Partes: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10

84. SINCRONIZACIÓN NEURONAL.

Sherrington infirió, con buenas razones, que la integración de la información visual tendría que ver con la concurrencia temporal de la información sensorial visual, es decir, con la sincronía de la actividad neuronal en la vía visual. Es lógico: si se percibe de una vez el color rojo de una manzana, a la fuerza hay que colegir que todas las neuronas corticales que están codificando el color de cada sector de la manzana que abarcan, para aparecer a la vez en el mismo sitio, precisamente han de aparecer a la vez, y por tanto, sincronizadas, dado que todas hacen lo mismo, descargan con un mismo código. Es lógico: si muchas neuronas, con una misma especificidad, y correlacionadas entre sí, mediante sus interacciones retroactivas, hacen lo mismo a la vez, el resultado de su actividad puede sumarse en un conjunto integrado efectivo como un todo, con entidad única, a ciertos efectos prácticos con un error despreciable a determinada escala.

No toda actividad sincronizada se correlaciona con una experiencia consciente subjetiva. La información sensorial visual procesada en el cerebro puede no formar parte de la subjetividad en un momento dado: uno puede ir conduciendo pensando en algo sin ser subjetivamente consciente de lo que está viendo, y llevando el coche evitando obstáculos sin ser subjetivamente consciente de ellos, si está abstraído enfrascado en la solución de algún otro problema que ocupa la subjetividad (y en la subjetividad hay mucho sitio, pero no sitio para todo, porque debe de ser un estado morfofuncional exigente desde el punto de vista energético, y por tanto, debe de ser costoso incorporarse a la subjetividad, de modo que a la mínima oportunidad se queda uno fuera de la subjetividad, pues el cerebro tiende a la realización de sus tareas, la integración de conductas, con programas estereotipados en algoritmos con el menor número posible de neuronas en cuanto puede, procediendo con ello a oxidar menos glucosa; todo tiende a la estabilidad, al estado de mínima energía). El procesamiento de información sensorial visual en la corteza (occipital) incluye la sincronización de dicha información entre sus características, sea dicha información subjetiva o no lo sea, por tanto, la sincronización difícilmente será la clave para explicar la subjetividad.

Se ha propuesto que lo que pasa con la percepción subjetiva de la información sensorial visual es que mientras es subjetiva la sincronización ocurre a una frecuencia peculiar, a 40 Hz, el llamado ritmo gamma, investigado por Wolf Singer. Fischbach revisó la investigación de Singer en el artículo Mente y cerebro, publicado en Investigación y ciencia en 1992. Según Singer, la sincronización de emisiones de señales procedentes de neuronas espacialmente distintas activándose sincrónicamente a 40 Hz correspondería a las distintas características del objeto (movimiento, color, forma, etc.) que uno afirma percibir integradas en la forma de ese objeto único en un momento dado. Las oscilaciones a 40 Hz podrían sincronizar conjuntos de neuronas que por su especificidad espaciotemporal en un momento dado estuvieran especializadas en los distintos componentes perceptibles de una escena visual, y constituir, tal vez, un correlato directo de la percepción consciente subjetiva de lo que se ve. Tal vez el color rojo de la manzana, pero posiblemente no la rojez de la manzana, posiblemente no la subjetividad.

Posiblemente la sincronización sirve para que una modalidad sensorial, por ejemplo, un color, constituya un todo reprocesable, pero difícilmente dotará la sincronización de subjetividad a la información, ocurra a ritmo gamma o al ritmo que sea, por una razón muy sencilla: para ser consciente, hay que ser consciente de algo, y la sincronización conlleva homogeneización: un grupo de neuronas con un mismo código haciendo lo mismo a la vez en el mismo sitio (un mismo código temporal en un mismo sitio): esto es el equivalente a una pantalla en blanco, y nuestra percepción subjetiva no consiste en una pantalla en blanco, sino en una escena muy heterogénea. La pantalla en blanco implicaría una aparente y convincente ausencia de cambio, que en la práctica sería indistinguible de la inconsciencia. La información es heterogénea en todo momento. Incluso encerrados en una habitación aislada, nuestra mente sería invadida permanentemente por el picor de la piel, el zumbido de los oídos, los latidos del corazón, los movimientos ventilatorios, el dolor de espalda, etc. (sin objeto no hay sujeto). La subjetividad ha de emerger en el curso de una interacción que conlleve heterogeneidad, no de una que conlleve monotonía.

La sincronización, incluso tal vez el ritmo gamma, ha de servir para que una manzana roja se vea toda ella roja, pero es a partir del contraste, por ejemplo con el fondo, que puede empezar a ser percibida subjetivamente, por tanto, la subjetividad no está en el rojo extenso y homogéneo de su superficie, ni en el verde del fondo, sino en la interacción entre el rojo y el verde, es decir, en lo que ocurre entre la red neural para el rojo de la manzana, y la red neural para el verde del fondo, que no puede ser la sincronización, pues rojo y verde son dos códigos distintos, y por tanto, no pueden estar sincronizados. Ha de ser otra cosa, ha de ser otro mecanismo neural que no sea la sincronización el que explique la concurrencia temporal de rojo y verde en la subjetividad.

En cuanto a los mecanismos neuronales responsables de la sincronización, han sido estudiados, incluyendo modelos artificiales que posiblemente se parecen a los naturales, y lo que llama la atención del modo mediante el que probablemente se terminan sincronizando las neuronas que interactúan retroactivamente, es que los mecanismos de sincronización son muy sencillos, y carecen de misterio: si se ponen dos neuronas descargando una cerca de la otra, lo más probable es que acaben sincronizándose, por una sencilla razón: acabarán igualando su flujo de iones por mera proximidad (por ejemplo, por proximidad del medio interno, lo cual obliga a pensar en la posible importancia de la glía en el hecho, y de ahí que se tienda a hablar de red neural, en vez de red neuronal). Eurich ha dedicado sus esfuerzos a desentrañar estos mecanismos a priori misteriosos pero tan asombrosamente simples una vez descritos, y su descripción se puede encontrar en su artículo Sincronización neuronal, publicado en Mente y cerebro en 2003. Recordemos una vez más el trabajo de 1989 de Strogatz y Mirollo que les permitió afirmar que cualquier sistema de osciladores acoplados se autoorganizan espontáneamente, y el resultado es la sincronización.

85. REENTRADA.

Según Edelman, tal como expuso en el libro El universo de la conciencia, escrito a medias con Tononi (2002), se produce un ir y venir de señales bioeléctricas entre mapas corticales paralelos interconectados y sincronizados por fibras recíprocas, una interacción sistemática específica y peculiar entre ciertas neuronas, interacción que las sincroniza. Para Edelman, este tipo de interacción recíproca que sincroniza mapas corticales paralelos (integrándolos de este modo) debe denominarse reentrada, y debe de ser un componente fundamental de la integración que tiene que ver con la experiencia consciente subjetiva. La idea de la reentrada, de algo que se hacen las redes entre sí para integrarse, es interesante: una integración de redes tan fuerte como un pegamento, porque no actúa una vez, sino que va y viene entre las redes afianzando dicha integración de las redes en un todo durante un tiempo suficiente para que se produzca la emergencia de la subjetividad. Lo que pasa es que aunque dicha interacción lleve a una sincronización, dudo que dicha sincronización sea lo que está detrás de la experiencia subjetiva en esencia, como acabo de explicar con el ejemplo de la figura roja sobre fondo verde. Ha de haber algo más que la mera sincronización.

La sincronización permite que el objeto rojo sea figura, y que el verde sea fondo, pero no hace posible que el objeto rojo sea subjetivo, que la escena sea un todo integrado, y no sólo figura y fondo en paralelo. Si manzana roja y fondo verde se sincronizaran, todo sería rojo, o verde, con lo que no habría figura sobre fondo, y por tanto no habría cambio, y sin cambio no habría conciencia ni subjetividad.

Figura y fondo en paralelo pueden ser utilizados para integrar una conducta, como cuando conducimos sin percibir subjetivamente lo que vemos. Pero para que el objeto rojo sea subjetivo debe hacer falta algo más, hace falta que el objeto rojo haga algo con el fondo verde que no sea una mera sincronización, ni una coexistencia en paralelo sin "tocarse". Y lo que sea que quiera que se hagan, debe ser posible en el cerebro, no puede ser algo que nos saquemos de la manga, ha de ser algo posible en el sistema, ha de ser algo cierto, no cualquier hipótesis barroca sin pies ni cabeza. Ha de ser algo que hagan las neuronas con naturalidad y por necesidad.

De todos modos, la idea en sí de la reentrada, el que las redes interactúen retroactivamente entre sí, no sólo es interesante para preguntarse qué se hacen entre sí el objeto rojo y el verde, sino que además hay alguna referencia a su existencia, tanto de la reentrada córtico-cortical, como de la reentrada tálamo-cortical (ya habíamos dicho que Llinás y su equipo le habían dedicado a esta última años de investigaciones profundas y detalladas). Y la reentrada también es interesante porque obliga a pensar que efectivamente rojo y verde han de hacer algo el uno al otro durante la subjetividad, y probablemente ese algo no es una sincronización (se puede encontrar una detallada descripción de la reentrada en un artículo de Zeki titulado La imagen visual en la mente y en el cerebro, publicado en Investigación y ciencia en ,1992).

86. EL CORRELATO NEURONAL DE LA SUBJETIVIDAD.

Según Edelman, la reentrada constituye un mecanismo fundamental de la integración neuronal al asegurar la correlación espaciotemporal de las descargas neuronales. Opino lo mismo, la reentrada entre la red objeto-manzana-rojo y la red objeto-fondo-verde, podría ser fundamental a la hora de integrar ambas redes en el objeto subjetivo manzanarroja-sobrefondoverde, que es lo perceptible, la escena compleja, no el objeto homogéneo único. Posiblemente podamos añadir la reentrada a la lista de mecanismos de integración que habíamos citado antes. Y a la sincronización también, aunque dudo que la red manzana roja, cuando interactúe mediante reentrada con la red fondo verde, durante la percepción subjetiva de ambos objetos, lo que hagan sea sincronizarse; posiblemente lo que hagan sea otra cosa. Edelman concluyó que la reentrada sería un "truco de sincronización", como los llama Damasio, y tal vez lo sea en muchos casos de reentrada, pero apuesto que no en los que determinan que dicha reentrada se correlacione con la subjetividad. Tal vez la reentrada sea entonces una forma peculiar de correlacionarse la actividad neuronal, mediante una actividad retroactiva entre mapas corticales sincronizados de este modo mediante una oscilación a ritmo gamma, como han propuesto Singer y Crick. Pero sigo insistiendo en que aunque haya algo de verdad, o toda la verdad en estas descripciones no es suficiente para explicar la subjetividad, por la razón aducida. Es ilógico concluir que el problema del mecanismo neuronal correlacionado con la subjetividad se termina de resolver recurriendo a la sincronización, al ritmo gamma y a la reentrada. No es suficiente.

Según Damasio, la simultaneidad relativa de actividad en distintos lugares posiblemente conecta partes de la mente separadas entre sí, así que quizá la integración mental (sigue diciendo Damasio) tenga que ver con la acción concertada de sistemas a gran escala mediante conjuntos sincronizados (otra vez la sincronización) de actividad neuronal en regiones separadas del cerebro (la separación es inherente al concepto de red neural), un truco de sincronización (la sincronización ha calado hondo entre los neurocientíficos). Por suerte, Damasio aclara que esta forma de sincronización no sería una explicación de la ligazón de las piezas de la conciencia (subjetiva), sino una sugerencia de la sincronización como pieza del mecanismo, no el mecanismo; y aquí estamos de acuerdo: hace falta algo más que reentrada y sincronización, y como se verá, en este ensayo se va a proponer al candidato más probable a ser el mecanismo neural responsable del prodigio de la subjetividad de la experiencia consciente subjetiva.

Y aun teniendo ese algo más que afirmo que hace falta para completar un poco más, y quizá en gran parte, la descripción de la estructura morfofuncional del correlato de la subjetividad, la descripción del correlato no es tampoco la descripción del mecanismo de emergencia de la conciencia subjetiva; ilustraré con un ejemplo a qué me estoy refiriendo con esta última afirmación: tomemos la descripción del hecho de la evolución filogenética de las especies, basada en el estudio comparativo de los cambios en los fósiles de animales encadenados a lo largo de su árbol filogenético de era en era. La descripción del correlato de la subjetividad, de los cambios de estado relativo de las neuronas en el cerebro, sería como la descripción de los cambios de estado relativo de los fósiles, cambios en las magnitudes de ciertos parámetros. La descripción de la evolución no permite saber cómo se ajusta el cambio de los seres a lo largo del tiempo, de la filogenia, la mera descripción del cambio no incluye la descripción del mecanismo del cambio, del mecanismo encargado de llevar el cambio al equilibrio. Podríamos decir que es el aumento de entropía, pero un animal se puede categorizar a gran escala como algo más que entropía, también es nacimiento, nutrición, crecimiento, procreación, sociabilización, etc. y estos fenómenos se explican a otra escala por la descripción de la interacción entre animales y su entorno, no por la interacción entre electrones, neutrinos y quarks. Por tanto, debe haber un mecanismo para explicar las fenómenos emergentes desde la escala macroscópica. Darwin dio con el mecanismo: la selección natural, que favorece la supervivencia del más fuerte, y esto va ajustando la dirección del cambio evolutivo desde un punto de vista macroscópico. El hecho de disponer de un mecanismo para entender cómo tiene lugar el proceso evolutivo a simple vista, permite tener certeza sobre el hecho evolutivo tal como se comprende desde un punto de vista macroscópico, un hecho que hasta disponer de un mecanismo sólo era una descripción basada en pruebas indirectas (los fósiles, que llevaban a pensar que de algún modo las especies evolucionan, al ser distintas entre sí y poderse ordenar progresivamente), a falta de pruebas directas (las especies no evolucionan a simple vista, los individuos sí y las colectividades de individuos también, las especies no, a lo más que llegamos a simple vista es a reconocer cambios individuales, o incluso raciales; el hecho de las diferencias entre individuos ya hace sospechar algo). Al conocer el mecanismo de evolución, ya se pueden ver a simple vista (en la imaginación) a las especies evolucionando.

En analogía con la evolución de las especies, el correlato de la subjetividad precisa de un mecanismo de emergencia de la conciencia subjetiva, que permita intuir cómo tiene lugar la experiencia consciente subjetiva. Y este va a ser el objetivo de la parte final de este ensayo: no se va a centrar el problema tanto en los detalles del correlato, que se pueden enunciar en una frase, y su demostración dependerá de la observación directa del cerebro, sino que se va a dedicar el esfuerzo a algo más difícil, a la explicación del mecanismo de emergencia de la conciencia subjetiva, a la explicación de cómo ese hipotético correlato es la subjetividad. Yo ya sé cuál es la respuesta; la cuestión es ser capaz de redactarlo con claridad y corrección para transmitírselo a usted. Ya veremos.

Tenemos de momento que la subjetividad podría ser una propiedad emergente a gran escala durante la interacción neuronal (una propiedad emerge en un sistema a lo largo del tiempo en función de la complejidad del sistema). Las neuronas interactúan a escala microscópica, una escala que desde el punto de vista de la subjetividad es irreducible (es decir, la subjetividad tiene que ver con la interacción neuronal, no con la interacción de las estructuras de escala inferior a la neurona, como las moléculas o los iones; la subjetividad tiene que ver con lo que vemos, oímos, etc. con la mente, y lo que vemos es lo codificado por las neuronas mediante la transmisión de trenes de potenciales de acción, no lo que hacen los iones u otras partes de las neuronas, que no se correlacionan con los contenidos de la conciencia, o con la mente y sus propiedades, como la conciencia). Por tanto, las neuronas son las piezas elementales de la mente tomada como sistema, con sus partes (mente subjetiva e infrasubjetiva) y de sus propiedades: la conciencia y la subjetividad. La propiedad de la subjetividad hace posible la percepción consciente de la realidad en forma de sujeto.

La subjetividad ha surgido a lo largo de la evolución de las especies: ¿qué podría tener de favorable para estar siendo, hasta el momento, favorecida por la selección natural? Presuntamente, la subjetividad se correlaciona con una mayor actividad neuronal, actividad costosa desde el punto de vista energético en comparación con otras de las cosas que hace el cerebro. Dicha mayor actividad supone una mayor complejidad, en parte debida a una organización morfofuncional en redes, que aumenta la complejidad sin aumentar el número de neuronas (lo que aumenta en este caso es la complejidad de las interacciones –lo cual conlleva en este caso también la posibilidad de una mayor versatilidad funcional-). Mayor actividad, en caso de ser viable puede significar mayor esfuerzo dedicado a un problema dado, y por tanto, más opciones para solucionarlo, de hecho, si atendemos y nos concentramos con intensidad en un problema como sujetos, notaremos que aumentamos la precisión y reducimos el tiempo dedicado a resolverlo (por ejemplo, al meter una llave en una cerradura se hará con mayor eficacia cuanto más participe la subjetividad en los pasos en los que se desglosa esta conducta).

No sabemos si los electrones, neutrinos y quarks y sus bosones son objetos concretos, pero en el estado actual de la ciencia se supone que sí, que son elementales, irreducibles a algo menor, que carecen de mecanismo interno, que son elementos puntiformes, adimensionales (irónicamente, como el punto euclídeo, a pesar de no ser la geometría de Euclides la que describe la realidad física). Lo que categorizamos por sistema como objetos, las manzanas, las ideas objeto de estudio, etc. no son lo que son, no son concretos, así que desde este punto de vista son abstractos, todos, desde la manzana hasta la palabra MANZANA que procesamos en nuestra mente. Los objetos abstractos mentales son los efectivos en la mente. Subjetivamente se percibe una manzana como un todo, como un objeto, y mentalmente parece irreducible, una manzana es lo que es en la práctica, y nos la comemos como si fuese una manzana con un error despreciable, como si fuese concreta. De modo que en la práctica asumimos concreción en lo que hacemos, pero todo lo que hacemos a gran escala es abstracto, real, pero abstracto. La concreción es falsa, pero no nos damos cuenta, al estar confinados en la escala macroscópica, que es lo que nos permite percibir concreción donde no la hay.

La manzana en nuestra mente son trenes de potenciales de acción que la codifican, asociados e integrados (se integran mediante sincronización, reentrada, etc. y mediante el ingrediente que todavía no ha sido revelado). Y el objeto mental no emerge al integrarse dicha información, sino mientras se está integrando, así que el objeto es la detección, la medición, la interacción de las partes, las neuronas, el proceso, el continuum, como lo llama Mora siguiendo a los clásicos, no algo concreto. A gran escala no se percibe la interacción de las partes, sino el todo integrado, y como la integración es movimiento, y al igual que pasa en el cine, el proceso produciéndose de este modo permite la emergencia de la figura en movimiento, la información consciente cambiante.

El objeto mental es abstracto porque la idea de una manzana no es una manzana, y la idea mental de una manzana no coexiste con una manzana en un solo ente, tan sólo es su representación, su abstracción, por eso la mente es información abstracta (y el sujeto es abstracto porque no se recrea con información concreta, así que es un objeto real pero reducible, y por tanto inconcreto, es decir, abstracto). El paso de información concreta a información mental abstracta se produce, por ejemplo, en el momento en el que los fotones son transducidos en la retina en determinados trenes de potenciales de acción.

Cuando se dice que una manzana (un objeto) y la idea subjetiva de una manzana (otro objeto) no coexisten en un solo ente, no se está contradiciendo a aquel corolario de Schrödinger según el cual sujeto y objeto son una sola cosa, pues este corolario lo que quiere decir es que el sujeto es un objeto, es decir, que percibimos un objeto porque eso es lo que el sujeto es, la representación de un objeto, la manzana sobre la mesa, con otro objeto (llamado sujeto), la manzana isomórfica recreada en la mente.

Imagino, pues no lo sé, que el código que descarga desde la retina será distinto al código que descarga desde el oído, y por eso, al integrarse dicha información distinta en redes paralelas distintas, por su origen distinto, la información sensorial distinta emergerá en la subjetividad con un aspecto macroscópico distinto (como cualquier efecto mariposa que se precie, y es que sin desigualdad no hay percepción, y la sincronización es igualdad, por eso no puede ser percepción subjetiva). No se puede predecir que la sensación de rojo va a emerger como la percepción de la rojez, pero sí es predecible que la rojez será distinta al olor de la gasolina, o al timbre de un clarinete, debido al origen distinto de dicha información (pues, como en todo sistema entrópico, un pequeño cambio en las condiciones iniciales implica una gran diferencia en el resultado final). En mi opinión sería interesante descifrar dichos códigos de entrada tras el umbral de la transducción, para comprobar que son distintos, es decir, categorizar la forma de esas descargas de manera determinada. Una investigación en este sentido me parece prioritaria, pues para ser consciente hay que ser consciente de algo, y ese algo debe de estar saltando entre las neuronas de algún modo por analizar en detalle todavía (y hay que recordar otra vez que la actividad neuronal en muchos casos, como en el de la retina, no es medible al aparecer un potencial de acción, sino cuando cambia la tasa de disparo, es decir, los fotones no provocan la descarga de potenciales de acción en la retina, sino el cambio en la tasa de descargas que ya se estaban produciendo sin dicho estímulo).

Las ideas de los investigadores acerca de cómo se comporta el cerebro cuando uno es consciente de la realidad como sujeto coinciden en la necesidad de muchas neuronas implicadas (Ralph Hoffman, 1997), ya que se tiende a aceptar que es un fenómeno emergente, que depende de la complejidad del sistema (la complejidad de un sistema podríamos definirla como dependiente del número de elementos del sistema y/o del tipo o especies de interacciones presentes en el sistema: he comprobado que Bertalanffy utiliza un tipo parecido de definición al respecto en su Teoría general de sistemas, por lo que posiblemente no vayamos muy desencaminados con estas ideas que desarrollamos), y hay un acuerdo bastante extendido acerca de la retroactividad de los grupos neuronales implicados en el fenómeno de la conciencia subjetiva (incluso hay un acuerdo creciente acerca del rango de frecuencias en el que baten estas neuronas, que sería entre 40 y 60 Hz, según Gray y Wolff). En lo que aquí vamos a diferir con la concurrencia es en dos detalles cruciales:

Primero, se habla de conciencia de modo generalizado donde yo preferiría decir subjetividad, o conciencia subjetiva en particular, no conciencia en general; es más, la propiedad de la subjetividad, al no perderse la propiedad de la conciencia con la emergencia de la subjetividad, sería una prueba de la identidad entre mente e información consciente, pues la información subjetiva, al ser consciente, se experimenta como si uno precisamente fuese un sujeto consciente, y en la práctica así es, experimentamos la conciencia como sujetos conscientes, y lo único que se ha añadido es la subjetividad, no la conciencia, lo cual parece demostrar que esa información abstracta que el cerebro procesa, la mente, es consciente: la subjetividad es la prueba del carácter consciente de la mente; y es que no hay que olvidar que lo que somos, sujetos conscientes en la práctica, es información, es decir, el sujeto no es un objeto concreto, sino la forma que adoptan las neuronas al interactuar, y no la que adoptan los electrones, neutrinos y quarks, sino la forma que adoptan las neuronas al interactuar y cambiar. Como las neuronas son reales, sus formas cambiantes lo son, pero lo que somos no es meras neuronas, sino sus formas, el aspecto macroscópico de su interacción y cambio (algunos de los que se han dado cuenta de la diferencia entre subjetividad y conciencia son: Orozco, Scott, Grailing y Franklin) no somos la nube, sino la oveja que se conforma al cambiar empujada por el viento.

Segundo, la actividad retroactiva o reentrante (que otros denominan con menor fortuna y poca precisión oscilatoria o resonante) se considera, sin excepción, basada en la sincronización exclusivamente (ideas que proceden de Sherrington y han sido ampliadas por Gray y Singer), y esto está siendo puesto en duda aquí, y razonado, y, con suerte, demostrado por más de uno en un futuro no muy lejano. La sincronización probablemente es necesaria (entre otros detalles morfofuncionales ya citados, como la organización columnar) para aunar una modalidad sensorial (por ejemplo, para aunar la idea del movimiento de una figura aunando de una vez la idea del movimiento de cada una de sus partes, o, por ejemplo, para aunar el tono rojo de toda una manzana), pero para que dicha información sea subjetivamente consciente, difícilmente podrá basarse en la sincronización. Por ejemplo: en un ataque epiléptico tónico-clónico generalizado, afectando a todo el cerebro, la actividad neuronal se sincroniza, de acuerdo con un fenómeno conocido como hipersincronización; durante la hipersincronización no consta que haya contenido en la conciencia de las personas afectadas, y sin embargo en su cerebro sigue activa la transmisión de información a través de las sinapsis, así que no se puede confirmar que estén verdaderamente inconscientes (de hecho está convulsionando, es decir, su cerebro está haciendo algo con la información abstracta), pero como la información procesada es homogénea, al estar hipersincronizada, no se percibe cambio, la mente está "en blanco", así que el sujeto da la impresión de estar inconsciente mientras convulsiona (en todo caso los afectados refieren amnesia del episodio, que podría deberse a tener la mente en blanco, aunque esto es una conjetura y es discutible, evidentemente), también desde el punto de vista subjetivo, a pesar de estar convulsionando violentamente, y por tanto no podemos calificar su estado como estrictamente inconsciente, no está bajo anestesia profunda, ni en sueño profundo, ni en coma profundo, ni en muerte cerebral. La sincronización es una tendencia hacia la pérdida del contenido en la subjetividad por mera homogeneización, y eso que la subjetividad depende de la complejidad del contenido para emerger, por lo que la sincronización simplemente no puede ser el engranaje secreto para la emergencia de la mente: ha de ser otra cosa, otro fenómeno neuronal.

87. INCONSCIENCIA, COMA Y DOLOR TALÁMICO

La inconsciencia supone el cese de la transmisión de información a través de las sinapsis en un grado suficiente como para que se detenga la formación de objetos mentales y su persistencia más allá del tiempo mínimo necesario para que un percepto (elemento de la percepción) sea efectivo (tiempo que algunos investigadores estiman en varios milisegundos, a partir de la estimación del tiempo mínimo necesario para distinguir entre dos perceptos, dos objetos mentales sucesivos percibidos subjetivamente como distintos). El resto de la actividad neuronal no es preciso que se detenga, aunque puede hacerlo también: el metabolismo neuronal puede detenerse, lo cual ocurre en el coma, que es una inconsciencia patológica (se diferencia del sueño, por ejemplo, en que el sujeto en coma no se despierta con estímulos, a diferencia del sujeto en estado de sueño fisiológico).

El coma puede ser reversible o irreversible, y tener diversas causas. El coma reversible también se puede provocar de manera controlada con una intoxicación barbitúrica, y se hace con frecuencia en las unidades de cuidados intensivos de los hospitales, para proteger a un cerebro en peligro por algún motivo (hay diversas causas por las que se puede recurrir a esta medida terapéutica extrema). Durante el sueño profundo (no así durante un sueño superficial), mientras no se sueña, la subjetividad no es efectiva (la mente puede seguir activa durante el sueño en cierto grado, de modo que en tal caso se es inconsciente desde el punto de vista de la subjetividad, aunque tal vez la infrasubjetividad no permanezca inconsciente, lo cual se puede manifestar de diversas maneras, por ejemplo, en un cambio de postura; en el caso de un coma profundo, la inconsciencia abarca a subjetividad y a infrasubjetividad, dado que la subjetividad parece cosa de la corteza de asociación sobre todo, pero la infrasubjetividad parece asunto a medias entre corteza y estructuras subcorticales).

El coma es la pérdida patológica de conciencia, que suele caracterizarse por tener una causa identificable (la lista de posibilidades es larga), ser prolongada, asociarse a disfunción neurológica y acompañarse de una disminución del consumo de oxígeno por el cerebro (un parámetro que se mide con ciertas pruebas). Desde el punto de vista clínico se distinguen tres niveles de coma, clasificación con interés pronóstico y terapéutico: coma cortical, cuando lo que falla es la corteza (se denomina también precoma, o estupor); coma diencefálico cuando fallan corteza y diencéfalo (se denomina también coma diencefálico o coma tipo); coma troncular, cuando fallan corteza, diencéfalo y tronco cerebral (también se denomina coma profundo o sobrepasado). En el coma cortical disminuye la perceptividad conforme disminuye la actividad neuronal. La disminución de la perceptividad se diagnostica por la disminución del nivel de alerta, y por la pérdida de la orientación temporoespacial y personal. En el coma cortical se conserva la reactividad inespecífica, como la orientación de la procedencia de un estímulo y la reacción al dolor (y se conservan los reflejos del tronco cerebral, como el nauseoso o el tusígeno). En el coma diencefálico se pierde la reactividad inespecífica en parte, pues se pierde la orientación del estímulo, pero se conserva la reacción al dolor (el dolor talámico). En el coma profundo se pierden todas estas funciones, y la tensión arterial baja y el pulso cardíaco se vuelve arrítmico, hasta que el afectado hace una parada cardiorrespiratoria por mucho que se empeñen los médicos en mantener las constantes vitales, pulso, temperatura, tensión arterial, etc. con todo tipo de medidas: ventilación mecánica, cócteles de drogas, etc.

Las vías excitadoras de la corteza, las que vienen desde estructuras subcorticales, como el tálamo, para aumentar el nivel de conciencia en la corteza, utilizan sobre todo acetil-colina, noradrenalina y dopamina, parece ser (la conciencia es un proceso en cadena, no es una bombilla que se enciende, sino una serie de bombillas que se encienden una detrás de otra y además reencendiéndose unas a otras en vías de retroacción de gran complejidad, que van de corteza a tronco y de tronco a corteza, pasando por el tálamo, importante en esta cadena de la conciencia). Las vías inhibidoras utilizan sobre todo acetil-colina, gamma-aminobutirato y serotonina, parece ser.

Hay un estado patológico del cerebro, por grave daño del mismo, en el que el individuo está despierto, parpadea, se mueve un poco y gime otro poco, pero apenas es consciente de casi nada, y según parece carece de subjetividad, y tan sólo conserva algunas conductas rudimentarias, como masticar y tragar. Se conoce como estado vegetativo, y es el resultado de graves y extensas lesiones cerebrales. Al estado vegetativo se lo denomina a veces coma vegetativo, pero no es coma, ya que el sujeto está despierto, aunque con poquísimo contenido en la mente y sin subjetividad. Pero esta terminología confusa a veces da lugar a malos entendidos. El estado vegetativo es irreversible en general. En cambio el coma es reversible con frecuencia.

Tampoco hay que confundir el coma profundo con la muerte cerebral. En la muerte cerebral el cerebro ha muerto, y es irreversible en todo caso. El paciente en muerte cerebral no está en coma, está muerto, y legalmente en España en dicha situación ya se puede expedir un certificado de defunción, aunque el corazón aún lata durante algunos minutos u horas (rara vez días), tiempo útil para extraer los órganos de ese cuerpo antes de su corrupción, para salvar otras vidas mediante un trasplante de órganos.

Una lesión en cierta zona del tálamo puede provocar un tipo de dolor, llamado dolor talámico, con origen en dicha zona del tálamo. El dolor talámico ocurre en personas conscientes, que informan de dicho dolor percibido subjetivamente. Las personas en coma diencefálico conservan la reactividad inespecífica al dolor con origen en el tálamo, y ante un estímulo doloroso durante el coma diencefálico se pueden observar gestos rudimentarios de defensa, muecas de dolor, gemidos guturales, etc. como si en el tálamo se integrase una subjetividad rudimentaria capaz de una percepción de contenido simple (o tal vez esto sea una falsa impresión y únicamente se integre una conducta, congruente con una reacción al dolor, sin subjetividad). Pero la sospecha de la existencia de una posible subjetividad talámica rudimentaria es inevitable, dado que la corteza podría no ser otra cosa que una expansión del tálamo a lo largo de la filogenia, sin desaparición concomitante del tálamo como estructura, aunque sí con sustitución en parte del tálamo por la corteza, que incluye sometimiento del tálamo al control retroactivo de la corteza, por el fenómeno de telencefalización. Aunque tal subjetividad talámica rudimentaria, en caso de ser cierta, sólo sería efectiva, posiblemente, en ausencia de función cortical. Esta hipótesis podría ser comprobable aplicando la teoría enunciada al final del ensayo, teoría que predice la existencia de cierta actividad neuronal peculiar (que más adelante se describirá), y que podría hallarse en corteza y tal vez también en tálamo, lo cual no permite descartar totalmente al tálamo como componente del correlato de la subjetividad, a pesar de sospecharse en principio de la corteza de asociación como candidato más firme para ser la subjetividad (para ser lo que somos, nuestra esencia) durante cierto estado neural morfofuncional de esta parte del cerebro.

88. ¿CÓMO EMERGE LA CONCIENCIA SUBJETIVA?

La percepción de la realidad unificada en la forma de un sujeto ha de tener lugar mediante la concurrencia temporal de la información pero sin perderse la heterogeneidad, mediante la concurrencia temporal de los objetos involucrados en la formación del puzzle llamado sujeto sin peder estos su individualidad a pesar de integrarse en el todo, y ha de tener lugar mediante concurrencia temporal de dichos objetos mentales abstractos porque percibimos todo lo mucho que percibimos a la vez situado en la misma raya de la regla correspondiente a la dimensión temporal: no percibimos el ojo derecho del rostro de una persona antes, y el izquierdo después, los percibimos a la vez los dos, en el mismo punto de la línea del tiempo. Y dicha concurrencia no puede producirse por sincronización, pues si los códigos de los objetos se sincronizan se vuelven iguales, y entonces dejan de ser dos objetos distintos, y si no percibimos la diferencia no distinguiremos derecha de izquierda a la vez. El mecanismo neuronal implicado en el fenómeno de la subjetividad, aunque incluya la sincronización para la formación de cada objeto, debe basarse en otro principio físico más a la hora de integrar objetos para su concurrencia temporal pero con distinción entre, por ejemplo, objeto a la derecha y objeto a la izquierda. La concurrencia temporal es necesaria para la emergencia de la subjetividad. La sincronización no puede ser, lógicamente, el único mecanismo neuronal de concurrencia temporal en el caso de la subjetividad. Hace falta otro mecanismo neuronal para explicar la concurrencia temporal que no sea la sincronización. Ha de existir otro mecanismo de integración neuronal aparte de los citados en este ensayo y otros descritos en la literatura internacional (convergencia, internuncialidad, sincronización, reentrada, integración neuroendocrina, integración somatovegetativa, etc).

¿Cómo emerge la conciencia subjetiva? Recordemos que la idea en sí de la emergencia de la subjetividad chirría desde un punto de vista conceptual, al dar a entender que la subjetividad surge, como si antes estuviera en un sitio y después en otro, lo cual no consta como cierto: antes no estaba y ahora sí, de modo que más que una emergencia es una creación. Pero como la creación, la aparición a partir de la nada, también es absurda, dado que el cerebro ya estaba antes que la subjetividad, habría que hablar más bien de una recreación, en el sentido dado por Gamow de dar forma a lo que no la tenía (o que tenía otra), al que ya se había hecho referencia en el ensayo, por ejemplo: forma de jarrón al barro, forma de subjetividad a la infrasubjetividad, etc. Un jarrón no aparece de la nada, se forma, se recrea, en función del tiempo, a partir del barro y con la intervención del alfarero; en el caso de la subjetividad, el barro es la mente, la información abstracta procesada por el cerebro; así que de lo que se trata es de cómo se recrea en función del tiempo la subjetividad, cómo se procesa o moldea esa información de modo que adquiera forma de subjetividad, de objeto abstracto subjetivo.

La materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma (aunque esto tampoco fuera cierto, sí lo es en lo que a la explicación de la subjetividad se refiere), va cambiando de forma, y la subjetividad es su forma en un intervalo de tiempo dado. Si el universo es materia en expansión, enfriándose y desordenándose (y todo parece indicar que es algo así desde cierto punto de vista), la conciencia subjetiva sería uno de esos pequeños remolinos que se van formando durante este proceso de expansión, uno de esos "grumos" de aparente orden local en el seno del torbellino de vórtices fractales en expansión. La forma cambia, la materia permanece. Como la forma es efectiva a partir de un momento dado desde el punto de vista del observador, puede perderse de vista que es la misma materia que antes recreada, es decir, con otra forma, antes infrasubjetiva, después subjetiva. Pero la subjetividad no era nada antes, ni tampoco es algo concreto después, tan sólo es una propiedad, información, un jarrón abstracto modelado por los dedos de las complejas interacciones entre los elementos de un sistema dinámico (las neuronas) suficientemente complejo y cambiando en el seno del espaciotiempo (la complejidad es un requisito para la emergencia: la efectividad a cierta escala, de objetos y propiedades en un sistema).

Por tanto, al preguntar cómo emerge la subjetividad, lo que se pregunta es cómo evoluciona el sistema, cómo son las interacciones entre los elementos del sistema cuando se forma la subjetividad. Dicha evolución sistemática ha de ser peculiar, ya que corresponde al sistema nervioso, no a otro tipo de sistema. Las principales sospechosas de ser los elementos del sistema implicado en el fenómeno de la subjetividad son las neuronas cerebrales: algo hacen entre ellas, peculiar, que tiene que ver con la recreación de esa forma de la materia llamada subjetividad. De todos modos, el término emergencia está ya muy extendido, y es de uso común. En mi opinión, un objeto emergente es aquél reducible, pero que a la escala en la que es efectivo se comporta como si fuese elemental, irreducible, concreto, como si fuese un todo a ciertos efectos a dicha escala; y este es el caso de la subjetividad.

¿Cómo es que las neuronas modelan la subjetividad sin necesidad de alfarero? Es fácil: no hay que olvidar que las neuronas son estructuras morfofuncionales, que están cambiando sistemáticamente de manera dinámica. Las neuronas presentan indisolublemente estructura y función, la estructura es su morfología anatómica, y la función el flujo sistemático de materia, energía e información.

Medir es comparar algo con una unidad de medida. "Algo" es una interacción, una interacción es un cambio, que conlleva una diferencia entre el estado inicial y final del sistema. Esa diferencia es la medida del cambio, que es lo que se mide. Un sistema que cambia es su propia medida del cambio, su cambio interno, su información. Un sistema puede medir a otro, que es lo que comúnmente entendemos por medida: la medida externa de un sistema por otro. Pero la medida es la interna, pues un sistema que mide a otro también basa dicha medición en su propia medición interna. Medir es informar, es el resultado de una interacción y un cambio, y la medida del cambio es dicha información, la inversa del aumento de entropía en el sistema. La medición queda determinada en función de la escala de medición empleada, en función de la separación entre las rayas de la regla de medir empleada (que es lo que define el espacio interno donde tiene lugar la in-formación, por ejemplo, es lo que hace posible que un potencial de acción en una sinapsis sea una unidad de medida en un sistema neural). Si la dimensión es el tipo de regla empleado (espacio, tiempo) y la unidad de medida es la distancia entre dos rayas de dicha regla (microscópica, macroscópica), la escala es el conjunto de las rayas de la regla de medir (circuitos, redes). Hay objetos efectivos sólo a escala microscópica, y objetos efectivos sólo a escala macroscópica. La subjetividad es efectiva de modo objetivo sólo (sólo implica confinamiento) a escala macroscópica, pues, de hecho, no podemos ser subjetivamente conscientes de los movimientos de electrones individuales (ultramicroscópicos), pero sí del movimiento de moscas individuales (macroscópicas). La magnitud sería, por su parte, el nivel alcanzado por una medición dada en la escala (el número final de rayitas, o unidades, alcanzado en dicha medición; medir es ver a cuántas rayas de la escala o escalera equivale el objeto medido en esa dimensión (cuántos potenciales de acción, y en el caso de la conciencia, al ser información abstracta, representativa, con qué patrón, con qué código significativo e indentificativo del objeto externo observado, el estímulo). Los objetos consisten en identificar un cambio con la medida de ese cambio, y la medida externa de un cambio es la identificación entre dos mediciones. Y esto es lo que vemos, la magnitud que alcanzan las mediciones en nuestras escalas de medida: el número de trenes de potenciales que se descargan desde la retina cuando inciden los fotones sobre ella.

Pensar es medir. Todo es medida, información (a veces consciente), cambio continuo de lo que se manifiesta a nuestros ojos (como la materia, que en esencia podría ser sólo cambio, no cambio de algo, sino sólo cambio, y el "algo" que le añadimos podría ser una ilusión de los sentidos, atrapados es su escala de medición e incapaces de percibir el carácter incorpóreo, carente de "algo", de la realidad concreta en su esencia).

Percibimos objetos, y sin embargo la visión no consiste en la detección de objetos, sino en cambios en el sistema de detección (por ejemplo: la incidencia de fotones en la retina provoca un cambio en la tasa de la actividad de producción de potenciales de acción que ya estaba en marcha). La detección no consiste de entrada en el "encajonamiento" de fotones, en la conversión de fotones en objetos que representan a fotones. El cerebro no contiene cajas en las que meter objetos para convertirlos en objetos y así identificarlos conscientemente al identificar a cada objeto con su "caja" correspondiente. La interpretación de la información sensorial identificándola con objetos tomados como concretos, la percepción de objetos (por ejemplo, los perceptos), sólo es efectiva (sólo consiste en cajas con un error despreciable) si se encadena la percepción con la respuesta al estímulo (el sistema nervioso consiste en una cadena de acontecimientos estereotipada: estímulo, integración de respuesta, respuesta) e incluye el cambio de escala para que las "cajas" emerjan con efectividad con dicho aspecto de "cajas" a pesar de su falta de concreción. Y la efectividad de las respuestas pone de manifiesto de manera patente que ha tenido lugar la percepción, es decir, la percepción no es un fenómeno concreto (los objetos percibidos no son concretos), sino lo que entrevemos que ocurre al ser efectiva una respuesta (que tampoco es algo concreto, sino otro eslabón de otra cadena de cambios) a partir de la cual se adivina que ha tenido lugar una interpretación (un procesamiento complejo de la información sensorial) y dicha percepción se manifiesta a través de la conducta y/o de la percepción subjetiva.

El truco para hacer objetivo al cambio de estado neuronal en correlación con la percepción es el cambio de escala, el cambio de estado se vuelve objetivo con el cambio de escala, mediante el cual una magnitud, un conjunto de rayas en la regla, se vuelve un todo con un error despreciable (los árboles se vuelven bosque), emerge con una forma objetiva (por ejemplo: con forma de figura en movimiento en el cine, como medida del cambio de un fotograma al siguiente desde el punto de vista de la percepción a gran escala, desde donde todos los fotogramas se ven como un todo, al no poderse distinguir uno de otro a dicha escala, al ver todos los fotogramas, todas las rayitas, como un todo, como una sola unidad –dos rayitas- de una nueva escala mayor, una nueva regla de medir).

El cambio de estado (por ejemplo, el pensamiento), por la falta de resolución del sistema a gran escala (por ejemplo, por la imposibilidad de contar en milisegundos a simple vista), persiste como objeto (por ejemplo, como palabra SOL) el tiempo suficiente como para ser percibido como objeto de manera útil y propositiva (por ejemplo: a simple vista se puede determinar de manera objetiva la distancia entre dos puntos con la yema del dedo a partir de cierta distancia mínima entre los dos puntos, distancia mínima que determina la capacidad de discriminación espacial del tacto; pero no hay tal distancia mínima objetiva salvo en la mente del observador, que es el que la determina, el que determina la efectividad de dicho objeto particular; es el observador el que otorga particularidad y concreción a un objeto al llevar a cabo su peculiar medición de los sucesos físicos de su entorno; es el observador el que determina que algo es un objeto; ni siquiera se sabe a ciencia cierta si existen los objetos concretos, o si todo es cambio sin objetos concretos en esencia; la objetividad de la concreción de electrones, neutrinos y quarks, que serían esos objetos concretos fundamentales hipotéticos, quedan determinados en su concreción al medir sus interacciones y cambios sistemáticos a determinada escala, por pequeña o fundamental que sea).

Lo que a una escala dada es una medición objetiva y determinada, a otra mayor es un murmullo continuo en el que no se pueden distinguir las partes fundamentales, que caen fuera de la capacidad de discriminación del sistema cuando mide a gran escala (por ejemplo: a simple vista sí detectamos cada latido individual de nuestro corazón, pues son suficientemente lentos a nuestra escala macroscópica, pero los latidos de un ratón son demasiado rápidos, la separación entre cada latido individual es menor que nuestra capacidad de discriminación temporal de dos objetos a simple vista, de modo que los latidos de un ratón se oyen como un murmullo cuando se auscultan). A gran escala el todo es como el murmullo.

El ahora, el momento presente, del que poseemos un concepto intuitivo objetivo, tampoco es un objeto concreto, sino un objeto que percibimos ilusoriamente al medir el cambio del pasado al futuro. El ahora posiblemente no existe de manera concreta, y es un objeto real, pero ficticio, fruto de nuestra imaginación, sometida a la limitación de nuestros sentidos.

En el cerebro se asocia e integra (se procesa) información abstracta transmitida por redes neurales paralelas. Supongamos, para ilustrar estas disquisiciones con un ejemplo patente, que una persona está pensando en la palabra SOL. Pues bien, deberá asociar en primer lugar las letras S, O y L. Vamos a suponer a cada letra codificada de antemano por separado mediante el procesamiento de la información sobre cada letra en su propia red. La razón para suponer que a cada letra le corresponde una red neural es la siguiente: una letra es percibida como un todo, de modo que debe corresponderle una red neural correlativa. Para formar la palabra SOL, las tres letras deberán asociarse una a continuación de la otra, en paralelo, y a continuación integrarse en un todo. Las neuronas que codifican las letras, aparte de formar los trenes estereotipados espaciotemporalmente con el significado de cada letra, además deberán codificar la asociación de las tres y su integración de algún modo. En este ensayo no se va a discutir cómo se codifica cada letra, ya que eso debería ser descubierto empíricamente, mediante registros directos de la actividad neuronal. Lo que aquí se va a discutir es el modo en que las neuronas se están comportando, y cómo interactúan sistemáticamente las redes correlativas (utilizando el ejemplo de la palabra SOL), cuando la palabra SOL está siendo percibida como un todo (y una vez aclarado el modo, dicha descripción hipotética supondrá una predicción de lo que se debería encontrar empíricamente en el cerebro durante dicha percepción subjetiva, una predicción del correlato neural de la subjetividad).

Hay que suponer también otra cosa: las redes neurales correspondientes a S, O y L, para asociarse e integrarse, deben estar acopladas, deben poder interactuar entre sí, retroactivamente, recíprocamente, tal vez por reentrada, lo cual hará factible que las tres redes sean compatibles durante el proceso de integración, verdaderas a la vez (de lo contrario no se percibirían las tres letras a la vez), es decir, coherentes entre sí, compatibilidad imprescindible para que SOL sea efectivo como un todo. Y como lo es, dado que pensamos en un solo Sol flotando en el cielo, hay que suponer, en definitiva, que dicha compatibilidad es un hecho, y por tanto, las conexiones recíprocas entre las tres redes deben existir, y deben ser peculiares, es decir, basadas en algo que ocurre sólo ahí y en ese momento, de manera transitoria (no estamos en estado subjetivo todo el tiempo), y que no es una sincronización.

En caso de poderse predecir ese algo que no es la sincronización, hay que pensar que se tendría algo interesante, y en caso de llegarse a comprobar la existencia de ese algo en el cerebro, la hipótesis aquí propuesta incluso podría ser cierta, correcta, con lo cual, la subjetividad tal vez sería entonces algo objetivo, y parte de la ciencia.

Hay algo que se sobreentiende en lo dicho: las letras han de integrarse, sumarse, para formar la palabra, pero, a su vez, otros objetos han tenido que integrarse para formar cada letra. Lo que pasa es que resulta más difícil explicar cómo se llega a la letra, pues los objetos que se integran para formar cada letra son todavía más amorfos desde un punto de vista subjetivo; de manera que es más fácil tratar de intuir el proceso de emergencia de la subjetividad con un ejemplo que parte de las letras S, O y L para llegar a la palabra SOL, como estamos haciendo aquí, en vez de partir de lo amorfo para llegar a las letras.

Otra cosa que se sobreentiende es que las letras también pueden ser percepción subjetiva, así que cuando se dice que las letras han de integrarse para que la palabra sea percepción subjetiva, se está dando por sabido que antes de ser la palabra percepción subjetiva, las letras podrían haber sido, o no, percepción subjetiva también. La cuestión por tanto es cómo funciona el cerebro durante la subjetividad, esté siendo la subjetividad ocupada por las letras, por las palabras, por un dolor de muelas, o por lo que sea.

En las sinapsis se transmiten potenciales discretos, uno a uno. Esto hace posible la cuantificación de la transmisión, y dicha cuantificación hace posible la codificación de la misma. La codificación no sólo se lleva a cabo mediante la organización temporal de los trenes (supuestamente: su frecuencia, número de potenciales por tren, separación entre potenciales, etc.), sino también mediante la organización espacial de los trenes (por poner un solo ejemplo básico: la información sensorial del lado izquierdo del cuerpo se agrupa en el hemisferio derecho, y viceversa). La estabilidad durante un tiempo (a pesar del cambio), la plasticidad y la coherencia del sistema hacen posible la adscripción simbólica (innata y/o aprendida) de un código a un significado en congruencia con el estímulo, y así, el código representa al estímulo sin ser el estímulo, lo abstrae. Los circuitos de neuronas unidas por sinapsis se convierten en sistemas de computación (computar es pensar), ya que la información transmitida cambia (la representación del estímulo cambia: los fotones acaban convertidos en la palabra SOL). La asociación es la sucesión sistemática de trenes de potenciales (sistemática, pues ocurre de acuerdo con las posibilidades morfofuncionales peculiares del sistema nervioso). Y durante la integración, los diversos mecanismos de integración suman dichos trenes a ciertos efectos detectables a determinada escala en la práctica (por ejemplo: la integración por sincronización de los trenes de potenciales procedentes del área motora que van hacia un músculo dado, hace que todas las células musculares de ese músculo se contraigan a la vez, y así, a gran escala, dichas células musculares aparenten ser un solo músculo que tira de una vez, como un todo, de su también aparentemente único tendón; por ejemplo, el músculo gemelo de la pantorrilla: si todas sus células musculares, aproximadamente un millón de células musculares en gemelo, son activadas a la vez, de manera sincronizada, por las neuronas de la corteza motora, que son aproximadamente mil (de manera que cada neurona inerva a mil células musculares en el gemelo), según las clásicas estimaciones de Feinstein y sus colaboradores (1955), pues entonces todas las células tirarán juntas de una vez del tendón de Aquiles, y así, el músculo gemelo aparentará ser un todo a simple vista, a escala macroscópica confinada, por la sistemática integración o suma de la actividad de su millón de elementos (aunque haya un ligero desfase temporal entre las células musculares al contraerse, a simple vista dicho error será despreciable dentro de cierto límite, que es de unas docenas de milisegundos, aproximadamente, como se sabe por exploración del funcionamiento de la placa motora in vivo con la electromiografía de fibra simple; recuérdese que con el cambio de escala el error en la efectividad de un todo puede conseguir ser despreciable, como en este nuevo ejemplo).

La subjetividad también es un todo, y la manera por la que lo consigue también ha de ser la integración, pues tal es el tipo de fenómenos que ocurren en el cerebro, una integración que equivalga a un cambio de escala. Lo que pasa es que en el caso de la subjetividad hay dos detalles importantes en comparación con el gemelo: primero, la subjetividad, al pensar en la palabra SOL, es un fenómeno más abstracto que la contracción del gemelo, al pensar en saltar, pues el salto es un fenómeno más patente (menos "espiritual"), por lo que es más difícil de intuir que la subjetividad también sea un mero mecanismo de integración neuronal como el resto de lo que ocurre en el cerebro; segundo, la sincronización no puede ser el mecanismo de integración de la subjetividad, que es el útil en el caso del gemelo, ha de haber algo más que la mera sincronización en el caso de la subjetividad, porque la información subjetiva es heterogénea, más heterogénea que la del gemelo en contracción. Algo distinto ha de ocurrir durante la reentrada entre redes cuando tiene lugar la emergencia de la subjetividad, debe haber un correlato neural peculiar que no sea sólo la mera sincronización neuronal, sino algún tipo de interacción neuronal peculiar sobreañadido que permita explicar la subjetividad sin fisuras (sin fisuras puede consistir, por ejemplo, en un mecanismo predecible con acierto, ya que no ha sido encontrado hasta ahora en laboratorio… aunque en este ensayo se va a predecir que podría encontrarse a poco que se buscase, una vez descrita su probable existencia).

Nos cuesta intuir que nuestra percepción subjetiva de las cosas, nuestra conciencia subjetiva, esa vivencia tan real, tan patente, tan personal, tan "concreta", sean nuestras neuronas interactuando de modo complejo. Está claro que la vivencia subjetiva se experimenta como una, la de cada individuo, un solo sujeto, cuando las neuronas son muchas, y separadas en las sinapsis. Además las neuronas son invisibles una a una a simple vista, al ser microscópicas. Y sin embargo es lo que somos, esas estructuras morfofuncionales microscópicas, invisibles una a una a simple vista (pero no como un todo). Como un todo sí son visibles a simple vista, a escala macroscópica confinada. Es más, no es que sean visibles, es que son la propia percepción a simple vista cuando actúan integradas de cierta manera en forma de subjetividad (no ellas exactamente, sino la información abstracta que procesan, se sobreentiende, es decir, su continuo cambio de estado relativo tal como queda cuantificado en las sinapsis, ese peculiar "código Morse" que en las sinapsis se va escribiendo). De hecho, aunque la experiencia subjetiva es única, no cabe duda que el contenido de la subjetividad es diverso, percibimos a la vez sonidos, olores, etc. Son un montón de elementos los que conforman la subjetividad, a pesar de experimentar su unicidad e individualidad aparentes.

Es más, nuestra percepción no son nuestras neuronas, sino sus cambios, su información, conforme interactúan en las sinapsis, cambio tan inasible como el presente, pero perceptible de modo objetivo gracias al cambio de escala y a su carácter efectivo aunque abstracto. Así conseguimos percibir subjetivamente, y conseguimos concebir la idea de un instante presente, un punto que se mueve a lo largo del tiempo del pasado al futuro sobre la línea (o líneas) de la dimensión temporal, y concebimos el tiempo como el cambio del pasado al futuro de esa dimensión a lo largo de una escala: ilusorio, todo ello, real pero ilusorio, falso, en definitiva, aunque no irreal a cierta escala. La subjetividad es la ilusión de ese punto móvil, es una partícula recreada. Así que aunque no se discriminen las neuronas una a una, sí se están viendo las neuronas en el fondo, del mismo modo que al mirar al agua se están viendo las moléculas, pero no una a una, sino su aspecto como bulto emergente a gran escala, que es perceptible a partir de la medición del cambio en la interacción entre moléculas. Con la mente ocurre lo mismo desde la subjetividad. La subjetividad son neuronas funcionando todas a una, transmitiendo información. Es más, la subjetividad es esa información, la medición de ese cambio de estado peculiar y suficientemente prolongado del sistema en su curso dinámico. Como dicha información es real y consciente, al unificarse en la subjetividad, dicha conciencia es la experiencia consciente real de un sujeto, del mismo modo que el tipo de enlaces que se forman entre las moléculas de agua, a simple vista son la humedad y liquidez del agua. La emergencia de la subjetividad de la mente hace posible que un individuo sea un sujeto consciente, y la emergencia de la liquidez del agua hace posible que un individuo sea un cuerpo mojado.

La humedad es un bulto perceptible a simple vista, como la subjetividad, o la rojez, pero con una diferencia: la liquidez del agua es objeto de la percepción de un observador subjetivo que no es esa agua, mientras que en el caso de la subjetividad lo percibido, la rojez, se identifica con la percepción subjetiva y por tanto con el sujeto, pues el sujeto se identifica con la percepción subjetiva cuando se considera ilusoriamente que la subjetividad posee carácter concreto.

Por la propiedad de la subjetividad damos cuenta de la realidad como sujetos conscientes individuales. Por la conciencia se da cuenta de la realidad, y por la subjetividad, una segunda propiedad de la mente, además de la propiedad de la conciencia, "alguien" se da cuenta de la realidad. Por la subjetividad percibimos como sujetos, es decir, como un solo observador que se da cuenta de muchas cosas, pero a la vez, percibiéndolas todas cada vez en un solo punto del cauce temporal, un único espectador de la heterogénea realidad. La subjetividad consiste en la recreación de ese punto que integra a parte de la conciencia, consiste en la recreación de algo que se parece a una partícula elemental, concreta.

No hay que confundir a la conciencia con la subjetividad. Lo que pasa es que, aunque puede haber conciencia sin subjetividad, no puede haber subjetividad sin conciencia, de ahí que hablar de la subjetividad en la práctica es lo mismo que hablar de la conciencia subjetiva, pero no hay que olvidar que se trata de dos propiedades distintas. La conciencia es una propiedad microscópica y macroscópica. La subjetividad en principio sólo puede ser macroscópica (la conciencia puede ser microscópica y no subjetiva, y macroscópica y subjetiva, porque las propiedades de un sistema no desaparecen necesariamente con un cambio de escala, por ejemplo: la propiedad de la conciencia no tiene por qué dejar de ser efectiva al ser efectiva la escala macroscópica).

La conciencia es la información con características como las de ser abstracta y real, cuantificada y codificada, simbólica y con significado, isomórfica, sensible, específica, coherente y compatible. La vida, la propiedad fundamental de los seres vivos, también se define así, no en referencia a un objeto concreto, pues no es un objeto concreto. La conciencia tampoco es algo concreto, sino una propiedad de los seres con sistema nervioso (no hay vida, sino seres vivos, como no hay conciencia, sino información consciente). La vida es una propiedad de ciertos sistemas, los biológicos, que se caracterizan por presentar nutrición, crecimiento, reproducción, motilidad, etc. La conciencia es una propiedad similar, y se define de modo similar. Ahora bien, la experiencia consciente personal, de la que nos damos cuenta como sujetos conscientes, no se caracteriza sólo por la propiedad de la conciencia. La clave es tener claro que nosotros, los sujetos, somos conscientes y subjetivos, es decir, no hay que confundir conciencia con subjetividad. Esto es muy importante, porque en cientos (literalmente) de escritos sobre la conciencia se trata de explicar cómo somos conscientes, cuando de lo que se trata es de explicar cómo somos subjetivos, que es lo que nos distingue. La cuestión es saber cómo es que somos sujetos conscientes. Esto debe quedar clarísimo.

Por ser conscientes damos cuenta de la realidad en el terreno de la abstracción a escala microscópica; podríamos llevar a cabo gran parte de nuestra vida cotidiana sin ser subjetivamente conscientes de toda esa información que se procesa a escala microscópica, y que sólo emergería a escala macroscópica integrada en forma de conductas macroscópicas conscientes pero no necesariamente subjetivas (como pueda ser el acto de ventilar sin darnos cuenta como sujetos, o el de caminar sin ir controlando subjetivamente las piernas por ir pensando en otra cosa, o lo mismo al conducir el coche). En nuestro caso, además de una conducta macroscópica consciente, ocasionalmente emerge la subjetividad, otro objeto-propiedad macroscópico consciente (objeto si se considera que el sujeto es algo concreto a ciertos efectos con un error despreciable; propiedad, si consideramos que la concreción del sujeto es ilusoria en el fondo pero su unicidad se debe a algo que hace el cerebro).

Hay más ejemplos de conductas macroscópicas conscientes no subjetivas, como es el típico ejemplo de la capacidad de las personas con ceguera cortical para esquivar objetos al caminar, a pesar de ser subjetivamente ciegos (su mente infrasubjetiva está consciente, despierta, y ve, pero ellos como sujeto no, de modo que son conscientes de lo que ven, pero no subjetivamente; su pensamiento infrasubjetivo funciona, pero no su subjetividad en lo que a la visión se refiere, y sin embargo ven, su visión es consciente… este es un ejemplo típico, pero hay más, claro).

Por ser conscientes damos cuenta de la realidad en el terreno de la abstracción, pero por ser además subjetivos nos damos cuenta de la realidad. Nótese el matiz: nos es lo que marca la diferencia en este caso. Una cosa es dar cuenta de la realidad, y otra, darse cuenta de la realidad. En ambos casos es conciencia, pero en un caso es subconsciente, o mejor dicho, infrasubjetiva, y en el otro caso subjetiva. Para ser subjetivamente consciente ha de ocurrir algo más de lo que ocurre cuando sólo se es infrasubjetivamente consciente. En primer lugar: ha de emerger la subjetividad. ¿Cómo será el proceso neural por el que la compleja información procesada en el cerebro en un momento dado adquiere la propiedad de la unicidad a escala macroscópica? Desde luego, lo que está claro es que dicho proceso ha de incluir (y explicar de algún modo) el cambio de escala, para que dicha escala macroscópica sea efectiva, pues el sujeto es macroscópico pero sus partes microscópicas. Y dicha escala debe quedar además confinada, ya que el sujeto no percibe lo microscópico, no se percibe lo que dure menos de una décima de segundo (aproximadamente) ni lo que tenga un tamaño menor de una décima de milímetro (aproximadamente). Para empezar, digamos entonces que la subjetividad emerge mediante un cambio de escala en el sistema.

Digámoslo otra vez: ¿cómo emerge la subjetividad? Mediante un cambio de escala en el sistema.

Ahora preguntémoslo de otro modo: ¿es un estado morfofuncional distinto el que se debería observar entre las neuronas durante la infrasubjetividad y la subjetividad? Por lo dicho hasta ahora, hay que concluir que la diferencia entre ambos estados es, en primer lugar, de escala, una escala menor en la infrasubjetividad que en la subjetividad, o, de modo más general, entre la conciencia microscópica y la conciencia macroscópica confinada, una escala microscópica en un caso, y una escala macroscópica confinada en el otro. En una primera aproximación grosera a la solución de la aporía de la emergencia de la subjetividad, hemos de afirmar que la subjetividad, la percepción macroscópica confinada, emerge mediante un cambio de escala en el sistema, cambio de escala que permite al sistema cruzar el umbral de emergencia de la subjetividad, al lograrse en ese momento el grado de complejidad suficiente para que tal emergencia tenga lugar (y además, para que tenga lugar desde el punto de vista del observador macroscópico, efectivo además en el momento de la emergencia, precisamente, pues la subjetividad y el sujeto, el observador macroscópico confinado, son lo mismo, al ser sujeto y objeto una sola cosa).

La emergencia de objetos y propiedades en un sistema depende de la complejidad del sistema; en el caso de la mente, la complejidad (el aumento de elementos y/o del tipo de interacciones entre elementos) tanto dependerá del aumento del número de neuronas integradas en la red, como en el tipo de interacciones que han de tener lugar entre ellas: hay que proponer, hipotéticamente, que, por un lado, ha de haber un número mínimo de neuronas necesario para que la subjetividad sea efectiva, y, por otro lado, que las neuronas han de hacer algo que no hacían hasta entonces, y si lo que hacían hasta entonces era descargar potenciales de acción de manera sincronizada o desincronizada, hay que suponer que a partir de ese momento hacen algo más que sincronizarse o desincronizarse, ha de haber otro mecanismo fisiológico neuronal implicado en el aumento de complejidad del sistema (en este caso, en el aumento del tipo de interacciones entre los elementos del sistema, las neuronas), necesario para la emergencia de la subjetividad, y dicho mecanismo ha de ser posible (debe estar dentro de las posibilidades morfofuncionales del sistema nervioso), y a su vez ha de posibilitar la integración de redes mediante algún tipo de concurrencia temporal distinto a la sincronización, para percibir todo a la vez como sujeto, y dicho mecanismo de integración neuronal ha de explicar, de algún modo, el que la mente pueda recrear un entrelazamiento de objetos mentales macroscópicos (para integrarse en un solo sujeto mediante un cambio de escala), en el terreno de la abstracción, tal vez de modo análogo a cómo ocurre el entrelazamiento de partículas ultramicroscópicas de acuerdo con la mecánica cuántica, por las que varias partículas pasan a ser una sola cosa a ciertos efectos en la práctica con un error despreciable, como ocurre con los objetos que integran la subjetividad, como si la subjetividad no fuese otra cosa que la recreación a escala de un entrelazamiento.

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