El amor no es una epidemia, el amor no es un hábito, quizás el amor sea una rosa y un clavel, una amapola,
un cundeamor, una flor amarilla del camino…
La seducción es la tarea favorita del ser humano, en permanente celo, sin su ejercicio y ejecución no tendría sentido la vida ¡Vive la différence! dicen con erótica razón los franceses, esos francos que tienen el gallo como símbolo de patrio orgullo ancestral. El jactancioso gallo galo canta cococorico y no kikiriki como los pendencieros gallos de Carora porque el calor y el diablo alteran todo, hasta la onomatopeya, incluyendo también las hormonas de hombres y mujeres que sólo se reconocen mujeres y hombres en la cópula bienvenida, en el orgasmo compartido, en el coito que diferencia e integra a la vez.
Francisco nos traslada con reales y vividas imágenes, sin metáforas pudibundas, sin parábolas puritanas, sin alegorías mojigatas, a una sexualidad ajena y personal que pone sobre la página saliva, sudor y semen cuado de sexo puro y simple se trata, así como candor, inocencia e ilusión cuando es un adolescente enamoramiento el conductor de sus letras. Amor con sexo, sexo sin amor, ejercido por un gallo inconfundible, con G mayúscula, acicalado con doradas espuelas y soleadas crestas que adornan sus galantes dotes de caballero andante, y sus recias habilidades de jinete en la montura de su negro caballo moteado y de las incontables mujeres de diferente sabor de boca, tamaño de pie y color de tez que bien hablan de su canto cumplidor en corrales criollos y de ultramar.
Conoce el escritor que en sus recatados caseríos, en las reducidas comarcas, en las menguadas villas interioranas, el sexo, su placer y su disfrute, el personal y el de contárselo a los demás compinches que escuchan embobados las aventuras sexuales reales e imaginarias del adolescente fanfarrón, es una sucesión de actos que va in crescendo: se inicia con la candidez de la imaginación, continúa con la reiterada paja, aumenta con el polvito fugaz con las puticas del pueblo y se consolida con el orgasmo adulto con la puta de verdad, la sabia y sabida, la amiga y respetada como tal, antes de ser oficio plenamente conocido para ser ejercido con maestría con cualquier hembra aquende o allende.
Dejemos que la pluma de Francisco sea esta vez la chula, la alcahueta, la pantalla de de nuestro voyeurismo, de esa curiosidad malsana, pornográfica sin dudas.
En las comarcas de Trujillo, por los lados de Cuicas, Arenales y Las Virtudes, por Carache, Chejendé y hasta los lejanos Puertos de Altagracia en el estado Zulia, quien anda suelto no es el Diablo como en Carora, sino El Gallo de las Espuelas de Oro, muchas veces confundido por crédulos, inocentes o ignorantes con otros seres, animales, entidades fantasiosas, bragueteras y culiadoras también, que se dan a la tarea de preñar mujeres advertidas o carajitas sin advertencia, aquí, allá y acullá. Francisco explica prontamente cuáles son las características y habilidades de esos personajes para que, en ningún momento, ni por equivocación, sean confundidas o comparadas con el inimitable y exclusivo Gallo de las Espuelas de Oro, el de El Tendal. Aclara el escritor hechos, circunstancias y personajes que pudiesen prestarse a confusión:
Ciertamente, no existe en gallinero alguno del planeta, del sistema solar, Gallo como el de de las Espuelas de Oro y la Cresta de Oro. Dejemos que Morón, en esta suelta, alabanciosa y elocuente cita nos describa, caracterice, precise, ordene, las virtudes y dones de este libertario trujillano que no soporta corral y no hay gallo que no le tema ni gallina que se le resista: "Es un gallo muy fino, siempre derechito, limpio, tiene el pecho colorado, las plumas de las alas son negras, el lomo plateado, los ojos brillantes, alumbran de noche como si fueran dos candelas en el cielo; el Gallo de las espuelas y de la cresta de oro tiene su casa tejida por rayos de sol en lo más recóndito del monte (…) el gallo vive solo, tiene la particularidad que nunca duerme, ni de noche ni de día, pero no le hace falta el sueño, siempre está fresco y descansado, por el día no duerme y por la noche no duerme porque su casa está hecha con rayos de sol. El gallo de las espuelas de oro se gana a todos los gallos (…) Otras veces el Gallo de la cresta de oro se aparece en los pueblos donde hay fiesta (…) se aparece en forma de hombre, con flux de lino blanco, zapatos negritos y brillantes, la blusa cerrada con quince botones de oro, un bastón también de oro y lo que es más lindo, con todos los dientes de oro, en la noche no hacen falta las luces en la sala de baile porque el Gallo de El Tendal, como si fuera un hombre, ilumina todo, y canta y baila y habla como si fuera un bachiller el condenado, cuando se fue de Las Virtudes dejo preñadas, sin que nadie se diera cuenta a todas las mujeres del pueblo – menos a la Niña Chita para quien no tuvo canto el gallo, ¡hélas! acotamos nosotros – porque el Gallo de las espuelas de oro es un gran empreñador, todos esos muchachitos blancos y pelo amarillo que hay entre El Vigía y Arenales, y por los lados de El Empedrado y todos los muchachitos pelo amarillo de Carora y de Trujillo que a veces vienen a pasear en Cuicas, es porque el Gallo de El Tendal echa sus caminaditas por esos mundos, porque entra a las casas aunque las puertas estén trancadas, las ventanas bien cerradas y aunque no haya ni un resquicio en el techo de las casas, el gallo de las espuelas de oro y de la cresta de oro es el mismísimo diablo que tiene su casa de sol en lo más tupido del monte, en El Tendal."
Con la madurez de cama y lecho en el texto, la experiencia orgásmica en la carilla, la diversidad femenina en su respectivo catálogo, los sucesos de chinchorro y las aventuras de hamaca bien documentados, el escritor aprendió en sus avatares de gallo rural, citadino y cosmopolita que mujeres hay muchas y variadas, empero, al final, hay sólo dos categorías de hembras en el mundo: las que están muertas y las que se dejan seducir, con excepción por supuesto, de Doña Helena la Pelona "que siempre está escorada en la ventana de su casa de la calle Bolívar, cerca de San Juan, con su camisón blanco, las manos alargadas, sin dientes, coco raspado (…) los muchachos le tienen pavor a Doña Helena la Pelona, pero no pueden dejar de atender a la pobrecita que lo que está es loca porque la dejaron soltera sus papás y sus hermanas que sí se casaron esas condenadas dice Doña Helena con sus ojos saltones," o de "Carmencita Zubillaga, la más dulce de las mujeres viejas, Francisco incluso escucha su rezo, la ve cubierta como si estuviera en la Iglesia, con su rosario enredado en la mano derecha, una casa sombreada, de paredes gruesas, olorosa a pan fresco, con algunas flores cerca del comedor, las dos Zubillaga, viejitas, bellas tan feas de rostro que no se les nota de buenas que son, viven todas allí con sus recuerdos (…) Carmencita Zubillaga la más bella de todas las feas de la ciudad antigua."
Francisco, lenta, pacientemente, a fuerza de precaria memoria y con el prodigioso condimento de la imaginación, va construyendo, una a una, su personal e intransferible catálogo de las mujeres, de las suyas y de las ajenas. Son el gozoso inventario de las aventuras cortesanas, verdaderas y de ficción, de un gallo tricolor que voló alto, más allá de las nubes, como cóndor paramero, para cruzar primero el mar por donde llegó en carabela el primer Morón por los lados del Tocuyo, y después a más altura todavía, a toda ala, cruzó la mar Océano para arribar al Puerto de Palos, donde se inició la temeraria travesía que le permite ser lo que ahora es: caroreño, cuiqueño, venezolano, gallo de El Tendal.
Muchas son las historias de lecho y cama que Francisco Casanova recoge en sus memoriosas y eróticas páginas para lujuria ajena: nombres, lugares, nacionalidades, color de piel, maneras de tener sexo, de hacer el amor, y las insólitas y variadas tácticas que utiliza el gallo dorado para que las gallinas cacareen de placer, en diferentes idiomas, pueden ser apreciadas en este plural Catálogo de las mujeres, que es también el elenco de su varonía.
Acompañemos al Gallo de las espuelas y la cresta de oro, en su vuelo por vetustas huertas, olvidados caseríos y ancestrales cortijos, donde quedó servida en algún fugaz gallinero una mujer de sonoro nombre, fruto de un picotazo aquí, de un aleteo allá, de un revoloteo más allá, en fin, de ese irresistible canto mañanero y seductor que despierta y aviva las ganas de yacer con hombre en la mujer, porque así como hay beatas y santas, vírgenes y feas, doncellas intocadas, también las hay, aquí y allá, en Arenales, Cuicas, Carora, en Londres, Munich o París, féminas brinconas y alebrestadas, indómitas e insaciables, ninfómanas con vocación de amante efímera, de puta de oficio, gustosas de variar de lecho y de disfrutar a gusto, toda para ella, de la paloma pelada, de la pinga enhiesta, de la rígida tranca : "Fue así, día a día, noche a noche, como Juan Pérez se acostumbró a Olegaría Marchena. Pero el amor no es una costumbre. El amor es el amor. Como el sexo es el sexo, esa cuchumina que yo tengo es independiente de mi voluntad, está ahí, se duerme a veces, pero despierta a cada rato y yo no sé lo que le pasa, como una culebra se despierta, como una gata se despierta, y se pone a gritar sus groserías y a llamar al hombre, a cualquier hombre, la soledad es como una gran sed, como una candela, yo siento cuando la cuchumina se despierta, no soy yo, es mi cuerpo, yo tengo que trabajar, yo tengo que barrer la casa y el patio y la culata, agarro duro la escoba y barro, y barro, y cuando todo está limpio y oigo berrear esa lavativa que no está dentro de mí, pero sí está, como el diablo, como calcula que es el diablo, calcula maldito convertido en cuchumina, independiente de mi cuerpo y de mi pobrecita alma, tendré más bien sólo el cuerpo, el alma es la cuchumina que no se queda quieta, que arde como una brasa de guayabo, arde, arde, días enteros, sin llegar a convertirse en ceniza, yo quiero apagarla, le digo ternezas, cuchumina bonita, estrellita azul, pajarito del monte, caballito del pozo, mariposita amarilla, pedacito de arepa, y como ella sigue con sus ladridos, la insulto, piedra negra, pozo oscuro, perra caliente, burra sin burro, bosta seca, yagrumo, gusano, y ella vive, late, grita, furia que no soy yo, menos mal que llegaste Juan Pérez porque la cuchumina no me deja trabajar."
Cuenta Francisco que en sus mozos años de escuela rural conoció a Jelitza, muchachita honesta que "asistió a la escuela con espantosa puntualidad (…) En el primer grado Jelitza asistió a la escuela con silenciosa puntualidad (…) En el segundo grado le ocurrió a Jelitza un solo cambio importante. Y fue un lacito azul agarrado en las greñas del lado izquierdo (…) En el tercer grado hubo cambios relevantes en la personalidad de Jelitza, indicadores de su futuro y buen porvenir. Primero y principal Jelitza se peinó, una raya blanca, con tiza, en la mitad de sus dos crenchas que no eran trenzas. Segundo y muy importante el lacito azul creció como una mariposa y cambió de lugar, entre la derecha y la frente, en un difícil equilibrio. Y al camisón de Jelitza le nacieron pliegues y un faralao verde como amarrado, más que cosido, en algunos puntos del ruedo. ¡Notable cambio en Jelitza! En el cuarto grado se pudo notar cómo se abultó la barriguita, otrora plana, de Jelitza. Fue el comienzo de una radical transformación, ocurrida en el quinto grado cuando Jelitza se puso verde en lugar de morenita; se le rompió el camisón y le colgó el faralao. La barriga de Jelitza trastornó el orden de toda la escuela hasta el final (…) En el sexto grado la naturaleza hizo sus operaciones. Los puntos clave de Jelitza llenaron de asombro mis preocupaciones y un cierto desasosiego se posesionó de los varones más altos de la escuela. La mamá de Jelitza (era de nuevo diciembre) me hizo de nuevo el reclamo. Ella estaba tranquila con sus lombrices. Ahora no para de hombre, porque ya cogió el oficio."
El Gallo ya no vuela alto y altivo como antes, ahora más bien planea y evoca, no madruga, duerme la siesta, se acuesta tarde, añora, se entremezclan, se le confunden, las hembras y las circunstancias, rememora, gallina criolla menos, gallina forastera más: la insípida belga, la frígida bretona, la bizca germana, la pícara parisina, la virgen inglesa, la mullida alemana que no pudo montar Francisco porque no se le paró el pico y se le fueron los gallos, la complaciente rumana, la olorosa italiana, la rústica magiar, la sapiente salmantina, la chismosa catalana, la ruidosa andaluza, la gala con morbo, ¡zápe! Francisco reconoce sus falencias y angustiado se pregunta: "Yo conocía los nombres. ¿Por qué los habré olvidado? Había especialmente uno de ellos, los nombres. ¡Si pudiera recordarlos! Debo escribirlos, como hacía ella, en papelitos recortados, en los márgenes de los libros, en las orillas del periódico, en pedazos de sobre cuyas señales ignoro, en programas de teatro, en la parte en blanco de propagandas sin interés, debo escribir los nombres olvidados". Y un nombre con apellido acude lejano desde el caserío de Cuicas para acompañar a otro también remoto procedente de la villa de Carora, llegan súbitos ambos para aletear los recuerdos y lagrimear el texto, el Gallo a sus ocho décadas "se empeña en darle rienda suelta a la memoria hija de la imaginación" y por azar deliberado aparecen juveniles, bellas, risueñas y vaporosas:
"Mi querida Maricuca hoy cumplo ochenta años, pero no me rindo", un mozo de apellido Viloria, que es del mismo linaje trujillano de Escuque y también tiene familia en la Ciudad del Portillo de Carora, está escribiendo un libro sobre lo rural en mi obra. Enrique Viloria Vera escribe mucho, demasiado dicen sus amigos, hace unos días me encomendó un prólogo para uno de sus libros y con gusto escribí lo siguiente: "En Salamanca, donde el magnífico poeta y lúcido prosista Alfredo Pérez Alencart le sigue la historia a las luces y a las sombras de la ciudad y de las Universidades, estudió El Tostado. Recuerdo las conversaciones que, en los años cincuenta poco más o menos, sostuve en la biblioteca de Rafael Cansinos Assens (1883-1964), un erudito sin tregua, conocedor de idiomas antiguos y modernos, traductor para la Editorial Caro y Ragio y también para la de nuestro gigante Rufino Blanco Fombona (1874-1944), la famosa en aquellos largos años desde 1914 hasta más acá de 1936, cuando trabajó en Madrid, Editorial América. Don Rafael se refería a Don Rufino con la frase "era un Tostado".
Sucede que también él lo fue. Se refería a la fama de Alonso de Madrigal Tostado de Rivera, un Teólogo nacido en Madrigal de las Altas Torres, quien vivió tal vez entre los años 1400 y 1455. Fue Rector del Colegio de San Bartolomé en la ciudad de Fray Luís de León (1527-1591), de Miguel de Unamuno (1864-1936), de Antonio Tovar y de Don Alfonso Ortega Carmona, perínclitos varones de la inteligencia y de la cultura si no resulta un pleonasmo eso, inteligencia y cultura, ya que perínclito es un superlativo de rango aquí bien usado. Parece ser que la fama de El Tostado se asentó no sólo en sus actuaciones que lo llevaron a formar parte del Concilio de Basilea en 1437-1444 y a ser Obispo de Ávila en 1449, sino por su extraordinaria capacidad para escribir con erudición y memoria que asombra a los bibliógrafos y a los diccionarios, pues sus Comentarios a la Sagrada Escritura llenaron veintiún tomos. Su extensa bibliografía se recoge en el Manual del Librero Hispanoamericano de Antonio Palau y Dulcet (Madrid-Barcelona, 1954-1955, tomo octavo, págs. 58-61). Quien escribió también "más que El Tostado" fue Don Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912), sin que se le quede atrás el Insigne Don Francisco Rodríguez Marín (1855-1943) cuya edición de Don Quijote de la Mancha, en los diez tomos de 1950, tiene un "comento refundido y mejorado con mas de mil notas nuevas". ¿Y don Enrique de Gandía en Argentina? "Escribe más que El Tostado" es, o era, una frase de elogio a los maestros de las letras, eruditos, sabios en humanidades que fueron y son en la larga tradición de la lengua española. Pues toda esa parrafada se debe al asombro que me produce este escritor, nacido ayer en Caracas, esto es en 1950, no llega a los sesenta años y ya ha publicado más de cien títulos que usted podrá contar al final de esta nueva obra, ilustrada, esto es, bien documentada y muy bien escrita."
Ahora Don Enrique, agradecido, me dice que quiere escribir igualmente un poema para Usted, mi querida Maricuca, mi Doña Mary de siempre y hasta la tumba, y me pregunta si puede. Yo le respondo que: "la empedernida palabra que ayer despertaba los recuerdos, ponía en rojo la memoria, acentuaba la sensación de ausencia, cuando era menester hablar a solas, decirle mira tú ese color, fíjate cómo el pueblo parece hablar, esto que aquí está adentro y puede notarse fuera es lo que en mi tiempo llamábamos amor, no le hagas caso a esos ruidos, más importante es un verso" y Viloria escribió el poema y te dedico estos versos que yo autorizo como si también fueran míos, de mí para ti:
Eres (II)
A Doña Mary.
Con la vena y la venia de don Guillermo.
Eres mi pozón de Chicorías
olorcito de arepa
cabeza de ovejo
primer café
cuajada tierna
cocuy de Siquisique
estallido de luz
caballito trotón
Flor del araguaney
agua de quebrada fresca
río crecido
campanario
tapia de convento
yabo del origen
crepúsculo larense
Divina Pastora en procesión
Princesa de un reino en desuso
Goda de Carora
Cacica de Cuicas
En Moncloa te encontré
Todo eso y más
mi Majestad
eres
Yo imaginaba más bien otros animales. Ni siquiera pensaba yo en las palomitas del mediodía, medio escondidas en el solar de la casa, mimetizadas con el cují enano, escoradas en el bojotico de la escobilla, a la sombrita de un palo tieso. preocupaba, ayer por
la tarde, el tuqueque asomado a la piedra de un tinajero.
Dicen que el tuqueque larga el rabo cuando se enfurece y el otro día un rabo de tuqueque se le clavó en el ojo a una
mujer de Aregue que vivía en público concubinato con un sobrino suyo, de nombre Agapito.
Guillermo Morón, como Esopo, Jorge Luis Borges, Antonio Arráiz, Eugenio Montejo, Rafael Arráiz Lucca, Vladimir Acosta o quien este texto escribe, también tiene su bestiario exclusivo, un personal zoológico de ciertos animales criollos y propios a los que el escritor le atribuye defectos y virtudes, vicios y moralejas, perversiones y bondades intrínsecas al ser humano.
Fabula con sus bestias el narrador, las hace cercanas y afectivas, no les altera su esencia física, pero les inventa otra alma, otro sustrato, una forma de ser, una idiosincrasia, una índole, una personalidad, para, con sus animales, muy suyos y particulares, formar un ejército sin armas que sólo empuña la palabra - la más destructora de todas las máquinas concebidas para la guerra - en forma de ironía, de sátira, de puya, de sarcasmo, de socarronería, a objeto de ridiculizar personas que apuestan a ser personajes y de criticar, por mampuesto, conductas y actitudes impropias de lo humano. Morón nos recuerda que ningún soberano transita desnudo, que ningún político camina en cueros. Confirma el escritor: "No soy yo quien pone los nombres. No soy, ciertamente, un inventa nombres. Los nombres ya estaban allí cuando llegué para recogerlos y animarlos un poco con estos recuentos. En tales circunstancias se podrá notar fácilmente que si no invento los nombres es porque los encuentro ya inventados."
La codicia, la solidaridad, la avaricia, la gula, la amistad, el engaño, la componenda, la caridad, el amor, el abuso de poder, la injusticia, los celos, la inocencia, el pudor, la lujuria, la hipocresía, la suficiencia, el desprecio, la equidad, el abuso, el respeto por el otro, la consideración, la condolencia, la compasión, el odio, la protección, el chisme, el elogio, la adulancia, la soberbia y la jaladera de bolas, según el caso y la circunstancia, acompañan, para retratarlos, a los animales del zoológico personal de Morón, sito en la comarca de su fértil imaginación."No tengo por qué atender a quienes me critican por el desorden con que escribo. Me interesa sólo la verdad, la calidad de mi trabajo, el empeño que en él pongo, la dignidad de su estilo y composición y la propiedad con que se emplea cada palabra en cada frase. Y mi nombre Claudius Aelianus, nacido en Praeneste, ciudadano romano del Siglo dos, De natura animalium que escribí en griego. No se asusten, pues, los animales de hoy."
Acompañemos al escritor ecologista, al narrador guardián de bestias con alas y bichos con uña, agarrados de su fantasía, sin susto ni miedo ni pánico ni pavor, pero sí con mucha curiosidad, para de buena tinta conocer, ver de cerca, sin tocarlos, darles de comer o perturbar su ecosistema, algunos de estos animales criollos, una docena de ellos, no todos que muchos son y urbanos también hay, sino los rurales más bien, por aquello de asegurar la coherencia del tema, la pertinencia del análisis, el rigor de la exposición ¿verdad, doña Chayo?
Morón reposa activo entre el carajitero y sus animales, solazado en el recuerdo de su madre maestra, evocando travesuras de todo tipo, materiales e intelectuales, sin temor ni a las espuelas del gallo ni a la crecida del río, porque a lo único que ciertamente teme el escritor, le tiene culillo, ejercen sobre él un pavor inmenso, arquetípico, atávico, es a las palabras que son como avispas africanas. Confiesa el escritor como siempre, como es su gallarda usanza, sin tapujos, sin melindres, sin medias tintas, el porqué de ese pánico, la razón de ese espanto. "La culpa es de las palabras: No ve usted que las palabras se me alborotan en la cabeza como si fueran un avispero alborotado. Sólo que si uno echa a correr, después de darle una pedrada al cacuro, las avispas se quedan con las ganas, Pero las palabras, como avispero, se alborotan en el cacuro, en el avispero que está dentro de mi cabeza. Entonces yo salgo corriendo para que no me piquen. Pero las avispas están ahí, en la cabeza, y ellas son la que tienen que correr para que yo no las mate. Y la mejor manera de matar esas avispas es pronunciarlas."
Por eso las sabias palabras de Guillermo Morón saben a la miel de la matejea.
Autor:
Enrique Viloria Vera
viloria.enrique[arroba]gmail.com
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