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En esto coinciden, entre otros autores, Quintanilla, Villoro y Bunge.
Este último parte de definir a la ciencia como un "conocimiento racional, sistemático, exacto, verificable y por consiguiente falible. Por medio de la investigación científica, el hombre ha alcanzado una reconstrucción conceptual del mundo que es cada vez más amplia profunda y exacta."
Y a continuación precisa lo siguiente:
"La ciencia como actividad —como investigación- pertenece a la vida social; en cuanto se la aplica al mejoramiento de nuestro medio natural y artificial, a la invención y manufactura de bienes materiales y culturales, la ciencia se convierte en tecnología."
Con Quintanilla, a su vez, "distinguiremos dos grandes clases de técnicas: las técnicas artesanales o preindustriales y las técnicas industriales de base científica. Para estas últimas reservamos el término tecnología."
Más adelante, ratifica que tecnologías son las "técnicas productivas que incorporan conocimiento y métodos científicos en su diseño y desarrollo", para cerrar con la siguiente observación, que da sustento a este escrito:
"Son precisamente las tecnologías las técnicas que mayor interés filosófico suscitan, y es la importancia del conocimiento científico en los procesos técnicos a partir de la revolución industrial la que justifica el creciente interés de los filósofos de la ciencia por la filosofía de la técnica."
En base a estas referencias analizaremos a la tecnología considerándola como una totalidad que comprende, como dice el mismo Quintanilla, a las "técnicas productivas que incorporan conocimiento y métodos científicos en su diseño y desarrollo", y además a los objetos por ella producidos y especialmente a lo que representa este conjunto como poder y potencialidad del hombre en su relación consigo mismo y con el mundo.
No resultará ociosa la inclusión de los productos de la tecnología entre los rasgos que la definen si se considera, por un lado, que ellos son la materialización concreta de su existencia y, por otro, que la velocidad con que se generan nuevos objetos, sus crecientes niveles de complejidad y el impacto con que se producen sus epifanías (desde el espectacular lanzamiento de Windows 95 hasta el multi-show que fue la Guerra del Golfo) como expresión de su potencialidad, poder y vitalidad, se presentan estrechamente imbricados. Análogamente, no se puede pensar a la filosofía sin las filosofías y sin las obras de los filósofos que las postularon ni a la literatura sin las obras que la constituyen.
No casualmente Mumford inicia su análisis del tema refiriéndonos la historia y exhibiendo en detalle las peculiaridades de la máquina. Precisamente este autor ayuda a fundamentar, en parte, los conceptos antes expuestos cuando señala:
"Durante un siglo hemos aislado los triunfos técnicos de la máquina; y nos hemos inclinado ante la obra del inventor y del científico; alternativamente hemos exaltado aquellos nuevos instrumentos por su éxito práctico y los hemos despreciado por la limitación de sus logros."
Luego abre una de las primeras puertas hacia el primer nudo que se pretende desatar aquí:
"Cuando se examina el tema nuevamente, sin embargo, encontramos que en la máquina existen valores humanos que no sospechábamos..."
Posteriormente se retomará la cuestión de la máquina; pero ahora nos detendremos en el núcleo fundamental de este trabajo, y que trata, precisamente de eso: de la cuestión humana.
El análisis de la tecnología como problema filosófico debe partir de considerar en primer término el factor humano. Sobre este eje -y como queda demostrado en las conceptualizaciones de los autores ya citados- resultará fácilmente comprensible la función mediadora tanto de la técnica como de la tecnología. Corresponde entonces determinar la naturaleza del vínculo principal, esto es, el del hombre y su entorno:
Estos postulados constituyen lo que en el discurso de la tecnocracia se denomina "la trampa antropocéntrica" y constituyen la antítesis de lo que aquella representa. Al advertir contra enfoques como el que orienta este trabajo, los tecnócratas y sus amanuenses pontifican que "sólo hay tecnología cuando el discurso sobre la técnica es tecnológico." Esta pretensión, cuestionada en los cinco puntos precedentes, implica -de hecho- que sólo los tecnócratas juzguen a los tecnócratas. Y guarda ciertas resonancias con lo que se puede inferir de la propuesta de Bunge de crear una ética de base científica, para cuya evaluación sólo estarían capacitados los científicos.
Así, las relaciones francas entre filosofía y tecnología pueden resultar altamente peligrosas para la tecnocracia, el cientificismo y los grupos de poder que se benefician con su accionar y con la vigencia de sus postulados pues pueden dejar al descubierto que ese triángulo constituye un ámbito del que deben cuidarse quienes están fuera de él.
Entendiendo que no hace falta demostrar el carácter instrumental de lo tecnológico, queda pendiente, sin embargo, precisar sus proyecciones más allá de lo instrumental.
Partimos de considerar a la tecnología como generadora de otro mundo, más allá -aunque dentro- del mundo de lo humano: el mundo de los objetos, con los que el hombre tiene diversas relaciones y a los que les otorga valor. En este plano existen objetos sin sentido, efímeros, completamente innecesarios para la vida, justificados sólo por la artificialidad como estilo que ellos expresan; sin embargo estos objetos determinan deseos y movilizan una enorme maquinaria destinada a producirlos y a venderlos. Paradójicamente, constituyen lo más conspicuo del sistema, la ideología y la cultura resultantes.
Puede apreciarse su funcionamiento -y el del conjunto de la realidad denominada "mundo de lo tecnológico", enfocando la cuestión:
A. Viaje al interior de la tecnología
Necesariamente, todo sistema de ideas -más aún si debe vincularse con la realidad-, en un momento tiene que pensarse a sí mismo. Ello implica la determinación de una imagen y una valoración de sí con respecto al medio sobre el que opera, sea éste la sociedad, el mercado o el mundo de las almas a las que hay que salvar. Y "si significa un sistema de valores, representaciones y conceptos", aun cuando se les pretenda dar carácter científico, este pensarse configura una ideología. Manuel García Pelayo trata magistralmente este aspecto en la obra ya mencionada.
La configuración del poder y de sus sub-sistemas, constituye un bloque tan homogéneo, en el que lo aparente encubre a lo real, que ciertas perspectivas humanistas, más allá de cuanto podamos coincidir en la base principista de sus descripciones y críticas, terminan negándose en la práctica cotidiana.
Ernesto Sabato -quien coincide con Mumford en muchas de sus descripciones, aunque no en su precisión- es uno de los ejemplos más evidentes de la situación referida. Sólo que Sabato se escandaliza, abandona la Ciencia (con mayúscula) y se dedica a denunciar la perversidad de sus ex colegas. Mario Bunge enfoca el tema de la valoración ética de las decisiones librándola a lo que dicte la conciencia de los científicos y tecnólogos o a su capacidad para resolver las formulaciones lógicas de su "tecnoética", como si todo terminara allí. Con lo cual, razonará el corruptor -es decir, el que impulsa la toma de decisiones en el terreno de los hechos-, siempre habrá alguien al alcance de la paga ofrecida, ya se trate de dinero extra, prestigio, poder o la simple conservación del empleo. En Sabato el discurso es magnífico; en Bunge, las nuevas propuestas, son originales; en ambos casos, la actitud es valiosa, y en ambos, resulta inconducente.
Marcuse, en cambio, no parte de considerar los instrumentos sino de analizar su impacto, analizando los sutiles mecanismos y el objetivo de consolidar y mantener al sistema, que se oculta detrás de máscaras tales como "bienestar", "seguridad", etc., a lo que podríamos agregar "ciencia", "objetividad", "racionalidad" y, en un lenguaje más desenfrenado, "eficiencia", "productividad" y "resultados".
Fromm, como se verá más adelante, describe los mecanismos culturales, psicológicos e ideológicos que generan tales procedimientos y propone algunas soluciones, fundadas en la plena vigencia de un humanismo racional de tipo socialista.
Zona de riesgo
En este tramo nos acercamos a la riesgosa zona de la objetividad de la ciencia, que es el fundamento de la "racionalidad" tecnológica. Sin adentrarnos en tan espinosa cuestión, sólo se expondrán estas consideraciones:
1. La ciencia contemporánea, los parámetros científicos imperantes y los criterios de verdad y validez dominantes -empezando por el mismísimo concepto de ciencia- tienen carácter histórico. Corresponden a un estadio del desarrollo de la sociedad occidental, en el cual los hombres se miran a sí mismos y catalogan al mundo que los rodea, a los elementos que lo componen, a su organización social y a los instrumentos de relación entre ellos y con el mundo. Esto significa que surgen en un determinado momento de la evolución de la sociedad (c. 1.500), en un área determinada (Europa), en el marco de un determinado desarrollo social (agotamiento del poder feudal y surgimiento de la burguesía).
Así, el concepto de ciencia que hoy manejamos, constituye uno de los núcleos del llamado «proyecto de la modernidad». Y es parte del universo ideológico de esa clase, entonces en ascenso y luego triunfante, que sustentó gran parte de sus victorias en lo que las ciencias exactas y naturales le fueron dando, permitiéndole expandir su poder económico y político y «cerrar» su paquete ideológico, colocando a la altura de la propiedad privada la valoración universal, absoluta y excluyente de las «verdades de la ciencia».
Estas concepciones se corresponden con la noción fundamental -que encuentró en Fukuyama un eficaz vocero- de que el capitalismo es la más desarrollada y última etapa en la evolución de la humanidad. Una humanidad que para hacerse digna de ese nombre deberá adecuarse a los parámetros de desarrollo y pasar por los estadios de evolución que condujeron a la organización de la sociedad de mercado.
2. "El método de las ciencias físicas residía fundamentalmente en unos pocos principios sencillos. Primero: la eliminación de las cualidades y la reducción de lo complejo a lo simple atendiendo sólo a aquellos aspectos de los hechos que pudieran pesarse, medirse o contarse, y a la especie particular de secuencia de espacio-tiempo que pudiera controlarse y repetirse o, como en astronomía, cuya repetición pudiera predecirse. Segundo: concentración en el mundo externo, y eliminación o neutralización del observador, respecto de los datos con los cuales se trabaja. Tercero: aislamiento, limitación del campo, especialización del interés y subdivisión del trabajo. En resumen, lo que las ciencias físicas llaman el mundo no es el objeto total de la común experiencia humana: es sólo aquellos aspectos de esta experiencia que se prestan a sí mismos a una observación precisa de los hechos y a afirmaciones generalizadas. Se puede definir un sistema mecánico como aquel en que una muestra al azar del conjunto puede servir en lugar del conjunto..."
3. "Si bien es cierto -dice Kurt Rossman- que la moderna ciencia de la naturaleza se había desarrollado no sólo fuera de la ontología metafísica y teológica tradicional, sino en abierta contradicción con ella, pese a que su impulso hay que buscarlo, en última instancia, en una pretensión metafísica de la verdad, es decir, en la exigencia incondicional de certeza cristiana de demostrar el poder y la bondad de Dios incluso en lo más insignificante de su creación." Y agrega Prigonine: "Una idea que he oído a menudo es que en la tradición occidental, Dios es racional y el ser humano es un intermediario entre Dios y la naturaleza. Puede participar de la razón de Dios y puede empezar a comprender las razones, la racionalidad que hay en el universo. Esa fue la idea de Leibniz. La idea de la racionalidad del universo es una idea occidental.(...) Yo no critico la racionalidad occidental, porque ha traído un enorme progreso, pero, al mismo tiempo, ha llevado a una extraña mentalidad con respecto a la naturaleza. Yo creo que lo que debemos hacer ahora es tratar de acercar estas dos mentalidades."
4. Sin entrar en consideraciones sobre los criterios de validez de la ciencia, es posible conjeturar que hay un uso ideológico de la ciencia, fundado en la tendencia a la cuantificación que es uno de sus parámetros fundantes. Yendo más allá podemos considerar que la ciencia es ideológica, no en lo que hace a su actividad específica -esto es, observar, comparar y establecer leyes conforme a un método- sino en la pretensión absoluta de universalidad. Creo que este factor es el que le otorga densidad ideológica a la ciencia considerada como totalidad y es lo que fortalece la argumentación en el momento de tomar decisiones y de marcar líneas de acción para el desarrollo de la tecnología. El resguardo que pretenden tomar los tecnócratas contra "la trampa antropocéntrica" tiene su fundamento en la creencia de que sus procedimientos son científicos y que responden a una determinada legalidad, "en cuyo nombre se pueden justificar fenómenos parciales o globales ilegítimos desde otros principios de legitimidad".
5. En este marco, y a diferencia de lo que ocurre con la técnica, el costado ideológico de la ciencia es mucho más evidente el de la tecnología. La técnica es netamente instrumental y puede considerarse aséptica desde el encuadre funcional que la define, es decir, entendiéndola como un hacer y un saber hacer. Es decir, tomada en su costado fáctico -pues eso es la técnica: un sistema del hacer- y centrándose en el punto de la ejecución, la técnica parece dejar de lado las consideraciones socio-económicas y las fundamentaciones científicas, que inspiran a lo tecnológico. Por lo demás, las técnicas circulan, son de libre apropiación. No ocurre lo mismo con la tecnología, que supone un despliegue estructural, recursos financieros y una considerable concentración de información.
García Pelayo describe los parámetros de realidad de la que llama "civilización tecnológica", según la cual es real aquello que:
"i. Es comprobable empíricamente; ii. Es de algún modo cuantificable; iii. Es operacionable o manipulable; iv. Es útil o funcional para el mantenimiento de un sistema; v. Es comunicable o, más concretamente, forma parte de un proceso de comunicación"
Y remata diciendo:
"Los valores, las normas y las ideas que no sean controlables, manipulables, funcionales, cuantificables y comunicables, no son reales, sino irreales o ideales."
6. La tecnología, con su componente científico de fuerte base ideológica es también ideológica ella misma, en tanto es funcional al sistema. Si la técnica puede considerarse como propia "del hombre", esto que entendemos como tecnología debe considerarse como propio del modo de producción capitalista en medio del cual surge, para el cual surge y por el cual se desarrolla, consolida y autonomiza.
7. La suposición de que la ciencia y la tecnología, en el marco social en que vivimos, son asépticas, es indudablemente ideológica.
8. De todas maneras, el análisis que estamos encarando asienta sus plantas más en el terreno de las ciencias humanas y sociales, en tanto sus manifestaciones se dan en el marco de las relaciones entre personas circunscriptas social e históricamente.
B. Tecnología, y qué
Vivimos una época sustancialmente distinta de las anteriores, a la que algunos autores denominan Civilización Tecnológica, Era de la Tecnología, Tecnológica o, como Brzezinski, Tecnetrónica.
Mumford se abstiene de imponer nombres para no caer en "el sesgo corriente de considerarlo (al desarrollo tecnológico) como el factor dominante de mayor importancia, como aún hace la gente cuando caracteriza con ingenuidad nuestro período como la Edad del avión a reacción, la Edad nuclear, la Edad del cohete o la Edad espacial."
Exagerando los ejemplo (Fresán y Galeano llegarían a aplaudir) también podría haberse hablado de la Era de la plancha o de la estufa a kerosén. Y si ello no ocurrió fue porque en aquellos casos se trataba de productos de fuerte impacto y significación social o porque el avión a reacción, la energía atómica y los viajes espaciales fueron realizaciones técnicas dotadas de un alto contenido científico, que se fueron presentando en forma aislada.
Sin embargo, hoy estamos en presencia de la tecnología como algo totalizador, tan inserto en la cotidianeidad como la plancha (o más) y dotado de una potencialidad -en sentido aristotélico- cuyo límite es la imaginación. Por lo tanto, lejos de ser una ingenuidad, hablar de la Era de la tecnología supone poder hacerlo en dos niveles: uno de alcance similar al de los ejemplos; otro mucho más comprensivo, que contiene y supera a todos los productos que la tecnología genera y refiere a la dinámica particular que adquieren las relaciones entre las personas y los grupos sociales, que configura de manera distinta la visión misma que el hombre tiene de sí mismo, del mundo y de su relación con él y con sus semejantes.
Brzezinski define a la tecnetrónica como "una sociedad modelada, cultural, psicológica, social y económicamente no por el tradicional proceso industrial sino por el impacto de la tecnología y de la electrónica, particularmente por las computadoras y los más modernos medios de comunicación." Advierte que "los cambios que provocaron (la Revolución Francesa o la Revolución Bolchevique) se relacionaban con alteraciones en la distribución del poder y de la propiedad dentro de una sociedad, pero no afectaron la esencia de la existencia individual y social. Y dice que "los habitantes de los países desarrollados experimentarán, en las próximas décadas, mutaciones potencialmente tan fundamentales como las que advinieron a través del lento proceso evolutivo que condujo de la experiencia animal a la humana."
Nótese la referencia a "los países desarrollados".
García Pelayo, por su parte, describe "una nueva estructura o realidad histórica surgida, por un lado, de la unidad entre la investigación teórica y la técnica, en la cual la investigación exacta y el dominio del objeto son dimensiones inseparables, y, de otro, de la explotación de sus posibilidades por los intereses económicos y por el poder político. Estos fenómenos han dado origen a una realidad objetiva dotada de un específico logos al que corresponden (subjetivamente) unos modos de percepción y de actuación ante ella."
Estas referencias son más que suficientes para plantar una caracterización general del objeto de análisis en este tramo.
Ahora bien: ¿cómo se vislumbra una sociedad organizada en torno a la tecnología?
Buena parte del trabajo de Brzezinski trasunta lo que podríamos denominar su objetivo estratégico, que apunta al control del mega-fenómeno que la tecnología determina al instalarse en el seno de la sociedad, considerada esta tanto a nivel de los países individualmente, como a nivel mundial. Aflora en dichas consideraciones lo que García Pelayo denomina "tecnología social", en la cual "la fundamentación ontológica y axiológica queda relativizada o, más bien, aniquilada, ante la funcionalización de los conceptos mismos de verdad y de valor", organizados en "un sistema de enunciados y proposiciones teóricas (dirigidos) a su aplicación práctica"
Leemos al ex secretario de Estado de James Carter:
"En la sociedad tecnetrónica posindustrial, los privilegios de la plutocracia deben enfrentarse al reto constante de los dirigentes políticos, entre los cuales abundan cada vez más los individuos especialmente dotados en cuanto a talento o capacidad. Los conocimientos se convierten en instrumentos de poder."
Salta a la vista que los individuos talentosos cuyos conocimientos son instrumentos de poder no son ni más ni menos que los tecnócratas –y Brzezinski era uno de ellos. Seguidamente, y tras agregar (pag. 45) que en la nueva era "...difícilmente tendrán cabida las utopías doctrinales", agrega:
"En la sociedad tecnetrónica, la posibilidad cada vez mayor de reducir los conflictos sociales a dimensiones cuantificables y mensurables, fortalece la tendencia enfocada a un mayor pragmatismo cuando se trata de resolver los problemas y las cuestiones sociales."
Y a continuación, llama a los filósofos:
"La nueva sociedad tendrá necesidad de grandes talentos y de cierta sabiduría filosófica, para manejar e integrar los cambios que se prevén. En otra forma, la dinámica del cambio podría dictar caóticamente las modalidades de la transformación social."
Esta situación preocupa a un pensador tecnocrático, interesado en procesos de ingeniería social, aunque envueltos en una pátina humanista. Sin embargo, desconoce que los procesos de cambio verdaderamente profundos, se produjeron, con mayor o menor grado de violencia, cuando los modelos de organización de la sociedad fueron insuficientes para atender a la supervivencia de los grupos sociales y no pudieron contenerlos. O, dicho en términos marxistas, cuando las relaciones de producción entraron en contradicción aguda con las fuerzas productivas, generando situaciones altamente conflictivas y movimientos sociales caóticos. Los verdaderos procesos de transformación -aunque hayan cristalizado lentamente- surgieron del caos para dar lugar a un nuevo orden, cada vez más libre, justo y equitativo. Nunca se dieron por la vía del orden y del control social y no hubo jamás filósofo capaz de impedirlo.
Completamos esta tecno-semblanza, vista desde arriba, con dos de sus elementos característicos:
"En la sociedad tecnocrática diríase más bien que se tiende a reunir el apoyo individual de millones de ciudadanos no coordinados, los cuales se hallan al alcance de la mano, por decirlo así, de personalidades magnéticas y atractivas que explotan con habilidad las más recientes técnicas de comunicación para manipular las emociones y la inteligencia del público. El predominio de la TV refuerza la tendencia a reemplazar el lenguaje con imágenes, las cuales superan las limitaciones inherentes a una lengua, y a fomentar una participación más cosmopolita, pero mucho más impresionista, en los asuntos mundiales."
Resta ver cómo se percibe, cómo influye la tecnología en nuestra cotidianeidad.
Máquinas
Mumford recomienda conocer la máquina para conocer nuestra sociedad, ya que siendo un producto del ingenio humano y de su esfuerzo, "entender una máquina no es un mero paso para orientar de otra manera nuestra civilización; es también un medio para entender la sociedad y para conocernos a nosotros mismos." Y agrega que hasta ahora hemos adoptado la máquina sin entenderla por completo.
Ello no impidió -o en todo caso favoreció- situaciones que, en sus grados extremos, llegan a ser profundamente negadoras de lo humano.
Algunos ejemplos nos acercarán una referencia directa del tipo de relación que tienen los hombres de nuestra época con la máquina -es decir, con el sistema de artefactos de epifanía del mundo tecnológico- y con la tecnología como totalidad.
En los casos más elementales estos ejemplos refieren a actitudes de familiaridad (al fin y al cabo, se trata simplemente de máquinas); en otros casos indican reconocimiento de la potencialidad de las máquinas para hacer cosas no ya para los hombres sino en lugar de ellos. Y en los niveles más agudos, -que son, paradójicamente, los indicadores de un mayor nivel de gravedad- hallaremos situaciones y actitudes que reflejan una fascinación subyugante del hombre y la vida con respecto a la máquina y a lo tecnológico
Sus manifestaciones más ingenuas consisten en expresiones del lenguaje popular tales como "!Qué máquina!", con referencia al cuerpo de una mujer atractiva, "Alberto es una máquina de trabajar", "River es una máquina de hacer fútbol", o "Qué hacés, máquina", como saludo cordial entre los jóvenes.
Esto nos habla de una personalización del objeto, propia también de los últimos 50 años o más que se corresponde con una objetivación –reificación- del sujeto.
Para ello, yendo más atrás en el tiempo, hacia principios de siglo, encontraremos un ejemplo extremo de este tipo de actitudes, que implican, naturalmente, determinadas valoraciones y una manera de entender el mundo. Se trata del Manifiesto Futurista, en el que Marinetti y los suyos proclamaban su compromiso estético, que establecía claramente su actitud ante la vida, una actitud ajustada a una ideología y a un proyecto que exaltaban todo lo contrario:
Manifiesto Futurista (Fragmento)
Declaramos que el esplendor del mundo se ha enriquecido con una belleza nueva: la belleza de la velocidad. Un automóvil de carera, su armazón adornado con grandes tubos, como serpientes con aliento explosivo... un automóvil que ruge, que parece correr sobre una granada de metralla, es más hermoso que la Victoria de Samotracia.
Cantaremos al hombre del timón, cuyo árbol ideal atraviesa la tierra, lanzándose sobre el circuito de su órbita.
Queremos glorificar la guerra -única donadora de salud del mundo-, el militarismo, el patriotismo, al brazo destructor del anarquismo, las ideas bellas que matan, el desprecio a la mujer.
Queremos destruir los museos, las bibliotecas, luchar contra la moral, el feminismo y todas las vilezas oportunistas y utilitarias.
Cantaremos a (...) la vibración nocturna de los arsenales y los talleres bajo sus violentas lunas eléctricas; las voraces estaciones que tragan serpientes humeantes; las fábricas suspendidas de las nubes por sus cuerdas de humo; los puentes que saltan como gimnastas por encima de la diabólica cuchillería de ríos bajados de sol; los arriesgados navíos que huelen a horizonte; las locomotoras de ancho pecho que corvetean sobre los rieles, como grandes caballos de acero enjaezados con largos tubos; el deslizante vuelo de los aeroplanos, el sonido de cuya hélice es como los aletazos de banderas y el aplauso de una muchedumbre entusiasta.»
La violencia no es meramente verbal: es fácil advertir, tanto en el tono como en la articulación de los términos utilizados, el corpus ideológico subyacente. Todo lo contrario a lo que podemos leer en Walt Whitman, quien también cantó a la locomotora y al progreso, aunque desde un sitial que hundía sus raíces en la vida y apuntaba a celebrarla y a celebrarse a sí mismo y a toda la creación.
Los futuristas logran, de manera muy simple, conjugar a la máquina con la destrucción, a la producción y a los artefactos con la violencia, al trabajo con la negación del hombre, a la tecnología con la muerte.
Este discurso es muy transparente, y como se trata de una proclama, el sustrajo ideológico está a la vista.
Sin embargo, en la realidad cotidiana, que anuda las relaciones sociales con hilos muy sutiles y por lo tanto difíciles de detectar y desatar, las cosas suceden de otro modo.
Sería ocioso analizar la discriminación y la discriminación a partir de, por ejemplo, el discurso hitleriano, cuando sus manifestaciones cotidianas tienen una apariencia de ingenuidad y tolerancia.
Maquinaciones
Con una ironía que se parece más al dolor que al asombro, Erich Fromm comenta una caricatura publicada en el New Yorker, en la que una vendedora que trata de convencer a una joven cliente para que compre un perfume. El argumento empleado es «Huele como un coche sport nuevo.»
En la misma obra, el gran pensador habla de "un industrialismo burocráticamente organizado y descentralizado", donde los gustos se manipulan para incrementar el consumo, lo cual constituye una parte importante de la verdad. Porque conviene advertir que no existe una intención perversa en los fabricantes y vendedores. Es su modo de vida y es su sistema.
Más interesantes y abarcadoras pueden ser las siguientes reflexiones:
"La civilización burocrático-industrial que triunfó en Europa y Estados Unidos (y) creó un tipo nuevo de hombre, que puede describirse como el hombre organización, el hombre autómata y el homo consumens. Es, además, homo mechanicus, por lo que entiendo un hombre artefacto, profundamente atraído por todo lo que es mecánico, y predispuesto contra lo que es vivo."
Objetos
A tal punto llega esa predilección de los artefactos tecno-mecánico sobre lo vivo que se llega a la plena sustitución: las muñecas inflables y aun los mismos juegos de realidad virtual no son nada comparados con lo que en su momento fue la "mascota" electrónica conocida como tamagochi.
En los dos primeros casos las reglas de juego están claras: se trata de sustitutos destinados a simular situaciones. En cambio, con la mascota electrónica se planteaba un caso de sustitución de situaciones, ligadas a las emociones de los niños, en la más patética y horrorosa demostración del fenómeno descrito por Fromm y del complejo de situaciones largamente denostado por Sabato. No se trata de vender productos que alivien las tareas, reemplacen a otros productos o ayuden a atenuar la incomunicación, como sería el caso de, por ejemplo la TV. El tamagochi puso en juego la posibilidad (y demuestra la capacidad) del sistema para manipular sentimientos.
Si se desvía el desarrollo del afecto por los seres vivos hacia artefactos electrónicos, la preferencia por las cosas estará instalada hasta lo más profundo. ¿Cómo abrigar la esperanza de que ese niño se reconozca en otro, de que no trate a otro como cosa o de que no valore las cosas por encima de las personas?
Hoy en nuestra sociedad, de acuerdo con los discursos más viscerales que se expresan a través de los medios de comunicación y por boca de «comunicadores» enfermos, tiene más valor la propiedad que la vida humana. Vale más un pasacasettes que la vida de un ladrón, es decir, de un ser humano que se apodera de una cosa.
En este contexto es lógico que la estructura montada para hacer la guerra del Golfo un show televisivo y la audiencia que tuvo toda la programación, se corresponden en grados crecientes de gravedad con los ejemplos que acabo de exponer.
"Hay un número grande de hombres que se interesan por coches sport, aparatos de televisión y radio, viajes espaciales, y por gran número de artefactos, más que por las mujeres, el amor, la naturaleza o la comida; que se sienten más estimulados por la manipulación de las cosas inorgánicas, mecánicas, que por la vida. (...) El homo mechanicus se interesa cada vez más en la manipulación de máquinas que en tomar parte de la vida y responder a ella. En consecuencia, se hace indiferente a la vida, se siente fascinado por lo mecánico y al fin atraído por la muerte y la destrucción total.(...) Y ni siquiera es demasiado rebuscado suponer que el homo mechanicus se siente mucho más orgulloso y fascinado por dispositivos que pueden matar a millones de kilómetros y en unos minutos, que asustado y deprimido por la posibilidad de tal destrucción en masa."
Así, como dirían los comentaristas políticos con lenguaje de contadores, el modelo cierra. Y Brzezinski puede darse por satisfecho:
"En la sociedad tecnocrática diríase más bien que se tiende a reunir el apoyo individual de millones de ciudadanos no coordinados, los cuales se hallan al alcance de la mano, por decirlo así, de personalidades magnéticas y atractivas que explotan con habilidad las más recientes técnicas de comunicación para manipular las emociones y la inteligencia del público. El predominio de la TV refuerza la tendencia a reemplazar el lenguaje con imágenes, las cuales superan las limitaciones inherentes a una lengua, y a fomentar una participación más cosmopolita, pero mucho más impresionista, en los asuntos mundiales."
Al hablar de la "religión cibernética", Fromm señala la dificultad para describir el fenómeno y comenta que
"lo más sorprendente es que el Hombre se ha convertido en un dios, porque ha adquirido capacidad técnica para realizar "una segunda creación" del mundo, que reemplaza a la primera creación por el Dios de la religión tradicional; también podemos formular esto así: hemos convertido las máquinas en dioses, y nos hemos vuelto divinos sirviendo a las máquinas. Poco importa la fórmula que elijamos; lo importante es que los humanos, en un estado de absoluta impotencia real, se imaginan omnipotentes en su relación con la ciencia y la técnica.
Este aspecto de la religión cibernética corresponde a un período de desarrollo más alentador; pero cuanto más nos atrapan el aislamiento y nuestra falta de reacciones emocionales ante el mundo, y al mismo tiempo cuanto más inevitable parece un fin catastrófico, más maligna se vuelve la nueva religión. Dejamos de ser los amos de la técnica y nos convertimos en sus esclavos."
Todos los caminos parecen encaminarse hacia la "selva oscura" en la que se extravió Dante. Las resonantes críticas de Sabato encuentran tanto inspiración como eco en gran parte de los autores que, desde una perspectiva humanista han escrito sobre el tema. Así, mientras Jaspers dice que "los hombres se convierten en piezas del proceso técnico" y describe la insatisfacción y la inquietud que los invade, Mumford y el autor de El túnel coinciden en señalar a la intelectualización, la cuantificación, la abstracción y la «cosificación» como características de la sociedad industrial moderna. Fromm remata el concepto agregando que "la gente que vive en ese sistema se hace indiferente a la vida y hasta es atraída por la muerte. No se da cuenta de ello. Toma los estremecimientos de la emoción por las alegrías de la vida y vive con la ilusión de que está mucho más viva cuantas más sean las cosas que posee y usa".
Objeciones
Se advierte que las situaciones de subyugación con respecto a la máquina sólo se han atenuado en sus manifestaciones extremas del tipo futurista, aunque se han intensificado por la multiplicación de los mecanismos de control -sujeción- que describe Marcuse. Dichos mecanismos actúan a través de varias vías que convergen, se cruzan y se superponen de manera aparentemente inorgánica, pero que responden a una lógica y hasta a una planificación, como podemos advertir al analizar la organización, composición y estrategias de los grandes grupos económicos.
Esto debe ponernos al resguardo de enfoques paranoicos, empeñados en detectar conspiraciones por doquier. Es fácil advertir que el sistema económico-político-ideológico genera sus propios mecanismos de preservación y los echa a rodar con la certeza de que terminan articulándose. La planificación política y económico-financiera cabalga sobre esa realidad.
A partir de la reconceptualización del término tecnología he analizado su vínculo con la ciencia -destacando su carácter ideológico-, su organización y dinámica interna -estrechamente vinculada con lo anterior- y su presencia en el nivel de las relaciones de los hombres con sus productos, aunque de un modo muy general.
Las Objeciones que voy a plantear son, más que nada, descripciones y análisis más detallados, de este último aspecto, que se completará al determinar cómo se vinculan los hombres con lo tecnológico en abstracto.
Luego de describir los que llama "instrumentos críticos" de la tecnología moderna y de indicar que todos eran conocidos en otras culturas, Mumford concluye que tales culturas tenían máquinas; pero no que no habían desarrollado la máquina. Y precisa que fue tarea de "los pueblos de Europa occidental llevar las ciencias físicas y las artes exactas hasta un punto que ninguna otra cultura había alcanzado, y adaptar toda la forma de vida al paso y a las capacidades de la máquina." Se pregunta entonces: "¿Cómo ocurrió esto? ¿Cómo pudo la máquina, de hecho, apoderarse de la sociedad europea hasta que esta sociedad, por una acomodación interna, se rindiera a la máquina?"
Si bien Quintanilla dice que "la filosofía de la técnica no es sólo una teoría de lo artificial o de los artefactos entendidos como entidades, sino de la realización de artefactos", el objetivo de esta parte de la exposición parte de considerar precisamente la interacción de los hombres con los artefactos y con la tecnología de la cual emanan. Los tramos precedentes refieren elocuentemente a este vínculo, por lo cual debemos partir de considerar el seductor desarrollo mumfordiano referido al reloj, al que se define como la máquina-clave de la moderna edad industrial."
La persona que recibe un objeto, un producto de la naturaleza, del arte, de la industria o de la tecnología siente que recibe o puede recibir algo de esa cosa, aun cuando se trate de una pura fantasía. Legítimamente puede preguntarse ¿Qué me da esta cosa? O, en otros términos: ¿Qué hace este artefacto?
"El reloj, -dice Mumford- además, es una máquina productora de energía cuyo ‘producto’ es segundos y minutos: por su naturaleza esencial disocia el tiempo de los acontecimientos humanos y ayuda a crear la creencia en un mundo independiente de secuencias matemáticamente mensurables: el mundo especial de la ciencia."
Desde las primitivas formas de organización, la noción de conocimiento, de saber, se asoció -acertadamente- a la de poder. La veneración, el respeto y el temor que infundieron hechiceros, magos y sacerdotes por su vínculo con lo sobrenatural y con lo desconocido, se explica en base a que esos conocimientos implicaban saber qué, un saber cómo y un efectivo poder hacer. A partir de sus primeros desarrollos, la ciencia moderna fue trasvasando ante los ojos de la sociedad el predicamento, el prestigio de los saberes pre-científicos hacia el cántaro de las nuevas ciencias. En el período de transición no se alcanzaba a distinguir cuáles de esos sabios eran agentes del demonio y cuáles no, con lo cual el traspaso del prestigio tuvo una repercusión que al stablishment no le hubiera convenido que tuviera. Al consolidarse la modernidad se consolida también la ciencia como uno de sus pilares, y el imperio de una se sustenta en gran parte en el prestigio de la otra.
De allí que algo similar a lo que Mumford refiere con respecto al reloj, ocurra hoy con los productos de alta tecnología, dotados en sus partes esenciales de componentes electrónicos: cualquiera sea su naturaleza refieren por un lado a la ciencia, pero más que nada -y a través de ella-, a la potencialidad y al poder del hombre que finalmente flota sobre la naturaleza como el espíritu de Dios flotaba sobre las aguas.
Ocurre también que la ciencia llegó a ser un componente conceptual y simbólico muy fuerte del pensamiento iluminista, y más intenso aún en el positivista. Hoy, en el marco de una transmutación de la dinámica social, ha cedido su sitial de privilegio a la tecnología. Este predicamento de lo tecnológico tiene una explicación sencilla: la ciencia se supone, se intuye; la tecnología se ve. Se hace evidente en los objetos que produce y en la parafernalia y en la potencialidad -virtualidad- que permite imaginar.
Es este y no el endiosamiento de la máquina que atormenta a Sabato y preocupaba a Fromm, el fenómeno que determina la subordinación de la sociedad a la tecnología como un todo, que se expresa en objetos alcanzables y sobrevuela, permanece y puede expandirse hasta el infinito.
Si en algún momento hubo un endiosamiento de la máquina, hoy la tecnología, entendida como una megamáquina se manifiesta a través de una miríada de íconos: las mercancías, los productos que concitan toda la veneración, tanto de iniciados como de profanos.
Y lo que ayer hizo la magia, plantada en el imaginario social como "un atajo hacia el conocimiento y el poder", hoy opera a través de la tecnología, que es también percibida como un atajo hacia el poder, en el marco de una sociedad despersonalizadora, en la que cada uno tiende a ser nadie, salvo que la TV abra las puertas de la trascendencia y el reconocimiento o que en internet uno pueda recuperar un amigo perdido en Europa o iniciar un romance a partir del chateo con alguien que se ha desvelado en Singapur.
Resta ver por qué razón la tecnología como un todo, como un poder abstracto, ideal (si bien referido a objetos y procesos y a un poder hacer), actúa como lo hace en el imaginario colectivo.
Esto escribía desde Jamaica Cristóbal Colón, en 1503:
"¡Cosa maravillosa es el oro! Quien tiene oro es dueño y señor de cuanto apetece. Con oro, hasta se hacen entrar las almas en el paraíso"
Colón nos deja aquí una clarísima definición de lo que es el dinero para el común de la gente: es algo maravilloso, que implica la posibilidad de hacer. ¿Que? Todo o casi todo lo que uno imagine.
Ese es el halo mágico del dinero. El mismo que rodea a la tecnología.
De ahí que el dinero sea objeto de anhelo, de temor, de reverencia. Configura uno de los parámetros de validación social de las personas. Es el indicador del éxito. Y de hecho constituye el poder real que impera sobre todas las sociedades. ¿Quién diría que estos mismos atributos no le caben a la tecnología?
Tenemos entonces a la tecnología, como un universo ideal (aunque materializable), que permite hacer, que implica poder, que genera reverencia, que domina, que es temida y deseada, que otorga prestigio a quien la maneja o la detenta, que simboliza poder, que tiene poder y que por lo tanto, es objeto de pleitesía, etc.
"Lo que aquí reviste, a los ojos de los hombres, la forma fantasmagórica de una relación entre objetos materiales no es más que una relación social concreta establecida entre los mismos hombres. Por eso, si queremos encontrar una analogía a este fenómeno, tenemos que remontarnos a las regiones nebulosas del mundo de la religión, donde los productos de la mente humana semejan seres dotados de vida propia, de existencia independiente, y relacionados entre sí y con los hombres. Así acontece en el mundo de las mercancías con los productos de la mano del hombre. A esto es a lo que yo llamo el fetichismo bajo el que se presentan los productos del trabajo tan pronto como se crean en forma de mercancías y que es inseparable, por consiguiente, de este modo de producción."
Tenemos entonces una equiparación entre las relaciones que las personas establecen con la tecnología y con el dinero.
De hecho, tal conexión existe. Por un lado, la tecnología genera bienes, está incorporada al proceso productivo. La alta tecnología requiere considerables inversiones que generan una tasa de ganancia decreciente aunque se recupera en los enormes volúmenes que ella misma ayuda a generar. Por otro, tiene precio: la venta de tecnología a través de patentes, royalties y licencias es un negocio de muy alta rentabilidad.
Por último, ¿qué es la tecnología en este marco? Es la clave para el incremento de la productividad del trabajo, la reducción de costos por unidad de producto, el arma fundamental del aniquilamiento de la competencia en el mercado de mercancías y la guerra comercial. Yendo un poco más al fondo observamos que la tecnología (con todo su componente científico y con las ingentes masas de recursos financieros que requiere) es también fruto del trabajo. Tal vez de un tipo especial de trabajo, pero trabajo humano al fin de cuentas.
Jaspers sostiene que "existe (...) una diferencia esencial entre la acción creadora que conduce a la invención técnica y el trabajo que se limita a aplicar la invención y producir grandes cantidades mediante la repetición de lo igual."
Considero que se trata de una diferencia operativa, de procedimiento; cualitativa, si se quiere, pero no esencial. La propuesta de Jaspers plantea la contradicción entre trabajo manual y trabajo intelectual y supone que este último tiene alguna preeminencia en tanto trabajo. En ambos casos hay esfuerzo, en ambos hay trabajo: puede haber diferencia de grado, pero estas diferencias no alcanzan a rozar las esencias de uno y otro tipo de trabajo. Por lo tanto, es objetable el criterio deslizado por tan prestigioso autor, toda vez que -como ocurre con prácticamente todos los investigadores científicos, tecnólogos y técnicos- se trata de personas que producen (artefactos o conocimiento) a cambio de un salario.
Naturalmente, si producen, si generan valor (sea este aplicable directa o indirectamente a la producción), en algún momento ese trabajo adquiere la forma de mercancía, ya se trate de tecnología o de bienes materiales. Escribe Karl Marx:
"Como el dinero no revela lo que ha sido transformado en él, todo, sea una mercancía o no, es convertible en oro."
Y, consigna seguidamente,
"El precio o la forma dinero de las mercancías es, como su forma de valor en general, una forma distinta de su corporeidad real y tangible, es decir, una forma puramente ideal o imaginaria."
Este fenómeno del fetichismo de la tecnología permite no sólo aportar un ángulo de análisis distinto al hecho tecnológico en su relación con la sociedad contemporánea. Implica la posibilidad de acercarnos a una más clara comprensión del costado ideológico al que se hizo referencia al principio de este trabajo.
A partir de este enfoque será más claro entender que los males que aquejan a la sociedad contemporánea no son producto del desarrollo de tecnologías perversas, sino del perverso desarrollo de la tecnología. Y que la responsabilidad de las decisiones escapa sobradamente a los científicos y tecnólogos tanto como a los grupo de obreros que montaron con sus manos cada una de las V 2 que los alemanes arrojaron sobre Londres, las bombas que los norteamericanos arrojaron en Japón, Vietnam y Bagdad o los torpedos que hundieron al Belgrano.
Sin dudas, hay niveles de responsabilidad decreciente, proporcional a la información que se maneja. Sin dudas, como dice Sastre, uno puede decir que no. Pero es sabido que también podemos decir que no a cientos de cosas menores a las que cotidianamente les decimos que sí.
Esta ingenuidad -culposa, por otra parte- preside el discurso pseudo-ecologista que se lamenta porque el hombre está arruinando el planeta. ¿Qué hombre? ¿El obrero que abre las compuertas para llenar de ácidos los ríos o el sistema industrial que exige permanentemente reducir costos?
Conste que no hemos siquiera rozado una de las más conflictivas y dolorosas consecuencias del desarrollo de la tecnología, cual es la que se refiere a "una inmensa multitud de trabajadores manuales potencialmente a la deriva, (que) se convertirá en un problema cada vez más serio", ni a la tendencia a la "impersonalización" del poder económico, debido a la aparición de la interdependencia, sumamente compleja, de las instituciones gubernamentales (incluso las militares), los establecimientos científicos y las organizaciones industriales."
Y como no interesa culpar o exculpar, conviene sí señalar que el núcleo de las responsabilidades, aun cuando no consignemos nombres ni marcas, es fácilmente reconocible.
Para salir de la ingenuidad hace falta correrse de lugar, adoptar otra visión, observar a los fenómenos desde distintas ópticas.
La cuestión es ahora cómo corregir las situaciones referidas. Y esto nos lleva al tramo final de este trabajo y que contiene una propuesta y varias reflexiones de valor conclusivo.
Lo posible, lo necesario, lo conveniente:
Una propuesta
Al tocar estas cuestiones, Edgardo Galli enseña que ante un panorama como el que acabamos de ver, se impone adoptar una tecnología conveniente. Esto requiere -por parte de los tecnólogos- la firme decisión de no ceder a las presiones que exigen el uso de determinadas tecnologías, haciendo en cambio una selección criteriosa de las posibilidades y necesidades de los receptores de las mismas, así como de los riesgos que implicaría su utilización.
No se está aquí en situación de indagar ni de proponer tecnologías convenientes; se puede en cambio evaluar las posibilidades que están a nuestro alcance y se orientan en esa dirección. Acaso, en un futuro no lejano, puedan contribuir a seleccionar, impulsar y promover tecnologías convenientes.
En concreto, se propone la incorporación del estudio de la filosofía –y es especial, de filosofía de la tecnología- en las carreras de grado de las llamadas ciencias duras, poniendo especial énfasis en las carreras de tipo técnico-tecnológico.
Usualmente las vías de abordaje de la tecnología por parte de la tecnología suelen ser la epistemología y la ética, enfoques ambos tan valiosos como necesarios, considerando que los nuevos campos del conocimiento implicarán necesariamente nuevas maneras de acceder a ellos y que los avances que constantemente se registran, plantean nuevos interrogantes que interesan a la ética, principalmente en torno a cuestiones vinculadas con la biología, la ecología, la salud y el empleo.
Trasladados a la formación universitaria de científicos y técnicos, estos temas suelen ser objeto de cursos de post grado o bien materias antipáticas para la mayoría de los estudiantes. Se propone en cambio adoptar otro enfoque, más comprensivo -en el doble sentido del término- que parta de considerar las características y objetivos que los futuros profesionales se fijen para el desarrollo de sus carreras y para el desempeño de sus actividades una vez graduados.
Se trata, en términos generales de proporcionar los elementos de la reflexión filosófica articulados con la problemática del quehacer científico, tecnológico, humano y social, en estrecha relación con el marco geográfico-cultural regional, que configuran los ámbitos en los que los estudiantes desarrollan su actividad de formación.
Las siguientes reflexiones pretenden ser el fundamento de la propuesta:
Por lo tanto, la ética planteada en abstracto –es decir como mera sistematización enunciativa- no ofrece posibilidades a un desarrollo comprensivo de la cuestión. Se hace necesario, por consiguiente, ampliar el campo de conocimientos filosóficos para favorecer el desarrollo de una ética comprensiva.
La problemática referida a lo largo de este trabajo apunta a consolidar un nuevo enfoque de la tecnología en su relación con la sociedad, considerada desde una perspectiva filosófica.
La propuesta formulada en el capítulo anterior procura, como queda dicho, referirse a la necesidad de fortalecer lo humano -a través de la filosofía- en la formación de los técnicos.
El porvenir de la filosofía en un mundo altamente tecnificado depende, en gran medida de la decisión de los filósofos, de su capacidad para meterse en problemas; es decir, de detectar, plantear y resolver los conflictos que el desarrollo de esta actividad tendrá que suponer. Porque una filosofía que no plantee conflictos -o que no entre en ellos-, seguirá siendo considerada como un lujo intelectual para gente con escaso sentido práctico, lo cual equivaldrá a reducir la consideración que de ella y de sus aportes tenga la sociedad.
Por eso la propuesta que aquí se formula parte de introducirse en la problemática de la tecnología en su relación con la sociedad, con la idea de aportar elementos para abordar problemas concretos que interesan a quienes deberán resolverlos.
Significa esto que la filosofía no deberá ser ni descriptiva ni prescriptiva, porque ello equivaldría a programarla en un chip e insertarlo en la cabeza de los científicos y tecnólogos.
En términos más generales, significa que la filosofía no debe ser introducida como un componente más de la tecnología, sino que debe ayuda a establecer nuevos enfoques de la cuestión tecnológica en el marco de lo social, a fin de que lo humano sea siempre la cuestión central que presida la actividad y los desarrollo tecnológicos entendidos como parte del desarrollo humano integral.
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Autor:
Hugo Pérez Navarro
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