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"Evita, Madonna y las torres gemelas" – Capítulo I (página 2)


Partes: 1, 2


 

En medio de este derrotero, el amor, pero el amor sublime, esa luz del espíritu que se niega a la bastarda costumbre de consumir los sentimientos como bienes gananciales.

"Evita... " es, además, una historia de violencia, sexo y muerte-como sabemos, excluyente trilogía de la idiosincrasia literaria española-eje sustancial de la impronta de sus protagonistas.

Aglutinando todo - como una inasible niebla -, se percibe la ominosa presencia de un poder mundial encubierto; un supra-gobierno de las sombras denunciado por el autor, como una especie de hermandad secreta que controla y manipula la vida con propósitos elaborados con precisión de laboratorio.

Eduardo Gudiño Kieffer

Capítulo I: Bach, la muerte y los cuentos

Llueve.

Han vuelto a él, los muertos del pasado.

El viento del Oeste bate los riscos de la lejana cordillera y se cuela a través de la calle solitaria. Escucha su presencia sibilante sobre los techos de las casas; lo imagina un bisturí helado sobre cada uno de los piqueteros que a esa hora mantienen cortada la ruta.

Por momentos, tiene la impresión que los espíritus de los incas muertos rondan en la penumbra de la pieza, aunque sabe que las osamentas de los antiguos moradores del imperio se corroen entre el detritus, debajo de las plantas de sus pies.

Detrás de la ventana de la cocina, Gregorio Alonso Lama siente que los pasados fantasmas de la muerte adquieren identidad en las figuras desdibujadas e inasibles de los seres desaparecidos. Muertes sin velorios ni entierros. Muertes virtuales sin el consuelo cristiano del abrazo final o la fraternal palabra de despedida; llevando como pesada mochila en el espíritu, cada uno de los imaginarios ataúdes, velando, sí, velando sólo él a esos muertos sin certificado, todos los días, a lo largo de los últimos 25 años de su vida.

Llueve.

Han vuelto a él, los muertos del pasado.

Desde el grabador, la Toccata en Re de Juan Sebastián Bach torna más dramáticos los dramáticos recuerdos; por momentos también, los fantasmas de sus hermanos y de Alejandra, se instalan en algún intersticio de su cerebro, fagocitados por la presencia activa de su memoria. Los presiente detrás de él, de pie sobre uno de los flancos de la mesa del comedor, aguardando el ritual del encuentro obsesivo y repetido. Entonces - como una forma de burlarse de la muerte-, su propio diagrama verbal descolgará en silencio sus mensajes, hasta el instante preciso en que las sinapsis neuronales se abran para generar el sonido imaginario que los muertos ya no pueden emitir.

A tono con el entorno melancólico, el cargo de conciencia se hace presente con el pase de factura repetido: "si yo no hubiera entrado al movimiento montonero, ustedes estarían con vida". Pero al igual que otras veces, resultarán inútiles los descargos de sus hermanos a favor de su inocencia: Matías, acotando su militancia en un grupo político de la Facultad, y María, señalando que a ella la tenían marcada desde el momento en que empezara a alfabetizar ? a través de campañas de esclarecimiento político- a los habitantes de la villa. Sólo Alejandra parecía congraciarse con los reproches, manifestando en su dura mirada lo que él no se atrevía a decir desde aquella noche en que Ellos la habían chupado en los pasillos del teatro Colón.

Llueve.

Han vuelto a él los muertos del pasado.

Cierra los ojos. Alejandra y sus hermanos vuelven a las tumbas virtuales que el cerebro ha instalado en su memoria. Sabe que cuándo abra los ojos, aparecerán frente a él los otros muertos, los reales; los muertos velados y enterrados: su abuelo orensano- republicano y justicialista-, el de la increíble historia de amor con Evita; su queridísimo padre, orensano también pero franquista, ambos, como partes opuestas de aquella vieja España citada en los versos de Machado.

Ve a su madre sentada a la mesa; el rostro sereno y la mirada luminosa, pese a que su frágil figura se ha ahuesado por culpa de los malditos eritrocitos que le han envenenado la sangre.

"-Tienes que darte paz, hijo. Debes perdonar como yo a los que se llevaron a tus hermanos y a Alejandra"

Llueve.

Han vuelto a él, los muertos del pasado.

¿Cuántas veces había hablado con su madre después de muerta? ¿Cuántas veces la frase textual - sello de un corazón extremadamente generoso-, se había abierto paso en su atormentada psiquis? Bálsamo inútil para él, incapaz de comprender semejante grandeza moral. Mucho menos las frases del remate que aún se resisten al olvido en una amarillenta carta que tiene entre sus manos, una de las pocas recibidas durante su exilio en Estocolmo. Lee: "Sé que es difícil de aceptar, pero en gran medida no somos responsables de nuestros actos. La maldad y la bondad condicionan nuestra conducta, según el código genético que la naturaleza nos ha asignado, hijo. Mozart puede convocar de manera sublime a un espíritu, pero puede resultar indiferente a otro. Y ambos son espíritus humanos. De la misma manera, algunos se horrorizan frente a un crimen, y otros- como Josef Menguele, por ejemplo- pueden convivir cotidianamente con él, incluso con la convicción de que están realizando una tarea en aras del bien común. Eso explica la falta de remordimientos; ni siquiera el mínimo cargo de conciencia.

Por alguna razón misteriosa, esos espíritus insensibles (de acuerdo con el patrón de nuestro pensamiento), están desamparados por la misericordia. Recuerdo que a propósito de esto, tu abuelo siempre se quejaba del Creador: " ese cabrón de Dios es el culpable de traer mal paridos al mundo. Mira hija: a ti no te entiendo. Entre tu devoción cristiana, tus estudios de teosofía, y esos libros de antropología que os tienen en vela muchas noches, se te ha distorsionado la realidad. Según tu manera de ver las cosas, no existen los culpables. ¡Coño! Nadie es inocente de sus actos. Los hijos de puta son hijos de puta y saben lo que hacen cuando el mal les corroe el corazón". El mal les corroe el corazón... Ya ves hijo mío; tu abuelo comulgaba con la verdad, sin que él mismo tuviera noción de la misma".

Llueve.

Han vuelto a él, los muertos del pasado.

Siente cada gota de lluvia como parte de las incontables lágrimas derramadas en silencio: en Buenos Aires, antes del exilio, cuando aún no estaba muerta la esperanza; cuándo aún era posible que sus hermanos y Alejandra, pudieran aparecer un día por la casa dónde el dolor ya velaba anticipadamente las desapariciones definitivas de sus queridos muertos.

Lágrimas de vergüenza y dolor derramadas frente a Ernesto Sábato, en aquella esperanzadora entrevista en la Comisión Nacional del "Nunca más". Lágrimas lloradas y derramadas antes en Estocolmo, sólo en la habitación, contemplando las heladas aguas del Báltico, o compartiéndolas con algunos de los otros exiliados latinoamericanos. Lágrimas también a su paso fugaz por Barcelona, y lágrimas al fin, en el Madrid de la Cibeles, durante incontables tardes en que se sentaba, solitario, en cualquiera de las tascas que se cruzaran en su camino.

Gregorio Alonso Lama pliega las arrugadas y amarillentas hojas de la carta.

Siempre había pensado que su madre pertenecía a una categoría exclusiva y casi incognoscible del pensamiento y el sentir humano. Y si bien en cierto sentido compartía su visión escatológica - en el caso de ella, con el contrapeso de la redención en Cristo-, le resultaba inconcebible el hecho de que una madre pudiera perdonar a los asesinos de sus propios hijos. Y no por falta de amor hacia ellos precisamente. Todo lo contrario: las lágrimas de su madre podrían haber inundado la habitación de la vieja casona de la calle Mendes de Andes; sólo que era un amor diferente, sin raíces pegajosas y viscerales; amor de entrega pero a la vez, de absoluto y sublime desprendimiento. El mismo desprendimiento que la llevó a pedirle que buscara la salvación del exilio, antes que Ellos vinieran por él.

Llueve.

Han vuelto a él, los muertos del pasado.

Pero sabe que no transará jamás con los infames sicarios del Imperio; con los militares que habían deshonrado a San Martín, con civiles y soldados que hablaban de la defensa del mundo occidental y cristiano, cuándo en realidad- ahora lo comprendía muy bien -, la gigantesca redada de la muerte no era más que otra de las acciones del terrorismo de Estado, a instancias de un plan de dominación impuesto por las grandes corporaciones industriales y financieras: Un supra-gobierno de las sombras, que se manejaba con absoluta libertad política, controlando incluso a los propios líderes políticos del llamado Primer Mundo, gerentes todos al servicio de los intereses opresores de siempre :homo homini, lupus est.

No; él no transaría jamás con los postulados sentimentales y clericales del perdón. Ni olvido ni renuncio de venganza.

Llueve.

Han vuelto por él, los muertos del pasado.

Un cuarto de siglo después, las lágrimas ya se han vuelto pastosas; se retuercen en las cuencas de los ojos como perlas diminutas, endurecidas por el clima destemplado de ese ignoto paraje salteño en el cual ha recalado como corresponsal de prensa de medios españoles para cubrir periodísticamente un nuevo fenómeno social llamado piquetero.

El viento golpea las celosías y se filtra por los orificios y hendijas de puertas y ventanas; el mismo viento desolado que acompañara su infancia en medio del paisaje húmedo de su Galicia natal.

Aún se percibe en el aire el olor a pólvora y azufre que unas horas atrás ha desatado la violencia represiva. Como antes. Como siempre.

Llueve.

Han vuelto a él, los muertos del pasado.

Bach gime entre fusas y corcheas su dolor y su esperanza, la otra impronta ancestral escrita en los genes de la raza.

Acaba de despachar a través del correo electrónico, la primera crónica sobre las violentas protestas sociales.

Necesita un respiro.

Llueve.

Han vuelto a él, los muertos del pasado.

Se sienta a la mesa. Tiene ante sí, la carpeta con los primeros cuentos terminados para enviar al concurso literario en España, como parte de su vieja profesión de escritor tantas veces postergada.

Desde la ruta, los gritos piqueteros han comenzado la ronda de la noche. Otros muertos. Otras lágrimas.

Es hora de empezar a leer a modo de repaso.

(Fin capítulo I)

 

 

 

Autor:

José Manuel López Gómez

El autor agradece comentarios de la obra a: lopezgomez7[arroba]hotmail.com

Página web del autor: www.sanesociety.org/es/JoseManuel

Para bajar la novela o adquirir edición impresa: www.lulu.com/content/660535

Anexo: Nota al Autor realizada por el Diario Argentino Clarín, el miércoles 16 de Marzo de 2005.

(Imagen en archivo adjunto).


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