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Fundamentos filosóficos de la estética (página 2)




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El problema fundamental de la estética, cono disciplina filosófica, es el de establecer la relación entre la conciencia estética del individuo y lo estético objetivamente existente. Según M. S. Kagan el problema fundamental –o como él le llama "central"- de la estética es el de la relación entre el arte y la realidad (es especial con la de la vida) (2). Esto no es del todo exacto. El arte, como quiera que se entienda (ya bien sea en el sentido estrecho de la palabra -como el fruto de la actividad artística de los artistas, es decir las obras de arte- o ya bien sea en el sentido amplio de la palabra -como el sistema de relaciones "artista – obra de arte – público"- es siempre el fruto de un grupo reducido de personas y no de la sociedad en general. El hombre común, el hombre que incluso puede no tener una relación directa con el arte tiene, también, una conciencia estética. Esta conciencia estética es objeto, a su vez, de la estética como ciencia. La estética estudia no solo el mundo del arte, sino el universo de la sociedad en general. El arte es, a lo sumo, la expresión concentrada de lo estético o su potencialización, en particular de la conciencia estética.

Desarrollo

El arte es una esfera relativamente independiente de la producción espiritual. Está asociado a la división social del trabajo y pertenece a un grupo reducido de personas. El hombre común consume el arte como consume una mercancía. Por eso, la conciencia estética del conjunto de individuos que conviven en una sociedad es más general que el "mundillo" del arte. De aquí que la forma más general de esta relación es entre la conciencia estética del hombre individual (y del conjunto de los hombres individuales que viven en una sociedad) y lo estético objetivamente existente (y no del arte con la realidad).

El problema estriba en que fuera del hombre individual (y del conjunto de los hombres individuales que viven en una sociedad) existe lo estético como algo objetivamente existente. Este estético, como algo objetivamente existente, no se puede reducir a la suma de las conciencias individuales (lo que sería considerarlo, en última instancia, subjetivo), sino que existe fuera de la conciencia individual, tanto del hombre individual como del conjunto de hombre individuales que viven en una sociedad. Existe objetivado como concepto hecho sociedad, como un sistema de conceptos objetivados, plasmados, cosificados, solidificados, petrificados y sedimentados en forma de relaciones sociales.

¿Cómo es que existe lo estético objetivado socialmente?, como relación social. Lo bello, lo feo, lo trágico, lo cómico, lo sublime, lo ridículo, lo heroico, lo vil y todas las categorías estéticas existen como relación social, en el comportarse del individuo de unos con otros, en las posiciones que asumen en su relacionarse. Es una actitud que relaciona a los hombres unos con otros, Claro que este comportarse, relacionarse, etc., es una idea más, pero una idea objetivada. Existen (estas categorías), por tanto, como concepto hecho sociedad.

La acción independiente del hombre individual siempre es, como norma, consciente. Al menos interesa socialmente en tanto que es consciente. La conducta animal del hombre no interesa a los efectos históricos. Ahora bien, al actuar (estos hombres) chocan las distintas voluntades, de modo que se forma un paralelogramo de fuerzas del que surge una resultante, resultante que es, como norma, algo que nadie quería. La resultante del choque de estas distintas voluntades no es consciente. Es, por ello, algo objetivo. Es un hecho histórico que se petrifica y plasma como sistema de relaciones sociales. Los conceptos estéticos (lo bello y lo feo, lo trágico y lo cómico, lo sublime y lo ridículo, lo heroico y lo vil, etc.) se proyectan en el accionar de los hombres individuales, pero chocan y se entrecruzan de modo que se obtiene una resultante en forma de concepto estético objetivado.

El problema estriba en que el hombre proyecta, en su accionar, lo estético en la misma medida en que lo estético, objetivamente existente, se proyecta en la cabeza del hombre. Al venir al mundo, el hombre asimila espiritualmente, incorpora lo estético a su conciencia de múltiples maneras, fundamentalmente descodificando el sistema de las relaciones sociales, en las cuales se encuentra plasmado y objetivado lo estético. Por eso, el hombre individual hace lo estético en la misma medida en que lo estético, objetivamente existente, hace la conciencia del hombre.

Este concepto estético objetivado es tal que existe en tres esferas distintas. Existe en la esfera del ser como ser social (esfera ontológica). Existe como debe ser de la realidad social (como esfera deontológica). Y existe como el quiere ser (a lo que nosotros dimos en llamar esfera teleológica).

Notemos algo. En el mundo estético la esfera del quiere ser (o esfera teleológica) tiene significativa importancia. En la relación estética con el mundo, el hombre se proyecta fundamentalmente en esta tercera dimensión. Lo bello, lo sublime, lo heroico y todos los conceptos del sistema de valores estéticos buscan la perfección del ser y del debe ser, la completitud del ser y del debe ser. La función social fundamental del arte y de lo estético es la de completamiento de la realidad. El mundo de lo estético y del arte (y de la relación estética del hombre con la realidad) busca, fundamentalmente, completar el ser y el debe ser, hacerlos más plenos, es decir hacer de estas realidades algo no como es o como debe ser, sino como se quiere que sea. El hombre hace un mundo a su medida, en función de sus fines y aspiraciones. Este mundo hecho teleológicamente es esencialmente lo estético. Por eso no se conforma con lo que el mundo es, ni con lo que debe ser; sino que lo complementa. Esta complementación de la realidad es lo estético.

La idea es no sólo conocimiento, sino también deseo, aspiración (3). El hombre crea una segunda naturaleza y se enreda en un sistema de relaciones sociales no sólo a imagen y semejanza de la primera naturaleza (en la primera naturaleza también encontramos sistemas de relaciones), sino superándola (se trata de la superación de la primera naturaleza en lo estético conforme a los fines y aspiraciones humanas). Según Aristóteles la misión del arte –más exactamente: del poeta- no consiste en hablar de lo realmente sucedido, sino de lo que hubiera podido suceder, de lo posible (4). En lo estético (y en el arte en especial), el hombre actúa conforme a ideales, recreando la naturaleza. El hombre con su conciencia no sólo refleja el mundo objetivo, sino que lo crea (5). Esta creación es esencialmente conforme a ideales. El ideal, es decir la representación social sobre lo más perfecto que constituye el fin último de la actividad humana, es la dimensión fundamental de lo estético. La relación estética del hombre con la realidad es esencialmente conforme a ideales.

Según Kagan el ideal es el cuadro de lo deseado, la imagen viva de lo que soñamos, y según él el ideal tiene un acceso a la esfera estética más directo y abierto que a ninguna otra esfera de la vida espiritual (6). Los demás ideales (político, moral, etc.) se realizan, fundamentalmente, por la vía de lo estético. En la práctica, el hombre tiene un solo ideal (el ideal es único, aunque puede ser internamente contradictorio) y lo que podemos hacer es hablar de sus dimensiones en los distintos planos (moral, político, etc.). Por otra parte, el ideal es, esencialmente, concreto. En la dialéctica de lo abstracto y lo concreto en torno al ideal, la dimensión abstracta se subordina a lo concreto. Este carácter concreto del ideal humano se pone de manifiesto esencialmente por medio de lo estético. Lo estético como imagen refleja de la realidad es concreto (figurativo, singular, individual, etc.), es una forma en que lo general se da a través de lo particular, y lo universal a través de lo singular. De aquí que la imagen artística y estética de la realidad sea concreta (figurativo, etc). Por ello, la dimensión estética del ideal humano es esencial.

El cerebro del hombre puede apropiarse del mundo de dos maneras: ya en forma de conocimiento teórico, adquirido por medio de operaciones abstracto-lógicas, ya en forma de conocimiento práctico, adquirido por vía artístico-religiosa (7). Claro que esto hay entenderlo en unidad: la una complementando la otra. En un inicio -a la altura de la conciencia sincrética del hombre primitivo- venían unidas. Notemos algo, la forma artística (o, más exactamente, –como él llama- artístico-religiosa), es la que da el contenido concreto al ideal, es la que se manifiesta fundamentalmente como lo concreto en el ideal. El ideal que se desprende de las formas abstracto-lógicas no puede aportar lo concreto como lo aporta las formas artístico-religiosas. En particular, lo concreto en el ideal humano lo aporta lo artístico (o estético). Lo religioso es sólo un complemento de lo estético. Lo estético es más viejo que lo religioso. La conciencia religiosa, aún bajo la forma sincrética en el hombre primitivo, presupone la conciencia estética. La magia, el tótem, el fetiche, el mito, etc. presuponen la forma figurativa de lo estético. Sin lo figurativo aportado por lo estético no es posible ninguna construcción intelectual religiosa.

Un ideal abstracto no es un ideal en el pleno sentido de la palabra. El ideal requiere ser concreto. Por eso, las formas abstracto-lógicas no pueden ser el soporte fundamental del ideal humano. Aunque el ideal presupone el complemento abstracto, lógico. Sin grados elementales de abstracción no es posible ninguna función intelectual. Pero esta abstracción no pasa de ser en el ideal humano inicial (allá en las profundidades del salvajismo) una forma primigenia, elemental, rudimentaria, etc., comparada con el peso de lo figurativo aportado por lo estético. Lo estético y la conciencia estética es lo que da "carne" en general al ideal humano, pues es lo que lo hace ser esencialmente concreto.

La conciencia estética y lo estético, objetivamente existente, son una fuerza productiva más, son la forma esencial del ideal del hombre (y de la sociedad). Lo estético es el núcleo de la primera forma de conciencia. Por medio de él (de lo estético), desde un inicio, el hombre realiza sus fines y aspiraciones. Es cierto que en un inicio todas las formas de conciencia venían mezcladas. La conciencia del hombre primitivo era sincrética. Pero dentro de este sincretismo, lo primero que se destaca como una forma relativamente autónoma es lo estético (y lo artístico). El ideal estético es la forma fundamental de creación y de recreación de la realidad. Es la forma por excelencia que permite completar el ser y el debe ser en función del quiere ser. Por medio de lo estítico (y del arte) el hombre (y la sociedad primigenia) crean un ideal que es auto perfeccionamiento de la vida social, auto superación de la limitación de la vida social. El ideal estético es una dominación de la naturaleza y de la propia sociedad. Es el primer acto de dominio del hombre, su forma esencial. Sin el ideal estético el hombre no podría elevarse sobre la naturaleza y dominarla. Lo estético es la fuerza que propulsa al hombre a esta elevación y es el primer acto de libertad. Es la forma fundamental de creación y de recreación de la segunda naturaleza y -lo que es más importante- de creación y recreación de la madeja de relaciones sociales. En lo estético (objetivamente existente) y en la conciencia estética individual el hombre perfecciona la realidad, la supera, es decir crea una realidad conforme al hombre, en otras palabras conforme a sus metas y aspiraciones. Por eso es una fuerza productiva más.

Lo estético es la forma exterior que toma la actuación humana. Toda actuación humana, cuando se trata de un acto de libertad (lo que desde un inicio en mayor o menor grado está presente en el comportamiento del hombre), es un acto conforme a lo estético y bajo la forma de lo estético. Se es libre en el acto estético. Y como la libertad se va adquiriendo por la sociedad paulatinamente desde un inicio prácticamente, entonces este acto estética es primigenio. No se trata aquí de que lo estético surgiera con el hombre (lo estético no surge con el hombre), sino de que la primera forma de conciencia acusada como una esfera relativamente independiente es lo estético.

Este móvil (lo estético) se supeditada en última instancia a la economía y la familia, es decir a los factores determinantes en última instancia del desarrollo social. Lo estético no es más que una forma de hacer consciente los motivos económicos y familiares. El ideal estético (en particular, el de la belleza) se puede reducir, en última instancia, a razones económicas. Es bello lo que económicamente es bello. El hombre crea según las leyes de la belleza (8). O lo que es lo mismo, la forma de realización de la creación humana es la forma de lo bello (y de lo estético en general, una vez que lo estético no puede ser reducido a lo bello). De modo que la economía se impone por medio del acto de la creación como economía creada o como creación económica.

Notemos algo. Comúnmente lo estético se interpreta como si fuera algo "inútil", algo puramente "altruista" o "totalmente desinteresada". Al respecto I. Kant nos dice que cada cual debe confesar que el juicio sobre belleza en el que se mezcla el menor interés es muy parcial y no es un juicio puro de gusto, y afirma que cada cual tiene conciencia de que la satisfacción en lo bello se da en él sin interés alguno (9). Esto hasta cierto grado es cierto, pero de aquí no se puede sacar la conclusión de que el arte (y lo estético) no sea un motivo de la economía. Los que así piensan no ven el entronque de lo estético con las fuerzas productivas de la humanidad, de modo que ven en lo estético algo "que está por demás entre los hombres" (como la apéndice en el ser humano), algo que "el hombre hace por gusto o improductivamente" (pero nunca por una razón práctica). Lo estético es tan práctico como la economía. El primero es expresión del segundo. Y no es que el hombre guarde una relación puramente utilitaria con lo estético, pero lo estético es tan útil como cualquiera otra fuerza productiva. Es una de las primeras fuerzas productivas creadas no por la naturaleza, sino por el propio hombre.

Lo bello (como categoría fundamental de lo estético) no es otra cosa que la correspondencia de lo real (ya bien sea de la realidad natural o ya bien sea de la realidad artificial, de la creada por el hombre, en particular como obra de arte) con el ideal estético, objetivamente existente. Y el objeto nos resulta bello individualmente cuando se corresponde con el ideal subjetivado que tenemos de lo estético en nuestra conciencia individual. Claro que el ideal de lo bello, objetivamente existente, es histórico y clasista, y claro que el ideal subjetivado que tenemos de lo bello es personalizado. Pero así y todo lo bello tiene una dimensión universal, razón por la cual es una fuerza productiva más. El hombre está dispuesto a renunciar a un ideal de belleza una vez que ha elaborado otro superior. Y será superior aquel ideal de belleza que encarne el ideal de la clase social que sea la fuerza social más progresista de la sociedad.

El artista en el fondo lo que hace es interpretar, aprehender, asimilar lo estético (objetivamente existente) y plasmarlo en su obra de arte de formas pura, condensada, etc. (incluso superando la propia realidad), de modo que plasme lo que los hombres aspiran que sea (realizando el ideal de forma concreta en la obra de arte), es decir perfeccionando el ser y el debe ser. El artista se apropia del ideal estético de una sociedad, de un grupo social, de una clase, etc., ideal estético que existe objetivamente, y lo plasma de forma pura en su obra de arte. Hasta dónde la obra de arte encarna lo estético (en particular lo bello) es una cosa que depende del grado de maestría del artista y de su genialidad para captar lo estético (o en su lugar, lo bello).

El primer intento por analizar teóricamente lo bello fue hecho por los pitagóricos. Estos afirmaban que lo bello es una ley objetiva de la naturaleza (la belleza como propiedad natural). Esta concepción resurgió después muchas veces y hoy algunos hablan de la belleza como la simetría, el ritmo, la medida, la armonía, la forma, etc., en las cosas. El punto de vista de los pitagóricos fue sometido a crítica por Platón. Éste se vio forzado a buscar la belleza en la relación entre lo material y lo ideal, como afinidad del objeto a su previa imagen ideal, entendiendo lo ideal como principio espiritual del mundo. El punto de vista platónico se mantiene hoy día en muchos autores. Este punto de vista –el de Platón- fue criticado, a su vez, por Hume y Kant, según los cuales la belleza es una determinación subjetiva, como juego de fuerzas espirituales, etc. Los neokantianos desarrollaron el punto de vista anterior. Hoy día, muchos teóricos tratan de encontrar la belleza en la relación de lo objetivo con lo subjetivo, tratando de hacer renacer los elementos racionales del punto de vista subjetivista y del punto de vista objetivista. Claro que hay una determinación subjetiva de la belleza (la belleza como contenido de la conciencia individual). Pero la belleza sale de lo subjetivo a lo objetivo, como determinación de la conciencia social, como la belleza plasmada, objetivada y solidificada en el sistema de relaciones sociales. Platón descubre la naturaleza objetiva de la belleza, pero malinterpreta esta determinación, al considerar el mundo de las ideas (de las cuales las cosas reales son copias) como primario. La belleza es de naturaleza objetiva e ideal (en lo fundamental), pero también de naturaleza social (es decir, secundaria a la naturaleza).

El problema de la relación entre la conciencia estética individual del hombre (y de la humanidad) con lo estético (objetivamente existente) es el problema fundamental, como vimos, de la estética como disciplina. Este problema tiene varios subproblemas a tratar. En primer lugar, se trata de saber si fuera de la conciencia del hombre individual o de la conciencia del conjunto de hombres individuales existe lo estético, como algo objetivamente existente. Este problema ya lo resolvimos anteriormente. En segundo lugar, una vez que declaremos lo estético (además de subjetivo) objetivo, entonces hay que responder a la cuestión de saber quién determina a quién: la conciencia estética individual a lo estético objetivamente existente o, por el contrario, lo estético objetivamente existen a la conciencia estética individual. Y en tercer lugar, responder a la pregunta de si estos dos estéticos (el subjetivo y el objetivo) son coincidentes, idénticos.

Es evidente que lo estético objetivamente existente determina en última instancia a la conciencia estética individual. Se trata de la relación entre la conciencia individual y la conciencia social. Aquí hay que presumir que la conciencia social determina en última instancia la conciencia individual.

El ideal estético (el de belleza fundamentalmente), objetivamente existente, se forma en el choque de las distintas voluntades, surge como un concepto más objetivado y plasmado como sociedad. No es que el hombre individual parta, en un inicio (allá en las profundidades de la sociedad primitiva), de conceptos estéticos subjetivos, para después proyectar esta subjetividad en objetividad. El punto de partida de lo estético es su estado objetivo y no su estado subjetivo. Esto se explica perfectamente por el hecho de que el concepto, que se hace sociedad, surge como algo totalmente nuevo, en general, del choque de las voluntades. Chocan las voluntades, partiendo de determinados conceptos, y surge una resultante, que es a su vez un concepto totalmente nueva.

La acción inicial (la del hombre primitivo) era aestética. Lo estético no surgió con el surgimiento del hombre. Hubo un tiempo en que existió la sociedad y no existía lo estético. Lo estético surgió después. Cuando la división del trabajo (latente en el seno de la sociedad salvaje) se desarrolló al grado tal en que el trabajo físico concreto del hombre individual no coincidía con la actividad del grupo (al cual pertenecía). La actividad espiritual (de este hombre individual) al desarrollarse la división del trabajo no coincide con la actividad física (de este propio hombre individual). El individuo, aquí (a la altura de este estado primitivo), tiene que representarse íntegramente la actividad del grupo (al cual pertenece), pero ejecutar sólo una operación aislada (como parte de la actividad integral del grupo). Con ello se da la premisa esencial para que la actividad intelectual se separe de la actividad física, no sólo a escala del grupo sino también a escala del propio individuo. Ahora lo que el hombre individual hace físicamente no coincide con lo que el hombre individual hace intelectualmente.

Surge entonces la idea de cómo hacer las cosas de forma socialmente organizada, la idea de la división del trabajo, inicialmente bajo las formas naturales, es decir por el sexo, la edad, etc. Esta idea de la división del trabajo no coincide con el trabajo propio del individuo. Por tanto, idea del trabajo y trabajo físico son distintos. Pero si esto es así, entonces el individuo tiene ahora un proyecto de esta actividad. No se trata aún de un ideal estético, sino de una idea-proyecto inicial. Mientras el grupo era reducido y esta división del trabajo era muy simple, esto no acarreaba consecuencias secundarias. Pero cuando se desarrollo la división del trabajo, al grado tal en que chocan las distintas voluntades formándose un paralelogramo de fuerzas, entonces surge una resultante, que es en el fondo lo que nadie quería. Surge así un nuevo hecho histórico: un ideal social, el ideal de actividad humana de este grupo social. Este ideal, como vimos, tiene por núcleo esencial lo estético.

Antes de este momento, el hombre primitivo veía la naturaleza como un cuerpo no orgánico que le pertenecía (10), de modo que este hombre instintivo no se destaca a sí mismo de la naturaleza (11). Pero cuando ya el hombre diferencia su actividad intelectual de su actividad física y se forma un ideal social, como algo objetivo, que se encuentra fuera de los hombres individuales, entonces el hombre deja de ser un ser instintivo (deja de comportarse según los instintos) y empieza a comportarse según ideales.

El ideal mediatiza la conducta humana. El animal (y el hombre instintivo) se comporta según un programa muy simple. Ante un estímulo se obtiene una respuesta muy determinada. Su psiquismo lo hace moverse en el sistema "estímulo-respuesta". El hombre que idealiza su actividad mediatiza su conducta. El esquema en este caso es "estímulo-ideal-respuesta", de modo que a un estímulo dado no se obtiene una respuesta predeterminada de antemano. El ideal determina la respuesta (y no el instinto).

En un inicio este ideal social era muy rudimentario. Pero así y todo contenía los elementos esenciales de lo estético, aunque con un sincretismo de los otros elementos de conciencia, los elementos que más tarde devinieron en formas de la conciencia social. El ideal es, esencialmente, un fenómeno estético, o es lo estético (objetivamente existente) el componente fundamental de este ideal. El desarrollo ulterior de este ideal es el desarrollo, entre otras cosas, de lo estético.

Las categorías de lo estético (no sólo lo bello y lo feo, sino también lo sublime, lo ridículo, lo trágico, lo cómico, lo heroico, lo vil, etc.) son el fruto de un largo desarrollo social. No es que estas categorías se encuentren instaladas únicamente en la conciencia individual (como muchos creen), sino que existen objetivamente plasmadas en el sistema de las relaciones sociales. Ellas son las formas en que existe plasmado el ideal social (fundamentalmente el ideal estético) en la sociedad. Estas categorías estéticas existen plasmadas y objetivadas como relaciones sociales, son conceptos hechos sociedad.

De aquí lo difícil que es definir estas categorías (darles una determinación racional). Estas categorías existen plasmadas como valores en el sistema de relaciones sociales, y sólo se pueden aprehender (en lo fundamental) en la interacción social con ellas, al descodificar el sistema de las relaciones sociales. Esto es lo que hace el artista con su obra de arte: apropiarse el concepto y plasmarlo en su obra. La vía gnoseológica para apropiárselas (aunque funciona) no es determinante. Es el artista el que es el especialista en descosificar estos conceptos (y no el científico o el filósofo), aunque el científico y el filósofo pueden, también, acceder a ellas. El análisis científico filosófico de estas categorías no interesa aquí.

El tercer aspecto de este problema fundamental (el de la relación de la conciencia estética individual y colectiva con lo estético, objetivamente existente) es el de la identidad o el problema de saber si entre la determinación subjetiva de lo estético y la determinación objetiva existe identidad, es decir saber si estas dos determinaciones son equivalentes, iguales, coincidentes o idénticos.

Muchos autores niegan esta identidad de múltiples maneras. Algunos declaran lo estético como incognoscible o no asequible a la razón. Si lo estético se declara irracional, entonces no es posible la identidad entre la forma subjetivo-consciente y lo estéticamente objetivo, pues la forma racional (conceptual) es imprescindible para la toma de conciencia (de forma subjetiva) en términos de identidad de lo estético. Pudiera pensarse, por ejemplo, que el placer estético se deriva del inconciente, que aquél (el placer estético) es una función de los "instintos" irracionales del hombre, ocultos en el inconciente. Si ahora identificamos el placer estético (la forma subjetiva individual en que toma cuerpo la "percepción" de lo estético objetivamente existente) con la toma de conciencia de lo estético, entonces se hace evidente que no es posible la identidad entre lo estético objetivamente existente con la expresión subjetivo de lo estético. Según S. Freud la aceptación conciente de los defectuosos procedimientos de lo inconciente es un medio para la producción del placer estético, más exactamente del placer de lo cómico (13). Para Freud no es posible la identidad en la medida en que lo estético es irracional. Según él buscamos extraer placer de la actividad del aparato anímico, lo que constituye –según él- la actividad estética (14). Quiere esto decir, que el hombre –según él- no puede formar una imagen racional de lo estético. De lo que se trata es de saber si el hombre puede, en su conciente, formar una imagen exacta, idéntica de lo estético objetivamente existente. Evidentemente la forma subjetiva de lo estético y la forma objetiva son coincidentes.

En la circulación espiritual de lo estético lo que se hace es objetivar y subjetivar en un sistema de dobles metamorfosis lo estético, que en esencia es uno. Aquí no interesa, por ahora, el acto de producción de lo estético. Lo que interesa es su proceso de circulación. Al apropiarse de lo estético objetivamente existente, el hombre lo que hace es descodificar, por medio de su actividad (y no necesariamente como acto puramente gnoseológico), este estético, de modo que la imagen subjetiva coincide con el concepto objetivo. El proceso inverso, el proceso de cosificación de lo estético por el hombre, por medio de su actividad, es, a su vez, el proceso de desubjetivación del concepto. Al objetivar el concepto y al subjetivarlo, al descodificarlo y cosificarlo, etc., el hombre no añade más ideal (concepto) del que hay en un inicio ni quita un ápice de lo ideal (concepto) en cuestión. Lo ideal (concepto) no brota de la circulación espiritual ni se consume en ella. Por eso, la identidad entre concepto objetivo y concepto subjetivo se desprende de la comprensión cabal de lo naturaleza de la circulación espiritual de lo estético.

Claro que esta identidad es sólo potencial, y es real sólo como proceso social, es decir entendido a escala social. A escala individual, cada individuo personifica un concepto muy limitado de lo estético (objetivamente existente). Cada cual se apropia el concepto de lo estético a su manera, es su subsistema de relaciones sociales, como concepto de clase social, de grupo social, de identidad cultural, etc. Además, esta apropiación es histórica, propia de una época, de un momento de existencia social. Pero así y todo, la identidad a escala social se da sin discusión. Lo estético, objetivamente existente, no es otra cosa (una vez que se instaura el sistema de dobles metamorfosis de la circulación espiritual) que la proyección de lo estético subjetivamente existente. La conciencia individual hace lo estético objetivamente existente, en la misma medida en que lo estético objetivamente existente hace la conciencia individual (se trata de este efecto en la circulación espiritual). Por tanto, lo estético objetivo y lo estético subjetivo son coincidentes.

Hay que señalar que en esta identidad se da la dialéctica de lo relativo y lo absoluto. Por una parte, lo estético subjetivamente existente es muy relativo. Es relativo al hombre, relativo al lugar social de este hombre. Es relativo a la época histórica que este hombre le toca vivir, etc. Pero, por la otra, en cada concreción a escala individual de lo estético hay un elemento absoluto. Lo estético, desde que surgió hasta nuestros días, es una continuidad histórica. En su desarrollo hay, como en toda la historia humana, una conexión histórica. Un nuevo concepto estético sólo puede erigirse sobre la cabeza muerta del anterior, de modo que contiene como momento suyo (entre otras cosas) el concepto anterior. Así, por ejemplo, el concepto moderno de lo bello, aún bajo la forma abigarrada de las diferencias individuales, es la continuación del concepto anterior (clásico, romántico, etc.), de modo que contiene un elemento absoluto.

Esta continuidad histórica de lo estético está condicionada por la continuidad histórica de la economía. La historia es, en última instancia, la historia de la economía. Pero la economía substantiva lo estético, de modo que lo estético tiene historia, aunque derivada de la economía. Es decir, tiene continuidad histórica. Esta historia hay que buscarla, fundamentalmente, en la dialéctica de lo relativo y lo absoluto.

Notemos algo. La historia de lo estético arranca del acto mismo de su producción. Es decir, en el acto de su producción (al chocar las distintas voluntades y formarse el concepto estético como algo objetivamente existente) el hombre parte (no ya en su inicio, sino después) de sus conceptos estéticos subjetivos, previamente formados. De modo que lo que viene después (lo estético objetivamente existente) es la continuación de lo que había antes. Pero lo que había antes (el concepto subjetivo) es el fruto de la descosificación del concepto objetivamente existente. Y así sucesivamente. El punto de partida hay que buscarlo, entonces, en el primer concepto estético formado (lo que ya vimos). Y como lo estético es una fuerza productiva más, entonces hay una historia de esta fuerza productiva (que es lo estético).

Ahora bien, en el hacer del hombre individual se crea también lo estético. Cada hombre individual (y en especial, el artista) crea, a su modo, lo estético, como estético objetivamente existente. Al proyectar su concepto subjetivo de lo estético, el hombre modifica el ideal estético (objetivamente existente). El hombre, con su conciencia individual, produce, también, lo estético, es decir modifica al cosificar su concepto subjetivo el ideal estético. La conciencia individual hace lo estético (objetivamente existente) en la misma medida en que lo estético hace la conciencia estética individual, lo que en esta dialéctica lo que determina en última instancia es lo estético objetivamente existente.

La conciencia individual tiene la peregrina cualidad de producir más ideal (se trata de lo ideal y no de "el ideal") del que se invirtió en su producción. Por eso, está en condiciones de producir lo estético (lo estético es de naturaleza ideal). El artista, en el fondo, se encarga de esto. El arte (lo que contiene al artista) existe en virtud de la división social del trabajo. Es una rama destacada de la producción espiritual (como la ciencia o la filosofía), que tiene por finalidad producir lo estético (en particular, lo bello). Según Kagan, el objetivo del arte consiste en ampliar, profundizar y organizar la experiencia estética de la humanidad (15). Esto es cierto, pero no del toda exacto. El arte no sólo metaboliza lo estético, sino que en cierta medida lo crea. La conciencia del hombre no sólo refleja el mundo, sino que también lo crea. El artista es el destacado por la división social del trabajo para la producción especializada de lo estético.

Claro que esta producción es tomando en cuenta lo estético objetivamente existente. El artista no vive un mundo independiente (como a veces se cree) de la experiencia social. Sea cual sea este arte (hasta el abstraccionismo o el formalismo), es siempre expresión de lo estético objetivamente existente. Es su continuidad. Recordemos que la conciencia estética del artista se forma en la descosificación de lo estético objetivamente existente. El artista, al plasmar su obra de arte, lo que hace es objetivar su conciencia. La obra de arte es una objetivación del contenido de conciencia. La obra de arte, aunque está plasmada (objetivada) en un soporte material no es nunca materialidad. Ella es obra de arte en virtud de que es la cosificación de una idea. Como obra de arte, interesa en cuanto es idea y no interesa en tanto que materialidad. Desde este punto de vista, la producción del artista es producción social.

El ciclo de la circulación espiritual, relativa a la circulación espiritual de la obra de arte, es el mismo que todo ciclo de la circulación espiritual; de su estado subjetivo (en la conciencia del artista) a su estado objetivo (plasmado en la obra de arte), y de éste a su estado subjetivo (descosificado por la conciencia del público). Comúnmente se piensa que la conciencia artística de los hombres individuales es esencialmente el reflejo del arte. Esta tesis olvida de que el arte, a su vez, es reflejo ideal, secundario a su vez a lo estético objetivamente existente. El arte no existe independientemente de lo estético, como lo estético objetivado en el sistema de relaciones sociales. Este estético es el verdadero soporte ideal de todo lo otro estéticamente existente.

El arte, por el contrario, es la verdadera conciencia individual de lo estético, lo verdaderamente subjetivo. La obra de arte no es más que la objetivación de lo subjetivo, que no es lo mismo que lo estético objetivamente existente. La obra de arte es una tercera realidad, que se levanta sobre la segunda, es decir el sistema de relaciones sociales. Junto a la conciencia individual estética del hombre individual (que puede no guardar relación con el arte, pero nunca no guardar relación con lo estético objetivamente existente como sistema de relaciones sociales) existe el reflejo artístico (es decir, el arte) de los artistas. El hombre común lo que hace es referirse a la producción de los artistas como si se tratara de su propia conciencia. El arista es el que se encarga, por la división social del trabajo, de producir la conciencia individual estética. O es su conciencia estética individual la forma más completa, armoniosa y acabada de la conciencia estética individual.

Por eso es que el hombre individual se relaciona con la producción del artista (con la obra de arte) como el que se relaciona con una mercancía, como algo que satisface una necesidad, ya no material pero sí espiritual. El hombre individual se dirige al arte porque es la forma más fácil (el camino más corto) de dirigirse a lo estético.

Notemos algo. Desde este punto de vista, el arte entronca con la realidad no sólo por su productor (es decir, por el vínculo de la conciencia individual del arista con la realidad), sino también por su público. El artista tiene que producir para un público, y es este público el que tiene necesidades, de modo que hay que producir para satisfacer las necesidades del público (y no por auto complacencia u otra razón). El artista puede auto engañarse y pensar que se complace a sí mismo en su acto de producción. Pero es el público el que avala la producción del artista, el que la hace social, sustantiva, etc.

El hombre común puede dirigirse (relacionarse) con lo estético (en tanto que concepto hecho sociedad) directamente (y de hecho continuamente lo hace), pero sede esta papel al artista. Es la razón de la división social del trabajo, de destacar un destacamento de hombres especializados en reflejar lo estético. Sin este destacamento, el hombre tendría que empezar de nuevo todos los días el acto reflejo (descosificativo). El artista suple (satisface) esta necesidad. El hombre común se relaciona con el artista como con el que produce una mercancía, como el especializado por la división social del trabajo. La relación que guarda con el arte es la misma que guarda con la filosofía o con la ciencia.

Notemos algo más. El hecho de que el arte sea ahora (en el mundo actual) una mercancía no quiere decir que siempre lo fuera ni que toda producción artística revista la forma de mercancía. El carácter mercantil de la producción artística se inserta en el desarrollo de la producción mercantil. El arte, la ciencia, la filosofía y todas las producciones espirituales son mercancías sólo en el contexto de una sociedad que ha desarrollado la producción mercantil hasta el punto de que la mercancía sea la célula económica de la sociedad. Antes de esto y fuera de esto, la producción espiritual no reviste la forma de mercancía. Pero una vez que existe la división social del trabajo, el hombre común se relaciona con la producción espiritual como con el producto del trabajo de hombres que se han especializado en dicha producción.

Es evidente que la imagen estética del hombre individual, ahora personificado en la imagen estética del artista (una vez que éste ha sustantivado o personificado en la división social del trabajo esta función), es coincidente con el concepto estético hecho sociedad. El uno agota el otro, aunque para ello tengan que subdividirse internamente. El problema estriba en que, en lo fundamental, cada clase social, cada grupo social, etc., tiene sus artistas (es decir, tiene su arte). Estos artistas, en calidad de sistema, encarnan el ideal estético de la sociedad, de modo que la forma más acabada de este ideal se encuentra en el ideal del grupo de artistas que sustantiva el progreso social. Pero no debemos confundirnos, cada grupo social, personificado en sus artistas, encarna un cuerpo relativamente independiente del ideal estético social, aunque se trate de grupos sociales que no sustantivan el progreso social (en lo fundamental). El ideal estético es de la sociedad, por eso tiene como momento suyo el cuerpo reaccionario (no sólo el progresista).

Este elemento se pierde de vista en ocasiones. El arte no es sólo el arte progresista, es también arte reaccionario. El cuerpo del arte es uno, aunque pueda ser internamente contradictorio. La función social esencial del arte es la de complementación de la realidad (cada forma de la conciencia social tiene una función fundamental que es exclusiva suya, y que las demás formas de la conciencia social sólo cumplen a medias), y la realidad se complementa para toda la sociedad (y no para un grupo social determinado). El arte es de la sociedad, aunque el ideal del grupo social de vanguardia es la punta más visible de este ideal (es su cuerpo fundamental). En esta unidad plural se da la identidad entre la conciencia estética y el ideal estético objetivo de la sociedad.

También el ideal estético de la sociedad es una unidad plural. Los distintos grupos sociales proyectan su conciencia individual (personificada en sus artistas), de modo que se obtiene una resultante, resultante que es algo distinta para cada grupo social, pero que entroncan (estas resultantes) las unas con las otras en una resultante total, que es en suma el ideal estético de la sociedad.

Se puede invertir la relación anterior. Es decir, se puede afirmar que por cuanto el ideal estético de la sociedad es una unidad plural, entonces la conciencia estética individualizada es, a su vez, una unidad plural. Es que los distintos grupos sociales ocupan posiciones distintas en la división del trabajo, de modo que proyectan su ideal social (no ya el estético en particular, sino el ideal en general) desde múltiples posiciones, obteniéndose la diversidad en el concepto hecho sociedad en cuestión. En esta dialéctica (en la dialéctica de la unidad y la diversidad) se da la identidad entre la conciencia estética individual y el ideal estético de la sociedad, ideal estético que es en lo fundamental objetivo, pues existe como concepto hecho sociedad (es decir, como conciencia social).

El segundo problema, o problema secundario de la estética (o problema central), es el de la propuesta estética que hace una u otra filosofía. Parece ser que los filósofos, los estetas, los teóricos, lo críticos de arte, los artistas, etc., no pueden permanecer indiferentes ante los distintos conceptos de lo bello, de lo feo, de lo trágico, de lo cómico, de lo sublime, etc., que encontramos en la sociedad, ya bien sea objetivado como conciencia social (como concepto hecho sociedad) o ya bien sea subjetivado como arte o conciencia individual. Cualquiera que sea la función (social, etc.) que se le atribuye al arte (y a lo estético) por uno u otro pensador, siempre nos encontramos con que hay una propuesta estética.

El arte es entendido de múltiples maneras por los distintos pensadores. Es entendido como aquello que debe causar placer estético, agradar, distraer, etc.; como lo que está llamado a educar al hombre, a ser el manual de la vida, etc.; como aquello que está encaminado a eliminar en las personas las impurezas de la vida humana real, a purificar las almas, etc.; como aquello que está encaminado al conocimiento más completo de la realidad, el conocimiento de las leyes de la vida humana, etc.; como aquello que su objetivo supremo consiste en crear modelos de la vida, prototipos según no lo que es la vida sino de cómo debe ser, etc.; como una condena de la realidad trivial, un desenmascaramiento severo e implacable de la vida, etc.; como un medio de comunicación, una especie de lenguaje, etc.; como aquello que sirve de auto expresión del individuo, como la expresión de lo inaccesible a la comprensión de otros, etc.; como una descarga de energía espontánea e impulsiva, como un juego del aparato anímico del individuo, como una expresión de lo lívido, etc.; como un sueño, una ilusión, una realización ilusoria de deseos irrealizables, etc.; como una depuración religiosa de las almas en su camino hacia el más allá, hacia la otra vida, etc.; como algo poli funcional, como aquello que no tiene función específicamente propia; etc. Pero cualquiera que sea su comprensión, siempre será (esta comprensión) una propuesta acerca de qué valores, conceptos, etc., debemos reafirmar y cuales debemos combatir, rechazar, etc. Surge la cuestión a saber: ¿el arte siempre necesariamente ha de ser una propuesta estética o puede pasar por alto esta propuesta?

Conclusiones

Parece ser que el individuo puede, dentro de sus posibilidades, acceder a los distintos conceptos estéticos de los distintos grupos sociales, si no en todos los casos al menos en la mayoría. El hombre puede cultivar su gusto estético, su facultad de apreciación estética, etc., de modo que puede desarrollar la capacidad de poder aquilatar los distintos conceptos de lo bello, de lo feo, de lo trágico, de lo cómico, de lo sublime, etc. Según C Marx, si quieres disfrutar del arte, debes ser una persona artísticamente instruida (16). Pero esto no quiere decir que no exista un perfil clasista en estos conceptos, que no haya una dimensión clasista o de grupo social en estos distintos conceptos. El proletario comunista difícilmente podrá identificarse con el burgués capitalista en su apreciación de lo heroico (y viceversa). Lo mismo se puede decir de lo sublime, etc. Las apreciaciones de lo heroico, de lo sublime, etc., de estos grupos sociales en ocasiones son antagónicas. Es lógico que así sea. Son grupos sociales (los burgueses y proletarios) que tienen intereses contrapuestos. Por tanto, reflejarán el mundo en oposición entre sí y las resultantes de sus voluntades (de la que nace el concepto estético objetivado) serán contrapuestas también entre sí. No puede existir armonía plena y identificación completa de lo estético en las sociedades antagónicas. El arte y lo estético es clasista. Por eso cada artista, cada filósofo, cada teórico, etc., tiene una propuesta estética. Pero, ¿cobra sentido proponer a los demás (en una especie de prédica social) lo que supuestamente debe gustarle?

Evidentemente que no.

Cada individuo sabe lo que le gusta. El gusto estético (la capacidad de aquilatar lo estético) es a posteriori en relación al ideal estético. Primero el hombre se apropia el ideal y después se pregunta si este o aquel objeto encaja o no en el ideal en cuestión. Por tanto, no hay que inculcarle nada a nadie, al menos por principio. El individuo parte siempre de sí mismo a la hora de adherirse a un concepto estético. Esto bien lo sabe el artista que se relaciona con el público como aquel que vende una mercancía. El artista Tiene (busca) su público y el público tiene (busca) su artista. La producción produce no sólo el objeto para el sujeto, sino también el sujeto para el objeto (17). La prédica estética ignora este hecho, el hecho de que no se crea un gusto estético por medio de la apreciación estética.

Claro que hay una dialéctica entre la apreciación y la formación del gusto. C. Marx señalaba que sólo la música despierta el sentido musical del hombre (18). Es decir, sin apreciar no puede existir gusto. Un gusto sin apreciación es abstracto. Pero si aquello es cierto (que el gusto presupone la apreciación) más cierto es lo contrario: que la apreciación presupone el gusto. Para apreciar se requiere del gusto, mucho más que la relación inversa. El ideal estético se hace objetivo. Después el individuo lo incorpora a su persona, en forma de conciencia individual. Sólo ahora está en condiciones de aquilatar lo estético, es decir desarrollar su gusto. Una vez instalado el gusto, puede apreciar lo estético (desarrollar el acto de constatar la adecuación o no adecuación del objeto en cuestión al ideal). Entonces ahora la apreciación repercute sobre el gusto: ¿de qué modo?, desarrollándolo. Lo que es efecto se trueca, a su vez, en causa. Es un sistema de acciones y reacciones. Pero la primera causa (el punto de partida) hay que buscarla en lo objetivo: en el ideal estético. Claro que de la misma manera que la sociedad produce al hombre, este produce la sociedad (19). Pero la sociedad en última instancia no es un producto del hombre (como en el contrato social de Russeau), sino que el hombre es un producto social.

Desde este punto de vista, el artista (y también el esteta, el filósofo, el teórico, el crítico de arte, etc.) lo que puede hacer es sugerir un concepto de lo bello, de lo heroico, etc. Pero bajo ningún concepto desarrollar una prédica al estilo de la prédica moral o de otra índole. No cobra sentido una conducta así. Es banal, inconsistente, sin sentido, superflua, etc. Claro que el artista se adhiere a un concepto muy específico de lo estético (como se adhiere el filósofo a su sistema). Pero esto sólo vale para el artista. El público es indiferente a esta postura del artista. Él (el público) se relaciona con la obra de arte como el que se relaciona con una mercancía. La propuesta del artista no puede pasar de una simple sugerencia (oferta, etc.). Y lo que vale para el artista, vale para el filósofo, teórico, crítico de arte, etc.

Vista así, la estética en su propuesta de lo estético no puede pasar más allá de esta supuesta sugerencia (aunque el esteta crea que puede lograr fines superiores). Vale aquí señalar, también, que el teórico (esteta, crítico de arte, etc.) tiene esta imagen invertida de las relaciones sociales porque desde su posición social refleja así las circunstancias. Él (el esteta, el teórico, etc.) cree poder manejar el concepto de lo estético, cree que éste se le subordina (como cree el jurista que se le subordinan los principios jurídicos), sin darse cuenta que el proceso estético (y de lo bello en especial) es objetivo. Desde la perspectiva de productor, el artista (esteta, teórico, etc.) cree manejar el proceso. Pero sólo lo logra en la medida en que, en el fondo, el proceso lo controla a él. El artista hace el arte, pero no de espaldas a la realidad; sino de frente a ella, en consonancia con ella. La historia hace al artista, y con éste su arte, y no el artista a la historia.

¿Qué importa entonces que el artista, filósofo, teórico, crítico de arte, etc., se adhiera o se adscriba a un concepto muy específico de lo estético, como se adhiere o adscribe el productor a su mercancía? El proceso real es otro, no ligado directamente a lo que quiere el productor. El proceso estético transcurre, como todo proceso de producción social, a espaldas de los productores, es decir como un proceso ideal-objetivo, cuasi natural. No cobra sentido, entonces, una propuesta estética más allá de lo que puede ser una sugerencia estética, al estilo de cómo se oferta una mercancía.

Bibliografía

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  • 10.- C. Marx. Formas anteriores al modo de producción capitalista. Moscú. 1940. Edición rusa. Página 22.
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  • 15.- Kagan M. S. Lecciones de estética marxista leninista. Editorial Arte y Literatura. La Habana. 1984. Página 197.
  • 16.- C. Marx. De sus primeras Obras. Carlos Marx y F. Engels. Moscú. 1956. Edición rusa.
  • 17.- C. Marx. Obras completas. Carlos Marx y F. Engels. Edición rusa. Moscú. Tomo 12. Página 718.
  • 18.- C. Marx. De sus primeras obras. Carlos Marx y F. Engels. Edición rusa. Moscú. 1956. Página 593.
  • 19.- C. Marx. Manuscritos económicos y filosóficos de 1844. Editorial Progreso. Moscú. Sin año. Página 86.

 

 

 

Autor:

Evelio Pérez Fardalez

BREVE BIOGRAFÍA DEL AUTOR: Mi nombre es Evelio A. Pérez Fardalez. Nací en Sancti spíritus, Cuba. Mis estudios iniciales fueron de economía industrial, los que desarrollé en la Universidad Central de Las Villas. Más tarde me ocupé de la filosofía, de la que me gradué en 1984 en la Universidad Estatal de Moscú. Soy, actualmente, profesor de filosofía del Instituto de Medicina de Sancti spíritus, Cuba.

Sancti Spíritus, Cuba. "8 de mayo de 2008


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