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La era de Trujillo (página 2)

Enviado por Digicentro Famal



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Sin embargo, esta situación provocó tantos disturbios que el capitán de navío H. S. Knapp, con el pretexto de la defensa de los intereses norteamericanos, proclamó oficialmente en nombre de los Estados Unidos la ocupación militar del país el 29 de noviembre de 1916, que se prolongará casi ocho años, hasta el 12 de julio de 1924, fecha en la que el general Horacio Vásquez accedió a la presidencia de la nación tras resultar vencedor en las elecciones celebradas al efecto. A partir de ese momento, se abrió un nuevo periodo de nefasto recuerdo en la historia dominicana, la Intervención, en el que la soberanía nacional, ya de por sí resquebrajada desde el tratado suscrito en 1907, iba a quedar aún más en entredicho.

La ocupación americana, que tuvo algunas consecuencias positivas como el saneamiento de la hacienda pública y la estabilidad política del país, se tuvo que imponer por la fuerza puesto que desde fecha muy temprana comenzaron a surgir grupos de guerrilleros, sobre todo en el medio rural, dispuestos a enfrentarse contra las tropas invasoras. Precisamente, será en el seno de la Policía Nacional Dominicana, cuerpo creado por los estadounidenses para mantener el orden público, donde empiece a perfilarse la futura personalidad de Rafael Leónidas Trujillo.

Empleado en el Telégrafo de Baní desde los dieciséis años, una vez ingrese Trujillo en el ejército, su carrera militar llegará a ser meteórica: desde su admisión en diciembre de 1918 en las fuerzas de intervención, en unos pocos años llegará a ser capitán (1922), teniente coronel (1925) y en 1934, el cúlmen: jefe del Estado Mayor. Es evidente que tanto la sólida formación proporcionada por los instructores norteamericanos como el firme apoyo de Horacio Vásquez, el presidente de la República por aquel entonces, contribuyeron decisivamente a ello y le permitieron comenzar a dominar los resortes más oscuros del poder. Fue también allí donde empezó a atesorar su legendaria fortuna, pues el sistema de aprovisionamiento y compras del ejército era muy propicio para el enriquecimiento personal.

Por aquel entonces (estamos en la segunda mitad de la década de los veinte), Horacio Vásquez y su Partido Nacional dominaban la escena política de la nación. Su confianza en Trujillo era ciega. Sin embargo, los deseos del presidente para postularse a la reelección no iban a encontrar el apoyo suficiente de su oposición política. Tal era el descontento contra la actitud de Vásquez que incluso su propio secretario de Estado, Rafael Estrella Ureña, llegó a separarse del Gobierno para combatir dicha reelección fundando con ese fin un nuevo partido, el Republicano.

El papel que jugó Trujillo en la conspiración fue fundamental, pues la actuación pasiva de las Fuerzas Armadas, de las que era su principal mando, frente al levantamiento producido el 23 de febrero de 1930 en Santiago de los Caballeros, la Revolución de Santiago, contribuyó de manera definitiva al derrocamiento del presidente Vásquez.

Rafael Estrella Ureña asumió la presidencia el 2 de marzo pero poco tiempo bastó para comprobar que la participación de Trujillo en la trama no era la de un mero invitado sino que sus apetencias de poder iban más allá de conformarse con ser un segundón, un convidado de piedra. Para alcanzar esos objetivos no había nada mejor que forzar la convocatoria de unas elecciones que, debidamente amañadas, le permitirían hacerse con la más alta magistratura de la nación; de esa manera también conseguiría legitimizar de cara a la opinión pública internacional su futuro mandato.

Esas elecciones presidenciales se celebraron el 24 de mayo en medio de una auténtica campaña de terror desatada contra todo posible movimiento opositor a la única candidatura presentada, la encabezada por Trujillo que, no podía ser menos, venció de una forma abrumadora (se contabilizaron aproximadamente 224.000 votos a su favor y tan sólo unos 2.000 en contra).

El 16 de agosto de 1930, Rafael Leónidas Trujillo Molina jurará su cargo de Presidente de la República Dominicana. Su vicepresidente será Rafael Estrella Ureña. Apenas un año después, el 2 de agosto de 1931, Trujillo fundará el Partido Dominicano, el instrumento político del que se valdrá el régimen durante su larga trayectoria; un partido o mejor, una auténtica organización de masas en la que debía ingresar todo dominicano mayor de edad (por lo que pudiera pasar), y al que los funcionarios públicos debían contribuir con un 10% de su sueldo. Sus símbolos eran una Palma Real y el acrónimo formado ingeniosamente con las iniciales de su nombre completo, "RLTM" (Rafael Leónidas Trujillo Molina), que también significaban: "Rectitud, Libertad, Trabajo y Moralidad".

La serie dedicada en 1944 al Centenario de la Independencia (Yvert, 371-379; A- 51-53 y hoja-bloque 1) será la encargada de recoger por primera vez dicho acrónimo, contrastándolo deliberadamente con el lema ideado en 1844 por los libertadores de la nación dominicana: "Dios, Patria y Libertad". Hasta entonces, la consigna elegida por el régimen para simbolizar sus logros era: "Paz, Trabajo y Progreso" (véase la emisión de 1937 referida al 8º Aniversario de la Presidencia de Trujillo, Yvert, 303).

Pero, además de una estructura política, Trujillo se valió también de un entramado represivo totalmente concebido para hacer el trabajo "sucio" del régimen, la Patrulla 42, una banda paramilitar que se encargaría de perseguir y represaliar a todas aquellas personas que se significaran algo contra el trujillismo. Más tarde, se haría famosa (y temida) la columna periodística El Foro Público, que aparecía en el diario El Caribe y que constituía un verdadero termómetro de la política nacional. Desde ese púlpito de papel, Trujillo lanzaba periódicamente dardos envenenados (de forma anónima, eso sí) contra sus colaboradores más cercanos, censurando sus comportamientos, tanto públicos como privados, y reprochando sus actitudes; en definitiva, haciéndoles caer en desgracia.

Poco tiempo después de asumir Trujillo el mando presidencial, el 3 de septiembre de 1930, un gran ciclón, llamado el de San Zenón, asoló la capital de la nación caribeña destruyéndola casi por completo. Se contaron por miles las víctimas y los daños fueron muy cuantiosos.

A partir de ese momento, Trujillo y su gobierno se involucrarán de lleno en una febril tarea de reconstrucción de la capital que culminará en un tiempo récord (el Correo dominicano también se sumaría con la emisión, en 1931, de una serie en beneficio de los damnificados, Yvert, 233-236). Por esa razón se "decidió" que desde el 11 de enero de 1936, la antigua Santo Domingo de Guzmán, la primera ciudad erigida por los españoles en América (fundada en 1496 por Bartolomé Colón) pasara a llamarse Ciudad Trujillo en homenaje al dictador y a su empeño personal por el resurgimiento de la histórica localidad. Una serie aparecida en 1937 celebrará el primer aniversario de la nueva denominación (Yvert, 297-299) reproduciendo una vista del obelisco erigido por tal motivo. Esa fecha, el 11 de enero, será declarada desde entonces como Día del Benefactor.

Durante esos años, la filatelia dominicana reflejará mejor que nadie la intensa actividad reconstructora del nuevo régimen y su incipiente personalismo, que poco más tarde llegará a unas cotas inimaginables. Así, en 1934 se conmemora el puente Generalísimo Trujillo sobre el río Yuna (Yvert, 267-269 y A-24); al año siguiente, y en homenaje a su hijo, el puente Ramfis sobre el río Higuamo (Yvert, 270-273); en 1936 se celebra la inauguración de la Avenida George Washington en Ciudad Trujillo (Yvert, 280-283) y por último, en 1938, aparece un sello de Correo Aéreo (Yvert, A-37) reproduciendo un hidroavión y el obelisco erigido en la capital.

Una vez cumplido su mandato, durante los años 1938-1942 Trujillo seguirá dominando la escena política, aunque esta vez figure como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y ministro plenipotenciario, viajando como embajador extraordinario por todo el mundo. Es evidente que tanto la masacre de haitianos ocurrida en 1937 como la consiguiente repulsa internacional hacia el régimen determinaron que el dictador optase por ocupar un discreto segundo plano cediendo el mando presidencial a Jacinto B. Peynado y Manuel Jesús Troncoso, sucesivamente.

El conflicto con Haití ha sido una constante en la historia de la República Dominicana. Nunca la relación entre los dos países vecinos fue pacífica puesto que Haití siempre consideró la parte española de la isla como territorio propio; de ahí las distintas invasiones que se produjeron a lo largo del siglo XIX, que dejaron un sentimiento de odio y recelo hacia los haitianos. A todo esto se sumaba la gran diferencia entre los dos países: Haití, era esencialmente una nación africana trasplantada al Caribe (el 90% de su población era de raza negra y el vudú constituía la religión más practicada) y su nivel de desarrollo económico era calamitoso. Por el contrario, la República Dominicana estaba formada por una mayoría de mulatos, a los que seguían los descendientes de españoles, y siempre hizo gala de su mayor componente europeo, sobre todo hispánico, para diferenciarse del vecino. Por si fuera poco, aun dentro de su pobreza, era una nación mucho más desarrollada, una especie de Eldorado para los miles de haitianos que buscaban un trabajo que simplemente les permitiera sobrevivir.

Hay que decir que la frontera entre las dos naciones estaba delimitada de manera muy imprecisa. Además, se estaba produciendo en la práctica una paulatina haitianización del territorio limítrofe dominicano puesto que gran cantidad de haitianos malvivía buscándose la vida en los campos de caña de azúcar dominicanos (había zonas en las que el kréyol era más hablado que el español y la gourde predominaba claramente sobre el peso en las transacciones económicas). Conscientes de la gravedad del problema, los presidentes de la República Dominicana y Haití, Horacio Vásquez y Luis Borno, suscribieron en 1929 el primer tratado de límites, aunque en realidad no fuera estrictamente un trazado fronterizo. Como muestra evidente de la importancia que los dos países dieron al compromiso, tanto el Correo dominicano como el haitiano emitieron series conmemorándolo (Yvert, 223-227 y 263, respectivamente).

Sin embargo, el 27 de febrero de 1935, siendo ya Trujillo presidente, se concluyó un nuevo tratado fronterizo que pretendía zanjar definitivamente el conflicto (Yvert, 274-277). Es en este contexto cuando se produce la atroz matanza, promovida por el propio régimen trujillista, de varios miles de haitianos que vivían en las provincias dominicanas limítrofes con su país. Todavía hoy no se conoce el número exacto de víctimas de la masacre (se habla de, aproximadamente, entre 10.000 a 20.000 muertos(3)); lo que sí se sabe es que poco después, en enero de 1938, y ante el clamor generado por la opinión pública internacional, el gobierno dominicano se vio obligado a anunciar la búsqueda de los responsables de la tragedia. Sin embargo, las reparaciones económicas fueron ridículas, gracias sobre todo a las hábiles artes negociadoras de Trujillo, todo un experto en estas lides, que consiguió acordar con su colega haitiano Stenio Vincent una irrisoria indemnización global de 750.000 dólares para los familiares de las víctimas.

Si el litigio con Haití era uno de los eternos problemas no resueltos de la historia dominicana, el otro escollo fundamental para la consolidación definitiva de la nación caribeña era el de la gran deuda económica que este país había contraído principalmente con los EEUU. Tal débito ponía en tela de juicio la soberanía de la nación, puesto que su Gobierno y, consiguientemente, su Hacienda estaban mediatizadas por las directrices impartidas desde Washington, que ejerció un verdadero protectorado sobre la República Dominicana durante el primer tercio del siglo XX.

Efectivamente, una vez zanjada la cuestión haitiana quedaba por solucionar el problema del endeudamiento externo. Uno de los objetivos largamente perseguidos por Trujillo será pues, anular los compromisos de las convenciones de 1907-1924 con el fin de que las aduanas fueran controladas de nuevo por la República Dominicana. Así, firmará en diciembre de 1940 junto con el secretario de Estado de Asuntos Exteriores norteamericano Cordell Hull(4) el tratado que será conocido con el nombre de Trujillo-Hull. Por el mismo, quedaron sin efecto las obligaciones contraídas, pagando el país en 1947 el débito que para entonces ascendía a 9.271.855 millones de dólares; esa suma era la que faltaba para abonar totalmente los veinte millones de dólares a que ascendía la deuda externa cuando se inició su mandato. Desde entonces, un nuevo título será adjudicado al dictador: Restaurador de la Independencia Financiera del País. Una serie de 1941 conmemorará este tratado (Yvert, 344-350) reproduciendo los retratos de los llamados Padres de la Patria (Duarte, Sánchez y Mella), a los que significativamente se les añadirá la efigie del Generalísimo Trujillo.

En 1942 Trujillo es reelegido después de una campaña electoral supuestamente reñida, que también tendrá su reflejo en la filatelia (Yvert, 367-370). Efectivamente, los cuatro sellos que componen dicha serie reproducen los emblemas de los dos partidos concurrentes, el Dominicano y el Trujillista, junto con los votos conseguidos por dichas agrupaciones: 391.708 sufragios el Partido Dominicano (el de Trujillo propiamente) y 196.229 el "opositor" Partido Trujillista, una organización curiosamente más fervorosa en su apoyo al dictador que la que resultó vencedora en dichos comicios.

Su mandato, iniciado el 1 de agosto de 1942, se prolongará hasta 1952. Durante este período, conocido como la Altiplanicie del Poder, se consolidará definitivamente el régimen(5), que impulsado por la coyuntura económica favorable de la posguerra propiciará un desarrollo económico nunca antes conocido en el país caribeño. Incluso se permitió una cierta oposición política con la fundación de diversos partidos y sindicatos (como el Partido Democrático Revolucionario, de tendencia marxista), llegándose a establecer relaciones diplomáticas con la Unión Soviética (1944). En esta etapa también se producirá la única huelga importante que tuvo lugar durante la dictadura, la protagonizada en 1942 por los trabajadores de la caña de azúcar de La Romana y San Pedro de Macorís, que consiguieron ver cumplidas gran parte de sus reivindicaciones laborales.

Otros hechos destacables durante este período son el reconocimiento en 1942 del derecho al voto femenino; la apertura, también ese año, del emblemático Hotel Jaragua, obra maestra de la arquitectura moderna en el Caribe (dicho hotel, demolido en 1985, fue diseñado por el gran arquitecto dominicano Guillermo González); la compra del First National Bank, que se convirtió en el Banco de Reservas (Yvert, 353-354); la creación de los bancos Central (Yvert, 717-718) y de Crédito Agrícola e Industrial; y por último, el Plan de Alfabetización y las llamadas Escuelas de Emergencia (serie de 1941 celebrando la creación de 5.000 escuelas rurales, Yvert, 351-352), que le "valieron" a Trujillo para obtener el título de Primer Maestro de la República.

Así las cosas, en 1952, y en pleno apogeo del trujillismo, el dictador decidirá inesperadamente presentar a un familiar, su hermano Héctor Bienvenido, como candidato para la presidencia de la nación (se celebraban elecciones ese mismo año), argumentando la reincorporación "a sus actividades de rector moral y político del pueblo dominicano"; o sea, que seguirá gobernando el país, pero ahora en la sombra.

Héctor Bienvenido, Negro, Trujillo Molina nació en 1908 y fue el único miembro de la dinastía Trujillo que realmente cursó estudios militares superiores, desempeñando los cargos de comandante en jefe del Ejército y secretario de Guerra y Marina. Investido Generalísimo, al igual que su hermano, fue designado presidente de la nación el 16 de mayo de 1952.

Si hubiera que señalar un momento cumbre en la historia de la dictadura trujillista, ese sería sin ningún tipo de dudas la celebración de la llamada, presuntuosamente, Feria de la Paz y la Confraternidad del Mundo Libre. Dicho certamen, inaugurado el 20 de diciembre de 1955 y clausurado el 31 de diciembre de 1956, se concibió con el fin de conmemorar el 25º aniversario de La Era de Trujillo y, de paso, mostrar al mundo las realizaciones del régimen y su carácter de estandarte contra el comunismo; no podemos olvidar que estamos en plena Guerra Fría y que los Estados Unidos hace tiempo que dejaron de promover la democracia en el continente obsesionados por la amenaza de la infiltración soviética (ahí estaba, por ejemplo, el reciente derrocamiento en 1954 del presidente guatemalteco Jacobo Arbenz).

Durante ese acontecimiento no se escatimaron fondos del erario público y se levantó un recinto ferial digno de admiración, con modernas edificaciones (proyectadas en su mayoría por Guillermo González) que albergarían los pabellones de los países participantes; en fin, todo un intento para mostrar la cara amable del régimen. La filatelia dominicana también se encargaría de conmemorar dicho certamen.

Efectivamente, en 1955 se celebró el 25º Aniversario de La Era de Trujillo (Yvert, 435-438 y A-96-98) con diversos sellos que reproducían la estatua ecuestre dedicada a Rafael Leónidas Trujillo, así como distintos retratos suyos, de uniforme, con su característico bicornio, y de civil. Igualmente figuraba en esta emisión su hermano Héctor Bienvenido -a la sazón presidente formal de la nación-, que curiosamente un año después sería filatelizado por otro país, Panamá, con motivo de la celebración del Congreso Panamericano (Yvert, A-150).

En 1955 también aparecerá la serie que propiamente conmemora dicha exposición. Se trata de Fiestas de la Paz y la Confraternidad (Yvert, 439-440), siendo el motivo principal y exclusivo de la misma la imagen de Angelita Primera, la hija favorita del dictador (muchos ejemplos tenemos de esa predilección especial; no en vano Trujillo ya la nombró embajadora especial en los actos de coronación de la reina Isabel II de Inglaterra cuando tan sólo contaba con 14 años de edad). Angelita fue designada Reina de la Feria, y de ella decían las crónicas de la época que llegó al recinto del certamen en un barco, portando una corona repleta de piedras preciosas y luciendo un traje confeccionado en piel de armiño por las mejores modistas de Roma.

En 1957 fue reelegido al frente de la presidencia de la República Héctor Bienvenido. Tal circunstancia no será recogida por la filatelia dominicana, que seguirá ocupándose obsesivamente del verdadero dirigente del país, Rafael Leónidas Trujillo, llegando incluso a celebrar su 66º cumpleaños (Yvert, 467-468) con una serie que utilizaba como motivo principal la flor nacional, la de la caoba.

Sin embargo, el país pronto va a comenzar a sentir la resaca del despilfarro ocasionado por los fastos de la feria recién celebrada. Por si fuera poco, empezarán a surgir importantes movimientos opositores(6) a la dictadura y ésta recrudecerá la represión contra todo aquel que piense distinto; así, el 14 de junio de 1959 un grupo de exiliados ayudados por el régimen recién instaurado de Fidel Castro intentará la invasión del país desde Constanza, Estero Hondo y Maimón (Yvert, 925), con el ejemplo muy reciente de la triunfante Revolución Cubana. La represión será terrible.

Sonado fue el secuestro, el 12 de marzo de 1956, en Nueva York, y su posterior asesinato por agentes de Trujillo, del vasco Jesús Galíndez, periodista y profesor en la Universidad de Columbia refugiado en el país caribeño después de la Guerra Civil Española, que publicó en 1953 La Era de Trujillo, una feroz crítica al régimen dominicano.

Unos años más tarde, concretamente el 25 de noviembre de 1960, el Servicio de Inteligencia Militar (SIM), la policía política de la dictadura, asesinará, ¡simulando un accidente de tráfico!, a las hermanas Mirabal (Patricia, Minerva y María Teresa) cuando éstas salían de la Fortaleza de Puerto Plata después de haber visitado a sus esposos, tres famosos dirigentes del movimiento de oposición 14 de Junio encarcelados por sus actividades contra el régimen. Este hecho va a provocar una gran consternación en la sociedad dominicana, que definitivamente comenzará a tomar conciencia de la dura realidad, del salvajismo y la falta de valores de que hacía gala el trujillismo.

Otra muestra de esa gran brutalidad fue el atentado fallido (24 de junio de 1960) contra el presidente de Venezuela Rómulo Betancourt, odiado por Trujillo por su apoyo constante a los exiliados dominicanos. Este hecho fue el principio del fin del régimen, la gota que colmó el vaso, pues la Organización de Estados Americanos (OEA) ya había acordado en su reunión de San José de Costa Rica la imposición de duras sanciones al régimen que provocaron su rápido aislamiento (se produjo la ruptura general en las relaciones diplomáticas con todos los países americanos, el bloqueo económico de la República Dominicana y un embargo de armas); no olvidemos que ya en Chile, en 1950, la OEA había hecho su primera declaración contra Trujillo. En pocos años, el dictador va a pasar de ser el Primer Anticomunista de América, bastión de los EE.UU. en su lucha contra el comunismo, a convertirse en una especie de apestado, en una figura incómoda para sus antiguos aliados.

Por si fuera poco, la Iglesia Católica, abanderada del régimen durante tantos años (muchos detalles así lo corroboran como, por ejemplo, la condecoración que Pío XII otorgó a Trujillo, La Gran Cruz de la Orden Papal, o el Concordato suscrito con la Santa Sede en 1954), también le va a dar la espalda. El hecho detonante será la pretensión de Trujillo de que se le concediera una nueva distinción más a añadir a su largo catálogo de títulos honoríficos: Benefactor de la Iglesia. En este sentido, la Carta Pastoral del 31 de enero de 1960, censurando la falta de respeto a los Derechos Humanos y la carencia de libertades, va a suponer el desmarque definitivo de otro de los pilares en que se sustentaba la dictadura.

Las cosas se estaban poniendo feas. Por eso, ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos y con el único fin de aparentar un distanciamiento de la dinastía Trujillo del poder político, Héctor Bienvenido se verá obligado a abandonar la presidencia del país el 3 de agosto de 1960, asumiéndola el entonces vicepresidente Joaquín Balaguer, eterno estadista dominicano, mucho mejor visto en la escena internacional que su predecesor.

En esos últimos años de dictadura la filatelia no reflejará los serios problemas que están acechando al país caribeño; por el contrario, aumentarán las emisiones dedicadas a ensalzar la figura de Trujillo, pero también la de sus hijos. Ejemplo de ello es la interesante serie de 1959 conmemorando el encuentro internacional de polo entre las selecciones de la República Dominicana y Jamaica (Yvert, 515-517 y 137-A), en la que figura el retrato de uno de los vástagos del dictador, Leónidas Rhadamés Trujillo Martínez, a la sazón capitán del equipo dominicano. Por cierto, en 1960 otra serie se referirá a él, la dedicada a conmemorar la inauguración del puente Leónidas Rhadamés (Yvert, 530-533).

Pero como decíamos, la mayoría de los sellos del tramo final del régimen están destinados a glorificar al Benefactor de la Patria, que así se titula la emisión de 1958 (Yvert, 499-501 y hoja-bloque 15), que conmemora, nada más y nada menos, el XXV Aniversario de la concesión a Rafael Leónidas Trujillo Molina del título de Benefactor de la Patria.

En 1959, el 29º aniversario de La Era de Trujillo es celebrado con sello y hoja-bloque (Yvert, 518 y 21, respectivamente), en los que figura la imagen del dictador de uniforme, con su típico bicornio coronado por plumas de guacamayo, ante el Altar de la Patria. Y así, llegamos a 1961, cuando aparece la que será la última emisión -póstuma- dedicada a Trujillo, pues ese mismo año cayó asesinado: Memorial Trujillo (Yvert, 552-556), se titula dicha serie, que transcribe junto a una vista del monumento funerario erigido en su honor una de las sentencias favoritas del dictador: "Mis mejores amigos son los hombres de trabajo".

La noche del martes 30 de mayo de 1961, Trujillo subió en su flamante Chevrolet Bel Air de color azul, modelo 1957, que conducía su chófer de confianza, Zacarías de la Cruz. No llevaba escolta por decisión personal (en noviembre de 1960 había ordenado que se cancelara la vigilancia del SIM), plenamente convencido de que ninguna escolta era capaz de desafiar lo que le deparara el destino. Al igual que otras muchas noches, el dictador emprendía viaje rumbo a San Cristóbal, donde tenía una casa de campo llamada La Caoba. En aquel lugar, llamado así porque estaba construido totalmente de esa madera preciosa, la preferida del presidente, descansaba después de sus largas jornadas de trabajo; allí recibía también a sus amigos íntimos y disfrutaba de sus frecuentes citas amorosas.

Eran las diez menos cuarto cuando en la Avenida Washington, rumbo a la carretera a San Cristóbal, un Chevrolet negro abordó al coche de Trujillo, descargando los ocupantes de aquél varias ráfagas de disparos, muchos de los cuales impactaron de lleno en el cuerpo del dictador que, aunque respondió fieramente al ataque, murió prácticamente en el acto. Su chófer resultó gravemente herido.

Detrás de ese atentado estaban varios militares dominicanos (entre ellos, el jefe del ejército José René Román, que estaba casado con una sobrina de Trujillo) descontentos con el devenir del régimen, pero también, y principalmente, la CIA, que hacía ya varios años había perdido la confianza en el hombre que durante tanto tiempo les hizo el trabajo "sucio" en el Caribe.

El cadáver del dictador, totalmente acribillado de balazos, fue hallado a las cinco de la madrugada del miércoles 31 de mayo dentro del maletero de un coche. Rafael Leónidas Trujillo dejaba nueve hijos, cinco de sus tres esposas oficiales (Aminta Ledesma, Bienvenida Ricardo y María Martínez Alba, la última de ellas) y cuatro de sus amantes favoritas (Lina Lovatón, Elsa Julia, Norma Meinardo y Mony Sánchez).

Trujillo no sólo tuvo hijos y amantes. El sátrapa caribeño igualmente acumuló durante su eterno mandato un sinfín de títulos y honores, a cual más pintoresco(7): Primer Médico de la República, Primer Anticomunista de América, Primer Maestro de la República, Primer Periodista de la República, Genio de la Paz, Protector de todos los Obreros, Héroe del Trabajo, Restaurador de la Independencia Financiera del país, Salvador de la Patria; amén de los tradicionales Generalísimo Invicto de los Ejércitos Dominicanos y Benefactor de la Patria, y Padre de la Patria Nueva.

Pero también se le otorgaron títulos en el extranjero, algunos concedidos por países de intachable tradición democrática y otros no tanto (Italia, Francia, Holanda, Argentina, México, Líbano, Marruecos, Vaticano, Ecuador, España, Haití...). He aquí unos cuantos ejemplos: la Gran Cruz Nacional de la Legión de Honor, de Francia; el Gran Cordón de la Orden de Isabel la Católica y la Gran Cruz de la Orden de Carlos III, ambos de España, impuestos por Franco a Trujillo durante su visita a nuestro país en el verano de 1954 (estos títulos siempre fueron sus preferidos); o la Gran Cruz de la Orden Honor y Mérito, de Haití (paradojas de la vida...).

Trujillo sería incluso propuesto por su legión de aduladores como candidato para obtener el Premio Nobel de la Paz en 1936. Igual "honor" le cupo a su esposa, María Martínez Alba, oficialmente la Prestante Dama, que fue postulada por la inmensa mayoría de los intelectuales dominicanos que aún permanecían en la isla para el Nobel de Literatura de 1955, aprovechando la repercusión internacional de la Feria de la Paz y la Confraternidad del Mundo Libre.

Lo cierto es que Trujillo gobernó el país como si de su hacienda particular se tratase(8) (las historias sobre su inmenso patrimonio personal eran habituales ya desde su época de militar). Suena a tópico pero fue así. Efectivamente, él y su familia tenían intereses económicos en prácticamente todos los sectores productivos de la nación; en unos casos en régimen de monopolio (tabaco, aceites comestibles, sal, cerveza, medicamentos, cemento...) y en otros, casi (prensa, radio y televisión, seguros, navegación y tráfico aéreo...). Al frente de la mayoría de las empresas figuraban militares, políticos, amigos, en fin, personas de su confianza. De esa manera, el sistema funcionaba como un entramado gigantesco que servía para recompensar o castigar, según qué; pero también para cohesionar y afirmar al régimen, ya que los intereses nacionales se mezclaban con los particulares, cosa en cierto modo positiva pues la buena gestión de los negocios repercutía también, aunque de manera tangencial, en la economía nacional. Es innegable que la República Dominicana había experimentado una mejora incuestionable en su nivel de desarrollo económico y social, sobre todo si se comparaba con la situación anterior a 1930 y con la de los países de su entorno (durante el largo "reinado" de Trujillo el Presupuesto Nacional había crecido de seis a más de cien millones de dólares en su último año de gobierno).

Apenas recién muerto Trujillo, el caos no tardaría en apoderarse de las calles de las principales ciudades dominicanas y los actos de saqueo y vandalismo contra sus propiedades, pero también contra todo aquello que recordara al trujillismo (monumentos, placas de calles, etc.) fueron generales. Sin embargo, la situación empezó a calmarse pronto pues el aparato policial del régimen, el SIM, encabezado por el siniestro coronel Johnny Abbes, permanecía aún intacto.

Ni que decir tiene que la represión desatada en busca de los culpables del magnicidio fue terrible. Especialmente cruel fue uno de los hijos del dictador, Rafael Leónidas Trujillo Martínez -Ramfis-, que volvió precipitadamente de París, donde se encontraba, para involucrarse personalmente en la venganza. Sólo dos de las personas que participaron directamente en el atentado consiguieron escapar (de forma rocambolesca, eso sí) y en la actualidad sólo permanece vivo uno de ellos, Antonio Imbert. Los demás murieron después de sufrir penosas y sofisticadas torturas, pudiéndose considerar afortunados los que perecieron en el acto tras ser sorprendidos por el SIM, generalmente por una delación.

En octubre de 1961, José Arismendi -Petán- y Héctor Bienvenido -Negro-, hermanos del dictador, abandonaron el país rumbo al exilio, pero en noviembre de ese mismo año decidieron volver con la intención de dar un golpe de Estado. Joaquín Balaguer, el futuro sempiterno presidente, que fuera mano derecha de Rafael Leónidas Trujillo, consiguió eludir la crisis con el apoyo intimidatorio de la marina estadounidense: el peligro de una involución trujillista había desaparecido. Para consolidar este estado de cosas, el 4 de enero de 1962, el Consejo de Estado dominicano confiscó y declaró bienes nacionales la totalidad de las propiedades, acciones y obligaciones del clan de los Trujillo. Nadie relacionado con el mismo podía tener empresas o intereses económicos en el país.

En cuanto a las peripecias por las que pasaron los familiares del dictador fueron variopintas. Así, la última esposa de Trujillo, María Martínez Alba, con la que contrajo matrimonio en 1936, murió -de forma natural, eso sí- varios años después en Panamá. Por su parte, su hija Angelita regenta en la actualidad una gasolinera en Miami y se dedica a salvar almas en nombre de una secta religiosa.

Mención aparte merece la referencia al destino, digno de una tragedia clásica, que sufrieron Leónidas Rhadamés y Ramfis, bautizados así por su madre, melómana confesa, en homenaje a dos personajes de Aida, la famosa ópera de Giuseppe Verdi. Efectivamente, Leónidas Rhadamés, el mayor de los hermanos, más conocido por su faceta de jugador de polo, murió en Panamá trágicamente asesinado por un clan mafioso colombiano en un asunto bastante turbio, parece que de tráfico de divisas.

Ramfis, por su parte, el hijo favorito del dictador y la persona en quien éste había depositado todas sus esperanzas para perpetuar la dinastía, tampoco salió mejor parado. Nombrado a los siete años de edad coronel del ejército, Ramfis Trujillo se convirtió a los diez en general, alcanzando durante la Feria de la Paz y la Confraternidad del Mundo Libre el grado de teniente general. Incluso llegó a ser jefe de la Fuerza Aérea dominicana. De carácter muy inestable, no en vano estuvo sometido en varias ocasiones a tratamiento psiquiátrico en clínicas de Bruselas y Nueva York, toda su vida fue una aventura, siendo incontables sus romances con las actrices más famosas de Hollywood. Más preocupado por los placeres terrenales (mujeres, viajes, coches...) que por sus responsabilidades públicas no le quedó más remedio que optar por el exilio, una vez consciente de la imposibilidad de restaurar el trujillismo en su país.

Así las cosas, Ramfis abandonó la República Dominicana junto con su familia en noviembre de 1961. Poco después se establecería en España -no olvidemos la gran amistad que tenía su padre con el también Generalísimo, Francisco Franco-, y aquí terminó sus días, el 28 de diciembre de 1969, en Madrid, a los cuarenta años de edad, víctima de un aparatoso accidente de automóvil.

Digna es de reseñar la "aventura" que supuso el traslado del cadáver del dictador hasta su definitivo destino en el cementerio madrileño de El Pardo. Efectivamente, el 18 de noviembre de 1961 Ramfis Trujillo embarcó junto con toda su familia en su yate Angelita con destino a París, llevando a bordo el cadáver de su padre, que había conseguido sacar de la cripta de San Cristóbal, donde reposaba. Después de un viaje repleto de vicisitudes, y una vez en la capital francesa, los restos mortales de Rafael Leónidas Trujillo fueron provisionalmente enterrados en el cementerio parisino de Pére Lachaise.

Años después, en 1970, María Martínez negociaría la compra de una parcela en el cementerio de El Pardo con el fin de levantar allí un panteón familiar dedicado a la familia Trujillo. Así, el 24 de junio de 1970 se trajeron los restos de Ramfis desde el cementerio de La Almudena, donde reposaban en un nicho, y en noviembre los del Generalísimo Trujillo. Desde entonces yacen juntos los restos mortales de padre e hijo.

En 1962, recién cumplido un año del magnicidio, el Correo dominicano emitió una serie de sellos (Yvert, 576-579 y A-158-159) junto con una hoja-bloque (Yvert, 26) conmemorando tal acontecimiento. Merece la pena citar el encabezamiento de dicha hoja, "Aniversario del Ajusticiamiento del Tirano", para constatar que el trujillismo pasó muy pronto a la historia; cómo 31 años de dictadura personal fielmente reflejada en la filatelia del país caribeño se diluyeron en apenas unos cuantos meses: no estamos ante un asesinato sino que lo acontecido en la noche del 31 de mayo (declarado desde entonces Día de la Libertad) fue un acto de derecho, un "ajusticiamiento" realizado por unos patriotas, los Héroes del 30 de Mayo

 

 

 

 

Autor:

Francisco Augusto Montas Ramirez


Partes: 1, 2


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