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Quienes tenemos la oportunidad de viajar regularmente a lo ancho y largo del País nos topamos con expresiones culturales, ahora más que antes, que nos tientan a pensar en la posibilidad real que a las diferencias de pueblos amazónicos, quechuas, afro-peruanos, etc. se suman ahora mayores coincidencias que van configurando una única Nación llamada Perú.
Cuando los migrantes rurales se afincan en las ciudades traen un cúmulo de costumbres, actitudes, ideas, sentimientos, etc. propios de sus pueblos de origen; pero la cultura a la que se integran (que puede ser urbana, porteña, costeña, etc.) los lleva a modificar paulatinamente sus patrones culturales y ellos mismos como sus descendientes terminan asumiendo nuevas perspectivas y una nueva cosmovisión del mundo que los lleva a ser expresión de una nueva cultura chola o mestiza a la que no pueden sustraerse.
Conviene hacer notar aquí que el fenómeno migratorio no es unidireccional es decir solo del campo a la ciudad, no; también se presentan casos -en menor porcentaje sin duda- de personas que por razones diversas ven la necesidad de migrar y asentarse en zonas rurales (por trabajo, familia, etc.) a las que se incorporan e integran creativamente.
La mixtura, o como prefieren algunos, la heterogeneidad socio-cultural es el sustento de nuestra nacionalidad y apoyándonos en ésta nos potencia para pensar en un Proyecto Histórico de Desarrollo que nos lleve al gran salto de la homogeneidad económico-política.
Seguir pensando un Perú con grupos étnicos eternamente enfrentados y como un conjunto de naciones entre las cuales no cabe integración real, significaría pensar que no somos capaces hasta ahora de aspirar a la posibilidad de un mestizaje integral. En tales condiciones la propuesta de pensar un proyecto-país se torna imposible.
Nunca como ahora suena muy actual aquella socarrona expresión de Don Ricardo Palma y motivo de uno de sus cuentos: "El que no tiene de inga tiene de mandinga".
Reiteramos la obligación moral, ahora obligación jurídica establecida por todos los organismos internacionales competentes, de reconocer y respetar las culturas vivas que existen en nuestro territorio. Ellas han sido, son y serán motivo de orgullo permanente para todo peruano y representan sin ninguna duda el alma y la esencia de la peruanidad del siglo XXI.
Es oportuno reconocer la existencia de una corriente político-ideológica que entiende el mestizaje como mecanismos de presión social, política y económica que ejercen una elite criolla para lograr hegemonía y control sobre el resto de grupos étnicos como aborígenes, mestizos, mulatos, etc. Por ejemplo, Silva Santistevan, hace dos décadas escribió: "Nuestra hipótesis rechaza el planteamiento de que el Perú de hoy cuenta con un Estado que sea el marco político institucional de una nación integrada y mestiza. Este planteamiento oculta el hecho fundamental de la heterogeneidad étnica de nuestro País y da por concluido apresuradamente un proceso histórico de integración que está lejos de haber alcanzado su plenitud".
El mestizaje entendido como estrategia de dominación es una postura ideológica respetable y no podríamos dejar de reconocer ciertamente el hecho que el Perú históricamente nace y se desarrolla como producto de una relación conflictiva entre lo andino y lo occidental. Nuestras raíces socioculturales del periodo prehispánico mantuvieron siempre presencia, que a pesar del impacto occidental no han desaparecido totalmente y no creo que lo hagan. Pero algo está cambiando, para bien de las generaciones venideras.
Para terminar este primer punto de nuestro artículo, es oportuno hacer notar que para gestar un proyecto de largo plazo pensando en la revaloración de nuestras raíces que promueva sistemáticamente el afianzamiento de nuestra identidad nacional debería promoverse la especialización de verdaderos gestores culturales. Estos gestores culturales serían profesionales a cargo del Estado que se encargarían de la elaboración y ejecución de proyectos culturales que permita sistematizar procesos, evaluar experiencias y sobre todo plantear y replantear objetivos que permita desarrollar políticas de Estado relacionadas con nuestra identidad nacional.
Existe ahora una concepción mucho más clara y fundamentada de lo que significa la palabra ciudadanía. Empecemos por reconocer que es un atributo concedido por el Estado, que automáticamente da al individuo un status jurídico expresado en derechos políticos, civiles y sociales que le permiten intervenir en el quehacer público (asociarse, formar parte de un partido político, elegir, ser elegido, etc.) y gozar de libertad. Al ser el Estado quien concede atributos jurídicos y da la categoría de ciudadano partimos del supuesto que todo sujeto se somete voluntariamente al poder del Estado por que comparte valores y principios que van a facilitar la convivencia y bienestar general.
Existen otras definiciones de ciudadanía sin duda, pero no es la intención ser exhaustivo en las mismas para efectos del presente artículo.
Hagamos propicia la oportunidad para recordar que la dinámica del concepto "ciudadanía" y los avatares de su mal ejercicio en la vida en democracia desde antes y después de la instauración de la República del Perú llevó al ciudadano de las mayorías a desarrollar sentimientos de recelo, desconfianza y hasta rechazo de toda relación con la comunidad política, llámese partido político, autoridad, congreso, etc. Utilizamos la expresión "comunidad política" como el conjunto de personas preparadas para el ejercicio de sus deberes y derechos expresadas en su capacidad para elegir y ser elegidos, asumir funciones representativas, así como aplicar o invocar de acuerdo a sus intereses y necesidades las prerrogativas que brinda el Estado como cuerpo jurídico.
Este rechazo a toda relación con la comunidad política está marcada en el siglo XVII con la mítica sentencia de Thomas Hobbes: "El hombre es el lobo del hombre" en la que atribuye a toda persona, "un deseo perpetuo e insaciable de utilidad y de poder…".La frase citada y su interpretación, grafica claramente el rechazo a participar en actividades políticas por parte de los ciudadanos de entonces y de muchos de ahora; rechazo explicitado en frases como: "cuidado, la política es mala", "todo político es corrupto", "todas las autoridades roban", etc.
Tal forma de pensar, despreciativa de la política, se fue enraizando en la mentalidad de las generaciones formadas en una modernidad caracterizada por ensalzar toda clase de actividades que satisfagan el ego o el hedonismo expresado en riqueza, poder, sexo, emociones fuertes, etc. Esta modernidad establece como idea central que el hombre es el centro del universo, amo y señor de la naturaleza.
Entre otras variables, tomemos en cuenta la importancia de los medios de comunicación masiva y la educación pública, que es la educación que recibe el 80 % de peruanos.
Existe acuerdo que los medios masivos de información, como herramientas de educación y co-responsables de la formación del alma colectiva, aportan su cuota al creciente deterioro moral al resaltar y exaltar temas casi siempre asociados a corrupción, narcotráfico, traición, tránsfugas, soborno, etc. expresados en todos los niveles sociales incluyéndose niveles de gobierno local, regional o nacional.
En una realidad como la nuestra, la educación de calidad entendida como el acceso al conocimiento especializado en sus niveles medio y superior, se convierte en una variable que concede poder a quien lo detenta. "El poder del conocimiento" se afirma y se publicita como un mensaje que atraviesa dolorosamente la conciencia de quienes saben de antemano que ellos y sus hijos no podrán llegar a tener ese poder, salvo un milagro o rara excepción para consolidar la regla.
Es más fácil y rápido que el conocimiento humano sea convertido en ciencia, tecnología, arte o leyes (al servicio directo de unos pocos) que en valores comunes (al servicio directo de todos). Quienes pueden servirse directamente del conocimiento científico, tecnológico o jurídico son los que finalmente como por ley de gravitación universal asumen el liderazgo en el control político y económico.
La mayoría de la población crece, se desarrolla y muere desconociendo las bondades y los beneficios del conocimiento científico, tecnológico, artístico o jurídico. Desconocimiento traducido en engaño, abuso o prepotencia de politiqueros que lleva al sector mayoritario de nuestra población a indignación a veces mal canalizada y aflora como resentimientos, frustración, baja auto-estima o rabia contra "el criollo" o "la criollada". Pero el criollo no representa aquí un grupo étnico en particular; significa simplemente al "vivo por que sabe más", al que se aprovecha del que desconoce sus derechos y este criollo puede ser indistintamente un zambo, blanco, negro o cobrizo.
Así queda sentada una situación que denigra al político partidario y a la política de partido, de organización, de colectivo, de activismo. En tanto, la anti-política aparece en el escenario.
Como corolario de toda la situación aquí presentada las grandes mayorías terminan reacias a aceptar, entender o asumir comportamientos y actitudes relacionadas con vigilancia social, participación, trabajo en colectivos, fiscalización y transparencia, empoderamiento, etc. por que no se identifican con estas actividades. O identifican estas actividades como parte de la parafernalia llamada política y todavía no se han dado razones suficientes para que nuestros conciudadanos pasen a sentirse parte de una comunidad política, no se identifican con ella, carecen en consecuencia de identidad ciudadana.
A falta de identidad ciudadana aflora el rechazo a la comunidad política expresada en frases como "a este país nadie lo cambia", "se acuerdan de los pobres solo en elecciones", "no me metan en juicios, por favor", etc.
Expresiones de indignación como la recurrente: "el vivo vive del tonto y el tonto de su trabajo" es acaso fiel reflejo de un resentimiento instalado en la mentalidad de todos los peruanos a lo largo de los años y fiel reflejo de falta de identidad ciudadana que faculta y obliga al deber de vivir honestamente como al derecho de trabajar para su propio bienestar y el de los suyos. La indignación de nuestros conciudadanos que sufren el olvido de los sucesivos gobiernos, en el interior del País, se personifica en actitudes y expresiones de rechazo generalizado al Estado y su cuerpo jurídico.
Este rechazo al Estado, que estrictamente en esencia es un rechazo a los gobiernos, da cabida a una calculada interpretación que tergiversa la realidad al afirmar que no existe identidad nacional en el Perú o en los peruanos. En realidad lo que no existe es identidad del ciudadano que asocia a la comunidad política con el cuerpo jurídico estatal que no toma en cuenta sus precarias condiciones de vida, o en el mejor de los casos tarda en dar solución a sus urgencias materiales y espirituales tornándolos en excluidos del sistema económico-social al que se supone pertenecen o tienen el derecho de pertenecer; saben también que se accede a ese sistema económico - social entre otros, solo en óptimas condiciones de preparación académica de calidad.
Lo que no existe, entonces, es identidad ciudadana y significa la asignatura que no aparece en el mapa curricular y en el plan de estudios del proceso que ha de llevar a graduarnos como peruanos auténticos, seguros de nuestra nacionalidad, orgullosos de nuestros orígenes y preparados para exportar al mundo nuestra peruanidad y para auscultar sin complejos y participar de lo que ofrece la aldea global.
Nos preguntamos entonces: ¿qué hacer para desarrollar y consolidar la identidad ciudadana de la que carecemos la mayoría como nación? 1) Desterrar la amnesia como ausencia de recuerdos y hechos de la Historia real; no limitarnos solo a la historia oficial o a la historiografía, más bien promover que cada pueblo, cada localidad, cada región empiece a levantar su verdadera historia que es la verdadera Historia de la Nación. El historiador George Duby dice: "Hacer historia solo tiene sentido si ella permite aferrase al presente, controlarla masa de informaciones que nos acosa, criticar, desmitificar, no dejarse llevar tan fácilmente por los dogmatismos 2) Promover con mayor intensidad la participación de más personas o de todas las personas en actividades colectivas de la ciudad en la que vivimos, en actividades colectivas del municipio o región a que pertenecemos, en actividades colectivas de la institución en la que nos educamos o se educan nuestros hijos.
Toda participación en actividades colectivas significa promover el desarrollo de una cultura ciudadana que nos de la oportunidad de involucrarnos en las situaciones con las que cada día enfrentamos, como colaborar con el cuidado del ambiente en el barrio que vivimos, el respeto a nuestros derechos y cumplimiento de nuestras obligaciones con la municipalidad o la búsqueda en común de mejores políticas de gobierno 3) Apoyar, promover y participar en la aplicación de un proyecto educativo que responda efectivamente al contexto humano y no solo a las exigencias del mercado. Proyecto educativo que no sea parámetro solo para el sistema escolar o superior, no. Proyecto educativo que involucre de manera autónoma a todos los agentes educativos de la nación: escuela, empresa, medios de comunicación masiva, iglesia, universidad, etc.
· BOWERS, C. Detrás de la apariencia. PRATEC-Universidad de Oregon, 2002.
· RAMOS, Gerardo. Una visión alternativa del Perú. UPRP, 2001
· SABATO, Ernesto . La Resistencia . Ed Seixl Barral
· SANTUC, Vicente y otros. Democracia, sociedad civil y solidaridad. Instituto de ética y desarrollo, UARM, 1999.
· URIBE, Consuelo. Un modelo para armar. Fondo editorial, PUCP, 2008.
Autor:
Manuel Octavio Martino Feria
Miraflores, octubre 2008.
Perú
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