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Las botijas (Olive Jars) Su reutilización en tres construcciones coloniales habaneras (página 2)




Partes: 1, 2


“En el Departamento Occidental se da este nombre a la descrita en el Diccionario de la Academia y es la que viene de España con aceite de cuyo líquido contiene de nueve a doce libras, u ocho botellas, sirviendo  luego para transportar y expender la leche.

Se llama en la Vueltarriba Botijuela y Botija la grande, de mucha más capacidad, barro colorado, que allá fabrican y destinan a cargar agua, melado, etc.

Estudios previos: tipología, cronología y centros de producción

El estudio de referencia obligada en relación a este tema lo constituye el realizado por el acucioso investigador John Goggin (citamos su trabajo publicado en 1980 pero publicado por vez primera en 1960). No obstante añadimos algunas consideraciones imprescindibles para estudios de este tema realizadas por Stephen R. James Jr. (1988: 43-66), trabajo de actualización de datos cronológicos y tipológicos que resultan relevantes a nuestros efectos. Asimismo se tuvieron  en cuenta los trabajos de Mitchell Marken  (1994), Clive Carruthers (2003: 40-55) y el  de George Avery (1997), que por su grado de complejidad, ha aportado una significativa  cantidad de datos, lamentablemente inéditos al presente.

La botija es un contenedor comercial en forma de ánfora, siguiendo la tradición mediterránea que se remonta al año 1800 ane, con las ánforas cananitas en uso en el norte de la región Sirio-Libanesa; clasificable como cerámica ordinaria, de gran permeabilidad, que puede presentar o no vidriado, esmaltado o engobe, tanto en su interior o su exterior, lo cual está en dependencia de lo que fuera a ser envasado en las mismas: las vasijas esmaltadas o vidriadas eran más apropiadas, dada su mayor impermeabilidad, para el transporte de líquidos como vinos, que pudieran traspasar las paredes porosas que las que no tenían esmaltado o vidriado y que eran adecuadas para sustancias más gruesas como el alquitrán, la manteca, miel o sólidos granulados; este contenedor comercial era profusamente utilizado en la transportación de aceite de oliva, aceitunas en salmuera, vinos, guisantes, garbanzos y otros granos, así como miel, manteca, alquitrán y jabón, entre diferentes productos. Durante su prolongado período de utilización la botija no tuvo realmente competencia como contenedor comercial, de lo que habla claramente su extraordinaria profusión y ubicuidad en el registro arqueológico centroamericano y caribeño; ello está justificado por el hecho de que se trata de mercancías que no solo debían cruzar el Atlántico a bordo de las naves sino que, en muchos casos debían, luego, ser transportadas, a lomo de mulos, en arrias, hasta alcanzar zonas alejadas de los puertos destinados al comercio. La producción de estas botijas abarca un período cronológico desde el siglo XVI y probablemente antes, hasta 1850 aproximadamente, según Goggin, quien establece en su estudio tres estilos diferenciados a los que asigna cronologías dentro de este rango de la forma siguiente:

-          Estilo temprano- ca. 1500-1575

-          Estilo medio- ca. 1580-1780

-          Estilo tardío- ca. 1780-1850

No obstante, algunas precisiones hechas por James (op. cit) en el estudio de las colecciones de botijas extraídas de los pecios de los navíos “Conde de Tolosa” y “Nuestra Señora de Guadalupe”, ambos naufragados en la costa noreste de La Española en el año 1724, permiten ampliar el margen del período de producción de los estilos y formas según Goggin, al comenzar por reportar una forma (III) de fondo cóncavo, no clasificada anteriormente (dibujo) así como otra (IV) que al parecer del autor es un eslabón intermedio entre la forma C del estilo Medio de Goggin y la forma D del estilo Tardío, forma a la que se le asigna una cronología del siglo XVIII; otra proposición interesante de este autor es que los  Estilos Medio y Tardío no necesariamente ocurren en los rangos cronológicos que Goggin les asigna.

En el caso de Marken (1994) este autor realiza el interesante reporte de botijas con fondo completamente plano, extraídas del pecio del “Atocha” (1622) y del “Santa Ana María” (1627). Estas piezas fueron torneadas desde esta base plana, lo que les confiere una forma específica e inconfundible. En opinión del autor se trata de un experimento que fracasó a juzgar por la escasez de  evidencias encontradas de estas botijas de fondo plano.

Carruthers (2003: 53) propone asimismo que el estilo tardío de Goggin (ca 1780-1850) comienza al menos antes del 1773, fecha de destrucción del monasterio de Santo Domingo en Antigua, Guatemala, sitio en el que aparecen botijas de este estilo. 

Importante ha sido el reporte de al menos dos formas diferentes del estilo temprano de las botijas (Avery, 1997:95) que aparecen representadas en dibujo. Una de estas dos formas concuerda con la ya descrita por Goggin pero sin asas, mientras que la  otra es similar a la forma   A de los estilos medios y tardíos.

 Lo cierto es que todo indica que las dataciones estilísticas hechas por Goggin no se corresponden siempre con la realidad, en los casos de los estilos medio y tardío, por lo que un nuevo estudio general debe ser producido en los próximos tiempos para asimilar los datos que ha aportado el registro arqueológico en los años posteriores al trabajo del citado autor, cuyo extraordinario mérito no puede ser minimizado.

Ha sido establecido que como parte del comercio trasatlántico a bordo de los buques españoles la forma A de estas botijas se utilizaba para transportar vino (Marken; 1994:45-50) mientras que la forma B era utilizada para el transporte de aceite de oliva (Marken; 1994:45-50. Colin Martin en Avery 1994:94) y la C para el acarreo de miel (Colin Martin en Avery; 1994: 103)

Un tópico interesante, por último, tiene relación con los lugares de fabricación de las botijas. España y en ella Castilla son el centro productor inicial y más importante de estos contenedores. Sin embargo, los dos más importantes centros productores de vino para la Carrera de las Indias fueron Cazalla y Jerez, zonas que al ser estudiadas  desde el punto de vista geológico y aplicarle la técnica de análisis de sección delgada a muestras de sus barros cocidos, arrojaron como resultado que estas no fueron las zonas de producción de las botijas (Avery; 1994: 147,148). Queda establecido que fue la zona del valle del río Guadalquivir la que tuvo la tarea productora de mayor peso de estos contenedores y en especial la ciudad de Sevilla y sus alrededores (Avery; 1994: 224).

La producción de botijas fuera del ámbito español fue reportada por primera vez en el valle de Moscagua, en el Perú colonial (Prudence Rice; 1994). Se trata de ejemplares que se distinguen con relativa facilidad por ser de mayor tamaño, tener las paredes más gruesas y no tener la superficie cubierta por un colorido blanco. No olvidemos, por demás, que el Perú llegó a ser una zona de producción de vinos tan exitosa que el monarca Felipe II prohibió la siembra de viñedos en las Américas.

De otra parte, tenemos la referencia de la arqueóloga Lourdes Domínguez (comunicación personal, 2006) de que un centro productor de estas vasijas eran las islas Canarias, escala del viaje trasatlántico. Existe la tradición de que desde estas islas zarpaban barcos fletados en las mismas y vendían en América, a mejor precio, los vinos que allí se producían, en detrimento de los procedentes de España, lo que motivó una prohibición real en el año 1582 (Avery; 1994: 174)

Por último, como veremos adelante en este trabajo, existe la posibilidad de que hayan sido producidas botijas en La Habana, dadas las evidencias extraídas de  excavaciones realizadas en el antiguo Convento de Nuestra Señora de Belén por el autor y estudiadas conjuntamente con la especialista Irina Jouraleva del Centro de Antropología del CITMA (Arduengo y Jouraleva, inédito) así como las que se obtuvieron en el antiguo Convento de Santa Clara de Asís.

 LAS BOTIJAS EN TRES CONSTRUCCIONES EN LA  HABANA  COLONIAL. LOS RESULTADOS DE TRABAJOS ARQUEOLÓGICOS REPORTADOS

 Nuestra atención se centrará en dos  modos de reutilización de estas vasijas que no conciernen a su capacidad funcional como contenedor, pues está claro que como tal se reutilizó profusamente, para acarreo y conservación de agua potable entre otros líquidos (Goggin, 1980: 16) así como para almacenar algunos sólidos granulados y conservas, tanto en salmuera como en aceite.

Lo que compete a los efectos del presente trabajo, referido por el autor citado, es la reutilización  de estas botijas como material constructivo en diferentes localidades del ámbito caribeño, información que transcribimos a continuación:

`` Sin embargo, el papel más distintivo de estas vasijas fue su uso como relleno de construcción al ser más livianas que la piedra y el ladrillo. Con su forma globular y cuerpo bien cocido, ofrecían un material fuerte y liviano el cual fue utilizado ampliamente para rellenar las bóvedas de los techos de muchas iglesias y otras edificaciones en el Caribe. Se han visto ejemplos en la República Dominicana y en Puerto Rico; se han reportado varios en Cuba, y es posible que existan más. Además, se dice que han sido utilizadas en los muros de iglesias en la República Dominicana (Iglesia de San Nicolás, Santo Domingo), y debajo de los pisos de iglesias y otras edificaciones en Cuba. Eruditos actuales consideran que la razón de estos últimos dos usos fue crear mejores calidades acústicas; su uso debajo del piso puede ayudar en el drenaje de los mismos.

Se han visto jarras de aceite de estilo Tardío (en forma de trompo) usadas como florones en techos de Santiago, Cuba. `` (Ídem, 16-17)

También Avery (1994: 103) menciona que:

“Secondary uses of Spanish olive jars include architectural use in building construction as structural support, primarily in vaulted ceilings. Spanish olive jars were also buried in the floors of structures in Spain to function as a sort of “dehumidifier”….” [1]

La reutilización de las botijas en algunas construcciones coloniales   es una variación importante en el espectro de reusos posibles de las mismas y está bien alejada de la concepción con que fueron creadas, léase contenedores comerciales.

Para entrar detalladamente en nuestro tema recurriremos a resultados de excavaciones controladas realizadas en tres sitios en La Habana intramuros, antiguos conventos de órdenes religiosas, que serán tratados inicialmente, cada uno en su especificidad, para concluir en la generalización del conocimiento que aportan.

1.       CONVENTO DE SANTA CLARA.

Las áreas del antiguo Convento, sede actual del Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología (CENCREM) han sido objeto de numerosas excavaciones arqueológicas, de las que se ha obtenido un cuerpo de información que en realidad está pendiente de sistematización, proceso en el que encuentran empeñados los miembros del grupo de arqueología del centro, conjuntamente con la arqueóloga Lourdes Domínguez. Uno de los materiales más recurrentes en el registro arqueológico del antiguo convento, son, sin dudas, las botijas, en algunos casos completas y en otros en forma de fragmentos.

En el año 1998 dentro del marco propiciatorio de la restauración del tercer claustro conventual, se realizó una excavación dirigida por Racso Fernández Ortega y Boris Luis Martín Lozano, en el local ubicado en la intersección de las calles Sol y Habana. Esta área del convento aparece mencionada en informes de la arqueóloga Lourdes Domínguez como un área de cocina, almacenaje y servicios en general (Inédito).

Como resultado de la excavación  se localizó un estrato de botijas con las bocas hacia abajo, cubiertas con un relleno de tierra con cal, sobre el que se ubicaba un estrato de carbón vegetal pulverizado. Las botijas se ubicaban a su vez sobre un suelo compacto de cal.

La composición de estratos similares en diferentes sitios habaneros (y en otras ciudades como Guatemala) aparece identificada en el registro etnológico como un sistema para el control del ascenso de la humedad del subsuelo hacia los pisos de ocupación y además como un mecanismo para refrescar la atmósfera de los locales situados sobre los mismos.

En el año 2000, creado el Grupo de Arqueología del CENCREM y bajo la dirección del arqueólogo Ramón Dacal y Moure, en previsión de la continuidad de los trabajos de restauración y del daño que podían recibir, se retiraron un total de 47 botijas permaneciendo un número no precisado en su ubicación. De las que se retiraron, 44 fueron clasificadas como pertenecientes al estilo Tardío de Goggin (1780-1850), 34 de ellas son de la forma B, y 10 de la C. No pudieron ser clasificadas 2 botijas por su grado de fragmentación y otra, carente de gollete o boca, presenta un nuevo subtipo no reportado  anteriormente, caracterizada por un cuerpo similar al de la forma C pero con fondo plano, diferente de las reportadas por Marken (Op. Cit. pág. 83) y por James (Op. Cit. pág. 54). Las botijas clasificadas como forma C no presentan marcas en ningún caso, sin embargo las de la forma B presentan marcas en 15 casos, siempre en el cuerpo de la vasija, una de ellas pintada en rojo y los catorce restantes muestran marcas estampadas precocción.  

Un estudio posterior de estas botijas realizado por el autor de este trabajo ha considerado oportuno especificar que las 10 botijas de la forma C retiradas de este estrato tienen el fondo aplanado lo que permite que estos ejemplares sean puestos de pie aunque por la forma de la vasija y lo pequeño de la base así lograda, el equilibrio es generalmente inestable. La acción de darle terminado y aplanar el fondo a estas botijas transcurrió, sin embargo, en momento posterior al torneado, cuando la pasta estaba más seca de lo debido, quedando huellas visibles de la manipulación en la superficie externa, manteniéndose la forma interna sin alteraciones. Esta característica de mantenerse en pie, refiere estas vasijas no solo al tráfico trasatlántico a bordo de buques sino a la intención de utilización de las mismas sobre pisos con función de almacenaje.

Una característica común de estas botijas es la presencia de numerosas deformaciones y errores de manufactura, así como las diversas maneras en que se resuelve el marcaje inciso aunque siempre sea el mismo, lo que nos permite pensar que estamos en presencia de botijas producidas en la ciudad y que fueron reutilizadas en la construcción al no servir como contenedores. Esto se trata con mayor detalle en otro trabajo del autor todavía inédito.

En cuanto al fechado de construcción de este tercer claustro del convento, el mismo debe haber ocurrido después del 1733  (Herrera, 2006: 98) y antes de la visita del obispo Morell de Santa Cruz en 1755.

En otro lugar del área conventual, específicamente en la galería sur en el extremo oeste del claustro principal, se encontró, en los 80 del siglo pasado, durante los trabajo de restauración del edificio, un sustrato de botijas similar  a este que describimos, sin que tengamos información detallada de sus características ni de los estratos que lo rodeaban, así como del destino de las mismas, aunque, en la colección que se conserva en el centro, existe un grupo de 18 botijas incompletas de la forma C de la clasificación de Goggin, con superficie externa alisada y esmalte metálico en su interior, identificadas en algunos casos como SC-37, que pensamos procedan de esta excavación.

2.       CONVENTO DE NUESTRA SEÑORA DE BELÃ?N

Durante la campaña de los años 2001-2002 desarrollada por el entonces renaciente Grupo de Arqueología de la Empresa de Restauración de Monumentos, se realizaron excavaciones controladas en tres lugares del área más vieja del edificio conventual, es decir, alrededor del claustro principal. La primera fue la excavación de una letrina, ubicada en el subsuelo del  local inmediatamente detrás de la escalera que da acceso a la planta alta; el relleno de la letrina fue datado como perteneciente a los comienzos del siglo XX (Arduengo y Saavedra, 2002); la segunda excavación fue en el patio interior ubicado detrás del claustro principal, donde se localizaron huellas de poste de un colgadizo así como una caja de agua y otras estructuras hidráulicas.

La tercera de las excavaciones se desarrolló en el extremo oeste de la nave que corre al sur del claustro principal, zona identificada en plano del año 1917 como el refectorio, con el número 26, cerca de la cocina  2). En el piso de este local se habían excavado zanjas para la instalación de redes de servicio, ya cubiertas al comenzar la excavación, por lo que el área a estudiar con un mínimo de alteración se redujo a un 60 % aproximadamente del piso del local y su subsuelo.

La estratificación del terreno se comportó de la siguiente manera:

1.        Estrato muy alterado por el movimiento de los constructores sobre el mismo, compuesto de desechos de material constructivo tales como ladrillos, tejas criollas, mosaicos, así como arena, recebo y tierra.

2.       Soporte de un nivel de piso, posiblemente constituido por mosaicos, de los cuales algunos fragmentos aparecen en el relleno anterior; estaba conformado por recebo y arena fundamentalmente con evidencias de cal.

3.       Apisonado de cal y arena.

4.       Nivel de cisco de carbón vegetal.

5.       Fragmentos de botijas fundamentalmente aunque se identificó al menos un tiesto de otra vasija no clasificada.

6.       Apisonado de cal y arena

Para el momento en que se comenzó esta excavación teníamos la referencia de que estratos de botijas habían sido localizados en el Convento de Santa Clara y otros sitios en La Habana colonial (Boris Luis Martín Lozano, comunicación personal, 2001), sin embargo, en esta ocasión se trataba no de las botijas completas sino de fragmentos, puestos así de primera intención, con su concavidad hacia abajo. La fragmentación de los tiestos no ocurrió posterior a la colocación de las botijas completas pues las escasas bocas de las mismas que aparecían como parte del estrato se encontraban hacia arriba al mismo nivel del resto de los tiestos y de haber ocurrido la rotura de las mismas, estando ya colocadas, las bocas debieron aparecer hacia abajo (como ocurría en Santa Clara y otros lugares) cubiertas por fragmentos y estos a su vez superpuestos unos sobre otros.

Los fragmentos de botijas que forman el estrato excavado pertenecen, siguiendo la clasificación de Goggin, al estilo medio (ca. 1580-1780), clasificación que se realizó gracias a las bocas y fondos. Uno solo de los fragmentos  tenía marca estampada precocción en el cuerpo. La fecha asignada a este estrato es alrededor del año 1720, fecha de terminación de estas áreas del convento.

Los resultados preliminares del estudio sobre la tecnología de producción de estos fragmentos cerámicos, realizado en conjunto con la conocida especialista Irina Joulaleva del Centro de Antropología del CITMA, y que fueron realizados con lupa binocular para la observación de las características de la pasta cerámica y los trabajos de superficie, tanto interna como externa, permiten considerar que una parte importante de estos fueron producidos como parte de un intento de desarrollo de una industria cerámica autóctona, quizás asociada con la actividad del propio convento, o de algún alfar habanero, lo que se aprecia fundamentalmente en la utilización en un número de fragmentos de vidriado alcalino, en los que es notable la variedad del resultado final, desde algunos donde la granulosidad del vidriado es muy alta hasta otros donde se alcanza una superficie homogénea, en todos los casos no observable a simple vista. En otros tipos de esmalte metálico empleados se aprecia también notablemente la diferencia de calidad alcanzada, lo que nos permite sugerir que estamos en presencia de un esfuerzo por desarrollar un producto autóctono, aunque la opinión de la especialista Jouraleva es que este vidriado metálico puede ser en algunos casos de origen mejicano, lo que sustenta por  comparación con otras piezas esmaltadas de esa procedencia que había estudiado anteriormente.

Este dato es, ciertamente, un nuevo reporte de la posible producción de las botijas fuera del ámbito español. En este contexto participaba al menos un fragmento de cerámica ordinaria no perteneciente a una botija; se trata de una jarra con evidencias de pintura en su superficie externa, y con una cocción bastante deficiente lo que queda evidenciado por el sonido coriáceo que produce al ser golpeada así como lo deleznable de su pasta en la que se observan como desgrasante granos de conchas de moluscos.

3.       CONVENTO DE SAN FRANCISCO DE ASÍS

En la campaña del año 1994 ejecutada por el Gabinete de Arqueología de la Oficina del Historiador de la Ciudad, se realizó una excavación controlada bajo el nivel del piso del coro alto de la Iglesia del Convento. El coro consta de dos tramos contiguos que se apoyan en ocho pechinas. La información que remitimos a continuación  ha sido tomada del artículo de Jorge Brito Niz, “Excavación arqueológica en la iglesia del convento de San Francisco de Asís”,  publicada en el Boletín No. 1 del Gabinete de Arqueología de la Oficina del Historiador de la ciudad,  del año 2001.

Los elementos cerámicos en general aparecen rellenando estas pechinas, desde las botijas y las hormas de azúcar hasta los de menor tamaño como platos en las zonas donde el estrato es de menos altura.

ESTRATIFICACIÓN

1.       Losas hidráulicas ( período republicano)

2.       mortero de cal para soporte de las anteriores.

3.       mortero de cal para soporte de pavimento anterior de azulejos.

4.        tablas y vigas de madera

5.       grava y mortero de cal

6.       piezas de cerámica

Estos elementos tienen la propiedad de que, siendo como son las piezas de cerámica muy resistentes a las cargas son a la vez muy ligeras por crear espacios  huecos, con lo que se lograba disminuir el peso del relleno de las pechinas sin disminuir la solidez del mismo. La perentoria necesidad de este tipo de relleno ha sido referida a la excelente acústica de que proveen a los espacios cerrados como el de la iglesia conventual, aunque una razón más poderosa y práctica es la necesidad de aligerar el peso estructural sobre los arcos que sostienen el piso, estando en presencia de la iglesia reconstruida en este siglo XVIII sobre terrenos que resultaron poco firmes, robados literalmente al mar.

Rellenos semejantes han sido encontrados en la iglesia de la orden de San Francisco de Asís y la Capilla de los Remedios, donde se utilizaron botijas de estilo temprano, ambas en la República Dominicana y en el convento de San Jerónimo de Ciudad México

Las botijas excavadas en este convento como relleno de las pechinas no aparecen en el informe publicado clasificadas como pertenecientes a ningún estilo. Lo cierto es que el material cerámico en general ha sido clasificado como perteneciente al siglo XVIII.  La fecha en que ocurrió esta construcción fue entre los años 1730-1738.

Varias de las botijas poseen marcas incisas precocción en el cuerpo de las vasijas, una de ellas coincidente con marcas existentes en botijas de Santa Clara y el  único fragmento marcado de Belén.

CONCLUSIONES

  1. Los estratos de  botijas, como el encontrado en el área de la cocina del tercer claustro del antiguo convento de Santa Clara de Asís, funcionan como sistemas para controlar la ascensión por capilaridad de humedad del subsuelo.  Es posible también que este reuso significara la posibilidad de refrescar a la hora de mayor calor el ambiente de locales determinados, al evaporarse el agua recogida inicialmente en forma de vapor dentro de las botijas durante la madrugada (Alicia García Santana, comunicación personal), afirmación que no es excluyente de la anterior. Estas  dos aseveraciones aparecen refrendadas por la opinión de varios arqueólogos y arquitectos de la Habana, sin que hayamos encontrado confirmación bibliográfica que fundamente y explique el funcionamiento de estos estratos.
  2. Estratos de fragmentos de botijas fueron utilizados con el mismo fin que los de  botijas completas en un intento de abaratar los costos y darle uso a desechos de talleres de producción de cerámicas, con toda probabilidad locales. Esto ocurre en el antiguo Convento de Nuestra Señora de Belén en área identificada como el refectorio del convento.
  3. En los dos casos mencionados arriba, los estratos de botijas o sus fragmentos aparecen vinculados a  locales donde su ubicaban cocinas, almacenes de alimentos y comedores o refectorios, lugares en los que era necesario mantener un control de la humedad ambiente más estricto para la conservación de los alimentos, eliminando la ascensión de humedad desde el subsuelo, aunque en la otra excavación no controlada mencionada del antiguo convento de las clarisas, ocurrió en una galería del claustro principal, lo que nos hace pensar que la creación de estos mecanismos de control con botijas estaban referidos al grado de humedad del subsuelo, con independencia de los requerimientos específicos de los locales ubicados sobre los mismos .
  4. Las botijas forman parte del relleno de las pechinas en el coro alto de la Iglesia del Convento de San Francisco de Asís con el fin  de aligerar las cargas sobre la estructura de la iglesia. Esto ha sido reportado al menos en el caso de la Capilla de los Remedios en República Dominicana donde se emplearon botijas de estilo temprano según la clasificación de Goggin, cierto que sin asas (Esteban Prieto Vicioso, comunicación personal, 2006).
  5. Una de las marcas incisas precocción encontradas coincide en  las botijas encontradas en los tres sitios estudiados, donde se identifican dos estilos, el Medio y el Tardío de la clasificación de Goggin, lo que establece una familiaridad en las mismas que indica la coexistencia temporal y refuerza la tesis de James (ob. cit.) de que ambos estilos son producidos contemporáneamente.
  6. Los tres casos estudiados aquí confirman la reutilización de las botijas  a partir de  la primera mitad del siglo XVIII, en construcciones coloniales habaneras con más de un reúso posible.
  7. En el antiguo convento de Santa Clara de Asís se reporta la presencia de una  forma de botijas no mencionada anteriormente, de fondo plano, diferente de las reportadas por Marken (Op. Cit. pág. 83) y por James (Op. Cit. pág. 54), representada por un solo ejemplar.

BIBLIOGRAFÍA

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  • Schávelzon, Daniel. (2001) Catálogo de Cerámicas históricas de Buenos Aires (siglos XVI-XIX). Con notas sobre la región del Río de la Plata. CD-ROM. 

[1] “Usos secundarios de las jarras de olivo españolas incluyen su uso en arquitectura en la construcción de edificios como soporte estructural, fundamentalmente en techos abovedados. Las jarras de olivo españolas también fueron enterradas en los suelos de estructuras en España para funcionar como una especie de “deshumidificadores”…” (Traducción del autor)

 

 

 

 

Autor:

Darwin A. Arduengo García M.SC.

tataag1960[arroba]gmail.com

Especialista en Arqueología.

Grupo de Arqueología, Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología (CENCREM).


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