diversidad de tipos, de modo que si esto es cierto su mente debería ser algo diferente a la nuestra.
Los deuterostomios son interesantes por ser los animales en los que el sistema nervioso se sitúa en posición dorsal. Los deuterostomios se dividen en equinodermos y cordados. Los equinodermos, como ya se ha dicho, presentan simetría radial, y son las estrellas, los erizos de mar y las holoturias. Los cordados se caracterizan por tener en posición dorsal un cordón llamado corda, por tener un tubo nervioso cerca de la corda, y por tener faringe. Hay cuatro tipos de cordados: cefalocordados (amphioxus), urocordados (ascidia), perennicordados y craneados. Los craneados son los animales con cráneo. Los craneados se dividen en mixinoides (ciclóstomos, como la lamprea) y vertebrados. Los vertebrados se caracterizan por poseer tejido óseo, y dividirse en cabeza, tronco y cola. La cabeza es el miembro único del polo cefálico, unido al cuerpo por el cuello, y compuesto por cráneo y cara. Los vertebrados son los anamniotas (peces y anfibios) y los amniotas (reptiles, aves y mamíferos). Los mamíferos incluyen a los insectívoros, a partir de los cuales evolucionaron los primates, que es lo que somos los humanos, primates. A pesar de lo que parezca, tenemos más en común con una holoturia, o con un erizo de mar, o con una estrella de mar, que con un pulpo, o con una mantis religiosa.
El ser humano también parece manifestar neotenia. Se diría que es una versión evolucionada de un antepasado común a los antropomorfos y a los homínidos (hipotéticamente otro antropomorfo primitivo, tal vez un driopitecino) que hubiera manifestado, a lo largo de la evolución filogenética, un progresivo y notable infantilismo (la filogenia es el curso de las generaciones sucesivas de seres vivos, la ontogenia es el curso de la vida de cada individuo; son dos conceptos interesantes, que llevaron a Vun Baer, en 1828, y a Haeckel, en 1874, a decir que la ontogenia, el desarrollo del feto y el embrión, es una recapitulación de la filogenia, pues el embrión y el feto humano pasan por etapas en las que parecen el embrión de un pez y un reptil, antes de parecer el de un hombre). Si se compara a un hombre con un antropomorfo adulto, se verá que el hombre da la impresión de ser infantil en comparación con aquel, en función de lo que se supone que se esperaría encontrar en un antropomorfo adulto, por ejemplo: en el hombre se aprecia hipotrofia importante del pelo corporal (aunque esto podría no deberse a infantilismo, o tan sólo a infantilismo), brazos relativamente cortos, cráneo grande en relación al cuerpo… es decir, el hombre adulto recuerda a un niño de gran tamaño… eso sí, conservando su capacidad genésica, de lo contrario este hipotético infantilismo habría sido incompatible con la perpetuación de la especie, lo cual no ha sido así hasta ahora. Más detalles del infantilismo del hombre: los ojos son grandes respecto de las demás partes de la cara, la cara es pequeña en relación con el tamaño del cráneo, los maxilares son pequeños en comparación con los de especies afines con menos infantilismo (no sólo en referencia a otros antropomorfos, sino también en referencia a otros homínidos). El hocico del hombre también ha ido retrocediendo con el tiempo (como le ha pasado también al perro, que es una versión infantil del lobo, su antepasado y coetáneo). Los dientes del hombre también son pequeños en comparación con los de los antropomorfos, es más, se diría que su número se está reduciendo a simple vista en este momento: los catarrinos presentan 32 dientes, y sin embargo en muchos hombres adultos son ya 30, pues con gran frecuencia no brotan ya las muelas del juicio inferiores (o a veces al revés, las superiores), signo de esta hipotética regresión progresiva hacia la infantilidad, que podría seguir en curso en este momento.
El que el progreso hacia la infantilidad pudiera estar siguiendo su curso da que pensar, porque el infantilismo no tiene porqué ser beneficioso para la especie. Podría ser perjudicial desde el punto de vista evolutivo, por lo que podría ser divertido conocer este extremo. Ya se verá a continuación de qué modo afecta el infantilismo a la conducta humana.
El gorila sería un ejemplo del polo opuesto al hombre. Un gorila adulto, a simple vista, y sin ser zoólogo el que esto escribe, da la impresión de manifestar los caracteres antropométricos que uno esperaría encontrar en un antropomorfo adulto, maduro y sin aniñar: pelo abundante y recio por el cuerpo, mandíbula y caninos de gran tamaño relativo, cara grande en relación al cráneo, uñas gruesas, brazos largos, etc. De hecho, se diría que ya las propias crías de gorila son menos infantiles que, digamos, las crías de chimpancé, y como las crías de chimpancé parecen también menos infantiles que las de hombre, pues las crías de gorila tal vez estarían presentando menos neotenia que los bebés humanos. Las personas de raza amarilla y negra parecen presentar más neotenia que los blancos. Por ejemplo: los varones asiáticos suelen ser lampiños, y tanto varones como mujeres poseen epicanto (doble párpado interno). El epicanto está presente en los blancos, curiosamente, sólo durante la infancia, y luego desaparece al crecer (el epicanto en los niños blancos es importante, ya que es útil, sobre todo a los pediatras y a los oftalmólogos, para el diagnóstico del seudoestrabismo). En los fósiles de niños primitivos desenterrados en la sierra de Atapuerca, los paleoantropólogos (Arsuaga y Martínez en La especie elegida) han descrito la similitud entre la cara de estos niños primitivos y la cara del hombre adulto moderno, similitud perdida al crecer el niño primitivo y desarrollar sus rasgos arcaicos adultos, como el arco superciliar prominente y el prognatismo (prognatismo que tal vez podría ser a su vez un vestigio rudimentario del hocico mencionado unos párrafos más arriba al comparar el caso del hombre con el del perro y el lobo en lo referente a la neotnia). En la actualidad se conservan los rasgos infantiles en la edad adulta de modo más marcado en la mujer que en el varón (la mujer podría presentar más neotenia que el varón, lo cual podría estar añadiendo atractivo al ya existente por el proceso de feminización, aunque curiosamente esta mayor belleza podría asociarse a una mayor incidencia de ciertas enfermedades), pues en el varón se insinúan con más intensidad que en la mujer los rasgos arcaicos citados, sobre todo el arco superciliar, prominente en el varón y poco protuberante en la mujer en general, en comparación. Lo que parece desentonar en este rostro humano aniñado que tenemos es la gran nariz que lo adorna en su centro, lo cual no tiene que indicar falta de infantilismo de la nariz, y por tanto fallo en esta hipótesis de la neotenia, ya que el tamaño de las partes del cuerpo depende de diversos factores, no sólo de la neotenia. Sin ir más lejos, la talla del ser humano es mayor en la actualidad que la de sus versiones primitivas supuestamente menos infantiles, como el Australopithecus, y no por ello hay que pensar que se deba a otra causa ajena a la neotenia como pudiera ser el eunucoidismo, que implica un aumento de la talla final de un individuo, ya que el eunucoidismo habría acabado siendo incompatible con la procreación, por hipotrofia gonadal. El tamaño de las partes del cuerpo es multifactorial (disponibilidad de alimento, presencia o ausencia de predadores naturales, factores hormonales, dimorfismo, etc.).
La infantilidad del ser humano podría ser el rasgo humano clave, visto lo visto, la clave de su singularidad como especie antropomórfica conspicua, la explicación de su peculiaridad a simple vista, de su diferencia frente al chimpancé, siendo este rasgo más importante para distinguir a un chimpancé de un hombre, compartiendo como comparten casi los mismos genes, que el lenguaje complejo. Si es cierto que somos antropomorfos afectados de neotenia, entonces deberíamos dejar de llamar antropomorfos a los póngidos, y deberíamos empezar a llamarnos nosotros pongomorfos, pues, desde este punto de vista, no sería el orangután el que se parecería al hombre, sino el hombre el que se parecería al orangután. El hombre sería algo así como un orangután bípedo con neotenia, o un chimpancé bípedo con neotenia, o quizá, un driopitecino bípedo (tal vez un Australopithecus, entonces) y con mayor estatura y neotenia (suponiendo al driopitecino el hipotético antepasado común a póngidos y homínidos).
El caso es que el cerebro del hombre es más grande que el de sus antepasados directos. Y, al mismo tiempo, el hombre parece un niño grande, y los niños son relativamente "cabezones". Así que la pregunta consecuente es obvia (a poco que se tenga el día algo creativo): ¿tendrá la neotenia algo que ver con el desarrollo cerebral del hombre? Tal vez el aumento del tamaño relativo del cráneo en el hombre moderno tenga que ver con la tendencia a conservar las proporciones infantiles en el adulto, aumentando tanto el continente como el contenido, sin que el aumento del continente, la hipertrofia (aumento del tamaño de las piezas) y la hiperplasia (aumento del número de piezas) del cerebro haya supuesto un cambio deletéreo, sino al contrario, una nueva arma con la que enfrentarse al rigor de la selección natural. Aunque hay que tener en cuenta que la hipertrofia e hiperplasia del cerebro no siempre da lugar a individuos sanos, ni siquiera viables: el aumento del tamaño del cerebro, la megalencefalia, puede ser patológica. De hecho, hay diversos tipos de megalencefalia descritos en patología médica, y todos ellos están categorizados como enfermedad. En el caso de la megalencefalia viable y no patológica, no es tan frecuente la necesidad de una intervención facultativa, pero echando un vistazo a la enorme cantidad de gente con problemas de tipo psiquiátrico de todo tipo, no estoy seguro de si esta aseveración sobre la no morbosidad del enorme cerebro que nos ha tocado en el sorteo es completamente precisa y acertada.
Hasta el momento, la tenaz persistencia de la especie humana sobre la superficie del planeta como especie viable, da sentido a esta conjetura de la asociación entre neotenia y encefalización prohumana. De todos modos, hay que tener en cuenta que el aumento del volumen ocupado por la caja craneana no ha ido paralelo al aumento del número de neuronas del cerebro, como recuerda Mora en Continuum ¿cómo funciona el cerebro? Las neuronas han aumentado a mayor ritmo que el volumen craneal, de modo que ha sido la aparición de las circunvoluciones cerebrales (más superficie de corteza en el mismo volumen) lo que ha hecho posible la viabilidad de un mayor aumento de neuronas que de capacidad craneal. En el caso de las personas con megalencefalia, o gigantismo cerebral, de los que hay diversos tipos relativamente frecuentes, no se logra el equilibrio en este aspecto de la cuestión, ya sea por problemas con el tamaño del cerebro, o con la organización interna de este elevado número de neuronas, que lleva a los diversos tipos de enfermedades asociadas a la megalencefalia.
El ser humano acostumbra a rodearse en su ambiente doméstico, curiosamente, de animales que presentan neotenia, que son una versión infantilizada de sus antepasados, como es el caso de la vaca lechera (compárese con la vaca brava), el cerdo (compárese con el jabalí), o el perro (compárese con el lobo). Incluso resulta llamativo que últimamente se estén abriendo granjas de avestruces en Europa, ya que el avestruz parece un gran pollo descomunal, con esos ojos enormes, esa cabeza desplumada, y esas absurdas alas hipotróficas con las que no puede ni volar.
En el caso del perro la neotenia se adivina también en su conducta, no sólo en aspectos morfológicos: el perro adulto se comporta como un cachorro juguetón y torpe durante su vida adulta, cuando el juego, que es un instinto heredado útil para el aprendizaje, se detiene automáticamente en otros animales al terminar de crecer. Además el perro no suele mostrar la fiereza del lobo, ni su implacable intencionalidad, ni su mirada intimidatoria, salvo excepción. Y es probable que el ser humano manifieste la neotenia en la conducta también. ¿Sería esta una posible explicación para la inmadurez y el despropósito que se adivina continuamente en el comportamiento del hombre adulto (independientemente de la importancia que pudiera tener la ya de por sí natural tendencia al caos del cerebro)? ¿Juega el hombre adulto de un modo desorientado, y fuera de lugar y tiempo?
El infantilismo podría estarle suponiendo al hombre un segundo problema, aparte del juego desorientado, podría estarle afectando además a través de la labilidad emocional, la pérdida del control de las emociones: el hombre llora y ríe a la menor ocasión. La madurez personal debería conllevar una suficiente independencia emocional. Esta falta de autocontrol (aparte del despropósito) podría ser otro factor a tener en cuenta a lo hora de analizar la natural tendencia del ser humano a meterse en líos, cuando el cerebro, como sistema de computación que es, y precisamente por ser un sistema de computación, sirve para evitar meterse en líos, sirve para solucionar problemas. A mayor madurez, mayor autocontrol, y menos problemas, posiblemente.
37. ALMA.
Epicuro afirmó que el alma no piensa jamás sin imágenes, una intuición que durante el siglo XX y principios del XXI ha tenido respaldo experimental, de modo que es preciso asumir que, en principio, es cierta. Esta afirmación implica que no hay sujeto sin objeto, implica que ser consciente necesariamente conlleva ser consciente de algo.
Se está hablando de la subjetividad, de la conciencia subjetiva, del sujeto consciente. En términos coloquiales, dando por buena la intuición inmediata connatural (pero errónea): hay un sujeto que observa (el observador) y un objeto observado (la manzana sobre la mesa). Pero también estamos viendo que la mente es un sistema de objetos abstractos, y que el cerebro es un objeto que a ciertos efectos se identifica con la mente, y que la mente en ocasiones es el sujeto, es subjetiva. Entra dentro de lo posible que no haya sujeto sin objeto, mente sin imágenes, por la sencilla razón de ser ambos idénticos, sujeto y objeto. Es decir, el sujeto es uno de los objetos de la mente, uno tan complejo como para ser macroscópico y confinado, pues el cerebro genera una imagen de la manzana, y esa imagen es un objeto (abstracto), y si dicho objeto se vuelve subjetivo, entonces el objeto será un sujeto, y como el objeto mental no es un sujeto sólo, sino también la imagen de una manzana, que era ya un objeto (mental) antes de ser sujeto (también mental), entonces sujeto y objeto serán una sola cosa. De modo que no se puede descartar que la subjetividad sea objetiva, y que la subjetividad sea mera apariencia. Pero esto ya se irá viendo poco a poco.
Epicuro habló del alma que piensa en imágenes, y es que una de las acepciones de alma es la de mente, y mente también se toma a veces por conciencia (conciencia y consciencia se consideran en este ensayo sinónimas; recuérdese que mente y conciencia, no). El caso es que el alma, en la actualidad, es sobre todo una entidad con carácter religioso, y este no es un ensayo religioso. En caso de hacer referencia al alma en algún momento, no se va a considerar sinónimo de mente o conciencia, sino que se va a respetar el concepto religioso, que no se va a analizar, al caer fuera del alcance de estas disquisiciones centradas en lo biológico solamente (o al menos, eso se está intentando). Tampoco mente y conciencia se van a considerar sinónimas, como ya se ha dicho varias veces. El alma sería un soplo vital que Dios infunde a los seres que crea con el fin de dotarlos de vida individual e inmortal según su voluntad omnipotente y omnisciente. No se va a discutir aquí si este milagro ocurre, o si tan solo es un relato infantil (escrito por adultos con neotenia), tan sólo se va a respetar su importancia cultural, que condiciona el curso de nuestro raciocinio de modo casi imperceptible. De manera que el alma sería una unidad individual creada por Dios, de la nada, para dotar de vida inmortal a los seres humanos. La ciencia en este momento no comprende la creación (a partir de la nada) como parte de la realidad, sino sólo la transformación de lo que ya era. Es más, para la ciencia, hablar de la nada carece de sentido, pues si no es, no tiene parte en lo que observa y analiza, ni existe, ni siquiera como nada. El terreno religioso y el alma quedan fuera del alcance de este ensayo por tanto, pero se trae el asunto a colación por su importancia histórica en el curso de la investigación de la subjetividad.
El que haya leído la Biblia recordará, o no, que en Eclesiastés 9:5 se dice: "… los muertos nada saben…", de modo que, ya de entrada, tomar al alma como sinónimo de conciencia, desde el punto de vista de La Religión, es incongruente, pues si los muertos nada saben, pero su alma vive, entoces el alma no es la mente, sino un ente prodigioso y misterioso, un soplo de vida otorgado por Dios y que a Él pertenece, y que Él, según la doctrina Cristiana, utilizará para resucitar a los justos en el fin de los tiempos, recuperando su cuerpo físico pero en forma glorificada, cuestión que no atañe a esta exégesis de la conciencia.
En el siglo XVII parece ser que la concepción dogmática acerca del alma daba por hecho que el alma era la parte consciente y personal de la mente, algo así como un átomo, un todo indivisible. En mi opinión se estaban refiriendo a la subjetividad, y la estaban confundiendo con el alma en tanto que soplo de vida (es común comprobar en tantos textos sobre el cerebro la facilidad con la que se confunden subjetividad, mente y conciencia; recordemos que la mente es el procesamiento de información abstracta en el cerebro, y que se procesa en forma de la asociación, o sucesión sistemática, y la integración-desintegración sucesivas de objetos abstractos conformados mediante los códigos construidos a base de descargas de trenes de potenciales de acción en las sinapsis; recordemos también que la mente posee propiedades, y que la conciencia y la subjetividad son dos de ellas, y que ambas propiedades se describen no por lo que son, al no ser cosas concretas, sino por sus características). La conciencia es algo que tiene lugar en la realidad material, no en el terreno espiritual, no tiene que ver con la creación, sino con la recreación (con la interacción y cambio que ocurre en lo que ya existe).
Un ejemplo de cómo pensaban en el siglo XVII algunos pensadores lo tenemos en el caso de Robert Burton, un clérigo que trató el asunto de la anatomía del alma, en boga entonces. Para Burton, el alma es inmortal, creada de la nada, e infundida en el niño o en el embrión seis meses después de la concepción, cosa que no ocurre en el resto de los seres inhumanos, cuya alma (subjetividad) desaparece en la nada al morir el (animal) inhumano. El alma, según Burton, es indivisible, y lo mismo ocurre con nuestra experiencia subjetiva: vemos, oímos, etc. muchas cosas a la vez como sujeto, pero de una vez, como un solo sujeto individual (indivisible). La multiplicidad pertenece a la realidad que percibimos, pero el sujeto da la impresión de ser todo el rato un solo ente adimensional en la multiplicidad tetradimensional, un solo grupo que contiene a la multiplicidad.
Para los eruditos del siglo XVII, el alma era también la mente, y poseía potencias: memoria, inteligencia, voluntad y libertad, características todas ellas, reconozcámoslo, achacables al cerebro. En el siglo XVII se reconocían tres niveles al alma, un nivel vegetativo, ocupado en sus potencias de nacer, crecer y reproducirse, un nivel sensible, con las potencias de vivir, sentir, apetecer, discernir, alentar y mover, para lo cual, el alma sensible se basaría en la aprehensión y el movimiento. La aprehensión consistiría, según los clásicos, en sentir con los cinco sentidos (bien, en realidad son más de cinco: vista, olfato, gusto, tacto, oído y equilibrio, al menos), lo cual conllevaría el sentido común (la organización de la información sensorial), la imaginación (la reorganización de esta información primaria), y la memoria (el "almacenamiento" de esta información de modo organizado también). Estas funciones las realizaría el cerebro, también en opinión de los sabios clásicos, lo que pasa es que hoy en día dichas funciones son conocidas con más detalle, y aquellos sabios cometieron algunos atrevimientos no procedentes; es en particular notable lo distinta que era su visión acerca de cómo se aplica el término memoria a cómo se aplicará aquí; en estas páginas quedará claro que la memoria en efecto permite hacer algo así como traer el pasado al presente, pero que desde luego no ocurre mediante algo como almacenar información… no es eso en lo que consiste memorizar. Pero ya se irá viendo poco a poco.
La segunda potencia del alma sensible, según se pensaba en el siglo XVII, sería el movimiento, consistente en el apetito y el movimiento en sí (que recuerda mucho a lo que hoy en día conocemos por emociones, funciones también localizadas con bastante seguridad en ciertas zonas del cerebro, como el sistema límbico, una de los subsistemas del cerebro). Por último, los clásicos distinguían en tercer lugar el alma racional, que es la clave de la humanidad según ellos (algo inconsecuente, pues gran parte de la humanidad es irracional, y también en el siglo XVII), y consiste en las potencias de entendimiento y voluntad, y controla al resto de las potencias "inferiores". La voluntad libre ha sido puesta en duda en la actualidad por la ciencia, sobre todo desde los experimentos de Libet. En cuanto al entendimiento, Kant lo definió como la coincidencia entre el objeto exterior que contemplamos y la percepción del objeto, que en términos más actuales podríamos reenunciar como la compatibilidad entre objetos convincentemente isomórficos (compatible quiere decir: verdadero a la vez), algo que la organización neural permite: el isomorfismo entre la representación de la realidad percibida y dicha realidad (si un cuerpo cae, es posible que percibamos con un error despreciable que cae; como se puede suponer, probablemente no es un isomorfismo auténtico sino una recreación a escala de un isomorfismo, como ya se discutirá más adelante, pero es eficaz como isomorfismo con un error despreciable en la práctica, y lo mismo se puede decir acerca de la compatibilidad). Digamos que dicha compatibilidad entre objetos isomórficos: lo percibido y su representación en la percepción, ha de ser algo necesario para ser consciente, pues si la conciencia no es coherente con la realidad del entorno (efectiva a escala), no se ajustará a ella (a escala), y el ser consciente no podrá sobrevivir a los peligros del mundo, y la conciencia no sería en tal caso perdurable a lo largo de la filogenia, de las generaciones. Esta compatibilidad entre lo percibido y la percepción parece algo obligatorio para que la percepción sea consciente (y por otro lado, es dudoso que pueda haber percepción sin consciencia, de modo que conciencia y compatibilidad parece que se necesitan la una a la otra para que la conciencia sea efectiva).
Viene a cuento recordar que Kant pensaba que la intuición del espacio y el tiempo surgían a partir de la sensación. Probablemente intuía ya la posibilidad de la emergencia de la subjetividad, pues hacía también referencia al enlazamiento de las intuiciones de manera categórica, y, como veremos, una versión del enlazamiento de los objetos mentales: el entrelazamiento de los objetos mentales, será clave en el procesamiento de objetos que lleve a la explicación de la emergencia de la subjetividad. En Kant ya podemos entrever una primera intuición de cómo podría tener lugar la emergencia de la subjetividad. Pero Kant no disponía de la ventaja de la que disponemos en la actualidad: un caudal de información neurocientífica y multidisciplinar gigantesco, que nos permite dar algunos pasos más allá del punto donde Kant se quedó. Su enlazamiento de las intuiciones de manera categórica recuerda también a la idea de procesamiento discutida en estas páginas, según la cual, el procesamiento es la asociación e integración de los objetos mentales, objetos que, como ya se ha dicho, son abstractos, no concretos. Hume también intuyó de algún modo parte de las características del procesamiento nervioso, al afirmar que en la mente se produce una asociación de ideas por principio.
En cuanto a los objetos mentales, ya Epicuro entrevió su carácter representativo de la realidad, e isomórfico, pues decía que, al ver las formas, algo de los objetos penetra en nosotros. Pensar sería procesar objetos, asociarlos (estableciendo sucesiones paralelas de varios de ellos) e integrarlos (fusionar estos ríos paralelos en un solo río, y volver a segregarse en dos o más ríos a continuación, entrelazándose y desentrelazándose, sin que haya necesidad de una igualdad entre lo que surja tras la segregación y lo que se sumó al principio). Las posibilidades informáticas del cerebro en el terreno de la abstracción en principio son mayores que las que se dan en la realidad concreta, donde los entrelazamientos entre objetos tienen menos posibilidades que en la mente; por ejemplo: no se puede mezclar agua con aceite, pero en nuestra mente sí, se pueden fusionar en nuestra imaginación sin dificultad, con solo enunciarlo, como se está haciendo en esta frase, y quedan unidos en un solo ente: aguaceite, en el terreno de la abstracción, y al separarlos mediante la imaginación, pueden quedar convertidos en algo distinto a lo que ocurre al separar agua de aceite en el terreno de lo concreto: podemos desear que al desintegrar al aguaceite resulten dos nuevos productos imposibles: aguac, y eite, siendo aguac un líquido rosáceo con olor a fresa, y eite un cristal azulado irrompible. En el terreno de la abstracción hay posibilidades informáticas que en el terreno de lo concreto no son factibles. Esta gran versatilidad de la mente conlleva su utilidad como sistema de predicción de posibilidades, una facultad que hace notable la inteligencia del ser capaz de dicha facultad, ya que permite una mayor cantidad de opciones para enfrentarse a los problemas de la supervivencia.
Aparte de imaginación y previsión, también hace falta iniciativa y decisión para llevar a cabo acciones que resuelvan problemas, pero eso ya no depende de la imaginación, sino de la iniciativa, y la parte del cerebro capacitada para tomar la iniciativa en las acciones resolutivas pergeñadas en el terreno de la abstracción es el lóbulo frontal, la parte anterior del cerebro: en las personas en las que resulta dañada cierta zona de su lóbulo frontal, se pierde la capacidad de tener iniciativa, se vuelven apáticas, y permanecen incapaces de trabajar y ganarse la vida, aunque sigan imaginando opciones creativas y razonando correctamente.
En este ensayo se está considerando que los objetos mentales son los elementos con los que opera sistemáticamente la mente como sistema dinámico, y que dichos objetos son abstractos, dado que una idea mental sobre una manzana (un objeto mental) no es una manzana, sino su abstracción en la mente mediante su codificación como MANZANA a partir de la información sensorial y el resultado del procesamiento de esta, y que ocasionalmente incluye también la codificación de la propia palabra MANZANA que sería una reabstracción de la idea original sobre la manzana integrada a partir de la información sensorial. La mente, como sistema dinámico, implica la interacción sistemática entre los objetos mentales, que consiste en su procesamiento (asociación e integración de objetos mentales) a lo largo del tiempo (intente mantener el objeto manzana en su mente de modo estable y continuo y verá que no puede; la conciencia depende de su propio dinamismo, basado en la interacción y cambio de los objetos mentales). Dicha interacción sistemática, y dado que los objetos mentales son los códigos neuronales que se van formando en el cerebro, depende de lo que las neuronas hagan, así que el procesamiento de los objetos mentales depende de lo que hagan las neuronas, la asociación e integración de objetos mentales depende de hecho de cómo asocien e integren las neuronas dicha información abstracta (los trenes de potenciales de acción que forman códigos representativos de la información sensorial), así que la mente es lo que las neuronas hacen con la información abstracta, y la información que se transmite es lo que se transmite en las sinapsis.
La mente es un proceso, el proceso de interacciones y cambio, sin que ningún objeto llegue a quedar en ningún momento aprehendido como objeto concreto de manera estable en lugar alguno del cerebro, así que el objeto consiste estrictamente en movimiento: aunque la imagen de una manzana nos parece estable, se está moviendo en el cerebro si cesar, no queda fijada como un fotograma en ningún momento. Ocurre lo mismo con el movimiento de la figura que decimos percibir en una pantalla de cine durante una proyección: vemos una figura en movimiento (el movimiento en el cine sería el equivalente al objeto mental en el cerebro, el objeto percibido) y sin embargo se trata de una sucesión de fotogramas en los que la figura no se mueve; pero el cambio de un fotograma a otro es interpretado por el cerebro como una interacción entre cada fotograma y el siguiente, y el cambio debido a dicha interacción es tomada como el objeto percibido, el movimiento de una figura, que así adquiere objetividad, donde no hay tal objeto de modo concreto, sino un objeto abstracto que abstrae al movimiento como objeto concreto utópico. Wittgenstein dijo que no podemos representarnos ningún objeto fuera de la posibilidad de su vinculación con otros. Wittgenstein también dijo que los objetos se imbrican unos con otros como los elementos de una cadena (otra vez la idea del entrelazamiento).
Changeaux se pregunta de qué modo, cómo, las neuronas construyen los objetos mentales, a partir de los elementos de cada nivel (en este ensayo a los niveles, dado que ocurren en un entorno físico, se les llama escalas), para llegar a los objetos mentales. De la escala neuronal se ha de pasar a la escala de circuitos, y de ahí a la de redes, donde han de asentar necesariamente los objetos que tomamos por macroscópicos, por ejemplo, durante la percepción subjetiva, ya que no hay más niveles.
El sujeto es un objeto mental con un alto grado de complejidad e integración, hasta el extremo de emerger la propiedad de la subjetividad, que hace posible percibir la realidad de modo objetivo como sujeto, de manera que el sujeto se identifique con el objeto mental en ese momento, con la percepción, con el proceso de percepción (de hecho, la subjetividad, como el cine, se caracteriza por el movimiento de la figura objeto de percepción, el sujeto, que se identifica con el objeto mental que comprende la percepción, así que: si se percibe una manzana, la manzana es la percepción, y también el sujeto, que en ese momento no es un yo percibiendo la manzana, sino que la percepción de la manzana es el sujeto, que en ese momento no incluiría ideas reflexivas autorreferenciales; si pensamos en una manzana, somos esa manzana; esto entronca con lo dicho por Lévy-Bruhl en su libro El alma primitiva, cuando afirmaba: "Si se le pide a un primitivo que hable sobre sí mismo, no sólo le será imposible contestar algo, sino que sobre todo no entenderá qué significa lo que se le pregunta"; recientemente se han publicado los resultados de la investigación sobre la tribu Parihé, y ocurre lo mismo: su filosofía de la vida consiste en afirmar que "todo es lo mismo", es decir, son subjetivamente conscientes, pero no recurren al yo, pues ignoran conceptos como los de identidad, contradicción o causalidad, de modo que desconocen el concepto de su individualidad. Su conciencia no abarca a su yo particular sino al grupo al que pertenecen.
A simple vista no puede uno darse cuenta que los objetos que se detectan como objetos, las palabras, las letras, no son objetos concretos, sino abstracciones de objetos, y no puede uno evitar percibirlos como si fuesen objetos concretos.
Para Changeaux, el proceso neural en correlación con la efectividad de la objetividad de los objetos mentales, lo que el denomina "… la formación del percepto primario… (Tendría que ver con)… la entrada en actividad simultánea (integración mediante sincronización), por estas vías múltiples paralelas (asociadas), de representaciones primarias y secundarias del córtex… en interacciones recíprocas… (Que) aseguran la globalidad (el objeto como un todo) del percepto". Va bien encaminado, el objeto primero, y la subjetividad después, han de ser un todo, pues el individuo debe integrar su conducta como un todo, no cada músculo por su lado. Esta idea de la actividad simultánea recíproca es un tópico en neurociencia, es una de las ideas más repetidas, el que las neuronas han de integrarse en todos (redes) que a su vez interactúen recíprocamente (la reentrada de Edelman) para constituir todos en niveles (escalas) mayores con el paso del tiempo (a lo largo del proceso), y en última instancia, emerja la subjetividad. La idea es lógica, y clara. La cuestión es cómo se produce esto, cómo: cómo interactúan entre sí las redes durante la emergencia de la subjetividad. Changeaux, como tantos investigadores, opina que mediante sincronización; en mi opinión, la sincronización no es suficiente.
39. GRAFO.
Changeaux dice que el objeto mental se identifica con el estado físico creado por la entrada en actividad correlativa transitoria de una amplia población (o conjunto, según Hebb) de neuronas distribuidas en varias áreas corticales definidas. Este conjunto, que se describe matemáticamente con un grafo, es discriminado, cerrado y autónomo, pero no es homogéneo. Nótese que estas palabras son coherentes con lo expuesto hasta ahora en este ensayo. Veamos: en primer lugar habla de actividad neuronal correlativa, que es el modo en que estamos tratando la vinculación entre neuronas en actividad en el cerebro, como una correlación, una relación de dependencia, ya que, por ejemplo, en un circuito neuronal, digamos, A-B-C, A se relaciona (causa-efecto) con B, pero con C se correlaciona, y en el cerebro hay tantas neuronas y circuitos que las vinculaciones son de correlación a la fuerza en su conjunto, aunque localmente, a pequeña escala, se pueda hablar de relaciones también. Dicha correlación se tilda además de transitoria, concepto importante que no conviene olvidar en ningún momento al hablar del cerebro: el cerebro es un proceso, de modo que todo es transitorio, todo es cambio, movimiento, interacción, información, no concreción, no fotogramas fijos, sólo figuras en movimiento (estrictamente, la figura es el propio movimiento), sin fijeza ni en la figura (el movimiento tomado como objeto mental a gran escala) ni en los elementos que en último extremo constituyen el fundamento de todo lo real (electrones, neutrinos y quarks).
Changeaux hace referencia a la descripción de la correlación, o interacciones, entre neuronas, como un grafo. Parece ser que un grafo es un concepto matemático, y se usa también en computación (y el cerebro puede ser visto como un sistema de computación), que consiste en un conjunto de objetos (nodos o vértices) conectados por líneas (aristas o arcos) con una dirección determinada. Un grafo es una forma de intuir el aspecto morfofuncional del cerebro. El cerebro como grafo debe satisfacer la necesidad de comportarse de modo que encuentre ese equilibrio entre orden y desorden que se da en la mente. Los grafos conocidos como networks son de varios tipos, en unos, las aristas son locales, de una neurona a la contigua, y en su evolución se genera orden; en otros, las neuronas se conectan sólo con neuronas alejadas, y en su evolución sistemática se genera desorden; en un tercer tipo se mezclan ambos, son los small world networks, que combinan conexiones locales con conexiones a distancia, que es lo que ocurre entre las neuronas del cerebro, y que precisamente es el tipo de estructura que en su evolución genera orden y desorden a la vez. El propio Changeaux afirma: "Una de las características del grafo neurónico del objeto mental es tener una organización a la vez localizada y deslocalizada"; en palabras de Atlan (1979), entre el cristal/orden y el humo/caos. En fin, harían falta más conocimientos matemáticos de los que poseo para profundizar por esta vía (ya he dicho que desconozco que ente ejercería de atractor extraño en la mente), pero lo que hay que tener claro es que el cerebro es un sistema dinámico más, pero con sus peculiaridades, que conllevan el que su conformación sea única en su género, con lo que supone, como la presencia de la subjetividad en un momento dado.
El caso es que para Changeaux, el cerebro como grafo es discriminado (recortado en el espaciotiempo, definido) cerrado (el cerebro, a determinada escala, y por su autoorganización, se comporta como un sistema cerrado a ciertos efectos, como al efecto de la efectividad de la subjetividad, como si fuese una entidad única de por sí, y no un continuo con el entorno, sino como si estuviese confinada), autónomo (que redunda otra vez en la autoorganización como base del funcionamiento de los sistemas vivos en general y del cerebro en particular), pero no homogéneo (es lógico, sin heterogeneidad no habría información suficientemente compleja como para que la mente pudiera volverse subjetiva, pues la emergencia, de la subjetividad en este caso, requiere complejidad).
Changeaux cita a Edelman (1978) cuando transcribe: "Esto significa que una misma neurona puede formar parte de diversos grafos de objetos mentales diferentes". Tanto Edelman como Changeaux están de acuerdo en intuir que el dinamismo del cerebro es tal que ciertas neuronas probablemente serán capaces de, digámoslo con otras palabras, pertenecer a más de una red neural diferente a lo largo del dinámico proceso de los sucesivos cambios del estado morfofuncional del cerebro. Esta idea supone un nuevo aumento de la versatilidad informática del cerebro, que añadir a la que ya habíamos intuido hasta ahora, y es una idea que se le ha ocurrido a diversos investigadores a lo largo de las épocas, y también tiene su interés. De hecho, a mí se me había ocurrido también, y encontrarla en palabras de reputados investigadores me ha animado a seguir adelante en mis propias disquisiciones, pues estas coincidencias con el pensamiento de otros (algunas de las cuales voy citando a lo largo del ensayo) me hacen pensar que reconozco el terreno que piso, y que por tanto puedo seguir avanzando pues posiblemente sé por dónde voy. Así que: adelante.
En cuanto al isomorfismo, necesario para que haya conciencia, Changeaux dice que la semejanza entre la forma del objeto mental y el objeto representado debe basarse en que el grafo neuronal que va a constituir un objeto mental isomórfico dado procederá de un mapa neural, y es que hay algo que todavía no hemos mencionado que es peculiar del cerebro: la ortotopía; la información sensorial es distribuida por el cerebro como si de una cartografía se tratara, de modo ordenado. Según la ubicación sensorial de la que proceda la información sensorial, se le da una ubicación espacial dada en el cerebro, hay un orden espacial (y temporal), y lo hay porque aunque los axones van de un sitio a otro pero no se mueven de esa posición, su posición es relativamente estable, y los axones contiguos tienden a ir y venir todos del mismo sitio. Por ejemplo: la información sensorial sobre el tacto del cuerpo se va repartiendo por la corteza sensorial primaria en el cerebro según va llegando, por orden, de modo que en la corteza literalmente se dibuja un hombre punto por punto (el conocido homúnculo al que en otro tiempo se le achacaba la posible localización concreta del yo, aunque, como ha aclarado Damasio, para ser el yo, dicho homúnculo necesitaría a su vez otro homúnculo que fuese su yo, y así hasta el absurdo). En la superficie de la corteza se va dibujando la silueta de un hombre. De ahí que la isomorfia no sea una mera abstracción matemática en el caso del cerebro, sino una descripción literal de lo que ocurre e la práctica (con un error despreciable), la recreación de un isomorfismo a escala: el cerebro, de entrada, lleva a cabo, dentro de sus posibilidades, una representación de la realidad macroscópica, con su propia forma espacial, y también una representación de la realidad con su forma temporal, evidentemente (dentro del grado de resolución factible, evidentemente).
Hay un orden espaciotemporal en el cerebro, isomórfico, por conveniencia evolutiva, con el orden detectado en la realidad percibida (la expresión conveniencia evolutiva está tomada de Damasio, y se refiere a que se percibe así porque dicha forma de percibir habrá sido la seleccionada, y no otra, por su adecuación a la supervivencia). La ortotopía ocurre en diversas zonas del cerebro, tanto en corteza, como tálamo, como cerebelo, etc. y recibe distintos nombres dependiendo de si describe la ortotopía de la información táctil (somatotopía), visual (retinotopía), etc.
41. FORMACIÓN DE OBJETOS MENTALES.
Changeaux afirma ignorar el mecanismo de formación de los objetos mentales, pero cita como sospechoso al circuito reverberante, el que va de A a B y de B a A de vuelta. Implica también como sospechosos no sólo a las conexiones intracorticales, sino también a las cortico-talámicas, de las que se sabe que incluyen conexiones recíprocas, de ida y vuelta: unos grupos neuronales controlan a otros. Como se verá, en este ensayo se parte de esta hipotética estructura en retroacción recíproca de las conexiones neuronales, para terminar presentando una hipótesis del modo definido en que tales conexiones funcionan, probablemente, en la práctica en el caso de la subjetividad. Como se verá, haya o no lo que Changeaux llama reverberación (o reciprocidad, o retroactividad, o reentrada) la sincronización es importante, pero no es la clave del mecanismo de emergencia en el caso particular de la propiedad de la subjetividad. Ya se puede ir adelantando que tampoco es la resonancia (ni la reverberación verdadera) la clave en todo este asunto de la subjetividad: a priori la intuición llevaría a pensar que la entrada en sincronización conlleva una resonancia de la actividad neuronal (el que la amplitud de los potenciales de acción se suma al entrar en fase, al coincidir los picos de los potenciales por estar en fase, sincronizados) y que de ese modo la amplitud iría creciendo hasta la emergencia de la subjetividad (como si fuese la punta de un iceberg asomando). Es intuitivo, pero sería como decir que el bosque emergerá conforme se añadan árboles al mismo hasta que haya suficientes para que sea tan grande como para verlo a determinada distancia (a determinada escala macrosópica): para ver el bosque como un todo (para que la subjetividad emerja) no hacen falta más y más árboles (resonancia por colocación de más árboles en el mismo sitio –en fase-) sino que lo que hace falta es alejarse de los árboles para ver el bosque (cambiar la escala) para que emerja el bosque (la subjetividad), es decir, hace falta "empequeñecer" a los árboles (cambiar la escala de medición de una menor a una mayor, mayor en cuanto a que una contiene a la otra, para que los árboles se hagan pequeños desde el punto de vista del bosque, quedando fuera de la capacidad de discriminación o resolución del sistema de medición, el bulto macroscópico, el bosque, dicho de otro modo, se requiere que el sistema evolucione de modo fractal, no se trata de cambiar el número de los árboles del bosque, sino la distancia del observador al bosque). Así que la resonancia tampoco es la clave, aunque sea importante en el funcionamiento del sistema nervioso (de hecho, algunos neurocientíficos están investigando la importancia de la resonancia estocástica, que se genera en las vías nerviosas, como componente importante de la generación de una sensación).
Como conclusión de su capítulo dedicado a los objetos mentales, Changeaux en primer lugar da el paso de denominar objetivo a lo subjetivo, idea que también se defiende en este ensayo (de nuevo es gratificante que alguien cabal opine de modo parecido): que la subjetividad es objetiva, que es uno de los objetos mentales, pero aquél caracterizado por ser subjetivo (por tener la propiedad de la subjetividad) pues es información real, aunque además sea representativa de otra información real. Aunque tenga un carácter subjetivo por ser inaccesible para terceros, no deja de ser información objetiva ("para el sujeto"), con un cambio del estado morfofuncional correlativo del cerebro medible (se puede registrar dicho cambio con diversas técnicas, como la tomografía por emisión de positrones, o la resonancia magnética funcional). Luego, Changeaux habla de la aparición de propiedades nuevas conforme se pasa de un nivel de organización a otro en el cerebro, que es una de las ideas centrales del emergentismo. Changeaux demuestra así que también intuye que es el cambio de escala, como se denomina en este ensayo, lo que tiene que ver con la emergencia de la subjetividad, por ejemplo. Las piezas para entender el cerebro están ya dispersas por los trabajos de numerosos especialistas como Changeaux, y ya es hora de ponerlas todas juntas y descubrir el misterioso pegamento que las une, el verdadero mecanismo de emergencia de la subjetividad, que resulta que probablemente no es la sincronización.
42. SUJETO Y OBJETO.
En cuanto a Epicuro, y su legendario El alma no piensa jamás sin imágenes, lo podríamos reconvertir en: la mente piensa en imágenes. Y podríamos reenunciarlo como: la mente piensa si piensa en algo, sino, no piensa, o: no hay sujeto sin objeto (ni conciencia sin pensamiento). Esta frase de Epicuro podría haber inspirado a Hegel, que identificó sujeto con objeto, lo cual llevó a Schrödinger a concluir que sujeto y objeto son una sola cosa (sujeto y objeto mental son una sola cosa, así que el sujeto no es un ente concreto, sino una manzana).
David Bohm escribió que las personas pensamos a base de imágenes. En mi caso particular, tengo la impresión de pensar a base de abstracciones contempladas como un todo, con mucha intuición, poco pensamiento lineal y pocas imágenes sensoriales. Pero obviando estos matices, la intuición de Epicuro es casi axiomática, parece imposible refutarla en su idea fundamental: para ser consciente, hay que ser consciente de algo. Locke decía al respecto que nada hay en el entendimiento que no haya estado antes en los sentidos. Lustros de investigaciones sobre el cerebro, como las llevadas a cabo por Zeki, no hacen otra cosa que corroborar este corolario neurocientífico básico.
Dutrochet hizo en 1824 la primera mención a la célula nerviosa, a la que más adelante se llamaría neurona. Los llamó corpúsculos globulares, y los identificó como el origen de la energía nerviosa que las fibras nerviosas (que ya se conocían de antes) habrían de conducir. Deiters, hacia 1825, terminó de caracterizar las partes de la neurona: el soma y sus prolongaciones, las neuritas: axones y dendritas. Las dendritas, prolongaciones ramificadas, habían sido descritas por Valentín, a mediados del siglo XIX; el axón, prolongación única, había sido descrito por Fontana, en 1781. El nombre se lo puso a la neurona Waldeyer, en 1890. Baillarger describió la estratificación de la corteza cerebral en 1840. La teoría neuronal, según la cual el cerebro está formado por células, por neuronas, independientes, conectadas entre sí, se suele situar hacia 1888, aunque se fue gestando poco a poco. El que más hizo por la teoría neuronal fue Ramón y Cajal, que utilizó los conocimientos acumulados por diversos investigadores antes que él, y aportó muchos resultados de observaciones propias, hasta demostrar dicha teoría neuronal, que siguió siendo confirmada durante los años siguientes, sobre todo desde el descubrimiento del microscopio electrónico, que terminó por demostrar que las neuronas no sólo son auténticas (el cerebro no era una red continua de fibras, como una red telefónica) sino una red intrincada de neuronas que no se tocan en los puntos en que unas se conectan con otras, la sinapsis, de modo que más que una red telefónica, es una red de antenas. Las neuronas no conducen la información abstracta entre ellas, sino que se la transmiten unas a otras a través de la sinapsis, ese punto de unión entre neuronas. Las neuronas se conectan a través de axones y dendritas por las sinapsis. El término sinapsis lo inventó Sherrington en 1897.
Las neuronas se conectan por la sinapsis. Las sinapsis son un tipo de unión intercelular especializada, estructuras de las que hay varios tipos aparte de las sinapsis. Sherrington profundizó en la noción de sinapsis hacia 1897; sinapsis significa unión. Ramón y Cajal ya había demostrado que las neuronas se relacionan de una en una sin tocarse, siendo su conexión morfofuncional en contigüidad, no en continuidad. Dicha situación resulta contraintuitiva con nuestra percepción a simple vista de nuestro propia experiencia consciente acerca del proceso del pensamiento propio, que se percibe como un fenómeno continuo, y también es contraintuitivo con la propia concepción de la subjetividad como una entidad única, concreta e irreducible. Pero los hechos obligaron a Ramón y Cajal ha confirmar en 1888 su contraintuitiva teoría neuronal. His había dado un primer fundamento a dicha teoría neuronal al observar el crecimiento de neuroblastos en 1887. La teoría neuronal se oponía a la teoría reticular de Gerlach, de 1858, la cual defendía la continuidad morfofuncional del sistema nervioso.
Galvani se dio cuenta del carácter eléctrico de lo que las neuronas conducen hacia 1780. Eso que conducen, ya había intuido Galeno que debía ser en doble sentido: sensitivo y motor. Galeno tenía razón, como Epicuro, a pesar de su carencia de medios para investigar (a título anecdótico, decir que Galeno también descubrió que los músculos actuaban sinérgicamente en grupos musculares). Du Bois Reymond desarrolla la biofísica como rama científica dedicada a investigar estos descubrimientos sobre el carácter eléctrico de lo que las neuronas hacen, y descubre, midiendo la actividad neuronal, la corriente eléctrica que las neuronas conducen a lo largo de sus prolongaciones, y descubre que lo hacen mediante potenciales eléctricos, es decir, cambios eléctricos transitorios, a los que llamó potencial de acción, hacia 1848. Helmholtz midió de forma fehaciente la velocidad de conducción de dichos potenciales de acción a lo largo de los nervios (un nervio es un cordón formado por axones –o dendritas-, es decir, el axón es una estructura microscópica, y el nervio una estructura macroscópica). Para sorpresa de Helmholtz, y sus contemporáneos, la velocidad de conducción nerviosa, y por ende, la velocidad del pensamiento, se medía en metros por segundo. Aunque a simple vista el pensamiento da la impresión de ser instantáneo, en realidad no lo es, lleva un tiempo pensar. Lo que pasa es que a simple vista discriminamos hasta las décimas de segundo, mientras que los nervios, para conducir impulsos a lo largo de axones (y también a lo largo y ancho de somas y dendritas) deben protagonizar acontecimientos fisiológicos encuadrados en el rango de las milésimas de segundo (milisegundos o ms), y dicha rapidez de acontecimientos no son discriminados a escala macroscópica, por la falta de resolución a dicha escala (en la que estamos atrapados mediante un cambio de escala y un confinamiento en las décimas de segundo). Así que a simple vista, para nuestra intuición, el pensamiento parece instantáneo. Podemos comprobar que no lo es con un experimento tan sencillo como el de comparar nuestros movimientos con los de una mosca: por más que nos empeñemos, no podremos atraparla sin hacer trampa; da cuenta antes que nosotros de nuestro movimiento de la mano hacia ella, y por más que nos empeñemos, ella ve el movimiento antes, por lo que, cuando llegamos a donde suponemos que está de acuerdo con nuestra velocidad de predicción de la posición de la mosca en el futuro, ya no está, ya era el pasado en realidad. La explicación es que la mosca tiene nervios más cortos, así que piensa más deprisa, con menos complejidad que nosotros, pero más deprisa, y recientes investigaciones sobre la mosca parecen indicar que además sus circuitos son también muy precisos (la escala en la que se ubican los hechos que se miden es importante para entender cómo se reconstruye la realidad ante nuestros ojos).
Cada neurona genera y comunica un impulso eléctrico cada vez, y a esto es a lo que se dedica una neurona. Pero si dicho impulso, el potencial de acción, ha de suponer algo así como un dato informático, algo así como el pitido de una especie de código Morse interno, utilizado por el cerebro en su intrincada red neural, ¿cómo se transmite dicho impulso de neurona a neurona, si están separadas justo por donde se han de transmitir dicha unidad informática (no hay que confundir conducción con transmisión, la conducción ocurre a lo largo de la membrana de la neurona por movimiento de iones a un lado y otro de la membrana, la transmisión ocurre de una neurona a otra a través de la sinapsis)? Desde la época de Du Bois Reymond se le daba vueltas a la hipótesis según la cual el impulso nervioso sería transmitido de una neurona a otra mediante un mediador químico, es decir, que el impulso, al llegar a la sinapsis, desencadenaría la secreción de una sustancia química, de alguna molécula orgánica que viajaría a través de la hendidura sináptica hacia la siguiente neurona, desencadenando en ella la generación de otro potencial de acción al alterar el flujo iónico transmembrana en esta otra neurona, que sería conducido hacia la siguiente sinapsis. Las primeras explicaciones convincentes sobre estas ideas las dio Vulpain, hacia 1866, continuando una serie de investigaciones comenzadas por Claude Bernard hacia 1857. A las sustancias químicas que saltan en las sinapsis se las llamó neurotransmisores, y hoy en día ya se han identificado docenas. Fue Elliot, en 1904, quien empezó a dejar claro que los neurotransmisores eran los encargados de la transmisión de las señales a través de las sinapsis (la lista de investigadores intercalados entre estos pocos momentos que se destacan es larga).
Con cada potencial de acción se secretan a la hendidura sináptica numerosas moléculas de neurotransmisor, pero la descarga de neurotransmisor ocurre en millonésimas de segundo (una molécula de neurotransmisor puede variar su trayectoria tal vez unos cien millones de veces por segundo en la hendidura sináptica, si es correcta la comprensión del movimiento browniano por parte de Guyton, que es quien aporta esta cifra; hay que ser consciente de estas magnitudes y de las diferentes escalas en las que ocurren las cosas), y el potencial se verifica en milésimas de segundo, de ahí que un elevado número de moléculas de neurotransmisor, en la escala de las millonésimas, corresponde a la cuantificación de un solo potencial de acción, en la escala de las milésimas.
El cerebro supone más o menos un 2% del peso del cuerpo (por tanto, el peso del encéfalo es algo así como la cuarentava parte del peso del cuerpo), pero consume aproximadamente un 25% de la energía que el organismo utiliza en cada momento (por tanto, la cuarta parte, nótese la desproporción). La principal fuente de energía del cerebro es la glucosa. Se dice que el cerebro está formado por unos 100 000 000 000 de neuronas (cien mil millones). Este número es una estimación, claro, ya que nadie las ha contado. Además, son cifras que varían según las épocas. Pero digamos que en la cabeza hay aproximadamente ese número de neuronas dentro. Son muchas, son demasiadas, y sin embargo el ser humano "funciona", consigue integrar una conducta congruente y coordinada, a pesar de la mastodóntica masa de neuronas encargadas de este cometido relativamente simple en comparación.
Por cada neurona hay unas diez células gliales (la glía), que son las células especializadas en atender las necesidades de las neuronas, de formar a su alrededor el medio iónico adecuado, de la inmunidad, etc.
Desde la época de Meynert, hacia 1867, los investigadores se empezaron a dar cuenta de algo: las neuronas son todas más o menos iguales, la misma pieza fundamental básica del cerebro, de un extremo a otro del cerebro. El cerebro, y en particular la corteza (la sustancia gris externa, la que forma la superficie del cerebro, sus circunvoluciones) consiste en un número relativamente pequeño de tipos celulares repetido del mismo modo sobre toda la superficie un número de veces relativamente grande. Cuando estudié la asignatura de Histología, durante la carrera de Medicina, en el libro de Histología que se estudiaba, el Bloom-Fawcett, se decía que en la corteza había unos 14 000 000 000 (catorce mil millones) de neuronas, aunque tal vez haya entre 10 y 30 000 000 000 (de diez a treinta mil millones de neuronas), para hacerse una idea. Es más, la corteza de los mamíferos es similar de unos a otros vista al microscopio, siendo la diferencia más notable entre el hombre y otros mamíferos la cantidad de superficie de la corteza, no otra cosa: el ser humano tiene el cerebro más grande a expensas de una mayor superficie de corteza, a expensas de más circunvoluciones cerebrales (y a expensas de un mayor volumen cerebral también, claro).
Cada neurona puede establecer unas 10 000 sinapsis aproximadamente con las que le rodean, lo cual quiere decir que en el cerebro puede haber, a lo mejor, 300 000 000 000 000 (trescientos billones, o sea, trescientos millones de millones) de sinapsis, trescientos billones de puntos de transmisión de unidades cuantificadas de información en el rango de las milésimas de segundo. Una auténtica barbaridad. En una sinapsis se pueden producir por segundo unas 50 descargas (50 hertzios, o Hz, o ciclos/segundo), lo cual quiere decir que entra dentro de lo posible que se produzcan 15 000 000 000 000 000 (quince mil billones) de descargas de unidades de información abstracta por segundo en las sinapsis del cerebro. Esto no es así de simple en la práctica, pero sirve para hacerse una idea de las magnitudes que alcanza el cerebro en lo que a información abstracta se refiere, pues de lo que se está hablando, al hacer referencia a la sinapsis, es del lugar donde se codifica esa información abstracta que constituye la mente, información que, por las características citadas y otras (sensibilidad, especificidad, isomorfismo, coherencia, compatibilidad y computabilidad) es además consciente de parte de la realidad desde cierto punto de vista (desde el punto de vista de estar dando cuenta de la realidad mediante su representación: es consciente de ella, la ve convirtiéndose en ella, en una copia de ella, sin ser ella, pero real e identificable con ella por sus características y por las consecuencias que se derivan: una conducta coherente con la realidad, que realimenta dicha identificación una y otra vez, y una percepción subjetiva, que hace posible el disfrute de dicha toma de conciencia de la realidad en forma de sujeto consciente).
Mountcastle, hacia 1957, comprobó que las neuronas corticales dedicadas al procesamiento de la información sensorial se situaban de modo ordenado en columnas verticales (perpendiculares a la superficie de la corteza). Dadas unas columnas verticales contiguas, cada columna está especializada toda ella en una misma modalidad sensorial, distinta a la de otra columna. Esto reveló otro de los modos de organizar la información en el cerebro, que añadir a los que se van citando a lo largo del ensayo, un patrón espacial de organización para el procesamiento. De hecho, la información sensorial visual es visual porque procede de los ojos, que transducen información visual en información sensorial, no información auditiva. Una vez transducida la información visual en información sensorial (en trenes de potenciales de acción transmitidos a lo largo de circuitos neurales) la información sigue siendo visual gracias a la organización del sistema nervioso. Dicha organización es espaciotemporal. Gracias a Mountcastle quedó aclarado otro de los detalles relacionados con la organización espacial, con el orden necesario, a mezclar con el desorden también necesario en el cerebro.
El orden favorece la congruencia, el desorden la creatividad, de modo que el equilibrio entre ambos también es una necesidad, dado que serán sometidos al juicio de la selección natural. Sin un equilibrio entre ambos, el cerebro podría no sólo resultar inútil para la supervivencia, irrelevante, sino al contrario, pernicioso. El equilibrio entre ambos es también necesario, en más de un sentido.
44. TRANSDUCCIÓN.
Se acaba de decir que los ojos transducen la información visual en información nerviosa. Transducir es transformar un tipo de energía en otro. En los ojos, la información visual, la luz, fotones, radiación electromagnética, es transducida en impulsos bioeléctricos, potenciales de acción. La luz se explica mediante la mecánica cuántica. El oído transduce el sonido en lo mismo, en trenes de potenciales de acción. El sonido consiste en la transmisión de una perturbación mecánica por el aire. El sonido no se explica por la mecánica cuántica, sino por la mecánica clásica, pues pertenece a otra escala de la realidad. La luz es "microscópica" para el sonido, ocurre en una escala menor de la realidad. Sin embargo, el cerebro aprovecha tanto la luz como el sonido en su beneficio, transduciendo ambos tipos de energía en un mismo tipo de energía, la bioeléctrica (la electricidad generada, conducida y transmitida por las neuronas es bioelectricidad, y se mide en la escala de los microvoltios, que son millonésimas de voltio). La transducción compatibiliza tipos de energía distintos para su procesamiento (esta es otra de las maneras en que la compatibilidad se hace patente en la mente).
La palabra transducción tiene otra acepción, la de transducción psíquica. Veamos qué significado tiene esta otra acepción: una orden motora consiste en trenes de impulsos bioeléctricos, trenes de potenciales de acción neuronales dirigidos a lo largo de nervios motores (motores o eferentes, es decir, conduciendo en el sentido que va desde el cerebro hacia la periferia del cuerpo) hacia los órganos efectores, por ejemplo, los músculos. Dichos potenciales de acción provenían de nervios sensitivos o aferentes, fueron asociados e integrados en regiones neurales intermediarias (internunciales) y siguieron su camino por nervios motores, de modo que los impulsos pasaron de aferentes a eferentes, de entrantes en el sistema a salientes del sistema (de centrípetos a centrífugos), de sistema nervioso periférico a sistema nervioso central, y vuelta al sistema nervioso periférico. El paso de la información en sentido aferente-eferente se conoce como transducción psíquica, y, más específicamente, como transducción psicosomática (la diferencia entre aferente y eferente depende de la dirección y sentido de los impulsos, no de su contenido, que sigue siendo información, es decir, una medida de la inversa del aumento de entropía en el sistema tanto en sentido aferente como eferente, que es un mismo sentido en ambos casos: ortodrómico, es decir, anterógrado, conducción de soma a axón en dirección a la sinapsis, no de axón a soma; lo contrario de ortodrómico es antidrómico; ambos son mecanismos de conducción que provocados artificialmente en un laboratorio son utilizados en neurofisiología clínica continuamente en las mediciones efectuadas con el fin de diagnosticar enfermedades nerviosas).
La emergencia de la conciencia subjetiva supone no sólo la transducción de un tipo de energía en otra, sino también una transdución en cuanto al paso desde la efectividad de la medición consciente en la escala microscópica (fotones transducidos en impulsos bioeléctricos) a la macroscópica percepción consciente subjetiva de lo que se ve. Por tanto la transducción puede ser física y psíquica. La transducción en tanto que salto entre escalas sería una transducción psíquica, el paso de la escala neurona-circuito a la escala de las redes macroscópicas y la conciencia subjetiva (percepción consciente macroscópica y confinada).
También es una transducción psíquica, y más específicamente psicosomática, el paso desde la conciencia subjetiva hasta el potencial de acción que en su salida deriva en una conducta, conducta consciente, en este caso (este sería el paso de aferente a eferente, de pensamiento abstracto subjetivo a conducta objetiva visible por un segundo observador). Así que, de igual modo que podemos entender la mente como una escala ascendente en la que de lo más pequeño, las neuronas, se explica lo mayor, la subjetividad, el todo, conforme se entra en el sistema, así mismo, desde lo mayor se vuelve a lo más pequeño, pues si lo pequeño influye en lo mayor al entrar, lo mayor influye en lo pequeño al salir del sistema. Este planteamiento no deja de ser una interpretación de la mente basada en la causalidad: por un lado tenemos la causalidad emergente, en sentido ascendente, propugnada, por ejemplo, por Bunge, y por otro lado tenemos la causalidad descedente, que conlleva la idea paradójica de acuerdo con la cual la subjetividad, que podría parecer un mero epifenómeno, sin embargo es capaz de influir retroactivamente en el propio sistema microscópico del que depende su efectividad. Así que el objeto emergente influye, en forma de bucle, en el sistema dinámico a lo largo de cuya evolución emerge. Y así, podemos, por ejemplo, en sentido descendente, alterar las moléculas de nuestro cerebro de manera selectiva, por ejemplo, fabricando fármacos, utilizando la subjetividad para ello: esto indica que un objeto emergente, por ejemplo, la subjetividad, no pertenece a otra realidad, sino que es la misma realidad desde otro punto de vista, desde otra escala, con una lupa de diferentes aumentos. Las neuronas son el cerebro, y la subjetividad tiene lugar en el cerebro. La subjetividad también so potenciales de acción (aunque ya veremos con qué peculiaridad particular, para emerger con forma de sujeto).
La transducción psíquica es también el fundamento de la medicina psicosomática, la influencia de la mente en el cuerpo. Y es que si entramos en un estado mental de angustia, podemos provocarnos alteraciones en los órganos. La razón es que los órganos están inervados desde el cerebro, desde donde les llegan axones que se conectan con ellos, de modo que un estado de nerviosismo extremo puede provocar arritmias cardíacas, o una úlcera duodenal, a través de la activación de la inervación vegetativa (axones) que va del cerebro al corazón, o al estómago, por poner dos ejemplos. Denominar psíquica a una transducción no es más que una forma peculiar de hacer referencia a un fenómeno que es físico.
Hay diversas clasificaciones de las neuronas, atendiendo a sus formas, o a sus especificidades moleculares, o en función de otras consideraciones. Por este motivo, se conocen muchos tipos de neuronas, incluso miles de tipos. Pero las diferencias entre los diversos tipos de neuronas no son tantas como para obviar que todas hacen más o menos lo mismo: generar, conducir y transmitir potenciales de acción, y en general de manera modulada por otras neuronas (aunque no todo es modulación, por ejemplo: parece ser que la serotonina es un neurotransmisor tanto fásico como neuromodulador, y puede actuar a ambos lados de la sinapsis, y algunas neuronas serotoninérgicas podrían estar respondiendo al estímulo de otros neurotransmisores, además de la serotonina, y esto referido sólo para el caso de la serotonina; así que aunque estamos planteando el asunto del cerebro de un modo sencillo, no hay que perder de vista su complejidad); y tampoco son tantas las diferencias entre los distintos tipos de neuronas como para explicar la colosal versatilidad informática del cerebro. Ramón y Cajal escribió al respecto ya en 1899: "El tamaño y disposición de las células nerviosas, así como el de sus expansiones no parece referirse de un modo evidente a determinada modalidad funcional…". Dicho de otro modo: las neuronas conectadas con el oído no oyen sonidos porque estén especializadas en la audición, sino por estar conectadas con el oído, debido a que el oído es sensible de modo específico a los sonidos, no a otro tipo de modalidad sensorial (los oídos están especializados en la "visión" de los sonidos). Los sonidos se perciben como sonidos de modo distinto, y la luz como luz, porque los receptores son distintos, con una sensibilidad y especificidad distintas.
Y es de suponer que también serán distintos los códigos correspondientes que se forman en el circuito de entrada con la transducción, posiblemente por evolución filogenética y/u ontogenética en este sentido (posiblemente, a su vez, por la persistencia de preadaptaciones afortunadas sucesivas, acumuladas y no eliminadas en el curso de la evolución al ser sometidas a selección natural y otro tipo de circunstancias influyentes más o menos imprevisibles).
A priori, es de suponer que, dadas las similitudes entre los miembros de una misma especie, y su uniformidad cultural, casi todos verán la luz y oirán los sonidos de manera parecida. El ser humano es incapaz de ver la luz ultravioleta, tampoco ve la luz polarizada; la abeja sí las ve. Especies distintas se ven obligadas a ver una realidad distinta. El cerebro humano basa su capacidad de detección sensorial de la realidad en los límites marcados por las posibilidades de sus órganos de los sentidos. Y dentro de sus posibilidades está la de categorizar de modo distinto la información visual y la auditiva, al ser distintas de entrada por utilizar receptores distintos con distinta sensibilidad y especificidad. Y se transducen a códigos supuestamente distintos en su forma (serán "letras" distintas) pero compatibles en su "soporte" (ambos serán trenes de potenciales), de ahí que sea posible percibir luz y sonido a la vez desde un punto de vista, por ejemplo, subjetivo (podemos ver una manzana a la vez que oímos el ruido que hace al caer).
El sonido no se mezcla con la luz en el aire; el que sí puedan hacerlo en la mente parece demostrar que la mente es información abstracta, no otra cosa.
La porción de información proveniente de la realidad que manejan los sentidos, y la forma en que es interpretada, está demostrando ser adecuada para poder luchar por la supervivencia aquellos animales con órganos sensoriales.
En la retina los fotones son transducidos en señales bioeléctricas, un tipo de energía se transforma en otro tipo (transducción). Es de suponer que el código (la forma del tren de potenciales de acción que se forma en primer lugar) para un fotón dado, o para un tipo dado de fotones, tendrá las características del circuito que lo genera, es decir, dicho código es de suponer que será sensible, específico, isomórfico, estable, constante, y por tanto capaz de "reconocer" el significado del estímulo cada vez que se repita por igual. Así, el código puede en la práctica significar al estímulo (significado asignado al código de modo innato y/o adquirido según el caso), y para ello debe verificarse durante un tiempo mínimo (por ejemplo, el tiempo que dure la vida del espécimen en cuestión), tiempo necesario para que un sistema de computación con estas características le resulte útil al espécimen y a la especie. De lo contrario, la selección natural hará fracasar al sistema.
La señal transducida entrante debe codificarse para conservar información concerniente al estímulo, de lo contrario el estímulo no podría abstraerse y a partir de dicha abstracción procesarse una respuesta coherente con dicho estímulo mediante la interpretación adecuada y congruente (a escala) de dicha abstracción (por supuesto que el cerebro procesa en cada instante información procedente de millones de estímulos diferentes, aunque a gran escala parecen menos: ya sólo cada nervio óptico tiene un millón de axones, pero a gran escala sólo percibimos una escena con algunas figuras, no con millones de figuras, gracias a la integración de los millones de figuras en algunos bultos escasos, más fáciles de tener en cuenta a la hora de integrar una conducta que si fueran millones de bultitos o figuritas). La detección del fotón por la retina y su categorización en forma de código específico desde el punto de vista espaciotemporal hace posible que la información procesada por el cerebro concierna al estímulo, y por tanto la conducta integrada pueda ser compatible con la realidad, y también la interpretación subjetiva de la misma podrá ser compatible con la realidad, por ejemplo, si un objeto cae, no sólo tenderá a verse que cae, también tenderá a percibirse que cae.
Como los rangos de frecuencias de los fotones, del orden de miles de Hz (ciclos por segundo), son distintos a los rangos de frecuencias de descarga de potenciales de acción por las neuronas, en el orden de las docenas de Hz, la señal debe ser codificada necesariamente, si indisolublemente se ha de cumplir que la transducción sea una parte del procesamiento de dicha información de un modo exitoso para la supervivencia. Y de la supervivencia depende también el que dicho mecanismo de transducción sea el necesario. De modo que la codificación tiene más posibilidades de ser la preadaptación destinada a tener éxito que la no codificación. En el caso de la luz visible, ha sido posible la transducción y la codificación para el ser humano, en el caso de la luz polarizada y la ultravioleta, no.
El hombre piensa y actúa a partir de lo que ve, y ve lo que le resulta posible ver, así que piensa y sobrevive como puede. Si no se codificase la información no se podría integrar de manera coherente y compatible la información de señales tan distintas como luz y sonido. En el cerebro ambos se reducen a lo mismo: potenciales de acción, este es el truco, de ahí que sea importante que las neuronas sean más o menos iguales, pues deben ser coherentes entre sí para que la máquina funcione unificada, y por tanto, la heterogeneidad de la información procesada por el cerebro procede de la heterogeneidad de la información sensorial.
Con el cerebro se puede ver y oír a la vez, gracias a que se trata de una abstracción de la luz y el sonido, y así luz y sonido serán significados compatibles en la mente. Así que la información mental debe estar codificada para ser efectiva, y los códigos deben de poseer carácter abstracto, como demuestra la posibilidad de percibir luz y sonido a la vez.
Las neuronas son excitables pero no codifican toda señal que podría ser codificable, sino aquellas que sean capaces de codificar tras millones de años de evolución y con los genes disponibles, aquellas para las que sean sensibles.
La información transmitida por las neuronas es abstracta, pues no pueden transmitir los fotones que llegan a la retina, que desaparecen de la realidad al ser absorbidos por los electrones de las moléculas de pigmento de la retina. La transducción, codificación y abstracción soluciona el problema de cómo transmitir los fotones detectados por la retina dentro del cerebro para integrar conductas en respuesta congruente a dichos fotones. Transmitir "fotones abstractos" ha sido el modo adecuado para pensar sobre ellos, y, tras interpretarlos, obrar en consecuencia del modo adecuado (como pueda ser: aproximarse a la comida y alejarse del predador). Para eso sirve un sistema computacional: para resolver problemas.
46. DESCODIFICACIÓN.
En las computadoras la información se codifica, se procesa, se descodifica y es utilizada entonces. Por este motivo, muchas personas creen a pie juntillas que en el cerebro la información debe ser descodificada para que el sujeto la perciba. El sujeto es la propia percepción, el propio proceso de codificación; para que un sujeto interpretase la información descodificada tendría que codificarla otra vez de algún modo, y volver a descodificarla, y así sucesivamente, con lo cual nunca llegaría a percibir algo; y percibimos, luego no hay que descodificar la información codificada para percibir subjetivamente las cosas. Por tanto, investigar cómo descodifica el cerebro la información para que el sujeto la entienda es un planteamiento absurdo. Partamos de la suposición fundamentada según la cual el cerebro procesa información codificada espacialmente (dónde está el código y con qué forma espacial) y temporalmente (cuándo y con qué forma temporal, con qué distribución de los potenciales y los espacios entre potenciales), formando sus propias "letras" particulares con las que escribir su pensamiento, su propio "código Morse" (este código apenas se conoce desde el punto de vista científico; existe un vacío en este campo).
47. DESCOMPRESIÓN.
Si se hace escuchar un mismo tema a dos músicos y se les pide que transcriban las notas al papel, escribirán lo mismo, más o menos, porque oyen lo mismo. Sus cerebros comprimirán la información que les llegará distintamente desde sus cócleas, donde se codifica el sonido armónico a armónico. Y la evolución también ha encontrado el modo de descomprimir la información, de lograr que recupere su supuesto aspecto original a escala macroscópica, un montón de armónicos superpuestos, no separados. Dado que se conocen algunos detalles de cómo funciona la cóclea, que lleva a cabo una especie de análisis de Fourier del sonido, y dado que es comprobable que dos músicos pueden coincidir al reescribir un tema, para lo cual han de percibir los armónicos superpuestos formando las notas sucesivas, parece cierto que la compresión y descompresión tiene lugar. Descomprimir y descodificar no es lo mismo. La compresión tiene lugar durante la transducción en los receptores sensoriales. La descompresión tiene lugar mediante la transducción psíquica, cuando tiene lugar la efectividad de la percepción a escala macroscópica confinada, cuando emerge la subjetividad. Por tanto, la descompresión tiene lugar en el terreno de la abstracción, se descomprime información abstracta.
La descompresión no implica necesariamente la descodificación de la información, pues mientras la percepción es subjetiva, y la información está descomprimida, en el cerebro sigue habiendo lo mismo que antes: neuronas transmitiendo información abstracta codificada, transmitiendo potenciales de acción en forma de códigos. Subjetivamente se perciben bultos, y el bulto no es fruto de una descodificación de los objetos integrados en un bulto, sino que percibir bultos se debe a la falta de resolución del sistema para captar los detalles microscópicos (se debe a una descompresión por tanto), es decir, la falta de resolución para captar las partes del bulto, los objetos integrantes uno a uno, por el confinamiento en una escala macroscópica (los objetos serían los armónicos, y el bulto el sonido tal como se percibe en forma de tema musical). Para que la información codificada en los circuitos emerja descomprimida al tener lugar la efectividad de redes suficientemente complejas no es preciso que sea descodificada, sino que lo necesario es un cambio de escala, para que donde eran efectivos neuronas y circuitos sean efectivas redes suficientemente complejas (complejidad = mayor número de piezas elementales y/o mayor número del tipo de interacciones entre las piezas, hasta alcanzar cierto umbral de complejidad a partir del cual sea posible la emergencia de nuevas propiedades y objetos, umbral que por lógica hay que presuponer peculiar para cada sistema y para cada objeto emergente).
Por tanto, la subjetividad no tiene lugar por descodificación de la información en el cerebro, y en resumen por tres razones: primero, la información va codificada; segundo, si la información se descodificase, el pensamiento cesaría, pues consiste en la asociación e integración de códigos neuronales, y eso es lo que hay en el cerebro, neuronas, y un tren de potenciales de acción no puede ser un no código, sólo puede ser lo que es; tercero, una vez que la información abstracta está codificada y siendo procesada en el cerebro ya está en la mente, pues es la mente, por lo que no hay que descodificarla para enviarla a la mente del sujeto, es decir, para que la mente manifieste sus propiedades, como la de la subjetividad (de hecho, ni siquiera hay un sujeto que posea una mente, o un sujeto al que se envía dicha mente, sino que la subjetividad es una propiedad de la mente, no un objeto concreto, y el sujeto es un objeto, pero abstracto, no concreto, es un objeto mental, es parte de la mente, y le mente parte del cerebro, no un ser vivo, vivas están las células, la mente no vive ni muere, existe, forma parte de la realidad, es parte del cerebro, la información abstracta que procesa, que se transmite de neurona a neurona saltando cuantificada a través de las sinapsis, no un ser vivo; nosotros, en tanto que sujetos, somos nuestra mente, y percibimos como sujetos la realidad por ser reales, no por estar vivos; vivas están las células que procesan dicha información abstracta, no la información subjetiva; la idea de una manzana no está viva, es efectiva, no viva; por tanto, al morir una persona su mente no muere, pues ni es mortal ni inmortal, sino que simplemente deja de ser efectiva la subjetividad, deja de ser efectivo el objeto mental manzana).
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