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Jornadas de amor por los animales

Enviado por Domingo Peña Nina



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Los animales han servido al hombre siempre. Incluso desde antes que éste consiguiera domesticar a algunas especies de ellos. Le han servido de distracción, de compañía, de vestido, de medio de transporte, de auxilio, de bestias de carga, de protección, de fuerza bruta para el arado, en el trapiche, en el retiro de árboles caídos, de objetos pesados, de inspiración, de enseñanza, de alimento, de medicina; en fin, de tantas cosas…

Sin embargo, a cambio de tantos servicios, los animales nunca han exigido nada. -No pueden hacerlo-, dirán algunos. Pero sí pueden. No en el lenguaje articulado en que nos comunicamos los humanos, ni en el escrito, que es característica única del hombre entre todas las especies que han poblado la tierra. Pero sí pueden hacerlo. De hecho, se comunican. No para hacer reclamos por sus servicios, sino para demostrar afecto, dependencia, lealtad. ¿Acaso no es eso lo que transmite un perro cuando mueve la cola y salta alegre al ver llegar al amo?

Recuerdo una escena que contemplé hace unos meses cuando visité con mi familia y un amigo una playa en la costa norte del país. Mientras nos bañábamos en la orilla vimos llegar un pescador con dos perros. Éste echó dentro de su yola sus instrumentos de pesca, una galón de plástico lleno de agua, un par de panes y un aguacate, que de seguro usaría como relleno para convertir los panes en sándwiches; luego, pidió a un amigo que parecía distraerse caminando de un lado a otro sobre la arena, que lo ayudara a empujar la yola, que descansaba sobre unos troncos de cocoteros, para echarla al mar. Parecieron conseguirlo con poco esfuerzo. Yo tardé para reponerme del asombro.

Poco después, el pescador encendió el motor de su yola y se alejó mar adentro. No se despidió de sus perros; pero éstos se echaron sobre la arena, bajo la sombra de un árbol y se quedaron tranquilos mirando cómo se alejaba la yola de su amo.

No le di importancia al hecho, tampoco parecieron hacerlo los demás. Sólo cuando nos íbamos, y ante la posibilidad de conseguir pescado fresco, le pregunté al caminante sobre la hora aproximada en que acostumbraba regresar el pescador.

-¿Qué hora es? -me preguntó.

-Apenas son las diez -le respondí.

-¡Ah!, entonces debe regresar entre las cinco y las seis de la tarde. Esa es la hora en que regresa cuando sale tarde como hoy. La mayoría de las veces sale temprano, casi de madrugada, o bien cuando comienza a amanecer -siguió diciendo-, y entonces regresa alrededor del mediodía. Uno pesca durante cinco o seis horas, cuando el mar está tranquilo, como ahora. Por ratos con anzuelo, pero también puede uno tirarse a bucear con arpón. Todo depende de si los peces pican o no.

Lo que sucede es que cuando no tienen hambre, se colocan debajo de la yola, para protegerse del sol, y uno aprovecha eso y se tira, arponea un pez, sube, lo tira en la yola y vuelve a bajar y repite lo mismo hasta que se alejan. Cuando ya no hay ningún pez cerca, vuelve uno a la yola y tira el anzuelo de nuevo, si no pican, un rato después se vuelve a bucear.

-¡Qué bien! -le dije, después que terminó su cátedra. Entonces aproveché para preguntarle por los perros del pescador.

-Esos perros no se mueven de aquí hasta que el pescador regresa -me respondió-. No se preocupan por comer y ni siquiera por tomar agua. Es más, una vez que un mal tiempo vino de repente y la brisa y las olas arrastraron la yola llevándola bien lejos, esos perros ni así se movieron. Sólo dos o tres veces, cuando un cangrejo les pasaba cerca, se levantaban para comérselo y, después, volvían a echarse bajo el árbol.

Y así se mantuvieron durante los tres días que estuvo el pescador perdido. Y si usted hubiera visto con qué ímpetu se pararon y comenzaron a correr hacia la orilla moviendo la cola desde que reconocieron, antes que nadie lo oyera, el ruido del motor de la yola de su amo. Daba gusto verlos. Parecieron volverse locos, de repente.

Eso es lealtad -pensé-, mientras caminé sin responder hacia el carro con mi gente y poco después nos alejamos, no sin antes echarle una nueva ojeada a los perros que no daban señales de fastidio, ni de resignación. Esperaban tranquilos, contentos, confiados, agradecidos…

Los animales no reclaman, sino que dan señales de alerta. Te estás pasando de la raya, parece decir un perro, cuando el amo, después de tenerlo encerrado todo un día, intenta quitarle un hueso o algo de los alimentos que puso a su disposición, y el perro le gruñe y enseña los dientes, mientras los aprieta con fuerzas, en señal de que no quiere abrir la boca para hacer daño, sino, simplemente, desea paz. Los leones, tigres, osos y elefantes de los circos también, en ocasiones, dan señales de alerta al entrenador que hace sonar el látigo cerca de la piel de los animales, y sólo si estas señales no son respetadas ni tomadas en cuenta, muy rara vez el animal embiste al entrenador, no procurando hacerle daño, sino que lo deje en paz.

Por eso, aunque es relativamente común oír que un entrenador de un animal de circo sufrió algunas heridas por el ataque de un animal, es verdaderamente excepcional escuchar que uno de estos animales salvajes le causó la muerte. ¿Cuánto tiempo tomaría a un león, un tigre o un oso darle muerte a un hombre sin dar margen a que nadie pudiera evitarlo? ¿O acaso no puede un elefante adulto envolver a un hombre con la trompa y estrellarlo contra una pared a diez metros de distancia? ¿Por qué no lo hacen, entonces? ¿Por qué los animales enjaulados o encadenados no reclaman su libertad, su medio natural, o al menos que los dejen en paz?


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