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12 Rosas a la misión de ser madre (página 2)


Partes: 1, 2


Madre mía, no podía entregarte esta rosa sin antes reflexionar en los casos de irresponsabilidad, pero al mismo tiempo, detenerme lo suficiente en aquellas mujeres valientes y decididas, que en las peores condiciones de inestabilidad emocional y ninguna garantía de apoyo de su familia o del individuo que la embarazó, pronuncian un sí por la vida y se arriesgan a tener a sus hijos. Aquellas mujeres que, a pesar de beber la amargura y el rechazo del padre de su hijo, de su familia y de la mirada indolente y acusadora de una sociedad insensible y farisea, defienden con amor y ternura la vida que se desarrolla en su vientre. Admiro grandemente a estas mujeres y pienso que su valentía viene de lo alto, porque al examinar sus vidas encuentro que sus hijos salieron adelante y se convirtieron en hombres o mujeres de bien. Dios nunca las abandonó porque ellas contribuyeron a realizar el propósito divino.

Por eso, en esta hora, quiero dejar este mensaje a las mujeres que están pasando por una situación similar para que le digan sí a la vida y con amor defiendan el fruto de sus entrañas. Dios estará con ustedes, no teman, El nuca las dejará solas, sus hijos, siempre que no prueben amarguras de tu corazón, crecerán en libertad.

Madre mía, no quise recordarte nada desagradable, sin embargo creo que mi reflexión te transportó a la experiencia que viviste con nosotros, tus hijos. Dios estuvo siempre contigo. No fue fácil sacarnos adelante, pero en este propósito no estuviste sola. Por eso es difícil, a pesar de que poseo esquemas mentales bastante amplios, justificar la prostitución por motivos de abandono.

Cuando hay un alto sentido de dignidad humana en la mujer, ella nunca vende su cuerpo con la excusa de alimentar a sus hijos. Siempre hay la salida en el laberinto de la deshumanización. La sociedad indolente y acusadora tiene muchos mecanismos para hacer caer, pero en medio de ella también existen expresiones solidarias de una semilla divina, de la mano de Dios que no desampara a los suyos. Mujeres, amen a sus hijos.

No temas, que yo estoy contigo; no desmayes, que yo soy tu Dios que te esfuerzo: siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.

Isaías 41,10

Segunda rosa

Por los primeros cuidados.

Madre amada, te ofrezco esta segunda rosa por el tiempo que me cuidaste en tu vientre, entiendo que no fue fácil para ti, que mi crecimiento implicó grandes cambios en tu cuerpo, desde las molestosas náuseas, que muy temprano te visitaron, hasta la preocupación por las desagradables estrías y paños de cara, que la mayoría de mujeres padece al ser madre. Nada te hizo retroceder en tu decisión por darme la vida. Gracias mamá.

Gracias por el cuidado que tuviste conmigo, con el pequeño indefenso que iba transformando tu figura, no te importó cambiar toda la ropa de tu armario o adecuarla para presentarte lo más hermosa a pesar de las desproporciones que empezaban a notarse en tu cuerpo. No creo que alguna vez me hayas odiado por todo lo que te estaba sucediendo. Por el contrario, considero que te sentías orgullosa de exhibir tu embarazo, dejando en libertad el crecimiento de tu vientre, sin fajas o algún tipo de camuflaje. Nada te importó, y por eso no te visitaron las estrías ni los paños.

Pienso que el anhelo por verme sin ninguna malformación te llevó a preocuparte por mi salud. Estoy seguro que nunca probaste un trago de vino o un cigarrillo, y que incluso pensabas muchas veces antes de ingerir una pastilla para calmar un dolor de cabeza, gracias por ese bello detalle madre amada.

Gracias por compartir tu sangre conmigo, los millones de terminaciones nerviosas y vasos sanguíneos que me unían contigo a través del cordón umbilical, me transmitían la vida, pero también tus estados de ánimo.

Gracias por darme el alimento del afecto y la ternura. La mínima reacción emocional que se producía en tu cerebro pudo llegar hasta mí como un estímulo de bienestar, más intenso que la misma caricia de mi padre al rozar tu vientre. Gracias por esa comunicación de corazón a corazón. Porque tus nobles sentimientos hoy también son los míos. En tu vientre aprendí la nobleza de un corazón sin egoísmos, que perdona y ama. Al reconocerme ahora, tal como soy, entiendo que nunca bebí amargura de tu interior, tu sangre no se contaminó de aquel veneno que destruye los mejores sentimientos humanos. Gracias.

Gracias por darme el mejor alimento para mi espíritu, gracias por tu estabilidad emocional. Te cuento que he conocido muchas mujeres que, desde el vientre, transmiten a sus hijos amargura, resentimiento y odio. No puedo culpar a muchos hijos que no tuvieron un mejor alimento en el vientre materno. Hijos que recibieron maltrato antes de nacer porque sus padres así lo decidieron.

Para mí, la noticia más dolorosa que hasta ahora he escuchado fue la del asesinato de un niño en el vientre de su madre, provocado por su mismo padre con una pistola. No puedo entender cómo un ser humano es capaz de golpear a una mujer en estado de embarazo.

Pero tampoco puedo aceptar que exista un estado insensible, que no ofrece suficientes garantías para que las mujeres gestantes con escasos recursos económicos tengan posibilidades de nutrición equilibrada para que sus hijos nazcan en igualdad de condiciones respecto a los que sí pueden alimentarse bien, hacer uso de los mejores nutrientes y suplementos vitamínicos. Es doloroso leer reportes de Naciones Unidas donde afirman que el 13% de los colombianos son desnutridos. Desde esta constatación debemos entender la inequidad en que vivimos. La pobreza de los colombianos no es un asunto de mentalidad o cultura, y que por lo tanto el esfuerzo debe estar orientado a quitar la mentalidad de pobreza en aquellos que la padecen. El problema no es asunto de falta de gestión pública sino más bien de ética pública, de corrupción, de desigualdad de condiciones generadas por sistemas políticos que no están orientados por el bienestar general sino por intereses egoístas.

Como puedes notar, madre mía, este elogio que hoy hago a la misión de ser madre, evidencia situaciones indeseables que producen malestar e indignación. Combustible que alimenta la hoguera de mi capacidad crítica e inspira mi reflexión, que por ahora, pretende tocar la conciencia de mis lectores.

Muchas gracias madre mía por tu gran dedicación. Puedes estar orgullosa de este hijo que recuerda con pasión cada detalle de tu misión y plasma en estos pensamientos el infinito derroche de amor. Gracias madre.

Dios bendiga tu misión. El alimento espiritual que pasó de tu corazón al mío, la sangre que me ayudaste a formar nutre cada célula de mi integridad humana. Gracias porque en tu vientre me enseñaste a amar.

Gracias por dejar tu sangre mezclarse con la mía.

Gracias por el secreto que me revelaste cuando me encontraba en tu vientre. Mi llanto es la certeza de una elección de Dios.

Porque tú formaste mis entrañas;

Tú me hiciste en el vientre de mi madre

Salmo 139, 13

Tercera rosa

Por tus dolores de parto.

Madre amada, te ofrezco esta tercera rosa porque fuiste valiente en los dolores de parto. Cuando pregunto qué es lo que siente una mujer cercana al alumbramiento, dolor es la respuesta. Gracias por ese dolor, un dolor que abrió paso a la vida, un dolor que se confunde con el amor, que no es producto de una culpa sino de muchos signos de responsabilidad. Admiro ese dolor en la mujer.

Casi siempre el dolor es producto de situaciones indeseadas que lastiman y producen heridas en el cuerpo o el alma de las personas.

Los dolores de parto son la esperanza del nacimiento, de que la espera ha terminado y se aproxima la maravillosa experiencia de contemplar la nueva vida, la vida de un nuevo hijo. ¡Qué valentía, mujer! ¡Qué gran fortuna te concedió el Todopoderoso! Por ese don sublime de parir los hijos, Dios mismo te admira y te bendice.

Como la tierra a la semilla del sembrador, tu vientre fértil al fruto de la vida. ¡Qué complicidad de Dios contigo! ¡Oh dolor glorioso! Nunca pensé exaltarte si no fuese por estas reflexiones. Gracias madre. Ahora empiezo a ser más humano. Al pensar en esto aprendo que el silencio de la meditación es el camino del crecimiento personal. Lo que ahora entiendo de tu dolor de parto no lo aprendí en los libros, lo sentí en la aproximación respetuosa a tu experiencia dándome la vida.

Madre mía, cada contracción que sentías te anunciaba mi llegada, y aunque el dolor cada vez era más intenso, la ilusión de verme llegar crecía. No puedo imaginar lo que cruzaba por tu mente en esa hora, pero me atrevo a pensar que fueron muchas veces las que clamaste a Dios para que ninguna complicación surgiese.

Tu mente dispuesta en un buen desenlace era lo que me animaba a ayudarte en el trabajo de parto. Si madre, estoy convencido que ese momento lo vivimos en comunión estrecha tú y yo.

Aunque muchos piensen lo contrario, creo que los dos nos pusimos de acuerdo para provocar mi nacimiento. Estoy convencido que mi nacimiento no fue un desalojo de tu vientre puesto que nunca me consideraste un invasor, no fuiste tú la que me indicó la posición correcta de salida; el Creador diseñó en forma perfecta ese momento, tú y yo obedecimos y todo salió bien.

Nada de tensiones o temores, te entregaste en las manos de Dios y El te dio fortaleza, y a mí, ganas de vivir, de empezar a realizar el propósito para el que había sido concebido.

Creo que la hora del parto significaba para nosotros la realización de muchos sueños, aunque esto implicase dolor para ti, y para mí, dejar un espacio muy agradable de comodidad y bienestar.

Pero todo estaba listo y la hora del nacimiento cada vez se aproximaba más. No había espacio para otro pensamiento que el momento de recibirme en tus brazos. No pensabas si los dolores te iban a acompañar después de aquello. No. Tu preocupación era verme completo, con las extremidades bien formadas y sin ningún defecto.

Madre amada, te confieso que ese deseo lo pudo captar mi espíritu, y aunque en la juventud traté de mal formarme, mi corazón encontró el sendero del Creador que me encaminó por el Sumo Bien. Gracias por todo lo que me deseaste mientras luchabas con el dolor que te hacía estremecer.

Aunque la compañía de mi padre era un apoyo para ti, en el clímax de los dolores más fuertes te encontrabas sola. El dolor era tuyo y sólo tú lo podías sentir realmente. Pienso que toda compañía, en este momento sobrehumano tenía carácter de intrusa. Ninguna caricia o sugerencia calmaba lo que sentías. Pero tú no estabas sola, yo te acompañaba.

Hasta que finalmente llegó el esperado momento, y como parte de este instante mágico, todos los dolores desaparecieron. Un clima de felicidad ahora invadía tu cuerpo sintiendo junto a tu pecho latir un pequeño corazón. Por un instante cerraste los ojos para comunicarte con Dios, e inmediatamente, examinando al hijo, preguntaste si estaba completo. Ya había pasado todo. El tiempo de espera formaba parte del recuerdo. La nueva vida sólo provocaba felicidad y bienestar. ¡Qué valentía! Solo un ser dotado de dones de lo Alto es capaz de soportar tanto dolor y pasar súbitamente a la felicidad. Gracias madre por esta enseñanza. Mis estudios nunca provocaron semejante reacción de admiración y asombro. Jesús, el Hijo de Dios, dijo:

La mujer cuando da a luz, tiene dolor, porque ha llegado su hora; pero después que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la angustia, por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo. Juan 16,21

Cuarta rosa

Por el primer beso.

Madre amada, ahora puedes contemplar mi rostro. Entiendo que tu felicidad es indescriptible. Te ofrezco esta cuarta rosa por el primer beso que me diste después de nacer. Por tu primer abrazo. Por recibirme en este mundo.

Gracias madre. Esa caricia fue la certeza de que siempre amarías a tu hijo. Gracias por darme seguridad en tu regazo. Por cubrirme con tus besos. Bendita seas madre mía. ¡Qué maravilloso milagro de Dios! El dolor se convierte en alegría cuando contempla la vida. La misión de ser madre empieza ahora.

Mi llanto, como signo de vida, penetra hasta lo más profundo de tu corazón. Y entiendes que todas tus plegarias fueron escuchadas por el Creador. Mi llanto no es un llanto de queja o de lamento, mucho menos de dolor, es el recio anuncio del triunfo y la victoria. Y la felicidad se apodera de tu corazón. Gracias madre, porque juntos lloramos el milagro de la vida, y entre besos y caricias celebramos esa conquista.

Tu beso fue la primera semilla que sembraste en mi corazón. Te amo madre mía por los exquisitos frutos que a partir de ese momento me has dado a saborear.

Te confieso que es difícil entender cómo una madre abandona a su hijo después de verlo nacer. Después de llevarlo en sus entrañas. Solo el engaño del maligno puede provocar una cosa así. Un minuto de silencio no estimula el cambio de mentalidad, al contrario, se convierte en cómplice de tal gesto desalmado. Cuando levantemos la voz y rompamos el silencio, menos víctimas tendremos.

La escasez económica no puede justificar el abandono de los recién nacidos, porque es en el hogar menos pudiente, donde se tejen los lazos afectivos más fuertes. En el mercado de países desarrollados se puede comprar cajas especiales para abandonar a recién nacidos. ¡Qué absurdo! ¡Qué locura! ¡Qué bestia!

No logro entender cómo una mujer, que aceptó tener a su hijo, a pesar del rechazo y abandono, tenga que vengarse de su desgracia, desquitándose vil mente contra su hijo, un inocente. Hace falta mucha ayuda y acompañamiento a estas mujeres para que, contemplando el milagro de la vida de su hijo, reencuentren sentido a su existencia. El alma de los inocentes tiene la capacidad de transformar los corazones insensibles.

El amor del primer sí tuvo la suficiente fuerza para desencadenar muchos gestos de ternura y responsabilidad haciendo que no falte lo necesario en mi crecimiento. Y Dios nunca te abandonó. En los momentos más difíciles siempre te envió una mano solidaria como respuesta a tu decisión por conservarme la vida. Ellos contribuyeron en mi crianza. Bendigo a Dios que hizo cumplir su propósito. Cada persona que se encontró conmigo, para ayudarme, era un enviado de Dios. Y todo esto sucedió por tu respuesta. Por eso, mujeres que me están leyendo, no existen razones para abandonar a los hijos, estréchenlos en sus pechos, ámenlos, porque el amor de ustedes tendrá la suficiente capacidad para desencadenar todas las bendiciones para que ellos sean grandes. El Universo entero se encargará del resto.

La primera semilla la siembras tú. Si no hay amor de madre nadie podrá llenar en toda la vida ese gran vacío. Seguiremos viendo hombres y mujeres carentes de ternura, insensibles e inhumanos.

Muchas veces me detengo a reflexionar en las madres que están detrás de los violentos. Ellas no tuvieron la suficiente capacidad e influencia para que la semilla del amor creciera en sus hijos. Ciertamente la guerra que vivimos es un asunto complejo, sin embargo, son los hijos de muchas madres los empuñan los fusiles para matarse entre hermanos. No más hijos para la guerra debe ser el compromiso de toda madre que siembra valores, de un Gobierno al servicio de la gente, de una sociedad que establece relaciones de justicia, respeto y solidaridad, de un sistema económico con igualdad de oportunidades para todos, de una educación con equidad que genere posibilidades reales de transformación.

Todos debemos combatir la guerra con las armas del amor. No más resentimiento pero tampoco impunidad, no más venganza, pero tampoco injusticia, no más sangre, pero tampoco hambre.

Gracias madre mía, porque a través del contacto afectivo provocaste mi toma de conciencia, porque esta experiencia humana se convierte en la base de una nueva epistemología o modo de crear conocimiento. Un conocimiento que brota de la misión de ser madre.

Hijo mío, si tu corazón fuere sabio,

También a mí se me alegrará el corazón.

Proverbios 23,15

Quinta rosa

Por el alimento de tu pecho.

Madre mía, te ofrezco esta quinta rosa por el alimento que me dejaste tomar de tu pecho. Todo estaba diseñado por Dios.

No es necesaria la intervención del hombre para procurar el alimento a una nueva creatura. Si una madre se queda abandonada, su cuerpo mismo le provee el alimento para su hijo. Una razón más para no dar la espalda a una nueva vida. Bendigo a Dios por su pensamiento tan perfecto.

Gracias madre porque aproximaste mi boca a tu pecho, porque no fue suficiente entregar tu sangre por mí cuando me encontraba en tu vientre.

Ahora me ofreces un alimento especial, una serie de nutrientes complementarios producidos por tu metabolismo.

Me diste a beber de tu ser, de tu propio alimento para vivir.

Por medio de la leche materna recibí los anticuerpos necesarios para defenderme de los peligros de un mundo contaminado.

Tu alimento fue suficiente para fortalecer mi pequeño cuerpo. Madre, Dios te hizo autosuficiente para proveerme el alimento, para mantenerme ligado a tu pecho y recibir de tu corazón los mejores sentimientos, tu afecto y protección.

Gracias madre por darme un alimento tan cercano a tu corazón, gracias por permitirme sentir tu piel, la sensibilidad de tu pecho, la ternura y el calor de tu regazo.

La leche de tus pechos se mezcla con las tiernas caricias para producir una combinación alimenticia incomparable.

Gracias porque no me negaste esta experiencia de plenitud. Porque así llené mis necesidades afectivas post natales. Porque dejaste las mejores bases de mi estructura emocional.

Gracias madre porque al revisar mi vida descubro que nunca perdí la capacidad de asombro, la sensibilidad humana, la pasión, la sintonía con el indefenso.

Gracias madre, porque nunca me diste a beber amarguras o desprecios, porque tu pecho surtió solo dulzura, porque no contaminaste mi pequeño corazón con aflicciones.

Madre querida, especiales detalles me vinculan contigo y sin embargo la gente me identifica con el apellido de mi padre. Soy más de ti porque a través de tu cuerpo y de tu espíritu se destiló este exquisito vino que entregaste a la humanidad.

Ningún alimento puede provocar una experiencia tan especial como la leche materna. La sociedad moderna ha intentado reemplazar este encuentro con productos enlatados y mamilas sintéticas carentes de afecto y de ternura.

El agitado mundo del trabajo muy temprano arranca a los hijos del pecho de sus madres.

En nombre de la productividad económica se violenta este proceso afectivo necesario para imprimir humanidad al mundo. La gente de hoy cada día se identifica más con lo insensible.

Madre mía, Dios bendiga tu misión. Nadie me ha ofrecido un alimento mejor que el tuyo, sin intereses egoístas o engaños. Sin recibir nada a cambio. Gracias porque descansé confiado entre tus brazos. En ellos experimenté tu protección y amparo. Bendita seas madre mía.

Tus brazos me estrecharon tiernamente, como nadie hasta ahora lo ha hecho. Siento nostalgia de tus besos acariciando cariñosamente mis mejillas. Madre querida, cómo olvidar tanto derroche de ternura.

No fueron pocas las veces que dormí junto a tu pecho, cuando contemplaste mi inocencia con tus sueños. Madre, Dios te respondió grandiosamente. Gracias por la misión cumplida. A pesar de que estuviste lejos de mí, pude experimentar el amor de madre, la presencia de Dios conmigo. En los más duros peligros escoltabas mi camino. Nunca sentí el hastío de la vida, siempre anhelé reencontrarme contigo. Sólo Dios puede concederme el sueño de tenerte a mi lado.

Aún tenemos muchas cosas que contarnos y descubrir el maravilloso plan de Dios. Nunca descarto el tiempo en que vivamos juntos. Quiero recibir el alimento de tu experiencia, de tus años cultivados, de tu sufrimiento, de tus éxitos y ausencias acumuladas. Espero con ansiedad el día en que suceda esto.

Mientras él decía estas cosas, una mujer de entre la multitud levantó la voz y le dijo: Bienaventurado el vientre que te trajo, y los senos que mamaste. Lucas 11,27

Sexta rosa

Por velar mí sueño.

Madre mía, te ofrezco esta rosa por el tiempo que dedicaste velando mis sueños. Muchas fueron las noches sin dormir por mi culpa. Gracias por tanto sacrificio, por tanto amor.

Cuando se exalta el amor de una madre casi siempre se ignora estos tempranos sacrificios que no se colman con las mejores palabras, gestos y regalos.

El amor de la madre por su hijo se hace evidente en abnegada tarea de 24 horas diarias. Aún en la noche, donde las fuerzas se agotan, con gozo y prontitud, acude al llanto de su hijo interpretando su necesidad.

Oh maravilloso don que Dios te dio. Aprendiste a descifrar mi súplica. Muchas lágrimas costaron ese aprendizaje. Después de tantos intentos fallidos aprendiste a reaccionar correctamente. La clave consiste en observar cualquier anormalidad antes de intentar una respuesta acelerada. Gracias porque en ese aprendizaje no perdiste tu equilibrio interior. Descubrí tu sabiduría en medio de la confusión y el desespero. Era hermoso comunicarme contigo por el bienestar que eso implicaba. Nunca olvidaré aquellas duras noches de sueño y de cansancio. Porque la fuente de tu sacrificio era la responsabilidad y el amor que sentías por mí.

Gracias por el amor que acompañó a caminar la dura travesía de las noches. Ahora, con la experiencia de aquel primer amor de Dios, me entrego en las manos del Creador sorteando con firmeza la inevitable oscuridad del alma en las noches del desasosiego.

Gracias por tu respuesta oportuna y eficaz. La sabiduría de tu acción en el momento preciso y en forma contundente a mi clamor, llenando el vacío que afectaba el bienestar, debería estar presente en el corazón de todo gobernante.

Gracias por velar mis sueños. Porque acudiste a mi llamado prontamente, renunciando a la comodidad de tu lecho y al mismo derecho que te concedía el trabajo diario. Solo un corazón de madre tiene tamaña expresión de amor y sacrificio. Este es el auténtico motor de la solidaridad. Lo que nos dijo Cristo cuando narró la parábola del Buen Samaritano, en el momento en que se baja de su cabalgadura para ponerla al servicio del hombre caído. Gracias madre porque ese principio lo aprendí de tu experiencia maternal, no de una teoría para el trabajo social.

Responder a mi clamor en la hora del sueño no se compara con ningún otro esfuerzo que realizaste por mí. La máxima expresión de tu entrega, pienso que está relacionada con el sacrificio de las noches, donde todo el mundo duerme y te encuentras sola con tu hijo que te pide algo, que te clama ayuda, que está enfermo. Después de este sacrificio nada te quedó grande, madre mía.

El sentimiento de impotencia que te sobrevino cuando mi llanto no cesaba, a pesar de tus repetidos intentos, no pudo doblegar la firmeza de tu fe. Tu amor, en la persistente búsqueda de la respuesta correcta, siempre encontró la salida. Otra lección que hoy aprendo de tu misión maternal para mi vida

Pienso que la sabiduría alcanzada en la misión de ser madre tiene un valor extraordinario y no se compara con ningún otro saber. Me atrevo a afirmar que el conocimiento que se alcanza en las relaciones maternales, en función del desarrollo humano, tiene suficientes elementos inspiradores para fundamentar cualquier teoría o práctica comprometida con el bienestar del ser humano.

Si logramos rescatar lo mejor de la experiencia maternal, aplicándola a los distintos ámbitos de la construcción social, en nuestras comunidades habrá sana convivencia y los gobiernos serán más humanos, porque tendremos gobernantes movidos por la sabiduría de la madre y no por intereses egoístas.

Sin embargo, es importante evidenciar lo paradójico de la situación en que se encuentra la mujer en nuestras sociedades de exclusión y machismo, por un lado, y por otro, el escaso compromiso de muchas madres con el cultivo de los mejores valores en sus hijos que hacen posible la experiencia de una vida tolerante, justa, respetuosa y solidaria; pilares fundamentales de la convivencia pacífica.

Y esto pido en oración, que vuestro amor abunde aun más y más en ciencia y en todo conocimiento.

Filipenses 1,9

¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!

Romanos 11,33

Séptima rosa

Por las primeras palabras.

Querida madre, te ofrezco esta séptima rosa por las palabras que me enseñaste. Porque con ellas aprendí a comunicarme trascendiendo mi primer lenguaje: el llanto. Puedo imaginar la alegría que sentiste cuando por vez primera dije mamá. Te sentiste orgullosa porque te había elegido antes que a mi padre.

Pienso que la palabra mamá o papá, se pronuncia por primera vez a quien entrega el corazón en una experiencia de amor. Es una palabra que encierra las mejores experiencias de generosidad y desprendimiento de todo bien. Es la retribución del hijo al sacrificado empeño de un ser que le da la vida. Esta palabra, pronunciada por primera vez, tiene la capacidad de penetrar lo más profundo del alma provocando una emoción indescriptible.

Gracias mamá, porque tu entrega me enseñó a vocalizar esta palabra. Hoy entiendo que mi estilo de vida produce el tipo de palabras que los demás pronuncian para mí. ¡Qué hermosa enseñanza! Un lenguaje que brota del alma, de una experiencia de servicio.

Gracias madre mía porque me enseñaste a comunicarme con el corazón. Porque siempre que te necesité, mi petición estuvo precedida de la primera palabra, mamá, con la certeza de que tu respuesta era segura. Gracias por la confianza que sembraste en mi pequeño corazón. A partir de ese momento pude invocar tu auxilio con la seguridad de ser escuchado.

Madre, a pesar de que muchas circunstancias pretendieron opacar la misión de educar mi corazón, tus enseñanzas perduran en mi alma. Gracias por las mejores semillas que sembraste en mi terreno.

No recuerdo alguna ofensa o palabra degradante de tu boca. Ni una queja, ni un insulto o grito. Bendigo a Dios por darme la oportunidad de tener una madre como tú.

Siempre fiel a tus palabras, compromisos y promesas, la escuela que me enseñó a no mentir. No existía ningún temor por no decir la verdad, el error o la falta cometida. Toda palabra que me enseñaste brotaba de una experiencia de vida. No aprendí a repetir palabras vacías de contacto humano significativo. Pienso que el lenguaje de las actitudes, que se expresa a través de comportamientos ideales, debe ser el canal privilegiado para el aprendizaje de códigos de comunicación del ser humano. No es auténtico el comportamiento que se pretende enseñar desde la apropiación teórica o conceptual, ausente de una práctica humana significativa. Todo lo que se aprende teóricamente está expuesto a ser manipulado conforme a la voluntad de la persona, y no nace espontáneamente.

La comunicación por medio de palabras, señas, símbolos o escritos, no reviste la misma sinceridad que las actitudes. Una frase que hace referencia a la honestidad puede pronunciarla cualquier individuo, sin embargo ella en sí misma no es la garantía de su realización. Hasta los símbolos universales del amor son susceptibles de manipulación. La entrega de una rosa en un día especial, puede estar vacía de amor.

Gracias porque me enseñaste a decir que sí podía cuando me encontré frente a una dificultad; a perdonar ofensas, cuando fui ofendido; a levantarme, cuando había caído; a compartir, cuando podía disfrutarlo solo; a agradecer, cuando recibía; a callar, cuando era oportuno; a hablar, cuando era necesario; a respetar, en todo momento; a ser solidario, aún en daño propio; a tener grandes sueños, aunque las circunstancias fuesen desfavorables; a pensar en Dios, a pesar del sueño; a bendecir cada día de la vida como una oportunidad para avanzar en la realización de metas y proyectos. Ningún aprendizaje a lo largo de mi vida pudo reemplazar lo que habías sembrado en mi corazón. Cada día estoy más convencido de que la misión de una madre tiene la capacidad de construir ciudades y países edificados por hijos cuyo principio fundamental de toda relación sea el respeto a la dignidad de los demás que brota de un profundo compromiso con la vida.

Cuando una madre educa a un hijo, contribuye a la construcción de la sociedad. Lo que siembres y cultives en el corazón de tus hijos, será tu aporte con el futuro.

Pienso que estas reflexiones nos ayudan a comprender, desde otra óptica, muchos problemas sociales de hoy y siempre. Así como a esbozar los trazos de alternativas viables que emergen de esta experiencia significativa.

Recibid mi enseñanza, y no plata;

Y ciencia antes que el oro escogido.

Porque mejor es la sabiduría que las piedras preciosas;

Y todo cuanto se puede desear, no es de compararse con ella.

Proverbios 8, 10-11

Octava rosa

Por darme la mano cuando caía.

Mamá, te ofrezco esta octava rosa porque la primera vez que caí, tú me tendiste la mano para levantarme. Gracias por tu apoyo. Porque no me dejaste solo, porque sentí tu mano cerca de mí para ayudarme. Por mucho tiempo has sido mi soporte, amortiguando las más duras caídas. Gracias por darme la oportunidad de experimentar tu mano amiga.

Pienso que el sentir tu mano después de mi primera caída me hizo descubrir el alcance de tu apoyo, más allá de los límites de tus brazos. Ahora que he crecido, todavía cuento con tu mano amiga en mis decisiones. Sin reproches ni regaños me ofreciste apoyo cuando lo necesité, incluso creo que alguna vez te sentiste culpable de mi caída, sin embargo, en mi corazón no anida ningún resentimiento, ni en el tuyo una culpa.

Mis primeras caídas me enseñaron a levantarme y continuar explorando con mayor acierto el vasto mundo de nuevas experiencias. El miedo, como signo de precaución mas no de freno, estuvo presente cada vez que me lanzaba a un nuevo intento. Gracias madre, porque vigilaste atentamente mis movimientos advirtiéndome el peligro, mas nunca reprimiste mi brío.

Siempre que me levantaba sentía un nuevo impulso en mis atrevimientos. Caer y levantarse son dos momentos del único proceso que forja el carácter de quien se atreve a realizar sus metas. Gracias madre, porque con tu mano aprendí esta lección para la vida.

La persistencia de mi exploración pudo debilitar tu paciencia, pero en esas circunstancias aprendí a no renunciar en el intento. El peor fracaso del ser humano consiste en no aspirar nuevas conquistas. ¡Qué ilimitado alcance tiene la misión de ser madre!

Gracias madre amada porque tu ayuda nunca pretendió reemplazar mis fuerzas, tu apoyo despertó mi potencial desconocido para incorporarme después de una caída. Gracias porque me enseñaste a levantarme.

Gracias por no enseñarme a ser inútil, porque tus auxilios no frenaron mis intentos. Porque ahora entiendo que la verdadera ayuda consiste en desencadenar procesos que generen confianza en las personas de sus capacidades para levantarse y seguir adelante realizando sueños de bienestar. Bendigo a Dios por esta revelación.

En estas reflexiones, madre mía, encuentro más elementos para advertir el gran peligro de la sobreprotección que muchos padres ejercen sobre sus hijos. Ayudar no es sinónimo de sobreproteger, pero puede convertirse en eso cuando anula la capacidad personal para enfrentarse a las dificultades, responder a un compromiso o pensar por sí mismo el propio destino.

Cuando se habla de ahorro, nunca debe recaer sobre el ejercicio de la responsabilidad personal u otros recursos necesarios (valores), porque esto implica el empobrecimiento del ser humano, la incapacidad para enfrentar sus propios retos o circunstancias adversas en la vida, y lo único que este ahorro produce es inmadurez y dependencia. Por el contrario, debemos ejercitarnos permanentemente en el buen uso de todas las capacidades que tenemos para abrir un abanico cada vez más grande de oportunidades en la vida. Si piensas que los demás son quienes te dan las oportunidades para triunfar, siempre estarás esperando en ellos. Tus oportunidades empiezan a gestarse desde el mismo momento en que te propones desarrollar capacidades. Cuando te encuentres listo será el momento en que las oportunidades te visiten, no pretendas que lleguen antes, porque entonces no podrás aprovecharlas.

Madre amada, al leer estas reflexiones probablemente recuerdes los obstáculos que utilizaste para impedir mi aproximación a lugares peligrosos. Gracias madre mía, porque siempre que respete aquellas trancas, protegeré mi dignidad y la de los demás.

No creo equivocarme al afirmar que el dolor de mí caída era tu dolor, que mi culpa igualmente era tuya, que mis triunfos también te pertenecen.

Gracias por conducirme con tu preciosa mano en dirección correcta. Tú conocías mejor que yo el camino a recorrer, nunca rechacé tu orientación mientras viví contigo. Tu ausencia me permitió tomar decisiones libremente, y aunque tuve muchos desaciertos, aprendí a crecer aceptando las consecuencias de mis actos.

Agradezco al Creador por brindarme una mano como la tuya. Considero que la mano de una madre, cuyo compromiso es entregar la vida por un hijo, es la imagen de la misma mano de Dios otorgando vida en abundancia. ¡Oh! Hermosa experiencia que actualiza la promesa de un pacto eterno.

Dios es libre para manifestar su presencia en medio de sus hijos.

Porque yo soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudo.

Isaías 41,13

Novena rosa

Por acompañar mis primeros pasos.

Mamá, te ofrezco esta novena rosa por acompañar los primeros pasos de mi vida. Ese día tan anhelado por fin se hacía presente. Y contemplaste con alegría la realización de mis hazañas. Gracias madre mía por acompañar mis primeros pasos.

Caminar es la etapa del ser humano que revela su capacidad para avanzar por sus propios medios. Es la experiencia que posibilita la realización de las tendencias internas que lo impulsan en una dirección determinada.

Al caminar se ejerce la capacidad de llegar a la meta deseada. Es la facultad que permite aproximarse, trasladarse y entrar en contacto. Es la máxima expresión de la libertad física.

Sólo la imaginación puede acercarnos donde los pies no lo permiten. Y el corazón, el que nos lleva a los lugares nunca imaginados. ¡Qué hermoso es descifrar el lenguaje de Dios que habla al corazón para mostrar el camino correcto. Gracias madre mía, por acompañar mis pasos. Porque tu presencia vigilante me dio confianza para explorar mil rutas aún desconocidas. A tu lado nada podía temer.

Mis primeros pasos hicieron que tus ojos desarrollen mayor agilidad. El sueño de verme caminar, ahora te pasaba la factura con un alto costo. Gracias madre, porque entiendo que nunca descuidaste mi marcha a pesar de los oficios. No existió tarea tan importante que desplace tu atención. Un segundo de descuido pudo significar el desenlace de cualquier suceso fatal. Tu responsabilidad fue probada en cada movimiento.

La mayor satisfacción que una madre experimenta cuando su hijo empieza a caminar es el regreso a sus brazos después de la llamada. Esta primera independencia del hijo prepara el corazón de una madre para el momento de la partida. A pesar de la ausencia, ella aguarda con paciencia su regreso porque dejó una semilla en el alma que nadie puede arrancar.

“Madre querida, en la distancia de tu presencia cierta, miro tus brazos extendidos implorando mi llegada, no puedo, madre no puedo, otros impiden que aquellos pasos que tú cuidaste, caminen libres hasta ti”.

No entiendo cómo pude olvidar la voz que me mostraba el sendero correcto. Madre amada, la libertad me hizo explorar muchas calzadas peligrosas comprometiendo mi dignidad. Perdona madre, perdona al hijo de cuyos pasos no eres responsable. Que tu plegaria encienda la luz de la esperanza que hace posible la realización de tus deseos. Madre, quiero escuchar tu voz que me hace volver a ti.

Para una madre, un hijo nunca avanza tan lejos que pueda salir de su corazón. Entregar la vida en generosos gestos de amor, activa el recuerdo eterno.

Tu compañía no limitó mis insaciables ganas de conocer. No creo que los conflictos con la vecina condicionaron mi libertad para jugar con los hijos de ella. Gracias porque nunca hiciste que tus problemas personales restringieran mi capacidad de movimiento.

Cuando los conflictos de una madre sanan en su corazón, se anula la posibilidad de perpetuarlos en sus hijos. Una madre es responsable de los sentimientos que anidan en el corazón de sus pequeños. Muchos hijos heredan los problemas de sus progenitores porque al nacer leen su testamento anticipadamente. No permitas que tus hijos paguen las consecuencias de tus desaciertos.

Madre mía, quiero pedirte perdón por las veces que te involucré en un problema. Aunque diste la cara por mí, a pesar de la culpa, no mereciste tal afrenta. Espero que nunca hayas defendido un yerro. El verdadero amor no es cómplice de la injusticia. Gracias porque me enseñaste a ser consecuente.

Aún recuerdo las palabras que continuamente enderezaban mi camino, ya no eran tus manos las que ahora me guiaban, tus orientaciones ilustraban mi razón.

Fueron semillas sembradas en lo más profundo de mi conciencia y sus frutos no han dejado de brotar a pesar del tiempo y las seducciones de la sociedad.

Madre amada, lejos de ti he sentido la ausencia de tu cercanía que acompaña, mas no que absorbe; que siempre cuenta con los mejores gestos de amor y de respeto que convencen para aceptar la orientación correcta. No olvidaré que a tu lado aprendí a caminar, que esa experiencia me ha permitido llegar donde el corazón me ha conducido. Gracias madre querida porque soy feliz donde me encuentro, y con firmeza prosigo en dirección a la meta que el Creador ha diseñado para mí.

Mas esto les mandé, diciendo: Escuchad mi voz, y seré a vosotros por Dios, y vosotros me seréis por pueblo; y andad en todo camino que os mande, para que os vaya bien.

Jeremías 7,23

Décima rosa

Por corregirme a tiempo.

Mamá, te ofrezco esta décima rosa por corregirme a tiempo. Porque el verdadero amor se goza en la verdad. Nunca negociaste los valores que sembrabas en el terreno de mi corazón, a pesar del amor que sentías por tu hijo. Cuando una madre corrige con ternura a sus hijos, fortalece la conciencia con principios que los orientarán toda la vida por el sendero de bien. Desde esta intención, la corrección oportuna es necesaria para establecer cimientos sólidos en el carácter de los hijos.

Una corrección oportuna evita muchas situaciones vergonzosas. Muchas madres no corrigen a sus hijos porque recibieron maltrato de sus padres. Entonces defienden a sus hijos aún cuando ellos se comportan mal. No permiten que nadie les llame la atención, incluso se molestan cuando los abuelos o tíos intervienen haciendo notar un mal comportamiento. Para ellas sus hijos son “intocables”. Y lo paradójico es que terminan siendo maltratadas por ellos. Se pierde todo buen sentido de autoridad y capacidad para orientar.

La madre que sabe corregir a tiempo y con ternura, nunca recurre al castigo violento. Cuando se maltrata un hijo, sea física, sicológica o moralmente, no se puede hablar de corrección saludable. Lo que se logra es causar heridas en el alma con daños irreparables de profundas implicaciones negativas para una adecuada convivencia social y un equilibrado desarrollo personal.

Gracias madre, porque no recuerdo el mínimo maltrato tuyo. Te confieso que me causa gran molestia cuando un hijo falta al respeto de sus padres. Creo que fui un hijo obediente a pesar de mis equivocaciones. Que aprendí a responder por las consecuencias de mis actos desde el día en que me ordenaste lavar la camisa blanca del colegio, salpicada de barro por el partido de fútbol que me hizo llegar tarde a casa. Apenas tenía 6 años. Nunca lo olvido. Es un hermoso recuerdo de tu autoridad y la capacidad para corregir con ternura.

La corrección oportuna es parte del amor expresado a los hijos. No se puede amar sin desear el bien. Y quien corrige, busca el bien del otro.

El fin de la corrección es enderezar las conductas torcidas. Y cuando se corrige una mala conducta, entonces se forma un buen hábito que redunda en beneficio para la propia persona y para las que entran en contacto con ella.

Los malos hábitos nacen por la repetición de malos comportamientos ejecutados conciente o mecánicamente. Una corrección oportuna tiene la capacidad de romper súbitamente este proceso.

La corrección oportuna va acompañada de la observación atenta y amorosa de los comportamientos de los hijos. Cuando los padres no saben lo que hacen sus hijos, entonces se pierden la posibilidad de orientar sus comportamientos, y por lo tanto, incidir positivamente en la formación de su personalidad, los principios que van configurando sus esquemas mentales y hasta su misma conciencia. En adelante sólo es cuestión de la libertad individual.

No puedes renunciar a la corrección oportuna para que tus hijos tengan las mejores opciones en el ejercicio de la libertad.

La observación atenta y amorosa del comportamiento de los hijos está acompañada por el tiempo dedicado a ellos. A lo que no se le presta suficiente atención, tiende a desaparecer, a ser olvidado. Cuando los hijos pasan más tiempo lejos de sus padres, se pierden momentos significativos donde expresan su forma de ser, pensar, reaccionar y actuar.

La observación atenta no significa sobreprotección o vigilancia policíaca que ahoga la capacidad de expresarse libremente. Es presencia responsable que provoca confianza, y por lo tanto, capacidad para que una buena palabra mueva a la obediencia. Los hijos no obedecen porque sus padres han perdido credibilidad y no generan confianza. La obediencia se encuentra estrechamente vinculada con la autoridad que proviene de la credibilidad y transparencia.

Pienso que la corrección oportuna que proviene de la credibilidad, nunca es recibida con malestar o rechazo.

Cuando los hijos rechazan la corrección de sus padres se hace evidente un vacío de formación y autoridad. Entonces se recurre al maltrato. Pero este nunca provoca respuestas de responsabilidad sino de una obediencia que viene por el temor a ser castigado.

Muchas madres consideran que corregir es sinónimo de golpear y nunca ensayan la ternura como estrategia para persuadir a sus hijos de un buen comportamiento.

Madre amada, gracias por corregirme, por sembrar las mejores semillas que forman parte de mi personalidad.

Escucha el consejo, y recibe la corrección,

Para que seas sabio en tu vejez.

Proverbios 19,20



Décima primera rosa

Por dejarme en libertad.

Mamá, te ofrezco esta décima primera rosa por tu capacidad para dejarme en libertad. Ahora tu pequeño hijo tiene que empezar a volar. Gracias madre porque no cortaste mis alas cuando inicié este vuelo. Gracias por la capacidad que tuviste para dejarme en libertad y navegar por otros rumbos, construyendo mi proyecto personal, realizando los sueños que llevaba dentro. Porque a pesar de que siempre estuve a tu lado y me diste todo lo tuyo, no retuviste mi existencia en forma egoísta. Tu actitud me enseña que la máxima expresión del amor es el desprendimiento, la capacidad de entrega.

Tú sabías que ese momento llegaría. Aunque tu corazón estaba muy atado a mí, el amor no te impidió soltarme. Gracias madre por esa capacidad de amar.

Ahora entiendo que el verdadero amor no es posesivo. ¡Qué maravilla del Creador! Tantas cualidades depositadas en el corazón de una madre.

Esta actitud de entrega, al dejarme en libertad, no fue casual, estaba presente en cada gesto de amor que me prodigabas. Sabías que un día tendrías que entregar al mundo tu obra, por eso hiciste lo mejor. Lo que me diste a beber se convertiría en el alimento de viaje, pues el camino de la vida tenía sus dificultades. Gracias madre, porque el equipaje que me preparaste estaba dotado de los elementos necesarios para la aventura del éxodo de la vida.

En mi alforja cargo los mejores frutos de los sentimientos que cultivaste en mi corazón, que en cada momento puedo degustar el exquisito sabor, que alimenta mi existencia. Gracias por los pensamientos que sembraste en mí. Ellos desencadenan la inmensa creatividad que me lleva a explorar cada día el sendero donde realizo mis sueños en el proyecto de ser feliz y de contribuir a la felicidad de quienes comparten la vida conmigo. Gracias por el ejemplo que me diste. Te diré que fue el mejor abono para todas las semillas que sembraste en mi terreno. Y en mi equipaje fue depositado desde que me aceptaste en tu vientre.

Madre querida, no hay mayor expresión de amor que el entregar la misma vida. La que depositaste en tus hijos. Es el valioso aporte para construir una sociedad de hombres y mujeres que respetan la vida. Que sueñan con mejores condiciones para todos. Que construyen relaciones de respeto y fraternidad. Que aman la justicia y buscan la verdad. Que ofrecen sus manos como herramientas útiles para construir vida y esperanza. Que se entregan por una causa noble. Con libertad de conciencia para opinar. Con capacidad crítica aún en daño propio o de los suyos, porque nunca cambia su misión por una situación transitoria de bienestar. Que reinan donde viven porque logran tocar lo más profundo del corazón de las personas con quienes entran en contacto. Que cada día añaden sentido a la existencia porque todo lo hacen con pasión y profundo respeto. Que sienten la fortuna de compartir la vida con personas maravillosas que Dios mismo eligió para actualizar su presencia misma. Que agradecen a Dios en todo momento. Gracias madre por tu entrega generosa. La mejor entrega.

Tu aporte para la transformación de este mundo sigue actuando desde la decisión de tus hijos. Una gran responsabilidad que no evadiste. Gracias madre porque tuviste la capacidad de entregar lo mejor.

La nostalgia pudo visitarte, sin embargo, pienso que nunca logró remover la firmeza de tu decisión por dejarme ir. Bendita seas madre por tu labor abnegada. Que el Creador te recompense con abundancia de bienes materiales y espirituales, provocando en ti la más hermosa experiencia de bienestar y felicidad. La gratitud de tus hijos siempre te acompañe.

Nunca experimentes desprecio u olvido de quienes recibieron hasta tu misma sangre. Que la presencia de tus hijos sea una experiencia agradable y de felicidad. Es inaceptable la actitud del hijo que, hasta en la vejez de sus padres, les provoca dolor y sufrimiento. La carga de sus desaciertos amarga el corazón de su madre. Y sin embargo, ella siempre tiene una luz de esperanza para el cambio en sus hijos. A pesar de que la misión fue cumplida, cuando existe un hijo en malos caminos o en dificultad, el corazón de la madre no para de sufrir.

Madre amada, con estas reflexiones quiero revivir cada detalle de los mejores momentos en que entregabas tu vida por mí. Para volver las pisadas que dejaste en mi corazón y recordar la maravillosa experiencia de tu entrega. El Creador reconstruye en mi interior las escenas más significativas de tu misión inspirando mis pensamientos.

Nada se compara a la capacidad de amar de una madre, a la auténtica misión por entregar a la humanidad los mejores frutos de su vientre. Agradezco al Creador porque así lo decidió.

Gracias, Señor, porque inspiraste las palabras que arribaron oportunamente en la construcción de mis reflexiones.

Hijos, nunca olviden el sacrificio de una madre.

Madre, con el regalo que Dios te dio, eres partícipe en la construcción de un mundo a la medida del Creador.

¡Qué gran misión!

No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad.

3 Juan 4

Décima segunda rosa

(Ofrece esta rosa a tu madre)

Mamá, te ofrezco esta décima segunda rosa por:

 

 

 

 

Autor:

Jesús Arturo Figueroa Quiroga


Partes: 1, 2


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