El análisis de las distintas concepciones impone la necesidad de destacar frases claves, como elementos comunes en cada uno de los conceptos; entre ellas:
Estos elementos claves, presentes en la mayoría de las definiciones, conducen a las reflexiones siguientes:
Ahora bien, ¿cómo lograr la integración coherente y armónica de todas estas consideraciones en pos de alcanzar la salud familiar? Hagamos una reflexión.
Alrededor de la temática de familia y muy específicamente al abordar su conceptualización, variadas han sido las opiniones de diferentes autores, sin embargo, en aras de potenciar la salud familiar considero oportuno hacer referencia a un concepto, por demás joven, que facilita el análisis: Es aquella estructura funcional básica donde se inicia el proceso de socialización y a partir de la cual se comienza a compartir y fomentar la unidad de sus miembros, con la consiguiente aceptación, respeto y consideración. Es, en última instancia, donde se debe favorecer la diversidad, y propiciar un estilo de vida que potencie y desarrolle a todos sus integrantes, sobre la base de la armonía, la seguridad, y la estimulación, con el propósito de satisfacer sus necesidades (Gómez Cardoso, 1997).
Las siguientes consideraciones son elementos distintivos que destacan la importancia de la familia en comparación con las otras definiciones:
Aspecto clave en el debate sobre familia es el relativo a las funciones que ésta ejerce. En plena coincidencia con P. L. Castro Alegret el concepto de función familiar, común en la sociología contemporánea, comprende para nosotros la interrelación y transformación real que se opera en familias a través de sus relaciones o actividades sociales, así como por efecto de las mismas.
El análisis histórico concreto de la familia como institución social indica que en cada formación económico-social la misma cumple deberes que emanan de la base de la sociedad. Existe diversidad de criterios en relación con la tipología de las funciones familiares; no obstante, se observan algunas regularidades conceptuales en las cuales la familia desempeña funciones de tipo económicas, biosociales, espiritual-culturales y educativas, comunes para todas las formaciones económico-sociales y en buena medida, según el cause de las mismas deviene en la salud familiar.
La función económica garantiza, en sentido general, la satisfacción de las necesidades materiales, individuales y colectivas, matizadas por el sentido de pertenencia de cada uno de los integrantes de la familia ante las tareas del hogar, con particular énfasis en la distribución de las tareas a desempeñar. Estas actividades, cuando se realizan de manera consciente y voluntaria, propician un clima de satisfacción personal y colectiva que redunda en beneficio de la formación y la transformación positiva de cada uno de sus miembros. El estímulo sistemático para el desempeño de las tareas favorece extraordinariamente el nivel de responsabilidad compartida, con la consiguiente satisfacción de sentirse útil y necesario.
La función biosocial (reproductora o biológica), asegurada o bien dirigida, propicia la estabilidad conyugal de la pareja y con ello el establecimiento de patrones de conducta adecuados de fácil trasmisión a los hijos(as), a fin de sentar las bases para la seguridad emocional y la identificación de éstos con la familia.
La satisfacción de las necesidades culturales, en sentido general, se manifiestan en la función espiritual-cultural, con la inclusión de todo lo relacionado con la educación de los hijos(as); es por ello que algunos autores la consideran como la función educativa. En ella está presente el legado cultural generacional que, sin lugar a dudas, establece las bases educativas que comienzan desde el nacimiento y no finalizan hasta la muerte.
La familia funciona como la primera escuela del niño y que sus padres, quiéranlo o no, asumen el rol de sus primeros maestros de mejor o peor forma, de manera consciente o inconsciente, sistemática o asistemática y de la forma en que se comporten y relacionen todos estos factores, estará cumpliendo con mayores o menores resultados su función educativa (Núñez Aragón, 1999).
Es innegable que para lograr el correcto cumplimiento de la función educativa, los padres deben prepararse para desempeñarla, porque es en la familia donde los hijos(as) aprenden a vivir, valorar, dialogar, trabajar, escuchar y sobre todas las cosas a amar, aprenden, además, a comportarse socialmente con hábitos y actitudes dignas en correspondencia con los patrones de conducta de su propia familia acordes con la sociedad contemporánea. La preparación implica la actuación ejemplar de los padres.
Esta función educativa, primordial para la educación de los hijos(as), como se ha expresado con anterioridad, actúa de manera interactiva con las otras funciones, porque facilita también la forma de enseñar ante cada hecho de la cotidianidad familiar, donde la comunicación adquiere particular importancia por la influencia que ejerce en los motivos, los valores y las decisiones de los miembros de la familia.
Mucho se dice sobre lo poco que conversa la familia actual y cómo la creciente participación de padres e hijos(as) en la vida social obstaculiza este necesario proceso; sin embargo, el problema no radica en la cantidad de tiempo compartido por los padres y sus hijos(as), sino en la calidad de la comunicación (Núñez Aragón, 2005).
La comunicación es el eje de toda la interacción en la cotidianidad familiar. Mediante la comunicación y el rol que desempeñado por los miembros de la familia se trasmiten valores, experiencias, hábitos, normas, costumbres, modos y pautas de comportamiento; se aportan reflexiones, valoraciones, vivencias y motivaciones; se propicia, además, la incorporación correcta de patrones y valores sociales con métodos de gratificación y sanción; se plantean estímulos para modificar ideas, costumbres y actitudes. La comunicación es la expresión más completa de las relaciones humanas.
Lorenzo M. Pérez Martín (2004) esboza una serie de elementos de la comunicación pedagógica, que bien podrían aplicarse al proceso comunicativo desarrollado por la familia:
En sentido general, la comunicación humana cumple determinadas funciones: informativa, reguladora y afectiva, decisivas todas para garantizar la estabilidad emocional de la familia.
La función informativa facilita la transmisión de informaciones de importancia vital que interesan a toda la familia, y retroalimenta el caudal de experiencias culturales, históricas, sociales, etc., sin otra intención que no sea informar, aunque, sin lugar a dudas, deja huellas en todos los miembros de la familia si la información transmite un mensaje positivo. No es la transmisión fría de las ideas, sino la actividad conjunta de los que participan en el proceso comunicativo a la que se suman las actitudes que aparezcan durante dicha actividad.
La función reguladora facilita el control y la regulación de lo que pretendemos comunicar; es un intercambio de acciones con la consiguiente influencia ejercida mutuamente por los comunicadores sobre la base de los patrones familiares ya establecidos.
La función afectiva, de cardinal importancia, hace posible la transmisión de sentimientos y emociones que garantizan la estabilidad emocional de la familia porque se vincula estrechamente a la esfera afectiva y vivencial de los miembros participantes en el proceso comunicativo. Sin lugar a dudas se ha dejado poco o ningún espacio a la función afectiva y el predominio de la función regulativa entre padres e hijos.
En este sentido, Torres González (2005) apunta que para lograr una comunicación afectiva, efectiva y desarrolladora se debe:
La mencionada autora señala que para lograrlo es necesario:
Por su parte, Luis Botella y Anna Vilaregut (1997), al analizar la perspectiva sistémica en la terapia de familia, se refieren a conceptos comunicacionales necesarios a tener en cuenta, a saber:
La comunicación es un problema de ajuste personal que va más allá de los objetos físicos para entrar en lo que los objetos significan para el que habla y actúa. Para comunicarnos con otros, hay que compartir previamente los valores de la realidad objetiva en sí, y lo que esta realidad representa para la persona que escucha o habla.
Al analizar la comunicación en las familias para el logro de una salud familiar que se traduzca en relaciones armónicas y equilibradas en su dinámica funcional, valdría la pena tener en cuenta los dos tipos propuestos por Pérez Martín (2004):
Entre ambos cabe distinguir el primero, porque además de garantizar una verdadera relación humana, favorece el respeto a la diversidad entendida como el gran desafío del nuevo milenio; diversidad que incluye la tolerancia, la aceptación de las diferencias y la integración de las mismas en metas comunes que satisfagan las necesidades de todos, que permitan a estos pequeños y sus familias encontrar su lugar en el mundo y ejercer sus derechos como parte de la sociedad.
Comprenderse, tolerarse y aceptarse es la finalidad y el contenido de la comunicación en el marco de la familia. Así, las disímiles circunstancias de la vida actual exigen cada vez más de sus miembros, y en particular de los padres, el esfuerzo por ampliar y lograr al máximo la comunicación adecuada con los hijos. El gusto por la comunicación se educa en el intercambio de sentimientos, alegrías, preocupaciones y disgustos de cada uno de los integrantes de la familia (Padrón Echeverría, 2001).
En ese intercambio comunicativo, es necesario tener en cuenta no sólo el lenguaje verbal, sino otras formas que facilitan la comunicación entre familiares y amigos; entre ellas, el lenguaje de los gestos; de las expresiones de la boca y de los ojos (facial); los movimientos de las manos; la postura; la mímica corporal, y el lenguaje tonal, referente al tono de voz empleado. Todas estas formas del lenguaje, capaces de sustituir el lenguaje oral, reflejan reacciones emocionales y ofrecen una información adicional de interés enorme y, por lo general, son indicador de la activación emocional del individuo. La comunicación gestual, el contacto piel a piel son a veces más necesarios que la propia palabra.
La primera responsabilidad de la familia es fomentar el amor y el ejemplo provenientes de las mejores tradiciones hogareñas reforzando una cultura de vida donde se respire una atmósfera de intercambio de opiniones, experiencias y sentimientos, que propicien el diálogo y la democracia entre sus miembros (Castillo Suárez, 1997).
El proceso comunicativo no es posible sin el afecto ni el amor, sobre todas las cosas. Según Clavijo Portieles (2002) el afecto es interpersonal por definición. Y la familia es crisol y objeto principal de los afectos.
Atinadas las palabras del especialista, porque el afecto que los padres sean capaces de expresar a sus hijos(as) motivará en buena medida la capacidad de amar de estos.
José Martí Pérez (1975), maestro de maestros, ha dado lecciones de lo que significa el amor:
No es posible entender la palabra amor si se restringe su significado al término exclusivo del sentimiento del padre, la madre, el hijo, el familiar cercano, el religioso, el esposo, la esposa. Visto en sentido universal, el amor humaniza, contribuye al progreso de la sociedad, es el eje del desarrollo de los valores sensibles, útiles, vitales, estéticos y morales.
En las familias el amor confiere atributos de ternura, entrega, interés, generosidad y confianza; indispensables para la creación y el desarrollo de valores positivos. El amor insustituible en todo acto de la vida humana; cuando se ausenta, se ausenta también la tranquilidad familiar, laboral, social y mundial.
El amor, hecho realidad en el seno familiar, se trasluce en sonrisa, bondad, ternura, en desapego de ideas egocentristas, en tolerancia, sinceridad, responsabilidad, humildad, honestidad y compromiso.
En el proceso comunicativo la tolerancia es esencial, entendida esta como la aceptación y el respeto a cada uno de los miembros de la familia con sus aciertos, virtudes, defectos, con las diversas formas de pensar y actuar, con las preferencias sexuales, etc. sin dejar de reconocer el valor de la regulación de las conductas y otras actitudes en el momento más oportuno y necesario.
Los resultados, es decir, tener una familia funcional o disfuncional, dependen de la comunicación y del papel desempeñado por los miembros de la familia.
Una familia es funcional cuando las interrelaciones personales de sus miembros están matizadas por el equilibrio y la armonía emocional; además, cuando se satisfacen todas las necesidades materiales, afectivas, culturales y educativas con la consiguiente formación y transformación de cada uno de sus integrantes. Así, la comunicación se torna franca, abierta y espontánea. Se favorece un desarrollo sano y un crecimiento personal, familiar y social.
Si se afectan algunas de sus funciones y se rompe, en cierta medida, la comunicación interfamiliar y las disímiles necesidades no se satisfacen, aparece, entonces, la disarmonía y el desequilibrio emocional y, por ende, la disfunción familiar. En estos casos no se logra la formación y la transformación de los miembros de la familia e incluso, en ocasiones la disfuncionalidad trasciende los límites de la familia nuclear y llega a la extendida y a otros elementos de la comunidad.
Constituyen elementos que hablan a favor de una disfuncionalidad si (Gómez Cardoso, 1997, 1998, 1999, 2007):
Muy ligado a la temática de la funcionalidad familiar están los factores de riesgo que condicionan de alguna medida que se lacere la salud familiar en los miembros más jóvenes. Pongamos algunos ejemplos:
Personales:
Familiares
Escolares
Comunitarios
Es por ello que para propiciar el cambio se hace necesario orientar a la familia.
La acción de orientar es un hecho natural que ha estado siempre presente en todas las culturas y ha sido necesaria a lo largo de la historia para informar a las personas o ayudarlas a desarrollarse e integrarse social y profesionalmente. Algunos antecedentes se remontan a los orígenes mismos de la humanidad, aunque las primeras pruebas documentales se encuentran en la cultura clásica griega.
El análisis documental referente al tema brinda la posibilidad de apreciar las distintas posiciones adoptadas que, en tal sentido, ofrecen los autores; sin embargo, como bien apuntan Collazo Delgado y Puentes Albá (1992) existen aspectos comunes para delimitar los objetivos y el contenido del trabajo de la orientación, a saber:
En el caso del trabajo de orientación familiar, lo anterior posee una aplicación consecuente. Es vital no sólo que las familias se conozcan a sí mismas, sepan utilizar su inteligencia y aprovechen sus potencialidades para tomar decisiones sabias que repercutan favorablemente en su dinámica funcional, sino también que ejerzan el control sistemático, consecutivo y regulador, con la consiguiente satisfacción de las necesidades de orientación que siempre tienen las personas.
Más que pretender definir conceptualmente la orientación, es más conveniente puntualizar algunos aspectos que no pueden obviarse (Collazo Delgado y M. Puentes Albá, 1992), sobre todo si se tienen cuenta el valor que poseen en el trabajo con las familias:
El devenir histórico concreto del proceso de orientación ha hecho posible escalar distintos niveles de satisfacción en la atención a las necesidades del hombre, entre los que se encuentra la orientación a los padres, sin lugar a dudas por la importancia que tradicionalmente se le ha concedido a la familia como institución social para la formación y el desarrollo de sus hijos(as); por supuesto, siempre que esté debidamente preparada.
La orientación familiar es una premisa para todo el proceso de preparación que la familia requiere a fin de enfrentar su labor educativa. La dota de variantes más adecuadas para educar con éxito a los hijos(as), después de reconocer los motivos y las causas que pudieran generar cualquier tipo de dificultad y tomar, en consecuencia, medidas más eficaces.
La orientación familiar es un proceso de ayuda de carácter multidisciplinario, sistémico y sistemático dirigido a la satisfacción de las necesidades de cada uno de los miembros de la familia. Es un sistema de influencias socioeducativas encaminado a elevar la preparación de la familia y brindar estímulo constante para la adecuada formación de su descendencia.
Una eficiente orientación a la familia debe preparar a los padres y otros adultos significativos para su autodesarrollo, de forma tal que se autoeduquen y autorregulen en el desempeño de la función formativa de la personalidad de los hijos. En la medida en que aumenta la cultura de los padres, las familias adquieren más conciencia de sus deberes para la sociedad.
El proceso de orientación familiar reviste particular importancia por el nivel de preparación y estímulo necesarios para promover un modo de vida que se corresponda con las características inherentes y específicas de las mismas, y satisfacer las necesidades de estos niños y niñas de acuerdo con las normas establecidas por la sociedad.
Las familias requieren de orientaciones precisas que incluyan una serie de conocimientos y ayudas concretas sobre qué hacer con los hijos, cómo, cuándo y para qué hacerlo. Es desarrollar actitudes y convicciones, estimular intereses y consolidar motivos y, de esta forma lograr la integración de los padres en una concepción constructiva sobre las personas deficientes y sus posibilidades en la sociedad.
La orientación familiar debe dirigirse a la búsqueda de posibilidades y perspectivas y no únicamente a la implantación mecánica de métodos y estilos de funcionamiento de generaciones anteriores. Es propiciar la creación de mecanismos de funcionamiento propios que contribuyan al crecimiento de la familia como institución social sin desestimar los patrones de comportamiento establecidos por la familia de origen.
La educación es un proceso que comienza desde el nacimiento y sólo concluye con la muerte; por lo tanto, la ayuda y la orientación brindadas deben adaptarse a las distintas circunstancias sociales, los diversos y rápidos cambios científicos, las diferentes etapas del proceso educativo y del ciclo vital, etc., aspectos vitales para garantizar el éxito en el desarrollo y el crecimiento de la familia (Cañedo Iglesias, 2007).
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Autores:
Dr. C Ángel Luis Gómez Cardoso.
Profesor Titular. Departamento de Educación Especial. Facultad de Educación Infantil. Instituto Superior Pedagógico José Martí. Camagüey. Cuba
Dr. C Pedro Luis Castro Alegret.
Investigador Titular del ICCP Ministerio de Educación. La Habana. Cuba.
MSc. Olga Lidia Núñez Rodríguez.
Profesora Auxiliar. Departamento de Educación Especial. Facultad de Educación Infantil. Instituto Superior Pedagógico José Martí Directora del Centro de Diagnóstico y Orientación. Camagüey. Cuba.
Lic. Flora Cabrera Pérez.
Profesora Instructora. Departamento de Educación Especial. Facultad de Educación Infantil. Instituto Superior Pedagógico José Martí. Camagüey. Cuba.
Lic. Milagros Rementería Gómez.
Profesora Instructora. Departamento de Educación Especial. Facultad de Educación Infantil. Instituto Superior Pedagógico José Martí. Camagüey. Cuba.
Lic. Tayli Vives Labrada.
Profesora Asistente. Departamento de Educación Especial. Facultad de Educación Infantil. Instituto Superior Pedagógico José Martí. Camagüey. Cuba.
Enviado por:
Cristian Omar Espinosa
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