Partes: 1, 2, 3
  1. Prólogo
  2. Así comienza sus tareas
  3. Otros intentos
  4. Más oportunidades
  5. El personal no parece conforme
  6. El camino de la persecución
  7. La cooperación de los pacientes
  8. Leandra y sus delirios
  9. El castigo de la noche
  10. De alguna manera el éxito
  11. La soledad de Eugenia
  12. Luis en el trono
  13. Algunos hechos detallados
  14. Lo que no se puede creer
  15. El General
  16. Vergüenza ajena
  17. La venganza de Pedro Onza
  18. Siempre a la deriva
  19. Sin la presencia de Leandra
  20. Se avecinan más denuncias
  21. Episodios difíciles de olvidar
  22. Cierra tu boca
  23. Las muestras de los registros por parte de Beba
  24. Las secuelas de una larga condena
  25. Reuniones que no solucionan nada
  26. ¿Qué puedo hacer Beba? …
  27. Cuando no resulta lo pactado

PRÓLOGO

   Esta historia pudo haber ocurrido en cualquier neuropsiquiá- trico, por lo regular varias de las secuencias pueden parecerle familiares a algunos lectores. Hay veces que se emplea el abuso del poder en todos los renglones, esto lleva a que manejen situaciones en forma reiterada. También la complicidad de los audaces que solo tienen capacidades para ayudar y hasta entrar en complicidad y aquellos que por comodidad son:

Ciegos, sordos y mudos. Otros que piensan que es mejor callar "para que no se descubra lo mío" o "para no tener problemas".

   Entonces surgen las actuaciones de aquellos que saben aprovechar muy bien la ocasión y utilizar hasta el último recurso para conseguir sus propósitos.

   Sabía decirnos el profesor de la cátedra de Anatomía y fisiología, una frase que aunque parezca hecha, es real y tiene mucho de cierto:

   El ser humano usa su inteligencia cuando la posee tanto para  realizar buenas obras como para ejecutar las más siniestras de las maldades"

    Por ello reitero, pudo suceder en algún lugar del planeta :

CUALQUIER PARECIDO A LA REALIDAD ES PURA COINCIDENCIA.

                             La Autora

Capítulo I

 Aquella mañana del mes de marzo de los años 90, el cielo estaba completamente despejado, soleado y tibio daba la sensación de que todos los habitantes en general disfrutaban de ese día. Nieves caminaba despacio hacia su lugar de trabajo mirando sin observar demasiado las vidrieras de los comercios, comenzaba  su primer día de trabajo en una nueva unidad dentro de la dependencia que venia desarrollando sus tareas de enfermería desde hacía un tiempo.

        Había pedido el traslado por su gran vocación de servicio y porque le agradaba sumamente las tareas humanísticas  y el área de Salud Mental representa para ella ese renglón, de manera que aparentemente desarrollaría sin problemas sus proyectos, sus sueños, sus ilusiones por hacer algo por el prójimo.

        Nieves Vera era una mujer de unos cuarenta años, con cabellera ondulada y pelirroja. Tenía los ojos grises y grandes, su tez clara y destacada por sus hoyuelos que le daban una personalidad fuera de lo común a su rostro. No era excesivamente alta, pero si con  buena silueta y piernas largas estilizando su figura.

        Si bien relativamente fue bien recibida,  muy pronto se daría cuenta que no había venido al mejor de los mundos. Y los comentarios no eran muy halagadores, según varios de los protagonistas de la historia que comienzo a contar había venido castigada, ya que ese era un sector donde iban a parar todos los que no lo querían tener en un determinado lugar y en ningún otro y se veían obligados a trabajar allí. (Como si este no seria un lugar tan delicado como otros ya que los destinatarios de cuidados eran personas indefensas). Este sería el motivo por el cual le declararían prácticamente desde el principio la guerra.

        A los pocos días de comenzar a cumplir con sus tareas se incorpora de su licencia anual Leandra, una de las enfermeras que tendría por compañera y por mucho tiempo uno de los personaje de la odisea que le tocaría vivir.

         Comienza a proyectar  las ideas que tenía programadas,  aunque en verdad para solicitar permiso casi nunca se dirigía a la enfermera Jefe del Servicio que era Eugenia ya que la miraba con "cara torcida", por no emplear otros términos.

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