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La revolución en marcha: Entre el reformismo, el populismo y el continuismo político (Colombia en los años 30) (página 2)




Partes: 1, 2


 

La República Liberal (1930).

Antecedentes y peculiaridades..

Para la tercera década del siglo XX la vida política, social y económica de Colombia se encontraba en una etapa de significativos cambios, los cuales apuntaban, según algunos de sus contemporáneos, hacia un desmoronamiento del mismo sistema político que, desde 1886, venía sosteniéndose de manera estable. Sin embargo, una de las peculiaridades de este sistema político lo constituía, para esos años, el culto a la institucionalidad democrática que albergaban tanto conservadores como liberales. Las pugnas de ambos bandos, que en ocasiones fueron muy sangrientas, derivaban fundamentalmente de intereses regionales. El régimen instaurado en 1886, conocido como la Regeneración, había sentado las bases de un poder central, que a la larga resultó ser el más conveniente para el juego político en un ambiente de tolerancia y paz entre las cúpulas partidistas.

El partido liberal acepta incorporarse a la nueva dinámica política, obteniendo como compensación una participación en calidad de minoría en los gobiernos conservadores. Esta participación fue más efectiva durante el gobierno del General Reyes Reyes (1904-1909) y Carlos E. Restrepo (1910-1914), llegando a ocupar algunos de sus dirigentes importantes cargos ministeriales, pero a partir de la presidencia de José Vicente Concha (1914-1918) hasta Miguel Abadía Méndez (1926-1930) la participación liberal fue meramente simbólica. Este era un indicativo de la consolidación del partido conservador, el cual hábilmente había logrado integral a sus adversarios a un sistema político creado por ellos, instrumentado con un carácter doctrinal. Para los liberales la cada vez mayor marginación del centro del poder político no representó suficiente motivo para concitar una crisis, ya que en esencia las libertades públicas se mantuvieron indemnes.

También resulta peculiar el hecho de que la década de mayor prosperidad económica para Colombia haya sido a su vez el peor momento para el partido conservador. Después de la primera guerra mundial este país experimentó un importante crecimiento de las exportaciones del cafeto, dinamizando la explotación de tierras baldías, así como confiriéndole al Estado una mayor capacidad fiscal, cuyos recursos fueron invertidos principalmente en infraestructuras. Las inversiones extranjeras, las cuales fueron dirigidas hacia la extracción petrolera y las plantaciones de bananos, apuntalaron dicha prosperidad. A esto hay que agregar el pago de las indemnizaciones por la secesión de Panamá, que arribaron a un monto de 25 millones de dólares, pago que comenzó a efectuarse en los años veinte.

La prosperidad económico se tradujo en un crecimiento de los centros urbanos; las inversiones en vías férreas y carreteras estimuló la emigración rural hacia Bogotá, Cali y Medellín, entre otras ciudades de menor importancia. La demanda de fuerza de trabajo en los transportes, puertos y en la expansiva industria textil, así como en las exploraciones y explotación petrolera y las plantaciones extranjeras del banano originó la formación de un proletariado que ascendía a decenas de miles de obreros. El crecimiento de la burocracia estatal y de los servicios, tales como la banca y el comercio vinieron a sumarse a ese conglomerado concentrado en las ciudades.

Las demandas de tipo económico y político de la emergente realidad urbana se hicieron sentir con fuerza a partir de la tercera década. Una ascendente aleada de huelgas obreras, reprimidas violentamente, marcaban los signos de cambios, incomprensibles o inaceptables para la tradicional dirigencia política. Un caso simbólico lo constituyó la masacre de las bananeras en 1928: la intransigencia de la United Fruit Company ante la demanda de los trabajadores desembocó en una represión del ejército con un saldo de miles de vidas. La agitación cada vez más virulenta se trató de contener con una nueva Ley (Heroica) de orden público, la cual también censuraba la actividad de los grupos subversivos. Pero, en realidad, el régimen conservador no alcanzaba a comprender que los cambios eran irreversibles. La nueva realidad económica entraba en conflicto con una estructura política de corte tradicional. Esta carencia de visión del contexto que se atravesaba no era privativa solamente en el seno del conservatismo, sino también dentro de la tradicional dirigencia del partido liberal.

Fue justamente del partido liberal de donde se desprende una tendencia que se hace eco de las nuevas realidades, y que a su vez emerge de las mismas. La creciente dinámica urbana nutre a un nuevo liberalismo, con planteamientos que estuvieron a tono con las corrientes ideológicas que empezaban a prevalecer para entonces. La crisis de 1929 favoreció el encumbramiento de estos liberales con propuestas renovadas, tendentes a impulsar un cambio político. Pero hay que enfatizar que los cambios no se llegaron a propugnar en los términos de una ruptura con las estructuras de poder creadas por el régimen conservador, ya que, realmente, el sistema político colombiano, para 1929, no presentaba los síntomas de una crisis de quiebre. Lo que se cuestionaba era la forma de hacer política, más no la institucionalidad. Esto lo demuestra la transición pacífica y legal de lo que se conoce como la República Liberal en 1930.

I.I El dilema del liberalismo: Entre el

tradicionalismo y el socialismo.

El partido liberal distaba de ser una organización armónica. El fraccionalismo desgarraba su fuero interno. Tres tendencias pujaban por despuntar. Las mismas reflejaban a su vez diferencias de tipo generacional. La primera era representada por el General Benjamín Herrera, máxima figura del partido. Su prestigio se debía a la aureola que lo cubría desde la Guerra de los Mil Días. Encarnaba al liberalismo histórico. Otra tendencia, generación intermedia, estuvo personificada en figuras como las de Nieto Caballero, Eduardo Santos y Enrique Olaya Herrera. Formaban parte de una tendencia conocida como liberales civilistas. Siendo destacados periodistas, desde los medios impresos, defendían el libre juego democrático y la participación de los liberales en los gobiernos conservadores, además de que cuestionaban el liderazgo de Benjamín Herrera. Por último, se encontraban un sector considerado como la izquierda liberal, de más reciente formación, años veinte, influenciada por los acontecimientos y tendencias ideológicas internacionales. De allí surgen figuras como Alfonso López Pumarejo, Alberto Lleras, Darío Echandía, Gabriel Turbay, Jorge Eliécer Gaitán, entre otros. Esta tendencia llegaría a disputarle la primacía a las otras.

Las elecciones de 1922 marcaron un momento crucial para el partido liberal. El General Benjamín Herrera proclamó el rompimiento de todo vínculo con los conservadores y el lanzamiento de un candidato propio, él mismo, para enfrentarse a Pedro Nel Ospina. Los resultados fueron una derrota aplastante, avivando amargamente el fraccionalismo dentro del partido. El General Benjamín propuso volver a la lucha armada, pero no fue tomado en cuenta. Para algunos críticos el partido se había reducido a una mera fachada, carente de contenido y propuestas.

La juventud liberal, que engrosaba la izquierda del partido, comienza a tener un cauce desbordante, más allá de los límites doctrinales del liberalismo, acercándose a posiciones de corte socialista. Alfonso López Pumarejo advierte sobre este deslizamiento, en un artículo publicado en El Tiempo, de enero 1 de 1926:

"Es útil y oportuno invitar a nuestros jóvenes radicales socialistas a que regresen de la estepa rusa y de las ricas campañas francesas a levantar sus campos de observación en las sabanas nuestras, donde señorean la ignorancia y la pereza de los patronos y los siervos de la gleba".

El partido socialista, que ya venía actuando desde 1919, pero que en 1926 fue refundado bajo el rótulo de Partido Socialista de los Trabajadores, se había constituido en un serio rival para el liberalismo. Los socialistas estaban tomando la delantera en la fundación de sindicatos y muchos conflictos y huelgas fueron liderados por ellos. Debido a la inercia del partido liberal muchos jóvenes de esa tolda abandonaron la organización para engrosar las filas del partido socialista. López Pumarejo, pese a no mostrar ni aversión ni hostilidad hacia los socialistas, le angustiaba el que el partido liberal perdiera su tradicional influencia en algunos sectores de la población o de que el mismo terminara fusionándose con el partido socialista. En uno de sus discursos, abril de 1928, señala lo siguiente:

"El partido liberal está domesticado: limpio de ideas liberales, falto de arresto para la lucha política, satisfecho con su porción de prebendas, a gusto en la condición de partido de minoría. No aspira alternar con el partido conservador en el poder, ni cree tener en la actualidad mejor derecho a la confianza del país. En su actividad política observa hoy las mismas prácticas, adopta los mismo procedimientos y persigue los mismos fines que su adversario tradicional".

Y, más abajo continúa:

"Los socialistas ganarían mucho reforzando sus filas con las masas liberales, ahora inutilizadas para la lucha cívica por la miopía de sus caudillos militares. Y el liberalismo propiamente dicho, reducido en sus proporciones numéricas, quedaría acendrado para hacer las criticas de las tendencias opuestas y secundar las iniciativas que mejor consulten al bienestar común".

La crisis de 1929 brindó la oportunidad al partido liberal de ser una alternativa de poder después de casi cincuenta años. Ya se había producido la masacre de las bananeras y el ambiente social tendía a caldearse. El partido conservador interpretaba la situación como un complot de origen externo para subvertir al régimen, con lo cual se justificaba una mayor represión. Pero los efectos fueron contrarios: al no interpretar la situación como una necesidad de cambio político caía en un atolladero cuya consecuencia inmediata fue el fraccionalismo dentro del partido. La víspera de las elecciones de 1930 avivó la división interna. Los liberales por su parte aprovecharon los desajustes de su adversario. López Pumarejo, en la Convención Nacional del partido liberal, celebrada el 19 de noviembre de 1929, planteó que había llegado el momento de tomar el poder. En un intento por fijar posición ante los remisos, escépticos o aquellos que rechazaban su persona y la tendencia que representaba dijo:

"Hace tiempo se han marcado en el liberalismo seis o siete clases de liberales que procuraré de clasificar: liberales reaccionarios, conservadores, liberales gobiernistas, socialistas y revolucionarios. Estos últimos, a los cuales pertenezco yo, somos los que queremos tumbar al régimen conservador".

Semejante postura seguramente concitó mayor incertidumbre y desconfianza entre los liberales. Al final de cuenta, por razones tácticas, López Pumarejo secundó la escogencia de un candidato de consenso, propuesto por los liberales civilistas, Enrique Olaya Herrera. Finalmente el liberalismo obtuvo una importante victoria en los comicios de 1930, pero lejos de apaciguar la conflictividad política y social no hizo más que acentuarla, dadas las expectativas creadas.

Así lo entendió Olaya Herrera, quien veía acercarse una guerra civil. Ya de antemano había proclamado realizar un gobierno de Concentración Nacional, con participación de los conservadores, respetando las instituciones y los intereses creados por la Regeneración.

El gobierno de Olaya se desenvolvió en medio de la depresión mundial. Su gestión se concentró en levantar la economía, más en los aspectos sociales apenas abordó algunas mejoras laborales, mientras que en lo político reglamentó el sistema de cedulación para votar. Sin embargo, estas reformas estuvieron lejos de atenuar el malestar social; el alto nivel de desempleo, el enfrentamiento violento entre liberales y conservadores en pueblos y caseríos, conllevó nuevamente a una grieta dentro del partido. En 1933 Jorge Eliécer Gaitán se desprende del liberalismo y funda la Unión Nacional de Izquierda Revolucionaria (UNIR). Mientras tanto, López Pumarejo lleva a cabo una sistemática crítica y ataques al gobierno de Olaya. Con ello buscaba desmarcarse personalmente y, a nivel partidario, de lo que consideraba un fracaso del presidente, debido, entre otras razones, a la presencia conservadora en el gobierno. Mantener el caudal del voto del partido era el principal objetivo, pues el sector de izquierda aspiraba canalizar las aspiraciones de la masa liberal.

La insistencia en la prédica en contra del sistema imperante se pusieron una vez más de manifiesto en López Pumarejo, al decir:

"Los principales yerros y vicios de nuestra democracia surgen, en mi sentir, de una falla fundamental en las relaciones de las clases directoras del país y las masas populares. La facilidad y la costumbre de constituir gobiernos de casta han venido desligando a la primera de la segunda. No encuentro en la historia nacional el ejemplo de un gobierno que no se haya constituido como una oligarquía más o menos disimulada"

Esta posición le valió al líder liberal el ser proclamado por su partido como candidato presidencial de manera unánime. Con él el sector de izquierda dentro del liberalismo había obtenido un triunfo, suscitando con su radicalismo grandes expectativas. El partido conservador previendo una segura derrota decide no participar en los comicios. De esta manera, las elecciones de 1934, más que una gesta electoral, representó un plebiscito, que, de antemano, aprobaba la gestión del gobierno entrante sin oposición constitucional. Si embargo, el nuevo estilo del presidente Alfonso López, así como su revolución en marcha o reformas radicales, levantaría una polvareda en el ambiente social y político del país.

II. La Revolución en Marcha: Entre

el reformismo y el populismo.

El programa de gobierno del presidente Alfonso López Pumarejo sin duda tuvo un carácter reformista, pero añadirle que tuvo rasgos de populismo también sin duda se presta a levantar polémicas. Definir dicho término resulta complicado. Diversos enfoques acerca del mismo probablemente coincidan en un aspecto: la acción de las masas como actores en la vida política y la relación de éstas con el líder o caudillo. Esta relación se basa no solo en el carisma sino también en la articulación de un programa que suscita grandes expectativas, las cuales son manipuladas por el caudillo como instrumento político en aras de alcanzar los fines trazados. López Pumarejo presenta las características de un caudillo, y se puede afirmar que su liderazgo estuvo por encima de su partido. La Revolución en Marcha en esencia fue su propia concepción en cuanto a las transformaciones que Colombia tenía que sufrir. Supo interpretar las realidades cambiantes, y con sus reformas aspiraba a que los cambios se realizaran sobre cauces legales y pacíficos. Siendo una figura que rendía culto a la institucionalidad difícilmente se pueda estimar que se haya valido conscientemente de las masas para imponer arbitrariamente sus reformas. Pero, inevitablemente, el carácter de las mismas y su propio discurso levantaron una oleada de adhesiones de los sectores populares, tanto urbanos y, en determinado grado, rurales, así como una reacción furibunda de parte de los intereses afectados. El presidente López se ve sobrecogido por la conflictividad y polarización social que, desde sus inicios, genera su programa de cambios. Pero veamos algunos aspectos de los mismos.

Las reformas en su conjunto presentaban una peculiaridad, y es que en ellas se reflejan realidades que se superponían, unas arraigadas desde el siglo XIX, otras más contemporáneas. Por un lado se encuentran las reformas típicamente liberales, tales como la separación del Estado-iglesia, específicamente en temas relacionados al matrimonio, la educación y el Concordato. La presencia de la iglesia en el Estado y la sociedad lejos de debilitarse se había consolidado a lo largo de casi cincuenta años, gracias a la consagración que le otorgó el régimen de la Regeneración. Por otro lado, las reformas anti-liberales, propias del contexto de esos años, en lo concerniente al papel interventor del estado, en áreas como la política tributaria, la industrialización, la relación Estado-sindicatos y la reforma agraria. Los intereses afectados obviamente atañían tanto a los conservadores como a los sectores tradicionales del liberalismo. Tan es así que el primer gabinete del nuevo gobierno renuncia hacia fines de 1934. El presidente reestructura su gabinete con figuras que mantenían desde antes afinidades con él, siendo los más cercanos: Darío Echandía, Alberto Lleras, Gabriel Turbay. El mismo Gaitán se reincorpora al partido liberal para luego ser elegido como Alcalde de Bogotá. Una vez asegurada la lealtad en su equipo de gobierno, el presidente Alfonso López emprende la reforma constitucional, ya para finales de 1935 y 1936.

La Revolución en Marcha contó desde sus inicios con una oposición tenaz, el primer mandatario estaba consciente de los intereses afectados e insistía que los cambios eran inaplazables. Los sectores contrarios a sus reformas le impusieron al presidente ser más explícito en cuanto a quienes se beneficiaban con las reformas: el pueblo y, específicamente, los obreros y campesinos. El reconocimiento y respaldo al derecho de huelga, así como el de las ocupaciones de tierras ociosas por parte de los trabajadores del campo fueron consagrados en la reforma constitucional. Para López Pumarejo estas políticas eran no solamente justas sino que también respondían a un imperativo para la economía:

"Así, los millones de campesinos jornaleros y de obreros sin calificación que pueblan las chozas rurales o urbanas, al aumentar en número, mantienen muy bajo el precio del trabajo; pero al propio tiempo reducen su capacidad consumidora a proporciones verdaderamente insignificantes"

La participación del pueblo, entendiendo como tal a las capas más modestas, formó parte del discurso político del presidente casi hasta el final de su mandato. La movilización popular en respaldo a su gestión iba en ascenso. Mientras más se arreciaban los ataques de los conservadores, la iglesia, e incluso de liberales afectados, más presionaban las masas para impulsar las reformas. Indudablemente López Pumarejo requería de un respaldo social, e inevitablemente su discurso y el quehacer político contenía un efecto populista, que recababa ese respaldo, pero lo que no habían previsto él y sus allegados es de que las masas se hacían más independiente, es decir, el partido liberal iba siendo rebasado por las mismas, con lo que la clase política, tanto conservadores como liberales, empezaban a percibir que la Revolución en Marcha se estaba transformando en un proceso ajeno al proyecto liberal.

II.I Del Frente Popular a la pausa.

El año 1936 fue decisivo para la Revolución en Marcha y para la misma carrera política de Alfonso López Pumarejo. Circunstancias externas recaen sobre la dinámica interna del país, contribuyendo a que el proceso de cambios sea identificado como una extensión de los conflictos externos. Sin embargo, es de destacar que el proceso histórico colombiano de los años treinta fue a su vez producto del contexto de la época. En tal sentido, dos acontecimientos marcaron el curso de las reformas del presidente López: la guerra civil española y la formación del Frente Popular en Colombia. El primero tuvo una significativa repercusión dadas ciertas particularidades que asemejaban a España con Colombia: una de ellas y, la más importante, el conflicto con el clero. Los intentos de desarraigar a la iglesia del Estado y la sociedad eran vistos por los afectados como una recreación de lo que ocurría en la península, en donde las iglesias eran quemadas y los curas fusilados; se identificaba a los liberales con los republicanos. Los liberales de izquierdas se hacían solidarios de éstos últimos y enfilaban sus ataques en contra de la "reacción". La formación del Frente Popular vino a confirmar para los adversarios de la Revolución en Marcha de que efectivamente Colombia se encaminaba hacia una guerra civil.

Un indicativo, según lo ya afirmado, de que la movilización de las masas iba sobrepujando al liderazgo liberal, lo constituyó la creación del Frente Popular (FP) por iniciativa de los comunistas. Nace a raíz de la concentración del primero de mayo, como una manifestación de apoyo a las reformas del presidente López. Dos meses después se reúne en Medellín un congreso sindical, fundándose la Confederación de Trabajadores de Colombia (CTC), constituyéndose ésta en el principal instrumento del FP. El que este movimiento haya sido iniciativa de los comunistas o que haya sido producto de la política sindical concebida por el presidente es motivo de polémica. Roll, Davis (2001) cita a Marcel Silva, quien afirma:

"cuando López necesita la movilización de los trabajadores en la Revolución en Marcha la Confederación impulsa la movilización y las huelgas, pero cuando el presidente decide hacer una pausa en la revolución en marcha la central prohíbe las huelgas, declara huelgas locas a las que se realizan durante la prohibición, les quita todo el apoyo y propaganda, para finalmente ahogarlas".

Acertada o no, esta afirmación no deja de estamparle a López Pumarejo el carácter populista de su gestión y de la misma Revolución en Marcha. La ambigüedad acerca del papel de las masas en el curso del proceso, porque López Pumarejo nunca se concibió asimismo como un caudillo de masas, conllevó a que fueran los comunistas los que se colocaran al frente de las mismas. La inercia del partido liberal tuvo esas consecuencias, y la alarma que comienza a cundir en su seno se refleja en un intento, a través de sus medios impresos y por boca de sus principales voceros, de restarle importancia al FP. En un editorial de El Tiempo, mayo 3, se trata de aclarar que:

"La inmensa multitud que recorrió las calles de Bogotá el primero de mayo, fue ante todo una muchedumbre liberal (…) los gritos que anunciaban la reforma social no deben entenderse como que el liberalismo no es sino un partido en transito fugaz para abrirle las puertas al poder a los partidos de izquierda".

Otro diario liberal, El Espectador (junio 5) enfila sus ataques contra el propio gobierno:

"(…) el liberalismo es entre nosotros y en las actuales circunstancia un partido de extrema izquierda, obligado a incorporar en su propio programa de realización inmediata la mayor parte de las aspiraciones de los impacientes grupos de vanguardia"

"El partido comunista tiene tres o cuatro figuras de categoría intelectual que han sido antes y serán después elementos dirigentes del liberalismo como lo fueron, después de hecho la misma fugaz experiencia, Armando Solano, José Mar, Alberto Lleras, Darío Echandía, Gabriel Turbay".

Para los conservadores la división del partido liberal constituía una mayor oportunidad para arreciar sus ataques contra el gobierno. Ya en 1934 había hecho causa común con el sector tradicional del liberalismo al fundar la Acción Patriótica Económica Nacional (APEN) para enfrenarse a las reformas; en esos años de mandato de López Pumarejo también fueron creadas con el mismo fin: la Liga Nacional para la Defensa de la Propiedad, el Sindicato Central de Propietarios y Empresarios Agrícolas. La iglesia por su parte no ocultaba sus disgustos y lo hacía público en palabras y hechos: amenazó con excomulgar a los padres que retiraran a sus hijos de los colegios religiosos para inscribirlos en los públicos; hizo un llamado a los católicos a no reconocer las reformas; fundaron la Universidad Pontificia Bolivariana como alternativa a la educación superior laica.

El ambiente de conflictividad fue delineando posiciones manifiestamente antagónicas dentro del partido liberal. Eduardo Santos se perfila como un polo de oposición y se revela públicamente contrario a las situaciones generadas por las reformas, aunque sin mencionarlas directamente. Denuncia las claras intenciones de los comunistas de trasladar a Colombia las experiencias de los frentes populares de Francia y España.Por otra parte, Santos se cuida de señalar responsabilidades por parte del gobierno, ya que para él mantener la unidad del partido era más importante e intenta que éste reaccione y abandone los derroteros que los comunistas le deparan, pero en el fondo era una manera de atacar a las reformas de López Pumarejo, pues lo que pretendía no era otra cosa que defenestrar la influencia de la izquierda liberal del seno del partido.

De esta manera la Revolución en Marcha encuentra en el propio partido liberal una oposición que resultaba más amenazadora que la misma oposición conservadora. La situación creada coloca inevitablemente al presidente López ante el dilema en cuanto a las lealtades, es decir, ser consecuente con las masas que le respaldan, sobrepasando a su partido, o simplemente plegarse a éste en aras de la unidad partidista. Por un cierto tiempo se inclina por la primera. Así lo da a entender en una entrevista concedida al diario La Razón en septiembre de ese año 36:

"Tampoco de esa actividad desarrollada por las clases populares en defensa de su economía puede permanecer ausente ningún gobierno o partido, a menos que deseen ser desalojados de la actividad democrática el día en que el socialismo u otra agrupación cualquiera puedan reemplazarlos eventualmente en el poder".

"El gobierno como tal, está en el deber de participar en la actividad sindical, bien sea para apoyarla en su gestión, para regularla, o para reprimirla si abandona los cauces legales"

Según Roll Davis las reformas sociales respondían a su vez a la necesidad de fortalecer el mercado interno en provecho de la industrialización, lo cual se lograría ampliando el sistema educativo, capacitando a los trabajadores y protegiendo desde el Estado a los sindicatos. Si la movilización de las masas tuvo ese propósito, según el autor, sus consecuencias sobrepasaron las estimaciones de su inspirador.

El presidente López y los personeros de su gobierno terminaron por desechar el respaldo del Frente Popular y, lo más importante, ya entrado el año 37, deciden darle una pausa a las reformas. Los prohombres del liberalismo no estaban dispuestos a marchar al ritmo del gobierno, y para ese mismo año, cuando entró en discusión el tema de la candidatura presidencial, se entabla una agria discusión entre quienes postulaban la candidatura de Enrique Olaya Herrera y el candidato propuesto por el gobierno, Darío Echandía. Eduardo Santos de manera intransigente amenazó con dividir el partido si la candidatura de Olaya no triunfaba. En ese sentido no tuvo objeciones, ya que la mayoría de la dirigencia liberal se pone de su lado, con lo que la tendencia de izquierda no tuvo más remedio que aceptar los hechos.

  1. Crisis y continuismo político

Diversas crisis se han asomado en la vida política, económica y social de Colombia a lo largo de su vida republicana. Pero ninguna fue lo suficientemente estremecedora como para socavar los cimientos de la república. De hecho en Colombia no se registra un gobierno o régimen que haya establecido un sistema enteramente liberal o conservador. La readaptación de las élites políticas, y lo que éstas representan, en los momentos críticos, constituye una de las peculiaridades más notables de la historia de ese país. Otra peculiaridad lo representa el papel que han desempeñado las tendencias moderadas dentro de los partidos políticos, las cuales han evitado los antagonismos insalvables cuando se han presentado los conflictos; éstas tendencias han propugnado por la inclusión política del adversario derrotado. Asimismo tenemos que las crisis han generado internamente en los principales partidos políticos agrias pugnas, pero que en cuyas consecuencias éstas no han conducido a divisiones irremediables. Aquellas pocas que se han producido, y en donde se han desprendido grupos para formar otras organizaciones, han tenido una vida efímera, pues los disidentes no han tenido más remedio que volver. Esta realidad evidencia la solidez del sistema bipartidista colombiano.

Se puede considerar a la destacada figura de Rafael Núñez como el principal arquitecto del sistema político moderno colombiano. Formado en las filas del liberalismo propugnó en 1885 un pacto con los conservadores en aras de liquidar las guerras civiles y la anarquía del país. El resultado de ese pacto fue la supresión de la república liberal, instaurada desde 1863, para dar paso al régimen de la Regeneración. Fue plenamente una concesión a los conservadores, los cuales aspiraban establecer un sistema centralista con un Estado fuerte. Por otra parte, por primera vez se produce la transición de un gobierno liberal a otro conservador de forma relativamente pacífica. El régimen de la Regeneración, en cuya cabeza se encontraba el conservador Miguel Antonio Caro, termina por excluir al partido liberal del juego político, reanimándose la guerra civil. Del descontento se hace eco una tendencia moderada dentro del mismo partido conservador, los llamados históricos, los cuales fustigan el excesivo centralismo y la exclusión de los liberales. Para evitar el escalamiento del conflicto los históricos intentan deponer al presidente San Clemente (1899), pero fracasan. La guerra de los mil días (1899-1903) puso en máxima tensión al sistema político colombiano, pero éste logró solventar la ruptura gracias a un hecho significativo: el presidente Marroquín, sucesor de San Clemente, pone a disposición del General liberal Benjamín Herrera un ejército gubernamental para evitar la secesión de Panamá. Fue un gesto conciliador.

Este gesto lo va a continuar el General Reyes Reyes (1904-1909) quien incorpora a su gobierno a personalidades liberales, recibiendo un ferviente beneplácito de los generales Benjamín Herrera y Rafael Uribe. Asimismo había incluido a conservadores históricos, inclinados hacia una pronta normalización de la situación. No obstante, la actuación del General Reyes tenía un carácter personalista, generando una reacción en sectores de ambos partidos. De esta manera se forma una nueva coalición, creándose el partido republicano (1909) con personalidades de ambos partidos, los cuales llevan a la presidencia a Carlos E. Restrepo (1910-1914). Las divergencias en torno al funcionamiento del sistema político habían sido nuevamente allanadas, gracias a la intervención de los sectores moderados del liberalismo como del conservatismo. El partido republicano por su parte se desintegraría poco después de concluida la presidencia de Restrepo, volviendo sus integrantes a sus respectivos partidos. En adelante, en el transcurso de veinte años, el sistema funcionaría, no sin tropiezos y dificultades.

Los años veinte fueron para Colombia una etapa de cambios y agitaciones político-sociales. Esta realidad se reflejó en el seno de los partidos tradicionales en donde se vuelven a manifestar tendencias radicalmente opuestas. Del partido conservador resurge la ortodoxia doctrinal, en la persona de Laureano Gómez, quien apela a la civilización cristiana para hacer frente a los grupos de izquierda y a la anarquía, contando con el pleno apoyo de los miembros de la iglesia. Mientras que del partido liberal, como ya se ha descrito, el sector de izquierda propugna romper con el pacto bipartidista. El triunfo electoral de Olaya Herrera en 1930 fue a su vez una victoria del sector moderado del liberalismo, cuyo propósito no era otro que el de evitar la ruptura con los conservadores. El gobierno de Concentración Nacional del presidente Olaya respondía a ese imperativo, es decir, volver a la convivencia institucional establecida en 1910 era su mayor prioridad. Pero la tentativa fracasó, ya que no lograron evitar que los liberales radicales se impusieran con el ascenso a la presidencia de Alfonso López Pumarejo. Ante esta situación, la negativa de los conservadores a participar en el gobierno, y ni siquiera en el parlamento, constituyó un llamado a la confrontación y una ruptura de la convivencia, con lo que las tendencias más radicales de ambos partidos ocuparon la escena política durante esos años. La resolución del presidente López de impulsar las reformas puso en peligro al sistema político, con lo que se hacía difícil la cordura entre las partes involucradas. Pero, no obstante, en los momentos más críticos, se vuelven a imponer los factores que venían evitando las crisis y la ruptura del sistema bipartidista. Eduardo Santos tuvo precisamente esa misión.

Su participación como factor de entendimiento era más que conocida, desde 1910, cuando formó parte del mencionado Partido Republicano. Fue el principal promotor de las candidaturas de Olaya Herrera en 1930 y en 1937. Su prestigio como periodista lo hizo acreedor de una incuestionable autoridad en el partido liberal. Durante esos años dedicó su labor periodística a fustigar a las tendencias extremistas, y sus desacuerdos con el gobierno no los ventiló con ataques directo al presidente López, sino indirectamente al señalar a los grupos de izquierda como los responsables de desviar la gestión del gobierno. Este señalamiento tenía el propósito de cambiar la correlación de fuerza internamente en el partido a favor de los moderados. En el congreso tuvo la audacia de tomar la iniciativa de auspiciar la candidatura de Olaya. En su intervención, agosto de 1936, puso el asunto en el tapete:

"La candidatura de Olaya Herrera es sencillamente la candidatura del partido liberal de Colombia (…) El partido liberal tiene en el Congreso alrededor de 170 voceros y más o menos 160, desde la izquierda liberal y quiero subrayar esta palabra, hasta el más moderado sector del liberalismo, apoya y respalda con sus firmas y con su voluntad esta candidatura"

La problemática en torno a la candidatura fue el aditamento para agudizar la crisis política; el sector de izquierda había postulado a Darío Echandía, colaborador cercano al presidente, y fiel continuador de las reformas. Eduardo Santos arremete y amenaza con trastornar el partido. Esta situación colocaba al gobierno en medio de tres extremos: desde la izquierda con el frente popular, los ataques desde la derecha por los conservadores, y ahora su propio partido. El presidente López no tuvo más remedio que retirar su candidato, a la vez que se vio obligado a detener el proceso de reformas en 1937. En adelante el sector de izquierda del liberalismo no haría más que retroceder. Con la muerte prematura de Olaya Herrera, y la postulación de Eduardo Santos, la tendencia que abogaba por un retorno de la convivencia y el continuismo bipartidista finalmente se impone.

La gestión de Eduardo Santos (1938-1942), aún cuando no llegó a desconocer algunas conquistas de los trabajadores, se enfocó hacia los problemas económicos, promovió el retorno de la confianza de los empresarios, tendió un ramo de oliva a los conservadores, y desechó vincular a los comunistas, y otros grupos de izquierda, con el gobierno. Acabar con las perturbaciones y serenar las aguas constituyó su prioridad como presidente. La coyuntura histórica en que le tocó regir los destinos de Colombia le favoreció en su prédica de unidad nacional, al señalar que el principal peligro que debía enfrentar la democracia colombiana provenía de afuera. De tal modo que Eduardo Santos logró desarmar por el momento a las tendencias más extremas. Por último, ya para finalizar, es de destacar un aspecto relacionado con el hecho de que las crisis en Colombia no son el preludio de inminentes cambios, sino que a éstas le han sucedido diversas combinaciones políticas que terminan garantizando la continuidad del mismo sistema político. Esta aseveración tiene su basamento en hechos muy concretos en la historia de ese país.

CONCLUSIONES

A manera de conclusión puede afirmarse que la continuidad del sistema político colombiano se puso nuevamente de manifiesto durante la caldeada década de los años 30. Ciertamente la Revolución en Marcha propició involuntariamente tendencias populistas, las cuales se perfilaban contra el sistema político. Pero fue un proceso involuntario ya que López Pumarejo de ningún modo se vio asimismo como un caudillo predestinado. Esencialmente, como se viene señalando, Alfonso López era una figura política formada en el sistema, respetuoso de las normas constitucionales de la democracia colombiana. En gran medida él mismo contribuyó a la continuidad del tradicional sistema político de su país. De él dependía fundamentalmente esa continuidad, pues de haber sido persistente en impulsar sus reformas, con el respaldo de las masas, y de haberlas concretados, inevitablemente las bases económicas y sociales del país hubiesen sufrido significativas transformaciones, con lo que el sistema político hubiese naufragado. Pero esto implicaba una guerra civil, y López Pumarejo no estaba dispuesto a que esto ocurriera.

Sin embargo, el hecho de que las reformas no se hayan concretado, en los aspectos más acuciantes, como la reforma agraria, dejó en pie la aguda conflictividad social colombiana, la cual alcanzará posteriormente una virulencia sin precedente. El mismo López Pumarejo, en su segunda presidencia (1942-1945), se vio impotente en evitar la violencia. Las tendencias más radicales de ambos partidos terminarán imponiéndose para bañar en sangre a Colombia a partir de 1948. Es así como el sólido continuismo político de ese país viene teniendo como su contraparte, hasta la actualidad, a la violencia política, como una expresión de su negación.

 

 

 

Autor:

Carlos Omar Rodríguez

Profesor invitado UCV


Partes: 1, 2


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