"Es aquel proceso por el que una persona es introducida al misterio de Cristo y a la vida de la Iglesia, a través de unas mediaciones sacramentales y extrasacramentales, que van acompañando el cambio de actitud fundamental, de su ser y de su existir con los demás y en el mundo, de su nueva identidad como persona creyente"[5].

La Iniciación Cristiana presenta una serie de características propias como son: ser inicialización totalizante, relacionante y  dinámica[6].

La Conferencia Episcopal Española[7] en su documento "la iniciación cristiana. Reflexiones y Orientaciones" se refiere a estas peculiaridades como sigue:

"La Iniciación cristiana comprende como elementos propios los siguientes:

a) La iniciativa eficaz y gratuita de Dios: el que se inicia lo hace llamado por Dios Padre en Jesucristo y el Espíritu Santo, a través del anuncio del Evangelio. La fe viene por la predicación.

b) La respuesta de la fe que se realiza en la escucha y en la acogida interior del Evangelio: el iniciado responde libremente y se entrega y se adhiere a Dios.

c) La acogida de la Iglesia que recibe en su seno maternal a los que han aceptado el anuncio y los inserta en el misterio de Cristo y en la propia vida eclesial, verdadera participación en la comunión trinitaria.

d) Esta acción de la Iglesia integra básicamente la predicación de la Palabra de Dios y su explicación; la catequesis que introduce en el conocimiento de los misterios de la fe e inicia en otros aspectos de la vida de la Iglesia, como se verá más adelante; la celebración de los sacramentos de la iniciación; y el acompañamiento posterior de los bautizados en orden a su perseverancia y profundización en los misterios celebrados"[8].

Objetivos de la Iniciación cristiana

Hacer cristianos es uno de los principales objetivos de la iniciación, porque uno no se hace cristiano, sino que tiene que hacerse cristiano. Según el Ritual de Iniciación Cristiana de Adultos[9] en el n. 8: "La iniciación cristiana no es otra cosa que la primera participación sacramental en la muerte y resurrección de Cristo".

Pero la iniciación implica que el neófito se prepara en aquello que va a recibir. Por tanto, la mistagogía como tiempo de personalización del misterio de Cristo le precede.  Vemos con claridad que el elemento mistagógico esta presente en todo este proceso.  Por eso Ofilada Mina sostiene que:

"La iniciación (…) no termina en el momento o rito de iniciación (…), sino que es un proceso continuo, constante e incluso incesante. Su continuidad se expresa sobre todo en la instrucción permanente, que a su vez trae consigo la maduración del neófito."[10].

Podemos afirmar que la iniciación es un proceso continuo que permite al cristiano asimilar vivencialmente y conocer aquello que cree, celebra y que luego  le llevará a vivir un nuevo estilo de vida

También permite al neófito irse familiarizando con la comunidad eclesial y sentirse parte de ella, porque comparten una misma fe en el misterio de Cristo.

  La iniciación cristiana esta transida en todas sus distintas etapas por la mistagogía.  Por eso, como afirma Tommaso Federici, la palabra mystagogia se halla en varios documentos eclesiales:

"El término latino (obviamente del griego) mystagogia se encuentra al menos en dos documentos de la Iglesia, de relevante importancia y de gran densidad programática; el primero, el Ritual de la Iniciación Cristiana de los Adultos; el segundo, la Instrucción de la Sagrada Congregación para la Educación Cristiana, de 1979, De institutione liturgica in seminaris"[11].

Mediante esta iniciación en los misterios cristianos nos insertamos en el acontecimiento universal salvador, en el misterio de Cristo muerto y resucitado[12], en su persona y obra, y por él en la comunión trinitaria.

Así pues, entender la Iniciación supone creer al menos mínimamente qué es el cristianismo, al cual nos incorporamos; despliega todos los aspectos de la fe y de todos los elementos de la persona, como sostiene un liturgista de nuestro tiempo con las siguientes palabras:

"La Iniciación cristiana desarrolla todas las dimensiones de la fe y de todos los componente de la persona.  Así es el actuar de Dios, en su específica pedagogía con nosotros: su actuar afecta, de forma completa e integral, a todos los diversos aspectos que configuran nuestra personalidad, y desarrolla todas las dimensiones de la fe"[13].

Todo esto nos lleva a concluir que la iniciación es un proceso de entrada a la vida cristiana que se encuentra atestada de mistagogía y de los elementos mistagógicos.  

La iniciación es la entrada en la familia de los hijos de Dios y fuente, a su vez, de la vocación cristiana.  Es en todo caso un proceso formativo y verdadera escuela de la fe, escuela preparatoria de la vida cristiana, que garantiza que se viva con autenticidad y calidad.  Por eso la iniciación es algo que la Iglesia ha venido realizando desde sus orígenes como objetivo primordial, aunque con formas, planteamientos y resultados variables.  De estas ideas expresadas con claridad podemos concluir cuales son los objetivos de la Iniciación cristiana[14].

Podemos concluir manifestando que:

"La iniciación cristiana persigue en todos los casos la plena y responsable incorporación de la perso­na al misterio pascual de Cristo y a la comunión/misión de la Iglesia, sacra­mento universal de salvación en medio del mundo"[15].

El itinerario típico de la iniciación cristiana: el "ritual de la iniciación cristiana de adultos"

El camino que hay que recorrer en el proceso de iniciación cristiana esta salpicado por todas sus esquinas de mistagogía y es una senda muy antigua que ha recorrido la Iglesia:

"Desde los tiempos apostólicos, para llegar a ser cristiano se sigue un camino y una iniciación que consta de varias etapas. Siempre se ha dado un comienzo, un recorrido y una meta. El RICA expone con todo lujo de detalles la estructura y los contenidos de este proceso, recuperado a partir del Vaticano II y vigente hoy para quienes se inician a partir del uso de la razón. Debe adaptarse como es claro, en cada caso."[16].

  No podemos explicar el misterio cristiano sin antes anunciarlo previamente para que el mensaje entre a través del oído, porque como dice Pablo, la fe procede de la escucha de la revelación.  Y como veremos este mensaje produce un movimiento dentro del creyente que le empuja a tratar de entender aquello que cree.  Es ahí donde caben las etapas posteriores del itinerario típico.

El anuncio misionero [17]

Es un tiempo que antecede al de la iniciación cristiana.  Así nos lo afirma la Conferencia Episcopal Española en su citado documento:

"Aunque el Ritual de la Iniciación cristiana de Adultos comienza con la entrada en el catecumenado, el tiempo precedente o "pre-catecumenado" alcanza una especial importancia. Es el tiempo destinado al anuncio misionero, durante el cual se proclama abiertamente y con decisión al Dios vivo y a Jesucristo, enviado por él para salvar a todos los hombres, a fin de que, por la acción del Espíritu Santo, crean y se conviertan libremente al Señor"[18].

 Evangelizar constituye para la Iglesia la tarea prioritaria encomendada por Cristo.  En el anuncio se afirma la voluntad de la Iglesia de comunicar a los hombres el mensaje de salvación capaz de cambiar sus vidas. Obedecen el mandato del maestro que en el Evangelio decía:

"Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.      Y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo"[19].

Ante estas palabras del Señor que nos transmite con fidelidad el Evangelio podemos concluir que la Iglesia se comprende a sí misma como esencialmente misionera.  Desde su inicio se ha sentido llamada al anuncio del kerigma[20] fundamental de la fe que cuestiona al que lo escucha sin dejarlo indiferente[21].

6.6  La entrada en el catecumenado

Es el tiempo para los que han sido tocados en todas sus fibras busquen entender el kerigma fundamental de la fe que les ha sido anunciada. Al respecto la Conferencia Episcopal Española señala:

"El rito de la entrada en el catecumenado expresa la acogida por parte de la Iglesia de los que han aceptado el anuncio del Evangelio, y han sido movidos a la conversión inicial. A partir de este momento los catecúmenos "son ya de la casa de Cristo": son alimentados por la Iglesia con la palabra de Dios y favorecidos con las ayudas litúrgicas"[22].

La preparación  se realiza por medio de la escucha atenta de la Palabra que esclarece el misterio creído y que luego será celebrado y llevado a la vida en la existencia del creyente.

Es este tramo de la iniciación cristiana donde va iniciarse el crecimiento y maduración de la fe. Y será así porque la persona se siente interpelado por el mensaje que le ha seducido en lo más profundo de su ser. 

Quién entra en el catecumenado se le llama catecúmeno.  Este término significa etimológicamente "el oyente".  Por lo que la actitud de escucha es importante de cara a personalizar el misterio de la resurrección y muerte de nuestro Señor Jesucristo.  Cristo a través de la Iglesia se hace presente en la atenta sintonía de los neófitos que quieren participar con todas sus dimensiones del mysterium. Lo que se busca es que:

"Conducir a los fieles a la experiencia del misterio presente y actuante"[23] 

El catecúmeno es la persona que se prepara durante un período de tiempo para asimilar conceptualmente y vivencialmente el misterio de la fe cristiana.

A continuación en el próximo epígrafe hablaremos del tiempo del catecumenado en que es insertado el catecúmeno. 

El tiempo del catecumenado

El período del catecumenado es:

"El tiempo que se inaugura con el rito de "entrada en el catecumena­do"[24]

El Catecismo de la Iglesia Católica[25] lo define como:

"El catecumenado, o formación de los catecúmenos, tiene por finalidad permitir a estos últimos, en respuesta a la iniciativa divina y en unión con una comunidad eclesial, llevar a madurez su conversión y su fe. Se trata de una formación y noviciado debidamente prolongado de la vida cristiana, en que los discípulos se unen a Cristo, su Maestro"[26].

Claramente podemos ver en esta delimitación todos los factores que conforman este instante importante de la Iniciación Cristiana.  En el RICA es tratado en los números que van del 14-20.

Esta fase de preparación es lo que se llama  catecumenado.  Una definición más científica es la siguiente:

"Un proceso dinámico de maduración integral en la fe, vivido por la comunidad y en la comunidad, señalado por etapas, y con ritos que van marcando su significado"[27].

El tiempo del catecumenado es precioso a todas luces porque en él se esclarece la propia vida a la luz de Cristo. Nutre la espiritualidad para crecer en intimidad con el misterio de Jesucristo.  Y lo hace iluminando la inteligencia que busca conocer y valorar más a Jesús y el plan amoroso de Dios para con nosotros. 

Para la Conferencia Episcopal Española es un tiempo precioso porque:

"Es un tiempo prolongado en el que la Iglesia transmite su fe y el conocimiento íntegro y vivo del misterio de la salvación mediante una catequesis apropiada, gradual e íntegra, teniendo como referencia el sagrado recuerdo de los misterios de Cristo y de la historia de la salvación en el año litúrgico, y acompañada de celebraciones de la Palabra de Dios y de otros ritos y plegarias, llamados escrutinios"[28]

Por tanto, su objetivo esencial es:

"Estar destinado a una catequesis integral…..Es característico el esfuerzo por adquirir los fundamentos necesarios relativos a la doctrina cristiana"[29].

Las características fundamentales del Catecumenado son los siguientes[30]:

·              Es un proceso dinámico señalado por etapas.

·              Es un proceso marcado o significado por ritos.

·              Es un proceso comunitario en comunidad.

·              Es un proceso educativo doctrinal.

·              Es un proceso vivencial.

·              Es un proceso que compromete.

Todas estas particularidades del catecumenado están en función de la total  identidad del neófito con el misterio de Cristo.

El objeto central del catecumenado es la instrucción en los contenidos centrales de la fe.  Esta catequesis que forjaban los obispos o presbíteros era el comentario de lo más importante de la Sagrada Escritura.

El contenido de esta catequesis es la Escritura, el símbolo de la fe, en algunos casos la explicación del Padrenuestro[31].

 En este contexto podríamos afirmar que:

"Las palabras catecumenado y catequesis podrían ser convertibles.  Si atendiésemos a sus raíces griegas, así lo creeríamos.  Pero, de hecho, el Catecumenado ha sido históricamente una institución eclesial que ha desbordado el ámbito estricto de la catequesis y ha representado una auténtica escuela de vida cristiana"[32]

Pero como mencionaremos a continuación el catecumenado se distingue de la catequesis porque la segunda es un aspecto de la primera.

El catecumenado presenta tres aspectos o dimensiones que lo conforman: Catequesis, Liturgia y Oración, y la vida cristiana personal y comunitaria.

La Catequesis busca preparar al cristiano para su inclusión integral en la comunidad de  los discípulos de Jesucristo. Esto como consecuencia de que la comunidad es el origen, lugar y meta de la Catequesis[33].

Todo esto nos conduce a que:

"La tarea de la Catequesis es más amplia: la de la mistagogía o iniciación en la celebración misma"[34].

La Liturgia y la oración buscan que el misterio que se ha anunciado se celebre para que participando toda la persona le conduzcan a asimilar íntegramente el mensaje.  De tal manera que:

"Lo que la Catequesis anuncia y enseña, lo celebra la liturgia"[35].

Y como consecuencia:

"El Misterio de Cristo es Palabra salvadora y luego Sacramento celebrado; como ya parece en el binomio de Juan 6: Cristo, el Pan en quien hay que creer y el Pan que hay que comer, Palabra y Sacramento"[36].

De modo que nuestro corazón y mente este firmemente adherido al misterio de Cristo y nos hagamos profetas del Reino que es la Iglesia de Cristo que peregrina por este mundo.

La derivación de todo este proceso de catecumenado debe ser la integral configuración con el misterio pascual de Jesucristo, Señor de la Historia y del Mundo.

El tiempo de la purificación y de la iluminación

Según el ritual de la Iniciación Cristiana la etapa de purificación e iluminación se centra en el recuerdo o la preparación del Bautismo y la Penitencia[37].

La Conferencia Episcopal Española en su documento sobre la iniciación cristiana ilustra bien este periodo:

"La Iglesia, acabado el tiempo del catecumenado, pone en manos de Dios a los que El ha elegido, y como madre se dispone a engendrarlos en Cristo por la fuerza del Espíritu Santo. Por esto, intensifica su acompañamiento mediante la catequesis, la liturgia y la penitencia cuaresmal. Les ayuda con la oración para que se abran a la acción de Dios que está escrita en los corazones: A fin de excitar el deseo de la purificación y de la redención de Cristo, se celebran tres escrutinios, para que los catecúmenos conozcan gradualmente el misterio del pecado. Y les hace entrega de los símbolos de la identidad cristiana: El Credo y el Padrenuestro"[38]

 Esta etapa se inserta en el segundo grado de la iniciación. Se ordena "a la preparación intensiva del espíritu y del corazón"[39]. En este nivel la Iglesia hace la "opción"[40] para la acogida de los sacramentos en la Vigilia pascual cercana. Se llama también la "inscripción de los nombres"[41]. La elección, "eje de todo el catecumenado"[42], pide que los catecúmenos estén arreglados de delimitadas actitudes de pericia espiritual y moral[43].

Celebración de los sacramentos de la Iniciación cristiana

La celebración de los sacramentos propios de la iniciación, como son el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, hacen que los hombres que los reciben entren a formar parte de forma definitiva, en el plan salvífico del Padre, y por consiguiente, al misterio Pascual de Cristo, de modo que liberados del pecado, y regenerados a una vida nueva, gracias al Espíritu Santo, sean hijos de Dios y miembros del Cuerpo Místico de Cristo[44].

Por eso podemos señalar que la celebración de los sacramentos de la iniciación cristiana constituye:

"El último grado o etapa, en el que los elegidos, perdonados sus pecados, se agregan al pueblo de Dios, reciben la adopción de los hijos de Dios, y son conducidos por el Espíri­tu Santo a la plenitud prometida de antiguo, y, sobre todo, a pregustar el reino de Dios por el sacrificio y por el banquete eucarístico"[45].

Como apuntamos, la celebración de dichos sacramentos es el último[46] paso de la iniciación cristiana, porque en ella, el neófito participa en la vida divina como un don que guarda cierta analogía con el origen, desarrollo y sustento de la vida natural, de forma que como dice el Catecismo de la Iglesia Católica:

"Los fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen con el sacramento de la Confirmación y, finalmente, son alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna, y, así por medio de estos sacramentos de la iniciación cristiana, reciben cada vez con más abundancia los tesoros de la vida divina y avanzan hacia la perfección de la caridad"[47].

La unidad de los tres sacramentos de la iniciación cristiana no es sólo un criterio que ha buscado denodadamente la reforma litúrgica, sino sobre todo un principio teológico reafirmado y precisado en su fundamento y en sus finalidades[48]. Los tres sacramentos se fundamentan en la misma unidad del misterio pascual[49]; son tres ritos significativos y eficaces de dicho misterio, destinados a realizar la progresiva y completa configuración del creyente con Cristo en la iglesia, a construir su exacta identidad cristiana y eclesial. Hasta que el creyente no haya sido introducido íntegramente en el misterio no se puede decir que haya alcanzado su plenitud[50].

Estos tres sacramentos tienen como objetivo fundamental, no sólo incorporar al neófito en el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, sino ayudar al nuevo cristiano a realizar con su misión específica en el Pueblo de Dios. Y es por ello, que los que han sido unidos a Cristo por el Bautismo, sellados por el don del Espíritu Santo en la Confirmación y al hacerse partícipes en la asamblea eucaristica y recibir el cuerpo y la sangre de Cristo, manifiestan con sus vidas la unidad del pueblo de Dios ofreciéndose a sí mismos con él para realizar la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo[51].

A pesar de que los sacramentos de la iniciación cristiana van marcando los hitos de las distintas etapas de quien se inicia en la vida cristiana, el proceso de la iniciación cristiana no puede reducirse únicamente a la celebración de los sacramentos, pues, ésta no abarca la totalidad de los elementos mistagógicos necesarios en la iniciación cristiana, pues como ya indicamos, la mistagogía:

"Es la forma típica de preparar a los iniciados, integrando todos los elementos que conducen a alguien a ser verdadero cristiano: doctrina, ritos y símbolos, conducta moral y vida nueva"[52].

A modo de resumen, podemos concluir haciendo nuestras las palabras de Ramiro González, indicando que:

"Los sacramentos de la iniciación cristiana insertan al neófito en Cristo muerto y resucitado, en una triple graduación. El Bautismo le regenera e inserta en la Iglesia; la Confirmación, mediante el don del Espíritu Santo, le configura más con Cristo y le abre más a la Iglesia entera; la Eucaristía, donación del Cuerpo y la Sangre del Señor, le alimenta para ser presencia viva de Cristo en el mundo y fermento de nueva humanidad"[53].

a) El Bautismo

Aunque antes nos hemos referido a este sacramento, ahora profundizaremos en la mistagogía presente en la celebración del mismo.

El sacramento bautismal es la base de la vida de todo cristiano. Además es el primero de los sacramentos en ser administrado al fiel, no sólo porque sea imprescindible para la salvación, sino porque de algún modo determina a los demás sacramentos[54]. Pero en sí mismo está ordenado a conseguir la plenitud de la unión con Cristo en la Eucaristía, que es donde el Bautismo alcanza su verdadero significado, y a su vez, la culminación como sacramento. Por tanto, de lo dicho podemos afirmar que el Bautismo es una incoación a la participación de la vida divina.

Por otro lado, los neobautizados, por estar configurados con Cristo, no sólo deben renunciar al pecado, sino que también están llamados a testimoniar y confesar su fe delante de los hombres, y a participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios. El documento de la Conferencia Episcopal Española expresa estas mismas ideas diciendo que:

 "Por el Bautismo somos regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión".

"El Bautismo, por sí mismo es sólo un principio y un comienzo porque todo él tiende a conseguir la plenitud de la vida en Cristo. Así pues, el Bautismo se ordena a la profesión íntegra de la fe, a la plena incorporación a la economía de la salvación tal como Cristo en persona estableció y, finalmente, a la íntegra incorporación en la comunión eucarística"[55].

La riqueza mistagógica de este sacramento es puesta de relieve también por los Padres de la Iglesia[56]. A este respecto, no tienen desperdicio las maravillas que proclama Dídimo de Alejandría con respecto al Bautismo:

"En el Bautismo nos renueva el Espíritu Santo como Dios que es, a una con el Padre y el Hijo (obra de la Trinidad), y nos devuelve desde el informe estado en que nos hallamos a la primitiva belleza (vuelta al estado del paraiso), así como nos llena con su gracia de forma que ya no podemos ir tras cosa alguna que no sea deseable (transformación vital); nos libera del pecado y de la muerte (aspecto purificador); de terrenos, es decir, de hechos de tierra y polvo, nos convierte en espirituales, partícipes de la gloria divina (nueva creación), hijos y herederos de Dios Padre (filiación divina), configurados de acuerdo con la imagen de su Hijo, herederos con él y hermanos (nueva vida en Cristo), que habrán de ser glorificados con él (dimensión escatológica); en lugar de la tierra nos da el cielo y nos concede liberalmente el paraiso (recuperación del estado primigenio); nos honra más que a los ángeles; y con las aguas divinas de la piscina bautismal apaga la inmensa llama inextinguible del infierno (liberación de la condenación). Pues los hombres son concebidos dos veces: una corporalmente, la otra por el Espíritu divino (regeneración y nuevo nacimiento)… Así pues, de una manera visible, la pila bautismal da a luz a nuestro cuerpo mediante el ministerio de los sacerdotes (mediación eclesial); de una manera espiritual, el Espíritu de Dios, invisible para cualquier inteligencia, bautiza en su propio nombre y regenera al mismo tiempo cuerpo y alma, con el ministerio de los ángeles (dimensión pneumatológica)…"[57].

b) La Confirmación

La Confirmación aparece como segundo momento de la celebración unitaria de los sacramentos de la iniciación, y por eso surge inserta entre el Bautismo y la Eucaristía.

La Confirmación, por lo tanto, es el segundo sacramento de la iniciación, y representa la segunda etapa del camino hacia la plena entrada en el misterio de Cristo y de la iglesia. Como bien dice el Catecismo de la Iglesia:

 "A los bautizados el sacramento de la Confirmación los une más intimamente a la Iglesia y los enriquece con una fortaleza especial del Espíritu Santo. De esta forma quedan obligados  aún más, como auténticos testigos de Cristo, a extender y defender con sus palabras y sus obras"[58].

Es cierto también, como ya hemos visto, que la Confirmación es un don del Espíritu Santo, por el cual, los neófitos son sellados, como  signo de que Jesucristo ha marcado sus nuevas vidas, revistiéndolos de la fuerza del Espíritu para que sean sus testigos, "quedando así configurados sacramentalmente a la imagen de Cristo, el Ungido, y constituidos miembros de la comunidad cristiana"[59].

Por otra parte, la Confirmación además de representar la plenitud del Bautismo[60], está íntimamente ligada al Bautismo, de tal manera que, como dice el RICA:

"Al enlazar ambos sacramentos se significa la unidad del misterio pascual, y el vínculo entre la misión del Hijo y la efusión del Espíritu Santo, y la conexión de ambos sacramentos, en los que desciende una y otra persona divina juntamente con el Padre sobre los bautizados"[61].

Pero, como ya apuntabamos, la Confirmación también está ordenada a una más perfecta participación del misterio eucaristico[62]. Así lo recuerda el mencionado documento de la Conferencia Episcopal Española, poniendo de relieve que este sacramento:

"Significa y confiere una más profunda vinculación a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y se orienta hacia una más intensa y perfecta participación en el Sacrificio eucarístico, fuente y cima de la vida cristiana, de manera que los confirmados ofrezcan a Dios la Víctima divina y a sí mismos juntamente con ella para formar en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu"[63].

Sin embargo, la Confirmación no debe ser considerada como el sacramento de la madurez cristiana, como si la fe recibida en el Bautismo tuviera que ser ratificada para hacerse efectiva[64]. Sino que como dice Falsini:

"Bautismo y confirmación (…) constituyen un todo celebrado en dos tiempos: ambos sacramentos conforman con Cristo y agregan a la iglesia para una misión en el mundo, hacen del creyente un nuevo ser en Cristo resucitado y lo vivifican mediante el Espíritu. Bautismo y confirmación son dos realidades complementarias en la constitución del ser cristiano"[65].

Por último, no se puede olvidar que la Confirmación por su misma realidad sacramental, como don del Espíritu, tiene como finalidad producir en el cristiano los frutos de las bienaventuranzas. Puesto que estas constituyen el "buen olor de Cristo"[66]. Además, como recuerda el Catecismo con una frase de San Basilio[67]:

"Por el Espíritu Santo se nos concede de nuevo la entrada en el paraiso, la posesión del Reino de los cielos, la recuperación de la adopción filial: se nos da la confianza de llamar a Dios Padre y de participar en la gracia de Cristo, de ser llamado hijo de la luz y de tener parte en la gloria eterna"[68].

c) La Eucaristía[69]

La Eucaristía aparece como el tercer sacramento de la iniciación y como su culminación. En esta primera Eucaristía, los neobautizados hallan la consumación de todo el proceso mistagógico de su iniciación. Y esto:

"Porque en esta Eucaristía los neófitos, llegados a la dignidad del sacerdocio real, toman parte activa en la oración de los fieles, y en cuanto sea posible en el rito de llevar las ofrendas al altar; con toda la comunidad participan en la acción del sacrificio y recitan la Oración dominical, en la cual hacen patente el espíritu de adopción filial, recibido en el Bautismo. Finalmente, al comulgar el Cuerpo entregado por nosotros y la Sangre derramada también por nosotros, ratifican los dones recibidos y pregustan los eternos"[70].

El Catecismo de la Iglesia dice del nebautizado, que una vez convertido en hijo de Dios por el Bautismo, "es admitido al festín de las bodas del Cordero y recibe el alimento de la vida nueva, el Cuerpo y la Sangre de Cristo"[71].

En síntesis, en la Eucaristía se significa y se realiza verdaderamente la plena comunión del neófito con Dios y la unidad eclesial, por eso, "es pregustación de la vida eterna y compendio y suma de nuestra fe"[72]. A este respecto es interesante traer a colación lo que Benedicto XVI llama hermosamente la forma eucarística de la vida cristiana:

"El Señor Jesús, que por nosotros se ha hecho alimento de verdad y de amor, hablando del don de su vida nos asegura que "quien coma de este pan vivirá para siempre" (Jn 6,51). Pero esta "vida eterna" se inicia en nosotros ya en este tiempo por el cambio que el don eucarístico realiza en nosotros: "El que come vivirá por mí" (Jn 6,57). Estas palabras de Jesús nos permiten comprender cómo el misterio "creído" y "celebrado" contiene en sí un dinamismo que hace de él principio de vida nueva en nosotros y forma de la existencia cristiana. En efecto, comulgando el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo se nos hace partícipes de la vida divina de un modo cada vez más adulto y consciente"[73].

Estas mismas ideas eran ya resaltadas por su antecesor en el pontificado:

"La incorporación a Cristo, que tiene lugar por el Bautismo, se renueva y se consolida continuamente con la participación en el Sacrificio eucarístico, sobre todo cuando ésta es plena mediante la comunión sacramental. Podemos decir que no solamente cada uno de nosotros recibe a Cristo, sino que también Cristo nos recibe a cada uno de nosotros. él estrecha su amistad con nosotros: "Vosotros sois mis amigos" (Jn 15, 14). Más aún, nosotros vivimos gracias a él: "el que me coma vivirá por mí" (Jn 6, 57). En la comunión eucarística se realiza de manera sublime que Cristo y el discípulo "estén" el uno en el otro: "Permaneced en mí, como yo en vosotros" (Jn 15, 4)"[74].

El Catecismo de la Iglesia enseña como el sacramento eucarístico es vital para que los fieles en Cristo puedan unirse realmente a su Cuerpo Místico, que es la Iglesia, y por tanto, se puede decir sin miedo a confundirse que "la Eucaristía hace la Iglesia"[75] y la "la Iglesia vive de la Eucaristía"[76].

"Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo los une a todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia realizada ya por el Bautismo. En el Bautismo fuimos llamados a no formar más que un solo cuerpo"[77].

Todo esto explica la importancia capital de preparar concienciudamente a los catecumenos, con las catequesis mistagógicas y con una asidua participación en las celebraciones liturgicas, para introducirlos en los sagrados misterios, especialmente, para que participen sacramentalmente del banquete eucarístico con las debidas disposiciones.

En definitiva, el sacramento de la Eucaristía es la cumbre y el cénit de un auténtico itinerario de iniciación cristiana. Por eso, el vivir como cristiano significa hacer actual el don del Bautismo, revivido por la Confirmación, alimentándolo con la participación frecuente en la Santa Misa.

El tiempo de la mistagogía [78]

La mistagogía es el último grado o etapa de todo el proceso de incorporación del neófito al misterio de Jesucristo y de la Iglesia. Esto supone que el neobautizado "ha recorrido las etapas anteriores con sus objetivos, contenidos, metodología y ritos peculiares. Pero supone, sobre todo, que el neófito ha experimentado en la fe el encuentro sacramental con el Cristo pascual"[79]. Por ende, como indica el RICA en los prenotandos dedicados al tiempo de la mistagogía, esta última etapa del proceso de iniciación:

 "Dura todo el tiempo pascual, y se dedica a la "mystagogia", o sea, a la experiencia espiritual y a gustar de los frutos del Espíritu, y a estrechar más profundamente el trato y los lazos con la comunidad de los fieles"[80].

De esta forma vemos como en este tiempo se requiere una profunda relación y comunión del neobautizado con la comunidad y viceversa. Por esto mismo:

 "La comunidad, juntamente con los neófitos, progresa, ya con la meditación del Evangelio, ya con la participación de la Eucaristía, ya con el ejercicio de la caridad, en la percepción más profunda del misterio pascual, y en la manifestación cada vez más perfecta del mismo en su vida"[81].

Esta etapa mistagógica se ordena sobre todo a una "inteligencia más plena y fructuosa de los misterios"[82], es decir, a una creciente profundización cada vez plena del misteio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, tanto para el neobautizado como para la comunidad eclesial. Esto, como dice el RICA:

"Se adquiere con la renovación de las explicaciones y sobre todo con la recepción continuada de los sacramentos"[83].

Es decir, la meditación del Evangelio y la frecuente participación del banquete eucarístico, ayudarán al neófito, de forma decisiva, al "progreso en la captación del misterio pascual"[84].

"Porque los neófitos, renovados en su espíritu, han gustado íntimamente la provechosa palabra de Dios, han recibido el Espíritu Santo y han experimentado cuán suave es el Señor. De esta experiencia, propia del cristiano y aumentada con el transcurso de la vida, beben un nuevo sentido de la fe, de la Iglesia y del mundo"[85].

Se debe tener en cuenta también, que catequesis y sacramentos se implican mutuamente, es decir, no puede haber uno sin el otro. O con otras palabras:

"La vida sacramental se empobrece y se convierte muy pronto en ritualismo vacío, si no se funda en un conocimiento serio del significado de los sacramentos. Y la catequesis se intelectualiza, si no cobra vida en la práctica sacramental"[86].

En concreto, el sacramento de la Eucaristía, "como actualización, en sacramento, es escuela privilegiada para comprenderlo y gustarlo mejor en sus implicaciones"[87]. Y además, esta asiduidad en la recepción de los sacramentos redunda en una iluminación de la inteligencia de las Sagradas Escrituras y hace más fácil y provechoso a los neófitos el trato de los demás fieles[88].

Por otra parte, en esta etapa mistagógica, el neobautizado, no tiene como único objetivo, la profundización en la captación del misterio pascual, sino que debe manifestarlo con su vida cada vez más perfectamente[89]. Se trata, en definitiva, de que el misterio pascual se haga realmente  vida en el recién bautizado y en la comunidad eclesial. Esto se conseguirá en la medida en se realice el "ejercicio de la caridad"[90], suponiendo que con la recepción de los sacramentos, el neófito está preparado para ejercer la caridad sobrenatural. Puesto que, como dice Juan Pablo II en su exhortación apostólica, "es en los sacramentos y sobre todo en la Eucaristía donde Jesucristo actúa en plenitud para la transformación de los hombres"[91]. El mismo parecer tiene la Sacrosantum Concilium, diciendo que los fieles:

 "Saciados "con los sacramentos pascuales", sean "concordes en la piedad"; ruega (la Liturgia) a Dios que "conserven en su vida lo que recibieron en la fe", y la renovación de la Alianza del Señor con los hombres en la Eucaristía enciende y arrastra a los fieles a la apremiante caridad de Cristo"[92].

Hay que indicar también, que el tiempo de la mistagogía ofrece un espacio privilegiado, que lo constituyen las "Misas para los neófitos", es decir, las misas de los domingos del tiempo pascual. La razón principal es que lo propio de esta etapa se deriva de la experiencia personal nueva de los sacramentos y de la comunidad. Y en las misas aludidas, además de la reunión de la comunidad y de la participación en los misterios, los neófitos encuentran en el Leccionario "A", lecturas muy apropiadas para ellos. Por eso debe invitarse a toda la comunidad a estas misas, juntamente con los neófitos y sus padrinos[93].

Ya por último, podemos concluir con Ramiro González, que:

 "Los medios fundamentales de que se sirve esta etapa son: las reuniones en comunidad para celebrar los misterios; la escucha sapiencial de la Palabra; la enseñanza desde lo celebrado y experimentado; los signos y la tipología bíblica, contrapunto de lo celebrado en los sacramentos; la Eucaristía como celebración culminante de la vida nueva, y el esfuerzo por llevar una vida apostólica coherente"[94].

Conclusión

Sabemos por todo lo anterior que la Iniciación Cristiana está toda imbuida de un proceso mistagógico puro.  En todas las etapas de este proceso el aclarar e instruir al neófito es una acción necesaria por la misma naturaleza de la iniciación.  

La expresión "Iniciación Cristiana" fue introducida por los Santos Padres. Es un proceso por el que el hombre pasa de la situación de no cristiano a la de cristiano.  Así pues, la iniciación cristiana significa entender de forma mínima lo que es el cristianismo.  De ahí que es un proceso  conducido por el catequista para que se inicie el neófito en los misterios del cristianismo.  

Cosa importante que no debemos pasar por alto al hablar de la Iniciación Cristiana son las dimensiones integrantes de la misma: a) La dimensión teológica: es aquella que pone  como centro de la iniciación a Dios y la historia de salvación; b) La dimensión eclesiológica: es la que pone el acento en el encuentro del iniciado con la Iglesia y viceversa; c) La dimensión personal: indica la respuesta personal de la conversión y la fe, como elemento constitutivo e integrante; d) Dimensión sacramental e histórica: celebración a través de los símbolos y es histórica porque señala que la iniciación es proceso y progresividad[95].

También al tocar el tema de la catequesis dentro de la iniciación es obligado recordar que la catequesis tiene un fuerte componente mistagógico:

"De esta estructura fundamental de la experiencia cristiana nace la exigencia de un itinerario mistagógico, en el cual se han de tener siempre presentes tres elementos: a) Ante todo, la interpretación de los ritos a la luz de los acontecimientos salvíficos, según la tradición viva de la Iglesia; b) La catequesis mistagógica ha de introducir en el significado de los signos contenidos en los ritos; c)  Y finalmente, la catequesis mistagógica ha de enseñar el significado de los ritos en la relación con la vida cristiana"[96].

Además, la Iniciación cristiana es un proceso antiguo y nuevo a la vez.  Antiguo porque ha estado presente en la Iglesia antigua como proceso de incorporación de los neófitos al cristianismo.  Nuevo porque sigue estando presente y es más necesario en esta época con un fuerte componente de secularismo.  Nuestros nuevos cristianos de hoy necesitan más que nunca  un proceso de mistagogía como el que presenta la Iniciación Cristiana para vivir con mayor intensidad la fe a la cual van y han de ser introducidos.

En definitiva, la mistagogía litúrgica debe ser la conducción hacia la experiencia celebrada, pero esto sólo se conseguirá cuando captando en ésta el misterio de salvación, se haga presente en la celebración y así pueda penetrar en toda la vida del neófito, sólo entonces la liturgia conseguirá el objetivo de ser fuente en la que uno no deja jamás de iniciarse y cumbre en la que desemboca toda la actividad apostólica. Esto únicamente se hará realidad cuando la celebración se transforme en mistagogía[97].

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Autores:

Jacobo Curto Polo

Jacocp82[arroba]gmail.com

Florentino Cortés Dominguez

Profesor: Dr. Dn.  Ramiro González Cougil

PONTIFICIA UNIVERSIDAD DE SALAMANCA

FACULTAD DE TEOLOGÍA

INSTITUTO TEOLÓGICO DIVINO MAESTRO

SEMINARIO MAYOR DE OURENSE

OURENSE 2008

España


[1] Cf. IGNACIO OÑATIBIA, Bautismo y Confirmación, BAC, Madrid 2000, pp. 4-6; A. NOCENT, Iniciación cristiana en D. SARTORE-A.M TRIACCA-J.M. CANALS, (dir.), Nuevo diccionario de liturgia, Ediciones Paulinas, Madrid 1987, pp. 1051-1052  (=NDL).

[2] Sobre el término mistagogía en los Padres, véase: TOMMASO FEDERICI, "La santa mistagogía permanente de la Iglesia", en Phase 33 (1993), pp. 15-16.

[3] IGNACIO OÑATIBIA, o.c, p. 4.

[4] Sobre las catequesis mistagógicas, puede verse: JOSé SOBRERO, "Catequesis mistagógica: un modelo del siglo V para hoy" en Phase 33 (1993), 181-194; TOMMASO FEDERICI, a.c, p. 17; FRANCISCO PRIETO, "La Eucaristía en las catequesis mistagógicas de San Ambrosio", en Auriensia 9 (2006), pp. 61-83; IGNACIO OÑATIBIA, "La catequesis litúrgica de los Padres" en Phase 20 (1980), pp. 281-294; CIRILO DE JERUSALéN, Catequesis mistagógicas I-V, (Sources Chrétiennes (=SCh) 126bis, pp. 82-175).

[5] Cf. DIONISIO BOROBIO, La Iniciación Cristiana, Ediciones Sigueme, Salamanca 1996, p. 33.

[6] Ibidem, pp. 35-36.

[7] De aquí en adelante, CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, La iniciación cristiana. Reflexiones y Orientaciones, Edice, Madrid 1999. (=ICRO).

[8] ICRO n. 31.

[9] En adelante (Ritual de Iniciación Cristiana de Adultos=RICA).

[10] OFILADA MINA, "Mistagogía: experiencia, vida eclesial y estatuto epistemológico de la ciencia litúrgica", en Burgense 44 (2003), p. 528.

[11] A.c, p. 10.

[12] Cf. DV n. 2.

[13] JULIÁN LÓPEZ, "Iniciación cristiana, comunidad eclesial y vocación" en Phase 47 (2007), p. 365.

[14] Cf. IGNACIO OÑATIBIA, "La catequesis litúrgica…", pp. 282-284.

[15] RAMIRO GONZÁLEZ, "La iniciación cristiana como respuesta pastoral" en Nova et Vetera 32 (1997), p. 296.

[16] Ibidem.

[17] Equivale a Pre-catecumenado.

[18] ICRO n. 24.

[19] Mt 28, 19-20.

[20] El Kerigma cristiano tiene como mensaje central la vida, muerte y resurrección de Jesucristo, como revelación plena del amor de Dios Padre.

[21] Cf. MANUEL RAMOS, "La Eucaristía, cumbre de la iniciación cristiana" en Phase 28 (1988), pp. 317-318.

[22] ICRO n. 25.

[23] RAMIRO GONZALEZ, "La mistagogía en el ritual de la iniciación cristiana de adultos", en Phase 32 (1992), p. 381.

[24] ID, "La iniciación cristiana…" o.c, p. 297.

[25] En adelante (Catecismo de la Iglesia Católica=CIC).

[26] CIC n. 1248.

[27]DIONISIO BOROBIO, o.c, p. 531.

[28] ICRO n. 26.

[29] RAMIRO GONZALEZ, "La mistagogía en el ritual…", a.c., p. 384; RICA n. 15.

[30] Cf. DIONISIO BOROBIO, o.c, pp. 546-552.

[31] Ibidem, pp. 91-92.

[32] JOSEP M. TOTOSAUS, "El contenido de la catequesis catecumenal" en Phase 11 (1971), p. 335.

[33] JOSE ALDAZÁBAL, "Preguntas a la catequesis desde la Liturgia" en Phase 20 (1980), pp. 258-260.

[34] Ibidem.

[35] Ibidem, 261.

[36] Ibidem.

[37] Cf. RICA n. 21.

[38] ICRO n. 27.

[39] RICA n. 22.

[40] Cf. Ibidem.

[41] Ibidem.

[42] Ibidem, nº 23.

[43] Cf. Ibidem.

[44] AG n. 14.

[45] RICA n. 27. En el RICA Observ. gen. n. 6, también se dice que: "El tercer grado, cuando acabada la preparación espiritual, el catecúmeno recibe los sacramentos, con los que comienza a ser cristiano".

[46] No debemos confundir, el último grado, que sería la celebración de los sacramentos, de la última etapa o tiempo que es el de la mistagogía. Los grados o pasos del itinerario de la iniciación cristiana da lugar a tres momentos:

a)   La conversión personal-decisión por el cristianismo-admisión por parte de la Iglesia al catecumenado (entrada en el catecumenado).

b)  Terminado el catecumenado el candidato es admitido a la prepara­ción inmediata a los sacramentos (elección).

c)   Recepción de los sacramentos de la iniciación (celebración de los sacramentos) Los tres grados anteriores dan origen a las etapas correlativas, que son cuatro, y que no debemos confundir e identificar con las anteriores. Son las siguientes:

a)    Evangelización y precatecumenado b) Catecumenado c) El tiempo de la purificación e iluminación d) El tiempo de la Mystagogía.

Cf. RICA nn. 6-7; RAMIRO GONZÁLEZ, "La iniciación cristiana…", a.c, pp. 296-301.

[47] CIC n. 1212.   

[48] Cf. PERE LLABRéS, "La iniciación cristiana, el gran sacramento de la nueva creación", en Phase 29 (1989), p. 184.

[49] Cf. A. NOCENT, Iniciación cristiana en NDL, pp. 1052-1053; MANUEL RAMOS, "La Eucaristía, cumbre de la iniciación cristiana" en Phase 28 (1988), pp. 312-314.

[50] Cf. R. FALSINI, Confirmación en NDL, pp. 440-441.

[51] Cf. RICA Observ. gen. n. 2; LG n. 28.

[52] DIONISIO BOROBIO, o.c, p. 276.

[53] "La mistagogía en el ritual…", a.c., p. 392.

[54] Cf. JULIÁN LÓPEZ, "Iniciación cristiana, comunidad eclesial y vocación" en Phase 47 (2007), pp. 381-382.

[55] ICRO nº 54.

[56] Puede verse: CIRILO DE JERUSALéN, Catequesis mistagógicas I-II, (SCh 126bis, pp. 82-119).

[57] Citado de DIONISIO BOROBIO, o.c, pp. 276-277.

[58] CIC n. 1285; cf LG n. 11

[59] ICRO n. 28.

[60] "No es que el bautismo sea de suyo incompleto e imperfecto, sino en el sentido de que necesita de una expresión ritual explicativa y significativa de la realidad bautismal": R. FALSINI, o.c, p. 441.

[61] RICA n. 34.

[62] Cf. R. FALSINI, o.c, p. 441.

[63] ICRO n. 55.

[64] Cf. CIC n. 1308.

[65] O.c, p.

[66] Cf. RAMIRO GONZÁLEZ, "Mistagogía de la Confirmación (II)" en Liturgia y espiritualidad 28 (1997), p. 5ss.

[67] Puede verse: CIRILO DE JERUSALéN, Catequesis mistagógicas III, (SCh 126bis, pp. 120-133).

[68] Liber de Spiritu Sancto 15, 36 (SCh 17bis, p. 370); CIC n. 736.

[69] Cf. CIRILO DE JERUSALéN, Catequesis mistagógicas IV-V, (SCh 126bis, pp. 134-175); DIONISIO BOROBIO, o.c. pp. 575-602; RAMIRO GONZÁLEZ, "Mistagogía de la Santa Misa" en Auriensia 8 (2005), pp. 89-120; BENEDICTO XVI, Sacramentum caritatis, BAC, Madrid 2007, nn. 17-19. (=SCa). También puede verse el capítulo V del SÍNODO DE LOS OBISPOS, titulado "La Mistagogía Eucarística para la Nueva Evangelización" en La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia, Citta del Vaticano, 2005, nn. 45-58.

[70] RICA n. 36.

[71] CIC n. 1244. Cf. CIC n. 1326 y 1327.

[72] ICRO n. 57.

[73] SCa n. 70.

[74] JUAN PABLO II, Ecclesia de Eucaristia, Edibesa, Madrid 2003, n. 22. (=EdE).

[75] CIC n. 1396.

[76] EdE n. 1.

[77] CIC n. 1396.

[78] Cf. TOMMASO FEDERICI, a.c, pp. 9-34; JOSé SOBRERO, a.c, pp. 181-194; RAMIRO GONZÁLEZ, "La mistagogía en el ritual…", a.c, pp. 381-393; ID, "La iniciación cristiana…" a.c, pp. 300-301.

[79] ID, "La mistagogía en el ritual…", a.c, pp. 384.

[80] RICA n. 7d.

[81] Ibidem, n. 37.

[82] Ibidem, n. 38.

[83] Ibidem.

[84] RAMIRO GONZÁLEZ, "La mistagogía en el ritual…", a.c, p. 386.

[85] RICA n. 38.

[86] JUAN PABLO II, Catechesi Tracendae, San Pablo, Madrid 20042. n. 23. (= CT).

[87] RAMIRO GONZÁLEZ, "La mistagogía en el ritual…", a.c, p. 386.

[88] Cf. RICA n. 39.

[89] Cf. Ibidem, n. 37.

[90] Ibidem.

[91] CT n. 23.

[92] SC n. 10. El paréntesis es nuestro.

[93] Cf. RICA n. 40 y nn. 235-239; RAMIRO GONZÁLEZ, "La iniciación cristiana…" a.c, p. 300-301.

[94] "La mistagogía en el ritual…", a.c, pp. 392-393.

[95] DIONISIO BOROBIO, o.c., pp. 39-41; Cf. PERE LLABRéS, a.c, pp. 192-199; CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio general para la catequesis (25-VIII-1997), nn. 63-68.

[96] SCa n. 64; Cf. CIRILO DE JERUSALéN, Catequesis mistagógicas I-V, (SCh 126bis, pp. 82-175).

[97] Cf. RAMIRO GONZÁLEZ, "La mistagogía en el ritual…", a.c, p. 393; OFILADA MINA, "Mistagogía: experiencia, vida eclesial y estatuto epistemológico de la ciencia litúrgica", en Burgense 44 (2003), p. 528ss.



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