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Exégesis de cierta hipótesis comprobable acerca del posible correlato neuronal de la conciencia subjetiva (página 5)




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48. TREN DE POTENCIALES DE ACCIÓN.

Se ha hecho referencia a trenes de potenciales de acción, y es que las neuronas suelen descargar sus potenciales de acción en forma de trenes, es decir, no de uno en uno, sino en grupos de potenciales de acción separados entre sí por un pequeño espacio de tiempo, cada potencial de acción constituyendo un "vagón del tren", y dicho grupo separado del siguiente grupo por otro espacio de tiempo, lo cual otorga cierta individualidad a dicho grupo de potenciales de acción, que, a ciertos efectos, acaban pudiendo ser efectivos como un todo a cierta escala. Y esto es importante, por lo que hay que asimilar también el concepto de tren de potenciales.

En cuanto a la organización temporal, aparte de manifestarse en la manera de distribuirse los potenciales de un tren a lo largo del tiempo para conformar un tren específico dado, también se puede manifestar de otras maneras. Las formas de manifestarse la diversidad en función de la organización temporal depende de un hecho: un potencial de acción está limitado, para su efectividad o detectabilidad, por la necesidad de tener que ser producido, y eso consume un tiempo (válido en el orden de los milisegundos), lo cual conlleva que un tren de potenciales tendrá también una forma determinada en el tiempo (algo condicionado, por supuesto, por las características morfofuncionales de las neuronas), algo que hará posible fenómenos como la formación de códigos de frecuencias, y también influirá en los fenómenos de sincronización neuronal, y otras maneras diversas de organizar el procesamiento informático en el cerebro en función del tiempo que se irán viendo.

49. ORGANIZACIÓN COLUMNAR Y TÁLAMO.

Diversos investigadores han analizado durante años la organización columnar, en columnas verticales (perpendiculares a la superficie de la corteza) de la corteza sensorial, sobre todo de la visual (en la parte posterior del cerebro, o corteza occipital), llegando a diversas y complejas conclusiones acerca de la peculiar manera de organizarse las neuronas en este aspecto particular. Uno de los más destacados investigadores de esta organización modular de la corteza ha sido Lorente de Nó. Una de las conclusiones más interesantes, en el caso de ser cierta, es que la organización de la distribución de la información sensorial (la procedente de los órganos de los sentidos) en la corteza, para su procesamiento, en parte es innata y en parte adquirida, lo cual no choca con la intuición de cualquiera al respecto.

En lo tocante a la adquisición de dicha organización, es decir, al aprendizaje del cerebro para procesar información sensorial, ha sido importante descubrir el papel crucial del tálamo, como responsable de distribuir dicha información al lugar adecuado y estableciendo un patrón regular en la corteza. Y es que la corteza da la impresión de ser una expansión del tálamo, como una pequeña corteza dentro de la enorme corteza humana. En animales con un cerebro menos evolucionado que el del hombre, y menos complejo, sin corteza (o apenas), y sólo con tálamo en el polo telencefálico, el tálamo es el órgano encargado de ejercer de corteza.

50. TELENCEFALIZACIÓN.

En animales que ya desarrollan corteza, por encima del tálamo, es la corteza la que va asumiendo progresivamente las funciones del tálamo, y las neuronas que quedan tapadas van asumiendo, conforme se les superponen otras estructuras más evolucionadas, funciones que corresponderían a las que estaban bajo el tálamo. Este proceso se conoce como telencefalización. En el ser humano, como tiene corteza, la corteza ejerce funciones que en animales sin corteza ejerce el tálamo. Pero como la corteza es como una expansión del tálamo, está conectada al tálamo de modo preciso, lo cual ha hecho posible que el tálamo actúe como organizador de la corteza, por ejemplo, en lo que respecta a la distribución somatotópica de la información sensorial por la corteza, y no porque el tálamo lo haya decidido así, sino precisamente porque aunque se le ha colocado encima la corteza, el tálamo no ha desaparecido, ni se ha desconectado de la corteza. De hecho, el tálamo está a medio camino entre la mayoría de los órganos de los sentidos y la corteza, e insertado somatotópicamente, de ahí que pueda organizar de ese modo la distribución de información sensorial por la corteza.

51. PERCEPCIÓN.

En la corteza la información sensorial es procesada hasta llegarse a la interpretación (percepción) de la misma. El procesamiento consiste en la asociación y la integración de dicha información. En dicho proceso, se reconstruyen objetos abstractos que van a constituir una representación isomórfica a escala de la realidad externa, aunque esto ni implica que por ello sea consciente ni que sea subjetiva, aunque es uno de los requisitos para que lo sea, y no por ser algo así como la causa de la conciencia subjetiva, sino porque el proceso ocurre así.

La información sensorial será asociada e integrada para dar forma, por ejemplo, a un objeto abstracto que represente a escala lo que el individuo está viendo con sus ojos en ese momento, y dicha integración de un objeto representativo de algo externo servirá como interpretación de la realidad, lo cual quiere decir que dicho objeto abstracto podrá ser utilizado para integrar una conducta (con tendencia a ser) congruente con la realidad. Y esa es la manera de manifestarse el hecho de estarse interpretando la realidad, mediante una percepción de la realidad puesta de manifiesto a través de una conducta motora congruente. Por supuesto que si dicho cerebro es capaz también de la subjetividad, entonces, la interpretación y consecuente percepción de la realidad se manifestará como una conducta consciente y/o como una percepción subjetiva de la realidad, como un sujeto consciente de la realidad objetiva que pergeña o desarrolla tal o cual comportamiento. La percepción de la realidad es la interpretación de la información sensorial, información sensorial que no es percepción, no se manifiesta como conducta visible, ni como percepción subjetiva (conducta invisible, o en potencia, o preconducta) mientras no haya interpretación de la misma, que en el caso del cerebro requiere una asociación e integración de suficiente complejidad.

En nuestro caso, percepción subjetiva implica interpretación de la información sensorial como un todo, como un objeto integrado en un ente único a ciertos efectos. Según esto, el sujeto no es un objeto concreto, sino nuestra forma de referirnos a un proceso físico sistemático que ocurre en el cerebro y consiste en la percepción consciente subjetiva, de tal manera que esta consiste en la percepción como un yo (y no hay que confundir la percepción como un yo, es decir, con la forma de un yo, con la percepción del yo, que es la autoconciencia, la percepción consciente del yo: la clave está en comprender que la autoconciencia en principio tiene lugar durante la percepción subjetiva, pero no es descartable que tenga lugar también durante la percepción infrasubjetiva, el yo, en tanto que objeto o grupo de objetos mentales con significados autorreferenciales de mayor o menor complejidad, podría participar en la intuición, así que ya se entiende que subjetividad y autoconciencia no son lo mismo).

La integración no puede ser insuficiente, ha de haber una imagen formada para percibir dicha imagen, y hasta que se forma no hay percepción, aunque haya información sensorial (de todos modos, como el cambio en el cerebro es continuo, la imagen no llega a estabilizarse con su forma, de modo que estrictamente no se forma, sino que está en un continuo e interminable proceso de formación: se está formando; lo que pasa es que a cierta escala es posible la ilusión de una imagen formada, como la imagen de bosque a partir de un grupo de árboles). Una metáfora de esta idea importante la tenemos en una pantalla de ordenador, en la que las imágenes se forman mediante pixels. Supongamos que se está formando la imagen de un árbol en la pantalla mediante la acumulación adecuada y creciente de pixels que van definiendo la forma del árbol hasta ser perceptible a simple vista. Hay un momento en que se acumulan tantos pixels como para que de pronto, lo que era una masa informe de pixels, se convierta de golpe en un árbol, como si la imagen del árbol emergiera de la nada. En ese momento en el que la imagen del árbol termina de integrarse, se vuelve perceptible. En el cerebro ocurre lo mismo: hasta que la integración no se completa, hasta cierto punto, la información sensorial es determinada pero informe en lo que a la percepción subjetiva se refiere, en lo que a la interpretación del árbol respecta: sin la integración de un mínimo de información sensorial suficiente (olor, color, tacto, forma, sonido, etc.) el árbol no sería reconocible, su efectividad depende de la complejidad alcanzada. La subjetividad es una conformación de la información abstracta en el cerebro, una recreación neuronal, un objeto imaginado.

52. SENSIBILIDAD Y ESPECIFICIDAD.

Los fotones golpean a la retina, la capa de células fotosensibles (sensibles a la luz) en el fondo del ojo, y son transducidos por las células de la retina (que son neuronas modificadas) en impulsos bioeléctricos. Los fotones visibles son señales en un proceso de comunicación, y señales distintivas, son información sobre luz, que no es información sobre sonido, ni sobre presión, ni otra cosa que luz. Pero los potenciales de acción transmitidos de una neurona a otra a lo largo de los circuitos también son señales dentro de un proceso de comunicación de información (abstracta, en este caso, dado que se van a procesar objetos abstractos, códigos que recrean fotones abstractos).

Una señal es un cambio en la magnitud de un parámetro físico dado a lo largo del tiempo dentro de un sistema (el nervioso, en este caso) en el cual se identifica un emisor (la neurona A), un canal (la sinapsis) y un receptor (la neurona B de un circuito neuronal A-B dado). B detecta la señal de A, que se convierte en señal para B en el momento en que B responde al potencial de acción de A, y no a otra magnitud física que actúe como posible señal. La discriminación de la señal adecuada al receptor indica la especificidad del receptor para esa señal, y toda magnitud que no active el receptor, y por tanto no destaque como señal para B, será considerado ruido de fondo. En la comunicación, aparte de la sensibilidad ante las señales, es importante la especificidad del sistema también.

La señal es en la práctica el objeto de un proceso de comunicación, y en el caso del cerebro, como dichas señales son procesadas, y por tanto asociadas e integradas de un modo caleidoscópico que mezcla orden y desorden, resulta asombroso que finalmente el cerebro sea capaz de representar finalmente un objeto macroscópico congruente con la realidad, resulta asombroso que percibamos un árbol. Pero lo hacemos, porque la organización espaciotemporal del cerebro es un hecho.

En la sinapsis se transmite una información (se transmite, no se conduce, porque salta de una neurona a otra sin estar ambas en contacto, mientras que un axón no transmite un potencial, sino que lo conduce). La información que se transmite en una sinapsis no se identifica con el estímulo. El estímulo es una cosa, y el potencial de acción con el que se correlaciona es otra cosa, no se identifican, pero la respuesta identifica al estímulo (sin la partícula reflexiva se). La respuesta neuronal al estímulo, al ir cuantificada y codificada, al ser isomórfica y representativa, al ser sensible y específica del estímulo, y al ser coherente y compatible, identifica al estímulo, da cuenta de él, y como la forma de identificarlo es estable en el sistema (el rojo siempre se percibe rojo), en la práctica esto es lo mismo que decir que, con un error despreciable, identifica al estímulo tal como es, dicho de otro modo: de manera consciente, pues lo conoce. En cierto sentido, por todo ello, la respuesta neuronal conoce a su estímulo, es consciente de él, y no lo confunde con otra cosa al representarlo (esto es lo que se quiere decir con lo de que la respuesta es específica). En el caso de las neuronas modificadas que constituyen la retina es fácil de entender esta idea: sólo conocen la luz, pues son células fotosensibles, es decir, adaptadas a responder a la luz, son células excitables, pero específicas para detectar y responder ante el estímulo de fotones. La neurona no permanece impasible ante su estímulo, no puede, al ser una célula excitable; ha de hacer algo al respecto, al ser excitable, sensible y específica.

La respuesta de la neurona sigue la ley del todo o nada, según la cual, el potencial de acción, o se produce del todo, o no se produce, lo cual favorece la organización de la cuantificación de la respuesta sináptica, que recuerda a una digitalización del proceso informático en el cerebro; la información abstracta es transmitida de manera cuantificada en la sinapsis: un potencial de acción cada vez; gracias a la cuantificación de la comunicación en el cerebro, a la regularidad del proceso (los potenciales de acción son iguales) y a la estabilidad de los circuitos de un momento a otro, la información puede organizarse en códigos estables durante un tiempo útil para la supervivencia.

La transmisión de información es posible gracias a la existencia de la sinapsis, que obliga a que la comunicación neuronal, la transferencia de información, se produzca mediante transmisión, en vez de mediante conducción (como les ocurre a los animales con sinapsis eléctricas en vez de químicas en sus sistema nerviosos –los seres humanos apenas poseen sinapsis eléctricas-), y el que se produzca mediante transmisión hace posible el procesamiento de la información, su cambio con la interacción, que consiste, en este caso, en la asociación e integración de objetos mentales abstractos, siendo la asociación una sucesión sistemática, y la integración una suma.

Como la respuesta es específica, isomórfica y compatible (verdadera a la vez que el estímulo), la respuesta neuronal da cuenta del estímulo cada vez (el cerebro no decide percibir luz como luz, sino que es una consecuencia inevitable del modo en que el proceso sistemático está organizado). Para ello ayuda el que la sinapsis siga en el mismo sitio durante el proceso, de modo que el estímulo es el mismo, y acoplado a su respuesta de manera específica, entre otras razones, porque el receptor (en el ejemplo de la retina) se conecta todo el rato con la misma neurona que va de la retina al cerebro (existe lo que se denomina vía visual), lo cual ayuda a que se mantenga esa especificidad, aparte de la especialización de la neurona receptora para detectar precisamente luz (en el caso de la luz). Y aquí entra en juego este otro concepto importante para entender la descripción de la mente (y del universo): el concepto de estabilidad: no sólo vemos porque la retina responde a los fotones, también vemos porque la retina sigue ahí durante el tiempo necesario para que el acto de ver se complete. La materia es estable, y sus formas también, el cambio sistemático de las partes no es incompatible con la estabilidad del sistema como un todo (el cambio del contenido de la mente no es incompatible con la estabilidad de la propiedad de la subjetividad). Schrödinger explicó la estabilidad de la materia con su ecuación, al demostrar que la materia, por ejemplo, los electrones, tienden hacia su estado de mínima energía, de ahí que no se esté desintegrando todo a nuestro alrededor en este momento. Las neuronas no son partículas elementales, pero a su manera, y a su escala, también recrean ese proceso de tendencia hacia su estado de mínima energía, es decir, a enfriarse todo lo que puedan oxidando su glucosa, y esto, en cierto modo, tiene que ver con la estabilidad de los circuitos durante el tiempo suficiente como para que se verifique su efectividad como sistema de computación suficientemente organizado a pesar del desorden.

Veamos un poco en detalle la importancia de la especificidad de la transmisión de información en la sinapsis (la especificidad se refiere a la relación entre estímulo y respuesta): en la retina hay distintos tipos de células receptoras, o mejor dicho, fotorreceptoras. Son neuronas modificadas. Se conocen como conos y bastones; los conos están especializados en la visión en color, y los bastones en la visión en blanco y negro (y también son más sensibles al movimiento que los conos). Los conos también están especializados en la visión en detalle. Entre los conos hay también tres tipos en función del tipo de color que detectan preferentemente, del color al que muestran mayor sensibilidad. Podemos hablar de conos rojos, verdes y azules, para entendernos. Lo que esto implica es que dichos conos son la puerta de entrada en el cerebro de tres tipos de información distintos, tres códigos supuestamente distintos (y la clave de dicha diferencia ha de estar en la transducción).

La transducción es la transformación de un tipo de energía en otro tipo de energía. La energía luminosa (fotones) es transducida por los conos en energía bioeléctrica (la respuesta a los fotones entra en el cerebro en forma de trenes de potenciales de acción, que es una actividad bioeléctrica, no luminosa). Como distinguimos los colores, es de suponer que los tres tipos de conos envían trenes de potenciales distintos, un tren estereotipado para cada color, y que codifica a cada color, una "palabra" distinta para cada color (y ya se sabe que la evolución de un sistema depende de las condiciones iniciales, y que un pequeño cambio al inicio supone una gran influencia en el resultado final; el sistema que procesa la información de la retina, las neuronas del cerebro, son bastante iguales, gracias a lo cual pueden procesar dicha información de manera sistemática y coherente, pero las células fotorreceptoras son distintas, con lo cual la información entrante será heterogénea, y así será posible la percepción, gracias a esta mezcla de simplicidad y complejidad, de homogeneidad y heterogeneidad, de orden y desorden, de monotonía y caos, etc.).

La continuación de las sinapsis a partir de los conos hacia el cerebro incluye varias sinapsis de relevo, y varias neuronas por tanto, y llega hasta la corteza cerebral occipital (en el occipucio, o parte posterior del cráneo) donde continúa el procesamiento de la información visual. El procesamiento empieza en la propia retina, es decir, el procesamiento de la información mental no ocurre sólo en la corteza, sino que ocurre en todo el sistema nervioso central subcortical también (subcortical significa por debajo de la corteza; no hay que confundir subcortical y subconsciente, ya que es probable que las estructuras corticales procesen información subjetiva e infrasubjetiva a la vez, pues la subjetividad posiblemente no incluye a toda la corteza, sino a zonas cambiantes de la corteza, y de la corteza de asociación sobre todo).

La retina, que está en la parte posterior del globo ocular, en su superficie interna, es una capa celular que contiene neuronas, así que se considera que forma parte del sistema nervioso: es parte del cerebro (cuando se contempla el fondo de ojo en una consulta médica, se está mirando directamente a parte del cerebro; el fondo de ojo se explora con el oftalmoscopio, artilugio inventado por Helmholtz, por cierto).

En el cerebro entra una información heterogénea desde el ojo (por ejemplo: roja, verde y azul), y este es uno de los factores que explican que se pueda recrear una imagen heterogénea de la heterogénea realidad externa, algo necesario para integrar conductas congruentes con dicha realidad (entra información heterogénea en un cerebro homogéneo que así se va volviendo también menos homogéneo, más caótico, por esta heterogeneidad en las condiciones iniciales de su funcionamiento; sin embargo, a priori no se intuye que otra de las posibilidades funcionales de la masa neuronal cerebral como sistema vivo, la equifinalidad, sea incompatible con esta complejidad creciente). Cuanto más compleja la heterogeneidad, dentro de las posibilidades computacionales del cerebro para asumir dicha complejidad, más opciones para computar una creciente variedad de respuestas, lo cual es una novedad evolutiva que en algunas especies animales, como en los mamíferos, con su gran cerebro, ha resultado un rasgo perdurable, y en el caso del hombre, explotado hasta límites asombrosos, dada su descomunal corteza cerebral.

No hay motivo para pensar que el cerebro haya evolucionado en pro de la computación compleja porque tal rasgo haya sido beneficioso para la supervivencia; no lo sabemos; pero está claro que, al menos, no la ha impedido hasta ahora, de ahí que esté perdurando este tipo de cerebro gigantesco y al borde del caos. De todos modos, lo que está bastante claro sobre este enorme cerebro es que, ya sea útil, o no inútil, dicha complejidad está resultando ser un trasunto o representación fiel de alguna parte del aspecto de la realidad a gran escala, a escala macroscópica confinada, a simple vista.

Los conos rojos, verdes y azules no son de color rojo, verde ni azul. Sólo es una forma de hablar para entendernos. Tampoco hay un motivo por el que los conos deban ser precisamente rojos, verdes y azules. La retina se ha preadaptado, dentro de sus posibilidades evolutivas, a parte de la luz disponible para una posible detección y transducción. Dichas posibilidades de preadaptación de la retina a lo largo de su evolución en lo referente a su capacidad para la detección de luz incluye cierta franja del espectro luminoso, es decir, ciertas frecuencias de las ondas luminosas. Dichas posibilidades de detección de fotones de ciertas frecuencias dependen no de los conos en sí, sino de la parte de los conos que reacciona ante los fotones, que son las moléculas de pigmento, llamados fotopigmentos, presentes en los conos. En cada tipo de cono hay un tipo distinto de pigmento. Cada tipo de pigmento reacciona con un tipo distinto de frecuencia luminosa (fotones de frecuencia distinta; el color depende de la frecuencia fotónica). En la retina hay tres tipos de pigmentos: la rodopsina en los bastones, y otros tres tipos de pigmento en los conos. Cada pigmento presenta un pico de absorción de fotones peculiar, un máximo de absorción a determinadas frecuencias. La rodopsina a los 496 nm (nanómetros), y los otros tres pigmentos a los 419, 531 y 558 nm (Tratado de Fisiología humana de Tresguerres). Se suelen llamar receptores azules, verdes y rojos para abreviar, pero dichos picos de absorción corresponden más bien al violeta, al verde-amarillo y al amarillo. La teoría tricromática de la composición de la visión, tras el descubrimiento de los tres tipos de conos, fue propuesta por Thomas Young en 1801 (Young también desarrolló por la misma época el concepto de energía). Dicha teoría fue después modificada por Helmholtz. Según esta teoría, los colores, las sensaciones de color, se consiguen mezclando las tres longitudes de onda citadas, variando su intensidad (y por tanto, la respuesta es transducida de manera proporcional a dicha intensidad, de modo que se codifica la longitud de onda y su intensidad, y es de suponer que una codificación tan compleja necesita una codificación temporoespacial: temporal, por ejemplo, modulando la frecuencia de descarga de los trenes –el modulador sería el estímulo, que sería el que influiría en los cambios o modulación de la frecuencia de respuesta-; y espacial, por ejemplo, del modo siguente: a mayor intensidad más neuronas implicadas, mayor campo de respuesta, fenómeno conocido como reclutamiento neuronal; pero este esquema básico es aun más complejo en la práctica, como se va descubriendo conforme se profundiza en la fisiología de la vía visual; en todo caso, es interesante notar que la mayor intensidad hace emerger un color dado tras la mezcla de colores, pero no conlleva que esa sensación vaya a ser subjetiva, sólo garantiza la efectividad de la sensación, pero no de la percepción subjetiva de dicha sensación; así que la intensidad hace emerger a una sensación dada como la punta de un iceberg, pero no hay que confundir esto con la emergencia de la subjetividad, emerge la sensación, pero no su percepción subjetiva, para lo cual será preciso otro mecanismo distinto a este aumento de intensidad, probablemente asociado al reclutamiento y a la sincronización neuronal; por tanto, la emergencia de la subjetividad posiblemente no consistirá ni en el reclutamiento neuronal, ni en la resonancia neuronal, ni en la sincronización neuronal, sino en algún otro mecanismo de interacción neuronal que no consista en hacer emerger la punta del iceberg amontonando tierra hasta que la montaña sea lo suficientemente alta, o acumular árboles hasta que el bosque sea lo suficientemente grande; no, la emergencia de la subjetividad, del bosque, no debe depender de la acumulación de árboles, sino del alejamiento del observador del bosque, para dejar de ver árboles y pasar a percibir bosque; pero en el caso de la subjetividad el observador son los árboles también, y el bosque, así que habrá que analizar la cuestión para ver cómo es posible que este fenómeno tenga lugar en el cerebro con esta peculiaridad, ya que un bosque no puede alejarse de sí mismo; en este ensayo se resolverá esta aporía, y se explicará cómo consigue un bosque alejarse de sí mismo realmente sin tener que hacerlo verdaderamente).

Como la sensibilidad al color depende de la presencia de los pigmentos, si faltan o funcionan mal, la sensibilidad al color estará alterada, como ocurre en el daltonismo.

Una vez que la información de cada cono entra en la vía visual es reprocesada varias veces mientras se dirige a la corteza visual primaria. Parte de dicho procesamiento consistirá en distinguir cada color del resto, en llevar a cabo el contraste entre ellos, para distinguir cada color en la fase final de percepción (interpretación), que otorgará particularidad a cada color a ciertos efectos (ya sea al efecto de integrar una conducta orientada al color, o al efecto de la percepción subjetiva del color, de modo que el color, aun siendo información abstracta, le parecerá al sujeto algo concreto, como si adquiriese particularidad a lo largo del procesamiento mental –recordemos que lo concreto es lo particular, y sobre todo lo particular y elemental, como electrones, neutrinos y quarks; la mente consigue dotar de particularidad, de una ilusoria concreción, a objetos abstractos, que así son apreciados a escala como si fuesen concretos, aunque de manera ilusoria, es decir, los objetos mentales adquieren, en el proceso de percepción, concreción ilusoria, a simple vista, logro dependiente del confinamiento de la percepción macroscópica en dicha escala, gracias a lo cual los objetos aparentan ser irreducibles, y por ello elementales, como si fueran partículas concretas, como en el caso de las letras, que parecen elementales desde el punto de vista de las palabras, pues es a lo que se reducen las palabras-).

Para dotar de contraste a la información sensorial, por ejemplo, a rojo, un circuito que actúe como vía sensorial para rojo procurará que dicha información no se disperse por vías paralelas mediante la inhibición de los desvíos hacia carreteras secundarias desde la vía principal para la información rojo, mientras rojo esté circulando por ella. Los circuitos aumentan la intensidad de la señal con axones retroactivos que por un lado aumentan (facilitan) la intensidad de la señal por la carretera principal, y por otro inhiben la intensidad de la señal por el desvío a carreteras secundarias (pero principales para otra modalidad sensorial). De este modo, la señal rojo destaca no sólo por su intensidad, sino también por su contraste.

Los fotopigmentos presentan picos de absorción, un máximo de absorción a frecuencias dadas, pero responden o son excitados por un rango de frecuencias, aunque prefieran cada uno la suya. Esto quiere decir que su especificidad por dichas frecuencias relacionadas con sus picos no es del 100%. Así que, aunque cada cono tiende a dar cuenta de lo que tiende a dar cuenta (a conocer lo que conoce), y a no dar cuenta de lo que no da cuenta (otra forma de definir la especificidad) a veces da cuenta de aquello que no interesa que sea tenido en cuenta, pues su respuesta se basa en una tendencia, así que también depende de una probabilidad, no de una certeza establecida a priori. Esto introduce errores en el sistema (ruido de fondo), por ejemplo, un cono rojo podría responder a fotones de otro color en un momento dado. Pero como la mayoría de los conos rojos no tienden a hacer eso, el efecto conjunto de todos los conos rojos se centrará en el rojo, de modo que el error quedará oculto en la escala microscópica de los conos, y no se detectará en la escala macroscópica de la percepción del color. Dicho error será por tanto despreciable a gran escala, es decir, gracias al cambio de escala, a la estructuración en redes (algo así como la estructuración morfofuncional en forma de bosque a ciertos efectos, en vez de en forma de árboles). La estructuración en redes, aunque conlleve la pega de la dificultad para organizar tanta complejidad, conlleva a su vez la ventaja de convertir los errores en sucesos despreciables. Así, en una enorme red de nodos rojos, un punto verde que entre por error pasará desapercibido a ciertos efectos (por ejemplo, al efecto de la efectividad del rojo a gran escala), de ahí que si en un anuncio luminoso todas las luces están encendidas menos una que está apagada, nadie le va a dar mucha importancia desde lejos (desde la perspectiva del bosque).

La especificidad es importante para la conciencia, la especificidad del proceso. Sin especificidad difícilmente habría conciencia. Para ilustrar esto de un modo más intuitivo, podríamos proponer el siguiente ejemplo: un sistema de transmisión de información específico se podría representar por una expresión como E = VN/VN + FP, siendo E la especificidad (VP = verdadero positivo; VN = verdadero negativo; FP = falso positivo; FN = falso negativo). Esta expresión indicaría la probabilidad, por ejemplo del cono rojo, de descartar los fotones que no sean rojos. La sensibilidad del cono rojo sería en cambio la probabilidad de detectar los fotones rojos, que se podría expresar como S =VP/VP + FN. De modo que la especificidad es la capacidad del sistema para evitar falsos positivos, es decir, para evitar que un cono rojo tome por rojo a un fotón verde. La sensibilidad del sistema es su capacidad para evitar los falsos negativos, por ejemplo, la capacidad del cono rojo para no dejar de detectar un fotón rojo a su alcance.

Podría parecer poco cabal el basar la sensibilidad y especificidad de los conos en una probabilidad, pero la razón es que los conos no envían un tren de potenciales de acción hacia la corteza cuando detectan los fotones adecuados, sino que los conos están enviando trenes todo el rato, y lo que ocurre es que la llegada de fotones modifica, es decir, modula, la frecuencia de descarga. Así que la descarga ya estaba en marcha, y lo que ocurre al llegar los fotones específicos es que la descarga cambia en cierta proporcion específica. Y a pesar de tanta complejidad y sofisticación, vemos el color rojo distintamente.

Si una neurona da cuenta de lo que no ha de dar cuenta, por un error en el sistema, la respuesta seguirá siendo objetiva, aunque inespecífica, introduciendo así en el sistema algo categorizable como un error de medición más o menos despreciable en la práctica, o al contrario, un error útil en algunos casos. Como se ha visto, dichos errores se evitan precisamente gracias al enorme tamaño del cerebro, y a su organización en sistemas de jerarquía creciente, hasta llegar a las redes neurales. Se ha hecho mención a esta posible pérdida de especificidad de una entrada sensorial, y ahora se va a poner un ejemplo que lo aclarará: supóngase que los receptores cutáneos son estimulados con agua de temperatura en aumento; si se sobrepasan los 45º C de temperatura (el umbral para empezar a sentir dolor), en vez de temperatura (en vez de estimularse los receptores cutáneos de temperatura) se empezará a sentir dolor (empezarán a estimularse los receptores de dolor) en vez de seguir sintiendo temperatura. En este caso, la incapacidad para detectar específicamente temperatura a más de 45º C resulta beneficioso al individuo, que puede así protegerse contra la quemadura. Otro ejemplo: hablábamos antes de la especificidad de los fotorreceptores de la retina al estímulo con energía luminosa, con fotones; pero si se golpea el ojo, si se aplica un estímulo con energía mecánica, los fotorreceptores también responden a este estímulo inespecífico que también transducen como si fuesen fotones (se ven "estrellitas" o fotopsias) aunque no necesariamente se sufrirá dolor; así que en este segundo ejemplo no resulta excesivamente útil que el ojo responda también inespecíficamente a estímulos mecánicos, mientras que sí resultaba útil en el caso de la piel la inespecificidad de los receptores de temperatura a más de 45º C. De modo que la evolución no tiene previsto qué va a ocurrir, ni tiene como objetivo favorecer lo beneficioso: ocurre cualquier cosa (dentro de lo posible) y la selección natural se encarga de eliminar por el camino a quien corresponda.

53. ORDEN E ISOMORFISMO.

La mente cambia de forma a cada momento, así que las palabras que la mente procesa son distintas a cada momento. Ese cambio de forma es inevitable, y tiene que ver con el aumento del desorden en el sistema, el aumento de la entropía del sistema, y como en el sistema hay cierto grado de orden, gracias a la autoorganización que caracteriza a los sistemas vivos, ese desorden va tomando forma a ciertos efectos, por ejemplo, al efecto de ir formando palabras sucesivas de manera suficientemente ordenada a pesar del caos. Este equilibrio entre desorden y orden se rompe en ocasiones, predominando el desorden, como ocurre, por ejemplo, en los trastornos del lenguaje.

Se está aludiendo repetidamente al orden que impera en el cerebro en pugna con el desorden y el equilibrio entre ambos. Ya se han dado algunos ejemplos del orden, y del desorden. Pero quizá convendría aclarar que si se asume que hay orden en el cerebro, es debido a que se considera que existe un orden sistemático desde el momento en que se ha identificado gracias al hecho de poderse reconocer un mismo patrón de conducta en dos objetos del sistema (por ejemplo, la imagen de los dos ojos es compatible) o entre dos sistemas isomórficos. Un patrón es una configuración morfofuncional que admite una representación estable: por ejemplo, el color rojo nos parece igual de un día para otro; una representación estable es aquélla aparentemente idéntica a sí misma. Se acaba de hacer referencia a que la imagen de los dos ojos sea compatible; compatible quiere decir verdadero al mismo tiempo. Por su parte, isomórfico quiere decir con la misma forma, y hace referencia a un concepto matemático que viene bien para aclarar algunos detalles del comportamiento del sistema nervioso, ya que los objetos mentales se caracterizan por ser suficientemente isomórficos con lo que representan con un error despreciable en la práctica en esta recreación de un isomorfismo.

El concepto de isomorfismo indica que dados dos conjuntos, A y B, entre sus elementos se establece una correspondencia biunívoca, lo cual quiere decir que a un elemento A, de A, le corresponderá el elemento B, de B, y no otro, es decir, implica una interacción peculiar, sistemática, entre A y B. Habrá un isomorfismo entre A y B, si al evolucionar A, por ejemplo, si en A tiene lugar una interacción entre A1 y A2, entonces, al observar B, se comprobará que a la vez habrá tenido lugar en B una interacción entre B1 y B2, en correspondencia biunívoca. En tal caso, A y B serán isomórficos. Existe la posibilidad del isomorfismo entre sistemas, y el cerebro es un sistema capaz de lograr dicho isomorfismo en la práctica con un error despreciable a la escala en la que dicho isomorfismo sea efectivo. Cuando un objeto cae por su peso, lo veremos caer sin duda, en condiciones normales, y en ausencia de algo que lo impida. La efectividad de dicho isomorfismo en la práctica hace posible la identificación entre sujeto y objeto, de modo que cuando vemos que algo cae, sabemos que está cayendo de verdad, y así, nuestra conducta será congruente con la realidad tal como está ocurriendo: un objeto está cayendo.

Bertalanffy trata el asunto de los isomorfismos en la naturaleza en su Teoría general de sistemas, donde previene contra la confusión entre los isomorfismos y las analogías sin sentido. En este ensayo se tiene en cuenta esta precaución.

Esa capacidad del cerebro para establecer un isomorfismo con la realidad probablemente sea un rasgo útil desde el punto de vista evolutivo, y posiblemente sea una de las razones por las que el sistema nervioso ha sido seleccionado como sistema para controlar la conducta motora en animales con capacidad de movimiento motriz autónomo (que son los animales que necesitan sistema nervioso).

54. PERCEPCIÓN MACROSCÓPICA CONFINADA.

Digamos que un objeto es lo que un observador determina como objeto. Determinar es ubicar algo en el espaciotiempo, o sea, otorgar unas magnitudes definidas a un fenómeno dentro de unos parámetros físicos dados. La magnitud es el nivel alcanzado en una escala. El parámetro es el tipo de sistema usado como soporte para la unidad. La escala es el sistema de medida, una cantidad de un fenómeno físico dado, dividida en una escala, una escalera, un número de partes iguales, siendo cada parte la unidad. La unidad es una cantidad dada que se toma como referencia para medir un fenómeno compatible con dicha escala de medición (por ejemplo, la distancia en centímetros entre dos puntos es compatible con la longitud de una cinta métrica, así que una cinta métrica sirve para medir dicha distancia). La magnitud es el número de unidades que el fenómeno alcanza en la escala. Un observador no deja de ser un conjunto de sistemas de medición, más o menos complejo. Nuestra percepción consciente de la realidad, como sujetos, no deja de ser otra cosa que un sinfín de magnitudes, correspondientes a múltiples sistemas de medición (cada una de los millones de terminales sensoriales de diverso tipo distribuidas por el cuerpo y que captan la realidad) transducidas a un lenguaje común y compatible (trenes de potenciales de acción) integradas en una sola medición que, a modo de propiedad emergente (la propiedad de ser, todas esas magnitudes una sola cosa, un solo ente, el sujeto) es efectiva como percepción consciente y subjetiva de la realidad detectada en un intervalo de tiempo dado identificado como instante presente (puntiforme, gracias al cambio de escala, y por tanto subjetivo, adimensional, elemental, un estado de superposición irreducible en la práctica: un solo sujeto).

Desde este punto de vista, el cerebro, un sistema no lineal, en su proceso evolutivo dinámico, consigue recrear una propiedad emergente correspondiente a un sistema lineal: la superposición de todas esas mediciones en una sola medición que, en la práctica, consigue ser efectiva como estado morfofuncional propio del sistema en evolución (de modo que en la naturaleza podría existir la posibilidad de la recreación, en un sistema no lineal, y a gran escala, del comportamiento de un sistema lineal). Un estado de parte del cerebro también es el estado de una medición representativa de la realidad. El cerebro consigue recrear un comportamiento sistemático lineal gracias a que lo hace en el terreno de la abstracción, que es versátil y capaz.

Dados dos objetos, dichos objetos estarán relacionados (habrá un vínculo causa-efecto entre ellos) si son observables interacciones peculiares entre ellos. Interacciones peculiares son aquellas que no se pueden observar entre dos objetos cuando no están relacionados. Unos objetos relacionados dados son lo que constituye un sistema. En el cerebro podemos categorizar diversos sistemas, subsistemas y supersistemas: caleidoscopios dentro de caleidoscopios, fractales. Desde este punto de vista, dos sistemas pueden convertirse, de un momento a otro, en los objetos de un supersistema.

Recordemos que un sistema puede ser observable como un todo en la práctica a ciertos efectos. Por ejemplo: un puñetazo en la mesa puede ser categorizado como un todo, y, por tanto, la red neural que integra dicha acción, también puede ser considerada un todo. La conciencia subjetiva también podría ser un supersistema de redes integradas en una sola red efectiva como un todo en la práctica a ciertos efectos con un error despreciable, por ejemplo, al efecto de que el sujeto consciente sea efectivo como parte de la realidad objetiva.

La percepción consciente subjetiva es la percepción que ocurre a simple vista. Ya hemos visto que a simple vista quiere decir a escala macroscópica. Pero hay que añadir algo más: la percepción a simple vista es a escala macroscópica y confinada, lo cual quiere decir que estamos confinados en dicha escala macroscópica de percepción, sólo percibimos subjetivamente desde dicha escala, estamos atrapados en ella, sin elección; no podemos ver a simple vista los microbios, ni los quásars. Dicha percepción macroscópica confinada se caracteriza porque uno puede afirmar que experimenta dicha percepción como sujeto, de forma vívida, personal, individual, como un todo con entidad propia, como si fuese un ente concreto de por sí. Dicha experiencia subjetiva se correlaciona por sistema, hasta donde los métodos actuales permiten determinar, con cierta actividad neuronal peculiar, lo que podríamos llamar correlatos neurales de la conciencia subjetiva. En trabajos dirigidos por Metzinger en el MIT, en el año 2000, tal vez se haya podido comprobar que los correlatos neurales se asocian en la práctica, empíricamente, sobre todo con la actividad de las áreas de asociación corticales.

En la corteza hay áreas primarias, que se llaman primarias porque en ellas se inicia de manera primaria cierta actividad cortical. Por ejemplo, las áreas sensoriales primarias se llaman así porque en ellas hacen su primera sinapsis las neuronas sensoriales procedentes del tálamo en dirección a la corteza. Las áreas primarias hacen sinapsis después en otras áreas de la corteza, donde la información sigue su proceso evolutivo (el procesamiento consiste en la asociación e integración de objetos abstractos, combinando orden y desorden en su justa medida, de modo que los objetos se acercan unos a otros y entonces se entrelazan y desentralazan formando nuevos todos emergentes, como en un caleidoscopio). Las áreas corticales primarias hacen sinapsis en las secundarias, y las secundarias en las de asociación, en sucesión. En las de asociación confluye información variada procedente de lugares diversos, y se interpreta la información, y parece ser que se percibe subjetivamente cuando se activan las áreas de asociación.

La subjetividad se caracteriza por ser su efectividad comunicable de un sujeto a otro, y ese ha sido el modo de saber que la actividad de la corteza de asociación se correlaciona por sistema con la experiencia subjetiva, porque en el momento en que se detecta la actividad en las áreas de asociación los sujetos de ciertos experimentos han coincidido en confirmar que estaban siendo subjetivamente conscientes de algo. La mayor parte de la corteza es corteza de asociación. De todos modos, el cerebro funciona como un todo; aunque la corteza de asociación sea crucial para la efectividad de la subjetividad, todo el cerebro debe funcionar para que sea efectiva, del mismo modo que las hojas del árbol son las responsables de rumor del bosque, pero necesitan a las raíces, el tronco y las ramas (y al viento, y a los oídos de alguien). Las áreas de asociación integran mucha información diversa, de ahí que su complejidad sea tal vez la suficiente como para que tenga lugar la emergencia de alguna propiedad posible en el sistema, en referencia a la subjetividad. Además, las conexiones de las áreas de asociación con el hipocampo (la circunvolución que actúa de directora de orquesta para la memoria inmediata, la que fija los datos entrantes nuevos) y con el sistema límbico (un subsistema dentro del cerebro que organiza las emociones y por tanto el pensamiento emocional) completan esa complejidad de la corteza de asociación. Gerhard Roth es otro de los investigadores del cerebro que consideran que esta integración de las extensas áreas de asociación con el sistema límbico, el hipocampo, la formación reticular, etc. puede ser un sistema suficientemente complejo como para cruzar el nivel de complejidad que se adivina necesario para la emergencia de propiedades nuevas en el sistema.

La subjetividad da la impresión de ser el resultado de algún tipo de integración de la actividad neuronal en el cerebro, ya que la subjetividad presenta el aspecto de un ente único, un todo de por sí, y en el cerebro la integración en un todo, por ejemplo, la integración de neuronas en redes, ocurre precisamente mediante integración neuronal. La subjetividad es un todo integrado. Lo no integrado en este todo da la impresión de quedar excluido del todo, y lo incluido aparenta estar confinado en el todo, y viceversa. Parece lógico: si un contenido dado del pensamiento presente en la subjetividad corresponde a cierta actividad neuronal, a cierta información codificada y procesada en determinadas neuronas, si dichas neuronas se integran y se hace efectiva entonces la subjetividad, sólo las neuronas integradas de esa forma pertenecerán a la subjetividad, y no el resto, pues la subjetividad dependerá precisamente de cierta integración neuronal peculiar.

La información procesada por neuronas no integradas en la subjetividad no será parte de la percepción consciente subjetiva, será, por tanto, infrasubjetiva. De hecho, a simple vista no se produce la percepción de lo infrasubjetivo, de modo que el fenómeno del confinamiento parece cierto que tiene lugar con un error despreciable a simple vista, a escala macroscópica confinada. Pero con lo del confinamiento no se quiere hacer referencia al confinamiento en la subjetividad en general, sino en la escala macroscópica efectiva en el momento en que la percepción subjetiva sea efectiva en particular.

55. PERCEPCIÓN CONTINUA.

El procesamiento de información en el cerebro se produce a saltos, de modo discontinuo, pues, por un lado, las descargas bioeléctricas neuronales son discontinuas: los potenciales de acción tienen un principio, alcanzan un máximo de intensidad (amplitud del potencial) y tienen un final, volviendo al estado de reposo (potencial de reposo) en que se encuentran entre descarga y descarga La teoría acerca del potencial bioeléctrico de reposo fue presentada por Bernstein a principios del siglo XX; todas las células presentan un potencial de reposo, una carga eléctrica diferente a un lado y otro de la membrana celular; hicieron falta 50 años, desde los experimentos de Overton hacia 1902, hasta los de Hodgkin y Huxley hacia 1952 (Katz completa el trío de los implicados en la teoría iónica de la sinapsis), para tener suficientemente claro el mecanismo por el que el flujo de iones a un lado y otro de la membrana se relaciona con la detección de los diversos tipos de potencial bioeléctrico de membrana, como el potencial de reposo o el potencial de acción.

El procesamiento también es discontinuo porque las neuronas están separadas, incluido el punto de transmisión de información por el que se relacionan, la sinapsis, donde tampoco se tocan. En el ser humano la sinapsis es química, con pocas excepciones. La transmisión del impulso se produce de manera que al llegar el impulso a la parte terminal de una neurona, a través de la sinapsis lanza moléculas que desencadenan otro potencial de acción en la neurona siguiente. Cada neurona no conduce el potencial de acción de la anterior, sino que debe generar su propio potencial de acción en respuesta al mensaje transmitido desde la primera neurona, que no es un mensaje bioeléctrico, sino químico, una cantidad de neurotransmisor.

La información se procesa en el cerebro de manera discontinua, y sin embargo nuestra percepción consciente subjetiva de la realidad da la impresión de ser continua en el tiempo, sin saltos. La explicación de esta ilusión es como sigue (una ilusión es una percepción equivocada de algo por alguna razón): las neuronas integradas en un todo integral en correlación con el fenómeno continuo de la subjetividad en un momento dado, van siendo sustituidas a cada instante por otras neuronas, de hecho, la mente es heterogénea en su contenido informático pues se piensa en algo todo el rato (y es que la mente, por sus características, es efectiva si se ocupa de algo, algo cambiante, la mente en blanco no sería distinta de la inconsciencia). La subjetividad es una parte de la mente, y su correlato neuronal ha de ser cambiante, pues el cerebro cambia sin cesar su estado morfofuncional, por el aumento de entropía del sistema. La subjetividad es un sistema integral (un sistema integral es aquel que constituye un todo, y que puede seguir constituyendo un todo en ausencia de algunas de sus partes en la suma de ese todo). Como sistema integral, las neuronas (redes, habría que decir siendo más precisos) que constituyen a la subjetividad van dejando de formar parte de la subjetividad y siendo sustituidas por otras que se van integrando en la subjetividad a lo largo del tiempo, sin aparente solución de continuidad, pues el todo no deja de estar presente a lo largo del proceso mientras es efectivo como todo: mientras estamos despiertos, somos efectivos como sujetos de modo continuo. Así que el pensamiento también resulta ser continuo a simple vista (otra conclusión importante de este razonamiento es que la conciencia subjetiva no se localiza en una zona determinada del cerebro, no es una estructura morfofuncional determinada concretamente, sino una propiedad del cerebro; esta idea ha sido comprobada repetidas veces mediante neuroimagen funcional, como la tomografía por emisión de positrones, o la resonancia magnética funcional, que han permitido comprobar la existencia de las redes neurales una y otra vez desde el final del siglo XX y lo que va de siglo XXI).

Hay, por supuesto, otra razón más, también importante, aparte de la integralidad, para explicar la manera en que la conciencia subjetiva resulta ser una experiencia continua a simple vista, y el lector concentrado en la lectura ya podría colegirla con lo leído (una pista: de cerca, a escala "microscópica", los árboles no dejan ver el bosque, pero cambiando de escala, de lejos, a escala "macroscópica", es el bosque el que no permite ver los árboles, que así aparecen como un todo continuo sin partes, una mancha verde sin elementos detectables a gran escala): la organización en redes y el cambio de escala consecuente con la integración de estas.

56. CÉLULAS EXCITABLES.

Las neuronas son células (ya hemos dicho que la teoría celular de Schwann data de 1839, la teoría que afirma que la unidad elemental de la vida es la célula, la estructura mínima capaz de soportar el proceso vital por sí misma, y es que, recordémoslo, la vida es un proceso físico sistemático peculiar). Parece ser que la fisiología de la neurona, a escala molecular, es más compleja que la del resto de las células corporales, más incluso que la de los hepatocitos, según cuenta Cardinali en el tratado de Fisiología de Tresguerres. En las neuronas es destacable la actividad bioeléctrica, como es obvio. Desde el enfoque de la biofísica (que es una rama de la biología que utiliza métodos físicos para medir la actividad biológica, como por ejemplo la actividad bioeléctrica celular, mediante la investigación electrofisiológica de los canales iónicos), la actividad bioeléctrica neuronal se consigue explicar mediante conceptos provenientes de la física, como puedan ser los conceptos de conductancia, fuerza electromotriz o capacitancia.

La neurona, como las demás células, está delimitada por la membrana celular: delimitada, no rodeada, porque la membrana forma parte de la neurona. La membrana es semipermeable (presenta permeabilidad selectiva). Dicha semipermeabilidad provoca que las concentraciones de ciertas moléculas y elementos a un lado y otro de la membrana sean asimétricos. Como algunas de dichas moléculas, e iones, tienen carga eléctrica, la carga eléctrica a un lado y otro de la membrana (dentro y fuera de la célula) será distinta. La distribución de cargas a un lado y otro de la membrana en parte se produce de modo pasivo, pero en parte es generada de modo activo por la neurona. La neurona genera, conduce y transmite impulsos bioeléctricos mediante la descarga de la membrana, mediante un cambio eléctrico transitorio de la distribución de cargas a un lado y otro de la membrana, mediante la producción de potenciales eléctricos. Las células se cargan al establecerse una diferencia de potencial a un lado y otro de la membrana. Las neuronas, además de cargarse, pueden descargarse, de manera espontánea, o provocada y regulada por estímulos entrantes en la neurona, desde otras neuronas o desde células receptoras sensoriales (las neuronas también pueden descargarse en el laboratorio usando estímulos eléctricos, para medir su actividad y usar esta medida para el diagnóstico de enfermedades; esta actividad se lleva a cabo miles de veces cada día en las unidades de neurofisiología clínica de los hospitales). Las células que se descargan espontáneamente actúan en ocasiones como marcapasos, como ocurre con las células cardíacas. Las células capaces de descargarse son las células excitables, que son los siguientes tipos celulares: receptoras, nerviosas, musculares y glandulares. Las células excitables, al descargarse, responden con una conducta (propositiva) como consecuencia de dicha descarga, que puede consistir en una contracción, como es el caso de las células musculares, o en una secreción, como es el caso de las neuronas, que secretan neurotransmisores (no conciencia). La secreción de neurotransmisores hace posible la transmisión de modo cuantificado y codificado, y con carácter abstracto. La estructura en cadenas de circuitos hace posible el pensamiento, y el carácter persistente de la conciencia, la mente, por tanto. La excitabilidad también ayuda a hacer posible la conciencia, al permitir una de sus características: la sensibilidad; es, por tanto, otra de sus características.

57. POTENCIAL DE ACCIÓN Y ABSTRACCIÓN.

El potencial de acción aparece cuando las neuronas se descargan, es por tanto un tipo de potencial bioeléctrico. El potencial de acción se caracteriza por ser un fenómeno discreto en el espacio y en el tiempo, autolimitado, estereotipado, constante, específico y transmisible dentro del sistema. Todas estas características lo convierten en un candidato estupendo para explicar la transmisión de información abstracta en el cerebro. La estructuración en circuitos y redes permite comprender que haya un procesamiento de dicha información durante su transmisión a base de potenciales de acción. La transmisión de este modo es cuantificada, potencial de acción a potencial de acción, y esto unido a las características citadas, como la estabilidad, el carácter valvular de las sinapsis, las características del potencial de acción, etc. establecen una tendencia al orden que implica la posibilidad del uso de los potenciales de acción como sistema para codificar la información, y para que la información entrante a través de los sentidos adquiera un significado, y que sea posible la integración de respuestas congruentes con la información entrante, que a su vez sea congruente con los estímulos externos, y por ende, que la actividad cerebral sea útil en la lucha por la supervivencia.

Si un tren de potenciales de acción consigue tener significado, gracias al logro de un equilibrio entre las características de un potencial de acción, y las necesidades del individuo en sus circunstancias reales, y tal conjunto de fenómenos entra a formar parte de la vida (si todo esto ocurre en un animal primitivo y este sobrevive y es capaz de transmitir con sus genes estas características a su descendencia), entonces dicha información con posibilidad de tener significado ha de poseer, por fuerza, carácter abstracto, ya que un tren de potenciales de acción con el significado de, por ejemplo, comida, no será la comida, sino su representación en el cerebro.

La información con significado representativo que procesa el cerebro tiene carácter abstracto. La mente consiste en el procesamiento de este tipo de información, y esto es en lo que consiste la mente, en lo que podríamos llamar: pensamiento; procesar mentalmente información abstracta es pensar en el caso del cerebro. El pensamiento es el procesamiento mental, en el cerebro, de la información consciente concerniente a una posible conducta futura. Todo este proceso es consciente, aunque parte de él es subjetivo y parte infrasubjetivo.

La conducta futura posible no es predecible con certeza absoluta, así que el resultado del pensamiento es hasta cierto punto impredecible, más impredecible cuanto más caótico sea ese cerebro. Dicha impredecibilidad podremos tildarla desde mente imaginativa en un caso leve, hasta mente delirante en un caso grave, y pasar por todos los grados que se nos ocurran entre los dos polos que decidamos establecer arbitrariamente en esta descripción. La determinación efectiva en el futuro de una conducta, de entre las posibles, sobre la que se está pensando en el presente, dependerá de una probabilidad. De modo que el cerebro también puede ser enfocado, en su comportamiento, desde un punto de vista estadístico, lo cual es lógico, ya que se trata de un complejo sistema dinámico, enormemente complejo, y sometido al aumento de la entropía, capaz de procesar una cantidad inmensa de información, y en un equilibrio metaestable (es un sistema heterogéneo).

58. ENERGÍA PARA EL CEREBRO.

Todas las células del cuerpo tienen propiedades bioeléctricas. Las células son como laboratorios químicos, aislados del medio por una membrana celular, formada por una bicapa lipídica con permeabilidad selectiva. En el interior de las células se producen miles de reacciones químicas distintas en cada instante. Dichas reacciones consisten principalmente en choques moleculares. Las moléculas son capaces de unos cien millones de choques por segundo (según explica Guyton en su tratado de Fisiología), son muy rápidas desde un punto de vista macroscópico (y microscópico). Con tantos choques, se explica que las reacciones bioquímicas sigan sus ciclos.

Las moléculas se organizan en estructuras, organitos intracelulares, de tal manera que dichas vías metabólicas se vean favorecidas; así mismo, algunas moléculas actúan como catalizadoras de reacciones, con lo cual las vías metabólicas posibles en este sistema se vuelven muy probables. Las reacciones bioquímicas consisten en una transformación de la energía obtenida del medio externo a la célula, del que la célula toma la energía que utiliza. La célula utiliza dicha energía, que toma en forma de electrones, mediante la transferencia de electrones de unas moléculas de la célula a otras, moléculas especializadas en transportar electrones, haciendo que los electrones vayan bajando de nivel energético por el camino, hacia el estado de mínima energía ya citado, y dicha caída de nivel energético supone que dicha energía es tomada por las moléculas de la célula para cargarse de energía, de fotones, que van "extrayendo" de los electrones conforme estos van cayendo de nivel energético cuando saltan de unas moléculas a otras. La célula reconvierte esa energía en trabajo que en última instancia resulta útil al organismo. Los fotones de los que se apropia la célula proceden en su mayor parte del sol, y son incorporados a la cadena de la vida gracias a la fotosíntesis que llevan a cabo las plantas, y de ahí pasan al resto de los seres. Dichos fotones son utilizados por la célula para cuatro tipo de funciones fundamentales: de tipo mecánico, osmótico, químico y eléctrico. Este último tipo de actividad, la actividad eléctrica, o bioeléctrica, es muy importante en las células nerviosas. Las células nerviosas generan, conducen y transmiten impulsos bioeléctricos, que llegan, por ejemplo, a los músculos, que también tienen la facultad de responder a dichos impulsos y conducirlos.

59. SISTEMA NERVIOSO FRENTE A SISTEMA HORMONAL.

El organismo utiliza los impulsos bioeléctricos para recibir y transmitir información referente al medio interno y externo a lo largo de los circuitos neurales. Se concectan las diferentes partes del organismo, con una doble función: receptora y efectora. No es de extrañar que esta manera de manipular información biológica haya tenido éxito evolutivo, ya que es una forma de transmisión rápida desde un punto de vista macroscópico, es decir, desde el punto de vista, por ejemplo, de la conducta animal. Otro sistema de transmisión de información para integrar conductas congruentes con el medio es el hormonal, más lento. El sistema nervioso ha complementado al hormonal en animales con locomoción, debido precisamente a su rapidez. El sistema nervioso no deja de ser algo así como un sistema de secreción hormonal también, pues los neurotransmisores son como hormonas. Lo que pasa es que las hormonas pueden viajar vía sanguínea a grandes distancias de su punto de secreción para hacer su efecto, mientras que los neurotransmisores actúan localmente, al otro lado de la sinapsis, en la mayoría de los casos es luego eliminado o reabsorbido ahí mismo en menos de un segundo. De todos modos, hay numerosos ejemplos del solapamiento entre el sistema hormonal y el sistema nervioso, hay neurotransmisores implicados en el fenómeno de la conciencia que en otras partes del cuerpo llevan a cabo funciones distintas (cada molécula es aprovechada por la evolución dentro de sus posibilidades, sin planes preconcebidos, sino mediante tanteo selectivo sobre la marcha, conforme la evolución progresa).

60. LEY DEL TODO O NADA.

La generación de impulsos bioeléctricos se debe a la capacidad de las neuronas para generar el potencial eléctrico denominado potencial de acción, o PA. Una importante propiedad del PA es que sigue la ley del todo o nada, según la cual, cuando un estímulo llega a la neurona con suficiente intensidad como para provocar la aparición de un PA en la membrana de dicha célula, el PA se produce en todo caso, y alcanzando la amplitud (voltaje) máxima posible en cada caso (ese máximo no es de idéntica magnitud en cada caso, pero será la magnitud máxima posible en cada caso, es decir, el todo). De este modo, si un estímulo ha sido tan intenso como para que la despolarización que provoca cruce el umbral de aparición del PA, éste aparece y el potencial bioeléctrico se propaga sin que la magnitud de dicha amplitud se resienta, hasta llegar a la siguiente estación de relevo del flujo eléctrico, la sinapsis, desde donde se suelta una cantidad de neurotransmisor proporcional a la amplitud del PA, de modo que a la membrana postsináptica llega suficiente neurotransmisor como para desencadenar otro PA (sobre todo, si son varias las neuronas convergentes en la región postsináptica). La transmisión del impulso en el tejido neuromuscular cumple el todo o nada, aparte de por las propiedades peculiares de la membrana (en lo que se refiere a la permeabilidad y difusión iónica particular en función del voltaje y la concentración), porque para tal fin se consume energía (la energía tomada del Sol se acumula en las células en ciertos tipos de moléculas especializadas en tal función, que actúan como moneda de cambio energético en las células, como es el caso del ATP, o adenosín-trifostato). El todo o nada se ha ido preparando en el instante previo consumiendo la energía del ATP.

Si imaginamos que el potencial de acción es una flecha disparada con una ballesta de una neurona a otra, siguiendo el todo o nada (o se dispara, o no se dispara, pero no hay término medio), podemos imaginar que el todo o nada se prepara en el instante previo cargando la ballesta. El gasto energético previo consiste en la generación de un potencial bioeléctrico, previo al PA, que consiste en un potencial en equilibrio (como todo equilibrio, es inestable: la cuerda de la ballesta está tensa y cargada con la flecha, y al arquero le tiembla el dedo sobre el gatillo). Dicho potencial en equilibrio es electronegativo en el interior de la célula, y positivo en el exterior, es decir, hay una diferencia de potencial a ambos lados de la membrana, diferencia que se mantiene en equilibrio en ciertas cifras (en ciertos milivoltios) mediante una continua difusión de iones a un lado y otro de la membrana en espera de la descarga del PA.

Hay que tener en cuenta algo importante: en las neuronas la conducción eléctrica no consiste en el movimiento de electrones, como en un circuito eléctrico, sino en el movimiento de iones, átomos cargados. Los iones implicados en la generación de potenciales eléctricos en las neuronas son los iones de sodio y potasio, con importante participación también de los de calcio y magnesio, y algunos otros (iones proteicos, etc.). El paso de iones a un lado y otro de la membrana, según una coreografía estereotipada que se repite de igual modo una y otra vez, es lo que genera los potenciales bioeléctricos. Los detalles encierran cierta complejidad, pero gracias a varios investigadores se conocen en bastante detalle. Hay una diferencia de potencial a un lado y otro de la membrana durante el potencial de reposo (reposo relativo, dependiendo del punto de vista, porque se llama reposo al hecho de estar con la ballesta cargada y la flecha quieta pero la cuerda tensa). La diferencia de potencial es tan amplia como para que al iniciarse la despolarización ante un estímulo adecuado se alcance el umbral necesario para la producción del PA (la cuerda de la ballesta tiene que estar tan tensa como para que la flecha salga disparada). Dicho umbral, a partir del cual la despolarización no se detiene y llega hasta el final, hasta la descarga del PA de acuerdo con un todo o nada, se encuentra aproximadamente en los -45 mV (menos cuarenta y cinco milivoltios en el interior de la célula). El equilibrio durante el potencial de reposo se rompe fácilmente, y el PA se produce a favor de gradiente, y no requiere gasto adicional, sino que "rueda por sí mismo cuesta abajo".

Si la neurona está parcialmente despolarizada por suma de estímulos pequeños, puede que su potencial se encuentre cerca de los -45 mV, y en tal caso la neurona estaría parcialmente despolarizada, parcialmente descargada, sin llegar a formarse el PA, pero en tal caso, la descarga del PA será más fácil que en el caso contrario. En dicha situación, se dice que la neurona está facilitada, y la facilitación es una forma de regulación muy importante en el cerebro, para integrar respuestas, pues es lo que ayuda a que ante dos opciones, se tome una antes más fácilmente que la otra (la más facilitada antes, obviamente). De modo que en el cerebro, la libertad consiste en tomar opciones, y dicha libertad depende de la facilitación previa de las vías neurales, y tal vez más que de otra cosa.

Hay estímulos que despolarizan o facilitan vías por diversos motivos, pero la mayoría de los estímulos retroactivos parece ser que son inhibidores, no excitadores (esta descripción de las vías inhibidoras en parte se debe a Eccles), y no hay que perder de vista un hecho: dos inhibiciones sucesivas pueden lograr el mismo efecto que una excitación. Las sinapsis inhibidoras son un importante mecanismo regulador en el cerebro, y producen el efecto contrario a las sinapsis excitadoras: alejan a la neurona del umbral de descarga del PA, lejos de los -45 mV, por ejemplo, a -90 mV, situación que se denomina hiperpolarización, estado en el que la neurona responde peor a su estímulo (el dedo del arquero se separa del gatillo… perdón, del ballestero). Estando la neurona hiperpolarizada, el estímulo habría de ser mayor para lograr un mismo efecto.

La situación de equilibrio óptima para obtener un PA en las condiciones ideales se supone que está alrededor de los -85 mV, y dicha situación ha sido lograda mediante evolución y selección natural, por tanteo. El PA se produce por una alteración del equilibrio iónico a un lado y otro de la membrana, y consiste en una despolarización de la membrana. Una vez despolarizada, ha de volverse a repolarizar, para lo que la célula consume ATP cuando se van consumiendo las ballestas de las que dispone para numerosos disparos antes de consumir su munición. En cada PA se consumen pocos iones, y la producción de PA no conlleva consumo de ATP, ya que se produce a favor de gradiente (un gradiente es un vector que indica la dirección y magnitud de un cambio en un sistema, su tendencia).

61. ENTROPÍA Y CEREBRO.

El aumento de la entropía con el tiempo es el enunciado del segundo principio de la termodinámica. El primer principio de la termodinámica dice que la energía no se crea ni se destruye, sino que sólo se transforma, y también establece la equivalencia entre trabajo y calor. Fue intuido por Mayer en 1840 y enunciado en 1845. Energía viene del griego, de la palabra ergon, que significa acción. El concepto de energía fue introducido por Young en 1807. El primer principio establece que la energía en el universo permanece constante, pero no dice cómo evoluciona en el tiempo; de eso se encarga el segundo principio, que dice que la entropía aumenta con el tiempo. El segundo principio se gestó en 1824 en los trabajos de Carnot, que luego fueron difundidos por Clapeyron y Clausius, de lo contrario habrían quizá caído en el olvido. Clausius aclaró que el calor no pasa espontáneamente de un cuerpo frío a un cuerpo caliente. El primer principio es un principio de conservación de la energía, y el segundo principio es un principio de evolución. Según este segundo principio, los procesos sistemáticos son irreversibles: una vez que un sistema cambia con el tiempo, no puede volver al estado inicial, y el nuevo estado está desordenado respecto del estado anterior, así que el desorden, la entropía, aumenta con el tiempo de modo inevitable. Esta irreversibilidad implica que no se puede ir marcha atrás en el tiempo de manera sistemática: un sistema no se reordena, recuperando su estado anterior. La entropía aumenta en el universo, que se desordena sin cesar. El cerebro es parte del universo; si idealizamos al cerebro, categorizándolo como sistema dentro del universo, en el cerebro se cumple lo mismo que en el resto del universo: es un sistema en el que lo que ocurre es que la entropía aumenta con el tiempo.

El cerebro se autoorganiza (como si su dinamismo dependiese de su propia energía, como si fuese un sistema cerrado en la práctica a determinada escala con un error despreciable), al ser un sistema vivo, de modo que localmente parece reducirse la entropía a determinada escala, pues aumenta el orden: se edifica la estructura morfofuncional del cerebro de modo organizado a escala neuronal, a escala de red, etc. Pero en todo momento el cerebro irradia calor, por lo que en el cómputo global, a pesar de la autoorganización, dicha irradiación de calor, fruto de la oxidación de glucosa, supone que la entropía aumenta. Lo que pasa es que la continua entrada de glucosa en el cerebro garantiza que producción y pérdida de calor se compensen, dando la impresión de haber autoorganización entremedias.

Clausius inventó el término entropía en 1854, con el significado del contenido de transformación de un cuerpo. Según el segundo principio de la termodinámica, para todo sistema cerrado (y el cerebro puede ser tomado como sistema cerrado a ciertos efectos en la práctica a escala macroscópica confinada) la entropía no aumenta si la transformación del sistema es reversible, de lo contrario, aumenta en busca del equilibrio. En el cerebro, la entropía aumenta, pero a escala macroscópica confinada no se percibe, de modo que la experiencia consciente transcurre con cambio, pero como si la entropía no aumentase, como si la mente fuese un sistema cerrado, lo cual hace posible la percepción consciente a escala microscópica, pues hace posible que el cambio sea medición, incluido el que tiene lugar en el terreno de la abstracción, con lo cual, el aumento del desorden es efectivo como aumento de orden, como organización, como aumento de la información en el sistema (la información es la inversa de la entropía, la entropía es la medida del aumento del desorden, y la información la medida del aumento del orden), y del mismo modo hace posible la percepción subjetiva a escala macroscópica de manera continua, sin que a escala macroscópica confinada cambie el carácter subjetivo de la percepción subjetiva.

Esta descripción termodinámica del cerebro es posible porque el cerebro está sometido a la vinculante flecha temporal, tomando sistemas grandes (grandes conjuntos de interacciones), que en conjunto, como un todo, evolucionan invariablemente del pasado al futuro, hacia el aumento del desorden. Supongamos que el universo fuera una sopa de letras (partículas elementales en la sopa del vacío), pues la expansión del universo y el movimiento sistemático de las partículas (de acuerdo con las fuerzas electromagnética, gravitatoria, nuclear fuerte y débil) conlleva que en la sopa de letras se vayan formando grupos desordenados de letras al remover con la cuchara en la sopa. Las palabras parecen orden que surge en el seno del desorden, pero es orden aparente, porque las palabras se forman al desordenar las letras, no al ordenarlas. Algunos grupos de letras serán palabras, que a un observador de grupos de letras (otro grupo de letras tan complejo como para realizar representaciones conscientes de letras y pensar sobre ellas, y por tanto para ser observador de dichos grupos de letras) le parecerán orden dentro del desorden, al tener la forma ordenada esperada: de palabras. Pero dichas palabras serán en el fondo otro modo de desordenarse las letras en la sopa de letras. Los sistemas autoorganizados, como los sistemas vivos (sistemas que aparentan ser cerrados, que cambian de estado como si la energía necesaria fuese la contenida en el sistema y no los fotones tomados del Sol) pueden provocar un aumento local de palabras en la sopa de letras. Pero en ningún plato de sopa deja de aumentar la entropía, aunque parezca un sistema cerrado, ya que todo plato humea, todo plato se enfría, todo plato irradia calor al resto del universo. El cerebro también es un sistema local, es otro plato de sopa de letras. Y el cerebro irradia calor todo el rato, oxida la glucosa que toma del exterior para formar palabras e irradiar calor.

El cerebro estrictamente no es un sistema cerrado, y estrictamente la entropía aumenta con el tiempo en todas partes, a pesar del aspecto ordenado que algunos sistemas consigan localmente, pero el balance global de todo sistema es en todo caso el aumento del desorden, en medida suficiente como para que ningún sistema se ordene, aunque lo parezca. Para que un sistema quebrantase la segunda ley, todas las letras del plato tendrían que formar palabras del diccionario, algo imposible, al ser la flecha temporal vinculante. En todo caso habrá letras que no formen palabras conocidas, en todo caso habrá irradiación de calor al medio. Los sistemas vivos consiguen generar mucho orden local, más palabras en la sopa de letras, por su peculiar forma de evolucionar sistemáticamente (por ejemplo, por su autoorganización en niveles, molecular, celular, etc.), de modo neguentrópico, pero sigue siendo desorden.

Boltzmann, en 1877, dio la interpretación microscópica del aumento de entropía, explicando que el aumento de entropía en un sistema, y la irreversibilidad de su evolución, consistía en una evolución desde un estado más ordenado a uno menos ordenado de las partículas del sistema (para esta explicación, precisó inventar el concepto de entropía estadística, de modo que más que del calor del sistema, recurrió a hablar de los microestados del sistema, del estado o probabilidad de la ubicación espaciotemporal de cada elemento del sistema). El cerebro también está formado por un elevado número de elementos, las neuronas (son elementales y fundamentales desde el punto de vista de la subjetividad) y sus estados: potencial de reposo-potencial de acción, es decir, carga-descarga (hasta cierto punto, recuerda a un sistema digital de ceros y unos) El estado de una neurona es un continuo entre la carga y la descarga, pero al existir la sinapsis, es posible está dicotomía estricta entre carga y descarga, y esta digitalización de la transmisión de la información a través de las sinapsis, de modo que los microestados del cerebro son los microestados de las sinapsis, que, o están transmitiendo, lo que serían los unos, o no transmitiendo los unos, es decir, verificándose los ceros. La transmisión es "cuántica", pues se cuantifican ceros y unos. Además, los dos estados de las sinapsis, al ser posibles, dependen también de una probabilidad, es decir, de una detectabilidad determinable en una ubicación precisa de la dimensión espaciotemporal, una comprobación del estado posible.

En el cerebro en particular, y en los sistemas vivos en general, el orden emerge a escala macroscópica, la escala del espécimen pluricelular, no sólo en la microscópica, la escala de la célula. A finales del siglo XX se demostró que era posible, localmente, pasar de un estado menos ordenado a una más ordenado sin contradecir el segundo principio (la aportación de Prigogine fue fundamental para enteder esta situación). Para entender tanto orden local, como el de la mente, no bastaba con entender que a pesar del ordenamiento local el desdorden general seguía aumentando, la clave para entender estos fenómenos requería que también localmente aumentase la entropía justo alrededor del foco que se ordenaba más que el aumento de entropía media del entorno. Este requisito parece que se cumple en el caso del cerebro con la gran tasa de irradiación de calor. Al enfriarse a tanta velocidad se justifica su gran orden local. Lo que pasa es que el continuo aporte de glucosa y su gran tasa de oxidación (que produce calor) permite que el cerebro durante un tiempo mantenga su temperatura constante, y suficiente para la vida, al lograrse temporalmente un equilibrio entre lo que se enfría y lo que se calienta, entre el calor que genera y el que pierde. El mecanismo molecular para lograr este equilibrio es complejísimo, muy costoso (necesitamos muchas kilocalorías al día para sostener esta situación; vivimos de milagro y por poco tiempo) y se acopla a diversas escalas (termodinámica no lineal). Un sistema en equilibrio tiene menos posibilidades para generar tanto orden, que ocurre preferentemente en sistemas alejados del equilibrio, que permiten impulsar una evolución constructiva del sistema.

La información es una medida del desorden, es la inversa del desorden, según definición de Shannon. Para determinar la inversa del desorden es preciso un observador que haga la operación, que mida el desorden (en el caso de la subjetividad, el observador es la propia subjetividad, gracias a que al tener carácter abstracto puede representar a dicho observador sin suponer ello una contradicción, mediante la conveniente identificación ad hoc entre sujeto y objeto ya citada). La información aparece cuando los elementos de un sistema se ordenan, lo cual ocurre cuando la entropía permanece constante o disminuye, para lo que se requiere la presencia de un observador, de algo que interactúe con el sistema actuando como observador del sistema (una interacción es una medición, un cambio transmitido de un objeto a otro; si el objeto A interactúa con el objeto B, el cambio en A es la medida de B; lo que pasa es que al medir a B también se cambia a B, por lo que la medida que se obtiene de B ya no es lo que B es, sino lo que era). En 1877 Boltzmann definió la entropía como el número de estados microscópicos distintos en los que pueden hallarse las partículas de un trozo de materia de manera que siga pareciendo el mismo trozo desde un punto de vista macroscópico. Extrapolando esta descripción al cerebro, pues resulta que observamos que el cerebro (que es un objeto macroscópico) también cambia de estado, al cambiar de estado sus elementos constituyentes (las neuronas, que son objetos microscópicos). Aunque el cerebro cambia de estado a escala microscópica, a escala macroscópica sigue siendo el mismo cerebro a ciertos efectos, lo cual se refleja en que de un momento a otro la experiencia consciente subjetiva no cambia, sigue siendo subjetiva (aunque el cambio de estado es apreciable también a escala macroscópica, pues el contenido mental de la subjetividad va cambiando sobre la marcha, como al ir leyendo estas palabras, y también es apreciable mediante una tomografía por emisión de positrones, que registra la fluctuación de la actividad de las redes neurales que se van detectando). El cerebro no cambia tanto a escala microscópica como para que se note fluctuación en el carácter subjetivo de la subjetividad a escala macroscópica (salvo cambio drástico, como que a uno lo anestesien).

El cerebro, definido como sistema con entropía, encaja dentro de la descripción de Boltzmann de la entropía. A pesar de los cambios microscópicos en el cerebro, la subjetividad sigue siendo una experiencia macroscópica y confinada a lo largo del proceso. Por tanto, si la mente, lo que el cerebro hace con la información abstracta, no fuese un proceso físico sistemático, difícilmente sería posible la conciencia subjetiva.

La subjetividad es algo efectivo desde un punto de vista macroscópico: es reducible a sus piezas elementales, pero es un fenómeno macroscópico. Su emergencia no quiere decir que surja de algún sitio, pues sólo tiene sentido a escala macroscópica, no tiene que surgir de una escala menor, emergencia no quiere decir eso. Emergencia quiere decir que algo no era detectable un momento antes, y sí un momento después, emerge en el tiempo, porque lo que emerge es un estado del cerebro, una propiedad (un estado peculiar, con un patrón morfofuncional peculiar del sistema) no un objeto concreto. El término creación implica aparición a partir de la nada. La subjetividad no emerge por creación, sino por recreación. La palabra recreación va a ser utilizada en el sentido que le daba en ocasiones Gamow: recrear puede ser entendido como dar forma a lo que no la tenía (o a lo que tenía otra forma distinta antes), es decir, como generación de información en un sistema. La información sería entonces la recreación de formas en la materia. La materia sería la misma antes y después de cambiar de forma, por el primer principio de la termodinámica, pero habría cambiado su estado (su ubicación en la geometría dimensional, el tejido curvable construido por las interacciones de los elementos materiales) al aumentar la entropía en el universo, por el segundo principio de la termodinámica. La información creada sería entonces una medida del cambio de estado del sistema, no nueva materia concreta, así que el sujeto es un objeto abstracto, una medida del cambio de estado del sistema, información. La medida del cambio de estado requiere dicha medición, así que el sujeto es cierta medición: la percepción consciente macroscópica confinada.


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